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Historia del Arte (version de 2008)

Hasta la llegada del período que conocemos como Edad Media, que en el caso de Euskal Herria comienza a partir del siglo X d.C., los restos tanto culturales como artísticos que conservamos en Euskal Herria de los dos períodos anteriores -Prehistoria e Historia Antigua- son muy escasos. Aunque hay constancia de que en nuestro territorio hubo importantes asentamientos desde la Prehistoria, y de hecho, son abundantes los restos materiales pertenecientes a disciplinas como la pintura rupestre o el arte mobiliario, en otros ámbitos como el arquitectónico todo lo que conservamos son indicios más que hechos, por lo que nos resulta muy difícil establecer el punto de partida y la primera evolución de la historia del arte en Euskal Herria. De todos modos, se distinguen claramente tres fases -Prehistoria, colonización romana y cristianismo- en las cuales analizaremos los restos conservados y su importancia para la historia del arte de Euskal Herria.

Denominamos Prehistoria al primer período de la historia del ser humano que comienza con los inicios de la humanidad y que concluye cuando aparecen los primeros documentos escritos. Durante este período el ser humano avanzó progresivamente en su modo de vida y pasó de ser nómada a ser sedentario, de subsistir de la caza y de la recolección a practicar la agricultura y la ganadería, y de habitar en las cuevas a las primeras construcciones arquitectónicas. En este proceso, el ser humano comenzó también a producir otro tipo de creaciones que ya no sólo atendían a las necesidades básicas y elementales para su subsistencia, sino a otras cuestiones menos materiales y más relacionadas con un pensamiento cada vez más sofisticado. Entre estas nuevas creaciones destacaron las manifestaciones artísticas, que aunque en algunas ocasiones cumplieron un objetivo meramente decorativo, en otras muchas comenzaron a cumplir un papel mucho más complejo y acorde con un pensamiento tan evolucionado como el del ser humano. De hecho, las primeras manifestaciones artísticas importantes y significativas hoy todavía nos resultan misteriosas, ya que no se limitan a la mera decoración sino a transmitir, comunicar un pensamiento que comienza a organizarse. De todas maneras, este proceso fue muy lento y fruto de una evolución pausada que se distribuyó en cuatro etapas: Paleolítico, Mesolítico, Neolítico y Edad de los Metales.

En Euskal Herria, como en la mayoría de los territorios de Europa occidental, son escasas las noticias que tenemos de esta extensa etapa. Los yacimientos más antiguos que se han hallado corresponden al Paleolítico Superior (30.000-10.000 a.C.), etapa en la que predominó un clima frío, el ser humano se alimentó de la caza y buscó refugio en las cuevas. En el Mesolítico (10.000-3.500 a.C.) el ser humano que habitó el territorio de Euskal Herria comenzó a abandonar las cuevas gracias a que las temperaturas se templaron y pudo añadir a su sustento tanto la recolección de frutos silvestres como la actividad de la pesca. Pero el verdadero cambio llegó con el Neolítico (3.500-2.500 a.C.), etapa en la que la agricultura y la ganadería llegan a Euskal Herria, y con ello el ser humano pasa a ser sedentario, y se plantea ya no sólo la construcción de aquellos espacio arquitectónicos que necesitaba, sino también la organización tanto del espacio como de las relaciones entre los seres humanos. En la Edad de los Metales, que duró hasta el último milenio antes del cambio de era, además de la utilización de los metales y sus aleaciones -cobre, bronce y hierro, sucesivamente- se encuentran los primeros restos de manifestaciones artísticas que anuncian el desarrollo de poblaciones y culturas más complejas que nos anuncian el cambio histórico hacia civilizaciones más complejas que se desarrollaron posteriormente en la Antigüedad.

Sin embargo, las primeras manifestaciones artísticas de la humanidad aparecen mucho antes en la Prehistoria. Después de tener cubiertas las principales necesidades básicas, el ser humano comenzó a diferenciarse del resto de los animales gracias al desarrollo de una cultura propia y compleja en la que, desde el inicio, las manifestaciones artísticas jugaron un papel fundamental. De hecho, a partir del Paleolítico Superior, desde el momento en el que el ser humano se planteó decorar sus utensilios de trabajo o pintar sus cuevas, podemos afirmar que aquellos seres dejaron de ser homínidos para convertirse en seres humanos. De ahí que el arte, junto con otras características propias del ser humano como el lenguaje o lo capacidad de convivir y organizarse en sociedades, sea una de las características más originales y fundamentales de los seres humanos.

Las creaciones artísticas más antiguas que conservamos de aquel período son la decoración de utensilios, primero de piedra y luego de madera y de hueso, y las pinturas rupestres. Más tarde, con la llegada del Neolítico, aparecieron soportes como la cerámica y nuevas formas de expresión como las construcciones megalíticas, realizadas a base de grandes bloques de piedra. Posteriormente, con los metales, nacieron los primeros poblados. Estas manifestaciones artísticas también se crearon y se desarrollaron en Euskal Herria, pero al igual que ocurrió con los avances en las formas de vida, en nuestro territorio también llegaron con retraso y procedentes del interior de Europa, de sus áreas septentrional y oriental. Además, desde este período se comienzan a vislumbrar diferentes grados de desarrollo dependiendo de las zonas; así, mientras que el arte paleolítico y mesolítico se desarrolló, principalmente, en el área septentrional, el neolítico y el arte relacionado con la Edad de los Metales, en cambio, alcanzaron una mayor influencia en el área meridional de Euskal Herria.

Las primeras manifestaciones artísticas de importancia que el ser humano desarrolló en la Prehistoria estuvieron relacionadas con la pintura y la escultura. Debido al clima frío y al desconocimiento de los avances técnicos necesarios, durante este primer período de la Prehistoria la arquitectura no se desarrolló, y por tanto, la sensibilidad artística se encauzó a través de la decoración de los utensilios que utilizaban para cubrir sus necesidades vitales como cazar, comer o hacer fuego, y pintando en las paredes de las cuevas que habitaban. Por tanto, la caza y la cueva fueron los dos elementos a los que el arte inicial estuvo ligado en su origen. De ahí que a la hora de entender por qué se desarrolló esta forma de expresión -su sentido- la teoría más extendida afirme que estas primeras creaciones artísticas tenían un carácter mágico-religioso y que hacían referencia tanto a la caza -el principal medio de subsistencia- como a la reproducción del ser humano.

En Euskal Herria, la mayoría de los restos que conservamos de este período inicial de la historia del arte proceden de la fase final del Paleolítico Superior y aunque no son muy abundantes si son significativos e importantes en el contexto europeo del momento. Las pinturas más antiguas son las de la cueva de Venta Laperra de Carranza (Bizkaia), en cuya entrada se representan figuras -tanto humanas como animales- de un modo realista aunque todavía excesivamente esquematizadas. En esta primera fase las figuras más representadas son animales, y la pintura rupestre tiende claramente al realismo y al naturalismo, y a la variedad cromática.

Las cuatro cuevas con restos más importantes en Euskal Herria son las de Arenaza en Galdames (Bizkaia), Santimamiñe en Kortezubi (Bizkaia), Altxerri en Aia (Gipuzkoa) y, sobre todo, Ekain en Deba (Gipuzkoa), que conforma junto con la de Altamira en Santillana del Mar (Cantabria), uno de los principales conjuntos de pintura rupestre de Europa Occidental. En las cuatro cuevas aparecen figuras de animales entre los que se encuentran bisontes, ciervos y caballos, representados de forma muy naturalista y alejándose, por tanto, del esquematismo que predominó posteriormente en la fase siguiente, y de la que curiosamente no existen o no se han encontrado ejemplos en el territorio de Euskal Herria.

En cuanto a los relieves que realizaban en los útiles de uso doméstico y que también ejecutaban en las cuevas, principalmente en el acceso a las mismas, predomino -indudablemente por la dificultad técnica- un mayor esquematismo que en la pintura aunque no exento de realismo y una clara tendencia al naturalismo. Los mejores ejemplos de figuras grabadas en cuevas se encuentran en las cuevas de Akerdi en Urdax (Navarra) y en Isturitz (Nafarroa Behera), donde además de relieves sobre las paredes de la cueva, se halló un ajuar mobiliario compuesto por bastones, varillas y esculturas realizadas sobre soporte óseo. En Oiartzun (Gipuzkoa), el hueso hallado en la cueva de La Torre, con siete figuras de animales grabadas, es un buen ejemplo de este tipo de manifestación artística de este período histórico.

Durante el neolítico, el siguiente período al Paleolítico Superior, aparecieron en Euskal Herria los primeros recipientes cerámicos, y en la cueva de Arenaza (Bizkaia) y en la de

Con la Edad de los Metales llegaron grandes cambios, y es que su descubrimiento y su aplicación supusieron un gran avance en todos los campos de la actividad humana, destacando entre ellos, la aparición del comercio y la creación de las primeras poblaciones. Como testimonio del comercio de metales con el exterior destacar los cuencos de oro de Axtroki encontrados en Eskoriatza (Gipuzkoa) y el vaso campaniforme de Pagobakoitza, también hallado en Gipuzkoa, y que serían importados.

En cuanto a los poblados, sólo se han encontrado restos en la zona meridional del territorio de Euskal Herria, y los mejores conservados son el poblado de Alto de la Cruz de Cortes en Navarra y el de La Hoya en Biasteri (Araba). En ambos casos, los restos hallados -murallas, casas, sarcófagos- nos permiten hablar de una estructura urbana consolidada y en relación con los usos y las costumbres de los nuevos pueblos que llegaban de la zona septentrional de Europa. En La Hoya destaca el tipo de vivienda de planta rectangular, ligeramente trapezoidal y con estructura realizada totalmente en madera. En Cortes, en cambio, las viviendas estaban construidas con adobe formado por barro y paja y se organizaban en pequeños barrios, lo que supone el desarrollo del sentimiento de colectividad. Para finalizar apuntar, que el hecho de que en el norte del territorio de Euskal Herria durante este período se continuase con las construcciones megalíticas, mientras que en el sur, paralelamente, se desarrollasen las primeras poblaciones, nos plantea la diversidad del territorio, pero también la existencia de ritmos de desarrollo diferentes.

La aparición de los primeros documentos escritos y las primeras civilizaciones importantes nos llevan a cambiar de período histórico y artístico, y así, pasamos de la Prehistoria a la Historia Antigua. Y es que los primeros documentos escritos aparecen con las antiguas civilizaciones de Oriente Medio -Mesopotamia y Persia-, de África -Egipto- y del Mediterráneo. Este nuevo período que conocemos como Antigüedad concluyó con la desaparición del imperio más importante de la época, el de Roma, que no sólo logró sintetizar todos los avances logrados con anterioridad sino, además, expandirlos por toda Europa.

Desde el punto de vista artístico, Roma heredó el estilo y las formas desarrolladas por los griegos, añadiendo un mayor sentido del pragmatismo y de la monumentalidad. Por lo demás, tanto Grecia como Roma consiguieron transmitir a través de su cultura, valores y elementos tan importantes para la posterior evolución del arte como el sentido de la proporción y de la armonía, el concepto de realismo y de naturalismo y, sobre todo, una nueva interpretación de la existencia que tomaba como principal punto de referencia al ser humano y que revolucionó la cultura y el arte europeo del momento.

En Euskal Herria, la Historia Antigua se inició con la llegada de los romanos. Éstos arribaron a la península Ibérica en el siglo III a.C. en busca de materias primas relacionadas tanto con la agricultura como con la minería; precisamente, las primeras referencias escritas que se conservan sobre los habitantes de Euskal Herria provienen de la información suministrada por estos asentamientos romanos. Incluso, los nombres que utilizamos para denominar a las tribus que habitaban entonces en nuestro territorio -autrigones, caristios, várdulos, berones, vascones, tarbellis, etc.- son los que los romanos designaron y dejaron escritos.

Aunque Hispania para Roma fue un territorio muy importante, sin embargo, el papel que desempeñó Euskal Herria en este período todavía no está demasiado claro. Sabemos por los documentos escritos y los restos materiales conservados, que los romanos se asentaron en determinadas zonas y que existió un proceso de romanización, pero es difícil precisar con exactitud el grado o el nivel de la misma. Lo que sí resulta evidente es que se acentuó aún más la doble división que existía en el territorio vasco desde la Prehistoria; así, el propio Imperio denominó ager vasconum a la vertiente mediterránea, donde fue más profunda la influencia romana, y saltus vasconum a la vertiente atlántica, con un menor impacto de los modos de organización de Roma.

Por tanto, la mayoría de las manifestaciones artísticas se encuentran en Araba y Navarra, aunque los restos hallados en Irun, Hondarribia y Oiartzun (Gipuzkoa), referidos al topónimo de Oiasso, también nos hablan de un importante núcleo de asentamiento en torno a la desembocadura del río Bidasoa. En cuanto a las disciplinas artísticas que se desarrollaron durante este período en el territorio de Euskal Herria, vamos a distinguir, por un parte, la arquitectura -a través de los restos de las infraestructuras que se conservan- y, por otra parte, las artes plásticas, destacando los restos escultóricos y, sobre todo, los mosaicos. Por último, finalizaremos esta primera parte de la historia del arte en Euskal Herria, analizando las creaciones artísticas relacionadas con a llegada del cristianismo al territorio de Euskal Herria.

A pesar de que tenemos constancia escrita de que los romanos crearon ciudades y villas en Euskal Herria, son escasos los restos que conservamos de la arquitectura o el urbanismo realizado por los romanos. Las excavaciones arqueológicas han sacado a la luz restos de diferentes construcciones -casas y templos, principalmente- y restos de calzadas romanas, aunque secundarias. La mayoría de los testimonios que nos han llegado proceden de localidades que fundaron los propios romanos como Pompaelo (Pamplona, Navarra), Andelos (Mendigorria, Navarra), Iruña (Araba) u Oiasso (Irun, Gipuzkoa), y de villas rurales como las de Arellano y Liédena en Navarra.

Los restos mejor conservados que atestiguan la ocupación romana durante este período se corresponden con las obras de ingeniería que realizaron para dotarse de las infraestructuras necesarias en el proceso de conquista y explotación del territorio. Destacan, en Navarra, el acueducto de Lodosa, la presa, el depósito de aguas, el acueducto y las termas encontradas en Andelos, y la torre de Urkulu en Aezkua, una construcción de sección circular erigida en una roca caliza y levantada con forma troncocónica, cuya función todavía se desconoce. En Araba, además de los restos del puente de Mantible, hay que destacar los elementos constructivos y ornamentales encontrados en la localidad de Iruña, donde se puede vislumbrar un plano urbano ortogonal y restos de la antigua muralla que rodeaba la localidad. En la actualidad, y en un futuro próximo, los restos más importantes que se están rescatando proceden de Iruña -donde se han hecho importantes hallazgos en torno a la representación iconográfica cristiana- y de Oiasso, en las proximidades de la bahía de Txingudi, con testimonios significativos de puentes, calzadas e infraestructuras portuarias.

Los restos escultóricos de época romana no son relevantes. De hecho, sólo se conservan en algunos museos de Euskal Herria fragmentos de piedra y de bronce, además de algunos capiteles decorados y altares votivos con inscripciones; los mejores ejemplos se han encontrado en Iruña y Oiasso. Sin embargo, el elemento escultórico más característico de la presencia romana durante este período es la estela funeraria, que destaca por la escasa ornamentación si se compara con el estilo y el gusto que predominaba en el Imperio romano. Estas estelas sustituyeron la función funeraria que cumplían las construcciones megalíticas y su uso se prolongó no sólo durante los siglos que duró el dominio romano sino que se extendió a periodos posteriores. Como ya hemos apuntado, la ornamentación y las inscripciones son sencillas y breves, y la mayoría de las figuras que aparecen hacen referencia a seres humanos, a animales como caballos y a símbolos de la tradición figurativa celta y romana, como cruces y círculos.

Estos elementos escultóricos han sido interpretados por algunos historiadores como un claro exponente -junto a las construcciones megalíticas- de la existencia de un arte propio realizado en Euskal Herria durante este período. Sin embargo, aunque es verdad que estas estelas no son una creación exclusiva del territorio vasco -se encuentran durante este período extendidas por todo el imperio romano-, es verdad que como en el caso de las construcciones megalíticas, llama la atención la prolongación de su uso en el tiempo, la influencia que ejercieron su ornamentación en la artesanía -muchos de los símbolos utilizados en los trabajos sobre madera o cuero provienen de los signos grabados en las estelas- y la extrema sencillez con la que están realizadas.

Pero la manifestación artística más destacable de este período lo constituye el mosaico. Empleado para decorar los suelos y las paredes de los templos y las viviendas más importantes, en el sur de Navarra, principalmente, han aparecido decenas de ejemplos en muy buen estado de conservación, lo que nos demuestra la existencia de una importante red de villas rurales en esta zona meridional de Euskal Herria. Los mosaicos más importantes que se han hallado en territorio navarro se localizaron en las localidades navarras de Tudela, Villafranca, Liédena y Arellano, y actualmente, se encuentran expuestos, como otros muchos otros restos de este período, en el Museo de Navarra de Pamplona. La mayoría representa escenas mitológicas realizadas con gran realismo y precisión, ya que corresponden al estilo del final del Imperio, aunque también los hay con escenas de la vida cotidiana y con diseños vegetales o geométricos.

En el siglo V d.C. el Imperio romano cayó y Europa fue ocupada por los diferentes pueblos que llegaron del Este de Europa. En Hispania, entre los pueblos invasores destacó el de los visigodos, mientras que la zona de Iparralde de Euskal Herria fue controlada por los francos. De este modo, se inició un nuevo período en la historia y el arte denominado Edad Media y que analizaremos en el siguiente capítulo, ya que el primer arte cristiano aunque cronológicamente se encuadra en este nuevo período, estilísticamente hay que incluirlo junto con el resto de las manifestaciones artísticas relacionadas con el Imperio romano y el proceso de romanización.

Un siglo antes del final del Imperio romano comenzó a llegar a Euskal Herria la influencia del cristianismo. Poco sabemos de la expansión por nuestro territorio de esta religión, pero por los datos que conservamos parece ser que si influyó tempranamente y se extendió de forma paralela al nivel de romanización existente; así, mientras que en el ager vasconum -la vertiente mediterránea- se introdujo a partir del siglo IV, en el saltus vasconum -la vertiente atlántica- no tenemos noticias de su llegada hasta el siglo IX. Este dato nos demuestra como la división entre los dos territorios cada vez era más evidente.

Son pocos los restos arqueológicos y artísticos que conservamos de esta etapa que se extiende del siglo V al X d.C. La caída del Imperio romano trajo consigo la desaparición de sus infraestructuras e instituciones y, paralelamente, la disolución del arte que denominamos como clásico. Por tanto, la manifestación artística más significativa de esta etapa la constituyen las basílicas excavadas en la roca en localidades del condado de Treviño en Araba. Los conjuntos más importantes se encuentran en Las Gobas, San Julián, Peña de Santiago, Santorkaria, Montico de Charratu y Nuestra Señora de la Peña. En estas cuevas, entre otras estancias también excavadas en la roca -como viviendas-, destacan las iglesias de planta basilical, con ábside y contra ábside, y cámaras laterales. Uno de los detalles constructivos más sorprendentes son las bóvedas, de cañón con arcos fajones, que arrancan sobre imposta corrida muy sencilla en Las Gobas y rebajada en Santorkaria.

De este período también se conservan algunos elementos escultóricos como las pilas bautismales de Idiazabal y Ormaiztegi, ambas en Gipuzkoa, o los sarcófagos de la iglesia parroquial de San Andrés de Astigarribia en Mutriku (Gipuzkoa). En otras iglesias como San Pedro de Abrisketa en Arrigorriaga (Bizkaia) o San Julián de Astrea en Zalduondo (Araba) se hallan elementos decorativos y constructivos de este período como ventanas, de antiguos edificios hoy desaparecidos, y que fueron reutilizados en posteriores construcciones.

En todos estos ejemplos es interesante resaltar la desaparición de los valores y los modos de representación del estilo clásico. Con la crisis del Imperio romano y la llegada de los nuevos pueblos desde el Este de Europa, tanto por falta de pericia como porque las necesidades y los objetivos habían cambiado -como ocurrió también con la situación política, económica y social-, el arte se transformó, y así, por ejemplo, el realismo y el naturalismo pasaron a un segundo plano, o cuestiones como la proporción y la armonía perdieron su significado. De este modo, comenzó un nuevo período que denominamos Edad Media.

El período histórico que denominamos Edad Media comenzó en Europa a partir del sigo V d.C. con la invasión de los pueblos germánicos. Entonces, el imperio romano se desintegró y fue sustituido por un conjunto de reinos que, en los primeros siglos, provocaron una gran inestabilidad en el continente europeo, ya que a la invasión siguieron posteriores luchas internas. Además, a partir del siglo VIII la expansión árabe también llegó a Europa al conquistar la mayor parte de la península Ibérica. De todos modos, durante este período el poder en Europa no estuvo en manos de las monarquías sino de los señores feudales y la Iglesia. De hecho, fue la Iglesia quien promovió las creaciones culturales, de tal forma que la cultura pasó a estar al servicio de la religión.

Así, durante la Edad Media, fueron las órdenes monásticas quienes impulsaron en primer lugar la creación de un nuevo estilo, el románico, que se difundió a partir del siglo X por todo el Occidente Cristiano. Integrando diferentes herencias artísticas precedentes, el arte románico supo responder a las necesidades tanto materiales como espirituales del momento. Sin embargo, a partir de finales del siglo XII, el crecimiento de las ciudades, el auge de las monarquías y la creación de la burguesía, conllevaron un cambio en la mentalidad de la sociedad que trajo la formación de un nuevo arte, el gótico. Este arte se fue acercando al ser humano y la naturaleza, y comenzó a dejar de ser monopolio exclusivo de la religión. De hecho fueron tanto los monarcas y los burgueses como la nobleza y la Iglesia quienes impulsaron conjuntamente el proceso de humanización del arte que posteriormente culminó en el siguiente período histórico de la Edad Moderna, en el renacimiento.

En Euskal Herria tenemos pocas noticias sobre el comienzo de la Edad Media. De hecho, aunque hasta el siglo IX carecemos de testimonios fidedignos, parece ser que los visigodos no ejercieron ningún control sobre el territorio, y por tanto, los habitantes de Euskal Herria continuaron gobernándose según las formas y los modos heredados de la época romana. Sí existió un mayor proceso de ruralización y, por tanto, un aumento del poder de los señores feudales y de la Iglesia, a través de los obispados y los monasterios. La llegada del pueblo árabe cambió poco la situación; se establecieron en el sur de Navarra, y mediante la familia Banu Qasi dominaron la región de la Ribera durante dos siglos, hasta que fueron conquistados por los reyes navarros.

Por tanto, durante esta primera etapa de la Edad Media, Euskal Herria, al igual que el resto de Europa, estuvo inmersa en una encarnizada lucha por el dominio de los territorios que enfrentó a diferentes nobles, obispos, monasterios y reyes. De hecho, en las provincias que hoy incluimos dentro del territorio de Euskal Herria, durante este período sólo se formó un reino que con el nombre primero de Pamplona y después de Navarra y que controló la mayor parte de nuestra geografía. Este reino intentó, como otros, extender sus fronteras pero se encontró con la competencia de Castilla y Aragón con los que tuvo que enfrentarse. No obstante, los reyes de Navarra tuvieron que compartir el control del territorio con la nobleza y la Iglesia, ya que en la práctica eran estos grupos los que ostentaron el poder durante este período en el territorio y ejercían el control político, económico y cultural sobre sus habitantes.

Las primeras manifestaciones artísticas importantes que se crearon en Euskal Herria pertenecen al estilo que denominamos como románico, un estilo que se creó como parte de este control. La Iglesia, al igual que la nobleza y la realeza, necesitaba símbolos que manifestasen la unidad de los territorios cristianos de Europa occidental. Por tanto, ante la diversidad geográfica, económica y política, la Iglesia utilizó el arte como elemento unificador a la hora de ejercer el poder en el mayor número posible de territorios. De ahí el carácter homogéneo y el componente didáctico del arte románico; en una sociedad rural dedicada a la agricultura y a la ganadería, con escasa población y una situación política inestable, condicionada por continuos cambios en el poder, el románico se convirtió en el principal punto de referencia cultural, en el estilo que aglutinó al resto.

