Concepto

Actores políticos

Valles (2000) plantea una serie de características comunes que permiten delimitar a los actores políticos colectivos: (a) ser una asociación voluntaria, (b) su estabilidad relativa, y (c) la existencia de una comunidad de intereses y objetivos. Sin embargo, la dificultad no estriba en diferenciar a éstos de los actores individuales, sino que se encuentra más bien en los límites entre unos y otros actores colectivos.

Tradicionalmente se han identificado tres tipos, a priori claramente definidos: grupos de interés, partidos políticos y movimientos sociales. Sin embargo, la delimitación teórica entre estos tres actores-tipo se ve cuestionada en la práctica como consecuencia de la pluralidad y heterogeneidad de estructuras organizativas, repertorios de acción, etc,... De esta forma, los límites parecen ser difusos cuando descendemos a casos concretos. En este sentido, podríamos identificar diversas combinaciones. Así, partidos como Caza, Pesca, Naturaleza y Tradición asumen rasgos de grupos de interés; partidos como Los Verdes rasgos de movimientos sociales. De la misma forma, los movimientos sociales nacionalistas tienen expresiones partidistas, etc.

A efecto clarificadores, Ibarra y Letamendia (1999) proponen un esquema que permite identificar estos actores en base a 8 variables: su orientación hacia el poder, las relaciones con los partidos, su organización, los intereses y grupos representados, los medios de representación, el tipo de acción colectiva, la estrategia y los objetivos finales.

En base a este esquema podemos presentar una serie de diferencias que delimitan cada grupo, al menos teóricamente:

  • Los partidos políticos tratan de ejercer el poder político, los movimientos sociales de cambiarlo, y los grupos de interés eligen influir en las decisiones de quienes lo detentan.
  • Los partidos políticos y los movimientos sociales se rigen por intereses generales e indeterminados -públicos- y los grupos de interés por intereses normalmente determinados -privados-.
  • La organización de los partidos tiende a ser jerárquica, la de los movimientos sociales tiende a ser horizontal o en red, y los grupos de interés pueden ocupar cualquier lugar entre estos dos extremos, aunque se tiende a la formalización para maximizar los beneficios de la presión.
  • Los partidos políticos responden a criterios de representación electoral, los movimientos sociales se rigen por marcos interpretativos de vocación universal y señas de identidad colectiva, y los grupos de interés por las preferencias constatadas de sus miembros.
  • Los partidos compiten electoralmente entre sí y organizan campañas para obtener votos, los movimientos sociales optan normalmente por el conflicto frente al poder formal, y la propia naturaleza de los grupos de interés determina una estrategia básica de cooperación y negociación, más o menos encubierta, con los actores institucionales: su acción es el lobbying o hacer pasillos en los foros reales de decisión.
Tipos de actores colectivos
PartidosGrupos de interésMovimientos
Fuente: Ibarra & Letamendia, 1999.
Orientación hacia el poder políticoEjercerloPresionarloCambiarlo
Relaciones con los partidosComplementariaConflictiva
OrganizaciónJerárquica, formalizadaFormalizadaHorizontal, informal, en red
Intereses /grupos representadosIndeterminados, determinablesDeterminadosIndeterminables, indeterminados
Medios de representaciónElectoralesConvencionalesNo convencionales
Tipo de acción colectivaAgregar intereses generalesAgregar intereses sectorialesIntereses e identidad
EstrategiaCompetenciaCooperaciónConflicto
Objetivos finalesSistémicosAsistémicosAsistémicos potencialmente

Pasaremos a describir a continuación los elementos analíticos más importantes para caracterizar cada uno de estos tipos de actor colectivo.

El origen es la primera de las dimensiones que posibilita el análisis de los rasgos más significativos de los diferentes partidos políticos. Tal y como apunta Martínez Sospedra (1996), éste puede ser (a) parlamentario, resultado de la unión entre cargos electos con los mismos intereses tratando de conectar con una base social que les puede otorgar determinados apoyos; (b) de origen exterior, es decir, nacidos a partir de instituciones o grupos sociales que participan en el sistema político; y (c) resultantes de una escisión o fusión. En el caso vasco, la mayor parte de los partidos existentes encuentran su origen en las dos últimas categorías.

El desarrollo histórico de este tipo de actores colectivos muestra que han ido asumiendo determinados perfiles en función de cada contexto concreto, de las necesidades del momento y de las exigencias de quienes los promueven (Valles, 2000). De esta forma, y atendiendo a la estructura interna, podemos aproximarnos a la tradicional división de Duverger (1974) entre partidos de cuadros, de masas y de electores.

  • Los partidos de cuadros tratan de incorporar a una minoría selecta de la ciudadanía a través de su movilización sobre la base de los beneficios que podría reportar a la comunidad la elección del notable y su consecuente acceso a los círculos de decisión. Por sus características internas, el nivel de institucionalización será bastante débil, la disciplina escasa, la autonomía de las elites electas sobre las partidistas será muy alta, y la ideología poco fundamentada. En el caso vasco el partido que más se ajusta a esta definición puede ser la UDF, aunque encontramos algunas de estas tendencia, mucho menos acusadas, claro está, en el PNV.
  • El partido de masas surge de la estructuración política de la socialdemocracia, siendo adaptado posteriormente por el resto de corrientes ideológicas. A diferencia del anterior modelo, los mecanismos de adhesión son más formales, la ideología está muy definida, y el aparato directivo fuertemente estructurado y centralizado.
  • El partido electoral de masas, o partido de electores, pretende una adhesión interclasista por medio de la atenuación de los elementos ideológicos, la estructuración abierta que permita la incorporación de nuevos sectores sociales, la posición preeminente de los cargos públicos, y el reforzamiento del liderazgo, incluida su personalización (Valles, 2000; Duverger, 1974; Panebianco, 1990).

Como su puede preveer, la mayor parte de los partidos del sistema político vasco han fluctuado a lo largo de su historia entre estas dos ultimas aproximaciones, con una clara tendencia a abandonar el carácter de partido de masas para asumir rasgos electorales. No obstante, entre los partidos nacionalistas y los partidos de extrema-izquierda, la tendencia electoral en menos acusada.

Paralelamente, el origen y el desarrollo está relacionado con el proceso de institucionalización de los partidos. En la fase de gestación, (a) los líderes eligen los valores-clave, (b) se crea la estructura que los incorpora, estableciendo las metas ideológicas de la futura formación, (c) se construye la identidad colectiva, y (d) la organización es un instrumento para la realización de los objetivos. En cualquier caso, cuando se consolida el proceso de institucionalización, se incorporan al actor los valores y fines fundadores del partido, de manera que la organización pierde el papel de instrumento y adquiere valor en sí misma; se convierte en un fin para sus miembros (Panebianco, 1990).

