Painters

Apellániz López, Jesús

Pintor vitoriano, nacido el 21 de septiembre de 1897, fallece en Vitoria el 23 de marzo de 1969.

Jesús López Apellániz (en un estadio ya avanzado de su biografía, antepuso por vía legal el apellido materno al paterno) se desenvuelve desde corta edad en un ambiente artístico gracias al trabajo de sus dos hermanos mayores, Martiniano y Domingo. Tenían ambos un taller de pintura decorativa en la calle del Sur, actual calle de Manuel Iradier.

A principios de los años veinte, después de una prolongada estancia en Madrid, donde cumplió el servicio militar y realizó trabajos de topografía, además de cursar inevitable visita a los museos del Prado y Academia de San Fernando, Jesús Apellániz viaja a París, donde ya había estado por primera vez a finales de 1918 en compañía del escultor Daniel González. Trabajó para la firma de Moris Chalón decorando palacetes y mansiones señoriales de la capital y su extrarradio. Antes de terminar la década, previa estancia de nuevo en Vitoria, donde contrae matrimonio con Teodora Sáez de Ibarra, aparece ya asentado en San Sebastián.

Por espacio de veinte años, desde 1928 hasta 1948, vive en Guipúzcoa. Primero en la capital donostiarra, y más tarde en las hermosas villas costeras de Orio y Zarautz. Trabajó en Orio para la fábrica de Arín y Embil como proyectista y diseñador de muebles. Comenzaba entonces a alternar cada vez con mayor fruición los encargos como diseñador artístico de muebles con su faceta de pintor de paisajes. Su formación artística está completamente configurada.

A partir de 1934 despliega, por fin, ya de modo sistemático, sus cualidades pictóricas delante del público, temporalmente interrumpidas, como es obvio, durante la guerra civil. Tras la contienda, en 1940, avecindado ya en Zarautz, localidad en la que abre una tienda de antigüedades, que sirve a la vez de recinto expositivo, se inicia su verdadera etapa como artista profesional. En 1948 se asienta definitivamente en Vitoria, residiendo durante los meses de verano en la costa guipuzcoana.

Es Jesús Apellániz el primer profesional que tiene la pintura alavesa de postguerra. Ahora, en el meridiano de su vida, se produce justamente el arranque definitivo de su incesante y extensa carrera como paisajista. Pintor andariego por antonomasia, trotamundos infatigable, recorre los cuatro puntos cardinales de la geografía peninsular solo o con la única compañía de su hijo Andrés.

La década de los cuarenta, y, en menor medida, la de los cincuenta, es la época de sus grandes exposiciones individuales. Bilbao, San Sebastián, Vitoria, Pamplona, Zaragoza, Barcelona, Palma de Mallorca, Madrid, Valladolid, Gijón, La Coruña, Vigo, Pontevedra... son las principales ciudades donde exhibe sus obras. Años después, en 1953, viaja de nuevo a París, y siete años más tarde a Italia y la Costa Azul francesa, recogiendo innumerables apuntes, bocetos y cuadros de estas excursiones.

Si a partir de los años cincuenta decrece sensiblemente el número de sus muestras individuales, esto no implica un descenso en el ritmo de trabajo, pues sigue manteniéndose a buen nivel. Lo que ocurre es que en 1954 inaugura una nueva galería de antigüedades en el centro de su ciudad natal, en el número 7 de la calle General Álava, galería que alterna sus fondos en los períodos estivales con el espacio expositivo que ya tenía abierto desde hacía más de una década en Zarautz, que seguía disfrutando de una selecta clientela.

Con la apertura de la galería vitoriana, además de exhibir el trabajo de otros pintores contemporáneos, y de montar alguna que otra retrospectiva, como la dispensada al maestro Ignacio Díaz Olano en 1954, destina un fondo permanente para sus propios cuadros. De este modo ya no tiene necesidad de transitar por la geografía española como antaño para dar a conocer lo último de su producción.

