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Carlismo y Guerras Carlistas

El movimiento, ideología y partido político denominado carlismo toma su nombre del primer pretendiente al trono español y de Navarra al acaecer la muerte de su titular Fernando VII, Carlos María Isidro de Borbón, hermano del finado.

No nos referiremos en este artículo al pleito dinástico, harto conocido, que separa en dos a los Borbones españoles y con ellos a sus seguidores, por ser una cuestión hasta cierto punto tangencial a nuestros propósitos y de fácil consulta en cualquier manual de Historia de España. Nos referiremos, pues, a las repercusiones fundamentales que dichos pleito y muerte acarrearon a Euskalerria tales como guerras, abolición foral, nacimiento de un sentimiento foralista, división irreconciliable del país en dos bandos (1936), etc., sin perder de vista el origen profundo de las mismas que trataremos de describir conforme aflore al hilo mismo del relato.

Carlos María Isidro de Borbón

Carlos V. Conde de Molina. Hermano de Fernando VII de España y tío de Isabel II. Nació en Madrid en 1788. Al fallecer su hermano (29 septiembre 1833), se negó a reconocer a Isabel y pasó a Portugal donde contaba con la alianza del Principe Miguel. Allí (Abrantes) se autoproclamó rey de España, el 1 de octubre del mismo año. A esta proclama le sucedió la Guerra de los Siete Años o Primera Guerra Carlista (1833-1839). Habiéndose trasladado a Gran Bretaña por imperativos táctico-diplomáticos, huyó de la isla y entró en el país por Zugarramurdi, Navarra, la tarde del 9 de julio de 1834. El 12 mismo nombraba a Zumalacárregui Jefe de Estado Mayor. Tras la muerte de su primera esposa, María Francisca de Braganza-Portugal (4 de septiembre 1834), contrajo matrimonio con María Teresa de Braganza, princesa de Beira (1838). Al fracasar en su intento de apoderarse de la corona española pasó a Francia residiendo en este país (Bourges). En 1845 abdicó en sus pretendidos derechos a favor de su hijo Carlos Luis, conde de Montemolín. Después se trasladó a Italia y finalmente a Trieste donde falleció el 10 de marzo de 1855. Su esposa le sobrevivió 19 años.

Carlos Luis de Borbón y de Braganza

Carlos VI. Conde de Montemolín. Hijo de Carlos María Isidro, pretendiente al trono de España. Nació en Madrid en 1818. Al abdicar su padre (1845) en sus derechos a favor suyo, tomó el título de conde de Montemolín. Tras la gestión y fracaso de su proyecto de boda con Isabel II, realiza varias intentonas de levantamiento (1845-1849 Cabrera en Cataluña) (1860 Ortega y Elío en San Carlos de la Rápita); siendo capturado en la última junto con su hermano, fue constreñido a renunciar a sus pretensiones reales el 23 de abril de 1860. Puesto en libertad, falleció en Brousée el 13 de enero de 1861. Había casado con María Carolina Fernanda de Nápoles Borbón-Dos Sicilias (1850).

Carlos María de los Dolores de Borbón y Austria-Este

Carlos VII. Duque de Madrid. Conde de Dicastillo. Nieto del primer pretendiente al trono de Isabel II, Carlos V. Nació en Liubliana (antigua Leibach austriaca, hoy prospera ciudad yugoslava) el 30 de marzo de 1848. Era hijo de Juan de Borbón y de Braganza y de Beatriz de Austria-Este. En Italia ingresó en el ejército siendo teniente de artillería (1859). A pesar de la renuncia de su familia al trono español, lanzó su candidatura ayudado por su abuela, la princesa de Beira, que redactó un manifiesto titulado Carta a los españoles (1864) que no fue aprobado por don Juan hasta 1868. Casó en 1867 con Margarita de Borbón Parma. Quiso aprovechar la "Gloriosa" mediante un maniesto que redactó el 3 de junio de 1869. Por estas fechas se autotituló duque de Madrid. El 18 de abril de 1870. tomó personalmente la dirección del partido carlista. El 2 de mayo de 1872 entró en Navarra por Vera para ponerse a la cabeza de las partidas que comenzaban a proliferar al socaire de la inestabilidad política del momento. Derrotado por los alfonsinos, volvió a traspasar la frontera que separa a las dos Navarras el 27 de febrero de 1876: la restauración de una monarquía moderada, y, principalmente, el canovismo, socavaron su base política poco a poco. Fue expulsado de Francia en 1880. Viudo desde 1893, casó, al año siguiente con María Berta de Rohan. En su edad madura aún alentó un intento de sublevación (Badalona, 1900). Murió en Varese (Italia) el 18 de julio de 1909, a los 61 años de edad. Heredó sus aspiraciones su hijo don Jaime.

Jaime de Borbón Parma

Duque de Chalvet. Hijo de Carlos VII y de Margarita de Borbón Parma, nace en Vevey (Suiza) el 27 de junio de 1870. Fue oficial del ejército austríaco (1893) y alférez del ejército ruso (1896). Tomó parte en la guerra contra los boxers y en la ruso-japonesa. El Zar le hizo coronel de húsares de la Guardia Imperial. Tomó la cabeza del partido carlista (denominado en este periodo jaimista) en 1909, redactando su primer manifesto el 4 de noviembre de este año. Por su postura aliadófila se malquistó con un sector del partido (el de Vázquez Mella y los tradicionalistas) durante la Primera Guerra Mundial. A esta querella se agregó la queja que formulaban muchos carlistas sobre el celibato del pretendiente. Murió en Paris el 2 de octubre de 1931 después de haberse reconciliado con Alfonso XIII, a la sazón también en el exilio. Sus derechos fueron recogidos por su tío, hijo de don Juan, Alfonso Carlos de Borbón y Austria-Este.

Alfonso Carlos de Borbón y Austria-Este.

Duque de San Jaime. Hermano de Carlos VII. Nació en Londres el 14 de septiembre de 1849. Ingresó en el ejército austríaco y, posteriormente, en los zuavos pontificios. Casó en 1871 con María de las Nieves de Braganza Portugal. No tuvo hijos. Asistió a la segunda guerra carlista (1872-1876) en el frente de Cataluña (1873) pero debido a roces con su hermano se retiró a Alemania y posteriormente a Gratz. Al morir don Jaime quedó como portaestandarte del carlismo durante el periodo 1931-1936. Murió de accidente en Viena en septiembre de 1936 siendo el último representante de la línea directa masculina descendiente de Carlos V.

Xavier de Borbón Parma

Hijo del último duque de Parma que era descendiente de Felipe, hijo del rey Felipe V de España. Pretendiente al trono español por la rama carlista, era, sin embargo, un colateral de la misma. Fue nombrado regente del partido carlista cuando el descendiente directo (aunque por vía femenina) don Carlos de Habsburgo, nieto de Carlos VII, contaba con 27 años de edad. Esto disgustó a algunos carlistas ya que don Xavier pretendía también a la corona francesa por ser descendiente del conde de Chambord: El Conde dio luz verde a la designación y ordenó a sus militantes que esperaran al final de la contienda civil. Don Xavier conspiró activamente contra la República. Ocupada Francia, donde residía, por los alemanes, se enroló en la Resistencia y apresado por la Gestapo fue encerrado en el campo de concentración de Dachau. Mientras tanto, un grupo de carlistas disidentes marchó a Italia a ofrecer sus servicios a Carlos de Habsburgo (1943) precipitando la ruptura entre ambas ramas. Al sobrevenir la liberacion de Francia, don Xavier se afincó en este pais desde donde lanzó un manifiesto a los españoles instándoles a instaurar una regencia. Su heredero es don Carlos Hugo.

Carlos Hugo de Borbón-Parma

Hijo de don Xavier y de doña María Magdalena de Borbón nació el 8 de abril de 1930. Ha estudiado derecho en París y Ciencias Económicas en Oxford. Al morir el 24 de diciembre de 1952 su rival don Carlos de Habsburgo, se dedica a activar la vida del partido y a hacer viajes propagandísticos por el país cuya corona pretende. Casó en abril de 1964 con la princesa Irene de Holanda. Fue expulsado del territorio español en 1968 denegándosele la nacionalidad española.

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La noticia de la muerte de Fernando VII llegó al País Vasco el día 1 de octubre planteando agudamente en todas las conciencias la necesidad de una decisión rápida acorde con las circuntancias. Aquellas ciudades en las que existía una presencia militar respetable -San Sebastián, Pamplona-, permanecieron, como es natural, en poder gubernamental. No así aquellas en las que un golpe de audacia bastó para reducir a un poco numeroso núcleo de liberales sumergidos en plena población hostil. Tal es el caso de Vitoria y, sobre todo, de Bilbao. Esta última es la primera población vasca en enarbolar la bandera del hermano de Fernando VII. El día 3, un grupo de rebeldes se apodera del Corregidor y del diputado Uhagón proclamando al día siguiente a Carlos V. El autor del golpe es Orbe, marqués de Valdespina, secundado por el resto de la Diputación. A continuación se alzan Orduña y Balmaseda, huyen las autoridades liberales de Portugalete (día 4) quedando el municipio abandonado durante varios días. El día 6 se libra en Los Arcos, Navarra, el primer encuentro de la naciente guerra en el que Lorenzo hará prisionero a don Santos Ladrón, destacado líder carlista, junto con 30 de los suyos. Fracasado el levantamiento en Navarra, indecisa Guipúzcoa, será en Álava donde se producirá el siguiente estallido. "En esta provincia -nos dice Serdán- todo el mundo se fijó en D. Valentín de Verástegui, árbitro por su prestigio e influencia, y por su cargo de Jefe Superior de los naturales armados, de los destinos de Álava". El día 7, Verástegui, al frente de las partidas de Bernedo, Badayoz, Laguardia y Valdegobía, se presenta ante los muros de Vitoria. La guarnición se retira a Guipúzcoa y Verástegui entra en la ciudad donde proclama a Carlos V. La Diputación de Álava, reunida en secreto, decide distanciarse prudentemente de los rebeldes, negándoles representatividad. Su objetivo será mantener el orden y ofrecer una resistencia pasiva a los rebeldes hasta saber a qué atenerse. Muy distinta será la actitud que siga la Diputación navarra; simpatizante de la causa carlista así como la gran masa de la población navarra e incluso pamplonesa, pero, inmovilizada entre las murallas de una ciudad custodiada por tropas leales, se ve obligada a lanzar (10 octubre) una lánguida proclama exhortando a los navarros a mantener la paz y la obediencia.

Los liberales son una minoría ínfima en la capital del viejo reino dándose el caso de que de los 8 regidores del ayuntamiento sólo 3 confiesen su lealtad a la reina. En Guipúzcoa, San Sebastián, erigida en Capitanía General de las Vascongadas, es el único bastión firme del liberalismo. Tenderos, capitalistas y comerciantes ozganizan rápidamente la defensa de la plaza movidos no tanto por el entusiasmo hacia la reina niña sino por el rencor a la provincia a la que adivinan hostil y proclive al carlismo. La Diputación, reunida en Azpeitia, mantiene una actitud expectante mientras saltan los primeros chispazos de la rebelión -Alzaá en Oñate (8 octubre), Lardizabal en Segura (10 octubre), Urtizberea en Irún (12 octubre)-. Trasladada a Tolosa por requerimiento del capitán general Federico Castañón (10 octubre) -Azpeitia se suma al campo rebelde al frente de Carlos Bernardo de Iturriaga-, su actitud en Tolosa es ambigua, acorde con las contradicciones internas de sus componentes, liberales moderados desertados por varios compañeros pasados a la facción: Manuel de Ozaeta Barrueta, Ramón de Lardizabal, Hurtado de Mendoza, etc. Su tibia proclama a favor de la reina será violentamente criticada por el progresismo donostiarra. El 14 de octubre Sola, virrey de Navarra, declara el estado de guerra en el reino y hace fusilar a don Santos Ladrón creando así el primer mártir de la contienda. Aquella misma noche salen de Pamplona varios centenares de hombres a unirse a los sublevados. El nuevo cabecilla, Eraso, fracasa en su intento sin embargo y huye a Francia (20 octubre). Queda Iturralde a cuyas huestes dirige la Diputación una proclama recordando la inmemorial inexistencia en Navarra de la Ley Sálica (22 octubre). En Azpeitia se constituye la primera Junta carlista que nombra comandante en jefe de Guipúzcoa al coronel Ignacio Lardizabal (18 octubre). Circulan las primeras partidas; una de ellas compuesta por cerca de 3.600 hombres libra un primer encuentro con los gubernamentales en Tolosa (octubre 22). Isabel II es proclamada solemnemente en San Sebastián el día 30 de octubre. La Diputación se niega a asistir alegando que es costumbre en Guipúzcoa celebrar primero el funeral del rey saliente... San Sebastián es la primera ciudad del país en proclamar lealtad a la reina.

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Un coronel guipuzcoano residente en Pamplona, antiguo combatiente antinapoleónico a las órdenes de Jáuregui, comandante luego de uno de los batallones realistas en el levantamiento anticonstitucional de Navarra, don Tomás de Zumalacárregui e Imaz natural de Ormaiztegi, abandona subrepticiamente Pamplona la noche del 2 de noviembre de 1833. Licenciado en el ejército fernandino por sospechoso, su objetivo es asumir el poder de las diversas partidas que pululan en el país. El día 5 tiene lugar en la casa del coronel Iturralde en Aguilar la nominación de la primera Junta Carlista de Navarra que sustituye a la Diputación a la que se considera prisionera de las tropas en Pamplona. El día 14, víspera de la constitución de esta Junta, Zumalacárregui recibe el nombramiento de comandante general de Navarra. Se le exige en esta ocasión "adhesión a los fueros y leyes de este Reino..." El 7 de diciembre las Diputaciones carlistas de Bizkaia y de Gipuzkoa acatan también su mandato en Etxarri-Aranatz. El guipuzcoano se convierte así en el jefe indiscutido de todas las partidas y Navarra en el centro de la guerra. Al asumir el mando cuenta con tres batallones de infantería y un escuadrón de caballería, amén de las partidas guipuzcoanas, vizcaínas y alavesas, al mando estas últimas de Uranga. ¿A qué se debe este rápido reconocimiento? El movimiento, que surgió pujante, se ha visto amenazado por el avance fulminante de Sarsfield. Tras barrer la resistencia del cura Merino, Sarsfield toma Vitoria el día 21 de noviembre y Bilbao el día 25. Cunde el desaliento entre los carlistas, y como corolario, la necesidad de un mando único. Como consecuencia de la caída de Vitoria se acogen a indulto el tercio de Vitoria, el batallón de Burgos y los de Rivabellosa, Ayala y Villanueva... Envalentonado, el general Castañón emite un bando suspendiendo los fueros de Bizkaia y Álava "exceptuando Guipúzcoa en la parte que está encomendada a su Diputación legítima". Navarra, al dividirse el territorio del Estado español en 49 provincias, queda convertida en una provincia más, desconociéndose su calidad de reino. El país se ve abocado a la guerra como única solución: la cuestión foral pasa a primer plano.

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Durante diciembre Zumalacárregui adiestra a su tropa procurando no ofrecer una batalla a cara descubierta hasta hallarse mínimamente preparado. Las filas carlistas han engrosado, la hostilidad hacia las autoridades liberales aumenta: "Sr. escribe el general Castañón despechado- no hay más fidelidad en estas Provincias en clase de Pueblos que San Sebastián y Eibar... y en las personas fuera del pueblo de San Sebastián, el corregidor de Bilbao, Mota, el Diputado Uhagón y asesor de este ejército Arana..." Valdés, sucesor de Sarsfield, alarmado ante la magnitud de la rebelión, ordena formar (21 diciembre), en Vitoria un batallón de Milicia Urbana. La Diputación liberal de Vizcaya se queja (24 diciembre) de la falta de cooperación de los ayuntamientos: "La Vizcaya feliz con sus fueros, expone diariamente la suerte futura cuanto más difiera su sumisión a la Reina..." El primer encuentro de los liberales con un verdadero ejército carlista tiene lugar el 29 de diciembre en el valle de la Berruera. Zumalacárregui amenazó con fusilar a todo voluntario que volviese la espalda al enemigo. Apostados entre Nazar y Asarta, aquellos campesinos recién entrenados batieron a las tropas reunidas de Oraá y Lorenzo haciéndolas huir a la postre, dejando en el campo cerca de 350 cadáveres. Desde las Amescoas, donde se retira, Zumalacárregui prosigue la reorganización y los golpes de sorpresa que le llevarán en 1835 a hacerse con todo el país. A comienzos del nuevo año (17 enero) ocupa por un tiempo Aezkoa, Roncesvalles y luego penetra en Salazar y Roncal. La guerra se endurece: una R.O. del 22 ordena destinar a los facciosos aprehendidos a las colonias de Africa, Cuba o Filipinas, el virrey de Navarra amenaza con apresar (24 enero) a los alcaldes, regidores y curas que no den cuenta de movimientos enemigos, Castañón califica a los vascos de "canalla" (parte del 27 de enero), Zumalacárregui condena a muerte a la Diputación de Navarra (11 febrero), Quesada inicia (2 marzo) la política de represalias. Pero los carlistas no se arredran; el 27 de enero se apoderaban de la Fábrica Real de Armas de Orbaiceta, incomunican San Sebastián mediante partidas volantes que impiden la llegada del correo (parte de Castañón, 27 enero), hostilizan a Espartero en Oñate (marzo 2), sitian Portugalete (marzo 22) y atacan Vitoria (marzo 16). Zumalacárregui entra en la capital de Alava haciendo fusilar en represalia a 118 txapelgorris. Evacuada la plaza al anunciarse la inminente llegada de Espartero, el 29 de marzo presenta nueva batalla entre Abárzuza y Muro derrotando a los cristinos que tienen que retirarse a Estella. De aquí en adelante las escaramuzas son incesantes, las vías de comunicación comienzan a hacerse peligrosas para las tropas gubernamentales. La guerra acaba, pues, de prender definitivamente. Pero ¿puede esperarse que estos reveses influyan en la actitud del gobierno de Madrid?

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10 de abril de 1834. Si el gobierno Cea Bermúdez, contemporizador con apostólicos y liberales, no contentó a ninguno de los dos partidos, menos puede decirse que lo hiciera el del político y dramaturgo Martínez de la Rosa. Liberal doceañista al que los años y el exilio habían dulcificado en sus posturas, de la Rosa es el principal artífice de aquella gran componenda que fue el Estatuto Real, especie de carta otorgada que resucita viejos elementos de la arqueología política tales como los estamentos, los próceres, etc. El Estatuto Real o Constitución de 1834 pretende recopilar la tradición española y la novedad francesa. Ahora bien, desde el punto de vista de las "provincias exentas", es una constitución más, un código político-administrativo que desaloja automáticamente al propio, o, como es el caso del Estatuto Real, que lo ignora y procede como si no existiera. Por ello ninguna Diputación, junta o ayuntamiento -salvo San Sebastián- aprueba la nueva constitución que obliga a las tres provincias y al viejo reino a enviar procuradores a unas Cortes ajenas. El 20 de mayo el real decreto sobre elecciones es impugnado por las Diputaciones de Vizcaya y de Navarra. Las Juntas de Gipuzkoa, ante lo irremediable, aceptan siempre que sean las Juntas las que designen a los procuradores (primeros de julio). Tras innumerables protestas y conminadas por gruesas multas las autoridades vascas se ven obligadas a jurar el Estatuto y enviar representantes. La obligatoriedad de este juramento y el contrafuero que esta aceptación del Estatuto conlleva proporciona, como era de esperar, nuevas armas a la revuelta: "Entonces fue -dice Egaña (Ensayo...)- cuando la guerra civil adquirió tan impetuoso desarrollo, que al año preciso de las Juntas generales de Tolosa ya dominaban los carlistas exclusivamente en las tres provincias vascongadas y Navarra, sin que los defensores de la causa de Isabel II poseyesen más que las cuatro capitales, circunscritas al interior de sus muros, el fuerte de San Antón de Guetaria y el de Behobia".

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9 de julio. El mismo día que don Carlos atraviesa la frontera por Zugarramurdi, Quesada es sustituido en el mando por Rodil. El cubano Quesada ha sido batido tres veces por el mismo Zumalacárregui: el 21-22 de abril en la llamada acción de la venta de Altsasua, el 26 de mayo en la sorpresa nocturna de Muez y el 19 de junio en la emboscada de Dallo. Sus reveses y los de sus predecesores deciden al gobierno de Isabel II a firmar con Inglaterra, Francia y Portugal, el tratado de la Cuádruple Alianza. Don Carlos, por su parte entra en el campo de batalla asistido por la Europa "reaccionaria" del momento: Rusia, Prusia y el Imperio austrohúngaro. Mediante este tratado España recavará la ayuda de las monarquías liberales europeas cuando su situación en las provincias vascas y catalanas sea desesperada.

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9 de julio - 4 de noviembre. Otro militar curtido y endurecido en el arte de la guerra hubo de ser también sacrificado en el frente del norte. En contraposición a la estrategia clásica del gallego, Zumalacárregui optó por la guerrilla, el golpe de mano, la sorpresa insidiosa. La guerra se reaviva en Guipúzcoa y Vizcaya. Zabala ataca Eibar (26 julio), enclave liberal, donde a los hombres armados se suma un batallón de mujeres voluntarias. Bermeo es atacado en agosto, Bergara en septiembre (5), Andéchaga, Sopelana y Mazarrasa penetran en Burgos llegando hasta Villarcayo (18 septiembre). Pero los mayores éxitos son los de Zumalacárregui que logra rechazar (30 julio) a Rodil, Carrera, Espartero, Manzanedo y Lorenzo -la plana mayor cristina- en el puerto de Artaza. En las Peñas de San Fausto (19 agosto) el caudillo carlista sorprende a las tropas liberales apoderándose de 6.000 duros, pertrechos, y, sobre todo, de la clave en la que el gobierno envía sus partes al ejército. En Viana (14 septiembre) la caballería carlista se enfrenta por primera vez a la cristina desbaratándola. O'Doyle es derrotado por el guipuzcoano en la llanada alavesa (27-28 octubre). Es una guerra de usura, de represalias -quema de Aránzazu y del convento de Vera (agosto y septiembre)-, de dureza -fusilamientos ordenados por Zumalacárregui a aquellos voluntarios que no se atrevieron a entrar en Etxarri-Aranatz-, de crueldad -bando del general Lorenzo (14 octubre), por el que se prevee pena de muerte para los alcaldes que obedezcan órdenes de los rebeldes y destierro para los que tengan hijos en la facción-. Como si fuera poco, en agosto se enseñorea el cólera del país...