En función de este proceso podemos diferenciar entre partidos fuertemente institucionalizados y los débilmente institucionalizados.

  • Los primeros son aquellos que cuentan con una fuerte presencia social, una sólida estructura organizativa, una mayor homogeneidad orgánica de sus sub-unidades, una fuerte identidad, una disciplina importante, una sólida base social, un sistema de ingresos basado en aportaciones regulares y centralizadas, y un predominio del partido sobre las organizaciones externas al mismo. Este es el caso de los partidos nacionalistas (vascos, españoles y franceses) en el sistema político vasco.
  • Por el contrario, en los segundos, la identificación de partido -así como la disciplina- es bastante débil, lo que implica una organización frágil y poco cohesionada, adolecen de fallos en el control de su base social, hay una falta de interrelación y una actuación autónoma y heterogénea de las diversas sub-unidades organizadas, y sus órganos centrales son bastante permeables a influencias externas (Martínez Sospedra, 1996; Matas, 1999). El caso más paradigmático en el sistema político vasco sería el de la democracia cristiana francesa.

En definitiva, el grado de institucionalización de los diferentes partidos puede medirse en función del nivel de autonomía de la organización respecto del ambiente, y por el grado de sistematización e interdependencia entre las partes que lo constituyen (Panebianco, 1990).

El sistema interno de incentivos es otra de las grandes dimensiones que permiten analizar los rasgos de los diferentes partidos políticos. Este sistema de incentivos está profundamente ligado a los factores que aceleran el proceso de institucionalización: (a) el desarrollo de los intereses que mantienen la organización, y (b) la difusión de las lealtades organizativas.

  • El primero de estos elementos está vinculado a la necesidad de distribuir incentivos selectivos entre sus adherentes en las primeras fases de la vida de la organización. Entre este tipo de incentivos -muy ligados al proceso de captación de las elites-, podemos destacar las posibilidades de hacer carrera en la organización, el reparto de los puestos dirigentes y los cargos electos, las posibilidades de empleo, y sobre todo el acceso al poder.
  • A su vez, el desarrollo de las lealtades organizativas está fuertemente relacionado con la distribución de los incentivos colectivos, y por tanto con la asunción de una identidad colectiva por parte de sus dirigentes, afiliados y electorado. De la misma forma, los programas y la línea política -en definitiva la ideología de estas organizaciones- debe ser estudiada como parte de estos incentivos colectivos (Panebianco, 1990).

Las identidades nacen de la confrontación de los individuos con los otros, por lo que remiten al campo teórico de la articulación de lo individual y lo colectivo; son la base de identificación de lo mismo y lo diferente -y en consecuencia del ellos y el nosotros-. A su vez, pueden fundarse en la permanencia y la larga duración; o bien, en una voluntad de ruptura con el pasado, con lo que se fundamentan en una dinámica de la acción.

Los individuos nos encontramos ante una gran cantidad de identidades yuxtapuestas que configuran la multi-dimensionalidad identitaria del ser humano. La identidad política es la parte de la identidad social reconocida como política y presenta un carácter conflictivo: es un problema de elección.

En este sentido, la identidad de las formaciones políticas vendrá definida por una serie de elementos que (a) permiten la articulación de lo individual y lo colectivo, y (b) posibilitan la identificación de sus miembros y su auto-identificación en el colectivo respecto al "vosotros" exterior. La base de la identidad de las formaciones políticas puede ser muy variada: nacional, de identificación con un líder, con una clase... (Letamendía, 1997)

Si bien la ideología es un componente más de la identidad partidaria, y no necesariamente el más importante (Martínez Sospedra, 1996), sí que es cierto que presenta una serie de elementos que obligan a tenerla en cuenta: su potencialidad de exclusión, su facilidad para la construcción de proyectos y alternativas políticas, y su carácter de instrumento de legitimación de la dirección del partido ante sus afiliados. De esta forma, únicamente los partidos con base ideológica han conseguido establecerse en los países europeos (Von Beyme, 1986), cuando menos hasta fechas recientes.

En el caso vasco, ambos elementos, identidad e ideología, van a condicionar las alianzas de los diferentes partidos y van a explicar un complejo escenario partidista en el que las formaciones se situan en base a su posición en el eje izquierda - derecha y el eje nacionalismo - regionalismo -centralismo.

Ambas dimensiones van a ser determinantes a la hora de ubicar a cada formación en una determinada familia de partidos. En este sentido, Rockan (1970) y Seiler (1980), así como Letamendía (1997), desarrollan un esquema que presenta las cuatro fracturas derivadas de la modernidad (a) en base a su origen (revolución industrial o revolución nacional) y (b) a partir de su ubicación en el eje territorial o funcional:

  • El cleavage Iglesia/Estado opone a los partidos clericales y los anticlericales, ya que mientras que los primeros apuestan por reforzar la influencia política y social de la Iglesia, los segundos proponen la separación entre ésta y el Estado así como la secularización de la vida social. Esta división genera dos familias de partidos: (a) en la vertiente clerical la democracia cristiana, que es heredera de las luchas político religiosas del pasado, (b) en la vertiente anticlerical aparece una familia de partidos que podemos calificar como laicos o seculares.
  • El cleavage centro/periferia -al igual que el anterior, de origen cultural-, opone a las familias de partidos centralistas de las de los regionalistas, autonomistas, federalistas o independentistas (Seiler, 1990). En cualquier caso, como derivación del mismo, podemos diferenciar entre formaciones abiertas a la descentralización del Estado, y partidos cerrados a cualquier modificación del sistema administrativo.
  • El cleavage sector primario/sectores secundario y terciario opone los intereses urbanos, comerciales e industriales de los de los campesinos. Genera una única familia que se basa en la defensa de los intereses del mundo rural: los partidos agrarios.
  • El ultimo cleavage poseedores/trabajadores diferencia los intereses de los medios de producción y los de los trabajadores, determinando las dos familias de partidos más importantes existentes en Europa. Del lado de los "poseedores" encontramos aquellos partidos que mediatizan la voluntad política de los círculos industriales, financieros o comerciales -en los que la defensa de la ortodoxia liberal se constituye en fundamental-; por el contrario, la familia de partidos "trabajadores" median en la voluntad política del mundo del trabajo, y especialmente del movimiento sindical (Seiler, 1980, 1990).

