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Historia del Arte. Románico

El período histórico que denominamos Edad Media comenzó en Europa a partir del siglo V d.C. con la invasión de los pueblos germánicos. Entonces, el imperio romano se desintegró y fue sustituido por un conjunto de reinos que, en los primeros siglos, provocaron una gran inestabilidad en el continente europeo, ya que a la invasión siguieron posteriores luchas internas. Además, a partir del siglo VIII la expansión árabe también llegó a Europa al conquistar la mayor parte de la península Ibérica. De todos modos, durante este período el poder en Europa no estuvo en manos de las monarquías sino de los señores feudales y la Iglesia. De hecho, fue la Iglesia quien promovió las creaciones culturales, de tal forma que la cultura pasó a estar al servicio de la religión.

Así, durante la Edad Media, fueron las órdenes monásticas quienes impulsaron en primer lugar la creación de un nuevo estilo, el románico, que se difundió a partir del siglo X por todo el Occidente Cristiano. Integrando diferentes herencias artísticas precedentes, el arte románico supo responder a las necesidades tanto materiales como espirituales del momento.

En Euskal Herria tenemos pocas noticias sobre el comienzo de la Edad Media. De hecho, aunque hasta el siglo IX carecemos de testimonios fidedignos, parece ser que los visigodos no ejercieron ningún control sobre el territorio, y por tanto, los habitantes de Euskal Herria continuaron gobernándose según las formas y los modos heredados de la época romana. Sí existió un mayor proceso de ruralización y, por tanto, un aumento del poder de los señores feudales y de la Iglesia, a través de los obispados y los monasterios. La llegada del pueblo árabe cambió poco la situación; se establecieron en el sur de Navarra, y mediante la familia Banu Qasi dominaron la región de la Ribera durante dos siglos, hasta que fueron conquistados por los reyes navarros.

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Por tanto, durante esta primera etapa de la Edad Media, Euskal Herria, al igual que el resto de Europa, estuvo inmersa en una encarnizada lucha por el dominio de los territorios que enfrentó a diferentes nobles, obispos, monasterios y reyes. De hecho, en las provincias que hoy incluimos dentro del territorio de Euskal Herria, durante este período sólo se formó un reino que, con el nombre primero de Pamplona y después de Navarra, controló la mayor parte de nuestra geografía. Este reino intentó, como otros, extender sus fronteras, pero se encontró con la competencia de Castilla y Aragón con los que tuvo que enfrentarse. No obstante, los reyes de Navarra tuvieron que compartir el control del territorio con la nobleza y la Iglesia, ya que en la práctica eran estos grupos los que ostentaron el poder durante este período en el territorio y ejercían el control político, económico y cultural sobre sus habitantes.

Las primeras manifestaciones artísticas importantes que se crearon en Euskal Herria pertenecen al estilo que denominamos como románico, un estilo que se creó como parte de este control. La Iglesia, al igual que la nobleza y la realeza, necesitaba símbolos que manifestasen la unidad de los territorios cristianos de Europa occidental. Por tanto, ante la diversidad geográfica, económica y política, la Iglesia utilizó el arte como elemento unificador a la hora de ejercer el poder en el mayor número posible de territorios. De ahí el carácter homogéneo y el componente didáctico del arte románico; en una sociedad rural dedicada a la agricultura y a la ganadería, con escasa población y una situación política inestable, condicionada por continuos cambios en el poder, el románico se convirtió en el principal punto de referencia cultural, en el estilo que aglutinó al resto.

Los monjes benedictinos de la orden de Cluny en Francia fueron los encargados de crear y difundir el románico, un estilo que debía garantizar la cohesión y la uniformidad del mundo cristiano occidental. Para ello tejieron una compleja red de monasterios, obispados y caminos de peregrinación que en el caso de nuestro territorio se constituyó en torno al Camino de Santiago.

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De hecho, tanto a través del mismo como a partir de él, en Euskal Herria comenzaron a crearse diferentes manifestaciones artísticas que resolvían ya no sólo las necesidades religiosas sino que respondían a un estilo, a unos principios que buscaban a través de la expresión artística alcanzar unos objetivos concretos; de ahí que el románico sea el primer estilo del que podamos hablar expresamente como de arte realizado en Euskal Herria. Sin embargo, el románico que se desarrolló en Euskal Herria se caracterizó por su sencillez. Hay que recordar que el estilo románico después de gestarse en Francia se expandió por toda Europa occidental y llegó a la península Ibérica tardíamente.