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Espoz y Mina general en jefe del Ejército del Norte. Un viejo guerrillero navarro liberal, el general Espoz y Mina será el encargado por Madrid de frenar el incontenible empuje carlista (4 noviembre). Pero la maniobra no surte efecto. Como reconoce Mencos: "el general Mina había dirigido la guerra en Navarra, pero sin fruto; su popularidad de los años 1809 a 1814 había desaparecido, porque ahora defendía una bandera identificada con principios impopulares". Secundan al navarro una serie de vascos: Jáuregui llamado Artzaia, Oraá el Lobo Cano, su lugarteniente Goyeneche, Iriarte, Gurrea, etc. A finales del año (15 diciembre), Zumalacárregui ya ha lanzado una advertencia al navarro de lo que valen sus fuerzas al detener a Córdoba, Oraá y otros a orillas del Ega en Arquijas. Pero donde verdaderamente han de medir su talla ambos maestros de la guerrilla es en el valle de Baztán cuyos destacamentos gubernamentales se ven en continuos aprietos a comienzos de 1835. Zumalacárregui ha formado ya un ejército considerable con cuartel general en las Amescoas, Desde Navarra sus golpes parten audaces al corazón de las provincias circundantes sumándose a la gran movilidad el hecho de tener a su servicio un gran número de espías y confidentes en el seno de un país adicto. De esta forma no sólo puede controlar el territorio sin ocuparlo sino constreñir a los alcaldes al pago de contribuciones de guerra. Dos son sus objetivos: poner fin a las correrías de Artzaia que con sus txapelgorris y carabineros recorre Gipúzcoa recalando después de cada acción en Bergara, Ordizia, Tolosa o San Sebastián, y, en segundo lugar, echar definitivamente a los cristinos de Baztán a fin de "limpiar" la línea fronteriza. Una de las primeras maniobras de Mina entonces fue cerrar el acceso al valle por la Burunda. Pero en enero de 1835 la audacia del carlista llega hasta ocupar Lekaroz, Irurita y Elbetea, acercándose a la guarnición de Elizondo; en Guipúzcoa toma, con cerca de 3.000 hombres, Zumarraga y Urretxu. Al día siguiente en Zelandieta (2-3 enero) consigue por fin Zumalacárregui neutralizar a Jáuregui que se verá impedido de efectuar sus habituales correrías: el control carlista de Guipúzcoa es cada vez mayor. Ahora puede dedicarse, sin dejar de hostigar en pequeña escala, a la conquista de Baztán. El asedio de Elizondo lo comienza Sagastibeltza el 4 de febrero mientras su jefe distrae al enemigo nuevamente en el puente de Arquijas (5 febrero). Ocaña, al que Mina enviaba a socorrer Elizondo es objeto a su vez de una emboscada viéndose obligado a hacerse fuerte en Ziga (6 febrero). En pleno temporal de nieve acude Zumalacárregui al cerco de Ziga que abandona el 12 de febrero ante la proximidad de Mina. No llegan a verse ambos rivales esta vez; no así en marzo (12) en que las tropas de uno y otro se enfrentan en el monte Larremiar con encarnizamiento. Mina escapa milagrosamente de caer prisionero y de sufrir una tremenda derrota pero logra al fin romper el cerco de Elizondo. Entonces es cuando exasperado ordena la quema de Lekaroz (14 marzo). Zumalacárregui retirándose prudentemente sorprende a la guarnición de Etxarri-Aranatz apoderándose (19 marzo) de esta plaza, punto estratégico en el camino real de Pamplona a Vitoria. El 8 de abril de 1835, Espoz y Mina, enfermo y achacoso, presenta su dimisión. El día anterior otro vasco célebre, Joseph Augustin Chaho, abandonaba el territorio carlista tras su "viaje a Navarra" de dos meses.

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Abril - junio de 1835. Valdés, Ministro de Guerra y nuevo General en Jefe del Ejército del Norte intenta, a fin de no seguir la suerte de sus predecesores, elaborar un nuevo plan por el cual se evacúa el país, se reagrupa el ejército abandonando los puntos fortificados que no puedan resistir, y se establece la línea defensiva gubernamental en el Ebro. A esta conclusión llega el nuevo general en jefe tras ser desbaratadas sus tropas en la batalla de las Amescoas (19-24 abril). Por estas fechas ambas partes estipulan un tratado, al que se llega por mediación del comisionado inglés lord Elliot, por el que se comprometen a adoptar diversas medidas para suavizar la crueldad inaudita de esta guerra. El país cae, poco a poco, en manos carlistas: Gernika y Treviño entre otras localidades. El 15 de mayo Zumalacárregui fija su Cuartel General en Estella y el 25 pone sitio a Ordizia cuya guarnición se resiste tenazmente. Marcha entonces Espartero con varias columnas liberales en socorro de la plaza. Habiendo acampado en el alto de Deskarga (2 de junio), los soldados liberales son sorprendidos por un destacamento de lanceros de Bizkaia enviado a reconocer el camino por Eraso. El descalabro cristino es total. Caen a continuación en cadena Ordizia, Tolosa, Bergara, Eibar, Otxandio, Durango en manos carlistas. Pronto la casi totalidad del territorio vasco, a excepción de las capitales, escapa al control gubernamental. Las milicias urbanas y las guarniciones se refugian en San Sebastián o Bilbao. Baztán es evacuado el 15 de junio. El cuartel general de Carlos María Isidro se traslada a Bergara.

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Muerte de Zumalacárregui. Lograda la ocupación del país, el próximo objetivo es la conquista de una ciudad a fin de dar prestigio internacional al levantamiento. En Durango, convertido en Corte, se debate la operación a ejecutar para proseguir la guerra. Don Carlos y su camarilla quieren emprender el asedio de Bilbao mediante cuya capitulación se podrá. obtener un fuerte empréstito francés. Prevalece esta opinión sobre la de Zumalacárregui que hubiera preferido apoderarse de Vitoria y del camino de Castilla, más viable militarmente. El día 10 de junio de 1835, sin pérdida de tiempo, Zumalacárregui se apodera de Lutxana, Banderas, Abando y Deusto además de los altos de Miravilla y el Morro. Se conmina a la villa el 12 y comienza el cerco al día siguiente. El 15, Zumalacárregui recibe un tiro en una pierna que resultará de consecuencias mortales días después. Prosigue al mando de las operaciones Eraso. El 17 intentan entrar en la ría varios buques conduciendo tropas pero se ven obligados a retroceder debido a las gabarras cargadas de piedras que les cierran el paso. Mientras sigue el asedio, Zumalacárregui se debate entre la vida y la muerte atendido por diversos médicos -Grediaga, Gelos, Boloqui, Burguess- y por el curandero "Petrikillo". El día 30 una reunión de altos mandos cristinos en Portugalete -Latre, Espartero, Clemente, Oraá, etcétera- decide, desobedeciendo órdenes superiores, acudir, por tierra, en auxilio de Bilbao. El día primero de julio, a la semana de la muerte de Zumalacárregui, los carlistas levantan el cerco. El nuevo jefe supremo del ejército, Fernández de Córdoba entra en Bilbao (4).

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1835. Un espíritu curioso, el teniente inglés Hardman, describe así al enemigo con el que le tocó enfrentarse: "Los cuerpos francos carlistas eran más numerosos y mucho menos escrupulosos que los de los cristinos; de hecho tendían más a comportarse como bandidos. Eran de muchas clases: cada partida constaba de varios cientos de hombres, de ordinario oscilaban entre 200 y 1.000, y eran mandadas en la mayoría de los casos por jefes que, además de ser de carácter valiente y hasta temerario, se creían expertos militares; estas partidas, engrosadas con voluntarios y desertores y expulsadas por los cristinos de los lugares donde llevaban a cabo sus depredaciones, eran a veces convertidas por los carlistas en batallones regulares e integradas en su ejército. Además de estos contingentes grandes, había otros menores, sobre todo de caballería, de 50 a 200 caballeros cada uno, que aparecían repentinamente en las aldeas donde no se les esperaba y ni siquiera se tenían noticias de su existencia, y, después de saquear a los infortunados habitantes, se las arreglaban, a marchas forzadas y gracias a su gran conocimiento del terreno, para eludir a las tropas enviadas contra ellos. A las patrullas volantes o guerrillas de gran movilidad no vale la pena mencionarlas, pues aunque merodeaban por casi todas las provincias españolas, se componían solamente de 10 a 20 hombres, generalmente campesinos armados; aunque se decían carlistas, eran desautorizados por éstos y fusilados como bandidos por las autoridades de la reina cuando caían en sus manos. El arriero, indiferente al peligro, conduciendo por el camino sus mulas bien cargadas; el dragón solitario, portador de despachos militares; el rezagado exhausto; el oficial que, acompañado por un solo asistente, va a reunirse con su regimiento después de un breve permiso, resultado de una grave herida; éstas eran generalmente las víctimas en que se cebaban los volantes. [Hardman, Frederick: La guerra carlista vista por un inglés, "Temas de España", Taurus, 1967, pp. 34-351]". Un político liberal inglés, probablemente el conde de Claredon, se refiere a las dificultades que entraña la guerra llevada a cabo en un país hostil: "Para aquellos que no han estado en las provincias insurrectas es casi imposible el concebir una idea clara de las dificultades conque un ejército regular tiene que enfrentarse, en un país lleno de montañas, donde cada roca es una inaccesible fortaleza, donde las provisiones hay que encontrarlas y donde la población se compone de enemigos activos e inteligentes". Ernest Bois-le-Compte en Essai historique sur les provinces basques... (Bordeaux, 1836), comenta: "La guerrilla es su situación predilecta. Un navarro en guerrillas, con un fusil en la mano y vino en abundancia, se encuentra, puede decirse, en estado normal". Navarra tuvo, en el apogeo de la guerra, hasta 13 batallones de infantería de a ocho compañías cada uno. Uranga dispuso en 1837 que cada batallón contara con 800 plazas. Las cuatro provincias contaban en 1835 con los siguientes hombres y caballos:

HombresCaballos
Álava 3.680 80
Guipúzcoa 3.885 ninguno
Navarra 10.790 567
Vizcaya4.579 72
Total 22.934 719

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Guías de Navarra: chaqueta gris, pantalón blanco, alpargatas, boina roja provista de borla amarilla, canana. Lanceros de Navarra: Boina roja con borla blanca, capote gris, lanza con gallardete amarillo y rojo. Batallones de infantería navarra: Boina blanca menos el 5.° que lleva azul.

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Voluntarios alemanes.

Príncipe Schwarzemberg, conde de Boos-Waldeck, von Rappard (capitán del regimiento de hulanos de la Guardia), barón Bernardo de Plessen, August von Goeben (teniente del 24 regimiento de infantería prusiana), coronel barón von Rhaden (jefe del Cuerpo de Ingenieros del Ejército prusiano), Príncipe Félix Lichnowsky, Príncipe Stolberg, diplomático von Vaerst.

Voluntarios portugueses.

Una compañía. Conde de Madeira (teniente general del ejército de don Miguel).

Voluntarios italianos.

Conde de Mortara (ex coronel de Estado Mayor).

Voluntarios ingleses.

Henningsen, capitán inglés, fue el delegado de los tories ingleses en la corte carlista y formó parte del escuadrón de la Legitimidad. El coronel Merry encabezó un cuerpo de ingleses compuesto por trasfugas de la British Legion de Lacy Evans. Inglés era también el cirujano Hurguess, uno de los que atendieron a Zumalacárregui.

Legitimistas franceses al servicio de Carlos V.

Conde de Rampeault, Vizconde de Labarthie, Marqués de La Roquette, coronel Adrien de la Houssaye, teniente coronel Bourmont, oficial Aubert, capitán Bezard, vizconde de Barres du Morland, barón Luis de Lamidor, José de Lespinasse.

La Legión Auxiliar Extranjera, compuesta en su mayoría por trasfugas de los extranjeros al servicio de María Cristina, estaba compuesta por 450 hombres mandados por Manuel María de Craywinkel. Su cuartel general estuvo en Salinas de Léniz.

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Desde los primeros días de octubre de 1833 San Sebastián constituyó su milicia nacional al mando de Joaquín Sagasti. Su ejemplo fue seguido por las poblaciones importantes. La Diputación de Gipuzkoa acordó la formación de una columna para ayudar a la tropa. Pamplona constituyó una milicia en noviembre y la Diputación de Bizkaia creó en diciembre un cuerpo de 200 a 300 paisanos que colocó bajo las órdenes de una Junta de Armamento en la que figuraban Antonio de Arana, Gabriel de Orbegozo y Miguel de Lizarra. En Vitoria se formó también en diciembre por orden de Valdés a fin de defender la plaza, mal fortificada, de las partidas de Uranga. En Eibar el propio ayuntamiento se vio forzado a crear una milicia después de la penetración carlista del 8 de enero de 1834. Esta población se vanagloriaba de tener 180 jóvenes en la columna de Jáuregui, dehaber armado a todos los hombres de 14 a 70 años y a "cien heroinas". Algunos urbanos pagaron cara su lealtad a la reina como fue el caso de los 36 milicianos de Villafranca de Navarra que fueron fusilados el 27 de noviembre de 1834 por los carlistas tras una larga resistencia en la torre de la iglesia. Pero aquéllos con los que el odio implacable de los carlistas se ensañaba era con los txapelgorris, cuerpo heterogéneo constituido principalmente por compatriotas a sueldo llamados por ello "peseteros". "Siendo esta tropa de gente opuesta al modo de pensar de lo general de sus compatriotas, era mirada por ellos con odio acerbo dice Alcalá Galiano (Historia de España, VII. p. 379)-, y pagaba a sus aborrecedores con afectos iguales a los que era objeto, resultando de ahí que en la guerra cometía actos de violencia altamente vituperables". 118 de ellos fueron pasados por las armas en marzo de 1834 según el Diario de Uranga. Tampoco tuvieron mejor suerte con el ejército español. Espartero, deseando castigar algunos actos de bandidaje y ciertos sacrilegios que se les imputaba, hizo fusilar, a suertes, a 12 de ellos (Gomecha, 13 diciembre 1835). Como consecuencia de esta brutal represión muchos txapelgorris dejaron el cuerpo y otros se pasaron al enemigo. En 1835 al capitular las principales localidades vascas a los carlistas, las milicias se refugiaron en las capitales. Todas estas fuerzas, junto con las legiones extranjeras enviadas en 1835, ayudaron muy eficazmente al ejército ocupante.

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El 17 de mayo de 1835 las Cortes españolas deciden solicitar la ayuda prevista en el tratado de la Cuádruple Alianza. El 19 de junio el gobierno inglés autoriza a Lacy Evans a que constituya una Legión británica. El 28 de este mes el rey de los franceses, Luis Felipe de Orleans, autoriza a la Legión Extranjera de servicio en Argelia a que pase a España. Se solicita en Francia la inscripción de voluntarios liberales. La más importante de las dos fue la británica.

La "British Legion". La formación de este cuerpo de mercenarios se debió a la labor del embajador de España en Londres, el alavés Miguel Ricardo de Alava. El 10 de junio de 1835 comenzó la leva de voluntarios con destino a la península con contrato para dos años. Rápidamente se formó un cuerpo compuesto de tres regimientos de lanceros, 3.000 soldados de artillería y 12 regimientos de infantería, reclutados principalmente en las ciudades más populosas del reino tales como Londres, Manchester, Glasgow, Edimburgo y Dublin. Al frente de este cuerpo marchaban Evans, Barnard, Shaw y Chichester. La tropa, compuesta en su mayoría por aventureros, empezó a trasladarse a su destino (Santander y San Sebastián) el 2 de julio del mismo año acabando el desplazamiento ya en agosto. En octubre fueron concentrados en Vitoria, donde permanecen hasta abril del año siguiente dejando tras de sí a los cadáveres de cerca de 1.500 compañeros víctimas del tifus, la disentería y, tal vez, del envenenamiento criminal obra de un panadero carlista. Fracasados los planes de Fernández de Córdoba, la legión es enviada a San Sebastián donde luchará hasta su licenciamiento en junio de 1837.

La Legión Francesa. Entró en Vitoria el 13 de enero de 1836. Ascendía a cerca de 4.000 mercenarios de parecidas características a las de los británicos.

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De Mendigorria a Arlabán. Al desaparecer Zumalacárregui comienza la división del partido carlista, división, que había de llevarle a la ruina: la corte prefiere a González Moreno -militar responsable de la muerte de Torrijos-, a Eraso o Maroto, preferidos por los combatientes. Pasa a predominar en el movimiento, el partido llamado de los ojalateros, responsable de un gran número de atropellos a la foralidad y de incontables intrigas. La desazón provocada por la muerte del prócer carlista fue aprovechada también por un misterioso personaje, el escribano Muñagorri que ya por aquellas tempranas fechas había madurado su plan de pacificación del país mediante la separación de los intereses forales de los del pretendiente. Aprobado el proyecto por el gobierno, no se le dio sin embargo curso hasta mucho más tarde. También en el campo liberal ha cambiado el mando de manos. Fernández de Córdoba inaugura su mandato bajo el feliz auspicio de su entrada en Bilbao tras el asedio. La suerte le sonríe nuevamente el 16 de Jul. de 1835 en una de las batallas -la de Mendigorria- más cruentas de la guerra. González Moreno con cerca de 18.000 hombres tuvo que retirarse de mala forma logrando a duras penas huir el pretendiente. Su rival, Maroto, consiguió sin embargo derrotar (11 agosto) a la columna de Espartero en la llamada acción de Arrigorriaga. En Guipúzcoa los carlistas rechazan el primer choque con la British Legion en las cercanías de Hernani. Pero, a pesar de los primeros éxitos de Fernández de Córdoba, el país sigue controlado por los rebeldes que gozan de la protección subrepticia de la población. "Me percato -escribe el oficial británico Richardson-, a pesar del escaso tiempo transcurrido desde nuestra llegada, que los habitantes de Vitoria son mucho más carlistas que partidarios de la Reina". El 10 de diciembre de 1835 comienzan en Ariñez (Álava) las labores de fortificación previstas en el nuevo plan de Córdoba. Este contaba con encerrar a los carlistas en un cinturón de 250 kms. unido entre sí, de trecho en trecho, por 60 fortificaciones. La base de operaciones sería Vitoria, cuya guarnición cuenta con más de 20.000 hombres. Fernández de Córdoba pretendía ir empujando poco a poco a los rebeldes hacia los Pirineos y la costa. El día 3 de enero consigue que los txapelgorris de Vitoria ocupen Elorriaga, Arkaute e Ilarraza, en las cercanías de la capital de Álava. Lleno de confianza en sí mismo trata entonces de romper la línea de Arlabán que se extiende desde Villarreal de Álava hasta Salvatierra. Del 16 al 19 de enero se desarrolla entonces una batalla en la que el general cristino tuvo que replegarse hacia Vitoria, de donde había salido dispuesto a entrar en Guipúzcoa y apoderarse de Oñate. El 25 intenta tomar el castillo de Guevara pero se retira amedrentado sin poder vengar el desastre de Arlaban. Todos los esfuerzos del "imaginativo" general quedaron reducidos a la hipotética línea de bloqueo que para mediados de febrero llegaba ya desde Pamplona hasta la frontera. Una vez establecidos los fortines ya no supo qué hacer. En mayo redobló su intento de apoderarse de Oñate vía Arlaban siendo, por segunda vez desbaratados sus planes por Eguía y Villarreal. En abril trasladó a la Legión Británica a San Sebastián para ayudar a la ciudad a aflojar la presión carlista (batalla de Ayete). Un intento frustrado de recuperar Hondarribia (11 de julio), acaba de desesperarlo. El 19 de julio Fernández de Córdoba presenta su dimisión, tras un año de inútiles esfuerzos.

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13 de agosto de 1836. La reina gobernadora, sorprendida en la Granja por el golpe de mano de varios sargentos progresistas, vuelve a promulgar la Constitución de 1812. Automáticamente la constitución única española ocupa el lugar de los fueros particulares. Se disuelven, pues, las Diputaciones forales y se nombran nuevas provinciales. El 15 de octubre un Real Decreto restablece la ley de Cortes de 1823 relativa al gobierno económico-político de las provincias.

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23 octubre - 25 diciembre de 1836. Nuevamente acomete a los jefes carlistas la necesidad imperiosa de apoderarse de Bilbao. Es Juan Bautista Erro, ministro universal de Carlos Maria Isidro, vascólogo con prurito de hombre de ciencia, el que logra convencer a la Junta carlista reunida en Durango de la necesidad inmediata de abordar la empresa. Así pues, el 23 de octubre se sitúan estratégicamente alrededor de la villa el II batallón de Guipúzcoa, él I y V, más parte del VI, de Vizcaya, el III de Navarra y algunas compañías alavesas y aragonesas. El 2 de noviembre penetra en la villa el último auxilio gubernamental procedente de Portugalete. El 7, Eguía se apodera de Desierto, Luchana, Arriaga, Capuchinos, Banderas, San Mamés y Burceña, cerrando la ría con un puente de barcas. Permanecerá Bilbao sin comunicaciones con el exterior durante cerca de dos meses. Sólo a comienzos de diciembre se anuncia la llegada a las proximidades de las tropas de Espartero que chocan con las de Eguía entre el 5 y el 16 y son rechazadas por las carlistas. La noche de navidades Espartero, tras áspera batalla, logra arrollar a los rebeldes, pasa el río Asúa y penetra en la villa a las 9 de la mañana. La caída del puente de Luchana proporcionó al militar manchego el título de conde de este nombre.

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1837. Tanto carlistas como liberales podían haber acabado con la guerra en 1837. Pero ninguno de los dos lo llegó a hacer. La monarquía liberal de Cristina atraviesa una crisis económica debida a su incapacidad administrativa y fiscal. La lucha entre moderados y progresistas, el intervencionismo del ejército y los clamores del pueblo alcanzado en lo más vivo por las calamidades de la guerra crean un "impasse" político en el gobierno central. Tanto en el aspecto político como en el militar las luchas y el desorden de los gubernamentales repercuten en el campo de la guerra donde a las sublevaciones de la tropa se agregan las órdenes contradictorias que sumen a las autoridades leales vascas en la confusión y la amargura. Por parte carlista, la falta de recursos económicos y el fracaso del asedio de Bilbao, serán los que introduzcan el desaliento que lleva a los ejércitos al derrotismo. Para salir de este callejón sin salida, los altos mandos carlistas deciden entonces emprender una expedición al corazón de la península con el ánimo dé conquistar Madrid. Los primeros meses de este año se emplean en diversas labores de fortificación -Estella, Guevara, Larraga-. En marzo tiene lugar una de las más famosas victorias carlistas, la batalla de Oriamendi, en el frente guipuzcoano. El día 10, la British Legion había logrado apoderarse del alto de Ametzegaña intentando tornar Txoritokieta, Antondegi y San Marcos. Tras muchas bajas, los carlistas logran quedarse en el terreno disputado. La línea que ocupan los liberales desde Astigarraga hasta Ayete forma un ángulo cuyo vértice es el Oriamendi. Los carlistas, temerosos de perder sus posiciones piden ayuda al infante don Sebastián que se hallaba a cerca de 100 kms. Aprovechando los últimos éxitos, el día 15 Evans insiste. Jáuregui dirige un violento ataque a la bayoneta contra el fuerte de Oriamendi logrando ocuparlo. Los auxilios enviados oportunamente por el infante don Sebastián proporcionan la victoria con la recuperación de Oriamendi. Reforzada la moral de los carlistas con este éxito se inicia el retiro de tropas con vistas a la Expedición Real. Espartero traslada las suyas a San Sebastián a fin de aliviar a esta ciudad del apremio carlista (fines de abril). Aprovechando el vacío provocado par la marcha de gran parte de los rebeldes, logra tomar Hernani el 24 de Mayo. El 16 de este mes sale de Estella la Expedición Real. Los altos mandos del ejército carlista en estos momentos son: Infante don Sebastián, general en jefe, González Moreno, jefe de Estado Mayor, Joaquín Elío, secretario militar, y, Villarreal, primer ayudante. Componen el cuerpo expedicionario 17 batallones, 1.000 caballos y 300 artilleros sin piezas. Esta expedición, que duró aproximadamente 6 meses, fue rumbo a Castilla pasando por Aragón y Valencia. Queda en el país Uranga con 5 batallones en Urnieta y Hernani como Capitán General de las Vascongadas y Nav. Por parte liberal, un gran contingente del ejército de la reina sale también en persecución de la expedición carlista. No obstante, en el frente guipuzcoano, los carlistas van a perder una serie de plazas que habían mantenido durante años. El 16 de Mayo cae Oiartzun, el 17 Irun, el 18 Hondarribia, el 29 Andoain, pero las dificultades económicas frenan el movimiento por ambas partes: el 4 de Jun. estalla la insurrección del regimiento escocés que ocupa Hernani extendiéndose a las tropas inglesas y españolas del frente guipuzcoano. Por su parte, las Diputaciones carlistas experimentan dificultades invencibles para suministrar pan y provisiones a sus gentes. A mediados de junio la Legión Británica abandona el país... Agosto y setiembre marcan la cúspide de la crisis de la monarquía liberal; a los acontecimientos españoles de índole general se suman las sublevaciones de Vitoria y Pamplona acaecidas en agosto.

