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Historia de las armas

El País Vasco fue uno de los principales centros suministradores de armas para la monarquía española desde la baja Edad Media. En tiempo de los Reyes Católicos, junto a las armas blancas, armaduras y otros instrumentos defensivos, comenzaron a aparecer las primeras armas de fuego en los pedidos que la corona formalizaba con los artesanos vascos. Esta vinculación entre la armería vasca y la demanda militar creció en siglos posteriores de tal modo que las características de su producción estuvieron determinadas por los cambios que se producían en las tácticas militares y en el equipamiento de las tropas. El anquilosamiento de la estructura militar española, aferrada aún a la estructura de los tercios a finales del siglo XVII, condicionó la capacidad técnica de los armeros vascos, que debieron hacer grandes esfuerzos para adecuarse a los nuevos modelos de armas introducidos por la dinastía borbónica a comienzos del XVIII.

A pesar del retraso en la incorporación de las innovaciones técnicas en el armamento militar español el desarrollo de la industria privada de fabricación de armas durante el siglo XIX permitió al sector mantenerse al tanto de esos avances. Esta producción privada fue la principal responsable de la expansión del sector en los últimos años del siglo predominando la venta de versiones baratas de modelos extranjeros de armas cortas.

A comienzos del siglo XX la pistola automática se incorporó a la producción armera vasca. Las pistolas tipo Eibar, una versión simplificada y barata de los modelos Browning, conocieron su mayor esplendor durante la Primera Guerra Mundial. Pero no todas las pistolas y revólveres fabricados por los armeros vascos eran de baja calidad, pues las armas reglamentarias fabricadas por ellos gozaron también de un gran prestigio. Lo mismo se podría decir de las pistolas ametralladoras vascas que, siendo imitaciones de la Mauser, mejoraron el modelo original y compitieron en el mercado asiático de entreguerras. Este siglo fue testigo también de los esfuerzos de algunas empresas por ampliar su gama de productos con fusiles ametralladores, sub-fusiles o morteros.

La demanda de armas procede históricamente de dos ámbitos claramente diferenciados, uno privado, vinculado a la caza y la defensa personal, y otro público, relacionado con las actividades de índole militar. Hasta mediados del siglo XVI los armeros vascos produjeron una gran variedad de armas, tanto blancas como de fuego, destinadas a ambas áreas. Pero la vinculación con la demanda militar fue incrementándose hasta convertirse en el destino exclusivo de la producción vasca, quedando condicionada a los cambios que se iban produciendo en la táctica y técnica militares, así como a las decisiones gubernamentales.

Las referencias a las armas producidas en el País Vasco a finales del siglo XV y comienzos del XVI citan venablos, alabardas en sus distintas variedades, medias lanzas, machetes, puñales, espadas, alfanjes, picas, lanzones, dardos, porqueras, ballestas, azconas, dagas, faínes, regatones, etc. También se incluía en este ramo de armas blancas la fabricación de parte del equipo defensivo de los soldados como los morriones, los coseletes y las rodelas; así como los instrumentos de gastadores tan necesarios en la guerra de asedio.

Las primeras armas de fuego portátiles estaban constituidas por simples tubos de hierro unidos a un palo de madera que, tras ser cargados con pólvora y metralla, se disparaban aplicando fuego directamente a la carga a través de un orificio practicado en el cañón, el oído, que comunicaba la recámara de éste con el exterior. La fiabilidad, capacidad de tiro y precisión de estas armas era muy limitada, además de ser necesaria más de una persona para su funcionamiento. Por lo que el efecto de estas primeras armas de fuego no iba mucho más allá del meramente psicológico.

Las armas fabricadas a comienzos del siglo XVI disponían de un calibre, carga de pólvora y peso inferior a sus antecesoras, además de un cañón mucho más prolongado y ligero. La incorporación de una culata o cureña que permitiera apoyar el arma sobre el hombro y una horquilla para apoyar el largo cañón mejoró sus prestaciones, aunque la precisión y alcance seguían siendo escasos. Un sistema de ignición más elaborado, la llave de mecha, y la reducción del peso resultaron determinantes para que un solo tirador pudiera hacerse cargo de su uso.

