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FEMINISMO

Doctrina social que reclama para la mujer disfrutes y derechos reservados hasta ahora a los hombres, andretiartasun, andrealdetasun, emealdetasun.

Diccionario Auñamendi
El feminismo, como correlato de la Declaración de los Derechos Humanos de 1789 (véase al final del artículo el apéndice "Cuaderno de agravios de las mujeres de San Juan de Luz y de Cibour al rey"), es una corriente que lenta y trabajosamente va abriéndose camino a lo largo del siglo XIX en Europa y el nuevo continente. Recibe un impulso determinante con los movimientos de la izquierda internacionalistas -socialismo, anarquismo- y efectúa las primeras grandes conquistas en los años 20, tras la I Guerra Mundial, que revoluciona estructuras sociales, dominios territoriales, modas y costumbres. Pese a la no beligerancia española, la inserción de España en el marco europeo determina la similitud de este proceso a ambos lados de la frontera. La revolución francesa y la española de 1868 habían planteado ya la problemática de la marginación femenina, principalmente en el campo de la cultura y enseñanza. Esta problemática sigue vigente durante muchos años. En Euskalerria decimonónica los niños aprendían a leer y a escribir. Las niñas acudían en mucho menor número a la escuela y, además, en la mayoría de los casos, sólo aprendían a leer (Lasa: Sobre la enseñanza primaria..., pp. 22-23). Está de más decir que, pese a existir alguna pintora -Benita de Benito, Inocencia Arangoa-, alguna concertista y alguna actriz, en el siglo XIX la inmensa mayoría de las mujeres desempeñaban trabajos rudos y/o mal remunerados: cargueras, bagajeras, labradoras, fresqueras, pescadoras, sirvientas, nodrizas, costureras, obreras, tocineras, lavanderas, tahoneras, matronas, lecheras, etc. La prensa vasca del último tercio de siglo acusa ya recibo de un nuevo término -"emancipación de la mujer"- al que acoge con sorna no exenta de molestia (Corella: Historia de Vizcaya a través..., t. I, p. 765), paternalismo zafio (Ibidem, p. 653) o chiste reiterativo. Noticias tales como la admisión de la primera mujer en la Universidad inglesa (1877) es reproducida escuetamente (Ibidem, pp. 218-219) o ignorada. Por lo demás, la igualdad de oportunidad ante la elección de un trabajo o profesión ejercidos tradicionalmente por varones es casi inexistente. Las Escuelas de Artes y Oficios vascas imparten lo que vino en llamarse "enseñanza de la mujer" dividida en tres secciones: 1.° Dibujo de adorno, de la estampa y yeso. 2.° Industrial: corte y confección. 3.° Comercial: aritmética mercantil y teneduría de libros. Todo conocimiento superior, incluida la enseñanza de este rango, era producto del autodidactismo hurtado, al obligatorio trabajo doméstico en las clases medias, al ocio en las acomodadas. Dentro de este contexto, nuestras primeras formulaciones feministas tienen lugar en el seno del movimiento socialista del Bilbao de comienzos del siglo XX. La teorización viene a la zaga de la acción; son varias las huelgas de los primeros años del siglo en las que -cerilleras de Irún (1903), lecheras de Bilbao (1903), amas de casa de Baracaldo (1905), etc.- las mujeres han adoptado un rol determinante. A tenor de la constitución de sus Juventudes, el Partido Socialista organiza, en julio de 1904, un grupo feminista cuya propaganda corrió a cargo de Virginia González, destacada cuadro socialista. Poco o nada se sabe de estos años iniciales, salvo la fama extraordinaria que alcanzó Belén Zárraga, propagandista librepensadora que recorrió durante años los pueblos vascos. En la procesión cívica bilbaína del 2 de mayo de 1918, participan junto a los "jóvenes bárbaros", republicanos y socialistas, un grupo de "damas rojas", lo que hace exclamar al monárquico Goyoaga, lleno de indignación: "Eso, sinceramente hablando, no fue nunca la procesión del 2 de mayo. Si nuestros abuelos levantaran la cabeza, volverían avergonzados a sus tumbas" (Ybarra: Política..., 493). Pero el movimiento feminista se caracteriza por su multiplicidad de frentes; no