Concept

Estado francés

El Estado nación tal y como hoy lo conocemos es una construcción histórica fruto del desarrollo de los doscientos últimos años. Esta entidad trata de superar un espacio político dominado hasta entonces por diferentes formas superpuestas de poder, alcanzando la unidad territorial del mismo y culminando, por tanto, un paulatino proceso de centralización político. Esta dinámica que posibilita o favorece el desarrollo de unidades políticas más extensas que en la época medieval, y cuya esencia es la pretensión de soberanía o autoridad última dentro de un territorio, supone, a su vez, la perdida total o parcial de la autoridad y soberanía de las entidades que son subsumidas.

En la construcción de los Estados, en un primer momento, el centro estatal construye la Sociedad y la Comunidad nacionales mediante un conjunto de funciones económicas, políticas y culturales. La Sociedad Nacional es fruto (a) de la creación de un mercado unificado y de una Administración eficiente, (b) de la socialización política de las masas a través de la enseñanza universal obligatoria, y (c) de su integración mediante mecanismos políticos tales como el sufragio universal. La Comunidad Nacional, por otra parte, es obra de una cultura política que alimenta la lealtad de los ciudadanos al Estado y genera un sentimiento de pertenencia a la nación (Letamendia, 1997).

A su vez, la caracterización del control político del poder ejercido sobre el territorio permite acercarnos al análisis de los Estados. Así, el primero de los modelos que se asume es el unitario, y nace con la instauración del absolutismo en el espacio geográfico de las "naciones imperiales marítimas" entre las que se encontraba Francia. En estos territorios, la formación del Estado, que requería la ausencia de una densa concentración de ciudades poderosas, fue tanto más fácil cuanto más alejado se hallaba de la Contrarreforma Católica. Según el profesor Seiler (1999) la configuración de la nación francesa se puede caracterizar como una construcción por dominación, de tal forma que para construir el Estado:

"se utilizó el monopolio de la coacción física legítima en sentido weberiano. Se trata en consecuencia -señala- de un modelo de construcción en el que el Estado es el centro que instruye lo social."

Elemento éste que configura a Francia como un Estado "fuerte" en el que existe un relativo espacio para la sociedad civil tras la eliminación de las formaciones corporativas que le son propias.

Sin embargo, el hasta entonces lento proceso de construcción nacional, adopta a partir de la Revolución Francesa una velocidad superior y un marcado carácter voluntarista. Este carácter se refleja, entre otros elementos, (a) en una demarcación departamental dirigida contra las antiguas provincias y naciones históricas, (b) en informes demoledores contra las culturas y lenguas minoritarias, o (c) en recomendaciones orientadas a su desaparición -algunas de ellas bajo títulos tan expresivos como el del Informe Gregorie: Informe sobre la necesidad y los medios de aniquilar los patois y universalizar el uso de la lengua francesa. A pesar de todo, durante la tercera República (1870-1875), más de la mitad de la población del país, y al rededor de un 80% de los habitantes de las zonas rurales hablan lenguas diferentes del francés. En este sentido, la educación se convirtió en uno de los pilares fundamentales en la creación de esa Sociedad Nacional a la que aludíamos, estableciéndose por medio de las Leyes Ferry (1880-1887) un sistema de escuela elemental gratuita y obligatoria en el que la enseñanza sólo se impartía en francés. A pesar de todo, el proceso de afrancesamiento de los miembros de las culturas minoritarias no debe vincularse sólo al sistema educativo, y tampoco debe considerarse exclusivamente forzado. Así, lo francés -la francité-, no se define únicamente en términos étnicos o culturales, sino principalmente en base a la aceptación del republicanismo, el laicismo y el racionalismo, generándose esa cultura nacional necesaria en la creación de la Comunidad Nacional sobre la que sostienen su legitimidad los Estados.

De la misma forma, el desarrollo económico necesario para la creación de un mercado que sirva de base al Estado, permitió un proceso de industrialización y urbanización que acaba desarraigando a muchos campesinos étnicamente orientados, siendo asimilados por unas elites de notables que asumían completamente el ideal francés (Rudolph, 1989). Por último, la primera Guerra Mundial concluye esta asimilación de los habitantes de las periferias, consumándose un proceso de construcción estatal sin aparentes conflictos centro-periferia (Izquierdo, 1998).

Ya hemos apuntado cómo el Estado es el resultado del doble proceso de construcción de una Sociedad y una Comunidad. Pero esta doble construcción también discrimina a otros grupos, diferentes del dominante en el centro, los cuales ven impedido su acceso en igualdad de condiciones a los bienes culturales, políticos y, en ocasiones, económicos que distribuye el Estado. Estos grupos pueden permanecer pasivos, o bien reaccionar, al principio, en defensa de su lengua, religión y cultura; o más tarde, reclamando algún tipo de institucionalización política de su territorio habitado (Letamendia, 1999). En cualquier caso, la emergencia y consistencia de los movimientos nacionalistas periféricos dependerá de la mayor o menor fortaleza de la doble construcción de la Comunidad y la Sociedad nacionales por parte del centro, lo cual, en gran medida, viene determinado por su capacidad para construir un mercado cohesionado. Así, mientras que en el caso francés no se da contradicción entre la localización del centro político y el económico -situados ambos en Paris-, el motor económico se situará en la periferia política (Euskadi y Cataluña) en el caso español; algo que explica en parte los diferentes grados de desarrollo alcanzados por los movimientos periféricos en ambos Estados (Ahedo, 2006).