  • La llave de mecha

Ya en el siglo XV se había desarrollado una forma mecánica de dar fuego a la carga explosiva del cañón mediante la utilización de una pieza de metal en forma de "S", la serpentina, a la que se sujetaba en uno de sus extremos una mecha encendida. La serpentina pivotaba sobre un eje y al presionar sobre el extremo opuesto a la mecha, ésta descendía poniéndose en contacto con la pólvora fina depositada en una cazoleta que estaba comunicada con el interior del cañón. A lo largo del siglo XVI, el sistema mecánico que accionaba el arma fue haciéndose más complejo y fue integrado dentro de la culata del arma. El disparo se efectuaba presionando una palanca externa que liberaba los resortes que retenían la pieza de hierro con la mecha, cayendo ésta sobre la cazoleta.

Pero este sistema tenía varios inconvenientes ya que obligaba al tirador a portar una mecha encendida, incrementando el peligro de accidente además de impedir llevar el arma en una funda, o entre la ropa, dispuesta a ser disparada inmediatamente. La lluvia y el viento también hacían embarazoso su empleo.

  • La llave de rueda

Los inconvenientes de la llave de mecha fueron los que estimularon la aparición de la llave de rueda en el siglo XVI. Este sistema dispone de una rueda dentada situada justo detrás de la cazoleta del arma que, tras habérsele dado cuerda previamente, gira al ser accionado el gatillo. Esa misma presión libera un resorte que impulsa un martillo percutor en el que se ha colocado un trozo de pirita que golpea la rueda giratoria, prendiendo las chispas generadas por el impacto la pólvora de la cazoleta. Este sistema permitía llevar un arma lista para disparar en cualquier momento, lo que supuso un salto cualitativo en la evolución de las armas de fuego pues facilitó la aparición de las primeras armas cortas. Pero la llave de rueda era poco resistente y de fabricación compleja y cara, por lo que, aunque fueron utilizadas para la caza y por los cuerpos de caballería de algunos ejércitos, nunca se usaron como armas de ordenanza en infantería.

  • La llave de pedernal

La llave de pedernal o llave de sílex, cuyas primeras referencias datan de la segunda mitad del siglo XVI, permitió disponer de importantes cantidades de armas de fuego más fiables que las que usaban llave de mecha a un coste relativamente reducido. Esta nueva llave contaba con dos piezas principales, el martillo percutor y el rascador. El primero estaba situado en la parte posterior de la cazoleta y llevaba un trozo de pedernal sujeto con una abrazadera. Frente a él se situaba el rascador, una placa de hierro rayada que basculaba sobre un tornillo. Al accionar el gatillo, el silex del martillo percutor golpeaba sobre el rascador generando varias chispas que, al caer sobre la pólvora de la cazoleta, hacían que el arma se disparase. Aunque las armas con llave de mecha y llave de rueda siguieron siendo utilizadas hasta fechas relativamente tardías, a comienzos del siglo XVIII la llave de pedernal se impuso definitivamente.

  • Los sistemas de ignición de las armas vascas del siglo XVI

A la vista de los contratos de fabricación de armas formalizados en el País Vasco durante el siglo XVI se puede constatar la introducción paulatina de los sucesivos sistemas de ignición. Así, en estos documentos figura la fabricación de arcabuces y mosquetes "de cazoleta", "de golpe", "hechizo", "de chispa", e incluso también "de rueda". A pesar de la indefinición de estos términos parece evidente que a finales de esa centuria los sistemas de mecha, rueda y pedernal eran conocidos en el País Vasco.

Con la creación de las Reales Fábricas (RR. FF.) de Armas de Gipuzkoa y Bizkaia a finales del siglo XVI y el desarrollo de la fabricación de armamento defensivo en la fábrica de Eugi, trasladada a Tolosa en 1630, el País Vasco podía fabricar toda la panoplia utilizada por las tropas españolas de la época. El Tercio, principal unidad táctica del momento, estaba compuesto en teoría por 3.000 hombres de los cuales el 75% eran piqueros, un 15% arcabuceros, un 8% mosqueteros y el resto oficiales.

  • Las picas y otras armas blancas

El quipo de los piqueros variaba en función de si eran coseletes o picas secas. Los coseletes eran considerados la base de la unidad y estaban equipados además de con la pica, con una armadura y un morrión. Las picas secas, eran consideradas tropas de menor categoría y su equipo defensivo se limitaba a un morrión o celada. Era común también la utilización de alabardas, lanzas de en torno a dos metros que en su punta llevaban incorporada un arma blanca variando su denominación en función de la forma de ésta (alabarda, partesana, lanza jineta etc.) y que era el arma característica de la oficialidad del tercio y de los cuerpos de guardia. A las armas defensivas habría que añadir las rodelas o escudos a prueba de bala de mosquete utilizados en ciertas operaciones y escaramuzas.

