Partidos Políticos

Partido Socialista Obrero Español

En la trayectoria del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en Euskal Herria entre 1890 y 1936, cabe distinguir dos etapas diferenciadas, simbolizadas cada una de ellas por los dos líderes que dirigieron, uno después del otro, el movimiento socialista de la región: Facundo Perezagua, de 1885 a 1914, e Indalecio Prieto, de 1914 a 1930/1936.

El movimiento socialista inicia sus actividades en Vizcaya en 1890 y las características que adquiere en sus primeros años lo marcan decisivamente hasta 1914. Epoca de guerra sin cuartel (Olábarri), de socialismo militante (Fusi), la conflictividad social tuvo un tono de lucha directa, dura y, a menudo, violenta. Los primeros líderes obreros (Perezagua, hermanos Carretero, Pascual, Aldaco, etc.) iniciaron una labor de organización de los obreros en Agrupaciones políticas (el 11 de julio de 1886 se fundó la Agrupación Socialista de Bilbao, la primera del País Vasco) y en Sociedades de Oficio.

Sin embargo, el socialismo no logró la dirección del movimiento obrero vizcaíno -lo que efectivamente hizo a través de la divulgación de sus ideas o de la adhesión a sus filas de un número alto de militantes, sino por su participación decisiva en las tres oleadas de huelgas que se producen entre 1890 y 1911, entre las que destacan las cinco grandes huelgas mineras de 1890, 1892, 1903, 1906 y 1910. De estos conflictos fueron protagonistas los mineros. Los obreros de las fábricas, en cambio, permanecieron al margen de la influencia socialista hasta los años de la Primera Guerra Mundial (en parte debido a sus relativamente buenos salarios, condiciones de trabajo y asistenciales y a los fracasos socialistas en algunos conflictos, como en 1893 y 1899).

Los mineros fueron la fracción de la clase trabajadora que mejor simboliza los conflictos sociales de la primera época de movilización obrera. El carácter que tuvieron aquellos conflictos sociales, empezando por la histórica huelga minera de mayo de 1890, influyó profundamente en la evolución de la política del Partido Socialista. Los mineros impusieron la violencia como su mejor arma de presión, y los socialistas se encontraron ligados a manifestaciones turbulentas que en ocasiones rechazaban, pero que en otras buscaban para reafirmar la línea obrerista del Partido (como Perezagua en 1903). No fue, no obstante, una violencia con objetivos políticos, sino exclusivamente laborales.

El éxito de aquellos métodos creó en los trabajadores la idea de que era más efectivo fiar la resolución de sus demandas a acciones más o menos violentas que a una paciente política de reivindicación organizada desde las Sociedades Obreras. Precisamente, el sindicalismo fracasó (hasta 1910-1911) allí donde los disturbios fueron más graves, las minas. En este contexto de desorganización societaria, la dirección de los conflictos mineros debieron asumirla las agrupaciones del Partido, creándose desde fecha temprana una identificación entre acción sindical y acción socialista.

Así, un Partido político se hizo con el movimiento obrero a través de una dirección sindical. Lo que explica que algunos líderes como Perezagua despreciaran cualquier opción política dentro de la organización que pusiera en peligro el carácter obrerista del Partido. Durante esta etapa militante no llegó a surgir ningún otro movimiento que pudiera constituirse en alternativa a la organización socialista -ni en 1904 católicos y republicanos, ni en 1911 ELA -Solidaridad de Obreros Vascos-, aunque, por otro lado, su radicalismo laboral y su aislamiento de clase le privaron de una proyección política de importancia.

De 1890 a 1909 convivieron, sin tensiones graves, dos tendencias en el socialismo de la región: una, radical sindical, encarnada en Perezagua, Varela, Ruiz, y otros, partidaria de una política de carácter obrerista e inclinada al aislamiento de clase, y otra, moderada política, representada por los hermanos Carretero, Aldaco, Orbe, y, desde comienzos de siglo, por Prieto, partidaria de alejar al Partido de cualquier extremismo político o sindical, de un entendimiento con sectores democráticos y proclive a encauzar la política del Partido hacia la lucha electoral y la moderación laboral. La convivencia de ambos sectores se hizo imposible desde el 7 de noviembre de 1909, cuando el PSOE firmó la conjunción con los partidos republicanos.

La nueva política -defendida con ímpetu, ahora, por Pablo Iglesias- nunca fue del agrado de Perezagua, y su decidida oposición a la misma en 1914 originó su expulsión del Partido. Desde entonces, el nuevo líder del socialismo vizcaíno será Indalecio Prieto Tuero, cuya victoria significaba el final de la primera etapa del obrerismo socialista vasco, caracterizada por el radicalismo político y sindical. El movimiento obrero vasco, guiado por Prieto desde esta fecha, realizará una política laboral más prudente y se centrará en luchas políticas, sobre todo electorales.