La tabla siguiente muestra la división de las familias de partidos en base a estas cuatro fracturas:

Líneas de fractura en las familias de partidos
Fuente: Seiler (1980)
RevoluciónNacionalEje territorialCentro/periferia
Eje funcionalIglesia/Estado
IndustrialEje territorialRural/Urbano
Eje funcionalPoseedores/trabajadores

Este esquema interpretativo permite analizar las dimensiones ideológica e identitaria anteriormente apuntadas sobre la base de dos variables en el sistema político vasco en Francia.

  • Así, la identidad en los grandes partidos que forman parte del sistema de acción colectiva vasco en Francia va a compartirse como consecuencia de su posición en torno al conflicto centro-periferia, entendida en sentido estricto. Sin embargo, existen claras diferencias si se aborda desde la perspectiva más o menos abierta a la descentralización del Estado.
  • Por contra su ideología los dividirá en las dos familias señaladas a partir del cleavage capital/trabajo.
  • En paralelo, se observa un peso creciente de las formaciones nacionalistas en el sistema político vasco en Francia, que en las últimas elecciones europeas han alcanzado sus máximos históricos

Respecto del sistema político vasco en España, encontramos una clara delimitación en base a la posición de las diversas formaciones en las cuatro familias derivadas de las fracturas capital-trabajo y centro-periferia. Cuestiones éstas a las que se debe añadir una última fractura en torno a la posición de estas formaciones respecto del uso de la violencia, que ha emergido recientemente tras las escisión entre Batasuna y Aralar.

Finalmente, en Navarra, el eje centro - periferia asumen un perfil particular en la medida en que siguiendo a LINZ (1986) podemos enetender la posición del navarrismo de UPN como una reacción de la periferia de la periferia, que identifica al sistema político vasco como un centro ante el que reaccionar potenciando sus señas particulares de identidad.

Como señala Jordana (1999) los mecanismos formales de representación de la democracia liberal se agotan, en principio, en los partidos y las instituciones, con lo que no se logra integrar el conjunto de opiniones e intereses de la sociedad. Este elemento permite (y obliga) a la experimentación de otras formas de intervención sobre el proceso político. En este sentido, las asociaciones de intereses recogen y recrean las percepciones de determinados segmentos de la sociedad, especializándose en la defensa de esas preferencias sobre determinados elementos de la vida social, cultural, económica; en definitiva, en la representación de los intereses.

Junto a este elemento, es necesario incorporar un segundo aspecto para acercarnos a los grupos de intereses: la legitimidad, que se obtiene de la gestión eficaz de la tensión surgida entre la capacidad que estos grupos tienen para ganarse la confianza de los potenciales representados, y la satisfacción de éstos últimos en la medida en que la asociación sea capaz de maximizar sus beneficios.

Finalmente, Jordana añade un tercer componente esencial en la caracterización de estos colectivos: la existencia de una dimensión de intervención sobre el proceso político.

Estos tres elementos pueden observarse en la definición que propone Jerez (1997: 295), según la cual el grupo de interés:

"es un actor del sistema social que, básicamente, desarrolla la función de la articulación de las aspiraciones de individuos o colectivos (representación) que, sin ellos, actuarían directamente sobre los poderes públicos (intervención) en las direcciones más dispares. Estos grupos contribuyen a proporcionar racionalidad, congruencia y viabilidad (legitimidad) a las demandas de cuantos comparten una determinada posición frente a otros sectores del sistema social."

En cualquier caso, hemos de diferenciar aquellos grupos que promueven de manera primordial o exclusiva valores, a los que cabría definir como Grupos de Promoción, de aquellos otros que persiguen de modo exclusivo o primordial bienes materiales, siendo estos los Grupos de Interés propiamente dichos. Los primeros inciden sobre el sistema social, entendido éste como subsistema económico; los primeros actúan sobre el sistema social en su dimensión cultural. Los representados en los segundos grupos son los afiliados del colectivo, mientras que en el primer caso, esta representación se amplía a sectores más extensos, incluso a la sociedad en general. De esta forma, se visualiza la borrosa frontera entre este tipo de actor colectivo y los movimientos sociales, haciendo difícil ubicar a determinados grupos en uno u otro entorno.

En este sentido, y en un intento por delimitar este cajón de sastre en el que podrían incluirse colectivos con una presencia cada vez mayor en la acción colectiva, como es el caso de las ONGs, se propone un concepto híbrido como el de Grupos de Interés Público (Von Beyme, 1986), para aquellos colectivos que asumen los rasgos que definen a los grupos de interés diferenciándolos de los otros dos tipos de actores colectivos, pero que se sitúan a medio camino entre los grupos de interés y los movimientos sociales en la dimensión de "los objetivos". En definitiva, el elemento diferenciador fundamental podría encontrarse en la existencia o no de una identidad de grupo (Ibarra & Letamendia, 1999).

Como hemos visto, estos colectivos actúan sobre el ámbito social (entendido como sub-sistema económico para los grupos de interés, o como sub-sistema cultural para los de promoción). Sin embargo, en ocasiones, este ámbito puede resultarles insuficiente para satisfacer sus intereses, con lo que se verán obligados a descender a la arena política para alcanzar el éxito en sus objetivos. Como señala Jerez (1997), éste es el elemento que permite diferenciar a los grupos de interés de los grupos de presión. En tanto en cuanto la asociación permanezca en el escenario social seguirá siendo considerada grupo de interés. Por el contrario, en el momento en que trate de incidir directamente sobre el entorno político pasará a ser considerado grupo de presión: esto es:

"la organización o colectivo de personas que ante todo busca influir en política o promover sus ideas dentro de un contexto económico y político determinado, incidiendo en el proceso de toma de decisiones mediante su actuación sobre los poderes ejecutivo, legislativo o judicial -bien directamente o a través de la opinión pública- para moldear la formulación de las políticas públicas o condicionar su implementación." (Jerez, 1997: 297).

