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Agote: etnología e historia

La palabra agote (o sus variantes agot, agota, cagot, cagote, capot, gahet, gaffet...) aparece documentada desde el siglo XV para designar grupos humanos que sufrían una profunda marginación socioeconómica en el Pirineo Occidental, desde Aragón y Bigorra hasta Gipuzkoa y la Gironda. Este término se va documentando cada vez con mayor frecuencia a lo largo del siglo XV como sinónimo de chrestiaa, cretino, chistron, gafo, lladre, gezitain, y paulatinamente sustituyendo a éstas. El fenómeno, con la palabra agote, se extiende sobre todo en la Alta Navarra al norte de Pamplona y en Baja Navarra, algo menos en Lapurdi y Zuberoa; en Gipuzkoa su presencia es puntual, ya que tenían prohibida su residencia, por lo que se ordenaba la expulsión de cualquier persona sospechosa de serlo. También fue un fenómeno muy extendido en Bearn, algo menos en Bigorra, con la voz cagot. El nombre capot se extiende por Gascuña. Gahet y gaffet son más habituales en la Gironda.

Aparecen fenómenos similares en regiones cercanas, como son los colliberts, morins y cailluads de Poiteau, los marans de Auvernia, o los cacous y sarrasins de Borgoña. En el Norte de Francia también se dieron casos de marginación, pero limitados a grupos reducidos en localidades concretas, como los oiseliers, hautponnais o lyzelards. En Bretaña, con el nombre de kakous o caqueux, se dio durante el Antiguo Régimen un fenómeno prácticamente igual al de los agotes, al menos en sus manifestaciones externas de exclusión, y a los que se atribuyen orígenes parecidos. Aunque a veces han sido presentados como un grupo étnico diferenciado, los agotes en ningún momento han demostrado serlo, como los moriscos, gitanos o judíos. Se les ha llegado a vincular, sin base documental, con los xuetas de Mallorca, los vaqueiros de alzada asturianos o los maragatos de León.

Los agotes, independientemente del origen u orígenes que se les atribuyen, no tenían ningún rasgo específico, excepto la exclusión a la que se les sometía contra su voluntad. Desde que aparecen con tal nombre, se muestran cristianos católicos que en ningún momento cuestionaban los dogmas y ritos de la Santa Madre Iglesia, hablaban las lenguas y variedades dialectales propias de cada localidad y se regían por las costumbres propias de cada lugar. Eran los vecinos los que les privaban de derechos vecinales y les prohibían participar con normalidad en los ritos religiosos o profanos y en el trato común, excluyéndolos o relegándolos a los últimos puestos. El propio nombre de agote era insultante, nunca se reconocieron como tales.

Se ha escrito mucho sobre los agotes, sobre todo pretendiendo hallar el motivo de la exclusión en sus orígenes. La coincidencia con los nombres medievales arriba citados y algunos rasgos de su marginación los vinculan de un modo u otro con la lepra: eran obligados a vivir fuera de los núcleos de población, a señalar su presencia con algún distintivo, a beber en distintas fuentes o a servirse el agua o cocer el pan los últimos y con menaje propio, a no tocar los alimentos que no fueran para su propio consumo, etc., en suma, medidas que pretendían evitar la contaminación. Sin embargo, no había coincidencia total en el trato a agotes y leprosos, y las normas de exclusión contra los agotes fueron suavizándose en lo que respecta al contacto físico, pero no en los derechos económicos y políticos, y menos aún en la representación simbólica de la comunidad. Popularmente se les atribuía como origen una lepra no históricamente documentada sino mitificada: los agotes serían los descendientes de un personaje bíblico castigado por Dios con esa enfermedad, y su marginación se justificaba por ser hereditaria no la enfermedad física, pero sí la perversidad moral que la produjo, o se les ha considerado descendientes de falsos leprosos, que pretendían vivir de la caridad haciéndose pasar por enfermos, castigando así su hipocresía. Otras veces se les considera descendientes de herejes, principalmente cátaros o albigenses, origen que ellos mismo asumen como cierto en una solicitud de igualdad de trato al Papa. En las versiones más cultas se les considera descendientes de arrianos o cristianos primitivos aislados en las montañas. También se les han atribuido diferentes orígenes: godos, sarracenos, celtas, afectados de bocio, de cretinismo, etc.