A lo largo de los años que van de 1914 a 1923, el socialismo arraiga definitivamente en Guipúzcoa. Hasta entonces, la conflictividad social había tenido escasa entidad en Guipúzcoa. En medio de un panorama de completa desmovilización obrera los intentos de algunos socialistas de constituir sociedades de resistencia y agrupaciones políticas no prosperaron, de manera que las agrupaciones socialistas de San Sebastián y Tolosa, por ejemplo, creadas en 1891, debieron refundarse en 1897.

Eibar fue la excepción: el grueso de su clase obrera quedó bajo el liderazgo socialista (los primeros propagandistas fueron de origen vizcaíno) desde fecha temprana, aunque el tipo de trabajo, de pequeño taller y bien remunerado, potenció entre los trabajadores eibarreses una visión más cooperativa que estrictamente de clase en sus relaciones laborales. En los años que van de 1915 a 1921-1923, los socialistas guipuzcoanos se hacen con la dirección del movimiento obrero de la provincia, a través de una creciente conflictividad motivada por el encarecimiento de las subsistencias durante la Primera Guerra Mundial. La Unión General de Trabajadores (UGT) de Guipúzcoa pasa de unos insignificantes 300 afiliados en 1900 a 8.382 en el bienio 1920-1921. De todos modos, habrá que esperar a la II República para que la influencia laboral socialista desemboque en una proyección política sustantiva.

No experimentaron a lo largo de esta primera fase de la historia socialista una incidencia de esta ideología comparable a la habida en Vizcaya y Guipúzcoa. Por razones semejantes -ausencia de industrialización y escasez de población obrera y de conflictos sociales- en aquellas dos provincias habrá que esperar a la II República, en el caso de Navarra, e, incluso, a la etapa actual, en el caso de Alava, para reconocer una presencia relevante del Partido Socialista. En Pamplona se ha podido documentar la presencia temprana de socialistas en la ciudad, en 1885, y la constitución de una agrupación del Partido el 17 de abril de 1892, bajo la dirección de Eustaquio Urra -verdadero promotor del socialismo navarro de la primera hora- y de Nicolás Bernardino Luquin.

Pese a los esfuerzos locales, y a la presencia en la capital navarra de Pablo Iglesias, pronunciando un sonado mitin en el trinquete de la calle Pellejerías, el 5 de junio de 1892, los socialistas tuvieron una corta vida organizada, de manera que a la altura de 1893 había desaparecido aquella primera agrupación. En agosto de 1902 se reconstituyó la Agrupación Socialista de Pamplona, bajo la dirección de hombres que van a destacar en el socialismo local: Gregorio Angulo, Serafín Uriz y Benito Landa. Sin embargo, el socialismo navarro no tendrá un verdadero despegue hasta los años republicanos.

Antes de ese período su proyección pública fue insignificante, reduciéndose a un número escaso de militantes, agrupados de manera aislada: en 1915, la Agrupación de Pamplona tenía sólo doce militantes; en 1921, veintiocho. Tuvieron, no obstante, algún éxito notable, como la elección de Gregorio Angulo como concejal del Ayuntamiento de Pamplona, en 1914, en coalición con los republicanos. En 1920, Gregorio Angulo promovió la fundación de una Agrupación en Fitero, primer pueblo navarro que llegó a tener un alcalde socialista. La primera Agrupación del PSOE en Alava, la de Vitoria, se fundó, sucesivamente, en 1897 y 1899, reconstituyéndose, de manera estable, a partir de enero de 1902. Pero, desde entonces, y hasta la II República, no hizo el PSOE ningún otro avance organizativo en la provincia.

Entre 1914 y 1923-1930 se asiste a una nueva fase en el movimiento socialista del País Vasco, caracterizada por los dos fenómenos señalados más arriba: prudencia sindical y lucha política electoral. En Vizcaya, los años de la Gran Guerra crearon las condiciones necesarias para que el movimiento socialista se hiciera con el liderazgo del sector clave de los obreros de las fábricas, astilleros y grandes talleres de la margen izquierda de la ría del Nervión, hasta entonces al margen de la influencia del PSOE. Es indudable que la guerra, que impulsó la exportación de productos siderometalúrgicos y el transporte marítimo, fortaleció las posiciones de los obreros metalúrgicos.

