Lexique

NEOLITICO

Dícese de la segunda edad de piedra, o sea la de la piedra pulimentada, neolitiko: harriaro berri.

Diccionario Auñamendi
El Neolítico como proceso de cambio cultural. El Neolítico en el Próximo y en parte del Medio Oriente pudo calificarse de «revolución»; allí se dieron con notable precocidad y de modo acumulado las innovaciones técnicas y culturales que más espaciadamente y por lo común más tarde se irán incorporando al equipamiento de las poblaciones occidentales de Europa. Algunas de las innovaciones del cambio cultural neolítico afectaron a los sistemas de aprovisionamiento en alimentos (la domesticación de algunas especies o la práctica de la agricultura); otras son de carácter tecnológico (la aparición de la cerámica, el desarrollo del trabajo de pulimento de la piedra, o --con el tiempo- la explotación metalúrgica); tienden otras a una progresiva adecuación del equipo de utensilios a las nuevas actividades (a la recolección y molienda de cereales, a la explotación forestal...). Otros cambios más esenciales en los modos de vida y en la conformación de los grupos sociales acompañan a aquellos «síntomas» técnicos: la sedentarización progresiva de las gentes, la aparición de las primeras comunidades rurales y urbanas, al aumento demográfico y la conformación de las etnias. La transición de las culturas del complejo Epipaleolítico a las del Neolítico se produjo en Aquitania, Pirineos y Cantabria (y en amplias extensiones aledañas como el Valle del Ebro o la Meseta) gradualmente y con cierta lentitud. El prehistoriador francés J. Guilaine ha abordado en nuestro tiempo, con conocimiento de los materiales y una especial aptitud para sintetizar las grandes cuestiones del cambio cultural, el sentido de la neolitización en las sociedades de Francia y en los países vecinos de este lado del Pirineo. En su amplia bibliografía de los últimos quince años (véanse, por ejemplo, los títulos que usamos de 1974 y 1980) se insiste en el cambio capital que para la Historia de Europa fue el Neolítico, «al menos tan considerable como el que se vivió en el s. XIX con el advenimiento de la era industrial». En el Neolítico se hallan, pues, las raíces mismas de la sociedad rural, «aventura que va a desempeñar una función decisiva en la historia de nuestro paisaje... continúa J. Guilaine (1980:33). La aparición de las primeras agrupaciones humanas en poblados se inserta en un contexto tecnológico y a la vez socio-económico que rápidamente se desmarca del propio de la anterior cultura paleolítica... Las diversas innovaciones técnicas irán paralelas a la aparición de nuevas estructuras sociales: sedentarización de los grupos, presencia de las primeras "ciudades", incremento demográfico y, al poco tiempo, especialización de los oficios de las gentes, aparición de nuevas clases sociales y jerarquización de la sociedad en torno a un poder político o religioso». Sólo cuando la suma de todos esos caracteres, o síntomas, se aprecia como arraigada en un territorio concreto se habrá de afirmar su incorporación efectiva a la cultura neolítica. De hecho, hay que reconocer que en la Prehistoria de Euskal Herria y de la franja septentrional de la Península se dio una lenta transición de la vida paleolítica a las formas de actividad pastoril o agrícola: y que sólo bastante tarde (ya bien avanzada la Edad del Bronce) culminó aquí aquel proceso de neolitización. Por esto parece sensato abordar los varios milenios en que se escalona esa situación de cambio no en etapas diferenciables con seguridad (con claros «saltos» progresivos en ajuares o en estructuras) sino como un continuum cultural: en él se solapan los modos de vida cazadora y recolectora con aisladas innovaciones propias del Neolítico y con otras del desarrollo de las culturas de la primera metalurgia. En tal proceso empalman, sin solución de continuidad fácil de percibir por el arqueólogo, el Neolítico inicial con el avanzado y éste con el Eneolítico (o Calcolítico) y con la Edad del Bronce. La atención excesiva a contados elementos de cultura material (los llamados fósiles directores) puede llevar al investigador a definir situaciones complejas o a dictaminar estadios de evolución que sólo una ingenua credulidad en esquemas foráneos o un deseo de clarificación didáctica justificarían en parte.
