Monarkia eta noblezia

Fernando I de Navarra y II de Aragón

Rey titular de Aragón, consorte de Castilla y, por conquista, de Navarra. Nació en Sos (Aragón) el 10 de marzo de 1452, hijo de Juan II de Aragón -viudo de la reina Blanca I de Navarra- y de Juana Enríquez, hija del Condestable de Castilla. Hermanastro de Carlos, Príncipe de Viana, nace en plena guerra civil entre los partidarios de su hermano y los de su padre que había usurpado el trono navarro a la muerte de la reina titular en 1441. A los seis años fue investido por su padre -que le demostraba un afecto ausente hacia los hijos de su primer matrimonio duque de Gandía y Montblanc, conde de Ribagorza y señor de Balaguer, títulos que correspondían a su hermano. A los diez años fue jurado primogénito de la Corona de Aragón que comprendía Aragón, Cataluña, Valencia, Mallorca, Cerdeña y Sicilia. Casa con Isabel de Castilla el 19 de octubre de 1469, a los 17 años. Desde joven se hace cargo cabal de la azarosa situación política de los reinos europeos apostando por los beamonteses navarros alzados contra su hermanastra Leonor I y por el conde de Treviño, dueño de Gipuzkoa desde 1471 (Batalla de Munguía).

En 1474 pasa a ser rey consorte de Castilla encabezando la lucha contra los partidarios de la princesa Juana. Mantener el dominio de Gipuzkoa le resulta imprescindible para parar una posible intervención francesa. Para ello y, contando con la fidelidad de San Sebastián, envía a dos representantes reales, Antón de Baena y Bartolomé de Zuloaga, para que juren los fueros de Gipuzkoa y el Cuaderno de la Hermandad en nombre de la reina. Por otra parte, con lo que será su tradicional habilidad, apacigua a los parientes mayores. Conseguido esto, vuelve a interesarse por Navarra. Haciendo caso omiso de los derechos de Leonor, tanto Fernando, como su padre Juan II -que usurpaba aún el titulo de rey desde la muerte de D.ª Blanca I- concertaron el 2-4 de octubre de 1476 (Tudela) un acuerdo por el que Castilla, a modo de garantía frente a la penetración francesa, colocaba 150 lanzas de guarnición en Pamplona, implantando, en expresión de Lacarra, "un verdadero protectorado sobre Navarra", siendo el tratado de Tudela "el modelo a que se ajustarán otros acuerdos análogos entre Castilla y Navarra en los años siguientes".

A partir de este momento, Fernando, aprovechando la casi parálisis del estado navarro producida por la lucha entre agramonteses y beamonteses desde la usurpación del trono por Juan II, incrementará esta penetración que culminará en la conquista armada de 1512; su dominio real se efectúa a través del conde de Lerín y mediante el mantenimiento, sopesado, de la lucha entre parcialidades. Su dedicación a la política castellana es por estos años total. Las tres vascongadas se hallan en el bando isabelino. Para afianzar esta adhesión, Fernando jura, el 30 de julio de 1476, en Gernika, los Fueros de Bizkaia, en nombre de Isabel que lo hará más tarde. De esta fecha data su aventura galante con la vizcaína Toda de Larrea, secuestrada más adelante, tras haberle dado una hija, por la reina Isabel. En 1479 finaliza la guerra sucesoria castellana con el triunfo de ésta. Ese mismo año, a partir de la muerte de Juan 11 el 19 de enero, Fernando se ciñe la corona de Aragón lo cual no obsta para que su dedicación al reino castellano sea grande, cooperando en la labor ordenancista de la reina castellana, en especial todo lo tocante a la erradicación de las guerras de bandos en Álava, Gipuzkoa y Bizkaia.