A la hora de realizar una aproximación teórica a estos colectivos, es necesario detenerse en los tipos posibles de grupos de presión (o interés). Así, podemos establecer una diferenciación en cinco modelos posibles (Jerez, 1997):

  • Organizaciones de empresarios e inversores: se constituyen como uno de los grupos de presión más importantes en este sistema de economía de mercado, y aunque en un primer momento surgieron para tratar de influir en las decisiones políticas, en la actualidad, además de esta función, y como consecuencia de la presión sindical, se han visto impelidos a jugar el papel de interlocutores ante los sindicatos a la hora de fijar las relaciones laborales. En el caso vasco juega especial relevancia Confebask, pero también el Círculo de Empresarios Vascos
  • Los sindicatos: Encontramos tres tipos ideales de estructura sindical en función de criterios ideológicos y de organización: (a) el modelos pluralista formado por asociaciones muy fragmentadas y con escasa disposición a una cooperación organizada y a la cogestión empresarial; (b) el modelo corporativo, integrado por sindicatos unitarios que desarrollan una predisposición a la cogestión en el plano empresarial y a la cooperación con los órganos institucionales; y (c) el modelo sindicalista, constituido por centrales organizativamente separadas y unidas por una ideología, que vienen rechazando cualquier intento de participación empresarial basada en el statu quo capitalista, a pesar de que en la práctica de las relaciones laborales se hayan mostrado bastante pragmáticos. El primero de los modelos sería el propio de la CAPV, dada la fortaleza de ELA y LAB, mientras que en Iparralde y Navarra predominan los dos segundos.
  • Grupos profesionales y de trabajadores independientes: entre los cuales se pueden incluir las asociaciones de agricultores y ganaderos, profesiones liberales, burócratas, o el colectivo militar.
  • Grupos al servicio de los intereses públicos: que bajo una denominación un tanto engañosa puede integrar asociaciones tanto de orientación preponderadamente materialista como asociaciones de orientación no materialista. Podríamos destacar por su importancia a las iglesias.
  • Finalmente, algunas tipologías incluyen a las propias administraciones públicas cuando tratan de presionar ante otras instituciones. Este es el caso de algunas regiones ante instancias supra-estatales como la Unión Europea. De hecho, el marco europeo de acción colectiva que se había centrado hasta fechas recientes en los límites definidos por el Estado-nación se encuentra en un contexto de crisis derivado de un triple proceso de erosión de su soberanía: (a) desde arriba, viéndose obligado a ceder muchas de sus competencias a los órganos comunitarios, (b) desde abajo, ya que las unidades sub-estatales asumen cotas de poder como consecuencia de los procesos de descentralización, y (c) lateralmente, porque el Estado se ve afectado por sus límites en la legitimidad (Keating, 1996). En definitiva, nos encontramos ante un nuevo modelo de acción colectiva caracterizado por el alumbramiento un nuevo marco de relaciones intergubernamentales que se presentan en la actualidad a diferentes niveles (Europeo, Estatal, Regional y local), lo cual ha favorecido la salida al campo internacional de las regiones (Morata, 1999).

De esta forma, se observan diferentes vías de participación y representación de intereses por parte de las unidades sub-estatales en la Unión Europea: (a) las directas, Comité de las Regiones, Consejo de Ministros, Comisión Europea, van a depender, excepto en el primero de los casos, de la voluntad de las autoridades del centro; (b) las indirectas se refieren a la participación en la formación de la voluntad estatal; (c) más allá de estos mecanismos, se establecen otros de carácter informal centrados en el lobbying directo en los centros de decisión supranacionales; y finalmente (d) destaca la importancia de los mecanismos de cooperación interregionales, intra o inter-estatales (De Castro, 1994). Como es bien conocido, este deseo de presencia en Europa ha sido una constante demandada por los responsables de la CAPV a las autoridades estatales. De igual forma, el hecho de que la Secretaria de Acción Experior haya dependido directamente de Lehendakaritza, así como la importancia de sus iniciativas (coordinación de las Euskal Etxeak, Embajadas, etc...) demuestra el valor que a esta cuestión se le ha conferido hasta fechas recientes.

Por su parte, Valles (2000) establece otra tipología complementaria con la anterior: (a) los grupos de interés (o presión) económicos, (b) los que integran a determinados colectivos sociales en función de sus características de género, edad, residencia,..., (c) los grupos de interés que promueven determinadas causas de contenido cultural o ideológico en sentido amplio, y (d) los que persiguen ciertos objetivos políticos, pero sin aspirar a la elaboración de un proyecto global de gobierno.

Finalmente, los repertorios de actuación de estos colectivos son amplios, abarcando desde lo constitucional a lo inconstitucional, de lo legal a lo ilegal: (a) persuasión, (b) la presión electoral, (c) la presión mediática (d) la amenaza o intimidación, (e) el uso del poder económico, (f) el litigio judicial, (g) sabotaje en sus diversos grados, y (h) acción directa en su diversas facetas, convencional, disruptiva y/o violenta.

Las respuesta académicas que tratan de explicar el desarrollo de los movimientos sociales en las sociedades occidentales pueden agruparse en tres categorías: (a) los modelos clásicos para el estudio de la acción colectiva, (b) la teoría de la movilización de recursos y sus derivaciones, y (c) las aproximaciones culturalistas.

Una de las primeras aproximaciones clásicas será la que trata de explicar el desarrollo de sucesivas fases de movilización colectiva (flujos revolucionarios del movimiento obrero decimonónico en 1830-1840 y 1880-1890, lucha de clases en el periodo de entre-guerras, y ciclo de protesta de los 60-70) a partir del explicaciones centradas en el análisis de las causas del comportamiento colectivo (collective behavioral).

Este modelo va a fundamentarse en varios presupuestos: (a) el comportamiento no institucional-colectivo trata de enfrentarse al contexto y las normas sociales existentes, (b) las tensiones y la frustración social impelen al individuo a participar en la acción colectiva, (c) ésta se desarrolla siguiendo un ciclo vital en el que la acción espontánea de las masas antecede a la opinión pública y los movimientos sociales, y (d) dentro de este ciclo, los movimientos se logran mediante procesos de comunicación como rumores, contagios, reacciones culturales, difusión (Riechmann y Fernández Buey, 1999).

Según esta perspectiva, el comportamiento colectivo presenta dos rasgos básicos:

  • El carácter emergente: (a) la conducta es espontánea, (b) es informal y no estructurada, frente a la lógica de las instituciones, (c) es improvisada y poco predecible.
  • Su componente extra-institucional: (a) las normas de la acción no tienen por qué ser las determinadas por la cultura dominante, (b) no es convencional, ni acorde con las normas establecidas, y (c) genera nuevas normas.

En cualquiera de los casos, este modelo presenta serias limitaciones en la medida en que vincula a las personas que participan en los movimientos sociales con la imagen del comportamiento desviado de individuos marginales y desarraigados.