Los monjes benedictinos de la orden de Cluny en Francia fueron los encargados de crear y difundir el románico, un estilo que debía garantizar la cohesión y la uniformidad del mundo cristiano occidental. Para ello tejieron una compleja red de monasterios, obispados y caminos de peregrinación que en el caso de nuestro territorio se constituyó en torno al Camino de Santiago. De hecho, tanto a través del mismo como a partir de él, en Euskal Herria comenzaron a crearse diferentes manifestaciones artísticas que resolvían ya no sólo las necesidades religiosas sino que respondían a un estilo, a unos principios que buscaban a través de la expresión artística alcanzar unos objetivos concretos; de ahí que el románico sea el primer estilo del que podamos hablar expresamente como de arte realizado en Euskal Herria. Sin embargo, el románico que se desarrolló en Euskal Herria se caracterizó por su sencillez. Hay que recordar que el estilo románico después de gestarse en Francia se expandió por toda Europa occidental y llegó a la península Ibérica tardíamente.

Hasta la llegada a partir de finales del siglo XII de una nueva corriente cultural que denominaremos gótico y que progresivamente sustituyó al románico, el estilo se expandió por Euskal Herria con desigual incidencia. En Navarra la influencia fue mayor ya que el principal camino a Santiago transcurría por territorio navarro; además, los reyes navarros apoyaron la fundación de monasterios benedictinos y contribuyeron a la expansión del estilo al facilitar la construcción de edificios religiosos y civiles. La proximidad de Araba e Iparralde al camino principal propició también un mayor desarrollo del románico, mientras que en Gipuzkoa y en Bizkaia la influencia fue menor. En cuanto al estilo, dependiendo de la zona de Euskal Herria, encontramos elementos y rasgos combinados del románico francés, aragonés y castellano. El predominio de la arquitectura sobre las artes plásticas y la preeminencia del arte religioso sobre el civil fueron rasgos que caracterizaron a todos los territorios.

La disciplina artística que más se desarrolló en el románico fue la arquitectura que, de este modo, se convirtió en la mejor herramienta de expansión del románico. Tanto la nobleza como la Iglesia, tras cinco siglos de inestabilidad y de guerras, necesitaban construcciones que se adecuasen a las nuevas necesidades de la población y que cumpliesen, además, una función militar pero también didáctica: que sirviesen para educar en la fe cristiana, pero también para transmitir a la sociedad la capacidad de dominio de los nuevos poderes civil y religioso.

Los ejemplos de arquitectura religiosa que conservamos en Euskal Herria del período románico no son muy numerosos. Debido tanto a la convulsa situación política del propio período como al paso del tiempo, muchas iglesias han desaparecido o han sufrido procesos tan severos de transformación que en muchos templos, hoy en día, sólo podemos hallar restos románicos en elementos constructivos como puertas o ventanas. Y es que en su mayoría fueron construcciones pequeñas y modestas tanto formal como materialmente, debido al escaso desarrollo económico y político de algunas de las áreas de Euskal Herria durante este período, y por ello, posteriormente fueron sustituidas por nuevas construcciones que cumplían mejor formal y conceptualmente las necesidades que tuvieron las generaciones posteriores.

La arquitectura románica, al igual que el resto de la cultura y el arte desarrollado en este estilo, recupera la tradición constructiva del arte romano al que añade nuevos elementos procedentes de los pueblos que invadieron Europa. Así, las iglesias se realizan con planta de cruz latina, una o tres naves, crucero marcado y cabecera con ábsides semicirculares. En la construcción predomina el arco de medio punto, los capiteles historiados y la bóveda de cañón o de arista en las naves, de horno en los ábsides y cúpulas sobre trompas en el cimborrio. La mayoría de los monasterios y las iglesias construidas durante este período son de pequeño tamaño porque la población no era muy numerosa, y realizaban anchos los muros y pequeñas las ventanas no sólo porque se perdieron las habilidades técnicas constructivas de los romanos -la mayoría de las escuelas de formación habían desaparecido- sino porque las propias necesidades determinaban otro modo de construcción y edificios con características diferentes.

Como ya hemos señalado, los mejores ejemplos de románico en Euskal Herria se desarrollaron en Navarra. Las primeras obras que se construyeron en este estilo a finales del siglo XI fueron la cripta y los ábsides del monasterio de San Salvador de Leyre y algunos elementos constructivos de la iglesia de San Miguel de Aralar. En estas construcciones es evidente la sencillez e incluso la tosquedad característica de los inicios del románico, con gruesos pilares y capiteles, y contrafuertes exteriores muy desarrollados. Sin embargo, el momento de mayor esplendor del románico navarro fue el siglo XII. La consolidación del Reino de Navarra a través de sus estrechas relaciones con los reinos de Francia y el Reino de Aragón, y el éxito de las conquistas frente a los musulmanes, permitió que el reino navarro creciera económicamente y pudiera acometer la construcción de numerosas iglesias que todavía hoy se mantienen en algunos casos en un buen estado de conservación. De hecho, la catedral de Pamplona fue la principal obra del período, pero son pocos los restos que conservamos. Y es que construida a comienzos del siglo XII, seguía el modelo de la catedral de Santiago de Compostela -con tres naves, crucero y tres ábsides-, pero lamentablemente se hundió en 1390 y fue sustituida por una nueva en estilo gótico.

Pamplona se encuentra en el Camino de Santiago y, por tanto, es en este camino donde encontramos algunas de las principales obras del románico. A este período pertenecen el primer edificio del monasterio de Irache, que fue reemplazado por construcciones posteriores, y el ábside de la iglesia de Santa María de Ujué, donde se siguió el modelo de la catedral de Jaca -tres naves, crucero, tres ábsides y macizos muros con pocos vanos- y sólo quedan los muros de los tres ábsides ya que el resto fue demolido en el período gótico, y ahora están absorbidos por la iglesia gótica. En Santa María la Real de Sangüesa, en cambio, además de los tres ábsides, del período románico se mantuvo su principal portada y toda la decoración de la misma, pero el resto también fue sustituido en diferentes fases por nuevos estilos.

Sin embargo, pese a todo lo descrito, Navarra conserva algunos de los mejores ejemplos de arquitectura románica en Euskal Herria. En Estella, por ejemplo, en la iglesia de San Pedro de la Rua, la mayor parte del templo mantiene las trazas y los elementos originarios, destacando el claustro, del que se conservan dos de sus alas. En cambio, en la iglesia de San Miguel, en la misma localidad, sólo la cabecera pertenece al período románico ya que el resto de la iglesia es cisterciense.

Uno de los mayores atractivos del románico navarro conservado lo constituyen las iglesias de planta centralizada. Tanto la iglesia se Santa María de Eunate en Muruzabal como la del Santo Sepulcro en Torres del Río, llaman la atención por sus pequeñas dimensiones, su sencillez constructiva, sin apenas decoración añadida, y la utilización de la planta octogonal. En el caso de Eunate, el elemento característico es la arquería octogonal que rodea a la iglesia, mientras que en Torres del Río hay que destacar la bóveda califal del interior del edificio con arcos que se cruzan aunque no convergen en la clave y que recuerdan a la arquitectura mozárabe.

Tanto las dos iglesias de Estella citadas como las dos de planta centralizada descritas, pertenecen al período final del estilo románico en Euskal Herria, un período en el que comienzan a ser visibles la influencia del cister y su reforma. El edificio que en Navarra mejor delata esta presencia es la catedral de Tudela, construcción en la que siguiendo los esquemas de la arquitectura cisterciense, se realizaron tres naves, ampliando y elevando la central respecto a las laterales, y se desarrolló el crucero y la cabecera con cinco capillas. Este edificio alcanza tanto en los elementos sustentados como sustentantes una mayor altura, agilidad y luminosidad, anunciándonos no sólo un mayor dominio de la técnica constructiva sino también unas nuevas necesidades que hay que satisfacer producidas por los cambios económicos y las transformaciones sociales que se avecinaban.

En Araba predominan, sobre todo, las pequeñas iglesias rurales que, siguiendo el estilo románico, lo reinterpretan de un modo sencillo no exento de armonía y proporción. La mayoría se encuentran en el sur de la provincia, en las tierras más próximas al Camino de Santiago. Una de las iglesias que mejor definen las características del románico rural en Araba es la iglesia de San Vicentejo en Treviño; desarrollada en una única nave de dos tramos y presbiterio formado por un tercer tramo más corto y un ábside semicircular, San Vicentejo resume muy bien los rasgos de la arquitectura románica reinterpretada de un modo sencillo. Otros ejemplos parecidos los encontramos en Santa María de Tuesta en Valdegovía, Santa María de Tours en Gazeo, San Juan de Marquínez en Bernedo, San Juan en Cárcamo, Santa María en Tobera y la Asunción en Alaiza. En la mayoría de estas iglesias desconocemos los datos y las circunstancias de su construcción, así como la evolución de su posterior conservación, pero constituyen interesantes ejemplos del románico popular.

No obstante, hubo dos construcciones que tanto por sus dimensiones como por la influencia que ejercieron en la provincia, destacaron en el panorama alavés. Nos referimos a las iglesias de Nuestra Señora de Estibalitz y San Prudencio en Armentia. En ambos casos nos encontramos una planta de cruz latina con una sola nave compuesta de tres tramos y un ábside semicircular en el caso de Armentia, mientras que son tres los ábsides semicirculares que se conservan en Estibalitz. En cuanto a las cubiertas, en Armentia, la nave lleva bóveda de cañón apuntado, el ábside bóveda de horno y el crucero cuatro arcos torales dobles y apuntados sobre el que se eleva el cimborrio cubierto por bóveda de arcos cruzados en diagonal en el centro. En Estibalitz, la nave se cubre con bóveda de cañón apuntado, los tres ábsides con bóveda de cuarto de esfera y el crucero con bóveda de arcos cruzados en diagonal sin clave central.

En cuanto a Iparralde, en el territorio francés también se desarrolló un importante foco románico, principalmente, en la zona del interior, en Nafarroa Behera y en Zuberoa, por la influencia que ejerció el Camino de Santiago. La construcción más antigua e importante es la iglesia de Sainte-Engrance en Zuberoa; construida en el siglo XI, recoge elementos del románico francés y característicos de la arquitectura popular del área, como la pronunciada pendiente del tejado. También en Zuberoa encontramos elementos románicos en las iglesias de Haux en Tardets, y en Saint Blasise en Maule-Lextarre, y en Nafarroa Behera en las iglesias de Saint Nicolas de Harabeltz y Haphant en Saint Jean le Vieux. En Lapurdi sólo el pueblo de Lahonce conserva una pequeña iglesia construida en el siglo XII.

En cambio, en Bizkaia y en Gipuzkoa la incidencia del románico fue mucho menor. De hecho, en la mayoría de los casos, los restos que nos han llegado además de escasos están constituidos por elementos arquitectónicos aislados -portadas, ventanas, pilas bautismales- que han sido reutilizadas en posteriores construcciones.

En términos generales, el románico de Bizkaia y de Gipuzkoa sigue las premisas de Araba. El elemento más singular en estos dos territorios fue el ábside rectilíneo, utilizado en Bizkaia en las iglesias de San Pelayo en Bakio, San Miguel de Zumegatxe en Mungia y San Pedro de Abrisketa en Arrigorriaga. Son iglesias sencillas, de pequeñas dimensiones, con una única nave cubierta con estructuras de madera y en la cabecera con bóveda de cañón; el elemento singular de estas iglesias -el ábside de forma cuadrada- fue un rasgo bastante extendido en toda la cornisa cantábrica y no un elemento característico y definitorio de las iglesias de Bizkaia. Al final del período se construyó la iglesia de Andra Mari de Elejalde en Galdakao, con elementos constructivos góticos -los arcos apuntados en los dos primeros tramos de su nave-, combinados con características románicas.

En Gipuzkoa la falta de restos es todavía más evidente y, por tanto, sólo nos quedan elementos constructivos aislados en el cementerio de Aretxabaleta, dos arcos geminados con un parteluz procedentes de la iglesia de San Miguel de Bedarreta, dos ventanas románicas absidiales, colocadas una sobre otra, en la iglesia de Santa Eulalia de Bedoña en Arrasate y también se conservan restos románicos en las puertas de las iglesias de San Miguel de Idiazabal, San Juan Bautista de Abaltzisketa, la Antigua de Zumarraga, y Santa María de Tolosa. La mayoría de las iglesias románicas de Gipuzkoa posiblemente fueron construcciones pequeñas y provisionales, lo que nos indica que los recursos económicos eran más escasos.

A finales del siglo XII se extendió por Europa un nuevo estilo artístico de transición entre el románico y el gótico. Este estilo fue impulsado por la orden del Cister a partir de la reforma promovida por San Bernardo. La nueva orden se opuso a lo establecido por los benedictinos al proponer una cultura y un arte más ascético y austero, al eliminar la decoración de los edificios e introducir nuevas técnicas constructivas como el arco apuntado o la bóveda de ojivas. Estas nuevas técnicas constructivas permitieron liberar a los muros del peso de las bóvedas, aligerarlos, y ganar así en altura y en luz. Este nuevo estilo también se introdujo a través del Camino de Santiago y tuvo especial incidencia en Navarra, aunque posteriormente también se extendió por el resto de Euskal Herria fusionándose, en muchos casos, con el románico. Las construcciones más importantes realizadas en este estilo fueron los monasterios de Fitero, Iranzu y La Oliva en Navarra.

En cuanto a la arquitectura civil, los ejemplos conservados todavía son más escasos que los de carácter religioso. En este período la nobleza y la monarquía no necesitaban ejercer tanto la función didáctica que realizaba la Iglesia y, además, los conflictos militares provocaron la desaparición de la mayor parte del patrimonio arquitectónico realizado en esta tipología. El ejemplo más destacado que se conserva de arquitectura civil románica es el Palacio de los Reyes de Navarra en Estella; compuesto por un conjunto de edificios sobrios y sencillos, en la actualidad, tan sólo se puede considerar originariamente románica la fachada ya que los espacios interiores fueron posteriormente transformados. La fachada está organizada en dos pisos de arcadas -abajo el pórtico, arriba los ventanales de la gran sala- en la que cada una tiene un orden columnario superpuesto distinto.

Entre el resto de las construcciones civiles conservadas, destacan los recintos amurallados de las localidades navarras de Viana, Rada y Artajona, y los diferentes puentes que ayudaban a cruzar el río Ebro en el transcurso del Camino de Santiago por Pamplona, Agoitz, Esa, Sangüesa, Irota y Puente la Reina. Otro edificio que pudo ser construido en el período es la torre del abad de Biasteri en Araba, aunque posteriores intervenciones también han transformado el edificio.

En el románico, las disciplinas plásticas tuvieron un papel secundario supeditado a la arquitectura. Su función fue fundamentalmente pedagógica, ya que el principal objetivo era extender la fe cristiana a través del poder religioso representado por la Iglesia y el poder civil representado por la nobleza. Por esta razón, los principales temas de representación eran las narraciones bíblicas, mientras que los motivos profanos -animales, vegetales y escenas de la vida cotidiana- sólo tuvieron un papel secundario, meramente decorativo. El sentido de la realidad y el naturalismo, así como el de la proporción y la armonía, se perdieron, y el románico además de simplificar los rasgos los exageró. En este cambio se vislumbra, además de la ausencia de una técnica más precisa, una transformación profunda en el concepto y sentido del arte, tanto por la función que cumple como por los objetivos que persigue.

En Euskal Herria, la mayoría de los restos de disciplinas plásticas que se conservan son escultóricos y decoran las portadas y los claustros de las iglesias. En este caso, los mejores ejemplos también los encontramos en Navarra, en los capiteles del claustro de la catedral románica de Pamplona, en la portada del Juicio Final de la catedral de Tudela, en la portada lateral de San Miguel de Estella y en la portada principal de Santa María La Real de Sangüesa, en la que se encuentra, sin duda, el conjunto más completo e interesante de esculturas del período. En las demás iglesias, tanto en Navarra como en el resto de Euskal Herria, predominan simples y elementales decoraciones geométricas.

Las esculturas exentas realizadas en madera y policromadas constituyen la siguiente manifestación escultórica importante. Las dos imágenes más representadas son la Virgen María sentada con el niño encima de las piernas y la figura de Cristo Crucificado en la cruz. Entre las esculturas exentas de este período destacamos en Araba la Virgen de Estibalitz y en Navarra el Cristo de la iglesia del Santo Sepulcro de Torres del Río.

Ejemplos de pintura no nos han llegado -si exceptuamos algunos restos de pintura decorativa mural como los hallados en la ermita de San Llobente en Elgoibar (Gipuzkoa)- pero sí se han encontrado piezas de orfebrería con acabado de esmalte y trabajos en plata, oro y marfil. El Frontal de Aralar (Navarra), procedente de Francia, es una de las piezas más interesantes y está considerado como uno de los mejores ejemplos a nivel europeo. También hay que resaltar la Virgen de Irache (Navarra), realizada en madera y recubierta de plata, y la Virgen de Jerusalén de Artajona (Navarra). Además, Navarra posee dos singulares arquetas de factura árabe realizadas en marfil y que proceden de los monasterios de Fitero y Leyre; en la arqueta de Fitero predominan los motivos geométricos y vegetales, y en la de Leyre estos mismos temas se combinan con representaciones de la figura humana.

El gótico se desarrolló en Europa a finales del siglo XII. Este segundo movimiento cultural que relevó al románico, nació como consecuencia al nuevo tipo de sociedad que surgió en Europa. Y es que durante esta segunda etapa de la Edad Media, Euskal Herria, al igual que el resto de Europa, conoció un importante desarrollo económico gracias al renacer de la artesanía -con un sistema de organización gremial- y el comercio. Este progreso económico que repercutió positivamente en un significativo aumento de la población, propició también el renacer de las ciudades y la fundación de villas. De este modo, la ciudad y la burguesía, la nueva clase social que se desarrolló en esta etapa, constituyeron el nuevo pilar sobre el que la cultura gótica se erigió junto a los previamente alzados por la monarquía, la Iglesia y la nobleza, que ahora comenzaba a conocer la decadencia del sistema feudal instalado. De hecho, mientras comenzó la decadencia del sistema feudal, las monarquías aprovecharon la coyuntura para ampliar el poder constituyendo reinos más extensos.

La Iglesia respondió a este nuevo reto promoviendo un nuevo movimiento cultural que sustituyese al románico y se adecuase a la nueva sociedad que se estaba creando. Esta nueva sociedad, dotada de un marcado carácter urbano requería, frente a las propuestas severas y austeras del románico, un lenguaje distinto, más cercano, directo, humano y natural. De ahí que la Iglesia, al igual que fundó en el ámbito de la fe y la predicación nuevas órdenes monásticas, con un carácter más abierto y dirigidas a las nuevas clases sociales y a la mentalidad que se estaba gestando -franciscanos, dominicos- decidió impulsar un estilo más humanista, el gótico, que respondiese en la misma medida a las nuevas necesidades artísticas. Por ello, aunque el gótico prosiguió con el carácter homogéneo y didáctico del románico, la Iglesia entendió que el nuevo estilo debía tener una disposición diferente, más próxima y dialogante con la sociedad.

Durante este período, Euskal Herria conoció importantes transformaciones aunque de desigual manera. Así, mientras que el Reino de Navarra entró en un proceso de decadencia que desembocó en la conquista del territorio por parte de las tropas de Castilla (1515), y Araba conoció un período de regresión que trajo su progresivo estancamiento, Bizkaia y Gipuzkoa destacaron por sus espectaculares avances. Las dos provincias costeras prosperaron al aprovechar el dinamismo de sus economías basadas en la extracción del mineral de hierro, la pesca y el comercio en el norte de Europa con productos de Castilla. El desarrollo económico a partir del siglo XIV repercutió en el aumento de la población y, por consiguiente, creció también la prosperidad social y cultural. De este modo, la ventaja que habían conseguido Araba y Navarra en la primera fase de la Edad Media, fue neutralizada por las dos provincias costeras y, a partir de ahora, el desarrollo del norte fue más importante que el del sur.

Respecto al arte, el gótico tuvo un enorme éxito en Euskal Herria y, principalmente, en Bizkaia y en Gipuzkoa, aunque Navarra, Araba e Iparralde también crearon obras interesantes e importantes en este estilo. De hecho, el gótico se mantuvo en Euskal Herria hasta el siglo XVI sin ser sustituido por el renacimiento, a pesar de que este nuevo estilo surgió en Europa a finales del siglo XIV. Una vez más, fue la arquitectura la disciplina artística que más se desarrolló, aunque la escultura comenzó a independizarse y a progresar por si misma. En cuanto a las influencias que recibió el estilo gótico de Euskal Herria, a las procedentes de Castilla, Aragón y Francia, ahora sumaremos las que llegaron del centro de Europa, principalmente, de Flandes y de los reinos alemanes. Finalmente, en el estudio del gótico vasco otro elemento que nos ayudará es el gran número de obras conservadas y el buen estado en el que nos han llegado.

La arquitectura gótica que se desarrolló en Euskal Herria se caracterizó además de por la sencillez y la austeridad, por su carácter híbrido ya que mantuvo características románicas al inicio del período y combinó las renacentistas al final. Esta mezcla de elementos técnicos, constructivos y ornamentales del románico, el gótico y el renacimiento, estuvo motivada por la prolongación en el tiempo de las construcciones y por la reutilización de elementos y de materiales en diferentes fases del proceso constructivo. De hecho, los elementos básicos del léxico gótico -arcos apuntados, bóvedas de crucería, arbotantes- no siempre los encontramos en las construcciones de Euskal Herria. En cambio, hay otras características -la amplitud y la altitud espacial, o la ausencia de decoración escultórica en los elementos constructivos ornamentales- que se repiten en el transcurso del período.

En cuanto a las tipologías, la tipología que más se desarrolló en Euskal Herria fue nuevamente la de carácter religioso y, de hecho, la mayoría de los edificios tanto por número como por su importancia se corresponden a esta tipología. Sin embargo, frente a la escasez de restos de arquitectura civil en el período románico, en el gótico abundaron construcciones civiles, que aunque en la mayoría de los casos han llegado hasta nosotros transformados, sirven para poder imaginarnos la vida civil de la sociedad; además, aunque la mayoría de las construcciones corresponden a palacios y casas-torre pertenecientes a las familias más importantes de Euskal Herria, también conservamos restos de edificaciones comunes que nos permiten comenzar a intuir la posterior estructura del caserío vasco.

Respecto a las principales formas arquitectónicas desarrolladas, conviene destacar que en la arquitectura religiosa, entre los diversos modelos de planta difundidos, el más utilizado fue el de la planta basilical de tres naves con crucero desarrollado, presbiterio y girola sobre la que se abrían capillas de sección poligonal. En cuanto a los soportes, los pilares eran sencillos y austeros, y los más utilizados fueron los de sección cilíndrica con fuste enjarjado en el perímetro del pilar, en relación al empuje que recibían de las bóvedas y los terceletes; al final del período, el pilar todavía se simplificó aún más, como consecuencia del enjarje en el pilar de las nervaduras, lo que provocó la utilización del pilar cilíndrico, mucho más sencillo. En la estructura de las cubiertas también concentramos la misma sencillez y austeridad de los pilares y, en general, predomina la bóveda de crucería concebida desde un punto de vista sobrio; la única licencia decorativa que se concedía era el aumento del número de tirantes para la descomposición de empujes mediante la incorporación de terceletes; sólo al final del período se enriquecieron los terceletes con el elemento decorativo de los combados. Atendiendo a la división territorial, en el período gótico fue Navarra la provincia en la que se construyeron el mayor número de edificaciones, aunque como en el caso de Araba o el interior de Iparralde, el ritmo constructivo decreció respecto al período románico, ya que al estancamiento de sus economías, se le unió un catálogo de construcciones levantadas en el románico que ya satisfacían sus necesidades. En cambio, el aumento más espectacular en la construcción de edificios se registró en Bizkaia, Gipuzkoa y la costa de Iparralde, Lapurdi, donde gracias al progreso económico y el crecimiento demográfico, se levantaron nuevos edificios.

En Navarra, el primer edificio del que se tiene constancia en el período gótico es la iglesia de Santa Maria de Roncesvalles; erigida a principios del siglo XIII siguiendo el primer estilo gótico francés de la región parisina y no el gótico radial, que por entonces estaba influyendo en la construcción de las principales catedrales castellanas, la iglesia se construyó con tres naves de cinco tramos, la central elevada sobre las laterales y la cabecera pentagonal con grandes ventanales. Entre sus elementos, la mayoría canónicos de la arquitectura francesa, destacan las columnas cilíndricas, el triforio y la utilización, por primera vez en Euskal Herria, de arbotantes que descargaban sobre los contrafuertes exteriores el peso de las bóvedas de crucería.

Pero en Navarra, el mejor ejemplo del gótico lo constituye la catedral de Pamplona. En su construcción hay que distinguir dos períodos, el primero en el que se construyó el claustro, y el segundo en el que se erigió la iglesia sobre las ruinas del templo románico derrumbado en 1390; en esta segunda fase también se construyó en el claustro la capilla Barbazana, en el que destaca el trazado de su bóveda estrellada. En cuanto a la estructura de la iglesia, que sigue la estructura del gótico canónico de este período, destacan las capillas abiertas entre los contrafuertes con la misma altura que las naves laterales, el crucero formado por una nave transversal acusado en planta y en alzado, la ausencia de triforio, lo que le da al edificio un aspecto sobrio y vertical, y la composición de la cabecera, donde las capillas componen un espacio unitario que tan sólo se individualiza en la disposición de los tramos de las bóvedas.

