Politikariak eta Kargu publikoak

Godoy, Manuel

Príncipe de la Paz. Duque de Alcudia. Político español (1767-1851) nacido en Extremadura, elevado por el rey Carlos IV a Secretario de Estado y del Despacho Universal en 1792, cargo que desempeñará hasta el desastre de 1808 salvo los meses que median entre su cese de 1798 y su reasunción al poder a fines de 1800. Hombre de actuación política enormemente controvertida en un momento crucial de la historia de España y de Europa, su participación en la suerte de los Fueros de Euskalerria constituye uno de los hechos mayores de nuestra historiografía.

La ascensión de Godoy al poder tiene lugar cuando la guerra contra los regicidas franceses se constituye en un deber ineludible de la monarquía española. La increíble incuria de las autoridades militares responsables de la seguridad de la zona fronteriza y tal vez, la actitud poco belicosa de gran parte del País Vasco surpirenaico, permite a las tropas revolucionarias francesas adueñarse de la situación y llevar su ofensiva hasta el Ebro. La firma de la Paz de Basilea el 22 de julio de 1795 va a marcar un hito claramente diferenciado en nuestra historia, con su obligada secuela de recriminaciones y ajustes de cuentas entre quienes fueron partidarios de la neutralidad con los franceses y quienes se sintieron obligados a resistirles.

La cuestión adoptará especial virulencia en Bilbao y zona circundante, donde veremos constituirse, incluso, dos bandos, vildósolas y castaños, enfrentados en torno al Manifiesto histórico de los servicios de Bilbao durante la Guerra de la Convención. Es en estas circunstancias cuando debió de gestarse la intención de Godoy de acabar con una situación jurídica -la de la foralidad vasca- que venía preocupando a todos sus antecesores. Cánovas del Castillo, el célebre estadista, describió este momento en un conocido prólogo a Los Vascongados... de Rodríguez Ferrer, prólogo en el que reproduce una serie de cartas, inéditas hasta entonces, intercambiadas por Godoy con el auditor general del Ejército del Norte, Francisco Zamora. Reproducimos por su perenne interés la documentación aportada por Cánovas y su propia inteligente glosa:

"Los primeros arranques de su cólera descargaron naturalmente sobre los generales y el ejército. Para muestra voy á copiar aquí al pié de la letra una de las más curiosas de sus cartas, escrita el 6 de Julio de 1795, es decir, al saber la retirada de Crespo, y que, cortado en dos nuestro ejército, se reducía el grueso de él á cubrir á Pamplona. "Nadie puede engañarse menos que yo (decía) en los cálculos que hago [Enmiendo aquí la ortografía del valido que la tenía bastante mala, aunque no tanto como el general en jefe Castelfranco que escribía Gerra por Guerra, ni peor que muchos de los hombres, que militar y civilmente han figurado y figuran más en nuestros días.] sobre la infelicidad de este reino; y sé que su existencia pende de la paz. No hay otro medio, amigo Zamora, así lo conozco; y en este supuesto me veo comprometido á firmar unos límites más estrechos que los que hasta aquí ha tenido señalados el rey mi amo. Sólo un ejército infiel; sola una turba de oficiales ignorantes, y una sola opinión infame sobre la cual se apoya el honor de esos caballeros, pudieran haber sido móviles capaces á destruir los planes que tenía formados un ministro que se desvive por ponerlos á cubierto de sus maldades. A ese ejército deberá la España el sacrificio de una parte de sus fuerzas, la pérdida de las provincias y la degradación de la soberanía; pero el rey hará justicia y jamás negará el premio."

Siguen algunos puntos indiferentes y termina con esta posdata enérgica: Todo partido es preferente á la inacción; toda consulta confunde y no instruye; todo ataque trae sus ventajas; bien sean originadas por él mismo, ó bien por resultas del valor que se supone en el que busca al enemigo. Obre Sangro, y estará más seguro." No hizo Sangro, caso de sus estímulos, y hubo que aceptar al fin la paz, no sin gran júbilo por cierto de la nación vecina, y del mismo gobierno republicano, según demuestran los periódicos franceses de la época, que he habido á las manos [Véase entre otros el Journal du Bonhomme Richard núm. 20. Artículo principal intitulado "Sur le traitè de paix proposé á la Convention, entre la France et l'Espagne" ].