El 17 de Ag. el batallón de Almansa y los guerrilleros liberales de Zurbano irrumpen en la capital alavesa asesinando al Comandante General interino, Liborio González, al capitán Blan Royo, al Jefe de la Plana Mayor Ramón López y a otros militares así como al Diputado General Diego López Cano, al miembro de la Diputación Manuel de Arandia y al abogado vitoriano José de Aldama, director del "Boletín Oficial". El 26 estalla otro motín, esta vez en Pamplona. Los "cuerpos francos" de la guarnición de la capital del viejo reino matan a los generales Sarsfield y Mendívil. Espartero hará fusilar en noviembre al coronel León Iriarte, al comandante Pablo Barricart y a 8 sargentos acusados de haber pretendido proclamar la independencia de Nav. Mientras, Uranga aprovecha para apoderarse de Peñacerrada (24 Ag.), clave de las comunicaciones con la Rioja. El 12 de Set., llega la Expedición Real a las puertas de Madrid. M.ª Cristina, que había intentado llegar a un arreglo con los expedicionarios, rechaza ahora sus ofertas. La situación política en la villa y corte ha cambiado y ya no necesita ayuda. A los dos días de inútil espera, el ejército carlista se retira sin haber conseguido nada. Tras un penoso viaje de vuelta, don Carlos cierra la catastrófica expedición con la proclama de Artziniega (25 Oct.) que causó gran desazón en todas las personas inteligentes de la causa. Se vio, con sorpresa, que los generales Zaratiegui y Elío eran detenidos y presos en Artziniega, que el ministro de guerra Cabañas perdía la cartera, que Villarreal era deportado y que González Moreno era destituido en su puesto de Jefe de Estado Mayor del Ejército. Incluso el infante don Sebastián cae en desgracia. En lugar de estos mandos ascienden a los primeros puestos el Conde de Negri, el Duque de Granada y el cura Juan Echeverria. Mueve los hilos, en el fondo, Arias Teijeiro. La expedición no aportaba otro fruto que "divisiones, rencillas, envidias y una siembra de bajas pasiones que iban a granar y madurar en los fusilamientos trágicos de Estella y el traidor abrazo de Bergara (Oyarzun: Historia del..., p. 118)." Comenzaba, pues, la descomposición final del carlismo. Abandonando el plano militar vemos que 1837 es también un año importante, por prefigurar, hasta cierto punto, cuál va a ser el final de esta contienda interminable. A comienzos de año Mencos facilita a Muñagorri una entrevista con el conde de Toreno. Se trata del viejo proyecto del escribano de Berastegi de lanzar la bandera Paz y Fueros. El 3 de Feb. una R. O. restablece las Diputaciones Forales de Bizkaia, Álava y Gipuzkoa; no hay duda que a las fuerzas ocupantes les resulta de mayor eficacia la autoridad legítima porque "por su prestigio y simpatías, hallará más fácilmente los recursos necesarios para proveer a los importantes objetos que en el día están cometidos con preferencia a su cargo... (R. O. del 23 de Feb. dirigida a las autoridades vizcaínas)". La medida, por lo demás, era puramente transitoria "hasta que las circunstancias den lugar a que se puedan hacer otras elecciones en debida forma". Espartero trata, a mediados de mayo, de contactar con Muñagorri, que declara a las autoridades de San Sebastián que aún no se han reunido condiciones propicias para desarrollar su plan. El 19 Espartero lanza en Hernani una proclama paradójica por la que promete perdonar y conservar los grados a los que depongan las armas así como conservar los fueros al país -paradójica puesto que los fueros estaban ya suprimidos desde la Sublevación de la Granja. Si esta proclama apenas tuvo la virtud de llamar la atención de las masas del país escarmentadas por los acontecimientos, no fue así en los medios del partido progresista donde causó viva alarma. El Eco del Comercio, periódico progresista de gran audiencia en San Sebastián, desautorizó la promesa del general y desencadenó una agria polémica, en la que liberales de ambas tendencias defendieron y combatieron alternativamente las instituciones milenarias del país. En cuanto al gobierno, su actitud fue ambigua, a merced de los embates políticos del momento. A primeros de junio vemos aparecer en la escena política a otro de los personajes claves del desenlace del drama carlista. Eugenio de Aviraneta, que el 4 recibe una comisión del ministro de gobernación. Desde Bayona este misterioso individuo inmortalizado por Baroja se ocupará de averiguar los planes del campo carlista... El 28 de Jun. se promulga la Constitución progresista de 1837. Se trata de la vieja carta de 1812 remozada. Los fueros, cuya existencia garantizara Espartero en su reciente proclama, eran nuevamente abolidos.

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Primer intento de Muñagorri. El año 1838 se inicia bajo el signo de la desmoralización carlista. Tras el fracaso de la Expedición Real, las potencias centrales dejan de apoyar a Carlos María Isidro. El pueblo, tanto en zona liberal como en territorio carlista, esquilmado por las exacciones y por las depredaciones normales en tiempo de guerra, desea ardientemente la paz. Los liberales vascos y las tropas cristinas también. Los generales que dirigen las fuerzas de ocupación extorsionan a los ayuntamientos de las plazas donde se hallan acantonadas para conseguir anticipos en espera de las cantidades que el gobierno les adeuda -la insolvencia gubernamental es crónica-. En de 1838, el general O'Donnell llegó a amenazar con fusilamientos a las autoridades ultraliberales de San Sebastián. En el terreno militar, los carlistas, siguen ocupando la semitotalidad del país exceptuando las capitales pero su falta de combatividad, y, sobre todo, la ineficacia de Guergué, nuevo jefe de Estado Mayor, llevan al ejército carlista a adoptar una actitud meramente defensiva. El ejército liberal, a su vez, deja también mucho que desear. A la incompetencia habitual del mismo, se suma la falta crónica de recursos, por lo que los avances apenas tienen aliciente [el 2 de febrero, por ejemplo, Espartero evacúa Balmaseda por no poder sostener el mantenimiento de su guarnición]. Las iniciativas carlistas acaban en fracasos como el del conde de Negri (14 de marzo). Es evidente, pues, que la causa del pretendiente no podrá nunca dirimirse en el campo de batalla. En estas circunstancias, Muñagorri, junto con 300 hombres armados, lanza en Berastegi su acariciado proyecto de Paz y Fueros (18 de abril). En su proclama exhorta a los vascos a separar la causa de los Fueros de la del pretendiente y a aceptar a las nuevas autoridades mediante la conservación de las instituciones forales. "La alocución -comenta el cristino Egaña- contenía ideas que podrían sin duda calificarse de subversivas del orden político establecido en la monarquía si su autor no se sirviera de ellas para combatir la causa de la rebelión...": El pronunciamiento de Muñagorri causa gran revuelo tanto en medios carlistas como gubernamentales. En mayo estallan las primeras insubordinaciones en el campo carlista. Refiriéndose al día 7 escribe Uranga en su Diario: "En Estella continúa el rumor de insubordinación en el 5.° y muchos mueras a la Junta y que se les pague. Todos los demás batallones están lo mismo y algunas compañías han pretendido venir a Estella con el mismo objeto". Los desórdenes duran desde el 6 y días sucesivos. El 10 -coincidiendo con el proceso iniciado a Zaratiegui y Elío- los insubordinados saquearon la casa donde se reunía la Junta.

El 21 se extiende la sublevación a Oñate precedida por alborotos en Andoain. Los soldados claman contra la Junta y la camarilla real u ojalateros. Alarmado don Carlos saca a Maroto de la reserva pidiéndole que acuda al Cuartel Real. Mientras, Muñagorri, al no concretizarse los alborotos en deserciones, se ve obligado a pasar la frontera. En Bayona se constituye una Junta presidida por Vicente González Arnao, compuesta por un representante por cada provincia éuskara: Marqués de Alameda por Álava, Pascual de Uhagón por Vizcaya, Conde de Villafuertes por Guipúzcoa y Vidarte por Navarra. Este sería el instrumento de Muñagorri para mover los hilos de la sedición... Pero la pretensión del gobierno de que entre a formar parte de la Junta el cónsul de España paraliza la gestión haciendo cundir la desconfianza entre aquellos a los que se trataba de atraer. Por otra parte, tampoco es diáfana ni unánime la opinión de los sectores liberales del país. Progresistas y moderados se endurecen en sus posiciones: Los primeros hostilizan la empresa de Muñagorri mostrando abiertamente su enemiga a los viejos Fueros, los segundos la apoyan incondicionalmente prefigurando, por primera vez, lo que ha de ser el partido liberal fuerista. Tanto la Diputación de Navarra como la de Guipúzcoa abanderan a cara descubierta el movimiento autóctono abolicionista. El gobierno liberal, juega, mientras tanto, a dos aguas, promete sin comprometerse, hace mantener en el país, extraoficialmente, unas propuestas que la Corte se encarga de desmentir en su momento. Juega el juego de la corrupción y del soborno, del engaño y del guante blanco, el único que por primera vez le ha de proporcionar el éxito.

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El 25 de junio de 1838, a los dos días de la derrota carlista de Peñacerrada, Maroto es nombrado Jefe de Estado Mayor del ejército carlista. Al optar por Maroto, don Carlos se decide por el partido llamado "transicionista" dejando de lado la camarilla de "obispos" u ojalateros -recibieron este nombre por esperar que todos los problemas los solucionara el Cielo; decían por ejemplo que para ganar la guerra no se necesitaba más que rigor contra los negros y los realistas tibios y de la protección de Dios, del amparo de la generalísima la Virgen de los Dolores, de las oraciones del clero y de las monjas milagrosas...-. Militaban en la camarilla enemiga de Maroto el obispo de León, Fray Domingo, el P. Larraga, Echeverría, Arias Teijeiro, Labandero y Montero apoyados por los generales García Moreno, Guergué, Sanz y Cabrera. En su favor contaba con Elío, Zaratiegui, Gómez, Urbiztondo, Villarreal, el P. Cirilo Ramírez de la Piscina, Erro y el infante don Sebastian. Los dos grupos se odian a muerte ofreciendo así un blanco perfecto a los dardos insidiosos que emplea ahora el enemigo. Uno de ellos, patrocinado hasta finales de este año, será la "empresa Muñagorri". Independientemente de los esfuerzos heroicos y sinceros de este caudillo, la "empresa Muñagorri" es el arma que emplea con cinismo el servicio de inteligencia liberal para minar desde el interior la causa carlista. Hay un momento (julio) en que la empresa del escribano de Berástegui se hace famosa en Europa. Desde los pueblos fronterizos del Bidasoa mantiene una actividad incesante: redacta proclamas que circulan con profusión en el país, mantiene relación con algunos jefes carlistas y con elementos influyentes de Guipúzcoa, contacta con Lord Hay y los generales del ejército francés Nogués y el baigorritarra Harispe, logra formar dos batallones dotados de oficiales vascos, administración y Estado Mayor, etc. Pero, siempre, en los momentos decisivos, le falta el apoyo prometido. Por una parte el exceso de "patrocinio" gubernamental, por otra la indiferencia de las autoridades locales cristinas y la celosa enemiga del ayuntamiento donostiarra, le impiden dar el paso decisivo. Así las cosas, la espera se prolonga corroyendo las mejores iniciativas; el 11 de noviembre recibe autorización gubernamental para traspasar la frontera pero el comandante general de Guipúzcoa se lo impide. Lo hace por fin el 1 de diciembre instalándose en el campo de Lastaola, al pie del monte San Marcial. Pero, casi inmediatamente, el gobierno lo abandona a su suerte. Una R. O. de principios de enero disuelve la Junta de Bayona encomendando la dirección de la empresa al cónsul de España en Bayona. Entonces, hasta los ingleses abandonan a Muñagorri. Y es que Madrid esta vez ha encontrado algo mejor, el hombre de la Paz sin Fueros, Maroto, y un instrumento eficaz, Aviraneta. Este último comenzó a trabajar en Bayona pasando luego a la línea de Hernani. Sus principales auxiliares en Guipúzcoa fueron el secretario del ayuntamiento de San Sebastián, Lorenzo de Alzate, el jefe político de la provincia Eustasio Amilibia, el alcalde de Hernani Ignacio Goicoechea, Mariano de Arizmendi, sujeto que residía en zona carlista, y otros personajes. Por su intermedio y mediante una red de espías logró comprar silencios y confidencias sembrando la desconfianza entre los jefes carlistas y ensanchando la barrera que separaba a los "dos partidos". Con inteligencia y audacia logró colocar un confidente a la sombra misma del pretendiente: José García Orejón. El 15 de enero de 1839 su labor da un primer fruto: Maroto conferencia con el ayudante del general Espartero, estableciéndose la clave en la que se intercambiarán los futuros mensajes. El 18 de febrero este fruto madura con esplendidez: Maroto hace fusilar en Estella, sin procedimiento previo, a los generales Guergué, García y Pablo Sanz, al brigadier Carmona y al intendente Uriz. Tres días después, el cónsul de España en Bayona ordena la disolución del cuerpo de Muñagorri.

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En el umbral de la traición. Pocas figuras han abandonado el campo de la historia tan envueltas en misterioso oprobio como lo hiciera el general murciano Maroto. Ni sus historiógrafos ni sus propias Vindicaciones logran disipar dudas, alejar sospechas, aclarar oscuros rincones de su conducta. ¿Caminó directamente a la traición de Bergara como lo afirma Oyarzun o se vio abocado a claudicar acosado por la falta de medios y por las calumnias enemigas como cree ver Pirala? Imposible saberlo. Cuando don Carlos le confió el mando en junio de 1838, consiguió reorganizar el ejército de tal manera -dice J. I. del Burgo "que a comienzos de 1839 las fuerzas carlistas habían recuperado su moral y su eficacia". "Nadie -comenta Del Burgo- podía sospechar que el final de la guerra se hallaba próximo". Meses después este ejército se desmorona sin haber llegado a ningún enfrentamiento serio con las fuerzas de Espartero. Sus principales generales son fusilados. Tampoco sabe uno qué pensar de Carlos María Isidro que el 21 de febrero declara traidor a Maroto y el 25 se retracta, nombra a nuevos ministros y destierra a los enemigos del general, poniendo en libertad a Zaratiegui y Elio. Aprovechando estos acontecimientos el enemigo pasa a la ofensiva: derrota carlista en Gamarra (14 mayo), Muñagorri atraviesa la frontera y se apodera durante un tiempo del fuerte de Urdax (19 mayo). Espartero toma Balmaseda (29 mayo) abriendo así la comunicación de Bilbao con Vitoria. Maroto gestiona entonces la intervención del gobierno francés (22 mayo) y al no satisfacerle los resultados busca la mediación inglesa (20 julio). Espartero, interesado por los manejos de su colega, rechaza con rudeza a Muñagorri, que ofrece nuevamente sus servicios, y se dedica a esperar las propuestas del campo enemigo que sabe no tardarán en llegar. Mientras, aunando a la ofensiva diplomática la militar, toma San Antonio de Urkiola haciendo retroceder otra vez a los carlistas (20 julio). El 29 de julio Lord Hay presenta las proposiciones de Maroto a la consideración de Espartero. Tales gestiones y negociaciones trascienden al ejército carlista que se subleva en varios puntos -Bera, Lesaka, Urdax-, contra Maroto. Surge un tercer partido dentro del carlismo: parte de los marotistas se separan de sus turbios manejos.

Los generales Zaratiegui y Elío al frente del ejército navarro rompen con Maroto tras haberlo hecho con los apostólicos. Hacia el 6 de agosto varios jefes de la división guipuzcoana recurren a Muñagorri dispuestos a separarse de la causa de don Carlos a cambio de la independencia (Egaña: Ensayo..., pp. 119-121). A pesar de proseguir el avance liberal don Carlos ratifica el 19 de agosto a Maroto en su cargo. El 22 entra Espartero en Durango; días después se efectúan varios contactos con el general en. jefe carlista tras los cuales, previa consulta con sus comandantes generales, éste decide dar cuenta al pretendiente de su intención de negociar con el enemigo. El 25 de agosto acude don Carlos a Elgueta a la reunión de altos cargos civiles y militares de la causa convocada a efectos de la decisión de Maroto. Al verse abandonado, dirige una arenga a varios batallones guipuzcoanos, vizcaínos y castellanos que se hallan en las proximidades "como por casualidad", siendo acogido con frialdad. Tras hacer repetir sus propósitos en euskera, la tropa prorrumpe en vivas a Maroto y contesta Pakea, Pakea. Don Carlos emprende entonces huida hacia Lecumberri. Al día siguiente tiene lugar la conferencia de Abadiano en la que ambos jefes militares se entrevistan para sentar las bases de un convenio. Pero los jefes de las divisiones carlistas vizcaínas, guipuzcoanas e incluso castellanas se niegan a firmar el artículo que Espartero propone y Maroto acepta: Se confirman los fueros en cuanto sean conciliables con las instituciones y leyes de la nación. Rotas las negociaciones, Maroto pide perdón a don Carlos (27 de Agosto) y ordena la movilización de sus tropas contra los cristinos. Simón de la Torre, comandante de la división carlista de Bizkaia, desobedece la orden decidiendo el final de la contienda. Al día siguiente, Maroto acepta el convenio a celebrar en Bergara, con la sola adhesión de Simón de la Torre.

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Navarra: 13 batallones

Guipúzcoa: 8 batallones

Vizcaya: 8 batallones

Álava: 6 batallones

Cantabria: 2 batallones

Castilla: 6 batallones

Zapadores: 1 batallón

Inválidos: 4 batallones

Artillería: 2 batallones

Voluntarios Realistas: 1 batallón.

Una Compañía de Guardia de Honor.

Escuadrones desmontados en servicio de infantería: 4.

Compañía de las Juntas: 4.

4 escuadrones de caballería (Navarra).

1 escuadrón (Gipúzcoa).

1 escuadrón de caballería (Álava).

4 escuadrones (Castilla).

Guardias de Honor. Una sección de Guardias de Corps.

Total: 28.792 infantes y 1.417 caballos.

Reservas: Tercios de Guipúzcoa y de Vizcaya al mando de oficiales del ejército.

Además: 4 fábricas de pólvora, a fundiciones de cañones, 3 fábricas de arman, 1 de sillas de montar, varios hospitales, 1 cuerpo de Sanidad Militar, 1 Escuela de Artillería en Oñate, 1 de ingeniería en Mondragón, un tren completo de batería de asedio y numerosas baterías de campaña. Ref. Bonilla: La guerre civile en Espagne, Bayona, 1875, pp 47-49

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El cese de las hostilidades es anunciado el 30 de agosto de 1839 por medio de un bando del General Maroto. Al día siguiente los principales jefes marotistas firman el convenio por el que se da fin a la guerra. La "concesión o modificación" de los Fueros queda pendiente de la buena voluntad de las Cortes españolas a las que Espartero se compromete a recomendarlos. El 3 de septiembre la Diputación provincial vizcaína se traslada a Durango a conferenciar con Arechavala, comandante general, sobre las medidas a tomar para proceder a la reintegración foral. Las medidas son urgentes ya que hay todavía en Elorrio 8 batallones vizcaínos que no quieren entregar las armas. El 4 se rinden en La población el cura de Dallo y sus hombres acogiéndose al Convenio de Vergara. El 10 la Diputación navarra emite una alocución exhortando a que se disuelvan las partidas ya que "el invicto general, Duque de la Victoria (Espartero), se ha hecho un mediador entre el gobierno y las provincias, para la concesión o modificación de sus antiguos fueros y libertades..." Don Carlos desiste entonces de proseguir la lucha; el 14 atraviesa la frontera por Dantxarinea junto con los batallones alaveses y navarros que le siguen siendo fieles. El 25 se rinde el castillo de Guevara, último reducto carlista en el país. Acogidos al convenio de Vergara miles de vascos vuelven a sus hogares, muchos embarcan con destino a Cuba o Filipinas, militan en los ejércitos papales o de Nápoles y Cerdeña. Algunos, aquellos a los que la guerra ha marcado definitivamente, rehusan la monotonía de una vida de simple civil y se enrolan en la Legión Extranjera francesa, luchan en las guerras civiles de Argentina, en la de los nueve años uruguaya, emigran a América del Norte... Fracasada la intentona de Balmaseda (junio de 1840), la guerra se extingue también en Cataluña, que soportó sola el peso de la causa de don Carlos desde agosto de 1839.

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A partir de septiembre de 1839 se inicia un período de continua zozobra en la vida política del país que, en estado de sitio y ocupado por numerosas tropas, vuelve sus ojos, unánime, hacia las Cortes españoles donde se ha de dirimir la importante cuestión de los Fueros vascos. El país se halla dividido; una minoría, el progresismo donostiarra y navarro, espera ver por fin implantadas las aduanas en la frontera interestatal y sustituido el viejo sistema de insaculación por el de elección directa (naturalmente, censitarial). La inmensa mayoría, constituida por carlistas y moderados de las cuatro provincias, entre los que destacan vizcaínos y alaveses, insiste en que sean respetadas las viejas instituciones sin menoscabo de que les sean aplicadas ciertas modificaciones a través de comisiones nombradas por las propias Juntas. La ley del 25 de octubre confirma, por fin, estos debatidos fueros e introduce la fórmula "sin perjuicio de la unidad constitucional de la Monarquía". En el segundo articulo de la misma se establece como indispensable una modificación de los mismos que los haga compatibles con la Constitución general del Reino. Pero lo que podía parecer una solución "a la moderada" resultó ser una primera fisura abierta en el cuerpo foral, fisura que comenzó a ensancharse peligrosamente a partir del momento en que un general sublevado, Espartero, obligó a María Cristina a soltar el timón de la política española (12 octubre 1840). La regencia militar se inaugura con roces entre el Corregidor -ahora Jefe Político- y las Diputaciones (noviembre). El 15 de diciembre un decreto provisional traslada las aduanas navarras al Pirineo. El 5 de enero de 1841 una R. O. suprime el "pase foral" a las leyes, órdenes y decretos del Gobierno. El 23 de abril se establecen otra vez las Diputaciones provinciales en Álava, Guipúzcoa y Vizcaya -en Navarra no se había restablecido la Foral abolida en 1836. Todas estas modificaciones se efectúan sin tener en absoluto en cuenta la ley del 25 de octubre de 1839 que estipulaba que antes debía de escucharse a los representantes de las provincias afectadas. Ni se escuchó a las provincias ni se formaron Comisiones modificadoras salvo en Navarra cuya Diputación secundó dócilmente los deseos del Gobierno (ley paccionada del 16 de agosto de 1841)

En octubre de 1841, Álava, Guipúzcoa y Vizcaya abrazaron el alzamiento moderado contra Espartero iniciado en Pamplona por O'Donnell. Vencido el levantamiento -en el que perdió la vida el propio Muñagorri-, Espartero aprovechó la oportunidad para abolir definitivamente los Fueros (29 octubre) cuya permanencia prometiera garantizar en Bergara. El ataque esta vez fue frontal: el nuevo jefe político de Vizcaya, Julián de Luna, formuló, con ocasión de un discurso pronunciado el 1 de julio de 1842, una serie de frases cuya longevidad ha convertido en tópicos. Los Fueros dijo- "sólo han servido para vincular el mando y la riqueza en unos cuantos oligarcas; para conservar a Vizcaya como Provincia francesa y foco de enemistad y de injustas guerras con las hermanas las Provincias de España; para agobiar a los pueblos con deudas inmensas y perennes..." En junio de 1843 un nuevo Levantamiento contra el Regente, fructífero esta vez, devuelve la esperanza a la mayoría foralista del país que espera del nuevo régimen el revocamiento de lo decretado por Espartero. Inútilmente. Entonces la Diputación de Vizcaya, secundando el recurso presentado por Álava y Guipúzcoa al Gobierno para que se reponga el sistema originario del país, acuerda elevar a Isabel II una exposición en la que advierte"que tales y teaes desaires han producido la desconfianza, la división, el despecho. Ha reaparecido -agrega- el bando antiguo carlista y se ha presentado con su estandarte reaccionario y feroz" (1 de diciembre 1843). Lo cual, a pesar de ser esgrimido como una velada amenaza, no deja de ser cierto: de un tiempo a esta parte, se sabe de ciertas maquinaciones de don Carlos y de sus partidarios que, dado el descontento creciente del país, pueden hallar terreno abonado... El 4 de julio de 1844, un R. D. restablece en parte el sistema foral.