Desde el siglo XVI el País Vasco fue el principal suministrador de picas de los ejércitos de la corona española, estando localizada la mayor parte de la producción en Elorrio (Bizkaia) y sus alrededores, donde la plantación de fresnos se convirtió en una actividad de gran envergadura. En cuanto a las alabardas, coseletes y otras armas defensivas, como las rodelas, fueron adquiridas en Italia hasta que, en 1595, la corona decidió traer cierto número de artesanos milaneses a la fábrica de municiones de Eugi (Navarra). En 1630 sus instalaciones fueron trasladadas a Tolosa (Gipuzkoa), dando origen a la Real Armería que, además de fabricar alabardas, morriones, corazas y rodelas, encargaba a los talleres de la zona la fabricación de espadas y otras armas blancas con destino a la corona.

  • Los arcabuces y mosquetes

La presencia de las armas blancas en los tercios fue reduciéndose paulatinamente a lo largo del siglo XVII siendo sustituidas por las de fuego. Predominaba el arcabuz, arma de 1,5 m de longitud, 5 kg de peso y 17 mm de calibre. Utilizaba llave de mecha y su alcance teórico efectivo era de unos 50 metros. Sus portadores debían llevar una gran cantidad de accesorios para su uso como el material necesario para encender la mecha y fabricar las balas, diversos frascos de pólvora, una baqueta para cargar el cañón y un rascador con el que limpiarlo. En cuanto a sus armas defensivas, los arcabuceros no se protegían más que con una celada o un morrión.

En 1567 los mosquetes se incorporaron al armamento de los tercios. Se trataba de un arma de fuego con dimensiones superiores, pues alcanzaba 1,60 m de longitud, 23 mm de calibre y un peso de 9 kg, haciendo necesario para su disparo el uso de una horquilla de madera para apoyar el arma. Sus características técnicas no diferían en exceso de las del arcabuz y, a pesar de su menor cadencia de tiro debido a su tamaño y peso, y a la necesidad de efectuar la recarga mientras se sostenía la horquilla, su precisión y alcance eran superiores gracias a la mayor longitud y resistencia de su cañón.

En el País Vasco la producción de arcabuces y mosquetes fue creciente durante la segunda mitad del siglo XVI debido al incremento de las necesidades de la corona española. Los cambios en la táctica militar favorecieron la mayor presencia de las armas de fuego en los ejércitos, lo que se tradujo en una intensificación de su fabricación que se estima, excluyendo las destinadas al mercado privado, en unas 400.000 unidades.

La llave de pedernal acabó por imponerse como sistema de ignición en el transcurso del siglo XVII mientras que el aligeramiento del peso del mosquete, al permitir prescindir de la horquilla, hizo que éste desplazara definitivamente al arcabuz como principal arma de fuego militar durante el siglo XVIII. Del mismo modo el papel de las armas blancas, y en especial el de la pica, fue debilitándose en la mayor parte de los ejércitos. Con la invención de la bayoneta a finales del XVII las armas de fuego podían convertirse en pequeñas picas cuando fuera necesario.

  • Arcabuces y mosquetes en el siglo XVII

Durante el siglo XVII la fabricación privada de armas en el País Vasco fue prohibida quedando la producción supeditada a los encargos procedentes de las RR. FF. de Placencia de las Armas-Soraluze y la Real Armería de Tolosa. A pesar de los problemas financieros, la producción vasca se mantuvo a lo largo del siglo, y en sus postrimerías abarcaba todo tipo de armas: arcabuces, mosquetes y pistolas con todos sus accesorios, picas, espadas, bayonetas e instrumentos de gastadores necesarios para las labores de fortificación y zapa habiéndose abandonado la manufactura de corazas o rodelas.

Producción de armas en el País Vasco a finales del siglo XVII
Arma1688-16931694
Fuente: Gómez Rivera (1999)
Arcabuz28.3029000
Frascos de arcabuces y carabinas con sus frasquillos50.8929.550
Mosquetes24.0149.000
Horquillas22.0549.000
Frascos de mosquetes con sus frasquillos22.6929.000
Escopetas5.2049.000
Bayonetas1.4009.000
Carabinas5.668550
Muelles5.475
Pistolas10.5341.100
Fundas para pistolas5.494
Frasquetes para pistolas4.876550
Picas19.1709.000
Chuzos716
Hierros de chuzos3.310
Llaves de chispa4.400
Guarniciones de espadas2.293
Herramientas de gastadores24.119
  • Los fusiles d el siglo XVIII

A comienzos del XVIII los armeros vascos debieron hacer frente a algunos problemas de atraso tecnológico, pues el fusil en uso en el ejército borbónico era el mismo que se utilizaba en Francia. Los artesanos desconocían los fundamentos técnicos de su llave de pedernal, diferente a la que se utilizaba en España. Para no entorpecer el normal funcionamiento de las RR. FF. tuvieron que adquirirse ciertas cantidades de estas llaves en Francia. La introducción de la fabricación de bayonetas, otra de las novedades de la época, no generó tantos problemas pues fue fácil reconducir la producción de la Real Armería de Tolosa hacia este tipo de producto.

