Periódicos

La Constancia

Diario integrista de San Sebastián, fundado en el 1897 por Juan de Olazábal y Ramery, jefe nacional del integrismo. Se publicó hasta la última guerra civil española, habiendo aparecido para entonces aproximadamente 11.400 números.

Contenido y colaboradores. En un principio figuró como periódico «íntegro fuerista», editado con licencia eclesiástica y con cuatro páginas. Hojeando aquellos primeros números, uno tiene la impresión de encontrarse, desde el punto de vista de la presentación, ante una especie de hoja parroquial. Se caracterizaba por una gran rigidez doctrinal en los diversos apartados: Cabos sueltos; El munda al dia; Crónica diaria; Noticias; Boletín diario; Sección financiera, etc. La última página y parte de la anterior las dedicaba a los anuncios, muchos de ellos recomendando libros piadosos y objetos «milagreros».

Poco a poco se fue haciendo más flexible en su presentación. Aparecían los primeros artículos firmados y secciones como Por telégrafo y teléfono, Extranjero, etc.

A partir del 28 de agosto de 1923 adquirió mayor tamaño de formato, gracias a la adquisición de nueva maquinaria de impresión. Un año más tarde (II de mayo de 1924), adoptó el formato anterior, pero ahora salía con ocho páginas, en lugar de cuatro. Se ampliaron las diversas secciones, como la de los deportes, que quedó aumentada en página y media.

El 26 de junio de 1932 saldría nuevamente reformado: mayor paginación, mejor presentación, etc. Para celebrar esta reforma se lanzó un número extraordinario, que constaba de 14 páginas y contenía, entre otros originales, artículos de Esteban Bilbao, «El Rancio», Araxes, Juan José Ormazábal, Bartolomé de Andueza, Adrián de Loyarte y el crítico musical «Gil». Además, aparecían diversos grabados, reportajes e informaciones de actualidad. El subtítulo del diario sufrió también varias reformas.

A partir del 7 de agosto de 1921 dejó de figurar el título «Diario íntegro fuerista». Sería sustituido por el de «Diario Integrista», ostentando en medio la imagen del Sagrado Corazón.

Más tarde (9 de septiembre de 1930), el subtítulo sería «Diario íntegro tradicionalista». Finalmente, aparecía como «Diario tradicionalista» (a partir del 26 de junio de 1932). En general, la mayoría de los artículos no se firman y, cuando figura el autor, con frecuencia firma sólo con iniciales. Aparte de las colaboraciones del fundador y propietario del mismo, Juan de Olazábal, destacan entre otras las siguientes firmas: Both (conocido por su sección Mostacilla), Martín de Vizcaíno, Chiki, Ismael, Mecenas, Eguialde, Mirabal, Luis Ulía, Thaderin, J. de Izaskun, Bartolomé de Andueza, Juan José y José Luis Peña, etc.

Si se repasan pacientemente sus diversos números, se ve en ellos el papel fundamental que desempeñaba en el mismo su propietario; en sus páginas vertería su ideario político y religioso. «La Constancia» contó con gran número de directores. En los primeros tiempos figuraron Eustaquio Echarri, latinista; Rudesindo Bornás, de Sangüesa, Navarra, abogado; Víctor Martín Jiménez, Antonio Goñi...

Al proclamarse la República española (14 de abril de 1931), el periódico adquirió cierto auge. De esta época deben destacarse a los directores Francisco Juaristi y Francisco Ortega Bartolomé. No sé a qué director se referirá Jesús María de Arozamena cuando escribe, con aire chispeante, lo siguiente: «Enfrente de él, a la hora de la polémica, estaba Olazábal, propietario del diario integrista La Constancia; este periódico archimoralizador tenía un joven director -y único redactor- que se pasaba las noches en el Colón, el café-cantante de artistas bastante calorígenas precursoras del strep tees A este joven director, que supo dejar a tiempo el periodismo para hacerse millonario, le sucedió el viejo Alberto Pedrosa, auténtico forzado de la pluma, sé que murió con ella en la mano; mejor dicho, con un cabito de lapicero, que es lo que solía emplear para rellenar sus cuartillas» (San Sebastián, Madrid, 1963, p. 328).