Finalmente, hemos de tener en cuenta que el Estado no abarca la totalidad de la vida social y económica en las sociedades occidentales. Queda una extensa esfera de acción independiente, la de los individuos y las asociaciones privadas. A pesar de todo, la frontera entre el Estado y esta sociedad civil es difusa, lo que nos obliga a distinguir entre dos modelos de sociedades: las de Estado Fuerte, en las que el éste se concibe por encima y separado de la sociedad civil, proporcionando estructura para ella; y las de Estado Débil en las que es más sencillo, más limitado y se funde en la frontera con la sociedad civil misma (Keating, 1996). Ambas configuraciones estatales van a ser causa y a su vez consecuencia de dos bases teóricas. Así el pensamiento de Locke, que planteaba un Estado nacido para preservar a la sociedad defendiéndola de sus peligros, encaja y promociona el modelo anglosajón de Estado débil. Por el contrario, el pensamiento Roussoniano, basado en la "voluntad general" que surgía para regenerar una sociedad corrompida por la desigualdad de las fortunas, es asumido por los revolucionarios franceses y, paralelamente, traducido en una fuerte centralización estatal (Letamendia, 1997). En este sentido, Francia es quién mejor representa el modelo de Estado fuerte, con su tradición de centralizada como expresión principal de la nación y su unidad. Principio de unidad que tuvo sus raíces en el absolutismo que había triunfado frente a los intereses particularistas y locales, pero que es llevado mucho más allá, y dotado de legitimidad democrática por los regímenes posrevolucionarios.

De esta forma, el cruce del modelo de Estado unitario con el fuerte -que se ejemplifica en Francia- establece una forma de Estado en el que la pertenencia a la comunidad nacional está abierta a los que viven en un territorio, donde todos son iguales ante la ley. Las libertades individuales se convierten en el centro, y precisamente a consecuencia de la doctrina de la soberanía popular no se consideran legítimas las formas de acción colectiva que no pasen por el Estado nación. La tradición roussoniana dota de un contenido cívico al nacionalismo francés, en la medida en que tiende a partir del individuo para edificar la nación; pero posibilita una concepción que no deja espacio intermedio entre estas dos realidades: no hay lugar para una autoridad intermedia entre el Estado y el individuo. La democracia significa, por tanto, unidad nacional, centralización y uniformidad (Keating, 1996).

Existen diferentes posibilidades para acercarse a un determinado sistema político. Concretamente, trataremos de caracterizar a Francia a partir de su posición en el eje que diferencia el carácter mayoritario o consensual de las pautas y normas de organización de los Estados. Para ello nos basaremos en las aportaciones realizadas por Arend LIJPHART (2001), quien analiza las formas de gobierno en treinta y seis países. Este autor apunta cómo mientras el modelo mayoritario tiende a ser excluyente, competitivo y de confrontación, por el contrario, el consensual se caracteriza por la inclusión, el pacto y el compromiso. Por ello, a la hora de poder ubicar a los Estados en un modelo u otro establece una serie de categorías agrupadas en dos dimensiones: (a) la "dimensión ejecutivo/partidos", que expresa las características relacionadas con la forma de organización del poder, y (b) la dimensión "federal/unitaria", que estudia una serie de rasgos asociados al contraste entre un sistema federal o unitario. Como veremos ambas dimensiones, y especialmente la segunda, se explican a partir del proceso de construcción del Estado al que acabamos de hacer referencia.

Desde esta perspectiva se analizan los estados democráticos a partir de diferencias como (a) la concentración del poder en ejecutivos mayoritarios de partido único o la división del poder en amplias coaliciones formadas por varios partidos; (b) la correlación de fuerzas existente entre el ejecutivo y el legislativo; (c) el carácter multipartidista o bipartidista del sistema político; (d) el modelo mayoritario o proporcional del sistema electoral; y (e) los rasgos competitivos o corporativistas de la acción de los grupos de interés. Respecto de la segunda dimensión, federal/unitaria, que analizaremos en profundidad más adelante, podemos apuntar varias diferencias que determinan el carácter consensual o mayoritario de los Estados: su definición unitaria o centralizada, y la concentración o división del legislativo en una o dos cámaras.

La primera dimensión señalada por Lijphart se refiere a la amplitud de la participación de los partidos en el ejecutivo. Atendiendo a las formas de gobierno, podemos encontrarnos, tanto con ejecutivos de partido único como con gabinetes de coalición. Los primeros, como su nombre indica, están formados por un único partido que concentra todo el poder en el ejecutivo y el legislativo. Por el contrario, los gabinetes de coalición presentan diferentes tipologías que varían en función de la base de su apoyo: (a) los gabinetes ganadores mínimos son aquellos que cuentan con una mayoría de escaños parlamentarios, lo que permite definirlos como ganadores, aunque no incluyan a ningún partido que no sea necesario para alcanzar la mayoría absoluta, lo que los caracteriza como "mínimos"; (b) los gabinetes sobredimensionados cuentan con más partidos de los necesarios para alcanzar el control del legislativo y el ejecutivo; finalmente, (c) los infra-dimensionados no reciben el apoyo de la mayoría parlamentaria.

Lógicamente, dentro de una escala mayoritaria-consensual, el gabinete ganador mínimo de partido único se situaría en el extremo más mayoritario, mientras que el sobredimensionado estaría en el más consensual. En el primero de los modelos sólo los partidos estrictamente necesarios asumen el control del poder; en el segundo de los casos, el gobierno seguiría contando con la mayoría, aunque se prescindiese de alguno de los partidos.

Además de las políticas de coalición que se establecen en las diferentes coyunturas en cada democracia, existen una serie de elementos estructurales que determinan la tendencia hacia una u otra forma de participación de los partidos en el ejecutivo. En concreto, la caracterización del sistema político como parlamentario o presidencial condiciona los rasgos que se asuman en esta dimensión: en el modelo Presidencial tienen que ser ganadores mínimos por definición, ya que los Jefes de Estado son elegidos para desempeñar el cargo sin que dependan de la confianza del legislativo para su supervivencia.

