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Pamplona / Iruña. Historia

Los testimonios de los autores clásicos sobre Pompaelo son escasos, los textos la citan solamente de paso, ya sea en forma descriptiva como Estrabón, administrativa como Plinio, o simplemente como un punto de los itinerarios de Antonino o el Anónimo de Rávena. El geógrafo Estrabón en su Geographika, al describir las ciudades situadas entre el Ebro y los Pirineos, menciona a Pompelon como la ciudad de Pompeyo, por lo que resulta verosímil relacionar la estancia de Pompeyo en territorio vascón y la fundación de la ciudad. Plinio cita a los Pompelonenses como estipendiarios entre los pueblos del Convento Jurídico Caesaraugustano y para Ptolomeo Pompelon es una de las quince ciudades vasconas. Dentro de los Itinerarios, el de Antonino redactado entre los años 280 y 290 d. C nombra a Pompelone como mansión de la vía 34 De Hispania in Aquitania, ab Asturica Burdigalam.

El Anónimo de Rávena describe la vía de comunicación entre Caesaraugusta y Pompaelo, citando las mansiones de Seglan, Carta y Terracha: En época posterior, San Isidoro relata que (hacia 466) los visigodos tomaron Pamplona, Zaragoza y ciudades vecinas; del mismo modo Gregorio de Tours nos refiere que Childeberto I, señor de Aremorica, y Clotardo I, señor del reino franco, atravesaron los Pirineos (entre 511 y 561) y tomaron Pamplona. No sabemos ciertamente qué papel tuvo en los primeros tiempos cristianos; lo que sí podemos afirmar es que sigue conservando su carácter de capital, pues fue en época visigoda sede episcopal y las firmas de sus obispos aparecen en varios concilios toledanos y cesaraugustanos.

Se conserva una sola inscripción en estela funeraria procedente de Pompaelo. Por otra parte, el C.I.L. recoge tres inscripciones sobre láminas de bronce, hoy perdidas, que fueron halladas en Arre, localidad próxima a Pamplona. Dos de ellas corresponden a la renovación y suscripción de pactos de hospitalidad (hospitium) entre la ciudad de Pamplona y varios personajes. La primera, en forma de jabalí, ha sido fechada en el año 57 d. C. y la segunda en el año 185 d. C. La tercera inscripción se fecha en el propio texto el 7 de octubre del año 119 d. C., aludiendo a un iuridicus de la Citerior Claudios Quartinus, dirigiendo un rescripto a los duoviri de Pompaelo. Por otra parte, en tres inscripciones procedentes de Tarragona se hace referencia a un Flamen y una Flaminia originarios de Pompaelo.

La inscripción de la sacerdotisa ha sido datada en el 172 d.C. En la tercera inscripción tarraconense aparece el nombre de C. Cornelius Vallus, pompaelonense. Finalmente, fuera de Hispania existe una estela funeraria, procedente de Dax (Francia) dedicada a Aemilius Placidus, originario de Pompaelo. En cuanto a los testimonios numismáticos, tanto la ceca ibérica de Ba(r)scunes-Bengoda, como la de Bentian se han considerado situadas cerca de Pamplona. La leyenda Bengoda en el anverso de las monedas, podría corresponder al nombre de la ciudad y Ba(r)scunes, en el reverso, aludiría a la tribu.

Aportación de las excavaciones arqueológicas a la topografía de Pompaelo. Pamplona, considerada ya en época de Estrabón como "la ciudad principal de los vascones", no había sido objeto hasta el año 1956 de una excavación sistemática, reduciéndose el conocimiento de la ciudad romana a las escasas citas de los autores antiguos y a los hallazgos esporádicos que proporcionaban las reformas de algún edificio. Entre ellos hay que destacar el hallazgo en 1895, al hacerse las obras para la conducción de aguas del manantial de Arteta a Pamplona, de una necrópolis, excavada a continuación por F. Ansoleaga y J. Iturralde y Suit, miembros de la Comisión Provincial de Monumentos. La razón de esta ausencia de excavaciones ha sido sin duda el hecho de que en Pamplona existe una superposición de la ciudad medieval y moderna sobre la romana, siendo muy difícil encontrar lugares para efectuar un sondeo arqueológico. Las excavaciones realizadas hasta ahora se han situado dentro de los departamentos catedralicios (1956, 1965, 1971, 1972 y 1980); en la Plaza de San José (1971), junto a la fachada norte de la Catedral; en el convento e iglesia de San Fermín de Aldapa (1977 y 1983) y, finalmente, en un solar de la calle Dormitalería (1984). Todos los hallazgos antiguos han sido efectuados en el montículo que se alza sobre el Arga, con un pronunciado desnivel en su límite Nordeste que ha constituido siempre la defensa natural de la ciudad.

La localización de la ciudad romana dentro del perímetro de la actual Pamplona se puede deducir no sólo por las excavaciones realizadas, sino también porque todos los hallazgos casuales se han efectuado en la zona de la Catedral, calles de Navarrería y Curia y San Fermín de Aldapa, es decir, en el pequeño montículo, cuyos puntos más elevados son la Catedral y el Palacio de los Virreyes. Por otra parte, se han realizado prospecciones en lugares de la parte medieval de la ciudad, todas ellas con resultado negativo, ya que se han hallado solamente materiales medievales y modernos. Así pues, creemos que puede intentarse una reconstrucción hipotética del perímetro de la ciudad romana, que tendría por límite Noroeste, el corte perpendicular sobre el río Arga. Otro de los límites sería al Sur, la vaguada que constituye la bajada hacia el río y, finalmente, por el Oeste, atendiendo a la topografía del terreno, creemos que partiendo de la defensa natural que constituye el ángulo Noroeste, ocupado por el antiguo Palacio de los Virreyes, seguiría por las cotas altas de las calles del Carmen y Navarrería, para enlazar por Chapitela y Plaza del Castillo con el límite sur.

Resulta inaceptable la descripción que se hace de la ciudad en el texto que bajo el título de De Laude Pampilone epistola y como de tiempo de Honorio aparece en el Códice de Roda, ya que da a Pamplona una extensión de 120 hectáreas, con un recinto jalonado por 67 torres. Es posible que las cifras dadas en el Códice de Roda no sean totalmente imaginadas sino más bien, como indica Taracena, que fuera aplicada con ligereza, a Pompaelo, la descripción de las fortificaciones de alguna gran ciudad de Gallia. Por el momento, con los datos seguros que poseemos hemos de pensar que el perímetro de Pompaelo, en su más amplia extensión urbana, no debió sobrepasar el de la ciudad de la Navarrería durante la Edad Media, teniendo unos 500 m. por 300 m. de ejes máximos, es decir, unas 15 hectáreas.

En las excavaciones realizadas en el Claustro de la Catedral en 1980 se descubrió un lienzo de muralla, en el límite Este de la ciudad, que pudo fecharse en el siglo IV. Finalmente, observando la topografía de esta zona y los hallazgos efectuados, sabemos que la parte alta del montículo no sólo estuvo ocupada por la ciudad romana sino que con anterioridad se asentó el poblado prerromano, del que hemos encontrado abundantes restos cerámicos. Basándonos, tanto en los lugares de estos hallazgos, como en las características topográficas de dichos poblados prerromanos, suponemos que ocuparía el pequeño cerro de la Catedral y calles proximas, quedando fortificado en su parte Norte y Este por el corte sobre el río, y en su parte Sur y Oeste con alguna fortificación artificial que seguiría aproximadamente la cota 447.

En Pamplona, como en otras muchas ciudades de Hispania, hay una superposición de la ciudad medieval sobre la antigua, y una primera labor consiste en intentar, a través del sistema urbano de aquélla, la reconstrucción de la estructura de la ciudad romana. Esto ofrece en Pompaelo una especial dificultad por la conocida destrucción masiva de la Navarrería en 1276 por el ejército francés, apoyado por el Burgo de San Cernin y la Población de San Nicolás. Al reconstruirse la Navarrería en 1324 se ordena expresamente que se tracen calles rectas, por lo que se pudiera pensar que, prescindiendo de lo anterior, se trazó una estructura distinta. Sin embargo, se sabe también que cuando se reedificó la Navarrería, incluso antes del Privilegio de 1313, el rey Luis I autoriza la reedificación de todas las casas propias del Cabildo, tal como estaban antes de la ruina de la Navarrería. Por ello, la nueva estructura de 1324, salvo algunas correcciones, no sería muy distinta de la antigua, conservándose el trazado romano.

Partiendo de los datos proporcionados por los hallazgos antes mencionados y teniendo en cuenta las características topográficas del terreno y la estructura de la Navarrerría, proponemos la siguiente configuración de la red viaria de Pampaelo. La actual calle de Dormitalería sería el cardo maximus que llegaría hasta el Portal de Francia, al norte, siendo una de las puertas de acceso a la ciudad en época romana, y por el sur, hasta la vaguada que desciende hacia el Arga. El decumanus maximus seguiría una dirección análoga a la calle Curia, desde la zona más elevada del promontorio que domina el río, al Este, hasta enlazar con el resto de la meseta de forma suave ya que no existe ningún obstáculo natural. Hay que mencionar también el cardine hallado en el Arcedianato que enlaza con otro tramo encontrado en la Plaza de San José, y que sería paralelo al cardo maximus. Esta vía norte-sur debió construirse en el siglo I, con un enlosado tosco. Su anchura es de cuatro metros y sobre ella aparece una nueva pavimentación, de mediados del siglo II, con losas de gran tamaño y muy bien realizado. En un momento posterior se lleva a cabo un tercer empedrado, peor ejecutado, síntoma de la decadencia urbana. En la zona donde se cruzan el decumanus maximus con el cardo maximus, que coincide con la actual Plaza de la Catedral, se encontraría el foro, insinuado por el hallazgo de edificios públicos como el macellum.

En relación con la localización del templo o templos dedicados al culto romano, que por lo general estaban en el foro, nada ha quedado demostrado. Han aparecido fragmentos de basas, fustes y capiteles, siempre en hallazgos causales. No obstante, si tenemos en cuenta la tradición cristiana de levantar una iglesia sobre el lugar ocupado por un templo pagano, quizá no sería arriesgado pensar que el de Pompaelo se encontrara en el emplazamiento de la primitiva catedral románica. La posibilidad de que existieran unas termas públicas en Pompaelo se deduce de los fragmentos de mosaicos encontrados que representan figuras marinas como el hipocampo. Este motivo decorativo era frecuente en los establecimientos termales. El nombre de Rúa de los Baños de la antigua Navarrería quizá recordase su existencia. En cuanto al macellum o mercado, consta de un patio porticado rectangular (de 20 m. por 15 m.) del que se conservan los apoyos de algunas columnas, restos de pavimento de una de las tabernae y la planta, al fondo, de un edificio cuadrangular con amplia entrada y columnas delante.

Respecto a los edificios privados que hemos podido conocer a través de las excavaciones, se han identificado varias plantas de viviendas, aunque ninguna en su totalidad. En la zona excavada en 1956 aparecieron varias habitaciones de forma rectangular, pavimentadas con lajas de piedra. En conexión con ellas se encontró también un praefurnium comunicado con un hypocaustum. Por los materiales aparecidos puede fecharse en el siglo II. El aparejo utilizado en estas edificaciones es opus caementicium, que formaría el zócalo sobre el que se asentarían las paredes de adobe. Este último extremo ha podido comprobarse en el estrato de destrucción. También se han encontrado diversos tipos de pavimentos pertenecientes a viviendas. El más antiguo, de opus signinum, siglo I a.C., formaba un rectángulo de 3,82 por 6,90 m. Su composición es geométrica y presenta dos partes bien diferenciadas: una de ellas está compuesta por rombos, y la otra está formada por meandros. Otro tipo de pavimento estaba formado por argamasa lisa y sin decoración alguna fechada por los materiales arqueológicos en el siglo IV.

Próximo a los anteriores se encontró un pavimento de opus tessellatum, muy fragmentado, de una anchura de 6 m. con dos tipos de decoración muy diferenciados. Su datación es también clara en el siglo IV. Restos de otra casa se encontraron en el Convento e Iglesia de San Fermín de Aldapa. Se han podido identificar dos habitaciones pavimentadas y un pequeño compartimento que mide 1,60 por 1,10 m., realizado en argamasa hidráulica con baquetón en el ángulo formado por el suelo y paredes, una de las cuales se halla atravesada por un tubo de plomo. Una amplia zona se hallaba decorada con mosaico de dibujo geométrico en blanco y negro. Se ha localizado también una zona de hipocausto. Por todo ello podemos suponer que se trata de la parte dedicada a termas de la vivienda. Finalmente, procedentes de antiguos hallazgos en Pamplona, hay varios mosaicos conservados en el Museo de Navarra, unos enblanco y negro con representaciones de muralla almenada, figura de un hipocampo, parte del abdomen y una pata de otro hipocampo o tritón y lo que pudiera ser la cola de un monstruo marino, así como un único fragmento polícromo con las figuras de Teseo y el Minotauro.

La necrópolis de Pompaelo debemos suponer que se encontraba próxima a la de época visigoda al sur de la ciudad y fuera de las murallas, pues es sabido que los romanos enterraban a sus muertos al exterior del recinto urbano porque impurificaban. Entre los materiales de la necrópolis recuperados a fines del siglo pasado hay algunos anillos y cuentas de collar, vidrios y fíbulas que pueden fecharse en época romana. El lugar del hallazgo fue el término de Argaray, que se encontraba entre las actuales calles de Arrieta y Amaya. En el Libro Becerro del extinguido Convento de los Agustinos, que se conserva en el Archivo de la Catedral, hay una descripción del siglo XVII que dice: "En el término de Argaray u Obietagaña, de esta ciudad". Es sumamente interesante, ya que el significado de Obietagaña, parece ser "sobre sitio de tumbas". Con su raíz latina "obi" y el sufijo vasco "gaña", que equivale a encima, arriba, sobre, es decir, que desde antiguo se conocía la existencia de una zona sepulcral en este lugar.

De las noticias muy sumarias de la publicación se deduce que las tumbas no estaban alineadas regularmente, encontrándose en un estrato formado por arcilla roja y cantos rodados a unos 50 0 60 cm. de profundidad, pudiendo localizarse hasta cien enterramientos. El tipo era una fosa excavada en la tierra, revestida en sus cuatro lados por lajas de piedra de 4 cm. de grueso, sirviendo otros semejantes de cubierta de los mismos. Su longitud variaba entre 80 cm. y 2,10 m., su anchura unos 60 cm. y su profundidad 50 cm. Todos ellos se encontraban en dirección E-O con la cabeza en Poniente y la posición del esqueleto era decúbito supino. Entre los restos de los ajuares figura una abundante colección de broches de cinturón y otros objetos de adorno personal, así como cerámicas que deben fecharse en los siglos VI y VII.

Pompaelo es mansión de las vías romanas. Estrabón la cita al referirse a la vía:

"que parte de Tarracon y va hasta los vascones al borde del océano a Pompelon y a Oiason alzada sobre el mismo océano. Esta calzada mide dos mil cuatrocientos estadios y se termina en la frontera entre Aquitania e Iberia".

Del mismo modo el Itinerario de Antonino cita a Pompaelo como la décimoctava mansión al describir la vía de Astorga a Burdeos, pasando a la Gallia por el Summo Pyreneus (Ibañeta). Por ello es evidente que desde Pompaelo partía una vía hacia la Gallia, cuya salida debió ser la puerta norte del cardo maximus, coincidiendo exactamente con el llamado Portal de Francia, que fue también salida de la ciudad medieval. Esta vía está jalonada de puentes en las cercanías de Pamplona, tales como el de la Magdalena, el de San Pedro, el de Arre, que aunque hoy presentan un aspecto claramente medieval, no es aventurado suponer que siguen una tradición más antigua, ya que son los lugares más adecuados para atravesar el río Arga que rodeando a Pamplona forma amplios meandros.

La salida por el sur y especialmente por el este de la ciudad romana, según la reconstrucción de su perímetro coincide, asimismo, con puertas medievales de la ciudad de la Navarrería durante la Edad Media. La puerta del decumanus maximus sería la de salida a la vía Astorga Burdeos descrita en el Itinerario de Antonino y a la citada por el Ravenate, que comunicaría Pompaelo con Caesaraugusta. También siguiendo su posible trazado hemos podido encontrar un puente, poco utilizado y que por ello conserva una estructura más cercana a su posible origen romano. Se trata de un puente, cerca de Cizur, que atraviesa el río Sadar, afluente del Arga.

A través de la cartografía y de la fotografía aérea del territorio que rodea a Pamplona, hemos establecido los siguientes hechos: en primer lugar, la existencia de una serie de caminos, paralelos entre sí, cuya separación coincide con los módulos romanos y que podrían interpretarse como restos de las limitationes romanas. En segundo lugar, estos trazos se presentan paralelos o perpendiculares a las vías públicas halladas en las excavaciones de la ciudad. Tercero: la zona urbana de Pompaelo ocupaba aproximadamente una cuadrícula, siendo el trazado de sus vías principales los ejes de dicha cuadrícula. Cuarto: Por todo ello podemos decir que a ambos lados de la vía que parte del decumanus maximus de Pompaelo, pueden detectarse algunos restos de la posible centuriación del Ager publicus.

En relación con este tema hay que tener en cuenta también el término cendea que actualmente corresponde a una división administrativa que comprende varios pueblos. Este nombre parece derivarse de centenam o centuria, como ha señalado J. Caro Baroja, compuesta por la población de varias fincas o fundi; Idoate, sin embargo, da un origen vasco a la palabra cendea como agrupación de pueblos. También cabe señalar la existencia de numerosos pueblos cercanos a Pamplona (en un radio no superior a 20 kms. aproximadamente) que presentan en su nombre el sufijo -ain o -ano, que se ha interpretado como una derivación del latín -anus y que puede referirse al nombre del primer adjudicatario del, fundus.

Respecto a los datos cronológicos que han aportado las excavaciones, tenemos en primer lugar el hallazgo de numerosos fragmentos de cerámica prerromana, tanto lisa como decorada, incisa y excisa, que documentan la existencia de un poblado anterior. Los hallazgos se han efectuado en Zonas muy localizadas, que posiblemente coinciden con fondos de cabañas, si bien no hemos hallado ningún resto de edificación de esta época. Este poblado prerromano presenta unacultura material de tipo hallstático que supone la presencia de pueblos indoeuropeos que se trasladan de uno a otro lado del Pirineo con todos sus elementos materiales y, por tanto, con todo su patrimonio cultural. La llegada de los romanos, probablemente con motivo del campamento de invierno de Pompeyo en el año 75-74 a.C., confirió mayor importancia a este núcleo primitivo convirtiéndose en el centro y capital del territorio vascón.

Sabemos que Pompeyo estaba ya en la Península Ibérica en el año 76 a.C. dispuesto a hacer frente y arrebatar a Sertorio su supremacía sobre gran parte del territorio peninsular, que se extendía desde el Guadiana hasta el Pirineo. Aquél comenzó su avance por la costa oriental siendo derrotado en la ciudad de Lauro, próxima a Valencia. Dando por perdida la región se retiró, en el invierno del 76 al 75, al otro lado del Ebro, aunque parece que no acampó en la costa sino en el interior, entre el Ebro y los Pirineos, ya que dependía de la Gallia para su aprovisionamiento. Aunque la ubicación de su campamento es difícil de precisar, parece lógico pensar que éste se encontraría en el Pirineo Occidental, dado que en la zona central las comunicaciones presentarían más dificultades debido a las mayores alturas y a la nieve. Posiblemente, Pompeyo decidió retirarse al territorio aliado de los vascones, donde pasó el invierno del 75 al 74 a.C.

El lugar elegido sería una ciudad vascona donde recibiría el trigo de Aquitania y que a partir de ese momento tomaría su nombre. El hallazgo de cerámica de importación (Campaniense A tardía y B) denota la presencia de gentes venidas de Italia, que bien pudieran ser soldados o comerciantes que solían acompañar a los ejércitos, en unas fechas comprendidas dentro de la primera mitad del siglo I a.C. Se han hallado también varios elementos arquitectónicos fechables antes del cambio de Era, tales como el hermoso pavimento de una habitación, del tipo llamado "opus signinum". En el siglo I se puede fechar un edificio construido con grandes sillares en sus ángulos y fachada, con columnas delante de la entrada, parte de la cual no ha podido descubrirse por quedar bajo un edificio catedralicio.

También parece pertenecer a esta época el sistema de cloacas descubierto en 1965 y que quizá marcaba el límite sur de la ciudad en aquel momento. Otro hecho importante ha quedado demostrado: uno de los momentos más florecientes para el urbanismo de la Pamplona romana, tiene lugar durante el siglo II construyéndose la red viaria urbana. Hay que señalar que en toda la zona excavada en las proximidades de la Catedral aparece una capa de incendio, que documenta una destrucción masiva en el siglo III, coincidiendo posiblemente con las primeras invasiones, fecha también de la destrucción de la primera villa de Liédena. La tercera fase de reconstrucción de la ciudad romana la encontramos documentada en una serie de muros muy toscos, de aparejo irregular, en el que se intercalan tambores de columnas y restos de edificaciones más ricas, anteriores, que son reaprovechadas en los siglos IV-V, fechables tanto por su aspecto exterior, típico de fines del Imperio, como por los materiales hallados en la cimentación de dichos muros, dentro de los que abundan las monedas de varios emperadores de esta época, la sigillata hispánica tardía y la cerámica gris estampada.

Finalmente, en las excavaciones de 1965 se encontraron en el estrato IV, broches de cinturón, anillos y otros materiales que demuestran de modo indudable que la ciudad de época vascona se asienta en esta zona, aunque falten en gran parte los estratos correspondientes, por haber sido arrasados al igualar el terreno para construir la Catedral. Estos escasos datos aportados por la arqueología vienen apoyados por las fuentes que nos indican la presencia de tropas romanas en Pompaelo en el siglo V para la defensa de los pasos occidentales. Sin embargo, por sus tierras atravesaron los nuevos invasores (suevos, vándalos y alanos) y, cuando ya ningún indicio quedó de la autoridad romana, sería atacada por francos y visigodos. Durante el reinado de estos últimos fue sede episcopal.

Los hallazgos de las excavaciones nos documentan un intenso comercio con la Gallia e Italia, quedando Pompaelo dentro de las corrientes artísticas y comerciales del mundo romano. En este sentido hay que citar la importación de cerámica campaniense de tipo A tardía y B, fechables en la primera mitad del siglo I a.C., que puede interpretarse como el primer contacto con gentes venidas de Italia, soldados y mercaderes, coincidiendo con la época atribuida a la fundación de Pompaelo. Correspondiendo a la época de Augusto son significativos los hallazgos de sigillata aretina que se impone como vajilla de mesa en todo el Imperio. También se ha encontrado cerámica gálica de alfareros como Nvmvs, Ivlivs, etc. que trabajan en Montans, al otro lado de los Pirineos, hacia los años 30-40 dC. y de La Graufesenque (a la que corresponde la marca de alfarero Severi, de la época Nerón-Vespasiano), lo que significa que había un comercio no solamente local sino que estaba en relación con otras partes del Imperio, sobre todo con la próxima Aquitania a través de la vía directa desde Pompaelo.

Este dato viene confirmado por los hallazgos de sigillata hispánica, tanto en St. Jean le Vieux (Imus Pyrenaeus) como en Dax, donde apareció una inscripción referida a un Pompaelonensis. Por lo tanto, además del intercambio comercial debió existir un considerable tráfico de personas entre ambas vertientes del Pirineo. Otros restos cerámicos de esta época son los vasos de paredes finas y las lucernas. Junto a estos hallazgos aparecen también monedas de Caesaraugusta, de la tercera época de Tiberio, de Claudio y de Nerva, y abundantes objetos de metal, tanto de adorno (fíbulas, broches, anillos, etc., todo ello en bronce) como instrumentos (agujas, cucharitas, ganchos, punzones, etc., también en bronce), fragmentos de hueso (agujas y punzones), de vidrio (platos, vasos, jarritos) y otros (fusayolas, discos, conchas de mar, etc.), que son un pequeño indicio del tipo de vida que llevaban los habitantes de esta ciudad y evidencian la influencia romana.

Debido a la actividad predominantemente agrícola de la zona que rodeaba a Pompaelo, suponemos que ésta se constituyó en centro de intercambio de los productos agrícolas y hortícolas de todo el contorno, y también de los productos ganaderos que llegarían de zonas algo más alejadas. Buena prueba de ello es la existencia de un macellum o mercado público que serviría para este menester. En cuanto a la actividad industrial podemos señalar la fabricación de sigillata hispánica, como lo evidencia el hallazgo de moldes, tanto en la Zona de la Catedral, como en la de la excavación realizada en 1984 en la calle Calderería. Esta producción alfarera hay que fecharla a partir del siglo II. Entre las marcas de alfareros encontradas cabe destacar la de Mahtei, of Tital y otra en la que se lee Imp. Esta producción serviría para cubrir las necesidades de cerámica fina que tendrían los habitantes de la ciudad.

Respecto al status jurídico sabemos por Plinio que los Pampelonenses eran estipendiarios y estaban incluidos en el Convento Caesaraugustano, perteneciendo, por tanto, a la provincia Tarraconense. Este status suponía la condición peregrina de sus habitantes que no disfrutaban de los derechos de la ciudadanía romana, seguían rigiéndose por su derecho consuetudinario y tenían que pagar a Roma un tributo. Sin embargo, aunque Plinio se refiere a ellos como populi, en la inscripción más antigua de las encontradas en Arre (del año 57 dC.) ya se menciona la civitas Pompelonensis, y la del 119 d.C. se dirige a los duoviri de Pompaelo lo que indica que nos encontramos ya ante un municipio. El problema estriba en establecer el momento en que le fuera concedida esta categoría. Quizá tuvo lugar como consecuencia del Edicto de latinidad de Vespasiano que en este caso se aplicaría a una civitas en la que ya existía un cierto grado de urbanización y organización favorable a su incorporación al Imperio con todo derecho. Este grado de vinculación al Imperio viene dado también por la existencia de pactos de hospitium y de hospitium y patronatus en los siglos I y II.

La Edad Media pamplonesa comienza prácticamente con la llegada de los pueblos germánicos, procedentes de las Galias, al Pirineo de Roncesvalles (407). Aquí fueron detenidos momentáneamente por dos jóvenes patricios, Dídymo y Vereniano, parientes del emperador Honorio. Ante el peligro, la guarnición pamplonesa pidió auxilio al Emperador. El patricio Salustiano llegó a principios del 408 con la respuesta. Las discordias internas supusieron el derrumbamiento de la resistencia y la muerte de los dos caudillos. Las dificultades que el paso de los germanos supuso en las relaciones administrativas con Roma, el aislamiento y la inestabilidad política, crearon una situación de inseguridad y ruptura con todo lo anterior, dándose un predominio de lo autóctono en la vida política y cultural. Es una de las características más acusadas del período, al decir de historiadores como Lacarra y de etnógrafos como Caro Baroja. Forzados por la necesidad vital de mantener su tierra y bienes, durante este período "los vascones consolidaron su independencia política y se organizaron para defenderla", en palabras de Goñi Gaztambide.

La imagen que las fuentes históricas presentan de Vasconia durante la Alta Edad Media es la de un país en constante actitud defensiva frente a los pueblos del Norte y del Sur, un pueblo indómito, que no duda en realizar incursiones a veces sangrientas. "Su territorio jamás fue sometido, al menos de una manera total y estable" (Goñi Gaztambide). No es el caso de Pamplona, presa codiciada de monarcas y pueblos que intentaron sojuzgar al pueblo vascón, en la que el dominio de los visigodos de Toledo tuvo cierta estabilidad. Antes de que Iruña conociera el nacimiento del Burgo de San Cernín y de la Población de San Nicolás, aparece configurada como una teocracia. Obispo y cabildo canonical de Santa María son los dueños y señores. La coexistencia de tres comunidades municipales, diferenciadas por régimen municipal y foral, economía, rango social, cultura y lengua, no fue pacífica; conoció momentos fuertes, como la guerra de la Navarrería (1276), que supuso la desaparición temporal de este núcleo. Como fruto de repetidos intentos, el señorío pasó de la Iglesia a la Corona (1319). El período terminó con la conquista de Pamplona y de Navarra por los ejércitos de Fernando el Católico (1512).

La primera etapa pamplonesa medieval abarca tres siglos (V-VII). Se caracterizan por las presiones sufridas desde el Norte continental (407-572) y después desde el Sur peninsular (572-711). Su característica más palmaria es la inseguridad política. Los pueblos germánicos atravesaron los puertos del Pirineo de Orreaga, destruyeron ciudades como Pamplona, Andelos y Olite, y "villas" rurales como la de Liédena (409). Posteriormente se repitieron las incursiones de bagaudas hacia las tierras llanas (441, 443); no hay constancia de que sus acciones afectaran directamente a Pamplona. Los suevos de Requiario saquearon "las dos Vasconias" (449) y fueron derrotados más tarde por Teodorico II, rey visigodo de Tolosa (457). Partiendo de aquí, Eurico "conquistó Pamplona y Zaragoza y toda la Marca Superior", según San Isidoro de Sevilla (472).

Establecidos los visigodos en la Península, teniendo en Toledo su capital, durante el siglo VI las ofensivas contra los vascones siguen llegando del Norte, donde se instalaron los francos, haciendo desaparecer el reino de Tolosa tras la batalla de Vouillé (507). San Isidoro menciona una expedición franca sobre Pamplona el año 53l, que a su regreso fue derrotada en el Pirineo, y Gregorio de Tours refiere otra incursión posterior. Los francos de Clotario I, descendiendo hacia el valle del Ebro y Zaragoza conquistaron Pamplona dejando en ella guarnición militar (541). Las "Chronicorum Caesaraugustanorum reliquiae" refieren que "este año los reyes de los francos, en número de cinco, entrando en Hispania por Pamplona, vinieron a Zaragoza. Después de asediarla durante cuarenta y nueve días, devastaron casi toda la provincia tarraconense". La conquista no parece haber tenido carácter estable.

En su empeño por dominar toda la Península, Leovigildo (569-586) realizó una campaña para someter a los vascones; conquistó la plaza cántabra de Amaya (574), ocupó parte de Vasconia y "fundó la ciudad de Victoriacum" (581), que debe ser identificada con Vitoriano, pueblecito alavés del municipio de Zuya próximo a Vizcaya. A partir de las décadas finales del s. VI se intensificaron los intentos de los reyes de Toledo por dominar a los vascones, objetivo que parece haber logrado Recaredo (586-601), al menos por lo que respecta a la capital de la diócesis, en la que descubrimos a "Liliolus, Pampilonensis ecclesie episcopus", asistiendo y firmando las actas del Concilio III de Toledo (589), reunido para proclamar la unidad religiosa peninsular. La presencia de un obispo en una asamblea celebrada en la capital del reino godo parece evidenciar una conquista y presencia política estable; veinte años después otro sucesor en la mitra, Juan, fue uno de los veintiséis obispos de las provincias hispanas que suscribió el decreto de Gundemaro sobre la sede metropolitana de Toledo (610).

Por entonces debió acaecer nueva sublevación de los vascones. Aunque Gundemaro arrasó su territorio en una expedición de castigo (611), mantuvieron su actitud independiente y hostil, incluso en Pamplona, en la que desaparecen los prelados o al menos dejan de asistir a los Concilios celebrados en Toledo entre los años 633 y 677. Al iniciar su reinado Suintila (621-631), los vascones de tierras de Pamplona descendieron por la Tarraconense. Vencidos por el rey godo y despojados del botín, tuvieron que regresar a sus montañas, previa entrega de rehenes y tributos. Estimando insuficientes estas medidas para garantizar la paz, instaló en Pamplona una fuerte guarnición y fortificó la ciudad de Oligitum (Olite), como antemural frente a las montañas donde habitaban los indómitos vascones y como baluarte protector de las tierras llanas meridionales. La presencia de una guarnición militar en Iruña durante este reinado está certificada por un cementerio visigodo descubierto en la Ciudad. En el citado "De laude Pampilone", recogido en el "Códice de Roda" y escrito en un lenguaje ampuloso e hiperbólico por un monje de la iglesia local, Pamplona es, según él, una ciudad envidiable y siempre victoriosa, tiene un suburbio llano y está rodeada de montes y de "gentes bárbaras y enemigas", a las que es preciso hacer la guerra sin compasión.

Al margen del estilo literario, el texto descubre una ciudad convertida en bastión político, militar y religioso frente a los enemigos vascones. Dios que la escogió -afirma el autor- "dotó en su misericordia de innumerables reliquias de mártires a su iglesia, la guarda ilesa por las oraciones de los eclesiásticos, en medio de un pueblo bárbaro y hostil". Las reliquias de mártires veneradas en la catedral vigilan la ciudad. Si los hombres duermen, las piedras mismas despiertan a los guardianes en las vigilias de los mártires. "Es un lugar siempre victorioso, tesoro de virtudes. No sirve a los herejes; resiste contra los Vascones". Goñi Gaztambide acepta, no sin dificultad, la cronología propuesta por el profesor Díaz Díaz, según el cual el canto habría sido escrito durante el siglo VIII, concretamente el 778, por un clérigo franco de la expedición de Carlomagno, antes de que éste destruyera la ciudad y sus murallas.

Otros, sin embargo, adelantan la fecha de redacción un siglo, atribuyéndolo a un monje de la iglesia visigoda local. Suintila fue suplantado por Sisenando, apoyado por los francos que entraron en la Península por Pamplona y le proclamaron rey en Zaragoza (631). A partir de este momento y durante casi medio siglo carecemos de noticias sobre obispos de Pamplona, que no asisten a los Concilios de Toledo, como se ha dicho. Chindasvinto asoció al gobierno a su hijo Recesvinto, contra el que se sublevó Froya, circunstancia política que aprovecharon los vascones para entrar por la Tarraconense hasta Zaragoza, arrasándolo todo a sangre y fuego. Tajón, obispo de la Ciudad, cuenta que "el feroz pueblo de los vascones, sacado de los montes Pirineos, devastó las tierras de Iberia, derramó la sangre de muchos cristianos", degollando a unos, haciendo prisioneros a otros y llevando rico botín, ensañándose singularmente contra los templos, los altares y los clérigos (653).

En esta conducta feroz contra personas e instituciones religiosas se ha querido ver una reacción popular contra el poder político-religioso ejercido desde la sede episcopal de Iruña. Wamba (672-680) mantuvo la lucha implacable contra los norteños sublevados. En rápida campaña de castigo de una semana, arrasó el territorio a sangre y fuego, saqueó los campos, incendió las casas, abatió las fortalezas y forzó el rendimiento de los "feroces vascones", según refiere San Julián de Toledo. Tras la drástica acción punitiva de Wamba y la conquista y dominio del territorio, siguió la reanudación de la serie de obispos aliados del vencedor. El diácono Wincomalo representó al obispo Atilano en el Concilio XIII de Toledo (683), y al XVI, bajo Egica (693), acudió el mismo diácono, esta vez representando a Marciano, último prelado godo de la serie, convertido por las leyendas en San Marcial, martirizado por los sarracenos y venerado en Leyre. Durante la primavera del año 711, recién llegado al trono, don Rodrigo tuvo que acudir al Norte para dominar a un pueblo nuevamente sublevado. Cuando Tarik atravesó con sus tropas el estrecho, el rey estaba ausente, "combatiendo en tierras pamplonesas contra los vascones", según testimonio unánime de cronistas como Achbar Madchmua y Al-Makkari. Al conocer la noticia, bajó a la Bética, entabló batalla y perdió la vida. Comenzaba nueva etapa histórica en la Península.

Es indudable que durante los siglos VII y VIII las gentes vasconas lucharon denodadamente por mantener su libertad frente a intentos conquistadores o dominadores francos o visigodos. El "domuit Vascones" que el Hispalense repite en su "Historia Gotorum" al biografiar las gestas de cada rey, nunca llegó a ser dominio efectivo y estable, al menos en la zona montañosa. Distinto debió ser en la Ribera e incluso en la ciudad de Pamplona, bien fortificada con murallas, guarnecida con reliquias, gobernada por obispos asistentes a los Concilios de Toledo, y protegida por las oraciones de una comunidad monástica que exhorta a luchar sin descanso contra los bárbaros vascones enemigos.

Derrotado y muerto don Rodrigo, las tropas invasoras de Tariq recorrieron la Península y llegaron al valle del Ebro el año 714. Era conde de la Marca Superior un tal Casius. Capituló con los advenedizos, abrazó el Islam y se hizo cliente del Califa de Damasco, ciudad que visitó personalmente. Casius o Kasi se convirtió en fundador y cabeza de una dinastía, los "Banu Kasi", entre cuyos miembros destacan Fortún ben Kasi, Musa ben Fortún y Musa ben Musa. Estos caudillos musulmanes, de ascendencia vascona, convirtieron la Ribera en una región de la Marca Superior del emirato de Córdoba, que mantuvo cierta autonomía, frente o junto a la tierra de los vascones, el futuro reino de Pamplona. Los príncipes de ambas ramas estuvieron unidos por lazos familiares, políticos y económicos durante los siglos VIII y IX. Desde el valle del Ebro Musa ben Nusayr se internó por territorio vascón (714); "topó una tribu desnuda como las bestias" (Ben Habib). Los vascones le recibieron "en manadas", como a vencedores de un enemigo común, los godos. En su internada debieron llegar hasta el corazón de las montañas. "Penetró bastante lejos", asegura lacónicamente Ibn Idhari.

Pamplona capituló, como lo venían haciendo otras poblaciones de la Península. Aunque desconocemos el texto del capitulado, su contenido no debía diferir sustancialmente de otros estipulados entonces. Los musulmanes se comprometían a respetar la realidad política, social, económica y religiosa de la población, en este caso de los pamploneses, a cambio de ciertas gabelas como el amán, signo de sumisión. La capitulación, estudiada por Codera (Madrid, 1891), fue realizada antes del año 718, en que falleció uno de los dos testigos, Henach al-Sunani ben Abdala. El pacto garantizaba la libertad política y religiosa de los pamploneses. Los relatos sobre martirios de santos por los moros y de ocultamiento de reliquias e imágenes religiosas, sobre todo marianas de los siglos XII y XIII, con el fin de preservarlas del furor iconoclasta de los sarracenos invasores, que tanto proliferaron durante el siglo XVII, pertenecen al mundo de la leyenda. Con su presencia quedó interrumpida la serie de obispos, de los que no volveremos a tener noticias durante más de un siglo.

Dispuesto a proseguir su expansión por Europa, Abd al-Rahman al Gafequi estableció su cuartel general en Pamplona, donde se concentraron multitud de guerreros procedentes de todo Al-Andalus. Atravesaron el Pirineo, derrotaron junto a Burdeos a los vascones del conde Eudón, y prosiguieron hasta enfrentarse con Carlos Martel en la batalla de Poitiers (732), en la que fue muerto el caudillo musulmán, emprendiendo sus gentes el regreso hacia la Península (Lévi-Provenzal: Histoire, I). La derrota del emir marcó el inicio de una serie de sublevaciones en tierras pamplonesas. Intentó sofocarlas el nuevo emir Abd al-Maliq, que perdió muchos guerreros aunque logró volver ileso (733). Al año siguiente el emir Uqba conquistó militarmente la Ciudad e instaló una guarnición; debió ser numerosa; Ibn Idhari asegura que pobló Pamplona con musulmanes. Es la primera noticia cierta de ocupación militar de la plaza por los musulmanes. Conquista y sumisión fueron efímeras. En la Crónica de Alfonso III figura Pamplona formando parte de la lista de aquellos lugares que, como Alava, Vizcaya, Alaone, Orduña, Deyo y Bertueza, "consta que fueron siempre poseídos por sus actuales moradores", y esto, hablando de los días de Alfonso I de Asturias (739-757). Aprovechando las discordias civiles en Al Andalus, se produjo en el Norte una nueva sublevación; el emir Yusuf envió un destacamento "contra los vascones de Pamplona que habían sacudido el yugo musulmán" (755).

(778). Veinte años después, se advierten actitudes de rechazo contra el omeya Abd al-Rahman I en la Marca Superior. Thalaba ben Ubayd, enviado a Zaragoza para someterla, fue apresado y enviado a Paderborn en calidad de prisionero. La expedición, presidida por Suleiman Ibn al-Arabí, tuvo como misión ofrecer a Carlomagno la entrega de algunas ciudades al Sur del Pirineo occidental, a cambio de su protección. Satisfecho por la oferta, el rey franco movilizó un gran ejército que, en dos columnas, llegó a las puertas de Zaragoza, una desde Narbona y la otra, mandada por el rey, por la vía de Aquitania y Pamplona. Refiere la "Historia Seminense" que, al llegar Carlomagno, "los pamploneses lo recibieron con alegría, por hallarse asediados por el furor de los moros". La versión de los "Anales regios" de los francos difiere: Carlos "atacó a Pamplona, plaza fuerte de los navarros, y la sometió a su soberanía".

Llegados a Zaragoza por el mes de abril, AlHusayn se negó a entregar la plaza. Ordenado el asedio, se prolongó hasta el mes de agosto, en que fue levantado al recibirse la noticia de la sublevación de los sajones. Emprendió el regreso, llevando consigo rehenes, entre ellos Ibn al-Arabí, que fue liberado en un ataque por sopresa, llevado probablemente a cabo antes de llegar a la capital de los navarros. Al pasar por Iruña ordenó destruir la ciudad y sus murallas. El inmenso ejército continuó su marcha, encabezado por Carlomagno. La tradición europea y navarra ha sido unánime al señalar el itinerario seguido desde Roncesvalles, puesto en duda o negado en tiempos recientes. Según Moret y las versiones tradicionales desde los más primitivos anales y cantares de gesta, dobló el paso de Ibañeta, se adentró "por lo que llaman Quebrada de los Vascones", es decir, los estrechos desfiladeros de Luzaide, el "Vallis Karoli", caminando muy alargado y encajonado entre los riscos. Los vascones atacaron, sembrando la muerte en la retaguardia (15 de agosto de 778). La noticia corrió por toda Europa; los cantares de gesta inmortalizarán al arzobispo Turpín, a los doce Pares de Francia y singularmente a Roldán y Oliver.

La experiencia de una alianza entre Aristas y Banu Kasi ponía en peligro el dominio cordobés en el valle del Ebro. Abd al-Rahman I emprendió una campaña que culminó durante el verano del 781. Entró por Calahorra, ganó Viguera, cruzó el Ebro y se adentró por territorio vascón. Aquí destruyó la ciudad de Pamplona y penetró hacia el Oriente; conquistó el castillo de Jimeno el Fuerte, llegó hasta los dominios de Ibn Belascot o Belaskotenes (zona más oriental de la Navarra Media), y le obligó a entregar rehenes y pagar el amán. Según Lévi-Provençal y otros historiadores, Pamplona quedó entonces sujeta al emirato por unos años. Los caudillos vascones, cristiano y musulmán, reforzaron alianzas, sellándolas con vínculos matrimoniales, como era costumbre.

La viuda de Eneko Jiménez, madre de Eneko Arista y de Fortún, se unió a Musa ben Fortún. Hijo del matrimonio será el genial Musa ben Musa, hermano del primer rey pamplonés. Mientras nacía esta unión, Carlomagno creaba al norte del Pirineo el reino de Aquitania para operar contra los vascones. Colocada Pamplona entre dos fuerzas opuestas, hubo entre sus vecinos división de opciones entre la alianza con los musulmanes y con los francos. Los coaligados confiaron el gobierno de la ciudad a Mutarrif, hijo de Musa ben Fortún y hermano de Musa ben Musa y de Eneko Arista. Pero "los habitantes de Pamplona sorprendieron a Mutarrif ibn Musa y lo asesinaron" (799). Ludovico Pío había celebrado el año anterior en Toulouse una dieta para tratar asuntos de la frontera. Tras el asesinato, fue puesto al frente de Pamplona Belasco, un adicto a la causa franca del rey de Aquitania. La coalición continuó. Al-Hakam conquistó Tudela y la dejó al mando de Yusuf ben Amrus (802), que fue apresado y conducido al castillo de la Peña Kais, probablemente el gaztelu de Garaño, en la val de Ollo, de donde tratará de liberarlo su padre.

mpeñado en reforzar sus posiciones al sur del Pirineo, Ludovico Pío pasó por Dax, llegó a Iruña y se detuvo aquí "el tiempo que creyó conveniente, ordenando cuanto convenía al bien público y privado". Emprendió el regreso, dejando al frente de la Ciudad a Belasco. Para evitar emboscadas como la del 778 en el Pirineo, llevó consigo como rehenes a mujeres y niños de Pamplona. Un nuevo ataque del emir contra los aliados pamploneses no logró el éxito apetecido (816). Eneko y Musa ben Musa reforzaron su compromiso de amistad, entregándole aquél por esposa a su primogénita Assona. Resultado de su compromiso fue la expulsión del profranco Belasco, que motivó el envío de nueva expedición, esta vez mandada por los condes Eblo y Aznar. El ejército conquistó Iruña y, al regresar por los puertos de Roncesvalles, Eneko y Musa cayeron sobre él e hicieron prisioneros a los condes. Eblo fue conducido a Córdoba y Aznar fue puesto en libertad por ser consanguíneo de los vencedores (824).

Las continuas presiones ejercidas sobre los vascones desde el norte y desde el sur, forzaron la unión de los príncipes cristianos y musulmanes, que tuvieron como consecuencia inmediata una serie de victorias militares y la creación del reino de Pamplona, en el extremo suroccidental del Pirineo, bajo la espada de Eneko Enekones "Arista", llamado "Vannako al Bascunis" (Eneko el Bascón) por Ibn Haiya. Abd al-Rahman II repitió sus aceifas victoriosas por tierras de Pamplona, obligando a los Arista y Banu Kasi a capitular la paz con él (843). Unos años más tarde pactarán también con Carlos el Calvo, rey de los francos y aquitanos (850) y con el rey de Asturias. La llegada de los vikingos a Pamplona siguiendo la vía fluvial (859) hubiera sido un episodio anecdótico de no haber sido por la prisión del rey García. Recobrada la libertad tras el pago de un fuerte rescate, pactó con Ordoño de Asturias, rompiendo con los parientes Banu-Kasi.