En el resto de Navarra, la mayoría de las iglesias construidas son más sencillas. Así, en San Pedro y Santa María de Olite, San Saturnino de Artajona y Santa María de Ujué, construidas entre finales del siglo XIII y primera mitad del siglo XIV, nos encontramos con modestas iglesias de una sola nave que cuentan con estructuras más propias de iglesias de ámbito rural que urbano; las iglesias de la Asunción en Villatuerta, San Andrés en Zizur Mayor o San Martín de Unx, también son un buen ejemplo del gótico rural navarro. Posterior y, por tanto, con tres naves y soluciones constructivas más avanzadas es la iglesia de Santa María de Viana.

En Araba, aunque el número de edificios levantados durante este período descendió, los construidos son significativos, destacando los nuevos templos de Vitoria-Gasteiz y de Biasteri (Laguardia). En Vitoria-Gasteiz la iglesia de Santa María fue la construcción más importante de este período. Conocida en la actualidad como la Catedral Vieja, sus obras comenzaron a finales del siglo XIII y se prolongaron hasta finales del siglo XV. En este templo se optó por una planta de tipo basilical con tres naves de cinco tramos, amplio crucero y una cabecera donde la girola central, en la que se abren tres capillas poligonales, se combina con cuatro capillas rectangulares. Entre sus elementos, la mayoría canónicos, sobrios y sencillos, destaca recorriendo todo el perímetro del templo un triforio estrecho. En Vitoria-Gasteiz también se construyeron otras iglesias en este estilo durante este período -San Vicente, San Miguel Arcángel y San Pedro Apóstol-, destacando ésta última, por su acceso porticado junto a la cabecera, ya que estaba adosada a la muralla, la cabecera con cuatro ábsides, los amplios ventanales de tracería y la existencia de un solo tramo de triforio en el extremo sur del crucero.

El segundo núcleo en importancia en Araba fue Biasteri, donde se construyeron las iglesias de San Juan Bautista y Santa María de los Reyes. La primera, construida entre los siglos XIII y XIV, continuó los esquemas clásicos de las fábricas góticas de este período, destacando sus tres naves y la bóveda de crucería. En cuanto a Santa María de los Reyes, aunque fue construida posteriormente entre los siglos XV y XVI, mantiene escasos elementos de su estructura arquitectónica gótica pero tiene una de las portadas escultóricas mejor conservadas del período.

En el resto de la provincia, entre las localidades que podemos señalar con iglesias construidas en estilo gótico, destacamos las parroquias de Lasarte, Kampezu, Bilar y Agurain, aunque son numerosas las ermitas y pequeñas iglesias que, como en Navarra, se realizaron siguiendo un estilo gótico rural en el que se combinan los elementos del gótico con los del románico y, a partir del siglo XVI, con elementos decorativos propios del renacimiento.

En cuanto a Iparralde, el edificio más importante realizado en estilo gótico fue la catedral de Bayona. Iniciada a finales del siglo XIII, la fábrica principal es del siglo XIV y fue realizada siguiendo el estilo del gótico radiante de la zona francesa de Champagne y, concretamente, los trazos de los proyectos de las catedrales de Reims y de Burdeos. La catedral prolongó sus labores de construcción hasta el siglo XVI y se dieron por concluidas con la realización de las torres de la fachada en el siglo XIX. Destaca su aspecto grandioso -es la mas grande y alta de las catedrales de Euskal Herria-, la planta de cruz latina y no basilical, aunque actualmente queda ocultada por las capillas laterales añadidas con posterioridad, y el claustro, uno de los mejores construidos y conservados tanto por su estructura como por su decoración.

Respecto a Bizkaia y Gipuzkoa, a diferencia del período anterior, en este momento las construcciones fueron más numerosas y de mejor calidad. Sin embargo, los comienzos fueron tardíos, y es que hasta el siglo XIV no se construyeron los primeros edificios significativos. En Bilbao las iglesias de Santiago Apóstol y San Antón constituyen dos buenos ejemplos del gótico en Bizkaia al estar realizadas siguiendo una línea sencilla y austera, y al integrar elementos constructivos siguiendo las trazas del estilo gótico francés y castellano. Con tres naves de tres tramos, crucero alienado, presbiterio, capilla mayor poligonal y girola con siete capillas pentagonales en su mayoría, la iglesia de Santiago Apóstol se emparenta con otras construcciones del norte de la península Ibérica como Burgo de Osma, Palencia, Santander o Castro Urdiales; el sistema de cubrición empleado fue la bóveda de crucería, excepto el tramo central del crucero donde se enriqueció con terceletes y cinco claves, y en la cabecera con una bóveda estrellada de siete claves. En cuanto a la iglesia de San Antón, destaca entre sus tres naves la central, más ancha y el doble de alta que las laterales, y la ausencia de ábside, cerrándose su frontis interior con un muro recto; como en otras iglesias de Bizkaia, la iglesia de San Antón también tiene un triforio.

Sin embargo, la construcción más original del gótico en Bizkaia se encuentra en Lekeitio. La iglesia de Santa María de esta localidad sigue las trazas generales de las fábricas castellanas del siglo XIII pero simplificándolas. Con tres naves de tres tramos, crucero y tres capillas en la cabecera, la iglesia de Lekeitio destaca por su doble batería de arbotantes con pináculos, la presencia en la cubierta de un nervio que lo recorre longitudinalmente reforzándola, lo que provoca el desplazamiento del eje de su parte trasera hacia el norte, y la tracería de sus ventanales, realizadas bajo influencia inglesa.

En el resto de la provincia de Bizkaia, hay que destacar las iglesias de Santa María de Gernika y Santa María de Ondarroa, en esta última, sobre todo, la ausencia de crucero y ábsides, y la decoración arquitectónica, con tracerías en los vanos y las cornisas, y pináculos y gárgolas expresivamente decoradas. Entre los siglos XV y XVI se construyeron el resto de las principales iglesias góticas vizcaínas, destacando Santa María de Orduña, Nuestra Señora de Begoña, Santa María de Portugalete, San Severino de Balmaseda, Santa María de Galdakao y la Colegiata de Ziortza en Markina-Xemein.

Por último en Gipuzkoa, aunque con menos construcciones góticas que Bizkaia, también posee algunos ejemplos destacables del gótico en Euskal Herria. En todas, el gótico no sólo se desarrolla siguiendo las pautas de Castilla como ocurrió en Bizkaia, sino que responden también a la influencia del gótico francés -a través de la influencia que ejerció primero en Navarra-? y toman de esta provincia una manera de entender el gótico más austera y sencilla, en la que se conservan algunos elementos constructivos y estéticos del románico.

La iglesia más singular de la provincia es la de San Salvador de Getaria. Construida en el siglo XIV, consta de tres naves de tres tramos, con la central más elevada y los tramos separados por pilares cilíndricos con columnas adosadas. Cubierta por bóvedas de crucería, sencillas las laterales y estrelladas la de la nave central, los empujes de los mismos son recogidos en el interior por los correspondientes enjarjes murales para transmitirlos a unos contrafuertes exteriores por medios de arbotantes. Sin embargo, el elemento más sorprendente de la iglesia es su planimetría irregular, ya que los muros no son paralelos y no hay correspondencia simétrica con el eje longitudinal del edificio; además, entre los pies y la cabecera existe un desnivel de un metro de declive hacia la puerta sur. Este trazado irregular es lo más original del edificio junto con el triforio que recorre lo muros perimetrales de la construcción. En este período también se comenzó a construir en Gipuzkoa la iglesia de Santa María de Deba, un templo de tres naves con cabecera recta en el que destaca, como en la iglesia de Santa María de los Reyes de Biasteri, su portada escultórica y policromada.

En cuanto a Nuestra Señora del Manzano en Hondarribia, San Miguel de Oñate y San Vicente de Donostia, destacan por su aspecto militar defensivo, por los pilares cilíndricos sobre los que descansan las bóvedas y porque, a pesar de tener tres naves, levan las laterales a una altura cercana a la central. La imagen de fortaleza es también la que ofrece la iglesia de San Pedro en Zumaia, aunque en este caso su fábrica es de una nave de cuatro tramos, ábside poligonal y cubierta con bóvedas de crucería con terceletes de nervios muy acusados. Este gótico singular, con aspecto de fortaleza, tuvo un gran desarrollo en Gipuzkoa a partir del siglo XV y durante el siglo XVI, y lo encontramos en las iglesias parroquiales de localidades como Eibar, Segura, Oiartzun, Elgeta, Alkiza, Ezkio, Asteasu, Zegama y Berastegi. En las iglesias de estas localidades se aplicó un gótico sobrio, sencillo y elemental, aunque no exento de monumentalidad, ya que el progreso económico y social permitía el gasto que suponía la construcción de este tipo de edificios. Esta formula constructiva que dota a los edificios de mayor uniformidad y regularidad en su construcción nos señala ya el tipo de iglesia hallenkirche que tanta trascendencia tuvo en Euskal Herria durante el período renacentista y que conocemos como "gótico-vasco".

En la arquitectura civil, mientras que del período románico apenas conservamos restos, los testimonios del gótico son más numerosos.

En Navarra conservamos algunos elementos del palacio más importante de este período. En Olite, Carlos III construyó a comienzos del siglo XV un palacio real para su corte a la manera de los grandes palacios reales de Europa, como símbolo del prestigio y de la prosperidad de su reinado. El edificio es el resultado de una combinación de numerosas pequeñas estancias en las que se combinan elementos constructivos góticos siguiendo un criterio estético cortesano y no militar. Todas las estancias del palacio se embellecieron con una riquísima decoración que seguía el gusto francés y que se perdió, ya que el palacio estuvo abandonado durante muchos siglos. En la actualidad, lo que se conserva es producto de una restauración en la que son pocos los elementos originales que se mantienen. Otro ejemplo de edificio construido en el período gótico y desvirtuado en la actualidad por la intervención a la que fue sometido es el Castillo de Javier, un conjunto en el que destaca la torre principal que se rodea de una muralla con cubos de defensa en los ángulos. Mejor conservado está el castillo de Marcilla.

El segundo tipo de arquitectura civil que encontramos en Navarra lo forman el conjunto de palacios, casonas y torres que aunque numerosas, sobre todo, a partir del siglo XV, no son muchos los ejemplos originales que se conservan debido a las graves guerras que sufrió Navarra en los siglos XV y XVI. Entre los ejemplos mejor conservados destacan, el palacio de Arazuri, el del Príncipe de Viana en Sangüesa y las torres almenadas de Ayanz en el valle de Lónguida, las de Zabaleta y Minadurinea en Lesaka, y la de Celigüeta, con sus cubos cilíndricos en los ángulos.

En Araba, algunos de los mejores ejemplos de arquitectura civil gótica se vuelven a encontrar en Vitoria-Gasteiz, en la casa del Cordón y en el palacio de Arrieta. Sin embargo, los edificios más sobresalientes de este período están en los alrededores de la capital. Nos referimos a los palacios y casas-torres que se conservan en la provincia y entre los que destacan el palacio de los Guevara; de planta rectangular con cuatro torreones en ángulo y residencia de tres pisos sobre la planta baja, el palacio de los Guevara era una construcción equipada militarmente con saeteras y modillones preparados para el montaje del cadalso defensivo de madera. La segunda construcción importante es la casa-torre de los Mendoza, constituida por un recinto amurallado con torres en sus cuatro ángulos y una torre de cuatro plantas en el centro con saeteras. El resto de las torres que se conservan -Varona, Quejana, Martioda, Mursa, Conde de Orgaz y Condestable en Fontecha- mantienen el mismo carácter defensivo, con construcciones que sorprenden por su severidad y austeridad en su decoración.

En Bizkaia y en Gipuzkoa los ejemplos de arquitectura civil no son abundantes, pero encontramos más edificios que en el período románico. Lamentablemente, durante los siglos XIV y XV las dos provincias del norte vivieron encarnizadas luchas entre diferentes familias nobiliarias y, por ello, son pocos los ejemplos que nos han llegado de aquel período y éstos, además, con importantes transformaciones y alteraciones en su fábrica. En Bizkaia, el castillo de Muñatones en Muskiz y, sobre todo, la casa-torre de Aranguren en Orozco, son los únicos ejemplos que se conservan del período gótico, destacando la casa-torre de Aranguren como ejemplo de las torres rurales de linajes de segunda categoría que posteriormente inspiraron las fábricas de los caseríos vascos.

En Gipuzkoa se conservan un mayor número de edificaciones de este período -la casa de los Guevara en Segura, de los Legazpi en Zumarraga, el palacio Enparan en Azpeitia y Lili en Zestoa- aunque la mayoría de los elementos góticos se funden con los renacentistas posteriormente añadidos. Los mejores ejemplos de arquitectura civil gótica los encontramos en Mutriku, en la torre Berriatua, y en Zarautz en Torre Luzea, donde destaca la sillería de piedra arenisca, las ventanas ajimezadas, la escalera exterior y los espolones avanzados en las fachadas para poder añadir el cadalso de madera.

Las artes plásticas también conocieron un mayor desarrollo durante este período. Los ejemplos que conservamos, además, son más numerosos y hay importantes cambios en la técnica que se utiliza y los temas que se representan.

La escultura de estilo gótico comienza a independizarse del marco arquitectónico y encontramos destacadas obras realizadas de un modo exento. En cuanto a la técnica y a la temática, la escultura gótica recupera el naturalismo y el realismo que abandonó el románico en la ejecución, y reivindica un mayor humanismo en los motivos representados con el objetivo de poder aproximarse de un modo más directo y cercano a la nueva sociedad urbana que se estaba desarrollando.

Sin embargo, la escultura decorativa en las portadas de las iglesias todavía mantuvo su importancia y tenemos muy buenos ejemplos en Navarra, Araba y Gipuzkoa. En Navarra, destacan las portadas de las iglesias de Santa María de Olite y Santa María de Ujué, y las decoraciones escultóricas del claustro de la catedral de Pamplona. En Araba, la catedral de Santa María y la iglesia de San Pedro en Vitoria-Gasteiz también conservan interesantes portadas, aunque el ejemplo más espectacular lo encontramos en el sur de la provincia, en Biasteri (Laguardia), ya que el conjunto escultórico de la portada de la iglesia de Santa María de los Reyes conserva gran parte de su policromía original al estar protegido por la propia arquitectura. En Gipuzkoa, el grupo escultórico que preside la entrada principal de la iglesia de Santa María la Real de Deba también tiene restos de policromía pero en menor grado y en peor estado de conservación ya que ha permanecido durante la mayoría del tiempo a la intemperie sin ningún elemento que la protegiese. En el interior de las iglesias aunque las manifestaciones pictóricas tuvieron más protagonismo que las escultóricas, a finales de este período comenzamos a encontrar retablos con grupos escultóricos como en el caso de la iglesia de Santa María de Lekeitio, de influencia flamenca.

En cuanto a la escultura exenta, como en el período románico, Navarra conserva los mejores ejemplos. En este caso también, la tendencia hacia el naturalismo y el realismo, la elección del tema de la virgen, así como el abandono de la representación de Cristo Crucificado, nos vuelven a demostrar el creciente deseo que existió por parte de las instituciones eclesiásticas de acercarse a la sociedad. Son muchas las representaciones marianas realizadas durante este período, entre las que destacamos, la Virgen con el niño de Roncesvalles, la Virgen Blanca de Huarte, la Virgen de Olazagutia, la Virgen de Olite y la Virgen de Los Arcos.

Sin embargo, las obras más representativas de este período se realizaron a finales del mismo y siguiendo nuevas tipologías. Así, a partir del siglo XIV, encontramos los primeros sepulcros entre los que destacan la tumba de Carlos III y su mujer Leonor en la catedral de Pamplona, el sepulcro del canciller Villaespesa en la catedral de Tudela y el sepulcro del conde de Oñate en la iglesia de San Miguel de Oñate; en los tres ejemplos, hay que destacar los relieves de los sarcófagos, con personajes orando por los difuntos.

La orfebrería continuó con la misma importancia que en la época anterior y, en este caso también, los ejemplos más significativos se encuentran en Navarra, donde destacan piezas como el cáliz que Carlos III donó a la iglesia de Ujué -en la actualidad en el Museo de Navarra- y los relicarios realizados para custodiar reliquias, entre ellos, el ajedrez de Carlomagno, llamado así por su singular forma cuadrícula.

En cuanto a la pintura, durante el gótico volvemos a encontrar restos de manifestaciones pictóricas en Euskal Herria. En la Edad Media las iglesias, siempre que hubiera medios económicos suficientes, se decoraban con escenas religiosas y con motivos decorativos. Lamentablemente, en la mayoría de los casos no se conservan bien porque posteriormente fueron sustituidas por otro tipo de decoración o porque, simplemente, fueron eliminadas al imperar criterios estéticos diferentes que propugnaban la desaparición de las pinturas murales de las iglesias, sobre todo, en el siglo XIX.

Las creaciones pictóricas de esta época cumplen, como en el caso de la escultura, una función didáctica. La finalidad era aleccionar al fiel y, por ello, la mayoría de los temas narran episodios religiosos y recogen pasajes de la Biblia. Los ejemplos más antiguos que conservamos son del siglo XIV y aunque, en general, se siguen las pautas establecidas por la corrientes europeas -protogótico, lineal, italogótico, internacional e hispanoflamenco-, la interpretación que se hizo en Euskal Herria de estos estilos fue simple y esquemática.

El Museo de Navarra en Pamplona alberga los restos más importantes en los que predomina la influencia del foco aragonés. Al primer período protogótico pertenecen las pinturas de las iglesias de San Martín de Artaiz, San Saturnino de Artajona y San Pedro de Olite. La catedral de Pamplona y las iglesias de Ecay, Olleta, Arleta, Eristáin y Gallipienzo conservan restos de los períodos posteriores -principalmente, del gótico lineal- mientras que la influencia flamenca es más tardía y se aprecia en la iglesia de San Miguel de Estella y en diferentes tablas y retablos, incluyendo el mayor, de la catedral de Tudela.

En Araba, entre los testimonios de pintura gótica documentados, destacaremos dos ejemplos. En la iglesia de la Asunción de Alaiza se conservan importantes restos difíciles de clasificar en el tiempo; tanto en el estilo como en la temática desarrollada, se combinan diferentes elementos y características que nos hablan del trabajo de un taller secundario que asimiló tardíamente las características de este período. Por su parte, los restos conservados en la iglesia de Gaceo, pertenecientes a la fase del gótico lineal, constituyen uno de los mejores programas iconográficos desarrollados.

Llamamos Edad Moderna al período de la historia que comenzó en 1492 con el descubrimiento del continente americano y finalizó en 1789 con la Revolución francesa. Durante estos cuatro siglos el sistema feudal fue sustituido por poderosas monarquías que relevaron en el control del poder a la nobleza y a la Iglesia, y comenzaron a organizar sus propias instituciones. Así, la nobleza tuvo que ceder ante el empuje de las ciudades que se convirtieron en las auténticas protagonistas de este período: además de organizar las principales actividades económicas se convirtieron, definitivamente, en los centros de creación cultural y artística. En cuanto a la Iglesia, aunque mantuvo su poder moral y económico, el desarrollo de la Reforma por parte de Lutero debilitó su dominio.

Sin embargo, los cambios no sólo fueron políticos y económicos. Al descubrimiento de América hay que sumarle otros nuevos inventos y descubrimientos -en materias tan dispares como la astronomía, la física, la mecánica o la filosofía- que revolucionaron la vida del período. En cuanto a la cultura, la Edad Moderna conoció dos movimientos: primero, durante los siglos XV y XVI, el renacimiento y, más tarde, en los siglos XVII y XVIII, el barroco. En el renacimiento, el ser humano volvió a ser el núcleo del que partió un nuevo concepto de la cultura y del arte en contraposición al de la Edad Media -que tuvo en Dios y en la Iglesia su eje, aunque el gótico comenzó a desplazarlo hacia el ser humano-, e inspirándose en los modelos de la antigüedad clásica de Grecia y Roma, el arte regresó al naturalismo y al realismo, a la armonía y la proporción. En el siguiente período, en cambio, la Iglesia recuperó la iniciativa y promovió a través del barroco un nuevo estilo que buscase la comunicación directa con el ciudadano a través del sentimiento y de la emoción. Este nuevo arte, más dinámico y expresivo, que pretendía crear una propuesta artística más próxima al gusto cortesano y urbano, finalmente, se convirtió en un estilo heterogéneo que fue la antesala del pensamiento y el gusto contemporáneo.

En esta primera parte de la Edad Moderna, el territorio de Euskal Herria quedó definitivamente fragmentado entre dos poderosas monarquías -España y Francia- que articularon durante esta etapa de la historia sus respectivos estados. El poder de la nobleza y de la Iglesia quedó de este modo relegado a un segundo plano, y se vio sustituido por el de los reyes y el de las ciudades, que se convirtieron en los auténticos protagonistas de este período. Además, la Iglesia, aunque mantuvo gran parte de su dominio moral y económico, quedó debilitada por la crisis religiosa, y sólo tras el Concilio de Trento volvió a tomar la iniciativa. De ahí que la iniciativa en el ámbito artístico comenzase a ser cuestionada por la monarquía y la propia burguesía que, apoyándose en la próspera coyuntura económica y demográfica del siglo XVI en Euskal Herria, fomentaron y crearon la necesidad de nuevas creaciones artísticas. Así, aunque primero la epidemia de peste de finales del siglo XVI y, posteriormente, las crisis políticas y económicas del siglo XVII, incidieron en la disminución de la creación artística, la pujanza de la sociedad vasca, apoyada en el enriquecimiento que disfrutó gracias a la actividad naval con el norte de Europa y de América, y en la participación de los miembros de la nobleza vasca en el ejército y la administración estatal, consiguió que el florecimiento artístico continuase siendo muy importante.

El nuevo estilo artístico que se desarrolló durante este período recibió el nombre de renacimiento, ya que el principal objetivo no fue sólo hacer renacer los modelos clásicos de la antigüedad griega y romana, sino cambiar el eje de la cultura sustituyendo la dimensión divina por la humana. Esta importante transformación estuvo impulsada por las ciudades y su principal clase social, la burguesía, que requería un nuevo estilo artístico en sintonía con sus gustos más terrenales. Así, nació el renacimiento, un estilo que buscó la inspiración en los modelos clásicos, ya que se suponía que entonces se intentó crear un arte a la medida del ser humano y no de las divinidades. Además, las monarquías se dieron cuenta de que apoyando este nuevo tipo de arte conseguían debilitar a la nobleza y la Iglesia en la disputa que mantenían por el control del poder y la representación social del mismo. En cuanto a la Iglesia, una vez se adecuó a la nueva situación, acabó promoviendo también este estilo e intentando que los temas profanos, cada vez más representados, no arrinconasen a los religiosos. De ahí que el renacimiento se convirtió, finalmente, en un estilo propagandístico para todos, vehículo formidable para las aspiraciones de poder ya no sólo celestial sino, sobre todo, terrenal.

Como no podía ser de otra manera, los modelos renacentistas llegaron de Italia, aunque a diferencia del románico y del gótico, el estilo renacentista no fue tan homogéneo y conoció una mayor variedad de modelos y diversidad en su plasmación artística. Sin embargo, todas las directrices que se siguieron tuvieron en común la recuperación de la tradición artística clásica, desterrando el estilo gótico. En este nuevo lenguaje, la principal referencia fue el ser humano, por lo que conceptos como la proporción, la simetría y la armonía se convirtieron en los elementos esenciales de la nueva sintaxis, mientras que el léxico se nutrió de elementos de la antigüedad clásica.

El renacimiento se implantó tarde en Euskal Herria. Y es que hasta el siglo XVI en las provincias vascas se mantuvo el estilo gótico, por lo que el renacimiento sólo pudo incidir al final del siglo y de un modo superficial, meramente decorativo y simbólico. En el siglo XVII el renacimiento comenzó a desarrollarse, aunque finalmente también tuvo que convivir con el barroco. Sin embargo, pese al corto período de tiempo que duró el renacimiento, en este estilo se crearon importantes manifestaciones artísticas destacando no sólo la arquitectura, sino también la escultura, en una corriente que denominaremos romanismo, y que tuvo especial incidencia en Navarra y en Gipuzkoa. En cuanto al estilo, el renacimiento es un compendio de influencias tanto europeas -Italia, Países Bajos y principados alemanes- como castellanas y aragonesas. De este modo, Euskal Herria volvió a desarrollar un renacimiento no autóctono pero si particular, con unas artes plásticas dependientes de la influencia exterior y una arquitectura, una vez más, sobria y sencilla -huyendo del decorativismo-, pero monumental, a través de la combinación de volúmenes y espacios.

