Lexikoa

LIBERALISMO

Orden de ideas que profesan los partidarios del sistema liberal, liberalismo, liberalkeria.

Partido político que forman, liberalismo, liberal-alderdi.

Diccionario Auñamendi.
Vocablo que, en su acepción política, hace fortuna durante las Cortes de Cádiz con el significado de «tolerante», frente a la intransigencia de los absolutistas allí presentes. Recibieron tal denominación los políticos doceañistas, propulsores de la primera Constitución española ( 1812), y, en general, todos los partidarios de las ideas generadas o divulgadas por la Revolución Francesa: parlamentarismo, soberanía nacional, sufragio universal, división de poderes, separación de la Iglesia y del Estado, exaltación de la individualidad humana, pluripartidismo, etc. En el campo económico, el liberalismo doctrinario se caracterizó por su adhesión a la libre iniciativa privada, a la no ingerencia del estado en cuestiones económicas, y al derecho a la propiedad individual y al librecambismo. Tales postulados van siendo asimilados, a lo largo del siglo XIX, por todos los grupos y partidos modernos, excepto, hasta el nacimiento de los totalitarismos, por aquellos aferrados al sistema de valores del antiguo régimen: Cortes estamentales, concepción aristotélica del mundo, soberanía absoluta del monarca, ausencia de partidos políticos, diversidad de status jurídico para los individuos y para los pueblos que componen el estado, concepto pluriforme de la propiedad, confesionalidad religiosa (unión del trono y el altar), primacía de lo colectivo sobre el individuo, sufragio censitario o fogueral, etc. Estos conceptos encarnarán, en nuestro caso, en el Partido Carlista y sus epígonos doctrinales, el integrismo y el tradicionalismo, y los primeros constituirán el nervio de la familia liberal española, nombre que en muchos casos obedecerá más a la necesidad de diferenciarse de los carlistas que al contenido plenamente liberal de una ideología que, por lo demás, dista mucho de ser homogénea en todos los grupos que se reclaman del liberalismo.
Moderados y progresistas; solidaridad liberal. Vasconia se alza en armas en 1833 por el mantenimiento de "su" antiguo régimen, con todo lo que "este" antiguo régimen supone de negativo, positivo o ultramontano. Frente al levantamiento de un pueblo en masa, un puñado de diputados generales, la mayoría de los hombres de negocios y propietarios de minas, y las clases más cultas del país quedan encerrados en una especie de ghetto, el ghetto de los beltzak o liberales, aborrecidos por el pueblo llano, el clero y el campesinado. Dentro de este conglomerado de intereses, que denominaremos liberalismo vasco, hay dos grupos claramente diferenciables: los hombres de negocios donostiarras y navarros adscritos al Partido Progresista español, cuyo principal anhelo es acabar con la foralidad (en especial, por lo tocante a la ausencia de aduanas), y los moderados vascos que aspiran a la reforma de la foralidad desde dentro, es decir, a partir de los mismos órganos forales. Tal sería el caso de muchos notables locales, funcionarios forales, profesionales, etc. Aglutinando a ambas tendencias, citaremos asimismo la corriente secularizadora que había penetrado en el país desde que los caballeritos de Azkoitia sentaron las condiciones de un conocimiento científico-filosófico emancipado de la teología. Y, ya más concretamente en Bilbao, magisterio del erudito ilustrado Alberto Lista, director de la cátedra de matemáticas del Consulado ( 1819) y fundador de la "Revista de Madrid" en la que escribieron sus discípulos bilbaínos Sotero de Goicoechea, Francisco de Hormaeche, Francisco y Víctor Luis de Gaminde, Pedro de Lemonauria, etc., liberales todos ellos de pura cepa. El carlismo, en especial su corriente apostólica -cura Echevarría, Arias Teixeiro, Santa Cruz, Lizarraga Elío- tuvo efectos catalizadores sobre progresistas y moderados vascos, diferentes en cuanto al enfoque de la cuestión foral pero semejantes, al fin, en su repulsa al clericalismo montaraz de los sublevados. Las peripecias de la guerra, en especial los prolongados asedios de ciudades tales como San Sebastián, Pamplona, Eibar y Bilbao, crearon entre los liberales cercados un sentimiento de solidaridad, que culminan durante la segunda guerra en la creación de la famosa sociedad "El Sitio" de Bilbao, célebre por sus procesiones cívicas conmemorativas del levantamiento del cerco por las tropas españolas el 2 de mayo de 1874.