Durante la segunda mitad de la centuria perduró la inseguridad, incrementada por las sucesivas campañas llevadas a cabo por Muhammad I (872, 874, 882). El 905 se produjo un cambio dinástico de consecuencias transcendentales para el reino. Sancho Garcés I (905-925) abandona una política defensiva y se lanza a la conquista de tierras a los Banu-Kasi: Deio y su tierra (907), los pueblos de la comarca de Los Arcos a Viana, villas de ambas márgenes del Ebro y del Arga. Abd al-Rahmán III, primer califa cordobés, penetró por Calahorra y Cárcar en Deierri, derrotando a los ejércitos de los reyes cristianos en la batalla de Valdejunquera (Mués) el 26 de julio del 920. Sancho contraatacó, recuperó algunas plazas y conquistó Viguera (923). Siguió la "Campaña de Pamplona" (924), organizada por el Califa. Por Cárcar, Peralta, Tafalla, Carcastillo, Gallipienzo, llegó a Pamplona; saquearon y destruyeron sistemáticamente casas e iglesia catedral, continuaron por la Cuenca y la Val de Echauri, regresando por el curso del Arga.

Sancho Garcés falleció al año siguiente. Durante el siglo X quedaron interrumpidas las campañas conquistadoras de los reyes pamploneses, cuyo territorio sufrió incursiones esporádicas de los ejércitos cordobeses. García el Tembloroso solicitó la piedad de Almanzor, que llegó a Iruña (998), prometiendo mantener la paz. Las noticias sobre la ciudad son escuetas, reducidas prácticamente a conquistas militares, destrucciones, y a la presencia silenciosa de la comunidad monástica en la catedral, y de los obispos vinculados a ella. Don Galindo (922-938) "in regimine monachurum in Pampilona" (924) se intituló "episcopus in Pampilona et in Deio et in castro Sancti Stephani" (928). La serie de "Pampilonenses episcopi" apenas se interrumpe, aunque continúa el silencio documental sobre la evolución de la población.

El documento por el que Sancho el Mayor confirmó los bienes en favor de Santa María de Pamplona, considerado por Paul Kehr "la carta magna de la iglesia del obispo" (1023), y otros documentos regios, revelan que la Iglesia, el obispo y la comunidad monástica poseían la misma villa de Pamplona por donación del rey Sancho llamado Abarca, abuelo del Mayor. Sancho Garcés II añadió los derechos reales que la Corona percibía en la Ciudad, además del Castillo de San Esteban de Deio (986). Lamentando Sancho el Mayor la destrucción sufrida por la catedral y el despojo de sus bienes, realizó al parecer una investigación y ordenó devolverle cuanto le había pertenecido, a lo que añadió una larga lista de iglesias y monasterios distribuidos por todo el reino. La generosa donación y confirmación, considerada como la "restauración de la iglesia de Pamplona", confirma una situación de dominio teocrático sobre la ciudad.

No todo le pertenecía; Sancho el Mayor dio al monasterio de San Salvador de Leire la iglesia de Santa Cecilia con sus tierras y rentas (1038). Las noticias sobre la ciudad permiten dibujar sus rasgos fundamentales. Debemos al profesor Goñi Gaztambide una síntesis de la realidad ciudadana coetánea. Pamplona, única ciudad del reino, se reducía al barrio de la Navarrería, dedicado exclusivamente al cultivo de la tierra. Según el geógrafo musulmán Al Hymyari, "se encuentra en medio de altas montañas y valles profundos, está poco favorecida por la naturaleza. Sus habitantes son pobres, no comen según sus deseos y se entregan al bandolerismo. La mayor parte hablan el vasco, lo que les hace incomprensibles. Sus caballos tienen cascos muy duros, dada la aspereza de su región". En Iruña solamente había una iglesia parroquial, la catedral, dedicada a la Virgen y servida por canónigos regulares. Ejercía la jurisdicción espiritual y temporal sobre la ciudad y su territorio. El señorío civil se extendía al castillo de San Esteban de Deio. Los caminos de Santiago comenzaban a trasvasar peregrinos de toda Europa hacia Galicia.

La ciudad de Pamplona, la diócesis y el reino atravesaban una situación de crisis. Reyes, nobles y pueblo fueron acrecentando el patrimonio de Santa María, la "iglesia cabeza de la provincia donde radica la sede episcopal y a la que acuden los reyes y los príncipes, y todos los pueblos, buscando de rodillas la gracia de aquella Santísima Señora". Asesinado el rey Sancho en Peñalén (1076), los monarcas de Castilla y Aragón se repartieron el territorio. Sancho I Ramírez de Aragón reinará en Pamplona y en buena parte del reino, y Alfonso VI se quedará con la Rioja, Alava, Guipúzcoa, el Duranguesado y Vizcaya. El aragonés expulsó de la sede pamplonesa al obispo Blasco y puso en su lugar al infante García, su hermano, antes obispo de Jaca (1076). La situación empeoró al confiar el obispado a la condesa Sancha, hermana del rey y del obispo: "in sede episcopali iruniensis ecclesie cometissa domna Sancia in commandatione" (1082).

Roma no podía consentir tales irregularidades en tiempos de reforma gregoriana. Envió como legado al cardenal Ricardo y luego a Frotardo, abad de San Ponce de Tomeras, amigo del rey, con plenos poderes para reformar la diócesis. Desde las décadas finales del XI, la Iruña de los canónigos servidores de Santa María en la catedral, y de los labradores y artesanos hijos de la tierra, va a experimentar una transformación radical en su configuración urbana, económica, social y cultural, que marcará el futuro histórico ciudadano.

(1083-1115). El legado pontificio Frotardo y el rey Sancho Ramírez convinieron en confiar la sede episcopal pamplonesa a don Pedro de Andouque o de Rodez, que había sido monje de Conques y en el momento de su elección lo era de Saint-Ponce de Tomeras (1083). Debía transformar la deplorable situación de aislamiento en que se encontraban la iglesia y los diocesanos. El método arbitrado para renovar la organización eclesiástica y la vida religiosa consistió en traer a Navarra monjes y pobladores extranjeros, procedentes del norte del Pirineo, a los que rey y obispo concederán iglesias, tierras y amplias libertades y exenciones. Durante su pontificado practicó sistemáticamente una política antinavarrista, en opinión de su biógrafo Goñi Gaztambide.

El mismo año de su elección confió la tenencia del castillo de San Esteban de Deio a monjes franceses, y debió conceder tierras en el llano de lazain, en Pamplona, a gentes ultramontanas llegadas con él, creando lo que será el Burgo de San Cernin. Recién consagrado obispo en 1084, dio la iglesia de Artajona, con sus rentas, a los canónigos de la catedral de San Cernin de Toulouse, y emprendió la reforma del cabildo catedralicio, dándole la regla de San Agustín. Obispo y cabildo fueron piezas claves en la historia de la Pamplona medieval, por tener el señorío sobre la ciudad y sus habitantes, amén de cuantiosos bienes y franquicias. Pedro de Roda comenzó poniendo las bases económicas para sustento de los canónigos:

"Yo Pedro, obispo de los pamploneses, he dado a los canónigos regulares de dicha sede, presentes y futuros, la iglesia de Santa María, libre, con todas sus pertenencias y diezmos, con sus bienes raíces y cuanto le pertenece o pertenecerá en el futuro. Añadí también para comida de los canónigos el arcedianato que rodea la ciudad de Pamplona, más los molinos de arriba y de abajo para construir la claustra y las casas",

y las rentas de algunas iglesias en la diócesis para vestido de los capitulares. A partir de este momento, el cabildo se convirtió en señor de la ciudad. La dotación garantizaba la subsistencia de los eclesiásticos encargados del culto en la catedral, que en 1140 eran veintiséis. El prelado creó diversos cargos, como prior, camarero, enfermero, limosnero u hospitalero, sacrista o tesorero. Por su importancia para el futuro ciudadano destacamos el cargo de Arcediano de la mesa o de la tabla, encargado de suministrar la comida y raciones a sus compañeros; canongía pingüe, percibía las rentas del arcedianato de la Cuenca de Pamplona y de las iglesias de los valles de Esteribar y Erro, desde Huarte hasta Burguete. En tierras de su jurisdicción se alzó la Población de San Nicolás. En 1100 comenzó la construcción del nuevo templo catedralicio. En él trabajó un renombrado mazonero, "Esteban, maestro de la obra de Santiago" de Compostela; fue recompensado con algunas donaciones por estos años. La catedral románica fue terminada y consagrada por un sucesor en la sede, Sancho de Larrosa, en 1127.

Desde el punto de vista urbanístico, y por las consecuencias sociales, jurídicas y culturales que tendrá para la historia de Pamplona, la empresa más importante llevada a cabo bajo el pontificado del monje-prelado fue la creación de dos núcleos francos frente a la antigua Ciudad de los navarros. Desde el siglo IX en que se divulgó la noticia sobre la presencia del cuerpo del apóstol Santiago en Compostela, comenzó un movimiento de gentes de toda Europa hacia Galicia. Godescalco, obispo de Le Puy fue el primero de quien tenemos noticia (950); siguieron Cesáreo, abad de Santa Cecilia de Montserrat (959), Raimundo II, conde de Rouergue, asesinado en el camino hacia Santiago (961), y Hugo de Vermandois, arzobispo de Reims (961).

Para estas fechas visitaban la tumba del Apóstol peregrinos de todos los países, aumentando la afluencia durante la siguiente centuria. Una de las consecuencias del fenómeno religioso de las peregrinaciones fue el nacimiento y desarrollo de pueblas y de instituciones hospitalarias a lo largo de las rutas, que renovaron e impulsaron la economía, el arte y la cultura. Sancho Ramírez, rey de Aragón y de Navarra, había promovido el asentamiento de pobladores extranjeros en Jaca, otorgándoles franquicias y libertades mediante un fuero especial que les libraba de toda sumisión señorial. La medida cambió radicalmente la fisonomía de la población, convertida en una ciudad dinámica de mercaderes y artesanos, y acogedora para los peregrinos europeos. El núcleo inicial creció, expandiéndose por el Burgo Nuevo o "Burnao". Repitió la experiencia en Navarra y surgieron o se desarrollaron poblaciones como Estella junto a Lizarra, Sangüesa la Nueva, Puente la Reina cabe Murugarren o "Villa Vetula", Monreal en Elo, y otras más.

Dada la especial personalidad jurídica de Pamplona, cuyo tenían el obispo y el cabildo de Santa María, el Rey no podía promover directamente un proyecto repoblador. Lo impulsó el recién llegado obispo Pedro de Andouque. Con ello Pamplona cambiará su faz. Junto a la vieja ciudad de la Navarrería, nombre que aparece ahora para definir la calidad étnico-social de la población autóctona, surgen dos nuevos núcleos en territorio pamplonés: El Burgo y la Población. Son tres conjuntos urbanos totalmente independientes y diferenciados por el origen étnico de sus vecinos, por las normas jurídicas o fueros que rigen su conducta, por las autoridades concejiles y eclesiásticas. Cada núcleo reforzó su singularidad mediante murallas y torres.

La vieja Iruña mantuvo su personalidad urbana y social, circundada por murallas. Siguiendo la tradición romana sobre el emplazamiento del templo y foro, en la parte alta, estaba la nueva catedral románica, con su cementerio y dependencias claustrales. En sus inmediaciones se ubicaron las viviendas del obispo, arcedianos y canónigos, y el Hospital de San Miguel, origen de un pequeño Burgo de vida corta. Por oriente se extendía el barrio judío. Al sur la iglesia de Santa Cecilia, propiedad del monasterio de San Salvador de Leire. Predominaba el vecindario de origen "navarro", calificativo cuyo contenido semántico debe ser interpretado según el Fuero de Estella que lo hace sinónimo de "villano", "rústico" y, consecuentemente, vascohablante. De ahí el topónimo con que desde ahora será personalizada la Ciudad: Nabarr-iria, Nabarrería.

Sobre la calidad del vecindario informaron los monjes de Leire al denunciar el trato desfavorable que recibían del obispo: "En la ciudad de Iruñea nos quita injustamente la tierra que tenemos delante de nuestra iglesia de Santa Cecilia, donde ha hecho edificar muchas casas, poblándolas con sus mezquinos". El dato revela que la repoblación de la ciudad episcopal no se reducía a los Burgos; afectaba igualmente a la Ciudad. Pero frente a la calidad franca de los burgueses, los nuevos habitantes de la vieja Pamplona fueron siervos, "rústicos", "mezquinos". La Navarrería será, por definición semántica y componente social, "la Ciudad de los Navarros", siervos de Santa María, sujetos al señorío del cabildo de la catedral, que ejercía la jurisdicción temporal y espiritual. Desde tiempos antiguos estuvo amurallada. Crónicas y anales aluden a su cerco, repetidas veces desmantelado y arrasado. Así debió suceder también con motivo de la destrucción de la Navarrería (1276). Del cerco antiguo quedan lienzos y torres en la Ronda de Barbazano.

Carlos el Calvo autorizó a los pobladores de la Navarrería que "possint claudere et firmare Ciuitatem muro lapideo" (1324). Carlos II el Malo mandó que "la uilla et Ciudat de la Nauarreria de Pamplona, qui era toda abierta, fues cerrada et fortificada, murada et de torres garnida" (1365). Se accedía a ella por varias puertas: las del Abrevador, al norte (final de la calle Carmen); del Chapitel, frente al Burgo y cerca de la Rúa de los Baños (Mañueta), de la Tejería, al final de la calle Tras el Castillo (actual Estafeta), y las del río y de la Fontana vieja, en la parte sureste de la Judería.

Tuvo personalidad dentro de la Navarrería; llegó a constituir un pequeño burgo. Su origen hay que buscarlo en una alberguería u hospital dependiente de la catedral, para cuidado de peregrinos pobres, atendido por un limosnero y hospitalero, cargo existente por los años 1024. Pedro de Roda lo dotó generosamente en 1084; tenía rebaño propio y percibía un tronco por cada carga de leña que entraba en la Ciudad, más la mitad del derecho de molturación en las ruedas de Mairumilio. Por los años 1125 conoció nuevo emplazamiento frente a la fachada de la catedral. Miguel, criado desde niño en la seo, le dio unas casas para convertirlas en hospital, donde viviría el canónigo encargado de su cuidado. En sus inmediaciones residieron los servidores del centro, dando lugar al barrio y burgo, cuya jurisdicción dependerá del canónigo hospitalero.

Comenzó a formarse frente a la Navarrería durante los primeros tiempos del episcopado de don Pedro de Roda, y en su primer año de estancia en la ciudad, antes de que el prelado confiara los bienes de la catedral al cabildo y adjudicara al arcediano de la mesa las tierras del entorno. Aquí radica una de las diferencias con la Población de San Nicolás, cuyos vecinos tributaban un censo al arcediano de la tabla. Los primeros pobladores debieron llegar con el obispo, instalándose fuera de las murallas de la Navarrerría, por tierras del llano de lazain, en una meseta relativamente llana, mirando hacia Barañain, abruptamente cortada sobre el río Arga por un flanco, y por dos barrancos paralelos, que hoy siguen marcando la "Cuesta de Santo Domingo" y la "Bajada del Portal Nuevo". Un amplio espacio, que durante mucho tiempo será origen de conflictos y luchas intestinas, lo separaba de la Navarrería.

La personalidad del Burgo vino dada por el origen ultramontano de los habitantes, sus actividades económicas, sus fueros y privilegios. Dedicaron su iglesia parroquial a San Saturnino o San Cernin, obispo y mártir, titular de la catedral de Toulouse; con cuyo cabildo mantenía cordiales relaciones el antiguo monje de Tomeras, como lo demuestra la donación de la iglesia de Artajona (1084), la asistencia del prelado a la consagración de la catedral tolosana, junto con Urbano II (1096) y la colaboración para implantar la regla monástica en la seo de Pamplona. El primitivo templo del Santo, del que tomó nombre el Burgo, es mencionado por vez primera en 1107. Según Martinena Ruiz, la planta del Burgo parece revelar un plan preconcebido; de forma hexagonal, está cortada longitudinalmente por la calle Mayor, y ésta a su vez perpendicularmente por una belena (Calle Eslava). La simetría incluye las dos iglesias parroquiales de San Cernin y San Lorenzo, a un lado de la Rúa y próximas a cada portal. Estuvo rodeado por murallas; sus cuatro flancos miraban hacia la Navarrería (Este), la Población de San Nicolás (Sur), el Mercado de la Taconera (Oeste) y el monasterio de Santa Engracia y la Rotxapea (Norte). Por esta parte, asomada al talud sobre el río Arga, solamente había una muralla. El resto estaba defendido por un foso o "baladar", y por torres albarranas de planta rectangular, aunque no faltaba alguna circular ("Torre redonda").

El poema de Annelier sobre la guerra de la Navarrería las enumera por sus nombres; entre ellas estaban las de la Galea, frente a la Navarrería, y la bien venteada de la Rocha, que dio nombre al barrio sito a sus pies: "Rotxapea" o Jus la Rocha. Se accedía al Burgo por dos puertas principales, emplazadas en ambos extremos de la Rúa Mayor: el portal del Chapitel o de la Frutería, próximo a la torre de la Galea y a la parroquia de San Cernin, abierto al mercado o plaza de la Fruta hacia la Navarrería. En el otro extremo, el Portal de San Lorenzo, protegido por la torre-fortaleza de esta iglesia. La belena perpendicular a la Rúa (calle Eslava), terminaba por el norte en el Postigo de las Carnicerías, que permitía salir al río y a la Rotxapea. Estaba protegido por la Torre de la Rocha. En el lado opuesto, frente a la Población, debió existir otro portalete. A finales del siglo XIII habilitaron nuevo portal en la "Pobla nova del Mercat", en el extremo donde confluían las calles Zakudinda y Sanduandia. La personalidad del Burgo radicó en el origen de sus vecinos y en sus privilegios y actividades.

Procedentes del norte del Pirineo, de Cahors, según el Príncipe de Viana, y de otras regiones, una vez consolidado, Alfonso el Batallador otorgó en 1129 el fuero de Jaca "vobis totos francos que populaueritis in illo plano de Sancti Saturnini de Iruina". Les concedió la exclusiva de venta de pan y vino a los peregrinos jacobeos, la exención de pago de peaje y lezta en el reino, y espacio para celebrar mercado "in iilo plano de iila parte de Baragnien". El Batallador señaló un espacio neutro de separación, desde la Navarrería hasta el Burgo, donde nadie podrá construir: "quod non habeant nulla casa de Sancta Cecilia usque ad ista populatione". Tampoco podrían construir muralla, torre ni fortaleza frente al Burgo: "nulli homines de altera populatione non faciant murum, neque turrim neque fortalezam aliquam contra ista populatione". Por su situación jurídica y económica especial, los burgueses no admitirán navarros en su puebla, excepto para realizar faenas serviles.

Dedicados al comercio, al préstamo y cambio de dinero y oficios artesanales, organizaron tempranamente corporaciones gremiales. El Burgo quedó sometido a la jurisdicción episcopal, aunque con cierta vinculación o dependencia de la Corona, representada por un "almirante". En el documento de concesión del fuero de Jaca (1129), Alfonso el Batallador confirmó la donación del Burgo "a Dios y a Santa María y al obispo de esta sede"; este dominio será perpetuo e intransferible; el Burgo deberá permanecer siempre en poder del prelado, quien designará alcalde. En el municipio burgués, el almirante representaba al rey. La elección de alcalde se hacía por el sistema de designación de tres hombres buenos, a cargo de los vecinos; presentada la terna al obispo, éste nombraba a uno. El gobierno corrió a cargo de la "universitas" de los vecinos, representados por veinte "jurados". Los cargos eran anuales. Este núcleo no se llamará Ciudad ni villa, sino "Burgo", "Burgo de San Cernin", y "Burgo viejo" cuando nazca próximo el "Burgo nuevo".

(Crismón). In nomine domini nostri Ihesu Christi. Ego Adefonsus, Dei gratia rex, facio hanc cartam donationis et confirmationis uobis totos francos qui populaueritis in illo plano de Sancti Saturnini de lruina. Placuit mihi libenti animo, obtimo corde et spontaneam uoluntatem, el pro amore quod ibi populetis et fiketis, de bono corde dono el concedo quod habeatis tales fueros in totas uestras faciendas et in uestros iudicios quomodo fuerunt populatos illos populatores de Jaka. Et concedo uobis totos montes per pascere et taliare qui sunt meos et de Sancta Maria, de .I°. die quantum potuerint acalçare. Et similiter concedo uobis illos pratos per pascere. Et quod faciatis mercato in illo plano de illa parte de Baragnien. Et nullus homo non populet inter uos nec nauarro neque clerico, neque nullo infançone. Et nullo homine que populauerit cum uos, quod sic faciat quomodo feceritis unoquoque de uobis. Et quod nullus homo non uendat pane nec uino ad romeo nisi in ista populacione; et qui hoc fecerit, peitet LX. solidos ad illo episcopo. Et quod non habeat nulla casa de Sancta Cecilia usque ad illa populacione. El hoc totum donatiuum sicut superius est scriptum, quod habeatis et possideatis illum saluum el firmum et securum uos et filios uestros et omnis generacione uel posteritate uestra, salua mea fidelitate et de omni posteritate mea per secula cuncta, amen. Et qui hoc suprascriptum disrumperit, peitet mille solidos. Ista populacione de Irunia dono ad Deo el ad Sancta Maria et ad illo episcopo de illa sede. Signum Adefonsi (signo) regis.

Facta carta donationis era .M'.C'.LX'.Vll., in mense september, in Altafala. Regnante me Dei gratia rex in Castella, et Aragone siue in Pampilonia, in Superarbi et in Ripacurcia. Episcopus Stephanus in Hoscha. Episcopus Sancius in lrunia. Alius episcopus Sancius in Nagera. Episcopus Michahel in Tereçona Episcopus Petrus in Rotha. Comite Retro in Tutela. Uicecomes Gaston in Saragoça. Senior Lop Arceiç in Alagon et in Luna. Senior Ato Orella in Ricla et in Sangossa. Senior Frango Lopiç in Soria et in Sancti Stephani. Senior Lope Enequiç in Borobia el in Cellerico. Senior Ximino Enecons in Greta. Senior Caxal in Nagera et in Tharocka. Gassion in Belforatho. Oriol Garceiç in Castro et in Exeia. Petro Tizon in Stella et in Montcluso. Senior Enec Semenos in Calataiube el in predicta Altafala. Senior Castange in Biele. Senior Fortunio Lopiç in Aierbe. Senior Pere Petit in Boleia et in Loharre. Senior Sanç Johan in Hoska. Johan Galinç, in Labata et in Portusa. Lope Fortuinons in Albero. Senior Tiçon in Boile. Alto Arceiç in Barbastro el in Petraselce. Senior Lop Sanç in Belgit. Guatrant in Maria. Orti Ortiç in Morella. Ego Semeno scriptor sub iussione domini mei regis hanc cartam scripsi et de manu mea hoc signum (signo) feci.

Nos autem frater Michael, guardianus Pampilone, frater Enecus Rollandi, frater P[etrus] Sanci el frater Petrus de Solario uidimus originale istius exemplaris de uerbo ad uerbum, non uiciatum, non abditum, nec in aliqua sui parte corruptum. Et in testimonium huius rei el euidentiam pleniorem, ad preces et instantiam iuratomm et aliorum bonorum uirorum burgi Sancti Saturnini, ego predictus frater Michael sigillum conuentus fratrum Pampilone duxi presentibus apponendum, presentibus fratribus supradictis.

Ref. José María Lacarra y Ángel J. Martín Duque. Fueros de Navarra-I,Fueros derivados de Jaca, 2, Pamplona.

El éxito de la repoblación puede medirse por la afluencia de gentes que a principios del siglo XII habían desbordado el espacio previsto para el Burgo, extendiéndose por la llanura oriental contigua. La diferencia cronológica que separa la creación de ambos núcleos no debió ser muy grande, a pesar de lo que afirma un documento de 1346:

"Sabet que empues gran tiempo que el dicho Burgo fue poblado, en una pieça que era del Arcidiagno de la tabla de Sancta Maria de Pomplona, que se atenia con el bailladar de los muros del dicto Burgo, poblaron los de la Poblacion de Sant Nicolas de Pamplona, a cierto cens cada codo de sus casas pagar".

Como en Jaca, donde esta nueva puebla se llamará "Burnao", y en Estella, donde será "Borc nouel" o "Burunel", en Pamplona lo llamaban en 1110 "Burgo nuevo". La denominación, mantenida durante el siglo XII, revela una intención inicial de ser prolongación del Burgo Viejo. Sin embargo, las diferencias entre uno y otro fueron grandes y, como los núcleos francos crea dos desde finales del XII en Estella, Sangüesa y Monreal, terminará llamándose "Población". Alzada frente al valladar o muralla y foso del Burgo, del que lo separaba un espacio que será continua fuente de fricciones, la planta rectangular es copia de las bastidas norpirenaicas, que se repetirán durante el reinado de Alfonso el Batallador (1104-1134) en Sangüesa, Puente la Reina y Villava: una rúa mayor central (Calles San Nicolás y San Gregorio), orientada de noreste a suroeste, y una belena perpendicular (Calle San Miguel), en cuyo extremo se emplazó el templo dedicado a San Nicolás de Bari. Poblada por gentes ultrapirenáicas y navarras, formó un municipio, con almirante representante de la Corona, alcalde, jurados y universidad vecinal. Edificada en terreno adjudicado al Arcedianato de la tabla, correspondió a esta dignidad "dominium Noui Burgui cum redditibus suis et ecclesiam Sancti Nicolai cum oblationibus suis", según fue reconocido en 1177.

En reconocimiento del señorío, los propietarios de casas debían abonar al Arcediano un censo anual proporcional a la longitud de las fachadas. Estuvo fortificada mediante un cerco de planta rectangular, presidido por el templo-bastión de San Nicolás. Annelier menciona entre las torres las de María Delgada, en el extremo noroeste del recinto, cerca de la puerta del Mercado, la Torre redonda y la de los Triperos. Tenía acceso por los portales del Mercado y de la Salinería, en los extremos de la antigua calle de la Zapatería; el primero en el extremo suroccidental del recinto, también llamado de la Zapatería (hoy San Antón), de María Delgada, por su proximidad a esa torre, y "de la Traición" desde 1471; el de la Salinería en el extremo nororiental. Hubo una tercera puerta, la de la Tripería, a la salida de la actual calle Comedias. Las salidas de la belena perpendicular (hoy San Miguel) estuvieron también defendidas por sendos portales; el suroriental de San Nicolás, contiguo al templo-fortaleza del santo, comunicaba con la Taconera y de él salían los caminos hacia la Ribera. El fuero por el que se regían los vecinos del Burgo Nuevo de San Nicolás de Pamplona fue otorgado en 1184 por Sancho el Sabio a los pobladores de Villava.

Alfonso el Batallador legó el reino patrimonial de Pamplona a las órdenes militares. Los navarros no aceptaron la voluntad del monarca y, mientras los aragoneses reconocían a Ramiro II el Monje, prefirieron a García V Ramírez el Restaurador (1134-1150), que tuvo el apoyo del obispo de Pamplona y del cabildo de la catedral. El rey lo agradeció dando a Santa María de Iruña y al obispo Sancho las villas de Salinas (Yániz) y Zuazu y el castillo de Oro, más trescientos sueldos sobre el portazgo de Pamplona (agosto 1135). El ejemplo del monarca fue secundado por la nobleza del reino y las limosnas se sucedieron. Entre los bienes inmuebles pertenecientes a la catedral, Celestino II menciona: "toda la Ciudad de Pamplona, con todas sus iglesias y tierras, viñas, huertos, molinos y censos", declarando a la catedral libre de cualquier poder secular (1144). Rigiendo la diócesis don Lope de Artajona (1142-1159), murió el rey cuando cazaba en Lorca y le sucedió su hijo Sancho el Sabio.

Para remediar su precaria situación económica, el prelado le entregó la ingente suma de 1.250 áureos. Estalló al poco un enfrentamiento interno entre los arcedianos de la catedral, uno de cuyos elementos más destacados fue el inglés Roberto de Ketton. La guerra civil tuvo trágicas consecuencias. En 1156 "los hombres morían de hambre", afirma un documento de Artajona. Sancho el Sabio invadió territorio aragonés. El obispo Lope se entregó al conde Ramón como rehén para lograr la paz. El navarro entró "manu militari" en la Ciudad episcopal, ocupó murallas y torres, se apropió de los bienes de la mitra y desterró al obispo. Los Burgueses de San Cernin apoyaron económicamente al rey, quien pagó sus servicios confirmando los fueros "a todos los burgueses de Pamplona, presentes y futuros, por los muchos y buenos servicios que me habéis hecho, y por las muchas contrariedades soportadas" (1155, 1158). Al morir el obispo, cada facción navarra eligió sucesor; los partidarios del rey designaron al infante Sancho, hijo del monarca, y el bando contrario a un tal Pedro. El cisma duró cuatro años, hasta que en el concilio de Tours el Papa destituyó a los dos (1163), ocupando la sede posteriormente don Pedro de París, natural de Artajona (1167-1193).

Sancho el Sabio autorizó a su hijo el obispo y a los canónigos para que admitieran una comunidad judía; gozaría los mismos fueros que los hebreos estelleses (1164). Dispuesto Pedro de París a garantizar la paz, repartió generosamente rentas entre los canónigos, concediéndoles "el dominio de la villa de los Navarros (Navarrería) de Pamplona, con sus rentas, el dominio del Burgo Nuevo con sus rentas, y la iglesia de San Nicolás con sus oblaciones" (1177). No cita el Burgo viejo de San Cernin, que se mantiene al margen del dominio capitular. Tres años después, los poderosos burgueses acordaron mantener los fueros y privilegios otorgados por Alfonso el Batallador, singularmente la prohibición de avecindamiento de infanzones, clérigos y navarros, excepto los necesarios para el servicio, y los hijos de franco o franca, que no podrán equipararse al resto de vecinos ni ser testigos contra los burgueses, ni podrán ejercer el comercio, ni se les concederán casas en arriendo, ni tendrán mesas ni tiendas, ni ejercerán oficios de "cambistas, albergadores, tenderos, alfayates o sastres, merceros, pelaires, carniceros, silleros, albarderos, freneros, herreros, zapateros, asteros, peleteros, campaneros, caldereros ni tejedores".

Si un burgués quebrantaba el compromiso, sería castigado con expulsión del Burgo y destrucción de su casa. El obispo aprobó el estatuto (agosto de 1180). Pasado el primer momento de crecimiento demográfico de la Navarrería, siguió la crisis y la despoblación, si hemos de creer las palabras del rey al impulsar su repoblamiento en 1189: "Ut illam partem Pampilonensis ciuitatis que Nauarreria dicitur, et depopulata erat valde, facerent populari". Previamente, los navarros de Iruña y el obispo donaron al rey "mille aureos optimos et totum pratum quod dicitur Aceillalanda". Agradecido, el rey suprimió definitivamente la clavería; los bienes del patrimonio real pagarían diezmos a la seo, todos los vecinos de la Navarrería gozarían el fuero del Burgo de San Cernin, aunque cada año, el día de la Asunción de la Virgen, abonarían dos sueldos por cada 12 codos de fachada abierta a la calle. En este aspecto, el fuero es parecido al otorgado por el mismo rey a las poblaciones de San Salvador del Arenal y del Parral del Rey en Estella.

Revocando expresamente el privilegio concedido por Alfonso el Batallador al Burgo, y vulnerando sus intereses, Sancho el Sabio dio un paso de graves consecuencias. Dispuesto a conceder suelo edificable a los de la Navarrería, les dio el terreno que se extendía hasta la barbacana de San Cernin, todo ello "cum consilio et assensu predicti episcopi". Con motivo de esta repoblación debió cobrar personalidad y consolidarse como Burgo el barrio de San Miguel, siempre dentro de la Navarrería y corriendo su misma suerte.

Crismón. In nomine omnipotentis dei. Hec est carta quam omnes burgenses pampilone de burgo uetero Sancti Saturnini per mandatum et consilium domini Sancii regis nauarre et Petri pampilonensis episcopi imperpetuum ualituram fecerunt. Statuentes quidem quod omnia que rex Aldefonsus qui eos populauit pro foro eis dederat firmiter teneant et pro posse suo obseruent. Predictus enim rex Aldefonsus dedit eis et concessit pro foro quod nullus infanzom neque clericus neque nauarrus popularet inter prefatos burgenses. Super hoc concordati burgenses statuerunt inter se ut nauarros de se eicerent et eicerent eos exceptis illis quos placuit eis retinere pro uicinis et sunt scripti in carta quam burgenses supranominati tenent. Tamen nauarri isti que scripti sum in carta burgensium non recipientur pro testimoniis contra burgenses nec burgenses dabunt illos pro testimoniis contra aliquos extraneos. El sepenominati burgenses statuentes iurauerunt ut nunquam de cetero nauarros uicinos recipiant nisi sit filius franci uel france, nec acomodent eis domos nec locent nec tabulas neque tentoria nec doceant eos cambiare, albergatores esse, tentores, alfaiades, merceros, corrieros, carniceros, sellerios, bardonarios, frenarios, ferrarios, çapaterios, asterios, peletarios, campanerios, calderarios, textores. Set recipient eos inseruientes et fornarios et bregatores. Et nullum alium ministerium doceantur. Et si aliquis uicinus de prefato burgo Sancti Saturnini hoc sacramentum disrumperit, demos eius destruatur et a uilla et consorcio predictorum burgensium eiciatur. Signum (signo) regis. Et sunt testes istius suprascripti Lupus de ualterra maiordompnus regis. Sancius de Sogio alferiz per manum remiri de petrola Radulfus de Sancto egidio. Johanes de sangossa. Remundus de sancto egidio. Guilelmus belamel. Et ferrandus notarius qui hanc cartam scripsit. Facta carta mense augusti in pampilona, Era MaCCaXVIIIa. Ego petrus dei gracia pampilonensis episcopus supradicta hoc (signo) signo confirmo.

Ref. Mª Ángeles Irurita, El municipio de Pamplona en la Edad Media.

Sancho el Fuerte (1194-1234) comenzó su reinado coincidiendo con la elección del castellano García Ramírez como obispo de la diócesis (1194-1205). Celestino III trataba de coaligar a los reyes cristianos para una cruzada contra los almohades, con quienes había pactado el monarca navarro. El obispo don García le exhortó, en nombre del Pontífice, a romper su alianza con los enemigos de la Cristiandad y a confederarse con los cristianos (1196). Poco después, Alfonso VIII de Castilla y Pedro II de Aragón se repartieron el reino navarro (1198); el castellano conquistó Miranda e Inzura, y el aragonés Aibar y Burgui. El obispo ayudó al rey dándole 70.000 sueldos, que se cobró inmediatamente la catedral por donación del palacio real de San Pedro de la Navarrería con sus dependencias, la finca de Acellalanda y el diezmo del peaje de Pamplona, además de exenciones y promesa de respetar los fueros del Burgo viejo, del nuevo y de la Navarrería.

Durante la primavera de 1199 el rey de Castila rompió las treguas, invadió el territorio navarro por Alava y puso sitio a Vitoria. Sancho el Fuerte corrió en busca de socorros a tierras almohades. Otras fuentes lo suponen manteniendo relaciones amorosas con la hija de un rey moro. Una embajada dirigida por el obispo don García, le visitó para exponerle la situación de los vecinos de Vitoria. Cuando regresó el monarca, pudo comprobar que el castellano había conquistado Alava y Guipúzcoa. Las primeras décadas del siglo XIII quedaron marcadas en Pamplona por la ingerencia creciente de la Corona en la administración de la Ciudad episcopal, produciendo constantes conflictos. La elección de Juan de Tarazona para obispo (1205), en la que debió influir el monarca, motivó las protestas de buena parte de los Canónigos, que le acusaron ante Roma de inmoralidad y otros excesos. Verificada una investigación, Inocencio III le despojó de la sede.

Sancho el Fuerte se sublevó; apeló ante el Papa y prohibió entre tanto nombrar nuevo prelado. Desobedecieron los canónigos; el rey los desterró y confiscó sus bienes. El obispo murió en Roma, a donde había ido para defenderse de los cargos. Pamplona quedó dividida en dos bandos, campeando la violencia y la inseguridad. Sancho el Fuerte penetró "manu militari" en la Navarrería y destruyó el hospital de San Miguel. Permitió a los del Burgo construir una nueva muralla, "el valladar", frente al cerco de San Nicolás, cuyos vecinos protestaron, alegando que el terreno "pertenece y pertenecía en propiedad, a San Nicolás y al Arcediano de la tabla de Santa María desde antes de ser fundada la Población". De regreso de la célebre batalla de las Navas de Tolosa (1212), don Sancho encontró gobernando la diócesis a Espárrago de la Barca. Rey y obispo procuraron resolver sus diferencias para lograr la paz, firmando un convenio (14 de abril de 1213) que debía tener vigencia durante veinte años.

Contra quienes mataran, hirieran o golpearan a otros, señalaron penas que llegarían a la muerte en hoguera para los incendiarios. Como los de la Navarrería y la Población comenzaran a reforzar sus defensas, el monarca ordenó "que los hombres de la Navarrería pamplonesa ni los de la Población de San Nicolás en modo alguno hagan cerrazones de muro, torres, barbacanas ni otra fortaleza contra el Burgo ni sus hombres" (1214). "Los Navarros de la Navarrería" desobedecieron y alzaron un torreón frente al Burgo; don Espárrago mandó derruirlo, prohibiendo en el futuro la construcción de fortificaciones frente a San Cernin, considerando que ir contra éstos era perjudicar los intereses del prelado y de Santa María (1215). Poco después era designado arzobispo de Tarragona.

Sucedió en la sede el francés Guillermo de Saintonge. Su breve pontificado se cerró con un sínodo que excomulgó al rey y lanzó entredicho contra todo el reino, al negarse don Sancho a devolver a la catedral los castillos de Huarte, Oro y Monjardín, usurpados a la Iglesia, junto con casas censales y otros muchos bienes reclamados por los canónigos. Muerto don Guillermo, el rey puso al frente de la diócesis a su propio hijo el infante don Ramiro de Navarra (1220-1228). Poco después tuvo lugar la destrucción de la Población. Coaligados los de la Navarrería con los de San Nicolás, atacaron a los del Burgo, quienes invadieron la Población, saquearon e incendiaron casas y mataron a vecinos. Afirma la "Crónica" del Príncipe de Viana que "los habitantes de la Población se retrajeron a la iglesia de Sant Nicolás, e los del Burgo quemaron la eglesia et mataron mucha gente que en ella estaba", sin respetar algunas hermosas doncellas. En los pilares de la iglesia restaurada pueden verse aún sillares calcinados.

Conocido el desastre, el arzobispo de Tarragona exigió a los del Burgo que repararan los daños; no hicieron caso. Sancho VII y su hijo el obispo ajustaron una concordia con todos los vecinos. Los de San Nicolás, Navarrería y San Miguel debían olvidar lo sucedido, sin exigir indemnizaciones. Los de San Cernin renunciarán a sus demandas sobre el fosal; "Homines de Populatione reedificent domos uas et eas possideant perpetuo pacifice et quiete"; pero los cimientos de piedra de las casas sitas frente al foso y valladar del Burgo no podrán pasar de tres codos de altura, debiendo ser el resto de los muros de madera, sin ventanas, troneras, orificios ni vertido de aguas al foso de San Cernin; no alzarán fortaleza frente al Burgo, debiendo ser derruidas las existentes; podrían alzar y armar libremente el resto de fortificaciones del perímetro exterior. El obispo cedió a su padre el rey los castillos contenciosos (28 de julio de 1222).

Una nueva disposición del monarca concedió que el discutido espacio sito entre la Navarrería y la barbacana del Burgo fuera común de los de San Cernin y San Nicolás (1226). Procuró Sancho el Fuerte que, al fallecer su hijo, la mitra recayera en hombre de su confianza, el pamplonés Pedro Remírez de Piédrola (1230-1238).

A los grandes monasterios benedictinos de Leire, Irache e Iranzu, y a la multitud de monasterios diseminados por el reino, se sumaron durante el siglo XII los templarios, la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén y los cistercienses. Ninguno de ellos fundó en Pamplona, feudo de la catedral. El siglo XIII fue el de los conventos de monjas y frailes mendicantes: clarisas, dominicos, franciscanos, agustinas. Durante la siguiente centuria se establecerán los carmelitas, agustinos y antonianos. Siguiendo una práctica general, durante el siglo XIII las fundaciones se hicieron en extramuros, más o menos cerca de los recintos amurallados, generalmente en ermitas rurales. A los motivos que frailes y monjas pudieran tener para no fundar dentro de las poblaciones, se añadía en Pamplona la circunstancia del dominio eclesiástico, que había de crear problemas con los franciscanos. Unicamente cuando desaparezca ese dominio y Pamplona pase a ser señorío de la Corona, los religiosos comenzarán a edificar sus conventos intramuros.

Los enfrentamientos entre Sancho el Fuerte con el Burgo, por una parte, y los canónigos con la Navarrería, San Miguel y la Población, por otra, no estuvieron motivados por los solares emplazados entre la Ciudad y el Burgo, ni por la posesión de unos castillos o unas rentas, circunstancias que sirvieron de pretexto para las hostilidades. Nacían de dos concepciones contrapuestas: dinamismo burgués y teocracia conservadora. Las tensiones crecieron al ocupar el trono los reyes de la Casa de Champaña. Teobaldo I juró guardar los fueros y costumbres del país (1234). Comenzó su reinado siguiendo la línea marcada por su tío el Fuerte; se alió con el obispo, cometió atropellos contra villas e infanzones, y protegió y confirmó sus fueros en Pamplona "a nostros amados et leyales borzes del Burgo de Sant Saturnino" (1237). El año anterior, la Ciudad de la Navarrería y la Población de San Nicolás se habían repartido a medias "els chapitels" o terreno de separación entre los dos núcleos.

Sabuda cosa sia a totz homnes, als qui son presentz et als qui son por uenir, que esta es carta de remenbrança de la composition que faziren los .XII'. de la cibtat de Pampalona et los .XII. de la poblacion de Sant Nicholau, sobre ço que auien clams los uns dels altres, dels chapitels que son entre las dos vilas; doncs conuen a saber que los XII'. de las dos vilas sobrescriutas se son adobatz amoralment et a volontat de las dos partidas, en tal manera que aquetz dos chapitels sobrescriutz' sien per mey comunals totz temps d'aquest dya en auant de las dos vilas sobreditas, asi que nenguna de las vilas non aya que demandar res en aquetz chapitels per si sens l'altra, nomnadament la cibtat et la poblacion. A mayor fermetat d'esta composicion et per que d'aqui en auant demanda ni contenta entre estas dos vilas non se puysca leuar sobre aquetz chapitels, faziren los XII. de las vilas sobreditas escriure esta carta per .A.B.C. partida, sayelada ab los seyels de las dos vilas. En testimoniança d'esta composition tot aquo fu fait in era .Ma.CCª.LXXª.IIIª., el mes de juill, el temps que furen dels XII. en la cibtat don Caritat, don Semen de Cucuillo, don Arnalt de Sancta Çezilia, don Pedro d'Esparça, don Gil Çabater, don Pedro de Mutiloa, don Jenego Ederra, don Orti d'Aldaua, don Semen Murde, don Johan Breton, don Miguel d'Artiga, et don Johan Bon çabater. Et en la poblacion don Pedro d'Echalatz, don Martín d'Undio, don Sancho d'Uchar, don Johan Bodin, don Orfi lo Saui, don Lop de Locoath, don Lop de Çuelque.
Ego Johannes Alegre scriptor, mandato. XII. predictarum villarum, scripsi cartam istam et hoc meum signum (signo) posui.

Ref. J. M.ª Lacarra y Ángel Martín Duque, Fueros de Navarra 1, Fueros derivados de Jaca, 2, Pamplona.

(1255). Dispuestas ambas autoridades civil y eclesiástica a solucionar las diferencias existentes sobre jurisdicción en la Ciudad, entablaron negociaciones y llegaron a un convenio en Estella (6 diciembre de 1255). En él concretaron distintos aspectos económicos y jurídicos sobre iglesias, clérigos, diezmos y primicias. Los bienes disputados en Pamplona fueron repartidos a partes iguales entre el trono y el altar; el palacio de San Pedro, construido por Sancho el Fuerte, sería devuelto a la Corona, que se reservó algunos derechos como el ejército y cabalgada. "En adelante Pamplona dejará de ser una ciudad exclusivamente episcopal", según afirma Goñi Gaztambide.

Reunidos en el castillo de Tiebas, obispo y rey comenzaron a poner en práctica lo concordado y nombraron de común acuerdo almirante, alcalde y baile para el Burgo de San Cernin; los elegidos juraron ejercer el cargo en nombre de ambos mandatarios. Pidieron al papa Alejandro IV la ratificación del tratado (1256) y en Larrasoaña ratificaron su reconciliación. Por desgracia, los canónigos denunciaron el concordato como perjudicial a los intereses de la Iglesia, y Alejandro IV lo anuló (1257). Se volvía a la situación jurídica anterior; prelado y canónigos seguían siendo dueños y señores absolutos de la Ciudad, sin parte alguna de la Corona.