La disciplina arquitectónica, una vez más, tomó también en este período la iniciativa. Aunque la escultura y la pintura consiguieron una mayor independencia respecto a la arquitectura, esta disciplina continuó siendo durante este período la más importante, y marcó el ritmo de las principales características que se sucedieron.

Aunque resulta difícil percibir una voluntad de coherencia formal en las numerosas obras que se construyeron en el territorio de Euskal Herria durante este período renacentista -ya que no existió ningún criterio unificador o institución que tutelase en nuestro territorio el estilo-, la pervivencia de formas tradicionales y clásicas fue una de las características que se repitió constantemente. De esta forma, aunque el arco de medio punto y la columna de capitel clásico se aceptaron y se adaptaron con celeridad, otros elementos característicos del renacimiento como las plantas centralizadas o el uso de las cúpulas, tardaron bastante en ser incorporadas. De hecho, al inicio del período, la mayoría de los elementos renacentistas se concentraron en las portadas, mientras que la estructura del edificio continuaba realizándose bajo parámetros góticos. La renuncia generalizada a la decoración esculpida en los elementos constructivos es otra de las características de la arquitectura de este período, de ahí que el ornamento se refugiase en las portadas.

En cuanto a la descripción de las principales formas arquitectónicas, en la arquitectura religiosa encontramos una gran variedad de modelos de planta empleados, por lo que es difícil establecer, como en el románico o el gótico, un único modelo. Así, en Euskal Herria encontramos desde iglesias de una sola nave, a las realizadas con tres naves, pero también aquellas que evolucionaron del modelo de tres naves y se convirtieron en planta de salón. En altura también hay una gran variedad, y podemos encontrar iglesias que combinan diferentes alturas y otras que alcanzan en sus cubiertas la misma altura. Sin embargo, existen algunas formas arquitectónicas que se repiten en los diferentes períodos con bastante insistencia. En el exterior, por ejemplo, la mayoría de las iglesias de Euskal Herria se caracterizaron por la verticalidad y el aspecto prismático de sus cajas rectas desprovistas de decoración; de hecho, los únicos volúmenes que destacan en el exterior de las iglesias vascas son las cabeceras, tanto rectas como poligonales, y los contrafuertes que señalan los tramos. En cuanto al interior, la mayoría buscaba transmitir la sensación de unidad espacial, predominando la escasez de capillas, las plantas de tendencia rectangular y el desarrollo de los soportes.

Por lo descrito, podemos deducir que la tipología religiosa aunque continúo siendo la más importante en número y trascendencia social, comenzó a tener en la arquitectura civil un importante rival, ya que ésta desarrolló una arquitectura cada vez más relevante. No obstante, en la arquitectura religiosa de este período, además de las iglesias de influencia renacentista, estudiaremos un nuevo tipo de iglesia que aunque no constituye un estilo propiamente de Euskal Herria -ya que se creó previamente en Europa y se extendió por todo el norte de la Península- conoció un inusitado despliegue por nuestro territorio, constatado en numerosos ejemplos conservados, y que conocemos con el nombre de gótico vasco.

Por territorios, aunque en número conoció un desarrollo similar en todos ellos, en importancia las zonas costeras destacaron por encima del resto. En relación con la tipología religiosa, Gipuzkoa y Bizkaia, continuaron con el esfuerzo de dotar a sus localidades de emblemáticos templos que sintonizasen con la pujanza económica y demográfica, mientras que Araba, Navarra e Iparralde entraron en una fase de declive en su actividad artística que se prolongó también en el barroco, ya que cubiertas la mayoría de las necesidades espirituales con edificios de anteriores períodos, las tres provincias quedaron estancadas, sin grandes avances, con un predominio de lo rural frente a lo urbano. En cuanto al estilo, la mayoría de las construcciones son de finales del siglo XVI y principios del siglo XVII y están realizadas en estilo plateresco, el más decorativo de los que se desarrolló, y herreriano, posterior y más sobrio.

Entre los ejemplos a destacar, hay que mencionar las fachadas de carácter monumental que se construyeron en las iglesias de Elciego y Lapuebla de Labarca en Araba con esquema de arco de medio punto. En Navarra, también encontramos tres ejemplos de portadas significativas en las iglesias de Cáseda, Los Arcos y Viana, esta última con una magnífica portada realizada en el último período renacentista con forma en exedra encuadrada por un arco de triunfo. Sin embargo, la obra más singular de este estilo en estos dos territorios es el coro de la parroquia de San María de Agurain en Araba, obra clave del primer período del renacimiento plateresco en Euskal Herria; alzado sobre arcos apuntados rectos de sabor gótico, el coro de Agurain destaca por su bóveda de terceletes. En las iglesias de San Andrés de Estamona y la Asunción de Kanpezu en Araba también encontramos coros renacentistas. En cuanto a la arquitectura conventual, los monasterios de Roncesvalles, Fitero e Irache aprovecharon el primer período renacentista para construir sus claustros en sencillos estilos que denotan todavía la influencia del gótico. Respecto al resto de construcciones, encontramos iglesias renacentistas simples, tanto en estructura como en decoración, en las localidades navarras de Lerin, Larraga, Ziga, Ochagavía, Roncal, Milagro, Arguedas, Caparroso y Puente la Reina, y en las alavesas de Labastida y Oion.

En Iparralde también predominó la combinación de elementos góticos y renacentistas en iglesias pequeñas y sencillas, preferentemente construidas en el ámbito rural de la provincia de Zuberoa. Los dos elementos más característicos de estas iglesias fueron las galerías de madera, que se construían cuando aumentaba la población de las localidades, y la espadaña, formada por tres torres rematadas con una cruz en cada una de ellas y de mayor altura la del centro. Según las diferentes interpretaciones, la forma y la disposición de estas torres podrían simbolizar el calvario o la trinidad, aunque también pudieran ser producto de la influencia inglesa, ya que el territorio estuvo bajo dominio inglés durante diferentes períodos. Las iglesias de Gotogeño, Undureiñe, Altzuruku y Zalgiz responden a estos rasgos y conservan la característica espadaña.

Respecto a Gipuzkoa y Bizkaia, como ya hemos señalado, la prosperidad económica y demográfica de las dos provincias costeras posibilitó un desarrollo sorprendente en el número y la importancia de su arquitectura. En este momento, no sólo fueron las villas costeras las que adoptaron esta nueva corriente, tal y como ocurrió en el período gótico, sino que ahora son las localidades del interior las que, sobre todo, acogen esta nueva influencia al participar su nobleza en la administración estatal. De hecho, la primera localidad en la que encontramos ejemplos del estilo -Oñati, en Gipuzkoa-, fue la villa natal del mecenas de las obras que se realizaron, Rodrigo Mercado de Zuazola, obispo de Ávila y consultor de las Cortes de Castilla. En la iglesia de San Miguel de esta localidad guipuzcoana se construyeron en estilo renacentista tanto el claustro como la capilla de la Piedad. No obstante, la principal construcción religiosa de Oñati es el monasterio de Bidaurreta, que responde al esquema clásico de iglesia conventual con capillas bajas entre los contrafuertes.

En la tipología conventual, los tres proyectos más importantes se los debemos a un mismo tracista, fray Martín de Santiago, que siguiendo el modelo de San Esteban de Salamanca, proyectó los conventos dominicos la Encarnación de Bilbao y San Telmo de Donostia; de los dos, el que presenta un mejor estado de conservación es el de San Telmo, uno de los edificios más característicos de la arquitectura renacentista vasca. De gran sobriedad y sencillez tanto en su construcción y disposición de volúmenes, como por la ausencia de decoración respondiendo a un nuevo concepto del renacimiento más austero y depurado determinado por el Concilio de Trento, el monasterio destaca por su iglesia, en la que la cubierta de arcos ojivales y bóvedas de crucería combinada con los soportes cilíndricos ayuda a unificar el espacio interior, y por su claustro.

Entre el resto de las iglesias, en Bizkaia destacar las portadas renacentistas adoptando la forma de arco de triunfo añadidas a templos góticos en Nuestra Señora de Begoña, San Antón de Bilbao, Santa María de Portugalete y San Vicente de Abando en Amorebieta, y para finalizar, también merece la pena señalar el claustro de la Colegiata de Ziortza en Markina-Xemein y la capilla del Santo Cristo en la iglesia de San Severino de Balmaseda, donde destacan las bóvedas estrelladas.

Por último, hay que destacar que el cambio de rumbo promovido por la Iglesia católica a través del Concilio de Trento trajo consigo la propuesta de un estilo arquitectónico más sobrio, solemne y monumental que conocemos como gótico vasco. Este cambio de rumbo propició en Euskal Herria la recuperación de modelos de iglesia del período gótico y la combinación de estos con elementos renacentistas en los que se suprime la decoración. El resultado fueron unas iglesias de planta de salón -también llamadas columnarias- con tres naves, de gran altura, aunque sin diferencia entre las naves, con bóvedas de crucería, sin contrafuertes ni arbotantes en el exterior, y con columnas con capiteles que responden a los modelos renacentistas.

Las iglesias de este tipo se localizan en localidades de Bizkaia y, sobre todo, en Gipuzkoa, en villas que durante este período conocieron un importante aumento de su población, de ahí la tendencia a la unificación espacial, por razones de capacidad, visibilidad y acústica. Entre las numerosas iglesias que existen realizadas en este estilo destaca por sus excepcionales bóvedas vaídas con nervios artesonados la iglesia de San Sebastián de Soreasu de Azpeitia en Gipuzkoa. El resto, aunque más modestas, han conseguido convertirse en uno de los principales símbolos del paisaje arquitectónico vasco gracias a la verticalidad y su característico aspecto externo prismático. En Bizkaia hay que destacar las parroquias de Lezama, Elorrio, Guernica y Trucios, mientras que en Araba y Navarra sólo en las iglesias de San Vicente en Vitoria-Gasteiz, la Asunción en Cascante y San Juan Bautista en Cintruénigo encontramos ejemplos realizados en este estilo. En cambio, es en Gipuzkoa donde el paisaje está continuamente salpicado por este tipo de iglesias; las más significativas se encuentran en Tolosa, Segura, Idiazabal, Azkoitia, Bergara, Hernani, Zumarraga, Eibar, Irun, Deba, Lezo, Oiartzun y Errenteria. Otro variante de este tipo de iglesia de espacio unificado y fábrica vertical lo constituyen las iglesias de una sola nave; edificadas principalmente en zonas rurales y conventos, la mayoría tienen una nave rectangular de dos o tres tramos marcados por contrafuertes y cerrada con cabecera recta u ochavada; en Gipuzkoa, Santa María de Soraluze, Santa María de Itziar y San Nicolás de Orio, son un ejemplo de estas iglesias.

En cuanto a la arquitectura civil, además de los numerosos palacios que se conservan de este período, lo que nos indica una etapa menos belicosa y más prospera, también destacaron los primeros hospitales, universidades y ayuntamientos. El desarrollo de esta última tipología nos demuestra que el poder civil de las villas comenzaba a desmembrarse del religioso y a reivindicar su propio espacio vital tanto en la sociedad como en el trazado urbano. Durante este período también se definió la tipología del caserío vasco ya que, aunque se cree que fue a finales del siglo XV cuando se establecieron las actuales características de la arquitectura del caserío, fue en este período cuando comenzamos a encontrar los primeros ejemplos conservados.

Respecto a la principal tipología, el palacio fue el edificio más extendido y también conoció una enorme variedad de composiciones, aunque las constantes fueron, como en la arquitectura religiosa, las plantas rectangulares y la ausencia de decoración en los paramentos, así como la desaparición del carácter defensivo y la presencia de torres, solanas, heráldicas, rejería, garitas en los ángulos, aleros y, sobre todo, generosos vanos e incluso logias en sus pisos altos. En Euskal Herria durante este período se distinguen dos tipos de palacios, el de tipo compacto, sin patio interior, en la costa atlántica, y el que cuenta con patio, de tipo de mediterráneo, en el interior del territorio.

Por todos los territorios de Euskal Herria encontramos importantes ejemplos de arquitectura civil. En Navarra hay que destacar el Hospital General de Navarra -actual Museo de Navarra, del que se conserva la portada plateresca-, los ayuntamientos de Allo, Sangüesa y Tudela, y los palacios de San Cristóbal en Estella y el del Marqués de San Adrián en Tudela, el más espectacular por sus aleros, arcadas y patios interiores siguiendo el modelo mediterráneo. En cuanto a Iparralde, nuevamente, nos alejamos de los modelos de palacios descritos y los escasos ejemplos que se construyeron -de los que apenas conservamos restos- se realizaron siguiendo trazas italianas.

En cuanto a los palacios de los dos tipos que hemos destacado, aunque Gipuzkoa conserva ejemplos tanto del primer tipo -palacio de Carlos V en Hondarribia- como del segundo -Narros en Zarautz y Ubillos en Zumaia-, los más significativos se encuentran en Vitoria-Gasteiz. En el palacio de Bendaña, por ejemplo, destaca su interior, organizado en tres plantas y con un patio de galerías en escuadra. En el palacio de Montehermoso, en cambio, edificio de planta rectangular organizado en torno a un patio central cuadrado, destacan sus cuatro torres en las esquinas, mientras que en el palacio de Salinas, lo más significativo es la galería exterior arquitrabada con diez columnas dóricas que remata el cuerpo principal constituido por cuatro plantas y una portada adintelada. Pero el palacio más importante de este período es el de Escoriaza-Esquivel; mandado construir por Fernán López de Escoriaza, médico de Carlos I, destaca en su exterior por el encadenado que rodea el perímetro de su planta rectangular; en el interior el patio se organiza en torno a tres crujías con dos pisos y arcos de medio punto y conopiales, que recuerdan a las logias italianas. Para finalizar con esta tipología, hay que mencionar la presencia singular en el valle del Urola en Gipuzkoa de palacios de influencia mudéjar. El origen de este tipo de palacio de estructura atlántica realizado en ladrillo, está en la construcción en este estilo de la torre de los Loiola a finales del siglo XV; posteriormente, en el renacimiento, se realizaron el palacio Anchieta en Azpeitia y Floreaga en Azkoitia, con una doble galería.

Sin embargo, uno de los ejemplos más significativos de la arquitectura civil en Euskal Herria responde a un nuevo tipo de edificio, la universidad. Fundada por Rodrigo Mercado de Zuazola, la Universidad de Sancti Spiritus de Oñati en Gipuzkoa, combina elementos del renacimiento italiano con otros góticos. El diseño del edificio, que se debe al tracista Rodrigo Gil de Hontañón -la ejecución al maestro de obra guipuzcoano Domigo de Guerra-, presenta una planta rectangular de dos pisos con patio central y torres angulares. El elemento más importante y característico del edificio es su patio, organizado en dos pisos de arquerías sobre columnas corintias.

En cuanto al caserío vasco, aunque su estructura estaba ya codificada desde la Edad Media, los primeros ejemplos que conservamos corresponden a este período, en el que aunque recibió la influencia renacentista, prevaleció la sobriedad ya destacada. La importancia de la fábrica del caserío de este período reside en que por primera vez se conciben como una construcción monolítica, de gran tamaño y cubierta a dos aguas. Hasta entonces, en el hábitat rural se construían de forma dispersa un conjunto de edificaciones en madera -vivienda, establos, granero, hórreo, lagar- y es ahora cuando todo se funde en un único edificio realizado en piedra el primer piso y con madera el resto de los pisos, los soportes estructurales y los cerramientos. En esta nueva construcción se concentraban todas las actividades y, de hecho, en función de las actividades que se desarrollaban, la estructura del edificio variaba, distinguiéndose tres tipos de caseríos: el vizcaíno, el guipuzcoano y el labortano. La excepción a este tipo de construcción lo constituía el caserío de Zuberoa, ya que en esta área influyó la variante de casa pirenaica con una planta en L más pequeña y con la cubierta más empinada y en pizarra. El resto de los caseríos vascos se distingue por su planta rectangular.

Entre las artes plásticas, la gran protagonista de este período fue la escultura. De hecho, el nombre del primer artista vasco reconocido y de prestigio que encontramos documentado -antes hubo otros, pero de los que apenas conservamos datos- es un escultor perteneciente a este período, Juan Antxieta. Tanto la obra de este escultor como la de los discípulos que continuaron con su labor responde al nombre de romanismo; este estilo, sin ser exclusivo del arte vasco, ya que se desarrolló en otras áreas como, por ejemplo, en La Rioja, si constituye una particularidad en el arte vasco por la importancia que tuvo en su momento y la influencia que ejerció posteriormente. De todas formas, la escultura vasca de este período no se limitó al romanismo, ya que hubo otros estilos.

Coincidiendo con la aplicación de los principios renacentistas en el ámbito arquitectónico, a mediados del siglo XVI, un grupo de escultores procedentes de Castilla, Francia y Países Bajos se trasladaron a este territorio aprovechando la prosperidad económica del momento. La mayoría eran artistas de reconocido prestigio -Diego de Siloé, Pierres Picart, la familia Beaugrant- que practicaron en Euskal Herria un estilo escultórico con reminiscencias góticas y, por tanto, con tendencias al decorativismo y a la profusión de motivos. Entre las obras más destacadas destacan en Gipuzkoa los conjuntos escultóricos de la Universidad de Oñati y el sepulcro de Rodrigo Mercado de Zuazola en la iglesia de San Miguel de Oñati, y en Bizkaia, las portadas de las iglesias de San Antón en Bilbao, Santa María en Portugalete, así como diferentes elementos decorativos en las iglesias de Balmaseda y Markina-Xemein.

Entre esta primera fase y el romanismo, existe un período de transición en el que la práctica escultórica comenzó a abandonar el decorativismo y se aproxima a un cierto clasicismo; en este momento, encontramos los primeros nombres de escultores vascos, discípulos de los anteriores, y que preparan el camino para la generación de Antxieta. Así, en los documentos que atestiguan las labores de realización de retablos para las iglesias guipuzcoanas de San Andrés de Eibar, Santa María de Zarautz, San Esteban de Aia y la capilla de la piedad en la iglesia de San Miguel de Oñati, y en Navarra en los retablos de las iglesias de Genevilla y Santa María de Olite, así como en las sillerías de las catedrales de Pamplona y de Tudela, figuran los nombres de Andrés Araoz, Juan de Ayala, Esteban de Obray o Pedro de Aponte.

Denominamos romanismo a la corriente escultórica surgida en España a finales del siglo XVI a partir de la influencia ejercida por el artista italiano Miguel Ángel en la fase final del renacimiento italiano, conocida como manierismo. Durante esta fase, se prescindió de la profusión decorativa de las fases anteriores y se apostó por composiciones más sencillas y sobrias aunque dotadas de mayor expresividad en las formas; ahora, las imágenes adquieren dinamismo, movimiento y sentimiento que, además se acentúa y potencia con la policromía. En su labor por hacer frente al protestantismo, el romanismo respondía a los objetivos de la Iglesia católica a través de una disciplina como la escultórica y un elemento como el retablo, en el que se aplica un orden y una disposición rigurosa que facilite la lectura de las imágenes.

El romanismo llegó a Euskal Herria procedente de Italia de la mano de Gaspar Becerra y Pedro López de Gamiz. Juan de Antxieta se formó con ellos y así surgió una generación de artistas romanistas de la que formaron parte, entre otros, Ambrosio Bengoetxea, Pedro González de San Pedro, Jerónimo de Larrea, Joanes de Iriarte y Martín Ruiz de Zubiate. Este estilo comenzó a desarrollarse a finales del siglo XVI y se prolongó en el siglo XVII, principalmente, por Gipuzkoa y Navarra. Entre los trabajos más importantes, destacamos en Gipuzkoa los retablos de las iglesias de San Pedro en Zumaia, San Vicente en Donostia, San Martín en Berastegi y el de la parroquia de Alkiza, y en Navarra, el de la parroquia de Agoitz y las iglesias de Cáseda y Tafalla.

En cuanto a la orfebrería, la disciplina conoció en este período un momento de esplendor debido a la proliferación de mecenas surgidos, principalmente, entre las burguesía de las ciudades que sufragaron gran cantidad de piezas destinadas a la Iglesia. Aunque en un primer momento, la sencillez y la austeridad fueron los rasgos dominantes, posteriormente, se complicó, sobre todo, cuando comenzó a notarse la influencia del nuevo estilo que se desarrollaba en Europa, el barroco.

En cuanto a las artes pictóricas, a diferencia de las escultóricas, tuvieron menor desarrollo. Por una parte, la propia Contrarreforma recomendaba la utilización de la escultura y los retablos a la hora de adoctrinar a los fieles; por otra, el comercio con el norte de Europa facilitó la importación de las artes pictóricas demandadas -eran fácilmente transportables-, motivo por el cual en Euskal Herria contamos con excelentes ejemplos de pintura flamenca. De este modo, ya desde el siglo XV, encontramos obras de artistas de la talla de Van Connixloo, Van der Goes o el taller de Metsys en iglesias guipuzcoanas como San Pedro de Zumaia, San Pedro de Bergara o en la parroquia de Aizarna, fruto de las relaciones comerciales.

Por tanto, Euskal Herria tuvo en el siglo XVI una escasa producción pictórica que, además, correspondió a pintores del reino español como Luis Morales, Juan Pantoja de la Cruz y Alonso Sánchez Coello. Las pinturas murales del palacio de los Cruzat en Óriz constituyen la excepción, tanto por su temática como por su técnica, ya que son grisallas y representan escenas bélicas, concretamente, las batallas del emperador Carlos V contra las tropas protestantes. Desconocemos el nombre de los autores de esta obra, aunque su calidad no debe de sorprender ya que la escultura romanista necesitó de pintores que policromasen los retablos, por lo que la disciplina se desarrolló, aunque no consiguió producir una obra consistente.

En el período barroco, nombre con el que denominamos a la segunda parte de la Edad Moderna, en Euskal Herria, al igual que el resto de Europa, se vivió un siglo XVII difícil y problemático. Al cisma religioso se le sumó una profunda crisis económica y continuas guerras entre las monarquías europeas que endeudaban a los estados. En este período, además, los conflictos también fueron habituales entre los propios miembros que integraban los tres estamentos de la sociedad -monarquía, nobleza, Iglesia, burguesía, artesanos y campesinos-, por lo que la inestabilidad fue la protagonista.

Por tanto, en una situación tan convulsa, no nos debe de extrañar que se gestase un nuevo cambio en el gusto artístico. De hecho, en este período la Iglesia recuperó la iniciativa y a través de sus órdenes religiosas -jesuitas, capuchinos, carmelitas- promovió un nuevo estilo que buscaba la comunicación directa con el ciudadano a través del sentimiento y de la emoción. Este nuevo estilo, más dinámico y expresivo, pretendía acercar la Iglesia católica a la sociedad con una propuesta artística más próxima al gusto cortesano y urbano. Por este motivo, el barroco se convirtió en un estilo heterogéneo, sin unas características formales canónicas en ninguna de sus disciplinas artísticas; más bien, a partir de unas pautas generales, cada área o región, artista o escuela, actuó con libertad y desarrolló el lenguaje artístico adecuado a cada marco espacio-temporal. En este sentido, aunque las directrices del nuevo lenguaje fueron dictadas por la Iglesia, fue el poder civil el que saco el mayor partido de la situación al reconocer en el nuevo estilo el modelo ideal para llegar a la ciudadanía y rivalizar con la simbología desplegada por la Iglesia.

En Euskal Herria el siglo XVII también resultó conflictivo. Los pilares sobre los que en el anterior período se sustentó el progreso económico entraron en crisis y el descontento general también se extendió a todos los estamentos. Las nuevas órdenes religiosas impulsaron el estilo barroco con el objetivo de acercar la religión católica a los fieles. Sin embargo, el éxito que alcanzó el barroco en Europa y Euskal Herria también se debió a las propias características del período, una etapa con grandes incertidumbres, lo que provocó un arte más emocional, dinámico y expresivo.

El barroco comenzó a implantarse en Euskal Herria a finales del siglo XVII y se extendió durante todo el siglo XVIII. Durante este período la arquitectura continúo siendo la disciplina artística más importante, mientras que la pintura y la escultura sufrieron un fuerte retroceso provocado por la crisis económica. Por tanto, en general, conservamos un menor número de obras que en el período renacentista y, en muchos casos, además, el barroco se limitó a intervenir en elementos constructivos secundarios aunque también importantes, como portadas y, sobre todo, campanarios. De todas formas, también tenemos excelentes ejemplos de edificios de nueva construcción, así como un especial desarrollo de la arquitectura civil.

