Ekonomikoak eta sozialak

La Real Compañía Guipuzcoana de Caracas

1728-1785

Fundada por Real Cédula de 25 de septiembre de 1728, esta compañía comercial es la mejor expresión de una sociedad privilegiada por acciones del siglo XVIII hispánico. En primer lugar fue la compañía mercantil por acciones de más larga duración en el siglo XVIII. En segundo término, fue la que se constituyó con el capital más elevado de la época. Por fin, fue, dentro de las compañías mercantiles privilegiadas, la que tuvo mayor giro, (con un volumen movilizado de 150.000 toneladas) muy por encima de otras coetáneas, como la de Barcelona (que apenas superó las 6.000 toneladas).

La pregunta que surge inmediatamente es por qué se estableció en San Sebastián, quiénes fueron sus promotores, además de cuáles fueron sus objetivos. San Sebastián fue la sede principal de la Compañía de Caracas hasta 1752, porque fueron los hombres del Consulado de Comercio de la ciudad los verdaderos impulsores de la sociedad. Fundado el Consulado donostiarra en 1682, debió buscar desde el principio un espacio comercial para sus comerciantes, habida cuenta de que el tráfico lanero y de hierro con Europa había desaparecido prácticamente de su puerto, en favor de Bilbao. Respecto de su denominación de Guipuzcoana, respondía al apoyo que desde el principio recibió de las Juntas Provinciales y como tal envió a Felipe de Aguirre a la Corte para gestionara la petición de la Provincia. Fruto de estas gestiones ante el Secretario de Estado, José Patiño, fue la Real Cédula de fundación. El apoyo de las Juntas también se concretó en el nombramiento de una comisión para que elaborara un reglamento de funcionamiento de la Compañía, una vez concedido el permiso real para su constitución. Esta comisión estuvo formada por: Juan Francisco de Munibe e Idiáquez, conde de Peñaflorida; Juan Raimundo de Arteaga y Lazcano, marqués de Valmediano; José de Areízaga y Corral y Francisco Ignacio de Lapaza y Zarauz. De ahí que se haya afirmado en la bibliografía tradicional, en este caso erróneamente, que la Guipuzcoana de Caracas fue fundada por el conde de Peñaflorida y otros. Lo que sí se puede afirmar es que ellos colaboraron en su fundación.

Aunque está considerada como una compañía privilegiada, es decir, para hacer el comercio en exclusiva con la provincia de Caracas, esta exclusividad le fue otorgada en 1742, cuando, en plena guerra contra los ingleses (guerra conocida por la "Oreja de Jenkins"), la Guipuzcoana prestó gran ayuda a los ejércitos que luchaban en el Caribe. Precisamente fue durante esta guerra cuando Blas de Lezo, accionista también de la caraqueña, se distinguió por la defensa de Cartagena de Indias y otras plazas de la costa del Caribe. La concesión de la exclusividad con el comercio de Caracas suponía que la Compañía podía traficar sin competencia alguna. Además, en la década de los 50, se amplió el privilegio al tráfico con Margarita y Cumaná.

La gran riqueza de Caracas por entonces se asentaba fundamentalmente en dos productos: cacao y tabaco (a los que hay que añadir además otros coloniales y cueros). La Compañía trataría de adquirir estos frutos a cambio de transportar productos europeos demandados en la Provincia de Caracas. Entre estos géneros manufacturados destacaban sobre todo los textiles, que en general representaron más del 70% del valor transportado. Luego le seguían a bastante distancia: géneros de hierro, cuyo valor no fue superior al 8-10% del cargamento, aguardientes, harina, etc.

