Léxico

SOCIEDADES POPULARES

Reciben este nombre unas peculiares asociaciones vascas de objetivo variado -recreativo, deportivo, cultural, gastronómico- dotadas de un local debidamente acondicionado con despensa, cocina, bodega y comedor de uso común. Sus socios pagan una cuota periódica e ingresan ocasionalmente en el «cajetín» el importe de aquellas vituallas y condimentos consumidos que no hayan aportado en persona. Es costumbre arraigada que los socios cocinen en persona pero en los últimos años se ha introducido en bastantes el servicio de algún cocinero o restaurante así como el de alguna persona ajena para el mantenimiento de la bodega y la limpieza de sede y utensilios. Cada socio tiene llave del local sin limitación de día ni hora. Es frecuente la comida profesional y/o de negocios, y, en las mixtas, las comuniones, conmemoraciones, etc.
Precedentes inmediatos. Parece ser que la cuna de esta institución se halla en el casco viejo de San Sebastián en el que se conoce una sociedad «de comer y cantar», «La Fraternal», fundada en 1843. Ya en las antiguas sidrerías de los alrededores de la capital era costumbre que, como atestigua Iztueta en su Condaira (1847), entraran los boyeros que trabajaban en el puerto y ciudad. y pasaran «todo el día jugando y charlando, comiendo bacalao achicharrado y sardinas saladas, llenándose hasta la coronilla de sidra, mientras sus mujeres e hijas les esperaban para poder disponer de una cena». También acudían a las sidrerías circunvecinas -Erramunenea, Muntto, Borroto, Katxola, Pintore, Iparraguirre, Errota Txiki- los donostiarras. Allí se consumía el txotx primerizo, la sidra, y, diferentes viandas tales como merluza, arraigorri, zurruputuna, sardinas, etc. y se improvisaban torneos de bertsolaris entre «baserritarras» y «kaletarras». Asimismo, en el interior de la ciudad existen sidrerías temporales (duran lo que la sidra), precedentes a todas luces de las actuales sociedades gastronómicas, instaladas, por lo general, en los sótanos. En ellas los parroquianos, en su mayoría pescadores, cocinaban sus vituallas (besugo, kokotxas, arrabas y trimpollas) corriendo el carbón y la sal por cuenta del establecimiento. Al desaparecer las sidrerías bajo el ímpetu del consumo vinícola, los viejos aficionados acondicionan locales donde poder proseguir con el culto a la sidra. Ver SIDRA
Las primeras sociedades. «La Fraternal» surge en un momento de reciente descomposición del mundo gremial recogiendo en su constitución algo del espíritu de las antiguas cofradías y hermandades. Le sucede en 1870 la «Unión Artesana», de igual tesitura, en la que vemos aparecer ya el interdicto misógino que caracterizará a las sociedades gastronómicas hasta entrados nuestros días: «se prohibe la entrada en los salones a las señoras aun cuando sean forasteras». Asimismo se prohibía dar bailes, cosa que no tardó en incumplirse ya que era frecuente que en estas primeras sociedades se celebraran bailes semanales como los de «La Fraternal» o «El Edén» («La Galerna», n.º 1, 1890). A cargo de las primeras sociedades correrá la organización de funciones de teatro y del carnaval donostiarra cuyo primer acto es la celebración de la tamborrada; así, en la de 1887 participan «La Fraternal», la «Unión Artesana» (fusionadas en 1879), la «Fraternidad» y la Sociedad Coral de San Sebastián. Con los años siguen creándose, en torno de intereses comunes (cantar, un deporte, el juego de cartas, la caza) otras como «Denok Bat» y «La Humanitaria» citadas en la prensa de 1891 y 1892 y, hacia 1900, la que Aguirre Franco (1983) considera primera sociedad puramente gastronómica: «Cañoyetan». Le siguen en la primera década de siglo «Gizartea», «Amigos Aurrera», «Sporti Clai», «Euskal Billera», «Port Arthur», «Amistad donostiarra», «Umore Ona» (en Gros), «Ollagorra», «Amaikak-Bat», Club deportivo «Esperanza». «Leku Zarra», «La Volante», etc. Del casco viejo, las sociedades se expanden al resto de la ciudad. En 1911 Donostia cuenta con más de 50 asociaciones y clubs; sus fiestas y carnavales descansan sobre ellos. Incluso algunos acontecimientos históricos. como la constitución en 1904 de la Liga Foral Autonomista de Gipuzkoa, tuvieron lugar en alguna sociedad, en este caso en la sede de la «Unión Artesana». Varias sociedades nacen como escisiones de otras; así «Gaztelupe», de «Ollagorra», en 1916 y «Gaztelubide», de «Gaztelupe», en 1934; otras son casas regionales derivadas de la inmigración, que adoptan las características locales ya citadas.