El progresismo vasco. Fue desde el principio la diputación de Bizkaia, de composición moderada, la que llevó el liderato político del país durante la I Guerra Carlista; le siguen, más o menos cerca, las diputaciones alavesa y guipuzcoana y, en un principio, la navarra. Disiente totalmente de sus directrices el ayuntamiento progresista de San Sebastián, único organismo político vasco en aprobar el Estatuto Real: "La Ciudad de San Sebastián se congratula de entrar sin reserva en la familia: España debe ser una" (23 de abril de 1834). Esta situación empeora con el motín de la Granja (agosto 1836) y el recrudecimiento de la guerra. Las diputaciones vascas son disueltas y al constituirse las respectivas diputaciones provinciales, la de Gipuzkoa y la de Navarra basculan abiertamente al campo abolicionista. Por estas fechas, la casi totalidad del territorio vasco se halla controlado por los carlistas. Por ello, en las elecciones del 26 de febrero de 1836, en las que sólo pueden votar "todos los ciudadanos que viviesen bajo la inmediata protección de las fortificaciones ocupadas por las tropas de la reina D.ª Isabel II" (R. D. 21-VIII-1836), el resultado favorece al abolicionismo progresista que ha podido "preparar" a su guisa la confrontación electoral. Hombres como Joaquín M.ª Ferrer y José Manuel Collado (por Gipuzkoa), Francisco de Espoz y Mina (por Navarra) y Martín de las Heras (por Bizkaia) se constituyen en "portavoces válidos" del liberalismo vasco mientras el moderantismo vizcaíno, pierde su tiempo en estériles alegatos que caerán indefectiblemente en saco roto. Tal clima y tales relaciones de fuerzas son los que rodean a la exposición sobre el "arreglo" de los Fueros navarros hecha por Yanguas y Miranda que, aprobada por la diputación provincial navarra, servirá de base a la Ley de Fueros de 1841 . Tal es también el ambiente radicalizado con el que chocará la proclama de Paz y Fueros (Muñagorri estaba ligado al moderantismo), abocada desde sus inicios al fracaso. En vísperas, pues, de celebrarse el Convenio de Vergara, el progresismo vasco se arroga -mediante diputaciones no forales y elecciones efectuadas en sólo las capitales y minúsculas zonas de territorio liberado- la representatividad del país conduciéndolo a la supresión de los fueros. En Navarra, donde los progresistas se habían hecho también con la diputación provincial, ésta, arrogándose de una representatividad fruto de la guerra, firma la Ley de Fueros por la cual Navarra pierde sus facultades soberanas aunque sin mediar un acto militar (16 de agosto de 1841 ).
El papel de los moderados. Derrotados los carlistas, la suerte de los Fueros queda en manos de sus únicos defensores, los moderados y foralistas. Y la batalla por la conservación de los mismos correrá a cargo del partido moderado. Urioste, Murga y Uhagón, representantes de Bizkaia, ante la inminencia de una ley derogatoria sometida a unas Cortes de mayoría progresista, insinúan incluso que esta guerra "podría tener por resultado, en una época más o menos lejana, la desmembración de la monarquía..." (carta del 22 set. 1839). Pero en las Cortes progresistas logra abrirse camino la vía moderada del gobierno y surge la fórmula híbrida confirmatoria "sin perjuicio de la unidad constitucional de la monarquía". La ley Arrázola, del 16 de noviembre de 1839, permitirá la prosecución del régimen foral mediante el envío de diputados vascos a las Cortes españolas. Tal solución hubiera podido marchar de no contar con la enemiga del partido progresista vasco: burguesía comercial donostiarra y navarra que clamaba desde hacía años por el traslado de las aduanas a la frontera. Pero ni los progresistas donostiarras ni los navarros admiten esta solución de compromiso: San Sebastián retira su obediencia al R. D.; Navarra solicita una Ley de Fueros. Y, en Madrid, Espartero, líder progresista, derroca a María Cristina y toma la regencia ( 12 de octubre de 1840). La insurrección de los moderados vascos durante el otoño de 1841 -a la cabeza, Leopoldo O'Donnell, comandante general de Navarra y Vascongadas- escasamente secundada por un país agotado por la guerra y la emigración, y yugulado en Madrid, trae como consecuencia la nivelación pura y simple de las tres provincias al resto de las componentes del Estado (29 octubre de 1841). El fracaso moderado hubiera significado la desaparición de la única vía política de solución de la cuestión vasca. Tras la caída de Espartero esta vía se reemprende mediante sucesivas modificaciones que van devolviendo algunas de las facultades político-administrativas anteriores a la guerra. Un moderado ilustre, el vitoriano Pedro de Egaña, diputado a Cortes por Guipúzcoa y repetidas veces por Álava, secretario de la reina M.ª Cristina, fue el fautor de la restauración foral parcial de julio de 1844. Desde este momento, la defensa de los fueros -la defensa efectiva de los fueros- corre a cargo de los liberales moderados vascos que consiguen, por este decreto reintegratorio de 1844, el restablecimiento de las Juntas y Diputaciones Forales y el régimen foral en cuanto a la elección de ayuntamientos. Sucesivos decretos acercarán, dentro de lo posible, este esquema a las facultades forales plenas anteriores a la guerra. El carlismo pierde, pues, tras la guerra la baza foral en exclusiva y se convierte en el depositario de la tradición más retrógrada y el clericalismo beligerante y ultramontano de los nostálgicos del antiguo régimen.
