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Historia del Arte. Renacimiento

Llamamos Edad Moderna al período de la historia que comenzó en 1492 con el descubrimiento del continente americano y finalizó en 1789 con la Revolución francesa. Durante estos cuatro siglos el sistema feudal fue sustituido por poderosas monarquías que relevaron en el control del poder a la nobleza y a la Iglesia, y comenzaron a organizar sus propias instituciones. Así, la nobleza tuvo que ceder ante el empuje de las ciudades que se convirtieron en las auténticas protagonistas de este período: además de organizar las principales actividades económicas se convirtieron, definitivamente, en los centros de creación cultural y artística. En cuanto a la Iglesia, aunque mantuvo su poder moral y económico, el desarrollo de la Reforma por parte de Lutero debilitó su dominio.

Sin embargo, los cambios no sólo fueron políticos y económicos. Al descubrimiento de América hay que sumarle otros nuevos inventos y descubrimientos -en materias tan dispares como la astronomía, la física, la mecánica o la filosofía- que revolucionaron la vida del período. En cuanto a la cultura, la Edad Moderna conoció dos movimientos: primero, durante los siglos XV y XVI, el renacimiento y, más tarde, en los siglos XVII y XVIII, el barroco. En el renacimiento, el ser humano volvió a ser el núcleo del que partió un nuevo concepto de la cultura y del arte en contraposición al de la Edad Media -que tuvo en Dios y en la Iglesia su eje, aunque el gótico comenzó a desplazarlo hacia el ser humano-, e inspirándose en los modelos de la antigüedad clásica de Grecia y Roma, el arte regresó al naturalismo y al realismo, a la armonía y la proporción.

 

En esta primera parte de la Edad Moderna, el territorio de Euskal Herria quedó definitivamente fragmentado entre dos poderosas monarquías -España y Francia- que articularon durante esta etapa de la historia sus respectivos estados. El poder de la nobleza y de la Iglesia quedó de este modo relegado a un segundo plano, y se vio sustituido por el de los reyes y el de las ciudades, que se convirtieron en los auténticos protagonistas de este período. Además, la Iglesia, aunque mantuvo gran parte de su dominio moral y económico, quedó debilitada por la crisis religiosa, y sólo tras el Concilio de Trento volvió a tomar la iniciativa. De ahí que la iniciativa en el ámbito artístico comenzase a ser cuestionada por la monarquía y la propia burguesía que, apoyándose en la próspera coyuntura económica y demográfica del siglo XVI en Euskal Herria, fomentaron y crearon la necesidad de nuevas creaciones artísticas. Así, aunque primero la epidemia de peste de finales del siglo XVI y, posteriormente, las crisis políticas y económicas del siglo XVII, incidieron en la disminución de la creación artística, la pujanza de la sociedad vasca, apoyada en el enriquecimiento que disfrutó gracias a la actividad naval con el norte de Europa y de América, y en la participación de los miembros de la nobleza vasca en el ejército y la administración estatal, consiguió que el florecimiento artístico continuase siendo muy importante.

El nuevo estilo artístico que se desarrolló durante este período recibió el nombre de renacimiento, ya que el principal objetivo no fue sólo hacer renacer los modelos clásicos de la antigüedad griega y romana, sino cambiar el eje de la cultura sustituyendo la dimensión divina por la humana.

Esta importante transformación estuvo impulsada por las ciudades y su principal clase social, la burguesía, que requería un nuevo estilo artístico en sintonía con sus gustos más terrenales. Así, nació el renacimiento, un estilo que buscó la inspiración en los modelos clásicos, ya que se suponía que entonces se intentó crear un arte a la medida del ser humano y no de las divinidades. Además, las monarquías se dieron cuenta de que apoyando este nuevo tipo de arte conseguían debilitar a la nobleza y la Iglesia en la disputa que mantenían por el control del poder y la representación social del mismo. En cuanto a la Iglesia, una vez se adecuó a la nueva situación, acabó promoviendo también este estilo e intentando que los temas profanos, cada vez más representados, no arrinconasen a los religiosos. De ahí que el renacimiento se convirtió, finalmente, en un estilo propagandístico para todos, vehículo formidable para las aspiraciones de poder ya no sólo celestial sino, sobre todo, terrenal.

