Concept

Globalización en Euskal Herria

En estos tiempos complejos que alumbra el siglo XXI, todas las sociedades, incluida la vasca, se enfrentan a un cruce de caminos contradictorio. De un lado, las oportunidades tecnológicas, comunicativas y deliberativas que aporta la actual globalización pueden favorecer un acceso cualitativamente superior a nuevas cotas de libertad y bienestar. Sin embargo, parece que la realidad dista de confirmar este pronóstico en la práctica. Más concretamente, incluso en las sociedades liberales se está viendo restringido el ejercicio de la libertad en nombre de la seguridad (Bauman, 2005). De igual forma, y a nivel global, el acceso al bienestar está cada vez más condicionado por una creciente fractura entre las redes que mantienen de forma estable su posición en los flujos de poder por una parte, y una creciente masa de poblaciones incapacitadas para el acceso a unos mínimos vitales, por otra (Castells, 2000). Aún más, desde el punto de vista subjetivo, la imponencia de las estructuras económicas, sociales y políticas globalizadas -en ocasiones identificadas como ajenas a la acción humana- genera una sensación de inseguridad y orfandad que impulsan al individuo a plegarse domésticamente ante una realidad que se identifica como ajena e impuesta, limitando la capacidad de ejercer la libertad (Giddens, 1994).

En este contexto contradictorio, en el que la globalización es a la vez una oportunidad, pero también una amenaza, un abordaje que reflexione sobre sus derroteros en nuestras tierras no puede más que bosquejar un cuadro plagado de claroscuros. Efectivamente, la internacionalización de la economía abre las puertas a que sociedades territorial y demográficamente "limitadas" como la vasca puedan beneficiarse de sus prácticas empresariales para maximizar su posición en los flujos económicos. Aún más, en un mundo en el que lo urbano es espacio privilegiado para servir de interface entre los nodos de información y poder, las ciudades vascas pueden aprovechar sus procesos de reestructuración para situarse privilegiadamente en "el mapa" de urbes globalizadas del planeta. Incluso en este contexto, expresiones culturales como la vasca pueden beneficiarse de las sinergias a escala global, no solo para adaptarse a los nuevos tiempos interculturales, sino incluso para expandir su influencia más allá de los confines de Euskal Herria. Las instituciones políticas, a su vez, pueden tratar de encontrar nuevos nichos de poder en la actual lógica política de geometría variable (que debilita el peso de la antaño omnipotente soberanía estatal), bien sea a través de estrategias de cooperación transfronteriza e interregional en un mundo que ve cómo se derriban fronteras (aunque también se levanten otras), bien sea aprovechando el peso que las unidades regionales pueden o podrían asumir en la Unión Europea.

No obstante, en el anverso de la moneda, la globalización entraña amenazas. La crisis financiera, obviamente, no se detiene en las fronteras vascas (a pesar del Concierto), sino que afecta a todos y cada uno de los habitantes de Euskal Herria. De igual forma, los efectos perniciosos de una lógica de flujos globales de poder que deja fuera a miles de personas, refuerza la emergencia de comunidades de resistencia reactivas que comienzan a hacerse presentes en nuestra sociedades en forma de movimientos xenófobos. Ni qué decir tiene, también, que en un contexto de globalización hiper-individualista asentada en el consumo (Lipovestsky, 2007), las prácticas culturales de nuestra tierra -que tienen un marcado componente comunitario- pueden verse desgastadas por el tsunami cultural anglosajón y mediático...

Finalmente, es lógico que la controvertida globalización -que combina una reconfiguración del poder, de la economía y de la cultura a escala global, pero que deja de lado e incluso profundiza desigualdades que explotan siempre en conflictos locales- genere no solo apologetas sino también detractores. Por eso, por su esencia contradictoria, si a la hora de hablar de globalización debemos referirnos a su concreción la local en el ámbito de la economía, de la cultura, de la política (de forma que algunos hablen de glocalización), de la misma forma, al hablar de la globalización tampoco podemos soslayar la consustancial existencia de reacciones que proponen alternativas, en este caso resumidas en la máxima de que "otro mundo (y otra globalización) es posible". Como veremos, en nuestra tierra también encontramos ese tipo de respuestas proactivas que hacen contrapeso a las posturas más reactivas o más acomodaticias.

A la hora de definir la globalización, algunos autores la identifican como una simple radicalización de fenómenos previos, mientras que otras aproximaciones consideran que ésta inaugura una fase cualitativamente nueva de la humanidad. En paralelo, desde algunas aproximaciones se destaca el papel más o menos involuntario del ser humano en la extensión de la globalización. Bauman, por ejemplo la considera como el resultado de muchas fuerzas anónimas que actúan en una tierra de nadie. Por el contrario, otros autores inciden en el papel casi estratégico de ciertos grupos influyentes a la hora de definir los contornos de la globalización. En este sentido, Bordieu (2001) entiende la globalización como la forma más acabada de imperialismo. No obstante, a la hora de definir los rasgos de la globalización, creemos que la fractura más interesante para nuestro propósito no se encuentra en la interpretación de su origen y/o motor, sino más bien en el perfil que asume su evolución: en la valoración que de este fenómeno se hace desde diversas aproximaciones analíticas (Zolo, 2006).

Efectivamente, un grupo importante de estudiosos define la globalización como un desarrollo coherente de la revolución industrial europea y de la modernización que ésta implica, con sus corolarios de racionalización administrativa y tecnológica, bienestar económico, secularización, difusión del liberalismo y del mercado. Desde esta perspectiva, la globalización acompaña el fenómeno imparable de difusión a todo el planeta de las conquistas de occidente, contribuyendo a incrementar los intercambios políticos, culturales y económicos como condición para un aumento inexorable del bienestar. Desde esta visión positiva, el crecimiento económico que facilita la globalización es la condición para un desarrollo humano que sirve de sustrato para la ampliación de la libertad política (entendida como democracia liberal) a todo el planeta. Así, en su versión más radical, se llega a interpretar que la globalización podría permitir que se superase la "anarquía internacional" gracias a la creciente erosión de la soberanía de los estados nacionales. Un proceso, que a la inversa, facilitaría la transferencia de una parte importante del poder de estas estructuras políticas, hasta fechas recientes omnipotentes, a la sociedad civil, y especialmente a las fuerzas del mercado global.

Para otros analistas, en unos tiempos en los que la mayor parte de la población se lame las heridas provocadas por la actual crisis financiera internacional, estos alegatos neoliberales suenan a peligrosos cantos de sirena. Efectivamente, ya desde 1997-1998, y a partir de la experiencia de la crisis del sudeste asiático, muchos teóricos de la globalización, más allá de asumir sus aspectos positivos, advertían sobre sus efectos adversos, entre los que destaca la polarización creciente de la riqueza, las perennes (y desde 2008 omnipresentes) turbulencias financieras, el peso de la especulación descontrolada, la irracionalidad en la esquilmación de los recursos, la occidentalización de los estilos de vida, la voracidad del consumo y la consecuente destrucción de la pluralidad biológica, cultural y humana del planeta. Esta aproximación crítica se apoya también en crítica a la reciente ruptura de consensos establecidos durante la modernidad, entre los que destaca el recurso a la guerra preventiva o la aparición de limbos jurídicos para la tortura como Guantánamo. No obstante, la mayor y más clara de las críticas que acompaña a esta visión proviene de la consideración de que la globalización, como consecuencia de la aceleración del desarrollo científico, industrial y tecnológico, está promoviendo una ruina ecológica de dimensiones planetarias.