La Unión Liberal (1856-l868). La derecha liberal española halla, desde la vicalvarada de 1854, un hombre fuerte, O'Donell, y un instrumento de gobierno, la Unión Liberal. Y no en vano el manifiesto del nuevo gobernante (Manifiesto de Manzanares) era obra del joven Cánovas. Un importante sector del liberalismo vasco evoluciona hacia este nuevo partido que englobará a la parte más dinámica del modernantismo y a los ya sosegados progresistas (P. Illarregui, Fermín de Lasala por ej.). Unese a estas corrientes la convergencia de gran parte de dirigentes carlistas que, muerto Montemolín en enero de 1861, no ven viabilidad al carlismo. Sin embargo, la Unión Liberal tropieza en el país con la enemiga implacable del clero, en especial a partir de julio de 1865 en que el Gobierno reconoce al nuevo reino de Italia, creado en 1861 . Esto fue especialmente patente en las elecciones de ese año en que el clero impuso una llamada «candidatura católica» (con significados carlistas tales como Cándido Nocedal, Aparisi y Guijarro, Navarro Villoslada) que derrota en Navarra a los siete candidatos de la Unión Liberal calificados de «impíos». La Revolución del 68 precipitará este intervencionismo de clero que intensifica la presión moral de la iglesia sobre sus administrados hasta el punto de conseguir que el carlismo vuelva a la escena política vasca, cope las elecciones en el País Vasco y, no contento con esto, recurra a la vía armada.
Restauración y familia liberal (1874-1880). El temor a la marejada carlista obliga a reagruparse nuevamente a los liberales vascos en Comités Liberales, cuerpos auxiliares, Voluntarios de la Libertad, contraguerrilla (Tirso Lacalle), logias masónicas (Faro del Norte de Pamplona). Durante toda la guerra aparece Hoja Volante, periódico liberal anticarlista de Pamplona. Esta unidad persiste al acabar la guerra, con fines electorales, bajo la forma de Coalición Liberal anticarlista. Pero dentro de lo que genéricamente llamaríamos "Liberal" -sería mejor, "anticarlista"- hay que establecer claras diferencias. Existe el grupo de los fueristas, por una parte, dividido, desde 1877, en "transigentes" e "intransigentes". El primero gana en Bizkaia, Gipuzkoa y Álava las elecciones de abril de 1879 imponiendo así su criterio de transigir en la cuestión foral y aceptar el Concierto Económico. Los segundos, encabezados por Fidel de Sagarmínaga, constituirán el grupo euskalerriaco mientras los primeros evolucionan hacia los grupos de turno en el poder. El resto de los liberales vascos, el liberalismo histórico y el coyuntural, se adaptará al Partido Liberal Conservador de Cánovas o al Liberal Fusionista de Sagasta fundado el 23 de marzo de 1880.
