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Álava-Araba. Arte

El románico alavés presenta tres características muy acusadas en su estudio y su valoración. Es un arte rural que se desarrolla en aldeas de escaso número de habitantes, esparcidas por toda la geografía alavesa desde la Alta Edad Media, y florece sobre todo en el siglo XIII, momento en que aquellos pequeños núcleos de población adquieren capacidad económica que les permite levantar sus templos parroquiales. Ello determina la segunda característica del románico alavés: es un estilo tardío, con arcos ya apuntados e incipiente decoración naturalista en arquivoltas y capiteles. El románico presenta en Alava otra nota muy destacada: la profusión de cabeceras rectas en sus templos, acaso por la penuria de medios de los pequeños pueblos que los erigían. Todo ello lo relaciona más con el románico norteño que con las ricas manifestaciones de Burgos o Navarra, donde predominan las cabeceras semicirculares y bóvedas absidales de horno, de las que, no obstante, presenta Alava ejemplares notables. Son monumentos señeros del románico alavés las basílicas de Estíbaliz y Armentia. La primera, sede de la patrona de la provincia, Santa María de Estíbaliz, presenta planta cruciforme, triple ábside, bellísima puerta "Speciosa", con columnas reticuladas y fina decoración en arquivoltas y jambas, buena pila bautismal y espadaña de la época.

La de Armentia, antigua sede episcopal alavesa, conserva bella linterna con curioso Tetramorfos, ábside semicircular y una rica decoración en sus capiteles que nos permiten relacionarlos con lo silense, lo mismo que los relieves del pórtico; puede fecharse esta obra en los años finales del siglo XII. Toda la Llanada Alavesa es rica en templos románicos: los de Argandoña y Lopidana siguen, en las columnas reticulares de sus portadas, el prototipo de Estíbaliz. Lasarte, junto a Armentia, presenta un bello ventanal con una hermosa Anunciación e imágenes de santos en el jambaje. En las proximidades de la calzada romana de Astorga a Burdeos, después camino santiagués, econtramos restos románicos de interés en San Román de Campezo, con buena pila bautismal; en Gaceo, con ricas pinturas gótico-francesas del siglo XIII en su ábside; en Ezquerecocha; en Alegría, con el bello santuario de Nuestra Señora de Ayala; en la ermita de San Juan de Elburgo; en Gáceta; en Añúa, con interesante ábside ochavado, de características ya marcadamente góticas; en Arcaya, con pila ricamente decorada; en Matauco, Elorriaga y Otazu, con bellas portadas. En las proximidades de Vitoria, en la misma Llanada, Betoño y Durana presentan en sus accesos motivos ornamentales muy variados; Miñano Mayor, arco de entrada ya muy gótico en su elegante baquetonado; Miñano Menor, interesante bóveda; Hueto Abajo, característico ábside ochavado; Hueto Arriba, buena pila bautismal, y Mendoza, simple decoración incisa en su portada recientemente descubierta.

En el Norte de la Provincia, el románico de Cigoitia muestra relieves muy planos, con personajes y animales fantásticos, como los de la portada de Ondátegui; buenos canes en sus aleros, como en Gopegui Cestafe, e interesantes ventanales, como los de Olano y Berricano. En Zuya, la pequeña iglesia de Guillerna y la de Domaiquia, con capiteles muy relacionados con los de Ondátegui y otros de Cigoitia, marcan también hitos destacados en el románico alavés. En Urcabustáiz hallamos el templo parroquial de Belunza, con arco ya apuntado, decoración a base de grandes motivos vegetales, y bellos ventanales; Gujuli, Oyardo y Unzá, con buenas ventanas absidales y otros restos. En Ayala, Lezama, con un románico muy depurado en su ornamentación; Amurrio, con sencillo arco, ya apuntado, en el acceso de su templo parroquial; Respaldiza, con columnas reticulares, muy parecidas a las de Estíbaliz en su jambaje; Añés, con elementos de los más primitivos conservados en Alava...

El románico cuartangués ofrece caracteres muy peculiares: abundan los motivos incisos y lineales en capiteles y arquivoltas, con elementos en zig-zag, entrelazados, encestados, círculos radiados y otros temas geométricos. Abornícano, Zuazo, Jócano, Arriano, Catadiano y otros pueblos, conservan buenos restos de este estilo en portadas, ventanales y pilas bautismales, entre las que destacan las de Zuazo y Arriano. En el descenso a Valdegobía, Tuesta nos ofrece uno de los templos románicos avanzados más bellos de la provincia; en algunos elementos toca ya al gótico; así presenta arco apuntado y bóveda nervada, aunque la decoración de sus capiteles y arquivoltas, continúa aún muy enraizada en aquel estilo. Astúlez, vigía de los caminos de Valdegobía desde su castillo roquero, conserva, entre sus restos románicos, un curioso capitel con escena de navegación, y, muy cerca, Cárcamo, la ermita de San Juan, en ruta muy transitada por mercaderes y romeros. La Montaña Alavesa es muy rica en restos románicos. Las portadas de Peñacerrada, Urarte y Bernedo, marcan ya la transición al gótico; Arlucea ofrece bello ventanal en el testero de su parroquia, y Marquínez la ermita de San Juan, uno de los monumentos claves para el estudio del románico en Alava y Treviño, fechado en 1226, y sobriamente elegante en sus proporciones y en su decoración escaquelada y de acantos estilizados.

La ermita de Nuestra Señoradel Campo en Maestu, la de Nuestra Señorade Elizmendi en Contrasta, con canes labrados con curiosos motivos de la artesanía del país, la de la Virgen del Campo de Antoñana y otros monumentos menores, completan el panorama del románico en la Montaña y valles en ella abiertos. Lindando con Treviño, en el SO. alavés, la iglesia derruida de Santa María de Tobera conserva restos muy bellos y de fuerte sabor arcaico en sus capiteles historiados, impostas y arquivoltas, y, en LaRibera, la portada de la ruinosa parroquia de San Pelayo, marca un nuevo jalón en la geografía del románico alavés. Conserva la Rioja poco románico. Los pequeños templos de este estilo debieron parecer pobres a los ricos pueblos ribereños y levantaron sobre ellos, en épocas de prosperidad, grandes fábricas renacientes o barrocas.

El despoblado de Berberana conserva la portada románica avanzada de su parroquia, hoy convertida en ermita; Labastida, la ermita del Santísimo Cristo, con amplío arco de medio punto, cuyos capiteles anuncian, en la flora que los ornamenta, un claro paso hacia el naturalismo del gótico; Laguardia, en su parroquia de San Juan y en algunos restos de Santa María, muestra un arte más monumental; en San Juan, bellísimos canes, interesante óculo y buena portada con la Anunciación de María, esculturas de las más bellas que, dentro de este estilo, conserva la provincia.

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El gótico está representado en Alava por monumentos más grandiosos. Es un estilo de gran pervivencia y tan arraigado en el gusto de las gentes, que hasta muy avanzado el siglo XVII, construían los canteros de la Trasmiera bóvedas nervadas para cubrir muchos templos rurales alaveses. Vitoria conserva hermosos monumentos góticos: la Catedral de Santa María, del siglo XIV, con bello pórtico de triple acceso, con tímpanos bien labrados y hermosas esculturas en el jambaje; la parroquia de San Pedro, del mismo siglo, con pórtico muy interesante con escenas de la infancia de Jesús y de la vida y martirio del santo titular en el tímpano, y Apostolado de gran fuerza expresiva; San Miguel, posterior en su fábrica, también con buena portada, y San Vicente, templo edificado a finales del siglo XIV, con las características arquitectónicas del gótico avanzado. Tuvo además Vitoria dos notables ejemplares de arquitectura gótica conventual en los destruidos edificios de San Francisco y Santo Domingo, aquél con ábside ochavado muy parecido al de San Pedro.

En la Llanada los templos góticos más significativos son los de Salvatierra, San Juan y Santa María, ambos tardíos, el último con bellísima portada de arco conopial, finamente decorado, fechable en los primeros años del siglo XVI. Destacable es también la portada gótica avanzada del templo parroquial de Estavillo, ya fuera de la Llanada y próximo a las riberas del Zadorra. En el Valle de Zuya la cubierta, ya tardía, del santuario de Nuestra Señora de Oro; en el Norte de la provincia el santuario de Nuestra Señora del Yermo, gótico incipiente, y el de Nuestra Señora de la Encina en Arceniega, con cubierta nervada del siglo XVI, curiosa pintura de iconografía medieval tardía, y uno de los retablos más interesantes de la provincia, gótico en su arquitectura, marcan distintos momentos de vigencia de este estilo en tierras alavesas.

El santuario de Escolumbe en Cuartango, con bóveda muy avanzada, y el templo parroquial de Santa Cruz de Campezo, con cubierta fechable en el siglo XIV y portada gótica del siglo XVI, constituyen otros dos monumentos interesantes en la geografía del gótico alavés; el de Santa Cruz, aun con cierto regusto románico en el exterior de su ábside y, como hemos visto, reflejando distintos momentos constructivos en su fábrica. Pero es Laguardia, en la Rioja Alavesa, punto clave para el estudio del gótico en Alava. Su templo parroquial de Santa María, con algunos restos aún románicos, campanil exento ya gótico y bellísima portada del siglo XIV avanzado, es una valiosa joya del arte medieval del país. La iglesia de San Juan, rompe, con su esbelto ábside ochavado, la muralla medieval de la villa, en la que el templo, como el de Santa María, fue vigía proyectado hacia los amplios horizontes riojanos.

Y, sin salir de la Rioja, las portadas de San Martín de Leza, de Navaridas y de Oyón, muestran la riqueza decorativa del bajo gótico en sus cardinas, florones y sartas de frutos. La Edad Media dejó también en esta provincia huellas escultóricas de marcado interés. Imágenes de Cristo Crucificado y de Vírgenes sedentes, algunas románicas, como la de Estíbaliz, la de Cabriana o la primitiva de Arceniega, y otras dotadas de una amable suavidad que, como las de Santa María de Vitoria, Urrialdo, Tuesta, Ocón, Angosto, Villacones, Ayala, Toloño, Ibernalo, Oro y las de Esquibel y Otasu que, procedentes del Museo Diocesano, enriquecen hoy el Provincial, nos permiten llegar a un gótico más o menos avanzado. Quedan también retablos medievales, como el citado en Arceniega, el de Aspuru, gótico tardío, y el lateral de Yurre dedicado a Santa María. Se conservan asimismo esculturas funerarias medievales en Quejana, lugar de enterramiento del Canciller Ayala y su familia, con bultos yacentes en los sepulcros de D. Pedro, su esposa y sus padres, en alabastro bellamente trabajado, y con hermosas esculturas de piedra en los de sus hijos; en Santa Cruz de Campezo, cuya parroquia conserva las sepulturas de dos clérigos, yacentes en sus cubiertas, y con las paredes de los sarcófagos ornados con figuras de personajes y escenas de sepelio en arquerías góticas; en la Catedral de Vitoria y en las parroquias de San Pedro y San Miguel; y en Urbina de Cuartango, el sepulcro de un arcipreste oriundo de aquella aldea. Las torres señoriales de Mendoza Mártioda, Quejana, Villanañe, Fontecha y La Corzana, entre otras, y los palacios gótico-renacientes del Cordón y Bendaña en Vitoria, así como las picotas de Mendoza y Salinas de Añana, y el Campo cerrado de Zaraobe, junto a Amurrio, recuerdan distintos aspectos, militares, civiles y jurídicos vividos en la Edad Media alavesa.

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El renacimiento ha dejado en Alava destacados restos de estilo plateresco. El coro de Santa María de Salvatierra es el principal de este momento, que cuenta también con otros muy bellos, aunque menos ricos, como los de Santa Cruz de Campezo y Elciego. La portada del Convento de Santa Cruz de Vitoria, con bello relieve, muy del estilo de Juan de Ayala; las de Lagrán y Moreda y otras de menor importancia, señalan este estilo en las fachadas de los templos alaveses. En arquitectura civil, el palacio vitoriano de Escoriaza Esquibel, edificio con una de las fachadas platerescas más bellas del país y con hermoso patio de doble arquería con rostros apasionados en las enjutas, enriquece la antigua Villa de Suso, donde también levantó su palacio, en la primera mitad del s. XVI, el Embajador D. Martín de Salinas. Cuenta también Alava con retablos renacentistas de valor destacado: los de Escolumbe, Marquínez y el de los Reyes de San Pedro de Vitoria, obras de Juan de Ayala o de sus discípulos; los de Angosto, San Vicente de Arana, Peñacerrada y Lagrán, obra este último de Martín de Otálora y Esteban Bertín; el de Ullívarri Arana; el de Elvillar, obra de Guiot de Beaugrat y de Andrés de Araoz; el de Orbiso realizado por Juan de Araoz; el de Santa María de Laguardia, por Juan de Bascardo; el de Santa María de Salvatierra, por Lope de Larrea, y, más tardío, y encuadrado ya en el primer barroco, el de la parroquia de San Miguel de Vitoria, obra de Gregorio Fenández.

Sepulturas renacientes de primera categoría son las de Salinillas de Buradón, con bultos yacentes de alabastro de D. Pedro Vélez de Guevara y de su esposa, D.ª Juana de Acuña; los de los Alavas, en la parroquia de San Pedro de Vitoria, de bronce delicadamente trabajado; el de los Estellas también en San Pedro; el de D. Martín de Salinas en la Catedral y, más tardías, en este mismo templo, las de alabastro de la capilla sepulcral de los Velascos y la del Diputado General D. Cristóbal Martínez de Alegría. El gusto purista clásico, subsiguiente al plateresco, está representado en Vitoria por la portada y capilla del Hospicio; por el actual convento de San Antonio, de líneas muy herrerianas, y, en la Rioja, por las bóvedas de Santa María de Laguardia y las fachadas de los templos de Elciego, Baños de Ebro y Labastida, entre otros. La pintura renacentista cuenta en Alava con algunos ejemplares de interés: el tríptico del Maestro de Avila del Museo Provincial, representativo del bajo gótico en su paso al Renacimiento; los valiosos trípticos de la Pasión de Salinas de Añana y del Descendimiento de la parroquia de San Pedro de Vitoria, hoy en depósito en el Museo Provincial; los de la Escuela de Amberes, propiedad de la Diócesis, que pueden contemplarse en el mismo Museo; los retablos de Ribera de Valderejo y Labraza, trasladados asimismo al Museo de la provincia, y los de San Blas de Hueto Abajo, Subijana, Morillas, conservados en estas parroquias.

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El barroco añadió a los templos alaveses nuevas capillas como la del Pilar en San Juan de Laguardia, y erigió torres ornadas por profusión de flameros, florones y bolas, como los de Orbiso, Payueta y Oyón, obra este último del arquitecto consagrado en la construcción de torres riojanas, Martín de Beratúa, y terminada por sus hijos. También se construyeron en este momento los movidos chapiteles de San Miguel y San Pedro de Vitoria, que, levantados por Valerio de Ascorbe, sirvieron de prototipo a otros de la Llanada. Pero el barroco ha dejado sobre todo en los templos alaveses las ascuas de oro de sus retablos: Labastida, Samaniego, Moreda y otros retablos riojanos, marcan una época de riqueza y de fe en las tierras del sur de Alava, en el momento en que la exuberancia del barroco o la gracia ligera del rococó enriquecían también con nuevos retablos los templos de Santa Cruz de Campezo, Galarreta (hoy en la parroquia de los Desamparados de Vitoria), Salinillas, Antoñana y otros.

Este es también el momento de las casas señoriales de ricos aleros y de escudos de carnosos lambrequines, sirenas y trofeos en sus fachadas de sillería bien labrada. Vitoria, Salvatierra, Laguardia, Elciego, Labastida, Amurrio, Arceniega y Llodio, conservan múltiples ejemplares de casas señoriales barrocas, de los siglos XVII y XVIII, palacios que enriquecen toda la geografía alavesa, desde las villas o poblaciones de cierta entidad, como Salinas, Orbiso, Lagrán o Elvillar, hasta pequeñas aldeas, como Gobeo, Subijana, Asteguieta o Foronda. Pocas obras pictóricas barrocas, aunque definitivas por su valor, guarda la provincia de Alava: los tres lienzos de Ribera, el de Cristo Crucificado en la Diputación y los de San Pedro y San Pablo en el Museo Provincial, obras claves en el estilo y temática del artista; la Inmaculada de Alonso Cano, de la parroquia de Berantevilla, hoy en el mismo Museo; el bello Descendimiento de la Catedral, atribuible a Gaspar de Crayer; la Inmaculada de Carreño en la misma Catedral y la de Cabezalero en el Museo, son, entre otras, las de mayor interés.

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El estilo neoclásico engarzó la Vitoria gótica con los barrios modernos de la Ciudad, mediante la Plaza Nueva, sobria y elegante como toda la obra de su constructor, el arquitecto vitoriano D. Justo Antonio de Olaguibel, también autor de la pequeña portada de las Brigadas. Los Arquillos, obra también de este momento, constituyeron una sabia solución urbanística al problema del descenso de la Vitoria alta a la Plaza Nueva y calles adyacentes. Los campanarios de Alegría, Antoñana, Arriaga, Peñacerrada y tantos otros levantados por entonces, realzan la elegancia severa de los órdenes clásicos, de las columnas y cornisas desnudas, y de los cupulines ovoidales, rematados en linternas enhiestas. Mientras, las gubias de los "Santeros de Payueta", Gregorio y Mauricio de Valdivielso sobre todo, tallaban para los templos alaveses devotas imágenes arraigadas en la fe popular de la tierra.

Estamos asistiendo hoy a la erección de la Nueva Catedral de Vitoria, de estilo neogótico, comenzada a principio de siglo según el proyecto de los arquitectos Luque y Apráiz. Sus muros, capiteles y arquivoltas, van exornados por un mundo de seres salidos de uno de los últimos talleres de maestros canteros y escultores que, como los artistas medievales, trabajaban en Vitoria con imaginación, entusiasmo y cuidadoso afán, en meticulosa labor de artesanía, sin las prisas y agobios de nuestro tiempo; su obra, puede considerarse el último exponente de seculares métodos de trabajo, hoy muy lejos ya de nosotros. Fisac, Carvajal y García de Paredes, son autores de los templos de la Coronación de Nuestra Señora y de Santa María de los Angeles de Vitoria, y Monjo ha decorado el trasaltar y el acceso a la cripta de la Nueva Catedral con relieves de gran hondura temática y bella ejecución.