Realmente la paz aquella estuvo lejos de ser desventajosa, dadas las circunstancias. Pero es el caso que Zamora, en lugar de dar como solía en todo la razón á Godoy, tomó por su parte ahora un punto de vista muy distinto, echando principalmente la culpa del mal éxito de la guerra á las provincias vascongadas. Copiaré aquí lo más notable de los documentos y cartas en que Zamora apoyó su opinión sobre lo pasado, y expuso los graves proyectos futuros que le sugería. A 11 de Setiembre del referido año de 1795, escribió Zamora á Godoy diciéndole: Aviso á V. E. para los fines que convenga: que el general Moncey, aprovechando la venida aquí de un oficial paisano de Vd., y muy confidente, nos ha avisado, que tenía grandes y seguras inteligencias en la plaza de Pamplona, diciéndonos que, no siendo decente nombrar los sugetos me hacía la siguiente graduación de sus apasionados para nuestro gobierno. 1.° Los navarros, y entre estos los vecinos de Pamplona. 2.° En esta ciudad, los eclesiásticos, los frailes, unos veinte nobles, los comerciantes y los curiales. 3.° Los vizcaínos, y entre ellos los mayorazgos y los individuos y aspirantes al gobierno del señorío. 4.° Los alaveses y de ellos los abogados, los clérigos y unos trece nobles. 5.° Los guipuzcoanos, y principalmente los nobles, clérigos y curiales. Encarga se observe estas clases por el órden que las nombra, y el oficial traía escritas en un papelote de donde he copiado yo esto."

Hasta aquí lo que de esta importante carta hace al propósito. Sabíase ya, y varios historiadores habían indicado, que los republicano-franceses hallaron inteligencias y connivencias en las provincias vascongadas; y aún se ha condenado por algunos la delación de Moncey, encaminada á prestar auxilio al absoluto poder monárquico de España y á perder á los Generales vascongados, que simpatizaban más con la república extranjera, que con la monarquía propia. Pero ni el texto, ni la sustancia de la delación de Moncey eran de nadie conocidos, hasta que la carta original de Zamora ha llegado á mis manos. Años ha, en verdad, que yo mismo oí decir á personas de edad avanzada, y de importancia muy grande en el moderno partido liberal de las provincias vascas, que el espíritu que á fines del pasado siglo reinaba en sus clases ilustradas, era muy distinto del que luego se viera en la anterior guerra civil; dándome para comprobarlo la curiosa noticia de que la famosa Enciclopedia de Diderot y d'Alambert, cuyo precio no estaba al alcance de muchos, tuvo allí más compradores que en ninguna otra parte de España.

La vecindad de la nueva república, que hacia fácil la introducción de libros y papeles, y frecuente el trato de los naturales de la frontera con muchos demagogos franceses, difundió aquellas seductoras ideas entre la gente ilustrada, pero inexperta, inspirándola viva simpatía por las instituciones republicanas, á las cuales estaban ya más preparadas aquellas provincias que otras, por la manera especial con que se gobernaban. Mas esto, repito, debía solamente acontecer entre la gente ilustrada; y, nótese bien, que no es sino á ella á quien concretamente acusa Moncey, es á saber, á los vecinos de Pamplona, capital de virreinato y de Audiencia; á los comerciantes, abogados y curiales; á los aspirantes al gobierno del señorío en general, ó sean los políticos; á los clérigos y frailes, y algunos nobles. De labradores, colonos, industriales y vecinos de los caseríos, ó de las anteiglesias y aldeas, ni una sola palabra dice Moncey.