Antes de que llegaran los guipuzcoanos, habían sido los holandeses los que, partiendo de Curaçao habían acaparado ambos coloniales. Una vez transportado el tabaco y el cacao caraqueños a Curaçao y posteriormente a Amsterdam, eran los comerciantes de esta plaza quienes los distribuían en Europa. Incluso, el cacao de la colonia española llegaba a la propia metrópoli por manos holandesas a precios muy elevados (cerca de 100 pesos la fanega, cuando el costo en origen era de 6-8 pesos). Bajo estas circunstancias se debe entender la oportunidad del proyecto mercantil guipuzcoano presentado al rey en 1728, al mostrarse la corona incapaz de controlar con sus propios medios el contrabando ejercido por extranjeros en aquella colonia.

Una vez confeccionado el reglamento, en noviembre de 1728, (Reglas y Capítulos por los que se ha de regir la Compañía de Caracas), en el propio texto se nombró a los cinco directores para que gestionaran la nueva empresa. Estos fueron: José Miguel de Vildósola, a la sazón prior del Consulado de San Sebastián; Domingo de Yunibarbia; José de Lopeola; Juan Antonio de Claessens (o Cleassens, según distintas fuentes) y José de Ayerdi, todos ellos destacados miembros del Consulado. Uno de los problemas con los que los autores del reglamento se encontraron fue cómo proceder con el pago de derechos reales que debían satisfacer los géneros en su tráfico con América. No obstante tal y como fue redactado el documento en este punto, sus autores supieron dar respuesta satisfactoria tanto a los intereses del monarca como a la Provincia en la salvaguarda de sus derechos, ya que no estaba sujeta a aduanas con la frontera. Por eso se estableció que el pago de derechos del comercio con América se haría por "vía de servicio" y sería efectivo en la ciudad de Cádiz y no en San Sebastián o en el puerto de Pasajes (por entonces bajo jurisdicción del municipio donostiarra). La fórmula satisfizo a la Provincia y al rey.

El capital presupuestado de 1.500.000 pesos, no pudo cubrirse, a pesar de que la suscripción de acciones - de un nominal de 500 pesos cada una- permaneció abierta hasta diciembre de 1733, lográndose entonces algo más de 700.000 pesos, cantidad aportada en dinero y especie (navíos, géneros europeos para ser vendidos en la colonia, etc.). No obstante, los hombres del Consulado habían declarado que, para comenzar la aventura venezolana, serían suficientes 502.500 pesos.

Analizando la lista de los accionistas se pueden observar tres grupos: a) el grupo de los comerciantes de San Sebastián, su Consulado y del entorno guipuzcoano; b) comerciantes con sede en Cádiz, directamente relacionada con el factor de la Compañía en aquella ciudad, Santiago de Irisarri y por último, c) gentes residentes en la Corte, fundamentalmente aquellos navarros cuyos negocios y relaciones familiares fueron magistralmente recogidos por D. Julio Caro Baroja. Hubo además otro grupo que también se interesó en la nueva sociedad, aunque no figure en la nómina de accionistas, como el formado por algunos comerciantes franceses, holandeses o flamencos. Las varias representaciones en Juntas de accionistas que ejercieron algunos de los asistentes, así lo confirman.

La cuantía de las aportaciones de los distintos accionistas fue muy variada, siendo el núcleo guipuzcoano quien más acciones adquirió. Los cinco directores aportaron dinero, géneros y navíos. Los comerciantes gaditanos adquirieron acciones con géneros para ser vendidos en la colonia. El grupo de navarros residentes en Madrid, aportaron dinero, aunque sus participaciones fueron, abundantes en número, aunque no tan elevadas como las de los comerciantes donostiarras. El rey por su parte se interesó con 200 acciones, aunque su desembolso no se hizo efectivo, sino que se fue cubriendo con los derechos que la Compañía debía satisfacer en Cádiz. También el Consulado donostiarra y la Provincia de Guipúzcoa adquirieron acciones como prueba de su apoyo al proyecto mercantil.