Como antes he indicado, «La Constancia» dejó de publicarse a partir del 18 de julio de 1936, cuando fue ocupada su imprenta por la C.N.T. Al entrar los nacionales en San Sebastián, el Jefe-delegado de Prensa de la Junta Nacional Carlista de Guerra lanzó como periódico carlista «La Voz de España». El plomo de las linotipias, fichero de suscriptores, así como la gente que trabajaba en el diario «La Constancia», pasaron al servicio del nuevo diario, el cual, a raíz de la conmemoración del 13 de septiembre de 1937, pasó a ser periódico del Movimiento.
Suspensiones de «La Constancia». La autoridad gubernamental la suspendió por primera vez el 20 de agosto de 1931, por un artículo aparecido en dicho día bajo el título Los Nuevos Dioclecianos, Honra de la incultura y de la ignorancia. En la nota que facilitó el Gobernador a los órganos de la prensa se decía: «En el número del periódico «La Constancia», aparecido esta mañana, hay un artículo intitulado Los nuevos Dioclecianos, en que se vierten groseros insultos contra los actuales gobernantes. Las frases de hampón y los conceptos injuriosos que contienen se codifican por sí mismos y dicen bien poco o, mejor, definen la cultura y contextura moral de sus autores...».

El periódico dejaría de aparecer hasta el 22 de septiembre del mismo año, fecha en la que quedó cumplida la sanción. En el 1932 serían suspendidos más de cien periódicos en toda España, entre ellos «La Constancia». El día 10 de agosto dos agentes de la autoridad se presentaron en sus oficinas notificando que quedaba suspendido por tiempo indefinido, procediéndose a la incautación de la imprensa y a sellar la puerta de la misma. Al reanudarse su publicación (14 de septiembre de 1932) escribía en primera página con grandes titulares: Hemos estado suspendidos treinta y tres días, y bajo el título Al reanudarse nuestra publicación, reafirmaba nuevamente sus ideales. Entre otras cosas decía: «Con esta trilogía (Dios, Patria y Rey) por bandera, venimos luchando desde más de una centuria contra monarquías y repúblicas, gobiernos conservadores y liberales, cantonalismos y dictaduras, hermanos todos en perfecta consanguinidad espiritual, como hijos de la misma madre, el filosofismo y la revolución francesa. De modo que no establecemos con la actual república, secuela natural y obligada de aquellos principios anárquicos, hoy en plena floración, usanza nueva, somos los que éramos; combatimos lo que siempre detestamos; defendemos lo que siempre aspiramos. Nos hallamos, pues, en frente a todo ese bagaje anárquico-judío-masónico, que preponderancia tuvo estos últimos siglos, y actualmente tiene en la política española...».