Hasta la llegada a partir de finales del siglo XII de una nueva corriente cultural que denominaremos gótico y que progresivamente sustituyó al románico, el estilo se expandió por Euskal Herria con desigual incidencia. En Navarra la influencia fue mayor, ya que el principal camino a Santiago transcurría por territorio navarro; además, los reyes navarros apoyaron la fundación de monasterios benedictinos y contribuyeron a la expansión del estilo al facilitar la construcción de edificios religiosos y civiles. La proximidad de Álava e Iparralde al camino principal propició también un mayor desarrollo del románico, mientras que en Gipuzkoa y en Bizkaia la influencia fue menor. En cuanto al estilo, dependiendo de la zona de Euskal Herria, encontramos elementos y rasgos combinados del románico francés, aragonés y castellano. El predominio de la arquitectura sobre las artes plásticas y la preeminencia del arte religioso sobre el civil fueron rasgos que caracterizaron a todos los territorios.

La disciplina artística que más se desarrolló en el románico fue la arquitectura que, de este modo, se convirtió en la mejor herramienta de expansión del románico. Tanto la nobleza como la Iglesia, tras cinco siglos de inestabilidad y de guerras, necesitaban construcciones que se adecuasen a las nuevas necesidades de la población y que cumpliesen, además, una función militar pero también didáctica: que sirviesen para educar en la fe cristiana, pero también para transmitir a la sociedad la capacidad de dominio de los nuevos poderes civil y religioso.

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En cuanto a la arquitectura civil, los ejemplos conservados son más escasos que los de carácter religioso. En este período la nobleza y la monarquía no necesitaban ejercer tanto la función didáctica que realizaba la Iglesia y, además, los conflictos militares provocaron la desaparición de la mayor parte del patrimonio arquitectónico realizado en esta tipología. El ejemplo más destacado que se conserva de arquitectura civil románica es el Palacio de los Reyes de Navarra en Estella; compuesto por un conjunto de edificios sobrios y sencillos, en la actualidad, tan sólo se puede considerar originariamente románica la fachada ya que los espacios interiores fueron posteriormente transformados. La fachada está organizada en dos pisos de arcadas -abajo el pórtico, arriba los ventanales de la gran sala- en la que cada una tiene un orden columnario superpuesto distinto.

Entre el resto de las construcciones civiles conservadas, destacan los recintos amurallados de las localidades navarras de Viana, Rada y Artajona, y los diferentes puentes que ayudaban a cruzar el río Ebro en el transcurso del Camino de Santiago por Pamplona, Agoitz, Esa, Sangüesa, Irota y Puente la Reina. Otro edificio que pudo ser construido en el período es la torre del abad de Biasteri en Álava, aunque posteriores intervenciones también han transformado el edificio.

Los ejemplos de arquitectura religiosa que conservamos en Euskal Herria del período románico tampoco son muy numerosos. Debido tanto a la convulsa situación política del propio período como al paso del tiempo, muchas iglesias han desaparecido o han sufrido procesos tan severos de transformación que en muchos templos, hoy en día, sólo podemos hallar restos románicos en elementos constructivos como puertas o ventanas. Y es que, en su mayoría, fueron construcciones pequeñas y modestas tanto formal como materialmente, debido al escaso desarrollo económico y político de algunas de las áreas de Euskal Herria durante este período, y por ello, posteriormente fueron sustituidas por nuevas construcciones que cumplían mejor formal y conceptualmente las necesidades que tuvieron las generaciones posteriores.

La arquitectura románica, al igual que el resto de la cultura y el arte desarrollado en este estilo, recupera la tradición constructiva del arte romano al que añade nuevos elementos procedentes de los pueblos que invadieron Europa. Así, las iglesias se realizan con planta de cruz latina, una o tres naves, crucero marcado y cabecera con ábsides semicirculares. En la construcción predomina el arco de medio punto, los capiteles historiados y la bóveda de cañón o de arista en las naves, de horno en los ábsides y cúpulas sobre trompas en el cimborrio. La mayoría de los monasterios y las iglesias construidas durante este período son de pequeño tamaño porque la población no era muy numerosa, y realizaban anchos los muros y pequeñas las ventanas no sólo porque se perdieron las habilidades técnicas constructivas de los romanos -la mayoría de las escuelas de formación habían desaparecido-, sino porque las propias necesidades determinaban otro modo de construcción y edificios con características diferentes.