Pues bien, a través de la actuación del recién creado (en marzo de 1914) Sindicato Obrero Metalúrgico de Vizcaya (SOMV), y de una serie de huelgas victoriosas, los metalúrgicos quedaron bajo control socialista. Su movilización dio a los socialistas la fuerza política y electoral en los distritos de Barakaldo y Balmaseda, por primera vez en la historia obrera de la región. Es cierto que durante los primeros años del socialismo en Vizcaya la corrupción electoral de los grandes industriales (Chávarri, Martínez Rivas, Casa Torre, etc.) hinchó enormemente su representación, pero no es menos cierto que los exiguos votos obreros conseguidos entonces por los socialistas eran su auténtica y genuina audiencia política.

A la altura de 1918, en cambio, el electorado obrero de Bilbao y de la ría, estaba encuadrado políticamente en el PSOE (entre 1918 y 1923 Indalecio Prieto resultó elegido ininterrumpidamente diputado por Bilbao) y sindicalmente en la UGT (en los años 1919/ 1920 la UGT alcanza una afiliación de 18.000 miembros, de los cuales 9.000 pertenecían al SOMV y 7.000 al Sindicato Minero). La política de moderación de esta nueva etapa del sindicalismo vasco que va de 1914 a 1923/1930 pudo mantenerse inalterable incluso cuando los peligros de desbordamiento por la izquierda fueron más serios, en los años 1921/1922, años en que los elementos comunistas escindidos del PSOE -grupo especialmente relevante dentro del socialismo de Vizcaya- actuaron intentando radicalizar el movimiento obrero sobre el telón de fondo de la gravísisma coyuntura de crisis económica que se desencadenó al final de la guerra europea.

No tuvieron éxito, y en 1922 la UGT procedió a expulsar a los sindicatos dominados por los comunistas. Así pues, entre 1914 y 1923 los socialistas habían consolidado el control, esta vez de un modo estable, bien organizado y políticamente rentable, del movimiento obrero de la región. De 1923 a 1930, los socialistas vascos conservaron sindicalmente sus posiciones en el movimiento obrero de la región. Políticamente fueron adversarios de la Dictadura de Primo de Rivera, y sus firmes posiciones de oposición política -no compartidas por el socialismo madrileño, de fuerte raíz obrerista- hicieron de la Federación Socialista Vascongada, liderada por Prieto, la única que rechazó la colaboración con el régimen del dictactor.

Este largo período de 1914/23-30 aseguró la presencia de los socialistas como fuerza dirigente del movimiento obrero en Vizcaya y Guipúzcoa, con una proyección política-no sólo sindical- relevante. En las otras dos provincias tuvieron escasa incidencia. En Alava no tuvieron ninguna, ya que la presencia socialista organizada siguió reducida a Vitoria, y en Navarra, en cambio, podemos registrar la existencia, a lo largo de estos años, de agrupaciones del Partido en Yesa y Villava (1924), Castejón (1927), Fitero (1928), Azagra (1930), Aoiz (1931) y Tudela, además de Pamplona.

Durante la II República el socialismo vasco fue afianzándose en las características que venimos señalando, hasta el punto de ganar un puesto específico en el conjunto del socialismo español. Las constantes políticas del PSOE en el País Vasco fueron imponiéndose en épocas de crisis y fractura en el interior del movimiento socialista español. A lo largo de esos años decisivos de la historia, Prieto se convirtió en el líder indiscutido de los vascos, pese a no vivir ya en Bilbao. Los rasgos de un proyecto socialista moderado, republicano, reformista y no revolucionario, que defendió en todo momento Indalecio Prieto, fueron identificándose con los mantenidos por la organización socialista vasca.

En ese período se produjo una fractura interna del PSOE en la que el socialismo local opta, tanto por razones de táctica política como de postulados ideológicos, por el prietismo, enlazando con el moderantismo laboral y el pactismo político que implantara el dirigente bilbaíno desde 1914. Durante el largo proceso histórico que media entre la proclamación de la II República y la revolución de octubre de 1934, el socialismo vasco prolonga esos mismos planteamientos políticos de democracia y reforma.

Durante la primera etapa republicana (1931-1933), los principales planteamientos de los vascos son: la prioridad concedida al afianzamiento del nuevo régimen sobre las reivindicaciones específicamente obreras; la creencia en las posibilidades reformistas de la República; la confianza depositada en la Constitución y en la legislación social para cambiar las cosas; la defensa de la presencia de los ministros socialistas en el Gobierno para asegurar la proyección progresista de la República, y, por último, el sostenimiento de una estrategia de transición al socialismo por agotamiento del ciclo republicano, que justificaba plenamente la colaboración momentánea con un régimen burgués y acreditaba ante la clase obrera la validez de su política de pacto con los partidos republicanos de izquierda.