A caballo entre ambas aproximaciones contrapuestas encontramos aportaciones de autores que destacan efectos tanto de signo positivo como negativo, considerando que los segundos podrían limitarse y transformarse en beneficio de los primeros si los procesos de globalización no fueran abandonados al automatismo de la tecnología, los mercados o la ideología/cultura legitimadora dominante. Desde esta perspectiva se pueden analizar las interesantes (y proféticas) aproximaciones de Stiglitz (2003), cuya propuesta de reformismo global no solo no fue atendida, sino que a la luz del desastre financiero que acontece desde 2008 resuena como una estremecedora caricatura de la "sabiduría" de esas fuerzas del mercado "que no era necesario regular". Desde otra perspectiva, Beck (2001) considera que en la medida en que la reflexividad es la nota dominante de la actual era global, ahora estamos ante condiciones de poner en suspenso supuestos fundamentales hasta ahora a penas cuestionados en torno al proceso de globalización, para convertir sus deficiencias en oportunidades.

Existen, no obstante, dos acuerdos en este caleidoscopio de miradas contradictorias (Zolo, 2006). De un lado, parece imposible negar que la globalización sea real; parece imposible reducirla a una simplemente una construcción discursiva con voluntad ideológica performativa. Para bien o para mal, el planeta es una inmensa red de conexiones sociales e interdependencias funcionales que ligan entre si los destinos de los individuos y los pueblos, sin excluir a ninguno. Dicho de otra forma: la globalización no es un discurso; es una realidad. En paralelo, tampoco parece que hoy pueda sostenerse por sí sola la simple afirmación de que la globalización es una vía inminente de acceso a la unificación de la humanidad gracias a "la superación de las divisorias estato-nacionales y a la llegada de una ciudadanía universal y un gobierno mundial".

En una primera aproximación podríamos definir la globalización como el proceso de extensión global de las relaciones sociales -fuertemente influenciado por el desarrollo tecnológico, por la creciente rapidez de los transportes y por la revolución informática- entre los seres humanos, capaz de cubrir todo el espacio territorial y demográfico del planeta, y que ha dado paso a una verdadera red mundial de conexiones e interdependencias funcionales (Zolo, 2006: 18). Desde esta perspectiva, uno de los efectos inmediatos de la globalización es modificar la representación social de la distancia, atenuando el relieve del espacio territorial, rediseñando los confines del mundo sin derribarlos no obstante. En paralelo, como apuntan Castells (2000) o Bauman (2010) se modifica una percepción del tiempo antaño identificada en términos glaciares o históricos, y que pasa a ser considerada ahora como un tiempo sin tiempo, en forma de tiempo atemporal en palabras de Castells o de tiempo puntilloso en términos de Bauman. La conexión se vincula pues en un tiempo vertiginoso, borrando el peso que hasta fechas recientes tenía la distancia en la acción humana.

Esta cuestión, los cambios en la configuración del espacio y del tiempo, es clave para entender las transformaciones en una sociedad como la vasca, especialmente en el ámbito cultural. Así, las lógicas sobre las que se ha sostenido la práctica cultural, esencialmente reproductivas de una comunidad a preservar en el tiempo (Haritschelhar, 1986), se enfrentan a nuevos retos en un contexto crecientemente desterritorializado y atemporalizado en el que la dimensión pública de la expresión cultural da paso a estrategias mas individualizadas.

La era de la información (Castells, 2000) es una obra de referencia a la hora de acercarnos a la globalización. Para Castells, la revolución en las técnicas de información sirve de eje comprensivo de una nueva sociedad articulada en red. Obviamente, esta interconexión planetaria de ideas, de perspectivas, de visiones se refleja en diversas y contrapuestas posiciones respecto de los cambios culturales a los que se enfrenta el planeta. Así, desde algunas aproximaciones, entre las que destaca la de Beck (2001), la globalización sienta las bases de un dialogo intercultural que bien podría posibilitar el surgimiento de una cultura global. Frente a las tesis de la McDonalización -que rechazan la tendencia uniformizadora de la globalización (Ritzer 1999, Barber 2007)-, Beck (2001) considera que la globalización no es un rodillo cultural que occidentaliza el mundo, sino que se puede dar una relación dialéctica entre lo global y lo local, de tal suerte que la propia globalización sirva de base para el resurgimiento de culturas locales que impregnan a las culturas dominantes. Desde estas perspectivas se considera que reducir la globalización a imperialismo cultural es un acercamiento excesivamente simplista. No obstante, para otros autores, la lógica de la globalización es una vuelta de tuerca a previos procesos de integración cultural que segregan, hibridan y desdoblan culturalmente a muchos pueblos. Esta nueva lógica de la integración hace que las culturas autóctonas se vean erosionadas y en ocasiones aplastadas por la adopción de un modelo "ajeno", no solo en el terreno lingüístico sino en todas las facetas, incluidas las de la reproducción simbólica y tecnológica (Zolo, 2006).

Obviamente, resulta complicado encontrar un punto intermedio entre posiciones tan antagónicas. Y es que, aun aceptando en parte los postulados previamente presentados (que encuentran la globalización como una oportunidad para la reformulación y el refortalecimiento de las culturas locales), resulta difícil no limitar este entusiasmo si se tiene en cuenta que según las previsiones más optimistas, en el próximo siglo se prevé la desaparición de la mitad de idiomas del planeta. Desde cualquier perspectiva, a pesar de su número de hablantes, cualquier lengua es un patrimonio de la humanidad. Y no hay duda de que muchas no podrán sobrevivir para "aprovecharse de las posibilidades de los nuevos tiempos".

Por si fuera poco, esta contradicción entre oportunidades y amenazas debe analizarse a la luz del marco temporal y espacial que impone la globalización del peso preponderante de las NTCIS generando una lógica vertiginosa y desterritorializada. Efectivamente, desde ciertas perspectivas se llama la atención sobre el papel creciente que los medios de comunicación están jugando en la difusión de un único tipo de valores que exaltan el consumo, el espectáculo, la competición, el éxito, que por su dimensión individualista negarían la viabilidad, siquiera conceptual de una esfera pública global. Así, se considera que es imposible hablar de una cultura global ya que hace falta un marco cultural de referencia; es decir, una visión del mundo compartida que dote de identidad y conciencia a un mismo grupo, en este caso la humanidad. Desde estas aproximaciones, se considera que lo que se ha comenzado a definir como la "cultura global" es una acumulación incoherente, exenta de memoria histórica, de anclajes afectivos y locales, en definitiva un producto artificial incoherente. Quizá esta incoherencia de la supuesta "cultura global" se soslaye gracias al papel del consumo, como apunta Bauman (2010) eje articulador de nuestras identidades; o en otro extremo, por medio de una hiper-realidad que se superponga a la -hasta ahora- verdadera realidad.

