Concepto

Indumentaria en Euskal Herria

El vestido ha sido y es una necesidad básica del ser humano, mediante el cual cubre su cuerpo de los rigores medio-ambientales y, en su devenir, de la mirada de los demás. Con el tiempo, éste evoluciona y se complica, erigido en un elemento de embellecimiento y ornamento personal y, progresivamente, en signo de determinados roles individuales y sociales -género, edad, estado civil, posición social, actividad, religión, moral- construyendo un lenguaje estético, lleno de significados y simbolismos que evidencian la identidad del sujeto y/o del grupo y, a menudo, del estilo sobre la apariencia adoptada o asignada. El vestido como fenómeno cultural que es, se transforma con la sociedad y en este proceso adquiere su verdadero significado el término "moda" entendido como la adopción de un nuevo uso o estilo, fugaz y transitorio para alcanzar la exclusividad, la estética del momento.

No se puede establecer una evolución general y lineal de las formas indumentarias para todos los territorios de Euskal Herria ni de sus distintos grupos sociales, ya que sus trayectorias obedecen a sinergias diferentes y complejas.

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Se procede, por tanto, a definir, a grandes rasgos, las características de la moda imperante en cada periodo histórico, adscrita a las clases poderosas o acomodadas y, las particularidades, antiguas y modernas, de los indumentos del pueblo que, aunque permeable a ella, construye su propia estética con un número limitado de texturas y prendas sencillas, de larga pervivencia, con principal atención a las formas indumentarias de carácter civil consideradas propias y las aportaciones que ésta haya podido realizar a la historia del vestido.

No sabemos cómo se vestían las comunidades de cazadores-recolectores del Paleolítico (150.000 - 4.000 a.C.) pero sí que lo hacían, envolviendo sus cuerpos con las pieles de los animales que cazaban y preparaban mediante raederas o raspadores de sílex enmangados para después coserlas con agujas de hueso. Los mimbres y gramíneas silvestres se utilizaron, bien mediante la técnica de entrecruzamiento, primer paso en el ulterior arte del tejido, bien como hebras para coser.

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El adorno, como parte o complemento del vestido, tendrá en el uso del ocre aplicado sobre el cuerpo, una de sus primeras expresiones, ampliado con colgantes a base de dientes, placas de hueso, conchas y piedras perforadas, en ocasiones decoradas con motivos geométricos.

En el Neolítico, iniciado en torno al sexto milenio a.C., el paso a una economía productiva basada en la agricultura y ganadería da lugar a nuevos modos de vida que impulsan el uso de fibras textiles de origen vegetal y animal que, hiladas con husos y tejidas en telares verticales, posibilitarán el aumento y variedad de las formas indumentarias. Estas comunidades, en torno al 1800 a.C., incorporan la metalurgia a su repertorio tecnológico, produciendo o importando piezas para la sujeción de prendas: fíbulas, hebillas, alfileres, botones y adornos: anillos, brazaletes, collares y colgantes.

El vestido en la antigüedad es confeccionado a partir de una pieza de paño cuadrada o rectangular tejida con dimensiones variables en función de la prenda: túnica o manto y del destinatario. Sin forma ni diferencias de género es utilizado para envolver el cuerpo según reglas determinadas de cada periodo y ceñido con piezas metálicas. Se adornan con collares, colgantes en forma de disco solar, pulseras de vidrio y brazaletes de oro.

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Al siglo I. a.C. corresponde la primera referencia escrita, sobre el vestido de los vascones, en la obra Geographica de Estrabón: "(...) y llevan cabellos largos al modo femenino, aunque para combatir se ciñen la frente con una banda (...) Los hombres van vestidos de negro, llevando la mayoría el "ságos", con el cual duermen (...) Las mujeres llevan vestidos con adornos florales". La reseña de una túnica, formada por una o dos piezas de tela cosidas con aberturas para la cabeza y los brazos, se completa con otra de Sulpicio Severo (Dialogorum libri 1,2; 1,8) a principios del siglo V, sobre un manto de lana con pelo, bigerricae, adoptado por los romanos en Aquitania.