Mientras tanto estrecha el cerco diplomático sobre la Navarra de Francisco Febo (1479-1483) que sucede, también en 1479, a Leonor I. Navarra no puede esperar otra ayuda que la francesa, insistentemente recomendada a su nieto en el testamento de la reina. El matrimonio de la sucesora de Febo, Catalina I, con Juan de Albret, agravó la crisis, ya que, pese a perseguir el acercamiento a Francia, no sólo fue desaprobado por los castellanistas beamonteses sino también por parte de los agramonteses. Coronados el 12 de enero de 1494 merced a las tropas enviadas por los RRCC, el 19 de la misma fecha se comprometían D. Juan y D.ª Catalina a casar a su heredero al trono con algún hijo o nieto de Isabel y Fernando, con lo que la tenaza castellano-aragonesa gana otra vez terreno. La guerra con Francia por la hegemonía italiana es el pretexto para continuar presionando a partir de 1495; la intervención de Fernando reviste el carácter de garantizadora de la neutralidad navarra. Por otra parte, la guerra con Francia le permite asimismo impugnar la autoridad del obispo de Baiona sobre la zona guipuzcoana de su diócesis que, como se recordará, abarca, desde época inmemorial hasta el tratado de 1712, la cuenca del Bidasoa y parte de Gipuzkoa. Veáse Baiona.

Viudo, desde 1504, de Isabel de Castilla, casa en octubre de 1505 con Germana de Foix, hermana del vizconde de Narbona, pretendiente al trono navarro y a los bienes titulares de la casa de Foix desde la muerte de Leonor I de Navarra. La figura de este pretendiente será el ariete utilizado por el rey de Francia para impugnar la soberanía del Béarn mientras Fernando refuerza su política anexionista basada en el clientelazgo beamontés. En 1507, dada la enajenación mental de Juana de Castilla y la muerte de Felipe el Hermoso, Fernando es reinstalado en el trono castellano en calidad de regente. Pese a centrar todo su interés en su rivalidad con el rey de Francia por el dominio de Italia, no pierde de vista su objetivo de establecer una frontera inequívoca entre Gipuzkoa y Laburdi; el diferendo que suscita en 1510 por la zona de Hendaia se arrastrará hasta 1624. Tras la derrota de Rávena (12 de abril de 1512), provisto de una serie de bulas papales y pretextando la alianza de Catalina I con los franceses, procede a anexionarse Navarra.

El 20 de julio de 1512 sus tropas penetran en el reino y él se titula "Depositario de la Corona de Navarra y del Reino, y del Señorío y mando del" hasta que, a finales de agosto, invocando la bula "Pastor ille coelestis" se intitula Rey de Navarra (agosto). Es con este titulo, que ostentará hasta 1515, con el que procede, el 17 de diciembre del mismo año, a nombrar virrey de Navarra a D. Diego Fernández de Córdoba y Arellano, marqués de Comares y alcaide de los Donceles. Campión, que ha estudiado la política y la estrategia desplegada por el aragonés para consolidar su conquista [Campión: Después de la conquista, "Euskariana" VII, pp. 359-437], nos hace del periodo posterior a la toma de Navarra por las armas las descripciones siguientes: "Conquistada Nabarra, D. Fernando atendió, naturalmente, a asegurar la presa. Imitó la política que en casos análogos observaron los gobernantes juiciosos. Eralo mucho el monarca aragonés, que en su juego reunía dos triunfos valiosísimos: la astucia y la fuerza.

