Concept

Industrialización

La industrialización es un proceso prolongado, en cuyo transcurso la industria experimenta un fuerte desarrollo y pasa a sustituir a la agricultura, tanto en el papel de actividad dinamizadora de la economía y de la sociedad, como en el de ocupación principal de la población.

A medida que la industrialización avanza aumenta la productividad general, se desarrolla la división del trabajo, se acelera el crecimiento demográfico y el mundo agrario pasa a un segundo plano en beneficio del modo de vida urbano-industrial.

Paralelamente, la influencia de la industrialización se extiende más allá del ámbito económico: da lugar a un fuerte crecimiento de los núcleos urbanos; a fuertes movimientos migratorios desde las regiones agrarias a las zonas industriales y alienta el cambio de las formas de vida y trabajo, de la estructura de la familia y de las relaciones sociales.

Se considera que la industrialización vasca dio sus primeros pasos en 1842, tras el traslado de las aduanas a la frontera, que incorporó la Vasconia peninsular al mercado interno español. Una parte del País Vasco accedió a dicho mercado con ciertas ventajas competitivas, entre las que se contaban: su situación respecto a los mercados europeos, las vías de comunicación, la disponibilidad de agua o el aprovechamiento de las estructuras heredadas de la industria tradicional, tanto materiales como inmateriales.

De todos modos, el proceso vasco debe inscribirse en un movimiento industrializador más amplio, cuyo origen se sitúa en Inglaterra a mediados del siglo XVIII, en la denominada Revolución Industrial, y que desde aquel epicentro se expandió progresivamente por gran parte de Europa durante el siglo XIX.

Tras varias décadas de declive de la industria tradicional -que desde la Edad Media había florecido en toda la zona húmeda de Euskal Herria, desde Bizkaia a Iparralde-, el año 1842 marcó un punto de inflexión y comenzaron a instalarse en esa misma zona húmeda diversas fábricas de tipo moderno. Ese mismo año comenzó su actividad en Tolosa la fábrica de papel La Esperanza, primera del Estado que montó una máquina de sistema continuo. Al año siguiente, se instaló la papelera "Etxezarreta" en Irura; en 1844, la sociedad Santa Ana puso en funcionamiento una planta siderúrgica en Bolueta, cerca de Bilbao; en 1845 aparecían dos importantes empresas textiles: la Fábrica de hilados y tejidos del Oria, en Lasarte-Oria, y la Sociedad de Tejidos de Lino de Rentería, a las que se unirían al año siguiente la Algodonera San Antonio de Bergara y la fábrica de boinas de Hurtado de Mendoza de Azkoitia. En 1847, se creó la empresa siderúrgica San Pedro en Araia. Al año siguiente, tanto esta empresa como la de Bolueta instalaron los primeros altos hornos -de carbón vegetal- que funcionaron en el País Vasco peninsular, y en 1855 se instaló la fábrica El Carmen en Barakaldo, primera empresa de lo que sería el centro siderúrgico de la Ría del Nervión. El núcleo armero de Deba Garaia conoció un renacimiento en esta época tras la grave crisis sufrida durante las cuatro primeras décadas del siglo. Los talleres artesanos que habían trabajado para la Real fábrica de armas se reconvirtieron en pequeñas empresas de tipo capitalista tras la liberación de la producción armamentística decretada por O'Donnell.

El mercado español, al que dirigían su producción estas nuevas empresas presentaba una capacidad de consumo relativamente baja en esta época debido a ciertas carencias, como problemas de regulación, deficientes comunicaciones e insuficiente integración. Esta circunstancia determinó la formación de un tipo industrial caracterizado por factorías de tamaño reducido o mediano, gran variedad de sectores, con predominio del de consumo, y con un nivel tecnológico subsidiario en parámetros europeos. Por ejemplo, la mayor parte de las factorías utilizaban la energía hidráulica, siendo contadas las que usaban el vapor. Este modelo, que caracterizaría a Gipuzkoa durante toda la era industrial dominó también en Bizkaia durante esta etapa. En 1860, por ejemplo, existían en el Señorío 16 fábricas alimentarias, 12 textiles, 20 curtidurías o tenerías, 6 navieras, 2 papeleras y una de vidrio, entre otras; todas ellas eran de pequeño o mediano tamaño y se distribuían por Bilbao, sus municipios colindantes, Balmaseda y Durango.

La construcción del ferrocarril a principios de la década de los 60 contribuyó a impulsar el desarrollo de la naciente industria, que continuó expandiéndose hasta 1870. Sin embargo, desde mediados de la década de los 60 se encadenaron las crisis en otros sectores de la economía española. Primero fue la bancarrota financiera de 1866, a la que siguió una importante crisis agraria y finalmente, la inestabilidad política abierta por la Revolución Gloriosa en 1868. La suma de estos acontecimientos dio lugar a una contracción del consumo en el mercado español que afectó sobre todo a las industrias de consumo, especialmente a las textiles. Por el contrario, las industrias metálicas consiguieron mantener su nivel productivo hasta el inicio de la Guerra Carlista en 1872.