En las civitates romanas desde Lampurdum (Baiona) hasta Iruña-Veleia (Álava), la población autóctona secundó, a grandes rasgos, el traje clásico romano, compuesto por paños interiores, túnicas y mantos talares superpuestos, en lino y lana, cuyo número, calidad y suntuosidad estaban acordes a la categoría social del propietario, calzado cerrado y sandalias de cuero. Las túnicas cortas estaban relegadas a la población plebeya.

Entre los siglos V y VIII los vascones, situados entre los nuevos reinos que surgen en Europa tras la desintegración del Imperio, son liderados por una estirpe de guerreros evidenciado en los ajuares con los que fueron enterrados en necrópolis como Aldaieta (Álava): hebillas y guarniciones de cinturón para ajustar túnicas y mantos, elaborados con tejidos de ligamento simple como la sarga y el tafetán, tachuelas de calzado, refuerzos metálicos de cascos de cuero, anillos y collares de cuentas y un profuso armamento compuesto de cuchillos, puntas de lanza y hachas. Restos materiales que se complementan con la crónica de Aimonio que describe el encuentro de Ludovico con su padre Carlomagno tras su estancia en Aquitania:

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"(...) vestido a la usanza de los vascones como los niños coetáneos a él, con una túnica corta, ceñida y redonda en su remate inferior, las mangas extendidas por las manos, perneras extendidas y botas rematadas con espuelas, llevando en la mano una lanza"

(Hª Francorum, 5, 2),

Documentando la adopción vascona de calzones largos, braies, siguiendo la moda franca. Las botas son un elemento más propio de su condición real y militar que el calzado habitual de los vascones, las abarcas, cuya primera referencia escrita data del año 985, en el que se relata que, gracias a ellas y, los mimbres o barajones, el ejército del rey navarro Sancho Garcés atravesó los pasos nevados del Pirineo para liberar Pamplona del asedio musulmán (Lucas de Tuy, Crónica de España, 1236).

El vestido de los siglos VIII al XI se percibe en las miniaturas de códices producidos en los cenobios ligados a la monarquía de Pamplona (Albelda, San Millán) y en estelas funerarias (Ranes, Momoitio, en Bizkaia). Representan a la realeza y al clero, vestidos con túnicas y mantos talares de inspiración oriental. Hay excepciones como la de la estela de la necrópolis de S. Cristóbal de Iturrieta (Bizkaia), con túnica hasta media pierna, abierta por delante en pico, armilausa, de influencia visigótica.

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Durante los siglos XI-XIII el arte románico sirve de guía para conocer las pautas indumentarias al uso. El vestido de hechura drapeada, igual al del resto de los estados cristianos, presenta dos tipologías, la talar y solemne, utilizada por la corte navarra y, la sencilla y vulgar, para el resto de la población. La talar se compone de: camisa interior, lujosa túnica, brial de mangas estrechas, que evolucionan a amplias de boca, y una prenda de abrigo con ricas guarniciones, piel, o la forrada pellizón, y sobre ellas, mantos embrazados, sin que hubiese diferencias entre hombres y mujeres. A la segunda categoría pertenece el vestido popular compuesto, según el peregrino A. Picaud (Codex Calixtinus, V, VII), por túnica de paño oscuro, corta hasta la rodilla, y un manto de lana, cerrado con abertura para la cabeza y corto, cubriendo el torso, al que denominan saia, y, como calzado, labarcas. Nada dice de las mujeres pero éstas vestían con túnica larga y manto, con toca de lienzo cubriendo la cabeza y el cuello que, con el tiempo, evoluciona hacia formas más complejas como el tocado en espiral de bandas rizadas y barboquejo.

Los procesos urbanizadores y mercantiles consolidados a partir del siglo XIII generan una sociedad compleja con la eclosión de un régimen corporativo de artesanos y comerciantes y la irrupción de una incipiente burguesía que, tratando de imitar a la nobleza, extiende el gusto por el lujo y el refinamiento poniendo en peligro la distinción social por el vestido. Para evitarlo los monarcas proclaman sucesivas leyes suntuarias que serán totalmente ineficaces. En lo sucesivo, la tendencia se define por el incremento en la superposición de prendas, cuyo número y calidad está en consonancia con la categoría social de su portador; y por la complejidad resultante de la yuxtaposición de las modas, dificultando su diferenciación, uso y nomenclatura.