Convencidos de que la paz solamente podía ser fruto de la unión, los vecinos de las cuatro poblaciones se reunieron, renunciaron a sus diferencias, se comprometieron a mantenerse unidos y en paz en un solo concejo, y juraron cumplirlo así, so pena de ser tratados como perjuros y traidores manifiestos (1266). Llegados al trono Enrique I, sucesor de Teobaldo II, encontró a Pamplona unida, regida por una sola corporación. En 1271 juró "a los veinte jurados e a todo el pueblo de toda la villa de Pamplona" mantenerles los fueros, deshacer los contrafueros, y respetar las ordenanzas y convenios firmados en 1266. Siguiendo costumbres del Burgo en casos de asesinato, los jurados encarcelaron al autor de una muerte. El prior, que no reconocía lo convenido en Estella, exigió su entrega al almirante del obispo. La desobediencia supuso la excomunión lanzada por el obispo Armingot contra todos los jurados, por usurpar la jurisdicción de la Iglesia. Nuevas negociaciones abocaron en un convenio por el que la jurisdicción sobre Iruña pasaba íntegramente a la Corona (1273).

(1276). Poco antes de fallecer el rey Enrique, en julio de 1274, el obispo, prior y cabildo ofrecieron al concejo de la Navarrería treinta mil sueldos, invitándole a romper la unión jurada con el Burgo y la Población. Los vecinos pidieron al rey la anulación del pacto; el rey la concedió y rompió el sello común que venían usando. Pamplona quedó escindida en dos bloques: La Catedral, con los vecinos de la Navarrería y San Miguel, frente al municipio de San Cernin y San Nicolás. Muerto don Enrique, heredó el trono su hija de dos años, doña Juana, bajo la tutela de su madre Blanca de Artois, hermana del rey S. Luis de Francia. Las Cortes nombraron gobernador del reino a Pedro Sánchez de Monteagudo, señor de Cascante. Castilla y Aragón resucitaron viejas aspiraciones sobre Navarra. Jaime I el Conquistador merecía el favor de las Cortes, frente al grupo partidario de un acercamiento a Castilla, en el que se contaban García Almoravid, señor de las Montañas, el obispo, los canónigos y los vecinos de la Navarrería. Alfonso X el Sabio concentró sus ejércitos en la frontera navarra, conquistó la villa de Mendavia y puso sitio a Viana. En vista de la situación, la Reina madre tomó a su hija y la llevó a la corte de Francia, poniéndola bajo la tutela de su primo Felipe III el Atrevido.

(1290-1291). En documento elevado al Papa, el obispo Sánchiz de Uncastillo expuso la realidad de Pamplona. La Reina posee la ciudad "como ocupada contra traidores", basada en que la jurisdicción había sido concedida al prelado, "salva la fidelidad al rey", que no había sido guardada. Los ciudadanos se negaban a pagar los censos de sus casas y hornos y elegían a los jurados que gobernaban la Ciudad. Obispo, prior y cabildo pactaron con la Corona. La Iglesia cedió la mitad de Pamplona y sus términos, rentas, diezmos, primicias y limosnas. Habrá un solo alcalde y almirante, y todos los cargos serán nombrados de común acuerdo por el rey y el prelado, cuyas armas ostentarán. La Reina devolverá sus bienes a los inocentes, permitirá reconstruir la Navarrería, entregará una renta anual al obispo y serán respetados los bienes y derechos de los canónigos. Sánchiz de Uncastillo marchó a Roma para obtener del Papa la aprobación, pero no lo consiguió. Burgo y Población, unidos en un municipio desde 1266, ratificaron la unión. En adelante "siens uns et ayen un consseyll et una comunidat, et ayen uns juratz, et aquetz juratz sien vint pera governar".

Los veinte jurados, diez por cada universidad, renovados anualmente, recaudarían impuestos y rentas, empleándolos en provecho del común de los vecinos. Tendrán un solo sello, de placa y pendiente: "que ayen un sayel grant et un altre pent, et non plus", y una bandera o "seynal capdal". Harán justicia dos alcaldes, uno por cada universidad por tener fueros distintos. Convinieron también la altura y forma que debían tener las paredes de las casas en la población, singularmente las que miraban al valladar del Burgo. El convenio fue aprobado por Felipe el Hermoso, I de Navarra y IV de Francia (1290). El contenido del suscrito por los vecinos quedó modificado sustancialmente por el que al año siguiente ajustaron la Corona y el Obispo, repartiendo el dominio de la Ciudad entre la Reina, el obispo, el arcediano y el hospitalero.

No habrá concejo único. Cada una de las cuatro universidades tendrá sus respectivos alcaldes y almirantes; elegidos por la Reina y el obispo los de San Cernin; por la Reina y el arcediano de la mesa los de la Navarrería y la Población; por la Reina y el canónigo hospitalero los del Burgo de San Miguel. Los elegidos jurarán el cargo cada año alternativamente en el palacio real y en el episcopal. Todos los empleados municipales ostentarían los emblemas de la Reina, obispo, arcediano y hospitalero, en cuyo nombre serían publicados los pregones. La Reina podría construir un palacio en Iruña, donde quisiera. El concordato suponía nueva ruptura de la unidad municipal, con tanto esfuerzo alcanzada. Al aprobarlo Bonifacio VIII (1 enero de 1298), los jurados presentaron recurso ante la Sede Apostólica, pidieron explicaciones al obispo (1301) y pidieron la anulación del convenio.

Luis I Hutin (1305-1316) quiso hacer realidad la cláusula de concordato aprobado en 1298 que facultaba a la Corona la construcción de un palacio en Iruña. El castillo se alzó frente a las ruinas de la Navarrería y a la Población de San Nicolás, en el terreno del Chapitel. Las obras comenzaron en 1308. Entre sus directores se contó con Gil "lo maçoner". Durante tres años trabajaron docenas de canteros, carpinteros, carreteros, braceros y mujeres. La piedra fue traída de los "marcueros" a que habían quedado reducidas las casas de la Navarrería, y de las "pereyeras" de Astrain, Cizur, Ezpilze, Guendulain y Ezcaba.

Debió tener sendas puertas en cada flanco: por el norte la "porta media castri", frente a la cual arrancaba la "belena traversana" (actual Bajada de Javier); otra en el oriental, mirando "enta Sant Jacme"; la meridional hacia Zorriburbu, y "el portal mayor" hacia la muralla de la Población, en la explanada del Chapitel, ante la cual tenían lugar los mercados. Este castillo, que dio nombre a la plaza más cordial de la Ciudad, fue demolido al conquistar el reino los ejércitos castellanos del Duque de Alba.

Aprovechando el viaje a París para jurar al nuevo monarca Felipe el Luengo, el obispo Arnaldo de Barbazán y una representación de los canónigos convinieron con el soberano un concordato que sería definitivo (1319). Los eclesiásticos renunciaron expresamente a un señorío sobre la ciudad que, según el propio prelado, nadie reconocía en la práctica; los jurados y los ciudadanos hacían caso omiso de órdenes y excomuniones. Desde ese momento el rey se convirtió en dueño y señor de la Ciudad, de las multas, lezdas, alcabalas y otras rentas, y de los censos que los vecinos de San Nicolás venían pagando desde la fundación, y de los que en adelante pagarían los de la Navarrería reconstruida.

La iglesia catedral de Santa María se reservó la propiedad de sus casas y bienes, beneficiándose con una renta anual asignada por la Corona. El rey debía emprender sin demora la reconstrucción de la Ciudad de la Navarrería. Pamplona, que jamás había sido capital del reino ni residencia habitual de los reyes y la corte, por más que reyes, reino y regnícolas se intitularan "de Pamplona" y "pamploneses", ahora estrenaba nueva etapa histórica. Carlos II el Malo comenzó a llamarla "cabeça et la mas principal del regno, porque en la dicta ciudat se funda la cathedral eglesia de Sancta Maria, en la quoal los reyes de Navarra se suelen et han acostumbrado coronar" (1366). Parecidas razones adujeron los reyes Juan de Albret y Catalina en 1499: Pamplona es la ciudad más insigne del reino "por ser caueça de la diocessi, donde la yglesia cathedral esta dedicada, et todos los reyes de nuestro regno reçiuen el santo sacramento de la unction e su real coronamiento".

Hacía casi medio siglo que había desaparecido la Navarrería. Pamplona seguía siendo un municipio, formado por la Población de San Nicolás y el Burgo de San Cernin, en el que había nacido un barrio de labradores navarros, "La Pobla nova del Mercat". Por estos primeros años del siglo construían en la catedral el suntuoso y elegante claustro que sustituyó al románico de los capiteles historiados, alguno de los cuales se conserva en el Museo de Navarra. En virtud de lo pactado en París, el gobernador Ponce de Morentaina inició la reconstrucción de la Ciudad. Las primeras cuentas conocidas fueron rendidas en 1323. Al año siguiente, Carlos el Calvo expidió el privilegio de reedificación (París, 1324). El reparto de solares se hizo según sistema tradicional, señalando un cánon o censo anual perpetuo por codo de fachada, a pagar (al rey en este caso) en fecha determinada. Así lo habían hecho al fundar las poblaciones de San Nicolás de Pamplona, y en las estellesas de San Salvador del Arenal (1187) y San Juan (1188).

El mismo procedimiento utilizaron durante el siglo XVI al urbanizar el Prado de San Juan (actual Plaza de Santiago) en Lizarra. La cantidad a pagar en Pamplona osciló entre seis y dos dineros. El barrio más cotizado (6 dineros el codo) fueron las rúas o barrios de San Prudencio o de los Peregrinos (actual Carmen), San Miguel, Mayor, Las Eras y Santa Cecilia. En un segundo plano (3 dineros el codo), los barrios de Zurriburbu y Mediano; con dos dineros, los de Engletina, San Martín, Alta Alea, Mulatería, San Pedro, San Emeterio y cementerio de Santa María. Por aquí estuvo la Judería, cuyos solares se reservó el rey para reedificarla. Los nuevos vecinos pidieron al rey Carlos I el Calvo privilegios y mercedes, con el fin de engrandecer la Ciudad. El rey aprobó el proyecto y otorgó a los pobladores el fuero de Jaca; les eximió de lezdas y peajes en el reino durante diez años, y les obligó a contribuir en las labores comunales de construcción de murallas y reparación de puentes, fuentes y caminos; les concedió ferias anuales por enero y junio, mercado semanal "en la plaza delante de la puerta del castillo del rey y de la iglesia de los padres predicadores", a celebrar los sábados; por coincidir con la fecha del mercado del Burgo, el gobernador Enrique de Sully trasladó el de la Navarrería al jueves.

El rey se reservó la propiedad de la Judería, chapitel, carnicerías, baños, hornos y molinos, con el monopolio de molturación y cocción de panes. Favorecida e impulsada por la Corona, la Ciudad tuvo un desarrollo demográfico muy rápido. En poco más de diez años (1324-1334) los vecinos pasaron de 148 a 390. La peste negra cortó el ritmo de crecimiento y redujo la población a menos de 250 fuegos, cuando el Burgo censaba 497. El vecindario, de origen navarro, gozaba el fuero de Jaca y era heterogéneo socialmente: alcaldes y oidores de la Real Corte, caballeros, escuderos y cortesanos, muchos artesanos de todos los oficios, y abundante clerecía. Administrativamente, la Ciudad sería gobernada por un alcalde y doce jurados, renovados anualmente. Como era costumbre en ciudades y villas de realengo, el alcalde será elegido por el rey entre una tema presentada por los jurados.

Un preboste se encargará de hacer justicia y de imponer las sanciones en nombre del Rey, como hacían en el Burgo y la Población los almirantes. Municipalmente, Pamplona volvió a tener dos concejos independientes: la Villa (Burgo y Población), con dos alcaldes, veinte jurados y almirante, y la Ciudad, con un alcalde, doce jurados y preboste. Ambas sujetas al fuero de Jaca. La reconstrucción de la Navarrería y su constitución como municipio independiente, presagiaba nuevos enfrentamientos intervecinales.

Muerto Carlos el Calvo, rey de Francia y de Navarra (1328), la corona francesa recayó en doña Juana II, hija de Luis Hutín y esposa de Felipe de Evreux. Los reyes fueron solemnemente coronados en la catedral por el obispo Barbazán (1329). Dispuesto a impulsar la economía, el rey concedió privilegios a los ricos burgueses de San Cernin y San Nicolás, entre los que se contaban clanes tan poderosos como los Motza, Cruzat, Palmer y Zalba, que acaparaban los cargos de alcalde y dieron a la iglesia dos obispos, los cardenales Martín y Miguel de Zalba. Les concedió exención de peajes en Valcarlos y Baja Navarra por importación de mercancías (1329) y del pago de lezda de carne y pescado salado (1330).

Durante este período de paz y desarrollo de la economía vecinal, los burgueses de San Nicolás construyeron viviendas con aspecto de palacios fortificados. Miguel Motza, alcalde de la Corte, la alzó junto al valladar del Burgo y rebasando la altura reglamentada. Los de San Cernin exigieron cumplir las normas y el rey ordenó rebajarla. Otros vecinos de la Población hicieron lo mismo en la Rúa Mayor, frente al valladar, desde la torre de la Galea de San Cernin hasta la de María Delgada, en San Nicolás, armándolas con saeteras, de forma que podían arrojar piedras y armas contra el Burgo por encima de su muralla. Por si fuera poco, el concejo había emprendido la construcción de una gran torre adosada al templo parroquial de San Nicolás. Estas tensiones internas llegaron al concejo y la jurería. Los jurados de la Población se negaron a participar en las juntas y a desempeñar su cometido, con lo que la administración quedó paralizada, y "assi estan en el mayor peligro que nunca fue".

Los vecinos de San Nicolás proseguían la construcción de la gran torre (1346). Juana II continuó dispensando sus favores a la Navarrería, lo mismo que sus inmediatos sucesores. Prohibió a los jurados de la Villa que hicieran monopolios contra la Ciudad, debiendo respetar sus libertades (1340). No faltaron roces entre la Reina y el obispo. El gobernador del reino urgió el cumplimiento de las ordenanzas de reinados anteriores, exigiendo a los religiosos la renuncia de villas, tierras y rentas (1340). Cuando el Rey se preparaba en Olite para ir a la cruzada contra el Islam, invitó al obispo a que le acompañara y le devolviera el palacio de la Navarrería. No lo consiguió y partió hacia Algeciras; falleció en Jerez y fue enterrado en la catedral (1343). Las Cortes procesaron al obispo e incautaron sus bienes.

El sucesor, apodado "le Mauvais" por los franceses, fue coronado solemnemente en la catedral (1350), que durante este siglo y principios del siguiente vio crecer el claustro y, en sus crujías, la sala capitular llamada "Barbazana", el dormitorio tras la Puerta Preciosa o de la Dormición de la Virgen, y el refectorio con su cocina, además de renovar el templo tras la ruina de 1390. El monarca colmó de favores y limosnas a la iglesia y su obispo, y construyó a sus expensas la capilla de San Esteban (1351), decorada por maestros pintores y con una vidriera traída de Toulouse. Con motivo de la coronación y proclamación, las Cortes reunidas en Estella otorgaron al rey la ayuda del monedaje, impuesto que resultó tan impopular, que el alcalde y el preboste de la Navarrería, encargados de recaudarlo, se negaron a ello para no ser malquistos de los navarros. El descontento se manifestó en Pamplona. Los infanzones renovaron sus juntas.

Carlos II mandó detener a los cabecillas, ahorcó a unos en el prado de Miluze y en el mercado de Pamplona y despeñó al sozmerino de la Cuenca (1351). De aquí nació la leyenda de los "ahorcados de Miluze", recreada por Juan Iturralde y Suit y plasmada en grabados románticos como el publicado por Mañé y Flaquer en "El Oasis". Firmadas paces con los reyes Pedro IV el Ceremonioso de Aragón (1350) y Pedro I de Castilla (1351), el monarca pasó a Francia y contrajo matrimonio con Juana, primogénita de Juan II (1352). Las desavenencias con su suegro culminaron en la guerra de Normandía y en la prisión del navarro (1356). Tras su liberación (1357), entró en París triunfalmente, aplastó a los campesinos sublevados de la "Jacquerie" (1358), hizo las paces con su suegro (1360) y regresó a Navarra. Recuperó en Pamplona el palacio de San Pedro, que cedió en usufructo al obispo Sánchiz de Asiáin, y fijó su residencia en el viejo caserón palaciano de Olite, regiamente ampliado por Carlos el Noble.

Carmelitas calzados. Juana II había ordenado construir un convento del Carmen. Erigido en extramuros, su traslado al interior fue autorizado por el Papa en 1354. Las obras debieron comenzar al poco, y en 1366 mandaba Carlos II pagar la piedra tomada del convento viejo para la muralla y aprovechar la del portal y campanario. Más tarde adjudicó a los religiosos los bienes confiscados a Juan Cruzat, deán de Tudela (1375). El convento estuvo emplazado en el extremo noreste de la calle del Carmen, frente al portal de Francia; fue demolido a finales del siglo XIX. Solamente perdura su recuerdo en el nombre de la calle.

A los pactos con Aragón para recuperar tierras que habían sido navarras y ahora poseía Castilla (1363), siguieron el desastre de Cocherel (1364) y nuevos pactos con Castilla, Aragón y Francia, la prisión del primogénito Carlos a manos del francés (1378), la renovación de la guerra con Francia y Castilla, el fallido intento de conquistar Logroño, la invasión de Navarra por los ejércitos castellanos dirigidos por el infante Juan, que ocuparon Mendavia, Funes, Larraga, Artajona, Mendigorria, acamparon frente a Pamplona e incendiaron el castillo de Tiebas (1378), y la firma del tratado de Briones (1379).

Los procuradores de las Buenas Villas, entre ellas los de la Navarrería, el Burgo y la Población de Pamplona, juraron que se harían vasallos del de Castilla si el navarro quebrantaba lo pactado en Briones. La crisis económica motivó en Iruña protestas populares contra la escasez y precio de los alimentos, y un motín en diciembre de 1368, que fue cortado con la muerte de los cabecillas. El primer día de 1387 moría Carlos II en el palacio episcopal de San Pedro. Su cuerpo fue inhumado en la iglesia de Santa María de Pamplona, sus entrañas en Roncesvalles y su corazón en Santa María de Ujué.

Como garantía de paz perpetua entre Castilla y Navarra, el cardenal Guido de Bolonia propuso el matrimonio del primogénito navarro Carlos, con la infanta castellana Leonor, hija de Enrique II (1373), celebrado en 1375. El infante conoció en Peñafiel la muerte de su padre y acudió a Pamplona para asistir a las solemnes exequias. Poco después vino al reino doña Leonor, pero tuvo que regresar a su Castilla, víctima al parecer de una depresión. No volverá hasta 1395. El rey fue coronado, ungido y proclamado en la catedral (1390), demorándose la coronación de doña Leonor hasta el domingo 3 de junio de 1403, celebrada con torneos, corrida de toros en el castillo y otros solaces durante ocho días.

Durante su estancia en Navarra, los monarcas apenas residieron en Pamplona, donde tenían un palacio que disfrutaba el obispo. Arruinada parte de la catedral románica en julio de 1390, Carlos el Noble destinó a su reconstrucción fuertes sumas, a las que añadieron otras el cardenal Zalba y el obispo Sancho Sánchiz de Oteiza, cuyas armas van esculpidas en las claves de la bóveda, lo mismo que las de la reina doña Blanca y del obispo Martín de Peralta. Las obras se prolongaron durante el siglo XV.

1423. Continuaban las desavenencias entre los vecinos del Burgo y la Población por la vieja cuestión del excesivo alzado de las casas por parte de los de San Nicolás, motivando una ordenanza del Rey regulando alturas (1390). Sin embargo, no serán los enfrentamientos por ese motivo los que originaron la unión municipal de 1423, sino la cuestión de las preferencias o preeminencias en asientos y actos oficiales. De ahí que el texto de 1423 puntualice los lugares que los munícipes debían ocupar en la jurería y las personas encargadas de portar el palio. Nacido el infante Carlos, nieto del Rey Noble, en Peñafiel, su madre doña Blanca decidió llevarlo a Pamplona. El monarca, que creó para los herederos de la corona el Principado de Viana (20 de enero de 1423), notificó a las autoridades la llegada de su nieto y futuro rey. Los alcaldes y jurados del Burgo, la Población y la Navarrería designaron diputados para el recibimiento y la jura. La comitiva regia salió de Tafalla el 12 de julio. Llegados a Iruña explotaron las rivalidades entre las tres universidades.

"En la zaguera entrada que Nos fiziemos en nuestra Muy Noble Ciudat en el mes de julio, instigant el enemigo del humanal linage, cuidaron contescer entre las dichas universidades grandes notas, escándalos y males, donde se hobieran seguido muchas muertes et gran destrucción en nuestra Muy Noble Ciudat de Pomplona".

Lo refiere así el Rey en la introducción del privilegio, añadiendo que los pamploneses le pidieron que acabara con las disensiones nacidas de la división urbana. Escuchada la súplica, consultados los del Real Consejo y los procuradores del Burgo, Población y Navarrería, el día 8 de septiembre de 1423 procedió

"al fecho de la union, paz e concordia perpetualment duradera, entre las tres universidades, en la forma y manera que se sigue: Cesan las tres jurisdicciones; La Ciudad queda unida en una sola Universidad y un concejo (Cap. 1); gobernada por diez jurados (cinco del Burgo, tres de San Nicolás y dos de la Navarrería), designados anualmente por los salientes, previo juramento de elegir a los mejores (Cap. 2); celebrarán las sesiones en la Jurería, que deberán construir "en el fosado que es ante la torre clamada de la Galea, enta la part de la Navarrería" (Cap. 3); cada jurado tendrá un puesto fijo en el salón (Cap. 4), y habrá un orden para llevar las varas del palio (Cap. 5). Un solo alcalde anual juzgará a los vecinos según sus fueros; para ello los jurados elegirán a tres hombres buenos, rotando cada año entre el Burgo, La Población y la Navarrería; el Rey nombrará a uno de la terna (Cap. 6); Los alcaldes tendrán tres notarios, y uno los jurados (Cap. 7). Habrá un tesorero anual, cuyo cometido explica (Cap. 8). En las sesiones prevalecerá el parecer de la mayoría; el voto del alcalde será decisivo (Cap. 9). Habrá un Justicia para castigar a los malhechores (Cap. 10). Todos los vecinos gozarán de los mismos privilegios (Cap. 11 ); no podrán construir fortalezas unos contra otros (Cap. 12). Da normas sobre el gasto público (13) y el cese de pleitos intervecinales (14). La Ciudad usará un sello, un pendón y un escudo de armas: León pasante de plata, con lengua y uñas de gules, sobre campo de azur, orlado con las cadenas de oro de Navarra en campo de gules; sobre el león campeará corona real de oro en señal de que los Reyes deben ser coronados en la catedral de Santa María (15). Señala cómo debe ser el sello para marcar la plata (76) y da libertad para el ejercicio del cambio de moneda (17) y normas para guardar documentos en el archivo (18). Pamplona tendrá un solo término municipal; deberán arrancar las mugas divisorias de las tres jurisdicciones, colocando otras nuevas (19). Los jurados podrán llevar a las juntas como asesores a hombres buenos de los barrios (20). El legislador anula todo privilegio contrario el presente (21 ) y señala penas, que incluyen el destierro, para quienes dificulten o rompan la unión (22). Será com- petencia de los jurados reconocer pesos y medidas (23), crear notarios y otros oficiales (24), administrar justicia sobre los menestrales o artesanos (25), y aplicar estrictamente lo legislado para castigar a los renegadores de Dios y los santos (26). La unión será jurada por los Tres Estados (27), reservándose el Rey la facultad de interpretar el privilegio, que también deberán jurar sus sucesores al ser coronados (28) y las Cortes (29).

Carlos el Noble murió en Olite (1425) y fue inhumado en la catedral de Pamplona, en el magnífico mausoleo de alabastro con las esculturas yacentes de los monarcas, obra de un equipo de mazoneros dirigido por Jean Lome de Tournai. Le sucedieron su hija Blanca y, como rey consorte, Juan de Aragón. Con permiso del Papa, el obispo Martín de Peralta, hijo bastardo de Pierres, cedió a la reina Blanca II el palacio episcopal de San Pedro en la Navarrería (1427), donde se congregaron las Cortes Generales aquel mismo verano. El año de la coronación (1429) fue para Pamplona tiempo de crisis económica y de "grant mortandat" por culpa de la peste, que redujo el vecindario a menos de 3.000 personas. El príncipe Carlos de Viana y su esposa Inés de Cleves manifestaron su voluntad de vivir en Pamplona (1440); fijaron su residencia en el palacio real. Según los fueros, al fallecer la Reina, la corona debía recaer en su primogénito heredero, al que habían jurado como tal las Cortes. Pero el ambicioso don Juan, su padre, retuvo el poder, apoyado por los Peralta, incluso después de contraer segundas nupcias con la castellana Juana Enríquez, con lo que perdió todo derecho al usufructo del reino.

Surgieron de ahí dos bandos antagónicos: Beaumonteses partidarios del Príncipe, y Agramonteses, favorables a don Juan. Desde la muerte de la reina Blanca (1441), el Príncipe vino titulándose "gobernador y lugarteniente general" del reino. Durante su residencia en Pamplona, aprobó ordenanzas y nombramientos, practicó ciertos solaces, como el paseo en barca por el río Arga, y justas y corridas de bueyes en el palacio, y celebró romerías a Roncesvalles y San Miguel de Aralar. Fallecida la princesa Inés en Olite (1448) y regresado el Rey de sus fracasadas campañas militares de Castilla, don Carlos marchó a Guipúzcoa. Don Juan dió los cargos responsables de la guarda de la ciudad, del palacio y las torres de San Lorenzo y San Nicolás a gentes de su confianza. En la represión contra los ciudadanos contó con el apoyo del obispo Martín de Peralta: "Muchas e dobladas personas hay en la dicha ciudat de Pamplona que están excomulgados, d'eillos de dos o tres escomuniones, et otros de todo el curso de la yglesia"; el rey los desterró (1450). Los castigos no doblegaron voluntades. El propio don Juan tuvo que reconocer que los partidarios de su hijo "están alzados et apoderados en toda rebelión con nuestra Ciudat de Pamplona" y otras villas y castillos.

Durante la guerra civil entre padre e hijo, Pamplona quedó convertida en capital de la Navarra beaumontesa. Prisionero don Carlos tras la batalla de Aibar, en su nombre continuó gobernado Juan de Beaumont. Las represalias contra los vecinos agramonteses alcanzaron también al obispo. Conseguida la libertad, el Príncipe añadió nuevo título honorífico a Iruña: "En nuestra Muy Noble e Leal Ciudat de Pomplona". En ella celebró Cortes generales la Navarra beaumontesa y juraron como rey a don Carlos (1457), ausente del reino desde el año anterior.

Una conspiración de los agramonteses fue severamente cortada, siendo castigados los promotores con la horca y confiscación de bienes (1458). Firmado el mismo año el tratado de paz de Barcelona, la Ciudad se rindió al rey Juan. Este cambió los cargos de Justicia, capitán y merino de Pamplona y los guardas de las torres; mandó construir nuevo castillo junto a María Delgada, y gratificó a las viudas de los conjurados muertos "cuando se obo a levantar el pueblo et comunidat de la Ciudat en defension de sus libertades e drechos". La muerte de los príncipes Carlos y Blanca volvió a plantear la cuestión sucesoria. Su hermana doña Leonor, casada con Gastón de Foix, debía heredar el trono. En su derecho fue apoyada por el obispo Nicolás de Echávarri y por los beaumonteses, lo que desagradó a Juan II. El condestable Pierres de Peralta asesinó al prelado en Tafalla (23 noviembre de 1468).

La Puerta de la Traición. La Ciudad volvió a tener como gobernador a Luis de Beaumont; no sólo porque contaba con la mayor parte de los vecinos, según afirma el analista Alesón, sino porque los canónigos, el clero y el pueblo, vieron en Juan II y los Peralta a los usurpadores del trono, capaces de sojuzgar derechos legítimos por los medios más brutales. Al fallecer Gastón de Foix, la Princesa viuda se sometió sin reservas a la voluntad de su padre. A finales de 1471 los agramonteses intentaron ocupar la Ciudad. Los conspiradores Juan de Atondo, oidor de comptos, Miguel de Ollacarizqueta, y un regidor de la Población llamado Ugarra, convinieron en abrir las puertas a media noche. A la hora convenida entró el mariscal don Pedro de Navarra por el portal de la Zapatería y ocupó la torre. Sonó la alarma; los vecinos salieron a la calle.

Don Pedro buscó refugio en la torre del Rey, donde fue descubierto y muerto a puñaladas por Felipe de Beaumont. Siguió el linchamiento de pamploneses implicados. Desde entonces, el portal de la Zapatería será conocido como "de la Traición". Refiere una leyenda, recogida por el P. Alesón en los "Anales", que San Fermín se apareció vestido de blanco, rodeado de hachas encendidas, impidiendo más muertes. Rompiendo con tradiciones, fueros y costumbres, doña Leonor no fue proclamada ni coronada en la catedral de Iruña, sino en Tudela (28 enero de 1479), y al mes siguiente fue enterrada en una devota ermita de Tafalla. Recuperó la tradición su nieto Francisco Febo, tutelado por su madre doña Magdalena.

Su coronación en la seo pamplonesa (1481) constituyó motivo de grandes fiestas. Pero los odios perduraban vivos a pesar de los pactos de Aoiz. Cuando Luis de Beaumont, conde de Lerín, asesinó alevosamente al mariscal, el Rey pasó el Pirineo y fijó su residencia en Pau, donde murió envenenado, según se dijo.

Catalina I, hermana de Febo, tenía 13 años al heredar un reino destrozado por las divisiones y guerras civiles. Fue proclamada reina en Pamplona (1483). Casó con Juan, hijo de Alain de Albret. Tras diez años de reinado, las Cortes reunidas en Olite pidieron a los monarcas que vinieran urgentemente (1493). "Pero la venida de los reyes dependía de la actitud de los Beaumonteses, y éstos, a su vez de los intereses del Rey Católico" (Lacarra). Siguieron intensas negociaciones. Desde Pamplona, el Condestable puso condiciones al viaje; aceptadas por la Princesa de Viana en Orthez, eran firmadas en Pau las capitulaciones con "el Condestable e chanciller de Navarra don Luis de Beaumont, conde de Lerín, sus hermanos, hijos, adheridos e parientes, e la Ciudad de Pamplona, e las otras villas e universidades a ellos adherentes". Fernando el Católico dio su visto bueno.

Por fin los navarros podrían ver a sus reyes en Pamplona. Pasaron el Pirineo en diciembre de 1493; los beaumonteses les cerraron las puertas de la Ciudad y tuvieron que pasar las Navidades en el lugar de Egüés. A la coronación y proclamación real el 13 de enero siguieron grandes festejos. Los beaumonteses cantaron por las calles en euskera recomendando a Labrit y al rey don Juan, padre e hijo, que tuvieran por hermano al condestable Luis de Beaumont. Dispuestos los Reyes a imponer su autoridad, mandaron hacer un informe sobre la situación del Patrimonio real y las causas de su disminución. El Conde de Lerín protestó. Fue ordenado el embargo de sus bienes y le tomaron y derrocaron el castillo de Irulegui, en Laquidain (Aranguren), a la vista de la Ciudad; fue destituido Guillermo de Beaumont, alcalde del Mercado de Pamplona (1494). Al fin el Conde tuvo que salir del reino, refugiándose en el Marquesado de Huéscar (Granada), que el Católico le dió en recompensa por los bienes que dejaba en Navarra. Por nuevo tratado (1500), obtuvo el perdón y regresó a Navarra. Una nueva rebelión beaumontesa en 1507 motivó una campaña militar de los monarcas, durante la que fue muerto César Borgia, jefe del ejército real; los beaumonteses fueron derrotados.

Durante las décadas finales del siglo XV terminó la construcción de la catedral. Alejandro VI, en bula de 1501, la supone acabada "in suis structuris et edificiis, sumptuoso et magnifico opere constructa". Arnalt Guillém de Brocar estableció su imprenta en la Ciudad en 1490. Trabajó además en Logroño y Alcalá, donde dio a las prensas la célebre "Biblia Políglota". Expulsados del Reino de Navarra en 1498 los judíos, los Reyes dieron al Ayuntamiento la sinagoga mayor para instalar en ella el Estudio de Gramática (1499). Los monarcas procuraron con todas sus fuerzas imponer su autoridad, y mantener el reino en paz, frente a los intereses de Luis XII de Francia y de Fernando el Católico y la "Santa Liga", organizada por Julio II contra los franceses en Italia (1511). Pero de nada sirvieron intenciones ante los propósitos intervencionistas y anexionistas del rey Fernando. Los ejércitos del Duque de Alba invadieron el reino por la Burunda. Los reyes abandonaron la ciudad.

MMI

El rey consorte Juan de Albret abandonó Pamplona la tarde del día 23 de julio de 1512, ante la proximidad del ejército castellano que se encontraba ya en Arazuri. Huyó en la dirección de Sangüesa y Lumbier. El 24 el ejército del duque de Alba avanza sobre Pamplona y se sitúa en la pequeña planicie de la Taconera, al pie mismo de las murallas. Los pamploneses envían dos parlamentarios al objeto de obtener ciertas condiciones, pero el duque exige la inmediata capitulación de la ciudad. Por la tarde cuatro notables ciudadanos van al cuartel general de Alba para convenir los términos de la misma. El 25 de julio, a las nueve de la mañana, recibió el duque las capitulaciones de Pamplona y le fueron entregados rehenes. En dichas capitulaciones la ciudad obtenía la conservación intacta de sus privilegios y solicitaba poder administrar sus bienes, mientras durara la ocupación castellana, "en nombre de los dichos reyes de Navarra, sus naturales señores".

A las diez tomó su ejército posesión de los portales, torres y defensas. A las once entró el duque triunfalmente en la ciudad y avanzó hasta la catedral donde le esperaba el legado pontificio. A su entrada juró los privilegios de la ciudad y los jurados de la ciudad le entregaron seguidamente las llaves. El 28 de agosto Alba ordenó a los habitantes de Pamplona que reconociesen como "legítimo" rey a Fernando el Católico, reuniendo para ello a los notables de la ciudad en el convento de San Francisco. Estos contestaron que lo reconocían como rey y señor, pero no como "legítimo" rey ya que Juan de Albret y Catalina I, a quienes habían jurado fidelidad, vivían. Obtuvieron tres días de plazo para decidirse. El licendiado Villafaña dirigió una arenga a los pamploneses. A continuación el legado pontificio Bernardo de Mesa, obispo de Trinópolis, exhortó al ejército castellano contra los navarros. Ante las posibles represalias de los castellanos, los pamploneses no tuvieron más remedio que jurar a Fernando como legítimo rey.

El 1 de septiembre, tras dejar una guarnición castellana en la ciudad, el de Alba sale con su ejército hacia Roncesvalles para tomar la Baja Navarra. El 23 de octubre llega un ejército castellano al mando de Antonio de Fonseca, proveniente de Logroño. Llegó muy oportunamente, pues un ejército franco-navarro al mando de La Palice y Juan de Albret en persona se acercaba a la ciudad en tanto que el duque de Alba estaba bloqueado en San Juan de Pie de Puerto. Mientras, Fernando el Católico fue de Tudela a Logroño, muy preocupado porque conocía los avances de Juan de Albret y La Palice y se había corrido el falso rumor de que el duque de Alba estaba copado en los desfiladeros de Roncesvalles. El 24 el ejército del duque llegó a Pamplona, viniendo huido de San Juan de Pie de Puerto, de donde había salido el 22.

Había pasado durante la noche anterior al ejército franco-navarro de Juan de Albret y La Palice. De esta forma tuvo tiempo de fortificar Pamplona. El mismo día 24, horas después de la llegada de Alba, arribó a Pamplona el ejército franco-navarro, que había salido de Sauveterre el 16 de este mes y había perdido tiempo tomando los valles del Roncal, Salazar y Aezcoa y el paso de Roncesvalles. Este decide sitiar Pamplona con sus 14.000 infantes y 1.200 mesnaderos u hombres de armas albaneses, más numerosos navarros y aventureros gascones. Establecen el día 3 de noviembre un sitio que había de durar 27 días. Alba se aprestó por su parte a defender Pamplona. Estableció un rígido servicio de vigilancia dentro de la ciudad. Exiló a Logroño a 200 sospechosos de ser partidarios de Catalina I y organizó admirablemente la defensa; sabía que se estaban formando para socorrerle tres cuerpos de ejército en Aragón, Castilla y provincias vascongadas.

El 5 de noviembre, tras una escaramuza en que murieron algunos franceses, Juan de Albret dirigió al Duque de Alba una orden de entregar la ciudad a lo que éste se negó y además intimó a los franceses a abandonar el suelo navarro. En vista de esto el ejército franco-navarro celebró consejo de guerra y decidió asaltar la ciudad el día 7 de noviembre. El asalto tuvo lugar por las murallas del Arga. Previamente efectuaron un fuerte fuego de artillería, pero cuando las tropas asaltantes estaban al pie de las murallas, los defensores hicieron una salida que los rechazó. Tras este fracaso Albret y La Palice decidieron bloquear la ciudad interceptando los víveres. El bloqueo duró desde el 8 de noviembre hasta el 30 del mismo mes. Durante este tiempo las tropas francesas cometieron varios desmanes en tierra navarra, en contra de la voluntad de Juan de Albret. Ello les hizo ser impopulares entre los navarros. Además se conducían muy indisciplinadamente, por lo que el duque de Alba pudo resistir e incluso hacer pequeñas salidas sorpresivas que diezmaban al ejército asaltante. Incluso parece ser que supo sobornar a algunos capitanes franceses.

El 24 de noviembre las tropas franco-navarras, habiendo recibido del delfín Francisco de Angulema un refuerzo de 2.000 lansquenetes y 4 piezas de cañón, saquearon los conventos de Santa Clara y Santa Engracia y acamparon en la Taconera. Iniciaron seguidamente un violento fuego de artillería contra las murallas a fin de abrir brecha para el asalto. El 25 continuaron el fuego de artillería. Hubo algunas escaramuzas en los huertos próximos a la ciudad, al intentar los encerrados coger algunos víveres. El 26 continuó el bombardeo, no habiendo abierto todavía brecha en las murallas. Por fin el 27 decidieron atacar, a la una del mediodía. Los lansquenetes y la caballería francesa quedaron en retaguardia por deseo de La Palice, formando la vanguardia las tropas navarras y 300 selectos mesnaderos. Por su parte el Duque de Alba colocó en los baluartes de la ciudad a las mejores tropas castellanas. Se llegó a un furioso cuerpo a cuerpo en el que venció la mayor disciplina de los castellanos. Las tropas asaltantes tuvieron que retirarse, dejando 118 muertos y dos banderas en poder de los castellanos.

Por parte castellana hubo 6 muertos y 30 heridos. La responsabilidad de este fracaso recae sobre La Palice, quien se negó a que participasen en el asalto las mejores tropas formadas por los lansquenetes. Estos, conmovidos por el dolor de D. Juan le prometieron que harían un nuevo asalto el día 28 de noviembre y enviaron una carta al Duque de Alba conminándole a que se fuera a Castilla. Este se negó rotundamente. La Palice intervino prohibiendo bajo pena de muerte a los lansquenetes un nuevo asalto. Cunde el desánimo en el campo franco-navarro. El 28 desertaron 4.000 gascones. La Palice opta resueltamente por la retirada, en contra del deseo de Albret. Mientras, el Duque de Nájera había tomado en Puente la Reina contacto con las tropas aragonesas y avanzaba con 16.000 hombres hacia Pamplona. Además los capitanes beaumonteses al mando del capitán Donamaría habían tomado posiciones en Belate y amenazaban con cortar la retirada. El 30 de noviembre el ejército franco-navarro comienza la retirada.

Logra llevarse toda la artillería salvo dos cañones, pero deja muchos heridos que fueron hechos prisioneros. El 1.° de diciembre pasaron el río Arga e hicieron un alto en el monte San Cristóbal, dejando detrás una triste estela de heridos y enfermos. El mismo día llegan a Iruña las fuerzas de socorro. Inesperadamente La Palice vuelve a las puertas de Pamplona y el día 2 reta a los dos duques castellanos a una batalla campal. Estos no aceptan y las tropas francesas toman la retirada definitiva, ordenada pero lenta. Apenas fueron hostigados por las tropas castellanas, pues estaban exhaustas. Sólo el Condestable de Navarra con 1.300 lanzas y el coronel Villalva con 1.500 infantes apoyaron a las partidas que hostigaban los flancos y la retaguardia del ejército franco-navarro. El Duque de Nájera, tras abastecer a Pamplona, regresó a Logroño, a donde llegó el 4 de diciembre y licenció a su ejército. Al ejército franconavarro en retirada se le hace muy penosa la marcha a su paso por el Baztán, y sufre un desastre en Belate. Veáse Belate. En el año 1513 Fernando el Católico nombró alcaide del castillo de Pamplona al clérigo Miguel de Ulzurrun, quien le había prestado un gran servicio encontrando el texto apócrifo del Tratado de Blois.

El intento de reconquista del reino de 1516 fracasó. El 16 de mayo de 1521 un ejército franco-navarro al mando de André de Foix, señor de Asparros, entra en la Alta Navarra con el fin de reconquistar el reino de Navarra para Enrique II de Albret, su rey legítimo. El virrey castellano Duque de Nájera y su lugarteniente el obispo de Avila habían huido a Castilla pidiendo refuerzos. Tan pronto se supo en Iruña la llegada del señor de Asparros a Roncesvalles, la población se sublevó, derribó los escudos de Castilla y saqueó el palacio de los virreyes. El Consejo de Pamplona decidió nombrar una diputación de notables para entregar las llaves de la ciudad al señor de Asparros que acababa de llegar a Villava. El 19 recibió el señor de Asparros a esta diputación y aceptó sus demandas.

El mismo día, siguiendo la costumbre, el señor de Asparros, como delegado del rey Enrique de Albret, juró guardar los Fueros de Navarra y a continuación los diputados juraron fidelidad al rey Enrique. Terminada la ceremonia abandonó el ejército el campo de Villava; la vanguardia, formada por 300 hombres selectos al mando del coronel de infantería Santa Coloma, se adelantó a tomar posesión de la ciudad. Al día siguiente, 20 de mayo, Asparros entró en Pamplona. Intimó a la rendición a la guarnición castellana que se había hecho fuerte en el castillo. El gobernador castellano Don Francisco de Herrero se negó y decidió resistir, a pesar de que estaban sin terminar los trabajos de fortificación. Entonces abrió la artillería francesa un fuego violento; parte de las murallas y los portales fueron hundidos o se desplomaron. Fue entonces cuando Iñigo de Loyola fue herido. No tenía Herrero más que una guarnición poco numerosa y desanimada, por lo que al cabo de dos días de resistencia, cuando las compañías francesas se disponían al asalto, decidió capitular.

Obtuvo para sí y los suyos la salida libre y el señor de Asparros ordenó que les amparasen fuerzas de caballería hasta cerca de Logroño. El general gascón renovó el Consejo de la capital, nombró a Tolet alcaide del castillo y dejó allí 2.000 hombres de guerra con 17 piezas de artillería que había dejado abandonadas la guarnición castellana. Quince días bastaron para reconquistar toda Navarra. Pero este general no se contentó con retener Navarra, sino que avanzó hacia tierras castellanas y sitió Logroño. Grandes contingentes de fuerzas castellanas se formaron para ir en socorro de la capital riojana, por lo que el señor de Asparros se vio obligado a retirarse a la sierra del Perdón. El 30 de junio se enfrentaron los ejércitos francés y castellano en Noain, decidiéndose la batalla a favor de los castellanos. La noche siguiente a la derrota escapó la guarnición francesa de Pamplona, no quedando más que 500 hombres que se rindieron a la primera intimidación que se les hizo. El duque de Nájera y el Condestable de Castilla hicieron inmediatamente su entrada en la capital del reino, donde licenciaron las tropas castellanas.

Pamplona tras la incorporación a Castilla (1512-15): su papel de capital política y administrativa. Con la incorporación de Navarra a Castilla (1515), Pamplona reafirmó su papel de capital política y administrativa del antiguo reino. En diciembre de 1512, desde Logroño, Fernando el Católico confirmó los privilegios de la ciudad, estableciendo que en ella deberían residir Real Consejo, Corte Mayor, Sello y Chancillería. La concentración de instituciones en Pamplona fue ratificada en Valladolid por la reina Juana y su hijo Carlos I (1522). Desde el siglo XVI hasta la guerra de Independencia (1808-14) Pamplona mantuvo el carácter de capital administrativa del reino de Navarra. Las instituciones privativas de éste, con más o menos dificultades, siguieron funcionando y tuvieron casi siempre su sede en Pamplona, aportando a la ciudad buena parte de sus peculiaridades urbanístico-monumentales. A partir de 1512-15 el monarca castellano estuvo representado institucionalmente en Navarra por la figura del virrey, que era al mismo tiempo la máxima autoridad militar en el territorio foral. Los virreyes tuvieron su sede en Pamplona desde 1539.

Residían en el palacio de San Pedro (antiguo palacio real), que se ha conservado hasta nuestros días. Cuando el virrey estaba en la ciudad solía participar en procesiones y demás actos solemnes, lo que en más de una ocasión provocó conflictos de ceremonial entre las partes implicadas (Ayuntamiento, cabildo de la Catedral, etc.). Las Cortes del reino siguieron funcionando durante toda la Edad Moderna, aunque los monarcas procuraron convocarlas menos cada vez, sobre todo en el siglo XVIII. Pamplona fue la ciudad navarra en la que se reunieron las Cortes con más asiduidad entre los siglos XVI y XVIII. Las reuniones de los Tres Estados tenían lugar en una dependencia de la catedral pamplonesa, la sala de la Preciosa. En sesión de las Cortes del 26 de abril de 1576 se creó con carácter permanente la Diputación, comisión ejecutiva delegada de los Tres Estados del reino. A partir de entonces funcionó ininterrumpidamente en todos los intervalos de Cortes a Cortes hasta el siglo XIX (antes habían existido diputaciones con carácter ocasional).

