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Historia del Arte. Finales del siglo XX y comienzo del XXI

A partir de la década de los ochenta, cuando la guerra fría concluyó, entramos en una tercera etapa en la que la economía capitalista se encuentra nuevamente en una fase liberal -el neoliberalismo-, y las diferencias entre los países ricos y pobres no han hecho más que aumentar. Por otro lado, las revoluciones científicas y tecnológicas son constantes, y por tanto, la sociedad se transforma y cambia a un ritmo vertiginoso, aunque todos estos progresos, de momento, afectan principalmente a las sociedades más desarrolladas. Algunos han definido esta fase como la era de la globalización, ya que las distancias y las diferencias que antaño nos separaban se están reduciendo drásticamente, aunque, una vez más, esto sólo le ocurra a una parte de la población.

Con la desaparición de la dictadura de Franco y la llegada de la democracia, entramos en una tercera etapa en el siglo XX en la que se impusieron las tendencias posmodernas, por lo que ya no podemos utilizar los términos de estilo o movimiento. Y es que a partir de los años setenta, en el ámbito artístico se conoció la incidencia de una tendencia que, en rasgos generales, ha sido identificada con el término de posmodernidad. Dicho término estuvo determinado por un nuevo pensamiento que proponía recuperar la historia con el objetivo de contextualizar la disciplina. De este modo, al igual que en la pintura y la escultura de esta década se recuperaban la figuración y el lenguaje narrativo, la arquitectura decidió recurrir a la historia a través del espíritu ecléctico de la segunda mitad del siglo XIX y reutilizar los estilos y los movimientos de los siglos XIX y XX, aunque de un modo descontextualizado.

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En Euskal Herria, mientras que en los períodos anteriores el arte vasco se desarrolló a la sombra de los principales estilos europeos y siempre con cierto retraso, a principios del siglo XXI, las manifestaciones artísticas creadas en Euskal Herria están en sintonía con las creadas en el resto del mundo. De hecho, las creaciones artísticas de nuestro territorio difieren en muy poco con las que se realizan en otras latitudes consecuencia, fundamentalmente, del proceso de homogeneización y globalización. La novedad más importante ha sido, además de la desaparición de las fronteras entre las diferentes disciplinas artísticas, la incorporación de nuevas disciplinas determinadas por las nuevas tecnologías. Este rasgo, que también caracteriza al resto de la escena internacional, junto al de la posmodernidad nos obliga a definir este período como plural, y nos abre nuevas puertas que, sin duda alguna, volverán a transformar el futuro del panorama artístico vasco e internacional.

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En Euskal Herria aunque la tendencia posmoderna, determinada por un nuevo pensamiento que proponía recuperar la historia con el objetivo de contextualizar la disciplina, ya la había asumido Peña Ganchegui en su obra, los pioneros en la introducción del nuevo lenguaje fueron los guipuzcoanos José Ignacio Linazasoro y Miguel Garay en el proyecto de la ikastola de Hondarribia; en este centro de enseñanza, Linazasoro y Garay propusieron un nuevo clasicismo esencial y atemporal, institucional y monumental, que aun siendo racionalista dialoga con el pasado de la arquitectura.

A continuación, en la década de los ochenta, la nota predominante fue la libertad formal y, aunque volvió a surgir el racionalismo predominó, sobre todo, un cierto eclecticismo en el que se combinaban tradiciones tan dispares como el funcionalismo, el organicismo, el expresionismo, el historicismo y el regionalismo, y un nivel de calidad y de cuidado del detalle exquisito, en obras que destacan por su rigor compositivo.

En esta década, el foco más activo fue el alavés, que contaba con un grupo de arquitectos de diferentes generaciones y estilos -Iñaki Usandizaga, Fernando Ruiz de Ocenda, Roberto Ercilla, Miguel Ángel Campo, Javier Mozas, Luis María Uriarte, José Luis Catón-, que realizaron una obra de gran calidad entre la que cabe destacar los centros cívicos de Vitoria-Gasteiz y las oficinas de la Hacienda Foral. En Gipuzkoa, la misma función la han desempeñado otro grupo de arquitectos -Javier Marquet, Luis María Zulaika, Xavier Unzurrunzaga, Francisco de León, Ángel de la Hoz, Joaquín Montero, José Antonio Pizarro, Manuel Iñiguez, Alberto Ustarroz- con obras tan estimulantes como los edificios que componen el campus de Ibaeta de la Universidad Pública Vasca o la cripta subterránea del cementerio de Zumarraga de Pizarro.