A lo largo del primer bienio republicano hay una sintonía total en los planteamientos políticos socialistas, tanto en Navarra y Alava, como de Guipúzcoa y Vizcaya. Tanto si se sigue el semanario "La lucha de clases", que editan los socialistas vizcaínos, como "La Voz del Trabajo", de los guipuzcoanos, como "¡¡Trabajadores!!", de los navarros, se podrán observar las mismas esperanzas depositadas en la colaboración con la República para la reforma social (en cuestiones relacionadas con la clase obrera -en Alava, Guipúzcoa y Vizcaya-; en temas agrarios, en Navarra). El nuevo panorama político nacional e internacional (acoso de las derechas contra la presencia de los socialistas en el poder; victoria de aquéllas en las elecciones de noviembre de 1933; ascenso del autoritarismo y de los fascismos en Europa central), lleva al PSOE a un cambio político transitorio, de carácter defensivo -se dice-, ante la acometida de las derechas contra las posiciones que había alcanzado el movimiento socialista español, que le lleva finalmente a cuestionar la validez de la democracia, a propugnar objetivos exclusivamente obreros, y, al final, a preparar una revolución violenta para ocupar el poder y evitar que la República derivara hacia posiciones ultrarreaccionarias o se fuera a un intento de dictadura fascista.

El proceso de radicalización política e ideológica se da en el conjunto del socialismo español, incluido el vasco, por lo que el abandono del reformismo, la ruptura con los partidos republicanos, la alianza con otros sectores obreros y la perspectiva de hacer una revolución, no son objetivos ajenos a los vascos, aunque fueran contradictorios con lo que hasta entonces habían defendido. Dirigentes socialistas moderados, como Julián Zugazagoitia, Toribio Echevarría, -en Vizcaya y Guipúzcoa-, o Tiburcio Osácar -en Navarra-, pasan a defender postulados marxistas de toma del poder por la clase obrera, apelando a la revolución violenta, y de dictadura del proletariado.

La entrada de la derecha no republicana en el poder, representada por la CEDA, fue la gota que colmó el vaso del desencanto por la deriva derechista de la República, a partir de las elecciones generales de noviembre de 1933. El Partido Socialista se lanzó, entonces -octubre de 1934-, a una revolución obrera, escasamente preparada, que estaba en contradicción con toda la historia pasada de moderación del PSOE. A la postre, aquel movimiento revolucionario dividió al socialismo español, obligando a los vascos a pronunciarse por uno de los sectores en pugna.

A partir del final de la revolución de octubre de 1934, el socialismo español experimenta la crisis más grave de toda su historia. Estuvo a un paso de la escisión, y sólo el estallido de la guerra civil pudo evitarla. De todos modos, aunque el movimiento socialista permaneció unido formalmente, ya no puede hablarse en 1935/1936 de una sola línea política en su interior, sino, al menos, de dos grandes corrientes enfrentadas entre sí.

Pues bien, el socialismo del País Vasco optó claramente por una de las dos partes en pugna, esta vez de una manera ideológicamente comprometida, acentuando sus rasgos reformistas, republicanos y no revolucionarios que le caracterizaban desde antaño, haciéndolo, además, contra una fracción que se caracterizaba a sí misma como marxista y revolucionaria. Mientras que los seguidores de Largo Caballero mantenían el discurso revolucionario abierto tras la derrota electoral de noviembre de 1933, llenándolo ahora de apelaciones a Marx, Prieto y los vascos retornaban a las posiciones iniciales defendidas en el primer bienio, rechazando definitivamente los postulados revolucionarios de los líderes sindicales madrileños.

El socialismo de la región se consolidaba entonces en las bases ideológicas que desde 1914 venían identificándolo. Hay que decir, sin embargo, que fue un proceso difícil, prolongado y no unívoco, ya que aunque los grandes núcleos del socialismo vasco (Bilbao, Barakaldo, Sestao, San Sebastián, Eibar, Pamplona, Tudela, etc.), volvieron a la política tradicional de moderación, algunos núcleos importantes del socialismo guipuzcoano (Pasajes, Rentería, Mondragón, Irún), alavés (Vitoria) y navarro (Tafalla, Milagro, Cortes) se inclinaron del lado del radicalismo caballerista.

Durante la II República el socialismo vasco se organizó provincialmente, contra lo que había sido una larga tradición de estructuración vascongada y vasconavarra. La Federación Socialista Vascongada fue una de las primeras Federaciones regionales con que contó el PSOE (no se sabe la fecha exacta de constitución, aunque aparece referenciada en el X Congreso del Partido de 1915). En los años de la Dictadura de Primo de Rivera se convierte en Federación Socialista Vasconavarra. Este nombre se mantiene hasta julio de 1932 en que, ante la disgregación de las agrupaciones navarras (que forman su propia Federación el 16 de junio de 1932), se vuelve a la Federación Vascongada.