A pesar de las dificultades, la fabricación de armas consiguió alcanzar niveles elevados hasta el punto de que, aunque no se logró el abastecimiento total de las tropas, sí que se consiguió reducir de forma significativa la necesidad de importación. Desde 1735 hasta final de siglo, período en que la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas y su sucesora la Real Compañía de Filipinas estuvieron al frente de la dirección de las RR. FF., la producción de armas alcanzó cotas hasta entonces desconocidas. La mayor parte de los asientos firmados por la Compañía con la corona ascendían a 12.000 fusiles anuales a lo que habría que sumar la recuperada producción con destino al mercado privado.

  • La llave de percusión

La llave de chispa no estaba exenta de problemas. Uno de ellos afectaba principalmente a los cazadores, ya que al producirse dos explosiones, la primera la correspondiente a la pólvora de la cazoleta y la segunda a la pólvora del cañón, la pieza escapaba del disparo en la mayor parte de los casos. Además, al igual que en sus predecesoras, su funcionamiento se veía enormemente afectado por la lluvia y la humedad. El nuevo sistema fue la llave de percusión en la que una cápsula o pistón sustituyó al pedernal y la pólvora de la cazoleta. Esta cápsula de cobre contenía la cantidad de fulminante necesaria para efectuar el disparo y se colocaba sobre un pequeño tubo conectado directamente con el interior del cañón. Al ejercer la presión sobre el gatillo, el martillo percutor, que tenía una pequeña concavidad para evitar que las pequeñas piezas de cobre impactaran sobre el tirador como consecuencia de la explosión, golpeaba sobre este pistón detonando el fulminante. La llama creada pasaba al interior del cañón a través del tubo sobre el que éste estaba situado. Este nuevo sistema se impuso finalmente no sólo porque permitía superar los inconvenientes de la llave de pedernal sino, también, porque debido a su sencillez, ofrecía la posibilidad de adecuar las antiguas armas al nuevo sistema sin tener que afrontar un coste excesivo.

  • La retrocarga

Otra gran parte del esfuerzo dedicado a la innovación tecnológica se había centrado en lograr un sistema que permitiera cargar las armas por la recámara. Así se simplificaría el proceso de recarga, incrementando la frecuencia de tiro. Con el mismo objetivo se observó la necesidad de desarrollar el cartucho, en el que se integrarían la bala, la pólvora y el fulminante necesario para su ignición. Los primeros avances en las armas de retrocarga se dieron con la aparición del fusil prusiano de aguja Dreysse en 1836 que, usando un cartucho de papel y un sistema de cerrojo, permitía a los soldados recargar sus fusiles tres veces más rápido, incluso mientras permanecían tumbados. La efectividad demostrada por las tropas de infantería prusianas dotadas con el nuevo fusil en la década de 1860 obligó a Francia a desarrollar su propio modelo de fusil de aguja, el fusil Chassepot. La aparición de nuevos tipos de cartucho permitió que en décadas posteriores se desarrollaran nuevos métodos de retrocarga de mayor efectividad y seguridad.

  • Los revólveres

El sistema de percusión abrió nuevas posibilidades a los fabricantes de armas cortas, pues al reducir las dimensiones del mecanismo de ignición propició el desarrollo de las armas de tiros múltiples que, con el sistema de perdernal, no habían pasado de meras cruiosidades. Al comienzo esto se consiguió incorporando varios cañones al arma que se alineaban con el martillo percutor mediante un mecanismo giratorio. Estas armas, conocidas en España como avisperos, contaban con el inconveniente de que la única manera de incrementar su capacidad de tiro era aumentar el número de cañones del arma, haciéndola mucho más voluminosa. La solución fue la aparición del revólver, arma que seguía utilizando el principio giratorio pero que, al contrario que el avispero, contaba con un único cañón.