En el siglo XVIII las reuniones plenarias de la Diputación tenían lugar en la sala de la Preciosa de la catedral de Pamplona, aunque su sede central estaba en el palacio del barón de Armendáriz (R. Olaechea, 1980, 37-38). El Consejo Real tuvo desde el siglo XVI carácter de tribunal supremo de Navarra, con jurisdicción en todos los asuntos criminales y civiles, extendida a los ayuntamientos desde las ordenanzas de 1547. Tenía su sede en Pamplona, en un palacio construido también en el siglo XVI (en la actual Plaza del Consejo). Cerca del Consejo Real se construyeron las Cárceles (en lugar hoy ocupado por la plaza de San Francisco). La Corte Mayor era otro tribunal para administración de justicia. Fue perdiendo importancia, puesto que sus sentencias podían ser apeladas al Consejo Real. La Cámara de Comptos fiscalizaba la gestión de las finanzas reales en Navarra. Desde su origen (en el siglo XIV) este tribunal conoció varias sedes. En 1524 se trasladó (junto con la Casa de la Moneda) a un edificio medieval en la entonces calle de las Tecenderías (parte del edificio todavía se conserva en la misma calle, hoy denominada Ansoleaga).

Como ocurría con la Corte Mayor, las sentencias de la Cámara de Comptos también podían ser apeladas al Consejo Real. A las instituciones del reino había que añadir en Pamplona las de gobierno propiamente municipal. Desde el Privilegio de la Unión (1423) el Regimiento o ayuntamiento pamplonés constituía un municipio unido. La Casa Consistorial existía ya en 1483 y se levantó en el foso situado entre las murallas de los tres antiguos barrios (Navarrería, San Cernin, y La Población o San Nicolás. Dichas murallas habían sido derribadas en aplicación del citado Privilegio de la Unión. Este mismo documento estableció las normas para el ejercicio de la alcaldía, que permanecieron invariables en los siglos siguientes. Los burgos se subdividían en barrios, cada uno de los cuales tenía sus propias autoridades (veáse El gobierno municipal en el siglo XVIII). La capital navarra era también sede del obispado de Pamplona, que incluía amplios territorios de Guipúzcoa. Es éste un hecho más que contribuyó a que en Pamplona hubiera una importante proporción de funcionarios administrativos, comparable a la de ciudades tan eminentemente burocráticas como Valladolid o Granada (M. Gembero, 1986, 71-72).

El sistema defensivo. La capital navarra tuvo durante toda la Edad Moderna un marcado carácter de plaza fuerte, que los monarcas consideraban imprescindible para la defensa frente a Francia. De ahí los continuos gastos para reparar y remodelar las murallas, en lo que Jimeno Jurío llama un "urbanismo castrense y conventual" (1974, 218). En 1513, poco después de la conquista, Fernando el Católico había ordenado la construcción de un nuevo castillo en Pamplona, según planos del ingeniero Pedro de Malpaso. La fortaleza era todavía de aspecto medieval: planta cuadrada, torres cilíndricas en los ángulos, gruesos muros y profundo foso. Estaba situada en la parte oriental de la muralla, aproximadamente sobre el solar que hoy ocupa el palacio del Gobierno de Navarra. Durante el reinado de Carlos I (IV de Navarra, V de Alemania, 1517-56) concluyeron las obras del castillo.

Carlos I llegó a la ciudad en 1523, cuando preparaba la recuperación de Fuenterrabía. Visitó de nuevo la plaza en junio de 1542, siendo recibido clamorosamente. Era inminente la guerra contra Francia: el monarca mandó reparar las fortificaciones pamplonesas y demoler cualquier edificación que estuviese en las proximidades de las mismas y pudiera servir de protección a eventuales atacantes. Fueron derribados los conventos de San Francisco y el recién reconstruido de La Merced, en la Taconera. A mediados de siglo el duque de Alburquerque levantó los portales del Abrevador y la Rotxapea. En 1542 el Consejo de Navarra acordó que Pamplona invirtiese en sus murallas todo lo que cobrase de rentas ordinarias (L. Urabayen, 1952, 114). El mantenimiento de las fortificaciones era un pesado gravamen para la ciudad, que continuaría en etapas posteriores. Carlos I se mantuvo respetuoso con el régimen navarro. Incluso dejó un papel secreto en su testamento para que el sucesor revisara la legitimidad de sus títulos sobre Navarra.

En 1556, cuando abdicó, fue sucedido por su hijo Felipe II (IV de Navarra, 1556-98), quien se mantuvo en la misma línea. El nuevo monarca había jurado las leyes navarras en las cortes de Tudela (1551) y tuvo ciertos escrúpulos sobre la posesión del antiguo reino. En enero de 1560 llegó a Pamplona Isabel de Valois, su futura esposa, procedente de Francia y camino de la corte española. La visita dejó huella en la ciudad: se habilitó un camino nuevo para el acceso de la comitiva por el portal de la Taconera, que recibió el nombre de "Cuesta de la Reina". El topónimo, vasconizado como "Larraina", ha subsistido hasta nuestros días. El castillo, terminado con Carlos I, se mostraba ya anticuado para adaptarse a las nuevas técnicas bélicas. De ahí que en época de Felipe II se iniciara la construcción de una nueva ciudadela, según las directrices del ingeniero Jacobo Palear (o Palearo), "el Fratín", experto en fortificaciones en otras plazas.

La primera guarnición se estableció en la ciudadela en 1571. El plano, pentagonal, imitaba la ciudadela de Amberes y tomó cuerpo en los años sucesivos en tomo a cinco baluartes (Santiago, San Antón, Reina, Victoria y el Real). Entre 1644 y 1685 la defensa exterior de la ciudadela se completó con rebellines o medias lunas, según el sistema de Vauban. El propio Felipe II visitó personalmente la capital navarra en 1592; inspeccionó las obras de la ciudadela y asistió al juramento de su heredero (futuro Felipe III).

Durante el siglo XVII siguió preocupando la defensa de Pamplona, por lo que sus murallas fueron objeto de continuas restauraciones. Si los Austrias del siglo XVI habían tenido escrúpulos sobre la legitimidad de su reinado en Navarra, no ocurrió así con Felipe III (V de Navarra, 1598-1621) que firmó un documento dando por buena la incorporación a Castilla. Este monarca había visitado Pamplona con su padre, en 1592, y en aquella ocasión había ratificado el juramento de los fueros (entonces como heredero). Una vez que accedió al trono no volvió a pisar suelo navarro. Durante el reinado de Felipe IV (VI de Navarra, 1621-65) se acentuaron los rasgos de crisis. La Guerra de los Treinta Años y las tensiones entre la monarquía castellana y la francesa afectaron directamente al territorio navarro en conjunto y a Pamplona en particular. Las aportaciones de dinero y tropas alteraron la vida cotidiana y entorpecieron las labores agrícolas, lo que como consecuencia produjo situaciones de desabastecimiento.

Hubo alistamientos desde 1635. Entre 1636 y 1639 el escenario de los enfrentamientos franco-españoles fue el Pirineo occidental, lo que obligó a Navarra a contribuir a la defensa de la monarquía con gran esfuerzo económico y humano. En 1637 Felipe IV decretó un nuevo alistamiento, que fue de unos 1.000 hombres. En 1638, al divulgarse la noticia de una inminente invasión francesa por Roncesvalles y Burguete, en menos de seis días se juntaron más de 6.000 voluntarios en Pamplona (J. Goñi Gaztambide, VI-1987b, 54-77). A partir de 1639 el conflicto se trasladó a los Pirineos orientales, aunque esto no supuso para Navarra el respiro que esperaba la Diputación del reino. A éste llegaron nuevas compañías militares que habían de ser alojadas, con los consiguientes gastos para los habitantes. Hubo presiones desde Madrid para que se reclutasen soldados navarros que combatieran en Cataluña, aunque ahora el conflicto afectaba mucho menos a los navarros que las campañas anteriores.

Las negativas con que la Diputación respondió a los requerimientos reales fueron probablemente la causa de la convocatoria a Cortes de 1642 (V. García Miguel, 1988, 124). Los Tres Estados, con la promesa de obtener algunas mercedes, ofrecieron al rey un servicio de 1.300 hombres, de los que 50 procederían de Pamplona. La capital pretendió enviar sólo 25 hombres, aduciendo haber dado ya 2.000 ducados para las fortificaciones. En 1643 se temió de nuevo que los franceses invadieran Navarra. Felipe IV envió infantería y caballería a Pamplona para proteger la ciudadela; 5.000 hombres defenderían la fortificación, de los que 3.000 acudirían de fuera y el resto se reclutarían entre la población navarra. Las aportaciones de los navarros a la guerra continuaron hasta 1645. A pesar de todo, parece ser que las medidas de defensa en Pamplona no eran suficientes para las necesidades de la plaza. Según Idoate, en el siglo XVII eran necesarios en ella 10.000 hombres; pero en un memorial de 1644 consta que el presidio pamplonés contaba sólo con 150 soldados que no cobraban la paga hacía tiempo, "los más (...) desnudos y mendigando"; la guarnición en el castillo era de 250 hombres y de 500 en la ciudad (F. Idoate, 1974, 20-22).

En este ambiente se produjo la única visita que Felipe IV realizó a Navarra. Había bastante exaltación entre la población, sometida a presiones militares y fiscales a causa de la guerra. Las Cortes, por su parte, estaban molestas a causa de los agravios y contrafueros cometidos desde 1637. Probablemente la presencia real pretendió apaciguar los ánimos. El rey llegó a Pamplona el 23 de abril de 1646, y se alojó en el convento de Trinitarios Descalzos. El Consejo autorizó a la ciudad un gasto de 3.000 ducados para llevar a cabo los preparativos de la visita (J. Goñi Gaztambide, VI-1987b, 82). El monarca permaneció en Pamplona hasta el 28 de mayo del mismo año y durante ese tiempo el heredero Baltasar Carlos ratificó el juramento de los fueros (que en 1632 el virrey había prestado en su nombre). La defensa de la ciudad seguía siendo un tema preocupante, a juzgar por los testimonios de algunos contemporáneos.

El francés Antonio Brunel, por ejemplo, escribe en 1655 que en Pamplona "las fortificaciones necesitan repararse en muchas partes, y la guarnición es mezquina, pues hay pocos soldados, y para sustituirlos obligan a los campesinos a presentarse al primer llamamiento que se les haga" (J. M. Iribarren, 1957, 50). La crisis política en la España del siglo XVII culminó en la figura de Carlos II (V de Navarra, 1665-1700). De salud deficiente, nunca visitó el territorio foral. El debilitamiento del poder central posibilitó durante su reinado la reafirmación de las instituciones navarras. Pamplona, que no perdió su carácter defensivo, reconstruyó en 1666 dos de los portales de acceso a la ciudad, los de la Taconera y San Nicolás. En 1683 estalló un nuevo conflicto bélico entre Francia y España. Luis XIV planificó un ataque por Navarra. En 1684 se tuvo noticia de que 13.000 soldados franceses habían entrado a España por Roncesvalles.

Las Cortes nombraron una Junta que se encargó de movilizar a los navarros para que acudiesen al castillo de Pamplona, de donde partirían dos tercios con destino a Burguete. La incursión francesa fue tal vez de reconocimiento del terreno, ya que sus protagonistas se retiraron a San Juan de Pie de Puerto. No obstante, las Cortes de Navarra se preocuparon por mejorar el sistema defensivo de Pamplona. Se trataba de terminar las cuatro medias lunas de la ciudadela iniciadas anteriormente, siguiendo el sistema Vauban y según planos de Pedro de Azpíroz y Domingo de Aguirre. A ello se destinó una partida de 34.000 ducados (A. Azcona, 1988, 21-22).

En la Baja Edad Media se inició un crecimiento de población en toda Navarra que continuó durante el siglo XVI y afectó también a Pamplona. La capital contaba en 1553 con 1.974 fuegos, es decir, unos 9.870 habitantes, lo que para la época representaba ser una ciudad de tipo medio (según el criterio de Roger Mols). Entre 1427 y 1553 la población pamplonesa aumentó en un 43,87 %. Los habitantes de la capital eran en 1553 el 6,40 % de todos los navarros, el 20,49 % de los de la merindad de Pamplona y el 71,44 % de los de la Cuenca (M. Gembero, 1985, 748-750). Una epidemia de peste afectó a Pamplona en 1599. Aunque la enfermedad no ocasionó un número elevado de muertes, sí supuso una gran conmoción en la ciudad, que fue abandonada temporalmente por los tribunales, el virrey y parte de la aristocracia y gente pudiente. La crisis se tradujo en un notorio descenso de nacimientos y originó el voto municipal de las Cinco Llagas (que sigue renovándose anualmente en la actualidad). A lo largo del siglo XVII la población pamplonesa permaneció estancada en torno a los 10.000 habitantes.

No es de extrañar el fenómeno, ya que el último tercio del siglo XVI fue una fase recesiva para toda la población navarra; y el siglo XVII en conjunto se caracterizó en toda la Península Ibérica y en la mayor parte de Europa por las pérdidas demográficas. En la capital navarra fueron años de gran mortalidad 1612 y 1615. En 1630-3l las defunciones fueron también elevadas y acarrearon un descenso de los matrimonios y nacimientos. Pro- bablemente hay que relacionar esta crisis con la peste de 1626-32, que afectó sobre todo a la Ribera navarra. En Pamplona hubo una psicosis colectiva de desastre, a juzgar por las palabras del representante tudelano en la capital navarra, Díaz de Tornamira, que dice refiriéndose a los Sanfermines de 1631: "(...) aquí todo es morir y enfermedad, que por las calles no se topa sino entierros y doctores a la posta (...)" (E. Orta Rubio, 1981, 39-51). Las crisis bélicas de los años 30 quedaron reflejadas en la evolución demográfica. En 1637, por ejemplo, fue muy elevado el número de defunciones, coincidiendo con las luchas en la frontera pirenaica y con un nuevo alistamiento ordenado ese mismo año para hacer frente a los franceses en el marco de la guerra de los Treinta Años. La población a duras penas mantuvo el total alcanzado en 1553 (unos 10.190 habitantes en 1645, en tomo a 10.250 en 1679).

Conocemos la evolución demográfica en cada una de las parroquias pamplonesas. En la época moderna éstas eran cuatro: San Cernin, San Lorenzo, San Nicolás y San Juan. En 1646 la parroquia con mayor número absoluto de habitantes era San Juan (ubicada en una capilla de la Catedral), seguida en orden decreciente por San Nicolás, San Lorenzo y San Cernin. A lo largo del siglo XVII, sin embargo, San Cernin creció en proporción superior a las otras parroquias (24,49 % en 1646-1679, frente a las otras tres, que crecieron aproximadamente entre un 3,79 % y un 5,11 %). Sin duda, este crecimiento de San Cernin fue la causa de que ya en 1679 estuviera superpoblada en relación a las viviendas de que disponía. Las variables demográficas siguen en el siglo XVII un ritmo estacional relacionado con las labores agrícolas, las creencias religiosas y el clima. La nupcialidad alcanza máximas en diciembre, enero y febrero (meses de relativa tranquilidad en las labores agrícolas); y mínimas en Cuaresma (épocas de la siega y la vendimia).

En líneas generales la tendencia estacional de las concepciones es paralela a la descrita para la nupcialidad. La mortalidad máxima se alcanza en agosto-diciembre (destacando especialmente el mes de septiembre), mientras que las defunciones registran valores mínimos en marzo y abril. Una aproximación a las tasas de natalidad y mortalidad en la Pamplona de la época se ha calculado en base a los datos de la parroquia de San Nicolás. En el siglo XVII la tasa de natalidad en dicha parroquia se situaba en torno al 32 por mil; y la de mortalidad adulta, en tomo al 17,7 por mil. La importancia numérica de la población de Pamplona en el siglo XVII respecto a la de la merindad y al total de Navarra se mantuvo en cotas similares a las alcanzadas en el siglo anterior (por encima del 6 y del 20 %, respectivamente).

Los sectores jurídicamente privilegiados (nobleza y clero) son todavía mal conocidos desde el punto de vista numérico. En el apeo de 1679 se anotan 88 eclesiásticos seculares en la ciudad, aunque la cifra probablemente era mayor en la realidad y a ella habría que añadir los eclesiásticos regulares. Los nobles no son recogidos sino esporádicamente en los apeos del siglo XVII (probablemente por sus exenciones fiscales, ya que el fin de los apeos era principalmente recaudatorio). A pesar de tratarse de una ciudad, Pamplona contaba en esta época con un importante número de personas dedicadas al cultivo de las tierras. En 1679 el sector primario suponía más del 24 % de la población activa, frente al secundario (37 %) y terciario (29 %). La importancia de las actividades primarias en Pamplona se sitúa en cotas similares a las de otras ciudades del Antiguo Régimen, pero inferiores a los valores obtenidos para la merindad de Pamplona o el conjunto español. El sector primario estaba casi íntegramente compuesto por agricultores.

Siempre según datos de 1679, éstos eran 390, frente a siete pastores y un mayoral. El sector secundario (incluyendo en él todas las variedades artesanales) daba en 1679 trabajo a unas 600 familias pamplonesas. Conocemos la distribución de oficios en las diferentes parroquias (M. Gembero, 1986, 100-102), lo que permite ver la mayor concentración de unas u otras profesiones según las zonas de la ciudad. Los 12 plateros apeados ese año, por ejemplo, vivían en San Cernin. De 17 cordeleros, 11 habitaban en San Juan. El número de sastres y zapateros parece estar en función del total de población: ambos oficios eran más numerosos en las parroquias más pobladas (San Juan y San Nicolás) y menos en las San Cernin y San Lorenzo, cuya población en esta época era más reducida. Los artesanos pamploneses estaban agrupados en un considerable número de gremios y cofradías, cuyas características y organización fueron estudiadas por M. Núñez de Cepeda (1948). Este tipo de asociaciones, donde lo religioso y lo laboral iban indisolublemente unidos, estaban dirigidas por un prior, mayorales y "veedores" de obras del oficio, quienes determinaban la calidad de los productos, establecían las reuniones de los agremiados o cofrades, sus deberes religiosos y sociales, etc.

Muchos de los gremios y cofradías tenían un origen medieval y a lo largo del siglo XVI renovaron sus ordenanzas y estatutos. Esto último ocurrió con los gremios de herradores, albéitares y herreros (1508), cuchilleros (1516), almudelafes, sastres y calceteros (1527), pelaires (1533), basteros (1552), corredores, boneteros y burulleros (1563), cereros y confiteros, cerrajeros y cuchilleros (1568), molineros, guanteros y bolseros (1569), sombrereros (1570), zapateros (1572 y 1590), cordeleros (1573), cortadores o carniceros (1582), zurradores (1583), aforradores, pellejeros y manguiteros (1584), carpinteros (1586), plateros (1587) y adoberos (1598). Por lo que se refiere al sector terciario, una buena parte de él (no siempre recogida en las fuentes) estaba constituida por servicio doméstico, hecho frecuente en todas las sociedades del Antiguo Régimen. Los comerciantes tenían un peso específico dentro de la ciudad, favorecidos por la situación geográfica de la misma.

El francés Antonio Brunel, que pasó por Pamplona en 1655, escribe: "el pueblo es grosero y se dedica al comercio que practica con Francia con una gran libertad, como si no hubiera guerra entre las dos coronas" (J. M. Iribarren, 1957, 49-51). Los militares suponían en torno al 9 % de la población activa en 1679, aunque las fuentes de la época se quejan de que eran insuficientes para la defensa de la ciudad (v. Las crisis bélicas del siglo XVII). Funcionarios y burócratas, por su parte, representaban en torno a un 10 % de la población activa y probablemente su importancia cualitativa era superior a la numérica. La población que trabajaba en educación y sanidad era muy pequeña en número, al menos según el apeo de 1679, que probablemente es poco fiable para este sector (veáse apartados sobre sanidad y educación en los siglos XVI y XVII). Las condiciones de vida eran extremadamente duras para toda la población. Una parte considerable de ella carecía de recursos indispensables.

En 1679 más del 6 % de las familias pamplonesas eran pobres "de solemnidad". A esta cifra habría que añadir mendigos, vagabundos y otros sectores marginales que, por su propia esencia, no quedan recogidos en las fuentes oficiales. Para garantizar el abastecimiento de pan entre la población se constituyó en 1527 el Vínculo de Pamplona, que almacenaba trigo (a veces importado) y combatía la especulación. Ver Vinculo. Felipe IV concedió al ayuntamiento pamplonés en 1665 el privilegio para la venta exclusiva de pan, a pesar de lo cual fue continua la lucha contra los panaderos particulares (J. J. Arazuri, 111-1980, 297-299). Un dato de interés relacionado con la economía y las condiciones de vida es la vivienda. Basando su estudio en los apeos de población del siglo XVII, se constata que entre 1646 y 1679 las viviendas crecieron a un ritmo más rápido que la población.

La media de familias por casa no llegaba a dos; es decir, que en muchas ocasiones cada familia habitaba individualmente en una casa. Por lo que respecta a la propiedad de las viviendas, eran minoritarios los vecinos propietarios de sus casas (o al menos de una vivienda en la ciudad). En el siglo XVII la cifra de vecinos propietarios era inferior al 22 % de la población, y disminuyó al menos hasta comienzos del XVIII. Paralelamente se produjo un descenso de la propiedad en manos de particulares y un aumento de las casas propiedad de instituciones religiosas o civiles. La mayoría de los pamploneses ocupaban viviendas que no eran de su propiedad. Este hecho contrasta con la tónica general en la merindad de Pamplona y en el conjunto navarro, donde eran mayoría los propietarios de las casas que habitaban y en cambio muchos menos los que ocupaban casas arrendadas. Respecto a la distribución de las viviendas en las diferentes Zonas de la ciudad, era bastante homogénea e iba en proporción al número de habitantes. En todas las parroquias la densidad de habitación en el siglo XVII oscilaba entre los 6 y los 7,6 habitantes por casa (M. Gembero, 1986).

Fernando el Católico introdujo muy tempranamente (ya en 1513) la Inquisición en Navarra. Según Goñi Gaztambide, la fe no corría peligro alguno, pero al rey "le interesaba utilizarla como un instrumento más de sujección del reino de Navarra al de Castilla". Los primeros inquisidores fueron el licenciado Francisco González de Fresneda y fray Antonio de Maya, prior del convento de Santiago de Pamplona. La institución, recibida con hostilidad, se fue consolidando "gracias a la moderación que mostraron sus principales responsables" (J. Goñi Gaztambide, III-1985a, 118-119). Respecto al número total de eclesiásticos existentes en la Pamplona de la época, las fuentes coetáneas parecen insinuar que era elevado para la población. En 1580, cuando los jesuitas pretendían abrir su colegio, aquéllos que se oponían aducían que había en Pamplona 150 clérigos, sin contar muchos adventicios "los cuales con solas sus coronas se entretienen por no tener oficio ni beneficio, que no los hay en estas tierras por la pobreza de los vecinos" (J. Goñi Gaztambide, IV, 1985b, 516).

En el apeo de 1679 son anotados 88 clérigos seculares, mayoritariamente concentrados en la parroquia de San Juan (42 % del total). A lo largo del siglo XVI se instalaron nuevas fundaciones de regulares en la ciudad. Se construyó el convento de San Francisco en el burgo de San Cernin y los de Santo Domingo y La Merced en la Navarrería. Los jesuitas se instalaron en Pamplona en 1578 (en la calle entonces llamada del Alfériz) y fundaron en 1580 el colegio de la Anunciada. Existían a la sazón en la ciudad cinco monasterios de frailes y dos de monjas. En 1583 llegaron las carmelitas descalzas, que se establecieron de momento en un convento provisional y construyeron después otro (en terrenos actualmente cercanos al Gobierno de Navarra y comienzo de la avenida de Carlos III). Los carmelitas descalzos construyeron en 1587 su convento extramuros de la ciudad, en el barrio de La Magdalena (margen derecha del río Arga).

En el siglo XVII se asentaron extramuros de Pamplona otros dos conventos: Capuchinos (iniciado en 1607 a orillas del Arga, cerca del monasterio de San Pedro de Ribas); y Trinitarios reformados o descalzos. Monjes de esta última orden llegaron a la ciudad en 1607 y se ofrecieron para hacerse cargo del cuidado de enfermos en el Hospital General, tanto en lo espiritual como en lo corporal. El Regimiento, temeroso de perder el único patronato que poseía sobre la institución, denegó la licencia a los trinitarios, so pretexto de que ya había muchos conventos en la ciudad y de que no conocían la lengua vascongada, usada por la mayoría de enfermos del Hospital (J. Goñi Gaztambide, V-1987a, 113-114). En 1608 los trinitarios se instalaron provisionalmente en San Fermín de Aldapa y posteriormente construyeron un nuevo convento extramuros, entre la Cuesta de la Reina y el río Arga. En diciembre de 1609 los jesuitas celebraron solemnemente la beatificación de Iñigo de Loyola y contaron en los actos correspondientes con la asistencia del cabildo de la Catedral.

Años después, en 1622, Iñigo de Loyola fue canonizado, junto con San Francisco Javier, Santa Teresa de Jesús, San Felipe Neri y San Isidro Labrador. La diócesis pamplonesa festejó espléndidamente la subida a los altares de dos de sus hijos. La canonización de San Ignacio tuvo especial resonancia en Guipúzcoa, y la de San Francisco Javier en Navarra. La Diputación decidió ese mismo año nombrar a San Francisco Javier patrono del reino, aunque no patrono único. Precisamente el patronato de San Francisco Javier ocasionó una larga polémica entre "javieristas" y "ferministas" entre 1648 y 1657. En 1648 la Diputación consiguió que el obispo Queipo de Llano declarase único patrono del reino a San Francisco Javier. A ello se opuso el ayuntamiento pamplonés, alegando que el único patrono era San Fermín.

Esta postura fue apoyada por el cabildo de la Catedral y una parte del clero diocesano. La polémica se complicó, e incluso el virrey medió para intentar llegar a un acuerdo entre la Diputación y el regimiento de Pamplona. Tras muchas gestiones infructuosas, el papa Alejandro VII zanjó la cuestión con un Breve del año 1657 en el que declaraba a San Fermín y San Francisco Javier patronos igualmente principales del reino de Navarra. Las fiestas de ambos deberían guardarse como de precepto, absteniéndose de todo trabajo. En 1668 se creó la Escuela de Cristo de Pamplona, cuyas constituciones fueron aprobadas al año siguiente. En la fundación participó activamente el obispo Andrés Girón. Las Escuelas de Cristo, inspiradas por San Felipe Neri, estaban compuestas por religiosos y seglares (todos gente ejemplar), y buscaban la santificación individual por medio de la oración, mortificación y obras de caridad. Siguiendo el ejemplo pamplonés, estas instituciones se extendieron a otros lugares de Navarra y del obispado, como Estella, Corella, Viana, Cascante, Los Arcos, Hondarribia, San Sebastián o Lekeitio.

En los siglos XVI y XVII resultaba imposible distinguir entre sanidad propiamente dicha y beneficencia. Ambas se entremezclaban, como era habitual en las sociedades del Antiguo Régimen. Frecuentemente eran religiosos los encargados de atender a los enfermos y necesitados que acudían a las instituciones benéficas. Desde finales del siglo XI se habían multiplicado en Pamplona los centros asistenciales, a causa del fenómeno de las peregrinaciones. Diseminados por los antiguos burgos y extramuros, varios de estos hospitales de peregrinos subsistieron durante la Edad Moderna. A comienzos del siglo XVI había en Pamplona hasta nueve hospitales pequeños, pobres y mal atendidos, además de varias casas de cofradías para los pobres (J.J. Arazuri, 1972, 12). En esa centuria es cuando se creó el Hospital General, la principal institución médica de la Pamplona moderna. El Hospital General de Nuestra Señora de la Misericordia fue fundado por Ramiro de Goñi, aristócrata y arcediano de la Tabla de la Catedral, que lo puso bajo el patrocinio del Ayuntamiento. La idea estaba en marcha ya en 1525, y se hizo realidad veinte años más tarde.

En 1564 se acordó que los hospitales menores se integraran en el General. A pesar de todo siguieron funcionando centros particulares, si bien cada vez más claramente dirigidos a la beneficencia. En el siglo XVI había en el Hospital tres médicos y tres cirujanos. La institución estaba regida por dos administradores o mayordomos nombrados por el Regimiento; éstos eran cargos honoríficos que recaían en personas de reconocida solvencia moral y relevante condición socio-económica (J.J. Arazuri, 1973, 29-31). El funcionamiento del Hospital quedó regulado por sucesivas constituciones, como las de 1699 y 1730. La institución subsistió en el mismo local hasta el siglo XX, y su fachada todavía se conserva en la actualidad (hoy da entrada al Museo de Navarra). El Hospital Militar (u Hospital de San Nicolás de los soldados) se fundó en la segunda mitad del siglo XVI, siendo virrey Vespasiano Gonzaga y Colonna (1571-74). Sus medios eran modestos, contando en principio con ocho camas (J.J. Arazuri, 1973, 32-33).

Es difícil llegar a una visión numérica de conjunto sobre el personal sanitario cualificado de la ciudad. En el apeo de 1679 se anotan seis médicos, un protomédico, once cirujanos, seis boticarios y cuatro parteras. Según estas cifras, la proporción era de un médico por cada casi 1.500 pamploneses (aunque es posible que en ellas no estuviera incluido el personal del Hospital General y otras instituciones benéfico-asistenciales) (M. Gembero, 1986, 73). Más relacionadas con la beneficencia que con la sanidad propiamente dicha estaban otras instituciones, como la Casa de Niños Doctrinos o el Padre de Huérfanos. En 1594 el Ayuntamiento creó el "Seminario de Niños de la Doctrina Cristiana", "para recoger a niños que andaban perdidos, así naturales de Pamplona como de todo el reino de Navarra" (J. M. Jimeno Jurio, 1974, 226-227). En opinión de Garralda este asilo había sido fundado antes de 1580. Los chicos acogidos tenían entre 7 y 12 años y sus actividades fueron reguladas por las constituciones de 1608, 1699, 1721 y 1792 (J. F. Garralda, 1989a, 145).

Popularmente conocidos como "los Doctrinos", estos niños vivían en una casa de la calle Comedias. Precisamente los beneficios que las representaciones teatrales aportaban eran uno de los ingresos principales para su manutención. El Padre de Huérfanos tenía como misión recoger a niños y adultos abandonados o realmente pobres para evitar su indigencia material y espiritual. La institución fue estudiada en profundidad por Salinas Quijada (1954). Hasta 1588 el puesto recaía en uno de los 17 empleados municipales que vestían de librea. En 1588 se dignificó el cargo, aumentándose la retribución y poniendo a su disposición dos nuncios (a finales del XVI se suprimió uno de los nuncios). El nombramiento solía hacerse en personas relevantes y tenía una duración anual, alternándose representantes de los tres burgos. En 1604 el Ayuntamiento acordó designar cada mes a dos regidores que ejercieran las funciones del Padre de Huérfanos. En sustitución de éste se nombró en 1608 un alguacil de vagabundos. A partir de entonces la institución pasó a tener una función más policial que asistencial (J. J. Arazuri, 1973, 44-47; J. F. Garralda, 1987a, 146).

En el siglo XVI la capital navarra contaba con un Estudio de latín. Hubo iniciativas para extender la enseñanza a las clases desfavorecidas. En 1551 se fundó un colegio en la Hospitalería de la Catedral para 18 estudiantes pobres. En el momento de su ingreso deberían tener entre 8 y 13 años, y permanecerían seis en la institución. También se intentó fundar en la Hospitalería un "orfanotrofio" para 18 niñas pobres, aunque no se sabe si llegó a funcionar (J. Goñi Gaztambide, III-1985a, 426-428). Como en tantos otros lugares, la renovación pedagógica en la ciudad estuvo relacionada con la Compañía de Jesús. En 1580, poco después de su llegada a Pamplona, los jesuitas fundaron el colegio de la Anunciada. De momento hubo oposición por parte de los otros sectores eclesiásticos también dedicados a la enseñanza. Se alegaba que ya había centros suficientes para el aprendizaje: Latín en el Estudio de la ciudad, Artes y Teología en los monasterios, Doctrina Cristiana en las escuelas elementales.

A pesar de todo el colegio de los jesuitas se abrió con éxito. En él se impartían al comienzo Humanidades y Moral, y más adelante Filosofía y Teología. Poco después de su apertura contaba con 450 alumnos; hacia 1620 éstos eran más de 500; a finales del XVII, 600; y entrado el XVIII, 900. En 1597 el ayuntamiento pamplonés delegó en la Compañía de Jesús la enseñanza de la Gramática en la ciudad, mediante una Concordia que se mantuvo vigente hasta la expulsión de los jesuitas (en 1767). En 1630 se inauguró una Universidad (regentada por los dominicos) en el convento de Santiago. A su creación se opusieron los jesuitas y los benedictinos de Irache. La institución se fundó con carácter interino: cuando se estableciese una Universidad del reino, las cátedras de la Universidad de los dominicos (Teología y Artes) se incorporarían automáticamente a ella. En 1652 los dominicos comenzaron a dar los pasos necesarios para ampliar la Universidad con las facultades de Leyes, Cánones y Medicina, lo que perjudicaba a la Universidad de Irache, que expedía estos títulos.

Las Cortes iniciaron gestiones en 1654 para fundar una Universidad pública en Pamplona. Los permisos para la misma habían sido ya anteriormente concedidos por Felipe II (1619) y el Papa Gregorio XV (1621), pero el proyecto no se había podido llevar a cabo por la Guerra de los Treinta Años, que había absorbido todos los recursos económicos y humanos del reino. Los navarros, recordando a la Monarquía los servicios prestados durante la contienda, pretendían obtener alguna ayuda para la fundación. De momento las gestiones resultaron infructuosas. El vascuence estaba muy arraigado en la población pamplonesa, a juzgar por los datos que pre- sentan Goñi Gaztambide e Idoate. El primero relata un pleito de 1686 entre los receptores del tribunal eclesiástico y un repartidor del mismo, Pedro Pagola, pleito que se comenta en el apartado "Las lenguas" de este artículo. La vida cultural en la Pamplona de los Austrias nos es sólo parcialmente conocida. Los acontecimientos relevantes eran subrayados por festejos con música, danzas y fuegos artificiales.

Ocurrió así con la visita de Isabel de Valois, prometida de Felipe II, que llegó a la ciudad en 1560. En las fiestas patronales de San Fermín, además de solemnes cultos y procesiones, danzas y fuegos de artificio, se celebraban festejos taurinos. A lo largo del siglo XVII se incrementó la afición por los espectáculos teatrales (las comedias). Las representaciones tenían lugar en el único teatro municipal existente, llamado Casa de las Comedias, cuyos beneficios iban a parar a los Niños de la Doctrina. El local fue inaugurado antes de 1623. Su aforo era escaso, por lo que entre 1664 y 1665 fue reconstruido. La nueva Casa de Comedias tenía palcos separados para el Ayuntamiento, Diputación, Consejo Real, regidor, virrey, consultores y Cabildo de la Catedral. Los varones contemplaban las representaciones de pie, en el "patio". Las mujeres, en la "cazuela" o parte alta del local (J. J. Arazuri, 1979, I, 213-214; J. M. Corella, 1971).

La Capilla de Música de la Catedral fue ampliada en 1523, con motivo de la visita de Carlos I. Esto supuso una potenciación de la música culta, ya que el repertorio religioso era escuchado por la mayoría de la población. En la transición del siglo XVI al XVII vivió un maestro de gran calidad: Miguel Navarro (+ 1627), que logró editar algunas de sus obras en vida; además de dirigir la capilla en la catedral pamplonesa durante dos etapas distintas, fue prior de los ermitaños de Navarra, y conectó con el espíritu religioso del Siglo de Oro español. Los pamploneses del siglo XVII pudieron también escuchar en la Catedral las obras de compositores como Urbán de Vargas, Pedro de Ardanaz y José de Cáseda y Villamayor, entre otros (A. Sagaseta, 1983; J. Goñi Gaztambide, 1983 y 1986).

A la muerte de Carlos II se desencadenó la Guerra de Sucesión (1700-13). Ya desde antes de estallar la contienda, Navarra apoyó a Felipe de Borbón (que resultaría vencedor). Sin duda esto sirvió para que el antiguo reino no perdiera sus peculiaridades forales (frente a los restantes territorios hispánicos, que vieron suprimidos muchos de sus derechos históricos con los Decretos de Nueva Planta de 1707). La adhesión de los navarros a la causa felipista no les eximió, sin embargo, de los inconvenientes de la guerra. En 1704 hubo un primer trasiego de tropas francesas por el territorio foral. Algunos documentos anónimos llegados a la Diputación animaban a los pamploneses a no admitir a las tropas francesas (J. M. Sesé, 1988, 197). Cuando Aragón cayó en manos del archiduque Carlos, Navarra se vio obligada a defender sus fronteras con mayor empeño. En 1710 la propia Pamplona se vio amenazada.

Según Idoate (1974, 20-22) la ciudad estaba casi desguarnecida, con sólo 50 soldados. Hubo un llamamiento en defensa de la capital, si bien ésta no llegó a ser invadida. Felipe V (VII de Navarra, 1700-1746) estuvo en Pamplona en más de una ocasión. En 1706 pasó por la ciudad en el curso de la guerra de Sucesión. En diciembre de 1714 llegó a Pamplona su prometida, Isabel de Farnesio, procedente de Francia. Se dirigía a Madrid, para contraer matrimonio con el Rey. La ilustre visitante permaneció varios días en la ciudad y fue obsequiada con distintos actos musicales en los que intervinieron tres ministriles de la Catedral, tres danzas y seis "quadrillas de julares". La ciudad se engalanó con arcos triunfales y hubo también una corrida de toros, fuegos artificiales, etc. (AMP, Asuntos Regios. Festejos Reales, leg. 6, n.° 6). En 1719 Felipe V volvió a Navarra, acompañado por su ya esposa Isabel de Farnesio.

La visita se debió a la necesidad de seguir de cerca una breve guerra contra Francia e Inglaterra. Los monarcas llegaron a Pamplona el 10 de julio y permanecieron tres días alojados en la canonjía, aunque realizando continuas salidas al campo. Partieron repentinamente de la ciudad, pero el 19 de julio asistieron en la catedral pamplonesa a un Te Deum para festejar la victoria de Francavilla, en Sicilia. Al finalizar el acto volvieron a la localidad de Asiain (Navarra). El 2 de agosto de 1719 los monarcas llegaron de nuevo a Pamplona "a hacer la diligencia del juvileo de la Porciúncula", partiendo inmediatamente en dirección a la Ribera (ACP, Libro 2.° de Acuerdos, 1701-25, 126v-127v). Felipe V abdicó inesperadamente del trono español en 1724. Durante siete meses el reino estuvo (al menos nominalmente) en manos de Luis I (II de Navarra), que contaba tan sólo 17 años. Su muerte prematura hizo que Felipe V retomara las riendas del gobierno e iniciara su segundo reinado, que se extendió hasta el final de su vida (1746).

Durante el reinado de Felipe V tuvieron lugar otras visitas de personas reales a Pamplona, además de las realizadas por los propios monarcas. La infanta María Victoria de Borbón estuvo en la ciudad entre el 18 y el 20 de mayo de 1725. La capital navarra fue una etapa de tránsito en su viaje desde Francia a Madrid. El regimiento pamplonés aprovechó esta corta visita para obsequiar a la infanta con una corrida de toros (celebrada el 19 de mayo), danzas, "julares" y una mascarada (M. Gembero, 1990, 629). Especial importancia adquirió la estancia en Pamplona de Mariana de Neoburgo, reina viuda de Carlos II, que permaneció en la ciudad varios meses, entre septiembre de 1738 y abril de 1739. La reina vivía desde 1706 en las cercanías de Baiona (Lapurdi). El 22 de septiembre de 1738 cruzó la frontera hispano-francesa y llegó a Roncesvalles (Navarra). Entró en Pamplona el jueves 25 de septiembre de 1738, cerca de las cuatro de la tarde.

Visitó la catedral antes que el palacio, como era su deseo. La soberana estaba impedida: "por la crecida edad y muchos accidentes, Su Magestad no podía salir de la silla en que venía colocada", que era portada por seis "silleteros". En Pamplona le hicieron una "nueba silla de manos con cristales" (ACP, Libro l.° de Notum 1725-43, 219r-223r y 231v-237v). Mariana de Neoburgo cumplió años en Pamplona el día 28 de octubre de 1738. Las autoridades locales le hicieron la correspondiente visita de cortesía, tanto en esa fecha como el día 19 de diciembre (en esta ocasión por el cumpleaños de Felipe V). La reina era especialmente devota y visitó con detenimiento no sólo la Catedral, sino muchas otras iglesias y conventos de la ciudad: Capuchinos, Santa Engracia, San Pedro, Recoletas, Mercedarios, Santo Domingo, Jesuitas, Descalzos, Trinitarios, convento del Carmen, San Agustín, La Merced, San Francisco y parroquias de San Saturnino, San Lorenzo y San Nicolás.

Le acompañaba en estas visitas el obispo (Francisco Ignacio de Añoa y Busto), que recibía a la reina, decía las oraciones del Pontifical y daba la bendición con la custodia. La reina era recibida con palio y "gustaba Su Magestad mucho de estas debotas ceremonias". Por su propia iniciativa se celebró una novena a la Virgen del Camino (venerada en San Cernin); para la imagen mandó hacer un nuevo vestido y regaló una pieza de diamantes "de su llevar" valorada en 10 ó 12.000 ducados de vellón (ACP, Libro 1.° de Notum 1725-43, 231v-237v). Durante la estancia de Mariana de Neoburgo en Pamplona se organizaron diversas actividades en su honor: bailes, fuegos artificiales, mascaradas, una corrida de toros, etc. En las Navidades de 1738 la Capilla de Música de la Catedral completa acudió al palacio para cantar los nuevos villancicos a la reina, que había expresado con insistencia su deseo de oírlos. La soberana participó activamente en la Semana Santa de 1739. Incluso hubo que traer una partida de palmas de Madrid para la reina y "su familia".

La visita de Mariana de Neoburgo inspiró unas anónimas Aclamaciones festivas (...), editadas en Pamplona en 1738. El tono de la obra (que se extiende a lo largo de 71 páginas) es satírico. Pérez Goyena cree que su autor pudo ser el jesuita P. Bermejo (M. Gembero, 1990, 629-632; ACP, Libro se Sacristía 1724-81, 70v). En abril de 1739 la corte reinante en Madrid decidió que Mariana de Neoburgo pasara a residir en Guadalajara, aunque se sabía que la reina "nada bien llevaba este viage, ni el que le hablasen dél (sic)". La soberana sintió mucho dejar la capital navarra, que tan hospitalariamente le había acogido.

Tras las despedidas oficiales, la solemne comitiva real partió el 23 de abril de 1739. Mariana de Neoburgo falleció poco tiempo después de su llegada a Guadalajara (ACP, Libro 1.° de Notum, 1725-43, 257v-259v; AMP, Asuntos Regios. Festejos Reales, leg. 6, n.° 15). En octubre de 1739 visitó Pamplona la infanta Luisa Isabel de Francia, desposada con el infante español Felipe. La infanta estuvo en la Catedral y el Regimiento organizó una corrida de toros, una máscara, danzas, etc. Desde la capital navarra la infanta prosiguió su viaje en dirección a Olite (Navarra) (M. Gembero, 1990, 632).

La monarquía española conoció un período de cierta tranquilidad y prosperidad económica con Fernando VI (II de Navarra, 1746-59) y Carlos III (VI de Navarra, 1759-88). Pamplona inició en esta etapa diversas construcciones arquitectónicas (veáse Las transformaciones urbanas en la Pamplona del Setecientos). Durante esos años las prerrogativas forales fueron sistemáticamente minadas. Ninguno de los dos monarcas citados visitó Navarra y, aunque no llegaron a violar directamente los fueros, en la práctica los debilitaron tanto como pudieron, de acuerdo con las ideas de centralismo administrativo que caracterizaron a la dinastía borbónica. En este proceso las resistencias por parte de los navarros no fueron unánimes. La burocracia pamplonesa, lo mismo que la nobleza y burguesía comerciante, estaban muy "borbonizadas". Había, por tanto, ciertos apoyos subyacentes hacia el gobierno de Madrid (A. Domínguez Ortiz, 1976, 159).

La estructura de los cargos concejiles en el ayuntamiento pamplonés se mantuvo invariable desde el Privilegio de la Unión (1423) hasta la Constitución de 1812. El tema en el siglo XVI fue estudiado por S. Lasaosa (1979, 552 pp.) y en el XVIII por J. F. Garralda Arizcun (1988, 131-144). A lo largo de todos esos años hay una clara línea de continuidad. La corporación municipal estaba compuesta por diez regidores y un alcalde ordinario. De los diez regidores, cinco pertenecían al burgo de San Cernin, tres al de la Población (o San Nicolás) y dos a la Navarrería. Tanto regidores como alcalde eran elegidos anualmente y no podían ser reelegidos en los años posteriores a su mandato. Los diez regidores salientes elegían a los diez entrantes el primer domingo de septiembre después de la fiesta de Santa María. Una semana después, los nuevos regidores elegían una tema de nombres para el puesto de alcalde.

El alcalde precedente tenía voto de calidad en caso de empate. Los nombres de la terna pertenecían cada año a uno de los burgos, sucediéndose paulatinamente los de San Cernin, San Nicolás y la Navarrería. De esa terna el virrey (en nombre del rey) nombraba al alcalde para el año. Si el alcalde fallecía en el ejercicio de su función, volvía a presentarse una terna con vecinos de su mismo barrio. El nuevo elegido ocupaba el puesto durante el tiempo que hubiera correspondido al difunto. Este sistema de funcionamiento de la alcaldía entró en crisis a comienzos del siglo XIX, entre otras razones por la ocupación francesa. La asistencia del alcalde a las sesiones de Consulta municipal no era fija, sino que se limitaba a los asuntos de mayor importancia y a los casos de votaciones empatadas. Para ser alcalde se exigía, entre otros requisitos, pertenecer a la nobleza. Precisamente la escasez de nobleza titulada en Pamplona motivó que hubiera repeticiones en determinados nombres para la alcaldía. Los regidores tenían facultades legislativas, ejecutivas y judiciales.