Durante los cuatro años que duró esta contienda la crisis se extendió a todos los sectores fabriles, el crecimiento industrial se contuvo y muchos sectores llegaron casi a la paralización debido a los problemas de abastecimiento y distribución.

Una vez finalizada la guerra, la recuperación industrial no fue inmediata. Se demoró algunos años, sobre todo en los sectores ligados al consumo, pues a las destrucciones bélicas se unió la contracción internacional de la demanda provocada por una crisis general del capitalismo.

La economía vizcaína había iniciado su apertura hacia el mercado internacional antes del paréntesis abierto por la guerra con la exportación de mena de hierro destinada a satisfacer la demanda de mineral no fosfórico, abundante en Bizkaia, pero raro en el resto de Europa. La generalización de los hornos Bessemer en las grandes siderurgias dio un gran impulso a la demanda de este tipo de mineral y a partir de 1876 la exportación conoció un crecimiento extraordinario de la mano de compañías internacionales, como la Orconera Iron Ore de capital principalmente inglés o la Franco-Belga. En esa época se comenzó a utilizar hulla inglesa, que resultaba económica aprovechando los fletes de retorno, y sobre estas bases se crearon las principales compañías siderúrgicas, como La Vizcaya y Altos Hornos de Bilbao, fundadas en 1882. Otra más pequeña, San Francisco se instaló al año siguiente. Las dos primeras destinaban el grueso de su producción de lingote de hierro a los mercados europeos. Así nació la gran industria siderúrgica y se conformó el tipo vizcaíno de industrialización caracterizado por la concentración geográfica en la zona del Bajo Nervión, empresas de gran tamaño y predominio de la industria básica sobre la de consumo. La siderurgia favoreció la creación de industrias metalúrgicas de productos elaborados a partir del lingote de hierro (entre otros muchas, Talleres de Zorroza, Compañía Anónima Vasconia de Basauri o Talleres de Deusto), y este núcleo fabril metalúrgico atrajo industrias de todo tipo, entre las que destacaban las de construcción naval, las químicas o las papeleras. La mayor parte de ellas superaban los cien trabajadores.

En Gipuzkoa, tras la guerra, la recuperación se hizo esperar algo más, pero a partir de 1885, la inversión y la producción industrial crecieron de forma sostenida. Hasta final de siglo se crearon numerosas empresas: textiles, papeleras y alimentarias entre otras, distribuidas por todo el territorio.

Esta expansión se hizo patente asimismo en el interior de las empresas ya existentes, que aumentaron notablemente su capacidad. La producción de papel pasó de los 8.550 Kgs. producidos por las 12 fábricas activas en 1876 a los 54.000 Kgs. diarios de las 15 empresas que funcionaban en 1902. Algo similar ocurría con las empresas cementeras, cuya producción total pasó de 2.500 Tm. en 1850 a 35.000 en 1890, y con las armeras que entre los años de 1878 y 1900 multiplicaron por tres el número de escopetas fabricadas, por ocho el de revólveres y por dos y medio el de fusiles, aunque redujeron a la mitad su producción de pistolas. No faltaron los ejemplos de una evolución similar en otros sectores, como el alimentario y el textil. La fábrica Boinas Elósegui, de Tolosa, por ejemplo, que antes de la guerra producía unas 100 boinas diarias vendía unas 700.000 anuales a finales de siglo.

Los salarios de los obreros, sin embargo, no aumentaron al ritmo de la productividad y se mantuvieron a niveles bajos. Esta circunstancia, unida a las duras condiciones de trabajo, a las largas jornadas de 10 ó 12 horas, el empleo masivo de mujeres y niños en ciertas industrias por salarios muy inferiores a los masculinos, la falta de seguros sociales y la insalubridad del hábitat obrero, mantuvo el nivel de vida de los trabajadores industriales en un nivel mísero durante las primeras fases de la industrialización. Así lo ponen de manifiesto los altos índices de mortalidad general e infantil que padecía los barrios obreros.

Con todo, la paz social dominó en esta época en el mundo industrial. No se conocieron conflictos laborales colectivos y las organizaciones sindicales no tuvieron presencia entre los obreros vascos hasta el final de esta etapa.

