Poetas

Godoy Alcayaga, Lucila

Gabriela Mistral

Maestra y poetisa chilena de ascendencia vasca, nacida en Vicuña, valle de Elqui, 1889. Premio Nobel de Literatura en 1945. Fallece en Nueva York, enero de 1957.

La noche del 12 de diciembre de 1914, el escritor Víctor Domingo Silva Endeiza lee en el Teatro Municipal de Santiago los Sonetos de la Muerte ante un auditorio estremecido. Lucila Godoy Alcayaga, su joven autora, asiste confundida entre el pueblo, en el gallinero del teatro. Este primer destello, este primer peldaño de su gloria, fue bautizado como "la noche sagrada". Concurría por primera vez a unos Juegos Florales y obtenía la Flor Natural, la Medalla de Oro y la Corona de Laurel. Su celo la llevó luego por todas las repúblicas americanas y varios países de Europa. Numerosas escuelas, liceos y otros centros educacionales portaron pronto su nombre. Se la requería entre la alta sociedad pero ella se retiraría entre los campesinos, entre los niños y mujeres del pueblo.

Se universalizarían su "Oración de la Maestra", sus poemas del Hijo, de la Madre, el "Decálogo del Artista", su "Padre Nuestro", su "Ruego", su "Nocturno", sus "Rondas" y "Canciones de Cuna", sus "Recados", sus "Motivos de San Francisco". Fueron saliendo varios tomos de sus antologías. Antes de su premio: Desolación, 1922; Ternura, 1924; Tala, 1938, y Lagar, ya en 1954. Aquella "noche sagrada" caló muy hondo en el pueblo que empezó a llamarla la "divina". En 1933 apareció su primera biografía La divina Gabriela, de Virgilio Figueroa. En las "Notas bibliográficas" que cierran esta obra, se anotan ya un centenar de libros y revistas que se ocupan de su poesía o de su extraordinaria labor pedagógica, principalmente a lo largo de América.

La jugosa obra de Carmen Conde "Gabriela Mistral" (1970), es un libro a tener en cuenta para conocerla de cerca, pues la autora convivió con ella cuando era cónsul de Chile en Madrid. La guerra de 1936 las separó definitivamente. Colaboró también en diarios americanos como "El Mercurio", de Santiago; "Crítica" y "La Nación", de Buenos Aires; "El Tiempo", de Bogotá, "El Universal", de Caracas; "ABC", de Madrid; "Puerto Rico Ilustrado", de esa isla; "Repertorio Americano", de San José de Costa Rica; "La Revista América", de Bogotá, etc.

Fue directora de Liceo en las ciudades chilenas de Punta Arena (1918-1920), Temuco (1920), y Santiago (1921). En la primera, la ciudad más austral del mundo y la más fría de Chile, escribe Desolación. Al publicarse lo clasificaron como "naturaleza", cuando en realidad es una queja, un grito de angustia:

"El viento hace a mi casa su ronda de sollozos
y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito.
Y en la llanura blanca, de horizonte infinito,
miro morir inmensos ocasos dolorosos".

"¿A quién podrá llamar la que hasta aquí ha venido
si más lejos que ella sólo fueron los muertos?
¡Tan sólo ellos contemplan un mar callado y yerto
crecer entre sus brazos y los brazos queridos."

A Gabriela, nativa del soleado Valle de Elqui, en el Norte de Chile, el hielo de Magallanes le entró hasta los huesos y pasó luego su vida errante buscando los climas cálidos.