Sus poderes, sin embargo, no eran absolutos, sino que estaban limitados por el fuero municipal de Pamplona. Uno de los regidores ostentaba el cargo de alcalde del mercado. La distribución social de los cargos concejiles en la Pamplona dieciochesca se limita a varios grupos bien definidos: nobles, abogados, procuradores, escribanos reales, y también algunos labradores propietarios y comerciantes (incluidos chocolateros y cereros). En general se trata de clases aristócratas y medias más o menos pudientes. Falta la representación del artesanado, profesiones liberales o menos pudientes (como albañiles, canteros, etc.) y labradores humildes. "En todo momento, prevalece el criterio del Ayuntamiento de elegir a los vecinos mejor preparados, sobre el criterio de la representación orgánica, que en ningún momento es planteado" (J. F. Garralda Arizun, 1988, 135). El gobierno municipal pamplonés del siglo XVIII tenía ciertas peculiaridades respecto a los municipios castellanos: no existía la figura del corregidor, ni la de los alcaldes mayores; no afectó a Pamplona la reforma municipal decretada por Carlos III en 1767, que creaba los cargos de diputados del común y síndico personero; los cargos concejiles nunca eran vitalicios, no podían heredarse o venderse. Por otra parte, y a diferencia de lo que ocurría en Castilla o Vascongadas, en Pamplona no se evolucionó hacia una aristocratización ni hacia ayuntamientos más oligárquicos.

Por el contrario, las clases de menor categoría social ocuparon paulatinamente un mayor número de regidurías en detrimento de la nobleza titulada y la abogacía. Las reelecciones de cargos concejiles se debieron más a la carencia de vecinos aptos que al afán de concentrar el poder político en pocas manos (J. F. Garralda, 1988). En el siglo XVIII siguió vigente la división de la ciudad en barrios, que según las ordenanzas de 1741 (aprobadas por el Consejo Real y publicadas en 1749) eran 20. Al frente de cada barrio, además del prior (elegido por Pascua de Resurrección) había dos consultores, cuyo mandato era también anual; mayorales (que ejecutaban las órdenes del prior), contadores, procuradores y diputados. Las citadas ordenanzas de 1749 otorgaron amplias facultades a los priores. Estos eran los encargados de mantener el orden público y mediar en los conflictos entre vecinos para intentar llegar a una solución sin recurrir a la Real Corte.

Tenían también facultad para imponer multas y realizar embargos. Priores y mayorales tenían obligación de rondar de noche por sus barrios, aunque esto no supuso la desaparición de las rondas realizadas por los alcaldes de la Corte Real. En 1766 se desencadenó un pleito entre los barrios pamploneses y el Regimiento. Este había aumentado el precio de algunos productos básicos. Los priores de barrio se reunieron y pretendieron modificar la postura municipal en beneficio de la población. El Regimiento les negaba la representatividad popular, que según él recaía sólo en los cargos concejiles. José Andrés Gallego (1988, 113-126) opina que este contencioso fue una manifestación más de las tensiones creadas en España a raíz de los motines de 1766; representó la oposición entre un "absolutismo populista" (los priores no discutían la autoridad regia) y la "autonomía de los privilegiados".

En el Siglo de las Luces el aspecto de la ciudad cambió considerablemente. Si Julio Caro Baroja habla de "la hora navarra del siglo XVIII", cabría también referirse a "la hora pamplonesa del siglo XVIII", al menos en lo que a urbanismo se refiere. Se construyeron no pocos edificios y fachadas significativas y, sobre todo en la segunda mitad de la centuria, las obras públicas contribuyeron a mejorar el aspecto general de las calles y las condiciones de vida de los ciudadanos. Pamplona seguía encerrada en el recinto amurallado, que continuó siendo mejorado y ampliado. Hacia 1730 se construyó el fuerte de San Bartolomé. Poco después el virrey conde de Gages (1749-53) levantó los fuertes de Guadalupe y los Reyes debajo del Redín, y modernizó el camino real hasta Tudela. En 1787, de un total de 1.632 casas existentes en la ciudad, 1.428 (el 87,5 %) se situaban intramuros; 153 (9,37 %) "en los rabales" (es decir, en las afueras); y 51 (3,12 %) en la ciudadela.

El crecimiento demográfico de los años centrales del siglo XVIII fue acompañado por un aumento del número de viviendas, aunque éste último de menor cuantía. Entre 1727 y 1787 la población creció un 32,82 %, mientras que las casas en la misma etapa aumentaron sólo un 15,33 % (menos de la mitad del crecimiento demográfico). Como consecuencia se produjo una mayor densidad de ocupación en las viviendas. La media de habitantes por casa en 1679 era de 6,9 y aumentó a 7,4 en 1727 y 8,6 en 1787. La densidad ocupacional de las viviendas era superior en Pamplona a la media navarra (a su vez más elevada que la media española). El aumento fue más intenso en las parroquias menos pobladas (San Cernin y San Lorenzo). Las más populosas (San Nicolás y San Juan) sufrieron menos variaciones en ese sentido (M. Gembero, 1986, 49-53). La mayor parte del caserío pamplonés fue renovado y sustituido por construcciones que en ocasiones alcanzaron siete alturas, con fachadas de ladrillo y a veces de piedra. Es larga la lista de edificios notables que fueron levantados o mejorados y enriquecieron artísticamente la ciudad.

Entre 1700 y 1702 se reconstruyó la basílica de San Fermín de Aldapa, que estaba muy deteriorada por las características de sus materiales. La Casa de Misericordia, inaugurada en 1706, se situó en el actual Paseo de Sarasate. En 1711 se terminó el palacio de los marqueses de Aguayo en la calle Mayor (que desde 1800 pasó a ser propiedad del conde de Ezpeleta). En la parroquia de San Lorenzo se concluyó en 1717 la nueva capilla de San Fermín. El Palacio Episcopal fue iniciado en 1734, con el obispo Melchor Angel Gutiérrez Vallejo. En ese momento los obispos habitaban en una casa alquilada, incómoda, distante de la Catedral y del tribunal para causas eclesiásticas; en sitio separado estaba el archivo y la torre o cárcel episcopal (indecente para los eclesiásticos e insegura para la custodia de los reos). Las obras del nuevo palacio se prolongaron varios años, y el primer obispo que lo ocupó fue Francisco de Añoa y Busto, en 1740.

El tribunal eclesiástico se estableció en la planta baja del edificio. Quedaron de momento sin construirse el archivo y la cárcel (esta última fue levantada en tiempos del obispo Gaspar de Miranda y Argaiz). De 1734 es el edificio del Seminario de San Juan Bautista, fundado junto al convento de Santo Domingo por el baztanés Juan Bautista Iturralde, ministro de Hacienda de Felipe V. En 1753 se inauguró la nueva basílica construida por los miembros de la Escuela de Cristo (cercana a la iglesia de San Cernin). Mediado el siglo se inició el edificio del nuevo Ayuntamiento. También en la segunda mitad de la centuria se derribó el claustro gótico de San Cernin para montar en su lugar la capilla barroca de la Virgen del Camino. La traslación de la imagen a la misma tuvo lugar en 1776, rodeada de solemnes celebraciones y festejos públicos. En 1777 se inauguró el Seminario conciliar de San Miguel, en terrenos cercanos al Palacio Episcopal. La Catedral conoció cambios importantes. Se hicieron varios retablos, obras de platería, algunas vidrieras, órgano nuevo (desde 1740), monumento, etc. Fue arreglada la sacristía menor o de los capellanes (1744-47) y hacia 1762 se decoró la sacristía rococó o de los canónigos. En el claustro recibió sepultura el virrey conde de Gages, cuyo sepulcro fue obra de Roberto Michel (1767).

Se hizo la nueva Biblioteca capitular, terminada en 1767-68. En 1772 finalizó el enlosado del claustro. La fachada románica, que había sido respetada al construir las naves góticas, seguía en pie todavía en 1783. El Cabildo deseaba cambiarla desde el siglo XVI y fue en 1782 cuando acordó demolar la anterior y construir una fachada nueva. El proyecto fue realizado por Ventura Rodríguez, director de la Real Academia de San Fernando, en estilo neoclásico (1783). Se amplió también la nave (añadiéndole un tramo en los pies) y se acondicionó el atrio de la Catedral. Santos Angel de Ochandátegui llevó la dirección de las obras. Puede decirse que en el primer templo navarro se condensaron los cambios estéticos del momento, pues en pocos años se sucedieron el rococó de la sacristía y el neoclásico de la fachada, las "vanguardias" artísticas de la época. Pero además de ver una ciudad distinta en alzado, los pamploneses del siglo XVIII asistieron a otros cambios más significativos si cabe para la vida diaria. La obra de alcantarillado comenzó en 1767 (siendo virrey el conde de Ricla) y fue concluida en 1773, con un costo de 2.300.000 reales.

De 1774 es el proyecto del ingeniero hidráulico Francisco Gency (francés) para conducir el agua a la ciudad desde Subiza. Hasta entonces los pamploneses se abastecían del río Arga, de pozos privados y públicos y de fuentes. En 1780 el Ayuntamiento confió la dirección de la obra a Ventura Rodríguez, que proyectó el acueducto de Noain; murió en 1785, sin ver culminada esta obra, ni la fachada de la Catedral. El acueducto fue iniciado en 1782, por Santos Angel de Ochandátegui y Alejo de Aranguren, y las obras no culminaron hasta 1790. En 1788 Luis Paret diseñó seis fuentes destinadas a embellecer la ciudad y dotarla de agua en varios puntos, una vez concluidas las obras de conducción. Las fuentes fueron colocadas en las plazas del Castillo, Consejo, Recoletas, Santa Cecilia, Mercado y calle Descalzos.

En 1750, siendo virrey el conde de Gages, se establecieron las rondas de vigilancia nocturna en la ciudad. En 1786 se instalaron fanales, se lucieron fachadas, se numeraron las casas y se rotularon calles y plazas. La seguridad nocturna mejoró cuando en 1799 fue instalado el alumbrado público en las calles. A pesar de ser el XVIII un siglo más pacífico que los anteriores, el urbanismo pamplonés sufrió algunas alteraciones por causas bélicas. La guerra de la Convención (1793-95), de tan negativas repercusiones para la vida de la ciudad, perjudicó también a sus edificaciones. Para mejorar la defensa de la plaza se derruyeron edificios en los arrabales y, entre ellos, los conventos de Trinitarios Descalzos y Santa Engracia, ambos extramuros de la ciudad.

Durante los 48 años que median entre 1679 y 1727, la población pamplonesa creció sólo en un 3,31 %, lo que permite seguir hablando de estancamiento. Sin embargo, en los 60 años que transcurren entre 1727 y 1787, el crecimiento fue del 42,94 %. Por primera vez durante la Edad Moderna se rebasa con amplitud el límite de los 10.000 habitantes, llegándose en 1787 a un total de 15.138. Sin embargo, los algo más de 15.000 habitantes alcanzados quedaron reducidos muy pronto, como consecuencia de las duras condiciones que Pamplona vivió durante la guerra de la Convención (1793-95). La contienda no ocasionó apenas muertes directas, pero sí un aumento de la mortalidad por otras causas: dificultades de abastecimiento, epidemias por convivencia de la población civil con la soldadesca, etc. Como reacción de recuperación, y pasados los momentos más críticos, aumentaron también los matrimonios y nacimientos.

El apeo de 1796 (realizado por mandato de las Cortes nada más terminar la contienda) recoge un total de 12.567 habitantes. En el censo de Godoy de 1797 la población registrada es de 14.298 personas. Aun teniendo en cuenta las críticas que a veces se han hecho a esta última fuente (hoy en día de nuevo revalorizada), parece claro el receso de población en relación al censo de Floridablanca de 1787. Los libros parroquiales confirman esta tendencia. La parroquia más poblada durante el siglo XVIII siguió siendo San Juan, que concentraba más del 37 % de los habitantes de la ciudad. Las otras tres parroquias tenían en torno al 20 % de la población pamplonesa cada una. El crecimiento demográfico del XVIII fue mayor en Pamplona que en otras ciudades y regiones navarras estudiadas. La población de la capital era en 1787 el 6,57 % de la de Navarra y el 34,37 % de la que habitaba en la merindad pamplonesa.

La nupcialidad pamplonesa entre 1700 y 1800 continuó estando muy relacionada con las tareas agrícolas, aunque los contrastes entre diferentes épocas del año fueron menos bruscos que en el siglo XVII. Los matrimonios registraron máximas en meses como febrero y diciembre, tranquilos para las labores agrícolas; y mínimas en marzo y abril (por incidencia probablemente de las restricciones cuaresmales). Muy similar a este comportamiento descrito para las nupcias era el de las concepciones (deducidas a partir de las fechas de nacimiento). Por lo que se refiere a la mortalidad, las diferencias estacionales fueron también menos acusadas que en el siglo XVII, aunque puede señalarse la máxima de defunciones en septiembre. La tasa de natalidad del siglo XVIII (tomando como ejemplo la parroquia de San Nicolás) estuvo en tomo al 34 por mil, algo más elevada que la del siglo XVII. La tasa de mortalidad adulta (también en la citada parroquia) era aproximadamente del 18,54 por mil. Las mencionadas tasas son valores normales dentro de las sociedades del Antiguo Régimen.

Por lo que se refiere a la estructura interna de la población, la conocemos a través de los censos de Floridablanca (1787) y Godoy (1797). La Pamplona de finales del siglo XVIII era una población "joven", aunque con cierta debilidad en el segmento comprendido entre o y 16 años. El número de mujeres era superior al de hombres, aunque nacían más niños que niñas (lo que indica que la mortalidad era más acusada en los varones). Los matrimonios se celebraban generalmente en edades avanzadas, y más en el hombre que en la mujer. Los varones que quedaban viudos se casaban por segunda vez con mucha frecuencia, pero no ocurría así con las viudas, que lo hacían en menos casos. Las solteras abundaban más en Pamplona que en otras regiones, aunque la soltería definitiva era más frecuente en los varones que en las mujeres (M. Gembero, 1985).

Las actividades económicas sufrieron un pequeño cambio cualitativo a finales del siglo XVIII respecto a la centuria anterior. El sector primario siguió siendo importante (26 % de la población activa en 1787), aunque registró un acusado bajón tras la guerra de la Convención (15,69 % en 1797). El sector secundario (33 % de la población activa en 1787, 38 % en 1797) quedó por debajo del terciario (38 % de la población activa en 1787, 45 % en 1797). Esta "terciarización" acentuó más el carácter urbano de la capital, a pesar de su todavía importante número de agricultores (M. Gembero, 1986). El censo de Godoy (1797) especifica el status interno del sector agrícola: de 744 personas comprendidas en éste, 19 eran labradores propietarios; 332 arrendatarios; y 393 jornaleros. Como puede observarse, eran muy minoritarios los agricultores propietarios de tierras en la ciudad. También en 1797 había 16 pastores en la misma. El sector artesanal e industrial ocupaba a 1.041 personas en 1787 y 1.895 en 1797. El porcentaje respecto de la población activa era superior a la media española, pero inferior en cambio al de ciudades como Bilbao, Valladolid o Granada a finales del siglo XVIII. En cuanto a la composición de este grupo profesional, en 1787 lo integraban 150 "fabricantes" (14,40 % del sector) y 891 "artesanos" (85,59 % del mismo). En 1797 los grupos numéricamente más importantes del artesanado eran:

En la sociedad pamplonesa del Siglo de las Luces los valores religiosos estaban arraigados hasta en los más mínimos detalles cotidianos. El clero era influyente y numeroso. En 1787 había en Pamplona 462 seculares y 386 regulares. En conjunto, los eclesiásticos suponían el 6,57 % de la población total de la ciudad. En otras palabras: una de cada quince personas pertenecía al estado eclesiástico. Los regulares se repartían en 14 conventos: 9 de religiosos (Santo Domingo, Carmelitas Descalzos, Carmelitas Calzados de la antigua observancia, San Agustín, Mercedarios, San Francisco de la observancia, Capuchinos extramuros, Trinitarios Descalzos extramuros y San Antonio Abad); y 5 de monjas (Agustinas Recoletas, Carmelitas Descalzas, Clarisas de Santa Engracia extramuros, Agustinas de San Pedro de Ribas extramuros y Beaterio de Dominicas). Además de la Catedral y las cuatro parroquias (San Cernin, San Lorenzo, San Nicolás y San Juan) existían siete basílicas en la capital: San Ignacio, San Fermín de Aldapa, San Felipe Neri, Nuestra Señora de la O, Santa Cecilia, Santa Maria Magdalena y San Martín. A las cofradías ya existentes con anterioridad se añadieron en el siglo XVIII algunas de nueva fundación.

Así, la de los Esclavos, creada en 1797 en la parroquia de San Juan de la Catedral, con objeto de aumentar la devoción al Rosario. Sus constituciones fueron aprobadas en 1798. La institución se ha mantenido hasta nuestros días, en que sigue celebrando el tradicional "Rosario de los Esclavos" en la catedral pamplonesa. Si tenemos en cuenta que la ciudad seguía encerrada en el recinto de las antiguas murallas y apenas alcanzaba los 15.000 habitantes, se comprenderá el papel preponderante que hubo de tener el estamento eclesiástico. A lo largo del siglo XVIII el Ayuntamiento, como representación de la ciudad, asistía a todo tipo de actos religiosos, en consonancia con las creencias de sus vecinos (J. F. Garralda, 1987a, 111 y ss.). La vida cotidiana estaba marcada por el tañer de las campanas llamando a variadas funciones y liturgias. Jimeno Jurío se refiere a la capital navarra en esta época como "ciudad levítica (...) preñada de tristeza y misticismo", que a más de un visitante produciría la impresión de "estar metido en un convento" (J. M. Jimeno Jurío, 1974, 233). Habría, no obstante, que profundizar sobre la penetración de ideas ilustradas en ciertos sectores del clero pamplonés. A raíz de la Revolución Francesa los eclesiásticos galos que rehusaron jurar la constitución civil del clero emigraron en diversas direcciones.

Muchos de ellos fueron acogidos en la diócesis pamplonesa y concretamente en su capital, donde participaron en algunas ceremonias religiosas (J. Goñi Gaztambide, VIII-1989b, 255-309 y 401-418). La religiosidad popular encontraba una de sus mejores expresiones en las procesiones, que frecuentemente iban acompañadas de gran solemnidad, arquitecturas efímeras, altares, interpretación de villancicos musicales, etc. Las de Jueves y Viernes Santo se celebraban de noche, lo que al parecer originaba ciertos abusos. A partir de 1761 el Ayuntamiento, apoyado por las instituciones religiosas, consiguió que se celebraran de día, terminando antes de las siete de la tarde. Hubo cultos solemnes en muchas ocasiones. En tales eventos, además de misa cantada, solía celebrarse procesión general con participación del Ayuntamiento, cabildo de la Catedral, comunidades religiosas, parroquias, gremios, cofradías y alguna imagen sujeta a especial devoción (la Virgen de la Catedral, la del Camino, San Fermín, etc.).

Las comunidades promovían importantes celebraciones cuando eran canonizados santos de su orden. Así ocurrió, por ejemplo, con los capuchinos por la canonización de San Feliz de Cantalicio (1713), San Fidel de Sigmaringa y San José de Leonissa (1747). Los tres conventos carmelitas de la ciudad celebraron en 1727 la canonización de San Juan de la Cruz. Los franciscanos observantes las de San Jacome Lamarca y San Francisco Solano en 1727, y la de San Pedro Regalado en 1747. Los jesuitas festejaron la canonización de San Luis Gonzaga y San Estanislao de Kostka (1727) y la de San Francisco Regis (1738). Los dominicos hicieron cultos solemnes en 1747, con motivo de la canonización de Santa María de Rici. Especial importancia en toda la ciudad tuvieron los festejos celebrados en 1776, con motivo de la traslación de la Virgen del Camino a su nueva capilla en la parroquia de San Cernin, que trascendieron lo meramente religioso para incluir también "regocijos públicos" de todo tipo. La diócesis de Pamplona abarcaba en el siglo XVIII todo el territorio de Navarra y se extendía por el O. hasta el río Deba, en Guipúzcoa

La preocupación por la conveniente preparación del clero motivó la creación de varios seminarios en la capital navarra. El de San Juan Bautista fue fundado en 1734 por los marqueses de Murillo el Cuende (Juan Bautista Iturralde y Manuela Munárriz). El seminario episcopal, fundado en 1772, ocupó de momento el edificio que antes servía de torre y cárcel episcopal. En 1777 se inauguró el seminario conciliar de San Miguel, según las directrices tridentinas; fue construido en terrenos cercanos al palacio episcopal, y en su financiación participó decisivamente Juan Bautista de Irurzun.

A lo largo del siglo XVIII el Ayuntamiento de Pamplona dio una extensa normativa sanitaria, divulgada a través de bandos. Estas medidas reflejan el concepto ilustrado de intentar conseguir la higiene y la salud de la población a través de la intervención institucional. Las condiciones sanitarias de la ciudad mejoraron a raíz de varias obras públicas: fuente de la Taconera (1724), red de alcantarillado (1767-73), conducción de aguas desde Subiza (1774-98), mejora del enlosado de las calles, etc. El municipio controlaba también los alimentos de primera necesidad y colaboraba con otros territorios peninsulares en la prevención de determinados brotes epidémicos (peste en Marsella de 1720, fiebre amarilla del Levante y Sur Peninsular en 1800-1805). La ciudad no se vio afectada por pestes importantes en el Siglo de las Luces. Las principales crisis coincidieron con motivos bélicos. Así, en 1794 y 1795, durante la guerra de la Convención, la convivencia de la población civil con tropas militares originó un severo brote (probablemente tifus exantemático epidémico).

Otra crisis epidémica tuvo lugar en 1808-1809, coincidiendo con la guerra de Independencia. La principal institución sanitaria seguía siendo el Hospital General (aunque existían otras, como la casa hospital o convento de San Antón). Creado en el siglo XVI, el Hospital General atendía a enfermos de toda Navarra (especialmente norte y zona media) y parte de Guipúzcoa. Recogía también en su inclusa niños expósitos hasta los siete años. Para su mantenimiento se aplicaron cada vez más caudales públicos, aunque su subsistencia seguía dependiendo de donaciones particulares y limosnas (en gran parte rentas del obispado de Pamplona). También tenía algunos ingresos por diversas explotaciones que realizaba (por ejemplo, fabricación de naipes); y por el cobro por atención a militares. En 1787 trabajaban en el Hospital 49 profesionales (incluyendo facultativos, empleados y sirvientes). En el centro se hallaban acogidos 86 enfermos (46 hombres y 40 mujeres), así como 10 expósitos (6 niños y 4 niñas). Según el censo de Godoy (1797), el número de empleados en el Hospital era algo menor (34 personas), para un total de 65 ingresados. Aparte había 14 expósitos y otros 209 niños y niñas que se criaban fuera de la institución, a cargo de nodrizas particulares.

La mortalidad infantil de los niños acogidos en la Inclusa del Hospital era muy elevada, aunque en la última década del siglo XVIII se llevaron a cabo determinadas reformas que mejoraron mucho la supervivencia de los niños. Entre los cambios realizados se incluyó el aumento del número y calidad de las nodrizas, la mejora de su alimentación, etc. El proceso de transformación de la Inclusa fue apoyado por el monarca, virrey, Cortes y Ayuntamiento de Pamplona, entre otros, y en él tuvo un papel fundamental el sacerdote Joaquín Xavier de Uriz. Una nueva inclusa, independiente del Hospital, fue fundada en 1804. Ver niño. Tanto o más importante que la asistencia sanitaria ofrecida por el Hospital era la atención espiritual: confesión, celebración de la Eucaristía, enseñanza de la doctrina, entendimiento de los difuntos, etc. El Hospital desarrolló también una importante labor docente a través de la cátedra de Cirugía que, establecida en 1757, elevó el nivel de la practicada hasta entonces. Las Cortes de 1780-81 no consiguieron ni la prorrogación temporal ni la perpetuación de la cátedra, por lo que ésta hubo de ser desmantelada. Todavía continuaron las enseñanzas en el curso 1781-82, fuera de la legalidad, por lo que los alumnos hubieron de pedir al virrey como gracia la convalidación de sus estudios ese año.

En opinión de Jesús Ramos la dotación de profesionales sanitarios en la ciudad era abundante, aunque la edad media de muchos de ellos resultaba elevada. El ejercicio de la cirugía era superior al de la medicina propiamente dicha. En la Pamplona de finales del siglo XVIII existían cuatro cirujanos por cada médico (J. Ramos, 1989, 464). Esta idea se confirma con los datos del censo de Godoy (1797), según el cual había en Pamplona 8 médicos, 21 cirujanos "con 34 mancebos que siguen la facultad" y 7 boticarios con 9 mancebos (M. Gembero, 1986, 73). Durante el siglo XVIII continuaron funcionando en la ciudad otras instituciones de carácter benéfico-asistencial que en parte incluían también aspectos sanitarios y educativos. Así por ejemplo, la Casa de los Doctrinos, que acogía a los niños de edades comprendidas entre los siete y los doce años, y no registro alteraciones sustanciales en su funcionamiento.

El Padre de Huérfanos resultaba ya una institución poco operativa, más correctiva que benéfica; el Ayuntamiento la suprimió en 1777, en parte por la existencia de los alguaciles de la Casa de Misericordia (J. F. Garralda, 1987a, 146). La Casa de Misericordia fue inaugurada en 1706 por el Ayuntamiento, que estaba preocupado por el elevado número de mendigos y vagabundos que pululaban por la ciudad, "expuestos a manifiestas ruinas espirituales": Los acogidos en esta institución, de ambos sexos, serían educados en los preceptos cristianos y se les enseñaría a trabajar para que no supusieran una carga a la sociedad. No podrían salir a pedir limosna sino en las festividades de Jueves y Viernes Santo, ferias de San Fermín y Vísperas de Navidad. Se creó un taller de pelairía y manufactura de lana para el sostenimiento de la Casa y ocupación de sus moradores. En 1787 había 8 profesionales al cuidado de la institución y 181 personas albergadas. En 1797 eran 14 los responsables y 108 los acogidos. Además de adultos, también se recogían en la Casa de Misericordia niños provinientes de la Inclusa, del Hospital o de la Casa de los Doctrinos.

Entre los ideales ilustrados la educación ocupaba un lugar primordial. Elevar el nivel cultural del pueblo, creían los pensadores de la época, contribuiría al progreso continuo. Los dirigentes primaron las enseñanzas de tipo positivo y técnico, frente a las tradicionalmente humanistas que impartían los centros hasta entonces controlados por la Iglesia. Pero la puesta en práctica de estos ideales fue causa de no pocas tensiones. El Ayuntamiento mantuvo el monopolio de la enseñanza de primeras letras. La Gramática Latina (para los alumnos de más edad) había sido cedida por el Regimiento a los jesuitas desde el siglo XVI. Existían también escuelas privadas que regentaban algunos religiosos y maestros. La expulsión de los jesuitas, decretada por Carlos III en 1767, supuso un duro golpe para el sistema educativo pamplonés. Según Jimeno Jurío (1974, 244) la medida probablemente no agradó ni al Regimiento ni a los ciudadanos de la capital navarra. La corporación municipal hubo de encargarse directamente otra vez de la elección de maestros de Gramática Latina. En 1791 acordó entregar la enseñanza pública de primeras letras y las aulas de Gramática a los escolapios (J. F. Garralda, 1987a, 148).

Las tensiones entre el concepto educativo tradicional y las nuevas corrientes quedaron patentes en la crisis que en 1776 sufrió la Escuela Municipal de Gramática, entonces dirigida por maestros seglares. Ese año se enfrentaron dos profesores de la misma, de opuestos métodos y concepciones pedagógicas: Manuel Silvestre de Arlegui, representante de la tradición; y Martín de Erro, más progresista y cercano a la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País, es decir, a las ideas ilustradas (J. M. Jimeno Jurío, 1974, 244). Las enseñanzas de tipo técnico no lograron cuajar en la ciudad. En 1770 la Universidad cerró su cátedra de Medicina y al año siguiente Carlos III decretó el cierre de la propia Universidad, regentada por los Dominicos. En 1782 cesó la actividad de la cátedra de Cirugía en el Hospital General. Fracasó el intento de crear una escuela de Botánica. Las Cortes de 1794 acordaron el establecimiento de una escuela de Dibujo en Pamplona (R. Olaechea, 1980, 53), aunque ésta no es mencionada en el posterior censo de Godoy. A finales del siglo XVIII las instituciones educativas que seguían funcionando en la ciudad no diferían apenas de las existentes en siglos anteriores. La relación que ofrece el censo de Godoy (1797) es la siguiente:

Pamplona contaba con un único teatro público, la Casa de Comedias, cuyos beneficios iban a parar a los Niños Doctrinos, como se ha dicho anteriormente. A lo largo de todo el siglo XVIII fueron constantes las representaciones. Los espectáculos no eran exclusivamente teatrales, sino que incluían también una considerable porción de música (algo normal en la España de la época). La admisión de comedias supuso un continuo debate en el Regimiento pamplonés sobre la licitud de las mismas. El argumento moral subyace en todas las discusiones; según los detractores, las comedias ocasionaban perjuicios morales; según los favorables a ellas, eran un espectáculo inocuo. Las razones que solían argumentarse, sin embargo, eran en muchos casos económicas: los que querían comedias aducían que con sus beneficios se aliviaba la situación de la Casa de Niños Doctrinos; los que se oponían a ellas opinaban que las representaciones ocasionaban excesivos gastos y abandono de los trabajos habituales de la población.

En 1721, a causa de la peste de Marsella, Pamplona hizo un voto para no admitir comedias, con objeto de obtener el favor divino y verse libre de la peste. La infección no penetró en la ciudad. Desde 1724 los regidores comenzaron las gestiones para que fuera levantado el voto, cosa que no se consiguió definitivamente hasta 1729. La buena acogida de las comedias queda fuera de toda duda, dado el número y asiduidad de las representaciones. Estas suponían una pequeña "revolución" en la Pamplona habitualmente recoleta y monacal. Hubo temporadas con más de 100 representaciones, que solían ser muy concentradas en el tiempo. Así por ejemplo, en 1789 la compañía de Vallés representó 42 comedias en 41 días; en 1792, la compañía de Manuel Balladar y María Munteis puso en escena 108 comedias en 110 días, etc. Los horarios de las funciones eran a veces sorprendentes, aun teniendo en cuenta la diferente concepción del tiempo en el siglo XVIII respecto a nuestros días.

En 1777, por ejemplo, el empresario italiano de ópera Croce obtuvo permiso para representar mañana y tarde los días 6, 8 y 9 de julio (durante las fiestas de San Fermín), empezando las funciones de la mañana a las nueve. Por otra parte, los actores y músicos no siempre eran un modelo de conducta. En más de una ocasión originaron escándalos sonados en el teatro (incluso en escena), obligando a intervenir a la autoridad. Por lo que se refiere a los autores de las obras representadas, hubo una gran pervivencia de los del Siglo de Oro español (Calderón, Lope de Vega, etc.), junto con dramaturgos del siglo XVIII como José de Cañizares y Ramón de la Cruz. La ópera propiamente dicha fue un espectáculo minoritario en número de representaciones, si lo comparamos con otros géneros muy enraizados en la tradición española (entremeses, sainetes, tonadillas, etc.). Varias compañías italianas arribaron a la ciudad, pero junto a ópera italiana interpretaban también piezas en español. A la inversa ocurría algo parecido: había compañías españolas que incluían en su repertorio piezas italianas, tan de moda en la España de la época. A partir de los años 60 de la centuria se dieron casos de clara presión por parte del poder central al Ayuntamiento pamplonés para que admitiera determinadas compañías a representar en la ciudad.

Esto originó conflictos de competencias, puesto que el Ayuntamiento pretendía mantener la regalía de admitir o no a su arbitrio las compañías que tuviera por conveniente. En definitiva, se trata de un episodio más del afán centralizador por parte del gobierno ilustrado, afán que se extendió también a otros teatros de la monarquía (M. Gembero, 1990). La afición por la danza estaba muy arraigada en la población, como muestra el edicto dado por el obispo de Pamplona Gaspar de Miranda y Argaiz en 1750. Con durísimas expresiones y bajo pena de multas y excomunión, prohibía Miranda en dicho documento las danzas y bailes públicos con intervención de ambos sexos en recintos sagrados, lugares ocultos, etc. Condenaba también el uso de instrumentos profanos en iglesias y funciones eclesiásticas.

El edicto provocó pleitos en determinadas zonas del obispado (sobre todo en Guipúzcoa), donde era frecuente la inclusión de danzas en la iglesia en determinadas solemnidades. La inquietud generalizada que existía acerca de la influencia moral del teatro y la danza se plasmó en una obra del dominico fray Antonio Garcés, impresa en Pamplona en 1756: la Consulta y respuesta (...) sobre las comedias y bailes de contradanzas y otros deshonestos e instrucción de la crianza buena de Los hijos. El influyente clérigo condenó buena parte de las comedias y bailes que en ese momento se practicaban en el país, citando expresamente el fandango y la contradanza (ambas danzas gozaban de gran popularidad en el siglo XVIII) (M. Gembero, 1990, 639-644). El mismo Padre Garcés dio en 1761 unas pláticas para eclesiásticos en la capital navarra. Otros espectáculos de tipo cultural que se dieron en la Pamplona dieciochesca fueron los conciertos instrumentales, bailes públicos de salón, "academias" y "conciertos espirituales". Aunque falta profundizar sobre su incidencia social, indican la formación de un nuevo público musical (M. Gembero, 1990, 634-636). El contacto más habitual del pueblo con la música culta tenía lugar en los templos.

La Capilla de Música de la Catedral era el conjunto más estable de la ciudad, con unos 20 miembros que actuaban continuamente no sólo en la propia Catedral, sino en otros muchos actos, tanto de iniciativa religiosa como de diversas instituciones civiles. Durante el siglo XVIII se sucedieron cinco maestros de capilla: Sebastián de Urrutia, Miguel Valls, Andrés de Escaregui, Juan Antonio Múgica y Francisco la Huerta. Entre los músicos catedralicios hubo nombres tan ilustres como el infante Sebastián de Albero, el organista José Ferrer o el tenor Julián Prieto. La música sacra incorporó desde los años 40 algunos elementos del mundo profano (en especial el belcantismo y el nuevo estilo galante). Todo esto explica el gran éxito que tenía entre la gente, que era atraída no sólo por el aspecto religioso, sino también (y además) por la amenidad que esta música sacra aportaba. Los villancicos nuevos que se estrenaban en las principales festividades causaban a veces auténticas aglomeraciones y desórdenes entre el público, que el Cabildo intentaba evitar. Aunque a menor escala que la Catedral, las parroquias pamplonesas fomentaban también la música a través de sus respectivos organistas y un número variable de coristas.

En los palacios de la nobleza pamplonesa la música era práctica habitual. Un caso singular al respecto fueron los marqueses de Castelfuerte, al servicio de los cuales trabajó el compositor italiano Girolamo Sertori al menos entre 1758 y 1772. La afición a los toros estaba muy arraigada en la ciudad. El autor de unas anónimas Aclamaciones festivas (...) de 1738, refiriéndose a los habitantes de Pamplona, dice que "Desde niños pierden el respeto al toro más maestro, y al mismo Júpiter plantaran una vanderilla si le huvieran encontrado en la Rochapea [barrio extramuros de la ciudad] quando el robo de Europa". Los espectáculos taurinos solían celebrarse en las fiestas patronales de San Fermín, o con motivo de grandes festividades, visitas de personajes reales, etc. En función del horario taurino se planificaba a veces el de las comedias. Los toros acarreaban incluso pequeñas modificaciones en el desarrollo de los oficios litúrgicos (M. Gembero, 1990, 628-633). El desarrollo de los espectáculos taurinos difería bastante de la práctica actual, y fue estudiado con detenimiento por Luis del Campo (1972).

La plaza de toros era una construcción desmontable, de madera, situada en la plaza del Castillo y que pertenecía al Ayuntamiento. Solían lidiarse diez toros en cada corrida. Para dar variedad al espectáculo, eran intercaladas en él diversas "invenciones". Si se trataba de corridas especiales, había también "mojigangas" y "mascaradas" (es decir, números con danza y baile, disfraces, etc.). Las diversas disposiciones reales que a lo largo del siglo XVIII prohibieron los espectáculos taurinos no consiguieron terminar con ellos. Entre 1700 y 1800 hubo en Pamplona 92 corridas ordinarias y 17 extraordinarias, además de otros espectáculos menores organizados por particulares. En toda la centuria sólo hubo nueve años en los que no se celebraron corridas en la capital (1706, 1711, 1714, 1719, 1721, 1727, 1759, 1793 y 1794).

Falta todavía un estudio de conjunto sobre otras diversiones de ámbito popular. A veces visitaban la ciudad compañías de arlequines, saltimbanquis, diversiones de caballos, pigmeos, etc. Era frecuente que la gente se reuniera en tabernas o casas particulares para jugar a los naipes, charlar y cantar. Las veladas musicales solían acompañarse con guitarras, vihuelas o violines y podían terminar en rondas nocturnas o en "cencerradas". Estas a su vez degeneraban en no pocas ocasiones en escándalos y trifulcas callejeras, que las autoridades intentaron atajar una y otra vez a través de diversas disposiciones legales. Las ordenanzas municipales de 1749, por ejemplo, prohibieron que hubiera casas en las que se jugara a los dados, "zacanete" y otros juegos "prohibidos o excesivos". También se intentó limitar el acceso a tabernas, los bailes escandalosos, cantares deshonestos, el exceso de autoridad en padres, maridos o amos, etc. (J. F. Garralda, 1987a, 139-141). La ciudad contaba con "dos juegos de pelota cubiertos y cercados de paredes". En 1797 uno de ellos estaba en uso uy el otro ocupado con efectos pertenecientes a la real hacienda desde la última guerra con Francia" [es decir, la de la Convención] (M. Gembero, 1986, 61).

MGI

El 7 de marzo de 1793, la Convención Francesa declara la guerra a España, fundamentando su belicosidad en la demagogia: "porque en adelante no quería tratar con los reyes, sino con los pueblos". La noticia llegó a Pamplona el 25 de marzo. Carlos IV manifestaría el 4 de abril que la Corona borbónica de España aceptaba la guerra con "entusiasmo religioso". Iruña se encontró sin quererlo con una guerra de religión. El obispo don Esteban Antonio Aguado y Rojas, en su carta pastoral del 21 de enero de 1794, incitará a curas y seminaristas, con el mismo argumento teológico que la Corona: "Salgamos en compañía de nuestros hermanos, parientes y amigos (...) a hacer frente a un enemigo de Dios y de su Iglesia, como también de nuestra nación, vidas y haciendas".

La Diputación ordenó el alistamiento de las personas comprendidas entre los 17 y los 60 años, pero, según manifestó al general Ventura Caro, el ejército navarro, lo haría en defensa del Reino, de acuerdo con su "constitución" foral. Por el contrario, el Ayuntamiento no sólo rehusó estimular a la población a luchar contra los franceses, y a colaborar en el alistamiento de tropas, sino que denunció la actitud de la Diputación, calificándola de escandalosa, al mismo tiempo que tildó los pasos dados por ella de "anti forales" (AGN. Guerra. Leg. 9 C. 9 1793). ¿Por qué se niega el Ayuntamiento a alistar soldados contra el francés? Porque en Iruña existía un sector de la población partidaria de los aires progresistas de la Revolución Francesa.

Y, especialmente, porque el Ayuntamiento mismo, por ideología y por razones comerciales, "simpatizaba" con los franceses. Piénsese que el abastecimiento de las tropas enriqueció a no pocas haciendas navarras. La crisis del Antiguo Régimen, conseguir un equilibrio entre fuerismo y liberalismo, comienza a ponerse al rojo vivo. La Diputación misma lo sabe. Las siguientes palabras hablan por sí solas:

"En esta capital se esparcen voces sediciosas alusivas a apetecer la higualdad y aun amenazan con insultos, incendios las casas de distinción y de carácter explicándose en este punto con la más desmedida libertad y debiendo fundadamente reclesarse que semejantes tumultuarias expresiones que comienzan por se reprensible inconsiderado desahogo del vulgo se fomente con el disimulo y terminen en insurrección popular"

(AGN. Guerra. Leg. 10. C. 44. 1794).

En 1795, se sabe que el objetivo es Iruña. Castelfranco, nuevo virrey, se tropieza otra vez con la negativa del Ayuntamiento, lo mismo que hace dos años. Entre el Virrey y las Cortes se cruzan graves acusaciones. Las mismas Cortes admiten la existencia en Iruña y en el congreso de colaboradores de Francia. Pero estas Cortes dejan bien claro que "nuestra suerte depende de nosotros. La suerte de Navarra depende de la conservación de Pamplona. No existe otra alternativa que el levantamiento general, el apellido". Finalmente Iruña se levanta por propia iniciativa e independencia, en "apellido", para no ser juguete ni de unos ni de otros. Cuarenta y cuatro comisionados reunirán para el 4 de agosto a 20.000 hombres con armas, porque

"si no vuelan todos los naturales a la defensa de la Religión, de la Patria y del Rey y conservación de la propiedad. ¡Qué monstruosa sería la alteración que palparíamos en el estado de sus propietarios y personas!"

(AGN. Leg. 13. C. 6. julio 1795).

El gobernador de Pamplona exhorta a los clérigos a que salgan en apellido tomando las armas (Leg. 13. Carp. 10 y 11, 1795). La ciudad se ve sacudida en el invierno de 1794-1795 por el tifus exantemático epidémico. La angustia es total. En abril de 1795 sale el cuarto batallón navarro de Iruña a cubrir caminos y a enviar refuerzos a las tropas de avanzada. El 5 de agosto de 1795 llega a Pamplona la noticia de que el 22 de julio pasado se había proclamado la Paz de Basilea. Durante este tiempo, Godoy intentó aprovecharse de las delicadas circunstancias por las que la realidad foral de Navarra atravesaba.

La crisis evidente de la Foralidad era un momento propicio para desmantelar sus más consustanciales instituciones. La animadversión de Godoy, nacida de su afán centralizador, parece que aumentó ante el temor, infundado o fundado (el historiador debe aún investigar), de la constitución de una República Vasca, bajo la protección de Francia. Entre otras razones se invocan la posición de las Cortes frente al virrey: "Si el virrey se opone al Reino, éste quedaría obligado a mirar independiente por su seguridad"; y en segundo lugar al testimonio de la Memoria de Moncey donde hacía ver la necesidad del "restablecimiento de las instituciones autónomas vascas con vistas a una asociación política independiente de las tres provincias vascas bajo el patrocinio francés".

Después de la Guerra de la Convención cuenta Iruña, en 1801, con 14.054 cuerpos, 2.812 vecinos y 1.632 casas. La ciudad es un conglomerado de hambrientos, mal vestidos y amenazados por todos los frentes de la calamidad. Para agriar más la cuestión, si cabe, el 9 de febrero de 1808 entra el ejército de Napoleón por el portal de San Nicolás. Son tres batallones de infantería, que cuentan con unos 2.500 hombres. Se concentran en la Plaza del Castillo. La gente, que ha oído hablar de un tratado de Fontainebleau allá por el mes de octubre, no sabe, sin embargo, que han venido a ocupar España. D'Armagnac se aloja en casa del Marqués de Vesolla frente a la Ciudadela. El general francés intenta engañar al Virrey, marqués de Vallesantoro, pidiendo permiso para alojar en el castillo a doscientos soldados suizos.

No lo autoriza. Pero, el 16 de febrero son desarmados los centinelas y los franceses ocupan la Ciudadela. D'Armagnac promulga un bando invitando a los pamploneses a que vean en este gesto un "nuevo lazo de amistad". Cínicamente les advertirá: "Habitantes de Pamplona: en la mudanza de las cosas no veais la traición y la perfidia, sino una conducta dictada por la necesidad y la seguridad de mis tropas. Napoleón, mi amo, que ha firmado con España la alianza más estrecha, saldrá garante de mi palabra". En efecto, el 20 de febrero saldría de Irún el anunciado signo de garantía: un batallón de suizos, unos seiscientos hombres, que entrarán en la ciudad el 25 de febrero. Según cuentan fuentes francesas, algunos "estudiantes y religiosos recorrieron la calle de la ciudad manifestando su desagrado, siendo disueltos por patrullas napoleónicas".

¿Y las instituciones? El mismo 25 de febrero, el Ayuntamiento cursa un oficio a la Diputación solicitándole ayuda económica para abastecer a las tropas francesas. (AGN. Guerra, Leg. 14, Carp. 39). La respuesta de la Diputación, hecha al día siguiente, no puede ser más educada: "por falta de caudales no podemos adelantarle ninguna cantidad". Aunque Iruña sigue ocupada por los franceses, el Gobierno de Madrid no da ninguna señal de inquietud ante tal hecho, ni incita a la sublevación de los navarros. Idéntico proceder sigue la Diputación, que permanece muda. Se dan algunos alborotos y conmociones entre el 30 de mayo y junio de 1808 en algunas poblaciones, pero, en modo alguno, existe una revuelta en toda la regla contra el francés. Hasta bien entrado el otoño de 1809, la guerrilla no tomará cierta sistematicidad y orden belicista. Será, entonces, cuando la Diputación huya de Pamplona el 29 de agosto de 1808. Pero hasta el 30 de octubre no proclama claramente cuál es su actitud.

