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Historia del Arte. Modernidad

Durante la primera mitad del siglo XX, el mundo vivió un período convulso en el que se sucedieron crisis económicas, movimientos revolucionarios y guerras mundiales; de hecho, mientras los movimientos obreros realizaban sus primeros intentos para hacerse con el poder, en algunos estados europeos las clases medias abandonaban los sistemas parlamentarios y abrazaban los fascismos. Detrás de todos estos movimientos, revoluciones y cambios en el poder, estaba presente la situación económica; la economía capitalista mundial entró en una espiral de rivalidad que desembocó en la primera guerra mundial (1914-1919); este episodio, treinta años más tarde, tuvo su continuidad en la segunda guerra mundial (1939-1945). Durante el intervalo existente entre ambos conflictos, el capitalismo vivió la peor crisis económica de su historia, la desencadenada en 1929 por la crisis de la bolsa de Nueva York.

Con el inició del siglo XX, surgió en el ámbito cultural y artístico el concepto de modernidad. Este término comenzó a utilizarse para referirse al arte que se realizaba para la sociedad del momento y desde la perspectiva del presente, en oposición al que se realizó en el período ecléctico a finales del siglo XIX vinculado también a la sociedad del momento pero desde la perspectiva del pasado, fundamentalmente, a través del historicismo. En el seno de esta modernidad, a los movimientos y corrientes artísticas que proponían rupturas con las formas de creación tradicionales y establecidas, y abogaban por nuevos lenguajes artísticos, se les denominó vanguardias.

En Euskal Herria, esta primera etapa del siglo XX coincidió con un período convulso políticamente ya que en tres décadas se sucedieron una monarquía -la de Alfonso XIII-, una dictadura -la de Primero de Rivera-, una república -la II República- y una nueva dictadura -la de Franco-, después de una guerra civil. Sin embargo, económicamente Euskal Herria conoció durante este período su momento de mayor crecimiento, desarrollo y esplendor tanto económico como social y cultural.

En el ámbito artístico, el arte realizado en Euskal Herria también comenzó a situarse en la vanguardia del panorama español, ya que las primeras manifestaciones artísticas modernas llegaron a través de Euskal Herria. Sin embargo, los movimientos de vanguardia, tanto culturales como artísticos, desarrollados durante este período en otras áreas de Europa -Francia, Alemania e Italia, principalmente- aquí no se conocieron. De hecho, en Euskal Herria durante este período no surgieron movimientos de vanguardia sino que, generalmente, y con retraso, se adaptaban y se amoldaban los procedentes del exterior a las características del arte que se realizaba en nuestro territorio. Por todo ello, a esta primera etapa del siglo XX, que en el ámbito europeo se le denomina período de vanguardia, en el contexto vasco la conocemos como fase de modernidad ya que, aunque se hace un considerable esfuerzo por situarse al mismo nivel que el arte europeo contemporáneo y se intenta responder a las nuevas necesidades de la sociedad vasca, la propia sociedad no estaba preparada para asimilar las novedades y sólo aceptó una renovación moderada de sus manifestaciones artísticas.

Durante las primeras décadas del siglo XX, el eclecticismo fue el estilo predominante en la mayoría de las obras arquitectónicas realizadas en Euskal Herria. Sin embargo, la aportación más importante y trascendental de este período fue la aparición del lenguaje moderno. Este nuevo lenguaje que se propuso desde su creación hacer coincidir la forma con la función, emplear los nuevos materiales, eliminar la decoración superflua de los edificios, destacar la estética de los propios valores expresivos de las formas y utilizar formas geométricas, se articuló como la respuesta arquitectónica a las necesidades de la sociedad del momento. Una sociedad que, en constante proceso de cambio y de transformación, utilizó la arquitectura no sólo para cubrir sus necesidades sino, también, para significarse.