Los estudios de estos orígenes, que ya se publican desde el siglo XVI, se basan sobre todo en las etimologías y en sus rasgos físicos. Estos estudios se dedicaron principalmente a validar con notas eruditas muchos de los prejuicios populares. Así, el término got ha servido lo mismo para demostrar su origen godo, (cagot = perro godo) como el sarraceno, (cagot = cazagodos). Las palabras relacionadas con cristiano lo mismo han servido para justificar su cristianismo primitivo, su falso cristianismo o el cretinismo, una de las enfermedades que se les han atribuido. Las especificidades físicas más evidentemente falsas (hedor, carencia de lóbulos en las orejas, o de secreciones mucosas, constante flujo de sangre y semen, calor corporal superior, hasta el punto de que su pisada desnuda llegaba a quemar la tierra, etc.) no suelen ser aceptadas por los eruditos, pero sí hablan constantemente de su constitución o rasgos característicos de cuerpo, cabeza o cara. Los resultados difieren según el origen atribuido: rubicundos y corpulentos si godos, morenos y estilizados si moros, robustos si originarios de alguna raza belicosa, débiles y enfermizos si herederos de alguna tara física, etc. Paradójicamente, la percepción popular, que hacía hincapié en los atributos físicos más fantásticos, a su vez los consideraba muy hermosos. Los análisis supuestamente psicológicos adolecen de las mismas contradicciones, según la consideración que merecen al autor: torpes, faltos de inteligencia, miserables, enfermizos, lascivos, o inteligentes, dóciles, trabajadores, altivos, valientes. Muchos insisten en su humildad, causada según unos en sus condiciones de vida social y económicamente infrahumanas, o según otros en su carácter hipócrita, derivado de su falso cristianismo o falsa lepra. No faltan referencias a supuestos poderes mágicos y fabulosas riquezas, fuerza y resistencia colosal, arrojo, lujuria... Antolini apunta que en ellos se proyectaba, a modo de orden invertido, todo lo que la sociedad rechazaba.

A partir del siglo XIX se analiza la marginación como fenómeno propio, qué la provocó, pero también qué la mantuvo, analizando no tanto a los agotes en sí como en contraste con la sociedad que los excluía. Se ha apuntado como motivo, tanto del origen como del mantenimiento de la exclusión, su incapacidad de salir del régimen de servidumbre al que les sometían algunos señores, como los de la casa Ursua con respecto a los de Bozate y los de Jaurola con los de Elbetea (Baztan), los de Etxauz con los de Baigorri, los de Logras con varios núcleos de Garazi (Saint-Jean-Pied-de-Port), etc. Esta dependencia de carácter feudal, que no se limitaba al pago de rentas por las casas y tierras, dejaría a los agotes en una situación de inferioridad jurídica respecto a sus vecinos libres de pechas. Pero esta explicación no es suficiente, porque no todos los agotes mantenían relaciones de servidumbre, ni éstas eran exclusivas de agotes, y porque agotes y no agotes aparecen juntos para pleitear contra señores nobles.

También se ha tratado de explicar la marginación desde un planteamiento opuesto, la jerarquización feudal clásica. Los agotes están fuera del esquema: no son nobles y tienen prohibido portar armas, aunque viven a su sombra (ellos construían sus castillos, lo que habría provocado la animadversión de los campesinos sojuzgados) y no pagan impuestos ni son sometidos a levas; no son eclesiásticos ni lo pueden ser, aunque muchos de sus núcleos, y con ellos sus habitantes, están sometidos a la jurisdicción de monasterios y gozan de sus inmunidades; no forman parte del tercer estado, ni en las villas ni en los núcleos rurales, puesto que son excluidos de cualquier cargo público o derecho correspondiente a la vecindad. Son artesanos, pero no forman parte de los gremios. A veces reciben un tratamiento parecido a los judíos: son obligados a vivir aparte, no necesariamente lejos, pero sí con un límite claramente definido, sea un puente, una regata, un bosque, un camino.