Como no podía ser de otra manera, los modelos renacentistas llegaron de Italia, aunque a diferencia del románico y del gótico, el estilo renacentista no fue tan homogéneo y conoció una mayor variedad de modelos y diversidad en su plasmación artística. Sin embargo, todas las directrices que se siguieron tuvieron en común la recuperación de la tradición artística clásica, desterrando el estilo gótico. En este nuevo lenguaje, la principal referencia fue el ser humano, por lo que conceptos como la proporción, la simetría y la armonía se convirtieron en los elementos esenciales de la nueva sintaxis, mientras que el léxico se nutrió de elementos de la antigüedad clásica.

El renacimiento se implantó tarde en Euskal Herria. Y es que hasta el siglo XVI en las provincias vascas se mantuvo el estilo gótico, por lo que el renacimiento sólo pudo incidir al final del siglo y de un modo superficial, meramente decorativo y simbólico. En el siglo XVII el renacimiento comenzó a desarrollarse, aunque finalmente también tuvo que convivir con el barroco. Sin embargo, pese al corto período de tiempo que duró el renacimiento, en este estilo se crearon importantes manifestaciones artísticas destacando no sólo la arquitectura, sino también la escultura, en una corriente que denominaremos romanismo, y que tuvo especial incidencia en Navarra y en Gipuzkoa. En cuanto al estilo, el renacimiento es un compendio de influencias tanto europeas -Italia, Países Bajos y principados alemanes- como castellanas y aragonesas. De este modo, Euskal Herria volvió a desarrollar un renacimiento no autóctono pero sí particular, con unas artes plásticas dependientes de la influencia exterior y una arquitectura, una vez más, sobria y sencilla -huyendo del decorativismo-, pero monumental, a través de la combinación de volúmenes y espacios.

La disciplina arquitectónica, una vez más, tomó también en este período la iniciativa. Aunque la escultura y la pintura consiguieron una mayor independencia respecto a la arquitectura, esta disciplina continuó siendo durante este período la más importante, y marcó el ritmo de las principales características que se sucedieron.

Aunque resulta difícil percibir una voluntad de coherencia formal en las numerosas obras que se construyeron en el territorio de Euskal Herria durante este período renacentista -ya que no existió ningún criterio unificador o institución que tutelase en nuestro territorio el estilo-, la pervivencia de formas tradicionales y clásicas fue una de las características que se repitió constantemente. De esta forma, aunque el arco de medio punto y la columna de capitel clásico se aceptaron y se adaptaron con celeridad, otros elementos característicos del renacimiento como las plantas centralizadas o el uso de las cúpulas, tardaron bastante en ser incorporadas. De hecho, al inicio del período, la mayoría de los elementos renacentistas se concentraron en las portadas, mientras que la estructura del edificio continuaba realizándose bajo parámetros góticos. La renuncia generalizada a la decoración esculpida en los elementos constructivos es otra de las características de la arquitectura de este período, de ahí que el ornamento se refugiase en las portadas.

En cuanto a la arquitectura civil, además de los numerosos palacios que se conservan de este período, lo que nos indica una etapa menos belicosa y más próspera, también destacaron los primeros hospitales, universidades y ayuntamientos. El desarrollo de esta última tipología nos demuestra que el poder civil de las villas comenzaba a desmembrarse del religioso y a reivindicar su propio espacio vital tanto en la sociedad como en el trazado urbano. Durante este período también se definió la tipología del caserío vasco ya que, aunque se cree que fue a finales del siglo XV cuando se establecieron las actuales características de la arquitectura del caserío, fue en este período cuando comenzamos a encontrar los primeros ejemplos conservados.