Durante la segunda mitad de 1932 hay un proceso de discusión en Guipúzcoa y Vizcaya que conduce a la doble formación (en enero de 1933) de las Federaciones de Vizcaya (que incluye a la Agrupación de Vitoria, cuyos principales dirigentes, en ese período, fueron Primitivo Herrero, Francisco Díaz Arcaya, Pedro Guirao y Juan Rueda) y de Guipúzcoa. La iniciativa de separarse provino de Navarra, que a comienzos de 1932 tenía trabajadores organizados en 55 pueblos (a través de la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra, de UGT) y agrupaciones en varias localidades.

El motivo argumentado para la separación fue el incremento de efectivos y la eficacia organizativa, en ningún caso motivaciones políticas que tuvieran que ver con el simultáneo proceso de separación de Navarra del proceso estatutario vasco, aunque indica, también, que las Federaciones regionales anteriores no respondían a criterios ideológicos de reconocimiento de las particularidades de una región o nacionalidad. La importancia histórica del Partido Socialista en el País Vasco no estuvo en consonancia con las bajas cifras de afiliación (500 a 1.000 afiliados entre 1915 y 1930) que registraron las filas socialistas (lo que no era más que una manifestación más de la desmovilización política de la sociedad española anterior a la II República).

El número de militantes en la región fue relativamente bajo hasta 1931. El régimen republicano, en cambio, fomenta una dinamización social que lleva hacia el Partido Socialista a un número próximo a 4.000 militantes en las tres provincias vascongadas. No se ha cuantificado la afiliación en Navarra, pero debió ser importante habida cuenta de que en 1931 había tan sólo cinco agrupaciones en la provincia y a lo largo del período republicano llegó a haberlas en Pamplona, Castejón, Fitero, Tudela, Azagra, Aoiz, Lodosa, Tafalla, Andosilla, Mélida, Corella, Milagro, Valtierra, Peralta, Villafranca, Cintruénigo, Ribaforada, Cortes, San Adrián, Alsasua, Arguedas, Carcastillo, Falces, Buñuel, Caparroso, Cabanillas y Ujué.

El socialismo vizcaíno siguió siendo, con diferencia, el más numeroso de toda la región, con sus efectivos más cuantiosos en Bilbao (800 a 900 afiliados), la zona industrial (Barakaldo-Sestao) y la zona minera. En Guipúzcoa, el PSOE sigue implantado en las zonas urbano-industriales de la provincia, más dispersas que en Vizcaya. En Alava, su presencia es muy escasa, reduciéndose a Vitoria, mientras que en Navarra, un análisis geográfico demuestra que su notable presencia tiene la contrapartida de una distribución nada uniforme, de manera que la mayoría de las agrupaciones se concentran en los distritos de Tudela, Tafalla y Estella, y son escasas en los de Aoiz y Pamplona.

El PSOE tuvo que afrontar durante la II República la realidad de un amplio movimiento pro autonomía vasca, que surgió con fuerza en las filas nacionalistas desde el mismo 14 de abril de 1931, resucitando el socialismo, que se instala en el País Vasco desde 1885, se ve enfrentado desde sus orígenes con el nacionalismo vasco, que nace a la vida política en la década de 1890. El nacionalismo vasco surge de la confluencia de la crisis social derivada de la primera industrialización con la alarma generalizada de unas clases medias locales -sobre todo de Bilbao- que sienten como una amenaza directa a su supervivencia social y política el deterioro de las costumbres y la aparición de ideologías revolucionarias.

El movimiento que dirigió Sabino Arana fue capaz de articular los temores que originaron la presencia y movilización masivas de los trabajadores inmigrantes, en una propuesta política que aunaba una marcada hostilidad hacia el socialismo con un discurso vasquista, de base ultracatólica y extremadamente xenófobo. Los elementos discriminatorios y peyorativos hacia los inmigrantes, o "maquetos", llevaron al socialismo a identificar nacionalismo con antimaquetismo, por lo menos desde que así lo enunciara Unamuno a finales del siglo XIX.

Su definición de nacionalismo como "una explosión enemiga hacia lo español no vascongado" fue asumida enteramente, tanto por la Agrupación Socialista de Bilbao como por el periódico de los socialistas de la región, "La Lucha de Clases". También Tomás Meabe, un converso del nacionalismo al socialismo, denunció las connotaciones racistas del movimiento, censurando la ignorancia de Arana y de sus seguidores hacia los modernos problemas del País. Meabe, como Carretero antes y Zugazagoitia después, contrapondría siempre al nacionalismo un socialismo sin patrias ni distinciones de razas. Para ellos, como para el conjunto de los socialistas vascos, el nacionalismo era incompatible con los ideales internacionalistas del socialismo obrero.