Desde Tudela, la Diputación incita a la población a rebelarse contra los franceses: "La Religión, el Rey y la Patria, están pidiendo venganza contra el pérfido violador de sus sagrados derechos". Es lo que necesitan los grupos de guerrilleros, arredilados en torno al concepto de partidas -las de Juan Villanueva, Juanito el de la Rotxapea, Malacría, Félix Sarasa, Mina el Mozo, Miguel Iriarte, etc.- a quienes los franceses denominan despectivamente "brigantes", o sea, salteadores de caminos, para luchar de forma organizada y sistemática contra el invasor. Mientras tanto se suceden los gobernadores franceses: D'Agoult, Dufour, los crueles conde de Reille, barón Abbé, quien ordenó ahorcar a todos los parientes de los voluntarios guerrilleros. Ello ocurría en el invierno de 1811. El 23 de junio de 1813 entra en Iruña José Bonaparte. Su presencia en la ciudad es tan fugaz que a las dos de la madrugada sale de la misma. Queda como nuevo gobernador Cassan, al mando de 3.550 soldados. El 25 de junio Pamplona es cercada por divisiones aliadas.

El asedio durará cuatro meses. El 14 de julio dirige el bloqueo don Enrique O'Donnell. Mientras tanto, el general Soult fracasa estrepitosamente en Sorauren. Cassan pide tres mil raciones para la población civil y permiso para que salgan antes de que mueran de hambre. Se le niega la instancia. Y se entra en una espiral de negociaciones que culmina el 24 de octubre. Después de ciento veintinueve días de asedio, los sitiadores capitulan el 31 de octubre. El 1 de noviembre de 1813 abandona la capital un desfile de fantasmas impalpables. De acuerdo con las Actas de Capitulación, el Ayuntamiento acordó erigir una estatua de bronce al general Wellington en la plaza de la Fruta. Nunca se construyó tal efigie.

La primera sesión municipal, tras la liberación, tuvo lugar el 5 de noviembre de 1813. Iruña no se había enterado aún de que España tenía nueva Constitución, la de 1812. Por ello, el jefe político Miguel Escudero es obligado por la Regencia a que se jure cuanto antes la Constitución en los pueblos. Será el 13 de noviembre cuando se publique y se jure ésta en la Plaza del Castillo con todas las autoridades presentes "(...) y una porción bastante considerable de vecinos convidados por la ciudad junto a una multitud de todas clases y militares" (AMP. Actas. L. 71, folio 50). Para celebrar este triunfo de los liberales constitucionales hubo novillos con soga dentro de los festejos.

El 15 de mayo se tiene conocimiento en Iruña de la abolición de la Constitución. Los absolutistas no pierden la ocasión y salen a la calle a manifestar su anticonstitucionalismo. Dos tenientes coroneles y un comandante, seguidos de clero y un grupo de personas se dirigen al Ayuntamiento. Se crucifica un ejemplar de la Constitución y otro es arrastrado con una soga hasta llegar a la Plaza del Castillo. Se entona un gori-gori y José Belver, verdugo de la ciudad, apila varios ejemplares de la carta democrática y simula que les da garrote vil. Finalmente serán las llamas quienes los consuman. Durante el mes de mayo, Iruña es una ciudad abocada al enfrentamiento. Liberales y absolutistas no cesan de manifestarse animadversiones sin cuento. Las tensiones se recrudecen cuando los guerrilleros, descontentos por el trato recibido después de su generoso esfuerzo contra el francés, exigen compensaciones a la Diputación.

El Gobierno Central nombra nuevo Virrey, Conde Ezpeleta de Beire, y por decreto del Ministerio de la Guerra destina a Espoz y Mina a Aragón. Por otra parte, la Diputación trata de licenciar a los soldados. El día 26 de septiembre de 1814 corre el rumor por Iruña de que Espoz y Mina se ha sublevado contra Fernando VII y el Virrey. El coronel Górriz, compañero de Mina, será utilizado como chivo expiatorio. Juzgado y condenado a muerte será fusilado por la espalda como los traidores. Espoz, temeroso, escapa a Francia. La maquinaria de la represión se pone en marcha contra liberales, afrancesados o constitucionales. Se procesa a magistrados, alcaldes de Corte, subalternos, procuradores, clérigos afrancesados y colaboradores. Por otra parte, el poder absolutista de Fernando VII, cuya lucha contra los liberales le obliga a ser condescendiente con los foralistas, acabará por aplicar la uniformidad administrativa a todos los efectos sobre las contribuciones y las quintas, entre otras cuestiones.

En 1817, la ley III de las Cortes de Navarra de 1817 y 1818 sanciona las ventas de propios y comunes de los pueblos apelando a la justicia de éstas para el pago de contribuciones de guerra (como en el resto de los territorios forales). Durante las Cortes de 1818 se elabora la ley 98 sobre el libre comercio de granos y extracción de los mismos, que favorecía a los grandes y medianos propietarios. Signo inequívoco de que la clase política navarra -en estos momentos de tendencia anticonstitucional- no hizo ascos a lo que se llevaba en el resto del Estado liberal: el liberalismo económico. En 1820, Iruña cuenta con 12.484 habitantes. Se han celebrado en el año 117 matrimonios. Nacieron 384 pamploneses y murieron 228 personas.

Rafael Riego proclama la Constitución el 1 de enero de 1820 en Cabezas de San Juan. Navarra, que no se ha repuesto aún del golpe de la guerra, y cuyos ayuntamientos viven en la más absoluta penuria, contempla con indiferencia el golpe de Riego. Sale de su sopor ante el rumor de que Espoz y Mina está a las puertas de la ciudad. El virrey Ezpeleta lanza una proclama contra los conspiradores pidiendo a las cabezas de merindad una leva de soldados para impedir la entrada de aquéllos. La Diputación se resiste a tomar esta medida. Como contrarréplica el virrey solicita de los diputados una proclama contra los insurrectos liberales. Tampoco lo logra. Es evidente que la Diputación, y detrás de ella, la nobleza, no se opone, en principio, a la Revolución Liberal. Y sólo cuando contempla que la revolución triunfa en otros lugares, caso de Zaragoza, decide la Diputación -un tanto maquiavélicamente- ofrecer sus auxilios al Virrey y una proclama para que salgan los hombres a defender "hasta la muerte los fundamentos de nuestra conducta, el amor al Rey y el celo por bien de la Patria". Pero la Diputación sabía que su actuación era insincera.

Espoz y Mina, el día 10, había proclamado la Constitución en Santesteban. Y los pamploneses liberales habían empezado a manifestar públicamente su apoyo a favor de la Constitución. Fue la población civil la que determinó el rumbo de los acontecimientos: obligando a Espoz a adelantarse en el pronunciamiento y a proclamar la Constitución. Y como la Guarnición de la Ciudadela hizo lo propio, la Diputación, entonces, se avino a jurarla también. El mismo Ayuntamiento comunicó al Virrey que el municipio la juraría si el pueblo así lo quería. Y el pueblo, evidentemente, así lo quiso. Así, la oligarquía que detentaba el poder local, en su secreta intención de amoldarse al nuevo régimen político, finge jurar la Constitución, el día 11 de marzo. El Ayuntamiento, también. Diputación, Ayuntamiento -en traje de golilla- comisionados de la Guarnición, consultores y vecinos, se reunen en la Plaza del Castillo y juran fidelidad al texto constitucional. La acción se rubrica en la Catedral con Te Deum incluido del Obispo, terminando todo "entre los vivas y aclamaciones de un pueblo inmenso".

El 13 de marzo Espoz y Mina está en Iruña. La Junta Suprema interina de Gobierno designa a Manuel José Quintana, preso en la Ciudadela, nuevo jefe político interino. Al mismo tiempo, obliga a la Diputación a cesar en sus funciones. El virrey se hace el inadvertido y comienza a correrse el rumor de que la Junta es ilegal. A pesar de ello, los nuevos nombramientos son de sesgo conservador, nada radicales, aunque irritan a los absolutistas, y, por distintos motivos, a los liberales exaltados, quienes el día 18 dan el primer aviso de que la revolución constitucional no va por buen camino. El 24 de marzo, se nombra a Espoz Capitán General y se ratifica en el cargo de jefe político a Quintana, que, a los dos días, es sustituido por el absolutista Miguel Escudero -que ya lo había sido en 1814-. También se elige el primer Ayuntamiento constitucional que, paradójicamente, es realista. Durante el mes de abril, la revolución liberal va a verse sobresaltada. Las maquinaciones de los realistas son constantes con el fin de que la Ciudadela quede desprotegida. No hacen ascos para introducirse en la Guardia Nacional y operar desde dentro del sistema revolucionario. Exigen que la Milicia Nacional esté formada solamente por navarros y que no sea dirigida por mandos militares, y escapar así a su control.

La Junta presiona al Obispo para que publique una pastoral haciendo ver que el nuevo régimen no se opone a la religión. El Ayuntamiento, cuya actitud política va a torpedear constantemente el proceso revolucionario, lanza un bando el 14 llamando a los "vecinos honrados" a formar batallones para que,dice hipócritamente, "se conserbe la trnquilidad, se actibe la consolidación del sistema constitucional y cada autoridad ocupe con entereza y respeto el puesto que le corresponde". La Junta denuncia a Madrid el comportamiento desleal del Ayuntamiento. Por estas fechas, se crea la primera Sociedad Patriótica -cuyo germen estuvo en el Café de la Suscripción, mentidero político de la época, tanto de liberales como de realistas- ubicada en la calle de San Antón, que publica el periódico Patriota del Pirineo. Sin lugar a dudas, quien trató de minar el golpe revolucionario con mayor sistematicidad y ahínco, fue el clero. La estampa de los seminaristas apedreando a los militares se hizo elemento habitual durante todo el Trienio Constitucional. En mayo, estuvieron a punto de enfrentarse la Milicia, que dependía de la autoridad del Ayuntamiento, y el Regimiento de Toledo, mientras que los seminaristas hacían piquetes para impedir la entrada de sus compañeros en las aulas. A tal grado de enfrentamiento llegaron los ánimos que el propio Espoz y Mina pidió el traslado, porque no quería -según sus palabras- reprimir con el fusil a compatriotas y familiares.

Las cosas seguían igual al comenzar el nuevo año de 1821. El día 28 de enero de 1821 se produjo un grave alboroto en el Café de la Suscripción. Alguien gritó "fuera o muera la cinta berde", emblema de los liberales, y la bronca armada entre el propio Espoz y Mina y los realistas, fue sofocada sin sangre. Como réplica, el día 29 los soldados corearon por las calles el "trágala". Y el 31, los seminaristas apedrearon a los soldados y éstos los persiguieron sable en mano. La actuación partidista de la Milicia estaba sacando de quicio a la población liberal de Pamplona. Lo mismo que el comportamiento contrarrevolucionario del Ayuntamiento, quien en abril de 1821 deniega al nuevo jefe político, Luis Veyán, el poder disponer de tres compañías de la Milicia. El verano de 1821, trae nuevas medidas centralizadoras para el viejo reino: nuevo sistema contributivo, que elimina las exenciones y privilegios del anterior, lo mismo que en el capítulo de las quintas. La Diputación se opone a ello, pero de forma hipócrita, ya que no quería un ejército profesional, sino que los navarros propietarios no hicieran el servicio. Los que tenían que hacerlo eran los otros navarros, los de las clases bajas que no podían pagarse tal exención.

Junto a ello, tras la destitución de Riego, viene la de Espoz y Mina y el envalentonamiento de los realistas. Como signo: el regimiento de Toledo viene siendo apedreado de forma sistemática en cada retreta, hasta que al fin decide hacerla con los fusiles cargados. Es tal la tensa situación, que el jefe político Veyán da a entender al Ayuntamiento que "en este pueblo hay serviles que maquinan y forman planes contra la Constitución". Durante todo el Trienio ésa será la tónica de la ciudad: una situación eminentemente contrarrevolucionaria, como en el resto del Estado, pero, no existe, en modo alguno, una Navarra dispuesta a tomar las armas para defender la foralidad. Es más, si el sector absolutista navarro puede maniobrar a sus anchas, lo hace gracias a la tolerancia del liberalismo navarro, eminentemente conservador. La obsesión de armar a los navarros anticonstitucionales llena las horas de preparativos de la Junta Realista, que está compuesta por insurrectos y facciosos: Joaquín Mélida, abad, don Francisco Benito Eraso, Joaquín Lacarra, canónigo, don Juan de Villanueva, don Manuel Uriz y don Santos Ladrón.

Su máxima aspiración se cifraría en dinamitar la Constitución democrática. Hasta diciembre de 1821, mes en que se formaliza la denominada Junta Realista, no cuajará su intento de rebelión. En 1822, el día de San José, la ciudad se ve envuelta en sangrientos sucesos. En el Café de la Suscripción, Plaza del Castillo, se escuchan vivas a la Constitución y réplicas de paisanos y estudiantes con mueras. La batalla campal dura hasta el anochecer. El resultado no puede ser más lastimoso: dos oficiales y cuatro soldados muertos y catorce heridos. Los realistas, dos muertos y diecisiete heridos. El batallón de fusileros es desarmado por las Cortes Generales (26.3. 1822) a raíz de estos sucesos (AGN, Guerra. Leg. 24. Cap. 25, 40 y 43). Finalmente estalla la guerra. El 10 de junio entra la Junta Gubernativa desde Francia. Se proclama el inevitable estado de guerra el 15 de agosto. La Diputación intenta disuadir a los voluntarios. La Junta desautoriza a la Diputación, denunciando su ilegitimidad el 8 de septiembre.

El Gobernador militar, coronel Sánchez Salvador, hace presos a los miembros del Ayuntamiento supliéndolos por los que llamará Junta Constituyente. En los meses de mayo y junio de 1823 los realistas bloquean la capital. El cerco dura seis meses. Una vez iniciado, cruzan la frontera los Cien Mil Hijos de San Luis. Dirige el asedio el conde de España. Ochocientas baterías vomitan fuego contra la Ciudadela desde la madrugada del día 16 de septiembre. Al día siguiente se rinde la ciudad. Por un cuaderno, fechado el 8 de agosto al 17 de septiembre de 1823, se conoce la lista de las personas que había que detener en Pamplona en el momento de la liberación de la misma "para evitar males al tiempo de la entrada": "Lista de sugetos que devían asegurarse en Pamplona pero estan ausentes" (24), "lista de sugetos suspendidos de procederse a su detención" (25). El total liberales o constitucionales, es de 424, incluidos 25 dudosos. Hay de todo: hacendados (4), comerciantes (12), mercaderes (8), clérigos (22), mujeres (36), criados (11), libreros (7), sin especificar oficio (36), labradores (5), empleados de rentas (4), oficios artesanales y cualificados, magistrados, abogados, cirujanos, albeitar, joyeros (2), cereros (2). En resumen: en Iruña, durante el Trienio, están presentes todas las corrientes políticas e ideológicas del momento. La oligarquía que detenta el poder regional y local trata de acomodarse al nuevo régimen político a través de su adhesión al constitucionalismo. Esta maniobra, sin embargo, no lograr eludir el choque con las autoridades vinculadas al Antiguo Régimen. La ciudad tiene en estas fechas 12.381 habitantes.

(1823-1833). Al implantarse por las armas el regreso de Fernando VII, la ciudad vuelve nuevamente a la rutina de los resentimientos, violencias soterradas y sutiles enfrentamientos. Y sobre todo se implanta un régimen atroz de represión de toda manifestación liberal. A tal fin, en enero de 1824 se crean Comisiones Militares, encargadas de vigilar el orden público y de reprimir todo tipo de provocaciones al régimen absolutista. Se juzgará a 127 personas. De ellas, 50 lo serán por motivos políticos y 77 formarán parte del concepto ambiguo de "comunes". Fernando VII -que en mayo de 1823 aparece en Iruña con su esposa- anuda al cuello de la Muy Noble y Muy Leal ciudad el pañuelo rojo de un nuevo título, el de "Muy Heroica". Pero a pesar de esto Navarra sufrirá uno de los embates antiforales más radicales de toda su historia.

En 1824, se implantarán las Comisiones Militares y la Policía en Navarra. En 1826, se establece la Junta Gubernativa para el examen de los Fueros de Navarra. En 1828 se reúnen las últimas Cortes del viejo reino que no dan abasto para reparar los contrafueros cometidos. Las Cortes aprueban el trasladado de las aduanas hasta los límites del Estado, que no se lleva a efecto por mediar las protestas de la ciudad y unas condiciones que no se aceptan. Sin embargo, la R. O. del 14 de mayo de 1829, estableció que debía cumplirse por "encima de cualquier fuero, leyes, capítulos de Cortes, ordenanzas, uso y costumbres". Además, a la figura del Virrey se le superpondrá el Consejo Real, cordón umbilical del Gobierno Central en Navarra (25.12.1829). Del clima de la ciudad y de la provincia en particular, las Cortes de 1828 dan cuenta de la multiplicación de homicidios, de una "desmoralización general y cierta ferocidad en las costumbres".

La frecuencia de asesinatos, homicidios alevosos y otros crímenes semejantes se suceden de forma harto frecuente. (Para remediar esta situación, se establece la Junta Superior de Educación y se sientan las bases del Colegio de Medicina. Ello ocurría en 1829). En los dos meses que preceden a la insurrección carlista, agosto y septiembre de 1833, se presentan memoriales de los comerciantes de diferentes pueblos de Navarra pidiendo remedio a su lamentable situación. La Diputación se hace eco de los mismos y dirigiéndose al Gobierno dice que "la decadencia del comercio e industria de Navarra ha nacido y se ha sostenido por una guerra avierta que de algunos años esta parte el Gobierno declaró a Navarra y con cuya idea dictó la mayor parte de sus providencias" (AGN. Tablas. L. 10. C. 49).

(1833-1840). La muerte de Fernando VII vuelve a exacerbar los ánimos de la ciudad. Ello ocurre el 29 de septiembre de 1833. El general Santos Ladrón de Cegama proclama su adhesión a Don Carlos y el brigadier don Manuel Lozano lo encarcela en la Ciudadela. En la mañana del 13 de octubre será fusilado. Como comenta Mencos, "la guerra se había inaugurado con la sangre de un general". El Virrey declara el Estado de Guerra. El Consejo Real pide serenidad a las partes. La Diputación, una vez más, vacila. La Guarnición, por el contrario, domina la ciudad convirtiéndola en una isla liberal dentro de una Navarra, dividida entre carlistas y liberales. Ante esta situación, la Diputación, mayoritariamente carlista, concluye que los fueros no son incompatibles con la sucesión femenina al trono. En 1834 se produce el cambio de Diputación por orden del general Valdés. Se realizan las primeras sustituciones, Lecea y Olloqui por los isabelinos Mencos y Recart de Landívar (3 de febrero).

El Virrey exige a la Diputación que lance proclamas a la opinión pública "con toda energía, sin que se note, que había sido obligada". Zumalacárregui los declara traidores y condena a pena de muerte a todos los diputados (11 de febrero). Estos no se arredran y el día 2 de marzo de 1834 recorren la ciudad gritando: "¡Real, real, real! ¡Navarra por la reina doña Isabel Primera!" La Constitución de 1837 fue un duro golpe para estos liberales al suprimir toda exención y privilegio. Sin embargo, la Diputación, totalmente adicta al Gobierno, indicó que, renunciando a su pasado foral, "no quiere más privilegio que cobrar la contribución de la provincia". En 1839, la Diputación dirá: "Navarra quiere la Constitución del Estado del año 1837. También quieren los navarros sus fueros, pero no los quieren en su totalidad

El país quiere los fueros que sean compatibles con su conveniencia pública general y ni quiere ni puede querer leyes de pura y exclusiva aristocracia". Hasta 1839, la Diputación hizo continuas afirmaciones de lealtad al trono de Isabel como medio de ir ganando la confianza de los gobiernos. El conde de Guendulain escribía: "puede asegurarse que la opinión popular, la de la clase media en general y la de aquella nobleza que podemos llamar más domiciliada en el país pertenecían al partido del Pretendiente. Una parte del alto comercio y las casas más relacionadas con la Corte y que contaban con hijos en el ejército nos habíamos declarado en favor de los derechos de las hijas del difunto monarca". ¿Y los carlistas, qué pensaban? La Junta Gubernativa, carlista, en la primera alocución que se le conoce (2 de diciembre de 1833) subordina la cuestión foral a la Nueva Recopilación:

"Navarros (...) si habéis oído que la sucesión femenina es la más arreglada a vuestros fueros, responded que dada la unión que este reino tiene con el de Castilla en materia de sucesión a la Corona, ni reconocéis ni podéis otra ley fundamental que la monarquía so pena de formar un cuerpo monstruoso. Si hacéis causa común con todos los españoles, sostenéis un mismo derecho, defendéis un mismo rey..."

Cosa que ya no ocurre en 1835, cuando la Junta de Estella proclama que

"Navarra y Carlos están identificados y colocar a nuestro soberano en el trono de sus mayores es asegurar nuestros fueros con la más segura y sagrada garantía".

Y en 1838, los fueros con que se presentaba identificado al pretendiente eran los fueros íntegros. ¿Qué había sucedido? La influencia de los planteamientos clericales en el comportamiento político vasco tendrá su manifestación más gloriosa en la guerra carlista, donde la movilización popular antiliberal se hará con el reclamo de las formulaciones eclesiásticas de defensa de la tradición y del absolutismo regio, que es lo que había sucedido en la guerra contra el francés y contra los liberales del Trienio Liberal. Es la clerecía la que une religión y fueros de una manera clara y convincente. Como dijera el carlista Echave Sustaeta:

"Por la execración contra el Dios santo, la proscripción del sacerdote divino, la abolición de las ceremonias santas, la libertad de pensar, la inmoralidad, la abolición de nuestros fueros y privilegios y la cautividad eterna de nuestras libertades patrias, tales son, sin disputa, los verdaderos designios de la facción revolucionaria"

(E. S. 1915).

No es de extrañar que la desamortización de 1836 sea vista como una ofensiva no sólo contra el Altar, que era evidente, sino contra una forma de interpretación de la realidad navarra. El 2 de febrero de 1839 el Ayuntamiento de Pamplona, cuando exponía los inconvenientes de expulsar de la ciudad a las familias que tenían hijos en la facción, aducía que Pamplona, con 2.600 fuegos, había quedado reducida a 1.200, reconociendo que la mayor parte de los padres de facciosos son de la clase agrícola. El general Valdés inicia una drástica depuración de individuos carlistas en el Ayuntamiento, destituyendo al secretario, interventor, tesorero, aguardientero, maestro de primeras letras y otros funcionarios con hijos o familiares en la facción carlista. En la Diputación se dan menos purgas. Sagaseta -consejero de la corporación- es desterrado y sustituido por el liberal Yanguas y Miranda.

Con motivo del decreto promulgado por el conde Toreno, el 3 de septiembre de 1835 se suprimieron en esta ciudad el convento de Franciscanos que fue destinado a escuela, el de Carmelitas Descalzas utilizado a partir de entonces como teatro, el convento de Agustinos, empleado para cárcel, el monasterio de Dominicos que se destinó a Hospital Militar, el de Mercedarios que fue convertido en cuartel; el convento de los monjes Trinitarios fue ocupado por viudas de militares, el de Carmelitas Calzados fue ocupado por las monjas de la orden de las Carmelitas Descalzas en lugar del suyo que como ya se ha dicho fue destinado a teatro. Se suprimieron también el convento de Agustinas de San Pedro, el de Agustinas Recoletas, y el de Beatas de Santa Catalina que se convirtió en una casa.

Es virrey y jefe político en Iruña el conde de Sarsfield. Por el llamado Motín de la Granja de 1836, se ha impuesto nuevamente la Constitución de Cádiz, cuya letra debe jurar María Cristina. Sarsfield implanta la Constitución. El 23 de agosto los diputados isabelinos la estiman incompatible con el régimen foral y protestan. El virrey nombra nuevos diputados provinciales y nuevo Ayuntamiento constitucional. El día 6 de septiembre le tocará el turno al nombramiento de diputados a Cortes. Desde ese día, Iruña es capital de una provincia foral española. La Ley de 1841 legalizará la nueva situación. Antes, tiene lugar una crisis en el ejército o militares, acantonados en Pamplona, que exigen con toda justicia sus salarios.

De ahí que su protesta adquiera el popular nombre de Los Peseteros. El 26 de agosto de 1837 los Cuerpos Francos de Navarra se trasladan desde Esquíroz y los dos de Cizur a Villava. Los sargentos arrestan a los oficiales, y entran amotinados por el Portal Nuevo, montan guardia en casa del virrey. Convocan reunión extraordinaria a todas las fuerzas vivas: munícipes, diputados, virrey y jefe político, jefe de policía y vecinos ricos. En la casa del Ayuntamiento se presenta el cabecilla León Iriarte. La tropa llena la Plaza de la Fruta esperando una solución. Hace tres meses que no cobran. Exigen la destitución del Gobernador. Cuando regresa a su domicilio de la Taconera, los soldados asaltan al ex-virrey general Sarsfield. Lo cosen a bayonetazos y a tiros. Matan también al general Antonio Mendívil, jefe de su estado mayor y a varios vecinos, cuyas casas saquean.

En la ciudad reina el terror. El 31 de agosto, el gobernador militar anuncia: "Serán fusilados todos los individuos sorprendidos en actitud subersiva". Para más agobio la ciudad sigue sitiada por los carlistas. Muchos pamploneses tratan de huir. El 30 de agosto de 1839 el Convenio de Bergara pone fin a la Carlistada y Espartero, en el primer artículo de esta ley, se compromete formalmente a proponer a las Cortes la concesión o modificación de los fueros, hecho que puede revelar la importancia que tuvieron éstos en la contienda que duró siete años.

Se celebraron en Iruña para la tema de un senador durante cinco días a partir del 1 de agosto. El resultado fue:

CandidatosVotos
José Pérez de Necoechea322
Manuel Jiménez262
José Alonso255
Marqués de Falces149
Brigadier Joaquín Bayona133
José María Galdeano79

Unas segundas elecciones tuvieron lugar el día 15 para nombrar a un individuo para la terna de senadores y un diputado suplente:

CandidatosVotos
Senador
Joaquín Pérez de Necoechea (obispo de Oviedo)16
José María Galdeano8
Diputado
Juan Pablo Ribed21
Gaspar Elordi2
José Alonso1

CandidatosVotos
José Pérez de Necoechea322
Manuel Jiménez262
José Alonso255
Marqués de Falces149
Brigadier Joaquín Bayona133
José María Galdeano79

Unas segundas elecciones tuvieron lugar el día 15 para nombrar a un individuo para la terna de senadores y un diputado suplente:

CandidatosVotos
Senador
Joaquín Pérez de Necoechea (obispo de Oviedo)16
José María Galdeano8
Diputado
Juan Pablo Ribed21
Gaspar Elordi2
José Alonso1

El día 2 de octubre de 1841, el general O'Donnell, dueño absoluto de la Ciudadela se levanta en pronunciamiento por María Cristiana y en contra de Espartero. Los sublevados corrieron el rumor de que el progresismo se proponía acabar con los fueros. El levantamiento de O'Donnell explicita la tendencia hacia el entendimiento, en el seno de la sociedad vasca, entre los elementos más moderados de ella: los moderados del carlismo y del liberalismo conservador. Dentro de la Milicia Nacional hubo claudicaciones a favor de O'Donnell pero también resistencia a los bombardeos de la Ciudadela desde la torre de San Lorenzo. Una lista nominal hace referencia a 65 milicianos que lucharon desde la Torre.

El Ayuntamiento constitucional de Aoiz felicita a los milicianos de Pamplona porque el día 10 desde la Torre habían respondido a los bombardeos de O'Donnell. Los generales Rivero y Bayona concentran en la Plaza del Castillo a los soldados que no secundaron a O'Donnell. Pamplona está nuevamente en guerra. Se prohíbe la salida por la noche, bajo pena de muerte. Los amotinados se sienten tan seguros del triunfo final, que restituyen la Diputación de 1836. Pero, al enterarse del fracaso de Madrid, O'Donnell pierde los estribos. El domingo día 10 bombardea la vieja torre-fortaleza de San Lorenzo. Fracasa totalmente. Meses más tarde, en Francia, se enterarán -Mencos y O'Donnell- de que un consejo de guerra, en Iruña, los había condenado a muerte. Madoz, jefe político, que, junto con L. Sagasti, libra a Pamplona del dominio de O'Donnell, presenta su dimisión por las presiones de ciudadanos pamploneses que no quieren que se expulse a nadie de la ciudad una vez sofocado el levantamiento.

Documento que demuestra el carácter del levantamiento contra Espartero, al menos en Pamplona, y por extensión, en el País Vasco. Se unen los carlistas (moderados) o por lo menos vasconavarros, con los liberales moderados en la línea de transacción política, que pretendía el mantenimiento del sistema foral sin las trabas que lo hacía inactual. De esta manera, la oligarquía tradicional en una entente entre tradicionalistas y liberales moderados reformistas, seguiría dominando el país, como realmente sucedió a la caída de Espartero.

Después de la guerra de los siete años, la ciudad, aunque oficialmente isabelina y liberal, lo que realmente es, es una población sumida en la decrepitud más absoluta, tanto moral como política. El pueblo llano asiste con absoluta indiferencia e incapacidad a las medidas de expropiación de bienes eclesiásticos y laicos, siendo ministro de Hacienda Alvarez Mendizábal. Ni su tan mentado espíritu religioso sale a relucir al contemplar la reconversión de los conventos en cuarteles, como así sucede con los de El Carmen, la Merced y el Seminario Episcopal, situado en la calle Compañía. Mejor destino tiene el convento de san Francisco, cuyo propietario, el Ayuntamiento, lo convierte en una escuela. Los materiales de la iglesia derruida en 1843 se aprovechan para construir la primera Plaza de Toros. En ese mismo año, se inicia también la construcción del Palacio de la Diputación. La educación de los navarros es deprimente.

Madoz llegará a decir que una de las causas por las que Navarra ocupa el primer puesto en el índice de criminalidad de todo el Estado, se debe al alto analfabetismo de los navarros. En toda Navarra existen 388 maestros y 68 maestras. El 90 por ciento de los niños no recibe instrucción elemental. En el citado convento franciscano se erige la Escuela Normal masculina (1840) dirigida por un profesor, un maestro y un sacerdote. En 1847, le tocará el turno a la femenina. En 1842, en la planta baja, se ubica la escuela de párvulos con ciento treinta matriculados. Ese mismo año se edificará el Instituto de Segunda Enseñanza, inmueble que será reedificado en 1865. Conscientes de esta orfandad cultural, la ciudad, recoge ahora los vientos epigonales de la vieja Ilustración, y el Ayuntamiento crea la Academia de Dibujo, mientras que la Diputación hace lo propio estableciendo una cátedra de matemáticas. Nace el Real Colegio de Medicina, Cirujía y Farmacia que buen trabajo tendrá entre las pestes coléricas que se avecinan y asolarán la ciudad, como las de 1855 y 1885, amén de otras enfermedades ya endémicas. Para colmo, en enero de 1849 surge el heraldo negro de la guerra.

Los carlistas -en segunda intentona- se levantan en armas (1848-1849), a favor de don Carlos VII, conde de Montemolin. Soto, Iturmendi, Recalde son los cerebros de esta insurrección. Se asalta el correo diligencia Pamplona-Donosti en Ollo. El día 22 se tiene conocimiento de que filas carlistas, dirigidas por Ochoa, se encaminan a Pamplona. El día 27, Urbiztondo teniente general de Navarra captura a un jefe de partida, Gabriel Recalde, de Monreal. El 1 de febrero de 1849 está en el calabozo de la Ciudadela. El poder liberal no se lo piensa dos veces y lo pasa por las armas el mismo día a las 5,30 de la tarde. Los rumores de que los carlistas persisten en cercar la ciudad, obligan al Ayuntamiento a suprimir la corrida de toros que, en plenos Sanfermines, iba a traer, nada más y nada menos que a don Francisco Arloja Guillén, alias Cúchares. No era la primera vez que sucedía tal acontecimiento. En 1840 había sucedido lo propio, con el brigadier carlista Balmaseda acercándose a Pamplona.

(1855-1868). A partir de 1855, el enfrentamiento de las provincias vascas con el gobierno central empezará a tomar cuerpo teórico. Y esto será precisamente a partir del año en que Iparraguirre sea expulsado de su país y su himno comience a hacer mella en las conciencias de las gentes. Sin duda alguna había sonado la hora del fuerismo autonómico frente al centralismo más racional y absorbente. En 1861, el antiforalista tudelano don Rafael de Navascués advertirá en la sesión de las Cortes del 16 de diciembre a propósito de su proyecto de crear en Navarra una Sección de Fomento, que "hay en Navarra muchas personas que piensan que Navarra debe ser una nación pequeña dentro de otra gran nación". La afirmación levantó una inusitada sorpresa en las Cortes de Madrid. La misma Diputación se aprestaría a declarar también que

"Navarra no es ni aspira a ser una nación pequeña dentro de la Nación española. Navarra es una pequeña provincia clasificada como de tercera clase, pero aunque es pequeña, ninguna otra le aventaja en espíritu de nacionalidad y de españolismo".

Era evidente, sin embargo, que algo se estaba cociendo en el territorio foral. Especialmente se advierte ese giro "protonacionalista" a partir de 1864, cuando entran en la Diputación el carlista Nicasio Zabalza, el neo Juan Cancio Mena -secretario de la misma- y el conservador Alberto Calatayud. Así en 1866, el 7 de junio, la Diputación de Navarra propone a las restantes diputaciones vascas el proyecto de creación de una Universidad, intitulada Vasco-Navarra. Los diputados navarros, junto con los mencionados, Fortunato Fortún, José de Barberana, Eusebio de Elorz y Angel Sáenz de Tejada, acompañaban la invitación con proyecto.

Según éste, la futura Universidad acogería a estudiantes que, por su afinidad racial y lingüística, tenían una labor en común que desarrollar. Aunque el citado proyecto no señala el lugar del asentamiento del edificio, el Ayuntamiento de Iruña ofrecía tres millones de reales y terrenos en la Taconera y San Lorenzo, cerca del Portal Nuevo, como ayuda material, a la proyectada Universidad. La incipiente "Confederación euskara", cuyo objetivo era "fusionar las cuatro provincias en una, sin perjuicio de su autonomía", el denominado "Laurak-Bat", se verá abortado por una nueva revolución, la de 1868, momento en el que se manifestará abiertamente el carácter contrarrevolucionario de este movimiento denominado protonacionalista o panvasquista. Si hacemos caso a Julio Nombela, en su Crónica de 1868, la ciudad de Iruña era una "tacita de plata" aunque habitada por un "pueblo taciturno y melancólico".

Se queja Nombela que una ciudad tan bella "esté oprimida por las inútiles murallas que la rodean. Le roban luz y alegría y la convierten en una esclava". Precisamente, dentro de esos muros acaecería la primera gran polémica pública entre un periódico y el obispo Uriz y Labayru, promotor de la candidatura Unión Católica en las elecciones de 1869. El periódico "El Progresista Navarro", dirigido por el liberal don Pedro Esteban Górriz, mantuvo un duro enfrentamiento con el obispo, en octubre de 1865, a raíz de un artículo escrito por el madrileño republicano Luis María Lasala, profesor de la Escuela Normal de Magisterio. En este artículo se calificaba la toma de los Estados Pontificios como un "sencillo acto diplomático".

Hubo en la capital navarra principalmente dos logias masónicas, El Faro de Norte, fundada oficialmente en 1870 por el comerciante José Montorio "Garibaldi" y la logia "Luz de la Montaña", establecida en abril de 1890 por dos militares pamplonicas, Victoriano Irujo y Eustaquio Alfaro, procedentes de "Resolución" de la villa de Sangüesa. [Ref. Arbeloa: "La Masonería en Navarra... "].

Carlos VII ordena el "alzamiento nacional" el 14 de abril de 1872 y viene a Navarra. 700 carlistas son deportados como consecuencia del desastre de Orokieta. La incipiente guerra termina con el Convenio de Amorebieta (24 de mayo). Se celebran las elecciones el 24 de agosto. Los radicales y republicanos se llevan, obviamente, todos los escaños. Como colofón a los Sanfermines de aquel año, se celebran las exequias fúnebres a Espoz y Mina. El Ayuntamiento de la ciudad crea la Caja de Ahorros Municipal. Ello ocurre el 19 de noviembre.

(1873-1876). El 11 de febrero de 1873 don Amadeo abdica. Se proclama la I República. Por acuerdo municipal la Plaza del Castillo se llamará de la República. Circulan por los clubs ideas socialistas. Se suprime la escuela de niñas de las dominicas, poniéndose maestras republicanas. Prohíben la iluminación callejera de las imágenes veneradas en ciertas fachadas y algunos contraen matrimonio civil. Desoyendo a Pavía que ofrece Paz y Fueros, los carlistas se tiran nuevamente al monte. Juan Cancio Mena, neo e impulsor del "Laurak Bat", forma parte de la Junta Gubernativa carlista de Navarra. Don Carlos VII organiza su ejército para dar el golpe en la primavera. Navarra queda convertida en un "estado carlista", aplaudido por el clero. Tratan los carlistas de conquistar Bilbao e Iruña para lo cual inician sendos bloqueos.

Comienza el cerco. El 24 de septiembre dejan de manar las fuentes de agua de Subiza. Se autoriza la tala de arbolado. Los habitantes de Iruña, completamente bloqueados, sin estafeta pública, sin periódicos, ni siquiera se enteran del pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto, ni de la proclamación de Alfonso XII hasta que se confirmó el rumor el 20 de enero de 1875. Los pamploneses de 1873 se acostaron republicanos, y se despertaron monárquicos. A pesar de ello, los carlistas mantienen el bloqueo hasta el 3 de febrero. Bombardean por última vez la ciudad el 2 de noviembre. Todo el ejército español acude al Norte. Poco a poco dominará la situación. Al mediodía del 26 de febrero de 1875 entra en Iruña. Los carlistas deponen las armas. Al día siguiente de la salida de Carlos VII por Valcarlos, entraba por el portal de Taconera el Rey Alfonso XII, "el Pacificador de España".

El parte militar anuncia el fin de la guerra el 29 de febrero. Acerca del bloqueo carlista existe un texto, "Diario del Bloqueo por los carlistas a la plaza de Pamplona desde el 27 de agosto al 2 de febrero de 1875", escrito por don Mariano Balesta (entre el 12.9.1874 y 7.2.1875), que habla de esa otra historia que se vivía a ras de tierra. Las noticias acerca de la penosa situación en que convivían hacinadas 16.780 personas (mujeres 9.776; hombres 6.802) son escalofriantes. La ciudad se ve asolada por calenturas, tifoideas, disenterías, diarreas, arrojando unos índices de salubridad e higiene públicas lamentables. El capítulo de la alimentación es digno también de consignarse: "en casas bien acomodadas se come carne de burro de leche, cuyo sabor encuentran parecido al de la ternera".

Consigna también el diario que "se han visto restos de perros, inmolados por personas competentes y con objeto de dedicarlos a la cocina". Por las calles de la ciudad no se ve ni un gato, cuya carne es codiciada por la mayoría de la población. Como dice don Mariano Balesta "el mundo parece que concluye en las murallas de Pamplona". El índice de los precios de los alimentos de esta época arroja los siguientes guarismos: "La cabra 16 reales por kg.; burro, 12; gallo, 40; cordero, 180; conejo casero, 28; gato, 12; rata, 2; huevo, 2,5; petróleo, 12 litro; patata, 32 arroba".

Ante el estallido bélico, los republicanos, moderados e intransigentes, hacen frente común. Por su parte, la Diputación reconocerá la prioridad de derrotar a los carlistas, pero nunca a costa de conculcar la legislación foral. La actitud del Ayuntamiento de la ciudad, durante todo el período republicano, fue idéntica: acatar la República, siempre y cuando no atentara contra la Ley de 1841. Aun así, en el período que va de 1876 a 1893, es decir, desde el triunfo de los liberales alfonsinos hasta la denominada "Gamazada", las negociaciones entre el poder central y la Diputación van a ser de una dureza inusual hasta la fecha. El asunto de las negociaciones sobre la tan traída y llevada Ley de Modificación del Fuero (1841) y la Ley sobre impuestos indirectos sobre la sal y los alcoholes (1877 y 1888) constituirá el telón de fondo de ese enfrentamiento. La explosión final de éste se plasmaría en la protesta provincial contra Gamazo en 1894, que acabó favorablemente para Navarra hasta 1927, año en que vería alterado su status en lo referente al Concierto Económico.

Al calor del fuerismo de la época, ciertos notables vascófilos se constituyeron en "Asociación Euskara de Navarra", el 6 de enero de 1878, habiendo presentado sus estatutos a la autoridad civil el 13 de noviembre de 1877. Esta nació con la finalidad de conservar y propagar la lengua, literatura e historia vasco-navarras, así como "estudiar la influencia que la legislación vigente en materia de enseñanza concede a la excma. Diputación para ver si es posible ordenar a los maestros de los pueblos del País Vasco que enseñen una asignatura en vascuence" (Libro de Actas, p. 10). La Junta Directiva fundacional estuvo formada por don Esteban Obanos, presidente; Fermín Iñarra, secretario (lo fueron también Campión e Iturralde y Suit) Ansoleaga, Estanislao Aranzadi, Salvador Echaide, Ramón Irurozqui.

Sus juntas las celebraron en la calle Pozo Blanco, número 19. La Asociación Euskara en un primer momento quiere mantenerse en los límites imprecisos de la neutralidad política; pronto, sin embargo, manifestará abiertamente sus actitudes ideológicas. A este respecto, resulta chocante el acuerdo del 25 de julio de 1878 por el que se decide "no repartir los libros donados a la Asociación por el republicano D. Serafín Olave por motivo de ser políticos" (folio 201). De todos modos, las relaciones entre carlistas y euskaros tuvieron momentos de enfrentamiento dialéctico, como el acaecido entre Aranzadi -entonces presidente de la Asociación- y "La Lealtad Navarra". En un artículo (14.VI.1892), se tildaba a aquéllos de hojalateros y de cobardes, muy especialistas, pero...nada". Aranzadi recuerda que "los euskaros han defendido a los carlistas de los vapuleos liberales", a lo que el periódico carlista, matiza que "lo que ha habido es que algunos euskaros que figuraban en primera línea en esta agrupación abandonaron la Revista que era el órgano oficial y pasaron a "El Arga" en sus últimos tiempos con armas y bagajes y desde allí y fuera de allí han procurado por todos los medios posibles introducir perturbaciones en nuestro campo.

Estos son los euskaros a los que se alude". Fueron estos vascófilos o "amantes del vascuence", como los llamaba el periódico conservador El Eco de Navarra, quienes mantuvieron la defensa del euskara, especialmente contra los enemigos surgidos dentro de la misma provincia, durante todo el siglo. Manifestaron su protesta contra la Circular contra la Enseñanza del euskara en las escuelas de la montaña, promulgada por el Gobernador de la Provincia, el sagastino don Benito Francia, el 29 de agosto de 1901. Estanislao Aranzadi diría que "Navarra y el país euskaro son tratados como Polonia y los países conquistados por la fuerza" ("El Eco de Navarra", 4.IX.1901). A raíz de este hecho, algunos antiguos miembros de la Asociación Euskara, Campión, Iturralde y el mismo Aranzadi, solicitarán del periódico conservador la publicación de un documento, suscrito por la Diputación de Navarra en 1896, que constituye la declaración institucional más importante, en toda la historia del herrialde, a favor del euskara.

Fue aprobado el 12 de noviembre de 1895. Entre otas medidas, pedía la Diputación que "se exigiera a los maestros y maestras que hayan de regentar las escuelas del País Vascongado el conocimiento de la lengua euskara". Idéntico comportamiento mantendrían los bascófilos navarros ante las afirmaciones "vascófagas" de Unamuno en los I Juegos Florales de Bilbao. Tanto Campión como Aranzadi afirmarían que "Ya Caín no mata a su hermano; eso es poco. Ahora asesina a su madre". En 1900 y 1903, volverían a protestar "contra el deplorable acuerdo adoptado por la mayoría del ayuntamiento relativo a la provisión de un maestro castellano para la escuela de Ituren". "Ciertas gentes"-afirmarán al unísono- "tienen podrido el corazón o vacía la cabeza" (El Eco de Navarra, 3.III.1900).

A finales del siglo XIX, Iruña, de acuerdo con el folleto titulado Situación Económica de Pamplona, firmado por "El de Ogaño" (1897), atravesaba una de las peores épocas económicas jamás conocidas. Ya antes, un obrero de Pamplona, había publicado en El Socialista (2.IV.1892) que "Pamplona era una de las ciudades en que la ignorancia, el hambre y la miseria se dejaba sentir más", añadiendo que "las condiciones impuestas por los industriales a los obreros eran tiránicas", concluyendo que "la solución a los males de los obreros estaba en el Partido Socialista Obrero y en las sociedades de resistencia". Diario de Navarra, afirmará en 1903 que "hoy en Pamplona seguimos siendo pobres en medio de una carestía cada vez más creciente. Ello entraña una grave cuestión social" (DN. 29.III.1903). Cuestión social que uno de los impulsores de los Círculos de obreros católicos, don Atanasio Mutuberría, se la había ventilado de un plumazo afirmando que "la voluntad de Dios es el Supremo Fundamento de la Desigualdad Social" (1892).

Que es lo que el propio Diario de Navarra llegará a decir años más tarde: "Hay que aceptar con religiosa resignación y como un hecho necesario la diversidad de clases y de condiciones" (DN. 19.XII.1907). O dicho de otro modo: "El pecado original explica maravillosamente el misterio de las desigualdades sociales, sin el cual nada se explica" (28.XII.1907). Y ello, a pesar de que las primeras noticias sobre reivindicaciones de obreros navarros datan ya de 1855. En la "Exposición de la clase obrera española a las Cortes", expresando su apoyo a un proyecto de Ley sobre condiciones laborales, aparecen las firmas de 1.141 navarros, lo que, junto con la Fundación en Iruña, en 1858, de una Sociedad de Socorros Mutuos de Artesanos, revelaba ya la sensibilidad de la ciudad por los problemas sociales.