Fuera cual fuera el origen, en una sociedad de Antiguo Régimen, si la limpieza de sangre se heredaba, la impureza también, por lo que bastaba la sospecha de un origen oscuro para justificar la exclusión. Y en todo caso, siempre se les consideraba extranjeros: en Aragón se les considera de origen navarro, en Roncal, bearneses y aragoneses; por lo general, al sur de los Pirineos se les cree originarios de la vertiente norte, y en la norte originarios del sur. Ni siquiera está demostrado que todos tuvieran un solo origen, sino que grupos excluidos por una u otra razón en un territorio bastante extenso acabaron siendo considerados institucional y popularmente agotes. Pero su mezcla con grupos de otras etnias, como gitanos o moriscos, de existir, fue puntual. La suposición de que los kaskarotak de la costa labortana eran descendientes de gitanos y agotes no está avalada por datos fidedignos.

El gran hito en la historia de estos colectivos es la bula papal de 1515. En ella, el Papa León X accede a la solicitud de los agotes de las diócesis de Baiona (Bayonne), Pamplona, Jaca, Dax, Huesca, Lescar y Oloron de ser tratados en las iglesias y todos los rituales religiosos como el resto de los feligreses. Argumentan para ello que, pese a su origen herético albigense, el paso de los siglos cumpliendo fielmente los mandatos de la Iglesia los ha convertido en tan buenos cristianos como cualquier otro, argumento que el Papa da por bueno, exigiendo un trato igualitario en las funciones religiosas. El emperador Carlos ratifica la bula papal. A partir de entonces se dan dos situaciones jurídicas: en la Navarra recién incorporada a la Corona de Castilla las Cortes, el Obispado y el Tribunal de Pamplona se posicionan a favor de la igualdad de los agotes. En los territorios bajo la órbita del monarca francés la bula papal no se hace efectiva, y las legislaciones seguirán amparando la marginación. En la práctica, sin embargo, apenas hubo diferencias, ya que en los valles de uno y otro lado del Pirineo las entidades locales, seculares y eclesiásticas, mantuvieron e incluso agravaron sus disposiciones contra los agotes, y las decisiones tomadas en Pamplona no se llegaban a ejecutar, pese a las insistentes peticiones de los agotes en este sentido. Sí parece que surtieron efecto las nuevas disposiciones en la Navarra Media, ya que, al contrario de los valles pirenaicos, la documentación deja de registrar conflictos en localidades donde se sabe que hasta entonces existían agotes.

Se dedicaban a oficios manuales: ferrones y herreros, músicos, tejedores/as y costureras, sastres, manteros, canteros, cesteros, alfareros, tejeros, curtidores, viñadores, cerrajeros, muchos molineros y sobre todo trabajos ligados a la madera: leñadores, carpinteros constructores de casas y barcos, ebanistas, cuberos, zoqueros. En la costa se dedicaban a actividades portuarias especialmente duras o peligrosas, como el dragado o arreglos de los muelles, además de navegar como pescadores, marinos mercantes o militares, o corsarios. Se ha querido ver en su dedicación a estas artes su origen leproso, porque se creía que la madera o el hierro no transmitían la enfermedad. Esto explicaría que en Zuberoa se les prohibiera a principios del XVII el oficio de molinero; pero éste fue uno de los más corrientes, lo que demuestra que no era el miedo al contagio físico lo que se temía de ellos. Tampoco la prohibición de comprar y vender productos se mantenía con rigor.

En los valles pirenaicos, sobre todo en los que disfrutaban de hidalguía colectiva, como Roncal, Salazar o Baztan, los agotes no gozaban de vecindad, por lo que quedaban excluidos de cualquier cargo público y tenían grandes dificultades para el aprovechamiento de los bienes comunales, tales como pastos, helechos, roturaciones, aguas, leña y madera, etc. Esto les impedía vivir exclusivamente de la agricultura y ganadería, puesto que la inmensa mayoría no poseía suficientes tierras de cultivo o pastoreo. La vecindad, con los derechos que conllevaba, iba asociada a la casa. Había una fórmula para lograr la vecindad que los agotes no dejaron de intentar: el matrimonio con una vecina, lo que les proporcionaba el uso de los derechos inherentes a la casa. En los territorios bajo la soberanía del monarca francés les estaba prohibido casarse con no agotes; en la Alta Navarra el resultado, de nuevo, fue similar: las corporaciones locales reaccionaron negando la vecindad a las mujeres que se casaran con ellos. Entre los derechos vecinales que se les niegan se hallan algunos que sólo buscan la separación simbólica del resto de la comunidad, como el de llevar el nombre de la casa o, en el caso de Roncal, el de colocar ribete colorado al capote, que había de ser amarillo para distinguirse bien de los vecinos; también a sus mujeres roncalesas se les niega el ribete colorado, o seguir manteniendo el mismo asiento en la iglesia, junto a las vecinas. A ambos lados del Pirineo, las formas de violencia ejercidas contra ellos eran más simbólicas que físicas, con predominio de los elementos humillantes: insultos (el peor de ellos era la propia palabra agote), gritos, aspavientos, tirones de pelo, bastonazos, expulsiones a rastras, rasgaduras de ropas, pedradas, tirones de oreja y pellizcos, etc., muy rara vez la muerte, fracturas de huesos o heridas con arma. Los autores de los altercados generalmente eran mujeres, niños, criados o mozos solteros, en pocas ocasiones los cabezas de familia o cargos públicos.