sólo penetra al socialismo y al vanguardismo en general sino que se va abriendo camino en medios más conservadores y clásicos como en nuestra Sociedad de Estudios Vascos creada en 1918 que no admite mujeres en su directiva, pero cuyo Informe sobre la Enseñanza en el país, obra de Urabayen, denuncia la marginalidad de la mujer en la misma: "La educación de la mujer, una cosa que bien hecha transformaría al mundo mucho más deprisa que lo que esperamos dedicando al hombre casi todos nuestros esfuerzos, se reduce en nuestro País Vasco a cuatro escuelas de maestras, insuficientes en todos los conceptos" (BSEV, 2, 1919, p. 23). Del empuje revolucionario de la Guerra del 14 y de la apertura de las Escuelas de Magisterio a las mujeres procede la primera incorporación -tímida pero irreversible de la población femenina a la vida pública. La participación de la mujer en las tareas civiles de los países beligerantes se comenta en la prensa y en la conversación diaria: "Hoy que vemos a la mujer, en los países beligerantes, sustituir al hombre en todas las funciones de la vida civil y en muchos aspectos de la militar, no cabe poner en duda el valor de la mujer vasca, que aún mejor que el hombre representa las virtudes de la energía y laboriosidad de la raza para las faenas del campo. Instrúyasela; organícense para ella y para los hombres de mañana cursillos intensivos de agricultura general, de ganadería, avicultura y apicultura y de pequeñas industrias rurales; créese al mismo tiempo un centro, por lo poco, de investigaciones agronómicas que prepare el terreno para futuras y más amplias innovaciones, y no se habrá trabajado en balde. Que cuando los años nivelen los sexos en las generaciones venideras..." (Arzadun, Andrés de: Divagaciones sobre cuestiones agrícolas, "Hermes" n.° 7, 1917, p. 474). La "enseñanza de la mujer" pasa a ser en los años 20 el tema polémico obligado del mundo cultural, enseñanza que se concibe entonces, en la mayoría de los sectores de opinión, como una especialidad sólo para mujeres. Así lo testimonian el II y IV Congreso de Estudios Vascos de 1920 y 1926, el proyecto de ikastola de Landeta (1923), e incluso las primeras mujeres que se asoman a las páginas de revistas y periódicos durante las primeras décadas del siglo. Carlistas, integristas, nacionalistas crean también sus respectivas ramas femeninas conscientes de la importancia potencial de esta nueva masa de maniobra que no es aún ni electora ni elegible, salvo en muy contados países del mundo. Algunos grupos, como el partido integrista, emiten incluso periódicos especiales (La mujer integrista, de San Sebastián, 1922). La irrupción en el terreno cultural es también evidente, como atestiguan las personalidades de la pedagoga María de Maeztu, las poetisas Ernestina de Champourcin y Angela Figuera Aymerich o la pintora Héléne Elizaga, las colaboradoras de "Euskal-Esnalea", las colaboradoras de Euskaltzaindia, etc. Las actas de la Sociedad de Estudios Vascos acusan también su sorpresa: "Gauza adigarria da, benetan, anderak eta neskatillak "Eusko Ikaskuntza"k eraldutako itzeizkizun guztietara aurrez ta gero ta lagun geiegoz erduten dirala. Auxe atsegiñez ikusi bear dogu" (BSEV, 16, 1922, p. 29). En 1926 Primo de Rivera va a dar un paso importante, poco apreciado por la historiografía: la admisión de la mujer en las concejalías (Irún, Bilbao, etc.) y el voto de la mujer en el plebiscito de adhesión de dicho año. Tímidos pasos, pasos "sui generis", pero pasos, finalmente, que indican una evolución y una aceptación de la premisa más perentoria del feminismo mundial: el sufragio. Con el advenimiento de la República el tema sufragista vuelve a suscitarse, ya que este derecho es controvertido por sectores que temen verlo convertido en un instrumento antirrepublicano (ver discursos de C. Campoamor y V. Kent el 1 de octubre de 1931). Sancionado, por fin, el voto femenino en la Constitución republicana española, el sufragio democrático vasco es ejercido por primera vez en la votación del Estatuto Vasco de Autonomía del 5 de noviembre de 1933 mientras