Concept

Palacio

El término palacio deriva de la palabra latina palatium que significa residencia de los césares. El Palatino es una de las siete colinas sobre las que se asentó la población romana en sus orígenes y en ella el emperador Augusto erigió su residencia. Por extensión, se ha denominado palacio a todo aquel edificio monumental, anterior y posterior a la civilización romana, que cumple funciones residenciales, públicas y administrativas. Este término, por tanto, presenta una evolución y un desarrollo paralelo al de la propia disciplina arquitectónica.

Se tiene constancia de la existencia de este tipo de construcciones en las civilizaciones más antiguas. En Egipto, por ejemplo, el palacio era un tipo de edificación que no tenía una planta determinada y la presencia de puertas y pórticos monumentales con columnatas es el rasgo más distintivo. Eran lugares residenciales o de reposo, a veces se ubicaban cerca de los templos y formaban parte de un recinto aislado, normalmente amurallado. En Mesopotamia, los restos muestran un tipo de palacio construido sobre terrazas, con patios interiores y estancias dedicadas a diferentes funciones, fundamentalmente administrativas.

En el ámbito occidental, la cultura cretense primero y la micénica después establecieron un tipo de palacio basado en un espacio central más o menos rectangular, precedido de un porche o vestíbulo, denominado mégaron. Alrededor de dicho espacio se articulaban el resto de dependencias que en ocasiones seguían un esquema laberíntico, como en el caso del palacio de Cnosos, en Creta. El palacio griego, tan solo construido durante el periodo antiguo, también se concibió a partir del mégaron de herencia cretense. En los periodos posteriores, condicionado por la restricción de espacio que imponía la acrópolis, el palacio griego se asentó en la casa griega.

En la civilización romana la influencia del mégaron derivó en la domus patricia, edificio que constituyó el origen del palacio romano. El palacio de Augusto, Palatium o Domus Augustana, construido sobre el Palatino, constituye el ejemplo más representativo de esta época. Dividido en dos secciones claramente diferenciadas, la pública (con basílica, templo, peristilos y jardines) y la privada, destaca por la forma de resolver todo el conjunto de forma compacta y por la audacia constructiva.

Las características del palacio romano persistieron durante toda la Edad Media aunque, debido a la inseguridad del periodo, se añadieron elementos defensivos (almenas, torres), es decir, el palacio adquirió un carácter militar. También se mantuvo la diferenciación entre la zona oficial o pública y la residencial o privada, pero evolucionó hacia unas formas más sencillas, se hizo más modesto y a menudo se integró en los núcleos urbanos.

Partiendo de la domus o palacio romano, el palacio renacentista se articuló en torno a una planta geométrica, bien estructurada y recuperó el esplendor y la monumentalidad del periodo romano. En el interior destaca el patio con arquerías sobre pilares o columnas, en torno al cual se distribuyen las estancias, comunicadas por pasillos o corredores. En el exterior, el elemento distintivo es la seriación de los ventanales, que según el momento y el territorio reflejan diferentes estilos arquitectónicos (romano, florentino, veneciano, plateresco, estilo Tudor, flamígero, etc...). Es un momento de auge y desarrollo para esta tipología y ello se refleja en la gran diversidad de construcciones conservadas.

El palacio barroco sigue el esquema del modelo renacentista pero añade complejidad a las plantas, al establecer ejes transversales para ampliar el edificio e incorporar soluciones escenográficas tanto en el interior como en el exterior.

La recuperación del mundo antiguo que propugna el neoclasicismo estuvo muy presente en la construcción palaciega de este momento. Siguiendo los esquemas establecidos durante el periodo anterior, pero depurando las formas y ganando en monumentalidad, el palacio neoclásico se encuentra bien representado en todo el territorio europeo.

Durante el siglo XIX, este tipo de construcción comenzó a ceder su lugar a otro tipo de construcciones. La tipología de edificios públicos con funciones administrativas y gubernamentales está ya plenamente asentada (Ayuntamiento, Palacio de Justicia, Palacio de la Diputación, etc....) y la función del palacio queda relegada a la de residencia particular. En el siglo XX se construyeron algunos palacetes privados pero progresivamente la concepción de residencia particular cambió. Desde entonces el término palacio se ha asociado a otro tipo de construcciones (Palacio de Congresos, Palacio de Exposiciones, Palacio de los Deportes, etc...) con funciones muy distintas a las que tuvo en su origen.

Puesto que el palacio responde a un tipo de construcción muy difundido en el ámbito arquitectónico, su evolución en nuestro territorio, al igual que en el desarrollo del término, se ha inscrito en la trama de la historia de la arquitectura europea.

Estella

Las primeras referencias de construcciones palaciegas existentes en nuestro entorno nos remiten a la época románica y a un núcleo de población concreto, Estella. Allí se encuentra el Palacio de los Reyes de Navarra, que constituye un buen ejemplo de arquitectura palaciega del periodo románico. El edificio está integrado por diferentes espacios, de dimensiones modestas, donde la austeridad y la sencillez de las formas son las notas distintivas. En la actualidad, solo la fachada, articulada en dos pisos con arcos y columnas superpuestas de diferentes órdenes arquitectónicos, responde a las premisas de estilo románico.