Valoración de los datos arqueológicos disponibles. Las informaciones reunidas sobre el Neolítico y Calcolítico a finales del siglo XX se han incrementado notablemente: en todos los países occidentales se excavan nuevos e importantes conjuntos de estratos, se han descubierto estructuras de construcción y uso muy sugestivas y se están reuniendo decisivas precisiones sobre cronología absoluta, inicios de la agricultura y del pastoreo, etc. En una reciente visión sintética sobre el estado del conocimiento de estas cuestiones en la Prehistoria peninsular, A. M. Muñoz ( 1984:350) apreciaba dos actitudes fundamentales en la comprensión del fenómeno neolítico: mientras que unos lo valoran como un caso de implantación en la Península de una estructura cultural ya plenamente formada, para otros se produjo como un «proceso de neolitización» de las poblaciones epipaleolíticas. «En principio -advierte Muñoz Amilibia- estas dos actitudes no tienen por qué ser contradictorias, ni son nuevas, sobre todo teniendo en cuenta la variedad de circunstancias geográfico culturales subyacentes y la amplitud del marco peninsular... El problema se plantea, sin embargo, de una forma muy concreta: la autoctonía o aloctonía del primer neolítico peninsular». Entre nosotros se debe a J. M. Apellániz la formulación de un «modelo» de ese proceso del Neolítico al Bronce, según las conclusiones que publicó hace una década: cuyos detalles no todos comparten y resultan hoy, a la luz de las esperadas novedades aportadas por excavaciones muy recientes, corregibles. El mismo Apellániz justificaba (1974:23-24) la dificultad de la empresa interpretativa y la provisionalidad de las observaciones ante lo fragmentario y desigual de los datos de que se disponía. Su referencia a la información utilizable tanto en monumentos megalíticos como en cuevas (de enterramiento o de habitación) del País Vasco meridional insiste en la parcialidad de los datos de ellos conseguidos: «a) Están excavados pocos dólmenes en relación con los conocidos y los excavados no lo están completamente, sino en parte, y casi nunca en los túmulos sino en las cámaras. b) Los dólmenes han sido frecuentemente violados, y lo que queda en sus cámaras son residuos de violaciones de varias épocas que a veces se juntan con los objetos aparecidos en el túmulo y con lo que se hacen los conjuntos que utilizamos y de los que no se sabe exactamente qué correspondía a qué parte del monumento. c) Los monumentos funerarios forman la parte más importante de los datos que se poseen para elaborar los conjuntos tipo de cada período, con lo que éstos pueden ser equivocados, sobre todo si se dispone solamente de un nivel de habitación con el que compararlos, por ejemplo, Los Husos. d) Las cuevas sepulcrales son poco conocidas, algunas imposibles de excavar bien y sus ajuares están parcialmente perdidos. Además, han debido ser utilizadas en varios períodos, con lo que la posibilidad de paralelización se parece a la de los dólmenes. Incluso muchos ajuares son tan absolutamente escasos que hay que atenerse a pocos objetos con los que paralelizar los niveles de Los Husos. e) Otros monumentos como los túmulos presentan una dificultad todavía mayor, ya que sus datos parecen mezclarse o ser tan enigmáticos que no se les pueda atribuir sin una incertidumbre casi completa. f) Algunos yacimientos en cuevas de habitación están completamente destrozados, como el de Los Gentiles (Araya), y esto resta posibilidades a la estratigrafía». El panorama de penuria de información y de incertidumbre en las conclusiones que, con toda justicia, trazaba Apellániz hace diez años, empieza ahora a cambiar. El creciente interés en Euskal Herria por el