Extensión al resto de Euskal Herria. La sociedad, fenómeno donostiarra, va a extenderse durante los años 20-30 al resto del territorio guipuzcoano: Tolosa, Zumarraga, Zarautz, etc. Tras la guerra y, en especial, durante la década de los 60, la sociedad popular pasa a enraizarse en el resto de la geografía vasca. Según Aguirre Franco (1983) su irradiación a Alava se debió al traslado de trabajadores guipuzcoanos de zonas como Eibar a la llenada alavesa; un sustentáculo importante en Vitoria parecen haber sido las cuadrillas de «blusas». El mismo autor señala, por otra parte, el escaso desarrollo de las sociedades populares en Bilbao, ciudad menos populista y mesocrática que Donostia, y la notable coincidencia del mapa de sociedades con el de zonas vascófonas o de reciente pérdida del idioma privativo en Navarra: Baztán, Cinco Villas, Barranca, Pamplona (sociedades en las que e1 gastronómico suele ser un aspecto más), Estella, Tafalla, Olite, Barasoain, Larraga, etc. Finalmente consigna la existencia, desde los 70, de la sociedad «Txoko Zar» compuesta por miembros de la colonia vasca de Madrid. La llegada de las sociedades a Iparralde es un fenómeno posterior a 1970.
El acceso de las mujeres. Como ya hemos visto, las mujeres fueron segregadas de las sociedades; en algunas de forma tácita, siguiendo los usos sociales de la época, en otras de forma expresa, en los estatutos. Pese a la participación multitudinaria de las mujeres en el carnaval, cuyo primer heraldo fue la Tamborrada (v.), y el protagonismo de las sociedades en esta fiesta donostiarra, las mujeres no sólo no han podido, salvo raras excepciones («Gu», 1934), hasta bien entrado nuestro siglo, ser socias de una sociedad; incluso la entrada en el recinto social les ha estado vedada. Mientras el carnaval, mixto por excelencia, se teñía de cosmopolitismo, las sociedades gastronómicas aparecieron, al suceder a las sidrerías, como un reducto de tradicionalidad dotado del carácter extremadamente puritano de la sociedad vasca del s. XIX en la que la coexistencia bajo techo de ambos sexos no se concebía si no era en el ámbito doméstico y familiar (recordemos el carácter «viril» del bertsolarismo, fenómeno unido a los espacios segregados de sidrerías y tabernas). También recogen algún antiguo tabú cuya huella podríamos percibir en la prohibición hasta los 70 para las mujeres de beber del txotx, es decir de la espita del barril de sidra nueva. Y, cierto recelo de muchos hombres vascos -psicoafectivamente inmaduros- hacia unas mujeres en las que ven una amenaza a su status predominante. Las tradicionales cenas de la noche del 19 de enero (San Sebastián) fueron también ágapes de hombres solos hasta los años 50 en que el relevo generacional, la mayor sensibilización de hombres y mujeres y el cambio de costumbres trajeron aparejada la apertura en fechas concretas -víspera de San Sebastián, 20 de agosto, mediodías, los domingos, Sanfermines en Navarra- en las sociedades más cerradas. La entrada en algunas estará condicionada a que no penetren las mujeres en la cocina o no sirvan en la barra. En otros casos, en los 60-70 y siguientes, tiene lugar la asistencia, no limitada ni condicionada, de cuadrillas mixtas y parejas en varias sociedades tradicionales y en muchas de las de nuevo cuño; asimismo la posibilidad de ser socias de número e incluso ser presidentas (ej. «Euskal Giroa» de San Sebastián). El hecho de que el alcalde de San Sebastián y diversas autoridades adquirieran, durante el período franquista, la costumbre de cenar en una de las más misóginas sociedades de la ciudad («Gaztelubide») la víspera de la fiesta patronal, ocasionó durante la transición democrática, debido a la presencia de mujeres en las nuevas corporaciones, una gran controversia. Incluso Pilar Miró, Tambor de Oro 1987, fue excluida, junto