El poeta chileno Arturo Torres-Rioseco, profesor de la Universidad de Minnesota, con otras personas que ya conocían las actividades literarias y docentes de Lucila Godoy Alcayaga rompió el cerco doméstico chileno. Los datos de su personalidad y algunas poesías corrieron por la prensa de habla española. La tradujeron a diversas lenguas y aureolaron el nombre de G. Mistral del máximo prestigio y popularidad. Federico de Onis, profesor en la Universidad de Columbia, en febrero de 1921, pronunciaba una conferencia dándola a conocer en el Instituto de las Españas de Nueva York, leyendo algunas de sus creaciones. Los maestros y maestras de español quedaron doblemente impresionados por aquella poesía conmovedora, escrita por una colega del lejano Chile. Las copias corrieron de mano en mano, "Los Sonetos de la Muerte", la "Oración de la Maestra", despertaron el deseo de conocer la obra entera de aquella misteriosa desconocida. Y surgió la idea de editar la obra dispersa de aquella voz poderosa que les llegaba del extremo austral de América.

El Instituto mencionado patrocinó la idea y apareció Desolación que significa la irrupción impetuosa de una nueva poesía en el mundo de habla española. Unos años más tarde surgiría Pablo Neruda a quien Gabriela prestaba libros en Temuco, cuando tendría unos quince años. En junio de 1922 fue a México como colaboradora en la reforma educacional de ese país. En 1923 publica allí Lecturas para mujeres. El año 1924 viaja a Estados Unidos, Italia, Suiza, Francia y España. Publica artículos de sus entrevistas con Romain Rolland, Ada Negri, Giovani Papini, Tagore, etc. Vuelve a Chile en 1925 que la recibe en olor de multitud. Dos años antes le había sido otorgado el título de Licenciada, el máximo titulo universitario de entonces. Debemos hacer constar que G. Mistral nunca realizó estudios en los Centros oficiales, Normales de Maestras, Institutos, Universidades, etc.

Es un caso insólito de autodidacta que accede a los máximos galardones y que imparte su docencia destacando sobre todo el sistema vigente de su época. El Gobierno la designa miembro representativo de Chile ante el Instituto Intelectual de la Liga de las Naciones (1926). Por los años 1930 y 1931 pasa a Estados Unidos, las Antillas y Centroamérica, siguiendo su docencia en varios colegios y universidades, sobre todo en Puerto Rico. "En esta oportunidad, los homenajes lindaron en el delirio, sobre todo en las Antillas" (Carmen Conde). Desde 1932 pertenece al cuerpo consular chileno. Designada a Nápoles, la Italia fascista le pone trabas para ejercer debido a su sexo. Pasa a Madrid donde debe mantener el consulado con sus escasos medios.

En Madrid coincide algún tiempo con Pablo Neruda, también cónsul de Chile que años más tarde declararía, recordando cuando la conoció en Temuco: "No me extrañó cuando de sus ropas sacerdotales sacaba libros que me entregaba y que fui devorando. Ella me hizo leer los primeros grandes nombres de la literatura rusa que tanta influencia tuvieron sobre mi". El año 1938 vuelve de nuevo a su país donde el pueblo la aclama. Hallándose en Río de Janeiro la invitan a participar en los Cursos Sudamericanos de Vacaciones, en Montevideo. Participa en un acto público con Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni en el Instituto de Enseñanza Secundaria. Hablan sobre el tema de la creación poética. Las tres excelsas poetisas se explayan en una especie de autobiografía lírica. Desde Montevideo se dirige a Buenos Aires y Mar del Plata. La segunda guerra mundial la encuentra de cónsul en Niza. Viaja al Brasil e instala su consulado en Petrópolis. Allí supo de su Premio Nobel. Dos sucesos adversos amargan a G. Mistral: el suicidio de sus amigos Stefan Zweig y su esposa y la muerte trágica de su sobrino Juan Manuel, "Yin-Yin", a los dieciocho años, a quien había criado como hijo.

En 1945 recibe en Estocolmo el Premio Nobel, en las fiestas de Santa Lucía. En la solemne ceremonia del Ayuntamiento, cuando habló Gabriela, dijo entre otras cosas:

"Esta mañana cuando abrí mis ojos, pero con circunstancias que aún me hallaba en el límite entre el sueño y la realidad, yo te contemplé, Lucía. Y deseo que siempre me despiertes, sea cual fuere el país en donde esté. En tu vestido blanco ostentas una roja llama encendida, y puede ser que tú ilumines, con esta misma llama, en dondequiera que reine la frialdad".