No obstante, a esta mirada hay que añadir una visión completa del panorama. La de quienes no pueden ascender a estos circuitos de la red para situarse, aunque sea inestablemente, en el más precario de los nodos. Así, en la perspectiva de Latouche (1993), nos encontramos con una tendencia al desarraigo que propicia la globalización, y que provoca emigraciones masivas que disuelven contextos sociales, identidades y culturas originarias. Se genera, en consecuencia, una desculturización, una desterritorialización y un desarraigo planetario que acaba presentando al mundo como un planeta de náufragos en el que a los primeros, segundos y terceros mundos se añaden Cuartos Mundos de masas marginadas. Se considera, desde esta perspectiva, que la retórica de la "cultura global" y del supuesto nacimiento de una "ciudadanía cosmopolita" parte de la premisa de la infravaloración, cuando no simple ocultamiento, de que los procesos de homogeneización cultural que no se asientan en la integración previa, a la larga acaban generando un antagonismo creciente entre las ciudadanías originarias y las masas de inmigrantes, desposeídas del acceso a las redes de poder y en consecuencia, al bienestar que la globalización parecía dispuesta a difundir por todo el planeta. En consecuencia, la globalización se conjura, en las poblaciones nativas de los países receptores de inmigración, con el miedo por la caída de sus seguridades comunitarias previas, generando respuestas en términos de legitimación, pero también de resistencia, que impiden una efectiva práctica multicultural.

Este panorama contradictorio se refleja en nuestra sociedad vasca en un diagnóstico complejo si tratamos de abordar el papel y futuro de nuestra cultura en un mundo globalizado. Por una parte, parece claro que el limitado "ecosistema" y el carácter fundamentalmente "reproductor de lazos comunitarios" sitúa a la cultura vasca en un escenario diferente al de hace solo unas décadas. En un contexto de apertura e interconexión mundial, a priori parecería complicada su capacidad de "para competir" frente un mercado internacional multilingüe (en inglés) que se apoya en una lógica de disfrute cultural más individual y orientada al consumo. No obstante, en paralelo, el peso de lo individual y la lógica de consumidor cultural también puede entrañar oportunidades. Así, quizá pueda explicarse la creciente popularidad de expresiones culturales que -como sucede con en el ámbito del bertsolarismo o las competiciones deportivas- atraen de forma creciente a nuevos públicos-consumidores, posibilitando a partir de fórmulas de contacto menos comprometidas una posible que permite mantener el compromiso en nuevas generaciones de actores (y no solo consumidores) culturales. De igual forma, la interconexión e imbricación de colectivos culturales o musicales con grupos y experiencias de otras partes del planeta, además de facilitar el acceso de la cultura vasca a nichos de consumo y expresión que trascienden nuestras fronteras, también está posibilitando fenómenos de mestizaje e hibridación cultural y musical de gran calado que sitúan a muchos músicos vascos como referencias mundiales del folk o el rock.

Desde otra perspectiva, debemos considerar que la expresión cultural en nuestra tierra siempre ha gozado de un componente público que se sostiene sobre el peso de la calle o la plaza como nodo de intercambio comunitario. Ciertamente, este tipo de espacios y patrones socializadores se mantienen, pero en competencia con un contexto de creciente individualismo consumista (Lipovetsky 2007) paralelo a cierta tendencia de las autoridades a regular el uso de la calle siempre en términos preventivos (Flusty 1994) y no comunitarios (Borja 1998). Es por ello que no extraña que los centros comerciales, también en nuestra tierra, se erijan como baluartes de una nueva forma de sociabilidad que debilita el tejido económico y social de las ciudades y pueblos. Es por ello, también, que las plazas están dejando paso a los boulevares, que la conversación se transforma en movilidad... En cualquiera de los casos, la emergencia de los nuevos templos del consumo convive con la reactivación del espíritu de comunidad que se refuerza cíclicamente en las expresiones festivas, en las estrategias de recuperación de la memoria a nivel local, en los innumerables proyectos de intervención cultural comunitaria que reformulados ahora sobre nuevas claves, más atentas a la estética, a la forma y a la capacidad de generar marca, siguen reproduciendo los hábitos comunitarios de la cultura vasca.

Ello, en cualquier caso, no impide que la percepción de la sociedad vasca sobre los efectos de la globalización en nuestra cultura sea contradictoria. Así, el 26% de los vascos consideran que ésta es un obstáculo para la cultura vasca. Paradójicamente, otro 26% la considera como un enriquecimiento, mientras que una gran parte de la población (30%) no sabe contestar sobre sus efectos. Debe subrayarse, en paralelo, que las posiciones más pesimistas se encuentran entre los y las nativos, la población joven y los y las euskaldunes. Por el contrario, prácticamente nadie considera que la cultura vasca sea un obstáculo para la globalización (5%) y hasta un 35% considera que el aporte de la primera a la segunda puede ser valioso (Eusko Ikaskuntza, 2007). Este panorama se completa en el estudio citado con los resultados cualitativos obtenidos en varios grupos de discusión, cuyas conclusiones confirman nuestras intuiciones. Así, entre los aspectos negativos más subrayados destaca la desconfianza ante los resultados de la globalización, la vinculación existente entre este proceso y el consumismo, el riesgo de homogeneización cultural y, sobre todo, la posibilidad de que este fenómeno disuelva los estilos de vida comunitarios. No obstante, este informe también confirma la percepción social sobre la existencia de oportunidades asociadas a la globalización, que se concreta en la ampliación de las vías de contacto e interacción cultural, las posibilidades de apertura al exterior y la ampliación de las vías de comunicación.

Esta visión contradictoria, finalmente, remite a una gran interrogante cual es la capacidad de nuestra cultura para adaptarse a un contexto multicultural como el que se está vislumbrando. Ya quedan lejos los tiempos en los que la presencia del inmigrante subsahariano era abordada desde una mezcla de cariño y paternalismo que se sintetizaba en un apelativo común, el de "Iñaki". Y sin embargo, tampoco son lejanos otros fenómenos, estos no tan anecdóticos, que fraccionaron las comunidades en nuestra tierra en base al lugar de procedencia, generando una tensión entre nativos e inmigrantes que solo la llegada de nuevas generaciones ha logrado superar. Actualmente, décadas después de las dos grandes olas migratorias que transformaron la fisonomía social, demográfica, económica, urbana y cultural de nuestra tierra, asistimos a un nuevo ciclo en el que miles de personas de otras partes del planeta acuden a Euskal Herria para labrarse su futuro. En este contexto, la cultura y la sociedad vasca se enfrenta al reto de transformarse proactivamente manteniendo su esencia y singularidad, fundamentalmente asentada en la salvaguarda de la lengua, pero abriéndose a los inputs de nuestros nuevos compañeros y compañeras de viaje. Por ello, para no repetir errores del pasado, es importante recordar que en el actual contexto de la globalización, las estrategias que traten de adaptase activamente en una lógica abierta y proactiva, deberán lidiar con posiciones reactivas de quienes observan la situación actual con un sentido de amenaza. Así, a medida que nuestras calles vascas se llenan de nuevas lenguas, nuevas culturas, nuevos rostros, el fantasma de la xenofobia crece alimentado por el miedo de muchas personas nativas a perder el último de los colchones salvavidas en este mundo incierto: el arrope de una comunidad que quisieran cerrada sobre sí misma. Es desde esta perspectiva, en la que la globalización acrecienta la fuerza de estrategias reactivas, desde dónde se puede entender la proliferación de reacciones excluyentes que se sostienen en el rechazo al otro. Y en nuestra tierra no tenemos por qué ser diferentes.

Finalmente, y desde una perspectiva más amplia, es necesario detenerse para subrayar la importancia que juega el marco político existente a la hora de comprender las oportunidades y amenazas a las que se enfrenta la cultura vasca en el marco de la globalización. A este respecto, resulta interesante subrayar el punto de partida de la política cultural de las instituciones vascas desarrollada hasta fechas recientes. Así, el diagnóstico del Plan Vasco de la Cultura (2004) parte de la premisa de que:

"la cultura vasca, como minoritaria, no lo tiene fácil en los contextos de las nuevas redes y de la globalización respecto a la cultura dominante de los estados en los que se ubica y que, hoy por hoy, no son jurídicamente plurinacionales".