La política financiera que siguió la Compañía, teniendo en cuenta que no había logrado el capital que se había presupuestado en su fundación, fue la de aumentar el fondo social para consolidarla. Por esta razón sus gestores no fueron proclives a repartir todos los beneficios obtenidos en cada ejercicio, cuando menos durante los primeros años, años que fueron los más rentables. Así se explica cómo con unas elevadas reservas, en la Junta de accionistas de 1749, se expusiera el deseo de ampliar el capital hasta los tres millones de pesos. Siguiendo estas pautas, en la reunión de accionistas de 1751, se comunicaba la "duplicación" de acciones, sin desembolso o lo que era lo mismo, con cargo a las abundantes reservas acumuladas. De esta forma, el capital "desembolsado" se elevó a algo más de 1.400.000 pesos. También en la misma fecha se abrió la de nuevas acciones a residentes en Caracas y Maracaibo, alcanzándose así los 1.547.000 pesos. En 1766, tuvo lugar una nueva ampliación de capital también con cargo a reservas.

Además de las aportaciones de los accionistas, la Compañía recurrió desde sus inicios al crédito para lograr liquidez. Esta política de captación de recursos fuera del entramado societario, supuso un ahorro a la Compañía ya que el interés que debía satisfacer fue, en general, inferior al dividendo que repartía entre el accionariado. Para la captación de recursos la Compañía contó con distintos agentes o apoderados en Pamplona, Vitoria y Zaragoza, además de la acción directa en San Sebastián, Madrid o Cádiz.

De acuerdo con el nivel de los dividendos e interés al que corrían los censos y préstamos tomados por la Compañía, se puede establecer tres etapas en su política crediticia: 1) años 1733-49; 2) 1752-60, y 3) 1760-80. La primera coincide con la puesta en marcha de la Compañía, con necesidades urgentes para armar navíos y hacerse con géneros para ser transportados a Caracas y caracterizada por la alta rentabilidad de los negocios. Al mismo tiempo que repartía dividendos elevados, en torno al 20%, le compensaba tomar dinero a préstamo al 6 u 8%.

A partir de 1752, segunda etapa, a los accionistas se les aseguró el 5% de dividendos más el remanente que quedara en función de los beneficios de cada ejercicio. En consecuencia, el interés del dinero tomado a préstamo no debía superar ese porcentaje, como así lo gestionaron desde la Compañía.

Por fin, entre 1760-80, junto con el mantenimiento del 5% de dividendos, se llevó a cabo una reducción del interés del dinero tomado mediante la captación de censos al 2,5 o 3%, y amortizando las deudas más onerosas.

Los primeros navíos de la Compañía que salieron de Pasajes, en julio de 1730, fueron tres: San Joaquín, San Ignacio y Santa Bárbara (alias Galera Guipuzcoana). Pero muy pronto la Compañía incorporó nuevas embarcaciones. A lo largo de su vida llegó a poseer casi 100 embarcaciones distintas (aunque algunas repitieran nombre), pero no al mismo tiempo. Para disponer de navíos contó con sus propios astilleros en Pasajes, aunque también hubo de recurrir a comprar unidades extranjeras, dada la limitación de la producción propia.

La operación que más margen de beneficios proporcionó a la Compañía fue el tráfico de cacao, de tal manera que, aún interesándose por el tabaco, éste siguió en manos de los holandeses. Por lo que respecta al cacao, baste recordar algunos datos: tal como se ha indicado, durante la primera etapa de la Compañía, años 30, el cacao lo adquiría en Caracas a un precio de 6 u 8 pesos la fanega. El precio de venta en la Península era de 50 o más, lo que suponía un gran margen de beneficio y también para los consumidores, que vieron cómo había descendido el precio en el mercado respecto del que, años atrás, había llegado vía Amsterdam. La situación de privilegio con la que actuaba la Guipuzcoana llevó a que cometiera abusos, tales como el fijar precios bajos en la adquisición del cacao (6-8 pesos la fanega, según calidades), mientras que en la metrópoli lo vendía a más de 50, durante la primera etapa de su actividad. Ya fuera por estas y otras circunstancias, el hecho es que entre 1748-9 hubo una revuelta contra la Guipuzcoana. En esta sublevación, hubo también otros intereses, como los ingleses, que tras haber fracasado en su toma de La Guaria (entrada principal de la costa caraqueña), al mando de Charles Knowles, invitó a sus habitantes a la sublevación contra la Guipuzcoana, prometiéndoles mejores condiciones de las que gozaban con la Compañía.