Un revolver sería, por tanto, un arma capaz de disparar varios tiros sucesivos sin necesidad de recargar el arma utilizando, para ello, un cilindro o tambor donde se encuentran almacenadas las cargas de pólvora y bala, pudiendo albergar desde cinco hasta incluso nueve unidades de éstas. Cada vez que se ejecuta un disparo el cilindro debe ser girado (manual o mecánicamente) para que alineando una nueva carga con el orificio del cañón y el martillo, el arma pueda volver a ser utilizada. El artífice de los avances más importantes en esta clase de armas fue el inventor norteamericano Samuel Colt (1814-1862), cuya primera patente de un revólver fue registrada en 1835.

  • El cartucho de espiga

El siguiente avance significativo en el desarrollo de los revólveres y del conjunto de las armas de fuego fue la adopción del cartucho metálico. Tanto los revólveres diseñados por Colt como otros posteriores debían ser cargados introduciendo manualmente la pólvora y la bala en los orificios del tambor con una baqueta además de tener que colocar después las pequeñas cápsulas de percusión. Los primeros pasos en el desarrollo del cartucho metálico se dieron en Europa con la aparición del denominado cartucho de espiga. Diseñado por el francés Casimir Lefaucheux en 1835, se trataba de un cartucho con una vaina de metal o cartón de la que sobresalía una pequeña aguja metálica que conectaba con el fulminante situado en el interior. El martillo percutor, al golpear esta aguja, hacía que la carga de pólvora explosionara. Las armas que utilizaban este sistema tenían una pequeña ranura en la parte superior de la recamara para que la aguja sobresaliera al introducir el cartucho en la misma. En 1854, Eugene Lefaucheux, hijo del anterior, patentó un revólver que utilizaba este tipo de cartucho. Este sistema contó con un importante éxito comercial durante años posteriores gracias a las facilidades que otorgaba para la recarga de las armas. Sin embargo, el hecho de que la aguja de percusión sobresaliera del arma podía provocar disparos involuntarios y la falta de resistencia de su cartucho impedía la utilización de grandes cargas de pólvora.

  • El cartucho metálico: ignición anular e ignición central

Daniel B. Wesson diseño el primer cartucho metálico que estaba formado por la bala y un casquillo de latón que contenía la pólvora, este último además contaba con un pequeño anillo en su base que cumplía con dos funciones. Por un lado hacía de tope para la bala al introducirla por la parte posterior del tambor, cerrando la recámara herméticamente y, por otro, contaba en su interior con el fulminante necesario para la detonación de la pólvora. El martillo percutor golpeaba el anillo comprimiéndolo lo suficiente para que el fulminante generara la llama necesaria para efectuar el disparo. Pero con armas de un calibre mayor era necesario usar mayor cantidad de pólvora, lo que exigía que el casquillo utilizado fuera de un grosor superior para poder soportar las presiones generadas por la explosión. Pero así era más complicado que el martillo percutor consiguiera hacer detonar el fulminante integrado en él. La solución fue integrar una pequeña cápsula de fulminante en la base del cartucho, lo que permitía aumentar el grosor del casquillo sin perjudicar a la ignición. Así surgió el cartucho de ignición central que finalmente acabó por generalizarse en todo tipo de armas.

De este modo, en la década de los 60 del siglo XIX quedaron definitivamente establecidas las principales características de los revólveres actuales aunque, los mecanismos utilizados para efectuar el giro del tambor, el cartucho utilizado y el sistema por el cual se efectúa la apertura del arma para su recarga, hacen que la variedad en los modelos sea apreciable destacando, además de los ya citados Colt y Lefaucheux destacaron otros como los Beaumont-Adams, Smith & Wesson, Nagant, Galand o Gasser. La aparición del cartucho de ignición central también tuvo su efecto sobre las armas largas, siendo este el origen de nuevos sistemas de cierre para armas de retrocarga como el Remington norteamericano, el Martini suizo o el Mauser alemán.

  • La introducción de la llave de pistón

Las armas fabricadas con destino a las RR. FF. de Placencia dependían de los modelos reglamentarios del ejército y éste no comenzó a introducir el sistema de percusión en sus armas hasta 1849. La producción privada, en cambio, al estar sujeta a las exigencias de los clientes, debía incorporar los últimos adelantos para mantener su competitividad. Así, los armeros vascos comenzaron pronto a transformar las antiguas armas largas de pedernal en armas a pistón, sustituyendo las llaves. En el caso de las armas cortas, se fabricaron con profusión pequeñas pistolas de bolsillo de uno o dos tiros, denominadas cachorrillos, que en la mayoría de los casos se comercializaban de forma ilegal. A lo largo de este proceso se cimentó el liderazgo de Eibar en la zona armera vasca ya que las llaves, que hasta entonces habían sido una especialidad de Placencia de las Armas-Soraluze, pasaron a fabricarse también en Eibar convirtiéndose ésta en la única localidad que podía afrontar la construcción completa de un arma.

