Léxico

LIBRO

La lectura de libros. Durante casi tres siglos el producto genuino de la imprenta fue el libro, hasta que aparecieron los papeles periódicos y diarios en el siglo XVIII, si exceptuamos las «Gacetas» del siglo anterior. La limitación más importante para su lectura y difusión sería el elevado índice de analfabetismo que el hispanista Maxime Chevalier sitúa en «un 80 % de la población española por lo menos -todos los aldeanos y la enorme mayoría de los artesanos-». Si admitimos con Henri Jean Martin que las únicas personas capaces de leer y escribir corrientemente eran en aquel entonces las que por oficio lo necesitaban, en el Siglo de Oro las categorías de la población entre las que se podían reclutar lectores de libros serían: el clero, la nobleza, los que llamaríamos hoy técnicos e intelectuales -altos funcionarios, catedráticos y miembros de profesiones liberales-, letrados, notarios, abogados, médicos, arquitectos y pintores-, los mercaderes, una fracción de los comerciantes y artesanos, y funcionarios y criados de mediana categoría. De las categorías sociales que estaban en mejores condiciones para leer algunas mostraban escaso interés por la lectura. Los textos de la época abundan en quejas sobre la poca afición de los caballeros para las actividades de orden intelectual, y a los mercaderes -según un texto francés- les bastaba con un libro de oraciones para rezar y un almanaque para conocer los días de las ferias.