Sin embargo, son, paradójicamente, las clases poderosas las que se adelantan a crear sociedades obreras confesionales, con el fin de que los trabajadores no se afilien a sindicatos revolucionarios. El caso más sonado fue el del Centro Escolar Dominical Obrero, creado en 1881, y cuya alma mater fue don Eustaquio Olaso (La Avalancha, 25.V.1895). En octubre de 1906 fue clausurado por una orden dada por la Inspección de Enseñanza transmitida por el alcalde de Pamplona. El integrista Sánchez Marco llevó el asunto a las Cortes. (La Avalancha, 24.VIII.1907). Al año siguiente siguió abierto. En 1904, tenía 900 socios y una Caja de Ahorros. Otra sociedad de crédito y seguros fue La Conciliación, fundada en 1902. Llegó a tener 2.041 asociados. De ellos 436 eran socios protectores y 5 honorarios, detalles que revelan su acendrado paternalismo y en la que conviven patronos y obreros cristianamente. En un momento dado, esta sociedad proyecta construir un barrio entero para trabajadores en la Rotxapea y la Magdalena.

La revista católica de "Cuestiones Sociales" criticó tal iniciativa, porque dichos barrios "surgen a modo de espolarium social en donde la gran ciudad parece que arroja sus débiles, dando lugar así a mantener el odio de clases que engendra necesariamente la separación" (La Avalancha, 8.V.1903). Respecto a los anarquistas, se sabe que el semanario madrileño La Emancipación, en el año de 1871, recoge la información de un tal J. L. de Pamplona que entrega una peseta dentro de la "suscripción humanitaria en favor de las mujeres e hijos de los defensores de la Comuna Parisiense". En otra hoja impresa, cita a dos mecánicos: Fulgencio Lapresa y José M. López, que muy bien podría ser el JL anterior. Al celebrarse el Congreso de la AIT en Zaragoza, en abril de 1872, se reciben adhesiones de Iruña.

Un tal Julio advierte en su adhesión que el grupo anarquista de Pamplona encuentra grandes oposiciones políticas en los liberales y republicanos. En el mes de agosto se anuncia que, en breve, se constituirá la Federación Local anarquista. Sin embargo, en las actas del Consejo de la Región, fechadas el día 27 de agosto, advierten que "el fanatismo político llevado hasta la exageración ha dado pie para que se publicase en Pamplona un bando dictatorial que imposibilita a nuestros hermanos ejercer el derecho de asociación" (27.VIII.1872). En octubre de 1872, este mismo Consejo exhorta a los compañeros internacionales de Pamplona a animar a los tejedores aragoneses. La dirección de la Federación Local anarquista de Iruña es la de don Felipe González, situada en la calle Pellejería, 4.°. La Federación local de Iruña de la 1.ª Internacional se había decantado por la corriente anarquista contraria a la marxista o autoritaria. Su declaración, recogida en las actas del 12 de noviembre de aquel año, es bien elocuente: "(...) igualmente declaramos ser enemigos del autoritarismo, partidarios de la Autonomía, del Colectivismo y de la Anarquía".

En el III Congreso de la Internacional Anarquista, Iruña tiene ya una representación en la persona de don Francisco Barrado, un marmolista cordobés. El anarquismo navarro se ha visto precisado a trasladar su delegación en una persona ajena a la propia federación navarra "por falta de recursos metálicos escollo en que siempre tropezamos los que somos víctimas de la explotación burguesa". En marzo de 1873, la Federación de Iruña afirma que son ya 353 asociados y se sabe que en 1903 vinieron varios anarquistas a Iruña a contrarrestar las candidaturas socialistas. A partir de 1910, el anarquismo resulta más combativo y más organizativo. Su presencia en las fábricas azucareras de Cortes, de Tudela y de Marcilla es palpable. Lo mismo durante el período de la Dictadura de Primo de Rivera, época en la que se consolidó como tal fuerza anarco-sindicalista. Artífices de ella fueron el albañil Enrique Melchor, el obrero metalúrgico José Anzano y Jaime Lluch, los cuales crearon el Sindicato Unico, con sede en la planta baja de la casa n.° 21 de la plaza de Santo Andía.

Buenacasa señaló que "Pamplona contó con una organización bien orientada que de haber sido más atendida por los comités regionales, hubiera terminado con la menguada influencia y preponderancia de los socialistas". Será en 1902, cuando la presencia de la Federación Obrera, de carácter socialista, comience a plantear sus reivindicaciones laborales en un sentido más radical y sistemático, cuando los ricos propietarios de la ciudad, publiquen el 7 de mayo toda una Alocución dirigida al vecindario de esta capital para que concurra a "a la obra de imperdir que el problema obrero se perturbe en el orden moral y económico". Dicha proclama, inspirada en la caridad cristiana que "enseña a favorecer a todo obrero honrado y trabajador, sin distinción de credo político", iba firmada por Arturo Campión, Sánchez Marco, García Tuñón, Eustaquio Olaso, José María de Lecea y Joaquín Beunza. Y ello, porque "los obreros mostraban cierta inquietud a organizarse" en la sección de la UGT aludida.

Era la repetición exacta de lo sucedido en la fiesta del 1.° de mayo de 1892. Ante la presencia de la Agrupación socialista, los patronos y la jerarquía eclesiástica, a través de "El Tradicionalista", del 26 de abril, pusieron en guardia a los obreros de Pamplona para que no se afiliaran a semejante "diablo" y el Centro de Obreros repartió una hoja impresa excitando a los obreros a que se inscribieran en él. La fiesta tuvo lugar, participó en el miting -trinquete instalado en la Calle Pellejerías-, don Pablo Iglesias, pero lamentablemente, el presidente de la Agrupación Socialista de Pamplona, don Bernardino, murió en extrañas circunstancias. En 1913 sale elegido en Pamplona el primer concejal socialista. El periódico conservador El Eco de Navarra presentaba a Navarra como

"el último baluarte libre de esa enfermedad (desigualdad social) merced a la religiosidad del reino que guardó a su habitantes de doctrinas subversivas, contrarias a nuestras tradiciones, por maketas y enemigas de nuestra democracia y libertad por proceder de un principio centralizador, adversario irreconciliable de la democracia euskaldun, siempre descentralizadora" (19.1.1902).

Sin embargo, la Iglesia, mucho más realista, vió al momento el peligro del socialismo. Y no tardó en crear el antídoto preciso: las Cajas Rurales Católicas. El Obispo de la Diócesis, Fray José López de Mendoza, imbuido de la "Rerum Novarum", envió a Valencia a estudiar con el P. Vicent sociología a dos sacerdotes navarros: don Antonino Yoldi y don Victoriano Flamarique. A su vuelta, con el folleto de Juan Chaves Arias, "cómo construir una caja rural sistema reifeissen", Flamarique y Yoldi como "apóstoles de la buena nueva sociológica" recorrieron Navarra instalándose en la mayoría de todos los pueblos, gracias al concurso de los párrocos. Las Cajas Rurales fueron una obra esencialmente clerical, a la que prestaron su incondicional apoyo los carlistas. Por el contrario, "Diario de Navarra", en cuyo consejo de administración se cobijaban la mayoría de los intereses económicos privados de la ciudad y de la provincia, mantuvo una actitud beligerante y de absoluta oposición las mismas, sobre todo a partir de 1907, fecha en que se pretende levantar una Fábrica Cooperativa de Superfosfato. Descalificó y atacó la conducta de los dos curas, acusó al movimiento de comunista, de violento, de modernista, de brutalidad anárquica. Hasta que, finalmente, es el propio Obispo quien le obliga a "retractarse de todo lo dicho sobre personas, cosas eclesiásticas, juicios y condenación de doctrinas"

Lo mismo sucedería en 1912 a propósito de la VI Semana Social Española celebrada en Iruña, donde, en contra de lo afirmado por el P. Gérard, Diario de Navarra negará la sindicación, la huelga y la cuestión social. La réplica de los dirigentes, clericales, de las Cajas es contundente: "El socialismo, he ahí el gran peligro. ¿Quién dará la batalla al socialismo? Nosotros. Para eso nos reunimos en nuestras Semanas Sociales para preparar esa acción que neutralice la acción socialista". La Acción Social Navarra, 4.V.1912). Cuando en 1924, se queje Diario de Navarra de que la semilla socialista ha germinado en la Ribera y no crea que "haya navarros, que haya riberos que se presten sin razón y sin justicia a provocar un conflicto de esta magnitud en casa de sus hermanos", el periódico nacionalista, "La Voz de Navarra calificará esas frases de "lamentos", recordándole su actitud "ante el movimiento social desarrollado en Navarra principalmente por el clero. Era de ayer su petición de que cesaran en su labor social los "Sturzos" de nuestros pueblos. Quien jamás ha tenido una palabra de aliento para la acción social católica y sí mucha contra los principales apóstoles, no tiene derecho a lamentarse, si las izquierdas socialistas se preparan para recoger la herencia política" (La Voz de Navarra, 3.IV.1924).

Elección de diputados en Cortes de 20-IV-1879
Ref. Acta Escrutinio Gral., Arch. Ayto. Pamplona.
Filiaciones en "La Correspondencia de España", 22 y 23-IV-1879.
CandidatosPartidosVotos
Marqués de VadilloUltramontano108
Conde de EchanzConservador92
Enrique LarrainzarConservador86
J. M. AstizIndependiente82
Fermín Iñarra81
Martínez de ZúñigaConservador79

Elección de diputados en Cortes de 27-28-IV-1884
Ref. Acta Escrutinio Gral., Arch. Ayto. Pamplona.
Filiaciones en El Imparcial, 28-IV-1884.
CandidatosPartidosVotos
Hortuño Ezpeleta, C. de EchanzConservador130
Wenceslao Martínez AquerretaIzquierda monárquica125
Marqués de VadilloConservador86

Elección de 2 diputados a Cortes de 26-VII-1885
Ref. Acta Escrutinio Gral., Arch. Ayto. Pamplona.
Filiaciones en El Imparcial, 28-IV-1884.
CandidatosPartidosVotos
Wenceslao Martínez AquerretaIzquierda monárquica58
Marqués de VadilloConservador50

Elección de 2 diputados en Cortes de 1-II-1891
Ref. Boletín Oficial de Navarra, 4-II-1891.
Filiaciones en La Epoca, 2-II-1891.
CandidatosPartidosVotos
Romualdo Sanz y EscartínCarlista1.003
Conde de la RosaRepublicano633
Juan Manuel Ortí y LaraIntegrista573
Agustín Sardá y LlaveríaRepublicano564
Ramón M.ª BadaránFusionista402
Marqués de VadilloConservador331

Elección de diputados a Cortes del 5-III-1893
Ref. Boletín Oficial de Navarra 8-III-1893.
Filiaciones en El Imparcial, 6-III-1893.
CandidatosPartidosVotos
Romualdo Sanz y EscartínCarlista988
Arturo Campión y JaimbónIntegrista762
Canuto Mina GuelbenzuIntegrista729
Wenceslao Martínez AquerretaFusionista539
Agustín Sardá y LlaveríaRepublicano485
Ramón M.ª BadaránFusionista371
Marqués de VadilloConservador301

Elección de diputados en Cortes del 12-IV-1896
Ref. Boletín Oficial de Navarra, 15-IV-1896.
Filiaciones en La Epoca, 13-IV-1896.
(1) No se presentó candidato.
CandidatosPartidosVotos
Romualdo Sanz y EscartínCarlista1.267
Joaquín M.ª GastónFusionista851
José Sánchez MarcoIntegrista595
Mrqués de VadilloConservador594
Joaquín Llorens (1)Carlista61

Elección de diputados en Cortes de 27-III-1898
Ref. Boletín Oficial de Navarra, 30-III-1898.
Filiaciones en El Imparcial, 28-III-1898.
CandidatosPartidosVotos
Eduardo Díez de UlzurrunLiberal-independiente1.158
Romualdo Sanz y EscartínCarlista996
Joaquín M.ª GastónLiberal763
Marqués de VadilloConservador612
Agustín Sardá y LlaveríaRepublicano330

Elección de diputados en Cortes de 19-V-1901
Ref. Boletín Oficial de Navarra, 22-V-1901.
Filiaciones en El Imparcial, 22-V-1901.
CandidatosPartidosVotos
Eduardo Díez de UlzurrunLiberal1.344
Romualdo Sanz y EscartínCarlista1.156
Marqués de VadilloConservador817
Ramón Nocedal y RomeaIntegrista686
Agustín Sardá y LlaveríaRepublicano485

Elección de diputados a Cortes de 26-IV-1903
Ref. Boletín Oficial de Navarra, 29-IV-1903.
Filiaciones en El Imparcial, 9-IV-1903.
CandidatosPartidosVotos
Marqués de VadilloConservador1.400
Enrique Gil RobelsCarlista1.267
Romualdo Sanz y EscartínCarlista1.265
Ramón Nocedal y RomeaIntegrista867
Agustín Sardá y LlaveríaRepublicano846

Elección de diputados en Cortes del 10-IX-1905
Ref. Boletín Oficial de Navarra, 13-IX-1905.
Filiaciones en Diario de Navarra, 8-IX-1905.
(1) No se presentó candidato.
CandidatosPartidosVotos
Juan Vázquez de MellaCarlista931
Ramón Nocedal y RomeaIntegrista445
Marqués de VadilloConservador414
Agustín Sardá y LlaveríaRepublicano316
Basilio Lacort y LarraldeRepublicano285
Primitivo Erviti(1)363

Elección de diputados a Cortes del 21-IV-1907
Ref. Boletín Oficial de Navarra, 24-IV-1907.
Filiaciones en Diario de Navarra, 16 y 27-IV-1907.
CandidatosPartidosVotos
Juan Vázquez de Mella FanjulCarlista1.365
José Sánchez MarcoIntegrista1.090
Marqués de VadilloConservador747
Agustín Sardá y LlaveríaRepublicano467

Elección de diputados a Cortes de 8-III-1914
Ref. "Boletín Oficial de Navarra", 11-III-1914.
Filiaciones en "Diario de Navarra", 26-II-1914, "El Pensamiento Navarro", 1-III-1914.
(1) Se aliaron electoralmente.
(2) Se retiró 3 días antes de la elección.
(3) No había sido proclamado candidato.
CandidatosPartidosVotos
Juan Vázquez de MellaCarlista (1)1.206
Marqués de VadilloConservador1.156
José Sánchez MarcoIntegrista (19667
Valentín GayarreCanalejista (2)274
Víctor Pradera (3)188
Fermín Aldaz (3)169

Elección de diputados a Cortes de 9-IV-1916
Ref. "Diario de Navarra", 14-IV-1916. Filiaciones en "Diario de Navarra", 13-IV-1916.
(1) perdió el segundo voto jaimista, que favoreció a (2).
(3) Patrocinado por "Pensamiento Navarro" y diversas personalidades,
desde conservadores a radical-socialistas.
CandidatosPartidosVotos
J. Vázquez de Mella FanjulJaimista9.749
C. Leyún y VillanuevaMaurista (2)8.302
José M.ª GastónLiberal (2)7.643
J. I. Mencós C. del VadoConservador (3)6.877
José Sánchez MarcoIntegrista (1)5.610

En 1900, es Iruña una población hacinada, insalubre, incapaz de dar solución a uno de sus problemas más fundamentales: el de la vivienda. (Lazcano, 1903). Si en 1857 tenía 22.702 habitantes, en 1897 serán ya 29.753, para volver a descender, en 1900, a 28.886. Iruña representaba tan sólo el 9,3 % de la población total de Navarra. Seguía siendo una plaza fuerte, como en el siglo XVI, peor que mal comunicada con el exterior a través de lóbregos portales. Llena de recovecos tan cochambrosos como el del pasadizo del Hospital y con unos accesos tan pobres como el del Portal de San Nicolás.

Pues bien, en esta ciudad, que parecía arquitectónicamente una mazmorra, se editaba una porción considerable de periódicos, a pesar de que el 28 % de las personas era analfabeto. En ellos se lidiarán todas las polémicas políticas, religiosas y sociales que, durante todo el siglo, dividirán a la ciudad en bandos y en partidos irreconciliables. Todas las posturas políticas se dan cita en ellos: carlistas (El Pensamiento Navarro, 1894); carlo-integristas (La Tradición Navarra, 1894); conservador (El Eco de Navarra, 1877); republicano (El Porvenir Navarro); y, con el tiempo, Diario de Navarra (1903) -que representará los intereses de las clases acomodadas de Pamplona El Sanedrín y El Demócrata Navarro (1904), canalejista o, si se prefiere, demócrata liberal.

Población absoluta de Pamplona, en 1900 y 1910,
según su edad, sexo o instrucción elemental
Ref. Margarita Jiménez Castillo, La publación de Navarro.
HombresMujeres
EdadTotalAlfabetosTotalAlfabetas
Año 1900
0-10 años2.9439172.872980
11-20 años2.8312.5783.1582.766
21-30 años3.0322.4612.9042.485
31-40 años1.031.5561.9991.600
41-50 años12861.1381.4121.124
51-60 años1.0068011.392820
61-70 años5 25363197385
71-80 años258145343138
81-90 años23126420
91-100 años2252
Más de 100------------
No consta------40---
Total33.5509.97315.33610.320
Año 1910
11-20 años2.4112.2673.2282.975
21-30 años2.9392. 6733.1372.848
31-40 años1.5631.4141.9321.67 8
41-50 años1.4611.2951.8211.439
51-60 años1.0809361.0161.124
61-70 años7093761.016604
71-80 años240175387208
81-90 años51298735
91-100 años3211
más de 100------------
No consta---5128
Total13.399103.12716.07311.822

Durante todo el siglo, será la cuestión que produzca más enfrentamientos entre la población de la ciudad. Los católicos carlointegristas afirmarán que prefieren "mil veces contemplar a Euskadi esclava, pero con Fe, a contemplarla libre, pero impía sin Dios" (La Tradición Navarra, 10.X.1905), porque "Navarra fue cristiana antes de Cristo" (El Pensamiento Navarro, 2.X.1906). Los liberales (tildados de anti clericales en todas las contiendas religiosas) denunciarán en la Iglesia su tendencia a aliarse con el integrismo, con el poder, sirviendo a la oligarquía dominante de trapo rojo para atraer al engaño anticlerical a las multitudes. (El Demócrata Navarro, 3.XI.1905). La quintaesencia de este enfrentamiento será el protagonizado por el llamado caso Lacort. Basilio Lacort y Larralde, ex-militar y republicano, era director del semanario El Porvenir Navarro. Su enfrentamiento con la jerarquía (con el dogma) le valió la excomunión, en 1899 y 1900, del obispo Casal y de López de Mendoza. Lacort fue símbolo del republicanismo y del laicismo navarros.

En la II República, el Ayuntamiento, en sesión del 16 de septiembre de 1931, propuso poner su nombre a la Calle Zapatería, pero, no coló el acuerdo. En el Padrón de 1935, aparece el nombre de Lacort en una calle nueva del Ensanche. Con estos antecedentes no extrañe que la población católica de la ciudad arremetiese contra la representación de "Electra" en el Teatro Circo Labarta, el día 31 de mayo. El Obispo había prohibido a los católicos asistir bajo pena de pecado mortal a dicha representación. En la procesión del Jubileo celebrada el 24 de junio de 1901, soldados y procesionarios la emprendieron a palos y a sablazos, de tal modo, que la procesión del día 29 se tuvo que suspender. La prensa no dudó en buscar a un culpable: Lacort y sus secuaces. En esta misma línea de enfrentamientos hay que situar el sermón, en 1902, de fray Evangelista de Ibero, religioso capuchino, y uno de los puntales del nacionalismo navarro, sector aranista, autor del "Ami Vasco". El día 8 de abril de 1902 en la catedral de Iruña, llena a rebosar, en función celebrada en honor de San Miguel de Aralar, fray Evangelista -a quien El Porvenir tildaría de "fraile faccioso" y a quien denunció ante los tribunales- dijo aquello que corrió de boca en boca por la ciudad de que "debían estar dispuestos los católicos a barrer la gavilla liberal con sus votos en la lucha electoral y si fuera preciso con sus armas en los campos".

Según el capuchino de Ibero "gracias a las divisiones y discordias entre los católicos, la impiedad y el liberalismo comienzan a apoderarse de la noble Vasconia". Terminó su perorata pidiendo los votos para el "Partido Fuerista, el gran partido católico vasco que acaudilla Cristo". El 9 de marzo de 1903 se celebró juicio contra el fraile, del que salió indemne. La ciudad se convirtió, en palabras de Diario de Navarra, en una

"plaza africana llena de disturbios y motines sin cuento. Violencias de lenguaje, organizaciones de resistencia injusta, amenazas intolerables, anarquía abajo, desamparo arriba, hacen que la situación de Pamplona sea anormal e insostenible. Estamos bajo el imperio de los jacobinos, más las bufonadas de los que no han nacido para dictadores". Los jacobinos, léase liberales, son los que "con temeraria imprudencia y bajo el pretexto de auxiliar al obrero han introducido en el corazón de éste odios y rencores que jamás anidaron en los pechos navarros"

(DN. 20.V.1903).

Es más, en 1905, la ciudad estallaría en un motín contra los impuestos. Y el propio Ayuntamiento, el 18 de marzo de 1906, publicaría un bando contra el matonismo. Especialmente virulentos fueron los choques entre católicos y liberales con motivo del proyecto de Canalejas sobre La Ley de Asociaciones Religiosas, en 1906. La ciudad volvió nuevamente a enfrentarse por tal motivo. El 9 de diciembre alrededor de 50.000 personas -según la prensa de derechas- se manifestaron en Iruña para pedir que el proyecto "volviera a las logias que lo engendraron". En el recorrido hubo "reparto de palos, bastonazos y varios heridos". Como réplica, los republicanos, demócratas y liberales volvieron a manifestarse el día 16 del mismo mes, esta vez a favor del proyecto. En 1910, la ciudad se movilizaría contra el laicismo en la enseñanza y contra Ferrer, cuyo caso se discute con pasión en la prensa local. Católicos y liberales coincidirían tan sólo en las Ligas contra la Blasfemia, organizadas en 1912, pues Pamplona, en opinión del nacionalista Aranzadi, "era una sentina". Y volverían a enfrentarse violentamente a raíz de la actuación de dos bailarinas en la ciudad: la de Tórtola Valencia, en 1916, y la de Josefina Baker, en 1930.

La crítica mordaz que, en 1905, don Eustaquio Echauri, alias Fradúe, colaborador, durante un tiempo, de Diario de Navarra, lanzó contra el Rector del Seminario, don Tomás Fornesa, que era de Ceuta, e, indirectamente, contra el Obispo, Fray José López de Mendoza, que tampoco era navarro, provocó la polémica, la más larga y la más enjundiosa de cuantas se pergeñaron a principios de este siglo. De una nadería -la prohibición del Rector del Seminario a los seminaristas de asistir a la consagración de dos nuevos obispos navarros, Ilundain y Baztán- el Fradúe hizo cuestión de regionalismo, de raza, de navarrismo. El periódico de la calle Zapatería pronto comenzó a publicar adhesiones, tan significativas como éstas:

"Bien me parece que Navarra rechacela irrupción maketónica. ¡Gora Euzkadi!". O: "Mi más entusiasta enhorabuena por la enérgica defensa que haces de los buenos navarros contra las maquinaciones de los intrusos maketos que pretenden acabar con nosotros, hiriéndonos en la parte más sensible de nuestro amor a la patria chica"

(28.IX.1905).

En un principio, los carlistas se inhibieron en la polémica, cosa que no hicieron los liberales, apiñados en torno a El Demócrata Navarro. Para éste, Diario de Navarra "pretende hacer nada menos que una cuestión de navarrismo con el fin de alentar las odiosas teorías separatistas que se albergan en los pechos de los inspiradores del antiepiscopal Diario de Navarra". Diario de Navarra definiría su actitud con estos términos:

"la idea de patria está encarnada en el ejército y la bandera... Los realmente antipatriotas y separatistas son los socialistas porque son esencialmente antipatriotas. Nosotros somos regionalistas y abominamos de todos los antipatriotas, lo mismo de los separatistas que quieren desgarrar la patria en girones de patria que de los socialistas que pretenden deshacerla confundiéndola en una patria universal, como se confunde y se pierde una gota de agua en la inmensidad de los mares".

De todos modos, el enfrentamiento de Diario de Navarra con el Obispo -uno de los acontecimientos que más conmovieron a la ciudad de Iruña- terminó en juicio y en una amenaza de excomunión, además de ser prohibida su lectura por orden episcopal. Don Eustaquio Echauri, alias Fradúe, fue desterrado a cien kilómetros de la ciudad y durante cuatro años, en virtud de la condena que se le impuso el 15 de mayo de 1906. En las elecciones municipales de 1911, primeras en las que los nacionalistas vascos de Navarra se presentaban (Aranzadi, Lampreabe, Esparza, Monzón y Zarrain eran sus mentores) se aclararía un poquito el panorama ideológico de quienes se declaraban fueristas, regionalistas y amantes de Euskalerria. El contenido del manifiesto nacionalista electoral fue el que más llamó la atención de los carlistas.

Los nacionalistas decían que de salir elegidos trabajarían "por la moral administrativa y en las costumbres combatirían los bailes indecentes y espectáculos pornográficos, ayudarán a la clase obrera y procurarán que los empleados del Ayuntamiento sean preferentemente hijos de Pamplona". Los carlistas argumentarán que para semejante viaje no se necesitaban tales alforjas. Los tildan de mentirosos por no decir cuál es realmente su postura. Para ello desempolvarán artículos de 1895 donde se afirmaba que "los vaskos que se conforman en llamarse españoles es que han perdido la dignidad por completo" (Euskotarra). Critican a "Napartarra" porque "cuando dice Patria única, se refiere a Navarra y califica de exótico, es decir, extranjero, todo lo que es de otras regiones".

Ayuntamiento constituido en Pamplona el 1 de enero de 1918
Fuentes: Actas del Pleno del Ayuntamiento de Pamplona y prensa.
Cargo Nombre y apellidos Filiación Política
1. AlcaldeFrancisco JavierCarlista
Arraiza Baleztena
2. 1.° Tte. AlcaldeAlejo Aldaz EsáinCarlista
3. 2.° Tte. AlcaldeFulgencio AldazCarlista
Bengoechea
4. 3.° Tte. AlcaldeTomás Mata LizasoCarlista
5. 4.° Tte. AlcaldeFernando RomeroRepublicano
González
6. 5.° Tte. AlcaldeFrancisco Lorda YoldiNacionalista
7. 1.° Reg. Sind.Ignacio BaleztenaCarlista
Azcárate
8. 2.° Reg. Sind.Crisóstomo BeunzaCarlista
Espelosín
9. ConcejalNieto Varela HuarteCarlista
10. ConcejalJusto Gortari EcheniqueCarlista
11. ConcejalManuel NegrillosLib. Romanon.
Goicoechea
12. ConcejalCeferino Iraizoz IraizozDemócr. Garcip.
13. ConcejalMarcelino JiménezRepublicano
Gredilla
14. ConcejalMartín Larrayoz Carlista
Laquidáin
15. ConcejalMiguel Serdeño ElcanoSocialista
16. ConcejalDemetrio MartínezLiberal
de AzagraConservador
17. ConcejalJosé Rodríguez Iriarte,Carlista
Barón de Oña
18. ConcejalSantiago CunchillosNacionalista
Manterola
19. ConcejalFrancisco ErreaCarlista
Echalecu
20. ConcejalIgnacio Altube AlbizCarlista
21. ConcejalFélix García LarracheNacionalista
22. ConcejalFermín LipúzcoaCarlista
Legaria
23. ConcejalJulián Gorostiza SotoRepublicano
24. ConcejalPedro IzquierdoDemócr. Garcip.
Pernaute
25. ConcejalEustaquio Ariz IparIntegrista

En 1918, la desafección será aún mayor. El 16 de abril, Víctor Pradera, ideólogo del tradicionalismo vasconavarro, denunciará el carácter separatista de los nacionalistas. La tesis de Pradera desembocaría, y con él el carlismo, en un españolismo exaltado, en que los fueros representarían la encarnación idealizada de la monarquía española, el elemento histórico de vinculación de las provincias vascas a España y la base de una solución regionalista al problema del Estado Español. A pesar de ello, el jaimismo navarro y el nacionalismo vasco formaron en 1919 una Alianza Foral Navarra que concurrió a las elecciones provinciales. Y entre 1920 y 1923 sólo hubo un diputado nacionalista en el Congreso de los Diputados: Manuel Aranzadi, diputado por Pamplona, merced al pacto contraído con jaimistas y mauristas.

Elección de diputados en Cortes del 1-VI-1919
Ref. "Boletín Oficial de Navarra", 4-VI-1919.
Filiaciones en "La Voz de Guipúzcoa", 2-VI-1919.
CandidatosPartidosVotos
Manuel Aranzadi e IrujoPNV1.638
J. Baleztena y AscarateJaimista1.342
J. Víctor Pradera y LarumbeMellista1.192
C. Leyún y VillanuevaMaurista1.144

Es a partir de 1917 cuando se manifiestan las mayores diferencias entre nacionalismo y carlismo, por una parte, y demás opciones políticas, ahora vehiculadas a través de Diario de Navarra y el liberal "El Pueblo Navarro" por otra. El movimiento reivindicativo de las Diputaciones Vascas en 1917 y los planteamientos de los representantes vascos en la Comisión Extraparlamentaria, que sobre la autonomía creó el Gobierno de Romanones en 1919, harán que los hasta siempre denominados regionalistas, agrupados en torno a "Diario", cambien sus posiciones respecto a todo lo que suene a vasco. El año de 1920 fue sintomático.

Ayuntamiento de Pamplona tras las elecciones del 8 de febrero de 1920

Alcalde: D. José María Landa, maurista.

Tenientes de Alcalde: D. Tomás Mata, jaimista; D. Francisco Lorda, nacionalista; D. Eustaquio Ariz, integrista; D. Fermín Lipúzcoa, jaimista y D. Ramón Unzu, nacionalista.

Síndicos: D. Santiago Cunchillos, nacionalista y D. Ignacio Altube, jaimista.

Concejales: Jaimistas: D. Justo Gortari, D. Martín Larráyoz, Sr. Barón de Oña, D. Niceto Varela, D. Casildo Aróztegui, D. Basiliso Oteiza, D. Martín Echarren y D. Petronilo Girones.

Nacionalistas: D. Serapio Jáuregui, D. Leoncio Urabayen, D. Javier Ciga, D. José Lampreabe y D. Félix García Larrache.

Republicano: D. Julián Gorostiza.

Maurista: D. Sabas Tornero.

Total: 11 jaimistas, 8 nacionalistas, 2 mauristas, 1 republicano y 1 integrista. Hay dos vacantes: una por renuncia de don Crisóstomo Beunza y otra por defunción de D. Alejo Aldaz, ambos del partido jaimista. Larráyoz, fue suspendido en el cargo, por supuesto delito electoral.

Después de las elecciones municipales -en cuyo escenario electoral se habían proferido gritos de "¡Muera España!", Diario de Navarra, después de calificarlos como ignominiosos, diría que

"indican cuál es el ambiente del batzoki que el nacionalismo se propone desarrollar en Pamplona, la política de odios, insultos, violencias que ya no puede mantener en Bilbao (...). Quien grita dentro de España muera España no es un ser inofensivo. Es un grito que ofende a todos los navarros, que irrita y subleva a todos los navarros. El odio separatista de ese grito debe abrir un abismo entre el batzoki y los demás; porque en España sólo niegan la patria española y reniegan de ella los bizkaitarras y los bolchevikes".

De nada sirvió que el Napar Buru Batzar confesara que los nacionalistas de Pamplona eran "fieles al programa de Elgoibar, que sólo aspiran a la restauración colectiva de lo que antes de 1839 disfrutaba Navarra; que no son separatistas y desean la unión a España en la forma tradicionalmente foral de unión "eque principal". En 1923 aparece el diario nacionalista "La Voz de Navarra" que se publicará hasta 1936.

(1923-1930). La Dictadura de Primo de Rivera, de septiembre de 1923 a enero de 1930, se proponía una "labor de saneamiento y tonificación". De ahí que este "saneamiento" se aplicara selectivamente a sindicatos no socialistas y a los partidos autonómicos. En Navarra, la represión contra el nacionalismo fue impulsada por Modesto Font y Campos, jefe de negociado de segunda clase de Administración Civil y Secretario del Gobierno de la Provincia, personaje siniestro que sería nombrado Gobernador de Pamplona durante la guerra civil y cesado el 1 de junio de 1937. El año de 1929 marca el apogeo de la represión de la Dictadura de Primo de Rivera contra el nacionalismo vasco. En el mes de noviembre fueron clausurados el Centro Vasco y el C.D. Euzkotarra de Pamplona (además del centro de Estella).

El 19 de noviembre de 1929 se solicita autorización del Ministerio de la Gobernación para "clausurar algunos centros napartarras y jaimistas, cuando den para ello algún motivo visible y que unido a actuaciones anteriores fuera suficiente para justificar esta medida". Después se inicia una verdadera caza de brujas y registros domiciliarios. El Gobernador Civil, Pérez Roldán, comunica a Madrid que ha decidido la suspensión y la clausura de los locales de Euzko Etxea de Pamplona porque "no se han observado en varias ocasiones los preceptos reglamentarios, (porque) en una de las actas existe una insinuación molesta para quienes no lleven apellidos vascos" y principalmente por defectos de forma en los libros de actas y de cuentas. Previamente se había procedido al registro policial del local de la Calle Zapatería 50 el día 4 de octubre. El C.D. Euzkotarra fue aprobado el 1 de marzo de 1926 y tenía local en el n.° 50 de la calle Zapatería. Modesto Font copia el acta de la sesión de la junta del 2 de junio de 1927, lo cual constata que todos los miembros de las tres agrupaciones, Centro Vasco, Juventud Vasca y C.D. Euzkotarra comulgan en los mismos ideales y en los actos de propaganda.

El 23 de noviembre de 1929 es clausurado por anomalías en su funcionamiento y por numerosas faltas reglamentarias. Le sucedería, en 1935, el Kiroltzale Euzkotarra. La Juventud Vasca de Iruña fue creada el 7 de marzo de 1919. Su reglamento fue aprobado el 25 de febrero del mismo año. Estaba afiliada a la Comunión Nacionalista Vasca. También la Federación de Juventudes Vascas de Pamplona (Eusko Gaztedi Bazta) constituida el 21 de septiembre de 1921 se adscribe a la Comunión. Se disolvió el 27 de febrero de 1929. Durante la represión de Rivera no se abrió ningún Centro Vasco. El número de socios del Centro Vasco de Pamplona era en 1923 de 670. El Directorio colocó en la sede episcopal de Iruña al guipuzcoano Mateo Múgica Urrestarazu quien, al tomar posesión de su cargo, el 24 de febrero de 1924, dirá que "este amor a Navarra no ha de impedirme amar a España".

Se actualiza la organización civil armada "Somatén" (som attens, estamos atentos o, prevenidos). En Navarra, el presidente del mismo será don Pedro Uranga, "hombre bueno y de alta inteligencia" (Diario de Navarra). El presidente del Somatén de Pamplona, que también lo será de Unión Patriótica, será don Leandro Nagore, alcalde de la ciudad y futuro diputado. El periódico de la calle Zapatería, que ha aplaudido el golpe militar de Rivera, publicará durante los seis primeros meses de 1924 las listas de personas inscritas al Somatén. El 30 de enero de 1924 son ya, según Diario, 2.000 inscritos. Entre ellos se encontrarán don Raimundo García, "Garcilaso", director de Diario de Navarra y el presidente de la Federación Social Católica de Cajas Rurales, don Esteban Dean Echaide. En 1928, de acuerdo con el Boletín Oficial del Somatén de la Sexta Región (Año V. marzo de 1928. N.° 51), cuyo lema es "Paz, paz y siempre paz", la estadística de somatenistas en Navarra es la siguiente: Partido de Tafalla, 696 (1,49 % del número de habitantes); Estella, 879 (l,23 %); Tudela, 520 (0,95 %); Aoiz, 345 (0,68 %); Pamplona, 624 (0,54 % del número de habitantes). En septiembre de 1924, todos los ayuntamientos reciben instrucciones del Directorio Militar con el fin de constituir la denominada Unión Patriótica (creada el 29 de abril de 1924) y definida como Huna asociación de hombres de buena fe, apolíticos o políticos, que no se hayan contaminado con los vicios pasados y que gocen de notoria honorabilidad".

La Unión Patriótica -dice la hoja impresa remitida a los ayuntamientos- "no es un partido político", sino "un órgano potente de los anhelos de la nación que ha de procurar por cuantos medios estén a su alcance llevar al ánimo de todos los ciudadanos la seguridad evidente, la persuasión plena, de que el antiguo caciquismo, vergüenza de España y azote de las personas honradas, no levantará cabeza jamás". Para el Directorio Militar, la Unión Patriótica "debían integrarla todos los que aceptasen la constitución de 1876" y estuviesen dispuestos a erradicar "el caciquismo, el inicuo caciquismo". En Iruña, de acuerdo con el Directorio, existían tres comités: el comité local, el de la provincia y el del partido judicial. El presidente del partido Unión Patriótica fue don Leandro Nagore, que lo era del Somatén de Iruña. Respecto a la postura de los partidos ante la Dictadura, la "Voz de Navarra" reproducía un artículo de "El Siglo Futuro" en el que se establecian "Criterios y Normas acerca de la actitud del partido integrista respecto a la Unión Patriótica:

"(...) los integristas no podemos ir a ningún partido que se trate de formar, llámese como se llame, por ser imposible pertenecer a dos organizaciones... Unión Patriótica es de ancha base liberal, incompatible con lo más fundamental y esencia de nuestro programa y caben en él hombres que profesan ideas de todos los matices y tendencias. Los principios liberales son disolventes".

Para Diario de Navarra, la Dictadura será valorada como un proyecto salvador de la patria y apostará por él, por la "patria común", afirmando que "había llegado el momento de construir la Patria, ya que este gobierno es de su gobierno y ya no tienen sentido los nacionalismos". En 1922, Diario de Navarra había afirmado que "el bizcaitarrismo euskadiano es el mayor enemigo de Navarra" (DN. 21.XII.1922). Así criticará al Ayuntamiento por contratar dos txistularis "chunchuneros en castellano y castizo navarrismo... portavoces de los cadenciosos cantos vascos", que paraél no representan a la música típica de este reino, pues Pamplona es el pueblo de la jota (DN. 17. VI.1923). Llegará a enfrentar el árbol de Gernika al "león alado de las Cadenas de Navarra" extrayendo conclusiones acerca de lo que es típicamente navarro y diferente de lo vascongado. Durante la Dictadura se plantearon numerosas cuestiones que afectaban directamente a la esencias forales de la provincia: el asunto de los secretarios de ayuntamientos (el Gobernador Civil suspendió la facultad de las corporaciones a nombrar sus secretarios (14.III.1924); los maestros de escuela y el derecho de los ayuntamientos a nombrarlos, conculcado por el Estatuto del Magisterio (18.V.1923), y el Convenio Económico de 1927.

Población absoluta de Pamplona, en 1920 y 1930,
según su edad, sexo e instrucción elemental
Ref. M. Jiménez Castillo, La población de Navarra.
AÑO 1920
HombresMujeres
EdadTotalAlfabetosTotalAlfabetas
0-10 años2.9391.0122.9081.069
11-20 años2.5932.4913.3703.218
21-30 años3.9603.8543.3593.160
31-40 años2.0001.9142.3842.162
41-50 años1.4321.3321.7791.535
51-60 años1.2721.1291.6311.299
61-70 años7806701.227863
71-80 años301238497327
81-90 años39277346
91-100 años4383
más de 100------------
No consta20145547
TOTAL15.34412.68417.29113.729
AÑO 1930
HombresMujeres
EdadTotalAlfabetosTotalAlfabetas
0-10 años4.0541.4323.8951.480
11-20 años3.5043.4004.4304.302
21-30 años4.1504.0324.6074.463
31-40 años2.6362.5503.1592.982
41-50 años2.1662.0522.5152.328
51-60 años1.3481.2611.8021.558
61-70 años1.0318741.4261.116
71-80 años432330778539
81-90 años6346162107
91-100 años------94
más de 100------------
No consta47374518
TOTAL19.43116.01422.82818.897

Pasados los primeros rigores de la Dictadura, el renacimiento euskerista alcanzó también a Navarra, donde se celebraron certámenes y conmemoraciones para fomentar el uso de la lengua vasca. Reseñamos algunos de ellos: 1926: Certamen literario en Pamplona. Organizado por el Ayuntamiento de Pamplona. Premios: I.-Refranes y axiomas vascos de Fermín Irigaray. II.-Colección de Palabras no incluidas en el Diccionario de Azkue: al P. Pastor de Arrayoz, don Juan Garbizu y Fr. Elías de la Virgen del Carmen. III.-Composición poética vasca: sobre los Fueros de Navarra: desierta. IV.-Colección de juegos vascos infantiles: a Federico Garralda y a Manuel Imboluzqueta. En los temas reservados a niños, narración de un cuento y redacción de una carta, tuvieron premio Manuel Argaya, Prudencio Echabide, Irene Meoqui y José María Goyenaga. La proclamación de premios se hizo el día 12 de julio en el teatro Gayarre. 1928: Juegos Florales en Pamplona. Con motivo de las Fiestas de San Fermín. La convocatoria establecía los temas del concurso sobre Historia, temas jurídico-sociales, Agricultura, Arqueología, Literatura, Instrucción Pública, Música y Artes Plásticas. Además se convocaba a tres trabajos en vascuence: Colección de pliegos sueltos y programas, manuscritos o impresos en vascuence.

Colección de palabras o voces locales de origen vasco usadas vulgarmente en Navarra y no incorporadas al Diccionario de la Academia. Otro a la mejor versión vasca del cap. IX del Quijote. Simultáneamente se establecían también temas en vasco para niños. Resultó declarado desierto el tema I sobre "Colección de pliegos, sueltos y proclamas, manuscritos o impresos en vascuence". Se premió a don Luis Belzunegui, organista de la Catedral de Burgos, el trabajo sobre palabras navarras de origen vasco no incluidas en el Dicc. de la Acad. Esp. Igualmente a don Nicolás de Ormaechea, a Fr. Buenaventura de Oyeregui, Angel Irigaray, José M.ª Aguirre Eguia, de Tolosa y Juan Garbizu, de Pasajes, por sus traducciones del cap. IX del Quijote. Entre los niños que enviaron artículos euskéricos se repartieron varias medallas de cobre. [Euskal Esnalea, 1928, p. 127]. 1928: Certamen de obras dramáticas de Euskeraren Adizkideak de Pamplona. Se había convocado sobre el tema "drama misional, o, en su defecto, cualquier obra teatral escrita en euskera comprensible en toda la Navarra euskalduna". Jurado: don Luis Goñi, Blas Fagoaga, Fermín Irigaray y Miguel Esparza. Premios: 1.° a don Fernando de Urquia y don Francisco de Madina, autores de la letra y la música de la comedia Illargi bete, "Luna llena". 2.°: a don Blas Alegría y Alegría, presbítero de Lakunza, por su comedia, Aña-Mari. 3.°: a don Tomás Esarte Jaimerena, autor de Yunka. 1930: "Día del Euskera" en Pamplona. Organizado por Euskeraren Adixkideak se celebró durante los días 27 y 28 de septiembre. El sábado 27, de madrugada, bandas de tamborileros y gaiteros amenizaron las calles con sus alboradas.

A media mañana, Misa solemne en la iglesia de San Ignacio, con predicación euskérica del P. Dámaso de Inza. Más tarde comparsas de gigantes y cabezudos de Estella, Leiza, Sangüesa, Tafalla y Tudela, recorrieron las calles de Pamplona. Por la tarde, en la Taconera, fiesta popular con dantzaris de Cortes, Aldaz y Leiza, ezpatadantzaris del club Euskotarra y dantzaritxikis de Pamplona. La Asociación Saski-Naski de San Sebastián dio tarde y noche dos representaciones de gran éxito. Durante el día 28 fue propiamente el día dedicado a los niños euskaldunes de Pamplona. Festival en el Teatro Gayarre. Además de las danzas, don Jenaro Larreche, presidente de Euskeraren Adixkideak habló en español y don Justo Azcárate, de Aniz, en vascuence. Se procedió a la distribución de premios a los niños pamploneses que hablaban euskera.

(1930-1931). Es tablecida la normalidad democrática, tras las elecciones del 12 de abril de 1931, pronto aflora el malestar acumulado durante la oscura etapa del Directorio. En relación con el lógico cambio en las instituciones locales y provinciales, y en abierta crítica a los medios de expresión que apoyaron la firma del Convenio Económico de 1927, se produjo en Iruña, el 2 de febrero de 1930, una manifestación que marchó hacia el Ayuntamiento y la redacción de Diario de Navarra, "dando gritos subversivos", según nota del Gobierno Civil. A pesar de que las protestas no duraron mucho, hubo cinco detenidos y resultó herido leve un guardia de seguridad. Precisamente sería la Federación de Sociedades Obreras la que pidiese a la nueva Diputación que anulase el nombramiento de Hijos Predilectos de Navarra a Uranga y Beunza, artífices del Convenio Económico de 1927.

Contestó la nueva diputación que no se habían realizado tales nombramientos. Tras la renovación de la Diputación Foral, a fines de febrero de 1930, siguió la de otro organismo foral, el Consejo Foral Administrativo. Manuel de Irujo criticó la escasa representación que tenían las entidades obreras en el Consejo Foral (un miembro), mientras que el resto pertenecía a las clases pudientes. Solicitó que la representación obrera se elevara a tres, "a ser posible de tres diversas tendencias", de la UGT, del sector Católico y del sector nacionalista vasco (SOV) (Acta Diputación Navarra. 12-5-1930). Los sindicatos de clase fueron poco a poco dando señales de vida en estos últimos meses de 1930. La CNT solicitó celebrar un mitin el día 20 de noviembre en las escuelas de San Francisco, acto en el que intervendrían Sanagusín y Pestaña. El ministro de Gobernación no lo autorizó, aunque no se temía "alteración del orden, porque sólo tiene 104 afiliados".