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Una vez más, a la hora de introducirse en Euskal Herria esta segunda corriente, Iparralde jugó un papel determinante. De este modo, en las mismas décadas en las que se desarrollaba el estilo neovasco, en Iparralde también se extendió un estilo que con el nombre de art déco hacía uso del racionalismo promovido por los arquitectos que crearon el lenguaje moderno de un modo puramente formal, e impulsado por el despegue turístico de la costa de Lapurdi. Un ejemplo de este tipo de arquitectura fue el casino de Donibane Lohizune del arquitecto francés Robert Mallet-Stevens.

De la misma manera, en el resto de Euskal Herria comenzamos a encontrar desde las primeras dos décadas del siglo, construcciones que sin abrazar el lenguaje moderno, en algunas características apuntan hacia el posterior movimiento que denominaremos racionalista. Entre estos edificios hay que destacar además del Sanatorio de Gorliz de Mario Camiña, el balneario de Igeretxe en Algorta de Antonio Araluce, que recoge características de la estética náutica, tan importante en el desarrollo del primer estilo moderno, y la obra de tres arquitectos vizcaínos -Teodoro de Anasagasti, Antonio Palacio y Secundino Zuazo- que aunque realizaron sus trabajos más importantes fuera de Euskal Herria, en algunos proyectos de juventud en Bilbao dejaron la huella de un espíritu que también podemos considerar moderno.

A partir de la tercera década la aceptación de los postulados del lenguaje moderno fue más amplia y surgió una generación de arquitectos que asimilaron el lenguaje y lo intentaron aplicar en el medio vasco. Esta generación tuvo un protagonista significativo, el guipuzcoano José Manuel Aizpurua que, junto a Joaquín Labayen,y un grupo reducido de jóvenes arquitectos -Luis Vallejo, Joaquín Zarranz, Tomás Bilbao, Eduardo Lagarde y José Antonio Ponte, entre otros- se sumaron a la aventura creativa del GATEPAC (Grupo de Arquitectos y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea), constituyendo en Euskal Herria el foco norte de dicho grupo. El objetivo de este colectivo era realizar una nueva arquitectura de espíritu moderno y formas racionalistas que sustituyese al eclecticismo.

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Aunque fueron escasas las obras realizadas en este estilo, las que finalmente se erigieron resultaron ser además de novedosas muy significativas. La más destacable fue el Club Náutico de Donostia de Aizpurua y Labayen, un ejemplo de la nueva estética, que rompía deliberadamente con la arquitectura del pasado y armonizó elementos racionalistas y expresionistas. El resto de los miembros del grupo también lograron construir algunos edificios, como el edificio de viviendas en la calle Ripa de Bilbao de Tomás Bilbao. Sin embargo, la mayoría de las obras construidas fueron realizadas por arquitectos que no formaban parte del grupo, aunque conocían a sus componentes y muchos de ellos recibían información de las actividades del mismo. Así, Fernando Arzadún construyó en Bermeo la vivienda Kikunbera, Emiliano Amann las viviendas de Solokoetxe en Bilbao, o Pablo Zabalo el sanatorio antituberculoso de Leza en Biasteri.

A finales de la década de los años treinta, la asimilación y la aceptación del lenguaje moderno fue más generalizado y encontramos ejemplos más numerosos, realizados desde una perspectiva no tan canónica y literal como la anterior década, sino a partir de una lectura art déco, que hacía un uso del lenguaje moderno de un modo puramente formal, con un carácter más superficial. En este estilo construyeron, Manuel María Smith una casa de vecindad en Las Arenas, Manuel Ignacio Galíndez el edificio de la Equitativa en Bilbao, y para la misma compañía, Fernando Arzadún el de Donostia, en Vitoria José Luis López Uralde la estación de servicios Goya y Jesús Guinea un conjunto de viviendas en la Calle San Antonio, y en Pamplona Joaquín Zarranz el edificio de Caja Navarra en el Paseo Sarasate.