con las concejalas, de la tradicional cena. Al año siguiente, merced a la presión feminista y a la actitud decidida del nuevo Tambor de Oro, el poeta Gabriel Celaya, el alcalde, Javier Albistur, decidió abolir la tradición y celebrar la acostumbrada cena en el Hotel María Cristina. Otra causa de controversia y de discriminación derivada de la misoginia de algunas sociedades ha sido la participación de niñas y mujeres en las tamborradas tocando tambores y barriles, ya sea vestidas de soldados y cocineros, ya de aguadoras. Ver TAMBORRADA. Por lo demás, el condicionamiento de género fue heredado por las sociedades que proliferan en el resto de la geografía vasca. Se conoce incluso el caso -«Andra Mari» de Etxalar- de sociedades constituidas sólo por mujeres, pero que no excluyen a los hombres. La nota pintoresca la da Tudela, en la que, frente a las sociedades gastronómicas -«Menestra», Santa Ana, «Baserri», «Topero», etc.-, que excluyen a las mujeres, las peñas de mozos dedican parte de su quehacer a organizar cenas y meriendas mixtas.

Idoia ESTONÉS ZUBIZARRETA
La sociedad popular tradicional, espacio segregado. La sociedad popular, sociedad tradicional o txoko, como prototípica de la Vasconia atlántica se presenta como una forma de establecer relaciones interpersonales, de carácter integral y elemental -de hombre (varón) a hombre- y con fuerte repercusión social. Se trata de las llamadas «sociedades»; generalmente sociedades gastronómicas en lo que tienen de objetivo expresamente comensalístico: juntarse a comer en torno a una mesa, en un espacio particularizado, un «txoko». Se trata de dar dimensión de comunidad. Precisamente por la localidad; por eso la «sociedad» es la apropiación de un espacio, el local de la sociedad, con su nombre y sus símbolos, con los más expresos rituales de utilización en común, de organización igualitaria de todos los miembros. La «sociedad» es como un hogar pero alterando la jerarquía de lo familiar; transfiriendo la sacralidad edípica a unas relaciones interpares; en ambos casos -etxea y txoko- se produce la referencia a un «hogar», pero el hogar de las sociedades recuerda en muchos aspectos a las «casas de mitades», espacios separados para alojar o reunir a la población según una división básica: el sexo. Las «sociedades» se presentan habitualmente como uno de los fenómenos típicos del País Vasco atlántico, muy divulgados y comentados por gran parte del Estado español. Además de su llamativo cultivo de la gastronomía, destacan por su aspecto tradicional, por ciertos estilos de «campechanismo» y camaradería que se presentan como opuestos a los modernos «clubs» o «sociedades recreativas» (frecuentemente recreativas) que son características de la modernidad.
Fenómeno industrial-urbano. Las «sociedades» -entiendo por tales lo que en el País (y muy específicamente en Gipuzkoa) suele llamarse así- son, sin embargo, un fenómeno moderno. Históricamente, de la Cofradía, y su lugar, a «la sociedad», y su local, podría establecerse un proceso dialéctico. Sólo la sociedad industrial necesita organizar específicamente el tiempo de ocio cotidiano, incluso en sus dimensiones lúdicas más elementales (la comida, la bebida, el juego), sólo la sociedad urbana precisa separar funcionalmente un espacio y cerrarlo como espacio del comensalismo. No obstante hay que precisar que «las sociedades» son concrecciones industrial-urbanas que se producen sobre sustratos culturales y experiencias sociales en los que la vigencia de lo comunitario puede tanto permitir eficaces organizaciones en colectividad, como producción y reproducción de rituales comunitaristas. Basta recordar las típicas celebraciones de bodas, entierros, romerías, fiestas del santo patrono, en donde la comida en comunidad desarrollaba con frecuencia toda una organización. y un ritual.