En el mismo año (mes de octubre) dejaría de publicarse durante 22 días hasta que apareció el 3 de noviembre. En esta ocasión se debió a que todo el personal obrero de la Prensa donostiarra se declaró en huelga el 10 de octubre al no aceptar el fallo emitido por el Jurado Mixto correspondiente, y estando tramitándose en Madrid el recurso que habían interpuesto.
Las polémicas de «La Constancia». Uno de los motivos que hizo que el periódico adquiriera cierto renombre fue, sin duda, sus constantes polémicas con otros diarios, personajes de la vida pública, etc. En todas ellas «La Constancia» se manifestaba como archiintegrista, defensora de la moral y demás principios cristianos. El pensamiento y la pluma de Juan de Olazábal aparecían en la mayoría de ellas. Su oposición a «La Voz de Guipúzcoa», a quien llamaba en 1903 «órgano caciquil» (ver «La Constancia», últimos números del mes de junio y primeros del mes de julio), fue constante. Estos ataques mutuos aumentarían sobremanera con la llegada de la segunda República española. «La Voz de Guipúzcoa», órgano de la izquierda liberal guipuzcoana, difícilmente podría ser aceptado por «La Constancia», monárquico y tradicional (a su modo) en extremo. El nacionalismo vasco habría de ser otra de sus bestias negras, como luego se verá al indicar su postura con respecto al Estatuto de Autonomía. Entre los personajes que fueron objeto de polémica destacan los artículos contra el radical Lerroux, y contra los escritores vascos Unamuno y Pío Baroja. Este último había publicado un artículo en «La Voz de Guipúzcoa» sobre el famoso guerrillero el cura de Santa Cruz, desde un punto de vista barojiano. Juan de Olazábal le contestaría con toda una serie de artículos, en los que defendía la figura del guerrillero. Pero como éste tenía enemigos en todas partes, recibió un gran número de cartas de acérrimos integristas que no estaban de acuerdo por la tesis defendida por Olazábal.
La primera guerra mundial y «La Constancia». Con motivo de la conflagración mundial publicó gran número de artículos, en un principio en primera página. Las secciones Conflagración europea y España en el conflicto aparecieron durante casi toda la contienda. Se mostró desde el primer momento germanófila. En el 1914 escribía: «Al grito de la libertad se ha dispuesto de tal manera el organismo legislativo que, en Francia, por ejemplo, las leyes permiten que un solo hombre, de un plumazo arrebate de sus casas a los hombres desde los veinte a los cuarenta y tantos años y los lleve a la muerte sin pedirles parecer, ni consultar su opinión. El derecho a la vida es nulo en un país que se precia de tan libre como Francia... Si la Iglesia, en los tiempos de su mayor poderío en Europa, hubiese arrebatado a los hombres para retenerlos a su servicio durante dos o tres años, ¡cómo se oirían todavía las protestas de los elementos anticlericales! De nada hubiese servido que la Iglesia los retuviese a su lado invocando el servicio de Dios. En cambio, el Estado pide a la juventud mucho más, y los que no sufrirían el yugo de Dios, reciben sin protesta la pesada carga de la defensa del territorio nacional, como ocurre con los anticlericales franceses. No es censurable el servicio y defensa de la Patria, pero no se olvide que por encima de la Patria está Dios, y que los que negaron a Dios un saludo, una muestra de respeto, un leve tributo de reconocimiento de su señorío, no pueden lógicamente pedir la menor molestia, ni mucho menos el sacrificio de la vida, para defender el suelo patrio» ( Enseñanza de la guerra, 15 de agosto). Como puede verse, el razonamiento no puede ser más clerical y más falto de sentido. «La Constancia» presentará siempre a Alemania como el árbitro del respeto al derecho y al espíritu religioso, y frente a ella, la anticlerical e inmoral Francia: «Como hemos dicho y probado y han dicho y probado los del campo de enfrente, y aunque todavía lo pongan en duda algunos del campo de en medio, en esta guerra luchan por un lado el orden, principio de autoridad, el respeto al derecho y el espíritu religioso y del otro el desorden moral que precede al material, la indisciplina social, la tendencia a la anarquía y el espíritu laico y revolucionario...» A continuación señala que la guerra entre Alemania y Francia es de orden afectivo; entre Inglaterra y Alemania de orden económico; y de orden étnico, entre Alemania y Rusia y entre Austria y Servia. Esta postura la mantuvo hasta el final de la misma, como puede comprobarse en los siguientes artículos: La paz se acerca, 22 de enero de 1918; Temas de actualidad: La ofensiva alemana y los bombardeos, 9 de febrero de 1918; Alemania y la paz, 27 de febrero de 1918; ¿Por qué es «Euzkadi» anglófilo?, 30 de octubre de 1918; El patriotismo alemán, 1 de noviembre de 1918. En el mismo mes de noviembre, al hablar del final de la guerra, comentaba: «¿Esta es la paz sin vencedores ni vencidos que pedía Wilson? Esta es una paz de aniquilamiento. Esto es un escarnio y un reto que los que hoy vivimos acaso no veamos aceptar; porque Alemania tardará muchísimo en reponerse; pero un reto que se recogerá. Dejar así desmantelada a Alemania es abandonarla a la más espantosa miseria, primer paso para ir a la anarquía más disolvente y que hoy como nunca amenaza conmover a Europa entera... La democracia de Wilson, con toda su retórica y sus arengas, no ha borrado sino subrayado más bien el grito angustioso de Breno. ¡Vae Victis! ¡Ay de los vencidos!» ( Paz de aniquilamiento, 13 de noviembre de 1918).
La Dictadura de Primo de Rivera y «La Constancia». Desde el primer momento la apoyó plenamente, como puede deducirse del artículo Nuestro programa y el del directorio (16 de septiembre de 1923), así como del titulado Revolución sin sangre (20 de septiembre del mismo año). En este último se decía entre otras cosas: «Dictadura sí, dictadura militar necesaria para tener la audacia suficiente para poder derribar todo el viejo sistema político con todos sus vicios y defectos... Y después que los primeros pasos se hayan andado sin dificultad y nuevos hombres no gastados ni corrompidos acudan a la gobernación del Estado, entonces su labor terminó y debe reintegrarse a su puesto al frente del ejército...»