Respecto a la principal tipología, el palacio fue el edificio más extendido y también conoció una enorme variedad de composiciones, aunque las constantes fueron, como en la arquitectura religiosa, las plantas rectangulares y la ausencia de decoración en los paramentos, así como la desaparición del carácter defensivo y la presencia de torres, solanas, heráldicas, rejería, garitas en los ángulos, aleros y, sobre todo, generosos vanos e incluso logias en sus pisos altos. En Euskal Herria durante este período se distinguen dos tipos de palacios, el de tipo compacto, sin patio interior, en la costa atlántica, y el que cuenta con patio, de tipo de mediterráneo, en el interior del territorio.

Por todos los territorios de Euskal Herria encontramos importantes ejemplos de arquitectura civil. En Navarra hay que destacar el Hospital General de Navarra -actual Museo de Navarra, del que se conserva la portada plateresca-, los ayuntamientos de Allo, Sangüesa y Tudela, y los palacios de San Cristóbal en Estella y el del Marqués de San Adrián en Tudela, el más espectacular por sus aleros, arcadas y patios interiores siguiendo el modelo mediterráneo. En cuanto a Iparralde, nuevamente, nos alejamos de los modelos de palacios descritos y los escasos ejemplos que se construyeron -de los que apenas conservamos restos- se realizaron siguiendo trazas italianas.

En cuanto a los palacios de los dos tipos que hemos destacado, aunque Gipuzkoa conserva ejemplos tanto del primer tipo -palacio de Carlos V en Hondarribia- como del segundo -Narros en Zarautz y Ubillos en Zumaia-, los más significativos se encuentran en Vitoria. En el palacio de Bendaña, por ejemplo, destaca su interior, organizado en tres plantas y con un patio de galerías en escuadra. En el palacio de Montehermoso, en cambio, edificio de planta rectangular organizado en torno a un patio central cuadrado, destacan sus cuatro torres en las esquinas, mientras que en el palacio de Salinas, lo más significativo es la galería exterior arquitrabada con diez columnas dóricas que remata el cuerpo principal constituido por cuatro plantas y una portada adintelada. Pero el palacio más importante de este período es el de Escoriaza-Esquivel; mandado construir por Fernán López de Escoriaza, médico de Carlos I. Destaca en su exterior por el encadenado que rodea el perímetro de su planta rectangular; en el interior el patio se organiza en torno a tres crujías con dos pisos y arcos de medio punto y conopiales, que recuerdan a las logias italianas. Para finalizar con esta tipología, hay que mencionar la presencia singular en el valle del Urola en Gipuzkoa de palacios de influencia mudéjar. El origen de este tipo de palacio de estructura atlántica realizado en ladrillo, está en la construcción en este estilo de la torre de los Loiola a finales del siglo XV; posteriormente, en el renacimiento, se realizaron el palacio Anchieta en Azpeitia y Floreaga en Azkoitia, con una doble galería.

Sin embargo, uno de los ejemplos más significativos de la arquitectura civil en Euskal Herria responde a un nuevo tipo de edificio, la universidad. Fundada por Rodrigo Mercado de Zuazola, la Universidad de Sancti Spiritus de Oñati en Gipuzkoa, combina elementos del renacimiento italiano con otros góticos. El diseño del edificio, que se debe al tracista Rodrigo Gil de Hontañón -la ejecución al maestro de obra guipuzcoano Domingo de Guerra-, presenta una planta rectangular de dos pisos con patio central y torres angulares. El elemento más importante y característico del edificio es su patio, organizado en dos pisos de arquerías sobre columnas corintias.

En cuanto al caserío vasco, aunque su estructura estaba ya codificada desde la Edad Media, los primeros ejemplos que conservamos corresponden a este período, en el que aunque recibió la influencia renacentista, prevaleció la sobriedad ya destacada. La importancia de la fábrica del caserío de este período reside en que por primera vez se conciben como una construcción monolítica, de gran tamaño y cubierta a dos aguas. Hasta entonces, en el hábitat rural se construían de forma dispersa un conjunto de edificaciones en madera -vivienda, establos, graneros, hórreos, lagares- y es ahora cuando todo se funde en un único edificio, realizado en piedra el primer piso y con madera el resto de los pisos, los soportes estructurales y los cerramientos. En esta nueva construcción se concentraban todas las actividades y, de hecho, en función de las actividades que se desarrollaban, la estructura del edificio variaba, distinguiéndose tres tipos de caseríos: el vizcaíno, el guipuzcoano y el labortano. La excepción a este tipo de construcción lo constituía el caserío de Zuberoa, ya que en esta área influyó la variante de casa pirenaica con una planta en L más pequeña y con la cubierta más empinada y en pizarra. El resto de los caseríos vascos se distingue por su planta rectangular.