Según señala Lijphart, Francia presentaría una tendencia hacia el modelo mayoritario, ya que (a) el 71,9% de gabinetes han sido ganadores mínimos desde 1945 hasta 2000 (cifras muy similares a las de los Estados Unidos, uno de los paradigmas del modelo mayoritario), y (b) el 53,1% se conforman por un único partido.

Otra de las distinciones establecidas por Lijphart hace referencia a las relaciones entre el ejecutivo y el legislativo. La tendencia parecería indicar que mientras el ejecutivo tiende a dominar al legislativo en el modelo mayoritario, por el contrario, la relación entre el ejecutivo y el legislativo debe ser más equilibrada en el modelo consensual. Planteado de otra manera: el sistema presidencial francés conecta más con un modelo mayoritario, mientras que el parlamentario español, por ejemplo, asume rasgos más consensuales.

Esta consideración "mayoritaria" de los sistemas presidenciales parte de la importancia cedida constitucionalmente al Jefe de Estado, que es elegido en la mayoría de las ocasiones por un periodo de tiempo durante el cual -y en circunstancias normales- no puede forzársele a dimitir mediante una moción de confianza del Parlamento. A este respecto, la Constitución Francesa ha establecido que el Presidente no es políticamente responsable, ni ante el Gobierno, ni ante el Parlamento, por lo que sus actos han de ser refrendados por el Primer Ministro, o en su caso por los ministros responsables (Art. 19).

Por otra parte, el modelo presidencial se diferencia del parlamentario en que el Presidente es elegido por votación popular -bien directamente, o bien por medio de un colegio electoral de elección popular-; por el contrario, los Primeros Ministros son elegidos por el legislativo. A este respecto, la Constitución Francesa (Art. 6) establece que el Presidente de la República es elegido por sufragio universal directo por un periodo de siete años -que tras el referéndum celebrado en septiembre de 2000 se ha reducido a cinco-, lo que (a) le otorga un papel preponderante al ser revestido de una autoridad moral superior a la de los miembros electos de otras instituciones, y (b) le confiere una mayor autonomía de los partidos y grupos políticos. Su elección se realiza a dos vueltas, en la segunda de las cuales sólo concurren los dos aspirantes que más votos hayan obtenido en la primera. Este sistema permite la participación de gran cantidad de candidatos apoyados por sus respectivas formaciones (8 en 1995, 16 en 2002, 12 en 2007), que, aunque carezcan de posibilidades para quedar en los dos primeros puestos, pueden cuantificar los apoyos recibidos y de esta forma negociar con los dos candidatos más votados contrapartidas a cambio del apoyo de sus electores en la segunda vuelta. A partir de este momento, el sistema electoral impide la dispersión de los votos de tal forma que uno de los aspirantes será apoyado por la mayoría absoluta de los ciudadanos.

Esta importancia del refuerzo que los dos candidatos mayoritarios podrían llegar a recibir de las listas minoritarias se ha mostrado determinante en el Estado francés, ya que el candidato mejor situado al comienzo de la contienda no tiene garantizada la mayoría en la segunda vuelta -y en consecuencia la Presidencia-, más que a condición de lograr el apoyo de otras opciones. Efectivamente, en los comicios de 1981 François Mitterrand, a pesar de contar con menos votos que Giscard d'Estaing en la primera vuelta, concitó las suficientes adhesiones para alcanzar la Presidencia en la segunda.

Sin embargo, los rasgos "mayoritarios" del sistema presidencial Francés vienen matizados por el carácter bicéfalo del poder en este Estado, derivado de la existencia, tanto de un Presidente elegido por vía popular, como de un Primer Ministro parlamentario. La dificultad en este tipo de sistemas -que podríamos clasificar como semi-presidenciales- estriba en determinar la mayor o menor importancia de cada una de las dos figuras dentro en la arena política. En este sentido, parecería que Francia asume rasgos inequívocamente presidenciales; sin embargo, a pesar de las prerrogativas constitucionales, el poder del jefe del Estado se ha basado históricamente en el apoyo de fuertes mayorías parlamentarias, lo que permite, contrariamente a las intenciones de la Constitución, el paso a un modelo que alterna fases presidenciales y parlamentarias.

En efecto, tras la victoria de los partidos de derechas en las elecciones legislativas de 1986 -que alzan a Jaques Chirac como Primer Ministro, siendo Presidente de la República el socialista Mitterrand-, se inicia una fase de equilibrio entre el legislativo y el ejecutivo. Paulatinamente, se deja de identificar el poder ejecutivo con el Presidente, con lo que aumenta la importancia del Primer Ministro, ya que el Presidente -poder ejecutivo según la Constitución- ve imposibilitada cualquier acción de Gobierno al ser bloqueadas sus propuestas en el Parlamento debido a la situación minoritaria de su partido. Por ello, este período de cohabitación supone la asunción de un papel preponderante por parte del legislativo -y del gobierno en consecuencia-, que se ve alternado con periodos de supremacía del ejecutivo siempre que las fuerzas que apoyan al Presidente y al Primer Ministro sean las mismas. Paulatinamente, los diferentes ciclos de cohabitación irán minando la importancia de la figura presidencial, excepto en algunas cuestiones relativas a la política exterior y de defensa, hasta que por medio de un referéndum se reduzca su mandato de siete a cinco años. De esta forma, los ejercicios del Primer Ministro y del Presidente coincidirían al objeto de evitar los periodos de cohabitación: lo que previsiblemente redundaría en la revalorización del poder legislativo. En cualquier caso, la victoria de la derecha en las presidenciales y legislativas de 2002 y sobre todo la victoria de 2007 y el carácter "especial" del Presidente Sarkozy ha redundado de forma clara en la revalorización de la figura del Presidente, que gracias a la limitación del mandato a 5 años se garantiza una mayoría parlamentaria paralela a su mandato presidencial.