Con ésta se emancipaba de la dependencia de las banderías, a las que desde el Príncipe de Viana vivió supeditada la corona pirenaica, cuya única potencia fue la que le prestaban, precaria, onerosa y alternativamente, los irreconciliables bandos: con aquella podía desbaratar el doble riesgo de un antagonismo que encendiese de nuevo la guerra civil o de una reconciliación que levantase, contra la realeza intrusa, el país entero. Ardua la empresa acometida por D. Fernando. Sólo podía prosperar con la ayuda del tiempo, y los años y los achaques se lo restaban, habiéndoselas de haber con gente cual la nabarra, altiva, obstinada, constante, enérgica, firme, de memoria larga, de corazón fogoso, hecha a escuchar en sus determinaciones la voz de un amor propio muy zahorí de la humillación velada. Felizmente para él, la guerra civil, de la que fue en ocasiones pérfido atizador, había dejado exánime a Nabarra. El más impenitente banderizo, en el rincón de su hogar arruinado suspiraba por la paz. La invasión y apoderamiento del Reino fue empresa militar tan hábilmente concebida y ejecutada, dio lugar a tan flaca resistencia, a tan escasa efusión de sangre, que todo ello pareció sueño gratísimo entre los beaumonteses, pesadilla entre los agramonteses, pero menos terrible de lo que se habían imaginado los más temerosos de su advenimiento.

En menos de dos meses, el cetro, casi siempre legalmente transmitido, y cuando no, magnánimamente reservado para quienes tenían derecho a él, pasó, por ministerio de la fuerza, a nuevas manos. Sobre el país leal batió sus alas de plomo el desengaño. El aplanamiento, la depresión que suceden a las catástrofes de índole pública, anonadaron momentáneamente al espíritu nacional después de la tentativa de D. Juan de Albret (setiembre-diciembre 1512) para recuperar su Reino. A D. Fernando correspondíale aprovecharse del momento. Le convenía abrir el período de los hechos consumados irremovibles, procurar que lo de ayer se olvidase, que la mancha de origen de su potestad se borrase, que su monarquía adquiriese la naturaleza de monarquía nacional. Le interesaba venderse por el rey de todos: de los agramonteses, inquebrantables mantenedores de su férreo padre D. Juan II, de los beaumonteses, fautores principales de su personal entronización. El venia a ser la síntesis viva de muy añejas y en la apariencia irreductibles antítesis.

Por ello le importaba mostrarse amable, benévolo, condescendiente, conciliador, generoso, perdonadizo, pero con cuenta y razón muy estrecha, muy ajustada, muy remirona, enseñando en la mano izquierda el jornal de la última hora, igual al de la primera, y en la diestra, la llave que cierra herméticamente la puerta a las restauraciones apetecibles, y así, a puro de dádivas y promesas, de arañazos y caricias, de favoritismo irritante y de equidad compensadora, de espuela y freno, lograr que los amigos de la víspera palpasen valimiento paladino, y los enemigos le oliesen y esperasen, evitando que éstos le tildasen de rencoroso disimulado, y aquéllos de ingrato manifiesto" (pp. 362-364). "En el orden del amedrentamiento prefirió la vía de la advertencia a la del rigor extremoso antes de tiempo. Esto no quita que las violencias, coacciones, exacciones, rapiñas, abusos, malos tratos, militarmente perpetrados, fuesen muchos, pero puestos en parangón con los actos que las costumbres de la época toleraban, parecen menos graves. Tres o cuatro sonados y duros que a todo el mundo dijesen: "mirad de lo que somos capaces", obtendrían efecto suficiente en el desfallecimiento de la derrota. La desolación del valle de Garro y la quema de Mongelos hicieron ver a los baskos de Ultrapuertos que los españoles no retrocederían ante ninguna crueldad por mantenerlos sujetos.

En la Alta Nabarra se encarnizaron en la persona del caballero D. Pedro de Rada, gobernador o alcaide de la fortaleza y villa de Murillo, donde izó la bandera de los reyes legítimos: le mataron en Tafalla, descoyuntándole "á puros tormentos" según refiere Garibay (Libro XX, cap. XVI) (pp. 369-370). "Adoptadas por D. Fernando las medidas de índole política y militar derechamente enderezadas a retener la posesión de su conquista, dedicó sus desvelos a la mejor gobernación del Reino con la cooperación del mismo. Los beaumonteses, después de la conquista, pronto entendieron que habían repetido el error del caballo de la fábula que, por vengarse del ciervo, consintió en que fuese su jinete el hombre. No era lo mismo vivir sometidos al cetro de D. Juan y D.ª Catalina, o al de cualquier otro monarca particular de Nabarra, de suyo siempre débil, que al cetro del Rey más poderoso de la época, destinado a convertirse pronto en el más poderoso del mundo. Conveníales sobremanera, para menoscabar los efectos del cambio, que se respetasen las libertades constitucionales del Reino, y se ampliasen y redondeasen hasta donde fuese posible.