estudio de esta época prehistórica está produciendo un rico caudal de datos que permitirán, en plazo de tiempo no muy amplio, establecer un entramado más seguro de interpretación cultural de las civilizaciones que aquí se establecieron en esos milenios. Más aún, nos resultan de gran utilidad importantes síntesis establecidas para diversas áreas próximas del Occidente europeo: en las imprescindibles publicaciones de J. Guilaine o J. Clottes para el Pirineo francés, de G. Delibes para la Meseta, o de A. M. Muñoz y R. J. Harrison para el conjunto de la Península. Las prospecciones de Zonas concretas de Euskal Herria producen un incremento sensacional de las localizaciones de yacimientos o de indicios menores: cuya definición más precisa necesitará de bastantes años futuros de excavación sistemática. Se puede recordar, como ejemplo al respecto, que en cinco años de prospecciones de campo en las estaciones alavesas de Guibijo, de Badaya y de Bóveda las campañas del Instituto Alavés de Arqueología coordinadas por A. Ciprés, F. Galilea y L. López han establecido catálogos de 28 (8 dólmenes, 19 túmulos, 1 «cromlech», de 39 (2 dólmenes, 37 túmulos) de 17 monumentos (17 túmulos agrupados en cinco campos) respectivamente, frente a los 3, 9 y ninguno que se habían inventariado en el corpus publicado por J. M. Apellániz. De interés ejemplar por la aplicación de una muy cuidadosa metodología de excavación se han de calificar los trabajos que últimamente se desarrollan en nuestras provincias sobre monumentos megalíticos: como los de J.I. Vegas en los túmulos o dólmenes alaveses de Kurtzebide y de Enzia de A. Armendáriz en el túmulo guipuzcoano de Trikuaizti, de X. Peñalver en el monolito de Supitaitz, o de J. Blot en diversos monumentos de Iparralde. Importantes establecimientos de habitación en cueva (en cuya estratigrafía a veces se intercalan situaciones de depósito funerario) están siendo ahora mismo estudiados con campañas de excavación. En su conjunto superan con mucho al menguadísimo repertorio que hace una década disponían nuestros arqueólogos para definir los modos de vida y el equipamiento técnico de quienes ocuparon el País desde fines del Epipaleolítico hasta los inicios de las Edades de los Metales. Se deben citar, entre otros, los trabajos en curso de J.M. Apellániz en la cueva de Arenaza (Vizcaya), de A. Baldeón en la alavesa de Fuente Hoz, o las de Navarra por I. Barandiarán en Zatoya, por A. Cava en Portugaiñ, por M. A. Beguiristain en Padre Areso, o por Beguiristain-Cava en La Peña de Marañón. Por otra parte, se están publicando revisiones de temas monográficos que determinan con cuidado aspectos particulares de las técnicas y actividades de aquellas gentes: recordaremos, por ejemplo, los estudios de J. Altuna sobre las especies animales domésticas, de T. Andrés sobre estructura y función de los monumentos megalíticos, de M. A. Beguiristain sobre el hábitat al aire libre en la vertiente del Ebro, de A. Cava sobre las industrias de la piedra tallada en dólmenes, de X. Peñalver sobre los menhires, de A. Armendáriz y F. Etxeberria sobre las cuevas sepulcrales de Guipúzcoa, etc. Todo ese caudal de nuevos datos resulta, evidentemente, aún insuficiente y se halla en trance de recopilación y de interpretación. En cualquier caso las sugerencias arqueológicas que se van perfilando ayudarán a conocer mejor -y en algunos aspectos de forma rigurosamente novedosa- tanto las características y evolución de los diversos lotes de instrumentos utilizados por aquellas gentes (tipología y tecnología) como las pautas de su comportamiento social (distribución de las poblaciones, modos de subsistencia, procesos de cambio y de aculturación,...).