Por tanto, una vez más, el barroco fue un estilo que, al igual que el renacimiento, tuvo un corto recorrido en nuestro territorio. Por este motivo, ahora tampoco podemos hablar de un barroco vasco ya que no existen rasgos particulares. Sin embargo, la interpretación que se hizo del mismo, una vez más, fue sin excesos ni tendencias hacia el decorativismo. Y aunque el estilo fue sustituido tempranamente por el neoclasicismo, el barroco dejó algunos de los mejores ejemplos en el patrimonio artístico.

El estilo barroco en arquitectura se suele relacionar y asociar con la acumulación de decoración. Sin embargo, el barroco no sólo aspiraba a acercarse e impactar a la sociedad a través de la profusión decorativa en los edificios, sino también con formas y composiciones estructurales más complejas -plantas, alzados, espacios- que buscaban empatar, envolver al ciudadano en la nueva concepción del arte y de la vida.

En cuanto a la arquitectura religiosa, aunque el número de edificios construidos disminuyó respecto a otros períodos, todavía continuaron edificándose importantes construcciones para cubrir las necesidades eclesiásticas. Así, durante el inicio del período barroco destacó la consagración de nuevos conventos en las principales localidades de Euskal Herria. Además, en aquellas otras localidades donde previamente ya existían importantes iglesias, se añadieron nuevas portadas y, sobe todo, torres campanario con el objetivo de adecuar las construcciones a los nuevos objetivos simbólicos que se había marcado la Iglesia; por ello, le dedicaremos especial atención a las torres campanario, ya que su construcción dotó a Euskal Herria de uno de sus elementos arquitectónicos emblemáticos del paisaje arquitectónico vasco.

En cuanto a las características del barroco en Euskal Herria, las nuevas concepciones espaciales se introdujeron con relativa prontitud gracias a la fundación de conventos por parte de las nuevas órdenes religiosas. En las iglesias de estos edificios se encuentran las primeras características de la disciplina arquitectónica barroca en plantas con forma de cruz latina inscrita en un rectángulo, cabecera recta, capillas laterales entre contrafuertes y coro alto a los pies de la iglesia. En el interior, la única nave que se realizaba se cubría con bóveda de lunetos o de medio cañón, el crucero con cúpula encamonada sobre pechinas, y las capillas laterales con bóvedas de arista. En el exterior, en cambio, encontramos desde fachadas cuadrangulares rematadas con un frontón, hasta portadas que persiguen atraer al fiel por su sentido escenográfico y urbano.

Por territorios, en este estilo existen importantes diferencias entre las provincias de Euskal Herria. Las novedades constructivas más importantes se dieron en Gipuzkoa, seguida de Bizkaia; es en estos dos territorios donde encontramos un mayor número de obras e innovaciones significativas desde un punto de vista tanto tipológico y estructural como decorativo. De hecho, entre las dos provincias costeras también existen diferencias y, así, en Gipuzkoa, por influencia de la construcción más importante de Euskal Herria -la basílica de Loiola- se hicieron propuestas de mayor barroquismo, con una concepción más plástica de las formas; en cambio, en Bizkaia, el barroco fue más desornamentado. En cuanto a Navarra, Araba e Iparralde, el número de construcciones edificadas fue mucho menor puesto que los edificios existentes de otros períodos ya cubrían las necesidades y, por este motivo, se construyeron principalmente en estilo barroco elementos adicionales como portadas, torres campanario y capillas.

Por tanto, en Navarra, Araba e Iparralde, de las construcciones realizadas íntegramente en estilo barroco destacaremos la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Labastida, con una portada en forma de retablo clasicista, y los conventos de las Carmelitas Descalzas en Pamplona, Encarnación en Corella, San Francisco en Viana y Concepcionistas Recoletas en Estella; en las fachadas de estos conventos destaca la influencia de la iglesia romana de Il Gesú, mientras que la fachada clasicista del convento de la Encarnación de Madrid influyó en el convento de San Antonio de Vitoria-Gasteiz donde destaca, con claras sugerencias herrerianas, su pórtico.

En el resto de las edificaciones de estos tres territorios pertenecientes al siglo XVIII, podemos intuir la influencia del estilo barroco ya no sólo en los elementos decorativos. Así, en la iglesia de San Juan de Agurain en Araba y en las capillas de Santa Ana y el Espíritu Santo de la catedral de Tudela en Navarra, además de la profusa decoración, encontramos rupturas y dinamismo en las formas. En cuanto a los espacios, también en Navarra, la iglesia de la Compañía de María en Tudela nos presenta una planta octogonal, y la iglesia del Patrocinio en Milagro, responde a una compleja planta elíptica inscrita en una cruz griega. No obstante, los mejores ejemplos de la arquitectura religiosa barroca los encontramos en las portadas, destacando en Navarra la de la basílica de San Gregorio Ostiense en Sorlada, en exedra y rematada en cuarto de esfera.

En Bizkaia, el estilo barroco también se introdujo en la provincia a través de la construcción de conventos para las nuevas órdenes religiosas. Uno de los edificios más interesantes es la iglesia de los Santos Juanes de Bilbao, el primer templo en seguir en Euskal Herria los modelos de Il Gesú; en el interior, mantiene reminiscencias renacentistas con una planta de tres naves en diferentes alturas, pero también adopta elementos propiamente barrocos como el crucero y sobre él una cúpula con pechinas. Este modelo de planta también lo encontramos en las iglesias de Santa María de Uribarri de Durango, de la Sagrada Familia de Orduña y del Carmen de Markina-Xemein. En cuanto a las portadas, las iglesias de Güeñes, Turtzioz y Encarnación de Bilbao conservan portadas con sencillos esquemas de sabor escurialense. En el siglo XVIII hay que destacar la iglesia de San Nicolás de Bari en Bilbao, uno de los mejores ejemplos de espacio centralizado con planta de cruz griega insertada en un cuadrado transformado en octógono y con cúpula. En cuanto a las portadas, destacar la de la iglesia de San Severino de Balmaseda, y los pórticos construidos en Santa María de Uribarri de Durango en madera y la iglesia de Santiago en Bilbao de piedra.

Sin embargo, el mayor número de construcciones barrocas y las más importantes las encontramos en Gipuzkoa, el territorio que conoció un mayor crecimiento económico y demográfico. Uno de los primeros edificios que recogió la influencia del estilo barroco fue el convento de Santa Clara en Azkoitia, que sigue la tipología del primer estilo con una edificación austera y tipología de fachada rectangular resuelta con extremada desnudez. El modelo conventual de planta de cruz latina y tradición clasicista en la decoración también se repitió en las parroquias de Alegia y Pasai Donibane, y en las portadas de las iglesias de Getaria, Errenteria, Segura y San Vicente de Donostia.

El siglo XVIII en Gipuzkoa estuvo determinado por una construcción que desde su propia concepción estaba llamada a ser el edificio más importante del período barroco en Euskal Herria. Nos referimos a la basílica de Loiola, uno de los edificios más singulares por su vinculación con el barroco romano, algo poco frecuente por estos lares. Diseñado por el arquitecto italiano Carlo Fontana, discípulo de Bernini, de la construcción se encargaron diferentes maestros de obra vascos, entre los que hay que destacar a Martín de Zaldua, Sebastián de Lecuona e Ignacio Ibero; estos y otros artistas vascos que tomaron parte en la basílica, modificaron los planos del conjunto, un proyecto sumamente decorativo, adaptándolo a la sobriedad del estilo barroco que se estaba desarrollando en Euskal Herria. La construcción más importante del conjunto es la basílica, donde destacan la escalinata de acceso, el pórtico convexo, la planta centralizada en forma de rotonda y la monumental cúpula con tirantes entre torres subordinadas. La influencia de la basílica de Loiola fue muy importante, destacando además de la iglesia de San Nicolás de Bari en Bilbao, la iglesia de San Martín de Tours de Andoain, con elementos decorativos inspirados en la basílica de Loiola.

De las iglesias que se construyeron en el siglo XVIII en Gipuzkoa, la más ambiciosa e interesante fue la basílica de Santa María del Coro de Donostia, donde destaca su planta de salón con tres naves de idéntica altura y su cubierta de bóvedas góticas. Otros ejemplos significativos de este siglo en Gipuzkoa son las portadas de las iglesias de la Asunción de Segura, Santa María la Real de Azkoitia, San Miguel de Oñati y San Juan Bautista de Hernani, donde la fachada rectangular está definida por dos pilastras que soportan un frontón triangular y acogen un arco. En cuanto a la iglesia de Pasaia San Pedro, destacar, además de su portada, la planta de salón de tres naves y, en general, la propia volumetría en forma de cubo que nos acerca al neoclasicismo.

Para terminar con la arquitectura religiosa, señalar que uno de los elementos arquitectónicos más característicos del paisaje arquitectónico de Euskal Herria son las torres campanario. Concebidas inicialmente como lugar donde ubicar las campanas de la iglesia, este tipo de torre se convirtió durante el período barroco en el emblema de la Iglesia católica y de su poder en la sociedad vasca. De hecho, las torres campanario regulaban la vida cotidiana mediante el repique de campanas.

La torre campanario está organizada en cuatro partes distintas. En primer lugar se encuentra la base, formada por un cuerpo bajo de planta cuadrada decorado con pilastras en las esquinas. A continuación, está el segundo cuerpo, que es el que alberga las campanas y también lleva pilastras en los ángulos y decoración de pináculos. Después se sitúa el entablamento, la cornisa y, en algunos casos, la balaustrada, que forman el tercer cuerpo y donde podemos encontrar la misma decoración que en los primeros cuerpos. Finalmente, la construcción se remata con una cúpula que termina en una linterna que repite la decoración, en menor tamaño, del cuerpo de las campanas.

Las primeras torres campanario se construyeron a finales del siglo XVII y fueron muy sencillas tanto en la decoración como en la estructura, a base de sobrios cubos de tradición escurialense; a esta etapa pertenecen las torres de Kanpezu, Bilar y Labastida en Araba, Markina-Xemein y Portugalete en Bizkaia, y Eibar en Gipuzkoa. Sin embargo, las torres más importantes y significativas en el paisaje arquitectónico vasco fueron las construidas en el siglo XVIII. En estas torres quedó establecida la tipología que hemos descrito y fue evidente la influencia que ejerció en ellas la estructura y la decoración de la basílica de Loiola. La principales torres campanario se encuentran en Gipuzkoa -Elgoibar, Andoain, Tolosa, Eskoriatza, Bergara, Hondarribia, Ordizia, Usurbil, Hernani, Ibarra, Aretxabaleta, Urretxu- aunque también encontramos ejemplos en el resto de territorios, destacando las de Portugalete, Elorrio, Otxandio, Durango, Balmaseda, Ermua y Guezala en Bizkaia, Oion y las iglesias de San Miguel y San Pedro en Vitoria-Gasteiz en Araba y Lesaka en Navarra. En esta última provincia encontramos en la Ribera un tipo distinto de torre campanario que tanto en lo material como en lo estructural, son deudoras de la tradición mudéjar; encontramos torres de este tipo en las iglesias de Santa Eufemia de Villafranca, San Julián y Santa Basilia en Andosilla, Santiago en Funes, Santa María de Desojo y en la catedral de Tudela.

Durante el período barroco la arquitectura civil tuvo una mayor importancia que la religiosa, ya que además de construirse un mayor número de ejemplos, la sociedad pudo plasmar en ellos un tipo de arquitectura más acorde con sus propias necesidades e inquietudes, sin depender de las directrices marcadas por las autoridades eclesiásticas. Los dos tipo de edificios más comunes en la arquitectura civil de este período fueron los palacios y, especialmente, los ayuntamientos, una tipología que analizaremos después.

En cuanto al estilo, la arquitectura civil barroca se caracterizó por su austeridad y monumentalidad; de hecho, los elementos decorativos sólo se incorporaron en el siglo XVIII. El edificio civil de tipo barroco presenta la planta rectangular, exenta y aglomerada, caja de escalera, monumentales aleros, solana y jardín. En su fachada se repite el esquema de tres tipos separados por líneas de imposta y tres ejes de vanos con el central reservado al balcón y al escudo. En cuanto a los palacios, la mayoría de ellos no fueron construidos por la antigua nobleza terrateniente vasca, sino por la nueva nobleza y la burguesía enriquecida gracias al comercio, a los cargos administrativos en la corona y a la estancia en América; de hecho, muchos de los palacios que se construyeron tanto en este período como en otros, fueron encargados por los indianos cuando regresaban a sus lugares de origen con las riquezas acumuladas en América.

En Navarra y en Araba, la mayoría de los palacios de este período se construyeron en el siglo XVIII, destacando en el caso de Araba los palacios de los Otazu en Zurbano, Larrañaga en Zalduendo y Almeda en Vitoria-Gasteiz. En Navarra, destacan el palacio episcopal de Pamplona, Colomo en Miranda de Arga, Azpilikueta en Barasoain, Marques de Huarte en Tudela, Reparacea en Oyaregui, Arizkuena en Elizondo, Gastón de Iriarte en Irurita y la casa de las Cadenas en Corella; en este último, realizado en ladrillo, destaca la decoración geométrica y las pilastras de los paramentos.

En Bizkaia, destacar los palacios de Jara y Tola en Elorrio y, sobre todo, el palacio de Valdespina en Ermua, ya que erigido en el siglo XVIII, nos señala la influencia italiana con elementos como la escalera interior cubierta por cúpula y la doble galería. En el resto de la provincia destacar el palacio de Hurtado de Amézaga en Güeñes, Arana en Mallabia, Solartekua en Markina-Xemein, Urrutia en Balmaseda, Larrako en Lezama, Uriarte en Lekeitio y Zubieta en Ispaster, en donde su cúpula y su fachada con torres refleja un mayor dinamismo.

En Gipuzkoa son numerosos los palacios construidos en este período. Los más importantes están en el interior de la provincia y destacan, sobre todo, por su sobriedad y por la ausencia de elementos barrocos tanto estructurales como decorativos significativos. Entre otros, señalar, el palacio Lardizabal en Segura, Insausti y Florida en Azkoitia, Idiaquez en Tolosa, Montalibet en Mutriku, Saroe y Atxaga en Usurbil, Ipeñarreta en Urretxu, Conde Monterrón en Arrasate, Arratabe en Aretxebaleta, Portu en Zarautz y Zuloaga en Hondarribia. El palacio más singular del período por su combinación de sencillez y monumentalidad, es el palacio de Lazkano en Lazkao; construido en el siglo XVII siguiendo los modelos cortesanos de sobriedad escurialense, el palacio Lazkano destaca por su patio cuadrado y su fachada clasicista.

Además del palacio, el ayuntamiento fue el ejemplo de arquitectura civil que más éxito alcanzó en este período. El fortalecimiento en Euskal Herria del poder municipal a partir del siglo XVI tuvo como consecuencia directa que las localidades con mayores recursos económicos erigiesen nuevos edificios que albergasen las funciones que desempeñaba el consistorio. Sin embargo, este no fue el único motivo que impulsó la construcción de estos edificios; a pesar de la sobriedad, en los ayuntamientos también vislumbramos por parte del consistorio el deseo de rivalizar con el poder religioso llegando, incluso, a confrontar físicamente los edificios en la misma plaza de la localidad. Hay que recordar, que en períodos anteriores las reuniones de los concejos se realizaban en las iglesias, por lo que ahora, cuando se tiene la posibilidad y la voluntad de construir un nuevo edificio, por una parte, se está respondiendo a las nuevas necesidades del municipio, por otra, se está desligando el poder civil del religioso.

La estructura y la organización del ayuntamiento es sencilla. Así, mientras la planta baja, porticada y con arcos, estaba destinada a las funciones relacionadas directamente con la ciudadanía, la primera planta albergaba la principal estancia que era el salón de plenos y un balcón corrido en el que se izaban las banderas y desde donde las autoridades municipales se dirigían al municipio. En cuanto a la segunda planta, generalmente la última, en la misma se encontraban los despachos y el archivo, además del escudo del municipio y el reloj. En el exterior eran edificios sobrios que no destacaban por su decoración; normalmente los únicos elementos que encontramos son pilastras, pequeños frontones en cada balcón y un frontón triangular que remata el edificio y alberga el escudo municipal.

Los primeros ayuntamientos que se construyeron en el siglo XVII destacan por sus trazas simples y elementales, la ausencia de porticado y la utilización de planteamientos renacentistas en la estructura del edificio; de este período destacamos los ayuntamientos de Bergara, Zestoa, Oiartzun, Aretxabaleta y Errenteria en Gipuzkoa. Entre los ayuntamientos realizados en el siglo XVIII, donde encontramos todas las características descritas, destacamos en Araba y Navarra los ayuntamientos de Labastida, Respaldiza, Aramaio, Elciego y Araia, respecto a Araba, mientras que de Navarra citaremos los de Viana, Bera, Lesaka y Pamploa; en Bizkaia sólo encontramos ayuntamientos en Balmaseda, Bermeo, Otxandio, Orozco, Durango y Lekeitio, mientras que en Gipuzkoa, los ayuntamientos que mejor representan el estilo son los de Elgoibar, Andoain, Alegi, Oñati, Asteasu, Astigarraga, Azkoitia y Arrasate.

En el período barroco la pintura y la escultura sufrieron un retroceso considerable provocado por la crisis económica y a que los fondos que se conseguían destinar a la creación artística se preferían utilizar en la arquitectura, la manifestación que mejor ayudaba tanto al poder religioso como civil a conseguir la relevancia social.

Por tanto, la escultura barroca de Euskal Herria no consiguió la importancia y el prestigio de la renacentista y, en muchas ocasiones, se acudió a talleres de otras zonas de España. De hecho, el estilo que imperó en el siglo XVII fue la prolongación del romanismo, y fueron los seguidores de Juan Antxieta los que dominaron el panorama. De ahí que el nuevo estilo barroco caracterizado por el dinamismo, la expresividad, la acumulación de decoración y la complejidad no llegó hasta el siglo XVIII.

En el siglo XVII, incluso, hubo un período realista protagonizado por la influencia que ejerció en Euskal Herria el trabajo de Gregorio Fernández; el escultor vallisoletano intervino en diferentes retablos entre los que destacan en Araba el retablo de la iglesia de San Miguel en Vitoria-Gasteiz, y en Gipuzkoa el de la iglesia de San Pedro en Bergara. En cambio, en los retablos de las iglesias de San Juan Bautista de Hernani y San Esteban de Oiartzun, ambas en Gipuzkoa, todavía se aprecia la influencia del romanismo. En Navarra, destacamos en este período el retablo de la iglesia de Santa María de Viana, el de San Miguel de Cárcar y el de Santa María de Los Arcos.

A partir de la primera mitad del siglo XVIII, aparece una nueva generación de escultores vascos -Felipe de Arizmendi, Juan Bautista de Suso, Juan de Apeztegui, Martín Bidatxe- que comienzan a introducir características barrocas en algunas obras como los retablos de las iglesias de San Miguel de Oñati y San Martín de Andoain, ambas en Gipuzkoa, y en Iparralde, en el retablo de la parroquia de Donibane Lohizune.

Sin embargo, la verdadera transformación se produjo cuando en la segunda mitad del siglo XVIII el taller de los Churriguera comenzó a trabajar en Euskal Herria. De este modo, llegó a nuestro territorio el estilo rococó, en el que se reduce parcialmente la decoración pero se añade a la estructura del retablo mucha más inestabilidad y movimiento, al combinar líneas rectas y curvas, frontones fragmentados, cornisas voladas y complejas columnas que se apoya sobre baquetones. En este estilo también trabajaron, además de los Churriguera, un buen número de escultores vascos -Tomás de Jáuregui, Francisco Vergara, Miguel de Yrazusta- en retablos como el de la iglesia de Santa María de Elorrio en Bizkaia, el de la iglesia de la Asunción de Lerín y de San Martín de Lesaka en Navarra y, en Gipuzkoa, en los retablos mayores de las iglesias del monasterio de Bidaurreta en Oñati, de la Basílica de Loiola, de San Juan Bautista de Pasaia Donibane y de Santa María de Donostia.

En cuanto a la pintura, esta fue la disciplina artística que más sufrió las consecuencias de la crisis económica. Por ello, los ejemplos que conservamos, además de no ser numerosos, la mayoría son fruto de adquisiciones realizadas en otras zonas de Europa. En cuanto al tema, predomina la temática religiosa, ya que tanto la nobleza como la burguesía vasca encargaba las obras de arte para donarlas a las iglesias.

Son numerosas las obras de pintores barrocos españoles que los museos vascos atesoran, entre ellos, destacaremos los trabajos de José de Ribera, Francisco Zurbarán, Mateo Cerezo, Alonso Cano, Antonio Pereda y Juan Carreño de Miranda. También hubo pintores extranjeros que trabajaron en Euskal Herria, como el caso del flamenco Pedro de Obrel, aunque carecemos de ejemplos, tal y como sí existen en el período renacentista. De hecho, el único pintor barroco vasco que destacó fue el navarro Vicente Berdusán, autor de cuadros de temática religiosa en los que refleja los efectos de la luz y los estudios atmosféricos siguiendo una línea clasicista. También tenemos constancia de otros dos pintores vascos, Antonio González Ruiz e Ignacio Huarte, que trabajaron para otros talleres por España, realizando escenas religiosas y paisajes.

Este panorama tan exiguo no significa que no se realizasen otros trabajos pictóricos en Euskal Herria. De hecho, por los restos conservados, tenemos constancia de que en muchas iglesias cuando no había medios económicos suficientes para encargar un retablo, se decoraba la iglesia con representaciones pictóricas que posteriormente eran sustituidas por retablos u otro tipo de decoraciones. Algunos de los numerosos palacios que hemos estudiado, también albergaron pinturas murales, pero la mayoría no se conservan; uno de los escasos ejemplos que nos ha llegado son las pinturas del palacio Barrena de Ordizia en Gipuzkoa; en las mismas, predomina la decoración a base de motivos geométricos y florales, y temas que comienzan a distanciarse de las clásicas representaciones religiosas, anunciando la llegada de un nuevo tipo de sensibilidad artística contemporánea que cambió los cimientos del arte.

A partir de 1789 comienza un nuevo período en la historia de la humanidad que denominamos Edad Contemporánea y que llega hasta nuestros días. El inició de este período está marcado por un acontecimiento histórico importante y simbólico: la Revolución francesa. Este levantamiento del tercer estamento -formado por la burguesía, los artesanos y los campesinos- fue un ataque directo contra los principios del Antiguo Régimen. Pero en el mismo, no sólo se cuestionaba la organización de la sociedad, sino el monopolio del poder que ostentaban la monarquía, la nobleza y la Iglesia. De hecho, el comienzo del cambio fue anterior al estallido de la Revolución francesa; previamente, la burguesía había iniciado un cambio económico a través de la Revolución industrial y, por tanto, la revolución política fue el resultado de una transformación más profunda. La transición de la Edad Moderna a la Contemporánea, sin embargo, no fue pacífica; la confrontación, primero, entre los absolutistas -los defensores del Antiguo Régimen- y los liberales -la burguesía-, y posteriormente, entre los mismos liberales, provocó numerosos conflictos y guerras que sacudieron a toda Europa durante el siglo XIX.

Durante la primera mitad del siglo XX, el mundo vivió un período convulso en el que se sucedieron crisis económicas, movimientos revolucionarios y guerras mundiales; de hecho, mientras los movimientos obreros realizaban sus primeros intentos para hacerse con el poder, en algunos estados europeos las clases medias abandonaban los sistemas parlamentarios y abrazaban los fascismos. Detrás de todos estos movimientos, revoluciones y cambios en el poder, estaba presente la situación económica; la economía capitalista mundial entró en una espiral de rivalidad que desembocó en la primera guerra mundial (1914-1919); este episodio, treinta años más tarde, tuvo su continuidad en la segunda guerra mundial (1939-1945). Durante el intervalo existente entre ambos conflictos, el capitalismo vivió la peor crisis económica de su historia, la desencadenada en 1929 por la crisis de la bolsa de Nueva York.

Finalizada la segunda guerra mundial, el mundo entró en una nueva fase en la que la sociedad civil y la clase política intentaron crear mecanismos -entre ellos el Estado de bienestar social- con los que evitar las crisis y las rivalidades económicas. Sin embargo las crisis no se pudieron impedir ya que el mundo quedó dividido en dos bloques tras el estallido de la guerra fría. Otro rasgo característico de este período fue el proceso de descolonización; el continente europeo perdió sus colonias y, por consiguiente en el continente africano y asiático nacieron nuevos países de tal forma que el número de estados se duplicó. Este período finalizó con una nueva crisis económica, la llamada crisis del petróleo sucedida en 1973.