 

En cuanto a la descripción de las principales formas arquitectónicas, en la arquitectura religiosa encontramos una gran variedad de modelos de planta empleados, por lo que es difícil establecer, como en el románico o el gótico, un único modelo. Así, en Euskal Herria encontramos desde iglesias de una sola nave, a las realizadas con tres naves, pero también aquellas que evolucionaron del modelo de tres naves y se convirtieron en planta de salón. En altura también hay una gran variedad, y podemos encontrar iglesias que combinan diferentes alturas y otras que alcanzan en sus cubiertas la misma altura. Sin embargo, existen algunas formas arquitectónicas que se repiten en los diferentes períodos con bastante insistencia. En el exterior, por ejemplo, la mayoría de las iglesias de Euskal Herria se caracterizaron por la verticalidad y el aspecto prismático de sus cajas rectas desprovistas de decoración; de hecho, los únicos volúmenes que destacan en el exterior de las iglesias vascas son las cabeceras, tanto rectas como poligonales, y los contrafuertes que señalan los tramos. En cuanto al interior, la mayoría buscaba transmitir la sensación de unidad espacial, predominando la escasez de capillas, las plantas de tendencia rectangular y el desarrollo de los soportes.

Por lo descrito, podemos deducir que la tipología religiosa aunque continúo siendo la más importante en número y trascendencia social, comenzó a tener en la arquitectura civil un importante rival, ya que ésta desarrolló una arquitectura cada vez más relevante. No obstante, en la arquitectura religiosa de este período, además de las iglesias de influencia renacentista, estudiaremos un nuevo tipo de iglesia que, aunque no constituye un estilo propiamente de Euskal Herria -ya que se creó previamente en Europa y se extendió por todo el norte de la Península-, conoció un inusitado despliegue por nuestro territorio, constatado en numerosos ejemplos conservados, y que conocemos con el nombre de gótico vasco.

Por territorios, aunque en número conoció un desarrollo similar en todos ellos, en importancia las zonas costeras destacaron por encima del resto. En relación con la tipología religiosa, Gipuzkoa y Bizkaia, continuaron con el esfuerzo de dotar a sus localidades de emblemáticos templos que sintonizasen con la pujanza económica y demográfica, mientras que Álava, Navarra e Iparralde entraron en una fase de declive en su actividad artística que se prolongó también en el barroco, ya que cubiertas la mayoría de las necesidades espirituales con edificios de anteriores períodos, las tres provincias quedaron estancadas, sin grandes avances, con un predominio de lo rural frente a lo urbano. En cuanto al estilo, la mayoría de las construcciones son de finales del siglo XVI y principios del siglo XVII y están realizadas en estilo plateresco, el más decorativo de los que se desarrolló, y herreriano, posterior y más sobrio.

Entre los ejemplos a destacar, hay que mencionar las fachadas de carácter monumental que se construyeron en las iglesias de Elciego y Lapuebla de Labarca en Araba con esquema de arco de medio punto. En Navarra, también encontramos tres ejemplos de portadas significativas en las iglesias de Cáseda, Los Arcos y Viana, esta última con una magnífica portada realizada en el último período renacentista con forma en exedra encuadrada por un arco de triunfo. Sin embargo, la obra más singular de este estilo en estos dos territorios es el coro de la parroquia de San María de Agurain en Álava, obra clave del primer período del renacimiento plateresco en Euskal Herria; alzado sobre arcos apuntados rectos de sabor gótico, el coro de Agurain destaca por su bóveda de terceletes. En las iglesias de San Andrés de Estamona y la Asunción de Kanpezu en Álava también encontramos coros renacentistas. En cuanto a la arquitectura conventual, los monasterios de Roncesvalles, Fitero e Iratxe aprovecharon el primer período renacentista para construir sus claustros en sencillos estilos que denotan todavía la influencia del gótico. Respecto al resto de construcciones, encontramos iglesias renacentistas simples, tanto en estructura como en decoración, en las localidades navarras de Lerín, Larraga, Ziga, Ochagavía, Roncal, Milagro, Arguedas, Caparroso y Puente la Reina, y en las alavesas de Labastida y Oion.