Este apoyo incondicional del primer momento se apagaría a medida que pasaba el tiempo. La Dictadura no cumpliría las esperanzas que en ella habían depositado los elementos integristas. Este proceso se pone de manifiesto en el artículo Inercia y Atonía social, firmado por «Doctor Recio» y publicado el 14 de noviembre de 1929. Aunque la cita sea un poco larga, merece la pena, ya que en ella se refleja la actitud de «La Constancia» ante la Dictadura:

«Al producirse el golpe de Estado en aquellas aciagas circunstancias en que el caos y las tinieblas eran profundos, fue la dictadura sol naciente, alrededor de la cual se agrupó la España católica, viendo en ella la espada exterminadora de todas las infames campañas contra la Iglesia, la familia y la propiedad, y la restauradora de la tesis y fueros cristianos. Muy a luego se vio que perduraban las mismas libertades de perdición convertidas en verdaderas licencias, porque la censura y las restricciones sólo alcanzaban la modesta esfera que pudiéramos llamar política, regida con criterio vario. Que en unos presupuestos donde tantos millones se consignaban para el progreso y resurgimiento material, faltaban los pocos necesarios para nuestra restauración moral, mediante la dotación necesaria al clero que de justicia le correspondía... En sus primeros manifiestos, tuvo el gran acierto el señor Primo de Rivera de distinguir sabiamente el verdadero regionalismo del separatismo. Se sintió y aspiró por unos días el espíritu vivificador del regionalismo tradicional que hizo grande a España, dispuesta a emular glorias antiguas. A poco anunció que aquello había sido una equivocación, y que todo regionalismo era separatismo; y convencido de ello, a ambos los midió con el mismo rasero. Otra gran masa de opinión que se retira como los plebeyos en Roma, al Aventino. Nadie dudó que el afortunado golpe de Estado en los momentos en que el Socialismo y Comunismo por la cobardía de Gobiernos que nos desgobernaban, se lanzaban al asalto de la propiedad con el puñal, la pistola Star y la tea incendiaria, caía muerto a sus pies para no resucitar; cuando de pronto los vemos convertidos en legisladores desde el Ministerio de Trabajo, y logrando desde arriba y con la presión gubernamental, a virtud de RR. DD. y RR. OO. y proyectos en ciernes, llevar a la realidad sus locas aspiraciones, con leyes de inquilinato, tribunales paritarios, sindicaciones impuestas, que forzosamente llevan en sus entrañas las luchas de clases, que va a ser el pie forzado en que se fundamente nuestro futuro Código Civil, y que limitan, cohiben y cercenan derechos ilegislables, a nuestro juicio, por ser muy anteriores al Estado y que han llevado el pavor y espanto a los propietarios, que es la verdadera solera nacional, que están deseando dejar de serlo, y a los acaudalados que en forma alguna quieren afincarse. Y hay que desengañarse: sin esta raigambre sólida, bien cimentada, amparada y defendida, no hay nación, porque ello repercute en la familia que es su primera célula, y no puede subsistir ésta sin aquel respeto venerando. Las consecuencias bien se palpan. Paralización cada día mayor de obras particulares; ausencia de capitales que se retraen de empresas, y se esconden o huyen. Toda esta potente clase propietaria que constituye la verdadera alma nacional se ha petrificado ante el Gobierno... y por ese camino, ni se consolida lo presente, ni se afianza nuestro crédito, ni encontrará la dictadura lo que con celo digno de tanto aplauso busca y se afana. ¿Ha equivocado el camino? A nuestro humilde juicio sí».