Finalmente, este modelo presidencial va a estar fuertemente relacionado con la estructura de los partidos en el Estado francés. La necesidad de estas formaciones de presentar un candidato a la presidencia, y sobre todo, el poder del aspirante en el seno del partido, van a determinar un sistema político caracterizado (a pesar de sus rasgos bipolares) por la existencia de cuatro grandes formaciones que mantienen su peso específico en el sistema desde poco después de la instauración de la V república hasta finales del siglo XX.

En cualquier caso, los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2002 visualizan una modificación importante del sistema de partidos en Francia, concretada: (a) en la sustitución de la hegemonía del PCF (Parti communiste français) (-5,23% de votos respecto a 1995) por un espacio que podríamos identificar con la "extrema izquierda" (11%, +5,70); (b) por la división de la izquierda tradicional en dos familias, una de ellas minoritaria y representada por Chevènement (+5,36%), además del PSF (Parti Socialiste) (16,07%, -7,23%); (c) por la consolidación de formaciones que se sitúan al margen de las tradicionales familias de partidos surgidas del cleavage capital-trabajo, como es el caso del partido de "los cazadores", Chasse - Pêche - Nature - Traditions CPNT (4,28%) y de los Verts (5,25%); y (d) por el afianzamiento de la extrema como "tercera fuerza" en liza (Front National: 16,86%, +4,46%; Megret: +2,64%). Sobre la base de estos resultados, por primera vez en la historia de Francia, la extrema derecha pasa a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, movilizando el voto de la izquierda, el centro y la derecha en torno a la figura de Chirac.

Recientemente, las elecciones presidenciales de 2007 ha reordenado el panorama político en torno a dos formaciones mayoritarias (UMP - Union pour un Mouvement Populaire- con el 31,18% y PS con el 25,87%), así como 3 grandes espacios que sirven de coto de caza para ambas en la segunda vuelta (UDF-MoDem -Union pour la démocratie française-Mouvement Démocrate con 18,57%, Front National con 10,44% y la izquierda del PS que alcanza el 10% con la suma de los votos de LO, LCR, PCF, Verts y altermundialistas de Bové).

Otro de los elementos que establece Lijphart (2000) para identificar el carácter mayoritario o consensual de una democracia se refiere al sistema electoral. Sin entrar a analizar las diferentes tipologías, encontramos con que el método de elección por mayoría absoluta o relativa en distritos uninominales es el que más se ajusta al paradigma mayoritario, ya que el "ganador se lo lleva todo". En consecuencia, en este modelo, que es asumido por el Estado francés para las elecciones presidenciales, legislativas y departamentales, el partido que obtiene la mayoría nacional absoluta o relativa tiende a estar sobre-representado en términos de escaños parlamentarios (Lijphart, 2001).

  1. En el caso de las elecciones legislativas esta formula mayoritaria se completa con un sistema de elección a dos vueltas, en cada arrondissement. En la primera de ellas se requiere la mayoría absoluta para ser elegido, siendo suficiente la relativa en la segunda. Sin embargo los candidatos que no alcanzan un número suficiente de votos en primera vuelta (el 12,5%) no tienen acceso a la segunda.
  2. Los Consejos Generales (conseils généraux) se eligen en el caso de los departamentos por medio del sufragio universal directo en escrutinio uninominal a dos vueltas, a razón de un consejero por cada cantón. Para obtener el puesto se necesita la mayoría absoluta en la primera vuelta, o relativa en la segunda, estableciéndose el límite para concurrir en este último caso en el 10%.
  3. Por contra, para la elección de los Consejos Regionales (Conseils Régionaux), el sistema se basa en el sufragio universal directo en el marco de la región por medio de un sistema a dos vueltas que combina el modelo mayoritario con el proporcional.

De la misma forma, estos sistemas electorales van a asumir rasgos más consensuales o mayoritarios en función de otros elementos complementarios. Por una parte, el tamaño de los distritos va a condicionar la proporcionalidad, de tal manera que, a mayor tamaño, mayor desproporcionalidad habrá entre los resultados en votos y en escaños; creciendo las ventajas para los partidos mayores. Por otra parte, unos "umbrales mínimos" tan altos para la obtención de escaños o para concurrir a la segunda vuelta favorecen a los grandes partidos, aunque, en contrapartida, aumentan las posibilidades de negociación y la importancia de los apoyos que las formaciones pequeñas puedan llegar a ceder en caso de darse una disputa muy reñida entre los dos partidos más importantes. Como hemos visto, en el sistema político francés los umbrales mínimos son menores en las colectividades territoriales -y sobre todo en las Regiones-, lo que facilita el acceso a los círculos de decisión a los grupos menos importantes.

En base a estas y otras cuestiones Lijphart trata de medir el grado de desproporcionalidad de las diferentes democracias. En este sentido, el Estado Francés obtiene una de las puntuaciones más altas debido -según el autor (2000, 159-160)- a su sistema de elección en las legislativas por una parte, y el modelo presidencialista por otra.

El estudio de los rasgos que asumen los grupos de interés en sus relaciones entre sí y con el poder permite establecer otro de los elementos diferenciadores entre las democracias consensuales y mayoritarias. Según Lijphart (2001) el modelo de:

"grupos de interés típico de la democracia mayoritaria es el de pluralismo competitivo y no coordinado de grupos independientes";

por contra el sistema de corporativismo coordinado y orientado al compromiso es típico del modelo consensual. A fin de medir el grado de corporativismo o pluralismo entre los grupos de presión en las diferentes democracias, el autor establece un índice que varía entre la puntuación teórica 4 para el modelo más pluralista y la puntuación 0 para el más corporativista. Sin embargo, el resultado más alto es de 3,56 en Canadá, mientras que el más bajo es el de Noruega, con un 0,44. La media real se sitúa en el 2,24, y no en el 2 que correspondería a la teórica; lo cual es una muestra de la tendencia mas pluralista de las 36 democracias analizadas. Por su parte, Francia asume en este estudio una puntuación de 2,80, lo que hace evidente la importancia mayor del modelo competitivo en los grupos de presión frente a las tendencias corporativas.