Como ya hemos señalado, los mejores ejemplos de románico en Euskal Herria se desarrollaron en Navarra. Las primeras obras que se construyeron en este estilo a finales del siglo XI fueron la cripta y los ábsides del monasterio de San Salvador de Leyre y algunos elementos constructivos de la iglesia de San Miguel de Aralar. En estas construcciones es evidente la sencillez e incluso la tosquedad característica de los inicios del románico, con gruesos pilares y capiteles, y contrafuertes exteriores muy desarrollados. Sin embargo, el momento de mayor esplendor del románico navarro fue el siglo XII. La consolidación del Reino de Navarra a través de sus estrechas relaciones con los reinos de Francia y el Reino de Aragón, y el éxito de las conquistas frente a los musulmanes, permitió que el reino navarro creciera económicamente y pudiera acometer la construcción de numerosas iglesias que todavía hoy se mantienen en algunos casos en un buen estado de conservación. De hecho, la catedral de Pamplona fue la principal obra del período, pero son pocos los restos que conservamos. Y es que construida a comienzos del siglo XII, seguía el modelo de la catedral de Santiago de Compostela -con tres naves, crucero y tres ábsides-, pero lamentablemente se hundió en 1390 y fue sustituida por una nueva en estilo gótico.

Pamplona se encuentra en el Camino de Santiago y, por tanto, es en este camino donde encontramos algunas de las principales obras del románico. A este período pertenecen el primer edificio del monasterio de Irache, que fue reemplazado por construcciones posteriores, y el ábside de la iglesia de Santa María de Ujué, donde se siguió el modelo de la catedral de Jaca -tres naves, crucero, tres ábsides y macizos muros con pocos vanos- y sólo quedan los muros de los tres ábsides ya que el resto fue demolido en el período gótico, y ahora están absorbidos por la iglesia gótica. En Santa María la Real de Sangüesa, en cambio, además de los tres ábsides, del período románico se mantuvo su principal portada y toda la decoración de la misma, pero el resto también fue sustituido en diferentes fases por nuevos estilos.

Sin embargo, pese a todo lo descrito, Navarra conserva algunos de los mejores ejemplos de arquitectura románica en Euskal Herria. En Estella, por ejemplo, en la iglesia de San Pedro de la Rua, la mayor parte del templo mantiene las trazas y los elementos originarios, destacando el claustro, del que se conservan dos de sus alas. En cambio, en la iglesia de San Miguel, en la misma localidad, sólo la cabecera pertenece al período románico ya que el resto de la iglesia es cisterciense.

Uno de los mayores atractivos del románico navarro conservado lo constituyen las iglesias de planta centralizada. Tanto la iglesia de Santa María de Eunate en Muruzabal como la del Santo Sepulcro en Torres del Río, llaman la atención por sus pequeñas dimensiones, su sencillez constructiva sin apenas decoración añadida, y la utilización de la planta octogonal. En el caso de Eunate, el elemento característico es la arquería octogonal que rodea a la iglesia, mientras que en Torres del Río hay que destacar la bóveda califal del interior del edificio con arcos que se cruzan aunque no convergen en la clave y que recuerdan a la arquitectura mozárabe.

Tanto las dos iglesias de Estella citadas como las dos de planta centralizada descritas, pertenecen al período final del estilo románico en Euskal Herria, un período en el que comienzan a ser visibles la influencia del cister y su reforma. El edificio que en Navarra mejor delata esta presencia es la catedral de Tudela, construcción en la que siguiendo los esquemas de la arquitectura cisterciense, se realizaron tres naves, ampliando y elevando la central respecto a las laterales, y se desarrolló el crucero y la cabecera con cinco capillas. Este edificio alcanza tanto en los elementos sustentados como sustentantes una mayor altura, agilidad y luminosidad, anunciándonos no sólo un mayor dominio de la técnica constructiva, sino también unas nuevas necesidades que hay que satisfacer producidas por los cambios económicos y las transformaciones sociales que se avecinaban.