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Efectivamente, en los círculos carlistas se prepara un nuevo alzamiento contra Isabel II, encabezado, esta vez, por Carlos Luis de Borbón y de Braganza, Carlos VI, hijo del primer pretendiente y conde de Montemolín. La guerra estalla en Cataluña en septiembre de 1846 con el nombre de guerra de los matiners (madrugadores). La boda de la reina con su primo frustra las esperanzas del pretendiente que había esperado obtener de alguna forma su mano; por otra parte, el ambiente es propicio en Cataluña donde la irritación de la población es grande debido a los excesos del centralismo liberal y, sobre todo, a la instauración del servicio militar obligatorio. El 14 de septiembre Montemolín exhorta a los vascos a levantarse para defender los fueros sin que su proclama halle apenas eco. La guerra prosigue, aislada, en el principado. En 1848 (junio) Cabrera regresa al mismo reavivándola. Alentado por los éxitos Montemolín trata otra vez de extender el movimiento a tierra adicta nombrando a Elío general en jefe de Navarra y Vascongadas. Pero Elío no se arriesga. Es un intelectual, J. J. de Alzáa, el que atraviesa la frontera (23 junio) a fin de intentar alzar al pueblo vasco en armas. Alzáa, ex-profesor de derecho romano de la universidad de Oñate, fracasa en su intento. Acosado entre los límites de Guipúzcoa y Navarra, fue detenido el 2 de julio en las cercanías de Ataun por la Guardia Civil y Miqueletes y fusilado el 3 por orden del excarlista Urbiztondo. El 28 de junio, otro brote rebelde se registra en Los Mártires (Bergara) donde es sofocado por las autoridades locales. El 29, en Pamplona, Lucas Zabaleta, coronel de la primera guerra, se lanza a la guerrilla al frente de una partida, a la que siguen luego las de Monreal y Soto. Juan de Villalonga, capitán general de Navarra, declara el estado de excepción en Navarra (1 julio). Los grupos, precariamente armados, operan entre Sangüesa, Tafalla y zona de Estella, pero, faltos de pertrechos y del apoyo de la población, acaban por pasar la frontera. A finales de julio Zabaleta y Monreal traspasan la muga dando así fin a la sublevación al mes justo de iniciarse. El 18 de agosto Urbiztondo levanta el estado de excepción que pesaba sobre Navarra Entre este intento y el siguiente transcurren cinco meses: a comienzos de 1849 entra en Guipúzcoa por Baztán el coronel carlista Egaña con una partida de cerca de 150 hombres. En Navarra penetran por Irurzun Recalde, Soto e Iturmendi que operan entre La Solana e Irurzun con cerca de 500 voluntarios. Nueva mente son puestas en estado de excepción las cuatro provincias. La situación se complica, además, con la presencia de una pequeña partida republicana entre Ronkal y Salazar. El 22 de enero sale de Pamplona una partida de 21 jóvenes al mando de Cleto Ochoa y de Tafalla varios mozos entre los cuales el que sería célebre Radica. Pero Villalonga y Urbiztondo combaten con eficacia el movimiento convirtiéndolo en efímero chispazo. A finales de mes y comienzos de febrero éste se agota; los principales cabecillas son apresados -Gabriel Recalde entre otros- y fusilados sin piedad. La rebelión es ahogada en sangre. Republicanos y carlistas, juntos, engrosan las listas de los deportados a Ultramar (Larráyoz: La segunda..., pp. 181-184). El 7 de abril Urbiztondo, el ex-carlista, levanta el estado de excepción en el territorio vasco. Junto con estos chispazos, se extingue también, en Cataluña, la guerra de los matiners.

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Después de estos acontecimientos, puede decirse que el carlismo se repliega, en el país, al fondo de los hogares donde permanecerá callado y tenaz, anclado en los profundos repliegues del alma campesina junto a las creencias, a los mitos y a los recuerdos colectivos transmitidos de generación en generación en el seno de la familia o por boca de los bertsolaris. Allí donde se levanta el humilde monumento de la memoria, junto al poder de los seres sobrenaturales, hinca sus raíces, también, la hazaña mítica protagonizada por un pueblo durante siete largos años. Pero, el desastroso final, el pacto a espaldas del combatiente, la ruina inevitable de la guerra, el trauma de la pérdida foral y del penoso rescate del espíritu de las viejas leyes, constituyen un recuerdo indeleble que invita a la prudencia y al repliegue. Repliegue estratégico, taimado, sordo, repliegue sabio, fruto de un pueblo tenaz que ha sabido sobrevivir, a través de las más variadas peripecias, desde el fondo de las edades. Temeroso de un renacer carlista, Madrid restableció en parte el sistema administrativo foral en 1844. Con ello evitó probablemente que el país secundara la guerra de los matiners catalanes. En 1853, una R. O. devuelve a los ayuntamientos vascos las atribuciones de las que gozaban con anterioridad a 1841. No faltan conspiraciones por estos años por ejemplo la de Lucas Zabaleta en Navarra (junio de 1855)-, enredos, complots al estilo romántico que no sobrepasan los límites de reducidos cenáculos de viejos adictos., Durante 1859 se conspira desde el extranjero para incitar a la sublevación a los veteranos militares de don Carlos. Se fija la fecha de la misma para 1860. Elío intenta en vano comprometer a diversos prohombres del carlismo vasco (febrero 1860) y nombra (marzo) Capitán General de Navarra al coronel Uranga. En abril de este año tiene lugar el desastroso desembarco de Montemolín en San Carlos de la Rápita a consecuencia del cual el pretendiente, que cae prisionero, renuncia a sus derechos al trono de España (23 abril). Al compás de los acontecimientos políticos el país vuelve a experimentar dificultades: una R. O. del 7 de julio de 1860 exige la autorización previa del gobernador para toda reunión de las Diputaciones Forales. Las protestas de las mismas no surten el menor efecto. El partido carlista, mientras, se halla a la deriva. Muerto Montemolín (13 de enero 1861), la dirección queda vacante ya que el otro hijo de Carlos V, don Juan, se declara liberal, ante la indignación de sus partidarios. Hay entonces una desbandada de dirigentes carlistas que engrosan unos el partido moderado, mientras otros constituyen "una especie de grupo neocatólico, semejante al que más tarde formó don Alejandro Pidal con Valentín Gómez, etc., durante la regencia de María Cristina (Oyarzun: Historia del..., pp. 292-293)". En 1864 la princesa de Beira trata de enderezar la situación proclamando pretendiente a su nieto Carlos de Borbón y Austria-Este. Pero el partido se ha convertido en una masa inerte, a remolque de los acontecimientos, "reaccionario" en el sentido más etimológico de la palabra, agazapado a la espera del primer vacío de poder.

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Entre la legalidad y la lucha armada (1868-1869). En la revolución de 1868 (18 septiembre) los carlistas ven la primera oportunidad seria de entrar en liza. El pronunciamiento de Prim, Serrano y Topete obliga a Isabel II a abandonar el tronó y exiliarse pero las disensiones internas de los golpistas impiden la formación de un poder fuerte enmarcado dentro de los límites de la Constitución y del libre juego democrático. Y es que el ala izquierda del partido progresista ya no es solamente demócrata sino también republicana; esta ala es la que saboteará por todos los medios la implantación de la nueva monarquía -Amadeo de Saboya-, sumándose a los efectos disgregadores de su actuación las repercusiones de la insurrección cubana que comienza en octubre de 1868. Al socaire pues, de estos acontecimientos, renace el partido carlista en cuyo seno de dibujan dos tendencias, una legalista encabezada por Aparisi y Guijarro y Cándido Nocedal, y otra partidaria de la lucha armada, absolutista e intolerante, mayoría en el país. Afluyen a las filas carlistas, además, muchos de aquellos a los que la sola palabra "revolución" asusta. El partido se reorganiza. Surgen en el país nuevos periódicos: El Escudo Católico, La Buena Causa (Álava), La Voz de España (Navarra), La Boina Blanca (Guipúzcoa), que se suman al Euskalduna de Bilbao y al Seminario Vasco-Navarro de Vitoria. Carlos VII comunica a los monarcas europeos que está dispuesto a gobernar por medio de "Cortes Generales libremente elegidas" dotando a España de "una ley fundamental que será a la vez española y definitiva" (22octubre 1868), lo cual no deja de ser una apertura hacia la izquierda considerable... En las elecciones generales para la formación de unas Cortes Constituyentes (1869) participa el carlismo, tal como se acordó en la asamblea de Londres del año anterior y como aconsejara insistentemente Cabrera desde su exilio inglés. El sufragio universal se estrena en el país con un rotundo éxito carlista en las cuatro provincias donde la inmensa mayoría de los diputados elegidos es militante carlista (consúltese M. M. Cuadrado: "E. y P. P. de E.", t. I, pp. 322-326). Pero en el resto de la monarquía el fracaso es evidente: logra formarse una minoría importante en la Cámara que, habitualmente dirigida por Cándido Nocedal, ex-ministro de Isabel II, llega a veces a ser el árbitro de la asamblea, pero, éste no es el camino al poder, ni el parlamentarismo el sistema que llevará a don Carlos a ceñir la Corona. Los partidarios de la lucha armada vuelven a recobrar su ascendiente.

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Conatos de levantamiento (1869-1870). El 20 de junio de 1869 Moriones, comandante general de Navarra, informa al general Juan Prim sobre las andanzas de los carlistas a uno y otro lado de la frontera. La advertencia es oportuna; el 25 de julio aborta una conspiración carlista en Pamplona encabezada por el brigadier Larumbe. En la reunión de Vevey del Consejo Supremo del partido (18 de abril de 1870) tanto don Carlos como su madre, la princesa de Beira y los veteranos de la primera guerra, manifiestan claramente su opinión de que los cauces legales no sirven a la causa. La agitación reinante en la monarquía avala esta tesis que logrará prevalecer. En Vitoria las autoridades de la ciudad, entre las cuales puede señalarse a notorios carlistas, se ven obligadas a cerrar el Casino Municipal (8 de mayo) como consecuencia de los disturbios en los cuales muere el carlista Valeriano de la Pera. Un importante conato de levantamiento -que pasará a los fastos del carlismo con el nombre de escodada- se desarrolla en agosto. El comandante en jefe de los carabineros de Navarra, Antonio Escoda, se compromete con los carlistas a levantarse mediante la percepción, por adelantado, de una importante suma de dinero. La traición fue descubierta a tiempo gracias al escribano de Vera que avisó a las tropas carlistas de Díaz de Rada cuando éstas penetraban por un portillo montañoso cercano a la localidad. Las fuerzas pudieron replegarse pero el proyectado levantamiento general, parcial y fraccionado, se efectuó entre los días 26 y 27 durando hasta primeros de setiembre. En Álava, núcleo principal, se forman el 26 diversas partidas encabezadas por Esteban Arregui, Álvaro de Sodupe, Francisco Sáenz de Ugarte -fautor del levantamiento en esta provincia-, Ezequiel Careaga, Bartolomé Vasco, Fausto Elgueta, Celedonio Iturralde, etc. En Navarra, voluntarios de distintos puntos se concentran en el valle de Lana. El 27 se alza en Vizcaya un millar de voluntarios. Desaparecen en Bilbao los diputados generales alzándose también el cuerpo de miqueletes con su jefe a la cabeza. El diputado alavés Francisco María de Mendieta se inhibe... En Guipúzcoa se levanta también el canónigo Manterola. Los miñones de la Diputación alavesa se niegan a unirse a las fuerzas que persiguen a las partidas rebeldes. Pero, desorganizado, lastrado por la falta de armas y de una dirección sólida, el levantamiento fracasa y los rebeldes optan por huir a Francia o acogerse al indulto. El 16 de noviembre Amadeo de Saboya es elegido para ocupar el trono ambicionado por Carlos VII. En las elecciones de estos años el partido carlista consigue nuevamente el éxito, circunscrito a las cuatro provincias vascas. 1871 es un año inestable e inquieto: González Bravo -pasado al carlismo- Díaz de Rada y Elío reclutan personalidades importantes para la guerra que se prevee inminente, avivado el deseo por el resentimiento: "como los vencedores siguieron una política de inadvertencia, particularmente en la persecución contra los diputados forales y personalidades de notoria influencia tildados de hallarse comprometidos en aquella revuelta, no faltaban quienes deseasen obtener una satisfacción por las armas, y, expectantes, acechaban el momento propicio para realizar sus planes (Guiard: La villa de Bilbao, "Geografía General del País Vasco-Navarro", Vizcaya, p. 573)". Añádase a estas circunstancias la actitud inequívocamente rebelde de un clero insurgente exacerbado por el advenimiento al trono de un hijo del "excomulgado". Sus prédicas y exhortaciones desde el púlpito mismo son decisivas: la guerra, la nueva guerra por la causa, reviste un carácter de Cruzada religiosa contra el liberalismo y la masonería imperantes en Europa.

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Nuevamente se conspira, pues, en el País Vasco. Las elecciones de abril de 1872 -unas de las más sucias de la historia española- ofrecen un excelente pretexto. A estas Cortes, -llamadas de los lázaros por la increíble cantidad de difuntos que participaron en ellas en virtud de los manejos fraudulentos del Ministerio de Gobernación- apenas acudieron otros diputados carlistas (10 ó 12, de los 79 obtenidos en las elecciones anteriores) que los elegidos unánimemente en nuestro país ya que el gobierno impuso, por maña o por fuerza, la gran mayoría de las candidaturas oficiales en el resto de la monarquía. Este mismo mes se ultiman los preparativos. El 8 de abril Emilio de Arjona, secretario de Carlos VII, dicta las instrucciones concretas del levantamiento planeado: a) Levantamiento de las guarniciones militares de Gerona, Figueras, Seo de Urgel y Pamplona; b) Golpe simultáneo en Bilbao; c) Levantamiento general de las cuatro provincias vascas y cuatro catalanas;d) Bloqueo de San Sebastián. Es nombrado General en Jefe de Vascongadas y Navarra Eustaquio Díaz de Rada, veterano de la primera guerra. El levantamiento y acciones conjuntas son fijados para el día 21 de abril previa nota a las cancillerías europeas en las que se excusa don Carlos de recurrir a las armas alegando las "ilegalidades, las violencias y las farsas empleadas para evitar que fuese a las Cortes la verdadera mayoría". El día fijado por el pretendiente, Rada penetra por Vera. Nicolás Ollo, que será el alma de este alzamiento en Navarra, concentra en Echauri a un centenar de jóvenes que proclama a Carlos VII mientras en Morentin lo hace Fulgencio Carasa al frente de 1.000 voluntarios. Organizan la sublevación en la provincia, además de los ya citados, Zunzarren, Pérula y Miranda. En Vizcaya -la más carlista de las cuatro hermanas- aparecen diversas partidas armadas en Abadiño, Arratia, Gernika, Markina, Encartaciones, Bilbao, Mungia, Berriatua y Ondarroa, esta última al mando del alcalde de la localidad. En Alava se alzan Ezequiel Careaga, Calle y Martínez de Velasco. Miñones y peones camineros al servicio de la Diputación se pasan a las filas carlistas llevándose el equipo... En Ataun (Guipúzcoa), el cabecilla Recondo levanta una partida de 800 hombres entre los que se encuentran los famosos Dorronsoro y Santa Cruz. En Ordizia se organiza una de 400 voluntarios al mando de Ayastuy con el cura de Zaldibia y el de Lazkao.

La partida de Amilibia de Azpeitia operó desde el monte Izarraitz con un contingente de 500 hombres. El resto de los dominios del nuevo monarca, salvo Cataluña, permanece en calma. Ninguna de las guarniciones previstas en el plan se sublevó. Hubo alguno que otro chispazo de rebelión en Aragón, Valencia, Guadalajara, Cuenca, Andalucía, pero, como bien dice M. Fernández Almagro, "respondió el pueblo, espontáneo y entusiasta, allí donde tradicionales diferencias de carácter jurídico e histórico, reflejadas en la legislación foral, favorecían la adhesión a don Carlos, enemigo del liberalismo incluso en la unidad de Códigos preconizada en 1812". El primer encuentro con fuerzas liberales en el alto de Urkiola -la partida de Basozabal con 30 guardias civiles- es desastroso. El mismo día (22 de abril) se constituye en Bilbao el Batallón de Auxiliares, reminiscencia de las milicias nacionales de la guerra de los Siete Años. El 23 y 24 a las bisoñas partidas les sonríe el triunfo: 23 guardias civiles se rinden en Güeñes a la partida de Cuevillas mientras en Navarra los 2.500 mozos concentrados en Abárzuza procedentes de la Solana, distrito de Estella y Tafalla, sostienen un encuentro en el que los amadeístas se ven obligados a retirarse (Arizala). Es la impaciencia del nuevo pretendiente la que va a malograr, además de la carencia crónica de armas, el fruto de estos pequeños éxitos en Navarra, y, a la postre, en el resto del país. El 27 de abril Díaz de Rada escribe a don Carlos tratando de disuadirle en su empeño en pasar a la península. El 1 de Mayo Díaz de Rada repasa la frontera a fin de presentar el alegato personalmente. Pero ese mismo día el pretendiente, atraviesa la línea fronteriza del Larrun, pernocta en un caserío de su vertiente S. -caserío Karlos Txapa-, y entra triunfalmente el día 2 en Vera donde se concentra una tropa de 1.500 voluntarios apenas armados. La suerte está echada. Ese mismo día se inicia la persecución por parte de los gubernamentales a través de los montes de Lesaca, Artikutza y Labayen. El 4 de Mayo Moriones sorprende a los voluntarios carlistas acampados en Oroquieta y alrededores. Cansados, sin armas y sin disciplina el desastre es completo logrando a duras penas huir don Carlos por Ulzama a Quinto Real volviendo a Francia el día 5. Moriones obtuvo por esta acción el marquesado de Oroquieta. 38 carlistas murieron en el campo de batalla; y 49 prisioneros fueron deportados a Ultramar. Fracasaba así en Navarra la primera sublevación y, al poco, en Alava donde Carasa y Pérula penetraron hasta San Vicente de Arana.

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24 de mayo de 1872. Mientras, en Vizcaya, el movimiento lograba mantenerse a pesar de la penosa falta de armas y de pertrechos. Concentradas las tropas en Gernika, a fines de abril se nombraba una Diputación carlista a guerra. Tres días después del desastre de Oroquieta, los vizcaínos vencen a los giris en Arrigorriaga obligándolos a retirarse a Bilbao perseguidos por los batallones de Arratia y Bilbao. A continuación, establecido el cuartel general en Villaro, se proyecta pasar a Guipúzcoa donde el levantamiento no acaba de prender. En Álava, Martínez de Velasco dirige a los combatientes alaveses hacia Nazar y de allí a los confines de Vizcaya donde se juega la supervivencia de la guerra. Efectivamente, Serrano, general en jefe de las Vascongadas y Navarra, penetra con sus fuerzas en el valle de Durango. Los carlistas le salen al encuentro el 14 de mayo en las Peñas de Mañaria siendo derrotados. Sus pérdidas fueron de importancia contándose entre ellas a Ayastuy y a Manuel Altube. Replegados hacia Mondragón, el 16 atacan los carlistas Oñate muriendo, a consecuencia de las heridas allí recibidas Ulíbarri, comandante en jefe de las tropas del Señorío. En ambas acciones destacan, por su combatividad y astucia, los txapelgorris guipuzcoanos. Este enemigo "natural" y la continua persecución por parte de las tropas gubernamentales impiden a los carlistas -en su mayoría, campesinos que acaban de abandonar la laya- la posibilidad de reorganizarse o descansar. El 20 de mayo se congregan en la casa cural de Zaloa (Orozko) los jefes carlistas de Vizcaya para discutir la situación. Allí se debatió -con resultado negativo- la posibilidad de fraccionar las fuerzas y se acordó una comunicación al Duque de la Torre (Serrano) ofreciéndole sumisión a cambio de amnistía. El 24 de mayo de 1872 se firmó el Convenio en la casa Belaustegui de Amorebieta. Firmaron, Francisco Serrano, de una parte, y, la Diputación carlista compuesta por Antonio Arguindoniz, Fausto de Urquizu, Juan B. de Urue y Arístides de Artiñano, por otra. Cesaba así, oficialmente, la guerra en el país a pesar de ser repudiado el Convenio por don Carlos, el marqués de Valdespina, y diversos jefes carlistas como Ezequiel Careaga, Cubillas, el Cura Santa Cruz, etc.

Las últimas partidas vascas se extinguieron casi del todo en agosto mientras la guerra proseguía en Cataluña. "El alzamiento pasó cual nube de verano -comenta Unamunoen Paz en la Guerra-, pero dejando germen de interminables disputas. Pronunciamiento de paisanos, nacido de una orden, terminó en un convenio; fue tan sólo un motín. Había sucumbido a la misma pesadumbre de su masa; el tiempo que da resistencia, le mató en flor. Presentaron, además, al enemigo un lingote de hombres, en vez de una masa suelta que, como el azogue, se desparramara para volver a reunirse; efectos todos de la orden". En medios liberales el Convenio causó indignación; ningún giri dudó a partir de esta fecha que una nueva guerra, tan terrible o más que la primera, se avecinaba.

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El Convenio de Amorebieta significa, pues, un respiro, una tregua tras el penoso despegue inicial. Las autoridades carlistas reorganizan sus dispositivos. Dorregaray sustituye a Díaz de Rada en la Comandancia General de Navarra y Vascongadas. Este nombra comandante general de Navarra a Ollo, de Vizcaya a Martínez de Velasco, de Guipúzcoa a Lizarraga y de Álava a Eustaquio Llorente. A fines de diciembre Dorregaray decide reemprender la lucha. "El alzamiento del invierno no fue tan general y numeroso como había sido el de primavera -nos dice F. Hernando en Recuerdos de la guerra civil (París, 1887)- pero, en cambio, fue más sólido. En vez de lanzarse, como entonces, a la guerra hombres armados con palos, ancianos unos, débiles otros, sólo salían ahora jóvenes robustos y resueltos a pelear y sufrir". Aparecen nuevamente las partidas: Goiriena entre Mundaka y Bermeo, Ollo, Radica y Argonz en Navarra, Cándido Sobrón en Treviño, Santa Cruz en Guipúzcoa, etc. En el campo liberal, el desorden y la indisciplina de las tropas son indescriptibles llegando hasta tal punto la relajación que Primo de Rivera, general en jefe de Navarra y Vascongadas, presenta su dimisión el 5 de noviembre de 1872. Tal como ocurriera en la primera guerra, Madrid trata de atajar el mal mediante el continuo cambio de jefes: Moriones, Pavía, Nouvillas, Sánchez Bregua (julio 1873). Inútil. El desorden y la confusión aumentan al proclamar las Cortes la República (11 de febrero de 1873): carlismo, cantonalismo e insurrección cubana segarán en flor lo que pudo ser uno de los experimentos más valiosos y más interesantes de la historia hispana contemporánea.