La prensa de América realza la noble ceremonia. "El Tiempo", de Bogotá:

"En la Corte de Suecia la rodean los reyes y príncipes como en un cuento de hadas que olvidara redactar Selma Lagerlof, cronista de dulzuras y de milagros. Y Gabriela permanece, sin embargo, tal como siempre, humilde, amable, decorosa y melancólica. No la ciega el resplandor de las joyas y condecoraciones, no le produce vértigo su propia gloria".

A preguntas de la revista "Adam", de Londres, en enero de 1946, dijo G. Mistral:

"Si el Premio Nobel ha sido un honor para mi país, siento que no se le haya dado a Neruda, que es nuestro más grande creador".

Tuvo su época de pobreza. Sin contar la de su infancia en Vicuña y Montegrande. La dictadura del general Carlos Ibáñez del Campo, que para encaramarse en La Moneda tuvo que abatir las puertas de la Universidad a cañonazos, la privó de su sueldo como cónsul de Chile, por no haberse ofrecido servilmente al régimen. Cuenta su trance:

"Dos almas, de la gran raza, me llevaron su ayuda, ahorrándome las hieles del destierro que conocieron otros sudamericanos en Europa: la señora inglesa D.ª Eloisa de Lawin puso a mi disposición, indefinidamente, una casa para mi en la Provenza; y el doctor D. Eduardo Santos, director de "El Tiempo" de Bogotá, figura internacional de este momento (1933) por su alegato de Colombia en Ginebra, me ofreció reemplazar mi sueldo completo de Chile por servicios a su periódico, que no representaban seguramente esa suma."

No podemos descorrer completamente el velo que la oscurece en parte. Su apellido materno, Alcayaga, es el nombre de un barrio de Lesaka, en Navarra. Consultado el Diccionario de Querexeta, nos dice: Alcayada o Alcayaga, en Irún, Guipúzcoa, y Lesaca, Navarra. Variante de Arcayaga, en Lezo, Guipúzcoa (1738); Fuenterrabía (1721); Jacobo, Maestre de Campo y regidor de la ciudad de Santiago de los Caballeros (Guatemala, 1699). Las citas de escritores de su tiempo y hasta las de ella misma, son elocuentes. Virgilio Figueroa, su primer biógrafo, dice:

"Con una testarudez muy vasca que es la sangre suya, rechazó las faenas domésticas y comenzó a leer y a meditar".

Ricardo Latcham, crítico de "La Nación", de Santiago, afirma:

"Ella se llamaba mestiza de vasca y quechuaymará".

En su "Recado" a Victoria Ocampo, la célebre intelectual argentina, la misma G. Mistral insiste:

"Te quiero porque eres vasca, y eres terca y apuntas lejos".

La periodista Rosa Canto escribe en "La Nación" de Buenos Aires (1930):

"Lucila Godoy Alcayaga, descendiente de una familia vasca, adoptó el armonioso nombre de Gabriela Mistral...".

En una de sus prosas, la misma G. M. dice:

"El hacendado D. Adolfo Iribarren -Dios le dé bellas visiones en el cielo-, por una fantasía rara de hallar en un hombre de sangre vasca, se había creado, en su casa de Montegrande, casi un parque medio botánico y zoológico. Allí había de conocer el ciervo y la gacela, el pavo real, el faisán, y muchos árboles exóticos".

Otra insistencia de G. Mistral sobre lo vasco lo vemos en la revista chilena "Zig-Zag" al referirse a la dama prócer chilena D.ª Amalia Errazuriz Urmeneta:

"Como ya lo dijo Gabriela Mistral, una de nuestras mujeres famosas..., la familia de D.ª Amalia venía de formidable sangre fundadora y gobernadora, de vascos legítimos. Podía decirse que dentro de ella se hizo un buen cuarto de la historia de Chile".