A partir de la década de los ochenta, cuando la guerra fría concluyó, entramos en una tercera etapa en la que la economía capitalista se encuentra nuevamente en una fase liberal -el neoliberalismo-, y las diferencias entre los países ricos y pobres no han hecho más que aumentar. Por otro lado, las revoluciones científicas y tecnológicas son constantes, y por tanto, la sociedad se transforma y cambia a un ritmo vertiginoso, aunque todos estos progresos, de momento, afectan principalmente a las sociedades más desarrolladas. Algunos han definido esta fase como la era de la globalización, ya que las distancias y las diferencias que antaño nos separaban se están reduciendo drásticamente, aunque, una vez más, esto sólo le ocurra a una parte de la población.

Todos estos acontecimientos, además han ocurrido con inusitada rapidez. Desde mediados del siglo XIX, la suma de las revoluciones políticas, económicas y científicas han traído que la vida, haya adquirido una vertiginosa capacidad de transformación. Este nuevo factor ha influido en todas las facetas de la sociedad y, por tanto, también en la cultura y, concretamente, en el arte. Por ello, la homogeneidad estilística de otros períodos anteriores ha desparecido, y han surgido numerosos, sucesivos y, en muchas ocasiones, simultáneos movimientos artísticos que han intentado responder a las necesidades de una sociedad en constante proceso de cambio. Por consiguiente, los artistas han comprendido que podían y debían abandonar los lenguajes utilizados hasta entonces y apostar por crear nuevas formas que expresasen la singularidad de cada uno de ellos ya que, por fin, su capacidad creativa había sido liberada.

De ahí, la irrupción de movimientos y estilos artísticos que se sucederán durante los siglos XIX y XX, y continúan en el siglo XXI; de hecho, términos como neoclasicismo, romanticismo, eclecticismo, modernismo, modernidad, vanguardia, posmodernidad o pluralismo, no son más que intentos de etiquetar un arte que desde que ha conquistado la libertad se transforma atendiendo a la singularidad del artista pero también a la sociedad, ya que como en sus inicios, el arte continúa siendo cómplice de la misma y, por tanto, un modo de expresión propio del ser humano.

El estilo neoclásico fue muy importante para el arte de Euskal Herria, ya que durante este período se desarrolló en nuestro territorio un estilo paralelo en el tiempo al europeo y no con décadas de retraso como en otras ocasiones. Sin embargo, esta primera etapa de la Edad Contemporánea no fue nada fácil; la confrontación entre los absolutistas y los liberales provocó numerosos conflictos y guerras que sacudieron el territorio durante la primera mitad del siglo XIX. Por este motivo en Euskal Herria se vivieron sucesivamente tres guerras: la guerra de Convención, la guerra de la Independencia y la primera guerra carlista. Pero la contienda no sólo fue política sino que se extendió a otros ámbitos como la economía, la sociedad y la cultura. El liberalismo, de hecho, frente a las características del período anterior que denominamos barroco y que identificó con el Antiguo Régimen, propuso un nuevo modo de enfrentarse a la existencia a partir de un ideario que se conoció como Ilustración.

Y es que la Ilustración concibió la vida desde la realidad y no desde el sentimiento, por lo que en el gusto artístico abandonó las formas recargadas y la expresividad emocional del barroco, y apostó por un nuevo concepto del arte más sobrio en el que predominaban las líneas rectas, la sencillez y, sobre todo, la ausencia de decoración. Para ello, se retomó la tradición clásica y en todas las disciplinas se recuperaron los modelos de la antigüedad clásica; de ahí que el estilo artístico de la ilustración lo denominemos neoclasicismo. De todas formas, aunque el liberalismo fue el principal promotor de este cambio en el gusto artístico, el resto de los poderes -monarquía, nobleza e Iglesia - también adoptaron el estilo como signo de adecuación a los nuevos tiempos. De hecho, en Euskal Herria fueron tanto la burguesía como la nobleza quienes impulsaron el espíritu de la Ilustración a través de la fundación en 1763 de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, la empresa de índole cultural más importante de Euskal Herria, y que auspició el cambio de gusto artístico.

El neoclasicismo en Euskal Herria tuvo mucho éxito. Pese a los conflictos y las guerras, en Euskal Herria pudieron desarrollarse interesantes manifestaciones artísticas, sobre todo, en el ámbito arquitectónico, ya que se adelantó al resto de las disciplinas en su reacción contra el barroco, jugando un papel fundamental. De hecho, la arquitectura resumía muy bien la idea básica de la Ilustración a favor de la recuperación de una estética austera con predominio de las líneas rectas basadas en formas geométricas elementales, ya no sólo desde un punto de vista estético sino, también, ético. Así, mientras que la pintura y la escultura se limitaron a recuperar los modelos de la tradición grecolatina y, de hecho, en Euskal Herria el neoclasicismo no arraigó en estas manifestaciones artísticas, en la disciplina arquitectónica los arquitectos vascos encontraron multitud de posibilidades, acostumbrados como estaban a reinterpretar y desarrollar en cada período el estilo artístico a través de la sencillez y la sobriedad. En cuanto a su prolongación en el tiempo, el neoclasicismo se introdujo en Euskal Herria a finales del siglo XVIII, y aunque el estilo se prolongó durante todo el siglo XIX, su momento de mayor esplendor se centró en la primera mitad del siglo XIX.

A pesar de las adversas circunstancias históricas que se vivieron, la cantidad y la calidad de las obras construidas en Euskal Herria es notable, e incluso, nuestro territorio participó en el debate teórico aportando algunas de las obras y de los arquitectos más interesantes del período. En este sentido, la arquitectura neoclásica no fue un estilo que llegó a nuestro territorio con tardanza y colateralmente, sino que se adoptó desde el inicio y se defendió hasta que un nuevo estilo, el eclecticismo, más acorde con la evolución histórica del siglo XIX, se impuso en el gusto artístico.

La arquitectura neoclásica se caracterizó principalmente por la claridad estructural y la depuración del ornamento promoviendo un descarnado geometrismo. Para los arquitectos neoclásicos el edificio se definía a partir de los volúmenes nítidos, compactos y jerarquizados, y la geometría sencilla y simétrica. De esta forma, frente a los excesos del barroco, para los arquitectos neoclásicos las líneas y los contornos no debían quebrarse ni interrumpirse, los volúmenes exteriores debían reflejar claramente el interior, y los huecos -puertas y ventanas- debían abrirse en los muros sin marcos.

En cuanto a las tipologías, como ocurrió con anterioridad durante el período barroco, y también en otros ámbitos como el político, el económico, el social y el cultural, en el neoclasicismo la tipología civil adquirió mayor relevancia que la religiosa y los ejemplos más numerosos e importantes así lo atestiguan. En este sentido, aunque en el neoclasicismo también se construyeron iglesias y se desarrollaron nuevos modelos tipológicos interesantes como el de los cementerios, principalmente, fue un estilo que surgió y evolucionó paralelamente al poder civil.

Entre las principales formas que se desarrollaron en la arquitectura religiosa destacaron, en la planimetría, la planta de cruz griega inscrita en un rectángulo, potenciando de este modo el eje central que constituye el elemento aglutinador de todo el espacio junto a la escalinata y el pórtico frontal, con el objetivo de acentuar la solemnidad del edificio; en el interior la cúpula central como principal elemento para dotar de sentido unitario al despacio, y en el exterior, la combinación de cubiertas.

En la arquitectura religiosa, aunque el número de edificios construidos no es tan abundante como en la civil, también encontramos interesantes ejemplos. El período comenzó en Euskal Herria en el territorio de Navarra con la construcción de la fachada de la catedral de Pamplona; levantada por el arquitecto madrileño Ventura Rodríguez, director de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, esta obra es de transición entre el barroco y el neoclasicismo, y está inspirada en los antiguos templos romanos.

Entre el resto de las construcciones realizadas en Navarra durante este período, hay que destacar el trabajo realizado por el arquitecto navarro Santos Ángel de Ochandategui; a él le debemos la construcción de las torres de las iglesias de Santiago en Puente la Reina y San Juan Bautista de Mendaña, la capilla de San Fermín en la iglesia de San Lorenzo de Pamplona, la iglesia de la Asunción de Allo y la iglesia de San Pedro de Mañeru, su obra más importante por la planta centralizada -cruz griega sobre la base de un cuadrado- y el rigor geométrico empleado.

En Araba encontramos al arquitecto vasco más importante del período, el alavés Justo Antonio de Olaguibel. Aunque sus trabajos más conocidos los realizó en el ámbito civil, en la arquitectura religiosa también llevó a cabo proyectos destacables como las torres de las iglesias de Ariñez, Berantevilla, Alegria y Antoñana, la nueva sacristía de San Andrés de Elciego, los pórticos para las iglesias de la Asunción de Gamarra, San Esteban de Aberasturi y la iglesia parroquial de Arriaga, y el convento de la Magdalena en Vitoria-Gasteiz, donde destaca la organización de la fachada, que reinterpreta las fachadas barrocas de los conventos madrileños desde la sencillez.

En Gipuzkoa, en primer lugar hay que destacar la construcción de elementos formales complementarios a las iglesias realizadas en períodos precedentes. Puertas y torres fueron los elementos más socorridos, entre los que hay que destacar la torre campanario de la iglesia de San Miguel de Oñati de Manuel Martín de la Carrera, y la portada de la iglesia de San Sebastián de Soreasu en Azpeitia, diseñada aunque no ejecutada, por Ventura Rodríguez; en la misma hay que destacar como impronta del barroco el juego de luces y de sombras que crean los arcos y las columnas, mientras que el planteamiento neoclásico se intuye en la pureza de las líneas del frontón.

Sin embargo, el ejemplo más importante pertenece al arquitecto aragonés Silvestre Pérez. La iglesia de la Asunción de Mutriku es una de las más interesantes en esta tipología tanto por su austeridad formal como por la articulación moderna de sus volúmenes. Diseñada como referencia simbólica del entramado urbano de la localidad, en primer lugar destaca su fachada, compuesta por una escalinata y el pórtico hexástilo dórico de extremada austeridad. En cuanto a la planta, diseñada a partir de un cuadrado con cuatro columnas exentas dóricas, destaca el espacio central donde, a partir de cuatro arcos torales arranca una bóveda esférica que le da al interior un sentido unitario del espacio. En el exterior, los vanos termales directamente cortados en el muro, el juego de cubiertas y la disposición de los volúmenes, trasmiten sobriedad.

Respecto a Bizkaia, este es el territorio donde encontramos más edificios de nueva planta. Los dos más importantes son las iglesias de Santa María de Larrabetzu y de Bermeo. La primera, realizada a partir del diseño original de Ventura Rodríguez, introdujo el modelo de planta centralizada a base de una cruz inscrita en un rectángulo. Pero el proyecto más importante de la provincia también fue diseñado por Silvestre Pérez; en la iglesia de Santa María de Bermeo hay que destacar la planta de cruz griega inscrita en un rectángulo y el espacio central cubierto por una gran cúpula. Otras iglesias de este período las encontramos en Aldekueba, Murueta y Narbaniz.

No obstante, Bizkaia también destaca por conservar algunos de los mejores ejemplos de cementerios de Euskal Herria. Concebido como un sistema de sepulturas bajo pórticos columnados y adintelados en los que se sepulta en nichos, mientras que el centro se reserva a jardín, este tipo de cementerios siguen los modelos de las villas romanas. Aunque fueron numerosos los cementerios que se construyeron en este período con elementos constructivos y decorativos del neoclasicismo, sólo conservamos ejemplos en Bizkaia en las localidades de Elorrio, Aulesti, Abadiño, Dima y Markina-Xemein; en el cementerio de esta última localidad realizado por el arquitecto alavés José María Lascurain al final del período, incorporó formas de la tradición histórica griega y egipcia, lo que nos indica la aproximación al eclecticismo.

Al igual que en otros ámbitos como el político, el económico, el social y el cultural, en el neoclasicismo la tipología civil adquirió mayor relevancia que la religiosa y los ejemplos más numerosos e importantes así lo atestiguan. Además, el ámbito civil se expandió y se enriqueció con nuevas tipologías como la de los hospitales, museos, teatros o puertos, que demostraron no sólo la necesidad por satisfacer la creciente demanda que surgía paralelamente a la Revolución industrial, el desarrollo económico y el crecimiento demográfico sino, también, la demanda existente de unos edificios específicos vinculados a la autoridad civil.

En cuanto a las características formales, las construcciones neoclásicas de la arquitectura civil también prescindieron de detalles ornamentales complementarios como molduras, ménsulas y antepechos; entre lo que resaltaba, destacaba el tamaño y el aspecto volumétrico y compacto de la estructura a través de grandes sillares bien trabajados y líneas de vanos apaisados que, vaciados directamente en el muro, se convirtieron en la única referencia compositiva.

En Navarra, Ventura Rodríguez también introdujo el estilo neoclásico a través de una obra civil, el acueducto de Noain. En cuanto al resto de los edificios, hay que destacar en Pamplona el teatro Principal -actual teatro Gayarre- y el palacio de la Diputación de Navarra; en el primero, obra de los guipuzcoanos Pedro María de Ugartemendia y José de Nagusia, destaca su estilo sobrio y la particularidad de que los volúmenes exteriores dejan traslucir la organización interna, mientras que en el segundo, de José de Nagusia, destacan los detalles renacentistas que denotan un gusto romántico. Sin embargo, el proyecto más ambicioso que se llevó a cabo en Navarra durante este período fue la plaza Mayor de Tafalla del alavés Martín de Saracibar, realizada al final del período, y trazada con forma rectangular, en la que destacan los pórticos en la planta baja y dos pisos superiores de sencillos huecos rectangulares.

Pero es en Araba donde encontramos mayores novedades, concretamente, en la obra de Justo Antonio de Olaguibel. Este arquitecto alavés fue, junto a Ventura Rodríguez, el principal responsable de introducir el neoclasicismo en Euskal Herria a través de una obra sencilla, rigurosa y elemental, en la que no solo demostró conocer la antigüedad clásica sino saber integrarse en el entorno, respondiendo a las necesidades de una ciudad como Vitoria-Gasteiz. Sus dos obras más importantes en esta tipología fueron la plaza Nueva y las casas de los Arquillos, aunque también realizó en Armentia el palacio del obispo Díaz Espada, en la que destaca su fachada principal. La plaza Nueva fue construida por el ayuntamiento con el doble objetivo de realizar una nueva casa consistorial y potenciar desde ella el nuevo ensanche de la ciudad hacia el sur; el trazado cuadrangular de la plaza se mantuvo fiel al diseño de las plazas barrocas con fachadas uniformes ordenadas en torno a cuatro plantas, dos bajo soportales y otras dos sobre ellas. En cambio, en las casas de los Arquillos el objetivo era salvar el desnivel que existía entre el casco antiguo y la nueva plaza; construida con un lenguaje de formas sencillas y sobre pasos porticados en arquerías de donde toma el nombre, la novedad que aporta se encuentra en que los espacios abovedados que permitieron aliviar la presión de la tierra se utilizaron como almacenes.

En Gipuzkoa, la introducción del lenguaje renovador del neoclasicismo también vino de la mano de un arquitecto excepcional, Pedro María de Ugartemendia. Aunque su proyecto más interesante y renovador fue el trazado urbano que diseñó para Donostia, que finalmente no se realizó, en la plaza de la Constitución de la misma ciudad podemos ver su concepción de la arquitectura neoclásica de un modo sobrio y sencillo. En cuanto al ayuntamiento, que se construyó en uno de los lados de la plaza, fue obra de Silvestre Pérez, y en el mismo destaca la portada. En el resto de la provincia destacar la plaza de Euskal Herria de Tolosa de José Eleuterio de Escoriaza y los ayuntamientos de Ordizia y Orendain, el primero de Alexo de Miranda y el segundo de Justo Antonio Olaguibel, construidos reinterpretando el modelo barroco con austeridad.

Respecto a Bizkaia, desde el inicio del período se realizaron obras importantes como los ayuntamientos de Otxandio, Ondarroa y Balmaseda, donde se repite el modelo barroco con soportales de arco de medio punto, el edificio de Aduanas de Orduña, un edificio grandioso pero rígido y severo, y el hospital de Atxuri de Gabriel Benito Orbegozo, un edificio sobrio, sencillo y funcional, donde se introduce la nueva tipología hospitalaria del modelo británico a base de pabellones independientes. Sin embargo, la obra más ambiciosa del estilo en la provincia es la Casa de Juntas de Gernika, obra de Antonio de Echeverría; en este conjunto de diferentes edificios organizados como una acrópolis, destaca la tribuna Juradera, realizada siguiendo el diseño del pórtico de entrada del Panteón romano. Del mismo arquitecto es la plaza Nueva de Bilbao, donde destacan los pórticos con arcos de medio punto de orden toscano.

Frente al elevado número de arquitectos vascos que durante este período trabajaron en Euskal Herria, contrasta la reducida cifra de escultores y pintores de los que se tiene noticia. En ello influyó, sin duda, tanto la crítica situación por la que pasaba la Iglesia, pero también, otro tipo de circunstancias como la escasa idoneidad de los modelos clásicos -inspirados en la mitología grecorromana- a la hora de inspirar la iconografía religiosa, el gran número de obras artísticas de otros períodos que las autoridades religiosas atesoraban en sus iglesias y el carácter desornamentado, austero y sobrio -potenciando la claridad y la amplitud de los espacios- de las nuevas iglesias.

En estas circunstancias, nuevamente la única disciplina que destacó fue la escultórica en el diseño de las nuevas trazas y de las piezas escultóricas de los retablos. Estilísticamente, los mejores ejemplos se conservan en Gipuzkoa, destacando el retablo mayor de la basílica de Santa María de Donostia, obra de Diego de Villanueva, los retablos laterales de la misma iglesia diseñados por Ventura Rodríguez, que también proyectó el retablo mayor de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Errenteria, y el retablo mayor de Santa María de Tolosa, obra de Silvestre Pérez. Entre los escultores vascos que trabajaron en estos y otros retablos, podemos citar a Francisco de Azurmendi y Miguel Antonio Jáuregui. En estas obras se reduce a lo mínimo tanto la ornamentación de las trazas como la expresión de las piezas escultóricas.

El panorama pictórico, sin ser mucho mejor, sí comenzó a vislumbrar un futuro más prometedor. Las instituciones provinciales, las autoridades municipales y la creciente burguesía, comenzaron en el siglo XIX a solicitar retratos, naciendo así una nueva demanda que, fundamentalmente, se desarrolló en la segunda mitad del siglo. De todos modos, la mayoría de las obras que conservamos de este período pertenecen a pintores que prestaban sus servicios en la corte; entre ellos, destacaban Antonio Carnicero, Vicente López y Luis Paret. El único pintor de quien tenemos constancia que trabajó en nuestro territorio fue Juan Ángel Sáenz, que realizó vistas de Vitoria-Gasteiz.

Con la llegada de la burguesía la poder a partir de la segunda mitad del siglo XIX, el panorama político, económico, social y cultural sufrió una nueva y profunda transformación. El estado se convirtió en el principal mecenas del arte y, con ello, se extendió un nuevo tipo de gusto artístico que sustituyó al neoclasicismo. Y es que la burguesía no se encontraba cómoda en un estilo artístico que consideraba rígido, adusto, excesivamente serio, y prefirió apostar a favor de una nueva sensibilidad que transmitiese el deseo de libertad y de triunfo por todas las conquistas que se habían logrado. Este nuevo gusto artístico recibió el nombre de romanticismo, en honor a todos los valores que defendía: sentimiento, pasión, individualismo y amor a la libertad, sobre la razón y las normas. De ahí, que el romanticismo más que un estilo artístico fuese una nueva sensibilidad ante la vida, una actitud diferente y confrontada a la ilustración.

Sin embargo, la plasmación de los valores románticos en las diferentes manifestaciones artísticas no resultó fácil. De hecho, mientras que en la pintura y la escultura sí se desarrolló esta sensibilidad en diferentes obras y a través de un grupo de artistas, en la disciplina arquitectónica no existió un estilo que podamos definir como romántico. En el ámbito arquitectónico, la sensibilidad romántica se tradujo en la recuperación de los estilos artísticos del pasado, principalmente de la Edad Media -lejos de la tradición clásica que cultivó el neoclasicismo-, y así surgieron lo que denominaremos como historicismos, la recuperación de otros períodos históricos como el románico, al que denominamos neorrománico, o el mudéjar, neomudéjar.

En el ámbito artístico, la influencia del romanticismo, aunque tarde y de un modo superficial también llegó a Euskal Herria. Los mejores ejemplos de esta nueva sensibilidad los encontramos en las artes plásticas, aunque el historicismo en el campo de la arquitectura también obtuvo un gran éxito. Y es que el territorio vasco en su conjunto y, especialmente, las provincias costeras, conocieron durante este período un crecimiento espectacular de sus principales ciudades, motivado no sólo por el impacto de la Revolución industrial, que inició ahora su primera fase, sino también por otros factores entre los que destacó el desarrollo del turismo. De ahí que ciudades como Donostia, Baiona, Biarritz o Bilbao, derribaran sus murallas y comenzaran a crecer demandando un arte que respondiese a sus nuevas necesidades.

Por ello, a este período que se extendió durante la segunda mitad del siglo XIX se le denomina eclecticismo ya que, aunque la sensibilidad predominante fue la romántica, durante el mismo fueron muchos los estilos que surgieron y se combinaron sin que predominase ninguno en solitario. De hecho, en arquitectura, además del historicismo, el modernismo también dejó su huella en Euskal Herria. Sin embargo, lo más interesante es vislumbrar, como las nuevas formas y estilos que revolucionaron el arte contemporáneo -la arquitectura del hierro, el impresionismo en pintura- también comenzaron a llegar a nuestro territorio, augurándonos un siglo XX deslumbrante.

El elemento arquitectónico que mejor define el estilo ecléctico es la ornamentación, de ahí que la mayoría de los arquitectos eclécticos en sus edificios más que elegir estilos seleccionaban la decoración. La mayoría de los elementos decorativos se utilizaron descompuestos y descontextualizados no sólo con el objetivo de resolver necesidades provocadas por el desarrollo económico y el crecimiento demográfico, sino porque, además, arquitectura y moral, estética y ética, discurrieron, como en el neoclasicismo paralelamente, y se consideró que el edificio a través de su fachada principalmente, debía de ser simbólico, estar al servicio del poder civil.

Por este motivo, las principales formas arquitectónicas que se utilizaron en el eclecticismo de Euskal Herria dependían de la moda imperante, pero también de la función que desempeñaba el edificio. Así, mientras que para la tipología religiosa los historicismos más recurridos fueron aquellos que recuperaban el románico y el gótico, en la arquitectura civil, los estilos más solicitados en Euskal Herria fueron el renacimiento y el barroco. Del románico y el gótico, el modelo más empleado fue el de la planta de cruz latina con tres o cinco naves en el brazo longitudinal, crucero pronunciado, bóvedas de aristas sin cúpulas y girola desarrollada con capillas; en cuanto al aspecto exterior, cuando se trataban de iglesias importantes se construía en estilo gótico, mientras que el románico se utilizaba cuando eran iglesias más pequeñas.

El proyecto más importante que se llevó a cabo en Euskal Herria en esta tipología fue la Catedral Nueva de Vitoria-Gasteiz. Proyectada por Julián de Apraiz y Javier Luque, siguiendo el modelo de las catedrales francesas del período gótico, la nueva catedral fue diseñada con planta de cruz latina, girola con siete capillas absidiales y cripta. Los otros dos ejemplos destacables en Araba también reivindican el gótico de diferentes procedencias geográficas, y son el monasterio de Las Salesas de Fausto Iñiguez de Betolaza y Cristóbal Lecumberri, en el que se sigue el gótico inglés, y la capilla de la Sagrada Familia de Iñiguez de Betolaza que nos remite al gótico alemán.

En Gipuzkoa los dos proyectos más importantes también se realizaron en la capital y estuvieron relacionados con los nuevos barrios que se erigían en el ensanche de la ciudad. La catedral del Buen Pastor de Manuel Echave, inspirada en los modelos del gótico alemán tiene planta de cruz latina, tres naves, crucero pronunciado y una monumental torre que se erigió a los pies del templo. Al otro lado del río Urumea, en el barrio de Gros, José de Goicoa realizó la iglesia de San Ignacio, también neogótica, aunque en este caso bajo la impronta francesa.

En Bizkaia, debido a que el aumento de la población fue más importante, encontramos numerosos edificios construidos en esta tipología. Siguiendo el estilo gótico, hay que destacar en Bilbao las iglesias de San Francisco de Asis de Luis Landecho, y del Sagrado Corazón de Jesús de José María Basterra. En el románico, combinado con el regionalismo, señalaremos las iglesias de la Santísima Trinidad de Algorta en Getxo de Pedro Guimón, y de Santa Bárbara de Zuazo en Galdakao de Basterra. Sin embargo, el edificio más interesante del período lo constituye l cementerio de Derio de Enrique Epalza, que cuenta con una capilla común de entrada al claustro con citas neorrománicas y neogóticas, y un concepto romántico de la tipología.