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Secundando a C. Bernis las prendas se agrupan en: modeladoras, para ir en cuerpo o semi-ocultas; de en medio o vestir que pueden superponerse en dos capas y, las de encima que son de abrigo o sobretodos. Bajo todos ellos, en contacto con la piel, se encuentra la ropa interior que, con leves cambios, se mantendrá hasta el siglo XVII, compuesta por: bragas sujetas con bragueros en el hombre; coses y faldillas en la mujer y, para ambos, camisa o elegante alcandora y calzas hasta el muslo o enrolladas bajo las rodillas. En este periodo, las prendas usadas en cuerpo serán: la saya encordada unisex, ceñida al costado con cordón y mangas de quita y pon, y el elegante brial, en lo sucesivo sólo femenino, cubiertos o no por las de vestir a base de amplias túnicas despegadas, sin distinción de sexo, piel, aljuba o, el pellote, de origen castellano, sin mangas y largas aberturas bajo las sisas hasta la cadera. Los sobretodos presentan gran variedad de prendas y modelos: mantos y capas, abiertos o cerrados -de cuerda, aguadera, redondel-; la amplia garnacha con mangas cortas y el tabardo con mangas perdidas, maneras y capuchón. El calzado tendrá el mismo camino ascendente en complejidad y variedad que el resto; desde la calzas con suela a los zapatos y servillas, pasando por el apuntado gótico y abocando, a finales del periodo, en el escotado y chato francés.

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En el siglo XV la Casa Real navarra, tributaria de la moda franco-borgoñona, incorpora al traje cortesano y burgués el ideal de elegancia gótico, de figura estilizada a base de hombreras marcadas y ceñida cintura, con la introducción en el traje masculino de prendas cortas y modeladoras: jubón con alto collar y calzas altas sujetas con agujetas, el sayo talar gironado y, el apuntamiento exagerado de bonetes y zapatos. El femenino adopta los tocados como los elevados bonetes en forma de cono truncado con velo y bucle sobre la frente o los rollos y como prendas de vestir, el elegante surcot abierto en los costados dejando ver la cota o, la ampulosa ropa ceñida con ancha faja bajo el pecho sobre brial escotado. Como prendas de cubrir para ambos sexos, la elegante houppelande, de cuello alto y voluminosas mangas, la loba y los mantos.

El traje del común, en todo el periodo, apenas sufre cambios con respecto al precedente. La saya deriva en sayo, corto y ablusado o, en una de sus variantes, capisayo, es la prenda masculina para ir en cuerpo:

"seis pieças de márfega para 100 capisayos con sus grandes capirotes para vestir 100 povres a causa de dit duelo"

(Exequias de Leonor de Navarra, en 1414, Gaibrois, p. 33).

Las mujeres, saya o brial, entallado y largo, directamente sobre la camisa y ropa interior. Como sobretodo femenino, mantón grueso o forrado, y el capuz, también masculino, que alternaran con el gabán, de capuchón y mangas; el capote a modo de escapulario con capuchón y la zamarra. El tocado, cuyo uso crece en importancia, se extiende a los hombres, que usarán cofias y capirotes cuya punta tiende a alargarse -manga- cayendo sobre el hombro y, sombreros de ala para protegerse del sol. Las mujeres, con excepción de las doncellas que muestran la cabeza rapada, llevan sobre las tocas, altos tocados en lienzo de formas complejas, según relata Schaschek en la crónica sobre el viaje del Baron Rosmithal:

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"en Vasconia las mujeres se cubren con tocados raros, a veces hechos de forma de cantarelo, a veces en la frente como los hombres y a veces como platos llenos (...) aquí vimos por primera vez las mujeres y las mozas con las cabezas rapadas, salvo algunos mechones que se dejan de cabello largo, y su vestido es tan extraño que no hay semejante en ninguna de las regiones que visitamos"

(García Mercadal. T.1, p.113).