en las provincias continentales las mujeres tendrán que esperar hasta el 23 de setiembre de 1945, tras la II Guerra, para ejercer este derecho. Pero, tanto en un lado como en el otro de la muga se produce un compás de espera dentro del movimiento feminista, que desaparecerá o sobrevivirá penosamente durante la dictadura franquista. Como en otros lugares de Europa, dicho movimiento resurge a modo de correlato de la explosión libertaria que sacude al mundo en la primavera de 1968 (Francia, EE. UU., Japón, Alemania) pero con las variantes que los diferentes regímenes políticos imponen en unas y otras provincias vascas. Durante la década de los sesenta, la mujer vasca que participa en la resistencia constata que, al igual que las jóvenes militantes francesas, ella también ocupa siempre un discreto segundo lugar, ineludible. Hay algo en ese cuestionar total del mundo que escapa a la crítica (y a la autocrítica): la condición femenina. Es, pues, en 1968 cuando se crean los primeros círculos clandestinos feministas vinculados a organizaciones jóvenes de izquierda. De estos grupos surge el convencimiento de que el feminismo debe de ser un movimiento independiente de organizaciones políticas y crítico respecto a todas ellas, con un objetivo muy concreto e intransferible. En vísperas de la muerte del dictador todos estos colectivos pueden reducirse a dos: los que admiten o no la doble militancia. El 8-11 de diciembre de 1977 tienen lugar en Bilbao (Lejona) las I Jornadas de la Mujer de Euskadi - Euskadiko Emakumeen Lehenengo Topaketak. En ellas participan las dos tendencias, e incluso mujeres de movimientos feministas católicos desconocidos hasta entonces. Los grupos organizadores de estas históricas jornadas fueron: Coordinadoras de Grupos de Barrios y Pueblos; Mujeres Cristianas; Asamblea de Mujeres de Vizcaya; Gipuzkoako Feminista Talde Autonomoa; Nafarroako Emakumearen Askatasun Mugimendua; Asamblea de Mujeres de Alava; Emazteak Iraultzan; Groupe de Libération de la Femme de Bayonne y Lambroa. Por estas fechas, y al calor de los nuevos aires de libertad política, se crean las plataformas unitarias denominadas Asamblea de Mujeres de Guipúzcoa, Vizcaya, etc., en las que, salvando las diferencias ideológicas, se sientan las bases del trabajo en común, en torno a una problemática específica del postfranquismo.

Idoia ESTORNÉS ZUBIZARRETA
Cuaderno de agravios.
Cuaderno de agravios de las mujeres de San Juan de Luz y de Cibour al rey I (1789). Señor, permitid a las más respetuosas y fieles de vuestros súbditos traer al pie de vuestro trono las justas quejas sobre la formación de los estados generales que vuestra majestad acaba de convocar. Esta formación es verdaderamente infamante para la dignidad de nuestro sexo. ¡Cómo podríamos guardar silencio ante una injuria tan grave sin deshonorarnos nosotras mismas! Señor, vuestra Majestad declara a Europa entera que quiere reunir a toda la nación y somos olvidadas en la convocatoria. Pero este desdeñoso olvido no proviene en manera alguna de vuestro corazón, demasiado bueno, ni de vuestra razón, demasiado lúcida, ni de vuestra voluntad, llena de rectitud; esto es la obra malignamente concebida de un ministro parcial que ha procurado nuestra exclusión de esta augusta asamblea para consumar nuestra nada política. Así pues, ¿no se cuenta para nada con nosotras en el Estado? ¿no se nos reconoce el suficiente apego al interés del Estado? o ¿es que se nos considera como incapaces de tratar los asuntos del mismo? ¡que responda a esto...! Ahora bien, ignorar a catorce millones de almas, seria sin lugar a dudas una prueba de la más completa ineptitud, tanto desde el punto de vista del cálculo, como de la legislación, y sin embargo este es el insultante fallo cometido, a nuestro parecer, por ese pretendido gran hombre a quien todo el mundo se complace en ensalzar como al más hábil de los calculadores políticos. Si, Señor, nosotras constituimos, en vuestro imperio, una población de por lo menos catorce millones; y si Vuestra Majestad tiene la menor duda al respecto que reúna a los