Así, se considera que:

"en la economía-red mundial hay preeminencia de los centros mundiales tecnológicos y financieros de los estados-nación (tienen ventaja por su articulación política y de poder) y de las ciudades metropolitanas (tienen la ventaja de la aglomeración). Todo ello dificulta el papel de los ámbitos subestatales, también en cultura. Por ello, las comunidades no pueden desentenderse del despliegue de la economía y la cultura informacional ni de los flujos planetarios. Las culturas no dominantes que no se inscriban ventajosamente en los circuitos tecnológicos, reticulares, creativos o productivos aprovechando sus propios recursos expresivos asumirán deterioros progresivos".

Desde este punto de partida, la apuesta no puede ser la de la autoexclusión atrincherada:

"la respuesta a la desigualdad cultural entre países no puede ser la autorreclusión cultural ni la incomunicación. La respuesta es el levante de paredes de construcción de la propia identidad buscando un cierto reequilibrio de los flujos, con múltiples puertas y ventanas siempre abiertas que son las que permiten avanzar por impulso propio y ajeno".

Ello supone, finalmente, hacer frente a los retos del multiculturalismo con una apuesta firme basada en:

"una inteligente combinación de tratamiento respetuoso para con las culturas y colectivos de llegada y se ofrezcan recursos para su integración (...), con medios en unos casos obligatorios (...) y otros de carácter voluntario (...)".

En consecuencia, la apuesta para por profundizar en

"los parámetros del concepto de "ciudadanía inclusiva" vinculada a la residencia y un enfoque integral del fenómeno, concebido como una oportunidad mutua que trae riqueza económica y cultural"

(PVC, 2004: 21-22).

Es un lugar común en el análisis politológico la afirmación de que uno de los espacios en los que la globalización ha causado mayores cambios es precisamente en el que hasta fechas recientes ha sido el marco privilegiado de la acción política: el estado (Valles, 2001).

Así, son recurrentes los análisis que hacen referencia a cómo esta institución se ve afectada horizontal y verticalmente en el eje central de existencia: ser la detentadora de la soberanía, y en consecuencia, la definidora de un "demos" capaz de legitimar el sistema democrático y representativo. Como veremos a continuación, actualmente el estado se ve erosionado por arriba, por abajo y lateralmente (Letamendia 1998, Vallespin 2000). En consecuencia, se transforman los elementos definidores de su soberanía y su legitimidad, durante siglos incuestionados. Efectivamente, la soberanía del estado se ve laminada en la medida en que se presenta como una estructura política demasiado grande para responder a realidades que en muchas ocasiones requieren de soluciones quirúrgicas, localizadas, con un conocimiento exhaustivo de problemas cada vez más complejos, diversificados y territorializados. Este estado demasiado grande debe, pues, competir con multitud de contrapoderes sub-nacionales que tratan de reforzar sus potestades, bien sea en forma de nacionalismos, bien sea en forma de nuevos regionalismos e incluso localismos. Así, en la medida en que los estados nacionales tienden a centrarse "por arriba" en el control de los desafíos estratégicos marcados por la globalización de los problemas de la salud, la economía, la comunicación o el poder, se abren oportunidades "por abajo" para que los niveles inferiores de gobierno asuman o reclamen la gestión de los asuntos más concretos de la vida cotidiana, consiguiendo de esta forma incrementar su legitimidad.

En este contexto globalizado, las unidades periféricas (incluso algunas ciudades) pueden entrar en competencia con sus estados matrices en la lucha por tomar posiciones en los nodos de una red interconectada de poderes e influencias mundiales en la que lo importante es "estar" en los centros de decisión, sean cuales sean. En este marco, la anterior fortaleza del Estado se ve limitada gracias a las oportunidades que la globalización ofrece a muchos notables locales y regionales, que en ocasiones pueden intercambiar el poder en su territorio por el mantenimiento de la fidelidad a las estructuras de dominación nacional o regional, consiguiendo, de esta forma, aumentar la expresión del poder descentralizado y situarse en un punto de conexión más cercano a la sociedad civil local. Esta lógica, en consecuencia, posibilita que detentadores del poder a escala micro lleguen a competir con el poder de las unidades en que se inserta (bien sean metrópolis, regiones o estados) en una lógica de geometría variable, lo que explica muchas tensiones internas en el seno de formaciones políticas.

Pero, el estado no solo se ve erosionado por "abajo", sino también "por arriba". Efectivamente, el proceso de construcción europea ha abierto nuevas oportunidades para que comunidades como la vasca puedan ejercer un papel político privilegiado aprovechando ciertos espacios estructurados e incluso ciertos vacíos de poder que se evidencian en el entramado comunitario. Así, al amparo de las estrategias de cooperación transfronteriza impulsadas desde la UE, la CAPV y la CFN han colaborado durante años, mano a mano, junto a autoridades de la Región de Aquitania, a la que pertenece Iparralde. Aún más, descendiendo de nivel, observamos cómo el proceso de integración europea que acompaña en el plano supranacional a la globalización, ha permitido la emergencia de un marco normativo que ha propiciado la colaboración directa entre la Diputación de Gipuzkoa y el BAB de una parte, y las autoridades de Txingudi, de otra. Estas estrategias, a su vez, han modificado la sensibilidad de las autoridades de Iparralde respecto de sus vecinos trasnfronterizos, posibilitando que éstas se vean seducidas por el marco competencial existente en la CAPV y la CFN, propiciando indirectamente la consolidación de la demanda departamentalista en Iparralde. A su vez, las autoridades de la CAPV han tratado de aprovechar las oportunidades existentes participando en foros interregionales en los que han gozado de un papel privilegiado, tanto desde el punto de vista de su liderazgo práctico en estas redes (por el peso competencial de sus CCAA), como desde una perspectiva simbólica gracias a su reconocimiento como sujetos de poder subestatal. Finalmente, y también en un plano performativo, debe subrayarse la importancia que las autoridades de la CAPV han concedido a su presencia como agente de lobby en la Unión Europea o en muchos países europeos a través de la apertura de delegaciones vascas.

Desde un punto de vista más político, algunos autores como Castells (2000) hablan de cómo la globalización se encuentra en el centro de un nuevo contexto de reconfiguración del poder estatal que está propiciando la emergencia o el fortalecimiento de ciertos movimientos nacionalistas. Así, a las oleadas legitimista o progresista anteriores se añade una tercera oleada de movimientos nacionalistas (Letamendia, 1997), muchos de los cuales han reformulado de forma más laxa la demanda de reconocimiento político (Loughlin 1998). Así, aunque se mantiene en estos movimientos la reivindicación autodeterminista, se aceptan también otras formas de compromiso variables que responden a la experiencia de otros procesos previos. No extraña, en consecuencia, que los debates en torno al derecho a decidir (VVAA 2003) en Euskadi se hayan apoyado en referencias como la Sentencia del Tribunal Supremo de Canadá, los procesos de secesión de las repúblicas ex soviéticas o incluso otras estrategias federalizantes aplicadas en cualquier parte del planeta. Así, parecería que de la misma forma que el propio concepto de Estado pierde fuerza debiendo lidiar con erosiones que le vienen de arriba, de abajo y de los lados, la propia demanda de reconocimiento político de las unidades subsetatales se ha reconducido en términos más abiertos al compromiso (tal y como se vislumbra en el tránsito de la reclamación independentista a la más genérica exigencia del "derecho a decidir").