Al producirse la caída de la Dictadura (29 de enero de 1930), apenas se encuentran en el diario comentarios sobre el hecho. Simplemente se dan algunas noticias sobre el cambio, si bien se hace alusión al artículo que se acaba de citar.
«La Constancia» y el Estatuto Vasco de Autonomía. Nada más proclamarse la República Española (14 de abril de 1931), surgió en el País Vasco un movimiento municipalista en pro del Estatuto Vasco de Autonomía. Este movimiento alcanzó pronto unas proporciones insospechadas. La prensa del País no tardó en hacerse eco del mismo, si bien con posturas contrapuestas. Mientras unos periódicos lo defendían con gran entusiasmo, otros, con mayor brío si cabe, llenaban sus páginas con argumentaciones y propaganda en contra. Entre estos últimos se destacó «La Constancia». Organo del viejo integrismo incorporado ya al tradicionalismo, combatió la campaña oponiendo los Fueros al Estatuto y haciendo caso omiso de los acuerdos de las autoridades de su organización.

Después de haber sido taponado en las Cortes Españolas el llamado «Estatuto de Estella» se intentó preparar un nuevo proyecto de Estatuto, que, además, se adaptara a la nueva constitución republicana. Con este motivo el propietario del periódico, Juan de Olazábal, escribía el siguiente artículo: !Alerta, guipuzcoanos! Que por segunda vez se intenta pasaportaros el camelo del Estatuto ateo. Para darse uno cuenta de cómo trataba el asunto, es suficiente el siguiente párrafo:

«Era algo que sin juicio temerario se preveía. Estudiados los antecedentes, las uniones pasadas de nacionalistas, republicanos y socialistas, selladas con la presentación, juntas, de sus respectivas insignias, cerdeando en amigable consorcio desde los balcones de la Casa Consistorial, hecho público y notorio; todo el desarrollo de las elecciones, llenas de eufemismos, hipocresías y confusionismos, para ocultar lo que no se quería trasluciera al exterior, a fin de no perder la influencia católica que tanto valía en aquella lucha, con toda aquella habilidad del Estatuto de última hora y el artefacto preparado de los alcaldes, para sacarlos de su órbita administrativa haciéndolos directores de la política, cuyos mentores vivían agazapados entre bambalinas, fue algo que puede pasar una vez y que no volverá a pasar..., porque el pueblo no está dispuesto a servir de comparsa, en otra repugnante comedia contra Dios...» (5 de noviembre de 1931).

Su sectarismo e intransigencia era notoria. Sus argumentaciones caen, a veces, en el ridículo (v. la contestación de Juan de Olazábal a un artículo que desde el periódico «El Pueblo Vasco» le dirigía «Alcibar», 7 de enero de 1932).

El 18 de mayo de 1932 hacía el siguiente ofrecimiento: «Al que en el Estatuto vasco, ley que pretende ser básica de Euzkadi o Euzkalerría, encuentre una sola vez la palabra Dios, «La Constancia», a pesar de sus modestos medios económicos, le gratificará con 5.000 pesetas». Y cuatro días más tarde (22 de mayo) insistía. El Vicario de la Diócesis de Vitoria, en una carta fechada el 8 de junio de 1932, le ordenó que se abstuviera de tratar el Estatuto bajo el punto de vista religioso y moral. En esta carta se hace referencia a un artículo aparecido en dicho periódico tradicionalista y se dice que la prohibición del obispado no se limita a que se diga que votar el Estatuto es lícito o ilícito, pecado o no, sino que ni siquiera se pueda expresar eso de una manera indirecta, declarando, por ejemplo, que votar el Estatuto es aprobar una constitución atea y hacerse cómplice de su laicismo, ya que es ilícito atribuir tal intención a los que votaron el Estatuto.