En cuanto a la arquitectura civil, lo que predominó fue el modelo palacial urbano de influencia italiana, aunque con numerosos elementos arquitectónicos franceses, en el que los volúmenes son regulares y se distribuyen a través de pronunciados ejes bajo una rigurosa simetría; en la composición de la fachada, en la planta baja se imprime aspecto de solidez, mientras que en el piso principal se concentra la mayoría de los elementos ornamentales; a partir de aquí, en los pisos superiores se reduce progresivamente el tratamiento decorativo hasta finalizar con la cubierta.

Tanto en Araba como en Navarra, son numerosos los ejemplos de arquitectura civil ecléctica realizados durante este período. En Pamplona, destaca la sede de la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona realizado en estilo neomudejar, mientras que en Vitoria-Gasteiz, además del Instituto provincial de Segunda Enseñanza -hoy sede del Parlamento Vasco- de Pantaleón Iradier, realizado en estilo renacentista, y del edificio de Correos y Telégrafos de Julio Saracibar, que sigue la impronta neorrural, destacan las numerosas villas que realizó Saracibar para la burguesía alavesa durante este tiempo -Casa Heraclio Fournier, Casa Zuloaga, Casa de las Jaquecas, Villa Sofía-, en las que el eclecticismo historicista se combina con elementos orientales.

En Gipuzkoa, Donostia comenzó a construir los edificios de su ensanche combinando diferentes movimientos, aunque principalmente recurrió al renacimiento y al barroco. En estos edificios -Palacio de la Diputación de Gipuzkoa, Casino (actual Ayuntamiento), Teatro Victoria Eugenia, Hotel María Cristina, Palacio Miramar, Escuelas de Amara, Escuelas de Zuloaga, Instituto provincial (actual Koldo Mitxelena), Escuela de Artes y Oficios (actual edificio de Correos)- actuaron un grupo de arquitectos -José de Goicoa, Luis Aladren, Adolfo Morales de los Ríos, Francisco Urcola, Juan Rafael Aldai, Benito Olasagasti, o los foráneos Charles Mewes y Selder Wormun- que consiguieron realizar un eclecticismo amable en las formas, sin caer en las decoraciones recargadas, y sabiendo integrarse en el ensanche con el resto de las edificaciones destinadas a vivienda. Aunque el principal estilo que se eligió fue el renacimiento, con una lectura sencilla y sobria, destaca por su originalidad el Palacio de Miramar de Wormun por su pintoresquismo emulando una casa de la campiña inglesa.

El eclecticismo en Bilbao, aunque también acudió al renacimiento, prefirió recuperar el barroco realizando, además, una lectura más recargada tanto en la composición como en la decoración. Ejemplo de este estilo es el palacio de la Diputación de Bizkaia, donde Luis Aladren proyectó un edificio solemne y suntuoso, de estilo barroco y con detalles decorativos rococó. Sin embargo, el mejor exponente del estilo barroco en Bilbao se encuentra en el ayuntamiento y en el teatro Arriaga, ambas obras de Joaquín Rucoba; en el teatro destaca la alternancia entre formas rectas y curvas y la profusión decorativa de su fachada. En cuanto al resto de edificios -La Alhóndiga, Biblioteca Bidebarrieta, Universidad de Deusto, Hospital de Basurto, palacio de Lezama-Leguizamón- el trabajo de Manuel María Smith, Severino Achucarro, Ricardo Bastida y Calixto Emiliano Amann, entre otros, nos enseñan un eclecticismo en el que se combinan un gran número de estilos, incluyendo elementos populares de la arquitectura montañesa, como en el caso del arquitecto cántabro Leonardo Rucabado. Tanto éste como otros arquitectos de su generación, dejaron testimonio de este estilo en Getxo, en los barrios de Las Arenas, Algorta y Neguri, en los palacios de las familias burguesas que se enriquecieron gracias a la industrialización de la provincia.

Sin embargo, la moda de retornar a la arquitectura popular en Euskal Herria tuvo su propio episodio singular con la aparición a principios del siglo XX de un estilo que se denomina neovasco y que se basa, fundamentalmente, en la adopción y reinterpretación de la tipología del caserío vasco en construcciones principalmente destinadas a la vivienda unifamiliar. Así, a partir de una recopilación de los principales elementos del caserío labortano -disimetría en las cubiertas y las fachadas, grandes vanos y estancias amplias, juegos de listones de madera en color en las fachadas con fines decorativos, el uso de la piedra en el zócalo del edificio-, los arquitectos franceses Edmond Durandeau, Henri Godbarge, Jean Longeray y William Marcel fueron los primeros que desarrollaron el estilo en las localidades turísticas de la costa de Lapurdi. Posteriormente se extendió por el resto de Euskal Herria tanto en la arquitectura de viviendas unifamiliares como en otro tipo de tipologías como edificios de aduanas o estaciones de ferrocarril, a través de la obra de Pedro Guimón, Amann, Smith, Rucabado, Achucarro, Bastida y otros arquitectos vascos.

Aunque la arquitectura de estilo ecléctico fue la principal protagonista de este período, a finales del siglo XIX la burguesía europea apostó por un nuevo estilo que denominamos modernismo. El modernismo promulgaba la superación del eclecticismo y buscaba la inspiración en las formas vegetales y orgánicas, con un predominio de la línea curva. En Euskal Herria este nuevo estilo más innovador sólo influyó superficialmente en las fachadas de los edificios y, sobre todo, en el ámbito de las artes aplicadas, destacando, los trabajos en hierro y las vidrieras. No obstante, el modernismo aportó a la arquitectura de Euskal Herria una utilización más sobria del lenguaje en lo decorativo y un hábil empleo de los materiales, destacando el ladrillo y la cerámica. Respecto a las influencias, mientras que en Donostia se desarrolló un tipo de modernismo de resonancia francesa, en Bilbao, predominó la huella del modernismo catalán, aunque también fue muy importante la influencia que ejerció la Secesión vienesa en la obra de Rucabado, Smith, Amann y Teodoro Anasagasti.

En cuanto a las obras, en Pamplona hay que destacar la Delegación de Hacienda, en Vitoria-Gasteiz la vivienda de la calle General Álava de Julio Saracibar y la Casa Erbina de Fausto Iñiguez de Betolaza, en Bilbao el teatro Campos Eliseos y la Casa Montero de Jean Batiste Darroguy, y en Donostia, sin una obra que podamos considerar enteramente modernista, podemos señalar algunos elementos modernistas en detalles de edificios de viviendas -fachadas, portales, miradores- ubicados en el segundo ensanche de la ciudad. Para finalizar, destacar por su singularidad el Sanatorio de Gorliz de Mario Camiña, el primer edificio realizado en Euskal Herria en hormigón y que aunque sigue el estilo del modernismo vienés en sus detalles decorativos nos anuncia el racionalismo en sus líneas compositivas simples y sencillas.

La utilización de nuevos materiales como el hierro y el hormigón, constituyó el preludio de una auténtica revolución en el ámbito arquitectónico; de hecho, la utilización de estos nuevos materiales no sólo transformó y condicionó el modo de construir, sino también la estética, permitiendo apostar por la sobriedad y las líneas rectas en el diseño de las formas. Sin embargo, a pesar de que la industria vasca basó su desarrollo económico en el apreciado metal, son escasas las construcciones que conservamos de este período realizadas en hierro u otros materiales innovadores.

El ejemplo más relevante es el puente trasbordador de Portugalete en Bizkaia de Antonio Palacio, el primer puente colgante del mundo. En Gipuzkoa, cabe citar el puente de Ormaiztegi del ingeniero francés Alexandre Lavalley y la estación de ferrocarril del Norte en San Sebastián del estudio de ingeniería francés Leteourneur y Eiffel. Otro edificio característico de este período por el empleo del hormigón en los cimientos y la cubierta de hierro fue el mercado de abastos de Vitoria-Gasteiz de Javier Aguirre. En hormigón, además del Sanatorio de Gorliz, hay que destacar también la fábrica harinera de La Ceres de Federico Ugalde en Bilbao.

En las artes plásticas también predominó el eclecticismo, y así, romanticismo, historicismo y costumbrismo, fueron los principales estilos que se cultivaron tanto en la pintura como en la escultura. De todos modos, técnica y formalmente se continuó con el más estricto de los clasicismos y el cambio de estilo sólo se aplicó temáticamente.

La primera generación de pintores vascos la constituyeron, entre otros, Francisco Bringas, Antonio María de Lecuona, Juan de Barroeta y Eduardo Zamacois; estos artistas fusionaron el romanticismo con el costumbrismo, realizando una pintura de género que comenzó a tener cierto éxito entre la burguesía vasca ya que abordaba temas tanto relacionados con el ámbito rural vasco como con la propia burguesía.

En cambio, la siguiente generación, en la que destacaron José de Echenagusia, Ignacio Díaz Olano, Alejandro Irureta, Rogelio Gordón e Ignacio Ugarte, sí comenzó a dar señales de los cambios que se avecinaban. Entre las principales novedades que aportaron, señalar la apuesta que realizaron por el paisaje, con lo que ello suponía de avance en la libertad creadora, y por la pintura de historia, en la que comenzaron a establecer algunos de los modelos que posteriormente se desarrollaron con gran éxito.

Sin embargo, los primeros signos de cambio también los encontramos a finales del siglo XIX y, concretamente, en las dos últimas décadas. Influidos por los estilos renovadores que se estaban desarrollando principalmente en Francia -impresionismo, simbolismo, postimpresionismo-, un grupo de pintores vascos decidió adaptar a sus estilos algunos de los signos y elementos de modernidad que se estaban desarrollando en Europa. Entre los pintores que decidieron apostar por combinar el clasicismo que se desarrollaba en Euskal Herria con estos nuevos estilos, destacaron Anselmo Guinea, Adolfo Guiard y, sobre todo, Darío de Regoyos; mientras que los dos primeros sólo tomaron algunos de los recursos técnicos más característicos del impresionismo sin abandonar el dibujo, Regoyos apostó por el impresionismo en su esencia.

En cuanto a la escultura, aunque las circunstancias fueron las mismas, los principales artistas que trabajaron en Euskal Herria procedieron de otros territorios. Entre los escultores de los que se conserva obra destacamos a Mariano Benlliure.

Con el inició del siglo XX, surgió en el ámbito cultural y artístico el concepto de modernidad. Este término comenzó a utilizarse para referirse al arte que se realizaba para la sociedad del momento y desde la perspectiva del presente, en oposición al que se realizó en el período ecléctico a finales del siglo XIX vinculado también a la sociedad del momento pero desde la perspectiva del pasado, fundamentalmente, a través del historicismo. En el seno de esta modernidad, a los movimientos y corrientes artísticas que proponían rupturas con las formas de creación tradicionales y establecidas, y abogaban por nuevos lenguajes artísticos, se les denominó vanguardias.

En Euskal Herria, esta primera etapa del siglo XX coincidió con un período convulso políticamente ya que en tres décadas se sucedieron una monarquía -la de Alfonso XIII-, una dictadura -la de Primero de Rivera-, una república -la II República- y una nueva dictadura -la de Franco-, después de una guerra civil. Sin embargo, económicamente Euskal Herria conoció durante este período su momento de mayor crecimiento, desarrollo y esplendor tanto económico como social y cultural.

En el ámbito artístico, el arte realizado en Euskal Herria también comenzó a situarse en la vanguardia del panorama español, ya que las primeras manifestaciones artísticas modernas llegaron a través de Euskal Herria. Sin embargo, los movimientos de vanguardia, tanto culturales como artísticos, desarrollados durante este período en otras áreas de Europa -Francia, Alemania e Italia, principalmente- aquí no se conocieron. De hecho, en Euskal Herria durante este período no surgieron movimientos de vanguardia sino que, generalmente, y con retraso, se adaptaban y se amoldaban los procedentes del exterior a las características del arte que se realizaba en nuestro territorio. Por todo ello, a esta primera etapa del siglo XX, que en el ámbito europeo se le denomina período de vanguardia, en el contexto vasco la conocemos como fase de modernidad ya que, aunque se hace un considerable esfuerzo por situarse al mismo nivel que el arte europeo contemporáneo y se intenta responder a las nuevas necesidades de la sociedad vasca, la propia sociedad no estaba preparada para asimilar las novedades y sólo aceptó una renovación moderada de sus manifestaciones artísticas.

Durante las primeras décadas del siglo XX, el eclecticismo fue el estilo predominante en la mayoría de las obras arquitectónicas realizadas en Euskal Herria. Sin embargo, la aportación más importante y trascendental de este período fue la aparición del lenguaje moderno. Este nuevo lenguaje que se propuso desde su creación hacer coincidir la forma con la función, emplear los nuevos materiales, eliminar la decoración superflua de los edificios, destacar la estética de los propios valores expresivos de las formas y utilizar formas geométricas, se articuló como la respuesta arquitectónica a las necesidades de la sociedad del momento. Una sociedad que en constante proceso de cambio y de transformación, utilizó la arquitectura no sólo para cubrir sus necesidades sino, también, para significarse.

Una vez más, a la hora de introducirse en Euskal Herria esta segunda corriente Iparralde jugó un papel determinante. De este modo, en las mismas décadas en las que se desarrollaba el estilo neovasco, en Iparralde también se extendió un estilo que con el nombre de art déco hacia uso del racionalismo promovido por los arquitectos que crearon el lenguaje moderno de un modo puramente formal, e impulsado por el despegue turístico de la costa de Lapurdi. Un ejemplo de este tipo de arquitectura fue el casino de Donibane Lohizune del arquitecto francés Louis Mallet-Stevens.

De la misma manera, en el resto de Euskal Herria comenzamos a encontrar desde las primeras dos décadas del siglo, construcciones que sin abrazar el lenguaje moderno, en algunas características apuntan hacia el posterior movimiento que denominaremos racionalista. Entre estos edificios hay que destacar además del Sanatorio de Gorliz de Mario Camiña, el balneario de Igeretxe en Algorta de Antonio Araluce, que recoge características de la estética náutica, tan importante en el desarrollo del primer estilo moderno, y la obra de tres arquitectos vizcaínos -Teodoro de Anasagasti, Antonio Palacio y Secundino Zuazo- que aunque realizaron sus trabajos más importantes fuera de Euskal Herria, en algunos proyectos de juventud en Bilbao dejaron la huella de un espíritu que también podemos considerar moderno.

A partir de la tercera década la aceptación de los postulados del lenguaje moderno fue más amplia y surgió una generación de arquitectos que asimilaron el lenguaje y lo intentaron aplicar en el medio vasco. Esta generación tuvo un protagonista significativo, el guipuzcoano José María Aizpurua que, junto a Joaquín Labayen, y un grupo reducido de jóvenes arquitectos -Luis Vallejo, Joaquín Zarranz, Tomás Bilbao, Eduardo Lagarde y Juan Antonio Ponte, entre otros- se sumaron a la aventura creativa del GATEPAC (Grupo de Arquitectos y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea), constituyendo en Euskal Herria el foco norte de dicho grupo. El objetivo de este colectivo era realizar una nueva arquitectura de espíritu moderno y formas racionalistas que sustituyese al eclecticismo.

Aunque fueron escasas las obras realizadas en este estilo, las que finalmente se erigieron resultaron ser además de novedosas muy significativas. La más destacable fue el Club Náutico de Donostia de Aizpurua y Labayen, un ejemplo de la nueva estética, que rompía deliberadamente con la arquitectura del pasado y armonizó elementos racionalistas y expresionistas. El resto de los miembros del grupo también lograron construir algunos edificios, como el edificio de viviendas en la calle Ripa de Bilbao de Tomás Bilbao. Sin embargo, la mayoría de las obras construidas fueron realizadas por arquitectos que no formaban parte del grupo, aunque conocían a sus componentes y muchos de ellos recibían información de las actividades del mismo. Así, Fernando Arzadún construyó en Bermeo la vivienda Kikunbera, Emiliano Amann las viviendas de Solokoetxe en Bilbao, o Pablo Zabalo el sanatorio antituberculoso de Leza en Biasteri.

A finales de la década de los años treinta, la asimilación y la aceptación del lenguaje moderno fue más generalizado y encontramos ejemplos más numerosos, realizados desde una perspectiva no tan canónica y literal como la anterior década, sino a partir de una lectura art déco, que hacía un uso del lenguaje moderno de un modo puramente formal, con un carácter más superficial. En este estilo construyeron, Manuel María Smith una casa de vecindad en Las Arenas, Manuel Ignacio Galíndez el edificio de la Equitativa en Bilbao, y para la misma compañía, Fernando Arzadún el de Donostia, en Vitoria-Gasteiz José Luis López Uralde la estación de servicios Goya y Jesús Guinea un conjunto de viviendas en la Calle San Antonio, y en Pamplona Joaquín Zarranz el edificio de Caja Navarra en el Paseo Sarasate.

No obstante al final de esta fase también encontramos edificios que respondían al estilo moderno de un modo más canónico, como en el caso de las fábricas SACEM en Billabona y Unión Cerrajera en Arrasate de Luis Astiazaran, la fábrica Hermanos Laborde en Andoain de Manuel y Enrique Laborde, la casa Sollube en Donostia de Eugenio María de Aguinaga, el edificio de viviendas en Hondarribia de Aizpurua y Eduardo Lagarde, y el grupo escolar Luis Briñas de Pedro Ispizua en Bilbao.

Para finalizar destacar un arquitecto singular en este período que, al mismo tiempo, sintetiza todo lo visto hasta el momento, el navarro Victor Eusa. Y es que con una obra realizada fundamentalmente en Pamplona, Eusa supo combinar desde un punto de vista personal y creativo los lenguajes ecléctico, modernista y moderno en una obra que siempre se caracterizó por la honradez constructiva, la habilidad en el manejo de los volúmenes y la sinceridad material y estructural. Entre sus trabajo más interesantes destacaremos en Pamplona el Seminario, el Colegio de los Escolapios, la Casa de la Misericordia y el edifico Bahía, y en Tafalla el asilo de la localidad.

Entre las disciplinas plásticas, la pintura fue la que durante este período alcanzó un mayor desarrollo. La creciente y enriquecida burguesía se convirtió en una exigente clientela ya que la adquisición de obras pictóricas reflejaba su solvencia económica así como su prestigio social. Este auge de la pintura estuvo acompañado por la aparición de numerosos artistas y por la apuesta en práctica de algunos rasgos innovadores. De todas formas, como ya hemos señalado en la introducción, en el contexto artístico vasco no predominó una apuesta rápida ni radical por la vanguardia del momento, sino la asimilación lenta y progresiva de algunos rasgos innovadores procedentes de Francia.

Así, impresionismo, simbolismo y postimpresionismo fueron los tres principales movimientos que a través de numerosos viajes realizados a París por nuestros artistas, determinaron el arte vasco del momento. La mayoría, después de sus estancias en el extranjero, adaptaban de forma superficial los nuevos lenguajes, ya que el gusto dominante continuaba determinado por lo convencional y lo conservador. Así, a la generación de Guinea, Guiard y Regoyos, le siguió una nueva y numerosa generación de artistas nacidos en las últimas del siglo XIX, y que tuvo una gran influencia en el ambiente artístico vasco. En este momento la capital artística vasca fue Bilbao; en esta localidad residieron la mayoría de los artistas más importantes, se celebraron los concursos y las exposiciones de mayor interés, y el asociacionismo tuvo una incidencia fundamental, destacando la Asociación de Artistas Vascos -fundada en Bilbao en 1910- como la principal dinamizadora del ambiente artístico del momento.

Esta generación, en la que se integraron pintores de distintas procedencias, continuó con la tónica general de añadir al lenguaje clásico establecido de la pintura vasca del siglo XIX las influencias parisinas. Sin embargo, dependiendo de la influencia y del grado de asimilación de la misma, en esta generación podemos distinguir dos grupos. Por una parte, se encuentran los pintores que acudieron al impresionismo y el postimpresionismo, y entre los que destacaron Francisco Iturrino, Pablo Uranga, Manuel Losada, Juan de Echevarría, Julian de Tellaeche, Ascensio Martiarena, Aurelio Arteta, Antonio de Guezala y Fernando de Amarica. Además, en este primer grupo encontramos, desde los pintores -Uranga, Losada, Martiarena- que alentados por los estilos innovadores de finales del siglo XIX se inclinaron por experimentar con la incidencia de la luz en el color a través de una paleta de tonos claros y un trazo que comenzaba a alejarse del dictado del dibujo, hasta los artistas -Iturrino, Arteta, Echevarría, Tellaeche, Guezala- que se dejaron influir moderadamente por la primeras vanguardias -fauvismo, cubismo, futurismo- y realizaron una obra amable y sin rupturas, entre la tradición y la innovación -aunque en algunos casos con contenido social- y adecuándose al gusto de la burguesía, que poco a poco aceptó la modernidad.

Sin embargo, esta no fue la única tendencia en las primeras décadas en el panorama artístico vasco. Paralelamente, existió un segundo grupo de artistas que prefirió mantenerse fiel a un lenguaje más clásico y tradicional, y adoptar una determinada gama cromática procedente del simbolismo europeo; además, los integrantes de esta tendencia prefirieron abordar temas costumbristas en sintonía con el movimiento cultural noventaiochista y regeneracionista. El pintor más importante de este grupo fue Ignacio de Zuloaga, aunque también hay que citar a los hermanos Zubiaurre, Angel Larroque, Ricardo Baroja, Alberto Arrue y Gustavo de Maeztu.

A finales de este período, apareció en la escena artística vasca una nueva generación de pintores que sin sustituir a la anterior, convivió con ella. Esta generación cuyos miembros nacieron con el nuevo siglo, también se puede dividir en dos grupos. Por una parte, se encuentran los pintores seguidores y herederos de la tradición convencional establecida, que en estos momentos comenzaron a investigar en nuevos temas sin abandonar algunas de las innovaciones técnicas importadas anteriormente desde Francia. A este primer grupo pertenecen desde los pintores como José y Ramiro Arrúe, Elías Salaverría y Mauricio Flores Kaperotxipi, que partiendo de la moda procedente de Iparralde a favor de la recuperación de los temas vascos, desarrollaron temas costumbristas en los que ensalzan características de la identidad vasca, a los pintores que prefirieron retomar el paisaje y abordarlo a partir de la obra de Daniel Vázquez Díaz, que aplicó en este género el cubismo, inaugurando una tendencia que se denomina Escuela del Bidasoa, ya que fue en el curso de este río navarro donde busaron inspiración pintores como Gaspar Montes Iturrioz o Bernardino Bienabe Artía.

El segundo grupo de artistas, sin embargo, destacó por mantener el compromiso con las vanguardias y continuar añadiendo rasgos característicos de las mismas a sus propios lenguajes. La mayoría de ellos, por tanto, recurrieron a la pintura metafísica y el surrealismo para desarrollar un estilo en el que sin abandonar la tradición, se incluyeron un mayor número de elementos innovadores con respecto a la fase anterior. Durante el final de este primer período, el foco artístico más importante estuvo en Donostia, de hecho, la mayoría de los artistas importantes residieron en la capital guipuzcoana, y como ocurrió con Bilbao al inicio del período, también en Donostia se celebraron las exposiciones y los certámenes más importantes, así como la creación de grupos artísticos como la sociedad GU. Entre los pintores que destacaron citaremos a Jesús Olasagasti, Juan Cabanas Erauskin, José Sarriegui, Nicolás Lekuona, Narkis Balenciaga y Carlos Ribera; mientras que en Bilbao, a José María Ucelay y a Juan de Aranoa.

En cuanto a la escultura, los primeros escultores que se atrevieron a alejarse del academicismo y asomarse a la modernidad fueron Francisco Durrio, Nemesio Mogrobejo y Joaquín Lucarini. Sin embargo, por cuestiones técnicas y monetarias la escultura no podía evolucionar al mismo ritmo que la pintura, y de momento, sólo estilos como el modernismo o el simbolismo influyeron en esta disciplina. Por ello, a pesar de que la escultura conoció durante este período un momento de desarrollo gracias al gran número de encargos que se hicieron para realizar monumentos públicos, en la mayoría de los casos se recurrió a un estilo tradicional. Entre los escultores que más trabajaron durante este período destacamos, además de los citados, a León Barrenechea, Julio Beobide, Carlos Elguezua, Moisés Huerta, Quintín de la Torre, Ramón Basterra y Fructuoso Orduña. Sin embargo, es necesario señalar que a finales de este período, comenzaron a llegar nuevos aires de renovación a través de un artista fundamental para entender la posterior evolución del arte vasco; nos referimos al escultor guipuzcoano Jorge Oteiza, que comenzó a realizar sus primeras esculturas influido por la vanguardia.