En otro plano, también observamos en Euskal Herria la emergencia de nuevos actores políticos que comienzan a cobrar impulso al albur del proceso globalizador. Nos estamos refiriendo a nuestras ciudades. Hagamos memoria... "Bilbao es tan pequeño / que no se ve en el mapa / pero bebiendo vinos / lo conoce hasta el papa"... rezaba una de las canciones más populares en el Botxo hace unas décadas. Era una canción para sentirse orgulloso: "nos conoce hasta el Papa!". Era una canción para sentirse seguro: "Bilbao es tan pequeño...". Lo "pequeño" como comunidad cercana, sociable, de relaciones humanas, de intercambios, de ilusiones y desvelos.

La ciudad de hoy (no solo la de Bilbao, sino todas) parece estar sufriendo una profunda metamorfosis. De hecho, en la práctica, cada vez es más difícil mapear una ciudad vasca, pues no podemos conocer sus límites, sus fronteras, sus extremos y sus confines subjetivos. ¿Dónde empieza y acaba esa entidad simbólica que definimos como Bilbao..., en la realidad, en nuestras vivencias y sueños, no en los mapas oficiales?... Bilbao Exhibition Center ¿en Barakaldo? Curioso... ¿o sintomático?... Efectivamente, éste puede ser un simple ejemplo que muestra cómo en estos tiempos de la globalización cada vez es más difícil pensar en la ciudad como una unidad geográfica, política, cultural o económica claramente definida, en los términos hasta hace una década conocidos (quizá por ello haya tenido tanto éxito la propuesta de Atxaga en torno a la Euskal Hiria). Ciertamente, ahora, los confines urbanos se difuminan en una red compleja. Pero estos cambios solo se entienden en la medida en que la metamorfosis se acompaña de la creciente importancia que la ciudad cobra en la lógica de la productividad y el crecimiento económico, entendido como sinónimo o palanca del progreso social. En última instancia, el territorio no sólo es sede de productividad (como antaño) si no que pasa a ser en sí mismo un producto que se debe poner en órbita, en la órbita global... "Bilbao es tan pequeño, que no se ve en el mapa..." decía la canción... Y sin embargo, ahora, Bilbao si está en el mapa... Y ya no es tan pequeño... En estos tiempos, Donostia apuesta por la Capitalidad Europea de la Cultura en 2016, mientras que Bilbao se exhibe con éxito en la exposición universal del Shanghay. Las ciudades cambian y luchan por estar en el mapa. Y si tienen éxito, sus regidores pueden incluso marcar el ritmo de sus propias formaciones políticas.

Obviamente, uno de los ejes centrales del debate sobre la globalización es su vertiente económico-financiera. Efectivamente, la economía actual es una economía absolutamente interrelacionada a escala planetaria, de forma que la producción presenta un nivel de apertura, interrelación e integración sin comparación en la historia.

Asistimos a una difusión de los mercados que se expande sin ningún tipo de limitación territorial y cuyo efecto es aumentar la competencia y la productividad. Algunos autores como Sen (2001) consideran que la globalización, apoyada en las NTICs, en la especialización y diferenciación de mercados, en el movimiento de capitales o en la expansión del comercio mundial, está generando una división internacional del trabajo más eficiente, capaz de abaratar los costes de producción, de incrementar la productividad y de mejorar la calidad del trabajo y de las condiciones de vida de muchas personas, especialmente las que vivimos en sociedades privilegiadas en los flujos del poder. Ejemplo de ello sería el incremento del consumo y la apertura de éste a amplísimas capas de la población (Lipovetsky 2007). Aunque la postura de Sen no es para nada acrítica para con una globalización que obvie el sufrimiento de miles de personas, lo cierto es que el desarrollo de la globalización económica no puede separarse de los impulsos de la ideología neoliberal. Así, la lógica del crecimiento financiero y económico necesita de la total libre circulación planetaria de los factores de producción, desde materias primas a personas, recursos energéticos, etc... Es por ello que durante décadas han clamado con éxito los cantos de sirena de la desregulación económica, proponiendo un marco general de economía competitiva liberada de residuos proteccionistas. En el argumento neoliberal, el desarrollo de la economía global requiere, sobre todo, de una regulación mínima de la producción y el intercambio. Y finalmente se consiguió una total desregulación que eliminase cualquier impedimento a "los impulsos creativos del capital", especialmente en el ámbito financiero. Los resultados han sido claros. Tras una década de bonanza, la burbuja financiera mundial ha pinchado y se ha llevado por delante a la economía real. Ciertamente, en el caso, vasco, las características específicas del tejido económico y su menor dependencia de la construcción, han limitado los efectos perversos de la crisis. Pero sólo los han limitado. La crisis ha llegado y lo ha hecho para quedarse. De tal forma que en el actual escenario se está profundizando también en las sociedades centrales el esquema de creciente desigualdad que durante décadas se consolidó en la periferia del sistema económico capitalista. Y es que como recuerda Naomi Klein (2007) en su "Doctrina del Shock", la lógica neoliberal se impone en forma de mayores desigualdades y recortes sociales especialmente cuando la población se lame las heridas por cualquier tipo de trauma. Efectivamente, meses después de la llegada de la crisis, todavía no se ha concretado la "reformulación del capitalismo", pero sí los recortes sociales.

Comprender el contexto actual requiere entender la forma en que el sistema capitalista se ajusta a los tiempos de la globalización y la forma en que estos nuevos procesos afectan a "las relaciones de clase". Ello, a juicio de Castells (2000b), supone preguntarse en primer lugar por la forma de apropiación capitalista. Desde su perspectiva hay tres niveles diferenciados, pero solo el último es una novedad. El primero es el que agrupa a los titulares del derecho de propiedad del capital (desde accionistas, familias propietarias y propietarios individuales). El segundo se refiere a los grandes ejecutivos. El tercero, finalmente, es el de los mercados financieros globales que Castells (2000b: 413) define como "el capitalista colectivo real, la madre de todas las acumulaciones". Este sistema nervioso del capitalismo informacional es el que con sus movimientos "determina el valor de las acciones, de los bonos y las divisas, llevando a la ruina o a la riqueza a inversores, empresas y países. Pero estos movimientos no siguen una lógica del mercado. El mercado sube y baja, es manipulado, transformado por una combinación de maniobras estratégicas realizadas por ordenador, psicología de masas de fuentes multiculturales y turbulencias inesperadas, causadas por grados cada vez mayores de complejidad en la interacción de los flujos de capital a escala global" (2000b: 413-414).

Castells finaliza señalando que en este contexto, los esfuerzos de los economistas "de vanguardia que están tratando de modelar esta conducta de mercado" y sus "heroicos esfuerzos" se destinan a encontrar modelos de expectativas "racionales" que automáticamente:

"son descargados en los ordenadores de los magos de las finanzas para obtener nuevas ventajas competitivas de este conocimiento innovando sobre los modelos de inversión ya conocidos".

Así hasta que el sistema colapsó.