Finalizadas las guerras de bandos, los territorios en torno al Golfo de Bizkaia prosperan en base al dinamismo de sus ciudades, lugares de tránsito de ideas, mercancías y viajeros. Desaparecida la corte navarra, la moda atiende desde la lejanía y con retardo, las directrices de las cortes francesa y española pero la exaltación del individualismo renacentista favorecerá el desarrollo de indumentos propios, perpetuando, especialmente en el vestido femenino, usos antiguos como el tocado, ampliamente difundidos por su originalidad en Europa a través de los Libros de Trajes (Weiditz, Enea Vico, Vecellio, Desserps). A este periodo corresponde, la creación de las primeras cofradías de sastres y calceteros y la impresión del primer libro de sastrería (Madrid 1580), por Juan de Alcega, oriundo de Fuenterrabia que, aplicando la geometría al oficio, reproduce 135 patrones para hombre y mujer.

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En adelante la generalización en el vestido masculino del traje corto supondrá, la bifurcación con el vestido femenino que seguirá siendo talar. El traje al uso se compone de camisa, cuello de lechuguilla y jubón y, de cintura para abajo, calzas y muslos con cuchilladas y medias-calzas sujetas con ligas. Encima las prendas de vestir: cuera, coleto, ropilla, ceñidas con pretina y sobre éstas, los sobretodos fundamentalmente capas con capilla, herreruelos y el elegante bohemio, y como tocado sombrero y gorras. Los campesinos, artesanos y hombres de mar visten de corto con prendas de paños burdos y flexibles -jubón, ropilla o sayuelo- ceñidas con cinto sobre calzas enteras y bragueta o, calzones de pata larga y ancha con repuestos de color. Para abrigo, el clásico capote, la garnacha, el tabardo y el capotillo de dos haldas y, en la cabeza, capirote de manga, gorras y galota. Calzan zapatos de lazo, abarcas y zuecos. El vestido de encima de las matronas nobles, colocado sobre saya acampanada por el verdugado y, la gorguera, es de seda, amplio y largo. A esta categoría pertenecen: el hábito cerrado y, el tres cuartos mongil, la ropa, abierta de arriba abajo y, la saya francesa, escotada, de talle alto sobre prominente abdomen y cinta de cadera, con la particularidad autóctona de que todas llevan delantal.

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Como prendas de abrigo los mantos, zamarros y capas. Como tocado, bonetes, gorras y pequeñas protuberancias forradas sobre la frente -rollos-. Calzan escarpines de lienzo con zapatas solas o sobre chapines. Las villanas adoptan en cambio, la silueta de formas llenas y robustas vistiendo saya entera, o el dos piezas de sayuelo o gonete ceñido con cintas y fajas, y basquiña con remetidos en las caderas, aireando las faldillas y las mangas de la camisa, siendo sus principales identificadores el tocado corniforme y el delantal. Como abrigo el mongil, la loba, además de la garnacha, el capotillo de dos haldas, corto y plisado y los mantos y mantillos. Entre los mantos, destacar el amplio y envolvente de la circunscripción de Baiona, encajado en la cabeza con una larga y plegada caída, o becas extendidas hacia atrás.

Según avanza el periodo los tocados corniformes utilizados en los pueblos colindantes al Golfo de Bizkaia, serán cuestionados por la autoridad eclesial y civil "por ser figura indecente y scandalosa" y por la cantidad de lienzo y guarnición utilizados en su desarrollo, contraviniendo la reglamentación suntuaria. Confeccionados en lienzo o beatilla enrollada, aglutinan una gran variedad de formas y tamaños, relacionados con su lugar de procedencia, tal y como se aprecia en "Abitos y Tocados antiguos y modernos usados en Vizcaya", uno de los tres óleos que Francisco de Mendieta pintó en torno a 1600.

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Dos de estas pinturas muestran además la evolución del traje masculino a lo largo del siglo XVI ya que con respecto al "Besamanos", que reproduce un evento de 1476, se tornan en riguroso negro con excepción del blanco cuello de lechuguilla, secundando la severa etiqueta de la corte española de Felipe II. El traje femenino, con cuello de lechuguilla, presenta silueta piramidal vistiendo, sobre la cotilla y el verdugado, una saya de dos piezas formada por el jubón terminado en pronunciado pico y basquiña, engalanada con delantal blanco o negro y escarcela colgada al cinto. Para abrigo: mantos y capas. Profusión de joyas (aretes, cadenas, Agnus Dei, cruces, sortijas), agujetas, cabos y adornos de oro y plata en tocados y vestidos, espadas, puñales y cuchillos, sancionados como costumbre "de la tierra" y heredados de padres a hijos, serán respetados por las sucesivas pragmáticas suntuarias.