En Iparralde también predominó la combinación de elementos góticos y renacentistas en iglesias pequeñas y sencillas, preferentemente construidas en el ámbito rural de la provincia de Zuberoa. Los dos elementos más característicos de estas iglesias fueron las galerías de madera, que se construían cuando aumentaba la población de las localidades, y la espadaña, formada por tres torres rematadas con una cruz en cada una de ellas y de mayor altura la del centro. Según las diferentes interpretaciones, la forma y la disposición de estas torres podrían simbolizar el calvario o la trinidad, aunque también pudieran ser producto de la influencia inglesa, ya que el territorio estuvo bajo dominio inglés durante diferentes períodos. Las iglesias de Gotogeño, Undureiñe, Altzuruku y Zalgiz responden a estos rasgos y conservan la característica espadaña.

Respecto a Gipuzkoa y Bizkaia, como ya hemos señalado, la prosperidad económica y demográfica de las dos provincias costeras posibilitó un desarrollo sorprendente en el número y la importancia de su arquitectura. En este momento, no sólo fueron las villas costeras las que adoptaron esta nueva corriente, tal y como ocurrió en el período gótico, sino que ahora son las localidades del interior las que, sobre todo, acogen esta nueva influencia al participar su nobleza en la administración estatal. De hecho, la primera localidad en la que encontramos ejemplos del estilo -Oñati, en Gipuzkoa-, fue la villa natal del mecenas de las obras que se realizaron, Rodrigo Mercado de Zuazola, obispo de Ávila y consultor de las Cortes de Castilla. En la iglesia de San Miguel de esta localidad guipuzcoana se construyeron en estilo renacentista tanto el claustro como la capilla de la Piedad. No obstante, la principal construcción religiosa de Oñati es el monasterio de Bidaurreta, que responde al esquema clásico de iglesia conventual con capillas bajas entre los contrafuertes.

En la tipología conventual, los tres proyectos más importantes se los debemos a un mismo tracista, fray Martín de Santiago, que siguiendo el modelo de San Esteban de Salamanca, proyectó los conventos dominicos la Encarnación de Bilbao y San Telmo de Donostia; de los dos, el que presenta un mejor estado de conservación es el de San Telmo, uno de los edificios más característicos de la arquitectura renacentista vasca. De gran sobriedad y sencillez tanto en su construcción y disposición de volúmenes, como por la ausencia de decoración respondiendo a un nuevo concepto del renacimiento más austero y depurado determinado por el Concilio de Trento, el monasterio destaca por su iglesia, en la que la cubierta de arcos ojivales y bóvedas de crucería combinada con los soportes cilíndricos ayuda a unificar el espacio interior, y por su claustro.

Entre el resto de las iglesias, en Bizkaia destacar las portadas renacentistas adoptando la forma de arco de triunfo añadidas a templos góticos en Nuestra Señora de Begoña, San Antón de Bilbao, Santa María de Portugalete y San Vicente de Abando en Amorebieta, y para finalizar, también merece señalar el claustro de la Colegiata de Ziortza en Markina-Xemein y la capilla del Santo Cristo en la iglesia de San Severino de Balmaseda, donde destacan las bóvedas estrelladas.

Por último, hay que destacar que el cambio de rumbo promovido por la Iglesia católica a través del Concilio de Trento trajo consigo la propuesta de un estilo arquitectónico más sobrio, solemne y monumental que conocemos como gótico vasco. Este cambio de rumbo propició en Euskal Herria la recuperación de modelos de iglesia del período gótico y la combinación de éstos con elementos renacentistas en los que se suprime la decoración. El resultado fueron unas iglesias de planta de salón -también llamadas columnarias- con tres naves, de gran altura, aunque sin diferencia entre las naves, con bóvedas de crucería, sin contrafuertes ni arbotantes en el exterior, y con columnas con capiteles que responden a los modelos renacentistas.