Todos éstos, y no pocos de los nobles, encastillados como siempre en su lengua, y sin comunicación con el espíritu de la Enciclopedia, que tales estragos producía por todas partes, entre los que sabían y gustaban de leer libros y periódicos, permanecieron según estaban pacíficos, y hasta apáticos y egoístas, curándose mucho de lo suyo, y de lo ajeno nada ó poquísimo. Por lo demás, fuera vana empresa el negar fe á la delación de Moncey. Además de las cartas originales de Zamora, tengo á la vista copia de una dirigida el 17 thermidor (4 de Agosto de 1795, año 3.° de la República) á Moncey, por el ayudante general Lamarque, en que este último dice: La diputación de Alava está siempre con la mejor voluntad: os diré, en secreto, que al parecer temen más que desean la paz. Temen que, olvidados enteramente en el tratado de paz, no sean sacrificados á España, que tal vez los deshojará de todos sus privilegios. Ellos merecen una suerte mejor, y estad convencido de que, si lo mandaseis, todos correrían á las armas. Los rehenes de Vizcaya se han explicado confidencialmente con el mismo lenguaje."

Vése aquí que, no teniendo entonces la conciencia tranquila, temían ya algunos de los vascongados mismos, que terminada la guerra, desapareciesen sus privilegios. Júzguesele como quiera, ello es que ningún interés tenía en mentir él; y todo cuanto queda expuesto inclina á creer de otra parte, que no dijo más que la verdad pura. No habiendo dado el apellido de guerra, las clases que allí suelen y pueden darlo, porque de corazón estaban más con los invasores republicanos, que con los españoles monárquicos, las provincias vascongadas hicieron la guerra no más que por cumplir, en 1795, ó lo que es lo mismo, sin fe, unanimidad, ni constancia; y aprovechándose de ello Moncey, paseó impunemente sus columnas por el país. Harto se conoció ya en 1813, que aquellas mismas clases que mantuvieran inteligencias con Moncey veinte años atrás, habían cambiado de opinión, considerando bajo muy diferente aspecto las nuevas ideas francesas, que defendían y propagaban los ejércitos napoleónicos. Llamaron ellas entonces de verdad á las armas á aquellos pueblos robustos y esforzados; los cuales, una vez tomado sobre sí el empeño, hicieron lo que saben hacer, y harán siempre en ocasiones tales. He aquí, pues, explicada la diversidad de conducta en casos que á primera vista parecen idénticos.

Pero Zamora no se contentó con trasmitir á Godoy la delacion de Moncey, sin duda alguna dictada por su amistad leal á la monarquía española. Al felicitar á Godoy en 10 de Agosto, por la terminación del tratado de Basilea, le escribió lo que sigue: "Si á esta paz, decía, siguiese la unión de las provincias al resto de la nación, sin las trabas forales que las separan y hacen casi un miembro muerto del reino, habría V. E. hecho una de aquellas grandes obras que no hemos visto desde el cardenal Cisneros al grande Felipe II. Estas épocas son las que se deben aprovechar para aumentar los fondos y la fuerza de la Monarquía. Las aduanas de Bilbao, de San Sebastián y de la frontera, serían unas fincas de las mejores del reino. Las contribuciones catastrales de las tres provincias, aún bajándolas mucho, pasarían de doscientas mil duros, Segun mis cálculos. Se puede creer que no bajarían de siete mil hombres las tropas que podríamos sacar de allí.

Hay fundamentos legales para esta operación: ellos han faltado esencialmente á sus deberes; cuesta su recobro á la monarquía una parte de su territorio, y tenemos fuerzas suficientes sobre el terreno para que esto se verifique, sin disparar un tiro, ni haber quien se atreva á repugnarlo. Medítelo V. E.; no lo consulte con muchos (porque le correría riesgo), y cuente para todo con este amigo de corazón que desea sus aciertos y crédito. Conozco que la obra en el día será odiosa á las provincias; pero, viendo que entrarán á disfrutar libremente las Américas y á gozar de otros beneficios, sucederá lo que con Cataluña, al principio del siglo, que lloró la pérdida de sus privilegios, que desprecia hoy mismo, y ridiculizan sus propios escritores en el día. Yo en mi conciencia comprendo que la generalidad de la nobleza y gentes ricas de aquel país han abrazado de corazón á los franceses. Lea V. E. en apoyo de esto las copias de las cartas adjuntas, que son de las primeras gentes de Bilbao y Vitoria á sus parientes y amigos; y, como por todas partes los tengo yo, me las remite hoy uno bien advertido de Logroño, con la carta adjunta. Mañana espero más noticias de las provincias, y si merecen la pena, enviaré un correo á V. E. con ellas.