Durante la década de 1890, la siderurgia vizcaína inició un giro progresivo hacia el mercado español reduciendo lentamente su producción para la exportación. En este cambio influyeron varias circunstancias. Por una parte, el viraje de la política aduanera del Estado hacia un mayor proteccionismo, que se vio reforzado por la devaluación de la moneda. Por otra parte, la producción para el exterior había permitido alcanzar un gran volumen productivo, economías de escala y alta competitividad, lo que proporcionaba una ventaja competitiva a la siderurgia vizcaína en el mercado interior. Además, la aparición de nuevos sistemas de producción de acero como el Thomas y el Martin-Siemens., que podían utilizar cualquier tipo de lingote de hierro, y no solo el mineral no fosfórico, redujo la demanda internacional de lingote vizcaíno. Como consecuencia de todo ello, con el estreno del siglo XX, la siderurgia vizcaína se volvió hacia el mercado español.

Consumado dicho giro, los empresarios siderúrgicos vascos iniciaron una estrategia dirigida a la protección frente a la competencia exterior y a la monopolización en el mercado interior que les permitiera mantener las altas producciones. Con estos objetivos presionaron al Estado para que aumentara los aranceles aduaneros; encabezaron un sindicato de productores que unió a las principales siderúrgicas del Estado y que les permitió repartirse el mercado por productos, aumentar el control de la producción y establecer precios de monopolio. Esta alianza consolidó la posición que cada empresa ocupaba, confirmando la situación cuasi monopolista de la siderurgia vizcaína en el mercado español. En 1900, las fábricas vizcaínas producían el 67% del lingote de hierro, el 99% del acero Bessemer, el 63,7% del acero Siemens y el 66,6% de los laminados en el Estado Español.

Algo similar ocurrió en el sector papelero, cuyos fabricantes principales formaron un cártel en 1897 con objeto de soslayar la competencia y fijar los precios del producto. Seis años después, el nacimiento de una nueva empresa, La Papelera Española, ratificaría la deriva monopolista en el sector papelero. Dicha empresa integró a otras 11 ya existentes, distribuidas por toda la Península, y monopolizó la fabricación de las clases más rentables de papel. La base de este consorcio monopolístico estaba formada por empresas vascas: las vizcaínas Papelera del Cadagua y Papelera Vizcaína, las guipuzcoanas Papelera vasco-Belga, La Guipuzcoana y Laurak-Bat y la Papelera Navarra.

El volumen de capital acumulado en Bizkaia durante las primeras fases de la industrialización hizo notar su influencia en la actividad económica de toda su área limítrofe y especialmente en la industria de Gipuzkoa. La Papelera Española, por ejemplo, se constituyó con un capital social de 20 millones de pesetas, en su mayor parte de origen vizcaíno. Otras empresas de gran relevancia en Gipuzkoa, fueron fundadas por vizcaínos, como la Sociedad Española de Construcciones Metálicas, constituida en Bilbao en 1901, con un capital de 12 millones de pesetas y que integró, entre otras empresas, La Maquinista Guipuzcoana de Beasain, origen de la CAF. También tuvieron los capitales del Señorío un papel protagonista en la construcción de ferrocarriles de vía estrecha en todo el País Vasco peninsular.

La influencia del gran núcleo fabril bilbaíno sobre la industria guipuzcoana se hizo sentir también en el notable impulso que conoció el sector de transformados metálicos en Gipuzkoa desde inicios del siglo XX, debido en buena medida a la oferta de lingote vizcaíno a precios competitivos y al impulso dado por el Estado a la política de sustitución de importaciones en este sector.

Los capitales amasados en la gran industria dinamizaron también en esta época el sector financiero de Bizkaia. En 1857 se había creado el Banco de Bilbao, único existente en el Señorío hasta 1891. Ese año se fundó el Banco de Comercio, y desde esa fecha hasta 1902 se crearon además, el Banco de Vizcaya, el Crédito de la Unión Minera, el Banco Minero Naviero, la Unión Financiera o el Banco Vascongado. En una década se pasó de una oferta financiera insuficiente a otra excesiva, pero el propio mercado corrigió la situación y en pocos años el número de bancos de la villa quedó reducido a tres: el Bilbao (fusionado con el de Comercio), el Vizcaya y el Crédito de la Unión Minera.

La influencia del desarrollo industrial de los territorios costeros se hizo patente asimismo en la economía alavesa y navarra. Aunque no faltaban en las capitales provinciales algunas fábricas de considerable tamaño, estas industrias eran absolutamente dependientes de su entorno agrícola. Fabricaban en general productos destinados a las labores agrícolas (maquinaria, abonos, aperos, etc.) o al consumo familiar, y su mercado no rebasaba los límites provinciales. De hecho, era la agricultura el motor de la economía en Alaba y Navarra. El crecimiento industrial de Bizkaia y Gipuzkoa no actuó en esta época de incentivo para la industrialización de estos territorios, pero sí para la tecnificación y mercantilización de su agricultura, así como de La Rioja. Esto fue debido, por una parte, al incremento de la demanda de productos agrarios, sobre todo de vino, generada por el crecimiento de la población urbana en las zonas industriales y, por otra, a la inversión de capitales originarios de las provincias costeras en la agricultura de las regiones interiores.