dos sexos, que los separe luego en dos cuerpos similares y ya verá de qué lado queda el mayor número. Una vez expuesto y constatado este hecho, nosotras preguntamos si una asamblea nacional en la que se proscribe injustamente a la clase más numerosa puede ser llamada razonablemente asamblea representativa de esta misma nación, si puede considerarse que tiene la universalidad moral, la suficiente legalidad para sancionar leyes, si las leyes pronunciadas a espaldas y contra la voluntad de estos catorce millones de seres rechazados podrían ligar a estos últimos, si éstos no están en su justo derecho al quejarse ante esta injuriosa omisión de sus personas en un asunto que les es de tanto interés, o, en una palabra, si no está plenamente fundado que pidan ser escuchados. La razón y la justicia han respondido de antemano a esta pregunta. Hacer ver a Vuestra Majestad, para anular nuestros títulos civiles y políticos, que no estamos lo bastante interesadas en vuestro servicio, seria imponerse indignamente a vuestro culto. Señor, si vuestro ministro hubiera sido capaz de hablaros con semejante lenguaje, pedimos venganza contra él... ¡Ah! acusarnos de permanecer impávidas ante los intereses de vuestra adorable persona, a nosotras, la parte más amable y más sensible de vuestro reino; ante esta sola idea nuestras cabezas se encolerizan, nuestros corazones se sublevan de indignación y nuestras manos arden en deseos de hacer callar al indigno calumniador. Poned a prueba nuestra devoción, Señor, veréis si los más costosos sacrificios pueden detener el empuje de nuestro sexo. Sin duda, nos sentimos muy ligadas a nuestros brazaletes, a nuestras joyas, a nuestros adornos, a nuestros collares y pendientes, a todos los brillantes objetos impuestos por las modas. Más ligadas que el alto clero a sus inmunidades, la nobleza a sus prerrogativas, la magistratura a sus privilegios, el financiero a su oro, pero una sola palabra de Vuestra Majestad y ante esa orden nos despojaremos de todo ello sin protestas, sin reclamaciones, sin discusión, sin lamentos; corazones como los nuestros no saben negar nada a su soberano; no saben hacer otra cosa que obedecerle, amarle, y para ellos adorarle representa la más exquisita de las delicias. Invocar como motivo de exclusión nuestra prejuzgada incapacidad para los asuntos públicos, sería otro pretexto igualmente falaz; desafiamos primero a vuestro ministro a citarnos un imperio compuesto únicamente de hombres sin ninguna mujer; gobernado por ellos solos en todas las ramas de la administración, y que haya subsistido con tal organización siquiera el espacio de un año; y nosotras, con la ayuda de la historia, le proporcionaríamos uno completamente formado por mujeres, sin un solo hombre, gobernado por ellas solas con honor, y con gloria, con toda la prudencia deseada durante siglos; este hecho único refuta de manera incontrovertible la opinión poco honesta y desfavorable hacia nuestra capacidad para los asuntos públicos. Roma nació sin el concurso de las mujeres, cierto es, pero sin las Sabinas, ¿qué habría sucedido con Roma? Hubiera desaparecido de la superficie de la tierra casi inmediatamente después de haber nacido. Además recomendamos a vuestro ministro que abra los anales de nuestros antepasados, y verá cómo antiguamente en la Galia, nuestros príncipes, nuestros jefes, nuestros magistrados, no tomaban ninguna deliberación importante, en la paz o en la guerra, no decidían ningún proyecto esencial y no lo llevaban a la práctica sin consultar antes con nuestro sexo. Los hombres de entonces sí nos consideraban, pues, capacitadas para los asuntos importantes; y rendían homenaje a nuestro talento; eran más justos que los hombres de nuestros días; y ¿esto por qué? Porque eran menos soberbios y menos tiranos; a sus ojos nosotras éramos diosas, pero unas diosas de otro género que las de nuestra época. Aquellos felices tiempos no existen ya, aquellos siglos tan gloriosos para nosotras; y ¿cuál es el resultado del actual estado de cosas? una multitud de abusos destructivos, una multitud de deplorables