En el siglo XVII los cambios más importantes en el traje masculino marcan la evolución de las calzas a los calzones y greguescos, y el cuello de lechuguilla a la golilla y valona almidonada. La moda femenina favorece cambios en la silueta con el ahuecamiento de las faldas mediante rellenos, como el guardainfante utilizado en la moda cortesana o la superposición de refajos entre las clases populares. A este periodo corresponde la imagen más antigua del traje del Valle del Roncal, difundida por Cano y Olmedilla en el XVIII, y representativa de una trayectoria indumentaria circunscrita a los valles pirenaicos: el hombre vestido de corto más capote con valona, sombrero y zapatos de hebilla; la mujer con toca de lienzo fruncido y sobretoca viste, sobre jubón y basquiña, ropa con peto de brocatel ceñido con faja y delantal.

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París, erigida con el reinado de Luis XIV (1660-1715) en el centro occidental del lujo y la moda, instaura en Europa el traje masculino a la francesa o militar, confeccionado en exquisitas y luminosas sedas, bordados y galones. Secundado, a partir de mediados del siglo XVIII, por los ilustrados locales y los sarcásticamente llamados por Larramendi "andiquis", se compone de casaca, chupa, camisola con corbatín sobre camisa interior, calzón sobre calzoncillos, medias y zapatos de hebilla y, como abrigo, redingotes y capas. Las "andiquesas", sobre camisa y cotilla, enaguas y tontillo, visten conjuntos de dos piezas compuestos de casaca con haldetas, peto y basquiña o la informal casaca larga, manteau, creación de las modistas parisinas, para llevar con basquiña utilizada tanto por las señoras como por sus dueñas, estilada por las últimas con sayas, colchadas interiormente, imitando la estética del tontillo de sus señoras. Usarán también la elegante bata, abierta y ceñida en la cintura, dejando ver el peto y el brial y cola de pliegues, en la parte de atrás. Zapatos forrados, con tacón o chinelas. Para el paseo, capotillos y mantuletes. Los complementos definen la moda: sombrero de plumas o tricornio sobre peluquín o coleta empolvada, bastón, guantes, reloj y espadín para los hombres y, echarpes, pañuelos, manguitos, sombrillas y cintas, lazos y plumas para el pelo ensortijado de las señoras (Larramendi, 184). Modas que, junto a escenas cotidianas de la gente común, son reproducidas por el pintor de corte Luis Paret y Alcazar durante su destierro en Bilbao (1778-89). Como reacción el pueblo configura el traje denominado "de la tierra o del país", reivindicando el uso y la costumbre en el vestido, y se dota de una estética propia que, con pocas variaciones, se perpetúa hasta el siglo XX.

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El traje masculino personaliza el terno francés: la casaca, convertida en chaqueta o chamarra y la chupa, ambas largas hasta la cadera y con botonadura central, sobre camisa de lienzo con pechera y amplia de cuerpo y mangas y calzón corto o largo marinero, sujeto con faja de color; medias y zapatos o, calcetines y peales burdos con abarcas. Como prendas de abrigo chartesas, capisayos, anguarinas, zamarras, mantas, encerados de lienzo en la costa y, las elegantes y largas capas de los mayorazgos con makilla - makhila o espadín. Cubriendo la melena, monteras, sombreros -copa media o alta, puntiagudo, gacho, vertedera-, gorra en la costa y, en Zuberoa, amplia boina tejida a aguja, con aro. El traje femenino elimina las formas corniformes del tocado y viste jubón con basquiña o saya, sobre refajo de lila guarnecido y ropa interior de lienzo: camisa, corta o larga, encorsetada por justillo de agujeta, enaguas y medias o calcetines dependiendo del calzado. El uso de manto o mantilla para entrar en la iglesia, que la autoridad eclesial había querido imponer desde el siglo XVII a doncellas y mujeres en contra de la costumbre, se hace realidad fruto de la moda, adoptando diferentes modalidades según territorios: en Bizkaia y Gipuzkoa las casadas lo llevan sobre el tocado; en los valles navarros, la mantilla de paño con borla central, rojo para solteras, según liturgia para casadas y negro para viudas, sustituirá al tocado antiguo de lienzo, al igual que en Álava; y en Iparralde, las doncellas usaran mantaliñac mientras las desposadas mantendrán, para duelos y lutos, el uso de largas y negras capas kaputxina y kaputcha.