  • Los fusiles de retrocarga

La aparición de la retrocarga en la producción armera vasca se inició en la década de 1860. Parte de ella correspondió a la transformación de los antiguos modelos militares de avancarga mediante la adaptación del sistema de cierre Berdan. Pero, sin duda, la parte más importante correspondió a la fábrica de fusiles La Euscalduna, establecida en Placencia de las Armas-Soraluze durante aquellos años y que, con una capacidad de producción de 30.000 unidades anuales, obtuvo varias contratas para la fabricación de fusiles de retrocarga para el ejército español. Incluso recibió el encargo de producir 30.000 fusiles Chassepot para el ejército francés.

  • Los revólveres de Eibar

La fabricación de revólveres en Eibar comenzó en la década de 1850, aunque está extendida una leyenda que atribuye la fabricación del primer revólver al armero eibarrés Manuel Garate en 1835, contemporáneo por tanto al de Samuel Colt. Este hecho colocaría a Eibar en la vanguardia de la producción de armas de la época. Lo cierto es que investigaciones recientes han demostrado que el arma origen de la leyenda fue fabricada en realidad en 1847 y que, por la descripción que se hace de ella, se trataba de un avispero. En aquella época este tipo de arma era denominada en ocasiones rewolver, pudiendo ser éste el origen de la confusión.

Los principales fabricantes de revólveres durante la segunda mitad del silgo XIX fueron Orbea Hermanos, centrándose su producción principalmente en los revólveres tipo Smith. Este tipo de armas, basadas en los modelos americanos Smith and Wesson, fueron manufacturadas también por otros fabricantes hasta bien entrado el siglo XX, siendo conocidas en Eibar como Esmitza. También se fabricaron en Eibar revólveres Nagant o Lefaucheaux, aunque los que más proliferaron fueron los revólveres baratos de pequeño tamaño tipo Bulldog y Velodog. Se trataba de armas de bajo calibre diseñadas inicialmente para hacer frente al ataque de perros cuando se circulara en bicicleta, de ahí la combinación de las palabras Vélo (bicicleta en francés) y dog (perro en inglés).

Otro de los retos técnicos de las armas de fuego era el de conseguir aprovechar la presión de los gases o la fuerza de retroceso generada por el disparo de los cartuchos para efectuar la recarga automática de los mismos.

Para ello era necesaria la obtención de una pólvora que redujera los problemas de humo y residuos comunes en la pólvora negra. Así se obtendría un mayor grado de limpieza del ánima de los cañones y los mecanismos del arma y un incremento de la eficiencia, ya que al oxidarse completamente generaría mayores velocidades. La aparición de la pólvora sin humo en 1886 favoreció, por tanto, el desarrollo de la pistola automática.

Las pistolas automáticas serían aquellas armas cortas que utilizando los gases generados por el disparo o la energía de retroceso del cartucho, expulsan la vaina vacía del cartucho disparado al tiempo que se inserta uno nuevo procedente de un cargador. En la mayoría de los casos, el martillo del arma vuelve a montarse también automáticamente, dejándola en situación de ser disparada de nuevo. Los primeros prototipos de armas automáticas aparecidos a comienzos de la década de 1890 no estaban aún en condiciones de competir con los revólveres y no pasaban de ser meras curiosidades. No obstante, para comienzos del nuevo siglo habían surgido ya varios diseños con expectativas de futuro, desatacando entre ellos los de Hugo Borchardt, Georg Luger, Andreas Wilhem Schwarzlose, Paul Mauser, John M. Browning, Theodor Bergmann, y Ferdinand Ritter von Mannlicher.

  • Las pistolas vascas

Los armeros vascos, apoyándose en las facilidades otorgadas por la legislación española de patentes y su característica organización industrial, pronto se lanzaron a fabricar todo tipo de pistolas automáticas, siendo mayoría las copias de los modelos que más éxito estaban alcanzando en los mercados aunque es cierto que se dieron algunos casos de innovación tecnológica. Aquí sólo se hará referencia a las más destacadas.