desgracias, el despotismo en fin con toda su violencia; este monstruo no podía surgir más que de una cabeza masculina. ¡Qué ventura para Francia si la revolución que se gesta nos trajese tales gloriosas épocas! El patriotismo renacería con todas sus virtudes en los corazones franceses. Y nosotras, asociadas a la legislación, con nuestras primitivas libertades recuperadas, nos convertiríamos en otras tantas heroínas y ofreceríamos a la patria una nueva raza de héroes. En una palabra, Señor, ante vuestra voz retornarían esos benditos tiempos. Aunque, hay que aceptar, en verdad, que en general no poseemos ahora las luces necesarias para encauzar un mal gobierno ni para propiciar uno bueno. Pero todas las cosas tienen un comienzo, y la época es favorable; el amor a la libertad enardece nuestras almas, el deseo, tan natural, de mejorar nuestra condición nos consume, la noble pasión de la gloria acaricia nuestros corazones, la fuerza del ejemplo que nos ofrecen los hombres nos anima; aprovechad pues la ocasión presente, y no escuchéis a esos cobardes cortesanos que Vas habernos adulado a nosotras van a deciros a vos que somos incapaces de adquirir los conocimientos necesarios para ostentar la representación en los estados. Si nos faltan actualmente estos conocimientos no es ciertamente a la naturaleza a quien debemos achacar el fallo; no es más madrasta con nosotras que con nuestros déspotas; sin falsa modestia ella nos ha deparado tanto ingenio, tanto criterio, tanta cabeza como a ellos. Al lado de los grandes personajes brilla con luz propia una Blanca de Castilla, una Isabel de Inglaterra, una María de Hungría de imperecedera memoria y la actual emperatriz de todas las Rusias, esa soberana admiración de toda Europa y terror de la media luna. Sólo pues al despotismo masculino debemos la universal ignorancia en la que tiene sumido nuestro talento; sólo a la voluptuosa tiranía de los hombres se debe el que nos hayamos convertido en una especie de autómatas lo bastante complacientes para divertirles y entretenerles. Así es como el hombre ha degradado a su semejante; ¡y pensar que esto no le hace enrojecer de vergüenza...! Vos solo, Señor; si, vos solo sois digno de reparar este ultraje hecho a la naturaleza, a la mitad del género humano. Por otra parte, vemos que siguiendo vuestras órdenes se llama a las asambleas de parroquia, de bailiazgo y de senescalado a los campesinos, agricultores, rústicos que ciertamente son menos instruidos que la mayor parte de nosotras. ¿Qué consejo útil pueden brindar estos innobles representantes que no podamos ofrecer nosotras mismas? ¿Por qué la ley que por esencia debe ser imparcial, y a los ojos de la cual no debe haber distinciones, los convoca a ellos prefiriéndolos a nosotras? No es en razón de sus luces puesto que carecen de ellas, y tampoco en razón de sus títulos de propiedad, puesto que pueden ser comunes a los dos sexos. Es, pues ¿porque son hombres por lo que se les llama al consejo de la nación? ¿Y a nosotras se nos excluye porque no lo somos? ¡Qué parcialidad tan indigna! ¿Es que es una mancha ignominiosa el haber nacido mujer? ¿Será posible que bajo un reinado tan ilustrado tengamos que avergonzarnos de nuestro sexo? Seguramente si el sentido común y la equidad presiden los estados ecuménicos de los franceses, éstos abrogarán una ley odiosa que crea una distancia casi infinita entre dos seres tan estrechamente ligados por la naturaleza y la religión. Y ahora os voy a presentar una de esas verdades indiscutibles y luminosas sobre la que desafiamos a Francia entera a que pueda formular una duda razonable. Parece evidente según las declaraciones emanadas de vuestro consejo que los estados generales van a ser una asamblea económica. Y es ciertamente sabido que la economía pública, para tener una sólida consistencia, debe estar moldeada sobre los principios de la economía particular; y ¿no está claro que quien mejor entienda de ésta, más capacitado está para ordenar aquélla? Ahora bien, yo pregunto, ¿cuál de los dos sexos está más familiarizado con las operaciones y las