No obstante al final de esta fase también encontramos edificios que respondían al estilo moderno de un modo más canónico, como en el caso de las fábricas SACEM en Billabona y Unión Cerrajera en Arrasate de Luis Astiazaran, la fábrica Hermanos Laborde en Andoain de Manuel y Enrique Laborde, la casa Sollube en Donostia de Eugenio María de Aguinaga, el edificio de viviendas en Hondarribia de Aizpurua y Eduardo Lagarde, y el grupo escolar Luis Briñas de Pedro Ispizua en Bilbao.

Para finalizar destacar un arquitecto singular en este período que, al mismo tiempo, sintetiza todo lo visto hasta el momento, el navarro Victor Eusa. Y es que con una obra realizada fundamentalmente en Pamplona, Eusa supo combinar desde un punto de vista personal y creativo los lenguajes ecléctico, modernista y moderno en una obra que siempre se caracterizó por la honradez constructiva, la habilidad en el manejo de los volúmenes y la sinceridad material y estructural. Entre sus trabajo más interesantes destacaremos en Pamplona el Seminario, el Colegio de los Escolapios, la Casa de la Misericordia y el edifico Bahía, y en Tafalla el asilo de la localidad.

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Entre las disciplinas plásticas, la pintura fue la que durante este período alcanzó un mayor desarrollo. La creciente y enriquecida burguesía se convirtió en una exigente clientela ya que la adquisición de obras pictóricas reflejaba su solvencia económica así como su prestigio social. Este auge de la pintura estuvo acompañado por la aparición de numerosos artistas y por la puesta en práctica de algunos rasgos innovadores. De todas formas, como ya hemos señalado en la introducción, en el contexto artístico vasco no predominó una apuesta rápida ni radical por la vanguardia del momento, sino la asimilación lenta y progresiva de algunos rasgos innovadores procedentes de Francia.

Así, impresionismo, simbolismo y postimpresionismo fueron los tres principales movimientos que a través de numerosos viajes realizados a París por nuestros artistas, determinaron el arte vasco del momento. La mayoría, después de sus estancias en el extranjero, adaptaban de forma superficial los nuevos lenguajes, ya que el gusto dominante continuaba determinado por lo convencional y lo conservador. Así, a la generación de Guinea, Guiard y Regoyos, le siguió una nueva y numerosa generación de artistas nacidos en las últimas del siglo XIX, y que tuvo una gran influencia en el ambiente artístico vasco. En este momento la capital artística vasca fue Bilbao; en esta localidad residieron la mayoría de los artistas más importantes, se celebraron los concursos y las exposiciones de mayor interés, y el asociacionismo tuvo una incidencia fundamental, destacando la Asociación de Artistas Vascos -fundada en Bilbao en 1911- como la principal dinamizadora del ambiente artístico del momento.

Esta generación, en la que se integraron pintores de distintas procedencias, continuó con la tónica general de añadir al lenguaje clásico establecido de la pintura vasca del siglo XIX las influencias parisinas. Sin embargo, dependiendo de la influencia y del grado de asimilación de la misma, en esta generación podemos distinguir dos grupos. Por una parte, se encuentran los pintores que acudieron al impresionismo y el postimpresionismo, y entre los que destacaron Francisco Iturrino, Pablo Uranga, Manuel Losada, Juan de Echevarría, Julian de Tellaeche, Ascensio Martiarena, Aurelio Arteta, Antonio de Guezala y Fernando de Amarica. Además, en este primer grupo encontramos, desde los pintores -Uranga, Losada, Martiarena- que alentados por los estilos innovadores de finales del siglo XIX se inclinaron por experimentar con la incidencia de la luz en el color a través de una paleta de tonos claros y un trazo que comenzaba a alejarse del dictado del dibujo, hasta los artistas -Iturrino, Arteta, Echevarría, Tellaeche, Guezala- que se dejaron influir moderadamente por la primeras vanguardias -fauvismo, cubismo, futurismo- y realizaron una obra amable y sin rupturas, entre la tradición y la innovación -aunque en algunos casos con contenido social- y adecuándose al gusto de la burguesía, que poco a poco aceptó la modernidad.