Con Indalecio Prieto, el socialismo vasco inició una apertura hacia la cuestión nacional, como consecuencia de la mayor sensibilización que se produjo en la Europa de entreguerras en el tema de las nacionalidades, por una parte, y como resultado de la aparición sumultánea de un catalanismo de izquierdas, por otra, que obligó al PSOE a un replanteamiento de sus concepciones, que culminan en su aceptación de las nacionalidades ibéricas en su Congreso de 1918. Prieto tuvo una gran importancia a la hora de introducir cauces políticos para un tratamiento eficaz y no traumático de la cuestión vasca, aunque no lo hizo de manera abierta hasta la II República, cuando resultó improrrogable la necesidad de hacer viables, dentro del nuevo régimen, las aspiraciones de vascos y catalanes.

Antes de esa fecha, sin embargo, Prieto no dudó en jugar la baza del españolismo, que puso en circulación la Liga de Acción Monárquica en 1919, tras la victoria del nacionalismo vasco en las elecciones de 1918. Ambas fuerzas políticas, monárquicos y socialistas, se sirvieron mutuamente para derrotar al nacionalismo, al que Prieto -según confesó en el Congreso de los Diputados ese año- temía más por reaccionario que por separatista. Durante la II República, los socialistas no llegaron nunca a elaborar un proyecto propio de Estatuto, sino que se limitaron a enmendar en un sentido democrático los que elaboraron otras fuerzas políticas. Pusieron como condición para apoyar cualquier Estatuto de autonomía que tuviera un carácter laico, fuera liberal y, por supuesto, se ajustara a la Constitución republicana.

Aceptaron el Estatuto cuadriprovincial que elaboró la Sociedad de Estudios Vascos, pero enmendándolo según sus criterios. Cuando en Estella los carlistas y nacionalistas le añadieron la cláusula concordataria, los socialistas lo rechazaron rotundamente, y Prieto denunció la aspiración de la coalición de derechas de crear en Euskadi un "Gibraltar vaticanista". Apoyaron el nuevo texto redactado por las Comisiones Gestoras de las Diputaciones, que fue inviable desde que Navarra se descolgó del proyecto unitario. Entre los socialistas navarros no hubo una unanimidad de criterios en tomo al tema estatutario.

El apoyo al mismo de Constantino Salinas, vicepresidente de la Comisión Gestora Provincial, y de Salvador Goñi, ponente del PSOE en la comisión encargada de la redacción de un proyecto de Estatuto, se vio contrarrestado por las serias reticencias que al mismo tiempo surgieron en importantes núcleos socialistas navarros. Van aflorando en los sectores navarros de izquierdas temores de que el Estatuto favorezca a las fuerzas políticas más conservadoras (la mayoría de ellas contrarrepublicanas) de la provincia, que acabarían convirtiendo a Navarra en un reducto antiliberal y reaccionario. Además, para los socialistas prima la cuestión social -el problema de la tierra, principalmente- sobre la cuestión regional o nacional. Los concejales socialistas de Pamplona y Tudela apoyan inicialmente el proyecto de Estatuto presentado por la Sociedad de Estudios Vascos, con algunas modificaciones sobre enseñanza, procedimiento y derechos, pero las cosas cambian a partir de la transformación del Estatuto vasco en Estella.

El Ayuntamiento de Tudela rectifica su postura a comienzos de 1932 y vota tanto contra un Estatuto navarro como contra uno vasco-navarro. En mayo de ese año los socialistas de Pamplona se pronuncian contra el Estatuto. "¡¡Trabajadores!!" publicó varios artículos muy críticos con las opiniones pro estatutarias de Salinas y Goñi, preparando el camino para un cambio de postura. Este cambio se materializa en el rechazo al Estatuto de la Asamblea de la Agrupación Socialista de Pamplona, de 12 de mayo de 1932, y, después, en la asamblea de ayuntamientos navarros de junio de 1932. A partir de 1933, los socialistas, para los que el problema no era tanto el Estatuto de autonomía en sí mismo, sino conseguir una autonomía no capitalizada ni controlada por el PNV, quiso dejar a este partido fuera de la redacción del nuevo anteproyecto, y reservar esta tarea a las Comisiones Gestoras, organismos rechazados por los nacionalistas y en los que, lógicamente, no estaban representados.