Además de la relación ejecutivo/partido analizada en los anteriores párrafos existe, como hemos visto, una segunda dimensión que Lijphart utiliza para clasificar a las democracias en el eje consensual - mayoritario. Esta dimensión federal/unitaria explicita varias diferencias, entre las que destacaremos el grado de centralización-federalización por una parte, y la concentración o división del poder legislativo por otra.

Como señala Lijphart (2001, 177):

"en todas las democracias, el poder está necesariamente dividido hasta cierto punto entre gobiernos centrales y no centrales. Pero la división es muy desigual en la democracia mayoritaria. Para mantener la regla mayoritaria en el modelo mayoritario puro, el gobierno central debe controlar, no solo el aparato del gobierno central, sino también los gobiernos no centralizados que podrían competir con él. El modelo mayoritario es por lo tanto unitario (no federal) y centralizado. El modelo consensual está inspirado por el objetivo opuesto".

En este sentido, la caracterización de los Estados a partir de sus Constituciones permite establecer una distinción inicial entre Estados unitarios y federales. Pero cada uno de estos dos modelos puede asumir tendencias centralizadoras o descentralizadoras, de forma que encontramos con cuatro tipologías de Estados: (a) federal y descentralizado, (b) federal y centralizado, (c) unitario y descentralizado, (d) y unitario centralizado. Finalmente, se añade una nueva caracterización intermedia para aquellas democracias que pueden identificarse como semifederales. Dentro de estas cinco categorías, el Estado Francés se situaría sin lugar a dudas entre los unitarios centralizados, con una puntuación de 1,3, siendo 1 el modelo más unitario/centralizado y 4 el más federal/descentralizado. La razón por la que Lijphart otorga a Francia una puntuación mayor que otras democracias como Reino Unido, Irlanda o Portugal, se encuentra en el proceso de descentralización que se inicia en la década de los 80 con la creación de las Regiones. Previsiblemente, las reformas de 2002 y sobre todo la actual reforma encargada por Sarkozy redunden en un mayor peso del carácter descentralizado de Francia, aunque ello no modifique su caracterización como estado unitario.

Otra de las diferencias que establece Lijphart para analizar las democracias a partir de la dimensión federalismo/centralismo es la concentración o no del poder legislativo. Una de las posibilidades es que éste se centralice en una única cámara, lo cual tiende a reforzar un modelo mayoritario; por el contrario, cabe la posibilidad de que el ejecutivo esté dividido en dos cámaras constituidas de forma distinta. Este sistema bicameral está más relacionado con modelo de democracia consensual, aunque muchas segundas cámaras tiendan a carecer de la legitimidad democrática derivada de las urnas. Por otra parte, en el análisis de esta dimensión debe tenerse en cuenta el poder del Senado en relación con el Parlamento; de forma que aquellas que poseen el mismo o similar régimen de poder constitucional podrían definirse como simétricas, mientras que las que presentan menores poderes se definirían como asimétricas.

El segundo elemento que establece Lijphart (2001) a la hora de caracterizar los sistemas bicamerales se refiere a la posibilidad de que en estas instituciones se dé una sobre-representación de determinados colectivos. Este tipo de modelos incongruentes es, por naturaleza, típico de la mayoría de las democracias federales. Sin embargo, también es propio del Estado francés, ya que:

"el Senado es elegido por un colegio electoral en el cual las comunidades pequeñas, con menos de un tercio de la población, poseen más de la mitad de los votos. En atención a esta sobre-representación de pueblos pequeños y zonas rurales, Maurice Duverger llegó a caracterizar al Senado como la Cámara de Agricultura" (citado en Ambler, 1971, 165) (Lijphart, 2001, 197).

En efecto, los 321 miembros del Senado son elegidos en las elecciones senatoriales para un período de nueve años mediante sufragio universal indirecto por un colegio de "grandes electores" compuesto en cada departamento por diputados, consejeros generales, consejeros regionales y representantes de los municipios. Los miembros del Senado se renuevan por tercios cada tres años. Caracterización del Senado Francés que es importante desde el punto de vista de la participación de las unidades descentralizadas en el poder estatal, al permitir la representación de los intereses de las autoridades locales gracias al sistema del cumul des mandats que posibilita la acumulación de cargos políticos en una misma persona. En 1995 aproximadamente un tercio de los miembros del Senado eran también alcaldes. Sin embargo, una reforma de 2000 impide desde ese momento que un mismo electo comparta más de dos puestos de responsabilidad en las instancias territoriales del Estado.

Finalmente, en base a las anteriores tipologías, el autor caracteriza al Francés como un sistema de bicameralismo semi-fuerte con cámaras asimétricas e incongruentes.

Hemos dejado para el final el estudio del sistema de partidos y su influencia en la definición de una democracia como mayoritaria o consensual. Evidentemente, los sistemas bipartidistas van a ser típicos de un sistema mayoritario, mientras que el modelo es más consensual en los multipartidistas.

Sin embargo, existen diferentes posibilidades a la hora de establecer tipologías de sistemas de partidos en los diferentes Estados. Una de las clasificaciones más aceptada es la de SARTORI. Para este autor, en primer lugar se deben dilucidar dos elementos relevantes: (a) la fuerza electoral, concretada en escaños mide las posibilidades de coalición o de chantaje de un partido dentro del sistema en cuestión; y (b) la polarización, o distancia ideológica que separa los partidos en competencia.