Las iglesias de este tipo se localizan en localidades de Bizkaia y, sobre todo, en Gipuzkoa, en villas que durante este período conocieron un importante aumento de su población, de ahí la tendencia a la unificación espacial, por razones de capacidad, visibilidad y acústica. Entre las numerosas iglesias que existen realizadas en este estilo destaca por sus excepcionales bóvedas vaídas con nervios artesonados la iglesia de San Sebastián de Soreasu de Azpeitia en Gipuzkoa. El resto, aunque más modestas, han conseguido convertirse en uno de los principales símbolos del paisaje arquitectónico vasco gracias a la verticalidad y su característico aspecto externo prismático. En Bizkaia hay que destacar las parroquias de Lezama, Elorrio, Guernica y Trucios, mientras que en Álava y Navarra sólo en las iglesias de San Vicente en Vitoria, la Asunción en Cascante y San Juan Bautista en Cintruénigo encontramos ejemplos realizados en este estilo. En cambio, es en Gipuzkoa donde el paisaje está continuamente salpicado por este tipo de iglesias; las más significativas se encuentran en Tolosa, Segura, Idiazabal, Azkoitia, Bergara, Hernani, Zumarraga, Eibar, Irun, Deba, Lezo, Oiartzun y Errenteria. Otra variante de este tipo de iglesia de espacio unificado y fábrica vertical lo constituyen las iglesias de una sola nave; edificadas principalmente en zonas rurales y conventos. La mayoría tienen una nave rectangular de dos o tres tramos marcados por contrafuertes y cerrada con cabecera recta u ochavada; en Gipuzkoa, Santa María de Soraluze, Santa María de Itziar y San Nicolás de Orio, son un ejemplo de estas iglesias.

Arte

Entre las artes plásticas, la gran protagonista de este período fue la escultura. De hecho, el nombre del primer artista vasco reconocido y de prestigio que encontramos documentado -antes hubo otros, pero de los que apenas conservamos datos- es un escultor perteneciente a este período,Juan Antxieta. Tanto la obra de este escultor como la de los discípulos que continuaron con su labor responde al nombre de romanismo; este estilo, sin ser exclusivo del arte vasco, ya que se desarrolló en otras áreas como, por ejemplo, en La Rioja, sí constituye una particularidad en el arte vasco por la importancia que tuvo en su momento y la influencia que ejerció posteriormente. De todas formas, la escultura vasca de este período no se limitó al romanismo, ya que hubo otros estilos.

Coincidiendo con la aplicación de los principios renacentistas en el ámbito arquitectónico, a mediados del siglo XVI, un grupo de escultores procedentes de Castilla, Francia y Países Bajos se trasladaron a este territorio aprovechando la prosperidad económica del momento. La mayoría eran artistas de reconocido prestigio -Diego de Siloé, Pierres Picart, la familia Beaugrant- que practicaron en Euskal Herria un estilo escultórico con reminiscencias góticas y, por tanto, con tendencias al decorativismo y a la profusión de motivos. Entre las obras más destacadas cabe mencionar en Gipuzkoa los conjuntos escultóricos de la Universidad de Oñati y el sepulcro de Rodrigo Mercado de Zuazola en la iglesia de San Miguel de Oñati, y en Bizkaia, las portadas de las iglesias de San Antón en Bilbao, Santa María en Portugalete, así como diferentes elementos decorativos en las iglesias de Balmaseda y Markina-Xemein.

Entre esta primera fase y el romanismo, existe un período de transición en el que la práctica escultórica comenzó a abandonar el decorativismo y se aproxima a un cierto clasicismo; en este momento, encontramos los primeros nombres de escultores vascos, discípulos de los anteriores, y que preparan el camino para la generación de Antxieta. Así, en los documentos que atestiguan las labores de realización de retablos para las iglesias guipuzcoanas de San Andrés de Eibar, Santa María de Zarautz, San Esteban de Aia y la capilla de la piedad en la iglesia de San Miguel de Oñati, y en Navarra en los retablos de las iglesias de Genevilla y Santa María de Olite, así como en las sillerías de las catedrales de Pamplona y de Tudela, figuran los nombres de Andrés Araoz, Juan de Ayala, Esteban de Obray o Pedro de Aponte.