La autonomía vasca sin el PNV que pretendía el PSOE no fue viable de ninguna manera, como se demostró en el plebiscito de noviembre de 1933, en que masivamente ganó el sí al Estatuto, y en las elecciones generales de ese mismo mes, en que el PNV casi copó la representación parlamentaria en las Vascongadas. Aquel grave error del PSOE -al que sumó su intento de boicotear el plebiscito al saberlo perdido-, de hacer una autonomía vasca sobre la base de la exclusión del PNV, lo enmendó en la etapa del Frente Popular, apoyando tanto en las elecciones de febrero de 1936 -en las que se presentó como defensor del Estatuto-, como en la ponencia parlamentaria -en la que Prieto y Aguirre sacaron adelante el proyecto- el Estatuto de autonomía para el País Vasco.

Tras la victoria de las izquierdas se produjo un intento, por parte del Comité del Frente Popular Navarro, de reintegrar a Navarra al marco del Estatuto vasco: el 15 de junio dicho Comité se dirige al Presidente del Congreso de los Diputados advirtiendo de los planes de las derechas de suprimir del Estatuto vasco la cláusula de incorporación de Navarra y de los peligros de una autonomía navarra controlada por la reacción. Firmaban el escrito, entre otros, tres socialistas navarros: Juan Arrastia, José San Miguel y Jesús Boneta. Toda la política socialista de contención del nacionalismo, y de fortalecimiento simultáneo de republicanos y socialistas en el País Vasco, que se desarrolló durante la II República, no cabe interpretarla, sin más, como un bloqueo de la autonomía vasca, sino como una política de precaución que surgía del temor de los socialistas a una autonomía dirigida por el PNV· en su propio beneficio, o por la derecha contrarrepublicana, en el caso de Navarra. Estas claves seguirán gobernando la política del socialismo vasco durante muchos años.

Los socialistas vascos se destacaron en la defensa de la República y de la autonomía vasca tras la sublevación del 18 de julio de 1936. Miguel Amilibia presidió la Junta de Defensa de Guipúzcoa y Paulino Gómez Saiz ocupó la cartera de Defensa de Vizcaya. PSOE y UGT formaron 14 batallones del ejército vasco y lucharon en el frente vasco hasta la caída de Bilbao, trasladándose después a Santander y Asturias. El problema nacional vasco adquirió una nueva dimensión en la coyuntura de la guerra civil española. Una parte de Guipúzcoa y toda Vizcaya vivieron una etapa de semiindependencia propiciada por su aislamiento del resto del territorio republicano.

Los socialistas vascos formaron parte del primer Gobierno Vasco de la historia, formado el 7 de octubre de 1936 a raíz de la aprobación del Estatuto de autonomía, con tres consejeros, Juan de los Toyos, Santiago Aznar y Juan Gracia. La progresiva autonominación del socialismo vasco en aquella etapa singular propició la aparición de posturas favorables a la creación de un Partido Socialista Vasco. Esta aspiración que no dejó de ser minoritaria, pero significativa-, en el interior del socialismo de la región, se convirtió en el problema principal del movimiento socialista hasta 1946.

En enero de 1937 se creó la Federación Socialista Vasca, resultado de la fusión de las Federaciones de Vizcaya y de Guipúzcoa, cuyo Comité Ejecutivo, denominado Comité Central Socialista de Euskadi (CCSE), estuvo formado por los guipuzcoanos Amilibia, Giménez, Alonso, Campos, el alavés Menchaca y los vizcaínos Turiel, Zunzunegui, Arambillet, Busteros y Laiseca (presidente); la presidencia recae más tarde en Paulino Gómez Beltrán en el pleno que celebra este organismo en Barcelona a comienzos de 1938.

Entre los guipuzcoanos existía la voluntad de crear un Partido Socialista Vasco, y algunos pedían el reconocimiento de la "nacionalidad vasca". La línea vizcaína triunfó finalmente, y no deja de ser significativa la llegada a Bilbao de Cruz Salido, enviado por la Ejecutiva central del PSOE, para dirigir "El Liberal" y frenar esas tendencias. Desde enero de 1937 se reafirma la línea tradicional del socialismo en tomo al problema nacional. Acabada la guerra, el problema adquirió una nueva dimensión. Los nacionalistas solicitan una "obediencia vasca", o autonomía de las fuerzas políticas de ámbito estatal respecto de sus organismos centrales.

Esta propuesta dará lugar a una serie de fricciones entre nacionalistas y socialistas que se prolongan hasta 1946. La mayoría de los socialistas vascos, organizados en torno al CCSE, está contra lo que consideran una imposición nacionalista, aunque intentan encontrar alguna fórmula que armonice su presencia en el Gobierno Vasco en el exilio con las exigencias nacionalistas y con su propio proyecto político. Santiago Aznar propone entonces aceptar la "obediencia vasca" e ir a la creación de un Partido Socialista Vasco, integrado en el PSOE, que salvaguarde las "características nacionales del pueblo vasco", sobre la base de los principios confederales del PSOE, expresados en su Congreso de 1918.