Tipos de yacimientos de la época en el País Vasco. El período comprendido entre el Neolítico y el final de la Edad del Bronce se puede estudiar a partir de las evidencias acumuladas en diversos yacimientos arqueológicos (cuevas o abrigos rocosos, monumentos megalíticos) y, muy parcialmente, en colecciones de evidencias recogidas fuera de contexto estratigráfico (piedras pulimentadas, restos metálicos...). Esos repertorios de información arqueológica se pueden estructurar en cinco series distintas: a) Los yacimientos en cueva o en abrigo rocoso. Algunos (como los referidos en Arenaza, Fuente Hoz, Zatoya, Padre Areso, Peña, Marizulo, Los Husos...) suponen lugares de habitación humana, acumulando a veces series de niveles superpuestos en el paso del tiempo. En otras ocasiones los hombres de la época acudieron a esas o a otras cavidades a depositar sus muertos con diversos ajuares (tal sucede en niveles de Fuente Hoz, de Los Husos o de Peña; o supuso el funerario el único uso de otras cuevas como Gobaederra, Lechón, Txispiri...). b) Los yacimientos al aire libre. Debió de suponer la habitación en chozas y poblados el modo habitual con el paso del tiempo, sustituyendo paulatinamente la ocupación de cuevas propia de los grupos de cazadores del Paleolítico y de su tradición. Sin embargo, el carácter perecedero (piedra seca, ramajes, barro) de los materiales que debieron emplearse en aquellas construcciones ha eliminado la mayor parte de sus restos. Sólo en algunos lugares de Navarra y de Alava se han apuntado, sin demasiada seguridad, poblados o niveles de ocupación al aire libre de la Edad del Bronce: Eldorre en Artajona, Leguín en Etxauri, acaso Muniain de la Solana, La Hoya en Laguardia. Por lo común se carece de restos de las propias construcciones y sólo se deduce su existencia de indicios indirectos, como manchas de cenizas o elementos de ajuares domésticos (piedras de molino). Es también en este apartado donde han de incluirse los numerosos conjuntos de superficie o talleres al aire libre, cuya identificación y publicación están incrementándose en estos últimos años: resultan difíciles de delimitar (en extensión superficial y en profundidad y, a veces, se utiliza abusivamente el concepto para incluir lotes de instrumentos inconexos y de cierto aislados. c) Los monumentos megalíticos. Comprenden series distintas: dólmenes de diversos tipos como lote predominante, túmulos (bastantes de difícil determinación si no media una excavación sistemática) y monolitos («menhires»). Se extienden preferentemente por las Zonas montañosas de Euskal Herria, aquellas en las que debió de ser notable la actividad pastoril. v. MEGALITICA. Cultura. d) Las estaciones de arte rupestre. La única conocida hasta ahora en nuestro territorio, de referencia probable a la Edad del Bronce, es la constituida por restos de pintura en la Peña del Cantero en Etxauri. Otras citas publicadas habrán de ser revisadas con cuidado. e) Los hallazgos aislados. Han sido recogidos fuera de contexto estratigráfico: por haberse desplazado del lugar de depósito original o por haberse extraído clandestinamente de algún yacimiento. Es el caso de muchas «piezas» que llamaron la atención de campesinos o de prospectores no autorizados, y que se integraron en colecciones que sólo en parte acabaron siendo incorporadas a museos oficiales públicos. Tal sucede con la mayoría de las hachas de piedra pulimentada de que se tiene noticia, y con bastantes utensilios de cobre o de bronce (hachas, puntas de flecha), con algunos recipientes cerámicas y con algunos llamativos instrumentos de piedra tallada.