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Febrero - julio. A pesar de la proclama del nuevo general en jefe, Manuel Pavía, ofreciendo a todos los vascos Paz y Fueros (19 febrero), el levantamiento carlista -alentado por el clero, movido por los jauntxos, trasmitida su semilla por una generación de campesinos silenciosos y duros- cobra pujanza y fuerza. Se estructuran las tropas carlistas y se ordena una leva general de hombres sin hijos de 20 a 30 años (Santesteban, 20 febrero). A primeros de abril Elío y Dorregaray efectúan una gira a través de Vizcaya reclutando voluntarios. En mayo Elío extiende la expedición al resto de las provincias. Crece el número de partidas. Las tropas adquieren experiencia y destreza; sólo ofrecen combate abierto cuando las fuerzas enemigas son iguales o menores en tamaño limitándose, como en la primera guerra, a hostigar. La primera batalla importante de la nueva guerra es la que se libra en Eraul, Navarra, el 5 de mayo de 1873. Se hallan presentes todos los jefes carlistas de la primera hora -Dorregaray, Ollo, Valdespina, Lizarraga, Radica. Los 2.000 voluntarios de los batallones 1.°, 2.° y 3.° de Navarra y el batallón Azpeitia de Guipúzcoa, derrotan a los gubernamentales, uno de cuyos cañones será exhibido de pueblo en pueblo por los vencedores. En el transcurso de este verano caen importantes poblaciones en manos de los rebeldes que se han enseñoreado de las zonas rurales. El 16 de julio entra Carlos VII en Navarra por Dautxarinea donde le esperaban el marqués de Valdespina y Lizarraga. Desbordado por la multiplicación de acciones carlistas, Sánchez Bregua ordena la evacuación de gran número de localidades de Vizcaya a fin de concentrar sus fuerzas. Se repite así la situación de 1835: cae en manos carlistas toda Vizcaya menos Bilbao y Portugalete, toda Guipúzcoa menos los pasillos Tolosa-San Sebastián-Irun, toda Navarra menos Pamplona, Estella y parte de la zona ribereña, la totalidad de Álava menos Vitoria y Laguardia. Los trenes procedentes de Madrid no pasarán, hasta 1876, de Miranda de Ebro.

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Conforme ocupan las tropas carlistas el territorio desalojado por el enemigo, se va creando, rápidamente, un complicado tinglado político-administrativo, un estado moderno en pie de guerra: el estado carlista vasco. En el seno del mismo coexisten, durante el período 1873-1876, las viejas instituciones forales del país -Juntas, Diputaciones- con las de una monarquía en miniatura, la de don Carlos, y aquéllas nuevas instituciones engendradas por las necesidades de la guerra.

Gobierno. Compite al Rey y a su Consejo de Ministros. Carlos VII acuñó moneda (Oñate), ordenó la emisión de sellos postales, otorgó títulos de nobleza, etc. El cometido del Consejo de Ministros guardaba estrecha relación con el de las Diputaciones del país que eran las que verdaderamente gobernaban el mismo.

Justicia. Real Tribunal Superior Vasco Navarro de Justicia presidido por Salvador Elío y Ezpeleta. La justicia ordinaria era administrada por el Corregidor. Independientemente de la legislación foral, se puso en vigencia desde mediados de 1875 un Código Penal carlista.

Diputaciones y Juntas Generales. Constituyeron el nervio político-administrativo del país sin el cual la guerra hubiera resultado impensable. Ellas rigieron todos los asuntos públicos y, por medio de Juntas Especiales de Armamentos y Víveres, subvinieron a las necesidades constantes de la guerra.

Prensa. El órgano oficial de prensa carlista fue El Cuartel Real, periódico irregular de información que se imprimió, según el momento, en Tolosa, Durango, Oñate o Estella. Fue dirigido por Valentín Gómez y su primer número apareció en agosto de 1873. La Cruzada Española se publicó en Bayona desde enero de 1875.

Educación. Aparte de la enseñanza primaria impartida por las escuelas, siguieron funcionando en territorio carlista el Colegio de Orduña y el Convento de Franciscanos de Tolosa. El 31 de julio de 1874 una R. O. titula al Seminario de Vergara Real Seminario Vasco-Navarro de Vergara. Su primer director bajo la administración carlista fue don Vicente Manterola. La Universidad de Oñate fue restablecida por orden de la Diputación Foral carlista el 12 de febrero de 1874 Por R. O. del 24 de octubre de este mismo año se la declara Real y Pontificia creándose un distrito universitario con las cuatro provincias vascas peninsulares. El 16 de diciembre don Carlos en persona asiste a la apertura de sus cursos.

El ejército carlista. El grueso de las fuerzas vascas puede enumerarse como sigue: Navarra (Enero de 1875) Comandante Pérula. Batallones: de Caballos: 200 (Regimiento del Rey). Guipúzcoa (diciembre 1874). Comandante Hermenegildo Ceballos. Batallones: 9. Caballería: 1 escuadrón. Alava (diciembre 1874) Comandante Rafael Alvarez. Batallones: 6. Caballería: 1 escuadrón. Vizcaya (diciembre 1874) Batallones: 10. Caballería: 1 escuadrón.

Otros contingentes. Las partidas que agrupaban de 12 a 150 hombres duchos en los golpes de sorpresa, obtención de información, vigilancia, etc. Los Guardias de Navarra creados por la Diputación del Reino. El Batallón Sagrado constituido por veteranos de la primera guerra y rezagados. La Compañia de Guías adjunta al séquito de don Carlos, compuesta por vascos y voluntarios de otras regiones. La División de Castilla formada con 6 batallones castellanos. Los batallones riojano, asturiano y aragonés Caballería: 3 escuadrones castellanos, 1 cántabro, 1 aragonés, 1 asturiano, 1 riojano y 1 llamado Húsares de Arlabán. Escuadrón de Guardias de escolta del Rey.

Industria de Guerra. Fábrica de cartuchos de Urdax. Parque de artillería de Estella. Fundiciones de cañones de Azpeitia, Vera, Desierto y Arteaga. Fábricas de armamento de Placencia, Eibar y Elgoibar. Fábricas de pólvora de Araoz, Echagüen de Aramayona, Vera y Riezu. Taller de monturas de Legaria. Taller de bastes de Amurrio. Explotación, desde los primeros años de la guerra, de las minas de plomo de Barambio.

Armamento. Fusiles Remington y Berdan de dos tipos. Escopetas Lefaucheaux y Chassepots e Ibarra. Fusiles y Carabinas modelo 1857. Municiones importadas o fabricadas in situ. Cañones de fabricación propia, procedentes de botín de guerra (Eraul, Lizarraga, Laguardia) o del extranjero: Krupp, Wavasseur, Withwort, Wolvich, etc.

Instrucción Militar. Academia militar de Oñate, Academia de Artillería de Azpeitia y Academia de ingeniería de Vergara.

Uniformes. Levita azul y pantalones rojo, azul oscuro o grana. Boina roja los generales, azul los brigadieres, roja, blanca o azul la tropa según el color característico de la cada provincia.Sanidad militar. Organizada por doña Margarita, esposa del pretendiente. Destacan las ambulancias de la caridad creadas para hacer las veces de las de la Cruz Roja a la que tildaron los carlistas de masonizante. Hospitales de sangre en Iratxe, Santurce, Lesaca, Puente la Reina, Lacunza, Aoiz, Berástegui, Loyola, Villaro, Olagüe, Gollano y Belancoain.

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Julio - diciembre. La gira de Carlos VII a través del país despertó el entusiasmo de sus seguidores y aun de aquellos elementos que se mantuvieron indecisos hasta la última hora haciéndolos bascular hacia su campo. Don Carlos era un guapo mozo, marcial y bien plantado, con verdadera apostura real y pecho cubierto de condecoraciones. Sus palabras, sin ser las de un sagaz político, revelaban un pensamiento monolítico pero bienintencionado. Su presencia llenó de júbilo a las tropas e incluso atrajo deserciones. En aquel momento su ejército cosechaba éxitos entre los que cabe destacar la toma de Eibar en agosto y con ello la posesión de un importante arsenal de armas y municiones. Madura entonces en la mente de todos la idea de apoderarse de Bilbao, bastión liberal de la primera guerra donde liberales de Durango, Bermeo y Marquina han buscado refugio huyendo de la provincia sublevada.

Y comienza así, a mediados de agosto de 1873, el tercer sitio de Bilbao. La villa se dispone a defenderse formando cuerpos de Auxiliares y de Voluntarios de la Libertad. El 12 de este mes Castor Andéchaga, el veterano caudillo de la primera guerra, pone sitio a Portugalete a fin de evitar el error de 1836. El, 13 Dugiols con sus Voluntarios evacúa Oñate por orden del general Loma llevándose consigo a los liberales más destacados de la villa; desde entonces Oñate pasa a ser una de las Cortes -junto con Durango, Tolosa y Estella- del pretendiente. El 20 los carlistas cortan el suministro de agua de Bilbao. La villa queda semiincomunicada salvo la ría y el camino de Portugalete.Pero, antes de cerrar la tenaza sobre la misma, interesa asegurar bien la retaguardia. Tres son las localidades ambicionadas por los carlistas: Estella, Laguardia y Tolosa. La primera, principalmente, será objeto de una encarnizada lucha. Cae Estella el 24 de agosto en manos carlistas; el 25 dos columnas liberales intentar recuperarla enfrentándose a los ocupantes en Dicastillo. La batalla, que fue favorable a los carlistas, fue presenciada por don Carlos. Los negros postergan la siguiente acción hasta octubre; mientras, fortifican Laguardia donde se crea la contraguerrilla liberal de Miguel Zurbano. El 6 de octubre los liberales vuelven a intentar la recuperación de la que será Ciudad Santa del carlismo: en la batalla de Mañeru, en la que destaca el nuevo jefe militar Mendiry, fracasa otra vez el ejército republicano. Un mes más tarde, los días 7, 8 y 9 de noviembre, tiene lugar la batalla más célebre de la segunda guerra, aquella en la que los carlistas ganaron fama y confianza en sí mismos: la batalla de Montejurra. 11.000 liberales al mando de Moriones tuvieron que retirarse tras encarnizada lucha en la que 9.000 carlistas defendieron valientemente sus posiciones. Estella estaba ganada. Este mismo mes cae Laguardia y con ella extensas zonas de Alava quedan controladas; la villa sirve de base de operaciones para frecuentes incursiones en la Rioja. La carretera de Vitoria queda impracticable. Moriones rompe el 2 de diciembre el asedio carlista de Tolosa (batalla de Belabieta) pero la vieja capital foral no ha de tardar en constituirse en Corte del pretendiente.

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Diciembre de 1873 mayo de 1874. Aunque aislada del país desde agosto de 1873, Bilbao había podido comunicarse con el exterior merced a los navíos que penetraban en su ría trayendo armas y víveres y a través del camino de Portugalete. A partir del 29 de diciembre, día en que los carlistas cierran el paso de Olabeaga con cadenas, la incomunicación va a ser total. Un sino de tragedia -magníficamente evocado por el joven Unamuno de Paz en la Guerra- envuelve a La ciudad tres veces resistente a los carlistas. En el resto del país las operaciones se paralizan: todo el esfuerzo bélico carlista se concentra sobre la villa portuaria atenazada que cuenta con sólo 40 cañones y 4.000 defensores entre soldados y paisanos. El 30 de diciembre Dorregaray inicia el sitio de Portugalete mientras Valdespina hace ocupar las cumbres de Puente Nuevo, las faldas de Artxanda y Santo Domingo, Ollarán, Zorroza, Arnotegui y Basurto. Con el nuevo año cae Portugalete (21 enero) en manos del viejo Andechaga tras haber soportado cerca de 2.000 disparos de la artillería rebelde. Una serie de cadenas tendidas desde Portugalete a Las Arenas cierra completamente la ría. El 21 de febrero comienza el bombardeo de Bilbao desde las baterías emplazadas en Pichón, Quintana, Artagán, Casa Monte, Ollargan y Santa Mónica. El paso de Somorrostro lo defienden Rada, Andechaga, Ollo y Elío. Moriones intenta (25 de febrero) romper el cerco de Bilbao por este punto. La derrota liberal -navarros y alaveses al mando de Ollo contienen el avance- causa consternación en Madrid donde se nombra nuevo general en jefe a Francisco Serrano, duque de la Torre. Esta es la primera batalla de Somorrostro; entre ésta y la segunda tiene lugar un nuevo éxito carlista, la caída de Tolosa en la que entra Carlos VII triunfalmente el 5 de marzo, consolidándose así la ocupación carlista de Guipúzcoa excepto en San Sebastián e Irún. La segunda batalla de Somorrostro -la más dura y sangrienta de la guerra- tiene lugar entre los días 25, 26 y 27 del mismo mes. Los liberales, reforzados por las tropas de Serrano, cuentan ahora con 48 batallones. Al precio de una terrible mortandad -8.000 muertos entre uno y otro bando- los carlistas logran contener por segunda vez el embate. La batalla deja exhaustos a ambos contendientes: los giris no han pasado esta vez pero los carlistas no pueden exponerse a un tercer intento.

Por ello, al día siguiente de la batalla se reúne el Consejo General Carlista presidido por don Carlos y los generales Elío, Dorregaray, Mendiry, Ollo, Juan de Orbe (Valdespina), Lizarraga, Andechaga, Martínez de Velasco, Larramendi y Benavides, y los brigadieres Rada, Oliver, Bérriz, Zaratiegui, Yoldi, Zalduendo, Alvarez, Lerga y Aizpurúa. Andechaga, Elío y Bérriz imponen su criterio -seguir con el sitio de Bilbao al resto de los asistentes. Pero, un desastre inesperado va a privar, como en 1835 en parecidas circunstancias, al carlismo de dos de sus jefes más competentes: una granada cae en el barrio de San Fuentes matando a los generales Ollo y Rada (29 marzo). Veamos como describe Unamuno en Paz en la Guerra la terrible noticia:

"Cayó el día 29 como un rayo entre los navarros la noticia de la muerte de Ollo y de Radica, a quienes alcanzó una granada mientras examinaban el campo enemigo. Habían perdido a sus héroes, a Ollo, el que cambió el 33 la sotana del seminario por el uniforme realista, el que al morir dejaba al rey en herencia trece mil hombres formados frente al enemigo, en quince meses, de los veintisiete con que había entrado en España; habían perdido a Radica, su caballero Bayardo, el albañil de Tafalla, el que llevó tantas veces a la victoria a su segundo de Navarra Nació en los navarros con esta desgracia desaliento, irritación y desconfianza; querían al pronto coger a la bayoneta al cañón homicida; murmuraban luego de aquel loco empeño en tomar a Bilbao, empeño a que se había opuesto Ollo, como se decía haberse opuesto Zumalacárregui en los Siete Años. Cada cual contaba a su modo el suceso; decían que Dorregaray y Mendiry se habían retirado a tiempo por indicación de un espía; comentaban el que la granada hubiera arrebatado la vida de los incorruptos. Decíase que al retirar moribundo al pobre Ollo, se había erguido Dorregaray en viéndole, para asegurar en tono trágico que habría de vengar aquella sangre tan vilmente derramada. Entre tantas muertes, aquellas dos las resumían y simbolizaban todas; habían muerto sin gloría los que les llevaron a ella. Y corría ya de boca en boca la palabra fatal: ¡Traición!"

Previendo un próximo ataque por la zona de Somorrostro la Junta Gubernativa de Navarra lanza una nueva movilización seguida de medidas análogas en las otras tres provincias. Efectivamente, el 28 de abril se anuncia a un tercer ejército que, al mando del general Concha, avanza hacia Somorrostro. Al día siguiente muere Castor Andechaga, popularísimo caudillo carlista de las dos guerras, al ser sorprendidas sus tropas en Las Muñecas. Elío, desconcertado, ordena la retirada; desde este momento sus errores se van acumulando. El 30 cae en manos liberales la parte izquierda de Sopuerta. Elío, tras múltiples indecisiones, ordena el repliegue de las tropas de Somorrostro para evitar un copo, que a no ser por la rapidez de Dorregaray, que se adelantó a su decisión, se hubiera efectuado indefectiblemente. El último veterano de la guerra de los Siete Años no acierta a adaptarse a los nuevos tiempos:

"El viejo, retirándose el último de Sodupe, marchaba sin saber a dónde le llevarían, con la resignación de la lealtad. Reuniéronse los dos cuerpos en Castrejana y la conciencia del viejo se agarró al recuerdo de la resistencia que durante tres meses se hizo allí en la guerra de los Siete Años. El rey le había ordenado impedir el paso al enemigo y había que impedírselo. Cuando al preguntar a un joven qué tal le parecían aquellas posiciones, oyó que detestables, replicó que era mucho decir, fuerte en sus memorias. Pero la artillería del 74 no era la del 36; el enemigo no necesitaba tomar aquellas posiciones, bastándole con desplegar sus baterías de montaña y encerrarles entre ellas, las de la escuadra y las de Bilbao. Aparecieron en los altos los cañones".

Ref. Unamuno: Paz en la Guerra, Col. Austral, P. 200.

Elío no piensa ya en resistir. El 1 de Mayo las tropas en repliegue llegan hasta Asúa por San Salvador del Valle, Retuerto, Zornoza y Burceña pasando a las dos de la mañana el último batallón carlista el puente de barcas de Bilbao. Al día siguiente entraban las tropas gubernamentales en la villa.

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La batalla de Abárzuza o Montemuro (junio de 1874). El 3 de Mayo se concentraban las tropas que se retiraban de Bilbao en la merindad de Zornoza presas de un abatimiento general. El día 14 sigue el repliegue llegando Mendiry a Estella el 26 con II batallones: 7 navarros, 2 alaveses y 2 guipuzcoanos. Vuelven los liberales a intentar apoderarse de la ciudadela sagrada del carlismo, Estella. La batalla decisiva se da en Abárzuza los días 25, 26 y 27 de junio de 1874. Los carlistas disponen de 25 batallones y tres baterías y los republicanos de 50.000 hombres con 80 cañones. Después de tres días de lucha cae mortal mente herido el general Concha y sus tropas emprenden la retirada. 22 prisioneros republicanos fueron fusilados como represalia por el incendio de Abárzuza. Esta victoria reanimó a los carlistas desmoralizados desde la retirada de Bilbao, pero fue desaprovechada por los altos mandos que, en aquellos momentos, dado el desconcierto del ejército republicano, podían haber emprendido el asalto a la meseta y a la misma capital. Este verano los carlistas recuperan Laguardia que había sido tomada por gubernamentales durante el cerco de Bilbao.

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Agosto de 1874 - febrero de 1875. Fracasado el sitio de Bilbao y reanimados los carlistas por el triunfo indiscutible de Abárzuza, vuelve a pensarse en la toma de una ciudad importante. Pamplona, Irún, Vitoria y San Sebastián son hostigadas de forma continua, sobre todo la primera a la que se le impone un riguroso asedio desde fines de agosto y en la que la guarnición apenas llega a 1.200 hombres entre soldados, carabineros, guardias civiles y veteranos forales más un batallón de voluntarios de cerca de 800 números. Perdida nueva y definitivamente Laguardia, en noviembre los carlistas ponen sitio a Irún concentrando alrededor de la plaza a 8 batallones pero el 11 de este mes, al llegar las columnas de Serna, se levanta el sitio de mala manera. Sigue a esta acción un consejo de guerra en el que se responsabiliza a Hermenegildo Díaz de Ceballos del fracaso. El siguiente en caer en desgracia es Torcuato Mendiry, capitán general de Vascongadas, Nav. y Rioja desde el 30 de noviembre de 1874, sobre el que recaerá el peso de la ruptura del cerco de Pamplona. El 8 de diciembre había declarado Mendiry la guerra sin cuartel en todo el territorio a su mando como respuesta a las represalias ejercidas sobre soldados y paisanos carlistas. Menudean, a partir de estas fechas, las venganzas y represalias de ambos bandos ensuciando una guerra que había logrado diferenciarse netamente de la de los Siete Años en lo que al respecto de la vida se refiere.

La contraguerrilla -Tirso Lacalle, Carricaluchi, etc.- envenena las diferencias y embronca los ánimos. Mendiry -al que muchos miraban con animadversión por no haber sido de los generales de "primera hora" es hecho responsable de la ruptura de la línea de Carrascal construida por Dorregaray para proteger Estella y cerrar el paso a la asediada Pamplona. Una desgraciada orden del general desguarneció Eskinza, permitió que los liberales ocuparan Lorca y Lacar (2 de febrero de 1875) y que el general Moriones se abriera paso hacia Pamplona entrando en esta ciudad con cerca de 35.000 hombres. Fue recuperada Lácar al día siguiente, en una batalla en la que los gubernamentales -ahora alfonsinosfueron derrotados rotundamente; pero, no se borró con ello la pésima impresión que causó la retirada de Carrascal. El 5 de febrero, Mendiry, ofendido por las acusaciones y humillaciones de que es objeto, escribe a don Carlos ofreciéndole su dimisión. Brea cree ver en "este falta de precaución de Mendiry"... una causa de lo que aconteció después. San Sebastián y Vitoria siguen asediadas, Bilbao hostilizada; algo, sin embargo, ha comenzado a torcerse en el destino de esta guerra.

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1875. El 29 de diciembre de 1874 Martínez Campos proclama rey a Alfonso XII, hijo de Isabel II. Se cierra con ello el periodo de expansión carlista iniciado en 1868 cuando la Revolución triunfadora arrojó hacia sus filas a miles de partidarios del orden y la moderación. De nada valió a don Carlos el manifiesto de Morentin dirigido a amplios sectores de la burguesía española enriquecida con los bienes de la Iglesia; ésta prefirió abrazar la causa del legítimo monarca, garantía de la pervivencia de una serie de intereses y de valores laicos y democrático-representativos. Cánovas del Castillo, el cerebro gris de la Restauración, intentó, a primeros de enero llegar a una avenencia con don Carlos: se le prometió la devolución de sus bienes hereditarios, el casamiento de su hija Elvira con Alfonso XII, etc. En cuanto a las cuatro provincias vascas, el nuevo monarca se comprometía a garantizar la conservación de sus respectivos Fueros en los mismos términos que si no hubiera sobrevenido la contienda, mas el Gobierno no se considerará obligado a guardar ningún genero de consideraciones a aquella o aquellas de las indicadas provincias que no se sometan a la autoridad del Rey Alfonso XII dentro del plazo marcado en el art. VI -un mes a partir de la publicación del Convenio en la "Gaceta de Madrid"-, si llegara a triunfar de su resistencia por la fuerza de las armas. La amenaza era clara como lo pudieron percibir diversas personalidades liberal-foralistas del país como Fidel de Sagarmínaga, Ladislao de Velasco, Domingo de Jaunsoro, Herrán, etc. Sin embargo, a pesar del reconocimiento que efectuarán el mismo Cabrera (11 marzo) y otros jefes carlistas a Alfonso XII, don Carlos se negó a dar fin a la guerra y rechazó el proyecto.