En Álava predominan, sobre todo, las pequeñas iglesias rurales que, siguiendo el estilo románico, lo reinterpretan de un modo sencillo no exento de armonía y proporción. La mayoría se encuentran en el sur de la provincia, en las tierras más próximas al Camino de Santiago. Una de las iglesias que mejor definen las características del románico rural en Álava es la ermita de San Vicentejo en Treviño; desarrollada en una única nave de dos tramos y presbiterio formado por un tercer tramo más corto y un ábside semicircular, San Vicentejo resume muy bien los rasgos de la arquitectura románica reinterpretada de un modo sencillo. Otros ejemplos parecidos los encontramos en Nuestra Señora de Tuesta en Valdegovía, San Martín de Tours en Gazeo, San Juan de Marquínez en Bernedo, San Juan en Cárcamo, Santa María en Tobera y la Asunción en Alaiza. En la mayoría de estas iglesias desconocemos los datos y las circunstancias de su construcción, así como la evolución de su posterior conservación, pero constituyen interesantes ejemplos del románico popular.

No obstante, hubo dos construcciones que tanto por sus dimensiones como por la influencia que ejercieron en la provincia, destacaron en el panorama alavés. Nos referimos a las iglesias de Nuestra Señora de Estibalitz y San Prudencio en Armentia. En ambos casos nos encontramos una planta de cruz latina con una sola nave compuesta de tres tramos y un ábside semicircular en el caso de Armentia, mientras que son tres los ábsides semicirculares que se conservan en Estibalitz. En cuanto a las cubiertas, en Armentia, la nave lleva bóveda de cañón apuntado, el ábside bóveda de horno y el crucero cuatro arcos torales dobles y apuntados sobre el que se eleva el cimborrio cubierto por bóveda de arcos cruzados en diagonal en el centro. En Estibalitz, la nave se cubre con bóveda de cañón apuntado, los tres ábsides con bóveda de cuarto de esfera y el crucero con bóveda de arcos cruzados en diagonal sin clave central.

En cuanto a Iparralde, en el territorio francés también se desarrolló un importante foco románico, principalmente, en la zona del interior, en Nafarroa Beherea y en Zuberoa, por la influencia que ejerció el Camino de Santiago. La construcción más antigua e importante es la iglesia de Sainte-Engrance en Zuberoa; construida en el siglo XI, recoge elementos del románico francés y característicos de la arquitectura popular del área, como la pronunciada pendiente del tejado. También en Zuberoa encontramos elementos románicos en las iglesias de Haux en Tardets, y en Saint Blasise en Maule-Lextarre, y en Nafarroa Beherea en las iglesias de Saint Nicolas de Harabeltz y Haphant en Saint Jean le Vieux. En Lapurdi sólo el pueblo de Lahonce conserva una pequeña iglesia construida en el siglo XII.

En cambio, en Bizkaia y en Gipuzkoa la incidencia del románico fue mucho menor. De hecho, en la mayoría de los casos, los restos que nos han llegado además de escasos están constituidos por elementos arquitectónicos aislados -portadas, ventanas, pilas bautismales- que han sido reutilizadas en posteriores construcciones.

En términos generales, el románico de Bizkaia y de Gipuzkoa sigue las premisas de Álava. El elemento más singular en estos dos territorios fue el ábside rectilíneo, utilizado en Bizkaia en las iglesias de San Pelayo en Bakio, San Miguel de Zumegatxaga en Mungia y San Pedro de Abrisketa en Arrigorriaga. Son iglesias sencillas, de pequeñas dimensiones, con una única nave cubierta con estructuras de madera y en la cabecera con bóveda de cañón; el elemento singular de estas iglesias -el ábside de forma cuadrada- fue un rasgo bastante extendido en toda la cornisa cantábrica y no un elemento característico y definitorio de las iglesias de Bizkaia. Al final del período se construyó la iglesia de Andra Mari de Elejalde en Galdakao, con elementos constructivos góticos -los arcos apuntados en los dos primeros tramos de su nave-, combinados con características románicas.