Por su parte, las teorías de la privación relativa entienden los movimientos sociales como un fenómeno racional. Desde una perspectiva psicologista o conductista, se intenta explicar la acción colectiva como el resultado de la tensión entre unas determinadas expectativas sociales -los beneficios deseados o anhelados- y las que se creen posibles. Las primeras son las cualidades que los individuos o colectivos creen que deberían tener, y las segundas son estas mismas cualidades, pero entendidas como algo que se logra. Cuando existe un desfase entre ambas nos encontramos ante la privación relativa. De esta forma, se asume una concepción según la cual determinados bienes materiales, culturales o de otro tipo, son substraídos al individuo o al colectivo cuando éstos creen que les corresponderían. Así, se establece una diferenciación entre la privación relativa individual o la privación relativa colectiva, que en el segundo caso hace más factible la atribución externa de responsabilidades, lo que aumenta las potencialidades movilizadoras de la percepción de la injusticia, y del surgimiento de la protesta e incluso la violencia.

En cualquier caso, esta teoría va a verse sometida a una serie de críticas, fundamentalmente centradas en sus connotaciones unidireccionales -la percepción de la privación produce movimientos-, olvidándose su dimensión bi-direccional -los movimientos también producen percepciones de privación- (Javaloy, 2001).

De la misma forma, esta aproximación remite nuevamente a la identificación entre movimientos sociales y sectores marginales de la sociedad, ya que se centra fundamentalmente en la privación material, lo cual impide explicar los rasgos interclasistas que asumen los colectivos contenciosos de la década de los 70. En definitiva, los mecanismos de privación relativa no pueden explicar movimientos sociales cuyos integrantes son, en su mayoría, privilegiados relativos (Riechmann y Fernández Buey, 1999).

La tercera de las aproximaciones teóricas clásicas a los movimientos sociales es la de la elección racional. Para el principal de los representantes de esta corriente, Olson, la acción colectiva no es el resultado de agravios o sentimientos de injusticia, sino que son elecciones hechas con la intención de lograr determinados fines. Los individuos se mueven fundamentalmente por el interés, actuando únicamente en la medida en que existan incentivos selectivos o bienes colectivos que les motiven para la acción. En definitiva, el elemento central de la racionalidad explicativa de la acción colectiva se basa en el hecho de que los individuos no participarán en ésta más que en la medida en que los beneficios esperados puedan superar los costes de su actuación (Olson, 1992); una concepción que surge de las interpretaciones de Dows (1973) sobre el comportamiento electoral, que desde las mismas claves consideraba que un determinado individuo solo vota un partido en tanto en cuanto considere que le será más útil que otro, o que no votar.

Este modelo va a verse sometido a varios tipos de críticas: (a) las teorías de la elección racional hacen desaparecer la noción de identidad, una vida interior que aunque es parte del comportamiento observado, no es idéntica a él, (b) las motivaciones del individuo son reducidas a incentivos y recompensas externas, y (c) el papel de los movimientos sociales en el cambio de valores individuales es ignorado o distorsionado por el instrumento conceptual de los incentivos.

Finalmente, la efectividad de los anteriores modelos interpretativos se ve cuestionada a finales de los años setenta por una serie de acontecimientos observables en gran cantidad de movimientos sociales que proliferan en las sociedades occidentales: (a) los individuos participantes no eran desarraigados, alienados o actores irracionales, sino individuos con una gran capacidad cognitiva, perfectamente integrados en la sociedad, y (b) su acción colectiva no era el resultado de una frustración relativa provocada por una crisis económica del sistema, sino que debían buscarse otro tipo de argumentaciones (Casquette, 1996).

Como respuesta nos encontramos dos aproximaciones teóricas que se desarrollan geográficamente en EEUU y Europa respectivamente, la primera de las cuales se centra en la explicación del "cómo" de los movimientos sociales, y la segunda en la justificación de su "por qué".

El enfoque de la movilización de recursos trata de analizar la eficacia de los movimientos sociales en la satisfacción de sus objetivos a partir de los recursos que disponen. Como apunta Ibarra (1993: 42):

"implícita o explícitamente, esta corriente académica entiende que los individuos eligen apoyar o participar en un movimiento social y no en un partido político, básicamente (...) porque consideran que sus demandas van a ser a la larga mejor atendidas por el movimiento elegido ya que éste tiene, en una determinada reivindicación, más interés en promocionarla y más capacidad de presión, que los partidos políticos existentes".

En definitiva, el problema para esta aproximación no es caracterizar la existencia de un potencial movilizador derivado de conflictos sociales, insatisfacciones o frustraciones, sino que se fundamenta en el análisis sobre cómo es posible que determinadas organizaciones sean capaces de movilizar ese potencial. De esta forma, esta aproximación obliga a tener en cuenta (a) el papel de los "empresarios movimentistas" en la creación y dirección de estas asociaciones, (b) las estructuras internas que permitan maximizar su eficacia en la acción contenciosa, (c) las características de una planificación organizativa asentada en cálculos conscientes sobre cómo satisfacer sus objetivos, y (d) los mecanismos de perpetuación (Riechmann y Fernández Buey, 1999).

En definitiva, para esta perspectiva, la movilización social es resultado de factores como los recursos disponibles, los modelos organizativos, y las oportunidades para la participación en la acción colectiva. Estrategia, recursos y organización son los ejes de esta aproximación (Tejerina, 1998).

Como en las anteriores aproximaciones, las teorías de la movilización de recursos no escapan a las críticas del modelo olsoniano: (a) desde una lógica utilitarista no se da respuesta a la participación en la acción colectiva de grupos emergentes, (b) las dimensiones culturales del conflicto se escapan a su marco analítico, (c) se identifica al movimiento social con las organizaciones del movimiento, cuando el primero siempre es más de las organizaciones que engloba, y (d) se olvidan los contenidos de la movilización, su relación con las ideologías, los desarrollos culturales, ... (Riechmann & Fernández Buey, 1999).

Por su parte, Ibarra (1993: 43) considera que esta interpretación, en su versión más radical, entiende a los movimientos sociales como actores provisionales, coyunturales o subsidiarios de los partidos políticos.

"Los movimientos sociales, desde este enfoque interpretativo no surgen con vocación opositora a los partidos políticos. Los movimientos sociales nacen con vocación (...) de utilizar el poder político a favor de sus intereses y proyectos. Las personas (...) se organizan en movimientos sociales porque (...) los partidos no están excesivamente interesados en (sus) demandas (...), y por tanto los ciudadanos en cuestión, deben, aunque no lo deseen, tratar de solucionar sus problemas a través de una instancia que es percibida como subsidiaria.

En un intento por superar las críticas de los enfoques de la movilización de recursos, el modelo de las redes entiende los movimientos sociales como manifestaciones de networks socio-espaciales latentes, cuyo elemento aglutinador son comunidades de valores.