Una vez presentados los rasgos del modelo de apropiación, Castells continúa su reflexión interrogándose sobre sus consecuencias en las relaciones de clase. A su juicio, no hay cambios en lo que a la apropiación de la plusvalía se refiere: los empleadores siguen siendo quienes asumen una parte de los beneficios de los trabajadores informacionales. Lo que varía en el contexto actual, dice Castells, es el mecanismo de su apropiación, que se ha perfeccionado y complicado. Así, al individualizarse de forma creciente las relaciones laborales, cada productor puede recibir un trato diferencial, aumentando en algunos casos su tasa de ganancia. En segundo lugar, una importante parte de los productores controlan su propio proceso de trabajo, de forma que en gran medida se convierten en agentes independientes. Finalmente, a su juicio, todas estas ganancias han acabado en los mercados financieros internacionales (o en el caso español, en la burbuja inmobiliaria), de modo este tipo de trabajadores que se convierten también en dueños del capital colectivo, siendo dependientes de los resultados de los mercados de capital. Es por ello que a juicio de Castells, apenas ha existido contradicción:

"entre redes de productores extremadamente individualizados y el capitalista colectivo de las redes financieras globales (...) No obstante, la segmentación de la mano de obra, la individualización del trabajo y la difusión del capital en los circuitos de finanzas globales ha inducido a la desaparición gradual de la estructura de clases de la sociedad industrial"

(2000b: 416).

Ello, sin embargo, no evita los conflictos sociales, que a su juicio ya no será expresión de la lucha de clases, sino de reivindicaciones de grupos de interés y de revueltas contra la injusticia.

Entonces, si en los tiempos de la globalización la estructura de clases tradicional ha desaparecido ¿cuál es la divisoria? Porque está claro que ésta existe... En la perspectiva de Castells, la primera de las divisiones fundamentales de la sociedad globalizada es la fragmentación interna de la mano de obra entre productores informacionales (mucho más flexibles en su formación) y trabajadores genéricos reemplazables. Una segunda divisoria es la que se establece por la exclusión social de un segmento significativo de la sociedad que lo conforman:

"los individuos desechados cuyo valor como trabajadores / consumidores se ha agotado y cuya importancia como personas se prescinde".

Finalmente, la divisoria social viene marcada también por la separación entre la lógica del mercado de las redes globales de los flujos de capital y la experiencia humana de las vidas de los trabajadores. En cualquier caso, el escenario actual de crisis parece haber roto en parte este diagnóstico. Así, actualmente parece claro que no solo los trabajadores genéricos "reemplazables" han caído en la segunda divisoria de la exclusión social, sino que también en algunos casos se han visto afectados los trabajadores informacionales, especialmente jóvenes. En paralelo, la anterior fractura simbólica entre la lógica del mercado y la de la vida se ha reducido, sobre todo ahora que experimentamos en nuestras carnes la crisis de las redes globales financieras.

Si nos apoyamos en este marco interpretativo para aterrizar en la realidad vasca podremos comprender cómo la singularidad del modelo económico en la CAPV y la CFN no ha impedido ni los efectos de la lógica de desregulación del capital primero, ni las consecuencias de la crisis financiera después. Por su trayectoria económica, de todos es conocido el peso que nuestra tierra ha asumido en la consolidación de grandes firmas financieras. No obstante, y aunque el BBVA mantiene su sede social en Euskadi, ya desde hace tiempo ha trasladado a Madrid la mayor parte del complejo operativo. En paralelo, otro de los buques insignia de la economía vasca, como Iberdrola, pugna actualmente contra una gran constructora estatal, que bien podría hacerse con el control de la entidad y cambiar totalmente su vinculación fiscal con Euskadi.

Pero la movilidad del capital en Euskadi se refleja no solo en procesos lentos pero imparables de desterritorialización como los aludidos, sino incluso en dinámicas vertiginosas como la huída en 2009 del 70% de las Sociedades de Inversión de Capital Variable como consecuencia de un incremento del impuesto de sociedades. Así, a pesar de los incentivos fiscales, en la economía vasca ha sido una constante la amenaza de deslocalización de empresas con el objeto de aumentar las tasas de ganancia vía reducción del coste de producción (o con el objeto de presionar en contextos de conflicto laboral). De hecho, resulta interesante subrayar que esta dinámica de huída del capital se produce a pesar de que la presión fiscal en la CAPV y en la CFN sea una de las menores de Europa. Tal es así que caso de llegar a equipararse, se recaudarían 5417 millones de euros más anuales (ELA 2010). Una cifra que no es baladí si se tiene en cuenta que en la CAPV y la CFN la tendencia al aumento de las desigualdades se mantiene constante e incluso se profundiza en estos tiempos de crisis, fundamentalmente como consecuencia del paro y el endeudamiento familiar.

Efectivamente, encontramos en nuestra tierra un amplio espectro poblacional que ya ha caído en las redes de la exclusión social Así, el colectivo contra la exclusión social Berri Otsoak denuncia que en febrero de 2010 son 138.000 las personas que se encuentran desempleadas; de las que 48.000 no cobran ningún tipo de prestación. Recuerdan que durante los 9 primeros meses del año 2009 los juzgados han registrado 941 solicitudes de ejecuciones hipotecarias y que las peticiones a Cáritas y al Banco de Alimentos han aumentado un 40%, siendo 35.000 personas, las que se alimentan gracias a estas instituciones. Como reconoce el propio Gobierno Vasco, 890.000 personas reflejan algún tipo de precariedad y declara tener considerables dificultades para llegar a fin de mes... Según los datos aportados por el Departamento de Asuntos Sociales del Gobierno Vasco, en junio de 2010 son ochenta mil los vascos que viven en la pobreza.

Aunque las cifras son dramáticas, sin embargo, contrastan con las del estado, cuya media es tres veces superior a la de la CAPV. A juicio de la Consejera la prestación económica a la que tienen derecho las personas sin ingresos o con ingresos bajos (pensionistas o trabajadores con ingresos inferiores al salario mínimo interprofesional) en la CAPV, que recibe el 7,5% de las familias vascas y tiene un presupuesto anual de 300 millones de euros, constituye una excepción en el Estado español. De hecho, los cerca de 50.000 ciudadanos vascos que reciben actualmente la renta de garantía de ingresos representan el 38,4% del total de beneficiarios de este tipo de prestación en el Estado y los 300 millones de euros de presupuesto anual supone algo más del 40% del gasto total realizado en el Estado. Este estudio relaciona directamente el programa de garantía de ingresos con el hecho de que Euskadi presente unas tasas de pobreza más bajas que en el conjunto de España y otras comunidades autónomas como Madrid o Catalunya. Y que es que la tasa de pobreza en el País Vasco es del 4,1%, tres veces inferior a la media española (12,5%). En el caso de la tasa de pobreza infantil la diferencia favorable a la CAV es aún mayor (6% en Euskadi y 18,5% en España).

Esta diferencialidad, no obstante, no oculta el drama que viven miles de personas de toda condición. Así, pese a la identificación entre pobreza e inmigración, según los datos del CES de 2004, las unidades familiares de inmigrantes extracomunitarios solo representan el 19% de las que se encuentran en situación de pobreza, siendo las más importantes, alcanzando hasta el 24% las unidades familiares mono-parentales conformadas por mujeres no ocupadas de menos de 45 años, seguida con un 10% y un 8% por grupos familiares no ocupados estables de menos de 45 y demás de 45 años respectivamente (CES 2004). De forma que a grandes rasgos se observa cómo los principales excluidos en la CAPV antes de la crisis pudieran ser perfectamente esos trabajadores genéricos "reemplazables", a los que previsiblemente con la crisis se hayan añadido incluso grandes contingentes de trabajadores informacionales, especialmente jóvenes.