A partir de la década de los noventa, la arquitectura ha recuperado el racionalismo del lenguaje moderno a través de una lectura minimalista, sencilla, austera y sobria, y aunque no ha sido este el único estilo en el panorama arquitectónico internacional -ahí están para atestiguarlo el deconstructivismo o el informalismo- es el que mayor éxito y aceptación ha tenido en Euskal Herria. Esta circunstancia nos remite nuevamente a la sensibilidad que mayoritariamente ha predominado en la evolución de la arquitectura vasca, el gusto por las líneas claras, ponderadas y sencillas.

El proyecto que abrió la década y la simbolizó fue el auditorio y palacio de congresos del Kursaal de Rafael Moneo en Donostia. En este sorprendente edificio, Moneo recogió toda la tradición arquitectónica previa -racionalismo, organicismo- y se atrevió a dar un paso más hacia delante apostando por hacer un edificio además de funcional, poético y artístico, ya que enlaza con la tradición minimalista y el land-art. Así, siguiendo la estela del Kursaal -que el propio Moneo ha continuado en la iglesia de Riveras de Loyola en San Sebastián-, la mayoría de los proyectos interesantes de estos últimos años han hecho hincapié en la importancia de las líneas rigurosas, de cariz abstracto, aunque no exentas de expresión. De todos modos, la variedad y la pluralidad es otro de los rasgos característicos, pudiéndose encontrar en la misma tipología y en fechas muy próximas obras como el centro de salud de Lesaka en Navarra de Manuel Iñiguez y Alberto Ustarroz, donde se vuelve a reinterpretar el clasicismo riguroso, hasta el centro de salud de Ariznavarra en Vitoria-Gasteiz de Luis Maria Uriarte, un edificio basado en la reiteración modular abstracta. En cambio, en el parque deportivo de Iruña de Oka, Roberto Ercilla y Miguel Ángel Campo, prefieren una ordenación donde predomine el carácter paisajístico, mientras que Ignacio Vicens y José Antonio Ramos apuestan en su facultad de ciencias sociales de la Universidad de Navarra en Pamplona por los volúmenes de carácter expresivo, y José Luis Catón en el museo Artium de Vitoria-Gasteiz combina la arquitectura racionalista histórica con la estética industrial.

Entre las nuevas generaciones uno de los arquitectos que mejor ha sabido aplicar el lenguaje racionalista conciso pero expresivo ha sido el navarro Francisco José Mangado. Así, en obras como las Bodegas Marco Real y la plaza de Carlos III de Olite, la plaza de los Fueros de Estella, el Club de Campo Zuasti, el centro de salud Iturrama, la escuela infantil Mendillorri, el auditorio y palacio de congresos Baluarte en Pamplona o el nuevo Museo Arqueológico de Vitoria-Gasteiz, Mangado ha demostrado saber captar, simplificar y depurar la esencia, lo complejo y lo heterogéneo de los programas, a base de una obra neutra y contundente.

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Por el mismo camino ha circulado el vizcaíno Eduardo Arroyo, aunque en sus trabajos más importantes -escuela infantil de Sondika, plaza del Desierto de Barakaldo, estadio de fútbol de Lasesarre de Barakaldo- añade a la simplificación formal un indudable componente estético, producto de la combinación de las propias formas, como si éstas compusieran un mosaico urbano fluido y mutante.

Para finalizar, no podemos olvidarnos de las obras realizadas por arquitectos foráneos en nuestro territorio. Aunque hasta el momento no han sido muchas, cada vez son más numerosas -Museo de Navarra en Pamplona de Jordi Garcés y Enric Soria, viviendas sociales en Basauri de Beatriz Matos y Alberto Martínez, auditorio y palacio de congresos de Bilbao de Federico Soriano y Dolores Palacios, aeropuerto de Loiu de Santiago Calatrava, ampliación del Museo San Telmo de San Sebastián de Fuensanta Nieto y Enrique Sobejano-, y en los últimos años dos de ellas han causado entre nosotros un gran impacto. La primera es el Metropolitano de Bilbao, una de las obras más interesantes del británico Norman Foster, donde ha sabido combinar magistralmente ingeniería y arquitectura, destacando las galerías subterráneas curvas que revelan la forma inherente del sistema de perforación, y la segunda el Museo Guggenheim de Bilbao del estadounidense Frank Gehry. Levantado en el borde industrial de la ría, el edificio asume la compleja estructura urbana y se organiza a partir de un programa informático de la industria aeroespacial en torno a un monumental atrio acristalado desde el que se disponen una serie de piezas de distinto tamaño; estas piezas son revestidas con escamas de titanio consiguiendo que el edificio se convierta en singular, único, admirable por su capacidad simbólica, por su condición parlante e irrepetible.