En Gipuzkoa la falta de restos es todavía más evidente y, por tanto, sólo nos quedan elementos constructivos aislados en el cementerio de Aretxabaleta, dos arcos geminados con un parteluz procedentes de la iglesia de San Miguel de Bedarreta, dos ventanas románicas absidiales, colocadas una sobre otra, en la iglesia de Santa Eulalia de Bedoña en Arrasate y también se conservan restos románicos en las puertas de las iglesias de San Miguel de Idiazabal, San Juan Bautista de Abaltzisketa, la Antigua de Zumarraga, y Santa María de Tolosa. La mayoría de las iglesias románicas de Gipuzkoa posiblemente fueron construcciones pequeñas y provisionales, lo que nos indica que los recursos económicos eran más escasos.

A finales del siglo XII se extendió por Europa un nuevo estilo artístico de transición entre el románico y el gótico. Este estilo fue impulsado por la orden del Cister a partir de la reforma promovida por San Bernardo. La nueva orden se opuso a lo establecido por los benedictinos al proponer una cultura y un arte más ascético y austero, al eliminar la decoración de los edificios e introducir nuevas técnicas constructivas como el arco apuntado o la bóveda de ojivas. Estas nuevas técnicas constructivas permitieron liberar a los muros del peso de las bóvedas, aligerarlos, y ganar así en altura y en luz. Este nuevo estilo también se introdujo a través del Camino de Santiago y tuvo especial incidencia en Navarra, aunque posteriormente también se extendió por el resto de Euskal Herria fusionándose, en muchos casos, con el románico. Las construcciones más importantes realizadas en este estilo fueron los monasterios de Fitero, Iranzu y La Oliva en Navarra.

En el románico, las disciplinas plásticas tuvieron un papel secundario supeditado a la arquitectura. Su función fue fundamentalmente pedagógica, ya que el principal objetivo era extender la fe cristiana a través del poder religioso representado por la Iglesia y el poder civil representado por la nobleza. Por esta razón, los principales temas de representación eran las narraciones bíblicas, mientras que los motivos profanos -animales, vegetales y escenas de la vida cotidiana- sólo tuvieron un papel secundario, meramente decorativo. El sentido de la realidad y el naturalismo, así como el de la proporción y la armonía, se perdieron, y el románico además de simplificar los rasgos los exageró. En este cambio se vislumbra, además de la ausencia de una técnica más precisa, una transformación profunda en el concepto y sentido del arte, tanto por la función que cumple como por los objetivos que persigue.

En Euskal Herria, la mayoría de los restos de disciplinas plásticas que se conservan son escultóricos y decoran las portadas y los claustros de las iglesias. En este caso, los mejores ejemplos también los encontramos en Navarra, en los capiteles del claustro de la catedral románica de Pamplona, en la portada del Juicio Final de la catedral de Tudela, en la portada lateral de San Miguel de Estella y en la portada principal de Santa María La Real de Sangüesa, en la que se encuentra, sin duda, el conjunto más completo e interesante de esculturas del período. En las demás iglesias, tanto en Navarra como en el resto de Euskal Herria, predominan simples y elementales decoraciones geométricas.

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Las esculturas exentas realizadas en madera y policromadas constituyen la siguiente manifestación escultórica importante. Las dos imágenes más representadas son la Virgen María sentada con el niño encima de las piernas y la figura de Cristo Crucificado en la cruz. Entre las esculturas exentas de este período destacamos en Álava la Virgen de Estibalitz y en Navarra el Cristo de la iglesia del Santo Sepulcro de Torres del Río.

Ejemplos de pintura no nos han llegado -si exceptuamos algunos restos de pintura decorativa mural como los hallados en la ermita de San Llobente en Elgoibar (Gipuzkoa)-, pero sí se han encontrado piezas de orfebrería con acabado de esmalte y trabajos en plata, oro y marfil. El Frontal de Aralar (Navarra), procedente de Francia, es una de las piezas más interesantes y está considerado como uno de los mejores ejemplos a nivel europeo. También hay que resaltar la Virgen de Irache (Navarra), realizada en madera y recubierta de plata, y la Virgen de Jerusalén de Artajona (Navarra). Además, Navarra posee dos singulares arquetas de factura árabe realizadas en marfil y que proceden de los monasterios de Fitero y Leyre; en la arqueta de Fitero predominan los motivos geométricos y vegetales, y en la de Leyre estos mismos temas se combinan con representaciones de la figura humana.

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