SAS 2007

De entre todos los aspectos más celebrados en el urbanismo vitoriano, sin duda, el más renombrado ha sido la construcción de la Plaza Nueva, así como el posterior diseño de los Arquillos de San Miguel (del "Ala") y del "Juicio" (casas de Segurola). Intervenciones arquitectónicas muy acertadas de Justo Antonio de Olaguíbel, comprendidas entre 1782-1802, con las que se consiguió superar los pronunciados desniveles de la vieja colina de Gasteiz. Quedaban definidas con aquellas obras las bases para la futura expansión hacia el Sur. El perímetro amurallado de la antigua ciudad se arrumbaba definitivamente.

En este desarrollo de la ciudad decimonónica, además de Olaguíbel y maestros de obras como Eustaquio Díez de Güemes o Nicolás de Aramburu, hay que añadir también el nombre del arquitecto Silvestre Pérez, autor del Teatro Principal (1820) -destruido por un incendio en 1914- y de las llamadas Casas de Echevarría (1820), en el cruce de las calles Diputación y del Prado. Sencillez y pragmatismo el de este apretado haz de personalidades que inician el primer ensanche moderno. Articulan la ciudad desde unos parámetros funcionales adscritos estilísticamente al rigor neoclásico.

Asimismo, distintos enclaves de la provincia evidencian un estricto acatamiento por los códigos más formales del neoclasicismo teniendo a Justo Antonio de Olaguíbel como principal inductor o ideólogo. De esta suerte, son obras suyas la llamada Casa de San Prudencio en Armentia, la torre para la iglesia de Arriaga, que servirá de modelo posterior para otros proyectos arquitectónicos similares en Álava, como en Alegría/Dulantzi y Antoñana, colaborando también Olaguíbel en el pórtico de la iglesia de Aberásturi o en la sacristía de la parroquia de San Andrés de Elciego.

No se trata ciertamente de un período muy profuso en el que abunden las nuevas construcciones fuera de la capital, sobre todo en relación con el patrimonio religioso. Más bien se amplían o se reforman en las parroquias las estructuras ya existentes de siglos anteriores, levantándose a lo más nuevos pórticos y nuevos coros, consolidándose en otros casos determinados elementos arquitectónicos: bóvedas, cornisas, muros, pilastras, etc. Intervenciones, no obstante, que transmiten a pesar de la estandarización constructiva el reflejo del arte de una época: la neoclásica.

El ensanche romántico del XIX

La expansión exterior -extramuros- continúa con el primer trazado romántico del parque de la Florida (1820) proyectado por el arquitecto Manuel Ángel Chávarri; y con el alineamiento de las calles Postas, Independencia, del Prado, Becerro Bengoa y San Antonio. Hacia 1860 se produce la apertura de la calle de la Estación (hoy Dato), que alcanza su límite más meridional con la recién inaugurada línea férrea Madrid-Irún (1864). Empieza a conformarse el llamado "ensanche romántico" de Vitoria: el Plan del Ensanche de 1865. Organización y dominio del área urbano cuya planificación no tendrá parangón hasta pasados más de noventa años: hasta el Plan General de Desarrollo Urbano de 1956, a partir del cual, con la adición de nuevos Planes, surgirá el modelo contemporáneo de ciudad.

No obstante, en cuanto a imágenes edificadas, emergen todavía en la ciudad testimonios de un neoclasicismo tardío. Son ejemplos representativos la Casa-Palacio de la Diputación (1833-1858), levantada en dos fases distintas por Martín de Saracibar, autor también de la nueva Cárcel Celular (1858-1860); y el Instituto de Segunda Enseñanza (sede actual del Parlamento vasco), de Pantaleón Iradier, en 1853. Con aires más "modernistas" este mismo arquitecto levantó en 1869 las denominadas "Casas de Arrieta", en el tramo inicial de la hoy calle Dato. Por esos mismo años, Salustiano Lahidalga construye en la calle Manuel Iradier, esquina con Fueros, la Casa Fournier, vivienda que sirvió también de localización para la fábrica de naipes.

El auge del historicismo

Asimismo, como paradigma revelador, la evolución de los cambios y gustos estilísticos durante el siglo se muestra pedagógicamente en un concreto y reducido espacio vitoriano: el cementerio de Santa Isabel, que abrió sus puertas en plena Guerra de Independencia contra los franceses. Experimentará este recinto distintas reformas y ampliaciones a lo largo de la centuria. Inaugura sus primeros panteones hacia 1826-1828, procediéndose desde entonces a inundarse el camposanto con distintos panteones-capilla, templetes y otros monumentos funerarios ricos en una mezcolanza de estilos historicistas: neoclásico, neorrenacentista, neogótico e incluso se alumbran estéticas neoegipcias.

Los "revivals" historicistas convivirán con nuevos aportes arquitectónicos de carácter ecléctico: así el antiguo mercado de abastos (1897-1899) del arquitecto municipal Javier de Aguirre, desaparecido de la actual plaza de los Fueros en enero de 1975. El monasterio de las Salesas (1879-1885) y la Capilla de la Sagrada Familia (1905) del parque del Prado constituyen dos acreditadas obras "neohistóricas" de Fausto Iñiguez de Betolaza, como la Catedral Nueva de María Inmaculada, edificio neogótico levantado en su etapa inicial (1907-1914) por Julián de Apraiz y Javier Luque.

En el cambio de siglo, la lucha entre tradición y modernidad en el campo arquitectónico, con aires bastante eclécticos, nos introduce en las mansiones y palacetes urbanos del recién alineado Paseo de Fray Francisco. Un historicismo, con fuentes diversas, reflejado en el palacio de Augusti (1912-1916), de los mismos autores de la Catedral Nueva, o en los inmuebles vecinos erigidos, entre 1901 y 1902, por el arquitecto Julio Saracibar: las popularmente conocidas "Casa Zuloaga", "Casa de las Jaquecas" y "Villa Sofía".

Regionalismo

Ya entrado el siglo XX, el auge de la arquitectura regionalista, en un intento por recuperar ciertos modelos constructivos autóctonos, nos aporta algunos edificios señeros con características formales muy semejantes, pero con funciones diferentes: el palacio de Ajuria Enea (1920), atribuido al suizo Alfredo Baeschlin; Correos y Telégrafos (1916-1922) y la Escuela de Artes y Oficios (1919-1923), ambas obras de Luis Díaz Tolosana, o el más ecléctico Seminario Nuevo (1930) proyectado por Pedro de Asúa.

Asimismo, en esta línea "castiza", de sabor vernáculo, conviene recordar como aportación de conjunto la Ciudad Jardín (1924), entonces a medio camino entre la urbe y el campo, programa del arquitecto José Luis López de Uralde. Igualmente otros elementos aislados, bien significativos, como Zortzigarren Etxea (hacia 1916), bloque de viviendas situado en la calle Elvira Zulueta, frente al parque del Prado, o la Casa Goicoechea (1923) de la calle Los Herrán, a la altura del número 23.

Tradición y nuevos estilos

Respondiendo gradualmente a las necesidades del crecimiento demográfico de Vitoria, y a la realidad del nuevo sistema urbano, social y económico que se va tejiendo, la arquitectura civil alcanza nuevos horizontes. Todo ello bajo un nivel estilístico de cierta mesura, así se ha sostenido, al menos, comúnmente. La arquitectura, en líneas generales, sigue la senda de lo conocido, adaptando esquemas tradicionales, atendiendo más que a propuestas innovadoras a fines prácticos y sociales de habitabilidad.

Aun así, antes de alcanzar el medio siglo, con distintos criterios tipológicos, cabe invocar algunos ejemplos arquitectónicos: la Casa Pando-Argüelles (1911-1913), de Julián de Apraiz en la calle San Antonio esquina con Manuel Iradier; la imponente fachada de la casa y el taller de Muebles Bonilla (1915-1917), obra de los arquitectos Albiñana y Casaús, como uno de los escasos exponentes vitorianos de arquitectura modernista; la estación de servicio Goya (1935), de José Luis López de Uralde, como arquitectura racionalista, funcional, sobria, sin ornato; y por último puede citarse también el bloque de viviendas (1937-1939) de la calle San Antonio, antes del túnel, ideado por Jesús Guinea acorde también con los mejores esquemas de la arquitectura racionalista de la época.

Ya desde mediados de los cincuenta, la planificación urbanística comienza a conocer un despegue espectacular en todos los órdenes. Surge una nueva política de distribución territorial y de actuaciones espaciales. Proponiéndose ya una mayor relación entre los distintos sectores y agentes de la capital alavesa. Se imponen principalmente nuevos retos urbanísticos, que también lo son arquitectónicos. Planificación territorial que pretende atender de forma eficaz los más diversos intereses de la comunidad, buscando funciones complementarias, en teoría nada segregacionistas.

Tiempos modernos

La ciudad moderna, en su expansión, se va poblando de nuevas infraestructuras, de nuevos barrios, de nuevos edificios. Dentro de este proceso, que impone una continua especialización, no faltan esfuerzos por buscar los mayores grados de integración posibles. Un sentimiento o conciencia por ofrecer soluciones comunes a la población que vive y convive en un mismo espacio. Muy a menudo unificando y uniformizando en exceso las respuestas.

La arquitectura tampoco escapa a este mal generalizador, más cuando se busca en ella, ante todo, que dé contestación fiable a unos intereses colectivos, comunes y tradicionales, a la sazón razonables y puramente prácticos. Por encima, ese es el problema a veces, de las inquietudes más modernas de los arquitectos, pues tienen que supeditarse éstos más a los valores funcionales, propiamente estructurales de sus construcciones, que a los valores estéticos. Claro que funcionalidad y estética no están reñidas.

En Vitoria, afortunadamente, la modernidad arquitectónica, no exenta de legítimo debate, cuenta con un repertorio formal meritorio en cuanto a la invención, recreación y diseño de nuevos espacios. Unas intervenciones arquitectónicas que, respondiendo a diferentes propuestas tipológicas de acuerdo con las necesidades, generan una serie de expectativas abiertas. Experiencias, en esta relación entre arquitectura y sociedad, que podemos encontrar en modelos de actuación muy variados.

Así, en arquitectura religiosa, los casos siempre ponderados de las iglesias de la Coronación (1960), de Miguel Fisac; Nuestra Señora de los Ángeles (1960), del tándem compuesto por Javier Carvajal y José María García de Paredes, o la de San Francisco (1969), en Zaramaga, obra de Luis Peña Ganchegui.

O a la hora de resolver los problemas de vivienda, los bloques (1970-1975) del Paseo de Cervantes, núm. 7, de Antonio Fernández Alba; el edificio Panticosa (1974-1980), de la calle Postas, de Salvador Díaz Magro; las casas de la avenida de Gasteiz (1975) esquina con Madre Vedruna, de Peña Ganchegui, o el bloque de casas de Ajuria (1977), de José Antonio y Gustavo Coderc, José Erbina, Antón Yeregui, Enrique Guinea y Miguel Mieg, por mencionar únicamente algunos episodios dignos de este tipo de arquitectura.

Como edificios públicos, cambiando de registro, están las oficinas municipales (1968) de la calle Dato, de Miguel Mieg, padre e hijo, y Enrique Guinea; la Casa de Cultura (1976), de Antonio Fernández Alba y José Erbina; la Hacienda Foral (1992), de José Luis Catón, Roberto Ercilla y Miguel Ángel Campo; las oficinas del Gobierno Vasco (1993), de Fernando Ruiz de Ocenda e Ignacio Usandizaga, o el Palacio de Justicia (1994), de Iñaki Aspiazu y Javier Botella.

En el área asistencial, como detalle no deseamos relegar al olvido el geriátrico de Ajuria (1992), de Javier Botella y Juan Ignacio Lasagabaster: residencia de ancianos con unas prestaciones de calidad reconocidas a nivel estatal. Y ya más recientemente, por su interés y disfrute ciudadano, desde finales de los años ochenta, hasta el presente, la construcción de los distintos centros cívicos de la ciudad, enseñas modernas y lúdicas de los barrios. Todo lo incluido en estos últimos párrafos, como fragmentos de una realidad arquitectónica vitoriana que se expande por otros espacios urbanos tanto nucleares como periféricos.

Bodegas de diseño: las arquitecturas del vino en Rioja Alavesa

La consolidación de las empresas bodegueras de la Rioja Alavesa y de su producto estrella, el vino, ha sido espectacular de un tiempo acá. La exaltación de los caldos de la tierra y una renovada cultura enológica, al compás del auge del turismo y del ocio en época contemporánea, han permitido relanzar las características agrícolas y naturales de una comarca ciertamente privilegiada. Una eclosión en la que desempeña un papel preponderante -como motor de atracción- el diseño vanguardista de nuevas bodegas y cavas calificadas de autor.

Renombrados arquitectos de prestigio internacional han puesto su talento y su arte desde principios del siglo XXI en el diseño y la construcción de nuevas arquitecturas. Edificios modernos y funcionales, a la par que formalmente atractivos, son ya guías afortunadas -y reclamos- de las aportaciones de la industria y del desarrollo tecnológico en relación con la producción vinícola. Bodegas de diseño que suponen un hito más en el marketing de las empresas dedicadas a la producción, promoción, comercialización y exportación de sus caldos.

Realidades arquitectónicas de alta calidad que alcanzan poderoso reclamo mediático, que sirven para sugestionar y renovar la cultura milenaria del vino. Potenciando así los tradicionales espacios destinados a la producción y almacenamiento vinícolas con nuevos referentes arquitectónicos. Así, la Ciudad del Vino en la localidad de Elciego, inaugurada en octubre de 2006. Un lujoso complejo de nueva planta construido por Frank Gehry para las bodegas del Marqués de Riscal. Un recinto que, con el aprovechamiento de los códigos técnicos y formales del museo Guggenheim, incorpora la bodega, un hotel, un spa de vinoterapia y un restaurante.

Otra bodega singular -inaugurada en 2002- es la realizada por el arquitecto Santiago Calatrava en las afueras de la villa de Laguardia para el grupo empresarial Bodegas y Bebidas. Ysios, que es el nombre de la bodega, se halla enclavada a los pies de la Sierra de Cantabria. Ocupa el edificio una parcela de 72.000 metros cuadrados, correspondiendo a viñedos casi la mitad de su extensión. Una espectacular fachada ondulada de casi 200 metros de longitud armoniza en sus líneas con el horizonte que impone el cresterío de la vecina sierra. El complejo basado en dos muros de hormigón armado, que cuenta con la presencia de un lago artificial en sus inmediaciones, manifiesta una clara voluntad de integrarse respetuosamente con el paisaje. Armonía compositiva igualmente rastreable al combinarse la calidez que irradian las vigas de madera laminada de la cubierta con el reflejo de las luces del aluminio natural que cubre la estructura superior del edificio.

También en Laguardia se hallan las instalaciones modernas de la Compañía Vinícola del Norte de España (CVNE). Una bodega de nuevo cuño, Viña Real, diseñada por un especialista en este tipo de construcciones: el arquitecto francés Philippe Mazières. Se trata también de un edificio espectacular en forma de tina o tinaja, es decir a modo de media cuba, de 56 metros de diámetro por 16 de alto, con un atrevido aprovechamiento de la luz natural que entra desde el mismo centro superior del edificio. Consta de dos plantas y un subterráneo, espacio que cobija las barricas, los túneles de crianza y el depósito de hormigón.

Otro testimonio reciente que ha servido también para enriquecer las propuestas arquitectónicas en la Rioja Alavesa es el que concierne a las Bodegas Baigorri en la localidad de Samaniego. El edificio, diseñado por Iñaki Aspiazu sobre una superficie total de 14.000 metros cuadrados, es otro ejemplo pragmático de adecuación de un proyecto empresarial bodeguero a la hora de aunar funciones, equipamientos y servicios con una respetuosa voluntad por la orografía del lugar. Además de aportar el edificio unas panorámicas envidiables de los viñedos y del ambiente natural de la zona, se subordina admirablemente a las funciones para las que fue creado. Distintos niveles o cotas de profundidad permiten de un modo didáctico, con carácter integrador, aproximarse al conocimiento y los haceres de esta empresa con una claridad lógica.

Hasta las dos últimas décadas del siglo XX, la disciplina escultórica en Vitoria ha disfrutado de un menor desarrollo que la práctica pictórica. Un fenómeno que es común a otros puntos geográficos y a otros ambientes culturales. Por lo general, en la creación plástica, abunda más la nómina de pintores que de escultores. Históricamente, la escultura se ha enfrentado a unos condicionantes mayores que la pintura; factores objetivos unos, factores subjetivos otros.

Así, por ejemplo, requiere en teoría un proceso de formación y de aprendizaje más lento y laborioso; también la ejecución del trabajo es mucho más duro y físico; el material resulta igualmente más caro, pues requiere desembolsos mayores en cuanto a compra, transporte, almacenaje y manipulación; por otro lado está la estima y el aprecio del público, poco acostumbrado tradicionalmente a valorar estas labores; por otro, la existencia de una menor demanda pública y privada en proporción con la pintura, etcétera, etcétera.

Estas circunstancias relacionadas directamente con el contexto histórico y social de la capital alavesa, en tránsito hacia la modernidad únicamente a partir de mediados del XIX, han contribuido, pues, a un cierto retraso en la conquista de la escultura como ocupación artística. Así que, a falta de estudios monográficos, el recuento de valores en esta disciplina recae por el momento en la difusión de unas pocas figuras, si exceptuamos los tiempos propios de la contemporaneidad. Eso sí, vaya una mención expresa, en el siglo XVI, a las tareas escultóricas desplegadas por el jesuita vitoriano Domingo Beltrán de Otálora.

Ya en el horizonte del XIX se vislumbran los testimonios de canteros como Nicolás de Arámburu o Francisco de Echanove, o más adelante, a mediados de centuria, las aportaciones de Carlos Imbert; polifacético artista autor de las estatuas de piedra, en 1864, de los diputados generales Prudencio María de Verástegui y Ricardo Álava. La dinastía familiar de los llamados "santeros de Payueta" recorre todo el siglo, legándonos algunos de sus miembros, especialmente Mauricio Valdivielso el más capacitado, relieves y grupos escultóricos para la Catedral de Santa María, la iglesia de San Miguel y el convento de San Antonio. Allá por 1874, los sobrinos de Mauricio, Alejandro e Inocencio Valdivielso, suponen ya el ocaso de la saga.