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Verano de 1875. Después de la batalla de Lácar y del regreso a Madrid de Alfonso XII, que acompañó a los combatientes y entró en Pamplona el 7 de febrero, el frente Norte se estaciona hasta junio de este año. Cuenta el ejército liberal (marzo) con 778.782 soldados de infantería, 1.651 caballos y 92 cañones mientras que los carlistas disponen de 33.860 infantes, 1.808 caballos y 79 piezas de artillería. Las acciones se limitan en este periodo al cañoneo de Cirauqui, Artaza y Villatuerta desde la ermita de San Cristóbal de Cirauqui por el general Primo de Rivera y a la lucha en el valle de Etxauri donde los liberales consiguen apoderarse de algunas localidades, todo ello tendente a la futura ofensiva sobre Estella. Pérula, mientras tanto, causa grandes destrozos en la zona de la Merced de Pamplona bombardeando a la ciudad desde el fuerte de San Cristóbal. El 15 de junio sale de Miranda de Ebro un convoy destinado a romper el sitio de Vitoria por los carlistas. Tras un duro encuentro en las Conchas de Tuyo llega la expedición a la capital alavesa. Desde allí parten, de ahora en adelante las diversas operaciones al corazón del país, operaciones que precipitarán el final de la guerra. Los carlistas comienzan a recular. El 1 de julio, don Carlos firma la orden de destitución de Mendiry y nombra a Pérula Jefe de Estado Mayor General del Ejército del Norte. El 7 de julio Quesada, nuevo General en Jefe del Ejército alfonsino, obliga a Pérula a agrupar su ejército entre Nanclares y Subijana; subrepticia y rápidamente se desplaza hacia Treviño-Zumelzu dirigiéndose rumbo a Vitoria que se hallaba nuevamente cercada. Tello, que había quedado detrás para cubrir la retirada, presenta batalla a los carlistas que, tras dura lucha, tienen que retirarse. Queda así levantado de forma definitiva el cerco de Vitoria y perdida, en su mayor parte, para el carlismo, la provincia. Restauración monárquica, disensiones entre los jefes -Mendiry y Pérula principalmente-, defección de Cabrera y otros jefes carlistas, la resonancia europea de las represalias ejercidas por Mendiry en venganza de los asesinatos cometidos por Tirso Lacale "El Cojo de Cirauqui", el fracaso paulatino de la guerra en el Centro y Levante, la inepcia de los generales carlistas, van minando la moral de los rebeldes llevando el desengaño a los hogares vascos:

"A punto tal llegaba. empero, con su zapa el desengaño, que el mismo Celestino desahogaba ya en la intimidad su pesimismo y sus temores. ¿Quién sacaba de su tierra a aquellos vascos que en antiguos tiempos no querían pasar en la ofensiva del árbol Malato, a no darles estipendio? Peleando junto a sus familiares y con el país propio por apoyo, halagándolos el ir a Madrid, a dar rey a los castellanos. ¿Para qué? ¡Allá ellos! Habían implantado, por su parte, un ensayo de estadillo independiente, con sus sellos de correo y sus perros grandes. Recelaban, además, de las desconocidas llanuras, contentándose, hechos fuertes tras el Ebro, con sostener su incipiente estado, merced, en gran parte, a la ayuda de aquellos voluntarios castellanos viejos que corrieron al Norte a vivir de la guerra unos, a satisfacer instintos atávicos otros, a darse pisto alguno que otro, a pensar y sufrir desvíos y menosprecios los más de ellos".

Ref. Unamuno: Paz en la Guerra, Col. Austral, n.º 179, p. 224.

Replegados los carlistas a Villarreal de Alava, cerca del histórico Arlabán llave de Gipuzkoa, la defensa se endureció en esta villa de la que son desalojados los rebeldes el 29 de julio.

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Las tropas gubernamentales recobran el aliento a partir de junio; paralelamente el Gobierno endurece las medidas conducentes a impedir la ayuda de la población civil a los sublevados: destierros, confiscaciones, tala de arbolado, quema de cosechas, multas cuantiosas, etc. Las acciones liberales tienden a limpiar el acceso a Pamplona y rodear a Estella mientras incursiones esporádicas van empujando al enemigo en Ulzama o Aoiz. Quesada escribe el 9 de setiembre al agente gubernamental López de Goicoechea: la situación de los carlistas es desesperada y les faltan medios para continuarla (la guerra). El 24 de noviembre los carlistas pierden el fuerte de San Cristóbal. El sitio de Pamplona se alivia al ser desalojados los rebeldes de las alturas de Oricain, Alzuza y Miravalles desde las cuales la ciudad era blanco de su artillería. Perdida Alava, amenazada seriamente Navarra, Ladislado de Velasco, Diputado General alavés, que vislumbra el final catastrófico de la guerra, trata de evitar lo peor -la definitiva supresión foral-, realizando diversas gestiones conducentes a provocar sublevaciones en las filas del pretendiente. Pero este nuevo Muñagorri fracasa como el primero y su bandera de Paz y Fueros es desechada como lo fuera la de 1838.

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Diciembre 1875 - Febrero 1876. La guerra ha sido liquidada en Cataluña y en el centro. Los últimos contingentes carlistas que no han querido entregar las armas en aquellos escenarios tratan de penetrar en Navarra como lo hace Dorregaray el 5 de septiembre Todas las tropas liberales convergen entonces, en medio de intensas nevadas, hacia el País Vasco, reorganizadas por el general Jovellar, Ministro de Guerra. Se constituyen así dos ejércitos, el de la derecha, a las órdenes de Martínez Campos, al que se le asigna como objetivo la ocupación de Navarra, y el de la izquierda, al mando de Quesada, cuyo cometido es ocupar Vizcaya y Guipúzcoa Entre ambos suman la impresionante cifra de más de 120.000 hombres. A su vez, el ejército de la derecha se subdivide en dos cuerpos a las órdenes de Blanco y de Primo de Rivera y el de la izquierda en otros tres comandados por Loma, Moriones y Echevarria. Por su parte los carlistas se disponen a la defensa atrincherados en un terreno conocido, emboscados en el frío y la niebla que le son habituales, arropados por aquella población de la que han surgido. Sus fuerzas apenas llegan a 33.000 hombres. Paralelo a la ofensiva militar surge el ataque frontal, desembozado y agrio contra las instituciones del país en los medios políticos de la Corte y provincias. No sólo se culpa a los carlistas de haber desencadenado la guerra sino también a los "otros", a los liberales, a los fueristas puros, a todo lo que intente pasar por "diferente". Como consecuencia se crea el 27 de diciembre de 1875 la Junta Fuerista Liberal de Vitoria con representantes de Vizcaya (Eusebio de Uribe), Guipúzcoa (Domingo Jaunsoro) y Álava (Serafín Urigoitia). Su objetivo será luchar por todos los medios contra la ola de destrucción que se avecina.

Y ésta marcha, inexorablemente, al amparo del ejército que despliega sus tentáculos arrinconando contra los montes y el mar a los últimos combatientes carlistas. A comienzos de año se ultiman los preparativos para la marcha. El 28 de enero ambos ejércitos se ponen en movimiento. Martínez Campos, tras encomendar a Primo de Rivera la toma de Estella, se interna por Baztán a fin de socorrer a la bombardeada San Sebastián cuya línea se extiende desde las Peñas de Aia hasta el monte Igeldo. Quesada por su parte invade el sur de Vizcaya (Otxandio) vía San Antonio de Urkiola-Durango mientras Loma ataca la línea del Kadagua a fin de socorrer Bilbao. "Y vino la corajina final: el defenderse como gato tripa arriba para morir matando. Defendiéndose de la avalancha, reculando de risco en risco y de monte en monte, cediendo valle a valle y palmo a palmo, aquella tierra en que implantaron un Estado chico, con sus sellos de Correos, sus perros grandes y su Universidad". [Unamuno: op. cit., p. 231]. Moriones intenta dar un golpe sobre San Sebastián desembarcando en Getaria. Habiendo conquistado el alto de Gárate (21 enero) sus tropas llegan hasta los fosos del Mendizorrotz donde son enérgicamente rechazadas por los carlistas. Este es el último triunfo de los leales a don Carlos en Guipúzcoa San Sebastián sigue siendo bombardeada en uno de estos bombardeos finales una granada carlista mata al vate Bilintx- con tenacidad. A duras penas logra avanzar Martínez Campos por Elizondo. Tras una resistencia desesperada se inicia en febrero la deshecha. El ejército carlista se disuelve: un último intento de reorganización (17 febrero) efectuado por el consejo de generales carlistas en Beasain fracasa, iniciándose entonces la retirada general de los que no quieren someterse a indulto. Refugiado en las alturas de Atxuria (Peña Plata), Larumbe resiste hasta la muerte (19 de febrero); mientras, en el corazón de Navarra, cae lo que fuera el símbolo del carlismo en armas, Estella, y penetra triunfante en San Sebastián el nuevo rey, hijo de Isabel II. El 20 de febrero sale a la luz el último número de El Cuartel Real. Don Carlos huye de Tolosa -que cae al día siguiente- y se refugia en el Baztán. El 28 atraviesa la frontera por Arneguy, Navarra, prometiendo volver; le acompañan 6 batallones de Castilla, 4 de Asturias y Cantabria, I escuadrón de guardias, 3 batallones de Valencia, 6 baterías de Plasencia, Guías y Húsares. Los batallones navarros pasan la frontera por Orbaiceta y Burguete. Aquel mismo día el hijo de Isabel II penetra por segunda vez en Pamplona. El último reducto carlista en rendirse fue el castillo de Lapoblación (2 de marzo). La guerra ha terminado.

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La ley abolitoria del 21 de julio de 1876. Tal como lo deja implícitamente entrever el joven monarca español en el manifiesto pronunciado en Somorrostro ante las tropas vencedoras (13 de Mar.), el final de esta guerra significa también el desenlace de un largo proceso que, iniciado en el s. XVIII, se ha venido desarrollando en varios actos ricos en peripecias dramáticas para culminar en una sesión de las Cortes celebrada en el verano de 1876. En este caso, no puede decirse que a las Cortes españolas les falte apoyo popular; desde meses antes, la "cuestión foral" es tema obligado de discusión no sólo en los periódicos, sino en tertulias, calles y sobremesas. El apasionamiento en las palabras y el encono en los razonamientos sobrepasan los limites de lo nunca alcanzado:

"En algunos pueblos por donde pasó el Rey a su regreso a la Corte -distinguiéndose la provincia limítrofe de Santander a pesar de sus grandes relaciones con éstas o por mejor decir por esas mismas relaciones- hicieron alarde de antifuerismo de la manera más ridícula que se puede imaginar: las mujeres en el pecho, en las sombrillas y en la ropa de los niña; los hombres en el sombrero, levita, chaqueta, etc.; los músicos en los instrumentos; los perros en el collar; en las colgaduras, en las paredes de los edificios, en los faroles de las calles, en las puertas de las tiendas, en los escaparates, en fin, en todos los sitios en que era posible fijarla, se ostentaba esta inscripción: Abajo los Fueros; se hicieron también aleluyas sobre el mismo tema. Aquello era una mascarada completa. En ningún tiempo de la historia, en ningún país del mundo, ni aún entre naciones rivales y enemigas, se ha visto jamás estallar el odio con formas tan violentas y con encono tan ardiente como se vio en España en esta ocasión contra los hijos del País Vasco. Y en cambio a los que hacían alardes de fueristas o se defendían de ataques de antifueristas se les encerraba en una cañonera y eran conducidos a apartados destierros, sólo por cometer el crimen nefando de amar a su país y se consideraron como subversivos, desahogos inocentes en recuerdo de loa fueros, como era la venta de abanicos que decían Vivan los Fueros, publicar viñetas en las cajas de cerillas alusivas a su restablecimiento, y un señor inspector de policía prohibió tocar al piano ciertas piezas o aires del país en el café del señor Lazurtegui, etc., es decir, se permitía atacar a los Fueros, pero no defenderlos."

Ref. Angulo y Hormaza, J. M. de: La abolición de los Fueros e instituciones vascongadas, Bilbao, 1886.

Como procedimiento preliminar se convoca a los representantes del país (1-15 de Mayo) a una reunión previa en la capital del reino. Mientras, de todas partes de España -excepto de Sevilla- llueven peticiones al Gobierno para que se suprima el régimen foral vasco. Cumplido el trámite de escuchar a los cuatro representantes del país, Cánovas se reserva el derecho de presentar a las Cortes el proyecto que estime oportuno. El 21 de Jul. de 1876 las Cortes aprueban la ley abolitoria de los Fueros vascos. Un decisivo jalón de la historia del país acaba de cerrarse: iníciase así nuestra historia contemporánea.

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La guerra y las dramáticas circunstancias por las que atraviesa el país como consecuencia de la misma son una prueba demasiado fuerte para el viejo partido legitimista; en el entretiempo han nacido nuevas razones, nuevas motivaciones económicas, nuevos conflictos, o han surgido los que yacían soterrados en el fondo del alma de los combatientes, dados ahora de alta en la vida civil. Tres son las tendencias que se dibujan procedentes del carlismo: integrismo político-religioso, nacionalismo basado en la etnia, carlismo moderno como partido político semivaciado de contenido, fuerza pasiva a la espera de una ocasión (revolucionaria) que vuelva a nutrir sus filas y darles el vigor de una causa. Veamos cómo describe Unamuno el proceso en Paz en la Guerra:

"Del viejo fondo de la comunión carlista, nutrido de mera lealtad -de lealtad por la lealtad misma-, de terco apego a una tradición indefinible e indefinida, iniciábase ya el desprendimiento, por diferenciación, de algunos de sus elementos componentes. De un lado, la aspiración a una política íntegra y exclusivamente católica, la escuela libresca del racionalismo católico, con olor a tinta de imprenta, engendro de la razón racionante y meramente discursiva, escuela jacobina que no pasa de ser un momento del liberalismo por ella execrado, uno de aquellos momentos en que se niega a si mismo, afirmándose al negar; de otro lado, el natural acomodo a las circunstancias, y de otro, el regionalismo exclusivista y ciego a toda visión amplia, a todo lo que del horizonte natural traspase."

Juan José y el tío Pascual encarnan en la pluma de Unamuno el nacionalismo incipiente de las postguerra, uno -nacionalismo distinto del procedente del campo liberal-fuerista-, y el integrismo político-religioso, marcadamente intolerante, el otro:

"Juan José, fuera de si desde la abolición de los fueros, echa chispas, pide la unión de los vasconavarros todos, tal vez para una nueva guerra, guerra fuerista. Desahógase contra los pozanos; ha dado en desear saber vascuence, si lo pudiese recibir de ciencia infusa, como don al entusiasmo, sin labor lenta". "Empiézase, en el ambiente en que él vive, a cobrar conciencia del viejo lema "Dios y Fueros", al que sirvió de tapujo en gran parte el de "Dios, Patria y Rey". Siéntense las generales corrientes étnicas que sacuden a toda Europa. Por debajo de las nacionalidades políticas, simbolizadas en banderas y glorificadas en triunfos militares, obra el impulso al disloque de ellas en razas y pueblos más de antiguo fundidos, ante-históricos, encarnados en lenguajes diversos y vivificados en la intima comunión privativa de costumbres cotidianas peculiares a cada uno; impulso que la presión de aquéllas encauza y endereza. Es el inconsciente anhelo a la patria espiritual, la desligada del terruño; es la atracción que, sintiendo los pueblos hacía la vida silenciosa de debajo del tumulto pasajero de la Historia, los empuja a su redistribución natural, según originarias diferencias y analogías, a la redistribución que permita el futuro libre agrupamiento de todos ellos en la gran familia humana; es, a la vez, la vieja lucha de razas, fuente de la civilización". [Op. cit., p. 240-241].

El tío Pascual representa a una vieja corriente consustancial al carlismo desde sus mismos inicios:

"El tío Pascual, murmurando ya de don Carlos, a quien a veces tilda de cesarista y de regalista otras, empieza a preconizar el reinado social de Jesucristo, fácil fórmula en que, por lo vaga, caben todos los logomáquicos abortos y larvas de ideas. Vásele haciendo más imposible cada vez salirse de sí, para comprender ajenos conceptos como el que los abriga los comprende. Abomina a cada paso del liberalismo, mote bajo el que engloba todo aquello que se escapa a su comprensión formularia y osificada."

Esta corriente, la integrista, se desgaja del partido en 1888 por un motivo -mejor diríamos, ocasión meramente personal: a la muerte de Cándido Nocedal, don Carlos designa como sucesor suyo en la jefatura del partido al novelista Navarro Villoslada. Ramón Nocedal, hijo del ex-jefe, despechado por no haber recibido él el nombramiento, saca del olvido el manifiesto pronunciando por don Carlos en Morentin (Jul. de 1874) acusando al pretendiente de haber sucumbido al liberalismo. Importantes personalidades carlistas rompen entonces con el partido pasando a constituir el grupo llamado integrista. Todos los periódicos abandonan al pretendiente. "El carlismo se quedó con las masas, aunque amenguadas -dice Oyarzun- que no se dejan arrastrar por personalismos, por lo mismo que no tienen ambiciones: en cambio, buena parte de las personalidades se fueron con el integrismo, cuyo lema fue el de Dios y Patria, siéndoles indiferente la forma de gobierno". Se forma, pues, así, una élite dura y disciplinada que rechaza cualquier forma de independencia del orden civil respecto al religioso; su actitud religiosa le hará acreedora de aquel conocido remoquete de más papista que el Papa, y la política -repulsa a priori de la ideología liberal será adoptada con tal disciplina que en muchos casos la violenta intransigencia de sus sostenedores suplirá a la escasez numérica de los mismos. Despojado de estos valiosos elementos -muy importantes en el País Vasco-, desertado por los primeros nacionalistas, la vida del carlismo pierde pulso, languidece, conforme se va agotando el siglo que le vio nacer.

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1909-1931. Una nueva escisión tiene lugar en las filas del pretendiente -esta vez don Jaime- con ocasión de la Gran Guerra. Durante ésta, Vázquez Mella y la inmensa mayoría del partido toman postura por los Imperios Centrales. Al acabar la contienda don Jaime pide cuentas a los responsables de esta toma de posición produciéndose la ruptura. Separándose de los jaimistas, los mellistas adoptan el nombre de tradicionalistas. El país se dividió esta vez: "El Pensamiento Navarro" y Joaquín e Ignacio Baleztena optaron por don Jaime e hicieron bascular al 75 por 100 de Nav. al campo jaimista; el resto del país optó por Mella.

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Los carlistas en la Minoría Vasco-Navarra. Dos fueron los puntos en común que impulsaron al entendimiento y posterior coalición de jaimistas foralítas y nacionalistas vascos durante los primeros meses de la II República: sentimiento religioso y neoforalidad. Mayoritarios en el país -junto a los partidos de izquierda- era natural que aunaran sus fuerzas en el parlamento. Iniciáronse las conversaciones -secretas- en Mayo de 1931 llegándose a un acuerdo para presentar un proyecto de Estatuto de Autonomía y para constituir una base electoral común ante las elecciones para las Cortes Constituyentes del nuevo régimen. Tres conspicuos carlistas -Julián Elorza, Joaquín Beunza y Julio de Urquijo- habían tomado parte activa en la elaboración del proyecto por la Sociedad de Estudios Vascos. En el posterior Estatuto de Estella se recababa la facultad del país a establecer directamente un concordato con el Vaticano, cuestión cara a los carlistas aunque secundaria para los nacionalistas. El 10 de Jun. de 1931 las autoridades de la Comunión Tradicionalista de las cuatro provincias vascas declaraban que, aun ratificando su programa de reintegración foral plena, aprobaban el proyecto de Estatuto, siendo esta actitud duramente atacada por los integristas locales (en especial por "La Constancia", periódico de esta tendencia en San Sebastián). El 14 de Jun. la mayor parte de los ayuntamientos vascos aprobaban por mayoría el proyecto en la Asamblea de Estella. Días después (28 Jun.) jaimistas, integristas, tradicionalistas y nacionalistas constituyen en las Cortes la minoría vasconavarra que encabezada por Joaquín Beunza se responsabilizó de llevar a buen puerto al Estatuto; en el acto de despedida a los diputados (Gernika, 12 de Jul.) los carlistas prodigaron encendidos elogios a José Antonio de Aguirre, promotor del movimiento estatutista. Pero el Gobierno provisional y las Cortes Constituyentes acogieron con malos ojos las intenciones de la "minoría" llegando al extremo de suspender el 20 de Agosto la publicación de todos los periódicos vascos que siendo católicos fueran partidarios del Estatuto. Además, en la sesión de las Cortes del 25 de setiembre en la que se debatieron los artículos de la nueva Constitución referentes a las relaciones Iglesia-Estado, quedó eliminada la posibilidad de concordato estatutario prevista en Estella: el nuevo Estado quiere ser laico y no está dispuesto a admitir un "Gibraltar vaticanista" (Prieto). A partir de este momento las posturas se endurecen en torno a la cuestión religiosa y la "minoría" abandona las Cortes (15 Oct.).

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Ruptura de la minoría vasco-navarra (octubre 1931 -junio 1932). El 2 de Oct. de 1931 muere don Jaime de Borbón Parma y asume el mando del carlismo Alfonso Carlos de Borbón, anciano de 82 años hermano del ya legendario Carlos VII. Tanto nocedalistas (integristas) como mellistas (tradicionalistas) agrupan sus fuerzas a las del nuevo pretendiente llevados por una clara hostilidad a la República; se constituye así la Comunión Tradicionalista cuyos puestos superiores fueron pronto ocupados por el integrismo. Con la incorporación de estos viejos disidentes el partido recobra su fisonomía habitual; la nave carlista endereza el timón alejándose de las aguas filonacionalistas en las que navegaba últimamente. Este cambio de postura comienza a hacersevisible en las reticencias con que es acogida la elaboración de un nuevo proyecto de Estatuto por las Comisiones Gestoras de las cuatro provincias, proyecto que había de ser votado primero por municipios y luego por referendum popular antes de ser presentado en Cortes. José M.ª de Urquijo -católico independiente- desencadena en la Gaceta del Norte (8 de Dic.) una campaña feroz contra el Estatuto a la que pronto se suma El Diario de Navarra que propugna un Estatuto distinto para Nav. El 20 de Dic. las "Juntas de la Comisión Tradicionalista en las Vascongadas y Nav." insisten en su deseo de reintegración foral otorgando, sin embargo, un apoyo circunstancial a "la idea abstracta de un Estatuto Autonómico". Pero los órganos de prensa del tradicionalismo son implacables -La Constancia llegó a ofrecer 5.000 pesetas (de entonces) al que encontrara la palabra Dios en todo el texto estatutario..:-. Mientras socialistas y republicanos aprueban el nuevo proyecto, las derechas de todos los colores y latitudes políticas claman contra el que ose otorgar su sufragio a un "proyecto sacrílego"... El 19 de Jun. de 1932 se celebra en Pamplona la asamblea municipal en la que se vota el proyecto elaborado por las Comisiones Gestoras de las cuatro provincias. La libertad de voto otorgada por la Comunión Tradicionalista a sus afiliados era una inequívoca muestra de desafección y muchos de sus miembros no vacilaron en boicotear activamente la reunión. Como era de esperar tras la furiosa campaña, en Navarra acabó imponiéndose el no, desbaratando la paciente labor de meses. "(El carlismo) no se atrevió jamás con el integrismo -comenta Aguirre-. Era conocida en aquel entonces la lucha feroz que dentro de las Juntas Tradicionalistas sostenían los partidarios y los enemigos del Estatuto. Había quienes sentían al País y quienes no... La audacia del integrismo carlo-monárquico, ayudado por el calculismo de los mercaderes de la política, redujo al silencio, en el que se cobijaron desesperados, a los Elorza, Oleaga, Beunza, Oreja, Pérez Arregui y otros tantos... (Aguirre: Entre la..., p. 253, 255)". La minoría vasco-navarra estaba rota para siempre.