En términos similares se pronuncia Diani (1998: 244), quien define movimiento social como:

"un conjunto de redes de interacción informales entre una pluralidad de individuos, grupos y organizaciones, comprometidas en conflictos de naturaleza política o cultural, sobre la base de una específica identidad colectiva".

A su juicio, esta definición presupone que los movimientos sociales no pueden reducirse o identificarse con meros actos de protesta, organizaciones políticas, o coaliciones.

  • Los movimientos no pueden vincularse con los actos de protesta ya que necesitan de activistas que los vehiculicen, así como definiciones de la realidad que asignen significados a estos acontecimientos.
  • Los movimientos sociales no son simples coaliciones de actores que ponen en común recursos para lograr objetivos compartidos; no, mientras no exista una identidad colectiva.
  • Tampoco se deben confundir con las organizaciones que pueden unirse al movimiento, ya que mientras las primeras presentan altos niveles de control sobre sus miembros, la red en conjunto se basa en relaciones informales.

En definitiva, la perspectiva de Diani (1998) parte de la concepción de las redes de movimientos como explicación de los vínculos que surgen de la acción, pero sobre todo como resultante de la elección de los actores. En este sentido, la visión tradicional se acerca al movimiento-red desde las precondiciones para la acción colectiva. Para el mantenimiento de movilizaciones eficaces en el tiempo es necesario la existencia de fuertes lazos entre los diferentes actores. O planteado de otra forma:

"la densidad de las relaciones entre los diferentes actores y su articulación interna orientará la circulación de recursos esenciales para la acción y determinará sus oportunidades y vínculos" (Diani, 1998: 247)

Por ejemplo, los lazos puntuales pueden reconducirse posteriormente en otros tipos de movimientos, las relaciones previas pueden concretarse en nuevos contextos...

Sin embargo, para este autor, las redes de movimientos también pueden ser analizadas como producto de la acción: como el resultado de una selección de aliados o de pertenencias.

"La estructura de la red depende de, al menos en parte, de las elecciones relativas a los sujetos con quienes entablar relaciones de cooperación o intercambio, o bien de oposición y conflicto" (Diani, 1998: 248).

Estas elecciones vendrán determinadas por elementos como la pertenencia de clase, la posición territorial, el parentesco; y se realizan a través de un costoso ejercicio de selección (networking), en el que además de permitirse la circulación de recursos o informaciones de unos grupos a otros, se construyen representaciones compartidas para la acción:

"mediante el networking se atribuye sentido a prácticas que de lo contrario permanecerían aisladas e independientes unas de otras, y se desarrollan sentimientos específicos de solidaridad entre actores anteriormente desconocidos".

Este elemento remite, en consecuencia, a uno de los núcleos de la definición de Diani, que diferencia esta perspectiva de las anteriores escuelas teóricas, y más en concreto de la de la movilización de recursos: la identidad colectiva, noción determinante para diferenciar a los actores del movimiento de sus aliados externos y los apoyos ocasionales. En este sentido, los cálculos estratégicos que posibilitan la interacción de diferentes actores en base a perspectivas instrumentales parecen insuficientes, siendo necesaria la pre-existencia o construcción de una identidad compartida que permita la continuidad y éxito de estas interacciones, y sirva de instrumento para activar la movilización.

Desde esta perspectiva surge un enfoque complementario, el de los nuevos movimientos sociales, que centra su objeto de estudio en un determinado contexto: los colectivos que surgen en occidente tras la segunda guerra mundial, y más concretamente desde los años 60. Por tanto, son unos movimientos sociales específicos que tienen su origen en una determinada configuración histórica.

De esta forma, se establece una distinción entre los movimientos sociales y los nuevos movimientos sociales, observándose una serie de elementos distintivos que diferencian a algunos colectivos surgidos en la segunda mitad del siglo XX, frente a anteriores experiencias movimentales: a) Su punto de partida es el rechazo a una determinada configuración cultural, política, económico y/o cultural; b) Son portadores de unos nuevos valores, post-materialistas, que desplazan a la tradicional divisoria entre izquierdas y derechas, y se centran más bien en conflictos en torno a los valores; c) El sujeto de estos movimientos ya no es la clase obrera, sino que se constituye por varios segmentos bien diferenciados: (a) nuevas clases medias ligadas a los servicios sociales o el espacio público, (b) elementos de la vieja clase media, (c) sectores que se sitúan al margen del mercado de trabajo. d) Una estructura informal basada en modelos descentralizados y en red, que tratan de superar con su práctica organizativa una configuración social ante la que se oponen. e) Una dinámica de acción colectiva ampliada a repertorios no convencionales o incluso violentos. El siguiente cuadro trata de explicitar en las diferencias entre el viejo y el nuevo paradigma:

Paradigmas explicativos de los Movimientos Sociales
Nuevo paradigmaViejo paradigma
Fuente: Javaloy, 2001.
Base ideológicaCrítica de la cultura y de la modernización
Crítica de la democracia representativa
Orientación a valores generales y objetivos concretos
Conformismo cultural
Conformismo con la democracia representativa
Orientación ideológica en sentido tradicional (izquierda-derecha, conservador-liberal).
ValoresAutonomía personal e identidad
Post-materialismo
Motivación hacia los bienes colectivos
Libertad y seguridad en el consumo privado y progreso material
Materialismo
Motivación hacia el interés individual
Base socialAl margen de la estructura de clase, aunque predominan los de las clases mediasEstructura de clases
Desfavorecidos
OrganizaciónRedes informales
Estructura descentralizada, asamblearia
Asociaciones horizontales, democracia directa
Estructuras formales
Organización centralizada, jerárquica
Formas de acciónPolítica de protesta
Medios no convencionales dirigidos a los medios de comunicación
Confrontación entre partidos, regla de la mayoría
Oposición a la acción directa

Finalmente, desde una perspectiva culturalista adaptada al contexto provocado por la evolución de las nuevas tecnologías y la globalización, e incidiendo especialmente en la dimensión reticular en la dinámica de los movimientos sociales, Castells (2000) reubica a los diferentes movimientos sociales en base a su posición en torno a tres formas específicas de identidad:

  • La identidad legitimadora, que trata de mantener las estructuras y relaciones de dominación en la sociedad actual.
  • La identidad de resistencia, que conforma "trincheras de resistencia y supervivencia" basadas en principios normalmente opuestos a los generados por las instituciones sociales.
  • La identidad proyecto, que se basa en la construcción de una nueva identidad a partir de los valores culturales que se disponen, tratando, desde ahí, de transformar la estructura social.