Factores para un desarrollo

Con el devenir del siglo XX, podemos distinguir, de manera resumida, algunos hitos favorables para la difusión y propagación de la disciplina escultórica en su camino hacia un contexto de mayor normalización:

  1. La creación en 1909 de una Escuela de Talla y Modelado con el fin de nutrir de artesanos a la Catedral Nueva, incidirá en el aprendizaje y en la posterior madurez profesional de no pocos artistas alaveses y de otros muchos canteros y tallistas avecindados por entonces en estas latitudes.
  2. En este sentido, ha resultado también fundamental la labor formativa de la Escuela de Artes y Oficios, significándose en tiempos más recientes, a partir de 1975, el Aula de Escultura bajo el magisterio de Aurelio Rivas; escultor gallego asentado en nuestra ciudad en la década de los sesenta para proseguir los trabajos de la Catedral Nueva de María Inmaculada.
  3. Aunque en menor medida, acaso, tampoco deba desmerecerse la gestación de un museo de esculturas al aire libre, primero en los jardines de Ajuria Enea, provisional Museo de Arte Vasco Contemporáneo en la segunda mitad de los setenta, trasladándose posteriormente estos fondos, convenientemente enriquecidos por la política de adquisiciones del Consejo de Cultura de la Diputación Foral de Álava, a los jardines del palacio de Augusti: el Museo de Bellas Artes.
  4. Y ya por último, los Talleres de Escultura al Aire Libre auspiciados por el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz, desde su primera convocatoria en julio de 1982, desempeñan un papel muy destacado en la promoción de esta modalidad plástica. Íntimamente relacionado con este punto hay que citar la feliz coyuntura urbanística de la Ciudad que demanda para el aprovechamiento y embellecimiento de sus espacios públicos cantidad de obras escultóricas.

Durante la década de los ochenta, fuera de los encargos particulares, debemos consignar también el protagonismo que ha ejercido en la difusión y aclimatación de la praxis escultórica moderna las ya desaparecidas Bienales de Pintura y Escultura. Su primera edición data de 1974 y la última de 1990. La decisión del Ayuntamiento vitoriano de destinar a partir de noviembre de 1984 el dos por ciento del presupuesto de las obras públicas municipales a encargos de naturaleza artística, completa el panorama. Con los certámenes de escultura pública auspiciados por la Caja Vital, además de otras convocatorias preparadas igualmente por el Ayuntamiento.

Escultores de la primera mitad del siglo XX

Durante la primera mitad del XX cabe citar, al socaire de los influjos de la Escuela Práctica de Modelado y Talla de la Nueva Catedral y de la Escuela de Artes y Oficios, el trabajo de gente como Lorenzo Fernández de Viana, Isaac Díez, Daniel González, Ángel Lucarini, padre de Joaquín, Víctor Arámburu, Víctor Guevara, Enrique Sáez y pocos nombres más, entre los que no puede faltar el del propio Joaquín Lucarini.

Probablemente es Lorenzo Fernández de Viana el que ofrece un discurso profesional más dilatado en el tiempo, obteniendo importantes éxitos incluso allende los mares, en la República Argentina. Es, sin duda, el escultor alavés más conocido en el primer tercio de siglo. Isaac Díez, aunque cultivó la pintura, entre otras numerosas disciplinas, sobresalió primordialmente en el terreno escultórico. Sus últimos años transcurrieron en Venezuela, donde falleció.

El riojano Daniel González, a pesar de su temprano distanciamiento de la escultura por culpa de una dolorosa enfermedad que le imposibilitó para estos menesteres, goza en los tiempos actuales, gracias a la divulgación reciente de su obra, de un considerable prestigio. Con una trayectoria personal iniciada antes de la guerra civil, Joaquín Lucarini despliega todo su poderío a partir de la posguerra, hasta finales de la década de los sesenta, colaborando en infinidad de empresas y encargos de todo tipo. Su obra de temática religiosa y alegórica está muy extendida por la geografía peninsular, sobre todo en su vertiente norte, Castilla y País Vasco. Víctor Guevara y Enrique Sáez, que compartieron a principios de los cuarenta una tienda de decoración y de pintura industrial, GYS, tienen también en su haber una obra, aunque no muy extensa, sí bastante digna para la estética de la época.

La industria artesanal del mueble agrupa en su seno un número muy amplio de dibujantes y tallistas que encuentran en este campo un medio idóneo para ganarse el sustento diario. Un taller vitoriano de contrastado prestigio profesional durante estas primeras décadas es el que dirigen el escultor valenciano José Marín, afincado en la capital de la llanada tras breve estancia en Durango, y José López Goicolea. En pocos años, la firma asociada "Marín y Goicolea" extiende su radio de influencia por toda Euskalherria, siendo muy veneradas las imágenes religiosas elaboradas por el primero de ellos.

Antes de llegar a la verdadera eclosión de la escultura alavesa en los años ochenta, con una cita obligada hacia honrados cultivadores como Eusebio Viribay o Merche Vegas Arámburu, debemos incluir el nombre de dos escultores muy metódicos en su trabajo que comulgan con los presupuestos del arte más actual con una impronta bastante vasquizada. Son Jesús Echevarría y José Gabriel Aguirre.

Materia y espacio

Ambos artistas profesan una enorme devoción a la madera, su material escultórico predilecto. Exploran todas las posibilidades expresivas que les depara la estructura orgánica de los troncos arbóreos, sus texturas, huecos y espacios. La investigación espacio-formal de estos hombres entronca legítimamente con las constantes que mejor definen la escultura vasca de vanguardia, apostando por una obra informalista de concepción rigurosa y valores permanentes que rechaza cualquier tipo de ornato epidérmico o gratuito. La naturaleza, o mejor dicho, la experiencia extraída del conocimiento directo de la naturaleza, ayuda a conformar en volúmenes una escultura recia y rotunda. Es el árbol, o una parte de él, transformado en rigurosa pieza escultórica.

La potencia expresiva y emotiva que tanto Jesús Echevarría como Josetxu Aguirre saben transmitir a las masas arbóreas, a sus elementos texturales, huecos interiores y espacios externos, contribuye, por un lado, a dejar inequívoca constancia del trabajo creador de sus propios protagonistas y, por otro, a resaltar, con escrupuloso respeto, el triunfo de las formas naturales.

Ya hemos comentado cómo la constitución en 1975 del Aula de Escultura de la Escuela de Artes y Oficios de Vitoria, bajo la dirección y el magisterio de Aurelio Rivas, sirve para marcar un punto de inflexión en la evolución de la escultura alavesa de esta centuria. En este centro, adquirieron los rudimentos técnicos imprescindibles un destacado elenco de escultores locales, que con el tiempo han ido depurando su gramática estilística en pro de unas exigencias plásticas personales. Xabier Santxotena es un buen ejemplo.

Este inquieto artista ha ampliado paulatinamente con los años sus propios registros expresivos, ofreciéndonos en esta última década, a raíz sobre todo de sus exposiciones individuales por la geografía vasca, un repertorio de obras muy vitales que entroncan no sólo con la historia, las leyendas y toda clase de creencias y costumbres autóctonas, sino también con los aportes de otras culturas y realidades más alejadas en el tiempo y en el espacio.

I Taller de Escultura (1982) y los nuevos materiales

El incomparable rincón gasteiztarra de la Plaza del Machete acoge en el mes de julio de 1982 el I Taller de Escultura al Aire Libre. Esta iniciativa municipal, que nace con vocación de futuro, ampliará sus contenidos en las ediciones venideras, dando lugar tres años después a los Talleres conjuntos de Pintura y Escultura. Participaron en aquel I Taller de Escultura, confeccionando sus trabajos delante del público vitoriano, los siguientes artistas: Paco San Miguel, Jorge Girbau, Javier Hernández Landazábal, Enrique Gamarra, Chaten Hernández, Marco Ibáñez de Matauco, y Fernando García de Cortázar.

Nada más iniciarse la década de los ochenta, las calles, plazas, parques y edificios públicos de la ciudad comienzan a poblarse de modernas esculturas. Qué duda cabe que la expansión urbanística de Vitoria-Gasteiz, la mejora en las infraestructuras viarias, el adecentamiento del mobiliario urbano, la mayor sensibilidad por las cuestiones artísticas, junto a la siempre necesaria e imprescindible voluntad política e institucional, determinan, entre otros factores, que el "arte en la calle" se convierta por fin en una realidad tangible.

En estos últimos lustros, la escultura contemporánea ha experimentado una inusual transformación, ampliándose sus contenidos y registros temáticos en orden paralelo a la consideración que también se ha ido dando a la naturaleza de los propios materiales escultóricos (ya no sólo la piedra, el mármol o el bronce suscitan el interés del escultor como materiales más prototípicos y ortodoxos, sino que ya comienzan a adquirir absoluto protagonismo otros elementos como el hierro, el acero, los productos de desguace o desecho, la fibra de vidrio, el poliéster...).

El artista actual no solamente trabaja y manipula aquellos materiales que coinciden con sus gustos y sus necesidades expresivas, sino que también los interrelaciona y los mezcla, desbordándose, pues, las fronteras formales y conceptuales de lo que tradicionalmente venía entendiéndose como creación escultórica.

Esculturas al aire libre

Vitoria-Gasteiz, como ciudad moderna, abierta al presente más indicativo y al futuro, con el sustrato de un pasado histórico que evidentemente la conforma, recoge en su seno los más diversos testimonios acerca de lo que ha sido y es la práctica escultórica en este último siglo. Una larga pléyade de artistas alaveses y vascos, y del resto de España, nos han legado en diferentes momentos ejemplos de su inventiva y capacidad personal. Muchas de sus obras son las que actualmente engalanan y embellecen el paisaje urbano de la ciudad. Otro tanto de lo mismo ocurre con distintos rincones de la provincia.

Y aunque resulta muy difícil enumerar en estas líneas la totalidad de artistas representados con sus trabajos en los distintos espacios públicos vitorianos, vaya al menos el nombre de una mayoría de ellos: Carlos Imbert, Agapito Vallmitjana, Gabriel Borrás, Lorenzo Fernández de Viana, Daniel González, Joaquín Lucarini, Moisés Huerta, Mariano Benlliure, José Marín, Enrique Sáez, Aurelio Rivas, Jorge Oteiza, Eduardo Chillida, Néstor Basterretxea, Remigio Mendiburu, Jesús Echevarría, José Gabriel Aguirre, José Manuel Alberdi, Vicente Larrea, Agustín Ibarrola, Xabier Santxotena, Ricardo Ugarte, Andrés Nagel, Koldo Alberdi, Jean Ypoustegui, Pello Irazu, Paco San Miguel, José Luis Álvarez Vélez, Javier Hernández Landazábal, Jorge Girbau, Fernando García de Cortázar, Chaten Hernández, Enrique Gamarra, Ricardo Calero, Julio Torrecilla, Marco Ibáñez de Matauco, Juanjo Eguizábal, Máximo Alda, Casto Solano, Lorenzo Ascasíbar, Massimo Lippi, José Noja, Javier Tudela, José Ramón Castillo, Daniel Castillejo Mejías, Gerardo Armesto Larzabal, Imanol Marrodán...

Además del Ayuntamiento vitoriano, en los últimos años, tanto la Diputación Foral como la Caja Vital han contribuido también con diferentes concursos a la instalación de esculturas en determinados espacios públicos del Territorio. Así las ediciones de mediados de los años noventa de la Diputación para Llodio/Laudio y Salvatierra/Agurain, o ya en los inicios del siglo XXI la ruta de esculturas por Álava concebida por la propia Caja de ahorros.

Itinerario escultórico por Álava

En este aspecto, el "Itinerario escultórico por Álava", ideado por Caja Vital para las ediciones 2001, 2002 y 2003, supuso todo un ambicioso proyecto artístico. Dotado, en conjunto, con 1,2 millones de euros, el programa de convocatorias consistió mediante concurso en que las siete cuadrillas que conforman territorialmente la provincia, dispusieran de una interesante aportación contemporánea en el campo escultórico. En total, trece nuevas esculturas.

Así, en la cuadrilla de Añana, en Rivabellosa, se instaló "Raíces", una pieza en acero de Javier Santurtún, con la que rendía homenaje al mundo rural. Asimismo, en Berantevilla, en el Paseo del Río, se colocó el trabajo premiado de Elena Asins, conformado por ocho cubos de piedra. Cada pieza con un tamaño de un metro cúbico exacto.

En la cuadrilla de Ayala, en Amurrio, junto al polideportivo Bañueta, emerge con más de seis metros de altura la elemental y depurada escultura en acero corten de Imanol Marrodán titulada "Conversaciones entre Oteiza y Serra"; y en Okondo, en la urbanización Monseñor Setién, se alza la escultura en bronce patinado "Buscando", de Marko Ibáñez de Matauko. Es la síntesis en perfil de un hombre andando, con 3,5 metros de altura, silueta que busca su simbiosis y su maridaje con el paisaje natural del entorno.

En la cuadrilla de Campezo-Montaña Alavesa, en la misma villa de Santa Cruz de Campezo, al lado de la muralla y enfrente del Ayuntamiento, aparece un bloque compacto en acero corten, cóncavo y convexo, que lleva por título "Manifestación", de Miguel Gozalbo Torres. Y en Peñacerrada/Urizaharra, en el lado norte de la casa consistorial, se encuentra "Equilibrio", paradójicamente una escultura gestual, muy aérea y liviana de Andrés Jaque Ovejero.

En la cuadrilla de Laguardia-Rioja Alavesa, en la misma villa de Laguardia, en la Plaza de los Gaiteros, se ubica el trabajo "Viajeros" del escultor Koko Rico: maletas y bolsas de viaje por un lado, y diferentes tipos de zapatos, botas y calzados por otro, evocan a modo de bodegón la idea siempre transitoria pero ahora prefijada de "el viaje" o "la salida". Son objetos en bronce interpretados con un estilo muy realista que fundidos a tamaño natural se colocan a la intemperie sobre dos plataformas o mesas. En Oyón/Oion, en el Parque Río Grande, surge en grandes dimensiones la obra "Bucle", de Cristina Fontsaré. Estructura dinámica hecha en acero que juega en su expansión y repliegue con distintos planos y espacios que se relacionan entre sí. Busca la autora con esta obra "una dialéctica y un elemento de referenciación espacial y de identificación entre el hombre, el entorno y las cosas".

En la cuadrilla de Salvatierra/Agurain, en la misma villa de Salvatierra/Agurain, en la calle Mayor esquina con Zapateri, se alza "Transformación" de José Zugasti: una barra que, gracias a su movimiento y dinamismo, envuelve relaciones inéditas entre espacio y forma en su agitada y nerviosa estructura interior. Atendiendo a la historia de Araia, junto a la antigua central eléctrica de la localidad, Juanjo Gurrea desarrolla una alegoría del agua en una composición de contrastes que bautiza precisamente con el nombre "Poesía del agua".

En la cuadrilla de Zuia, en el centro neurálgico del valle, en Murguía, en los Jardines de la calle San Martín, se levanta "Cuatro horizontes", escultura en mármol blanco con la que Paco San Miguel proyecta en un mismo conjunto el ensamblaje de cuatro piezas en torno a los cuatro puntos cardinales, en unión simbólica con la tierra, el paisaje y el cielo. Y en el valle de Aramaio, en Ibarra, en la calle Nardeaga, Miguel Etxeberria, atendiendo a la vieja tradición de las ferrerías, compone en dos bloques de acero su obra "Nudos": a ambos lados del río.

Y por último, este Itinerario Escultórico por Álava de Caja Vital rinde homenaje a la cuadrilla de Vitoria-Gasteiz con la instalación de una obra en Armentia: "Implosión", una combinación formal de pequeñas chapas laminadas de acero inoxidable que en sus asociaciones y leyes, en apariencia anárquicas, aluden a una necesidad imperiosamente humana: a la inquietud filosófica de mantener un interés creciente por la realidad circundante, aprehendiendo nuevos enfoques y nuevas sensibilidades, acaso, como la propia escultura, sin variar de escenario. Lección sintetizadora en clave tridimensional que se debe, en este caso, a Daniel Castillejo Mejías.

A partir del último tercio del siglo XVIII, el nacimiento de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, que acoge a la intelectualidad de la época, marca el despertar de una eficiente labor orientada a mejorar las condiciones de vida de los vascos. Fundada en Azkoitia, en 1764, por Xabier-María de Munibe e Idiaquez, octavo conde de Peñaflorida, manifiestan pronto sus mentes rectoras la inquietud por alcanzar el máximo desarrollo en la agricultura, el comercio, la industria, las ciencias y el arte. Desvelos por la mejora y el progreso del País Vasco a los que se suman rápidamente ilustrados alaveses de la talla de Félix María de Samaniego, Prudencio María de Verástegui, Lorenzo de Prestamero, José Joaquín de Landázuri, Valentín de Foronda, etc.

En este sentido, para conseguir los objetivos, la Sociedad Bascongada encauza sus esfuerzos hacia la enseñanza, creando las Academias Gratuitas de Dibujo en Bilbao, Bergara y Vitoria. El aprendizaje del dibujo se consideraba fundamental. Esta enseñanza constituía la base, la piedra angular, sobre la que debía descansar todo el entramado del sistema educativo. Se pretendía que los oficios artesanales, las profesiones comerciales e incluso las liberales gozasen del conocimiento de las más modernas técnicas dibujísticas.

La fecha elegida para inaugurar las Academias de Dibujo no pudo ser más significativa: un 4 de noviembre de 1774, la festividad de San Carlos Borromeo. Así pues, la fundación de la Academia de Vitoria se hacía coincidir con la onomástica de Carlos III, monarca que diez años antes había aprobado las inquietudes de aquel grupo de ilustrados vascos situados a la vanguardia del progreso, con el conde de Peñaflorida a la cabeza.

Etapa neoclásica

Una Academia, la vitoriana, preñada de futuro, ya que es el principio y fundamento de la actual Escuela de Artes y Oficios, cantera y vivero de un sinfín de inquietudes particulares. Institución ya bicentenaria que, con etapas muy diferenciadas a lo largo de su historia, ha conferido personalidad propia -unas veces más, otras menos- al despliegue local y provincial en múltiples actividades artesanales y artísticas, sin ser éstas las únicas. De sus aulas han salido alumnos que han destacado después en sus respectivos trabajos profesionales como pintores, dibujantes, escultores, maestros de obra, contratistas, artesanos de la madera, decoradores, etcétera.

La pintura neoclásica, con un radio de acción muy limitado en estas tierras, cuenta con el alavés José López de Torre como valor más destacado. Descolló principalmente como dorador, policromador y pintor de retablos, aunque también nos ha legado lienzos mayoritariamente de corte religioso. También recibió encargos en la provincia el pintor de cámara y director de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, Antonio González Ruiz, estando igualmente representado con otros óleos en el patrimonio alavés -retratos-, el pintor neoclásico Antonio Carnicero.