Por la calidad, explicaciones y demás señales, conocerá V. E. que el confidente de allí es hombre de provecho y de toda mi seguridad. La carta escrita á Moncey no era de uno solo, Segun la variedad de las firmas que contenía, aunque todo podía figurarlo uno solo. Sin embargo, bueno ha sido saberlo y cortarlo con tiempo." Pocos días después (en 18 de Setiembre) escribió de nuevo Zamora á Godoy desde Pamplona lo siguiente: "Doy á V. E. gracias por el caso que ha hecho de mi recomendación á favor de Barrera, y crea V. E. que además de sus servicios ordinarios fueron muy estimables los que hizo cuando en esta ciudad no había en mi juicio otro afecto al rey que él. Se expuso á mucho, y así es acreedor á su alta protección. Estoy bastante aliviado, y el correo que viene contestaré á V. E. sobre mi viaje, porque me duele mucho que dejemos de acabar la visita política por una pequeña parte que queda. Acabemos esta obra que sólo el concluirla hará honor á V. E."

A una y otra de ambas cartas de Zamora contestó Godoy con suma reserva y circunspección, como reza la minuta que de su puño y letra, lo mismo que todas, aparecen en el expediente. "Si sus males (decía) permitiesen que V. S. finalice la vía política, me será muy del caso, pues antes de ocho meses podré necesitar todas las noticias que haya producido su inspección; pero no se acelere y véngase á curar, pues en otro tiempo más pacífico se espurgará ese rincón que falta." A esto se reduce en sustancia las noticias que el expediente contiene tocante á aquel importantísimo asunto. No se vuelve ya á hablar de las faltas indudables del ejército: la conducta de las provincias vascongadas que, lejos de evitar ó remediar, había facilitado y acrecentado en gran manera los desastres, preocupaba ya exclusivamente al valido. No estaba Godoy, cuando recibió las cartas de Zamora, falto de recelos y quejas de las provincias vascongadas. Aquellas cartas no hicieron más que apartar su cólera del ejército para fijarla sobre los naturales de las provincias. Aparte del expediente de que he hablado, tengo á la vista copias de otros documentos que prueban los recelos y quejas de Godoy. Fundado en la indolencia demostrada por el país, ordenó Godoy en 3 de Noviembre de 1794, que fuese por corregidor á Alava, donde hasta allí no lo había habido, D. Pedro Florez Manzano, del Consejo de Castilla, cosa que el diputado general de la provincia no se atrevió á impugnar resueltamente [Documentos curiosos procedentes de la imprenta que sirvió al rey intruso en Vitoria, y que vinieron á parar, por compra, á la llamada hoy de Mantelí. Colección formada por un amigo mío, que ha tenido la bondad de facilitármela.]

Dos cartas de Godoy, al marqués de Rubí, que mandó un cuerpo de tropas en Guipúzcoa y Alava, y que por azar cayeron en manos de los franceses y de los naturales apegados á ellos, muestran también cuáles eran en Setiembre y Octubre de 1794 sus ideas sobre el estado de aquellas provincias. "Es verdad (dice en una) que los vizcaínos rehusan el servicio, y que tal vez se valdría de ese resorte algún partido faccioso que haya en el señorío; pero como la menor alteración de nuestro sistema influiría tanto en el éxito de la campaña, parece conveniente que se halague al país, sacando el partido posible en su situación. Los de Alava me noticiaron el frenesí de sus fueros, y prevenían funestas consecuencias si no mediase alguna composición; escribí asegurándoles la existencia de los fueros, sin perjudicarles el servicio que, unidos con los alaveses, hicieran los vizcaínos. Su respuesta podrá abrirnos camino y entretanto conviene el disimulo." "Conviene (añade en otra) dejar á un lado las desavenencias para tratar de ellas cuando no embaracen los disposiciones de la guerra." En todo lo cual parecía anticiparse con recato el valido á las intenciones del mismo Zamora."