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Formación del requeté (1932-1933). El nuevo viraje impreso al partido por los dirigentes tradicionalistas sacó inmediatamente a relucir la vieja vena conspiradora consustancial al carlismo; elementos hostiles a la República desde su nacimiento pasaron a dominar la política del mismo imprimiéndole un sello activista y violento propicio a la revuelta. Al anticlericalismo decimonónico de las primeras Cortes republicanas respondió el carlismo con la constitución de las decurias (finales de 1931), organizaciones paramilitares que prefiguraron al moderno requeté. Muchos fueron los carlistas que, en esta tesitura, se negaron a aceptar a la República ab initio, criticando la postura de sus correligionarios de la minoría vasco-navarra, rechazando toda forma de legalidad republicana. Estos elementos, reforzados por los readmitidos integristas, son los que echaron abajo el proyecto de Estatuto ya que "como todas sus esperanzas las tenían puestas en la guerra que estaban preparando, tenían que rechazar todo aquello que significase afianzamiento de la república y, sobre todo, el uso de nuevas facultades autonómicas, que hubiera significado serias trabas para la guerra (Iturralde, t. I, p. 240-241)". No se atrevieron, sin embargo, a colaborar oficialmente en la "sanjurjada" de agosto de 1932; ahora bien, al enviar desde su destierro su adhesión al pretendiente carlista, Sanjurjo, general de estirpe carlista, "vendría a constituirse en Cabeza del Ejército Carlista que comenzaba a organizarse" (Lizarza: Memorias de la Conspiración, p. 30-31) y en vínculo de unión entre carlistas y militares antirrepublicanos, cumpliéndose así el deseo de don Alfonso Carlos de efectuar un levantamiento en estrecho contacto con el ejército: "si tuviese lugar un movimiento militar en sentido monárquico tradicionalista, tengo dispuesto que el pueblo en masa lo secundase. Pero no puedo admitir que el pueblo se levante esperando le siga el ejército, por la experiencia que tengo de nuestro levantamiento de 1872 (carta a R. Olazabal del 21 de Set. de 1932, en Iturralde, p. 118)". Para finales de 1932 el partido carlista ha recobrado su fisonomía golpista y elabora un plan subversivo concreto en colaboración con Sanjurjo (Iribarren: El general Mola, p. 75). Se reorganiza el Requeté de Nav. y Vascongadas (1933) colocándose a su cabeza a Ignacio Baleztena y se extiende la organización a diversos puntos de la geografía española bajo la dirección de Varela, jefe de los requetés de España.

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El carlismo durante el bienio negro (noviembre 1933 - febrero 1936). Contra lo que podría creerse, el triunfo de los partidos de derecha en las elecciones del 19 de Nov. de 1933 -en las que los tradicionalistas obtuvieron un número apreciable de escaños- no supuso, ni mucho menos, el fin de la conspiración antirrepublicana de los seguidores de Alfonso Carlos. Se llegó, por intermedio del Conde de Rodezno, a una estrecha relación con los grupos monárquicos alfonsinos, relación que en alguna ocasión bordeó la clara tendencia fusionista. Así fue cómo el 31 de Marzo de 1934 una comisión de fuerzas antiparlamentarias monárquicas compuesta por Antonio Goicoechea de Renovación Española -partido monárquico ultraconservador-, general Barrera por el sector monárquico del ejército, y, Rafael Olazabal y Antonio Lizarza por la Comunión Tradicionalista, se entrevistó con el mismo Mussolini en Roma. El Duce prometió a la comisión la ayuda italiana en armas y efectivo a cambio del cumplimiento de cuatro condiciones:a) Derrocamiento de la República;b) Instauración de una Monarquía Orgánica;c) Pacto de amistad con Italia;d) Denuncia del pacto franco-español existente.Las armas se introducirían por Portugal, costa levantina y sierra de Urbasa, previéndose asimismo el entrenamiento militar de oficialidad requeté en Libia y Cerdeña mediante ocultamiento de la verdadera personalidad. A comienzos del siguiente mes tiene lugar un acontecimiento de importancia en el seno del partido tradicionalista: tras la dimisión del Conde de Rodezno de la jefatura del mismo, Alfonso Carlos nombra secretario general al abogado andaluz M. Fal Conde, activo propagandista implicado en la "sanjurjada" de 1932. Con este nombramiento vetaba el pretendiente los intentos fusionistas del Conde de Rodezno, daba luz verde a la militarización del requeté abandonando la lucha electoral y abría indefinidamente el acceso a los altos cargos de la Comunión al sector integrista. Así, pues, en pleno bienio negro, de supremacía derechista, de preponderancia católica y rehabilitación del estamento militar, el partido carlista se apresta a la lucha armada mediante concentración de requetés, reparto de uniformes, instrucción militar, etc.; la revolución de Asturias (Oct. 1934), por otra parte, aumenta los efectivos de la Comunión con gentes asustadas procedentes de la derecha católica y tradicional. Es a finales de 1934 cuando comienzan las expediciones de jóvenes boinas rojas a Italia donde adquieren entrenamiento militar moderno en pleno secreto. En muchos pueblos de Navarra, preponderantemente en la zona media, se constituyen grupos de jóvenes campesinos que, entrenados por oficiales retirados y curas, reciben instrucción en lugares no siempre discretos. "No se dio publicidad a lo que se hacía -comenta Iturralde-, pero tampoco eran un secreto los ejercicios militares en pueblos como Lezaun, ni las maniobras llevadas a cabo alguna vez en las sierras de Urbasa, de Andía y de Aralar". En las demás provincias vascas, especial mente en Álava -donde funciona una Junta Carlista presidida por José Luis Oriol dependiente de Pamplona y donde los requetés alaveses suman en 1935, cerca de 1.600 voluntarios-, se imparte también activa preparación militar al voluntariado. En Febrero de 1935 se afianzan los contactos con la UME -organización de oficiales conspiradores, dos de cuyos principales personajes son los carlistas Rada y Tarduchy-. Este año se estructura definitivamente el partido carlista: se instituye (20 Dic.) un Consejo de la Comunión Tradicionalista con Esteban Bilbao, Lorenzo María Oller, Manuel Senante, Luis Hernando de Larramendi,José M.ª Lamamié de Clairac y Fal Conde y se establece una Junta Militar Suprema en San Juan de Luz constituida por el general Muslera, teniente coronel Baselga, capitán Sanjurjo, Rada, etc. a las órdenes del príncipe Javier de Parma y de Fal Conde encargándose de los enlaces con el interior el cura de Noain, Pascasio Osacar, y el de Esquiroz, Fermín Erice. A comienzos de 1936 la preparación militar se intensifica, como si se barruntaran los resultados de las elecciones de febrero.

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Mola y los carlistas (marzo - julio 1936). El Frente Popular español, desconfiando de las actividades del general Mola, lo envió a Pamplona, corazón mismo de la sedición antirrepublicana donde, como es natural, no tardó en ser contactado por los oficiales conspiradores de la plaza: Moscoso, La Lastra, Vicario, etc. Mola no se hallaba exento, al decir de su biógrafo oficial Iribarren, de una cierta desconfianza hacia los carlistas: "Hijo y nieto de quienes pelearon contra los carlistas en las guerras civiles, al cabo de cinco años se alzaría con éstos en Pamplona para salvar a España". En contacto con Sanjurjo, Goded, etc., Mola no se entrevista con Ignacio Baleztena, miembro de la Junta Navarra del requeté, hasta mayo de 1936. En esta histórica ocasión Baleztena le ofrece el concurso de 8.400 boinas rojas para el proyectado alzamiento. Esta vez la sublevación carlista ha dejado completamente de lado la cuestión dinástica, clave de los anteriores alzamientos. Se trata, en exclusiva, de un movimiento contrarrevolucionario, como bien lo corrobora, entre otros muchos documentos, el Diario del general Sanjurjo: "Consistió el acuerdo,como lo ha contado recientemente el propio Fal, en que si el Alzamiento era del Ejército, al que concurríamos con todos nuestros medios, él acudiría a donde se le llamara... Si, contra lo que vívamente se deseaba y procuraba, los mandos claves se echaban atrás, o llegado el momento fallaban, y todo en el supuesto básico de la inminencia del peligro de revolución soviética que sabíamos tan preparada, la sublevación sería sólo carlista". El 11 de Jun. se entrevistan Mola y Zamanillo, Delegado Nacional de Requetés. Las condiciones carlistas para participar en el levantamiento sorprendieron desagradablemente a Mola:1) Disolución de todos los partidos políticos incluido el carlista;2) Disolución de todos los Sindicatos;3) Proclamación de una dictadura temporal y constitución de unas Cortes orgánicas o corporativas;4) Dirección política a cargo de un Directorio compuesto de un militar y dos civiles designados previamente por Comunión Tradicionalista;5) Preparación del régimen foral;6) Bandera monárquica, o sea, bicolor.El día 15 es el propio Fal Conde el que conferencia con "El Director" en la celda del superior del monasterio de Iratxe. Las contraproposiciones de Mola -futuro parlamento elegido por sufragio universal, dictadura de carácter republicano, separación de la Iglesia y el Estado y libertad religiosa, etc-, son rechazadas por el líder carlista. A partir de este momento y hasta vísperas del levantamiento se desarrollan una serie de entrevistas entre los dirigentes carlistas y Mola que tropezando en las condiciones sine qua non de los primeros -confesionalidad, antiparlamentarismo, bandera bicolor- acaban en la ruptura de negociaciones del 9 de Julio entre Fal y Mola. Este, que no quiere hipotecar el futuro del levantamiento, escribe unas amargas palabras en las que resume su opinión sobre los carlistas: "El tradicionalismo -dice- va a contribuir con su intransigencia de modo tan eficaz como el Frente Popular al desastre español". Pero este mismo día un personaje importante surge de la sombra en la que se mantenía últimamente: Tomás Domínguez Arévalo, conde de Rodezno. Por mediación suya Mola tratará directamente con la Junta Navarra (Baleztena) llegando a un acuerdo el 12 de Julio mediante la aceptación de dos condiciones: bandera bicolor al triunfar el alzamiento y ayuntamientos carlistas para Nav. El 13 don Alfonso Carlos ordena la no colaboración con Mola. Pero, pese a ello, resultó que la base carlista estaba dispuesta a ir a la guerra con Mola, con o sin el consentimiento de los altos mandos tradicionalistas: el apoyo masivo carlista no era por (la monarquía) sino contra (la república). Una vez más el papel del clero fue fundamental. El 14, Mola acepta las directrices de Sanjurjo y las que dicte en su día como jefe espiritual del levantamiento. La máquina estaba preparada: las fuerzas del requeté reciben las últimas disposiciones.

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El 18, el Tercio de Pamplona inicia el movimiento ordenando: Mañana, día 19, a las 6 en punto de la mañana, formarán todas las unidades de este Requeté (Primero de Navarra), con uniforme completo y armamento, en la Plaza del Castillo, en frente del Cuartel. El 19 se declara, pues, el estado de guerra en Navarra acudiendo a Pamplona todos los conjurados de la provincia. El mismo día el Tercio de Vitoria se adueña de la capital de Alava. Mientras, los Tercios de la Rioja y Valdegobía toman las comunicaciones Vitoria-Logroño y Miranda de Ebro y los de Ayala y Llodio tropiezan con la resistencia del paisanaje, guardia civil y de asalto viéndose obligados a huir. Entre los días 19 y 20 los Tercios de Pamplona, Santiago y Abárzuza salen rumbo a Madrid, los de Lacar, Montejurra, Navarra, San Miguel, Nuestra Señora del Camino, Lesaca, Elizondo, Roncesvalles y partida de la Barranca son destinados a Gipuzkoa y Bizkaia que esperan dominar con facilidad y el de María de las Nieves sale rumbo a Zaragoza donde el pueblo y las fuerzas leales a la República mantienen a raya a los sublevados. En Gipuzkoa y Bizkaia el fracaso del alzamiento colocó a los carlistas locales en una difícil situación. Los vizcaínos no pudieron constituir unidades hasta lograr franquear las líneas pro y contra-republicanas (Tercio Ortiz de Zárate y de Begoña). El requeté guipuzcoano tampoco pudo tomar parte en el alzamiento ante la unánime actitud republicana de los dos bloques mayoritarios de la provincia, PNV y Frente Popular. Un grupo de comprometidos se encerró en los cuarteles de Loyola de donde logro escapar posteriormente, rompiendo el cerco, y congregándose en Leiza. En esta localidad se juntan a 93 boinas rojas procedentes de Olite, Beire y San Martín de Unx constituyendo el núcleo del Tercio de San Miguel que se dirigiría hacia Berástegui; el primero en caer es el nieto del general Sagastibeltza, héroe de la primera guerra. Otros voluntarios guipuzcoanos participan en la zona de fuego inicial, sobre todo en Oyarzun y Tolosa. En Alava siguen constituyéndose tercios: el de la Virgen Blanca y el de Nuestra Señora de Estíbaliz, mantenido el primero de guarnición en la capital y enviado a Somosierra el segundo, Tercio de Arlabán, agregado a las Brigadas Navarras, y el de Santa Gadea formado por alaveses y mirandeses. Tras la ocupación de Gipuzkoa por las fuerzas de Mola, con unos 15.000 guipuzcoanos que se inscriben en el requeté -muchos de ellos de filiación política no carlista- se organizan los Tercios de Oriamendi, Zumalacárregui, San Miguel, San Ignacio y San Marcial. El carlismo había cumplido su cometido. Un decreto del 18 de Abril de 1937 -no aceptado por Fal Conde-, ordenó la unificación de Falange y Comunión Tradicionalista.

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Datos de los Requetés

Organización militar del Requeté el año 1934 según las Ordenanzas del Coronel Varela (de mayor a menor):

  • Tercio: Equivale a un batallón y está compuesto por tres Requetés.
  • Requeté: Equivale a una Compañía. Compuesto por 3 Piquetes, 246 hombres.
  • Piquete: Equivale a una Sección. Compuesto por 70 hombres en 3 pelotones.
  • Grupo: Compuesto por 20 hombres en 3 patrullas.
  • Patrulla: Equivale a una Escuadra. Compuesta de 5 soldados llamados Boinas Rojas.

Ref. Lizarza: Memorias de la Conspiración, Pamplona, 1969, pp. 49-51.

Número de unidades (patrullas) y de Boinas Rojas existentes en Navarra en 1935 según Lizarza, Delegado de Requetés de Navarra:

Población 1930: 47.652 habitantes
Merindad de Sangüesa
Aibar7
Aoiz5
Aranguren8
Arce10
Arriasgoiti8
Cáseda2
Egüés18
Elorz11
Erro2
Eslava5
Esteribar3
Ezprogui4
Gallués8
Huarte-Pamplona10
Ibargoiti5
Izagaondoa2
Javier1
Leache3
Lerga3
Liédena6
Lizoain2
Lónguida6
Lumbier58
Monreal7
Nardués2
Navascués10
Ochagavía22
Romanzado8
Oronoz1
Sangüesa23
Rocaforte1
Unciti6
Total247 patrullas
equivalentes a 1.482 Boinas Rojas
Población 1930: 71.588 habitantes
Merindad de Estella
Abaigar8
Allín12
Amescoa Baja4
Aras3
Ayegui1
Azuelo1
Bargota4
Cirauqui3
Desojo5
Dicastillo4
Estella14
Genevilla1
Goñi18
Guesalaz10
Guirguillano3
Galbarra1
Gastiain2
Narcués2
Ulibarri2
Viloria3
Lapoblación1
Lerín11
Los Arcos6
Mañeru13
Mendaza3
Metauten1
Morentin2
Bearin1
Lezaun1
Grocin1
Murugarren2
Ugar1
Total186 patrullas
equivalentes a 1.116 Boinas Rojas
Población 1930: 120.656 habitantes
Merindad de Pamplona
Ansoain4
Anué2
Añorbe2
Araquil3
Satrústegui1
Arbizu2
Arruazu2
Ciganda2
Obanos4
Gascue2
Olave1
Olcoz1
Ilzarbe11
Olza8
Ostiz1
Pamplona18
Bacaicoa3
Garzarón2
Belascoain2
Ciriza1
Zizur7
Echauri10
Lizarraga Erg.2
Lanz2
Oricain8
Ezcurra2
Galar4
Larumbe2
Latasa2
Iza3
Juslapena4
Puente la Reina8
Saldías1
Santesteban1
Sumbillla1
Tirapu3
Ucar1
Ulzama2
Uterga2
Vidaurreta3
Villava13
Zabalza1
Zubieta1
Total215 patrullas con 1.290 Boinas Rojas
aparte 300 no encuadrados de Pamplona
Población 1930: 46.307 habitantes
Merindad de Olite
Artajona10
Barasoain10
Beire3
Berbinzana2
Caparroso2
Falces3
Funes3
Leoz11
Marcilla1
Mendigorria10
Milagro2
Miranda de Arga1
Traibuenas1
Murillo el Fruto1
Olite12
Oloriz1
Mendivil3
Orisoain2
Peralta13
Pitillas2
Pueyo1
San Martín de Unx16
Sansoain2
Santacara1
Tafalla8
Ujué3
Unzue1
Total125 patrullas con 750 Boinas Rojas
Población 1930: 59.680 habitantes
Merindad de Tudela
Ablitas2
Arguedas7
Buñuel1
Cabanillas2
Cadreita1
Carcastillo6
Fustiñana7
Mélida2
Monteagudo4
Murchante10
Ribaforada2
Tudela13
Cascante20
Cintruénigo6
Corella21
Fitero3
Fontellas3
Tulebras13
Valtierra1
Villafranca2
Total126 patrullas con 756 Boinas Rojas
Ref. Lizarza, Op. Cit., pp. 56-59.
Total en Navarra899 patrullas con 5.394 Boinas Rojas
más los 300 no encuadrados de Pamplona

Unidades de requetés vascos en la Guerra de 1936-1939.

Ref.: Redondo y Zavala: El Requeté, Barcelona, 1957, pp. 400-402.
Navarra
1.Tercio de Lacar.
2.Tercio de Navarra o de Guías de Navarra.
3.Tercio de Montejurra.
4.Tercio de San Miguel.
5.Tercio de San Fermín (ex-Elizondo).
6.Tercio de Lesaca (agregado al de San Fermín).
7.Tercio del Rey (ex-Pamplona), encuadrado en un batallón de América y luego en el Tercio de Valvanera.
8.Tercio de Santiago.
9.Tercio de Abárzuza.
10.Tercio de María de las Nieves.
11.Tercio de la Virgen del Camino.
12.Tercio de Roncesvalles (luego Mola).
13.Partida de la Barranca o de Barandalla.
14.Compañía de Navarros del Tercio de Cristo Rey.
15.Tercio Móvil.
16.Tercio de San Francisco Javier.
17.Tercio de Nuestra Señora del Puy.
18.Tercio Auxiliar (Servicios Auxiliares).
19.Columna de Orden y Policía.
20.Escoltas de Franco y generales Varela, Rada, García Valiño, Tella, Sánchez, Mola, Dávila, Millán Astray, Orgaz y Cuarteles generales de las Brigadas Navarras.
21.Unidad de Ingenieros Zapadores.
22.Radio Requeté de Campaña.
Gipuzkoa
23.Tercio de San Ignacio.
24.Tercio de Zumalacárregui.
25.Tercio de Oríamendi.
26.Tercio de San Marcial.
Alava
27.Tercio de Ntra. Sra. de Estíbaliz.
28.Tercio de la Virgen Blanca.
29.Tercio de Arlabán.
30.Tercio de Ntra. Sra. de Begoña (distinto del vizcaino).
31.Compañías de requetés de Alava.
Bizkaia
32.Tercio de Ntra. Sra. de Begoña (Vizc.).
33.Tercio de Ortíz de Zárate.
34.Tercio de Ntra. Sra. de la Antigua.

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El 19 de julio de 1936 se ponía en marcha una elaborada maquinaria de fidelidades y contactos carlistas en Navarra y, en menor medida en Álava, con la finalidad de suprimir la II República, considerada una amenaza para las esencias tradicionales. La participación de la Comunión Tradicionalista durante la guerra fue muy intensa, incorporando un elevado contingente de voluntarios en Alava y Navarra, incrementado paulatinamente con guipuzcoanos y vizcaínos conforme estas provincias fueron conquistadas. En esas fuerzas se incluyeron seguidores del Partido Nacionalista Vasco (P.N.V.), que encontraron en el carlismo un refugio en momentos de turbulencia. De igual modo, de San Sebastián partieron algunas de las iniciativas propagandísticas más significativas, como "Radio Requeté de Guipúzcoa" o el tebeo infantil "Pelayos". El protagonismo navarro en el proceso fue muy elevado y, en cierto modo, autónomo respecto a la dirección nacional, con Rodezno de nuevo como protagonista tras su alejamiento en 1934, "El Pensamiento Navarro" como portavoz cualificado del carlismo y la consolidación de los dirigentes navarros en lo que se ha calificado como gueto tradicionalista (Canal, 2000: 332-3). Garantizados unos mínimos, los carlistas combatientes y sus familias dejaron de lado cualquier otra consideración, sin protestar -salvo en la intimidad-, ante su eliminación política en 1937. Son años de creciente enfrentamiento con Falange, en parte por las pretensiones totalitarias de ésta y por las repercusiones que ello provocaría en Vasconia, así como por la pugna en la conquista del poder e influencia en el nuevo régimen. Son momentos que, en sectores dirigentes de Navarra, se sugiere la posibilidad de aceptar como monarca a Don Juan, incluso de tender a una unificación con Falange, dado el dominio carlista de sus instituciones, aparentemente difícil de poner en peligro. Sin embargo, la base carlista, muy influenciada por un discurso reiteradamente contrario a la "dinastía liberal" y reacia al patente arribismo de Falange, se oponía a cualquier tipo de acuerdo en ambos sentidos.La imagen del carlismo fue muy divergente en esos años, con una consideración heroica y salvadora desde Álava y Navarra, que incluso compatibilizaba el elemento español con el vasco a través del folklore y la exaltación del regionalismo y mediante el rechazo del nacionalismo. Mientras, desde las posiciones pro-republicanas de Gipuzkoa y Bizkaia, se atacaba a los requetés y al carlismo como responsables de atrocidades y furibundos enemigos de la lengua y cultura vascas. Esta guerra civil interna, la ruptura de la aparente unidad carlista de las guerras del siglo XIX, quedó larvada en la posguerra, pero afloraría en diversos grados a partir de los años sesenta.

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El 1 de abril de 1939 se daba por terminada la guerra. A su finalización, vencedores y vencidos comenzaron a realizar balance. Desde el bando nacional, unificadas todas las opciones del poder, se trataron de llevar a la práctica los planes de la víspera. El carlismo, la masa del tradicionalismo que dominaba en las derechas españolas, estaba en el bando de los vencedores en la que, para muchos, era la cuarta guerra carlista. Al menos teóricamente, sus principios eran los triunfantes, pero ya desde 1937 el carlismo organizado tuvo poco espacio en los planes del nuevo régimen. Las ideas del tradicionalismo habían resultado vencedoras en España, como puso de manifiesto el propio Franco al prologar la edición de las obras de Víctor Pradera. Sin embargo, la cuestión de la monarquía y, sobre todo, quién habría de ocupar el trono en España, aplazada por las circunstancias bélicas, quedó en un segundo plano frente a la consolidación del nuevo Estado franquista. Victoriosos en lo militar-sentimental pero vencidos en lo político-institucional, los carlistas marcaron aún más claramente la distancia entre dirigentes y dirigidos, entre elites y masas.Pese a lo erróneo de identificar carlismo y Navarra de forma absoluta, era evidente, en 1939, que el movimiento político tradicionalista tenía allí su más sólida localización. Ya desde las negociaciones al margen de la dirección carlista nacional de 1936, se contaba con la promesa de mantenimiento del régimen foral que Mola lanzara en su bando del 19 de julio. Con esta garantía, más los rasgos tradicionales del franquismo, Navarra había sido convertida en la Covadonga de la nueva España. En Álava la situación era similar, pero no así en Gipuzkoa y Bizkaia, donde la guerra supuso la pérdida de sus últimas referencias forales, con un carlismo desaparecido de las instituciones. En todos los territorios, la élite carlista oscilará entre el respaldo al régimen y el apartamiento. Las bases más concienciadas, en buena medida exhaustas tras el esfuerzo bélico previo, se retiraron a sus cuarteles de invierno, de los que habían salido al llamado de los grandes principios esgrimidos por sus dirigentes. La conciencia de que se habían logrado los objetivos fundamentales (régimen político tradicional, respeto y predominio de la religión católica, organización social corporativa, respeto por el régimen foral navarro y, en parte, alavés) llevó a muchos carlistas a retirarse de la vida pública, mientras que una minoría se incorporó a la administración local-provincial, especialmente en Navarra, donde la falta de dirección efectiva y promocionado su papel merced al prestigio ganado en la guerra, llevó a que esa presencia fuese importante. También hubo una significativa presencia en la administración central, donde el Ministerio de Justicia o la Presidencia de las Cortes estarían durante muchos años vinculados a la "familia" tradicionalista: conde de Rodezno, Esteban Bilbao, Antonio Iturmendi o José María Oriol.