Estas escenificaciones de la desigualdad debieron adquirir una importancia enorme, teniendo en cuenta los procesos judiciales tan largos y costosos que originaron. Es difícil generalizar acerca de la situación real de los agotes, que variaba de valle a valle en los detalles, incluso dentro de un mismo marco institucional: aunque la exclusión es genérica, no en todas las iglesias tenían una puerta específica para ellos, o una pila bautismal, o una aguabenditera; algunos se sentaban en un banco como los demás, aunque fuera el último, otros quedaban relegados a un hueco bajo el coro, el campanario o la escalera. Aunque en los enterramientos se diferenciaban, el lugar podía ser un rincón dentro del camposanto, bendecido o sin bendecir, o en su periferia, o directamente fuera, en una ermita o monasterio. Tampoco en todas partes se les obligaba a llevar distintivos en la ropa.

Esta situación variaba incluso dentro de una misma localidad, dándose épocas de mayor permisividad o rigor. Por ejemplo, un agote de Isaba fue expulsado del coro a la escalera -"a su sitio"- tras una década de haber compartido el espacio con los vecinos; en Arizkun, so pretexto de ser terreno comunal, los vecinos confiscan las hoces a los agotes de Bozate para que no corten el helecho en un lugar donde acostumbraban a hacerlo, o talan sus frutales cuando éstos ya estaban crecidos, no al plantarlos. Los juicios evidencian grandes contradicciones en el alcance de la discriminación: los agotes aseguraban pagar impuestos y derramas o acudir a la defensa de la frontera, o gozar de los bienes comunales como el resto de los vecinos, mientras que éstos aseguran que no es así, o lo es de forma limitada. Las leyes, ordenanzas y sentencias tampoco se pueden generalizar porque ni son homogéneas, variando casi de municipio a municipio, ni parece que se apliquen con rigor, ya sean favorables o desfavorables a los agotes. Más bien parece que el rigor o laxitud depende de circunstancias no siempre inherentes al propio fenómeno. En el XVI y primera mitad del XVII, de gran agitación social en los valles pirenaicos del sur (exacerbación de la hidalguía y limpieza de sangre, grandes procesos de brujería, riesgo de "infección" protestante en la frontera, etc.), abundan los juicios por motivos puramente simbólicos, que ponen en juego el quién es quién de la comunidad.

En la vertiente norte, sin el apoyo institucional de León X y el emperador Carlos, los juicios y protestas vinieron de parte de los vecinos, que exigían un riguroso cumplimiento de leyes y sentencias: caminaban descalzos, no ponían distintivos en sus ropas, compraban y vendían en plazas y mercados entremezclados con la multitud, etc. Hasta se llega a acusar a algunos agotes de arrogarse prerrogativas nobles, como portar capa y espuelas, armas blancas y de fuego, salir a cazar con perros o construirse palomares. Tras tímidos intentos anteriores, en 1683 los agotes reciben la igualdad jurídica de manos de Luis XIV a cambio de una aportación económica a la hacienda real. A partir de entonces, las sentencias y las altas instancias, como el obispo de Baiona (Bayonne), comienzan a serles favorables. Pero la postura de los vecinos e instituciones locales hace imposible su aplicación. Por ejemplo, en Biarritz, después de décadas de juicios y recursos, la revuelta popular -con mujeres al frente, pero jaleada por las autoridades locales- imposibilita que se cumplan las sentencias favorables al enterramiento de los agotes en sagrado o a ocupar el mismo espacio en el templo. Se produjeron casos muy parecidos, y por el mismo motivo, en Gascuña y Bretaña. La casi imposibilidad de conseguir en la práctica los derechos simbólicos no desanimaba a los agotes, y en 1765 los de Baigorri seguían reivindicando la igualdad de trato en la iglesia.