La fidelidad que mantuvo Jesús Apellániz a lo largo de su carrera con el género del paisaje ha permitido que se le califique, ante todo, como pintor paisajista. Esta especialización, además de identificarle y de encumbrarlo, como era de prever, con el tiempo, ha servido también para anular o, en su defecto, para relegar a un segundo plano otros géneros. Por ejemplo, la composición de figura y el retrato, a los que se dedicó en sus años mozos, y el bodegón o naturaleza muerta, con el que logró soberbias calidades matéricas. Los temas florales fueron igualmente de su agrado.

Los años de formación juvenil en Madrid dejaron el acostumbrado poso histórico en el artista vitoriano; de hecho, en sus primeros tiempos se desenvolvió con unas cromías bastante mortecinas, de ocres, sienas y tierras, y con una factura de pincelada bastante amplia, nerviosa y gestual que remitía más a los modelos clásicos españoles que a la pintura impresionista francesa.

La militancia de Jesús Apellániz en las huestes del impresionismo, según por lo que entendemos como impresionismo vasco o español, es sensiblemente posterior. No en vano, los críticos que han abordado su obra, así como el propio interesado, reconocen que la verdadera fuente de estímulo ha sido, como no podía ser menos, la observación directa de la naturaleza. Derivando de esta apreciación el posterior interés por el movimiento impresionista y todo lo que ello conlleva implícito.

Como quiera que es la naturaleza la que propone no sólo el tema a tratar, sino todas las posibles interpretaciones y variaciones, con un infinito repertorio de sugerencias cromáticas, Apellániz encuentra en el paisaje, en la realidad exterior, su motivo predilecto, del que no tiene necesidad de salirse. Lo único que hará con los años, a medida que perfecciona su oficio, será depurar el lenguaje.

Tenderá progresivamente a eliminar y sintetizar lo más anecdótico para profundizar por medio de un lenguaje expresivo económico en lo más sustancial. Se aviene de modo juicioso a analizar un esquema, apoyándose en unos módulos de actuación previos, con lo que es fiel a su particular ideario artístico. Esta circunstancia de tener una concepción propia del arte le conduce evidentemente a la conformación de un estilo, el cuál define su trayectoria. Además, esta reiteración constante en el mismo género, lejos de hastiarle o de agotar sus recursos técnicos, le permitirá progresar en la interpretación de la naturaleza, revisando, ampliando o delimitando sus propios presupuestos estéticos.

Esta constancia temática y estilística, mantenida con los años, explica que opere al margen de las modas y de las tendencias artísticas más modernas, centrándose exclusivamente en redefinir su pintura cuadro tras cuadro. Con unas concepciones plásticas y estéticas muy determinadas, ya en los cánones impresionistas, se empeña en perfeccionar su propio lenguaje, su particular visión de la realidad, entendiendo que la percepción que se tiene de esa realidad cambia rápidamente; que la imagen que se quiere plasmar en el lienzo es un ente vivo y que genera en su presunta transcripción descriptiva toda una serie de relaciones dinámicas nunca iguales.

De ahí que los cuadros de este pintor sean descripciones de unos instantes, de unas sensaciones fugaces, temporales, propensas a la captación de una "impresión". Así, sus paisajes, sean alaveses, guipuzcoanos, vizcaínos o de otras latitudes, se caracterizan, aparte de por representar una geografía concreta, fácilmente identificable para el espectador, por buscar un territorio plástico traducible según variantes de luz y color.

  • ARCEDIANO SALAZAR, Santiago. "Semblanza biográfica y artística de Jesús Apellániz (1897-1969)", en Catálogo El impulso creativo. Centenario Jesús Apellániz-Carlos Saénz de Tejada, Asociación Filatélica Alavesa-Diputación Foral de Álava, Casa de la Cultura del Paseo de la Florida, Vitoria-Gasteiz, 5-14 Noviembre, 1997, pp. 5-16.
  • GARCÍA DÍEZ, José Antonio. Jesús Apellániz, Caja Vital, Vitoria-Gasteiz, 1994.
  • VV.AA. "Jesús Apellániz López", en Pintores y Escultores Vascos de ayer, hoy y mañana, Vol. II, Fascículo 15, La Gran Enciclopedia Vasca, Bilbao, 1973.