Elkarteak

REAL COMPAÑÍA DE LA HABANA

Fue la entidad mercantil por acciones en el s. XVIII, que duró más años. Nacida por Real Cédula de 18 de diciembre de 1740, quedaba extinguida mediado el s. XIX. Aún en 1846 se prolongaban las operaciones para su liquidación definitiva. A pesar de esta circunstancia, ha sido la sociedad mercantil que menos interés ha suscitado entre los historiadores.
Constitución (1740). La Compañía de la Habana (RCH), se erigía en parte para sustituir a la Guipuzcoana de Caracas en alguna de las funciones que le había sido encomendada. Así, en 1737, y dado el interés del Monarca hispano en fomentar la construcción naval en los arsenales de Cuba, la Compañía Guipuzcoana debía trasladar los herrajes necesarios para los astilleros de aquella isla. Para esta operación, en el seno de la Guipuzcoana se comisionaba a José Antonio de Arbaiza. Una vez constituida la RCH desapareció de la Guipuzcoana aquella operación, sin duda porque fue asumida por la nueva sociedad habanera. Fundada en 1740, quizá bajo el optimismo económico que se respiraba dentro de la Guipuzcoana, muchos partícipes de ésta, engrosaron el accionariado de la RCH. Según se recogía en la Cédula de erección, la RCH contaría para su gobierno con un presidente, 5 directores, contador, tesorero y un factor en Cádiz. Para iniciar las operaciones quedaba nombrado presidente D. Martín de Aróstegui, quien no por casualidad, se había integrado en la lista de los primeros accionistas de la Compañía de Caracas. Para gestionar la concesión de la Real Cédula en la Corte, colaboró activamente Miguel Antonio de Zuaznábar, quien con anterioridad había participado en la consecución del permiso para Guipúzcoa, de la Compañía de Caracas. Así pues, en este sentido hay otro elemento común entre una y otra sociedad mercantil. Entre los interesados o accionistas de la RCH nos encontramos a los guipuzcoanos: Ana María de Berrotarán, José de Lopeola, Santiago de Irisarri, Miguel Antonio de Zuaznábar, José Agustín y Francisca Antonia de Zuaznábar, Francisco Antonio de Oquendo, José de Aguirre y Acharán, etc. En todos ellos concurría la condición de accionistas de la Guipuzcoana de Caracas. También hubo una importante participación navarra: los Goyeneche, Iturralde, Aldecoa, Indaburu, y el propio Juan Bautista de Goizueta, director que fue de la Guipuzcoana de Caracas. También en todos ellos concurría la misma circunstancia que en los anteriores: la de ser interesados en la Compañía Guipuzcoana. Los Monarcas se interesarían como accionistas de la Compañía de La Habana en cien acciones. El pago de su importe sería con cargo a los derechos que en su tráfico debía satisfacer la nueva compañía. De nuevo se acudió a una fórmula que ya había sido ensayada, con éxito, en la Guipuzcoana.
Sede. Una de las notas peculiares de esta compañía fue además la de que su sede principal estuvo, no en la metrópoli, sino en La Habana, es decir, en territorio de ultramar. No obstante esta circunstancia, tras una primera década de funcionamiento, se decidió trasladar la sede de sus juntas, a la Villa y Corte.
Dirección y responsables. Apenas iniciada su andadura, en agosto de 1741 se celebraba una Junta en San Cristóbal de La Habana, presidida por Martín de Aróstegui y sus compañeros en la dirección: Marqués de Villalta, Bartolomé de Ambulodi y Antonio de Parladorio. A dicha Junta asistieron además como interesados que eran: Juan Bautista de Echeverría, Agustín de Sotolongo, Sebastián Brunon de Bertiz y Luis de Basabe. En aquella Junta quedaron ratificados los poderes conferidos a Miguel Antonio de Zuaznábar y Miguel Francisco de Aldecoa, como responsables de las dependencias de tabaco, ambos residentes en Madrid. También se refrendaba el empleo de factor en Cádiz en la persona de José de Iturrigaray así como Juan Antonio de Goyeneta, residente en Sevilla, quedaba encargado del manejo y entrega de los tabacos que llegaran desde Cuba por medio de la Compañía. En San Sebastián, la Compañía de la Habana contaría con Juan Bautista de Zuaznábar que con la ayuda de José de Otamendi, colaboraría en las operaciones que afectaran a aquella sociedad.