No podemos omitir su generoso aporte material y espiritual a los niños vascos aventados por la guerra de 1936. Al ofrendar sus derechos de autor de Desolación y Ternura escribe:

"Tomen ellos el pobre libro de mano de Gabriela, que es mestiza de vasco, y se lave Tala de su miseria esencial por este ademán de servir". Y sigue: "Es mi mayor asombro, podría decir también mi más aguda vergüenza, ver a mi América española cruzada de brazos delante de la tragedia de los niños vascos..." "El océano esta vez no ha servido para nuestra caridad, y nuestras playas, acogedoras de las más dudosas emigraciones, no han tenido un desembarcadero para los pies de los niños errantes de la desgraciada Vasconia. Los vascos y medio vascos de la América hemos aceptado el aventamiento de esas criaturas de nuestra sangre y hemos leído, sin que el corazón se nos arrebate, los relatos desgarrantes del regateo que hacían algunos países para recibir los barcos de fugitivos o de huérfanos", y conmina: "Ruego que no despojen a los niños vascos las ediciones siguientes, que me han pirateado los derechos de Desolación y Ternura. ..".

Dos Premio Nobel de Literatura chilenos, los dos con madres de ascendencia vasca: Petronila Alcayaga y Rosa Basoalto Opazo. Siendo cónsul en Italia le indicaron que no recibiera a Neruda. Nos cuenta:

"Me prohibieron desde allá recibir en el consulado a Neruda. ¡Qué poco me conocen! Me hubiera muerto cerrándole la puerta de mi casa al amigo, al más grande poeta del habla hispana, y, por último, a un chileno perseguido".

Al cumplir P. Neruda los cincuenta años, Gabriela le envió un entrañable obsequio. El poeta acusa recibo en su discurso de la Universidad de Chile:

"Anoche, con los primeros regalos, me trajo Laura Rodig un tesoro que desenvolví con la emoción más intensa. Son los borradores escritos con lápiz y llenos de correcciones de los "Sonetos de la Muerte", de Gabriela Mistral. Están escritos en 1914. El manuscrito tiene, aún entonces, las características de su poderosa caligrafía. Pienso que estos sonetos alcanzaron una altura de nieves eternas y una trepidación subterránea quevedesca". Y sigue: "La magnitud de estos breves poemas no ha sido superada en nuestro idioma. Hay que caminar siglos de poesía. Remontarnos hasta el viejo Quevedo, desengañado y áspero, para ver, tocar y sentir un lenguaje poético de tales dimensiones y dureza".

Al legar estos originales a la recién instituida "Fundación Pablo Neruda para el Estudio de la Poesía" (1954), el poeta vuelve al tema de Gabriela y afirma al final:

"Pero nosotros seguiremos reverenciando estos sonetos que se abrieron de pronto en la vida de la poesía como si golpes de viento hubieran hecho temblar la casa deshabitada y se hubiese instalado allí para siempre una presencia, una palabra verdadera".

Este mismo año llega G. Mistral una vez más a Chile. Neruda le da la bienvenida así:

"En este mes de setiembre florecen los yuyos, el campo es una alfombra temblorosa y amarilla. Aquí en la costa desde hace cuatro días golpea con magnífica furia el viento Sur. La noche está llena de su movimiento sonoro. El océano es abierto cristal verde, titánica blancura. Llegas, Gabriela, amada hija de estos yuyos, de estas olas, de este viento gigante. Todos te recibimos con alegría."

P. Neruda, cosa muy humana, tuvo celos de Gabriela porque creyó que con sus misivas trabajaba su ascensión al Nobel. Pero declara en sus Memorias, Barcelona, 1974:

"Para mi tuvo siempre una sonrisa abierta de buena camarada, una sonrisa de harina en su cara de pan moreno".