El 15 de diciembre de 1930 estalla la huelga general en Iruña. Participaron el Sindicato Unico (fundado en 1922) y la UGT y fue apoyada parcialmente por los Sindicatos Libres y Católicos. Hubo diez detenidos, acusados de ejercer coacciones en varias fábricas del barrio de la Rotxapea. El día 16 acudieron unas quince personas a la fábrica de charoles y curtidos de Echamendi, con la intención de que dejaran el trabajo los obreros, abandonándolo unos cinco. La huelga fue calificada por las Agremiaciones Católicas Obreras de Iruña como "el hecho más transcendental del año obrero". La Diputación, ante estos "sucesos revolucionarios" contribuyó con 2.000 pesetas a la suscripción abierta en favor de la Guardia Civil. Las medidas de excepción adoptadas por el Gobierno militar el 15 de diciembre fueron levantadas el 12 de enero de 1931 debido a la "normalidad de la vida en esta ciudad y la corrección de las clase trabajadora".

Los temas que se habían aparcado con el golpe de Primo de Rivera volvieron a aparecer: elecciones, autonomía, problemas sociales, económicos y laborales. El autonómico fue replanteado en 1930 y comienzos de 1931 bajo el patrocinio de Eusko-Ikaskuntza, constituyéndose una Comisión de Autonomía. Los navarros presentes en esa comisión serían Beunza, jaimista, Oroz Zabaleta, secretario de la diputación foral, R. Aizpún, ex-maurista y representante de las derechas católicas no tradicionalistas, Cunchillos, nacionalista, Miguel Gortari y Serapio Huici, autonomistas. El problema religioso apareció siempre ligado al problema social. Las reformas en el terreno laboral eran interpretadas como ataque frontal al sistema de valores y creencias religiosas católicas.

En enero de 1931, organizaciones católicas de Iruña enviarían al ministro de Trabajo un escrito protestando por las bases de trabajo en las que se declaraban laborales algunos días festivos en el calendario religioso. Y ellos querían "contribuir a que la masa obrera sea una fuerza social de orden y lejos de descristianizarse se oriente más y más en un sentido espiritualista" (DN. 10-I-1931). Anunciadas las elecciones, todos los partidos y organizaciones políticas de derechas y de izquierdas, celebraron mítines y manifestaciones. Hasta el obispo de Vitoria, don Mateo Múgica, hizo públicas unas "Normas que deben seguir en conciencia los católicos en toda lucha electoral".

Según el Gobierno Civil, las elecciones del 12 de abril se celebraron sin apenas incidentes. Solamente resaltó el hecho de que la noche del día señalado se formaron grupos que "dando gritos subversivos han intentado asaltar el Diario de Navarra, rompiendo cierres metálicos y logrando entrar en la administración, donde han hecho bastantes destrozos, no pudiendo pasar adelante por llegar la Guardia Civil que disolvió a los grupos". Después intentaron asaltar el Círculo Jaimista. Diario de Navarra acusó a los nacionalistas de estos hechos: "No fueron republicanos, no fueron socialistas los asaltantes. De hecho el domingo, en cuanto supimos la derrota napartarra mandamos atrancar la puerta". Los resultados en la capital habían favorecido a la candidatura antirrevolucionaria (10 jaimistas, 1 monárquico), con 17 concejales; los candidatos republicano-socialistas obtenían 12 (uno socialista), mientras que los nacionalistas no obtenían ningún escaño.

Elecciones municipales del 12-IV-1931
Ref. "El P. V. S. S.", abril, 1931
CandidatosVotos
José Aldaba423
Víctor Eusa408
Regino Bescansa397
José Burgaleta352
Severino Oscoz327
Francisco Javier Sastrain424
Juan Arill406
José Martínez Solá390
Nicasio Garbayo383
Ernesto Llamazares372
Francisco Mata513
Valeriano Zabalza489
Francisco Javier Arrizu469
Victoriano García Enciso334
Emilio Salvatierra317
Florencio Alfaro492
Martín Donazar469
Corpus Dorronsoro462
Anselmo Goñi361
Francisco Armisen322
José M.ª Sagüés436
Miguel Angel Martínez433
Antonio Sánchez400
Joaquín Arteaga379
Rufino García374
Eleuterio Arraiza465
Miguel M.ª Azcárate462
Félix Echeverria440
Mariano Ansó376

Elecciones municipales del 12-IV-1931
Ref. "El P. V. S. S.", abril, 1931.
CandidatosVotos
José Aldaba423
Víctor Eusa408
Regino Bescansa397
José Burgaleta352
Severino Oscoz327
Francisco Javier Sastrain424
Juan Arill406
José Martínez Solá390
Nicasio Garbayo383
Ernesto Llamazares372
Francisco Mata513
Valeriano Zabalza489
Francisco Javier Arrizu469
Victoriano García Enciso334
Emilio Salvatierra317
Florencio Alfaro492
Martín Donazar469
Corpus Dorronsoro462
Anselmo Goñi361
Francisco Armisen322
José M.ª Sagüés436
Miguel Angel Martínez433
Antonio Sánchez400
Joaquín Arteaga379
Rufino García374
Eleuterio Arraiza465
Miguel M.ª Azcárate462
Félix Echeverria440
Mariano Ansó376

En la noche del día 14, tras la proclamación oficial de la República, se formó en Iruña una gran manifestación que, partiendo del Círculo Republicano, llegó hasta el Ayuntamiento. Allí, con un lleno a rebosar, hablaron Serafín Húder, Mariano Ansó, Sáez Morilla, Tiburcio Osácar y Emilio Azarola, recomendando tranquilidad y respeto a todas las ideas políticas y religiosas. El día 15 transcurrió tenso pero sin incidencias. Las juntas directivas de los Partidos Republicano y Socialista conferenciaron con las autoridades a las que manifestaron su falta de anhelo de ocupar cargos oficiales y que continuaran en sus puestos hasta una resolución gubernativa. A las 7 una manifestación ocupa el Ayuntamiento colocando las banderas republicana y socialista. Desde el balcón habló a la multitud el presidente del Partido Republicano, Serafín Húder, emulando a su padre que proclamó, desde ese mismo balcón, la República de 1873. Toman la palabra a continuación Azarola, Ansó, Sáez Morilla y Osácar entonándose La Marsellesa y la Internacional. Comisionados republicanos visitan la Diputación siendo recibidos por Gastón, vicepresidente, y los diputados Lasantas, Badarán, Baleztena e Irujo, que ponen sus cargos a disposición del Gobierno.

El 17 de abril, el alcalde saliente, Landa, hizo entrega del bastón municipal al presidente del Partido Republicano Húder. Debido a la impugnación de la que fueron objeto las pasadas elecciones, se constituyó una gestora con tres socialistas -Roa, Alvarez y Trueba- y tres republicanos -Velasco, Urla e Iturbide-bajo la presidencia de Velasco. El cambio de poderes políticos locales se hizo absolutamente pacífico. Un aspecto, típicamente navarro, fue el gran peso ideológico y social de la Iglesia y de las derechas navarristas. El temor a posibles ataques a la religión y a la propiedad por parte del nuevo régimen, les hizo oponerse a todo cambio, como claramente pusieron de manifiesto antes y en la campaña electoral de las municipales del 12 de abril. El 14 de abril pasaron del temor a la articulación inmediata de organizaciones armadas defensivas que poco después se trocaron en conspirativas para derrocar la República. El 21 de mayo diversas organizaciones religiosas de Pamplona protestaron por la adhesión de la comisión gestora del Ayuntamiento de Pamplona al acuerdo del Ayuntamiento de Gijón sobre la expulsión de los jesuitas.

Para el 24 de junio se habían recogido 197.506 firmas en las oficinas de la Acción Católica de Pamplona bajo el título: "La protesta de Navarra contra la expulsión del cardenal Primado". Todo ello estaba englobado dentro de la protesta contra las medidas que el Gobierno Provisional había tomado respecto a la libertad de cultos y el laicismo de la enseñanza. Las derechas ya habían manifestado su belicosidad contra toda manifestación "antirreligiosa" durante los meses de marzo y abril de 1930, con ocasión de la actuación de Josephine Baker en el Olimpia de Pamplona el día 8 de abril. Esta actuación movilizó a todas las Directivas de todas las Asociaciones Católicas y de Padres de Familia, junto con Diario de Navarra y la "Tradición Navarra", a organizar un acto de desagravio a la religión.

Anuladas las elecciones de abril, se convocaron nuevas a las que no acudieron nacionalistas, independientes y conservadores. Ganaron los conjuncionistas 15 concejales (12 republicanos y 3 socialistas) y las derechas obtuvieron 13. El desglose por distritos fue:

Ref. Diario de Navarra, 2-VI-1931.
CandidatosPartidosVotos
Consistorial
José BurgaletaRepublicano-socialista.477
Severino OscozRepublicano-socialista.463
José AldabaCatólico-fuerista435
Jesús BeriainCatólico-fuerista432
Ricardo ArribillagaCatólico-fuerista431
Teatro
Nicasio GarbayoRepublicano-socialista.492
Mariano Sáez MorillaRepublicano-socialista.470
Ernesto LlamazaresRepublicano-socialista.415
Juan ArillaCatólico-fuerista396
Generoso HuarteCatólico-fuerista391
Instituto
Tomás MataCatólico-fuerista505
Valeriano ZabalzaCatólico-fuerista502
Pedro José ArraizaCatólico-fuerista492
Victoriano G. EncisoRepublicano-socialista.455
Emilio SalvatierraRepublicano-socialista.449
Incendios
Florencio AlfaroRepublicano-socialista.587
Martín DonázarRepublicano-socialista.586
Corpus DorronsoroRepublicano-socialista.579
Francisco ArmisénCatólico-fuerista275
Julio TurrillasCatólico-fuerista270
Vínculo
Joaquín ArteagaRepublicano-socialista.490
Rufino G. LarracheRepublicano-socialista.483
Salvador GoñiRepublicano-socialista.458
Miguel A. MartínezCatólico-fuerista372
Antonio SánchezCatólico-fuerista372
San Francisco
Mariano AnséRepublicano-socialista.475
Miguel M.ª AzcárateCatólico-fuerista455
Eleuterio ArraizaCatólico-fuerista455
Antonio GarcíaRepublicano-socialista.441
Gregorio AnguloRepublicano-socialista.431
Francisco J. AstráinCatólico-fuerista389
Otilio García FalcesRepublicano-socialista.424
Víctor Gaztelu14
Pedro BaquedanoCatólico-fuerista367
Luis ParisCatólico-fuerista438
Ignacio SanpedroRepublicano-socialista.407

Se acusó a los nacionalistas de haber votado a la izquierda efectuando el DN este cálculo:

12-IV31-IVDiferencia
Derechas7.5476.997-550
Izquierdas6.5388.645-2.107
Nacionalistas2.762------2.762
Derechas7.5476.997-550
Izquierdas6.5388.645-2.107
Nacionalistas2.762------2.762

A finales de 1932 el Ayuntamiento estaba compuesto por 13 tradicionalistas, 6 republicanos radicales, 3 socialistas, 3 de Acción Republicana, 2 radical-socialistas, 1 republicano autónomo y un independiente. Alcalde: Nicasio Garbayo Ayala.

El Ayuntamiento acordó el 28 de mayo la inversión de 50.000 pesetas en diversas obras, arreglo de caminos y otra clase de trabajos, en los que ocupar a los 400 obreros que trabajaban en los tajos municipales, que si no habrían de quedar en paro forzoso. Pero en 1932, la situación seguía igual de mal. El Ayuntamiento tuvo que abrir una cuenta de crédito con la CAM por 350.000 ptas. al 6 %, para atender nuevamente al paro. El 6 de abril acordaron solicitar permiso a Diputación y a la Junta de Veintena para abrir otra cuenta de crédito por 200.000 pesetas. Nuevamente se discutieron soluciones centradas en la realización de obras públicas. La Gestora de la Diputación, el 1 de diciembre de 1932, acordó la creación de la Junta Económica de Navarra, "compuesta de técnicos y expertos que ofrezcan iniciativas y estudios sobre la economía del País". En junio de este mismo año, los obreros que trabajaban en los tajos municipales se declararon en huelga.

La Junta de la Bolsa de Trabajo nombró a dos nuevos capataces destituyendo a otros dos por incapacidad para el cargo. La huelga fue promovida por miembros de la CNT, sindicato mayoritario entre los contratados por el Municipio. Esta misma central, planteó una nueva huelga para el 4 de julio contra la falta de celo del Ayuntamiento en la resolución de la crisis de trabajo. El Ayuntamiento respondió que estaba agotado económicamente por las aportaciones para paliar la crisis. A última hora, la CNT desconvocó la huelga.

(28-VI-1931). La derecha carlista y los católicos independientes celebran un Mitin de Afirmación Católica en la Plaza de Toros, el 14 de junio, a la vez que se reunían en Estella los representantes de los Ayuntamientos de las 4 provincias vascas para estudiar el proceso estatutario. Asistieron al primer mitin 20.000 personas, demostrándose que la derecha gozaba ya de una plataforma organizativa importante. Durante toda la República las derechas navarras fueron unidas en todas las elecciones. Incluso en éstas, donde lograron la alianza electoral con el Partido Nacionalista Vasco. La derecha católica y carlista utilizó el tema autonómico para sus planteamientos al pretender crear un nuevo marco político con el que enfrentarse a la nueva legislación republicana mucho más que su amor por conseguir la autonomía para el País Vasco. El mitin de Pamplona sirvió para corroborar que el carlismo estaba en pie de guerra, sobre todo cuando se aceptaron con entusiasmo delirante las palabras de Joaquín Baleztena de conspirar con las armas "contra la República atea y separatista".

En esa línea conspirativa, el 20 de mayo se instauraron diligencias contra los jaimistas Jaime del Burgo Torres, Manuel Martínez Estrada, Ignacio Olañeta Villa y Alejandro Astarburuaga Muruzábal por tráfico de armas, realizado el día 2 desde Eibar, destinado a miembros de la Juventud Jaimista. Al no hallarse las armas, no prosperó la acusación y quedaron libres. El mitin de los católicos produjo choques violentos entre grupos de personas de distinta ideología. "Un gran número de hombres repartiéronse silletazos" en la Plaza del Castillo. Hubo varios heridos, uno de ellos por disparo de revólver. Ante estos hechos, dos periódicos locales, "Diario" y "El Pensamiento", protestaron por la actuación de las autoridades mientras que varios ex-diputados forales, Sánchez Marco, Baleztena, Garrán, Rodezno, Uranga y Oroz dirigieron una protesta al Ministro de Gobernación por "los ominosos hechos referidos que nos obligarán si no hay enmienda y satisfacción pública, a tomar decisiones radicales".

Elecciones a Cortes del 28-VI-1931
Ref. "Boletín Oficial de Navarra" del 1-VII-1931. (1) PNV.
CandidatosPartidosVotos
Mariano Ansó ZunzarrenRepublicano-socialista .4.385
Emilio Azarola GresillónRepublicano-socialista4.316
Aquiles Cuadra de MiguelRepublicano-socialista4.070
Mariano Sáez MorillaRepublicano-socialista4.018
Tiburcio Osácar EchatecuRepublicano-socialista3.813
Miguel Gortari ErreaCatólico-fuerista3.801
J. A. Aguirre Lecube (1)Católico-fuerista3.725
Rafael Aizpún SantaféCatólico-fuerista3.715
Joaquín Beunza RedínCatólico-fuerista3.585
Tomás Domínguez ArévaloCatólico-fuerista3.569

Todo ello dividió profundamente a los pamploneses. Se superpuso la esfera religiosa a la problemática política, social e, incluso, de la tierra, de forma que, como había sucedido a lo largo de su historia, Iruña, como toda Navarra, quedaba dividida en dos posiciones: la de quienes querían la implantación de la República y los que se oponían a ello. En el primer grupo, estaba el PSOE y republicanos de izquierda. En segundo bloque, estaba la Comunión Tradicionalista a la que se añadían alfonsinos, etcétera. Solamente el PNV escapa a este esquema, pero no logró contar con una base social amplia, impidiéndole ello jugar el papel centrista que jugó en Vascongadas.

Con todo, los hechos más violentos ocurrieron la noche del 17 de abril de 1932. Jaime del Burgo Torres, al frente de un grupo de jóvenes, salió del Círculo Tradicionalista, hacia el lugar donde un jaimista había reñido, resultando dos heridos. Tras esta acción se refugiaron en su Círculo en la Plaza de la República, donde entre una aglomeración de gente se oyeron seis o siete disparos, resultando muertos José Luis Pérez, Saturnino Bandrés Echezuri y Julián Velasco; éste murió el día 26 a consecuencia de las heridas, era ugetista como Bandrés, y Pérez, jaimista. Fue el momento cumbre de la violencia política en Iruña hasta julio de 1936. Al día siguiente, se declaró la Huelga General en repulsa de los asesinatos cometidos, a propuesta de la Federación Local de Sociedades Obreras, siendo secundada en talleres, obras, comercio, industria y prensa.

Durante su celebración, un grupo de personas que se había concentrado frente a la casa del destacado carlista Joaquín Baleztena prendió fuego al portal y a un tramo de la escalera, teniendo que huir por el tejado sus moradores. Se desató un tiroteo y pedreas, encrespándose más todavía los sitiadores cuando el dueño de la casa apareció armado en el balcón de la misma. Esta huelga general fue calificada por la COCI (Cámara Oficial de Comercio e Industria) de gran intensidad "como nunca se llegó a conocer en Pamplona". Días más tarde se detuvo a una decuria carlista armada, organización que precedió a la formación del requeté, que fue absuelta por falta de pruebas el día 25 de octubre de 1933. Entre los inculpados se hallaba Jaime del Burgo. Con motivo de la intentona golpista de Sanjurjo, las fuerzas de izquierda se revitalizaron y emplazaron a sus militantes a movilizarse a favor de la República. El 11 de agosto de 1932 se manifestaron alrededor de 12.000 personas.

El 24 de mayo de 1931 Pamplona se adhirió a lo que acordase la Diputación respecto al Estatuto. Asimismo en la Asamblea del 10 de agosto de 1931 votó a favor del EVN. Sin embargo, en la reunión celebrada el 16 de junio del siguiente año y ante un texto mucho más centralista que el anterior, el Ayuntamiento cambió de postura decantándose por la negativa, actitud que impresionó a muchos ayuntamientos de Navarra. De esta forma y merced, además, a no pocas irregularidades, en la Asamblea final celebrada el 19 de junio de 1932 el Estatuto de Autonomía conjunto fue rechazado por Navarra. El representante de Iruña en dicha Asamblea fue Nicasio Garbayo Ayala. Ver Navarra.

Las elecciones de noviembre de 1933 fueron las más conflictivas que se celebraron en Navarra durante toda la República. Los partidos republicanos dejaron ver claramente que estaban completamente divididos, y no obtuvieron respaldo electoral alguno. Entre éstos, el Partido Radical, que tampoco lo obtuvo, gozó de una sobre-representación política en los organismos provinciales, Gobierno Civil y Diputación Foral.

Elecciones del 19-XI-1933
Ref. "Boletín Oficial de Navarra" del 22-XI-1933.
CandidatosPartidosVotos
AizúnDerechas11.811
GafoDerechas11.333
Domínguez ArévaloDerechas11.320
E. BilbaoDerechas10.486
Mtez. deMoretínDerechas10.376
ArellanoDerechas1.187
GarcíaDerechas694
IrujoP.N.V.2.487
EsparzaP.N.V.2.328
J.A.AguirreP.N.V.2.279
EchaideP.N.V.2.253
IzcoP.N.V.2.196
J.AlvarezP.S.O.E.2.622
GoñiP.S.O.E.2.441
AnguloP.S.O.E.2.320
OsacarP.S.O.E.2.268
ZabalzaP.S.O.E.2.141
RomeroPar. Rep. Rad.1.544
Mtez. de UbajoPar. Rep. Rad.1.532
OliverPar.Rep.Rad.298
CristobalenaPar. Rep. Rad.1.225
YanguasPar. Rep.Rad.1.124
SáezP.C.E.998
ZozayaP.C.E.435
UrabayenP.C.E.305
ArancetaP.C.E.300
MendiolaP.C.E.257
TouriñoP.C.E.82
OlzaP.C.E.39
IbáñezRep. Rad. Soc.506
LuirRep. Rad. Soc.370

Un nuevo elemento político vino a añadirse en todo este contexto, ya que en 1933 surgen en Iruña los primeros grupos de Falange Española. Aunque pocos, fueron muy activos durante la República y con sus actuaciones contribuyeron a aumentar el clima de violencia de la ciudad y de la provincia. Los choques políticos siguieron sucediéndose como así lo atestigua lo sucedido el 20 de febrero, cuando llegó Gil Robles a Iruña a participar en un mitin. Por esta causa, las organizaciones obreras, Federación local de sociedades obreras de UGT, CNT y Radio Comunista celebraron otro acto político "contra el bandidaje fascista". Después, hubo manifestación y enfrentamiento con la fuerza pública: fue volcado un autobús, se rompieron cristales de varios cafés, fueron retirados los taxis de la circulación, fueron detenidas dos personas. Y para remate: los camareros afiliados al sindicato socialista La Estrella se negaron a servir la comida a "los capitostes fascistas". También los efectos del paro obrero quedaron de manifiesto más que nunca en una serie de graves sucesos. Relevante fue el asesinato perpetrado por don Luis Martínez de Ubago el 17 de abril de 1934.

Al ser despedido de la obra, mató al contratista de la misma, don Ezequiel Lorca. La prensa de derechas achacó este crimen a elementos de la Casa del Pueblo. El 19 de abril, todos los establecimientos de Iruña se cerraron. En marzo de 1935, se detuvo a dos trabajadores de la construcción afiliados a la CNT, lo que volvió a provocar un paro total que duró medio día. Otro intento de rebaja de salarios en una peseta al día por el contratista Salanueva, que llevaba las obras de la traída de aguas a Pamplona, desde Subiza, provocó la huelga a mediados de abril. El sector de la construcción, ante la negociación de un nuevo contrato colectivo, convocó la huelga el 14 de junio y los obreros lograron que la patronal aceptara las nuevas Bases de Trabajo y la representación obrera por delegados de tajo.

Por mejoras salariales se llevaron a cabo en la azucarera de Carlos Eugui y en la fábrica de levaduras, obreros molineros, aserradores, etc. sendas huelgas. Y por motivos políticos hicieron lo propio, a comienzos de septiembre y principios de octubre, los presos de San Cristóbal en protesta por las pésimas condiciones carcelarias del penal que produjeron la muerte de dos encarcelados. Esta fue la actividad huelguística en Iruña de octubre de 1934 a febrero de 1936. Todas ellas tuvieron un carácter reivindicativo y economicista. No tenían nada que ver con fantasmales conspiraciones de izquierdas de carácter revolucionario y menos aún comunista.

Elecciones del 16-II-1936. (1.ª y única vuelta)
Ref. "Boletín Oficial de Navarra" del 17-II-1936.
CandidatosPartidosVotos
Domínguez ArévaloDerechas11.952
Mtez. deMorentínDerechas11.899
GortariDerechas11.820
GarcíaDerechas11.367
AizpúnDerechas11.238
CuadraFrente Popular7.631
SalinasFrente Popular5.344
BengarayFrente Popular5.154
BasterraFrente Popular5.057
MonzónFrentePopular4.891
IrujoP.N.V.2.405
ArellanoDerechas317
ElizaldeDerechas313

A pesar de que en Navarra no hubo ningún frente bélico, el número de muertos, asesinados violentamente en los primeros meses de la contienda, asciende casi a 3.000. Para explicarse este racional, sistemático y violento exterminio sólo existe una palabra: odio y venganza como respuesta a las luchas históricamente originadas y llevadas a cabo antes por quienes caerían brutalmente asesinados (Jimeno Jurío, 1988; Majuelo, 1989), casi 300 de los mismos en Pamplona (Afan, 1984). La Diputación Foral, que está formada por el mismo Bloque de Derechas desde enero de 1935, se dirigirá a Navarra en estos términos el 21 de julio de 1936:

"Navarra ha sentido en estos últimos años su conciencia ultrajada, sus creencias escarnecidas, su personalidad aherrojada. Al poner a contribución a este Movimiento salvador de que sin tasa pone la sangre de sus hijos, la hacienda de sus naturales, el generoso esfuerzo de sus naturales, entiende que camina a la restauración moral y material de sus propios valores. Por la fe religiosa, por el respeto a la libertad de nuestra enseñanza y efigie de Cristo que anhelamos ver pronto presidiendo nuestras escuelas, por la paz material, conturbada bajo el imperio de la más desesperada anarquía, por nuestras libertades forales, sin fórmulas exóticas, por todo ello, lucha Navarra en este histórico momento".

La Junta Superior de Navarra, restaurada el 11 de agosto, como institución foral, y a través de su presidente don Benigno Janín pedirá a todos los navarros su colaboración para que denuncien y delaten a cualquier sospechoso: "cooperad en la obra depuradora que hemos emprendido. No dejéis de mandar cuantos informes confidenciales podáis y se os pidan". De tal modo se depuró que la propia Diputación calificará esta purga como "lección singular", confirmando que

"Navarra tenía fundamentalmente depurado al personal docente (para estas fechas) en sus escuelas: bastantes maestros y maestras destituidos; bastantes otros suspendidos de empleo y de sueldo; con la pérdida de las escuelas que regentaban. Navarra fue la primera en esta obra depuradora, decidida, segura. El Poder del Estado dio por buena y ejemplar esta conducta".

En total, fueron sancionados 229 enseñantes (146 maestros y 83 maestras), el 21 por ciento del total. En Iruña, las purgas alcanzaron a ocho profesores de la Escuela de Magisterio y del Instituto de Enseñanza Media, así como bibliotecas públicas y privadas, cuyos libros fueron quemados o requisados, y el mismo Ayuntamiento (Marquínez, 1986). Ver Navarra. El 13 de septiembre de 1936 se promulga la Orden por la que quedan fuera de la ley los partidos "Izquierda Republicana, Unión Republicana, CNT, UGT, PSOE, PC, FAI, PNV, ANV, Solidaridad de Obreros Vascos, etc.". Al mismo tiempo, se declararía la "incautación de todos sus bienes". Los falangistas, sin embargo, ya lo habían hecho antes de que se promulgara tal orden, asaltando los locales de Izquierda Republicana para convertirla en su sede, mientras que los carlistas montaron su cuartel-cárcel en Escolapios.

Finalmente, la ley del 23 de septiembre de 1939 eximiría de toda responsabilidad a quienes, durante la guerra, cometieron todo tipo de actos, pues "lejos de todo propósito delictivo, obedecieron al impulso del más fervoroso patriotismo y en defensa de las ideas que provocaron el glorioso alzamiento contra el Frente Popular. Las consecuencias de aquellos procedimientos no pueden subsistir en perjuicio de quienes lejos de merecer las iras de la ley son acreedores a la gratitud de sus ciudadanos". Uno de los hechos acaecidos durante la contienda militar y que la prensa de la época silenció, fue la fuga del penal de San Cristóbal de 795 hombres -según versión oficial- el día 22 de mayo de 1938. La cárcel de San Cristóbal, construida a raíz de la última guerra carlista y denominada Fuerte de Alfonso XII, contaba, en estas fechas, con casi 2.500 reclusos, procedentes de varios puntos del Estado.

El parte oficial consignó que 585 presos fueron devueltos al penal, y 187 murieron. La siniestra fama del cuartel corrió por todos los lugares, a pesar de que Diario de Navarra, haciéndose eco de una nota oficial, dijera que "los jueces trabajan activamente para esclarecer la ayuda de armas pasadas por la frontera con destino a los fugados; así como para aclarar las actividades de súbditos franceses que en días anteriores parecían haber visitado los caseríos cereanos al Frente" (Félix Sierra, 1990). Dentro de las medidas "incruentas" represivas, aparte de multas, requisas, confiscación de bienes en casas, comercios, farmacias, tiendas, estancos, bares, ganado, cosechas, joyas, calificadas como "donativos" para la Cruzada, estaría la costumbre carlista de efectuar cortes de pelos y purgas con aceite de ricino a mujeres, sometidas al escarnio público y la de obligar a contraer matrimonio canónico a quienes, durante la República, lo habían hecho por lo civil. Era condición sine qua non para poder acceder al rancho de "Auxilio Social" (Ficha Azul, Cocinas de Hermandad, Auxilio de Invierno, etcétera).

En esta misma línea de represión estaría la obligada institucionalización del Plato Unico (30.X.1936 y 11 de noviembre) y del Postre Unico (13.I.1938) dentro de los territorios dominados por los alzados, órdenes que obligaban a las fondas y restaurantes a entregar los tantos por cientos establecidos en compensación por la supresión del resto de los platos. Debían entregar exactamente "el 50 por ciento del importe de cada comida suelta que realicen y el 40 por ciento del importe de la pensión completa si se tratase de personal hospedado en los mismos". El Día del Plato Unico -días 1 y 15 de cada mes- una Sociedad Profesional establecía el Menú que debía regir con carácter general entre los industriales del ramo. Por lo que se sabe, en Iruña el presidente de la sociedad encargada de recaudar estos fondos, derivados del Plato Unico, fue el falangista Fermín Sanz Orrio, que, en 1946, sería Delegado Nacional de Sindicatos. La recaudación se recogía en las parroquias. En 1938, un bando advertía, indirectamente, que la gente era incapaz de soportar voluntariamente la implantación de este Plato:

"La Junta local del Plato Unico, ante la notable disminución que se ha notado en las recaudaciones ha tomado la determinación de asignar a todas y a cada una de las familias la cuota mínima obligatoria -el 25 por ciento-con que en adelante deberán contribuir a dicho fin (...) caso de no encontrarse en los domicilios cuando se haga la recaudación, carecer de fondos y otras causas, deberán acudir al Ayuntamiento con su importe, bien entendido que serán denunciados a la autoridad superior quienes no lo hagan o se nieguen a entregar la cuota correspondiente".

Por otra orden foral, se impuso el Impuesto Extraordinario de Guerra, que obligaba a las familias a entregar "toda clase de metales de cobre y cinc, para atender las necesidades de la Patria en las presentes circunstancias". A ello se añadieron las "Suscripciones pro Aguinaldo del Combatiente". Por todos los frentes de la retaguardia se exigía a la población dinero o especies, cosa que la mayoría no podía satisfacer. Puede decirse que en Pamplona, como en Navarra, al acabar la guerra no existió represión alguna. Se había llevado a cabo de forma completísima durante el período bélico.

Señalaremos algunos de los aspectos que no se contemplan en la voz "Navarra". A partir de 1939, vasco y rojo y otra serie de apelativos se convertirían en incompatibles con las "esencialidades de navarra" (Garcilaso). La Diputación estimulará los contactos entre los lugareños de los Pirineos con las tropas alemanas, una vez ocupado por Hitler el territorio francés y establecido el gobierno colaboracionista de Vichy. Incluso algunos cargos públicos asistirán a las recepciones organizadas por la Wehr macht. De la misma manera, cuando en junio de 1941, Franco intente reclutar voluntarios para su División Azul en la invasión alemana de la Unión Soviética, la Diputación apoyará tal llamamiento. La aportación del viejo Reyno al "Banderín de enganche contra el Comunismo" no será escasa. Al año siguiente, 1942, la ciudad recibirá al Jefe del Partido Nacional Socialista de Alemania en España, herr Thomsen y al jefe de las Juventudes hitlerianas, Ehlers.

Ello no hace sino obviar el olvido del principio foral, tan clásico y tan mítico, de la no participación ofensiva fuera del territorio navarro (caso de la División Azul). Por otro lado, algunas de las fuerzas que habían participado en la rebelión militar de 1936, comenzaron a mostrar sus discrepancias con la nueva política franquista. En 1945, grupos carlistas ocasionaron en Iruña serios incidentes al denunciar la nueva política autoritaria, resultando ocho muertos por la fuerza pública y numerosas detenciones. Años más tarde, en 1954, iniciarán los carlistas su tradicional "Via crucis" a Montejurra. Por si Navarra lo había olvidado, Franco le recordará en 1952, desde el balcón de la Diputación, su carácter de "centro de la lucha antimasónica y antimarxista".

Población absoluta de Pamplona en 1940,
según su edad, sexo e instrucción elemental
Ref. Margarita Jiménez Castillo, La población de Navarra.
HombresMujeres
EdadTotalAlfabetosTotalAlfabetas
0-10 años5.0642.1154.9492.076
11-20 años5.7605.7165.9215.879
21-30 años6.5736.4776.8566.759
31-40 años4.5804.4794.9914.828
41-50 años3.1553.0583.5503.350
51-60 años2.2012.0972.5622.325
61-70 años1.2471.1481.8201.528
71-80 años575SIS984751
81-90 años10893276181
91-100 años331310
más de 100-------------
No consta-------------
Total29.26625.70131.92227.685

Los estatutos de esta institución fueron aprobados el 6 de junio de 1960. En 1965 se denominaba también, "Iruñako Euskalerriaren Adiskideak". En 1967 contaba con 600 socios. Su lema: "Para saber a dónde vamos es preciso saber de dónde venimos". La institución era una organización pro vasquista, una correa de transmisión político-cultural del PNV, al frente de la cual se hallaba Carlos Clavería. De ella nació "Eusko Basterra" (1967) precisamente en el Aberri Eguna celebrado ese año en Iruña. Un "Aberri" en el que fueron detenidas 60 personas, tras las cargas policiales. E. B. fue disuelto en 1968 por el propio PNV, desbordado por la acción de los elementos jóvenes que acudían al mismo. La intervención de la Real Sociedad en la cultura vasca de Iruña dio de sí lo que podía dar en una época dictatorial: instituyó el premio de José Aguerre, recobró la tradición de los Coros de Santa Agueda, la primera Ikastola de Iruña (1965), celebró misa en euskara los días festivos desde 1966 a 1979; editó la revista Axular, organizó los Juegos Florales de 1969 junto con el Lar Gallego y el Círculo catalán, y en 1976 se pronunció a favor de la reintegración foral de Navarra.

Primer Aberri Eguna en Iruña, después de Franco (1976). En medio de la división de los partidos políticos, se celebra el Primer Aberri Eguna en Iruña, después de la muerte de Franco. Antes de su celebración, 26 consejeros forales manifiestan públicamente su repulsa contra dicha concentración. El Gobernador se limita a pedir tranquilidad y paz. El fin de semana -anterior a la celebración- se vive un clima agitado en la ciudad. Por algunas paredes pueden leerse pintadas de "Viva Navarra Foral", "Viva España". El domingo los accesos a la ciudad están cortados en un radio de 20 kilómetros. A la una del mediodía se celebra el acontecimiento. Junto al Monumento a los Fueros se disuelve a un grupo de personas con pelotas de goma disparadas por la policía, que, de esta manera, comienza a obligar a todo el mundo a dispersarse. Incluso desalojará violentamente bares de la Navarrería y Blanca de Navarra. La prensa se hace eco de un "Aberri Eguna, politizado y sangriento". Una revista dirá que hubo "más carreras que en San Fermín".

Desde el 1 de octubre de 1976 la ciudad se queda, por decreto gubernativo, sin su alcalde, Javier Erice Cano. Julio Nuin Zuasti presentó el 29 de septiembre en la Audiencia Territorial de Iruña acto de procesamiento por presuntos delitos de prevaricación y coacciones, derivados del decreto firmado por el alcalde disponiendo la suspensión de licencia y obras de construcción de un edificio en la Avenida Villava, propiedad del querellante, la llamada, popularmente, "Casa Nuin". Erice había llegado al Ayuntamiento como representante del tercio familiar del Casco Viejo al superar en las elecciones de 1975 a Rey Altuna. La pena que se impuso a Erice fue de 6 años y un día, inhabilitación especial para el cargo con privación del mismo, debiendo, además, alzarse el decreto de Alcaldía del 24 de febrero y 26 de julio, e indemnizarse al querellante la cantidad de 2.161.988, 40 pts. A partir de este momento, el Ayuntamiento de la ciudad se divide en dos bandos irreconciliables. A agriar más sus relaciones viene el nombramiento de Joaquín Sáez como 2.° teniente de alcalde y Velasco -del bando de Erice- pasaría a ser tercer teniente. Todo Iruña vio en ello la mano política del poder de Madrid y del Gobernador.

En el año de 1978, dos acontecimientos de suma gravedad evidenciarán, una vez más, que el clima de la ciudad es de una tensión y de una violencia inusitadas, y que los cauces políticos democráticos no han llegado a normalizarse. En la madrugada del martes del día 10 de mayo el guardia civil Manuel López fallece en Iruña a consecuencia de un atentado posteriormente reivindicado por ETA militar, que tuvo lugar en la cuesta de la estación de Iruña. Una carga de unos cinco kilos de dinamita hace volar un jeep en el que iba el citado guardia y varios compañeros que resultaron heridos. A medida que la noticia se extendió por la ciudad, los partidos políticos se aprestaron a emitir sus notas de repulsa OIC, PSOE, PCE, EKA, CSUT, ORT, UCD, Comunión Tradicionalista, AFN, Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz).

Tras el funeral por el guardia civil, se organizó una manifestación de unas mil personas. Gritos y pancartas clamaban "Navarra, sí, Euskadi, no". Se dirigirá a la Plaza del Castillo donde apedrean la sede del PNV. Luego llega al Ayuntamiento donde coloca las banderas -excepto la Ikurriña- a media asta. Cantaron el "Cara al Sol" y a partir de este momento se dedicaron a apedrear bares y establecimientos de la Navarrería. Ya antes, al cruzarse con otra manifestación, la organizada por "Semana pro Amnistía", a la altura de Diputación, se cruzaron insultos. De todos modos, los incidentes más graves se sucederían el día 10 por la tarde. Se asaltó la sede de LKI, se oyeron disparos en San Nicolás, en la calle Comedias, se desalojó a todas las personas que estaban en la Biblioteca Provincial en la Plaza de San Francisco y hubo enfrentamientos entre grupos, lanzamiento de piedras, destrozándose lunas de algunos establecimientos con cadenas, estacas y barras. Iruña fue durante unas horas una ciudad dominada por la violencia. Presagio de lo que fatalmente iba a suceder en los Sanfermines de 1978, donde la policía invadió la plaza de toros generando el pánico y la muerte del trotskista Germán Rodríguez.

Referéndum constitucional del 6 de diciembre de 1978
Sobre un censo de 119.771 electores
Votos72.674
50.26741,95 %
No16.52813,78 %
Abst. 47.09739,34 %
Abst. y No 53,12 %
Blanco 5.088

Elecciones municipales del 3-IV-1979.

Para cubrir las 27 concejalías de este Ayuntamiento se presentaron once candidaturas: PCE, UCD, PNE, PTE, PSOE, EE, HB, UPN, Partido Carlista, UNAI y Ayuntamientos Navarros de Izquierda (ANIZ), estando formada la décima por la ORT y la última por la coalición EMK-OIC. Los votos y concejales elegidos, sobre un censo de 120.123, fueron: UCD con 18.853 votos: Alfonso Bañón Seijas, Javier Taberna Jiménez, Federico Pérez Soria, Pablo García Tellechea, Juan José Araujo Múgica, Alfredo Jaime Irujo, Elisa Chacartegui Sánchez y María Angeles Oyaga Gimeno; HB con 18.072: Francisco Juan Zabaleta Zabaleta, Jesús Osteriz Aranguren, José Ignacio Beorlegui Recalde, Juan Elías Antón Murguiondo, María Camino Monasterio Urquía, Jesús María Andión Lacasta y Juan Luis Napal Chueca: PSOE con 13.336: Julián Balduz Calvo, Juan Manuel Pérez Balda, José Luis Rodríguez Pedraza, Bernabé Alvarez Urroz, Camino Oslé Guerendiain; UPN con 11.877: Albito Viguria Caparroso, Miguel González Fontana, Francisco Javier Mateo Loperena, Benicio Aguerrea Zubiri y José Luis Garicano Aznárez; PNV con 4.919: Julio Oteiza Huici y Pedro José Isturiz Izco. Alcalde: Julián Balduz Calvo del PSOE, quien obtuvo la mayoría absoluta con 14 votos (7 de HB, 5 PSOE y 2 de PNV) contra 8 que obtuvo Alfonso Bañón de UCD y los 5 del candidato de UPN, Albito Viguria. Por renuncia de Albito Viguria (3-V-1979), ocupó luego su lugar D.ª Mercedes Labayen Arrue.

Elecciones municipales del 8-V-1983.

Concejales: Partido Socialista Obrero Español: Julián Balduz Calvo. José Antonio Echauri Elso. Jorge Dallo Echeverría. Camino Osle Guerendiain. Bernabé Alvarez Urroz. Mari Sol Elizari Garayoa (Independiente). María Dolores Artajo Sánchez. Angel Carrillo Lezaeta. Jesus Armendia Pardo (Independiente). Gaudencio Remón Berradre. María Asunción Apesteguia Jaurrieta. Unión del Pueblo Navarro (UPN); Juan Cruz Alli Aranguren. Miguel González Fontana. Francisco Javier Mateo Loperena. Benicio Aguerrea Zubiri. Alfredo Jaime Irujo. Mercedes Labayen Arrue. María Isabel Beriain Luri. Agrupación de Electores Herri Batasuna (HB): José Ignacio Beorlegui Recalde. María Sagrario Alemán Astiz. María Camino Monasterio Urquía. Juan Manuel Zandueta Astondoa. Alianza Popular en coalición electoral con el Partido Demócrata Popular y Unión Liberal: Jaime Ignacio del Burgo Tajadura (POP). Francisco Javier Zoco Indave (AP). María Teresa Gracia Morales (PDP). José Ignacio Palacios Zuasti (AP). Partido Nacionalista Vasco: Julio Oteiza Huici. Resultó elegido alcalde el primero.

Elecciones generales del 22-VI-1986
PSOE21.182PRD1.855
CP/UPN20.135IU1.206
HB12.195PNV871
CDS6.719PMCN282
EE2.760Otros638

Elecciones municipales del 10-VI-1987

Resultaron elegidos los siguientes concejales: Centro Democrático y Social (CDS) Francisco Javier Liria Franch, Elena Modrego Ochoa, Germán De la Madrid Izaguirre. Eusko Alkartasuna (EA): Francisco Javier Ayesa Dianda, María Dolores Irujo Elizal de. Coalición Electoral "Izquierda Unida". (IU): Herri Batasuna (HB): Francisco Juan Zabaleta Zabaleta, Juan Elías Antón Murguiondo, Juan Manuel Zandueta Astondoa, José Antonio López Cristóbal, Fernando J. Biurrun Urriza, Juan Erice Erviti. Unión del Pueblo Navarro (UPN): José Javier Chourraut Burguete, Alfredo Jaime Irujo, José Javier Gortari Beiner, Miguel González Fontana, Juan Manuel Ojembarrena Calvo, Primitivo Asenjo Guillén, María Isabel Beriáin Luri. Federación de Partidos de Alianza Popular (FAP): José Ignacio Palacios Zuasti. Eusko Alderdi Jeltzalea-Partido Nacionalista Vasco (EAJ-PNV). Euskadiko Ezkerra (EE). Unión Demócrata Foral (PDF-PDP-PL): María Teresa Gracia Morales. Partido Socialista de Navarra "P.S.O.E." (PSN-PSOE): Juan José Díaz Yarza, José Ramón Zabala Urra, María Asunción Apesteguía Jaurrieta, Francisco Javier Iturbe Ecay, Javier Carlos Cristóbal García, Modesto Carlos Bea Gil, Manuel Ochoa Beamonte. Partido de los Trabajadores de España-Unidad Comunista (PTE-UC): Batzarre-Asamblea de Izquierdas de Iruñea. Plataforma Humanista.

Elecciones al Parlamento de Navarra del 10-VI-1987
UPN22.41FAP4.586
PSOE18.848EE4.434
HB14.751BIN2.307
CDS7.960IU956
EA7.025PNV585
UDF5.989PTE417

Elecciones generales del 29-X-1989
UPN/PP32.322R.Mateos597
PSOE22.789CSD538
HB11.754PST367
CDS7.388PTE/UC183
IU6.241PCPE102
EA4.508AR89
EE3.810PORE82
PNV/NV652F.E. deJONS69

Elecciones al Parlamento de Navarra del 26-V-1991
UPN32.249Batzarre2.336
PSOE23.707CDS1.721
HB10.748PNV783
EA4.372P. Carlista266
IU3.816PAG230
EE2.617

Elecciones municipales del 26 de mayo de 1991

Resultaron elegidos los siguientes concejales: Unión del Pueblo Navarro (UPN ): Alfredo Jaime Irujo, Santiago Cervera Soto, Javier Igal Alfaro, María Teres Gracia Morales, Eradio Ezpeleta Iturralde, Alfredo Prado Urra, Miguel González Fontana, Matía Isabel Beriain Luri, Carmen Alba Orduna, María Teresa Moreno Purroy, José Javier Gortari Beiner, Angel Unzué Maquirriain, Francisco Javier Mateo Loperena. Partido Socialista de Navarra-PSOE (PSN-PSOE): Joaquín Pascal Lozano, Fco. Javier Iturbe Ecay, Angel M.ª Carrillo Lezaeta, M.ª Asunción Apesteguia Jaurrieta, Vicente Esteban Tanco Nicolay, Francisco Javier Linto Iriarte (Independiente), M.ª Dolores Salvo García, Ricardo Pascual Uztarroz (Independiente). Herri Batasuna (HB): María Josefa Egaña Descarga, Fernando Javier Biurrun Urriza, José Ramón Aranguren Iraizoz, Alberto Petri Echeberria. Izquierda Unida (IU): Francisco Javier Erice Cano. Eusko Alkartasuna (EA): Fco. Javier Ayesa Dianda. Fue elegido alcalde Alfredo Jaime Irujo.

VMB