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Sin embargo, esta no fue la única tendencia en las primeras décadas en el panorama artístico vasco. Paralelamente, existió un segundo grupo de artistas que prefirió mantenerse fiel a un lenguaje más clásico y tradicional, y adoptar una determinada gama cromática procedente del simbolismo europeo; además, los integrantes de esta tendencia prefirieron abordar temas costumbristas en sintonía con el movimiento cultural noventaiochista y regeneracionista. El pintor más importante de este grupo fue Ignacio de Zuloaga, aunque también hay que citar a los hermanos Zubiaurre, Angel Larroque, Ricardo Baroja, Alberto Arrue y Gustavo de Maeztu.

A finales de este período, apareció en la escena artística vasca una nueva generación de pintores que, sin sustituir a la anterior, convivió con ella. Esta generación cuyos miembros nacieron con el nuevo siglo, también se puede dividir en dos grupos. Por una parte, se encuentran los pintores seguidores y herederos de la tradición convencional establecida, que en estos momentos comenzaron a investigar en nuevos temas sin abandonar algunas de las innovaciones técnicas importadas anteriormente desde Francia. A este primer grupo pertenecen desde los pintores como José y Ramiro Arrúe, Elías Salaverría, Javier Ciga y Mauricio Flores Kaperotxipi, que partiendo de la moda procedente de Iparralde a favor de la recuperación de los temas vascos, desarrollaron temas costumbristas en los que ensalzan características de la identidad vasca, a los pintores que prefirieron retomar el paisaje y abordarlo a partir de la obra de Daniel Vázquez Díaz, que aplicó en este género el cubismo, inaugurando una tendencia que se denomina Escuela del Bidasoa, ya que fue en el curso de este río navarro donde buscaron inspiración pintores como Gaspar Montes Iturrioz o Bernardino Bienabe Artía.

El segundo grupo de artistas, sin embargo, destacó por mantener el compromiso con las vanguardias y continuar añadiendo rasgos característicos de las mismas a sus propios lenguajes. La mayoría de ellos, por tanto, recurrieron a la pintura metafísica y el surrealismo para desarrollar un estilo en el que sin abandonar la tradición, se incluyeron un mayor número de elementos innovadores con respecto a la fase anterior. Durante el final de este primer período, el foco artístico más importante estuvo en Donostia, de hecho, la mayoría de los artistas importantes residieron en la capital guipuzcoana, y como ocurrió con Bilbao al inicio del período, también en Donostia se celebraron las exposiciones y los certámenes más importantes, así como la creación de grupos artísticos como la sociedad GU. Entre los pintores que destacaron citaremos a Jesús Olasagasti, Juan Cabanas Erauskin, José Sarriegui, Nicolás Lekuona, Narkis Balenciaga y Carlos Ribera; mientras que en Bilbao, a José María Ucelay y a Juan de Aranoa.

En cuanto a la escultura, los primeros escultores que se atrevieron a alejarse del academicismo y asomarse a la modernidad fueron Francisco Durrio, Nemesio Mogrobejo y Joaquín Lucarini. Sin embargo, por cuestiones técnicas y monetarias la escultura no podía evolucionar al mismo ritmo que la pintura, y de momento, sólo estilos como el modernismo o el simbolismo influyeron en esta disciplina. Por ello, a pesar de que la escultura conoció durante este período un momento de desarrollo gracias al gran número de encargos que se hicieron para realizar monumentos públicos, en la mayoría de los casos se recurrió a un estilo tradicional. Entre los escultores que más trabajaron durante este período destacamos, además de los citados, a León Barrenechea, Julio Beobide, Carlos Elguezua, Moisés Huerta, Quintín de la Torre, Ramón Basterra y Fructuoso Orduña. Sin embargo, es necesario señalar que a finales de este período, comenzaron a llegar nuevos aires de renovación a través de un artista fundamental para entender la posterior evolución del arte vasco; nos referimos al escultor guipuzcoano Jorge Oteiza, que comenzó a realizar sus primeras esculturas influido por la vanguardia.

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