Habrá que aguardar hasta mediados del XIX para encontrar una clara defensa profesional de la pintura -también de la enseñanza artística- en la figura de Juan Ángel Sáez (1811-1873). Profesor de la Academia de Bellas Artes de Vitoria desde finales de 1839 hasta su muerte, refrendó su arte con precisión naturalista, siendo recordado hoy más por sus vistas urbanas; fidelidad a un vedutismo romántico que le encumbró con la etiqueta de "El pintor de Vitoria".

Inicio de la pintura moderna

No obstante, el inicio y primera eclosión de la pintura vitoriana debemos buscarlos ya en la segunda mitad del siglo XIX con el nacimiento de figuras como Ignacio Díaz Olano (1860-1937), Pablo Uranga (1861-1934) y Fernando de Amárica (1866-1956). Autores que establecen hitos sucesivos en su producción, obteniendo cada uno de ellos en su estilo vigores propios de grandes maestros. Son los primeros en dirigir la atención hacia la práctica artística moderna, entendiendo, eso sí, la tradición como base o sustento para ulteriores aventuras. Un tránsito hacia el siglo XX, más realista-costumbrista en Díaz Olano, muy apegado a los valores naturales; más lumínico-impresionista en Amárica, con su sello inconfundible en la faceta paisajística; más rabiosamente impresionista en Uranga, gran heterodoxo dueño de una paleta nerviosa de ágiles y a menudo abocetados empastes.

Visión realista de su arte tuvo también el llodiano Joaquín Bárbara y Balza (1867-¿1931?), quien cultivó dispares tipologías populares y escenas cotidianas, logrando igualmente importantes réditos como retratista. Desarrolló toda su trayectoria fuera de estas tierras. De exquisita sensibilidad, adquirió una loable brillantez como artista en Roma y Madrid, hasta el ecuador de su biografía, para volcarse posteriormente en la enseñanza.

Del realismo al impresionismo con el paisaje como género predilecto

Con un naturalismo a ultranza, pero incorporando gradualmente los hallazgos "plenairistas", están los nombres de Clemente Arraiz (1873-1952), Teodoro Dublang (1874-1940), Mauro Ortiz de Urbina (1882-1936), Aurelio Vera-Fajardo (1884-1946) y Adrián de Aldecoa (1887-1945). Más difícil de encasillar, entre modernista, simbolista y expresionista, el inquieto y polifacético Gustavo de Maeztu (1887-1947).

Una nómina de pintores que pronto se enriquecerá con las aportaciones de la generación de fin de siglo: Isaac Díez (1890-1962), Tomás Alfaro Fournier (1892-1965), Miguel Jimeno de Lahidalga (1895-1977), Obdulio López de Uralde (1896-1956), Jesús Apellániz (1897-1969), Ángel Olarte (1897-1924) y Ángel Sáenz de Ugarte (1898-1941). Puede inscribirse también en este apartado, por obvias razones biográficas y profesionales, a Carlos Sáenz de Tejada (1897-1957). Con una obra muy versátil en distintas disciplinas, desempeñó en sus últimos años la dirección artística de la empresa Fournier. Con largos años de docencia en la capital, como gran retratista, aparece también el registro de José Luis Gonzalo Bilbao (1906-1976).

Por lo general, la pintura hecha en Vitoria, hasta mediados del siglo XX, se caracteriza por exhibir unas condiciones y unos modos de trabajar muy vinculados con el ambiente local, al margen de los grandes centros y corrientes artísticas de la época. Con independencia de que algunos de estos hombres completaran su instrucción en Roma, París o Munich, como fue el caso también de Gerardo Erbina (1883-1963), temprano conocedor del expresionismo alemán.

No es por entonces una pintura, la vitoriana, que suscite profundas reflexiones existenciales, filosóficas o sociales. No cabe otra pretensión que la de la justa ejecución, el marchamo de la honradez artística, cualidad transmitida desde la Escuela de Artes y Oficios durante generaciones. Se opta preferentemente por una observación exhaustiva del entorno, de donde se extraería los temas, con especial indicación, por lo tanto, hacia los asuntos domésticos de paisaje. Imágenes espontáneas tomadas del natural o recreadas en la confortabilidad del taller; con estudios de bodegón sin faltar tampoco las composiciones de figura, así como las interpretaciones propias del género retratístico, las menos.

Tiempos de autarquía

Tras el páramo cultural y artístico originado por la guerra civil (1936-1939), surge un nuevo período con postulados bastante conservadores. Es una etapa de ensayos, de aprendizaje y de formación autodidacta, de desconexión a todos los niveles. En un paupérrimo contexto se instruye la sabia más joven de artistas. El asociacionismo se convierte en un recurso apropiado para la subsistencia; para luchar contra las resistencias ambientales. Se gesta así, en junio de 1945, la Peña de Pintores del Casino Artista Vitoriano, el primer intento colectivo de posguerra en canalizar las tentativas juveniles de los más aficionados al arte. Son años de camaradería; de compartir esfuerzos comunes; del intercambio de ideas y experiencias que resultan parejas entre todos los pintores. Las restricciones posbélicas no favorecen ciertamente la creación artística.

Aun así, se despiertan vocaciones. Acumulan ya entonces sus primeras experiencias Ángel Moraza (1917-1978), Gerardo Armesto Hernando (1919-1957), Enrique Pichot (1920-2001), Enrique Suárez Alba (1921-1987), Fernando Vadillo (1923-¿?), Antonio Olloqui (1923), Javier Vizcarra (1924), Florentino Fernández de Retana (1924), Andrés Apellániz (1928), Juan Cruz de Miguel (1929) o José Miguel Jimeno Mateo (1932). La formación autodidacta les define; como una curiosidad infatigable por aprender.

El paulatino asentamiento de esta generación se producirá en las décadas venideras, adscribiéndose sus discursos plásticos a los géneros tradicionales de la pintura: principalmente el paisaje. El impresionismo, el postimpresionismo "fauve" más tarde, en deuda con la "Escuela de Madrid", y ciertas connotaciones expresionistas caracterizarán dentro de una línea continuista los quehaceres habituales de estos individuos.

Desde la década de los sesenta. Pluralidad de tendencias artísticas

Alcanzamos la década de los sesenta, uno de los períodos más sugestivos y apasionantes de la pintura alavesa contemporánea. Se asiste ahora al alborear de un panorama artístico de nuevo cuño. Y ello gracias a la lucha en solitario de un escogido plantel de individuos que conseguirán divulgar los contenidos más rigurosos de la plástica actual a través de sus obras; por medio de una actitud insobornablemente combativa. Un rebrote que se va produciendo en consonancia con las profundas transformaciones que experimenta la capital alavesa, que recibe un fuerte aporte inmigracional debido, entre otros factores, al desarrollo de su industria. La ciudad pasa de 52.206 habitantes en 1950 a más de 173.137 en 1975. Es decir; multiplica por tres su vecindario en apenas un cuarto de siglo.

Se habla y se discute mucho sobre el arte clásico y el arte moderno; sobre la pintura figurativa y la pintura abstracta, y cada vez más sobre la verdadera razón de ser de los movimientos abstraccionistas; qué significan, cuáles son sus características y propiedades plásticas, sobre qué es arte y qué no lo es. El planteamiento de todas estas inquietudes tendrá de positivo que irá creando y articulando paulatinamente un marco de actuación si no óptimo, al menos mínimamente válido para estrenar nuevas formulaciones teóricas y experimentales. Se atisban los primeros intentos por producir un arte moderno, más actual, a partir de una serie de pronunciamientos estéticos hasta entonces novedosos o desconocidos en Álava.

Varios artistas se comprometen en la elaboración de una praxis pictórica más arriesgada; con resquicios expresionistas, pero sobre todo a partir de las influencias informalistas y matéricas, y de "pop art". Son Joaquín Fraile (1930-1998), Juan Mieg (1938) y Carmelo Ortiz de Elgea (1944), futuros integrantes del grupo Orain (1966-1969/1970). Con el fotógrafo Alberto Schommer (1928) y el escultor Jesús Echevarría (1916). Miembros de Orain que acertarán a afirmar los valores estéticos contemporáneos, no bajo una misma unidad de expresión, pero sí con una misma unidad de intenciones. Con su comportamiento personal y colectivo, abrirán nuevas vías de sensibilización y de entendimiento en el arte provincial. Y con ellos, la labor solitaria, siempre austera, de Rafael Lafuente (1936-2005), quien oscilará entre el expresionismo, un tipo de figuración organicista y simbólica con estudios formales, cromáticos y espaciales, para desembocar más adelante en el rigor cartesiano, pero también emotivo, de la abstracción geométrica.

En años posteriores, otra nueva hornada de jóvenes artistas se agregará al panorama local: Moisés Álvarez Plágaro (1946), Alberto González (1948-1983), José Luis Álvarez Vélez (1949), Gerardo Armesto Larzabal (1949), Santos Iñurrieta (1950), Fernando Illana (1950), José Carlos Fernández Marcote (1950), Miguel González de San Román (1952), Juncal Ballestín (1952)... Algunos de estos nombres se formarán ya en las Escuelas Superiores de Bellas Artes, inaugurando camino a otras futuras promociones de licenciados: Prudencio Irazabal (1954), Iñaki Cerrajería (1957), Javier Hernández Landazabal (1959), Juan Luis Moraza (1960), Javier Tudela (1960), Alfredo Álvarez Plágaro (1960), Alfredo Fermín -Mintxo- Cemillán (1961), Txaro Arrázola-Oñate (1963), Imanol Marrodán (1964), Juan Carlos Meana (1964), Francisco Ruiz de Infante (1966)... Artistas pluridisciplinares, con inquietudes muy diversas y sentimientos inconformistas, que exhiben el afán personal de querer hallar un camino sin tener que renunciar a la hipotética misión que se le atribuye al arte: representar los valores estéticos contemporáneos más vivos y actuales.

En paralelo a las nuevas exigencias artísticas, otra abundante pléyade de pintores locales apostará, en cambio, por mantenerse dentro de unos límites formales más moderados. Permaneciendo fieles a una experiencia figurativa nada problemática; por ejemplo, a los soportes del paisaje real. En origen a un impresionismo naturalista donde entraban en juego los factores cromáticos y lumínicos de la realidad exterior; interpretaciones que serán subjetivadas emotivamente con los años. Otros pintores, por el contrario, mostrarán mayor querencia por el retrato. O por transmitir a sus cuadros distintas tensiones figurativas, descomponiendo la figuración de acuerdo con nuevas calidades lumínicas y ambientales, e incluso habrá quienes postulen preocupaciones pictóricas entroncadas con el surrealismo o con un realismo fotográfico de ejecución hiperrealista.

Practicantes de esta extensa amalgama de resoluciones figurativas, encontramos a Víctor Ugarte (1935), Ramón Alonso Verástegui (1935), Emilio Lope (1936), Ramón Campo García de Cortázar (1940), José María García Delgado (1942), José Antonio Fiestras (1943), José María Moreno García de Garayo (1943), Marina Gómez Madrid (1943), José María Maestu (1946) o Javier Ortiz de Guinea (1946). Pintores que se sumergen en credos artísticos más ortodoxos y precisos, que encuentran enorme placer en evocar los aspectos más visibles de las cosas. Halagando los sentidos con un lenguaje perfectamente inteligible.

Así pues, confluyen ya en la pintura alavesa actual, con normalidad, múltiples disyuntivas artísticas. Sin aceptaciones unánimes hacia una u otra tendencia; sin estilos distintivos o mayoritarios. Y si hasta hace solamente unas décadas el público apenas había tenido la oportunidad de acceder y de familiarizarse con las distintas corrientes del arte contemporáneo, hoy día los intercambios de puntos de vista están perfectamente asumidos. Aunque, claro: los conocimientos y el convencimiento hacia lo más nuevo siempre introducen zozobras en los espíritus.

En Álava/Araba, el primer proyecto museográfico con criterios más o menos modernos se alumbra durante los años cuarenta del pasado siglo, nada más terminada la guerra civil. En 1941 la Diputación Foral adquiere en el vitoriano Paseo de Fray Francisco el palacio de Augusti(n) para destinarlo a la triple función de Museo, Biblioteca y Archivos. Esta mansión de estilo historicista (1912-1916), morada del matrimonio Ricardo de Augusti, conde de Dávila, y Elvira Zulueta, fue diseñada por los arquitectos Julián de Apraiz y Javier Luque, autores también de otras afamadas construcciones en la ciudad, entre ellas la Catedral Nueva.

Si con la adquisición de este inmueble los rectores de la Provincia disponían de una infraestructura notable para reordenar con criterio y vocación de futuro el patrimonio cultural y artístico alavés, bien es cierto que con anterioridad ya habían existido en el tiempo otros intentos o precedentes en la salvaguardia y protección del patrimonio.

Quizás el precedente más lejano y "primitivo", como curiosidad, deba rastrearse en el segundo tercio del siglo XVII cuando en el convento de San Francisco se habilitan dos dependencias con los nombres de "Archivo" y "Sala de Armas". Se sabe que en ellas se guardaron cantidad de documentos y de objetos relacionados con la historia de Álava/Araba, aunque evidentemente sin criterios museísticos. También estuvo ubicada en este mismo convento una Sala de Juntas para la Provincia.

Ya en 1792, coincidiendo con la "Guía de Forasteros" del sacerdote Lorenzo de Prestamero (1733-1817) -una somera aproximación a la riqueza del patrimonio histórico-artístico de la capital alavesa-, la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País recoge en su sede del Palacio de Escoriaza-Esquíbel un importante depósito bibliográfico, una destacada colección de monedas antiguas y un conjunto de inscripciones romanas.

Tal como nos recuerda Federico Baraibar en "Museo Incipiente" (suplemento a la memoria de curso 1911/1912 en el Instituto General y Técnico de Vitoria), allá por enero de 1844, Miguel Rodríguez Ferrer, a la sazón gobernador civil de la Provincia, llegó a establecer una "Galería de cuadros" en una de las salas de la entonces recién estrenada Casa-Palacio de la Diputación. Suponemos, con toda probabilidad, que los cuadros serían, entre otros, "D. Mariano Luis Vicente de Urquijo, Ministro de Carlos IV", pintado en 1800 por Antonio Carnicero; "Miguel Ricardo de Álava, General triunfador de la Batalla de Vitoria", del pintor Luis Bacua, de 1819; "Juan José Díaz de Espada, Obispo de La Habana, restaurador de la Casa-Palacio de San Prudencio", anónimo de 1820; el "Retrato del médico Odriozola", de Vicente López Portaña, de 1841, etcétera.

Pero aquella iniciativa como nos indica el mismo Baraibar no prosperó en el tiempo. Tampoco fructificaron los intentos posteriores de otros vitorianos, entre los que se encontraban próceres tan significativos como Pedro de Egaña y Ladislao de Velasco. Egaña, por ejemplo, propuso crear hacia 1866 un Museo de Antigüedades y una Biblioteca, proyecto excelentemente acogido por las autoridades pero que nunca llegó a desarrollarse.

Ya en los albores del siglo XX, consignamos los desvelos del arriba mencionado Federico Baraibar por dotar a la Ciudad de un incipiente museo arqueológico con objeto de que sirviera de estudio y de formación a las nuevas generaciones. Aquella iniciativa permitió a los vitorianos familiarizarse con los restos arqueológicos generados desde la prehistoria alavesa. Las inquietudes de Baraibar tuvieron continuidad años después en personalidades del relieve de Enrique de Eguren, José Miguel de Barandiarán, Telesforo de Aranzadi y Domingo Fernández Medrano, sentándose el precedente lejano, con estas y otras inquietudes, del actual Museo Arqueológico de Álava. Otro detalle: la afición por la arqueología de campo, con una serie de descubrimientos en la Rioja Alavesa, se encuentra detrás de la gestación de la Sociedad de Amigos de Laguardia, cuya primera Junta Directiva es de enero de 1935. Amigos de Laguardia que crean entonces, consecuentemente, su propio Museo con materiales diversos: arqueológicos, etnográficos, históricos?

Meses antes, en agosto de 1934, a partir de un fondo inicial compuesto por veinte cuadros y una escultura, la Escuela de Artes y Oficios de Vitoria gestiona su propio museo. Lo hará durante unos años. Fondos que proceden de las donaciones y cesiones de los profesores y alumnos del centro, así como de sus familiares más allegados. Ya en 1957, por necesidades de espacio, el grueso de las obras cobijadas hasta entonces en la Escuela, unas sesenta, serán cedidas en depósito al Museo Provincial. Por convenio y también mediante compra, entre 1990 y 1992, estas obras pasarán definitivamente a ser propiedad del actual Museo de Bellas Artes.

Con la creación del Consejo de Cultura de la Diputación de Álava a finales de 1940, comienzan a tomar cuerpo las primeras medidas encaminadas a la conservación, protección y divulgación del rico legado histórico y patrimonial de la Provincia. Siendo Presidente de la Diputación José María Díaz de Mendívil, se elabora un plan para potenciar e incentivar el desarrollo de Álava/Araba a todos los niveles. Incluye en el aspecto cultural la creación de una institución que aglutinara las funciones de Museo, Biblioteca y Archivos, así como otras referentes a Publicaciones, Protección de Monumentos Históricos y Artísticos, etcétera: el mencionado Consejo de Cultura.

Este organismo se constituye oficialmente el 8 de noviembre de 1940. En octubre del año siguiente, el día 17, son nombradas las personalidades que forman parte del primer Consejo de Cultura. En esa misma sesión se decide la compra del palacio de Augusti. Con el nombre de la "Casa de Álava" se conoce popularmente al Museo durante la década de los cuarenta. Fue inaugurado por Franco la tarde del 17 de septiembre de 1945, minutos después de inaugurar también el vecino monumento a Fray Francisco de Vitoria, obra del escultor Moisés de Huerta.

Museos de Álava:

  1. Museo de Bellas Artes de Álava
  2. Artium, Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo
  3. Museo Diocesano de Arte Sacro
  4. Museo de los Faroles de la Cofradía de la Virgen Blanca
  5. Museo Fournier de Naipes de Álava
  6. Museo de Armería
  7. Museo de Arqueología
  8. Museo de Ciencias Naturales
  9. Museo de Iruña-Veleia
  10. Museo de Heráldica Alavesa
  11. Museo de Alfarería Vasca
  12. Museo comarcal de Zalduondo
  13. Museo Etnográfico Félix Murga
  14. Museo de la bicicleta
  15. Museo de Quejana-Kexaa
  16. Museo Etnográfico de Artziniega
  17. Museo Vasco de Gastronomía
  18. Museo Etnográfico de Pipaón
  19. Museo de La Hoya
  20. Museo Etnográfico de Oyón-Oion
  21. Museo de la Casa-Torre de Varona

Si existe algún tipo de edificación asociada en el imaginario colectivo del ser humano de forma indefectible a un período histórico concreto, éste es, sin duda alguna, el castillo que, junto a la catedral, nos traslada de forma inmediata a la Edad Media, o al menos a esa idea tópica, aparentemente difícil de entender, oscura y llena de misterios y de supersticiones, que han contribuido a extender los grandes éxitos del cine y de la literatura de inspiración histórica.