Pero ocurre que "las disposiciones de la guerra" no sólo no se alejan del horizonte político sino que, al contrario, la alianza con Francia (tratado de San Ildefonso, 1796) desencadena, automáticamente, la enemistad de la poderosa Inglaterra. Godoy opta por proceder con cautela y, sobre todo, como advierte Cánovas, quiso "antes de obrar, poner la razón de su parte". Para ello va a reasumir un par de proyectos cuya paternidad, pese a habérsele atribuido, no es exclusiva del valido. El primero es el encargo de Jovellanos al canónigo Llorente, secretario de la Junta Eclesiástica de Vales Reales y del Santo Oficio, de escribir una impugnación de los fueros vascos. El segundo, persiguiendo el mismo objetivo, es un diccionario geográfico-histórico de España emprendido en tiempo de Campomanes (1772) por la Real Academia de la Historia.

Este va a ser publicado como Diccionario Geográfico-Histórico de España que aparece en 1802, vasto centón de desigual valor en el que se hace una descripción de todos y cada uno de los pueblos y lugares comprendidos en las tres provincias "exentas" y el reino de Navarra. En tres de las monografías centrales -Álava, Guipúzcoa, Vizcaya- vemos aparecer de forma insistente el aserto de la secular sujeción de las mismas a la corona castellana. En lo tocante a Navarra llega a afirmarse, en plena época de Humboldt, que la lengua originaria de los navarros no lo es tal sino lengua introducida "a mediados del siglo VIII para figurar sus naturales total independencia del extranjero". Ninguna otra provincia del reino fue objeto de la atención de la Academia hasta 44 años más tarde (Rioja). La obra de Llorente comienza a ver la luz en 1806. De ella y de su carácter oficial nos da noticia el mismo Godoy en sus Memorias (Atlas, Madrid, 1965, t. II, pp. 155-156, nota 151):

"Entre las producciones, en materia de historia, que se publicaron en los mismos años, merece también una conmemoración especial la que trabajó y dio a luz, por encargo especial del Gobierno, D. Juan Antonio Llorente, con el título de Noticias históricas de las tres provincias vascongadas, Alava, Guipúzcoa y Vizcaya, y del origen de sus fueros. Se publicaron cinco tomos en los años de 1806 y 1807. En 1808 debían haberse publicado los dos últimos, que eran los más importantes, por contenerse en ellos la colección de los fueros antiguos de Vizcaya. El manuscrito estaba ya completo pero no sé que se haya publicado todavía".

Titular de un encargo regio, Llorente pudo acceder a todos los archivos y en ellos pudo hacer las transcripciones, adiciones y omisiones que quiso con la seguridad de que pocas personas podrían hacerlo luego y menos contradiciendo sus versiones. Privada de su significado original, la voz medieval privilegio ya no querrá significar ley (lex ) privativa sino prerrogativa injusta y veleidosa obtenida de un soberano, equivalente a la también medieval voz fuero. Desprovistos de tales apoyos publicarán Astarloa y Aranguren y Sobrado sus respectivos Apología de la Lengua Bascongada... ( 1803) y Demostración del sentido verdadero de las autoridades de que se vale el Doctor D. Juan Antonio de Llorente... (1807). Durante el reinado siguiente la censura se abatirá sobre toda refutación proforalista posible. Tanto el Diccionario como las Noticias de Llorente son una prueba irrefrangable del poder de la letra impresa ejercido en situación de prevalencia política. Según Cánovas, "todo esto junto ocasionó el que jamás haya vuelto a haber desde entonces cordial inteligencia entre aquéllas y las demás provincias españolas".