Las quejas y sobre todo la revuelta, llevó al monarca a suspender temporalmente la actividad de la Guipuzcoana, hasta verificar los abusos que se le imputaban. Después de dos años, se reinició la actividad, pero con algunos cambios para la Compañía. Y así, la sociedad mercantil debió fijar unos precios al cacao, tanto para su compra en la colonia (13-14 pesos fanega) como para su venta en la metrópoli (33-35 pesos). De esta forma se recortaba el margen de beneficio, pero aún así, el negocio del cacao seguía siendo muy productivo.

La política mercantil de la Guipuzcoana respecto del tabaco fue distinta, atendiendo a las circunstancias particulares de este producto, ya que era sobre todo el tabaco cubano el que se consumía entonces en la metrópoli. Por esta razón, en el esquema original de la Guipuzcoana de Caracas se había previsto celebrar contratas con los holandeses para dar salida al tabaco caraqueño a través de la Compañía y así destinarlo al mercado de Amsterdam. La realidad fue distinta: la Compañía de Caracas realizó varios asientos con comerciantes tabaqueros de Amsterdam pero, una gran parte de la hoja siguió en manos holandesas, siempre bajo contrabando, más o menos consentido por la propia sociedad guipuzcoana. Esta forma de actuar respondía a una visión bastante realista del arraigo del contrabando, de tal manera que la Compañía "compartió" con los holandeses, algunas de las ventajas que ofrecía la comercialización de los coloniales y también de los géneros europeos que llevaban los holandeses a Caracas, vía Curaçao. Esta opción no fue mala, ya que la empresa guipuzcoana optó por dedicar la mayor parte de sus recursos al cacao y no al tabaco, ya que el primero le proporcionaba mayor margen de beneficios. Además, la continuidad de la presencia holandesa empleándose en el contrabando, o más bien, en el comercio fuera del esquema mercantilista español, tuvo sus ventajas para la Guipuzcoana. A través de Curaçao, la población caraqueña pudo surtirse de harinas procedentes de Holanda (cuando no de Norteamérica), además de ropas y otros géneros, que de otra forma, la Compañía hubiera tenido que adquirir en Europa, con un coste mayor. No digamos la necesidad de esta vía de abastecimiento en tiempos bélicos en los que la sociedad mercantil se debió ocupar de atender las necesidades del ejército en sus servicios al monarca.

La actividad de la Compañía no estuvo exenta de dificultades. Además de la guerra de 1739, que entorpeció el tráfico regular a América, tuvo que soportar la rebelión de 1748-9. Restablecida, dos años más tarde, la actividad de la Compañía, en 1752, su sede principal se trasladó a Madrid, quedando en San Sebastián una dirección secundaria, dependiente de las decisiones de aquella. El organigrama de la sociedad cambió, y lo que fue más importante, la junta anual de accionistas se celebraría en la Villa y Corte, y las decisiones de la junta particular, que se reunía regularmente, quedaron mediatizadas por quienes eran sus miembros. Siendo en su origen una compañía en la que la mayor parte de sus accionistas residían en Guipúzcoa, su presencia estaba asegurada en las reuniones anuales de la sociedad en San Sebastián. A partir de 1752, la asistencia de numerosos accionistas guipuzcoanos debió delegarse en gentes residentes en Madrid. Por su parte, la primitiva junta particular había estado compuesta por la dirección, todos ellos expertos en materia mercantil, además del secretario y tesorero. A partir del cambio de sede, serían ocho sus miembros, ajenos algunos a la gestión directa de una empresa mercantil de aquellas características, y en representación de unos intereses más ligados en ocasiones, a la Real Hacienda.