Una forma de solidaridad elemental. Casi todas las informaciones tienden a situar el origen de las sociedades en San Sebastián; de alguna manera, la peculiar burguesía guipuzcoana, especialmente en su dimensión de pequeña empresa mercantil industrial constituye el sustrato desde el que se promocionan las sociedades. El s. XIX avanzado sería el marco apropiado -ante el propio fenómeno de la nueva diferenciación de clases- en el que con innegables referencias de tipo estamental, se produjesen formas de solidaridad que si bien pueden cristalizar ideologías políticas pueden presentar institucionalizaciones peculiares de lo comunitario-grupal. En un esquema de ambos supuestos alternativos y del proceso dominante por el cual se ha producido esta institucionalización, basta recordar dos de las más antiguas sociedades de San Sebastián, en plena vigencia hoy en día: la «Unión Artesana» (1870) en su emblemática y en la ubicación de su sede representa toda una opción: se trata de un reesfuerzo de solidaridades de pequeña burguesía fabril, con tono estamental, que instalará su sede definitiva en el «Ensanche Oriental» (primer desarrollo burgués del viejo casco) y que en la actualidad se caracteriza por dos aspectos: mantiene un local abierto al público, pero en el que los socios marcan pautas particulares de utilización, con amplia popularidad y una participación muy significativa en las celebraciones de San Sebastián («caldereros», «barrileros», «carnavales») y su «charanga» es una de las más características de San Sebastián. Su tono, originariamente, y en la práctica actual se diferenciará netamente del Círculo Mercantil; la «Artesana» es una sociedad popular y el Círculo es un «casino», aunque en su interior tenga una sociedad gastronómica. «Gaztelupe» nace ya como el prototipo de sociedad lúdica, restringida no a una fracción de clase, o un círculo de intereses económicos, sino a unos grupos que parten de la celebración ritual, de la privacidad de un «txoko», en donde desarrollar formas de relación social menos convencionales, menos pautadas por la división social del trabajo y de las clases. Aunque ello puede producirse precisamente desde la homogeneidad de una clase social, se trata precisamente de producir formas de comportamiento alternativas/compensatorias en un ámbito lógicamente cerrado o reducido. «Gaztelupe» aparece hoy, incluso con su escisión en «Gaztelubide», como el prototipo de la buena cocina, las buenas canciones, las celebraciones de homenajes a populares de diverso grado. En donde la «fanfare», los rituales gastronómicos, la afirmación de tradiciones donostiarras -«koskeras»- arrastran a sus miembros -e incluso a sus invitados distinguidos-. Su control en la admisión de miembros y su ubicación en la parte más expresiva de la pervivencia de un viejo San Sebastián (camino o al pie del Castillo), han configurado toda una mitología. Lo significativo es que, aún partiendo de referencias de clase o de élite, este tipo de sociedades, que estatutariamente son restringidas, no adoptan la restricción típica reduplicadora de una estructura social y del poder, sino que progresivamente se presentan como una pura concelebración, en una pura producción de formas de solidaridad elemental (el sexo, la edad), que si no alternativas, sí son lo suficientemente diferenciadas (en complementación o en contraposición) del modelo de sociedad industrial-urbano. «La sociedad» desde diferentes orígenes ha llegado a ser, en su propia referencia simbólica y práctica a un origen social diferenciado, en su propio carácter público-doméstico, un modo de producir relaciones sociales en las que se dinamitan las propias estructuras elementales, con toda su ambigüedad o capacidad estratégica de reformular su función.
Criterios de ingreso. El ser socio de una sociedad conocida es un «honor», que se hereda de padres a hijos o que necesita de un apadrinamiento o presentación por parte de los socios. Las viudas de los socios son, cuando más, depositarias de un derecho del difunto, que heredará el hijo varón cuando sea mayor; ni entre los socios promotores, ni entre los posteriores, cabe la mujer. La mujer no puede o no debe entrar en la sociedad, aunque este criterio -afirmado en las sociedades más clásicas, las donostiarras- tiende a revisarse; de todas formas la fuerza de la pauta se confirma en las excepciones instituidas: el día de la fiesta de la comunidad total (el patrono o un día muy «señalado», por ejemplo una fiesta de la Virgen). Aunque la mujer está cada vez más admitida en las sociedades, sigue entrando, por lo general, como acompañante del varón y no por derecho propio.