· La pistola tipo Eibar

La pistola tipo Eibar era una pistola automática simple de retroceso directo y calibre 7.65mm basada en la pistola Browning Modelo 1903. Su fabricación y comercialización comenzó antes de la Primera Guerra Mundial gracias a las importantes oportunidades ofrecidas por el mercado de las pistolas automáticas de bolsillo. Los primeros ejemplares de este tipo de pistola aparecieron Eibar en torno a 1909, lo que fue origen del pleito que varios fabricantes de esa localidad mantuvieron con John Moses Browning y la Fabrique Nationale belga, fabricantes del modelo original.

Estas pistolas, por regla general y como consecuencia de la organización de la industria armera vasca, en la que los fabricantes subcontrataban la producción de piezas a pequeños talleres de la zona, eran consideradas armas de escasa calidad en ámbitos internacionales. Frecuentemente estas piezas resultaban defectuosas por lo que algunas pistolas dejaban de funcionar, o lo que era más preocupante, fallaban sus dispositivos de seguridad.

Hubo infinidad de fabricantes vascos que se dedicaron a la producción de pistolas tipo Eibar, que también recibieron la denominación RUBY, por ser la marca de las pistolas que Gabilondo y Cía. vendió al ejército francés durante la Primera Guerra Mundial. Durante el conflicto otros armeros se sumaron al negocio alcanzando la venta de este tipo de armas en torno al millón de unidades. Tras la guerra su producción decayó debido a la contracción de los mercados internacionales durante la década de los 20 y 30.

· La pistola Campo-Giro

La pistola Campo-giro supuso la reanudación de las relaciones entre la industria armera vasca y la demanda del Estado español. Venancio López de Ceballos Aguirre (1853-1916), Conde de Campo Giro, era un militar retirado que, tras varios años realizando experimentos y modificaciones, había conseguido por R.O. de 24 de Septiembre de 1912, que el Ejército Español declarara reglamentaria una pistola automática de su invención. Pocos meses antes de este reconocimiento había iniciado ya contactos con la compañía eibarresa J. Esperanza y P. Unceta con la intención de acometer la explotación comercial de sus patentes. La reglamentación del arma abrió nuevas posibilidades de expansión a la compañía al permitirle acceder a contratos militares. Las dificultades generadas por la huelga de los obreros de la empresa tras su traslado a Gernika-Lumo en 1913 y el inicio de la Primera Guerra Mundial retrasaron el inicio de la fabricación de este modelo de pistola. Hasta 1921, año en que fue efectuado un nuevo concurso público, el total de pistolas Campo Giro fabricadas fue de 13.617. El fallecimiento del Conde de Campo Giro en un accidente ecuestre en 1916 impidió el posterior desarrollo técnico del arma, lo que unido a sus escasas ventas en el mercado privado, provocó que su producción fuera abandonada y sustituida por un nuevo modelo reglamentario en 1921. Se trataba de la pistola ASTRA 400, fabricada también por Esperanza y Unceta, que permaneció como arma de ordenanza del ejército español hasta 1946.

· Las pistolas ametralladoras

Durante el período de entreguerras China estuvo inmersa en una auténtica guerra civil en la que varios señores de la guerra se disputaban el poder. En aquella época, Unceta y Cía. de Gernika-Lumo y Beistegui Hermanos (BH) y Bonifacio Echeverría de Eibar, comenzaron a tener contactos con empresas japonesas interesadas en sus productos. Posteriormente descubrieron que el destino final de sus armas era China y que el arma más demandada era la pistola alemana Mauser C98 de calibre 7,63mm. Esta pistola tenía la cualidad de que al incorporarle una culata se convertía en una carabina con un efectivo tiro a larga distancia, lo que se adecuaba perfectamente a las necesidades del mercado chino, pues existía un embargo sobre las armas de guerra.

Mientras que Bonifacio Echeverria optó por adaptar sus pistolas STAR a ese calibre, tanto Beistegui Hermanos como Unceta y Cía. se propusieron fabricar copias mejoradas del modelo original alemán, convirtiéndose en pistolas ametralladoras al incorporarles la opción de tiro automático.

Unceta y Cía. llegó a crear una filial comercial en Shanghái, la Astra-China Company, con el objetivo de estrechar sus relaciones con el gobierno de Chiang Kai-shek en Nankín, uno de sus principales clientes, así como aumentar las dimensiones del negocio.

La aprobación en 1934 del nuevo reglamento sobre armas en España, que restringía el comercio de las pistolas ametralladoras al declararlas armas de guerra, y el inicio de las hostilidades japonesas en China junto al conflicto civil español pusieron fin a este negocio de exportación.