La discriminación social constante y la poca voluntad de las instituciones de hacer cumplir sus sentencias y dictámenes contrasta con la concienciación, tenacidad y capacidad de organización que los discriminados mantuvieron durante siglos. Los agotes de diócesis diferentes eran capaces de enviar representantes hasta la santa sede o la corte imperial, amén de mantener recursos en Pamplona y Burdeos durante décadas. Esto parece indicar que al menos un amplio sector era acomodado económicamente, tanto como para no sentir el menor complejo de inferioridad ante sus vecinos.

La localización en el tiempo y en el espacio de los agotes no fue homogénea, desapareciendo de algunas localidades y asentándose en otras a lo largo de los siglos. Al Norte de Pamplona los núcleos, numéricamente poco importantes, apenas dejan rastro ya en el XVIII, a excepción de la comarca del Bidasoa, sobre todo Baztan, donde se citan en muchas localidades. El barrio de Bozate, era ya populoso en el siglo XVI, y en los siglos posteriores osciló entre los trescientos y quinientos habitantes. En las comarcas bajonavarras de Baigorri y su número también fue relativamente importante, pudiendo llegar en el siglo XVIII hasta el 10 % de la población, aunque desigualmente repartida en las distintas parroquias. En algunas no hay constancia, en otras es puntual o se limita a unas pocas casas, y en barrios como el La Magdalena en Izpura o Zubitoa en Anhauze sobrepasaban el centenar de personas.

Los estudios genealógicos llevados a cabo por Paronnaud en Baja Navarra demuestran que los agotes llevaban un modo de vida igual al de sus vecinos. Su modelo de familia es el propio del País Vasco Atlántico, en torno a la casa, de la que toman el nombre. Allí donde tienen banco o sepultura propia en la iglesia, se vende o hereda con la casa. Su casamiento es relativamente tardío, se da la convivencia de tres generaciones, con traspaso de la herencia en vida al matrimonio joven; las bodas y funerales se celebran según el uso de cada zona, haciendo ofrendas y dádivas a la parroquia en las mandas testamentarias, etc. La endogamia, forzada por la legislación o por la costumbre, se compensaba con una exogamia entre las comunidades agotes, que iban a casarse a localidades vecinas o de otras comarcas, llegando a veces hasta Béarn y las Landas.

A partir de la segunda mitad del XVIII las relaciones con los vecinos van a ir normalizándose de forma muy paulatina y desigual según localidades. Comienzan a registrarse matrimonios con no agotes, que ya antes aparecían como testigos en bodas o testamentos, o apadrinando a sus hijos. Agotes y no agotes se conceden y solicitan préstamos mutuamente. Algunos van dejando el oficio de carpintero a medida que adquieren casas, bordas, tierras de labor, bosques y prados, rebaños de vacas y ovejas, equiparándose al modo de vida de la mayoría de los vecinos. Van construyendo nuevas viviendas cada vez más alejadas de sus núcleos originales, hasta acabar mezclándose con las de los vecinos. Otros muchos se dispersan por localidades donde el rastro de agotes prácticamente había desaparecido.

La Revolución Francesa acarreó una serie de hechos que favorecieron la integración a lo largo del siglo XIX. La propia revolución permitió que los agotes destruyeran documentos que los señalaban como tales. La incorporación masiva al ejército junto al resto de vecinos supuso una igualdad real de trato y oportunidades hasta entonces inexistente, y algunos llegaron a ocupar altos cargos militares y administrativos. Se impuso la escuela obligatoria y laica sin distinciones y comenzaron los grandes flujos migratorios a América y a las ciudades, donde ejercía nuevos oficios: médicos, maestros, aduaneros, etc. En suma, según iban desintegrándose los fundamentos económicos, sociales y políticos del Antiguo Régimen, el fenómeno se fue reduciendo al recelo hacia ciertos barrios o familias en el ámbito más rural.