Manifestaciones hacia el exterior. La sociedad se manifiesta al exterior, además de en su local propio, en la participación en las celebraciones ciudadanas: en los desfiles festivos, con sus emblemas y rituales diferenciadores: en las actividades sociales. promocionando y encauzando actos marginales o lúdicos. No se puede ignorar que desde la solidaridad de socios --como desde la de miembros de la cuadrilla- pueden instrumentarse relaciones socialmente productivas en términos económicos y de poder (como en la familia), pero sí que ha de reconocerse en la sociedad un objetivo claramente al margen o diferencialmente complementario-- de la ordenación o institucionalización explícita de las relaciones sociales de dominación y producción. El carácter privado o particularista, populista o localista, tradicional y lúdico, no hace más que insistir públicamente, de manera bastante generalizada y actual, en la significatividad de ese orden de relaciones «comunitarias»; actúan como control o compensación del propio orden global establecido. Es una forma de apropiarse, de particularizar lo público, que normalmente se afirma en lo marginal o en lo lúdico; las sociedades participan. en las fiestas populares, en las cuestaciones y ayudas a los ancianos o las actividades no claramente oficializadas. Esto, en el tipo de disociación producida en determinados desarrollos de la historia reciente de Euskal Herria, o ante ciertos modelos de imposición de la sociedad industrial-urbana, adquiere potencialidades alternativas o de resistencia.
La cocina: el sancta sanctorum. La sociedad ha llegado a tener una actividad y un espacio reservado por excelencia: la gastronomía y la cocina. La instalación de esta última -y sus dependencias (despensa, bodega, frigoríficos, etc.)-se han convertido cada vez más en algo ostentoso, tanto por su coste como por la conciencia de que es «lo que hay que enseñar», el «sancta sanctorum» de la sociedad; de ahí que, incluso en las recientes sociedades abiertas a la mujer (casi siempre como esposa o hija de), o en los días de excepcional apertura a la calle e incluso ante los invitados varones, la cocina siga siendo el espacio reservado a los socios varones; el socio se ejercita y se acredita en la cocina, en gran parte. Esto no era así en su origen y ha venido a desarrollar el aspecto comensalístico: aunque se recurre todavía en algunas sociedades al restaurante próximo y al cocinero más o menos profesional, hay un especial énfasis en reducir los aspectos mercantiles del asunto; tratándose con el restaurante como si fuera de la casa, sentando al cocinero a la mesa, siendo fiel a un restaurante o cocinero perfectamente integrado, o limitando el carácter del servicio. El reunirse a comer o cenar en la sociedad da una dimensión especial a la celebración o al encuentro; bien sea por la simple participación del grupo de socios (o de los socios anfitriones) en la preparación de la comida y de la mesa, bien porque en el «txoko» se goza más claramente de una cierta informalidad que potencia el familismo. Los controles sociales representados por la presencia de la mujer, el local comercial, las relaciones ante el público, se distienden; tanto más, cuanto las representaciones sociales a que obliga el status en una sociedad industrial urbana se normalizan y organizan de manera disociada, especializada y el individuo difícilmente se proyecta de manera global -íntegramente- en cualquiera de ellas. Ayudados por la buena comida y bebida, por la propia confianza que da la sociedad (los posibles espectadores son conocidos, están en cuadrilla y asumen así mismo el espíritu de estar en la sociedad), los hombres se sienten «a gusto», las distancias sociales se reducen en el propio tono popular del trato. Las conversaciones -«tertulias»- encendidas, las canciones, los juegos de cartas -la «partida»- refuerzan la solidaridad grupal. No es raro que la cuadrilla cene (incluso con las «mujeres incluidas») todas las vísperas de fiesta en la sociedad (siempre abierta para los socios, que tienen lógicamente su llave). E incluso personas, con status profesional más liberalizado, hacen su «amarretako» (el almuerzo tradicional de las diez de la mañana) en la sociedad con frecuencia. El jubilado encuentra en ella a los compañeros o a socios solidarios; el mutil zarra «chico viejo» merienda o cena sin sensación de soledad; e incluso hombres casados mantienen el ritual de cenar en la sociedad todos los días del año o cuando la familia sale de «veraneo», afirmando su práctica diferenciada de varones y recreando su tiempo y espacio de solidaridad viril, claramente separado de lo doméstico.