Tras la revolución francesa, el ascenso de la burguesía, la instauración de valores de igualdad social y el principio universal del individuo a vestir libremente (Declaración 29-10-1793) generan cierta homogeneización social por el vestido, favorecido por una producción industrial. La moda, trasunto de los dictados de París y Londres, se define internacional y ecléctica con hechuras cómodas e higiénicas, acordes con los nuevos hábitos de vida y se difunde rápidamente mediante las revistas de moda, los grandes almacenes y comercios de novedades, siendo adoptada por el amplio espectro de las clases urbanas. Como contraposición, en 1858 F. Ch. Worth instaura la Alta Costura, creando para la realeza y aristocracia europea elegantes diseños personales, modernizando el concepto moda, orientado a la consecución de una apariencia distinguida y elegante. Entre su clientela se encuentra la emperatriz Eugenia de Montijo, quien erigirá Biarritz en el escaparate de la moda más exclusiva.

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Los miembros masculinos de la burguesía comercial, convertida a lo largo del siglo XIX en naviera e industrial, buscarán la sencillez y confortabilidad de la sastrería inglesa a medida, vistiendo frac, de cuello vuelto y solapas que se repiten en el chaleco cortado recto en la cintura, camisa, corbatón, pantalón, calcetines con ligas y zapatos o botas, alternando con el traje a la francesa para vestir. Como abrigo el capote inglés, que jubilará a la capa, bastón y guantes. En la segunda mitad, sin grandes cambios en lo esencial, se extiende la levita con sombrero de copa, chistera, siendo relegada, para fines de siglo, al ropero de los hombres maduros y, sustituido paulatinamente por el traje de chaqueta americano de tres piezas, camisa con cuello de vuelta, corbata y tirantes que, prevalecerá hasta la actualidad como el traje masculino por excelencia y de uso general por todas las clases sociales. Sombrero hongo o flexible para diario y el informal canotié. Como sobretodo el gabán, sustituido tras la Gran Guerra por la gabardina. Frente a la actividad profesional masculina, la condición social de la mujer elegante requiere, acorde a la etiqueta, un amplio y variado guardarropa a la moda. En 1800, el estilo neoclásico de vaporosos vestidos camisa, sobre cuerpos libres con chaquetillas spencer, chales y capotas, tendrá gran aceptación entre las afrancesadas bilbaínas y vitorianas y su propia expresión en el traje popular suletino. A partir de 1830, el vestido romántico recupera el corsé, enfatiza el talle y da volumen a mangas y faldas, bajo las cuales se superpone la ropa interior: camisa, y pantalón con abertura central, camisola, enaguas, zagalejos y armazones. Durante el resto de la centuria el atuendo, cortado en la cintura, no hará más que emperifollarse "la elegancia era toda abundancia; caídas y recogidos o prendidos" (Orueta, p. 86), evolucionando el vuelo de sus faldas, de oronda con miriñaque a trasera con polisón acompañada de chales, pieles, esclavinas y complementos nuevos cada temporada: sombreritos, plumas, sombrillas, paraguas, guantes, abanicos y pañuelos de mano, zapatos de tacón y botines. Para asistir a los oficios religiosos mantilla sobre alto peinado y basquiña negra, al estilo español.