Iparralde se mantuvo también en esta época bajo el dominio de la economía agrícola. En 1882 se instaló la empresa siderúrgica Forges de L`Adour en la zona portuaria de Baiona, empresa que llegaría a contar con 2.155 trabajadores en 1920, pero que no consiguió desarrollar en torno a ella un núcleo industrial.

Finalmente, queda señalar que fue ésta la época de formación de las primeras organizaciones reivindicativas de trabajadores y de aparición de la conflictividad obrera en el País Vasco, más precisamente en Bizkaia. Fue en la Zona Minera e Industrial vizcaína donde tuvieron lugar las primeras huelgas de carácter general.

La zona minero industrial de la Ría pasó de 57.110 habitantes en 1857 a 184.960 en 1900, mientras el resto de Bizkaia solo crecía entre las mismas fechas de 106.468 a 126.401 habitantes. La fuerte inmigración que alimentó el crecimiento demográfico, junto con la rápida urbanización que le siguió, contribuyó a la fractura de los vínculos sociales tradicionales, abriendo el campo a nuevas ideas y a la formación de asociaciones obreras tanto de carácter sindical como político. Aunque francamente minoritarios en la propia masa trabajadora, estos grupos actuaron como catalizadores del descontento y consiguieron canalizarlo hacia movilizaciones unitarias generales. Ocurrió así en la huelga de 1890, en cuya gestación jugaron un importante papel dinamizador los socialistas y las sociedades obreras de resistencia afines a ellos. Las huelgas volverían a adquirir un carácter general en la Ria del Nervión en 1892 y 1903, pero entre ambas fechas proliferaron las huelgas menores de ámbito sectorial o de empresa. La propia conflictividad estimuló la organización de los trabajadores, lo que a su vez realimentó la conflictividad. Entre 1903 y 1913, hubo 111 huelgas, algunas generales, como ocurrió en 1910. Pero esto ocurría casi exclusivamente alrededor de la Ría de Bilbao.

En Gipuzkoa, donde el crecimiento demográfico y la urbanización se desarrollaron a un ritmo más moderado y con mayor dispersión geográfica, las escasas asociaciones obreras existentes tuvieron un carácter más asistencial, y salvando escasos conflictos señalados, como la huelga de Eibar de 1897, la paz social se mantuvo casi intacta y las organizaciones obreras, con las excepciones de Donostia y Eibar, no enraizaron prácticamente hasta 1916-17.

La proporción de población activa empleada en la industria y minería en Bizkaia superó a finales del siglo XIX a la ocupada en el sector primario. En Gipuzkoa, el empleo industrial creció durante todo esta etapa, aunque más lentamente, llegando a superar al sector primario en número de personas ocupadas durante la Primera Guerra Mundial. Es por tanto en esta etapa cuando se puede considerar a ambos territorios plenamente industriales.

En esta época aumentó apreciablemente en Bizkaia la inversión media anual en la industria, destacando los sectores siderometalúrgico y eléctrico. Como consecuencia, la producción de lingote de hierro se dobló entre el quinquenio 1896-1900 (155.000 Tm.) y el de 1911-1915 (311.000 Tm.), y la de acero creció aún más, pasando de 70.700 Tm. a 283.300 Tm. entre ambos períodos.

También la industria de tipo guipuzcoano experimentó en esta época una expansión generalizada. El número de papeleras ascendió hasta 20 en Gipuzkoa en 1914. En conjunto, producían 45.000 Tm. anuales (más de 150.000 Kg. diarios), lo que representaba el 35% de la producción española. Esto significa que la producción media por empresa había crecido sensiblemente a lo largo de este período. Las empresas metálicas, además de ampliar sensiblemente su número, incrementaron notablemente su producción por planta y la productividad por trabajador. En Deba Garaia, por otra parte, surgió en 1906 otra gran empresa metálica, La Unión Cerrajera, resultado de la fusión de Vergarajauregui, Resusta y Cía. con La Cerrajera Guipuzcoana que poseían plantas de fabricación en Mondragón y Bergara. La industria armera continuó su crecimiento: en 1909 se producían medio millón de armas y en 1917 se alcanzó el máximo histórico con 741.075 unidades.