Sin embargo, y a pesar de este gran poder evocador, el término castillo posee un carácter polivalente y genérico que encierra, a la larga, una multitud de realidades de características particulares muy dispares. A esta línea apunta el propio significado del término según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: "lugar fuerte, cercado de murallas, baluartes, fosos y otras fortificaciones". Ni siquiera su origen etimológico aporta excesiva luz al asunto, puesto que deriva del término latino castellum (fortín, reducto, fortaleza) diminutivo de castrum (ciudadela), palabras ambas de significado amplio a las que además se podrían añadir otras de significado similar como arx, de donde deriva el castellano arce (ciudadela o fortaleza y también con sentido de cima o altura). Así, castillo identifica desde una simple torre de vigilancia asentada sobre un peñasco, hasta cualquiera de los conjuntos palaciegos de carácter señorial de fines del medievo, pasando por los grandes complejos fortificados que defendían las fronteras de la Cristiandad frente al Islam y viceversa, en tiempos de las Cruzadas. Dicho de otra forma, para la mayor parte de la población, tan castillo es el de Zaldiaran -poco más que restos de una simple torre en una cima al suroeste de Vitoria-Gasteiz-, como las torres de Mendoza, Guevara o Villanañe, por citar sólo algunas de las torres señoriales más famosas de Álava; o si nos alejamos de nuestro entorno, también lo son el de Gormaz, en Soria, en su tiempo uno de los conjuntos fortificados más extensos de Europa; la Alhambra de Granada -en cuanto que alcazaba-; o el Krak (fortaleza, en árabe) de los Caballeros, en la actual Siria, prototipo de construcción militar de los cruzados en Tierra Santa.

Como es lógico, en todos esos casos el denominador común es la necesidad de defensa, de protección, la sensación de resguardo y amparo que todo castillo ofrecía frente al ataque exterior. Sin embargo, según su tipología, el momento histórico concreto, su situación topogeográfica o según diversos otros condicionantes, a esa función defensiva se le unirán otras funcionalidades, a veces tanto o más importantes, que determinarán las peculiaridades de cada caso: unos se destinarán a la vigilancia de ciertos lugares o recursos; otros al control y a la administración del territorio como factor clave de vinculación y lealtad política; otros servirán de refugio colectivo en momentos de peligro; otros se convertirán en factores impulsores del proceso de feudalización de la sociedad; otros, finalmente, en meros símbolos del poder real o de la nobleza.

El objetivo de estas líneas es, en consecuencia, intentar aportar una visión de conjunto sobre el complejo mundo de los castillos del actual Territorio Histórico de Álava a lo largo de la Edad Media, desde sus primeras referencias históricas hasta la desaparición de su interés militar práctico, ya una vez iniciado el siglo XVI, por la consolidación del estado y de la monarquía modernos.

Ese marco geográfico centrado en la actual Álava nos obliga a establecer algunas salvedades previas. En primer lugar, señalar que en las páginas que siguen, el Condado de Treviño, administrativamente vinculado a Burgos, será considerado como una comarca alavesa más, puesto que en la época analizada no presenta diferencia alguna con su entorno inmediato, hoy bajo jurisdicción alavesa. En segundo término, se debe destacar que durante la Edad Media los actuales límites de la Provincia englobaban realidades sociopolíticas diferenciadas. Así, se pueden distinguir una zona central, la llamada por muchos historiadores Álava nuclear, centrada en la Llanada y sus bordes montañosos; la comarca de los Valles Occidentales, con Valdegovía, tradicionalmente más vinculada a Castilla; las tierras de Ayala y Aramaio, con grandes similitudes con Bizkaia y Gipuzkoa respectivamente, con los que comparten características bioclimáticas; y por último, las comarcas de la Montaña y la Rioja Alavesa, cuya vinculación a Navarra es más evidente, hasta el punto de que la segunda, continuará integrada en dicho reino hasta mediados del siglo XV (incluyendo por supuesto el territorio de San Vicente de la Sonsierra, cuya vinculación con Logroño se iniciará más tarde).

Por lo que respecta al ámbito cronológico, entre las primeras menciones del siglo VIII a castillos y fortalezas que defienden el territorio de los musulmanes, hasta su desaparición funcional, tras la guerra de las Comunidades, en el siglo XVI, transcurren más de ochocientos años en los que se producen multitud de cambios de todo tipo (políticos, sociales, económicos, arquitectónicos, etc.) por lo que es necesario establecer una serie de fases genéricas para comprender mejor la problemática del tema a tratar. Así, se pueden definir cuatro grandes períodos consecutivos:

  1. Las primeras menciones: Alaba y al-Qilá (siglos VIII al X).
  2. El sistema de tenencias (siglo XI).
  3. El proceso de feudalización y la fundación de villas (siglos XII-XIII).
  4. Apogeo de las torres nobiliarias (siglos XIV-XV).

En cuanto a las fuentes de investigación analizadas, combinaremos, como no podía ser de otra manera, las fuentes documentales escritas conocidas -hasta el siglo XIII muy escasas y de carácter fragmentario-, la revisión de los trabajos previos publicados (especialmente para el período final del estudio, continúa siendo indispensable, a pesar de los años trascurridos desde su publicación, en 1978, Torres y casas fuertes en Álava, de Micaela Portilla) y de las investigaciones arqueológicas realizadas al amparo de la Ley de Patrimonio Cultural Vasco de 1990, algunas de las cuales han tenido como objeto de análisis diversos castillos y casas torres del territorio, de las que se ofrecen reseñas en la serie Arkeoikuska-Investigación arqueológica publicada por el Centro de Patrimonio del Departamento de Cultura del Gobierno Vasco, en cuyos archivos además, se conservan todas las fichas individuales de catalogación e inventario de los distintos yacimientos arqueológicos de la Comunidad Autónoma del País Vasco. Otra vía de investigación interesante aunque aún poco trabajada, para localizar posibles restos de construcciones que no han dejado constancia documental, puede ser la toponimia. Así, junto a nombres del tipo castillo o gaztelu y sus derivados, son muy interesantes otros derivados de términos relacionados con la vigilancia, la protección, el amparo,? como los procedentes de las palabras latinas tutela o celare (Tudela, Zaldiaran o similares) o del vasco zain (como Zaitegi).

A pesar de que el origen de la arquitectura defensiva en Álava bien podría remontarse a períodos prehistóricos, considerando la abundante nómina de poblados fortificados descritos para los períodos del Bronce Final y de la Edad del Hierro o incluso a la época romana, si se considerara como modelo la muralla de época bajoimperial de la ciudad de Veleia, el origen de los castillos como tal, debe situarse, a la luz de los conocimientos actuales, en el momento en que los ejércitos musulmanes alcancen las fronteras meridionales del este territorio, a finales del siglo VIII.

Y esto es así porque aún no se han localizado evidencias seguras de los lugares de habitación ni por supuesto de los establecimientos defensivos que debieron de existir durante la tan conflictiva época tardoantigua, tal y como se puede deducir de las nuevas vías de investigación que para este momento histórico han abierto los hallazgos arqueológicos realizados desde finales de los años ochenta del siglo XX en las necrópolis de Aldaieta (Nanclares de Gamboa, Álava), Buzaga (Elorz, Navarra), San Martín de Finaga (Basauri, Bizkaia), San Pelayo (Alegría-Dulantzi, Álava), y de la reinterpretación de otros hallazgos y excavaciones arqueológicas antiguas (Azkarate, 2004). Desde esta nueva perspectiva no es posible continuar suponiendo que, en un contexto histórico tan complejo, marcado por los conflictos y por la desaparición de las estructuras socioeconómicas del Bajo Imperio romano, unos grupos humanos, denominados vascones en genérico, a los que las fuentes escritas presentan como montañeses bárbaros y salvajes, y que durante los largos siglos de dominación romana no habían planteado problema alguno, de repente sean capaces de hacer frente y responder militarmente, durante más de doscientos años (siglos VI y VII), a los reinos franco y visigodo, a veces incluso de forma simultánea, que constituían los poderes políticos más pujantes en el occidente europeo en esa época. Debió de existir por tanto, una sociedad profundamente estructurada y organizada, en la que parecen tener un importante papel tanto los poderes locales, personificados en las aristocracias de carácter militar que aparecen en las necrópolis, como los influjos externos, derivados por una parte de las cambiantes políticas de sus enemigos, unas veces enfrentados y otras aliados entre sí, pero también y de forma muy especial, de su estrecha relación con el mundo aquitano, que presenta evidentes influencias en este entorno al sur de los Pirineos.

Con la llegada del siglo VIII se producen importantes cambios en el panorama antes descrito. En primer lugar, los visigodos son sustituidos de forma brusca por los musulmanes, con lo que la situación de presión militar se prolonga e incluso se intensifica sobre los territorios en los que antes sólo había salvajes vascones, pero que ahora van adquiriendo mayor definición social y geográfica. Del mismo modo, en los espacios aledaños van surgiendo nuevas estructuras de poder que jugarán un importante papel en los acontecimientos sucesivos. Así, al norte, se consolida el control carolingio sobre el antiguo Ducado de Aquitania; al oeste, surge el reino de Asturias que hará frente a la presión musulmana y se expandirá hasta tierras alavesas y vizcaínas; al este, se va consolidando el centro de poder en Pamplona, que con el tiempo dará origen al reino de Navarra; y por último, al sureste, los Banu Qasi, familia de origen cristiano pero islamizada que controlará, en teórica dependencia de Córdoba, el valle medio del Ebro.

Y en medio de este complejo mosaico de intereses aparecen las primeras menciones documentales a un espacio denominado Alaba y al-Qilá por la fuentes musulmanas, que parece acaparar buena parte del protagonismo político y militar de los siglos VIII y IX. Así, entre los años 767 y 886 se producen más de veinte expediciones contra lo que se ha identificado tradicionalmente como Álava y la Castilla primitiva (García de Cortázar, 1982). A esa misma época además, corresponden las primeras menciones desde el lado cristiano, las crónicas asturianas, que vinculan esos territorios con el reino de Asturias a partir de las campañas de conquista y traslado forzoso de población realizadas por Alfonso I (739-757).

Esta situación de aparente guerra continua llevó a diversos autores a defender la existencia de un complejo sistema defensivo, "baluarte de resistencia" en palabras de G. Martínez Díez, en la frontera sur del reino de Asturias, incluyendo ese espacio conocido como Alaba y al-Qilá:

"La parte más oriental de este baluarte correspondía a la Vardulia o Castilla y a Álava; su muralla infranqueable la formaban las sierras de Cantabria y Toloño, y los montes Obarenes; su plaza de armas era el valle o llanada de Miranda, con tres puertas exteriores, una por las Conchas de Haro, protegida por los castillos de Buradón y Bilibio (...); la segunda puerta, la del desfiladero de Pancorbo, guarnecida también por dos fortalezas (...). La tercera (...) siguiendo el desfiladero de la Hoz de la Morcuera (...) aquí guardaba el paso la fortaleza de Cellorigo. (...) Tras (la cuenca de Miranda) se alzaba todavía una segunda línea de fortalezas: Valderejo, Valpuesta, Puentelarrá, Fontecha, Lantarón (junto a Sobrón), Alcedo, Villamaderne y Bellojín defendiendo los accesos del Ebro y del Oroncillo; Rivabellosa, Subijana y Morillas cerraban los pasos de Izarra y el Bayas; Portilla, Ocio y Zambrana resguardaban la margen izquierda del Ebro, y finalmente Zaldiarán y Picozorrotz cerraban las Conchas de Arganzón y con ellas la puerta de la llanada de Vitoria".

(Martínez, 1974: 18-19)

Esta misma opinión defienden otros autores como Julio Caro Baroja o Micaela Portilla -que aportan incluso mapas con las sucesivas líneas de castillos que fortalecerían las cadenas montañosas de la región- hasta el punto de convertirse en una especie de tópico que se repite en multitud de trabajos. Sin embargo, su realidad, como veremos, dista mucho de estar comprobada fehacientemente.

Así, en los últimos tiempos, algunos historiadores comienzan a cuestionarse que el objetivo de todas esas aceifas o ataques musulmanas hubiera sido el territorio de la actual Álava o de la Castilla primitiva, puesto que de ser cierto habrían demostrado un inusitado interés estratégico y una no menos sorprendente capacidad de recuperación. En esta línea, E. Pastor sugiere una reinterpretación de las fuentes musulmanas, para las que el término Alaba y al-Qilá definiría un territorio mucho más amplio y poco definido, situado de forma genérica entre Yilliqiya (Galicia, aunque más extensa que la actual) y Pamplona. De tal manera que en diferentes crónicas se citan como pertenecientes a ese espacio de Álava y los Castillos diversos enclaves muy alejados de los límites del actual Territorio Histórico, como por ejemplo Grañón, Oña, la propia ciudad de Burgos, Lerma o incluso Simancas, ya cerca de Valladolid (Pastor, 2006).

Si no puede asegurarse que todas esas campañas tuvieran como escenario de operaciones el espacio alavés, no parece tener mucho sentido la pretensión de identificar los escasos topónimos que aparecen en las mencionadas crónicas con topónimos alaveses actuales, con la dificultad añadida que supone su transcripción fonética a partir del árabe y el tiempo transcurrido. De esta forma es muy posible que las tan discutidas identificaciones tradicionales -del desfiladero de Arganzón en la campaña del año 801; del río Orón en la del 816; del controvertido Gerniq-Sarniq-Sulbin-Yarnik-Yirinyu-Gwlyn, según autores, citado en los años 823 y 867 e identificado con Herrenchu-Guereñu o Subijana, entre otros lugares; de la famosa referencia al monte de los magos (Gabal al-magus) del año 825, como el macizo del Gorbeia; del castillo de al-Garat o al-Qaraba, en el 838, entre otras referencias (Cañada, 1985)- no respondan en todos los casos a realidades situadas en el actual territorio alavés.

En cualquier caso, de las fuentes escritas podemos deducir la existencia de varios tipos de construcciones fortificadas. Así, las crónicas asturianas que narran las campañas de Alfonso I en el siglo VIII mencionan ciudades, civitates, con sus castillos, castri , entre las que destacan por su cercanía al ámbito de este trabajo, "(...) Miranda, Revendeca, Carbonarica, Cinasaria et Alesanzo" (García de Cortázar, 1979: 56); mientras que por su parte, las fuentes musulmanas hablan de castillos, como el famoso de al-Garat, o castros como los de Cellorigo, Pancorbo o Buradón, que parecen referirse más a poblados fortificados que protegían pasos estratégicos y desfiladeros, en los que al parecer se concentraron los mayores enfrentamientos. Aún así, el fenómeno de los castillos no es exclusivo del conflicto fronterizo, de mayor o menor intensidad, con los musulmanes, puesto que en espacios muy alejados de su amenaza se han localizado castillos que parecen estar relacionados con la vigilancia y control del territorio y de diversas vías de comunicación, lo cual evidencia la multifuncionalidad y polivalencia de dichas construcciones.

Al contrario de lo que pudieran sugerir los escritos conservados, la presencia musulmana no debió de alterar de forma brusca la evolución sociopolítica interna que ya apuntaba el territorio alavés, tal y como destacan las investigaciones más recientes. Es sintomático, en este sentido, que el proceso de fundación de aldeas por parte de las comunidades campesinas arranque con fuerza en el mismo siglo VIII, configurando poco a poco el paisaje típico del poblamiento medieval (Quirós, 2006); o que las aristocracias locales continuaran consolidando su influencia en el actual territorio de la Comunidad Autónoma Vasca, colaborando a menudo con los distintos poderes externos (los reinos asturiano y franco, el emergente poder pamplonés y los Banu Qasi del valle del Ebro) en función de sus intereses o de la coyuntura política de cada momento. Sea como fuera, a comienzos del siglo X los avances cristianos alejan casi definitivamente la amenaza musulmana de Álava, sobre todo a partir la conquista de Nájera y de toda La Rioja Alta por Sancho Garcés I de Pamplona, aunque todavía se producen algunos ataques esporádicos durante toda la centuria. Unos pocos años antes, durante la segunda mitad del siglo IX, aparecen las primeras referencias a poderes locales, a condes en Álava, primero Eylo y algo después Vigila Scemeniz, unas veces como representantes del rey de Asturias y otras como rebeldes a su influencia. Estas nuevas circunstancias inaugurarán un nuevo período para los castillos alaveses, marcado por la aparición del sistema de tenencias y la progresiva influencia del reino de Pamplona.

Características de los castillos en los siglos VIII-X

Por desgracia, desconocemos totalmente qué clase de arquitectura pudieron presentar estos primeros castillos, muchos de los cuales se reutilizaron posteriormente con mayor o menor intensidad, incluso algunos hasta bien entrado el siglo XIX en el contexto de las guerras carlistas, con lo que la identificación de estructuras originales presenta grandes dificultades. Además, no han sido demasiadas las intervenciones arqueológicas de entidad desarrolladas sobre fortalezas y castillos alaveses, y las pocas realizadas o bien no presentan restos de cronología altomedieval, o cuando lo hacen no presentan evidencias claras de uso militar.

Puede resultar paradigmático el ejemplo del Castillo de Ocio, donde los restos más antiguos podrían datarse en torno al año mil, tal y como se comentará más adelante (Solaun, Sánchez, 2003). Por el contrario, el yacimiento de Buradón, en las Conchas de Haro, sí presenta ocupación altomedieval, aunque no estructuras de clara función militar o defensiva. En las excavaciones realizadas allí en la década de 1990 (Unzueta, Martínez, 1994) se localizó un asentamiento habitado tanto en época protohistórica como medieval, siendo el único yacimiento de Álava en el que se constata continuidad de uso entre los siglos IV y XII, con restos de una de las iglesias más antiguas de Álava (Bengoetxea, 2004). Todo ello al pie de un castillo asentado sobre la peña que cierra el desfiladero por la margen izquierda del río Ebro, que se mantuvo en uso y en manos navarras hasta bien entrado el siglo XV. Este castillo y castro de Buradón fue sede de una tenencia castellana en el siglo X y aunque no se puede precisar su evolución entre los siglos altomedievales ni la existencia o no construcciones defensivas de entidad, podría constituir un ejemplo de posible centro de poder y de articulación territorial desde época tardoantigua, un castrum o castellum, que se adjudicarían un papel predominante en la estructuración del territorio allí donde escaseaban las ciudades (Quirós, 2006).