reglas de la economía doméstica? La respuesta está ya dada; todos los hechos están a nuestro favor. Si, Señor, entre nuestra clase hay muchas economistas y aún más, ecónomas. Nuestros adversarios no lo ignoran; muy a menudo se han servido de nuestra experiencia y si fuesen justos lo confesarían francamente. Quién sabe si entre aquellos que podrán votar en los Estados Generales, habrá alguno que no lleve otras respuestas que las de su esposa, o de su ama de llaves. Conocemos madres de familia perfectamente al tanto del gobierno de una familia, fuente primera, aunque remota, del bienestar nacional. Perfectamente al tanto de la administración de vastas posesiones territoriales, perfectamente expertas en varias ramas de comercio; incluso podrían proporcionarnos amplias instrucciones sobre este triple objeto; ¿y no se les querría escuchar? Eso seria evidentemente huir de la claridad aparentando un vivo deseo de conocerla. ¿Pero será posible que la verdad en nuestros labios dé miedo a los hombres, y pierda su prestigio y atractivo? Por otra parte tenemos gran cantidad de objetivos que proponer a la asamblea de los cuales no se ocuparían otros sino tos miembros llamados a la asamblea general, objetivos que sin embargo tienen como meta, todos ellos, la regeneración del imperio. I.° Tenemos que solicitar la reforma de la frívola educación que se nos ofrece. ¿No clama al cielo que sólo se cultive en nosotras las facultades corporales, como si no fuésemos más que materia, como si no tuviésemos alma? ¿No resulta vergonzoso que se limiten a enseñarnos solamente a guardar la compostura, a armonizar nuestros gestos, a andar cadenciosamente, a bailar con gracia, a cantar melodiosamente, como si no se viera en nosotras otra cosa que unas marionetas y unas cabezas de chorlito sin provecho? ¿No es humillante que sean los trabajos manuales, la costura, el bordado, el punto, las únicas tareas en las que se ocupe nuestra preciada juventud, cuando podríamos hacer tantos o más progresos que los hombres en las ciencias y las artes nobles, sobre todo en aquellas que requieran gusto e imaginación y como ejemplos cito las Desnoulières, las Duchatelet, las Du Bocage, etc.?: para acabar con tales abusos vamos a proponeros escuelas, colegios, universidades, donde se nos admita para recibir la instrucción necesaria, para el completo desarrollo de nuestras facultades intelectuales con el fin de que podamos prestar todo el concurso que nos sea posible a la obra inmortal del bienestar general. 2.° Tenemos que denunciar otro abuso que provocará siempre la indignación de todo ser sensible y cuya propagación si no se tiene cuidado, inutilizará poco a poco las más fecundas fuentes de la población; hablamos del celibato; ese monstruoso celibato cuyos placeres resultan difíciles, que multiplica los crimenes, que reseca las almas, perpetúa el egoísmo, corrompe las costumbres, lleva el deshonor al seno de las familias, incluso las más honradas, este celibato gana terreno insensiblemente en nuestras ciudades, en nuestros campos, en provincias. Y ¿qué consecuencias trae todo esto? Pues de todo esto resulta que de todas las niñas que nacen en vuestro reino apenas la mitad logra establecerse, y que a las desamparadas no les queda otra cosa a excepción de sus votos fervientes, pero estériles, porque las fuerzas del estado se multipliquen, pues no es a ellas a quien hay que atribuir la culpa de esta plaga destructora de la sociedad. Este vicio tan opuesto a las leyes de la naturaleza así como a las de una sabia constitución, merecería toda la atención de los legisladores. ¿Cuántas veces no se les ha pedido en nombre de la patria que detengan lo antes posible un desorden tan peligroso? Y sin embargo ¿qué remedio han ofrecido? Ninguno, porque ellos son a la vez jueces y parte en la cuestión. Y sin embargo los hay; el más eficaz seria poner una nota de infames a todos los célibes por gusto, declararlos inhábiles para poseer cargos, desheredarlos y adjudicar sus herencias a las muchachas sin fortuna, o poco favorecidas, en una palabra concederles una dote.