Asimismo, la electrificación de la industria experimentó un gran impulso, pero también en este campo las vías vizcaína y guipuzcoana diferían sensiblemente. En Bizkaia surgieron empresas productoras y distribuidoras de electricidad a gran escala, con grandes centrales situadas fuera del propio territorio, importantes redes de transporte de la energía y clientes de gran consumo, entre los que se contaban fábricas de aceros, papeleras, harineras y otras, así como compañías de tranvías, ayuntamientos y empresas de alumbrado urbano.

Estas grandes empresas energéticas protagonizarían en los años treinta un proceso de concentración del sector que llevó a la desaparición o absorción de las pequeñas centrales.

En Gipuzkoa, en cambio, predominaron los pequeños saltos hidráulicos, que en buena parte eran propiedad de las mismas industrias que los aprovechaban, aunque abundaban también las pequeñas empresas de electricidad que servían a clientes del entorno más cercano. Este modelo se mantuvo hasta los años 40, cuando un fuerte proceso de concentración puso la inmensa mayoría de las pequeñas empresas bajo la influencia de las grandes compañías de origen vizcaíno.

La neutralidad del Estado Español durante la I Guerra Mundial, dio lugar a un fuerte crecimiento de la producción industrial vasca, sobre todo en el sector siderúrgico, el armero, el papelero y el químico ya que, como consecuencia de la atrofia sufrida por los sistemas productivos de los estados beligerantes aumentaron las exportaciones, pero también las ventas en el mercado español de productos de calidad que en condiciones normales se importaban.

Finalizada la guerra, y retomada la actividad en los grandes centros industriales europeos, se perdieron los mercados ganados durante la contienda y se vivió una profunda crisis entre 1918 y 1921 que golpeó con dureza a la producción y a los trabajadores: despidos, aumentos de precios, control salarial, prolongación de las jornadas, etc. A pesar del aumento del salario nominal, los salarios reales cayeron notoriamente y las condiciones de vida se deterioraron sensiblemente.

Entre 1917 y 1920 la conflictividad obrera se generalizó y las huelgas, los conflictos laborales y las movilizaciones políticas proliferaron en todas las áreas industriales del País Vasco Peninsular. Las organizaciones sindicales arraigaron en todo el territorio: creció el sindicato socialista UGT, el más importante en aquel momento, Solidaridad de Obreros Vascos (SOV/ELA), que había nacido en 1911 y tan solo se hallaba asentada en Bizkaia se extendió con fuerza a Gipuzkoa, y se constituyeron los primeros grupos estables de la CNT anarquista.

A partir de 1922 se reinició una expansión casi general de la industria vasca. Así lo pone de relieve por ejemplo la matrícula industrial de Gipuzkoa de 1923, que registra un total de 1.445 empresas, 598 más que las registradas en 1917. Mucho tuvo que ver en ello la política económica de la Dictadura de Primo de Rivera que reforzó el proteccionismo e impulsó las obras públicas y que favoreció la expansión del consumo, tanto público como privado. La siderurgia vasca, a pesar de todo, sufrió un cierto estancamiento tecnológico y una caída de la productividad, entre otras razones porque el Estado penalizó la importación de carbón galés, más barato que el español, con lo que aumentaron los costes y la siderurgia vizcaína perdió competitividad frente a la asturiana.

La industria metálica guipuzcoana no conoció la crisis hasta 1919. Se prolongó hasta 1921, pero a partir de 1922, el sector se recuperó: se multiplicó el número de fundiciones, de fábricas de chapa y herramientas, y sobre todo, el de talleres de transformaciones metálicas, que casi triplicaron su número entre 1917 (67 talleres) y 1923 (191). El sector metálico pasó a convertirse en el más importante del territorio, extendiendo su presencia a todas las comarcas guipuzcoanas.

La industria armera, sin embargo no conseguía recuperar su producción de la década anterior (en 1920 su producción fue de 300.000 unidades, el 40% de la de 1917), y ante la perspectiva de un declive definitivo, algunos talleres armeros se iniciaron a principios de los años 20 en la fabricación de tijeras, sacacorchos y herramientas. A partir de 1925 las grandes empresas armeras comenzaron su reconversión en fábricas de bicicletas, máquinas de coser y otras actividades mecánicas que vinieron a sustituir con éxito a la fabricación de armas.

La época de expansión coincidió con un período de paz social. La política de la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), la represión de la actividad reivindicativa, la debilidad de afiliación de los sindicatos y los altos salarios contribuyeron a reducir drásticamente la conflictividad durante esta fase.

El nivel de vida de los obreros experimentó una mejora sensible. La subida de los salarios reales (salario nominal ponderado con los precios) unió sus efectos a los primeros pasos hacia la institución de la seguridad social, entre los que cabe mencionar la Ley de Accidentes de Trabajo (1900) y el Seguro Obligatorio de Vejez (1921), sin olvidar la institución de la jornada de 8 horas aprobada por Ley en 1919. Todas estas medidas, aunque tuvieron una aplicación defectuosa jugaron un importante papel en la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores, junto con las progresivas mejoras que se iban aplicando al saneamiento de los núcleos urbano industriales.