Gestión y administración peculiares. Uno de los rasgos que se presenta como típico y característico de la sociedad es su gestión y administración. La práctica en común descansa en un autocontrol -frecuentemente respetado por la propia identificación con la «sociedad» -del gasto realizado: la sociedad está equipada de bodega y despensa, además de los servicios, a la manera de un bar-restaurante-casino; cada socio aporta además de una cantidad inicial- que supone la financiación de las obras de instalación y acondicionamiento, -una cuota mensual- gastos de entretenimiento -y abona en el acto de ser consumido el coste de las consumiciones de bebida o complementos de la comida o merienda (el café «completo», latas de conserva), puesto que la materia de la comida es aportada por los propios socios; este pago se realiza normalmente a «prorrateo», depositando en un buzón al efecto un sobre en el que se introduce el metálico y se especifica el importe de lo consumido, de acuerdo con la lista de precios fijada por la propia sociedad. Periódicamente la directiva, elegida por los socios, a través de un administrador, hace el arqueo de los ingresos en el buzón y de los materiales consumidos; el bodeguero se encarga de su reposición y se comunica a los socios las «derivas», la parte que corresponde a cada uno pagar (siempre igualitaria) sobre los posibles déficits (roturas, pérdidas, errores, impagos, etc.). Lo característico es que toda la organización y administración se lleva con gran seriedad y práctica (como de «oficio») pero sin admitir la profesionalización como principio ordenador. La conciencia de que en esta práctica está la clave de la comunidad, y por tanto del espíritu de sociedad, ha ritualizado esta forma de afrontar los costes con fórmulas que se ejercitan en el propio seno de la cuadrilla
La proliferación de los años 60. El régimen de Franco vino a potenciar paradójicamente esta dimensión de las sociedades; de alguna manera, marcó su popularización. Primero, porque en el desarrollo industrial urbano sobrevenido en los años sesenta, proliferaron las sociedades; segundo, porque las restricciones políticas y culturales se sobrepusieron a ciertas diferencias sociales e ideológicas y transfirieron a las sociedades aspectos de la vida pública fuertemente censurados por el Régimen. La expansión del modo de vivir urbano-industrial, que alcanza en los años sesenta su total implantación, hace que se produzca la división del tiempo y del espacio y las desacralizaciones que llevan a la promoción de sociedades. Entre la cofradía (con su local y sus celebraciones, muchas veces a través de comidas de hermandad) y la asociación gremial (con su sede y su refuerzo de la solidaridad de intereses); entre las fiestas comunitarias (los ágapes que acompañan los hitos de la vida tradicional) y las organizaciones cívicas tradicionales de las relaciones sociales (las cuadrillas por cuarteles o barrios, los alardes, los servicios de policía, el «auzolan») se va a desarrollar la sociedad, tanto más diferenciada cuanto más se produce la división social del sistema urbano-industrial. El particular momento y modo de producirse el advenimiento de la sociedad industrial y urbana en Euskal Herria y el desarrollo específico de las ideologías de comunidad (comunión tradicionalista, nacionalista...) darán eventualmente una dimensión de globalidad alternativa a las sociedades; entre el fuerte peso de las prácticas sociales tradicionales, reforzadas por su codificación cultural-ideológica (como cultura euskaldún y nacional) y las contradicciones sociales y políticas del desarrollo económico, se establecerá una peculiar forma de asociación que no deriva hacia el club (ni en sus formas restrictivas ni en sus formas abiertas) en cuanto éste se caracteriza por situarse en una dimensión determinada de la vida social (una afición, una actividad), sino que insistirá en su carácter de comunidad (doméstico-local). Incluso cuando las limitaciones al derecho de asociación, planteadas con especial intensidad en Euskal Herria, durante el régimen franquista, exigían coberturas jurídicas muy restrictivas (sociedades deportivas, clubs taurinos, sociedades cultural-recreativas...) por debajo de su nominación, las sociedades desarrollaban su carácter de lugar de encuentro, de concelebración, con cierto carácter de alternativa a lo que pasaba en casa o en la calle.