Semejante proyecto no podía encajar en la tradición del PSOE en el País Vasco, aunque el comienzo de la II Guerra Mundial lo deja sin efecto por ahora. La "obediencia vasca" se abandona expresamente, pero se mantiene en la esencia del nuevo programa del Gobierno Vasco que suscriben los socialistas en París, el 8 de mayo de 1940, después de negociaciones entre Zugazagoitia y Aguirre. Desde México, Prieto arremetió contra los nacionalistas, a·quienes acusó de haber "metido en el saco" a sus correligionarios vascos.

Decidido a acabar con cualquier pretensión autonomista de los socialistas vascos, emprendió una dura campaña contra los seguidores de Aguirre a los que acusaba de infidelidad republicana y separatismo, y prohibió la existencia de Federaciones regionales en el exilio, tal y como pretendían los vascos llegados a México, Aznar, Toyos, Busteros, etc. En 1943 los prietistas mexicanos rompen con el Gobierno Vasco, y ordenan la retirada de sus representantes. Sólo dimite Toyos, quien, pese a sus reticencias iniciales, desarrollará una política beligerante contra el Gobierno Vasco.

Santiago Aznar se mantiene fiel a Aguirre, formando un CSCE de México, y viajando a Nueva York para la reunión preparatoria de la vuelta a Europa del Gobierno. En Francia funciona otro CCSE, presidido por Paulino Gómez Beltrán, que prepara con Leizaola las bases de colaboración que cristalizarán en Baiona en 1945. Un tercer CCSE funciona en el interior, presidido por Pedro Bilbao, con Enrique Dueñas y Manuel Garrido, entre otros. En 1944 entran en la dirección de este organismo Ramón Rubial, Aarón Ruiz y Nemesio San Juan. Comienza la reorganización del socialismo en el País Vasco, y Enrique Dueñas se integra en el Consejo Delegado Vasco (organismo que representa al Gobierno Vasco en el interior).

Para despejar dudas, un pleno celebrado en Bilbao, el 20 de abril de 1945, desautoriza al CCSE de México, resuelve que la dirección está en el interior, rechaza toda política socialista "de tendencia separatista" y aplaza la discusión del problema de las nacionalidades para mejor momento. Laiseca, amigo íntimo y colaborador de Prieto, llega a México, jugando un papel fundamental en la disolución del grupo de Aznar. Conscientes los nacionalistas de que un Gobierno sin socialistas no era representativo, firman con ellos y con otras fuerzas de izquierda, el Pacto de Baiona el 31 de mayo de 1945, de contenido claramente republicano y que acaba con el Pacto de París de 1940.

El 22 de junio de 1946 Aznar dimite ante Aguirre, y el CCSE del interior nombra a Fermín Zarza, Enrique Dueñas y Sergio Echevarría nuevos consejeros del reorganizado Gobierno Vasco. Con el fin de la crisis Aznar, la reorganización del Gobierno Vasco y la firma del Pacto de Baiona, los socialistas vascos recomponían su unidad interna, sentaban unas bases de convivencia con los nacionalistas y se preparaban para desarrollar la nueva política en el interior de Euskadi. La actividad del socialismo vasco en el interior estuvo sujeta a las dificultades inherentes a la clandestinidad, a la represión y detención de sus dirigentes, y a las nuevas realidades del país.

En el exterior, la política de Prieto de lograr un acuerdo antifranquista con los monárquicos, sumada al comienzo de la "guerra fría" y a su estrategia de atraerse el respaldo de las potencias anglosajonas, llevó a los representantes del PSOE en el Gobierno Vasco a declarar su incompatibilidad con Leandro Carro, consejero comunista, y a su exclusión en mayo de 1948. A partir de los años 1954/1956 el PSOE intenta reorganizarse en el País Vasco a través de la actividad de hombres como el vitoriano Antonio Amat, los psiquiatras donostiarras Luis Martín Santos y Vicente Urcola y otros.

La represión lleva a algunos a la cárcel y a otros al exilio. El anticomunismo del exterior no tiene correspondencia en el interior, donde hay una clara voluntad de colaboración con todas las fuerzas de oposición al régimen de Franco. No obstante, socialistas y nacionalistas, UGT y ELA ponen en marcha en mayo de 1961 la Alianza Sindical, en la que no participan los comunistas, que desarrollarán su política a través de las Comisiones Obreras. Alianza Sindical tiene algún pequeño éxito pero decae según avanza Comisiones Obreras. En los años 1968/1969 hay un definitivo relevo generacional en el socialismo vasco con la aparición de nuevos dirigentes como Enrique Múgica y Nicolás Redondo.

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