La crisis internacional de 1929 se dejó sentir en la industria vasca a partir de 1931, pero su impacto fue muy diferente en los distintos sectores y territorios. Tuvo especial incidencia en la industria básica y en la de bienes de equipo. La producción siderúrgica se contrajo considerablemente: entre 1929 y 1933 descendió en un 50%. La producción de mineral cayó en más de 2/3. La construcción naval se derrumbó también en esos años. En cambio, la industria de consumo conoció un cierto crecimiento gracias a la expansión del consumo impulsado por las mejoras salariales decretadas por el gobierno republicano.

Por esta razón, la crisis tuvo mayor incidencia en Bizkaia y en los núcleos industriales guipuzcoanos con mayor presencia del metal y bienes de equipo, como Deba Garaia, Debabarrena o Goierri, que sufrieron altas tasas de paro. En cambio, en las zonas donde predominaba la industria de producto de consumo apenas se sufrió el paro.

A pesar de una leve recuperación en 1934-35, la crisis continuó en 1936, con un recrudecimiento del paro.

Las organizaciones obreras conocieron un importante auge desde la proclamación de la República. La actividad sindical se reactivó y las luchas sociales se radicalizaron, sobre todo a partir de 1933, favorecidas por el clima de efervescencia política que se vivía. El momento álgido se alcanzó con la Huelga Revolucionaria de octubre de 1934, que fracasó.

Al estallar la guerra en julio de 1936, el país quedó dividido en dos: Alava y Navarra quedaron desde el primer momento en poder del bando franquista y tras dos meses de combates, los rebeldes tomaban gran parte de Gipuzkoa. En esta zona fueron militarizadas algunas industrias y otras muchas detuvieron su actividad por falta de suministros y de mano de obra. En la zona controlada por el Gobierno Vasco, por su parte, surgieron serias dificultades para el funcionamiento regular de la industria por causa del bloqueo de las comunicaciones, de las indecisiones respecto a la intervención gubernamental de las empresas, y del boicot de algunos empresarios. Las grandes siderúrgicas, por ejemplo, estuvieron paralizadas durante meses.

Tras la caída de Bizkaia en 1937, el gobierno franquista decretó la inmediata militarización de las industrias estratégicas (siderúrgicas, explosivos, maquinaria, neumáticos, cemento, etc.), y éstas pudieron reanudar sin tardanza la producción, ya que los daños materiales ocasionados por los combates fueron escasos.

Finalizada la guerra, el régimen franquista acentuó el carácter nacionalista de la política económica, que basó en tres pilares principales: la autarquía económica, que reducía al mínimo las relaciones con el extranjero; el intervencionismo del Estado en la vida económica, y por último, el sindicalismo vertical, con un sindicato único, corporativo y jerárquico sometido al Estado.

Se respetó la iniciativa privada, pero limitada por la intervención del Estado. Era necesaria autorización previa administrativa para abrir o ampliar empresas y para la importación de primeras materias o maquinaria.

La gran industria vizcaína contó con ciertas ventajas durante esta época, entre ellas, el haber salido prácticamente intacta de la guerra y la afección al régimen de la mayoría de los industriales vizcaínos. Todo ello unido a la demanda derivada de la reconstrucción del ejército y de los edificios destruidos durante la guerra, le permitió alcanzar una cierta recuperación. De todos modos, los problemas de abastecimiento de materias primas, energía y bienes de equipo provocaron la caída de la producción al inicio de la posguerra entre un 15 y un 20% en la minería y la siderurgia, y hasta un 50% en otras metalurgias.

La industria de consumo guipuzcoana sufrió aún más en esta época, pues a los problemas de abastecimiento unía la caída del poder de consumo del mercado español.

Durante la posguerra las condiciones de vida de la población sufrieron un grave deterioro. Hasta 1954 no se recuperarían los niveles de vida alcanzados en 1936. Los salarios, intervenidos y controlados por el gobierno, se mantenían congelados, pero los precios experimentaron un continuo ascenso. Fue época de hambre en muchos hogares obreros. La represión de las organizaciones obreras y el control de las relaciones obreras que el Estado llevaba con mano de hierro a través del Sindicato Vertical no fueron ajenos a la caída de los salarios reales y a la ausencia de conflictividad obrera.