El espinoso asunto del puerto de la Paz marca también un nuevo hito, esta vez en la pugna secular de la tierra llana con la villa de Bilbao. El 31 de diciembre de 1801 un Real Acuerdo autoriza a Abando a establecer un puerto "con la misma facultad de carga y descarga que lo hace la villa de Bilbao". Esta reaccionó inmediatamente suplicando la suspensión de la RO, cosa que consigue (30 de enero de 1802). Desde este momento veremos que, espadas en alto, ni la villa ni el resto del Señorío van a parar ya mientes en las consecuencias de su enfrentamiento. Zamacola, comisionado de la tierra llana, encabezará a ésta, frente a Bilbao que se apoyará en las anteiglesias de la merindad de Uribe y en la ciudad de Orduña. Ambas partes se disputan el favor de Godoy. Bilbao le nombra incluso alcalde (30 de diciembre de 1802), pese a lo cual las obras en Abando son nuevamente autorizadas.

Para contrarrestar el nombramiento y halagos tales como el encargo de un retrato del valido a Goya, el Señorío decide denominar Puerto de la Paz al proyecto de Abando. En abril de 1803, Godoy, inclinado ya definitivamente por el Señorío, contesta a los recursos interpuestos por el Ayuntamiento de Bilbao con una carta en la que elude toda responsabilidad sobre la elección del puerto; ésta se debería, según él, a "Ministros de la Soberana Confianza". En 1804 el nuevo puerto se halla ya diseñado. El proyecto, obra de Silvestre Pérez, comprende varias plazas dedicadas al rey, la reina, los infantes y a Godoy, príncipe de la Paz. En las Juntas Generales de julio de 1804, Zamacola, apoderado de Dima, hace un balance del estado de la cuestión. Es en esta Junta cuando se plantea el problema del servicio armado que había solicitado el rey a las tres provincias y virreinato navarro. El acuerdo innovador que adoptan los representantes del Señorío consistente en la creación de "compañías así instruidas (que) estarán a las órdenes de la Diputación para todo lo que ocurra, tanto respecto de la persecución de malhechores en tiempo de paz como para la defensa del país en tiempo de guerra" será el último recurso al que se asirá Bilbao para quebrar al Señorío.

El 16 de agosto, tras una turbulenta sesión del Ayuntamiento general de Begoña en la que los begoñeses rompen el comunicado de las Juntas, estalla la turbia insurrección que luego se denominará zamacolada por ir dirigida contra la cabeza visible del Señorío, Zamacola. Jaunes y horteras (hortera = mancebo de mercader) manipulan a su clientela de las anteiglesias pero luego ésta escapa de su campo de acción. La agitación se extiende y sobrepasa a sus mentores. "Aprovechaban muy poco -dice Guiard- las exhortaciones de muchos principales vecinos de Bilbao, propietarios, mercaderes y otros, los que tenían influencia personal sobre los aldeanos, como renteros, industriales y mayorazgos". La Diputación es sustituida, las compañías creadas, revocadas, y las autoridades zamacolistas obligadas a huir durante una quincena anárquica al cabo de la cual el rumor, creciente, del envío de tropas reales vuelve a todos a la realidad. El 3 de septiembre Godoy envía un juez de comisión y el 21 comienzan a entrar en Bilbao las tropas que ocuparán Bizkaia hasta la invasión napoleónica.

La ocupación y la represión subsiguiente (sentencia del 23 de mayo de 1805) no impiden, sin embargo, la prosecución de las obras del puerto que, en 1807, contaba ya con algunas canalizaciones y un trozo de camino de la Peña a Bolueta. Pero desde este momento, la misma actitud de Godoy, que rompe con Zamacola, demuestra, pese a sus justificaciones a posteriori, que, coincidiendo con la aparición de la obra de Llorente (1806), la foralidad ha sido condenada a muerte. Veamos cómo explica Godoy mismo lo ocurrido, en sus Memorias (t. II, p. 9-10):