Las armas largas habían contado con una gran tradición en el País Vasco desde el inicio de la fabricación de armas de fuego, al proceder su demanda tanto de ámbitos militares como cinegéticos. Pero desde finales del siglo XIX la producción de armas largas se dedicó casi con exclusividad a las armas de caza aunque hubo espacio también para la producción de otro tipo de armas portátiles e incluso armamento pesado.

  • Escopetas de caza

La fabricación de escopetas de caza contaba con una importante tradición en el País Vasco sobre todo desde que en el siglo XVIII se permitiera a los armeros destinar parte de su producción al mercado privado. También en este ramo fueron incorporándose los avances técnicos realizados durante el siglo XIX. Con la introducción de la retrocarga aparecieron las escopetas de cañones paralelos basculantes, que fueron las que gozaron de un mayor éxito en el mercado español, principal destino de sus productos, aunque también se produjeran armas de cañones superpuestos y rifles para caza mayor. La producción de estas armas durante la primera mitad del siglo XX, salvo en casos excepcionales como el de la fábrica del afamado armero eibarrés Víctor Sarasqueta, se realizaba en talleres de pequeñas dimensiones donde primaba la manufactura artesanal. Una vez superadas las penurias de posguerra la producción se expandió apoyándose en las exportaciones y las dimensiones de las fábricas aumentaron, como en el caso Aguirre y Aranzabal (AYA) o Ignacio Ugartechea. Algunas de estas marcas y empresas superaron la crisis de los 80, pero la producción a comienzos del siglo XXI se limita, en su mayor parte, a una producción bajo pedido de gran calidad y precio.

  • Fusil ametrallador

Tras la Primera Guerra Mundial y en base a la experiencia desarrollada durante el conflicto, el ejército español se vio en la necesidad de dotar a sus tropas con un fusil ametrallador. Se trataba de un arma larga de mayores dimensiones y peso que un fusil ordinario que ofrecía la posibilidad de realizar fuego automático y que en ocasiones disponía de un bípode para facilitar el tiro. Al concurso se presentaron dos prototipos de fabricación vasca, el modelo ECÍA fabricado por Esperanza y Cía. y el modelo ASTRA-UNION diseñado bajo los auspicios del consorcio formado por Unceta y Cía., Gárate, Anitua y Cía. y Aguirre y Aranzabal. Aunque inicialmente la propuesta de éstos últimos fuera declarada reglamentaria en 1929 nunca llegó a iniciarse la producción en serie y, tanto los prototipos ECÍA como los ASTRA-UNION, acabaron siendo adquiridos por el Gobierno de Euskadi al inicio de la Guerra Civil.

  • Subfusiles

La sociedad Bonifacio Echeverría de Eibar, fabricante de las pistolas STAR, se inició en el diseño de subfusiles en 1934, aunque los primeros modelos no lograron pasar de la fase de prototipos. El subfusil RU-35 fue adoptado por el ejército español en 1935, pero el inicio de la Guerra Civil impidió que fuera producido en cantidades importantes. Tras la guerra se reanudó esta actividad y, basándose en los modelos utilizados por el ejército alemán, diseñó el subfusil Z-45 que fue utilizado por la Guardia Civil y otras instituciones policiales y militares españolas y extranjeras. Esta arma fue sometida a numerosas modificaciones y mejoras que supusieron el origen de nuevos modelos de subfusil que continuaron siendo utilizados por los cuerpos y fuerzas de seguridad hasta la clausura de la fábrica en 1997.

  • Artillería, morteros y bombas de aviación

Algunas de las empresas vascas dedicadas a la fabricación de armas portátiles derivaron su producción hacia el armamento pesado. La Sociedad Anónima Placencia de las Armas (SAPA), que remontaba sus orígenes a la Fábrica de fusiles La Euscalduna y que había acabado en manos de la firma británica Vickers a finales del siglo XIX, se dedicó a la fabricación de artillería de todo tipo y su munición durante gran parte del siglo XX.

Otra empresa destacada en este ámbito del armamento pesado fue la sociedad Esperanza y Cía fundada por Juan Esperanza (1860-1951) en Gernika-Lumo tras abandonar la sociedad Esperanza y Unceta. En un primer momento esta sociedad se dedicó a la fabricación de pistolas, pero pronto, tras su traslado a Markina (Bizkaia), comenzó a producir morteros para el ejército explotando las patentes del militar Vicente Valero, dedicándose a esta actividad también tras la guerra civil. Otra empresa participada por Juan Esperanza, Talleres de Guernica, destacó asimismo en la producción de bombas de aviación en el período de entreguerras.

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