Esta segunda etapa del siglo XX fue especialmente difícil para Euskal Herria. Durante la dictadura del general Franco, Euskal Herria sufrió una dura represión política y cultural. Las manifestaciones artísticas anteriores a la guerra fueron severamente reprimidas -para el franquismo la modernidad y la vanguardia se asociaba con la democracia-, y el nuevo régimen impulsó el regreso a un arte convencional e histórico que recuperara los estilos que la dictadura identificaba con los momentos de mayor esplendor del Imperio español. Sin embargo, a partir de los últimos años de la década de los cincuenta, el panorama dio muestras de cambio gracias al desarrollo de la economía. Y aunque en el ámbito político se continuó sin realizar ningún progreso, en el cultural se avanzó; concretamente en Euskal Herria, se respiraron de nuevo los aires modernos de la vanguardia histórica europea de la primera mitad del siglo XX, y se dejó sentir el eco de los nuevos estilos que se desarrollaban entonces en la escena internacional.

De este modo, el arte vasco pudo crear, por primera vez en su historia, su propia vanguardia y, por este motivo, aplicamos ahora este término, ya que no solamente se intentaron crear nuevos lenguajes en el arte vasco -en muchos casos, a partir de lo autóctono, modernidad y tradición-, sino que hubo un deseo de crear con absoluta libertad, pero también de acercarse a la sociedad, de establecer un diálogo con ella, una intención que en Europa ya había desaparecido en esta etapa. Esta segunda etapa concluyó cuando finalmente la dictadura de Franco despareció y se implantó la democracia; un nuevo período en el que Euskal Herria pudo progresar y desarrollarse plenamente en todos los ámbitos y, entre ellos, también en el artístico.

Durante los primeros años de la dictadura, el régimen buscó un estilo nacional de raíz popular e histórica, que recurriese a la decoración de estilos antiguos, en especial el escurialense, ya que se identificaba este momento con el de mayor esplendor del Imperio español. Así, en la mayoría de los edificios que se construyeron en este período -la iglesia dedicada a los caídos por el bando nacional de Pamplona, el Seminario de Donostia, la plaza mayor de Gernika- se produjo un abuso de la escala monumental y el exhibicionismo. En este intento de establecer un estilo nacional jugaron un papel fundamental dos arquitectos vascos, Pedro Muguruza Otaño, desde la Dirección General de Arquitectura, y Pedro Bidagor Lasarte, desde la Dirección General de Regiones Devastadas. Sin embargo, estas directrices no se pudieron aplicar en todos los casos ya que, además de resultar muy costoso económicamente, no respondían a las necesidades de una sociedad en la que la precaria situación económica obligaba a una masiva y rápida reconstrucción. Así es como a partir de los años cincuenta el lenguaje moderno se volvió a recuperar tanto por los arquitectos que estaban en activo en los años anteriores a la guerra, como por las nuevas generaciones. De hecho, Pedro Ispizua, Fernando Arzadun, Pedro Guimón y Manuel Ignacio Galíndez en Bilbao, Jesús Guinea y José Luis López Uralde en Vitoria-Gasteiz, o Ramón Cortazar y José Antonio Ponte en Gipuzkoa, continuaron realizando edificios de viviendas, en los que combinaban el racionalismo con elementos expresionistas y detalles art déco.

Sin embargo, la década de los años cincuenta también fue propicia para otro tipo de experimentaciones. Así, en la arquitectura religiosa hay que destacar la renovación que vivió la tipología de la iglesia en unos años en los que todavía no se había celebrado el Concilio Vaticano II. Así, el arquitecto navarro Francisco Javier Sáenz de Oíza junto a Luis Laorga propuso en la basílica de Aranzazu en Oñati una iglesia que, aunque todavía mantenía numerosos elementos anclados en la tradición, en otros existía un evidente compromiso con el lenguaje moderno. Esto también lo encontramos en Vitoria-Gasteiz, en los templos de Los Ángeles de Javier Carvajal y José María García de Paredes, y La Coronación de Miguel Fisac; en ambas iglesias lo que destaca es la estructura del propio edificio que, adecuando su geometría a los propios solares irregulares, transmiten una gran potencia plástica y escultórica.

A partir de los años sesenta, una nueva sensibilidad irrumpió en el panorama arquitectónico vasco. El lenguaje moderno y racional evolucionó hacia un nuevo estilo que bajo el nombre de organicismo dio prioridad a las formas curvas y, sobre todo, concedió especial importancia a la integración de los edificios en el entorno tanto natural como histórico en el que eran construidos. En la difusión de este estilo hay que destacar el papel que jugó en el ámbito teórico el arquitecto vizcaíno Juan Daniel Fullaondo, y los trabajos que realizaron Eugenio María de Aguinaga y Sáenz de Oíza en este estilo, concretamente la vivienda que realizó este último en la localidad de Durana.

De cualquier forma, el arquitecto más importante de este período fue el guipuzcoano Luis Peña Ganchegui. De hecho, desde sus obras iniciales, como la Torre Vista Alegre de Zarautz, Peña Ganchegui apostó por superar el racionalismo estricto en aras de un organicismo y un plasticismo que, además de adecuarse al entorno y al paisaje, también lo hacía en relación con la historia local. Entre sus numerosos trabajos hay que destacar la Casa Imanolena de Mutriku, el edificio de viviendas Iparraguirre en la misma localidad guipuzcoana, la iglesia de San Francisco y la plaza de los Fueros en Vitoria-Gasteiz, y las plazas de la Trinidad y del Tenis en Donostia; en esta última, Peña Ganchegui planteó, a partir de la recuperación de un terreno marginal, una plaza escalonada de impronta minimalista, con sugerentes arritmias y expresivas texturas, que da la sensación de haber existido siempre en el paisaje.

En este final del período, aunque el organicismo fue la estética más novedosa, en muchas obras continuó combinándose con el racionalismo, y tampoco faltaron elementos y detalles expresionistas. Entre los arquitectos que mejor trabajaron en ese estilo hay que destacar al propio Fullaondo, Fernando Olabarria, Álvaro Líbano, Rufino Basañez, José Erbina, Miguel Mieg, Miguel Oriol e Ibarra, Francisco Javier Guibert, Fernando Redón y los hermanos Félix y José Luis Iñiguez de Onzoño. Entre las obras a señalar, destacar los institutos de enseñanza media de Txurdinaga en Bilbao, el campus de Deusto en Donostia, la iglesia de Santiago Apóstol de Pamplona, y otras muchas obras relacionadas con grupos escolares, equipamientos culturales y bloques de viviendas. Sin embargo, el edificio que mejor representa este período es la primera gran obra del arquitecto navarro Rafael Moneo en Donostia, el edificio de viviendas Urumea, en el que junto a Javier Marquet, Javier Unzurrunzaga y Luis María Zulaika, asume el paisaje y el pasado de la ciudad, combinando las bandas ondulantes de los miradores con las esquinas ortogonales que cuadran y definen la manzana del ensanche.

Tal y como ocurrió con la arquitectura, durante las dos primeras décadas del franquismo, las artes plásticas también se refugiaron en un estilo tradicional y conservador en el que las corrientes y las tendencias modernas desaparecieron del panorama artístico vasco. En el caso de la pintura, la mayoría de los artistas se refugiaron en el paisaje y realizaron una pintura figurativa -que no realista- donde se intuían algunos ecos de la influencia ejercida por el impresionismo y el postimpresionismo. En este estilo trabajaron, entre otros, pintores como Menchu Gal, Mari Paz Jiménez, Gonzalo Chillida.

Las novedades, los cambios e, incluso, las rupturas llegaron, por tanto, a partir de los años sesenta. En esta década surge en Euskal Herria una nueva generación de pintores que apuestan no sólo por recuperar las vanguardias históricas del primer período, sino por dejarse influir por los nuevos movimientos artísticos que entonces surgían -informalismo, expresionismo abstracto- y, además, intentar aproximarse a la sociedad que comenzaba a transformarse y a tener nuevas necesidades.

En este panorama, al igual que en el primer período, en este segundo el asociacionismo ocupó un lugar muy importante. De hecho, desde finales de los años cuarenta las asociaciones de artistas vascos comenzaron a resurgir y tuvieron una indudable importancia a la hora de revitalizar el panorama artístico. En la década de los sesenta, por lo tanto, fueron numerosos los grupos que surgieron, aunque la mayoría tuvieron una corta existencia y la influencia que ejercieron fue limitada y circunstancial.

Entre los grupos que nacieron en la década de los sesenta, los que más relevancia alcanzaron fueron aquellos que se crearon en 1965 en torno al pensamiento y las propuestas de Jorge Oteiza. Gaur en Gipuzkoa, Emen en Bizkaia, Orain en Araba y Danok en Navarra, de hecho, aspiraron a fomentar los primeros movimientos de vanguardia en Euskal Herria -existió incluso el proyecto de crear un quinto grupo en Iparralde, con el nombre de Baita- en los cuales además de apostar por la interdisciplinaridad, se propugnase la iniciativa de crear un arte que aunase tradición y modernidad sin perder el contacto con la realidad social.

Aunque los grupos citados no prosperaron, esta iniciativa fue muy importante ya que una nueva generación de pintores vascos apostaron por abandonar la figuración y traer nuevos lenguajes al panorama artístico vasco. Sin embargo, entre éstos encontramos opciones estilísticas muy diversas, que fueron desde la abstracción a un nuevo tipo de realismo interpretado desde una perspectiva social. En el primer estilo destacaremos, entre otros, a José Antonio Sistiaga, Rafael Ruiz Balerdi, Amable Arias, Bonifacio Alonso y Ramón Vargas, mientras que en el segundo estilo cabe citar a Agustín Ibarrola, Dionisio Blanco e Isabel Baquedano.

Respecto a la escultura, en este segundo período del siglo XX, debido a la prematura relación con las tendencias más renovadoras, la disciplina artística que más éxito y desarrollo tuvo fue la escultura. De hecho, al grupo de escultores que entre las décadas de los cincuenta y los sesenta desarrollaron en Euskal Herria su labor se les ha denominado como la Escuela Vasca de Escultura.

Este término no hay que entenderlo como el de una organización sistemática dotada de un ideario común, sino más bien como una sensibilidad común de un grupo de escultores que, pese a sus diferencias, tuvieron características similares: predominio del lenguaje abstracto sobre el figurativo, gusto por la monumentalidad, estrecha relación con la naturaleza y el ser humano, y la utilización de materiales como la madera, la piedra o el hierro. Sin embargo, este grupo no sólo creó un movimiento de arte contemporáneo acorde con las últimas tendencias del panorama internacional, sino que, además, quiso realizar un arte de vanguardia; el objetivo era desarrollar un nuevo lenguaje artístico que combinase lo autóctono con las aportaciones de los principales movimientos de las vanguardias para luego ofrecerlas a la sociedad.

La actividad de este grupo de escultores que comenzó en los años cincuenta coincidió con el regreso de Jorge Oteiza de Sudamérica -lugar al que se marchó antes de la guerra- y con el inicio de las obras de la basílica de Arantzazu. La construcción del edificio y de las esculturas y de las pinturas que completaban el conjunto, implicó a una generación de artistas con sensibilidades muy afines, a que se reuniesen en torno al proyecto y a la poderosa personalidad de Oteiza, partícipe junto a Nestor Basterrechea, Agustín Ibarrola, Lucio Muñoz y Eduardo Chillida, de los trabajos.

En la década de los sesenta, algunos de los miembros del grupo de Arantzazu volvieron a coincidir en la formación de un nuevo movimiento artístico que en este caso agrupase artistas de diferentes disciplinas y territorios de Euskal Herria. De este modo se formaron Gaur, Emen y Orain, intentando apostar por utilizar lenguajes modernos, aunar lo tradicional y lo contemporáneo, y realizar un arte que se aproximase a la sociedad. El proyecto fracasó por desavenencias tanto formales como ideológicas, pero contribuyó a que la escultura vasca y, en general, el arte contemporáneo tuviesen una enorme presencia en la sociedad vasca. De hecho, son numerosos los escultores que posteriormente han seguido la estela de Oteiza y Chillida -los dos escultores más importantes de este período-, destacando Remigio Mendiburu, Vicente Larrea, Ricardo Ugarte, José Ramón Anda y Ángel Bados.

Con la desaparición de la dictadura de Franco y la llegada de la democracia, entramos en una tercera etapa en la que se impusieron las tendencias posmodernas, por lo que ya no podemos utilizar los términos de estilo o movimiento. Y es que a partir de los años setenta, en el ámbito artístico se conoció la incidencia de una tendencia que, en rasgos generales, ha sido identificada con el término de posmodernidad. Dicho término estuvo determinado por un nuevo pensamiento que proponía recuperar la historia con el objetivo de contextualizar la disciplina. De este modo, al igual que en la pintura y la escultura de esta década se recuperaban la figuración y el lenguaje narrativo, la arquitectura decidió recurrir a la historia a través del espíritu ecléctico de la segunda mitad del siglo XIX y reutilizar los estilos y los movimientos de los siglos XIX y XX, aunque de un modo descontextualizado.

En Euskal Herria, mientras que en los períodos anteriores el arte vasco se desarrolló a la sombra de los principales estilos europeos y siempre con cierto retraso, en la actualidad, las manifestaciones artísticas creadas en Euskal Herria están en sintonía con las creadas en el resto del mundo. De hecho, las creaciones artísticas de nuestro territorio difieren en muy poco con las que se realizan en otras latitudes consecuencia, fundamentalmente, del proceso de homogeneización y globalización. La novedad más importante ha sido, además de la desaparición de las fronteras entre las diferentes disciplinas artísticas, la incorporación de nuevas disciplinas determinadas por las nuevas tecnologías. Este rasgo, que también caracteriza al resto de la escena internacional, junto al de la posmodernidad nos obliga a definir este período como plural, y nos abre nuevas puertas que, sin duda alguna, volverán a transformar el futuro del panorama artístico vasco e internacional.

En Euskal Herria aunque la tendencia posmoderna, determinada por un nuevo pensamiento que proponía recuperar la historia con el objetivo de contextualizar la disciplina, ya la había asumido Peña Ganchegui en su obra, los pioneros en la introducción del nuevo lenguaje fueron los guipuzcoanos José Ignacio Linazasoro y Miguel Garay en el proyecto de la ikastola de Hondarribia; en este centro de enseñanza, Linazasoro y Garay propusieron un nuevo clasicismo esencial y atemporal, institucional y monumental, que aun siendo racionalista dialoga con el pasado de la arquitectura.

A continuación, en la década de los ochenta, la nota predominante fue la libertad formal y, aunque volvió a surgir el racionalismo predominó, sobre todo, un cierto eclecticismo en el que se combinaban tradiciones tan dispares como el funcionalismo, el organicismo, el expresionismo, el historicismo y el regionalismo, y un nivel de calidad y de cuidado del detalle exquisito, en obras que destacan por su rigor compositivo.

En esta década, el foco más activo fue el alavés, que contaba con un grupo de arquitectos de diferentes generaciones y estilos -Iñaki Usandizaga, Fernando Ruiz de Ocenda, Roberto Ercilla, Miguel Ángel Campo, Javier Mozas, Luis María Uriarte, José Luis Catón- y que realizaron una obra de gran calidad entre la que cabe destacar los centros cívicos de Vitoria-Gasteiz y las oficinas de la Hacienda Foral. En Gipuzkoa, la misma función la han desempeñado otro grupo de arquitectos -Javier Marquet, Luis María Zulaika, Xavier Unzurrunzaga, Francisco de León, Ángel de la Hoz, Joaquín Montero, José Antonio Pizarro, Manuel Iñiguez, Alberto Ustarroz- con obras tan estimulantes como los edificios que componen el campus de Ibaeta de la Universidad Pública Vasca o la cripta subterránea del cementerio de Zumarraga.

A partir de la década de los noventa, la arquitectura ha recuperado el racionalismo del lenguaje moderno a través de una lectura minimalista, sencilla, austera y sobria, y aunque no ha sido este el único estilo en el panorama arquitectónico internacional -ahí están para atestiguarlo el deconstructivismo o el informalismo- es el que mayor éxito y aceptación ha tenido en Euskal Herria. Esta circunstancia nos remite nuevamente a la sensibilidad que mayoritariamente ha predominado en la evolución de la arquitectura vasca, el gusto por las líneas claras, ponderadas y sencillas.

El proyecto que abrió la década y la simbolizó fue el auditorio y palacio de congresos del Kursaal de Rafael Moneo en Donostia. En este sorprendente edificio, Moneo recogió toda la tradición arquitectónica previa -racionalismo, organicismo- y se atrevió a dar un paso más hacia delante apostando por hacer un edificio además de funcional, poético y artístico, ya que enlaza con la tradición minimalista y el land-art. Así, siguiendo la estela del Kursaal, la mayoría de los proyectos interesantes de estos últimos años han hecho hincapié en la importancia de las líneas rigurosas, de cariz abstractas, aunque no exentas de expresión. De todos modos, la variedad y la pluralidad es otro de los rasgos característicos, pudiéndose encontrar en la misma tipología y en fechas muy próximas obras como el centro de salud de Lesaka en Navarra de Manuel Iñiguez y Alberto Ustarroz, donde se vuelve a reinterpretar el clasicismo riguroso, hasta el centro de salud de Ariznavarra en Vitoria-Gasteiz de Luis Maria Uriarte, un edificio basado en la reiteración modular abstracta. En cambio, en el parque deportivo de Iruña de Oka, Roberto Ercilla y Miguel Ángel Campo, prefieren unan ordenación donde predomine el carácter paisajístico, mientras que Ignacio Vicens y José Antonio Ramos apuestan en su facultad de ciencias sociales de la Universidad de Navarra en Pamplona por los volúmenes de carácter expresivo, y José Luis Catón en el museo Artium de Vitoria-Gasteiz combina la arquitectura racionalista histórica con la estética industrial.

Entre las nuevas generaciones uno de los arquitectos que mejor ha sabido aplicar el lenguaje racionalista conciso pero expresivo ha sido el navarro Francisco José Mangado. Así, en obras como las Bodegas Marco Real y la plaza de Carlos III de Olite, la plaza de los Fueros de Estella, el Club de Campo Zuasti, el centro de salud Iturrama, la escuela infantil Mendillorri, o el auditorio y palacio de congresos Baluarte en Pamplona, Mangado ha demostrado saber captar, simplificar y depurar la esencia lo complejo y lo heterogéneo de los programas, a base de una obra neutra y contundente.

Por el mismo camino ha circulado el vizcaíno Eduardo Arroyo, aunque en sus trabajos más recientes -escuela infantil de Sondika, plaza del Desierto de Barakaldo, estadio de fútbol de Lasesarre de Barakaldo- añade a la simplificación formal un indudable componente estético, producto de la combinación de las propias formas, como si estas compusieran un mosaico urbano fluido y mutante.

Para finalizar, no podemos olvidarnos de las obras realizadas por arquitectos foráneos en nuestro territorio. Aunque hasta el momento no han sido muchas, cada vez son más numerosas -Museo de Navarra en Pamplona de Jordi Garcés y Enric Soria, viviendas sociales en Basauri de Beatriz Matos y Alberto Martínez, auditorio y palacio de congresos de Bilbao de Federico Soriano y Dolores Palacios, aeropuerto de Loiu de Santiago Calatrava-, y en los últimos años dos de ellas han causado entre nosotros un gran impacto. La primera es el Metropolitano de Bilbao, una de las obras más interesantes del británico Norman Foster, donde ha sabido combinar magistralmente ingeniería y arquitectura, destacando las galerías subterráneas curvas que revelan la forma inherente del sistema de perforación, y la segunda el Museo Guggenheim de Bilbao del estadounidense Frank Gehry. Levantado en el borde industrial de la ría, el edificio asume la compleja estructura urbana y se organiza a partir de un programa informático de la industria aeroespacial en torno a un monumental atrio acristalado desde el que se disponen una serie de piezas de distinto tamaño; estas piezas son revestidas con escamas de titanio consiguiendo que el edificio se convierta en singular, único, admirable por su capacidad simbólica, por su condición parlante e irrepetible.

A partir de los años setenta, el arte vasco comenzó a recibir noticias directas de los movimientos más importantes que se estaban desarrollando en la escena internacional -pop art, minimalismo, arte conceptual- y aunque todos no influyeron de la misma manera entre nosotros, por lo menos, fueron conocidos y los artistas vascos pudieron elegir el camino que más les seducía. Los Encuentros de Pamplona de 1972, aunque fueron clausurados por el régimen franquista antes de su finalización, jugaron un papel muy importante; en los mismos, se pudo contemplar además de exposiciones de prestigiosos artistas del panorama internacional, la situación del arte en Euskal Herria y constatar algunas de las características que aún hoy en día continúan en el arte vasco: la desaparición de las fronteras entre pintura y escultura, la ausencia de colectivos o asociaciones que agrupen a los artistas vascos, el alejamiento de posiciones respecto a cuestiones como la identidad vasca, el conocimiento exhaustivo -a través de estancias en el extranjero- de la situación del arte internacional y la aparente ausencia de relaciones con la sociedad. Estas características, aunque no se dan en todos los creadores, han sido las más comunes en el arte vasco de las últimas décadas.

En cuanto a las corrientes que predominaron en este primer período posmoderno, aunque es difícil realizar una aproximación a los movimientos que más influencia han tenido, es necesario señalar que en la mayoría de los artistas las apuestas fueron bastante conservadoras; de hecho, la mayor parte de ellos, emplearon la pintura y la escultura como principal medio de expresión, y la figuración y la abstracción fueron entre los lenguajes seleccionados, las dos opciones más utilizadas.

En la década de los setenta, de hecho, surgió un grupo de aristas que sin formar un colectivo, intentó hacer frente a la tradición abstracta de los años sesenta y apostó por la figuración; entre estos artistas destacamos los nombres de Marta Cárdenas, Vicente Ameztoy, Andrés Nágel, José Llanos, Ramón Zuriarrain, Juan Luis Goenaga, Juan José Aquerreta, Pedro Salaberria, Xavier Morrás, Pedro Oses y Clara Gangutia. Sin embargo, en los mismos años, otro grupo de artistas continuó realizando un arte abstracto aunque desde una mirada más personal; en este grupo, cabe citar, a Carlos Sanz, Gabriel Ramos Uranga, Carmelo Ortiz de Elgea, Santos Iñurrieta y Juan Mieg.

Frente al protagonismo de las artes pictóricas en los años setenta, en la siguiente década, una joven generación de escultores no sólo abordó y reinterpretó la herencia del arte vasco de los años sesenta, sino que puso al día la disciplina escultórica introduciendo las últimas tendencias posmodernas; Txomin Badiola, Pello Iraza y Juan Luis Moraza, son algunos de los nombres que destacaron en este momento, aunque tampoco debemos olvidar a otros artistas -pintores y escultores- como Darío Villalba, Esther Ferrer, Elena Asins, José Ramón Morquillas, Fernando y Vicente Roscubas, Pablo Donezar, Prudencio Irazabal, Iñaki Cerrajería, Pablo Milicia, Txupi Sanz, Juan Ugalde, Koldobika Jauregi, Cristina Iglesias, Dario Urzay o Jesús Maria Lazkano, que aunque no han limitado en ningún movimiento concreto, aportaron a la plástica vasca de esta década nuevos lenguajes contemporáneos y aires de renovación.

En cambio, la década de los noventa ha traído un mayor pluralismo. Se mantienen los rasgos descritos en la anterior década, a los que ahora se suma la utilización de nuevas disciplinas como la fotografía, el vídeo o el ordenador, y el empleo de cualquier material, idea o concepto que el artista considere oportuno.

Realizar una selección de los jóvenes artistas más importantes de estos últimos años resulta mucho más difícil por la falta de perspectiva, pero si nos atenemos al número de ocasiones en las que han sido seleccionados o premiados, y su obra ha sido seleccionada para exponer tanto en el ámbito vasco como en el estatal, en la lista destacaríamos, entre otros, a Javier Pérez, Ana Laura Alaez, José Rekalde, Fracisco Ruiz de Infante, Aitor Ortiz, Javier Balda, Javier Alkain, José Ramón Amondarain, Manu Muniategiandikoetxea, Jesús María Corman, Raúl Urritikoetxea, Edu López, Dora Salazar, Luis Candaudap, Fernando Pagola, Leopoldo Ferrán, Agustina Otero, Maider López, Andoni Euba, Alberto Peral, Pepo Salazar, Jon Mikel Euba, Txuspo Poyo, Asier Mendizábal, Iñaki Garmendia, Sergio Prego, Gema Intxausti, Alfonso Ascunce, Estibaliz Sabada, Itziar Ocariz, Iratxe Jaio, Azucena Vieites, Abi Lazkoz, Ibon Aramberri y Juan Pérez Agirregoikoa.

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