Las poblaciones de la época. Durante el Neolítico y la Primera Edad de los Metales (Calcolítico) se produjo la conformación básica de los distintos componentes étnicos de muchos pueblos de Eurasia. De aquellas épocas provienen los caracteres fundamentales de su constitución física y, en bastantes ocasiones, de su distribución territorial. En la opinión justificada de R. Riquet (1976:151) ya se puede rastrear "la trama de fondo de la antropología francesa desde el Mesolítico" con una combinación de elementos mediterranoides y alpinoides: diversos factores posteriores ("su propio género de vida, sus luchas intestinas y grupos invasores") la alterarían parcialmente, fijando sus rasgos históricos. La dinámica de conformación de todas aquellas etnias viene condicionada por diversos factores: dependientes unos de mecanismos internos al propio grupo (de carácter genético, p.e.) y otros de tensiones externas (situaciones ecológicas, culturales y sociales) con las que deben enfrentarse. De especial significado parecen ser en los milenios en que transcurren el Neolítico y la Edad del Bronce:.los cambios sustanciales en las economías de subsistencia (adopción de nuevos hábitos alimenticios derivados de las actividades pastoriles y agrícolas), en la acumulación de cosechas y reservas, en las consecuencias de las innovaciones derivadas de la mejora de los sistemas de transporte y en el consiguiente incremento de las relaciones mercantiles de intercambio;.los movimientos de poblaciones que tienden a fijar progresivamente a las diversas colectividades en aquellos parajes de cuyos recursos se hacen explotadores especializados: lo que llevará a una sedentarización de las gentes, al inicio de la territorialización de los países y a la aparición de tensiones por el control de las zonas de aprovisionamiento (pastos, filones, puntos de agua...);.la evidente alza de los índices de la vida media de los grupos de población, según se aprecia en estudios comparativos elaborados hace varias décadas por el antropólogo H. V. Vallois sobre series del Sudoeste europeo. Conforme a los restos humanos controlados, éstos serían los porcentajes por lotes de edades (de 0 a 20 años, de 21 a 60 años, y de más de 61 años de edad) entre las gentes del Paleolítico Medio (Neanderthal), del Superior, del Epipaleolítico-Mesolítico y del Calcolítico (Bronce Inicial):

  0 a 20 21 a 60 más de 60
Neanderthal
Paleolítico Superior
Mesolítico
Bronce inicial
55 %
34,3
37
25,1
45 %
65,7
61,5
68,5
0
0
1,5
7,3

Quienes han estudiado la antropología física en el Pirineo vasco llegaron, como es sabido, a definir con seguridad un tipo propio (el "pirenaico-occidental"). Las investigaciones cuidadosas de T. de Aranzadi, de R. Riquet y de J. M. Basabe han determinado, entre otras cosas, que el tipo "vasco" actual pudo estar ya conformado en el Neolítico Final y en el Calcolítico. Se puede recordar, al respecto, el informe elaborado por P. Marquer sobre una calota craneana hallada en nivel eneolítico de Atxeta, como significativo de una opinión científica compartida: "podemos afirmar que el individuo de Atxeta (Marquer 1959:415)... no estaba muy lejos de los otros de edad neolítica descubiertos en cuevas y dólmenes del País Vasco español. Pero era, sin embargo, más dolicocéfalo que los vascos actuales de Guipúzcoa, que se encuadran sin duda entre los mesocéfalos; ahora bien, las características métricas de su frente y ciertos rasgos descriptivos (forma general de la bóveda craneana, presencia del "moño", traza de las suturas, morfología de la frente) son casi similares a los que actualmente se encuentran entre los vascos de la zona española". Este tipo pirenaico-occidental convive en el territorio de Euskal Herria y zonas limítrofes con una muy amplia representación de las poblaciones mayoritarias en la Península Ibérica -los "mediterráneos gráciles") con otros componentes menores (mediterráneos robustos, braquicráneos, etc.). Los lotes de huesos humanos disponibles en nuestros museos para una determinación concreta de la composición de las poblaciones en todo el territorio no son abundantes ni bueno el estado de