Actividades mercantiles y financieras. La RCH no conoció una misma línea en sus negocios. Durante su primera década de existencia -los años 40 del s. XVIII- su actividad más importante fue la construcción de navíos para el Rey, en los arsenales de La Habana. Para ello transportó desde la metrópoli, importantes cantidades de clavazón y partidas de hierro procedentes del País Vasco, que normalmente salían del puerto easonense. El compromiso fue firmado por diez años, pero antes de finalizar el plazo, la RCH solicitaba ser relevada de aquella operación tan gravosa, por los retrasos que experimentó en los cobros con el Real Erario. Posteriormente, centró su interés comercial en transportar partidas de tabaco, también por cuenta del Monarca. A partir de los años 70, el género colonial más representativo que arribaba a la metrópoli por medio de la sociedad habanera, fue el azúcar. Pero además de estas remesas hizo posible el arribo de importantes cantidades de plata. Estas partidas de dinero eran producto de la venta de los géneros europeos -sobre todo textiles- que transportó con alguna regularidad. La necesidad de explotar las plantaciones azucareras, inclinó a la RCH a realizar operaciones de adquisición de esclavos, tan necesarios en la isla. Esta operación, difícil de llevarla a cabo sin el intermedio de ingleses sobre todo, obligó a la sociedad a firmar contratos con casas extranjeras, fundamentalmente inglesas, para que abastecieran de negros esclavos a Cuba. A estas operaciones, que se vieron alteradas, tanto por las perspectivas de beneficios, como por los conflictos bélicos, se vino a unir otra que fue característica durante los primeros años del s. XIX. Ante las circunstancias irregulares en que se encontraba la metrópoli, debido a la ocupación francesa, la Compañía de la Habana realizó numerosos préstamos a aquéllos que se interesaban en poner en funcionamiento ingenios azucareros en la isla. Con estos préstamos, la sociedad mercantil obtuvo alguna rentabilidad para los fondos, en un período en el que apenas podía realizar otras operaciones.
Relaciones económicas. La Real Compañía de La Habana estableció relaciones económicas con Lima, Veracruz y Caracas, además de las habituales con la metrópoli. Por éstas y otras circunstancias que se han indicado, debe ser considerada como una sociedad por acciones un tanto atípica.
Presencia vasca. Los numerosos accionistas vascos que se interesaron por esta Compañía, se mantuvieron como tales hasta su extinción. Es de destacar además los legados de algunos hijos del País, de un importante número de acciones, para que con sus dividendos pudieran socorrerse algunas necesidades. El caso de Ignacio Francisco de Barrutia nos puede ilustrar en este aspecto. Para la iglesia de San Pedro de Bergara legó dos acciones; 24 destinaba al Colegio Seminario de niñas educantes, también de Bergara, así como otras 2 acciones para la fábrica de la Iglesia de Santa Marina, de la misma localidad. La presencia vasca en el equipo directivo no terminaría con la primera época de la Compañía. Aún, en el s. XIX, cuando en 1810 se reunía la Junta de Gobierno, formada por 4 vocales, secretario y contador, uno de los vocales era Santiago de Abarrategui, y José Echeverría y José de Garay actuaban como encargados de la secretaría y contaduría respectivamente. Al igual que ocurriera con otras dos importantes compañías comerciales por acciones, de la época -la de Caracas y la de Filipinas- la participación vasca en la RCH fue decisiva para su puesta en funcionamiento. Asimismo, esa participación se mantuvo a lo largo de la historia misma de la sociedad mercantil.

Montserrat GARATE OJANGUREN