En territorio alavés se encuentran magníficos ejemplos de arquitectura gótica palaciega. En la capital destacan la casa del Cordón, mandada construir por el mercader Juan Sánchez de Bilbao a finales del siglo XV, la torre-palacio de los Anda, edificada a finales del siglo XV, y el Palacio de Arrieta o Palacio de Bendaña, construido por Juan López de Arrieta a principios del siglo XVI y que presenta un estilo de transición entre el gótico y el renacimiento. En el resto de la provincia existen numerosos ejemplos de arquitectura palaciega. Uno de ellos es el palacio de los Guevara, de planta rectangular y flanqueada por cuatro torreones en cada ángulo, lo que acentúa el carácter militar de la construcción. Otro ejemplo lo constituye la casa-torre de los Mendoza, también de marcado carácter defensivo, con presencia de torres en los cuatro ángulos y con torre central de cuatro plantas. En ambos casos el equipamiento militar, a base de saeteras y modillones específicos para la defensa, está muy presente. El aspecto defensivo, la austeridad en las formas y la escasa decoración se mantienen en el resto de las casa-torre conservadas -de los Varona, Quejana, Martioda, Mursa, Conde de Orgaz y Condestable-.

El castillo de Muñatones en Muskiz y la casa-torre de Aranguren en Orozco son las dos únicas construcciones de carácter palaciego en estilo gótico que se conservan en Bizkaia.

En Gipuzkoa, la torre Berriatua, en Mutriku, y la torre Luzea, en Zarautz, constituyen los mejores ejemplos de palacio gótico. Otros edificios, como la casa de los Guevara en Segura, la de los Legazpi en Zumarraga, el palacio Enparan en Azpeitia y Lili en Zestoa, combinan rasgos de estilo gótico con elementos renacentistas, resultado de añadidos e intervenciones posteriores.

En ambos territorios, vizcaíno y guipuzcoano, el carácter militar y la austeridad siguen siendo las notas dominantes. No obstante, el número de edificios, comparado con el territorio alavés, no es muy grande ya que las luchas nobiliarias del momento alteraron y destruyeron muchas de estas construcciones.

Palacio / Jauregia

También en territorio navarro se conservan ejemplos de arquitectura palaciega correspondiente a este periodo. El Palacio Real de Olite, se inició en el siglo XIII bajo el mandato del rey Teobaldo II. Más tarde, a principios del siglo XV, Carlos III continuó con la obra, siguiendo las trazas de los palacios reales europeos. Del conjunto palaciego destaca un patio cuadrado alrededor del cual se organizan pequeñas estancias con elementos constructivos de carácter gótico. Los elementos decorativos de influencia francesa le otorgaban un aire cortesano y encubrían en parte el carácter militar original. En la actualidad, la mayoría de los elementos originales han desaparecido y lo que se puede contemplar es el resultado de una intervención no muy acertada que desvirtúa todo el conjunto. En este mismo territorio y de la misma época se conservan otras construcciones como el castillo de Javier, el Palacio de Arazuri y el Palacio del Príncipe de Viana en Sangüesa.

La disminución de los conflictos bélicos y la prosperidad económica de esta época contribuyeron a crear un ambiente menos convulso y más propicio para edificar nuevos palacios. En la nueva tipología, el carácter defensivo ha desaparecido pero persisten algunas características intrínsecas como la austeridad de las formas y la escasez de vanos y de decoración.

En territorio alavés se encuentran algunas de las construcciones más significativas. El palacio de Bendaña, antes citado, es un edificio de transición en el que el estilo renacentista se refleja desde sus inicios. Cuenta con un patio interior con galerías, en torno al cual se distribuyen las diferentes estancias organizadas en tres pisos. El palacio de Montehermoso constituye otro buen ejemplo. Es de planta rectangular y presenta un patio central cuadrado; en el exterior sobresalen las cuatro torres que rematan las esquinas. Por último, señalar el palacio de Escoriaza-Esquivel, construido por Fernán López de Escoriaza hacia 1540. El edificio se articula alrededor de un patio cuadrado, presenta doble arquería en tres de sus lados y una escalera. En la fachada principal destaca la portada plateresca en la que el conjunto escultórico muestra un repertorio típico renacentista.

Palacio / Jauregia

En el ámbito guipuzcoano se encuentra una importante y diversa representación de construcción palaciega. Los ejemplos ubicados en el valle del Urola, esto es, el palacio Anchieta en Azpeitia y el palacio Floreaga en Azkoitia, presentan la peculiaridad de estar construidos en ladrillo, siguiendo el modelo de la reconstrucción de la torre de los Loiola realizada a finales del siglo XV en la misma zona. Otra modalidad de palacio se advierte en el palacio de Carlos V, en Hondarribia, que responde a un esquema de edificación en piedra cerrada y compacta. Asimismo, los palacios de Narros en Zarautz y Ubillos en Zumaia cuentan con un diseño más abierto, con patios y arcadas en fachada.