"Combinando ambos criterios se elabora la siguiente tipología: sistemas de partido único; de partido hegemónico (que no permite la competición de otros partidos por el poder); de partido predominante (un único partido mantiene una posición de mayoría absoluta de escaños durante al menos tres legislaturas consecutivas); bipartidista; de multipartidismo limitado y moderado (entre tres y cinco partidos con escasa distancia ideológica entre sí, con una competición bipolar de bloques y una tendencia centrípeta); multipartidismo extremo y polarizado (más de seis partidos relevantes, con considerable distancia ideológica entre sí, que da lugar a oposiciones bilaterales y a una competición multipolar de tendencia centrípeta); y multipartidismo atomizado (en el que el poder se encuentra totalmente fragmentado, con diez, veinte, o más partidos relevantes)".

En el caso francés, la tendencia hasta la década de los 80 es reducir las fuerzas políticas en escena mediante la oposición de una coalición de derechas a otra de izquierdas. Bipolarización que se ve favorecida por un sistema basado en un escrutinio mayoritario a dos vueltas con umbrales bastante altos, situados en el 12,5%, lo que disminuye notablemente la dispersión del voto en la segunda vuelta (DUVERGER, 1974). Este modelo, que permite concurrir en la primera vuelta a gran número de candidatos que pueden negociar su apoyo a las fuerzas mayoritarias. De esta forma, se permite combinar el multipartidismo, presente en la primera vuelta, con las tendencias bipartidistas de la segunda vuelta de las legislativas, y sobre todo de las presidenciales.

En este sentido, el modo de elección del Presidente favorece la bipolarización; ya que los efectos del escrutinio uninominal mayoritario a dos vueltas se ven amplificados por la circunstancia de que a la segunda vuelta sólo puedan concurrir los dos candidatos que logren la mayor cantidad de sufragios en la primera ronda. Para DUVERGER (1974) este modelo de elección presidencial favorece las alianzas bipolares, que deben asumir un alto grado de estabilidad ya que un cambio podría desorientar al electorado.

Sin embargo, desde el punto de vista de los partidos que constituyen el sistema francés, el modelo bipolar cede paso al multipartidista tras las elecciones de 1978. La razón se encuentra (a) en la ruptura de la unidad de la derecha en dos formaciones: el RPR (Rassemblement pour la République) y la UDF, y (b) en la profundización de la tradicional división en la izquierda entre el SFIO/PSF y el PCF. En cualquier caso, los comicios de 1981 suponen el renacer del bipolarismo por el agrupamiento de las 4 tendencias en dos bloques, aunque el PSF, el PCF, la UDF y el RPR continúen afirmándose separadamente.

A su vez, el análisis de SARTORI puede completarse con la tipología utilizada por LIJPHART (2001: 75), quien, precisamente a partir de la obra de Jean BLONDEL, trata de completar los estudios elaborados por el primero. De esta forma, establece cuatro categorías de sistemas de partidos. En primer lugar delimita (a) el sistema bipartidista, dominado únicamente por dos grandes partidos, en el que a pesar de que pueden existir otras formaciones en el Parlamento, sin embargo no cuentan con un número de escaños lo suficientemente significativo como para ser tomados en cuenta o condicionar las políticas de alianzas en este sistema. La segundo tipología sería (b) la de "dos partidos y medio", que caracteriza aquellos casos en los que existen dos grupos importantes, y un tercero que a pesar de ser significativamente menos poderoso que los anteriores presenta un potencial de coalición y un papel político importante. En tercer lugar, nos encontramos con sistemas multipartidistas cuando existen más de "dos partidos y medio", pudiendo ser (c) multipartidista con un partido dominante, o (d) multipartidista sin partido dominante.

Siguiendo este esquema, LIJPHART trata de comparar las 36 democracias, obteniendo la media de formaciones concurrentes en cada Estado y legislatura durante el periodo de estudio, de forma que Francia, según sus mediciones, cuenta con una media de 3,43 partidos; siendo 2,5 la cifra más baja, y 4,88 la más alta de las 10 elecciones analizadas.

Como puede observarse, esta cifra no hace más que redundar en lo ya apuntado: refleja la mayor importancia de las tendencias bipartidistas o multipartidistas en función de la unión o separación de las fuerzas de derecha e izquierda a lo largo de las diferentes elecciones. De ahí el consenso en definir el sistema de partidos francés durante la década de los ochenta y noventa como un sistema de pluralismo moderado con ciertas tendencias al bipartidismo entre izquierdas y derechas (COTARELO, 1993; MARTÍNEZ SOSPEDRA, 1996; TAJADURA, 1997).

Sin embargo, algunos autores como BRÉCHON (1999) cuestionan esta caracterización, y afirman que el modelo de partidos francés asume rasgos de un sistema de pluralismo extremo y polarizado. La razón se encuentra en el significativo incremento del número de candidatos que se presentan en las elecciones legislativas, que ha pasado de una media de 9 en 1993 a 12 en 1997, (como hemos apuntado, en el caso de las presidenciales de 2002 se ha pasado de 8 a 16 aspirantes), o en el hecho de que, tal y como señala, los tres partidos más significativos -PSF, PCF y RPR- sólo sumasen el 65% del electorado en 1995 (que desciende en 3 puntos la primera vuelta de las legislativas de 2002).

A pesar de todo, si bien esta interpretación es cierta, y el sistema de partidos francés cuenta con una cantidad de actores cuantitativamente superior a la de otros Estados, esta cuestión no invalida el hecho de que sólo dos de ellos cuentan con capacidad de gobierno (Union de la Gauche y derecha), ya que ni los trotskistas ni la extrema derecha parecen una alternativa de poder real; y hasta ahora, el sistema electoral a dos vueltas ha recompuesto el electorado en torno a dos opciones de gobierno y a dos familias de partidos.