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La Belle Époque (1890-1914) genera siluetas sinuosas mediante corsés que empujan el pecho hacia delante y las caderas hacia atrás vestidas con cuerpos con viso de guipur y mangas abullonadas en el antebrazo y, faldas ceñidas en cintura y caderas y acampanadas, con cola, al tocar el suelo. Ampulosos sombreros y capas. La innovación será el versátil traje sastre, derivado del masculino, formado por chaqueta tres cuartos, blusa de encaje y falda larga recta, que se irá acortando a medida que transcurre el nuevo siglo. Su sencillez lo hará apto para cualquier actividad y condición social. En este cambio de siglo, la presencia estival de la Reina Mª Cristina convierte San Sebastián, junto con la cosmopolita Biarritz, en sinónimo de lujo y elegancia, extendido, a lo largo del año, a los enclaves que detenta la oligarquía vasca entre Neguri y Baiona. Para atender a esta clientela las sastrerías londinenses y los grandes creadores parisinos (Poiret, Patou, Chanel) eligen Biarritz para abrir sucursales al igual que lo hace Cristobal Balenciaga con San Sebastián donde abre su primera casa de modas, Balenciaga y Cía., en 1918. En el periodo de entre guerras mundiales, el papel cada vez más activo de la mujer y la igualdad de género ante la ley se refleja en un vestido funcional, creado por y para ellas, con la adopción por las jóvenes de formas prácticas y cortas, con prendas cuya caída se inicia en los hombros, y se recoge en la cadera, abrigos rectos, peinado a lo garzón con sombrero cloche y, el punto y el tweed para prendas sport con alpargatas y zapatillas. En los 30, el traje se simplifica, la cintura vuelve a su sitio, se alargan las faldas cortadas al bies para volverse a acortar y una novedosa lencería de sujetadores, bragas, fajas, combinaciones y medias con liguero, en seda, modelan un cuerpo de formas naturales.

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El traje popular, circunscrito al mundo tradicional, en su más amplia y elegante expresión, ingresa en el guardarropa a partir de la boda y, acompaña a su dueño hasta el fin de sus días. A finales del siglo XIX, tras el asentamiento de la industria textil, el traje ampliará y diversificará el número y color de sus prendas combinados con el elegante negro, siendo inmortalizado por fotógrafos y pintores. El femenino consta de: jubón, chambra o chaqueta a juego de saya larga y vueluda, vistoso pañuelo de seda en el escote o toquilla y delantal, amplio para el trabajo y elegante para la iglesia. Encima mantón negro de paño o lujoso de Cachemira o Manila. El largo cabello es recogido en trenza y atado con cintas por las solteras y cubierto con pañuelo blanco o color por las casadas. Este tocado, sabanilla, toma la forma deseada al colocarlo y atarlo sobre la cabeza, generando gran variedad de formas según procedencia: elevado cono truncado con nudo en el frente; de vuelo replegado mostrando dos o tres puntas; abierto por detrás con las trenzas colgando o, el motto, de confección, para cubrir el rodete del moño. El calzado, común a ambos sexos, medias y zapatos sustituidos, en el día a día, por calcetines y abarcas. El traje masculino se compone de chaquetas y chamarras de variada hechura, color y guarnición, y chalecos que, cortados en la cintura, desarrollan cuellos y solapas sobre camisas de lino o percal, mientras el pantalón comparte espacio con el calzón, ambos de lienzo o paño, con bragueta de trampa, y faja de color. Como sobretodo capa, larga con esclavina y, en Iparralde, además, la bruxa de satén negro, corta hasta la cintura y con cierres de plata o alamares que, tendrá su homóloga festiva y laboral, en el sur, blusa, larga hasta la rodilla en negro o blanquiazul rayada o de cuadritos. El pañuelo al cuello es utilizado por marineros y suletinos y, atado en la cabeza, zorongo, en territorio navarro. Con la primera guerra carlista se introducen en la parte peninsular la alpargata y la boina, convirtiéndose ambas, en elementos identificadores e ineludibles del traje popular, a partir de su confección semi-industrial, y exportadas a Sudamérica con la diáspora decimonónica. La boina, corta o de vuelo, de color o negra, gracias a sus múltiples cualidades de textura, versatilidad y bajo precio, se convierte en el tocado por antonomasia tanto urbano como tradicional, sin distinción de clase. A este periodo corresponde, en la parte peninsular, la introducción masiva del mahón, o azul Vergara, para la confección de prendas de trabajo, en origen destinado al mundo obrero, pero adoptado rápidamente en el ámbito rural y marítimo como ropa de diario.