Mientras que las primeras producen identidades legitimadoras de la sociedad civil y las segundas crean unas comunidades cerradas y movimientos reactivos, las terceras, producen sujetos portadores de un proyecto de vida diferente. Y es en esta tercera dimensión donde se ubican (o deben ubicar) los nuevos movimientos sociales proactivos, que asumen (a) una dimensión profética, a través de "símbolos reales" que permiten dotar de "rostro" a unos valores alternativos y códigos basados en proyectos de identidad autónomos, y/o (b) una organización reticular, en forma de organizaciones interconectadas y descentralizadas al margen de las relaciones de poder (Castells, 2000).

En definitiva, el análisis de los movimientos sociales muestra un alto grado de fragmentación, de forma que se ha presentado un esquema interpretativo plural en el que aparentemente no existirían conexiones, centrado (a) en las dimensiones psicologistas explicativas de la conducta individual en organizaciones colectivas, (b) en las perspectivas organizativas internas que explican los modelos de acción colectiva, y (c) en las dimensiones estructurales y culturales que justifican las causas de una acción, fundamentalmente entendida como contenciosa.

Una aproximación unitaria al análisis de los movimientos sociales debería partir de la necesidad de incluir todas las variables posibles:

"cómo determinadas crisis estructurales prefiguran determinadas selecciones de recursos; o cómo las formas organizativas están influidas por la conciencia colectiva del grupo; o cómo el contexto político marca la normalidad o la diferencia de los ideales y las prácticas cotidianas de los movimientos; o cómo, en fin, hay que tener siempre en cuenta tanto los intereses del grupo como su identidad colectiva" (Ibarra; 2000: 275).

En este sentido, los intentos integradores de los diferentes modelos (Mcadam, Tilly & Tarrow, 1996; Mcadam, Mcarthy & Zald, 1999; Diani & Della Porta, 1997; Klandermans & Tarrow, 1998) permiten establecer un modelo de análisis que se fundamente en 3 tipos de variables: (a) la estructura de oportunidad política, (b) los repertorios organizativos, y (c) el análisis del discurso y la identidad colectiva.

  • La estructura de oportunidad política constata la influencia del entorno sobre el movimiento social: "los movimientos sociales adoptan una u otra forma dependiendo de una amplia gama de oportunidades y constricciones del contexto (nacional) en el que se inscriben" (Mcadam, Mcarthy & Zald, 1999: 24).
  • Las estructuras de movilización tratan de analizar la dinámica organizacional de los movimientos sociales, a partir de un análisis comparado de las infraestructuras organizativas que permite comprender los patrones históricos de movilización prediciendo en qué lugares hay más posibilidades de que surjan movimientos sociales. A su vez, se centra en la caracterización de las relaciones entre una forma organizativa y un tipo de movimiento. Y permite determinar la influencia de las estructuras estatales y la cultura organizativa concreta sobre los movimientos.
  • Finalmente, el estudio de los procesos de enmarcado aborda la tercera de las dimensiones necesarias para explicar este tipo de acción colectiva, centrándose en las formas en que surgen, se mantienen, adaptan al entorno y modifican internamente las identidades que permiten aglutinar a los individuos que forman parte del movimiento, motivándoles a desarrollar una acción colectiva, en ocasiones contenciosa.

En definitiva, nos encontramos ante una aproximación que permite vincular a la dimensión micro de los movimientos sociales -ámbito de las motivaciones individuales- las perspectivas meso -organización y estructura interna- y los elementos macro -aspectos estructurales-.

Partiendo de la metodología unitaria propuesta, trataremos de presentar una definición a partir de la cual podamos estudiar la acción de los actores que articulan un movimiento contencioso en los territorios vascos de Aquitania, cuya proposición fundamental es la institucionalización del Pays Basque por medio de un departamento específico.

La diferenciación conceptual realizada por Letamendia & Ibarra (1999) entre movimientos sociales, grupos de interés y partidos políticos delimita las características de los primeros en base a su orientación hacia el poder político, las relaciones con los partidos, su organización, los intereses y grupos representados, los medios de representación, el tipo de acción colectiva, la estrategia y los objetivos finales. De esta forma, se define a los movimientos sociales como una:

"red de interacciones informales entre individuos, grupos y/o organizaciones que, en sostenida y habitualmente conflictiva interacción con las autoridades políticas, elites y oponentes -compartiendo una identidad colectiva en origen diferenciada pero con tendencia a confundirse con identidades convencionales del "mundo exterior"-, demandan públicamente cambios (sólo en potencia anti-sistémicos) en el ejercicio o redistribución del poder a favor de intereses cuyos titulares son indeterminados e indeterminables colectivos o categorías sociales" (Letamendia & Ibarra, 1999: 400).

Por su parte, Riechmann y Fernandez Buey (1999: 61-67) presentan varios rasgos que permiten caracterizar a la familia de movimientos sociales que hemos definido como nuevos movimientos sociales: (a) la vocación emancipatoria, (b) su situación intermedia entre los movimientos con orientación al poder y los culturales, aunque con tendencia a concentrase en esta esfera socio-cultural, (c) una propensión anti-modernista, al no compartir la concepción lineal de la historia o la creencia en el progreso entendido como desarrollo material y moral indeterminables, (d) su composición social heterogénea, (e) unos objetivos y estrategias de acción muy descentralizados, (f) una estructura organizativa descentralizada y anti-jerárquica, (g) la politización de la vida cotidiana y el ámbito privados, y (h) los métodos de acción no convencionales.

Sobre la base de estos aportes teóricos podemos acercarnos a la evolución de los movimientos sociales en Euskal Herria, destacando una serie de elementos que reflejan sus características y rasgos más relevantes.

Así, las teorías de la privación relativa han sido aplicadas como elemento explicativo de la emergencia de gran cantidad de movimientos sociales en el tardo franquismo. Efectivamente, desde estas aproximaciones se considera que la liberalización económica del régimen en la década de los 60 no se acompaña de una apertura política, de forma que los primeros guiños, interpretados en un primer momento como oportunidades, se topan con la realidad opresiva del régimen explicando la emergencia de movimientos ciudadanos y sobre todo nacionalistas y obreros en la transición.

Esta cuestión está íntimamente ligada con el marco político estructural en el que se insertan los movimientos sociales. Así, es en los regímenes de capacidad baja, bien sean democráticos c no democráticos, en los que la visión de lo que "está en juego" es mayor para los actores. Consecuentemente con la baja capacidad de ambos regímenes, las autoridades se ven obligadas a guiños aperturistas que pueden ser interpretados por los actores como debilidades del régimen.