El entierro más largo y emotivo del mundo americano. El que escribe asistió a este acontecimiento en Santiago. Y escribió en aquella ocasión:

"Ya viene, ya la traen. Las paradas del avión son el llanto concentrado de cada república. Y su féretro blanco viene condecorado de amores, Cada república, una cinta prendida a su ataúd... Mientras en Chile estábamos en un esplendoroso verano, allá, la nieve helada rodeaba la casa fúnebre. Nadie sabe lo que ella habría dicho en sus últimos momentos. Pero ya antes lo había pensado y escrito:

"Ahora, Cristo, bájame los párpados,
pon en mi boca escarcha,
que están de sobra ya todas las horas
y fueron dichas todas las palabras."

Allí traen su féretro blanco, entre flores, cintas, banderas enlutadas y pueblo silencioso. La entran en la Universidad, en el hogar de la vieja madre enlutada para recibir los despojos de su hija predilecta. Durante tres días y tres noches desfila el pueblo. Los vendedores callejeros ofrecen fotografías de la "divina" Gabriela, biografías, medallas, ediciones en pergamino de los "Sonetos de la Muerte". El pueblo heterogéneo compra estos recuerdos, para ponerlos en sus casas, quizá pensando oscuramente en proteger a su prole. Ese día pude ver a cientos de niños pobres arrodillados, con las manos en cono, orando por ella. Este gesto espontáneo de la chiquillería lo pude apreciar sobre todo en la avenida de la Paz. Pude ver al pueblo, en gigantesca manifestación de amor, por calzadas y paredones, por cerros y azoteas, con su vuelo de pañuelos, dándole aliento para entrar en la eternidad".

Contraviniendo su última voluntad fue metida en un nicho del Cementerio General de Santiago. Su deseo, expresado en su testamento, decía que debía ser enterrada en Montegrande, pueblo de su niñez. El poeta Pablo Neruda escogió el sitio en una colina. Y nos dice:

"Pocas veces el viajero siente el peso de una soledad tan aplastante. Pero esta soledad cuya grandeza tiene tanto contacto con la poesía de Gabriela Mistral, estaría bien si no fuera por la miseria de su tumba. No hay una flor, ni un asiento para el viajero; no hay nada sino aquella piedra olvidada con su nombre. Y aquí vienen las escuelas y los niños, cantan los versos de ella contemplando el total abandono de su sueño".

Esto nos dice el autor de "Cien cantos de amor" que escribió, como ya se sabe, uno de ellos para G. Mistral. Su testamento está presidido por su amor a los niños de su pueblo. La Medalla de Oro y el Pergamino que le fueron otorgados por la Academia Nobel los lega al pueblo de Chile, bajo la custodia de la Orden de San Francisco. Los dineros que se le deban, provenientes de la venta de sus obras literarias en la América del Sur, para los niños pobres de Montegrande, en el valle de Elqui. (Ya antes había calzado a todos los chicos del pueblo de su infancia.) Y a los mismos niños pobres de Montegrande les lega cualquier mueble o inmueble que poseyera en La Serena. La Orden de San Francisco será la cumplidora de estas disposiciones.

  • Virgilio Figueroa, La divina Gabriela, Santiago 1933.
  • G. Mistral, Desolación, Buenos Aires, 1945.
  • G. Mistral, Tala, Buenos Aires, 1946.
  • E. Anderson, Historia de la Literatura hispanoamericana, México, 1961.
  • M. Estornés Lasa, Gente vasca en América, San Sebastián, 1961.
  • Carmen Conde, Gabriela Mistral, Madrid, 1970.
  • Jaime Kerexeta, Diccionario Onomástico y Heráldico Vasco, Bilbao, 1970.
  • Margarita Aguirre, Las vidas de Pablo Neruda, Barcelona, 1973.
  • Pablo Neruda, Confieso que he vivido, Barcelona, 1974.
  • Pablo Neruda, Para nacer he nacido, Barcelona, 1978.
  • Revista Zig Zag n.º 2.877, Santiago, 1960.