Mutaciones y renovaciones en la moderna sociedad. Mutaciones y renovaciones en la moderna sociedad popular. En las décadas de los sesenta y setenta las sociedades proliferan y van produciendo una tipología renovada en el propio proceso de transformación del País: en los barrios rurales recuperando edificios públicos obsoletos (edificios escolares, parroquiales, municipales), en los barrios de inmigración, (adquiriendo lonjas y recuperando locales públicos), se promueven sociedades, cuyas instalaciones y usos se definen cada vez más en un modelo unificado que tiene algo de la «herriko-taberna» tradicional de una comunidad, pero también del espacio apropiado por un grupo (unas personas y sus cuadrillas en interrelación) con frecuentes referencias sectoriales (los aficionados a una actividad) o locales (los vecinos de la zona). En poblaciones guipuzcoanas fuertemente industrializadas y de tipo medio (entre 15.000 y 50.000 habitantes) no es raro encontrar hoy sociedades, en número creciente, en la calle, en los suburbios urbanos, en los suburbios rurales, con lo que empieza a dibujarse dentro de la tipicidad señalada, utilizaciones complementarias por parte de los socios (de cuadrilla, en familia, de uso cotidiano, de fin de semana, etc.). Puede llegarse así a ser socio de varias, aunque «la sociedad» por excelencia es una: aquélla en la cual se plasma mejor ese carácter general de vida de cuadrilla. Y puede producirse así mismo -en estas pequeñas ciudades- tal abundancia de sociedades (una por cada mil quinientos o dos mil habitantes) que prácticamente toda la población adulta está habituada a ellas (no es raro que los socios sean varias decenas). Si a ello añadimos una cierta competencia en ampliar y mejorar las instalaciones (con presupuesto de varios millones de pesetas), las sociedades se presentan como una infraestructura muy significativa para distintas actividades colectivas. En la «sociedad» puede realizarse la dimensión «managerial», «política», «pública» (promoviendo, dirigiendo, organizando, reuniendo) pero siempre dentro de unos límites comunitarios, no productivos, sin formalización de ideologías estrictas. Va a ser precisamente en la década de los ochenta, cuando los replanteamientos de los marcos asociativos provocados por la transición política y las nuevas pautas de conducta, especialmente en las relaciones inter e intrageneracionales, contribuyan a redefinir y diversificar este tipo «tradicional» de sociedades: la presencia de las mujeres como socias de pleno derecho, las sociedades de jóvenes de ambos sexos, la extensión del modelo a colectivos de barrios urbanos (tipificados como de inmigrantes) o rurales (con población residual o renovada)... todos estos factores diversifican el carácter de las sociedades y lo que socialmente representan. Sin embargo, a pesar de la multiplicidad de fórmulas asociativas populares y con rasgos comensalísticos, las herrikotabernas o batzokis, sociedades deportivas, culturales o religiosas pueden reconocerse como constituidas por factores diferenciales de las sociedades populares: en éstas el objetivo y la práctica fundamental son los de la pura reunión en torno a una mesa para comer y beber buscando unas formas de relación compensatorias de la división social del trabajo dominante y muy particularmente de los tiempos y espacios, de los ritmos que caracterizan a la sociedad urbana industrial; su forma de organizarse para alcanzar este objetivo es la de apropiarse de un local (accesible dentro de las condiciones reinantes en la propiedad horizontal), hacer una instalación adecuada a las celebraciones gastronómicas, ponerse un nombre y algún signo de tradición cultural específica, establecer unos criterios de acceso y participación selectivos (por criterios de vecindad, reproducción familiar o participación en alguna actividad sociocultural), y practicar ese espacio como un «hogar» de celebración, como un lugar de solidaridades elementales, vuelto hacia dentro (con cierta privacidad y ejercicio de relaciones primarias), lo que no impide su funcionalidad en el exterior.
Bibliografía.
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    Jesús ARPAL POBLADOR