En la década de los 50 se inició la recuperación industrial. Hacia 1953, la siderurgia vizcaína recuperó por primera vez el nivel de producción de 1929 y se crearon nuevas empresas metalúrgicas: Aceros y Forjas de Azcoitia, fundada en 1939; Aceros de Llodio (1940); Victorio Luzuriaga (1952), con factorías en Pasaia, Errenteria y Usurbil; Aceros y Fundiciones del Norte Pedro Orbegozo (1953), de Hernani y José Maria Aristrain (1956) de Olaberria; la construcción naval inició también su despegue: el tonelaje de buques construidos se multiplicó por dos entre 1949 y 1953; lo mismo puede decirse de la industria química de Bizkaia, que en 1950 contaba con 200 empresas y 12.000 trabajadores y en menor medida la de Gipuzkoa, donde las empresas eran sensiblemente menores (en 1950, 55 empresas empleaban a 1.940 personas); otro sector que conoció su ascenso a partir de 1950 fue el de la máquina herramienta, (entre 1940 y 1950 se crearon 26 empresas en este sector, y entre 1950 y 1959, otras 56), un sector en el que el País Vasco peninsular contaba con la ventaja competitiva de disponer de mano de obra cualificada.

A fines de la década de 1950, el modelo autárquico había llegado a su límite y en 1959 se aprobó el Plan de Estabilización que puso fin a la autarquía: se abrió el mercado interno a las importaciones y a la inversión extranjera, se incentivó la exportación y se fomentó la concentración industrial. Esta relativa liberación arrastró a la crisis a numerosas empresas, incapaces de hacer frente a la competencia exterior. Pero, a partir de 1964, los Planes de Desarrollo abrieron un nuevo período expansivo de la industria vasca: se subvencionaron determinados sectores industriales y se concedieron ayudas crediticias públicas y privadas a las empresas, además de mantener la protección arancelaria.

Este período se distinguió por el alto ritmo de crecimiento industrial del País Vasco Peninsular y, especialmente, por la incorporación a la industrialización de Alava y Navarra y, de manera algo más tímida, del área urbana de Baiona.

En 1955 la agricultura superaba todavía en Alava y Navarra a la industria en cuanto a población ocupada. Pero a partir de 1960, la expansión de la economía general y la saturación del suelo industrial y urbano de Bizkaia y Gipuzkoa estimularon la emigración de industrias hacia los territorios interiores. Por otra parte, las instituciones de estos territorios utilizaron la autonomía fiscal que les concedía el Concierto Económico para atraer industrias. El Ayuntamiento de Vitoria y la Diputación Foral de Navarra crearon polígonos industriales, ofreciendo a las empresas que se instalaran en ellos exenciones fiscales, suelo barato e infraestructuras de comunicaciones y transporte incorporadas. Como consecuencia, en Alava surgió una concentración industrial polarizada en torno a Vitoria, mientras en Navarra la industria se distribuía de manera algo más equilibrada entre la capital y los polígonos de Alsasua, Lizarra-Estella, Tafalla y Tudela.

La industria experimentó un rápido crecimiento en estos dos territorios y en 1975 la distribución de población activa del conjunto de Hegoalde se homologaba prácticamente con la de los países industriales, con predominio de la población empleada en la industria en todos los territorios (48,5% de la población activa en Gipuzkoa, 47,5 en Alava, 43,2 en Bizkaia y 36 en Navarra) y bajo porcentaje de los empleos agrícolas (10,9% de la población activa en Gipuzkoa, 11,5 en Alava y 6,3 en Bizkaia; Navarra, constituía aún una cierta excepción en este aspecto, con el 20,9%).

De todos modos, a pesar del crecimiento industrial de los territorios interiores, en 1975, Gipuzkoa y Bizkaia concentraban todavía 3/4 partes del Producto Industrial del País Vasco Peninsular y el 71% de su población aunque representaban únicamente el 23,8% del territorio.

Por otra parte, el desarrollo industrial de los años 60 y primeros 70 tuvo una palpable repercusión en la evolución demográfica de Hegoalde. Se puede afirmar que el número de habitantes creció durante esta época a un ritmo superior al de cualquier otro período de la historia: en los 15 años comprendidos entre 1960 y 1975 la población total creció un 44,38%, pasando de 1.755.700 habitantes a 2.534.900 en el conjunto de los cuatro territorios. Alava incrementó su población en un 70,39% (pasó de 137.800 habitantes a 234.800 en este período); Bizkaia en un 53,38% (de 744.000 a 1.140.800); Gipuzkoa en un 43,33% (de 472.600 a 677.400), y Navarra tan sólo en un 20;11% (de 401.200 a 481.900). Estos incrementos no hubieran sido posibles sin el concurso de un fuerte movimiento inmigratorio. Solo Bizkaia, por ejemplo recibió en estos años más de 200.000 inmigrantes, procedentes fundamentalmente, como en el resto del territorio, de las regiones agrarias del Estado Español que padecían un alto nivel de paro encubierto.