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Algunas minorías comenzaron a realizar una oposición larvada contra el franquismo, aunque sus reductos eran escasos. Quizá el primero de esos sectores tradicionalistas de oposición fue el de la Regencia de Estella, en abierto -y más simbólico que real- conflicto con el régimen franquista desde 1947, cuando se proclamó la Ley de Sucesión, que ellos -junto con otros muchos carlistas- consideraron una intolerable intromisión. La actitud mayoritaria, mientras tanto, era expectante. Sin un claro pretendiente al trono, sin grandes diferencias doctrinales respecto al régimen vigente, los años cuarenta sólo destacaron por los enfrentamientos entre los propios carlistas (Pamplona, 1945, contactos para la aproximación carlista a D. Juan desde 1944) o con sus forzados compañeros de partido oficial, la Falange (Begoña, 1942). En Navarra y Álava primó la colaboración y en Bizkaia y Gipuzkoa la reconstitución de sus organizaciones.Tal vez el elemento más cohesivo fue el de los actos de afirmación carlista que, tomando como base diversas conmemoraciones (especialmente el día de los mártires de la tradición; o los aniversarios de los antiguos pretendientes, entre otros) permitían sostener el adoctrinamiento político a través de las redes de influencia social. Jugaron en ello también un relevante papel los círculos supervivientes, relegado el componente político para realzar el lúdico, un aspecto que se continuó en las organizaciones festivas y deportivas, como peñas, clubes de fútbol, grupos de danzas (como el "Muthiko Alaiak", de Pamplona) y similares. Desposeídos de medios de comunicación, salvo "El Pensamiento Navarro" y "Radio Requeté de Navarra", la socialización política del carlismo se mantuvo en las viejas redes familiares y locales arraigadamente caciquiles, al menos mientras el contexto social fue favorable a estos comportamientos. También destacó con gran fuerza el papel de las romerías a Montejurra, iniciadas en 1939 con impulso de la Diputación Foral de Navarra y con finalidad conmemorativa, su papel creció paulatinamente, pasando del ámbito navarro al nacional desde fines de la década de los cincuenta.El régimen también era consciente de estas capacidades proselitistas del carlismo y, legitimados por los principios genéricos que los vincularon durante la guerra, procuraron atraerse a las bases del carlismo mediante la voluntaria confusión de estas celebraciones, mediante mensajes reclamando para sí el papel de la tradición o integrando en sus filas a carlistas significados. El resultado de todo ello: la desmovilización política del carlismo en un magma de ideas genéricas que eran compartidas, en mayor o menor medida, por todos aquellos adheridos al "espíritu del 18 de julio".Aunque los años posteriores a la guerra vieron la paulatina pérdida de referencias identitarias en el carlismo organizado y su consecuente debilitamiento, su presencia en Navarra siguió siendo amplia, con casi un 33% de los concejales y algo más del 40% de los alcaldes en las elecciones municipales de 1948 (Villanueva, 1998: 518-9):

Elecciones municipales (1948)
Nº de concejales% sobre concejales tradicionalistas de toda España
Navarra47530,8
Gipuzkoa29619,2
Alava21113,7
Bizkaia1127,2
Total1.09470,9

Ya en los años cincuenta, la situación de regencia en que vivía el carlismo desde la muerte de Alfonso Carlos, su último pretendiente, comenzó a perjudicarle claramente frente a un juanismo más fuerte desde 1948. Una respuesta a ello fue la visita del regente don Javier de Borbón-Parma a Gernika en junio de 1950, en la que juró los fueros, pero sobre todo el colaboracionismo desde 1955, forzado por la necesidad de declararse abiertamente respecto al régimen vigente. Por ello crecieron los requerimientos ante él para que asumiese la pretensión dinástica, algo que realizará, con titubeos, entre 1952 y 1957. De forma paralela, se introdujo la figura del heredero, Carlos-Hugo de Borbón-Parma. Las defecciones se produjeron de inmediato, pero también un reforzamiento de lo que desde entonces se conocería como Javierismo, por oposición a los grupúsculos desgajados de esa rama (especialmente carlooctavistas, cuya presencia en Navarra era apreciable, y Regencia de Estella).

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El final de la larga siesta. En 1959 se reconstituyeron los círculos, que en muchos casos pasaron a denominarse Vázquez de Mella, de acuerdo a la nueva legislación de asociaciones en vigor. También a finales de los cincuenta se produjo la primera aparición pública de Carlos Hugo, en el Montejurra de 1957, que requirió de un complejo proceso de preparación y adecuación a la realidad del país del heredero a la pretensión carlista, llevado a cabo en Bilbao en medio de un riguroso incógnito. A partir de ese año, el significado político e ideológico de la celebración en el monte de tierra Estella creció de forma considerable, así como su capacidad de convocatoria, propiciando, a su vez, un incremento de las iniciativas (publicaciones, actos, reorganización institucional y participación en las elecciones municipales y provinciales: un ejemplo de ello es la activa implicación carlista en las elecciones provinciales de Navarra de 1963, que llevaron a la Diputación a Félix Huarte).Los sesenta fueron los años dorados del carlismo javierista bajo el franquismo. Amparados en una tolerancia peculiar, dado que el carlismo como formación política no tenía existencia legal, vivieron un florecimiento considerable, con una constante presencia de la familia real carlista, que se desplazó por el territorio con frecuencia. Así, Carlos Hugo visitó en 1962 varias localidades (incluída Gernika) y en 1963 reunió a las juntas de las cuatro provincias para felicitarles por su defensa de los fueros. Las infantas, por su parte, fueron asiduas, con María Teresa asentada en Pamplona en 1963.Son años en los que se apura la posibilidad de acceso al trono, cumplidos algunos de los requisitos establecidos en la Ley de Sucesión, con unos actos de Montejurra masivos, en los que los asistentes mostraban el impacto de una actitud vital que se ofrecía como alternativa no prohibida al régimen de Franco. Son años en los que conviven declaraciones de apoyo al ejército, con reivindicaciones de mayor libertad; peticiones para lograr democracia, con mensajes de Blas Piñar reclamando unidad en torno a Franco. Años de evolución paralela a la que vivía el país y a los vientos de renovación que sacudían incluso a la Iglesia católica. También momentos en los que se inicia un conflicto ideológico entre nacionalismo vasco radical y tradicionalismo, con ataques a la simbología carlista y defensas cada vez más radicales de ésta (Tolosa, 1963; Pamplona, 1965), en una creciente discrepancia con raíces en la guerra que se hacía compatible, aún, con que desde el carlismo se solicitara la derogación del régimen impuesto a Bizkaia y Gipuzkoa (1966) y se establecieran contactos con el P.N.V. Además, fueron años que reivindicaron la lengua vasca desde el carlismo. De hecho, algunas de las primeras publicaciones en euskera tras la guerra civil tuvieron patrocinadores carlistas y no fueron infrecuentes los llamamientos a la recuperación de la lengua desde las páginas de "El Pensamiento Navarro" o "Montejurra", como ponen de manifiesto los testimonios de Manuel de Irujo, al que incluso se llegó a ofrecer la posibilidad de publicar en ese periódico.Años de transformaciones que condujeron al carlismo hacia posiciones renovadas y renovadoras y, por ello, a una creciente distancia respecto al régimen, sobre todo desde que la cuestión sucesoria pareció resuelta, aunque no públicamente. Ese incremento del carácter opositor fue manifiesto a finales de la década, especialmente tras la expulsión de la familia Borbón-Parma en diciembre de 1968, que pasó a asentarse en el País Vasco continental (Iparralde), lugar tradicional de refugio de los carlistas en otras épocas y ahora sede de sus reuniones y de la propia familia real. Además, poco después de la expulsión se proclamó el estado de excepción en todo el país, una de cuyas consecuencias fue la detención del director de El Pensamiento Navarro, Javier María Pascual, y su destierro a Riaza (Segovia). Y, por último, la para entonces asumida proclamación de Juan Carlos de Borbón como sucesor, efectuada en julio de 1969.Las reacciones a todo ello fueron de indignación y de alejamiento, con un incremento de las acciones contra el franquismo, como se apreció en el Montejurra de 1969, y en una escalada de incidentes, que año a año aumentaron, enfrentando a tradicionalistas ortodoxos y a javieristas renovadores. Radicalizadas las posturas, se produjeron continuas defecciones de la línea mayoritaria y un giro izquierdista de ésta.

En 1970 se celebró el I Congreso del Pueblo Carlista en Arbonne, en el que la línea oficial del ya Partido Carlista se alejaba del tradicionalismo, celosamente mantenido por algunos sectores igualmente divididos entre sí.

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Durante los últimos años de la década de los sesenta y primeros setenta, por inspiración de lo que tenía lugar en algunos países en vías de descolonización, especialmente Argelia, y a imitación de los primeros pasos de Euskadi ta Askatasuna (E.T.A.), se reforzó una organización juvenil ya existente desde los años cincuenta, los G.A.C. (Grupos de Acción Carlista). Con ella se pasará de las pintadas y las octavillas a los atentados, especialmente en Navarra. Los primeros años setenta los vieron desaparecer, en buena medida por el escaso número de componentes -procedentes de Navarra y Gipuzkoa especialmente- y por la estrecha vigilancia policial a la que fueron sometidos.En esta década se incrementaron los contactos con la oposición al franquismo, lo que llevó al carlismo a formar parte de las diversas plataformas constituidas con esa finalidad. Además de este frente político, tuvieron algunos éxitos iniciales en el mundo sindical navarro, que a fines de los años sesenta sirvió para nutrir organizaciones más activas en los conflictos huelguísticos de esa década. El Partido Carlista potenció, además, su carácter federal y por ello la reivindicación de autonomía para el País Vasco, en la que se pedía la inclusión de Navarra, rescatando los proyectos estatutarios de la época republicana.En cualquier caso, al final del franquismo se apreció una progresiva reducción de integrantes, un distanciamiento ya no sólo organizativo, sino ideológico, entre los líderes y las masas, que poco a poco se refugiaron en el pasado mientras abandonaban la militancia activa. Las propuestas del Partido Carlista, no legalizado para las elecciones de junio de 1977 (a las que concurrió como Agrupación Electoral Montejurra) y enfrentadas a la creciente oferta política e ideológica de oposición, quedaron marginadas y pese a su intenso activismo (fue el grupo político que más mítines celebró en Navarra en esas elecciones: 73, con poco más de 13.000 asistentes -obtuvo 8.451 votos-), su presencia fue cada vez menor, lo que le privó de fuerza y condujo a una llamativa derrota donde se presentó (Gipuzkoa, 0'1% de los votos y Navarra, 3'2%. (Linz, 1981: 70, 78). Por su parte, el tradicionalismo no optó por una fuerza política propia y dispersó su voto por diversas opciones de la derecha (especialmente Alianza Popular). A ello hay que sumar los graves incidentes en el Montejurra de 1976, cuyo luctuoso saldo marcó aún más las profundas diferencias entre los muy diversos integrantes del carlismo, sin olvidar la nunca aclarada participación del gobierno, así como las implicaciones del ultraderechismo internacional. En cualquier caso, los más perjudicados fueron los carlistas, cuya presencia social y política se vio considerablemente reducida en los inicios de la Transición. Desde aquellos momentos, su presencia se redujo aún más. En las generales de 1979 obtuvieron sus mejores resultados en Navarra (19.522 votos), aunque, pese a ello, era una fuerza minoritaria en el conjunto de Vasconia (donde obtuvo 25.998 votos), una tendencia que aumentaría con el tiempo (Linz, 1981: 102, 105, 109 y 114) y que daría con muchos carlistas en formaciones de todo el arco político. Su único éxito fue la elección de Mariano Zufía como parlamentario foral en 1979.A partir de ahí, los intentos de renovación pasaron por la búsqueda de alianzas con otras fuerzas políticas por parte del Partido Carlista, que en Vasconia había adoptado, de acuerdo a su organización federal, el nombre de E.K.A. (Euskadiko Karlista Alderdia) en 1973, con sede en Tolosa; y de unificación de las diversas tendencias y grupos por parte del tradicionalismo, que en 1986 constituyó la C.T.C. (Comunión Tradicionalista Carlista). Así, el Partido Carlista se vinculó al P.S.O.E. a partir de 1982, para formar parte de los fundadores de la coalición Izquierda Unida en 1986.Tanto E.K.A. como C.T.C. concurrieron a algunas convocatorias electorales a partir de entonces, pero con resultados claramente marginales (en las elecciones autonómicas vascas de 2001, E.K.A. obtuvo 530 votos; en las navarras de 1999, 869. C.T.C., por su parte, obtuvo 473 votos en las elecciones europeas de 1994, por 583 del Partido Carlista, ambos en Navarra. Ello implicaba, a su vez, una reducida presencia social, que desde fines del siglo XX trataron de potenciar a través de fundaciones culturales, preocupadas por aspectos históricos del pasado carlista.

De igual forma, desde posturas no carlistas, se desarrolló un creciente interés por lo que supuso este complejo movimiento.

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La magna Bibliografía de las guerras carlistas de Jaime del Burgo recoge hasta 1960 un amplísimo elenco de fuentes y bibliografía sobre este movimiento político. En esta recolección que presentamos pretendemos actualizar esta bibliografía sin dejar de citar, asimismo, títulos clásicos, macro y microbbliografía que, por una u otra razón, no pueden faltar en esta lista, se hallen o no en la obra de del Burgo.

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  • Agirreazkuenaga Zigorraga, Joseba; Urquijo Goitia, José Ramón: 150 años del Convenio de Bergara y de la ley del 25-X-1839. -Vitoria-Gasteiz: Parlamento Vasco, 1990. -644. -(Fondo Histórico; 3).
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  • Etayo, Jesús: La reintegración Foral de Navarra. Conferencia de Jesús Etayo en el Círculo Carlista de Pamplona, dada al día 31 de enero de 1919. - Pamplona: Casa Editorial Huarte, 1919. - 14.
  • "Euskal Historia"; 19: Principalmente: La evolución militar del conflicto a través del relato novelístico, pp. 43-58; Explicación de la guerra, pp. 59-85; La insurrección del País Vasco, pp. 241-267; Visión barojiana de la última guerra carlista, pp. 337-350; Las novelas "carlistas".. pp. 385-403.
  • Euskalerriaren Alde. Revista de cultura vasca. Contiene: Un nuevo libro sobre las guerras carlistas: referencias al país vasco, 1927, nº 285, pp. 323-328; Opiniones. Las cruzadas carlistas en el País Vasco, 1927, nº 286, pp. 387-389.
  • Euzkadi. Contiene: Montejurra 76: Lo que el viento se llevó.., 1982, nº 54, pp. 34-37.
  • Extramiana, José: "De la paz a la guerra: aspectos de la ideología del País Vasco de 1866 a 1873", en Boletín de la Institución Sancho el Sabio, Vitoria, 1976, t. 20, pp. 5-89.
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  • Extramiana, José: La guerra de los vascos en la narrativa del 98. Unamuno-Valle-Inclán-Baroja. - San Sebastián: Haranburu, editor, 1983. - 414. - (Colección "Euskal Hstoria"; 19)
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  • Floristán, Elena; Garde, María Luisa: "El manifiesto constitutivo de la Alianza Foral (1921)", en Primer Congreso General de Historia de Navarra, Comunicaciones; 5. - Pamplona, Institución Príncipe de Viana, 1988, Anejo, 10, pp. 147-154.
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  • Fusi, Juan Pablo: Política obrera en el País Vasco (1880-1923). - Madrid: Ediciones Turner, 1975. - 560. Passim, Indice, 545.
  • G. Corella, Laura: Historia de Vizcaya a través de la prensa. De 1860 a 1876; Texto liminar Gregorio Marañon.- Bilbao: La Gran Enciclopedia Vasca, 1975. - Vol. I, 800: il. - (Edic.separada de los vols. IX y siguientes de la Historia General del Señorío de Vizcaya). Cfr. Noticias del carlismo, p. 18; La Diputación adopta el lema de "Paz y Fueros", p. 159.
  • G. Corella, Laura: Historia de Vizcaya a través de la prensa. Desde 1877 hasta 1882. - Bilbao: La Gran Enciclopedia Vasca, 1976. - Vol. II, 830. - (Historia General del Señorío de Vizcaya; X). Cfr. Reunión de acreedores de guerra en el Teatro de la Villa, p. 14.
  • G. Corella, Laura: Historia de Vizcaya a través de la prensa. Desde 1883 hasta 1894. - Bilbao: La Gran Enciclopedia Vasca, 1977. - Vol. III, 775. - (Historia General del Señorío de Vizcaya; XI). Cfr. El asunto de la deuda carlista, p. 27; Solicitud de abono por los servicios que los barcos vascos prestaron durante la guerra civil, p. 41; Reconocimiento de la deuda carlista, p. 356.
  • G. Corella, Laura: Historia de Vizcaya a través de la prensa. Desde 1895 hasta 1906. - Bilbao: La Gran Enciclopedia Vasca, 1978. - Vol. IV, 662. - (Historia General del Señorío de Vizcaya; XII). Cfr. Los carlistas en acción (1898), p. 228; Los temores del Gobierno: contra carlistas y bizkaitarras, p. 291; Conspiración carlista, p. 336; los carlistas y las elecciones, p. 448.
  • G. Corella, Laura: Historia de Vizcaya a través de la prensa. Desde 1907 hasta 1918. - Bilbao: La Gran Enciclopedia Vasca, 1979. - Vol. V, 789. - (Historia General del Señorío de Vizcaya; XIII). Cfr. Los carlistas y los Fueros, p.343.
  • Gabarain Aranguren, Mª Teresa: "El origen del Liberalismo y la I Guerra Carlista", en Historia de Rentería. - San Sebastián: Ayuntamiento de Rentería, 1996, pp. 153-162.
  • Galeria militar contemporánea, ó sea colección de biografías y retratos de los jefes que más se han distinguido en ambos ejércitos durante la guerra civil de 1833 a 1840, con inclusión de algunos guerrilleros cuya historia aún no se ha escrito, acompañando á este biografía una descripción de la guerra civil en el Norte y Cataluña, redactadas por una Sociedad de acreditables literatos de esta corte, con presencia de datos históricos, noticias y documentos tanto oficiales como inéditos, proporcionados por diferentes caudillos de quien habla la historia. - Madrid: Hortelano, 1845-1846. - 2 vols.
  • Gambra Ciudad, Rafael: La primera guerra civil de España (1821-23). Historia y meditación de una lucha olvidada; Prólogo de José Mª Pemán. - Madrid: Editorial Escelicer, 1950. - 200: il.
  • Garaia. Contiene: Posición del Carlismo vasco (E.K.A.), 1977, nº 20, pp. 8-9; El Carlismo: esbozo de una trayectoria en cuarenta años, 1977, nº 29, pp. 28-34.
  • Gárate, Justo: Ensayos euskarianos, Tomo I. - Bilbao: Imprenta Mayli, 1935. - 239. Cfr. pp. 63, 69.
  • Gárate Arriola, Justo: El carlismo de los vascos. - San Sebastián: Editorial Auñamendi, 1980. - 232. - (Colección Auñamendi; 133).
  • García Bengoa, Belén: "Demografía, sociedad y financiación en la tercera guerra carlista en Durango", en Cuaderno de Historia Duranguesa-Durangoko Kondairaren Idazlana,1981, pp. 36-39.
  • García de Cortázar, Fernando; Montero, Manuel: Historia contemporánea del País Vasco. De las Cortes de Cádiz al Estatuto de Guernica. - San Sebastián: Editorial Txertoa, 1980. 224. - (Colección "Ipar Haizea"; 14). Cfr. La segunda guerra carlista y la abolición foral, pp. 123-126.
  • García de Cortázar, Fernando: "La Iglesia vasca. Del carlismo al nacionalismo (1870-1936", en Jiménez de Aberásturi, J.C. (Coord.): Estudios de Historia contemporánea del país vasco. - San Sebastián: Haranburu Editor, 1982, pp. 201-276. - (Colec. "Euskal Historia"; 12).
  • García de Cortázar, Fernando; Montero, Manuel: Diccionario de Historia del País Vasco. - San Sebastián: Editorial Txertoa, 1983. - 2 vols. - 444, 425. - (Coleción "Txertoa textos"; 2, 3). Contiene: T. I A-H; t. II I-Z. Cfr. Carlismo, t. I, pp. 163-171; Guerras carlistas, t. I, pp.367-375.
  • García de Cortázar, Fernando: "Las Carlistadas", en Los vascos a través de la historia, San Sebastián, 1989, pp. 224-243.
  • García Moreno, Melchor: Ensayo de Bibliografía e Iconografía del Carlismo Español. -Madrid: Edita el autor, 1950. - 109: il.
  • García Sánchiz, Federico: Del robledal al olivar. Navarra y el carlismo. -San Sebastián: Editorial Española S.A., 1939. - 169.
  • García Venero, Maximiano: Historia del Nacionalismo Vasco. 1793-1936. - Madrid: Editora Nacional, 1945. - 495. Principalmente: Guerras civiles, pp. 75-92; 133-141; Convenio de Amorebieta, pp.179-181; El tercer levantamiento en Vascongadas y Navarra, pp.183-190; Muerte de Jaime de Borbón, pp. 433-441.
  • García-Sanz Marcotegui, Angel: Demografía y Sociedad de la Barranca de Navarra (1760-1860). -Pamplona: Edita Gobierno de Navarra, 1985. - 449. - (Serie: Historia; 46). Cfr. La guerra carlista y sus consecuencias en la población. La crisis de 1834, p. 398.
  • García-Sanz Marcotegui, Angel: Intransigencia, exaltación y populismo: la política navarra en tres seminarios criptocarlistas (1913-1915. - Donostia-San Sebastián: Txertoa, 1994. - 192: il. - (Ipar haizea; 41).
  • García-Sanz Marcotegui, Angel: "Pancracia Ibarra, liberal y fuerista. Su testimonio sobre la última guerra carlista en Navarra", en Gerónimo de Uztariz, Pamplona, 1995, nº 11, pp. 137-146.
  • García-Sanz Marcotegui, Angel: "Isidoro Ramírez Burgaleta y sus obras sobre las causas de la primera guerra carlista en Navarra y la Ley de Modificación de Fueros de 1841", en Príncipe de Viana, Pamplona, 2002, nº 226, pp. 431-469.
  • Garma Baquiola, Alfredo de la: La desheredada. Novela vasco-montañesa. - Barcelona: Luis Gili, Librero- editor, 1925. - 447.
  • Garmendia, Vincent: "Victor Hugo et la première guerre carliste" - Euskal Herria (1789-1850), Bayonne: Société des Amis du Musée Basque, 1978, pp.261-276.
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  • Garmendia, Vicente: Vicente Manterola. Canónigo, Diputado y conspirador carlista. -Vitoria: Caja de Ahorros Municipal de la Ciudad de Vitoria, 1975. - 267: il. - (Biblioteca alavesa "Luis Ajuria"; 14).
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  • Lázaro Torres, Rosa Mª: El poder de los carlistas. Evolución y declive de un estado 1833-1839, Bilbao: Edición de la autora, 1993. - 105.
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