En cualquier caso, las elecciones de 2007 aportan un nuevo elemento a este juego, concretado en los sorprendentes datos de la democracia cristiana de Françios Bayrou, que el la primera de las vueltas suma el 18% de los votos contra todo pronóstico. A pesar de todo, la caracterización de esta formación como un partido de notables con un muy bajo nivel de cohesión interna (debido al peso de unos cargos electos locales -departamentales y regionales- que en muchas ocasiones presentan intereses contradictorios a los de su dirección) no parece que pudiera modificar a corto plazo el modelo tendente al bipartidismo, aunque de acuerdo con BRECHON, podría amplificar el carácter pluralista de los resultados de la primera vuelta.

Los principales grupos políticos que históricamente conforman el sistema político francés presentan grandes diferencias a nivel ideológico, identitario y organizativo. Desde el punto de vista interno encontramos partidos que, como el PCF, manifiestan un alto grado de institucionalización y control sobre el medio (EHRMAN, 1992), frente a formaciones como la UDF que podríamos caracterizar como partidos en fase de gestación -cuando menos hasta finales de los 90- (HANLEY,1999).

En este sentido, excepto para este último caso, parece común la existencia de una coalición dominante que controla las zonas de incertidumbre de sus grupos y se sitúa en la cúspide del partido. Sin embargo, existen importantes diferencias en lo que se refiere al poder de las elites intermedias en el seno de cada organización. Así, en el caso del RPR, la importancia de los notables locales es crucial, a pesar de que el sistema presidencial asumido por la organización centralice la mayor parte de los recursos en los escalones superiores (EHRMAN,1992; CHADEL, 2001). Por su parte, la izquierda concede especial importancia a los escalones intermedios, no tanto por el peso específico de los cuadros en estos niveles, sino por una opción estratégica que prima la expansión y organización del partido desde la base. Finalmente, el caso de la UDF es el más claro ejemplo de una formación de notables, como lo demuestra el hecho de que éstos no respeten las directrices del centro en muchas de las ocasiones, primando políticas que les permitan mantener el control de sus "feudos locales" (CHADEL, 1999). Quizá el ejemplo más paradigmático serán las dificultades que su líder encuentra tras las elecciones de 2007, siendo incapaz de persuadir a muchos de sus dirigentes locales para aceptar la disciplina de voto definida desde la dirección, cara a la segunda vuelta.

A su vez, nos encontramos con diversas formas de relación entre los parlamentarios/senadores y la estructura directiva del partido. En este caso, el modelo más rígido parecería el del PCF, aunque los diputados han roto en algunas ocasiones la disciplina de partido (BRECHON, 1999). Nuevamente el caso más excepcional es el de la UDF, cuyos cargos electos nacionales crean grupos independientes de su partido, o cuando menos comparten las siglas de la UDF con las de su otra organización. En este sentido, (a) los rasgos específicos del sistema político francés que permiten la existencia de una casta política de electos que tradicionalmente han servido de mediadores entre una periferia rural y un centro desde el que se planifica la organización del Estado se une con (b) un particular sistema que permite hasta 2000 acumular varios cargos en una misma persona, lo que ha permitido un modelo de partidos fuertemente condicionados por relaciones notabiliares -y en ocasiones clientelares- que determinan las relaciones de poder en el seno de las formaciones políticas, sobre todo en las de derechas, y fundamentalmente en la UDF (EHRMAN,1992; HANLEY,1999).

Desde el punto de vista ideológico, estos cuatro partidos abarcan las familias políticas más importantes de partidos que históricamente se desprenden del cleavage poseedores/desposeídos (SEILER, 1982); desde las opciones comunistas hasta las más conservadoras. De esta forma, las cuatro organizaciones podrán ser identificadas con las corrientes ideológicas más importantes: comunismo, socialismo, liberalismo y conservadurismo.

El segundo de los aspectos que permite la movilización de los militantes y configura los marcos de identificación partidista es el de la identidad. Nuevamente, la creación del ellos/nosotros en estas formaciones presenta cierta heterogeneidad. Sin embargo la nación va a caracterizarse como un elemento unificador en todos los grupos, convirtiéndose en la pieza clave desde la que se elabora el resto de ideas fuerza.

  1. En el caso del RPR-UMP Francia va a ser fundamento -casi teológico- del resto de sus valores; libertad, familia, seguridad y mercado solo son posibles a partir de esta pieza fundamental: la nación francesa. Paralelamente, esta fuerte identidad garantiza la institucionalización de un partido con cierto discurso populista y fuerte peso de los notables.
  2. En el resto de grupos, el ideal nacional republicano también va a convertirse -aunque en menor medida- en la clave de su identidad: sobre todo en el PSF, que identifica a ésta con la laicidad. Es desde este concepto de laicidad desde donde conecta con su ideología socialdemócrata y desde donde se entiende su concepción sobre la forma de organización territorial del Estado.
  3. Por su parte, en la UDF-MoDem, la nación es uno de los elementos clave de su corpus identitario. A partir de ahí justifica la concepción europeísta y liberal que aglutina a sus miembros.
  4. Finalmente, en el PCF la nación se presenta como la clave explicativa de una nueva forma de democracia y ciudadanía, así como su definición anti-capitalista y movimentista.

Desde aquí se entiende la posición de estas fuerzas respecto de las periferias. Si bien todas muestran un rechazo frontal al nacionalismo -que es presentado como el anti-ideal republicano-, pueden encontrarse diferentes sensibilidades en relación con el proceso de descentralización.