Los profundos cambios experimentados durante los años del desarrollo por la economía general y por la estructura de ocupación de la población, así como por el número de habitantes y su distribución entre las áreas urbanas y rurales tuvieron también una cierta influencia sobre otros aspectos de la vida. Como se ha podido comprobar, había tenido lugar en quince años un crecimiento explosivo del espacio industrial, de la población y de la inmigración. Todo ello ocurrió bajo un régimen político autoritario, altamente centralizado y jerarquizado, con una administración pública local sometida al poder central y mediatizada por los grupos de presión afines al poder; en este contexto, el desarrollo acelerado dio lugar a una urbanización deficiente y desordenada, dominada por las actividades especulativas, así como a altas tasas de contaminación del aire y de los cursos de agua.

Pero el fuerte desarrollo tuvo también otros efectos. Así, en los años 60 rebrotaron las luchas sindicales y se inició en la clandestinidad la reorganización del movimiento obrero que había sido desmantelado después de la guerra; aumentó progresivamente la cobertura de la seguridad social y, a mediados de los 70, en medio de un recrudecimiento de la conflictividad socio-política, los trabajadores consiguieron elevar sensiblemente los salarios medios, con lo que aumentó la capacidad de consumo de las clases trabajadoras. Se inició entonces con fuerza la incorporación de las mujeres al mundo del trabajo asalariado -en el que, en alguna medida, siempre habían estado, aunque de forma "invisible"-, y su acceso a la educación secundaria y superior, un campo muy restringido para ellas hasta entonces.

Tampoco los empresarios quedaron al margen de los cambios. La apertura económica al exterior exigía mayores cuotas de competitividad en la industria, lo que se traducía en una exigencia de mayor innovación técnica y en la concentración de empresas, y todo ello, a su vez, favorecía la burocratización y tecnificación de la gestión empresarial, lo que favoreció el acceso a los órganos de gestión de las empresas a gestores técnicos de origen diverso y no procedentes únicamente de los círculos cercanos a las grandes familias industriales.

Todo el conjunto de cambios, que el rápido desarrollo industrial inducía en la estructura de población, en los niveles de renta, en los modos de vida -expuestos a un acelerado proceso de urbanizaron-, en la educación y en las relaciones económicas, dio origen a una paradoja: a medida que crecía la prosperidad económica general se hacía mayor el grado de inestabilidad social y crecía la resistencia contra el sistema de control y represión social levantado después de la guerra civil.

También se sitúa en los años 60 el momento del tímido despegue industrial en Iparralde. Aunque en 1964 se cerró Forges de L'Adour se instalaron industrias químicas, como Socadour (Sociedad química del Adour), Astec y Fertiladour y metalúrgicas como Turbomeca, dedicada a la construcción de motores aeronáuticos, así como empresas electrónicas y pequeños talleres de especialidades diversas. Se trataba en general de una industria muy tecnificada, con un volumen de empleo reducido en relación a su elevada facturación. Atraída fundamentalmente por los servicios portuarios, se concentraba en el área de Baiona, con escasa proyección al resto del territorio, en cuyo conjunto la industria tan solo representaba el 30% de la población activa.

La crisis internacional abierta por la subida de precios del petróleo en 1973 tuvo un enorme impacto en la economía vasca, fundamentalmente en su tejido industrial. La industria vasca pagó cara su dependencia de uno de los sectores más afectados por la crisis en todo el mundo, la metalurgia (en 1975, las industrias metálicas aportaban el 55% del producto industrial del País), pero también pesó su incapacidad para remontar el atraso tecnológico acumulado en la época de la autarquía, su desequilibrada distribución espacial y su falta de previsión: en importantes regiones industriales europeas se inició pronto un trasvase de recursos y capital desde los sectores sin expectativas hacia otros con alta productividad. Pero las grandes industrias vascas, fundamentalmente las metalúrgicas, continuaron instaladas en la protección aduanera y en la ayuda estatal durante los primeros años de crisis hasta que ésta se hizo irreversible. Desaparecieron grandes empresas y otras muchas redujeron drásticamente sus plantillas y externalizaron los procesos productivos; un sector servicios poco desarrollado no pudo asimilar a corto plazo el excedente de mano de obra procedente de la industria y el paro creció hasta límites insoportables en las zonas más industrializadas; el flujo migratorio se invirtió en Gipuzkoa y Bizkaia, que perdieron población en la década siguiente, dando fin en todos estos aspectos a las tendencias observadas durante más de un siglo en estos territorios.

Cuando se inició la recuperación económica en la década de 1990, el sector terciario tomó el relevo a la industria en el papel de principal fuente de ocupación y motor económico, superando al sector industrial en los parámetros de ocupación y valor del producto por primera vez desde el inicio de la industrialización.

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