La implantación tardía y deficiente del Estado Liberal al sur de los Pirineos provocó un retraso de prácticamente un siglo en la igualdad de los agotes de Baztan. Todavía en 1842 el Tribunal de Pamplona dicta sentencia para que los de Bozate no sufran desigualdad de trato en la parroquia de Arizkun, pero seguirán relegados al fondo de la iglesia hasta principios del XX, y hasta mediados del mismo siglo los de este barrio no participaron con total normalidad en las fiestas, cuando hacía décadas que en el resto del valle la palabra agote era poco más que un recuerdo. La rápida depreciación social y económica del caserío, proporcional a la favorable consideración de los trabajos mecánicos y asalariados, a los que tradicionalmente se habían dedicado los agotes, contribuyó a su plena integración.

Los estudios económicos o políticos en torno a los limitados recursos de los valles pirenaicos, o la limpieza de sangre como fundamento ideológico, no bastan para explicar el mantenimiento de la exclusión, sobre todo tras el fin del Antiguo Régimen, cuando se refugia en las representaciones simbólicas que, por muy distorsionadas que parezcan, reflejan una comunidad.

La frecuente presentación del fenómeno como un "un misterio", incluso por parte de algunos estudiosos, en el fondo responde a una percepción contaminada por el mismo principio que mantuvo la discriminación durante siglos: la naturalidad con que se asume la exclusión de la diferencia, y la consiguiente extrañeza al no hallar en los excluidos rasgo distintivo, en vez de analizar el fenómeno desde quien lo provoca, que es el grupo excluyente. En los agotes se han acumulado multitud de supuestos rasgos físicos y psíquicos o se les han aplicado normas que ni se crearon ni han desaparecido con ellos. Amén de la negación de derechos políticos y económicos, la separación espacial, incluida la expulsión, o la significación de los atuendos, la han sufrido judíos, gitanos y otros grupos étnicos, sociales o religiosos a lo largo de los siglos en regiones muy diversas. Algunos de estos grupos sufren aún hoy día una serie de tópicos muy arraigados sobre sus características físicas (nariz, potencia sexual, olor...) o psíquicas (tendencia a la avaricia, la hipocresía, el robo, poderes adivinatorios...), como los sufrieron los agotes. La segregación del espacio festivo se ha plasmado en ciertas figuras coreográficas vascas, como el puente, una especie de filtro para impedir el acceso al baile de indeseables por diferentes motivos, no sólo la condición de agote.

Incluso en una sociedad mucho más laica como la actual, el rechazo a la participación femenina igualitaria en los Alardes del Bidasoa ha acarreado a los partidarios de ésta su exclusión del tiempo y/o espacio de celebración, su relegación en las misas de cumplimiento del voto centenario, sea en el fondo del coro, sea al otro lado del camino de la campa, o incluso impidiendo el acceso al monte donde se celebra la romería. Del mismo modo, se les ha impedido la realización de una ofrenda floral o el disparo de salvas honoríficas durante la misa. También a las mujeres igualitaristas -con la atribución de una especificidad física de fuerte carga ideológica, "bigotudas"- se les ha acusado de actitudes sexuales heterdodoxas, de ser de fuera y de romper la armonía y tranquilidad de los vecinos y se considera su sola presencia en pie de igualdad como una intrusión violenta. En suma: "sin diferencia. mezclados como van los demas vezinos. igualados. no puede ser" recoge la documentación contraria a la pretensión de los agotes de participar en los ritos festivos y religiosos, apelando para ello a la "tradición" y la voluntad de los antepasados. Se contrasta la actitud de estas mujeres con la "correcta" de la mayoría femenina que asume el orden natural, del mismo modo que la documentación compara la sumisión y docilidad de los agotes de generaciones anteriores con la altanería y soberbia de los que interponían denuncias.