El 19 de junio de 1932 tuvo lugar en Pamplona una Asamblea de Ayuntamientos Vascos que condujo a Navarra fuera del Estatuto. No tomaron parte en la misma algunos miembros importantes del tradicionalismo, defensores del Estatuto Vasco. José Antonio Aguirre se preguntará: «¿Por qué no vinieron aquellos hombres a la Asamblea? Por órdenes recibidas y por temor sin duda a la campaña de su propia prensa principalmente de «La Constancia» y de «Diario de Navarra». Pero ¿y los compromisos contraídos? ¿No obligaban más en conciencia ante su propio pueblo que las insidias con que se combatía una causa justa y razonable? Pudo más en ellos la pusilanimidad, perdonable, si no hubiera sido tan sangrienta para los destinos futuros de nuestro pueblo» (Entre la libertad y la revolución, 1930-1935, Bilbao, 1935, p. 297). Con motivo del plebiscito sobre el Estatuto Vasco, que se iba a celebrar el 5 de noviembre de 1933, el Partido Tradicionalista declaró libre a sus afiliados sobre el voto al Estatuto. Dentro del mismo surgió la división. Elorza, Oreja y Pérez Arregui defendieron el Estatuto, mientras en contra se pusieron el diputado alavés Oriol y «La Constancia». Oreja y Elorza escribían al periódico donostiarra en estos términos: «Contrarios o coincidentes con los argumentos que ha ido exponiendo, no considerábamos sin embargo oportuno el hacer pública nuestra conformidad o discrepancia. Pero ha llegado un momento en que la persistencia de su campaña consideramos que entraña notoria importancia e incluso gravedad. Y pues no considera como el más elemental deber de prudencia el que aquélla quede en suspenso hasta que las autoridades de nuestra Comisión emitan su juicio acertado y dicten las normas a seguir, también nosotros estimamos que faltaríamos al nuestro si en estos momentos críticos silenciásemos nuestro pensamiento que es diametralmente opuesto al suyo en el fondo y radicalmente contrario en cuanto a la norma de actuación» (v. Aguirre, J. A.: op. cit., p. 394). Días más tarde (8 de noviembre), pasado ya el plebiscito, el pretendiente Alfonso Carlos escribía al director del periódico:

«Querido don Juan de Olazábal. No sé cómo expresarte lo sumo agradecido que te estoy por lo muchísimo que trabajaste para que no se votase el Estatuto. Si no pudiste alcanzar lo que deseábamos, tienes el mismo mérito delante de Dios y de los hombres. Conozco bien lo indecible de tu labor. Recibe de mi parte un millón de gracias. Sé que tengo en ti uno de mis mejores adictos para sostener nuestros santos principios... Nuevamente infinitas gracias por todo lo que hiciste y con mis más cariñosas y agradecidas memorias, quedo, querido Olazábal, tu afectísimo, Alfonso Carlos». (Aguirre, J. A.: op. cit., p. 397).

Ya en el mismo 1936, a un mes escaso del inicio de la guerra civil, se escribía en el diario:

«Hoy, y en gracia a esos salteadores de nuestros derechos y representación, el carro se halla atollado con las siguientes pérdidas. Primera, que se ha esfumado del ambiente el estado de excepción de nuestro derecho para pasar al modesto plano inferior de igualdad con las demás provincias que piden también como nosotros la autonomía estatal. Segundo, que ipso facto aquel glorioso entorchado de nuestra excepción, por torpeza nacionalista y compromisos ocultos, ha venido a constituirse en la mente parlamentaria con odioso privilegio. Tercero, que dentro de ese modestísimo y vulgar estado de igualdad a que nos hemos reducido, todavía sufrimos la humillación de aparecer tutelados por Cataluña, por aquella Cataluña de quien decía Sabino de Arana que «jamás podrían confundirse nuestros derechos con los derechos de región extranjera alguna; que jamás haríamos de Cataluña, añadía, ciertamente no es la causa de nuestra patria ni hay siquiera semejanza alguna entre ambas» (sic). Cuarta, que dentro de ese régimen de igualdad estatutal provincial federativo por el que se camina, el Concierto económico nacido de un pacto foral tendrá necesariamente la oposición de todas las provincias españolas que, ambicionando Estatuto, no pueden tener concierto, lo que dada la condición humana habrán de considerarlo como privilegio en nuestro favor, ya que su amplitud económica excede con mucho a lo que conceden los Estatutos a las haciendas provinciales; y aquella igualdad será el pretexto para que el Estatuto por su Gobierno y excitado por la envidia de otras provincias degüellen nuestros Conciertos» (La obra anárquica del nacionalismo: Jamás tuvo Euskalerría enemigos tan taimados, 26 de junio de 1936).

Urbano ASARTA EPENZA