Si la Compañía gozó del privilegio del comercio con Caracas, también la Real Hacienda se benefició de la capacidad económica de aquella. Durante la primera etapa, la Guipuzcoana de Caracas se hizo cargo de los asientos de armas de Placencia, siendo ella la que firmaba la contrata con el monarca. También le fue encomendado el abastecimiento de herrajes para los astilleros habaneros (operación que a partir de 1740 asumió la Real Compañía de La Habana). Y cuanto la Compañía debió trasladar su sede a Madrid, pasó a ser presa de mayores servicios a la Hacienda Real, más allá de sus operaciones mercantiles.

Los asientos firmados entre Hacienda y Compañía a partir de 1752, fueron muy variados: abastecimiento de esclavos, pesca en Cumaná, maderas de los montes de Navarra para la construcción de unidades para la Armada, adquisición de géneros de las fábricas de España (aguardientes de Navarra y mantas de las "fábricas españolas", asegurando así la salida de los géneros nacionales que de otra forma estaban sujetos a competencia de otros productos extranjeros), elaboración de rapé, etc. Estas y otras operaciones diversificaron en exceso los objetivos propios de la sociedad, no pudiendo centrar su actividad en sus intereses puramente mercantiles.

¿Habría que colegir que este fue el motivo del declive de la Compañía de Caracas? Siendo cierto que aquellas operaciones influyeron negativamente en sus negocios, no serían la única causa. Otro de los motivos fue sin duda el marco "proteccionista" o mercantilista dentro del que actuó la Compañía. Desde sus inicios se estructuró sobre los principios del monopolio del sistema español. Dentro de este esquema, supo sacar provecho de unos intercambios "periféricos" a la propia empresa, que le beneficiaron en términos relativos, como fue el abastecimiento de harinas y géneros europeos por vía del contrabando.

Sin embargo, la apertura de nuevos puertos en la metrópoli para poder realizar el comercio directo con América en 1778, determinó que la caraqueña tuviera que competir con otros particulares lo que hacía muy difícil su giro. A partir de entonces, su actividad se resintió. Hubo además otros acontecimientos que incidieron en el cierre declive de la sociedad. En primer lugar, el estallido de la guerra contra Inglaterra en 1779, dificultó su tráfico regular. En segundo término, la perdida de varios navíos de la empresa que fueron capturados por una escuadra inglesa, en la costa cantábrica, apenas iniciada su ruta hacia América, fue el golpe decisivo para que tuviera que clausurar su actividad. La sociedad se liquidaba en 1785, no sin antes poder cambiar sus accionistas sus títulos por acciones de la Real Compañía de Filipinas, considerada en parte como una prolongación de la Guipuzcoana, aunque con otros objetivos.

  • GÁRATE OJANGUREN, Montserrat. La Real Compañía Guipuzcoana de Caracas. San Sebastián, 1990.
  • GÁRATE OJANGUREN, Montserrat. "Los asientos del tabaco caraqueño con Holanda en el siglo XVIII". LUXÁN, S. El mercado del tabaco en España durante el siglo XVIII. Las Palmas de G.C., 2000.
  • GÁRATE OJANGUREN, Montserrat. "De la empresa familiar a la sociedad mercantil por acciones. Los empresarios donostiarras en el siglo XVIII". OCAMPO, J. Empresas y empresarios en el Norte de España (siglo XVIII). Gijón, 2012.
  • GÁRATE, Montserrat; BLANCO, J.L. "La financiación de la compañías privilegiadas de comercio en la España del siglo XVIII". TORRES, R. Capitalismo mercantil en la España del siglo XVIII. Pamplona, 2000.