Esta cuestión se une a los aportes de la teoría de la elección racional. Así, en el periodo de la transición en Euskadi, podría funcionar este mecanismo en la medida en que los actores contenciosos interpretaran la debilidad del régimen como una oportunidad para maximizar los beneficios de la acción colectiva. Así, ante la tesitura de poder acabar con un régimen dictatorial primero, o de reconducir sobre nuevos parámetros los rasgos de la democracia que apuntaba; es decir, ante la posibilidad de obtener grandes beneficios con un costo relativamente limitado en comparación con periodos anteriores, la acción colectiva estalla. Ejemplo paradigmático de ello será la evolución discursiva del movimiento vecinal, o el reverdecimiento de la movilización nacionalista en la transición.

Esta movilización nacionalista de gran alcance se explica también desde los aportes de la movilización de recursos, pero también desde las perspectivas culturalistas. Así, el movimiento nacionalista va a crear una estructura paralela, mimesis del Estado, que va a concretarse en una diversificación de organizaciones sectoriales que encuentran su punto de partida en los momentos previos a la guerra civil, de la mano de Emakume Abertzale Batza, el movimiento de mendigoixales o ELA-STV. No obstante, este proceso de diversificación organizativa se amplifica en la transición como consecuencia de la articulación de potentes movimientos sociales asociados a las diversas escisiones de ETA primero -ligadas a la extrema izquierda- ,y a la Izquierda Abertzale después.

De la misma forma, el aporte nacionalista explica que la dimensión identitaria haya dotado a estos movimientos de una clara definición del nosotros, interpretada primero en clave nacional, sobre la que se superponen otros "nosotros" sectoriales definidos por ámbitos de acción/demanda como el ecologismo, el feminismo, el antimilitarismo o el internacionalismo. En paralelo, la reacción de colectivos en los que la dimensión nacional es secundaria explicará la aparición de movimientos sectoriales en los citados campos, que compiten y en otras ocasiones colaboran con los movimientos sociales definidos en clave nacional.

En paralelo, la dimensión cultural del análisis de los movimientos sociales muestra su pertinencia en base al sustrato claramente social de la acción colectiva vasca. El importante capital social existente en Euskal Herria, unido a la densa red de relaciones informales de carácter público, a escala local fundamentalmente, posibilita un contacto directo que genera precondiciones para la acción colectiva. Dicho de otra forma, la estructuración en red de los movimientos sociales se ve favorecida en Euskadi no solo por la existencia de un nosotros de escala nacional, sino también por la existencia de una vida pública local muy potente generadora de identidades barriales, rurales, urbanas, que sirve de sustrato para la emergencia de movimientos culturales, ciudadanos, ecologistas, etc.

Desde otra perspectiva, la diferenciación entre nuevos y viejos movimientos sociales aporta algo de luz a la creciente complejidad que asume desde la década de los 70 el panorama movimentista. A este respecto resulta relevante el análisis, nuevamente, de la evolución del movimiento vecinal. Este movimiento vecinal nace claramente asociado al viejo paradigma. Sin embargo, la evolución de este movimiento vecinal refleja cómo muchas de sus comisiones anteceden lo que luego serán potentes movimientos sociales locales asentados sobre los ejes del nuevo paradigma. Así, las comisiones de mujer, de cultura, de infancia, de equipamientos, etc de los movimientos sociales urbanos dan paso, tras su implosión en los 80, al surgimientos de decenas de grupos feministas, ecologistas, ocupas de escala local.

Esta cuestión del cambio de paradigma también explica el surgimiento de potentes movimientos sociales pacifistas, en la medida en que con la entrada en la post-modernidad emergen nuevos valores, entre ellos el derecho a la vida. Sin embargo, esta afirmación resultaría grotesca sino se complementa la explicación de la emergencia de este tipo de movimientos a mediados de los 80 desde los aportes de la perspectiva unitaria. Dicho de otra forma, el cierre de la estructura de oportunidades a la violencia, los déficits discursivos de la Izquierda Abertzale y sobre todo, el rechazo de la sociedad vasca a uno de los repertorios de la acción colectiva -el violento- sirven de atalaya explicativa para comprender la emergencia de Gesto por la Paz y otro tipo de colectivos pacifistas. A la inversa, los elementos antes citados, unidos al hecho de que el sur de Euskal Herria se adentra a finales de los 80 en un Estado de alta capacidad (en la que el Estado limita las capacidades de los actores contenciosos y sobre todo sus fuentes de legitimación), provocan una creciente descertificación de la violencia que de una u otra forma limita la capacidad de impacto de ciertos movimientos sociales ligados a la Izquierda Abertzale.

En paralelo, el tránsito del viejo al nuevo paradigma refuerza la centralidad que desde comienzos de los 80 asumen nuevos ejes de fractura que provocan a emergencia de movimientos sociales. Estos ejes de fractura asociados a valores más postmateriales se acompañan de los ciclos de apertura o cierre para cada tematica. Así sucede con el movimiento internacionalista, asentado en el valor de la solidaridad, y apoyado en el ciclo movilizador latinoamericano de los 80; de igual forma sucede con el movimiento ecologista, que implosiona ante la amenaza que supone la apertura de centrales nucleares por toda la costa vasca; en paralelo sucede con el movimiento antimilitarista, asociado a los valores del pacifismo y el anti-autoritarismo, y apoyado por la creciente descertificación del ejército; igualmente sucede con el movimiento ocupa, que porta los valores de una nueva cultura y autonomía en lo personal, y que se apoya sobre el ciclo de innovación cultural que supone el fenómeno del "rock Radical Vasco".

Finalmente, podríamos destacar cómo actualmente los movimientos sociales vascos están claramente relacionados con el contexto de la globalización. Ello se concreta en la participación de los colectivos vascos en las redes altermundialistas mundiales, pero también en las prácticas de estos colectivos. Ejemplo de movimientos sociales portadores de una identidad proyecto podríamos encontrarlos en Iparralde, especialmente en torno a la Euskal Erico Laborantza Ganbara o en otros colectivos como Piztu, impulsor del ÇFestival Euskal Herria Zuzenean, que se ha convertido en una referencia internacional de los festivales altermundialistas. Ejemplos de identidades de resistencia podemos encontrarlos en muchos colectivos locales, que reaccionan desde lógicas NIMBY (no en mi patio trasero), especialmente asociadas a conflictos ambientales. Sin embargo, los movimientos de resistencia reactiva también existen, encontrándose claros ejemplos de ellos en conflictos vecinales asociados al nuevo contexto multicultural en el que vivimos.

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