Los escasos documentos escritos que se conservan de los siglos IX y X nos presentan un creciente número de personalidades que, desde distintos ámbitos geográficos, ejercen un poder, fundamentalmente de carácter militar, sobre una serie de castillos que controlan o dominan diversos espacios cambiantes y poco definidos. Así, y siempre supeditados a la voluntad y deseos de los diferentes reyes, van apareciendo una serie de jefes militares que ejecutan y desarrollan la política de la monarquía en un ámbito concreto, a cuya cabeza aparece un castillo de propiedad real que es tenido -de ahí lo de tenentes y tenencias- por uno o varios de dichos señores en representación del rey y por su completa y soberana voluntad. A cambio de sus servicios, el rey autorizaba al tenente la apropiación de ciertos recursos públicos en su ámbito de actuación (la recaudación de ciertos impuestos para el mantenimiento de las condiciones de defensa del castillo o por la administración de justicia, entre otros).

Los continuos cambios de personas en la dirección de dichas tenencias y sus ámbitos poco definidos y cambiantes según épocas, son evidencias respectivamente del predominio absoluto de la figura del rey, que da y quita tenencias a su voluntad, y del escaso éxito que tuvo el sistema a la hora de organizar y estructurar el territorio, puesto que los castillos no se convertirán en centros de verdaderas circunscripciones fiscales y judiciales, sino que las aldeas continuarán siendo el ámbito básico de referencia, para la recaudación fiscal por ejemplo. Estos hechos nos indican, aunque sea de forma indirecta, el escaso poder que entonces tenían las aristocracias locales, cuyas ambiciones de apropiación de recursos se veían limitadas por el propio papel del rey en el reparto de los cargos públicos -y de las rentas que conllevaban-; por el propio auge y dinamismo de las comunidades aldeanas, basado en buena parte en la expansión agrícola del período y en el disfrute de los bienes comunales; y por las propias características internas de la propiedad señorial, que por los ejemplos conocidos presentaba una gran dispersión espacial y sobre todo, que carecía aún de mecanismos que garantizaran su indisolubilidad a la hora de las transmisiones hereditarias, lo que impedía la acumulación de grandes patrimonios (Pastor, 2004).

Para comienzos del período las fuentes escritas son aún muy parcas, y nos presentan únicamente a diferentes senniores, en ocasiones denominados comes, al frente de diversos castillos cuyo ámbito jurisdiccional, la tenencia, gobernarán en representación de un poder superior, del rey de Asturias-León hasta mediados del siglo X, del de Pamplona, a partir del primer cuarto de la centuria siguiente, o incluso de los condes de Álava, que rigen un amplio y poco definido espacio, en aparente dependencia con respecto a los reyes leoneses pero con un funcionamiento prácticamente independiente, entre ambas fechas.

Así, los escasos documentos conservados van mencionando, a lo largo de todo el siglo X, diversos castillos en el territorio alavés como los de Lantarón y Buradón, en la zona fronteriza meridional, o los de Divina (en la parte occidental de la Llanada), Estíbaliz (en la Llanada central) y Morillas (en el curso medio del río Bayas, controlando el paso entre el valle de Cuartango al norte y la cuenca de Miranda al sur), que constituyen las tres tenencias que conforman la Álava nuclear según un diploma navarro del año 984 (Caro, 1980.1: 44), con lo que poco a poco se va definiendo la estructura del territorio, también en sus espacios no fronterizos.

A partir de comienzos del siglo XI la vinculación con Navarra se hace cada vez más evidente, incluso en el extremo occidental de Álava, a partir del reinado de Sancho Garcés III, el Mayor (1004-1035), que llegó a extender sus posesiones hasta las fronteras del reino de León. Este reinado puede ser el prototipo del modelo de estructura de gobierno previo a la extensión del predominio de la aristocracia, es decir, previo al triunfo definitivo del sistema feudal, que será ya evidente desde fines del siglo XI. En este sentido, se puede recordar las palabras de Ernesto Pastor:

"Todavía Sancho III es un monarca de corte tradicional, isidoriano. El rey aparece como el garante de la paz (...). Es el defensor del puebloy de la iglesia. Es juez y jefe de la guerra. Es el gobernante legítimo realzado por un carisma sagrado. La monarquía pamplonesa, durante su reinado, es una monarquía sólida, pues dispone del control absoluto de todos los mecanismos de poder y controla una panoplia de recursos necesarios para el funcionamiento adecuado de las estructuras de gobierno"

(Pastor, 2004: 216).

La monarquía posee unas importantes bases de poder económico -tanto propiedades directas como derechos sobre bienes de dominio público (aguas, pastos, vías de comunicación,...) además de derechos derivados de la justicia, de la organización militar y de la fiscalidad directa- que administra a su voluntad para atraerse apoyos y lealtades. Así, en un momento en que las dificultades para consolidar los dominios señoriales son evidentes, por la dispersión y fragmentación de sus propiedades y por el dinamismo del mundo aldeano, la colaboración con la monarquía se convierte en un factor clave para conseguir la apropiación de recursos. Por tanto, se consolidará ahora el sistema de tenencias que consiste, como ya se ha indicado antes, en la guarda de una fortaleza en nombre del rey, que será quien determine a quién se entrega cada castillo, la duración del servicio y la retribución que conlleva.

Una imagen parcial de la extensión de este sistema nos la ofrece, para unos años más tarde, en 1040, ya durante el reinado de García IV, el listado de señores y sus posesiones que se entregan como dote a la reina Estefanía, con motivo de su matrimonio (Rodríguez, 1992: II-33). En dicho documento se señalan lo que parecen ser fortalezas en un amplio espacio geográfico que se extiende por los actuales espacios de Cantabria, Burgos, La Rioja, Comunidad Autónoma Vasca y por supuesto Navarra. En el caso concreto de Álava, los citados son los ya conocidos de Lantarón y Buradón, y como novedades otros cuatro castillos:

  1. Los de Llanteno y Tudela, ambos en la comarca de Ayala, con dudosa identificación. El primero tal vez corresponda a unos restos localizados en el término Los Castillejos, en Erbi (Centro de Patrimonio Cultural Vasco, ficha nº 2); y el segundo, parece corresponder al Pico del Castillo, cerca de Retes de Tudela, en Artziniega (Centro de Patrimonio Cultural Vasco, ficha nº 20).
  2. Y los de Portilla y Laquión. Aunque Portiella aparece citado dos veces, la primera se refiere sin duda a Portilla de Ibda (o de Ayuda), un amplio complejo fortificado con castillo roquero y poblado fortificado a sus pies, en el municipio de Zambrana, dominando la Cuenca de Miranda. Por su parte, Laquión se identifica, supuestamente, con algún castillo en los alrededores de Peñacerrada, seguramente con el castillo y poblado de Urizarra, situados algo más al norte que la villa de fundación posterior, a la que debió de servir de precedente. Estos dos últimos casos, Portilla y Laquión (o Urizarra, de ser cierta esa identificación) se asemejan más, por sus características al ejemplo anteriormente comentado de Buradón. Así en todos ellos parecen repetir un mismo modelo: antiguos castros de la Edad del Hierro que se reocuparían en tiempos medievales combinando la presencia de castillos, en las zonas más elevadas, y poblados amurallados de considerables proporciones y que recuerdan en cierta forma

    "algunos mecanismos de de dominación feudal empleados en otras zonas europeas desde el siglo XI, consistentes en la concentración de la población en asentamientos directamente sometidos al poder señorial del castillo"

    (García, 2004: 161)

Aunque ese dominio señorial de los castillos continuaba ejerciéndose todavía en representación del rey, de acuerdo con el sistema tradicional de tenencias, los problemas entre la monarquía y los grupos aristocráticos se agudizan a lo largo del siglo XI, llegando a su punto álgido durante el reinado de Sancho IV (1054-1076). En estos años, muchos nobles de las tierras fronterizas del oeste bascularon hacia Castilla, vinculando sus territorios a su rey por medio de pactos de fidelidad personal. La dependencia del reino de Pamplona con respecto a la fidelidad de los grandes barones se hizo más que evidente, lo que obligó a modificar el antiguo sistema de honores y tenencias, de tal forma que en 1072 Sancho IV renuncia a su capacidad de retirar los beneficios a los señores según su voluntad, comprometiéndose a hacerlo sólo en caso de infidelidad. De esta manera se inicia el cambio que llevará a la feudalización y el predominio sociopolítico de los grupos aristocráticos (Pastor, 2004). El siguiente paso será aún mucho más atrevido, puesto que al continuar las desavenencias entre el rey y los nobles por el reparto de los beneficios de la actividad pública y de las parias musulmanas (pagos en oro que hacían los diferentes reinos musulmanes en los que se había dividido el califato para evitar los ataques cristianos), los nobles conspiran y asesinan a Sancho IV en Peñalén, el año 1076. Después del magnicidio, los grupos aristocráticos decidieron dividir el reino y entregarlo a los reyes de Castilla (la mayor parte de la actual Comunidad Autónoma Vasca y La Rioja) y de Aragón (las tierras de Navarra y la parte oriental de Gipuzkoa), dejando bien claro, eso sí, sus intenciones de participar en los beneficios que podían aportar tanto el gobierno del territorio como la expansión militar hacia el sur.

Se inicia de esta forma, una nueva etapa en la historia de los castillos alaveses, en la que el papel de los señores será cada vez más importante, sobre todo a partir de que consigan vincular hereditariamente a sus linajes las donaciones reales.

Características de los castillos en los siglos X-XI

Por lo que respecta a sus características arquitectónicas, nos encontramos con una situación muy similar a la etapa anterior, puesto que existe un grave déficit de información por la escasez de las intervenciones arqueológicas realizadas y por las continuas transformaciones sufridas por el dilatado uso de estas construcciones. Sin embargo, tanto los datos aportados por la excavación del castillo de Ocio, como las opiniones de J. J. Martinena para Navarra, apuntan a

"(...) simples torres exentas, de planta cuadrada o circular, emplazadas en la cima de peñas o cortaduras de difícil acceso o montes agrestes y escarpados. Su función era, todavía, más de vigilancia que puramente defensiva, por lo que carecían de condiciones de habitabilidad".

A estas torres, entre las que cita los ejemplos navarros de Javier o Peña, se les irían añadiendo posteriormente otros elementos defensivos hasta complicar el diseño final (Martinena, 1994: 71).

En el caso del castillo de Ocio, se ha considerado como la parte más antigua la torre cuadrangular central, que podría haber estado ya en pie para el año 1000, ocupando la cima del escarpe rocoso, tal vez acompañada del aljibe y de un primer recinto amurallado. Más tarde, ya en el siglo XI, a la torre se adosaría por el oeste un nuevo edificio al mismo tiempo que se completaría el encintado superior por el norte (Solaun, Sánchez, 2002: 218). A este mismo modelo parece responder el castillo roquero de Portilla de Ibda que se documenta por primera vez en el año 1040; presenta, sobre un escarpado peñasco de planta alargada y estrecha (unos 70 por 5 metros), una torre cuadrangular central, aljibe y dos torreones semicirculares en los extremos, con multitud de entalles y rebajes por toda la roca, que evidencian una compleja estructura mixta de madera y cantería (mampostería y sillarejo), y un dilatado uso en el tiempo, con perduración constatada, aunque seguramente esporádica, hasta el siglo XV (Fernández, 1992).

A labores de vigilancia y control del territorio y de sus vías de comunicación parecen responder también otros ejemplos cercanos como el castillo de Aitxiki (Abadiño, Bizkaia), que vigila el paso de Urkiola, o los guipuzcoanos de Beloaga (Oiartzun), Mendikute (Albiztur), Ausa (Zaldibia) o Aitzorrotz (Eskoriatza). Las excavaciones realizadas en algunos de estos últimos han descubierto además, placas de arcilla quemada sobre las que se realizarían grandes hogueras, lo que evidencia un sistema de comunicaciones basado en el fuego y confirma su uso como atalayas de vigilancia (García, 2004). En el caso de Álava, y a falta de intervenciones arqueológicas que lo confirmen, se pueden destacar como muy reveladores los emplazamientos de los castillos de Zaitegi (Zigoitia), controlando la salida de la Llanada hacia el noroeste; Murumendi (Araia), vigilando la salida oriental de la Llanada y los accesos hacia el noreste, a Gipuzkoa y a los pastos de las sierras fronterizas; Portilla de Corres y el castillo de Atauri, controlando las comunicaciones entre la Montaña y la Llanada; o en la comarca de Ayala, los castillos de Tudela (Retes de Tudela, Artziniega) o Lekamaña (Amurrio), controlaban los pasos hacia el territorio burgalés y el acceso al valle de Orduña, respectivamente, aunque en la actualidad apenas se conserva nada además del topónimo.

Con la anexión a Castilla de todo el territorio occidental del desaparecido reino de Pamplona, las noticias sobre los castillos alaveses se irán haciendo todavía un poco más escasas, siendo sustituidas en los documentos por las referencias a grandes nobles, a veces llamados condes, que gobiernan territorios más amplios (Álava, Bizkaia, Gipuzkoa, Nájera, en referencia a La Rioja, etc.) cuyos descendientes heredan así mismo el cargo de su antecesor. Esta circunstancia está evidenciando de nuevo, el cada vez mayor protagonismo de las familias nobiliarias que, poco a poco, van consiguiendo asimilar los honores recibidos del rey a su propio patrimonio particular, al hacerlo transmisible por herencia, lo que dará origen a los linajes nobiliarios bajomedievales, como veremos después.

Sin embargo, junto a esas grandes familias condales, en algún texto a comienzos del siglo XII todavía se mencionan algunas de las antiguas tenencias menores, en concreto las de Buradón, Divina y Estíbaliz. Unos años más tarde, en pleno conflicto entre Castilla y Aragón, provocado por los problemas del matrimonio de sus respectivos reyes, Doña Urraca y Alfonso I, el Batallador, aparecerán nuevas referencias a una tenencia en Llodio (1124). La tensión y los avatares políticos de esta época culminarán en 1134 con la muerte del rey Alfonso I, quien cedía en su testamento sus posesiones a las órdenes militares, aspecto este inaceptable para los magnates de sus reinos, que optaron por diversos caminos: los de Aragón nombraron rey a Ramiro, hermano del fallecido; las tierras de La Rioja se unieron al reino de Castilla; y los nobles de Navarra y la actual Comunidad Autónoma Vasca, nombraron rey a García Ramírez (1134-1150), descendiente por línea bastarda de la dinastía pamplonesa.

Esta circunstancia, a pesar de que tradicionalmente se ha interpretado como la restauración del antiguo reino de Pamplona, supone un importante cambio en el concepto de la propia monarquía. Así, García Ramírez era uno de los barones más importantes del territorio, y son sus compañeros, otros aristócratas, quienes le entregan la corona. Por tanto, es rey por voluntad de los nobles, ante quienes debe prestar juramento y sólo después de haberlo hecho, los nobles le alzan y le juran fidelidad (Pastor, 204, 226). El cambio con respecto a la monarquía pamplonesa de Sancho III es radical. Ahora, la clave de la estabilidad de la nueva monarquía será la redistribución de las rentas y derechos públicos entre las familias aristocráticas, cuyo poder económico y político es mucho mayor que en reinados anteriores, para asegurarse así su fidelidad y colaboración en la consolidación del reino recién restaurado.

La tarea no será fácil puesto que durante todo el siglo XII se sucederán las tensiones, las negociaciones y los enfrentamientos con Castilla y Aragón. En este contexto tan cambiante, la fidelidad de los magnates, especialmente los asentados en los espacios fronterizos, se presenta igualmente voluble, no siendo extraños los continuos cambios de bando e incluso el mantenimiento de estrategias múltiples, colaborando al mismo tiempo con aparentes adversarios. Como es lógico, de toda esta convulsión podemos deducir que los cambios de fidelidad afectarían sobre todo a los grupos sociales dominantes, sin que los campesinos sufrieran alteraciones profundas en sus actividades cotidianas. En cualquier caso, a la muerte de García Ramírez, en 1150, la frontera entre Castilla y Navarra parece estar ya fijada siguiendo el curso del río Nervión, hasta el Gorbea y después por el río Bayas hasta el Ebro, al sur, de tal forma que la mayor parte de Álava, a excepción del tercio occidental (Ayala y Valdegovía), se integraría en Navarra.

El nuevo rey navarro, Sancho VI, el Sabio (1150-1194), continuará la difícil política de equilibrio ante las pretensiones de reparto por parte de Castilla y Aragón, e incluso logrará, en ciertos momentos de problemas internos castellanos, una cierta expansión fronteriza temporal hacia el oeste, por tierras alavesas, burgalesas y riojanas. Durante su reinado se renueva el antiguo sistema de tenencias, de tal forma que irán apareciendo por todo el espacio alavés diversas demarcaciones de este tipo, con sus correspondientes castillos, como instrumentos para garantizar la fidelidad de sus territorios y sobre todo la de los distintos nobles que las gobiernan.

Los problemas con Castilla darán lugar en 1177 a un famoso arbitraje del rey Enrique II de Inglaterra, al que los embajadores navarros y castellanos expondrán sus reclamaciones territoriales, citando algunas poblaciones y castillos alaveses: Salinas de Añana y Portilla de Ibda, que habían sido tomadas por los castellanos unos pocos años antes, aunque al parecer la primera había sido tomada a su vez por los navarros no mucho tiempo atrás. Pese a que el arbitraje no satisfizo a las partes, las negociaciones culminaron en 1179 con la fijación de la frontera que

"arranca desde el mar por el valle del Deva hacia arriba, quedando Icíar para Navarra, flexiona hacia el oeste para englobar la cuenca del Duranguesado, con excepción del castillo de Malvecín, también para Navarra, por el río Arratia alcanza el Gorbea, y ya en Álava por el Bayas hasta Morillas, que queda para Castilla, desde aquí a Nanclares, y ya por el Zadorra hasta el Ebro"

(Martínez, 1974: 123).