conservación de las evidencias recuperadas en las excavaciones. La mayoría de lo que hoy se tiene procede de yacimientos de la zona occidental de Navarra y vecinas (ámbitos del Aralar y de Urbasa: con hallazgos en sepulturas megalíticas) y de algunos lugares de Alava (al O., en la cuenca del Bayas, el dolmen de Gúrpide Sur en Cuartango, las cuevas de Gobaederra, Lechón y Arralday, y la cueva de Fuente Hoz; y en La Rioja, depósitos en sepulcros dolménicos). Con ese efectivo (y evidencias sueltas de otros lugares; ninguna aún aprovechable de Iparralde) debe de esbozarse el cuadro de las poblaciones en su evolución, con una apoyatura documental no muy firme: para el Neolítico pleno apenas se pueden emplear sino las series de Fuente Hoz; para el Calcolítico y Bronce Antiguo son las series más abundantes (de cuevas sepulcrales y de dólmenes); no teniendo otra referencia para el Bronce Final (en un conjunto de alóctonos, muy peculiar) que la de los enterrados en la cueva de Urbiola. En cuanto a lo que supera el mero análisis racial e intenta establecer otros aspectos más genéricos de los grupos humanos (como es la composición interna de los grupos, su distribución territorial o su dinámica de migraciones en tiempo y espacios) se debe reconocer que casi todo está por decidir. Algunos ensayos de demografía (como el presentado hace no mucho por F. Galilea a partir del control de las cartas de distribución de las sepulturas monumentales) habrán de ser, lógicamente, enmendados conforme vaya cambiando la entidad de los efectivos que hoy se conocen o se corrijan los módulos (de capacidad o de amplitud cronológica en el uso) empleados para establecerlos. Hallazgos muy recientes en cuevas que en su estratigrafía testimonian situaciones de cambio cultural o de ocupaciones (Marizulo, Zatoya, Fuente Hoz, Peña, Padre Areso,...) permiten augurar futuras constataciones más firmes. Las principales hipótesis formuladas hoy entre la dinámica del cambio cultural y antropológico de las civilizaciones de cazadores a las de agricultores y pastores afrontan series de datos cuya explicación coherente resulta problemática. A veces encuentran un argumento lógico en una situación de continuidad; otras sólo se explican como producto de migraciones e intercambios; suponiendo algunos claros ejemplos de procesos de aculturación. Las premisas ineludibles, hoy por hoy, para abordar el tema concreto de la conformación de las etnias en estas épocas de la Prehistoria del Sudoeste europeo son, en acuerdo de la mayoría de los antropólogos:

a) la relativa continuidad de los grupos humanos del Epipaleolítico inicial con respecto a los del Paleolítico Superior.

b) La "ruptura neta" entre las poblaciones del Epipaleolítico avanzado ("Mesolítico") y las del Neolítico pleno.
Grupos de población y cambio cultural. Grupos de población y cambio cultural en la hipótesis explicativa de la dinámica del Neolítico. Las innovaciones culturales que afectan en Francia a las gentes del Neolítico Pleno pueden ser referidas, sin mucha dificultad, a los grupos de población de la Península Ibérica, según el análisis de R. Riquet. a) El inicio del Neolítico. Es lógico suponer que los cazadores del Epipaleolítico y los primeros agricultores y pastores del Neolítico debieron convivir en proximidad. «Durante más de un milenio, y acaso dos, neolíticos y mesolíticos fueron contemporáneos y se vieron quizá impulsados a la cohabitación pacífica o hasta a una colaboración menor. No hubo, pues -según Riquet- ni una sucesión estratigráfica ni una substitución de población». Conforme a ese planteamiento, en la línea del propuesto proceso de aculturación, se explica bastante bien lo poco que vamos conociendo de evolución in situ (por ejemplo en Zatoya) de la cultura de quienes estaban en el Pirineo Occidental en esos milenios de tránsito. Mientras que en otras partes se pudo producir un reparto de territorios, de forma que los «colonos» neolíticos ocuparan los espacios más aptos a la agricultura, en tanto que los cazadores del Epipaleolítico final continuaban en zonas más abruptas o cerradas dedicados a actividades ancestrales: tal como han analizado correctamente J. Fortea o B. Martí en el Levante español. b) El Neolítico avanzado y el Calcolítico. Los antropólogos anotan, con seguridad, una verdadera explosión demográfica en esta etapa; mientras que los arqueólogos la caracterizan por cambios culturales profundos. «Los grupos culturales se multiplican y a veces se suceden rápidamente, sobre todo en las zonas de recursos metalíferos. La búsqueda del cobre, de la plata, del oro y del plomo parecen suscitar una feroz concurrencia» (Riquet 1976:143-144). En el tercio septentrional de la Península (y en concreto en la Meseta Norte, en el Pirineo y en la Cuenca del Ebro) es ahora precisamente cuando sin duda se extienden la agricultura y el pastoreo; cuando se expanden ritos de depósito funerario en sepulturas megalíticas; o cuando se inicia la metalurgia y se difunde el complejo del vaso campaniforme. Para estudiosos sensatos de la Prehistoria de Euskal Herria es también ésta la época en que se van consolidando, en los rasgos que luego serán históricos, la lengua y la etnia vascas. c) La Edad del Bronce. Supone en Francia «un retroceso demográfico fuerte e inexplicable (¿epidemias?)... que será compensado principalmente por grupos de repobladores de Alemania Occidental y de Suiza» (Riquet 1976:143-144). La misma hipótesis de fuertes oleadas de invasores centroeuropeos (de marcada braquicránea) suele ser a menudo referida por los prehistoriadores peninsulares para justificar algunos caracteres del Bronce avanzado en el Pirineo Oriental; o, refiriendo navegaciones atlánticas, las culturas de la época en Galicia. Pero no es segura en el País Vasco. Durante algún tiempo ha sido lugar común en muchos prehistoriadores dedicados al estudio de las poblaciones de la mitad septentrional de la Península atribuir los cambios más sustanciosos (en cuanto a modos de asentamiento, a organización social y a cultura material) a los «invasores» centroeuropeos de la Edad del Hierro. Sin embargo, excavaciones de estos años últimos señalan con seguridad que a lo largo de todo el II milenio a. de C. (es decir, en el desarrollo de la Edad del Bronce) es cuando se produjo la consolidación , de las economías agrícolas y ganaderas, la sedentarización y «urbanización» de las poblaciones. Dataciones absolutas en torno a los 1600 a.de C. para un rico poblado de agricultores cerealistas (con simientes seleccionadas de trigo) en Frías de Albarracín (Teruel) o, más cerca de nosotros, las excavaciones en curso de Moncín (Borja/Zaragoza) revelan la existencia de asentamientos estables de estilo «muy moderno», con explotaciones agrícolas de cereal (trigo, cebada) y otros productos (olivo, vid) y pastoriles (de oveja, cabra, vacuno y caballar) en el Bronce Pleno y Final. Del mismo modo las últimas campañas de excavación de A. Llanos en La Hoya (Alava) demuestran la existencia de niveles de ocupación del sitio desde mediados del II Milenio, cuanto poco; lo que sugiere una evidente continuidad en los grupos de población desde varios siglos antes (no se olvide la densidad de yacimientos del Neolítico avanzado y Calcolítico), aunque cambien las modas y las técnicas.
  • APELLANIZ, J. M. (1974), El grupo de Los Husos durante la Prehistoria con cerámica en el País Vasco ("Estudios de Arqueología Alavesa", vol. 7, Vitoria
  • GUILAINE, J. (1974). Le Néolithique et l'Age du Bronze dans les Pyrénées françaises et leurs abords (pp. 95-121 de "Cahiers d'anthropologie et d'écologie humaine", vol. II, 3-4
  • GUILAINE, J. (1980), La France d'avant la France. Du Néolithi- que à l'Age du Fer (ed. Hachette, Paris)
  • MARQUER, P. (1959), Calote cranienne d'Atxeta (1959: pp. 411-415 de "Vasconia Antigua. Tras las huellas del hombre (VIII) en "Obras Completas", tomo XIV, de J.M. de Barandiarán -Bilbao 1978-)
  • MUÑOZ, A. M. (1984), La neolitización en España: problemas y líneas de investigación (pp. 349369 de "Scripta Praehistorica Francisco Jorda Oblata", Salamanca
  • RIQUET, R. (1976), L'Anthropologie préhistorique française (pp. 135-152 de "La Préhistoire Française" dir. por J. Guilaine, tomo II, Paris).
Ignacio BARANDIARÁN MAESTU