Designio que en su primera parte concordaba con el de D. Fernando, interesado en que sus noveles súbditos no creyesen que con el cambio habían empeorado de condición, y esperasen y buscasen el remedio en el retorno de la dinastía destronada. Ninguna dificultad hizo don Fernando a la convocatoria y funcionamiento normal de las Cortes: de ellas esperaba recibir fuerza para representar el apetecido rey de todos y no rebajarse al de rey de bandería, porque aun sabiendo que las Cortes, al principio, por las circunstancias del tiempo, no pasarían de conciliábulos beaumonteses, tenía la evidencia de que poco a poco irían perdiendo ese carácter, y le perderían cabalmente cuando no cupiesen ya los peligros de orden dinástico que suscitarían las Cortes verdaderamente nacionales. En una palabra, D. Fernando se sentía capaz de orillar las dificultades del sistema representativo en un país recién conquistado, y de aprovechar las ventajas que compensativamente le ofrecería. Por tanto, el Rey no dio acogida en su mente a las ideas de alterar el valor representativo de las Cortes y de aminorar su eficacia en beneficio del poder más absoluto de la Corona, ideas que bullían en la mente de los hombres de gobierno castellanos, y que pronto fueron puestas por obra cuando la sublevación de los Comuneros brindó con la coyuntura propicia. D. Fernando gobernó con las Cortes.

Convocólas para que le jurasen. Un monarca de menos talento no les hubiera pedido otra cosa en aquellas circunstancias, y hubiera cerrado el solio en seguida. La postura del aragonés fue más gallarda, más hábil, sobra advertirlo. Después de reconocer, como la verdad histórica lo demanda, que el usurpador puso los medios de gobernar a Nabarra justamente, mientras la justicia no aventurase la irrevocabilidad de la adquisición, no hemos de caer en el error opuesto, pintando el cuadro del gobierno intruso con los colores del idilio. El Rey no fue impecable: quebrantó sus juramentos, cometió contrafueros, y no sólo los cometió, sino que planteó el sistema, por todos sus sucesores mantenido, de repararlos y de reincidir en ellos. Así algunos, de hecho, jamás se repararon: por ejemplo, el de poner los castillos y fortalezas del Reino en manos de extranjeros." (pp. 394-396). Las primeras Cortes se celebran en Pamplona del 13 al 24 de marzo de 1513, Cortes beamontesas que juran fidelidad a Fernando a cambio de la promesa de éste de respetar el Fuero. En ellas, el representante de Fernando promete el perdón a todos aquéllos agramonteses que no hubieran hecho el juramento.

Ocupada la Sexta Merindad por los castellanos, la nobleza bajonavarra se somete el 5 de junio de 1513. El 29 de enero de 1514 se reúnen las segundas Cortes tras la conquista y el 15 de marzo del siguiente año las últimas convocadas en nombre del conquistador que sigue titulándose rey de Aragón y de Navarra. Pero en 1515 Fernando desiste ya de tener un hijo de Germana de Foix que permita la existencia separada de estos dos reinos del de Castilla y, ante el inevitable advenimiento de su nieto Carlos a los tronos de Aragón y Castilla, incorpora, el 11 de junio de 1515, el reino de Navarra a la Corona castellana "guardando los fueros é costumbres del dicho reino". Murió en Madrigalejo el 23 de enero de 1516 al iniciarse el intento de reconquista del reino por el mariscal Pedro de Navarra. En su testamento deja por heredera del reino de Navarra a su hija, Juana la Loca, y a su nieto Carlos.