Es posible que con ese tratado, Sancho VI consiguiera consolidar su poder en Álava, tal y como se puede deducir de la reducción de la antigua tenencia de Álava, hasta estas fechas en manos de la familia Ladrón (al menos desde comienzos del siglo XII), y la aparición de otras circunscripciones menores cuyos tenentes varían frecuentemente, al parecer según la voluntad del monarca. De alguna manera, nos encontramos ante una efímera, y tal vez sólo aparente, recuperación del antiguo poder de la monarquía. Así, se van mencionando las tenencias alavesas de Álava (limitada a la Llanada, con los antiguos mercados de Divina y Estíbaliz), Treviño, Arlucea y Buradón, en 1181; la de Antoñana, en 1182; las de Portilla y Vitoria, en 1184 (viniendo a sustituir esta última, al menos en parte a la de Álava, que por estas fechas comparte tenente con Gipuzkoa, o al menos con su área suroeste, con sede en el castillo de Aitzorrotz, en Eskoriatza); y por último, las tenencias de Zaitegi (1189) y Laguardia (1193).

Sin embargo, esta inflación de tenencias marcará a la vez, el principio del fin de los castillos como elementos clave en la estrategia defensiva del territorio alavés, función en la que serán sustituidos por las nuevas villas, fundadas por el propio rey Sancho VI en la segunda mitad del siglo XII. El objetivo fundamental de estas fundaciones parece ser básicamente estratégico, al dotar al territorio fronterizo de una serie de plazas fortificadas suficientemente pobladas, de ahí la concesión de franquicias y libertades a los moradores, como para constituir los bastiones defensivos del territorio y garantizar su control y adhesión a la monarquía navarra. El interés militar de estas nuevas villas queda demostrado además, por su relación con los antiguos castillos, que constituyen en casi todos los casos el elemento clave del poblamiento preexistente. Así, se conoce la existencia previa de un castillo en Laguardia (fundada en 1164), en el extremo norte del recinto amurallado; en San Vicente de la Sonsierra (fuero de 1172), actualmente en La Rioja; en el caso de Vitoria, no es un castillo estrictamente sino un recinto amurallado, sacado a la luz en las excavaciones arqueológicas de la catedral de Santa María, con una cronología anterior incluso a la propia fundación de 1181 (Azkarate, Solaun, 2003); un castillo preexistente también se documenta en Antoñana (1182), donde el propio tenente confirma el fuero; además, los restos conservados en Bernedo (1182) o en Treviño, cuya fecha de fundación no se conoce con seguridad pero parece corresponder al reinado de Sancho VI, apuntan en la misma dirección; del mismo modo, debió de recibir fuero de ese rey Portilla de Ibda, donde se conservan importantes vestigios de un castillo roquero, aunque no nos hayan a nuestros días más que algunos indicios indirectos de la existencia de dicho texto (Fernández, 1997: 180); y para finalizar, Labraza, última villa fundada por los reyes de Navarra en Álava (Sancho VII, en 1196), también presenta restos de un castillo a todas luces anterior, en el centro del espacio amurallado.

De todas formas, junto a estas nuevas estructuras defensivas, los antiguos castillos continuarán cumpliendo su papel en la defensa del reino, aunque ahora supeditados al predominio militar de esas villas donde se asientan las nuevas tenencias. Un revelador ejemplo del funcionamiento de ese sistema defensivo lo constituirá el ataque castellano de los años 1199-1200, que supone la culminación de las tensiones de todo el siglo XII y la definitiva anexión a Castilla del actual territorio de Gipuzkoa y de la mayor parte de Álava, a excepción de la comarca de la Rioja Alavesa. Así, uno de los cronistas de aquella campaña, Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo y estrecho colaborador del rey castellano Alfonso VIII, nos ha dejado este relato en el que una vez conseguida la rendición de Vitoria, se citan las plazas y castillos conquistados:

"Obtuvo de este modo el noble rey Alfonso, Vitoria, Ibida, Álava y Guipúzcoa con sus plazas y castillos, excepto Treviño, que en trueque de Inzura le fue después dado. Dio también del mismo modo Miranda (de Arga) por Portilla. Adquirió San Sebastián, Fuenterrabía, Beloaga, Zaitegui, Aizcorroz, Arlucea, Arzorocia, Vitoria la Vieja, Marañón, Ausa, Ataun, Irurita y San Vicente"

(García de Cortazar, 1979: 85).

Una versión muy parecida de esos hechos nos ofrece la Crónica Latina de los Reyes de Castilla:

"Entretanto el rey de Castilla asedió Vitoria y, mientras duraba el asedio, conquistó todos los castillos vecinos: Treviño, Arganzón, Santa Cruz, Alchorroza, Vitoria la Vieja, Arlucea, la tierra que llaman Guipuzcua, incluso San Sebastián, Marañón, San Vicente y algunos otros".

De los siguientes relatos podemos deducir algunas conclusiones interesantes sobre el sistema defensivo navarro en Álava:

  1. En primer lugar, que la clave para el dominio del territorio y la conquista que definitivamente inclina la balanza en un sentido o en otro, es la toma de la villa de Vitoria -lo que confirma ya, de facto, su función capital-, que resiste un prolongado asedio y sólo se rinde una vez lograda la autorización del rey navarro. Por tanto, el sistema defensivo de la villa parece estar en perfecto uso, de ahí su eficacia, aspecto éste que no cuadraba demasiado bien con el escaso tiempo transcurrido desde la concesión de su carta puebla en 1181. Sin embargo, recientes excavaciones arqueológicas han solucionado esta cuestión, al confirmar la existencia de un recinto amurallado anterior a la propia fundación.
  2. Junto a Vitoria, también resisten el ataque castellano Treviño y Portilla (de Ibda), en origen dos castillos importantes cuyo carácter defensivo se reforzó al transformarse en villas, con la concesión de sendos fueros (aunque el de Portilla no se conserva), seguramente durante el reinado de Sancho VI, lo que supondría aumento de población y recursos para posibilitar una mayor capacidad de resistencia.
  3. Del resto de las plazas y castillos citados (munitiones et castra, dice Jiménez de Rada) algunos parecen corresponder a Gipuzkoa: Sanctum Sebastianum; Fontem Rapidum; Beloagam, en las Peñas de Arkale, Oiartzun; Aircorroz (Aitzorrotz, en Eskoriatza); Aussam, en Zaldibia; y Athavit, Jentilbaratza, en Ataún (Sagredo, 2006); y dos al actual territorio navarro, los de Marañón, en la Peña de Lapoblación, e Irurita, en Urdiain.
  4. A Álava le corresponden, además de los de Portilla y Treviño, los ya conocidos de Zeguitagui (Zaitegi, en Zigoitia) y Arlucea (en la localidad de dicho nombre, hoy en el municipio de Bernedo); y los de más dudosa identificación como Victoria la Vieja, Victoriam Veterem (identificado en ocasiones con Vitoriano, en Zuia, aunque quizás por cercanía pudiera ser Olarizu, en cuya cima hay restos de un poblado fortificado protohistórico y muy cerca una aldea denominada Castillo) y San Vicente (algunos lo sitúan en el Valle de Arana, aunque quizás corresponda a alguno de los de la Sierra de Cantabria, situado sobre la villa homónima de la Sonsierra). Además, quedaría pendiente de identificación Arzorocia o Alchorrocia, que tal vez por similitud fonética podría identificarse con Picozorrotz, nombre con el que en ocasiones también se denomina el castillo de Zaldiaran, al sur de Vitoria-Gasteiz. Además, en la segunda versión se mencionan los de Arganzón, que debe corresponder al castillo que vigila el paso del mismo nombre, cerca de la villa de La Puebla de Arganzón, citado en el siglo IX por las fuentes árabes; y el de Santa Cruz, que años después, en 1256, daría lugar a la villa de Campezo.

La conquista castellana de 1200 evidencia, en primer lugar, la escasa capacidad de resistencia que poseían los pequeños castillos -pensados más para la vigilancia y el control de territorio que para soportar ataques o asedios, dada su escasa capacidad para alojar guarniciones numerosas-, lo que contrasta de forma muy notable con la eficacia defensiva de las nuevas villas, que resisten amparadas por sus murallas y por su considerable capital humano. Sin embargo, en segundo término, la concentración de las resistencias en las villas estaría evidenciando, además, el escaso entusiasmo defensivo de las aristocracias locales, que veían con mucha suspicacia la política de fundación de villas de los reyes navarros, puesto que recortaban el ámbito de la jurisdicción señorial, y por el contrario, eran plenamente conscientes de las posibilidades de expansión hacia el sur, y por tanto de enriquecimiento, que el reino de Castilla ofrecía.

Los coletazos de la campaña nos ofrecerán, unos años después, en 1204, nuevas referencias a castillos alaveses. Ese año, Alfonso VIII de Castilla, enfermo, hace testamento y en él promete devolver a Navarra una serie de territorios y plazas que siempre habían formado parte de dicho reino. Entre otros se citan una serie de castillos en las sierras de Cantabria y Toloño y en sus inmediaciones: Buradón, San Vicente (¿podría identificarse con el de Toloño o el de Herrera?), Toro (sobre Laguardia, en la Peña del Castillo), Marañón, Alcázar (en el entorno Campezo, puesto que en 1256 aparece como límite del fuero de esa villa), el propio de Santa Cruz (que dará origen a la villa citada) y otros situados algo más al norte: el de Atauri (en la localidad de dicho nombre, en el municipio de Maestu), Portilla de Corres (al sur de dicha villa) y la propia villa de Antoñana, que había fundado Sancho VI en 1182, y en la que también existía un castillo (Rodríguez, 1984: IV-28). Aunque no hay constancia de la devolución de estas posesiones, lo cierto es que algunos años después, varios de esos castillos (al menos Buradón, Toro y Marañón) volverán a manos navarras.

En este sentido, se debe recordar que de todo el territorio alavés, sólo la comarca de la Rioja Alavesa (entonces llamada Sosierra o Sonsierra de Navarra) se libró de la conquista castellana y continuó formando parte del reino navarro hasta mediados del siglo XV. Su precaria situación estratégica, penetrando como una cuña dentro de los dominios castellanos, obligó a reforzar su sistema defensivo. Así, a las villas de Laguardia (1164), San Vicente de la Sonsierra (1172) y Labraza (1196), se unirá a comienzos del siglo XIII, la nueva villa de Viana, que recoge población de diversas aldeas de sus alrededores. Además, en las cumbres de la Sierra de Cantabria se reformaron o construyeron varios castillos (Buradón, Toloño, Herrera y Toro) para controlar los pasos y vigilar los movimientos del enemigo. Del mismo modo, se constata la existencia de diversas torres en las distintas poblaciones y en la línea defensiva del Ebro, siendo el más conocido el castillo de Assa (municipio de Laguardia), aunque existieron otros, como el de Elciego, que pese a no haber dejado testimonio escrito alguno aún conserva interesantes vestigios controlando un importante vado del río Ebro. Todo este sistema defensivo de la comarca se mantendrá en uso hasta el siglo XV, siendo la propia monarquía la responsable directa del mantenimiento de los castillos más importantes, lo que generará una abundante documentación relativa a continuas inversiones y arreglos. Así, hasta el definitivo ataque castellano de 1461, en el que se ocupó toda la Rioja Alavesa como adelanto a la conquista de Navarra de 1512. Esta circunstancia y su posterior incorporación a Álava, evitó la demolición de sus castillos, que se salvaron así de la destrucción que sufrieron la mayor parte de las fortalezas de Navarra tras la conquista, primero por orden de Fernando el Católico, en 1512, y después, con el cardenal Cisneros, de forma más sistemática, en 1516 (Martinena, 1994).

En el resto de Álava se va consolidando la integración en el reino de Castilla durante todo el siglo XIII. No parece que fuera un proceso fácil, pues se conocen con momentos de fuertes tensiones provocadas por el progresivo empeoramiento de la coyuntura económica y por el reforzamiento del proceso de feudalización y del poder señorial, que se opone a la continuidad de la política real de fundación de villas, muy especialmente durante el reinado de Alfonso X (1252-1284), que pretendía lograr un doble objetivo:

  1. Reforzar las comunicaciones directas entre Castilla y Francia, sin pasar por Navarra, por Álava y Gipuzkoa que se comunicaban por el Túnel de San Adrián (en cuyo interior se situó un castillo encargado de controlar el paso). Para ello impulsará una nueva ampliación de Vitoria y la fundación de Salvatierra, ambas en 1256, como etapas clave, a las que complementarán en Gipuzkoa las villas de Segura, Ordizia y Tolosa, siguiendo el curso del río Oria.
  2. Consolidar las nuevas fronteras con Navarra, en especial en la zona de la Rioja Alavesa, que será rodeada por una serie de nuevas villas fundadas tanto por el rey Sabio como por su antecesor, Alfonso IX. Así, comenzando desde Logroño (villa clave fundada en 1095) y hacia el oeste, encontramos Briones (1256) y Labastida (1242); girando al norte hallamos Salinillas de Buradón (ca. 1254); volviendo hacia el este, Peñacerrada (ca. 1256), seguramente Lagrán (¿1256?) y Santa Cruz de Campezo (1256); y de nuevo hacia el norte, Corres, Contrasta y la ya citada Salvatierra, todas fundadas en el mismo y prolífico año de 1256.

Estas nuevas fundaciones, que además del objetivo estratégico se van a ir convirtiendo en polos de cierto desarrollo económico (en diferentes ámbitos y con diverso grado de éxito, según los casos), van a ir sustituyendo incluso en lo militar a los castillos, amparadas por sus murallas y por su mejor ubicación con respecto a las vías de comunicación y las zonas agrarias, lo que unido a las ventajas y privilegios que emanan del fuero, provocará la concentración de población en su interior.

De esta forma, se produce a finales de este siglo XIII uno de los últimos episodios con menciones generalizadas a castillos en Álava. Nos referimos en concreto a la sublevación de 1288 contra el rey Sancho IV de Castilla y que tuvo como protagonistas algunos de los castillos y plazas vinculadas al señorío de la Casa de Haro, que fueron tomadas por las tropas del rey: Haro, el castillo de Caytay (¿Zaitegi?), las villas de Orduña y Balmaseda con sus castillos, así como los de Villamonte (cerca de Peñacerrada), Ocio y Portilla Dibda, que fue conquistada tras un duro asedio. Después conquistaron el castillo de Portilla de Corres y toda Bizkaia, a excepción del castillo de Unzueta, en la cima del mismo nombre, en Orozko. Los efectos de este conflicto afectaron de forma importante a algunos de estas fortalezas. Así, Portilla de Ibda inicia un rápido declive que, a excepción de ocupaciones puntuales del castillo y al mantenimiento de una población residual, se hará irreversible a comienzos del siglo XIV, por la fundación de la villa de Berantevilla, justo a sus pies, en el fondo del valle del Ayuda, en un espacio mejor comunicado y mucho más adecuado para el desarrollo de la agricultura.

Características de los castillos en los siglos XII-XIII

A diferencia de Gipuzkoa donde se han realizado numerosas excavaciones arqueológicas en muchos de los castillos mencionados en los conflictos de 1200, en Álava esas intervenciones, como se han señalado en diversas ocasiones, han sido muy escasas. Destaca por su extensión la de Ocio que, sin embargo, no aporta demasiadas novedades para este período, salvo la consolidación de lo ya existente (una torre con un edificio anexo y un aljibe, todo ello rodeado por encintado defensivo) y tal vez la construcción de un nuevo recinto defensivo (Solaun, Sánchez, 2003).

Algunos otros datos se pueden obtener a partir de los castillos que dieron lugar a la fundación de villas, porque en algunos casos aún se conservan restos de interés como en Bernedo, Labraza o Antoñana, que por sus diferencias pueden servir como ejemplos complementarios para obtener algunas características globales:

  1. Como no podía ser de otra manera, en todos ellos el emplazamiento en altura es una constante, bien con la villa desarrollada a su alrededor (Labraza) o en posición dominante, con la villa sus pies, como en Antoñana o sobre todo en Bernedo.
  2. Esta variable disposición del castillo obliga a adoptar diversa soluciones para integrarlo en el sistema defensivo de la villa. Así, en Labraza quedará exento en el centro de la villa (Fernández, Apellániz, 1995); en Antoñana ocupará el extremo noreste de la villa, como un solar más, algo sobresaliente del caserío, que se desarrollará en la ladera inmediata (Fernández, Apellániz, 1994); mientras que en Bernedo, su posición más escarpada obligará a prolongar de forma muy considerable sus defensas, muralla y foso, para enlazar con las de la villa (Fernández, Ajamil, 2006).
  3. Ni las plantas de los castillos ni las técnicas constructivas responden a un criterio único. Así, el de Labraza presenta una planta más o menos rectangular, con torreones cuadrangulares y gruesos muros de sillería arenisca en la cara vista; el de Bernedo posee planta triangular, adaptada a la cima que ocupa, y está construido con sillarejo y mampostería caliza; mientras que el de Antoñana por su parte, se construye en mampostería y parece responder a un modelo de planta cuadrangular con torreones circulares en los ángulos, bastante extendido, siempre que hubiera espacio para ello, por otros ámbitos dependientes del reino de Pamplona en los siglos XI y XII, especialmente en Gipuzkoa donde se pueden citar como ejemplos, la fase primitiva de los castillos de San Sebastián y Hondarribia, o los restos del castillo de Giokobalu, en Arrasate-Mondragón (Urteaga, 1995).
  4. En cuanto a elementos complementarios, poco se puede añadir en virtud de la parquedad de las informaciones conocidas. Así, Labraza conserva una imponente saetera en el único torreón conservado, así como entalles que sugieren la existencia en su interior de varios pisos o incluso, de un adarve corrido en lo alto de los muros que unirían los distintos torreones. Por otra parte, llama la atención en los tres casos la aparente inexistencia de aljibe, que tan evidente resulta en otros casos, incluso entre los peor conservados.

En todo caso, es una lástima que no podamos contar con estudios más amplio para algunos de los grandes castillos urbanos de la época, como Treviño, San Vicente de la Sonsierra o sobre todo, Laguardia, que sufrieron multitud de reformas a los largo de los siglos y en los que hoy apenas se conserva un mínima parte de sus antiguas estructuras.