En cualquiera de los casos, existen tres elementos que forman parte de la naturaleza sociopolítica vasca y que quizá puedan explicar la diferencial tasa de exclusión social existente, y sobre todo las políticas sociales de mayor calado presentes en nuestras tierras. Así, a modo de hipótesis para barajar en este contexto globalizado creemos que la realidad política vasca por una parte, y la historia cooperativa vasca, por otra, conforman dos ejes diferenciadores que posibilitan que los efectos del tsunami financiero puedan ser menores en Euskadi. En primer lugar, debe destacarse que a pesar de que el discurso y orientación del nacionalismo mayoritario en Euskadi sea de corte liberal, lo cierto es que, tanto por la necesidad del propio nacionalismo de ampliar su territorio de caza electoral más allá de la población que culturalmente podría tener más afinidad, como por el sentido de protección comunitaria que acompaña a todo nacionalismo, en la práctica se han impulsado unas estrategias económicas tendentes a incrementar la cohesión social y la solidaridad entre la población vasca (Ibarra, 1997). Una filosofía que se ha concretado en parte del cuerpo empresarial en forma de un cierto paternalismo económico vasco, y desde las administraciones con la aplicación de estrategias sociales que actualmente reflejan el peso de la lucha contra la pobreza en la CAPV en comparación con las políticas existentes en el resto del Estado. Finalmente, a esta cuestión debe añadirse un elemento más general, directamente ligado con el proceso de globalización. Ya hemos señalado cómo el Estado se ha visto erosionado "por arriba" y "por abajo". Pero mencionamos que la erosión también es "lateral". Concretamente, se refiere a la incapacidad de esta institución para hacer frente a las demandas sociales, lo que acaba provocando desafección y deslegitimación. Pues bien, el marco institucional vasco ha posibilitado un nivel competencial que a buen seguro se ha concretado en estrategias de solidaridad internamente legitimadoras y externamente performadoras de la diferencialidad vasca. Dicho de otra forma, de la misma manera que en la construcción del estado se utilizaron las estrategias políticas (comunicaciones, lengua, etc...) como forma de crear una "comunidad imaginada" (Anderson 1983), las autoridades de la CAPV han aprovechado su potencial en ejecución de políticas públicas para aumentar su legitimidad social y sobre todo para hacer visual ante la población la diferencialidad vasca respecto a la debilidad de la asistencia social en las comunidades limítrofes. En última instancia, las políticas sociales más audaces han podido servir de marco estructurador de una estrategia de nation building.

En cualquiera de los casos, esta diferencialidad debe ser contextualizada en el marco de una potente presión social y sindical. Así, la lógica del "paternalismo económico vasco" no podría entenderse si se obviase la fortaleza de un sindicalismo y un movimiento obrero que durante el proceso de industrialización logró arrancar derechos y beneficios laborales. De igual forma, las estrategias más actuales contra la exclusión social solo se entienden a partir de las movilizaciones de decenas de colectivos locales que hace una década impulsaron el debate sobre la Renta Básica. Más aún, actualmente la pluralidad y fortaleza del sindicalismo vasco, entendido como movimiento de contrapoder (Letamendia, 2004), solo se puede comprender si se atiende a su relativamente menor dependencia respecto de las subvenciones estatales, lo que permite que en Euskadi goce de la mayoría sindical un colectivo que como ELA cuenta con la mayor tasa porcentual de afiliación por habitante de toda Europa.

Finalmente, creemos que a la hora de analizar críticamente las alternativas existentes en nuestra tierra para minimizar los efectos perversos de la globalización económica, se debe resaltar la importancia de un fenómeno particular cual es el del cooperativismo. Efectivamente el grupo Mondragón se ha convertido en su desarrollo en un claro ejemplo de cómo un modelo singular puede convertirse en un referente internacional hasta el punto de que su actividad asuma cifras cercanas a las de las grandes empresas globalizadas. Así, según el informe anual de 2009, en un contexto de crisis sin precedente, los ingresos totales de MCC han alcanzado los 14.780 millones de euros, con unos beneficios de 61 millones de euros:

"que muestran retrocesos frente al ejercicio anterior pero en una proporción que nos permite mantener nuestra posición y cuota de mercado respecto a nuestros competidores. Es un logro importante el hecho de haber reducido nuestros resultados globales "solo" en 10 millones sobre el año anterior, cuando la reducción de los ingresos sobre el ejercicio precedente fue de 1.900 millones de euros".

De igual forma, reflejando el peso internacional de MCC, este informe destaca la apertura de dos nuevas plantas de producción en el exterior, ambas situadas en India, que elevan a 75 el número de plantas distribuidas en 16 países y que dan empleo a 13.400 personas (MCC 2009).

Como se observa, el modelo cooperativo vasco ha posibilitado el surgimiento de un grupo referencial en nuestra tierra capaz de adaptarse con éxito a los tiempos de la globalización. En cualquiera, más allá de los datos, es relevante que esta acomodación a la globalización se sustenta en una reflexión crítica, impulsada internamente, y que trata de profundizar en la diferencialidad del modelo como ejemplo de posible ajuste entre la globalización y la sostenibilidad social, económica, cultural y ambiental. Así, desde el Instituto de Estudios Cooperativos de la Universidad de Mondragón se está trabajando con tesón en el análisis de las potencialidades de modelos de autogestión económicas en un mundo globalizado (Sarasua y Udaondo, 2004). De forma más directa, Azkarraga (2001: 30-32) reflexiona sobre el papel de Mondragón en un mundo globalizado señalando que:

"la duda sobre el modelo de desarrollo occidental corroe la legitimidad del éxito económico per se, y la legitimidad de la expansión y ejecución sin límites de la racionalidad económica".

Siendo consciente de que Mondragón:

"constituye una humilde gota en un océano" y que no puede hacerse cargo de todos los males del mundo actual afirma que "el desafío del futuro pasa, efectivamente, por el éxito empresarial en un mercado crecientemente competitivo, pero pasa también, en gran medida, por la capacidad comunitaria de generar endógenamente racionalidades culturales, éticas, sociales y ecológicas que acompañen a la racionalidad económica y den sentido a la misma, para así hacer frente al que puede considerarse uno de los problemas y riesgos que con mayor fuerza atosigará a las sociedades humanas en el siglo XXI: la insostenibilidad del modelo de desarrollo occidental".

Frente a este reto, Azkarraga propone el debate público y la continua reelaboración de la identidad cooperativista con espacios de comunicación y dialogo éticos y morales. Subraya el peso que debe tener la compaginación del crecimiento económico con la idea del desarrollo sostenible; la apertura del modelo "de autogobierno comunitario en el mundo de la empresa" en una visión más amplia de la comunidad y el autogobierno ciudadano; la extensión de la labor educativa en la regeneración cooperativista; o la concepción de la economía y de la empresa vinculada a lo social y a un proyecto ético. En este sentido, concluye:

"MCC cuenta con una cultura económica que ha establecido siempre ligazones entre las distintas dimensiones de la vida social. Esa cultura que no pretende elevar la razón instrumental a único criterio que gobierne la acción humana, es un buen punto de partida. En esta línea de pensamiento debe inscribirse una economía alternativa y una forma de empresa comunitaria".