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Con la guerra civil española, la vida se interrumpe, llega la muerte y el exilio para muchos (entre ellos Francisco Rabaneda Cuervo, el futuro modisto Paco Rabanne, creador del tejido metálico de los 60) y los que se quedan sobreviven. La parte norte, cobijo de muchos y aún destino idílico, ve truncada su paz con la segunda guerra mundial. Todo se tiñe de negro incluido el traje popular circunscrito a los mayores. Las mujeres con pañuelo de cabeza, marinera ablusada a juego de la falda, delantal, medias negras y mantilla para la iglesia, mientras las jóvenes se cortan el pelo y adoptan las modas urbanas. El masculino salvaguarda su traza en el de diario con chalecos, fajas, blusas, elásticos, pantalones, calcetines de lana y abarcas de goma pero, en el de vestir, adopta el traje de chaqueta de confección, camisa con botonadura cerrada hasta el cuello sin corbata, calzando medias y zapatos de cordón y, en ambos casos, boina. En el ámbito urbano se impone una moda dominada por las circunstancias con ropas de confección estrenando algún pequeño complemento por temporada. La confección doméstica y la modistería copian patrones de las revistas y las jóvenes miran al cine buscando ideas para sus clases de corte y confección. Bajo el integrismo católico, las mujeres usan vestidos con escote mínimo, cinturilla encajada y largo hasta la rodilla, trajes de chaqueta con blusa, jersey y rebeca, adornadas con medalla religiosa, collar de perlas o pañuelo, abrigos de pequeñas solapas o piel y medias de nylon para las afortunadas con zapatos topolino. Mantilla, misal y rosario para la Iglesia. Los hombres visten americana y pantalón para diario y, traje chaqueta con corbata y pañuelo en el bolsillo superior, para vestir. Boina y gabardina en invierno, y fresco pantalón mil rayas con camisa para el verano. Las clases acomodadas usarán la confección a medida con trajes de buen paño con chaqueta cruzada y pantalón con vuelta, abrigo y sombrero flexible y sus mujeres, seguirán vistiendo modelos de alta costura confeccionados en San Sebastián por Balenciaga y Pedro Rodríguez o en Madrid y el extranjero. A partir de los 60 las franjas de edad marcan los diferentes estilos en el vestir. Cierran las casas de alta costura y se inauguran, en Bilbao, los grandes almacenes españoles, El Corte Inglés y Galerías Preciados. Los jóvenes, social y políticamente contestatarios, influenciados por los movimientos hippie y folk singularizan su estética con melenas y barbas, camisas de cuadros y vaqueros, conjugados con prendas reivindicativas identitarias, como el kaiku de paño o de punto con borlas o las inglesas trenkas, utilizadas igualmente por las chicas que, acortan vestidos y visten faldas escocesas o pantalones de pata ancha y ceñidos jerséis. La renovación socio-económica de la transición genera una nueva organización de la actividad textil centrada en el prêt-à-porter, surgiendo creadores de reconocido prestigio: Ángela Arregui (+), Javier de Juana, Conchu Uzcudun, Palacio & Lemoniez, Jota + Ge, Ailanto, Mercedes de Miguel, Modesto Lomba, Javier Barroeta, Miriam Ocariz, Carlos Diez y Ion Fiz. En 1992 se crea la Agrupación de Moda Vasca con especial atención por los Nuevos Diseñadores y, en 2001, la Asociación de Diseñadores de Ropa y Complementos de Navarra.

Junto a la moda, ecléctica y global, plural y uniformizante a la vez, producida y distribuida a precios asequibles por las grandes cadenas, la calle genera tendencias proyectadas internacionalmente por marcas autóctonas, a partir de prendas sencillas como las camisetas de Kukuxumuxu; lo deportivo trasladado a lo cotidiano, caso de las surferas Loreak Mendian, Skunkfunk, North Company; de sensibilidades implicadas con la ecología y la innovación como Ternua e Indarra.dtx, o el reciclado y la solidaridad como Ekorropa, sin obviar reformulaciones de prendas autóctonas en moda, véase la alpargata, mediante la venta on-line, cada temporada, por firmas como Pare-gabea, Arin, Garcia, Soka o Espelde, desde Iparralde. En el curso 2009-10, la UPV-EHU puso en marcha el Título de Especialista Universitario en Diseño de Moda.

  • ALBISU, Ane. Atondu - XXI menderako proposamena. Donostia, 2006.
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