Con respecto a los pequeños castillos de ámbito rural se constatan también grandes diferencias tipológicas, derivadas en buena parte de sus particulares emplazamientos, tal y como se ha comentado para los períodos anteriores. Así por ejemplo, en el caso de la Peña del Castillo, en Marquínez (municipio de Bernedo), nos encontramos con un ejemplo de castillo roquero bastante bien conservado y que, pese a no presentar referencia documental alguna, presenta evidencias arqueológicas de su uso entre los siglos XI y XII (José Miguel de Barandiarán excavó frente a una de las cuevas de su base y halló restos de cerámica y una moneda de esa época). Para la instalación del castillo se aprovechó un peñón exento de no muy grandes dimensiones. Para garantizar su defensa, por la parte más accesible se excavó un foso en la propia roca y se fortificó el conjunto combinando, tanto muros construidos con mampostería y sillarejo (que aún se aprecian en la parte alta) como estructuras de madera apoyadas en los numerosos entalles y rebajes que se observan por doquier. Entre las estructuras excavadas destaca una cueva artificial en cuyo interior se encuentra el aljibe, de planta cuadrangular, abierto en la propia roca. Esa cueva asimismo, se encuentra comunicada con la parte superior del promontorio por una escalera de caracol también tallada en las paredes, lo que permitía el abastecimiento de agua a cubierto.

Aunque todavía durante la Baja Edad Media no será extraño el uso esporádico de los antiguos castillos situados en despoblado (durante la guerra civil entre Pedro I y Enrique de Trastámara, a mediados del siglo XIV, por ejemplo), las distintas circunstancias sociales y económicas, derivadas del afianzamiento del proceso de feudalización y de la crisis económica bajomedieval, junto con inseguridad que todo ello conlleva, por la proliferación de las acciones violentas de todo tipo -las llamadas Guerras de Bandos, en genérico-, provocarán la aparición y la expansión de un nuevo modelo de construcción defensiva, la casa-torre, en paralelo al absoluto predomino social de sus propietarios, los linajes nobiliarios.

El estudio de la crisis de la Baja Edad Media y los conflictos banderizos en todo el País Vasco y en concreto en Álava, es un tema tratado con profusión por los historiadores, y sin embargo, aún presenta aspectos oscuros y difíciles de comprender y explicar, por su gran complejidad. Con respecto al tema concreto que nos ocupa ahora, a las casas-torre alavesas, aparte de algunos estudios de detalle realizados en los últimos años, sigue siendo fundamental el ya clásico trabajo de Micaela Portilla, Torres y casa fuertes en Álava, a pesar de haber sido publicado en 1978, sobre todo por la ingente labor archivística y de catalogación realizada. Más recientemente han aparecido algunos estudios de interés para ámbitos cercanos a Álava, como el de J. M. González Cembellín para las Encartaciones (González, 2004), o otros trabajos de carácter más general o divulgativo como el de Armando Llanos para todo el País Vasco (Llanos, 2006).

Como ya se ha señalado anteriormente, desde el siglo XI se hacen más que evidentes los intentos de los grupos aristocráticos por ampliar sus bases económicas y su influencia sociopolítica. Así, si para el siglo XIII la importancia de los grandes nobles es cada vez más evidente para la estabilidad y fidelidad del territorio, como atestiguan la propia conquista castellana o las tormentosas relaciones posteriores entre los reyes de Castilla y la Casa de Haro, para el siglo XIV el predomino nobiliario es una realidad incuestionable, como pondrá de manifiesto el Pacto de Arriaga de 1332, las frecuentes concesiones reales (las famosas mercedes enriqueñas) o la confirmación de la indisolubilidad del dominio señorial por la instauración del Mayorarzgo (Díaz de Durana, 2004: 321).

Es muy posible, por tanto, que a partir de los antiguos tenentes surgieran las principales familias nobiliarias del territorio: las de Mendoza, Guevara y Ayala. Poco a poco estas familias irían ampliando sus posesiones y desarrollando un modelo feudal de relaciones que, por fragmentación hereditaria o por mimetismo, comenzará a ser repetido a escala menor por otros grupos aristocráticos no tan importantes, dando lugar a la extensión de los linajes, cuyas primeras evidencias aparecen en el siglo XII aunque su expansión se producirá a partir de la centuria siguiente. Su punto de partida parece ser la aparición de una persona con suficiente poder o riqueza como para convertirse en soporte material del linaje y establecer su transmisión directa por herencia. La adopción del apellido -normalmente el lugar de residencia- y la construcción de una casa de cierta relevancia era la culminación del proceso.

Dentro del concepto de linaje, se pueden distinguir, siguiendo a J. M. González Cembellín, tres ámbitos complementarios. En primer lugar, estaría la familia o linaje propiamente dicho, marcada por la sucesión familiar directa a partir de los varones casi siempre primogénitos; a continuación, se encontraría el linaje amplio, que englobaría en un sentido más genérico a todos los descendientes de un antepasado común; y por último, existiría la parentela, integrada por todas aquellas personas vinculadas a un noble principal por lazos de sangre o contractuales, en muchos casos por acuerdos de encomienda, es decir, campesinos que ceden derechos o aceptan pagos a cambio de la protección de ciertos personajes poderosos (González, 2004: 63).

El resurgimiento comercial, palpable en todo el occidente europeo desde el siglo XIII, parece cumplir un papel fundamental a la hora de posibilitar un incremento considerable de las rentas de los grupos nobiliarios, más allá de las tradicionales fuentes de ingresos. De ello es buena prueba la ubicación elegida en la mayor parte de las casas-torre, tanto en Álava como en otros territorios, junto a los distintos caminos y vías de comunicación, entre los que destacarán por su trascendencia, los de trazado norte-sur, que comunicaban el interior de Castilla con los puertos del Cantábrico, con Vitoria como gran punto central de distribución (Portilla, 1978: 14 y ss.). Así, el cobro de peajes y otros impuestos, legales o no, a los comerciantes y acemileros, se convertirá en una fuente de ingresos importantes para los nobles, que en la medida que observen la importancia del comercio, comenzarán a asentarse en las nuevas villas, donde intentarán copar los cargos de la administración municipal, introduciendo, al mismo tiempo, un factor de diferenciación social hasta ese momento cuantitativamente poco importante en ese incipiente mundo urbano. Del mismo modo, muchas familias nobiliarias se irán vinculando progresivamente a ciertas actividades productivas, por lo que no será extraña la construcción, al amparo de la torre, de ferrerías o molinos como modo de diversificación de las fuentes de ingresos señoriales.

Los problemas económicos comienzan a detectarse a fines del siglo XIII, pero será durante la centuria siguiente cuando se hagan evidentes con toda su crudeza los efectos de la gran crisis bajomedieval: malas cosechas, pestes, hambres,? provocarán un recrudecimiento sin parangón de la conflictividad social, que provocará tensiones y violencia a todos los niveles: entre campesinos y nobles, por el recrudecimiento de la presión señorial para mantener su nivel de rentas; entre las villas y los nobles, por el control del comercio y de los respectivos ámbitos jurisdiccionales; y entre distintos grupos aristocráticos, enfrentados entre sí por mantener o ampliar sus áreas de influencia y sus recursos, lo que provocará las conocidas como Guerras de Bandos. Este fenómeno, equiparable a lo que sucede en otras zonas de Europa en esas mismas fechas, no parece responder a diferencias económicas, políticas o ideológicas, sino más bien a un concepto rudimentario y binario de la vida política en la que un bando, una parcialidad, se enfrenta a otra de manera muy apasionada (González, 2004: 84), todo ello además, en un contexto político donde la monarquía carece de verdadero poder y autoridad, por su sometimiento a las presiones nobiliarias.

En Álava, las primeras quejas por los ataques de infanzones y caballeros se documentan en la Puebla de Arganzón, en 1304 (Díaz de Durana, 2004: 311), volviéndose más frecuentes en los años posteriores aunque al parecer, y a pesar de algunos sangrientos episodios narrados por Lope García de Salazar en su Bienandanzas y fortunas, la intensidad de los enfrentamientos no fue tan grande como en Bizkaia y sobre todo en Gipuzkoa. Además, los nobles alaveses de la Cofradía de Arriaga habían conseguido, con el acuerdo de 1332 (la famosa Voluntaria entrega), frenar la expansión de las villas de Vitoria y Salvatierra y garantizar la supervivencia de sus propiedades señoriales a cambio de la renuncia a su jurisdicción sobre el territorio que pasaría desde entonces a ser realengo en su totalidad. La inestabilidad política de Castilla, en especial con las cruentas luchas civiles que supusieron la instauración de la dinastía Trastámara en 1369, provocó un gran desarrollo del poder señorial por el territorio alavés pues el nuevo rey, Enrique II, desarrolló una intensa política de donaciones para compensar a los linajes nobiliarios que le habían apoyado en la guerra. Así, buena parte de las villas de Álava pasaron a engrosar el dominio de diversos linajes: los Ayala recibirán Salvatierra y Artziniega; los Sarmiento controlarán Peñacerrada y Salinas de Añana; los Rojas, Antoñana y Santa Cruz de Campezo; los Avendaño, Villarreal (hoy Legutiano); los Manrique, Treviño; etc., lo que provocó en muchos casos una intensificación de los problemas y de los enfrentamientos violentos. Como respuesta a esta situación, los habitantes de las villas reaccionaron formando Hermandades entre varias de ellas (las más antiguas se detectan a fines del siglo XIII) para afrontar su defensa y dar respuesta, de forma conjunta y en muchos casos con el apoyo explícito de los monarcas, a las agresiones señoriales.

A mediados del siglo XV se intensificaron los enfrentamientos. Así, en 1443, las Hermandades de Álava atacaron a Pedro López de Ayala y lo cercaron en su villa de Salvatierra, hasta que acudieron en su ayuda sus aliados, los Velasco, cuya parentela dispersó a los atacantes. Colaborando con la Hermandad de las villas se encontraban además algunos otros nobles banderizos, enemigos de los Ayala, a los que persiguieron y en represalia derribaron sus torres. Se sucedieron los enfrentamientos, robos, saqueos y quemas de torres por toda la comarca, en una espiral de violencia y represalias que resume bastante bien el carácter y la complejidad de estas guerras de bandos, en las que se enfrentaban los linajes nobiliarios entre sí, contra sus campesinos y dependientes (motín de Contrasta, en 1454 contra los Lazcano), o contra las villas y sus hermandades (quema de Mondragón, en 1448).

La conflictividad era tan intensa que en 1457, el rey Enrique IV intervino directamente y tras derribar diversas torres y pacificar el territorio de la actual Comunidad Autónoma Vasca, ordenó el destierro en las fronteras de Andalucía de algunos de los banderizos más destacados, y la reforma de las hermandades, incluida la de las villas alavesas. Desde este momento, y sobre todo con el reinado de los Reyes Católicos (a partir de 1474) la situación se fue tranquilizando, especialmente en Álava, salvo esporádicos episodios de violencia. De cualquier modo, y a pesar de las disposiciones prohibiendo la construcción de nuevas torres, las reconstrucciones e incluso las creaciones ex novo continuaron, aunque con un carácter cada vez más residencial y simbólico, y menor potencial militar real.

El epílogo de las banderías en Álava lo constituyen los enfrentamientos en el contexto de la Guerra de las Comunidades (1520-1521) protagonizadas por Pedro López de Ayala, partidario del levantamiento. Así, tras su definitiva derrota en la batalla de Durana, y la posterior pacificación del territorio, las torres fueron perdiendo definitivamente su importancia militar aunque no su valor simbólico y representativo del linaje correspondiente. Esto explica la conservación de muchas de ellas a lo largo de los siglos, con profundas reformas internas o enmascaradas por construcciones anexas en la mayoría de los casos, para posibilitar su uso residencial, bien con cierto lujo y carácter palaciego, en los casos de linajes más enriquecidos, o bien como simples casas de labranza o caseríos, de mayor o menor prestancia según las posibilidades de cada familia.

Características de las torres bajomedievales

A pesar de que son numerosos los ejemplos de casas torres conservados en Álava, todavía son muchos los interrogantes que perviven sobre sus peculiaridades arquitectónicos, en especial en lo relativo a su estructura y compartimentación interna. Esto es así, en buena parte, porque en casi todas ellas se han producido importantes transformaciones con el paso de los siglos, por lo que las estructuras originales son difíciles de detectar sin un estudio de detalle, y esto es precisamente lo que escasea en la investigación.

Así, y a pesar de que desde la década de 1960 han sido muchas las casas torres restauradas por todo el territorio alavés, sólo en los últimos años del siglo XX se empezaron a analizar este tipo de edificios con metodología arqueológica desde una perspectiva estratigráfica, en el ámbito disciplinar específico de la Arqueología de la Arquitectura, tal y como se venía realizando en otros países europeos, especialmente en Italia. De esta forma, se han podido ir analizando diversos casos concretos en los que, a partir de la comprensión diacrónica de sus fábricas, se aportan valiosas informaciones para el conocimiento general del fenómeno en toda su complejidad. Se pueden citar, entre otros, los casos de la Torre de los Urbina (en Urbina de Basabe, Kuartango), la Torre de los Condes de Orgaz (en Fontecha, Lantarón) o la Torre de Murga en Ayala.

Junto a estos trabajos concretos, se deben citar los estudios históricos de carácter más genéricos ya citados: el clásico de Micaela Portilla, para Álava, y el más reciente de Juan Manuel González Cembellín, para la comarca vizcaína de las Encartaciones, de los que se puede deducir la siguiente evolución tipológica:

  1. Aunque desde las primeras menciones las torres de madera y las de piedra parecen ser coetáneas, merece la pena destacar por su singularidad una de las primeras menciones de las Encartaciones. Nos referimos a la denominada "bastida de El Cerco", levantada por los Someano en Galdames, hacia 1270, y que reproduce con fidelidad el modelo de fortificación tipo mota, ampliamente difundido al norte de los Pirineos: un montículo de tierra artificial sobre el que se dispuso una torre de madera (González, 2004: 273). Algo similar al ejemplo que nos ofrecen las pinturas del ábside de la iglesia de Alaiza (Iruraiz-Gauna), en cuya parte central se presenta el ataque a una pequeña torre asentada por medio de vigas de madera sobre una pequeña elevación.
  2. En los primeros momentos, desde el siglo XIII a mediados del XV, el carácter defensivo de las torres es absolutamente predominante. Lo que M. Portilla denomina Torres-defensa, con Mendoza como prototipo, donde las necesidades militares condicionarán completamente la configuración arquitectónica de los edificios. Para González Cembellín, en este modelo primitivo de torre, el elemento defensivo clave será su propia altura (superior a veinte metros en algunos casos), desde cuyo piso superior se dominará a los potenciales enemigos, siendo menos relevante el espesor de los muros, que responderá a las limitaciones técnicas de la época para hacer frente a la altura final del edificio. Del mismo modo, resta importancia defensiva a los vanos, que en muchos casos serían simples entradas de luz y aire. Estas construcciones presentarían, en consecuencia, plantas cuadrangulares o levemente rectangulares,

    "(...) volumen vertical; muros gruesos; vanos escasos; dos plantas de mucha altura, que se hace exagerada en la superior a fin de elevar la cubierta, necesitando el auxilio de unos luceros altos para su correcta iluminación y ventilación; piso bajo que no siempre contó con ingreso propio, y primero con un angosto acceso que quizás en algún caso tuviera patín; remate aterrazado, y posiblemente casi siempre almenado; cortijo exterior definido por una cerca o barrera; ocasionalmente había una cava (o foso); alrededor de esta fortaleza se levantaban varios edificios, palaciales o de servicios, fabricados probablemente de madera"

    (González, 2004: 282).

  3. Más tarde, entre mediados del siglo XV y comienzos del XVI, a medida que las funciones residenciales ganen importancia y se reduzcan las necesidades militares, irán apareciendo, producto de la renovación o reconstrucción de las anteriores, lo que M. Portilla denomina Casas-torres propiamente dichas y J. M. González Cembellín clasifica en dos categorías, torres con o sin sala.
    1. Torres con sala: Serían muy similares a las anteriores, salvo por la presencia de una planta más. Así, además del bajo (que serviría de bodega o cuadra, con puerta en una de las fachadas secundarias y aspilleras de iluminación elevadas) y de la primera planta (para cocinas y dormitorios, con la puerta principal a la que se accedería por medio de un patín) se añadiría una nueva planta, la segunda, de uso residencial para los señores de la torre (con ventanas más amplias y espacio parcelado en cámaras menores), justo por debajo de la terraza o sobrado.
    2. Torres sin sala: Carecen de esa nueva planta, lo que explica su volumen más cúbico. Proceden directamente del modelo primitivo aunque sus propietarios, de linajes menos poderosos o simples labradores acomodados, optan por modelos arquitectónicos menos costosos. El piso bajo se destinaba a usos agropecuarios, con lo que su acceso irá ganando importancia, lo que acabará haciendo desaparecer al patín y convertirá a la antigua puerta en altura en un simple balcón.
  4. Durante los siglos XVI y XVII, a pesar del fin de la conflictividad banderiza, se siguen construyendo lo que M. Portilla denomina Torres-símbolo, en las predomina el valor simbólico y representativo de la torre, desapareciendo su valor defensivo real. Al mismo tiempo, van apareciendo nuevos modelos constructivos, con evidente vocación residencial de mayor o menor lujo y tipología diversa, los Palacios, que sustituirán o complementarán a las antiguas torres.

De alguna manera, esta evolución, que es a la vez tipológica y cronológica, se puede observar, en líneas generales, en numerosas casas-torres de nuestro territorio. Así, a modo de ejemplo, se pueden proponer las conclusiones del estudio realizado en la Torre de Murga, en el municipio de Ayala (García Gómez, 2003), que corresponde al modelo de torre con sala descrito más arriba.

En este caso, la torre primitiva (al parecer del siglo XIV) era una construcción de mampostería caliza, con sillería en los esquinales y recercos de los vanos, de planta rectangular (9,5 x 13 m.) y una altura de doce metros. Los muros poseen en la base 1,35 m. de espesor. Su interior se estructuraba en planta baja y tres pisos, con una única puerta en el primero de ellos, a la que se accedía por un sencillo patín de madera. Desde ese primer piso se distribuían los tránsitos, bien hacia la planta baja (bodega o almacén) o bien hacia el segundo piso, de carácter residencial privado, desde el que a su vez se pasaba al último piso, la atalaya, verdadero elemento defensivo clave de la torre, que estaba protegido con un cadalso de madera corrido que sobresalía volado sobre los muros. Más tarde, el patín de madera fue sustituido por otro de piedra, cubierto y de estructura más compleja.

Seguramente ya en los años finales de la Edad Media, se adosó a una esquina de la torre, un pequeño palacio para mejorar las posibilidades residenciales, muy limitadas en el edificio original. Este palacio fue después ampliado, rodeando tres de las cuatro fachadas de la torre, hasta que, a mediados del siglo XVIII, se decidió su arrendamiento, por lo que fue subdividido en tres viviendas que dotaron de carácter campesino al conjunto hasta su reciente restauración.

JFB 2006

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