"Aún hubo más en aquel año. Obra de aquel partido fue también el movimiento sedicioso que se mostró en Vizcaya. El tiro era directo en contra mía. El pretexto más general de aquella turbación facticia y sin raíces fueron las desventajas que pretendían sufrir los de Bilbao por aquella misma obra que tan aplaudida fue en un principio: el nuevo puerto de la Paz que se abrió a los vizcaínos en Avando, como la Junta General del Señorío lo había solicitado y conseguido por influjo mío hacia dos años, empresa que tomé bajo mi amparo, y por lo cual, agradecida, la misma Junta General le dio aquel nombre. ¿Quién cambió las ideas? ¿Quién alteró los ánimos? No fue dado saberlo en aquel tiempo: ninguno dio cara. Los mismos bilbaínos estaban divididos unos en pro y otros en contra del Gobierno; un gran número de reos y de testigos preguntados, ni aun sabían dar razón de los motivos que causaron aquel alarde sedicioso, en que los más entraron como máquinas, creyendo vagamente algunos de ellos que se trataba de sus fueros. Y así fue que, en pocos días, la presencia tan sólo de un corto número de tropas que fueron enviadas con un ministro del Consejo puso fin a los disturbios. Los hombres de Aranjuez se alabaron también más adelante de haber urdido aquella trama con solo el fin de derribarme. Restablecido el orden y salvado que hubo sido el respeto del Gobierno, me opuse con vigor a que se realizase la contribución de guerra que el ministro Caballero mandó imponer sobre Bilbao para pagar las tropas. Bien sabido fue esto entonces, y aún vive el digno consejero D. Francisco Durán, que entendió en aquel negocio, y a quien constaron más oficios en favor de Bilbao; pero Caballero, en aquella ocasión, como tantas otras veces, prevaleció contra mis ruegos y deseos, ¡y era yo generalísimo!".

Por esas mismas fechas comienza a circular en los ambientes diplomáticos de París los planes de Napoleón de anexionar y/o independizar la parte septentrional de la cuenca del Ebro, planes a los que debió de corresponder Godoy pidiendo a cambio la anexión de Portugal a España. En 1815 parece que todavía no había llegado a Bilbao el retrato de Godoy, pues en carta al agente Mendizábal escribía el regidor cartero del Ayuntamiento que tenía el encargo de "averiguar de Vmd. dónde para, o qué se hizo del retrato del Príncipe de la Paz que pintó Goya y hubo tanto que retocarlo a pretexto de no gustar que viniese y fuese colocado en la Sala Consistorial, más adelante expresase a Vmd. las miras de conocer su paradero, pues ya que se pagó su coste y el retrato le pertenece, acaso podría hacerle valer mucha parte de lo que le costó". El 7 de marzo del mismo año apareció tal cuadro. [Estanislao Jaime de Labayru: Historia General del Señorío de Bizcaya, t. VIII, p. 42].

  • Bilbao, Jon: arts. "Godoy, Zamacola, Llorente, Vizcaya", etc., Eusko Bibliographia, Enciclopedia General Ilustrada del País Vasco, XI ts.
  • Memorias del Príncipe de la Paz, 2 vols., Atlas, Madrid 1965.
  • Labayru, Estanislao Jaime de. Historia General del Señorío de Bizcaya, t. VII, caps. II, III, IV y V. t. VIII, p. 41.
  • Elías De Tejada, Francisco. El Señorío de Vizcaya, p. 242, 258.
  • Aralar, José de. Los adversarios de la libertad vasca desde 1794 a 1829, Ekin, Buenos Aires, 1944, 286 pp.
  • Guiard, Teófilo. Historia de la Noble Villa de Bilbao, t. IV e Historia del Consulado.., t. II.
  • Hauterive. La police sécrete du 1er Empire, t. III (1806-1807) y t. IV.
  • Artola. Los afrancesados, Turner, Madrid, 1976.
  • Zamacola, J. A. Historia de las Naciones Bascas de una y otra parte del Pirineo Septentrional.., 1818, 3 vols.
  • Mañaricua, Andrés Eliseo de. Historiografía de Vizcaya, parte IV, cap. IX , «La historia al servicio del poder», Bilbao, 1971.
  • Estornés Zubizarreta, Idoia. Cánovas del Castillo: Prefacio a Rodríguez Ferrer: Los vascongados, su país, su lengua.., Madrid, 1873, LIX, pp.