  1. La postura más cerrada es la del RPR-UMP, que se históricamente se ha opuesto frontalmente a cualquier modificación del marco institucional en clave identitaria, aunque actualmente esté encabezando la reforma funcional del Estado;
  2. Por el contrario, el PSF mantiene la posición más abierta, y ha sido el protagonista de los procesos de descentralización estatal, sabiendo acercar en diferentes ocasiones a determinados sectores nacionalistas de las periferias;
  3. La postura de la dirección del PCF es aperturista en cierta medida, ya que desde un discurso de profundización democrática se ve obligado a defender una política descentralizadora que acerque los organismos públicos a los ciudadanos (sin embargo, las bases del partido van a mostrar menos permeabilidad a estas reformas, oponiéndose en ocasiones al discurso de la dirección, en paralelo, el PCF en su conjunto rechaza cualquier reforma en clave identitaria);
  4. Por último, en la UDF-MoDem se conjugan desde posiciones atrevidas sobre la forma de organización institucional a discursos jacobinos que hasta rechazan la oficialización de las lenguas minoritarias.

Sin embargo, de lo que no hay ninguna duda es que a pesar de los intereses estratégicos de cada una de estas fuerzas en las diferentes unidades sub-estatales -que los puede hacer más o menos abiertos a ciertas sensibilidades periféricas- la realidad desde la que operan es la nacional. Y ésta es la de una población, en general, marcada por un componente identitario republicano/nacional -en muchas ocasiones retro-alimentado por el discurso de estos partidos- que niega el más mínimo cuestionamiento de la integridad de la República -y sobre todo del hexágono-. No obstante, según Thierry MICHALON (2000), a pesar de que la concepción de "metrópoli" no figura en la constitución francesa, la distinción entre ésta y los "territorios de ultra-mar" es un elemento fundamental a tener en cuenta a la hora de analizar las posturas de la administración en torno al proceso de descentralización. En este sentido, consideramos que en el Estado Francés se ha ido consolidando un cierto espíritu aperturista y federalizador hacia estos territorios -cuya expresión más clara son los acuerdos de Nueva Caledonia y de Córcega- que, sin embargo, se rechaza trasladar al continente. De ahí una de las razones del diferente tratamiento por parte del Gobierno ante las demandas de los electos corsos y de Iparralde.

El siguiente cuadro trata de apuntar algunas tendencias en estos partidos en base a variables apuntadas en este apartado a fin de facilitar una mejor comprensión del sistema de partidos francés).

Variables determinantes en las formaciones políticas
P.S.F.P.C.F.R.P.RU.D.F.
Fuente: Elaboración propia
IdeologíaSocial-democrataComunistaConservadoraLiberal
IdentidadLaicidadAnti-capitalismo Nación FrancesaEuropeismo
Relación ideología / identidadPrima la ideologíaPrima la ideologíaPrima la Identidad----
Grado de institucionalizaciónAltoMuy AltoAltoBajo
Poder de las estructuras intermediasMedio-altoMedioMedioAlto
Poder de los notables localesMedioMedioMedio-altoAlto
Apertura a las periferiasMedioBajoMuy bajoMedio
Coalición dominanteEstableUnidaEstableInestable y desunida
Opción de gobierno (3)SiNo SiNo
Control sobre el Grupo ParlamentarioMedioMedio-AltoMedioBajo

El Partido Socialista, con una fuerte institucionalización, parecería funcionar sobre el modelo de dominación legal-racional: (a) con una organización que concede gran importancia a las reglas formales y establece los mecanismos internos para que se hagan respetar; (b) con una cultura de toma de decisiones democrática, con mecanismos bastante desarrollados en la elección de sus responsables y de la línea política a través de los procesos congresuales; (c) dotados de una serie de procedimientos que permiten el equilibrio -al menos teórico- de poderes, y la representación en las diferentes instancias organizativas del partido, incluso en la dirección, a las minorías y a los niveles intermedios; y (d) que concede una cierta importancia a las bases, conectando con las características de un partido de masas que pretende lograr una movilización ciudadana.

Por el contrario, la UDF-MoDEm parece más cercana al modelo de dominación tradicional, fundamentalmente por su estructuración a través de elites notabiliares que legitiman su poder en el partido en base al liderazgo que mantienen en los niveles institucionales intermedios del Estado -fundamentalmente en las regiones-. Su función no es tanto la movilización ciudadana a nivel nacional como el control por parte de estos notables de sus respectivos territorios de caza, configurándose como un partido de cuadros.

Por su parte, el Partido Comunista presenta una cultura organizativa que responde a las características (a) del sector de la sociedad que trata de reclutar, y (b) de los grupos de interés y movimientos sociales con los cuales mantiene estrechas relaciones. Así, se presenta como un partido obrero -o de las "clases populares"- de manera que a pesar de que su militancia es bastante heterogénea, sus órganos de dirección se componen en su mayor parte de obreros y empleados. Es un partido que trata de desarrollar un trabajo de base gracias a la ligazón que mantiene con una serie de organizaciones satélites y sindicatos: el Movimiento de la Juventud, la Unión de Mujeres de Francia, la CGT, el sindicato de enseñanza FSU... En definitiva, es un partido que trata de mantener una cierta cultura popular.

Finalmente, el RPR-UMP se presenta también como una formación que trata de responder a las inquietudes de una serie de grupos sociales -profesionales por cuenta propia o cuadros medios y superiores del sector privado fundamentalmente-. Paralelamente, trata de mantener una movilización de sus recursos por medio de lazos informales con colectivos como sindicatos patronales, asociaciones de padres de familia o religiosas. Su estructura viene determinada por un liderazgo carismático que parece emanar de la figura de su fundador y que configura un partido que trata de mimetizar a la nación. De ahí, la figura presidencial que rige y domina de forma efectiva la vida interna del partido, la disciplina de sus cargos electos, o los mecanismos de control que se establecen sobre los escalones intermedios del partido (BRÉCHON: 1999).

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