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A partir de los años setenta, el arte vasco comenzó a recibir noticias directas de los movimientos más importantes que se estaban desarrollando en la escena internacional -pop art, minimalismo, arte conceptual- y aunque todos no influyeron de la misma manera entre nosotros, por lo menos, fueron conocidos y los artistas vascos pudieron elegir el camino que más les seducía. Los Encuentros de Pamplona de 1972, aunque fueron clausurados por el régimen franquista antes de su finalización, jugaron un papel muy importante; en los mismos, se pudo contemplar además de exposiciones de prestigiosos artistas del panorama internacional, la situación del arte en Euskal Herria y constatar algunas de las características que aún hoy en día continúan en el arte vasco: la desaparición de las fronteras entre pintura y escultura, la ausencia de colectivos o asociaciones que agrupen a los artistas vascos, el alejamiento de posiciones respecto a cuestiones como la identidad vasca, el conocimiento exhaustivo -a través de estancias en el extranjero- de la situación del arte internacional y la aparente ausencia de relaciones con la sociedad. Estas características, aunque no se dan en todos los creadores, han sido las más comunes en el arte vasco de las últimas décadas.

En cuanto a las corrientes que predominaron en este primer período posmoderno, aunque es difícil realizar una aproximación a los movimientos que más influencia han tenido, es necesario señalar que en la mayoría de los artistas las apuestas fueron bastante conservadoras; de hecho, la mayor parte de ellos, emplearon la pintura y la escultura como principal medio de expresión, y la figuración y la abstracción fueron entre los lenguajes seleccionados, las dos opciones más utilizadas.

En la década de los setenta, de hecho, surgió un grupo de artistas que sin formar un colectivo, intentó hacer frente a la tradición abstracta de los años sesenta y apostó por la figuración; entre estos artistas destacamos los nombres de Marta Cárdenas, Vicente Ameztoy, Andrés Nágel, José Llanos, Ramón Zuriarrain, Juan Luis Goenaga, Juan José Aquerreta, Pedro Salaberria, Xavier Morrás, Pedro Oses y Clara Gangutia. Sin embargo, en los mismos años, otro grupo de artistas continuó realizando un arte abstracto aunque desde una mirada más personal; en este grupo, cabe citar, a Carlos Sanz, Gabriel Ramos Uranga, Carmelo Ortiz de Elgea, Santos Iñurrieta y Juan Mieg.

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Frente al protagonismo de las artes pictóricas en los años setenta, en la siguiente década, una joven generación de escultores no sólo abordó y reinterpretó la herencia del arte vasco de los años sesenta, sino que puso al día la disciplina escultórica introduciendo las últimas tendencias posmodernas; Txomin Badiola, Pello Irazu y Juan Luis Moraza, son algunos de los nombres que destacaron en este momento, aunque tampoco debemos olvidar a otros artistas -pintores y escultores- como Darío Villalba, Esther Ferrer, Elena Asins, José Ramón Morquillas, Fernando y Vicente Roscubas, Pablo Donezar, Prudencio Irazabal, Iñaki Cerrajería, Pablo Milicia, Txupi Sanz, Juan Ugalde, Koldobika Jauregi, Cristina Iglesias, Dario Urzay o Jesús Maria Lazkano, que aunque no han militado en ningún movimiento concreto, aportaron a la plástica vasca de esta década nuevos lenguajes contemporáneos y aires de renovación.

En cambio, la década de los noventa ha traído un mayor pluralismo. Se mantienen los rasgos descritos en la anterior década, a los que ahora se suma la utilización de nuevas disciplinas como la fotografía, el vídeo o el ordenador, y el empleo de cualquier material, idea o concepto que el artista considere oportuno.

Realizar una selección de los jóvenes artistas más importantes de estos últimos años resulta mucho más difícil por la falta de perspectiva, pero si nos atenemos al número de ocasiones en las que han sido seleccionados o premiados, y su obra ha sido seleccionada para ser expuesta tanto en el ámbito vasco como en el estatal, en la lista destacaríamos, entre otros, a Javier Pérez, Ana Laura Alaez, José Rekalde, Francisco Ruiz de Infante, Aitor Ortiz, Javier Balda, Javier Alkain, José Ramón Amondarain, Manu Muniategiandikoetxea, Jesús María Corman, Raúl Urrutikoetxea, Edu López, Dora Salazar, Luis Candaudap, Fernando Pagola, Leopoldo Ferrán, Agustina Otero, Maider López, Andoni Euba, Alberto Peral, Pepo Salazar, Jon Mikel Euba, Txuspo Poyo, Asier Mendizábal, Iñaki Garmendia, Sergio Prego, Gema Intxausti, Alfonso Ascunce, Estibaliz Sadaba, Itziar Ocariz, Iratxe Jaio, Azucena Vieites, Abi Lazkoz, Ibon Aramberri y Juan Pérez Agirregoikoa.

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