En Navarra se conservan dos buenos ejemplos correspondientes a este periodo: el palacio de San Cristóbal, en Estella, y el palacio del Marqués de San Adrián, en Tudela, donde destaca el alero, las arcadas y los patios interiores.

El estilo barroco estuvo presente en nuestro territorio durante los siglos XVII y XVIII aunque cada siglo presenta sus peculiaridades. Mientras que a lo largo del siglo XVII se mantuvieron desde un punto de vista estructural las características del periodo renacentista y la escasez de decoración, en el siglo XVIII se asume el lenguaje barroco estructuralmente y se incrementan los elementos decorativos.

En territorio alavés pertenecen a este estilo barroco el palacio de los Otazu en Zurbano, Lazarraga en Zalduendo, y la casa-palacio del Marqués de la Alameda y la casa de los Gobeo-Caicedo, ambos en Vitoria.

Bizkaia cuenta con una buena representación de palacios barrocos. Destacan el palacio de Jara y, sobre todo, de Tola en Elorrio. Este último, construido en el siglo XVII íntegramente en piedra, presenta un aspecto de bloque organizado en el interior en tres plantas; cuenta además con ventanas adinteladas y con garitones cilíndricos en los ángulos. Otro ejemplo a señalar es el palacio de Valdespina en Ermua. Edificado en el siglo XVIII y con el lenguaje barroco asimilado, muestra la influencia del barroco italiano en diferentes aspectos, como la escalera interior de tres tramos cubierta por cúpula y la doble galería en la fachada que asoma al jardín. Otros palacios barrocos vizcaínos son: el palacio de Hurtado de Amézaga en Güeñes, el de Arana en Mallabia, el de Solartekua en Markina-Xemein y el de Urrutia en Balmaseda. Además, hay que señalar los palacios de Larrako en Lezama y Uriarte en Lekeitio, donde lo más llamativo son las logias.

Usurbil

En el interior de la provincia de Gipuzkoa se concentran la mayoría de palacios adscritos a este estilo. Uno de los más representativos es el palacio de Lazkano, en Lazkao; construido en el siglo XVII bajo la influencia del palacio escurialense, lo más sobresaliente es el patio cuadrado y la portada de la fachada principal, de corte clasicista, con órdenes superpuestos y rematada por dos torres. Otros ejemplos de palacios erigidos durante este periodo son: el palacio Lardizabal en Segura, Portu en Zarautz y Zuloaga en Hondarribia.

La mayoría de los palacios que se construyeron en Navarra en estilo barroco datan del siglo XVIII, combinan la piedra y el ladrillo y cuentan con patio interior. Entre los más importantes destacan el palacio Colomo en Miranda de Arga, Azpilicueta en Barasoain, Marqués de Huarte en Tudela, casa de las Cadenas en Corella, Arizkuena en Elizondo, Gastón de Iriarte en Irurita, y el palacio episcopal en Pamplona.

Progresivamente, la construcción palaciega pierde protagonismo en el panorama de la arquitectura civil y en su lugar surgen otras tipologías como la vivienda unifamiliar y los bloques de viviendas. En términos generales, el lenguaje neoclásico estuvo vinculado en nuestro territorio a edificios de carácter público, administrativo y gubernamental fundamentalmente y son pocos los casos en los que se empleó para residencia particular o palacio. Cabe citar como ejemplo el palacio Díaz-Espada en Vitoria, realizada por Justo Antonio de Olaguibel en 1806.

Palacio / Jauregia

Al contrario, el eclecticismo fue un lenguaje que fácilmente se asimiló y se asoció con palacios o residencias particulares.

En Álava el arquitecto Julio Saracibar construyó numerosas residencias de carácter palaciego para la burguesía del momento, destacando el palacio Zulueta, Villa Sofía, Villa Vergara, Casa de las Jaquecas y Casa Heraclio Fournier, entre otras.

En Gipuzkoa, el palacio de Miramar, del arquitecto Selder Wormun, y el palacio de Cristina Enea, obra de José Clemente de Osinalde, realizados ambos en estilos pintorescos con reminiscencias de la arquitectura inglesa, constituyen buenos ejemplos de esta tendencia arquitectónica.

En Bizkaia, existen numerosos ejemplos de construcciones palaciegas realizadas para la burguesía con un lenguaje ecléctico en la localidad de Getxo en los barrios de Algorta o Neguri. Entre los más importantes y significativos hay que destacarlos palacios de Arriluze, Lezama Leguizamón, Artza y Cisco de Manuel María de Smith, la casa de campo de Ramón de la Sota de los arquitectos británicos Chatterton & Couch, la residencia Rosales de Rafael Garamendi y el palacio Eguzki-Alde de Leonardo Rucabado.

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