Este fenómeno de los Alardes ha puesto de manifiesto -mejor que otros, pero no en exclusiva- los mecanismos de funcionamiento de defensa cuando se cuestionan los ritos de autoafirmación colectiva, basados en una jerarquización cultural que se presenta como "orden natural", expresión tan frecuente en los juicios de agotes (sepamos aceptarnos tal como somos en la fiesta y en la vida, resumía perfectamente un defensor de la "tradición"). Los ritos, sobre todo los periódicos, cumplen una función autoafirmativa y perpetuadora de una comunidad. Para ello, tienden a escenificar una representación de la comunidad, no en su realidad presente, sino en un pasado ideal. Si se cree en la permanencia inmutable de la identidad colectiva a lo largo de los siglos, difícilmente se admiten sus revisiones críticas. Por tanto, los cambios conscientes en los ritos que reflejan y refuerzan esta imagen ideal, en la medida en que suponen cuestionar de forma rupturista el orden presente, hallan grandes resistencias, sobre todo desde quienes se benefician de él, pero también desde quienes sienten inseguridad ante el cambio, al estar todos sus referentes vinculados a lo ya conocido: la memoria crea identidad, y transformar la percepción del pasado supone replantear el presente. Por lo mismo, porque lo que realmente se juega en estos ritos es la aceptación y jerarquía a través del objeto de identificación colectiva, quienes se sienten excluidos perseveran en la adecuación del rito hasta que refleje el orden que creen justo.

El evidente salto cronológico y cultural entre los dos fenómenos -el de los Alardes ha sido calificado por la antropóloga Díaz Mintegi como "emergencia etnográfica"- no hace sino poner de relieve que el "problema" no son las mujeres ni los agotes, y la consideración de "misterio" por parte de quienes lo viven de fuera -más misterio por la virulencia de las formas que por el fondo de la exclusión- parte del error de buscar las razones en el excluido, no en el excluyente.

Los agotes han sido objeto de numerosos análisis, pero la mayoría no pasa de descripciones-acumulaciones de datos, y es muy poco lo que ofrece un mínimo rigor científico. También ha sido fuente de inspiración literaria, oral en euskara y gascón, escrita en castellano y francés. Los estudios de Michel y Rochas, ya en el XIX, son los primeros en analizar de forma crítica, además de los orígenes, la situación real de los agotes, la consideración que merecían a los no agotes, condiciones de vida, distribución geográfica, evolución del fenómeno, etc. Para ello investigan en archivos y practican la observación directa. Michel recoge muchos testimonios de tradición oral. Rochas añade comparaciones de rasgos físicos entre agotes y sus vecinos, concluyendo que no hay distinción física entre ellos. Ya en el siglo XX, Idoate transcribe gran numero de documentos referentes a Navarra. Aguirre Delclaux aporta un estudio etnográfico de Bozate y unos reconocimientos médicos a los escolares de Arizkun que concluyen su falta de rasgos distintivos físicos y culturales. El trabajo de Antolini resulta muy innovador porque se centra en la exclusión como fenómeno, no busca lo que de particular pudieran tener los excluidos, sino lo que pretendían los excluyentes. Incluye un trabajo de campo sobre la percepción del fenómeno de bozatarras y arizkundarras. El trabajo de Paronnaud es el más reciente y completo en datos: centrado sobre todo en la Baja Navarra del siglo XVIII, no se preocupa tanto por los orígenes o conflictividad, sino que ha analizado sus patronímicos, sus casas, hábitat, relaciones entre ellos y con sus vecinos, con la nobleza y el clero, sus oficios, sus transacciones económicas, ha hecho el seguimiento de decenas de familias a lo largo del tiempo y del espacio a través de árboles genealógicos, etc.

  • AGUIRRE DELCLAUX, Mª Carmen. Los agotes, Pamplona, Institución Príncipe de Viana, 1978.
  • ANTOLINI, Paola. Los agotes: historia de una exclusión. Madrid: Istmo, 1986.
  • ANTOLINI, Paola. Au-delà de la rivière. Les Cagots: histoire d'une exclusion. Paris, Nathan, 1992.
  • IDOATE, Florencio. Documentos sobre agotes y grupos afines en Navarra. Pamplona, Institución Príncipe de Viana, 1973.
  • MICHEL, Francisque. Histoire des races maudites de la France et de l'Espagne. San Sebastián: Elkar, 1983, primera edición de 1847.
  • PARONNAUD, Jean Claude. Les Cagots, Pau, Centre Généalogique des Pyrénées Atlantiques, 2001.
  • RICAU, Osmin. Histoire des cagots. Pau, Princi Néguer, 1999, primera edición de 1963.
  • ROCHAS, Vicent. Les parias de la France et de l'Espagne. París, 1876.
  • STÜRTZE, Alizia. Agotak, juduak eta ijitoak Euskal Herrian. Bilbao: Txalaparta, 1988.