La globalización, como hemos visto, configura una realidad nueva desde el punto de vista político, cultural, económico y social. Y estos cambios tienen claros efectos sobre la identidad y el poder. Dicho de otra forma, en la medida en que cambia el mundo, cambia también la manera en que las personas se sitúan ante él, para legitimarlo o para transformarlo. Así, para Castells (2000), la lógica del poder de la sociedad en red promociona, en primer lugar, una identidad legitimadora del statu quo que es introducida por las instituciones dominantes de la sociedad para extender y racionalizar su dominación frente a los actores sociales. Esta identidad legitimadora es portada, a juicio de Castells, por actores sociales y estructurados que reproducen (aunque en ocasiones de modo conflictivo) las fuentes de la dominación estructural. La segunda de las identidades que se proyectan en la sociedad red es, para Castells, la identidad de resistencia comunal. Esta es una identidad:

"generada por actores que se encuentran en posiciones devaluadas o estigmatizadas por la lógica de la dominación, por lo que construyen trincheras de resistencia y supervivencia basándose en principios diferentes u opuestos a los que impregnan las instituciones de la sociedad".

Estas identidades de resistencia subyacen al auge del integrismo cristiano o islamista, al resurgir de comunidades territoriales como las maras o algunos movimientos nacionalistas radicales y excluyentes. Son, en última instancia, la expresión de la "exclusión de los autoexcluidos". Desde esta lógica reactiva, en nuestro caso, podemos entender ciertos fenómenos xenófobos y excluyentes como los que hemos aludido y que comienzan a vislumbrarse en Euskal Herria.

No obstante, además de la identidad de legitimación y de la identidad de resistencia reactiva, encontramos otras lógicas que están portando nuevos proyectos de cambio social. Así, la identidad proyecto surge cuando los actores sociales:

"basándose en los materiales culturales de que dispone, construyen una nueva identidad que redefine su posición en la sociedad y al hacerlo, buscan la transformación de toda la estructura social".

Dicho de otra forma, son identidades de resistencia proactivas aquellas que se asientan en una redefinición del nosotros en claves inclusivas, reticulares, que permiten la conexión, la conexión de resistencias, y sobre todo que buscan un nuevo proyecto de sociedad que se asiente en el respecto de la tradición, de lo local, pero encarando el futuro con el orgullo de saber que es posible enfrentarse a él con un proyecto propio, que compatibilice lo pequeño, lo singular, lo local, con lo grande, lo plural y lo global.

Esta es la lógica que subyace en gran medida al movimiento altermundialista que se opone a la lógica neoliberal a escala global, o a la reformulación de los nuevos movimientos sociales en términos más inclusivos a escala local. Y, como no podía ser de otra forma, esta lógica proactiva también está presente en nuestra tierra. A modo de ejemplo citaremos dos experiencias de respuesta proactiva a los efectos de la globalización, que están cobrando gran relevancia en Ipar Euskal Herria. Nos referimos al festival altermundialista Euskal Herria Zuzenean y al movimiento Bizi!

Efectivamente, la esencia del Festival musical más importante del verano vasco se resume en la máxima "otro(s) mundo(s) es (son) posible(s). Desde hace 10 años, las campas de Iparralde se llenan durante varios días de verano por miles de jóvenes de todas las procedencias en el único festival altermundialista del sur de Europa. Euskal Herria zuzenean no es un festival patrocinado por un banco, ni es un festival que trata de situar a una ciudad en los circuitos culturales internacionales. No es marca. No es marqueting. Es un festival abertzale y euskaldun. Y es un festival feminista, internacionalista, anticapitalista, que busca la justicia social, que está en contra de toda exclusión, que demanda la libertad sexual, que lucha por los derechos civiles y políticos para todos. Es un festival euskaldún y anticapitalista. Euskal Herria Zuzenean es un Festival y una organización que se reclama abierta con el objetivo de atraer a gente que no tiene la costumbre de mezclarse, trabajar e intercambiar experiencias; una organización que considera que "la construcción de redes de relación es la forma de romper los prejuicios"; que clama que su "riqueza es la diversidad del público" que asiste a su festival. Este año fueron 17000 las personas que en Euskal Herria clamaron que otros mundos son posibles.

Por su parte, un colectivo, el movimiento Bizi! nació en verano de 2009 conformado con un grupo promotor de 12 personas. Un año después forman parte en este colectivo 124 activistas coordinados en 6 grupos de trabajo: grupo de alternativa al coche; grupo de consumo responsable; grupo reflexión sobre el trabajo; grupo de denuncia a la banca; grupo de comunicación; y grupo de formación. Además, y para no perder el ritmo, existe otro grupo de animación musical (batukada) que participa en todas sus actividades. ¿Qué acciones han realizado? En solo un año han organizado casi una veintena de actos públicos de formación y reflexión en los que han participado 1508 personas: han realizado 3 jornadas de acción, 2 flashmob, una manifestación en bici, 3 jornadas de ocupación del espacio público con bicis, 3 desfiles y 13 acciones simbólicas. Quizá sea interesante destacar algunas de ellas. Por ejemplo, frente a potentes focos que iluminan el oscuro cielo intentando situar nuestras ciudades en el caleidoscopio de centros urbanos del planeta, los activistas de Bizi! han considerado que tal consumo irresponsable de energía va en contra de la sostenibilidad del planeta; razón por la que sus activistas, montados en bicis, han recorrido en dos ocasiones las calles de Baiona cortando los cables de los comercios que iluminan sus escaparates "que nadie observa en las vacías noches del norte". Por ejemplo, frente a la atención de las autoridades políticas a la banca y el capital financiero, en la estrategia que propone Bizi! los bancos han salido mal parados en sucesivas parodias en las que decenas de militantes ataviados con trajes de faena han ocupado sus instalaciones para (con desinfectante, lejía y humor) "limpiar la suciedad que esconden". Por ejemplo, frente a las presiones de los grandes grupos para desregular los horarios de apertura del comercio desde el movimiento Bizi! se han ocupado grandes superficies abiertas en domingo para que sus activistas pudieran jugar al ping pong con las estanterías, descansar a la fresca en la sección de congelados, o patinar por los impolutos y pulidos pasillos del supermercado.

Por ejemplo, frente al modelo de construcción urbana que ilumina al mundo desde el Guggenheim y que seduce en Shanghai en nombre del desarrollo, el 10 del 10 de 2010, a las 10 de la mañana Baiona amaneció como una ciudad alternativa, la ciudad del futuro, la ciudad que surgirá (así creen los activistas de Bizi!) de la conciencia de que "el mañana se juega en cada momento". El objetivo de este acto, en última instancia, era hacer visible la ciudad que nacerá cuando se haga frente a la urgencia ecológica y a la justicia social. Ese día se dieron cita en el presente las ilusiones del mañana, las sonrisas y la esperanza en que otro mundo es posible. Ese día tomo la palabra Susan George, una de las más destacadas mentes del pensamiento altermundialista. Ese día Baiona se llenó de stands de consumo ecológico, se mostraron experiencias de edificación responsable, de auto-banca y trueque, de energías renovables. Hubo talleres de educación ecológica, de transporte "dulce", de reciclaje y de iniciativas de transición a un decrecimiento. Ese día las calles se vaciaron de coches y se llenaron de comidas populares, de juegos infantiles, de teatro, de lecturas y recitales públicos, de bancos... para descansar, para charlar.

Ese día, el coche, ese símbolo del hiper-individualismo consumista (Bauman 2005, 2010), desapareció de la calle, del espacio público, para permitir que el y la ciudadana con-vivieran. Ese día, más que nunca, la calle fue la verdadera república ciudadana. En la que la res-publica se crea con el contacto, y no atrincherados en un individualismo consumista.

Recordemos que, al fin y al cabo, si a pesar de ser Bilbao tan pequeño que no se veía en el mapa, era conocido hasta por el Papa... lo era por la tradición del txikiteo, que en última instancia remite a una sociabilidad comunitaria basada en el ocio, en el contacto, en la canción...

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