Arte

Denominamos romanismo a la corriente escultórica surgida en España a finales del siglo XVI a partir de la influencia ejercida por el artista italiano Miguel Ángel en la fase final del renacimiento italiano, conocida como manierismo. Durante esta fase, se prescindió de la profusión decorativa de las fases anteriores y se apostó por composiciones más sencillas y sobrias aunque dotadas de mayor expresividad en las formas; ahora, las imágenes adquieren dinamismo, movimiento y sentimiento que, además se acentúa y potencia con la policromía. En su labor por hacer frente al protestantismo, el romanismo respondía a los objetivos de la Iglesia católica a través de una disciplina como la escultórica y un elemento como el retablo, en el que se aplica un orden y una disposición rigurosa que facilite la lectura de las imágenes.

El romanismo llegó a Euskal Herria procedente de Italia de la mano de Gaspar Becerra y Pedro López de Gamiz. Juan de Antxieta se formó con ellos y así surgió una generación de artistas romanistas de la que formaron parte, entre otros, Ambrosio Bengoetxea, Pedro González de San Pedro, Jerónimo de Larrea, Joanes de Iriarte y Martín Ruiz de Zubiate. Este estilo comenzó a desarrollarse a finales del siglo XVI y se prolongó en el siglo XVII, principalmente, por Gipuzkoa y Navarra. Entre los trabajos más importantes, destacamos en Gipuzkoa los retablos de las iglesias de San Pedro en Zumaia, San Vicente en Donostia, San Martín en Berastegi y el de la parroquia de Alkiza, y en Navarra, el de la parroquia de Agoitz y las iglesias de Cáseda y Tafalla.

Arte

En cuanto a la orfebrería, la disciplina conoció en este período un momento de esplendor debido a la proliferación de mecenas surgidos, principalmente, entre las burguesía de las ciudades que sufragaron gran cantidad de piezas destinadas a la Iglesia. Aunque en un primer momento, la sencillez y la austeridad fueron los rasgos dominantes, posteriormente, se complicó, sobre todo, cuando comenzó a notarse la influencia del nuevo estilo que se desarrollaba en Europa, el barroco.

En cuanto a las artes pictóricas, a diferencia de las escultóricas, tuvieron menor desarrollo. Por una parte, la propia Contrarreforma recomendaba la utilización de la escultura y los retablos a la hora de adoctrinar a los fieles; por otra, el comercio con el norte de Europa facilitó la importación de las artes pictóricas demandadas -eran fácilmente transportables-, motivo por el cual en Euskal Herria contamos con excelentes ejemplos de pintura flamenca. De este modo, ya desde el siglo XV, encontramos obras de artistas de la talla de Van Connixloo, Van der Goes o el taller de Metsys en iglesias guipuzcoanas como San Pedro de Zumaia, San Pedro de Bergara o en la parroquia de Aizarna, fruto de las relaciones comerciales.

 

Por tanto, Euskal Herria tuvo en el siglo XVI una escasa producción pictórica que, además, correspondió a pintores del reino español como Luis Morales, Juan Pantoja de la Cruz y Alonso Sánchez Coello. Las pinturas murales del palacio de los Cruzat en Óriz constituyen la excepción, tanto por su temática como por su técnica, ya que son grisallas y representan escenas bélicas, concretamente, las batallas del emperador Carlos V contra las tropas protestantes. Desconocemos el nombre de los autores de esta obra, aunque su calidad no debe de sorprender ya que la escultura romanista necesitó de pintores que policromasen los retablos, por lo que la disciplina se desarrolló, aunque no consiguió producir una obra consistente.

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  • KORTADI OLANO, E. Gipuzkoako artea irudietan. Donostia: Kutxa Fundazioa, 2000.
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