Cuaderno de agravios, II. Pero habría que tomar la sabia precaución de no conceder las dotes más que en la medida en que encontrasen acomodo y dichas dotes estarían en proporción: 1.° a su nacimiento, una muchacha de condición resultaría privilegiada; 2.° a su edad, treinta años, por ejemplo, obtendrían una dote considerable, puesto que el tiempo apremia; 3.° a su aspecto físico, las poco agraciadas por la naturaleza serian generosamente dotadas, y la belleza y las gracias personales serian como un suplemento compensatorio; el amor tendría sus reservas ante este reglamento, pero la ley no tiene los ojos del amor y una ley semejante aplicada con exquisita exactitud vivificaría la población y reforzaría considerablemente las buenas costumbres. Señor, hay una infinidad de otros abusos de no menor importancia y el interés de estado exige su pronta supresión; por ejemplo esas reuniones anglófilas de moderna creación establecidas bajo el nombre de clubs, donde los juegos y diversiones, mucho más que las noticias de actualidad, reúnen regularmente todos los días a la juventud de nuestras ciudades; asambleas antisociales que han levantado entre ellos y nosotras un muro de separación, aislándonos y reduciéndonos la mayor parte de las veces a la triste suerte de la desgraciada hija de Jefté. Sólo nosotras, Señor, sentimos los funestos inconvenientes de esta multitud de abusos; sólo nosotras en consecuencia somos capaces de hacer sensible la necesidad apremiante de suprimirlos, porque sólo nosotras los padecemos y la elocuencia del sufrimiento es más patética, más conmovedora y más clarificadora que la elocuencia del frío razonamiento. Los hombres encargados de defender nuestra causa no pondrían el ardor, el fuego que hace brotar una verdad persuasiva que arrastra a su causa a la mayoría de los votos; sus intereses, sus prejuicios, sus pasiones, sus prevenciones sexuales y quizá también su indiferencia se opondrían a ello. Concedednos pues, Señor, la libertad de discutirlo a nosotras mismas en presencia de la nación reunida. Nuestra admisión es tanto más necesaria cuanto que según los anuncios públicos, hay que someter a su augusto tribunal una cuestión de las más delicadas y de las más importantes para nuestra existencia civil. Hablamos de la cuestión del divorcio, sobre el cual desde el punto de vista de la razón y de la naturaleza no puede haber pronunciamiento sin nuestra participación y sin que nosotras seamos oídas; puesto que si hay una ley de divorcio, nuestros legisladores, siempre tiránicos, podrían añadir cláusulas perjudiciales para nosotras y seria injusto someternos por fuerza a ellas. Por todo esto rogamos a Vuestra Majestad tenga a bien ordenar la celebración de nuestras asambleas preparatorias para los estados generales, que determine su organización, regule el modo de las elecciones, fije el número de nuestras representantes, señale los reglamentos que debemos seguir y nos envíe seguidamente la convocatoria. Que Vuestra Majestad no tema encontrar por nuestra parte ninguno de los obstáculos que la ambición, el orgullo, los viles intereses con los que cierta clase de hombres no ha dudado en empañar la prudencia de vuestras miras. No, no, Señor, nosotras no tenemos ni derechos quiméricos, ni costumbres abusivas, ni franquicias onerosas, ni desconfianzas injuriosas, ni mala voluntad que oponer a la benéfica rectitud de vuestras intenciones. Convocadnos por senescalados, o por bailiazgos o de otra manera, cualquier forma de convocatoria ordenada por vos será legitima a nuestros ojos. Que el tercer estado tenga los mismos votos que la nobleza, o que ésta tenga dos más que aquél no importa, nos someteremos con júbilo al reglamento que vos queráis trazarnos sobre este punto; vuestro deseo será siempre el nuestro; estas ridículas y escandalosas puntillosidades las dejamos al orgullo masculino. Solamente una gracia nos atrevemos a pedir con insistencia a Vuestra Majestad; y es que nuestras opiniones sean escuchadas no por orden sino por cabezas; porque cuantas más seamos para opinar mejor discutidos y conocidos serán nuestros intereses. Nuestra disposición de ánimo, como puede ver Vuestra Majestad, tiene poco que ver con la de nuestros rivales. Sus corazones están divididos y los nuestros no, pues están fundidos por los sentimientos profundos que nos inspiran vuestras paternales bondades. Y seríamos mil veces dichosas si con el ejemplo de nuestra obediencia y de nuestro respeto pudiésemos atraer a los enemigos del bienestar público a la sumisión que deben a vuestra autoridad suprema. Señor, acceded a nuestra petición por el honor de vuestra corona, pues si glorioso es para un monarca reinar sobre hombres libres, no lo es menos reinar sobre mujeres elevadas a la misma dignidad. Con la veneración más profunda hacia Vuestra Majestad sus muy humildes y sumisas súbditas ciudadanas de San Juan de Luz y de Cibour. Ref. Documento de la familia Haraneder, rama de los vizcondes de Macaye, publicado por P. Dop en "Gure Herria", 1922, II, 317-327. Pierre Nicolás de Haraneder fue diputado de la nobleza en la Asamblea Nacional francesa por el bailiazgo de Laburdi.