La aclimatación del liberalismo en Euskalerría. Identificado desde sus comienzos como el enemigo de la religión y de la foralidad, las ideas liberales tropezaron con la hostilidad encarnizada del clero ( bai, pekatua da liberalkeriya, reza el título de un célebre folleto decimonónico) y de la grey católica. El partido liberal fusionista y el partido liberal conservador, pudieron, apuntalados desde el poder, establecer una limitada clientela de notables que les permitió, en ocasiones, representar en Cortes a distritos tales como Vitoria (1891, 1901) o Estella (1919 y 1923) en Álava y Navarra. Los conservadores consiguieron asimismo hacerse con la mayoría en San Sebastián -alternando con los fusionistas- y en Zumaya. En cuanto al caso de Vizcaya, no puede hablarse en esta provincia de liberales propiamente dichos hasta los umbrales de 1910, ya que se denominó indistintamente "liberal" tanto al seguidor de Sagasta, Moret y Canalejas como a los componentes de la Unión Liberal adscrita al P. Conservador de Cánovas, Maura o Dato. Ninguno de estos dos grupos dispuso en Euskalerría ni de un aparato ni de militancia política limitándose a ser dos grupos de notables adinerados u hombres de negocios avezados en la compra de votos y práctica de maniobras ilegales. Lo mismo puede decirse del Norte del País Vasco donde el clientelismo, la instauración del sistema republicano francés y la consolidación del nuevo modo laico de vida ocupó el último tercio del s. XIX y buena parte del actual. La desilusión de un liberal autonomista, José de Orueta, respecto a su propio partido queda patente en este párrafo de su Ante el problema regionalista ( 1906): "Siendo un partido de orden y progreso, su apatía e inacción han traído graves daños al país. Procede, pues, su pronta reorganización pues hace gran falta como extrema derecha de una firme agrupación liberal y con los dos partidos anteriores (republicano y socialista). Aun en el resto de España, el partido liberal es hoy defensor de la descentralización y de la autonomía, cuanto más no deben serlo los liberales vascongados, y a ellos alcanza, y con más fuerza aún, por tratarse de clases más educadas, cuanto se ha dicho respecto al particular para sus afines el republicano y el socialista". También se hace eco de una nueva corriente liberal: "Recientemente hay liberales demócratas en Bilbao, y que, como en Madrid, por tener algún punto de diferenciación con los liberales, son o aparentan ser centralistas: poca vida tiene en este país un partido que predique el centralismo, que pugna no sólo con el progreso de los tiempos...". En cuanto a la otra rama de la familia liberal vasca, los componentes de la Sociedad Euskalerría, también ellos tuvieron que luchar contra la incomprensión, esta vez desde las filas del partido de Sabino Arana que consideraba templados y "españolistas" a los foralistas vascos. El odio de Arana llegó hasta el extremo de hacer de los euskalerriacos el blanco favorito de sus iras y dedicarles frases como ésta: "tienen alma de mercaderes envilecida por la fiebre del comercio y de la industria y están totalmente desprovistos de nociones religiosas, morales y espirituales" (Bizkaitarra n.° 31, julio 1895). Sin embargo esta asociación que puede decirse que para su época fue bastante numerosa (llegó a reunir 600 asociados en 1896 ante el árbol de Gernika), proclamaba que su objetivo era obtener "el mayor grado posible de independencia para Euskeria" (reunión citada) propósito idéntico al manifestado por Arana en 1902 poco antes de su muerte. En este año, los euskalerriacos, tras haber sido el nervio de la reivindicación foral (sanrocada, gamazada, agosto de 1893), declaraban disuelta su asociación ingresando la mayoría de sus miembros en el P. Nacionalista Vasco. 27 años de batallar arrojaban un indudable saldo positivo de reafirmación nacional; su ingreso en el único partido nacional de aquel entonces supuso una auténtica inyección de laicismo y de tolerancia no sólo en el PNV sino -y tras el rebrote clerical de 1903, consecuencia de la reacción del clero ante las medidas laicistas de Canalejas- en la vida política del país en su conjunto.
La Piña, Liberales y Conservadores (1891-1910). Las elecciones de 1891 marcan la irrupción de los nuevos patronos de industria vizcaínos en las elecciones barriendo a todos los demás contrincantes, residuos del preindustrialismo o líderes del nuevo movimiento obrero. Este control por parte de la «Piña» de industriales y propietarios -salvo la efímera ola nacionalista de 1918-1919, las tres legislaturas de H. Echevarrieta por el distrito de Bilbao y el asentamiento de Prieto en este mismo distrito a la salida de Echevarrieta-, se mantendrá, merced a las prácticas ya mencionadas, más o menos estable hasta la misma dictadura de Primo de Rivera. Hombres como V. Chávarri, Martínez de las Rivas, M. Rodas, Gandarias, Lizana acaparan todos los escaños e, incluso, consiguen que se cree un nuevo distrito -Baracaldo- a la medida de uno de los suyos. Aquellos liberales que no dispusieran de su beneplácito -es el caso más flagrante, el de Alzola y Minondo- tuvieron que probar suerte en otras provincias ante el fracaso de la Coalición Liberal de 1898 contra la Piña. Sería la derrota monárquica en las elecciones municipales de Bilbao de 1909 (8 PNV, 6 carl., 5 republ., 2 PSOE, 1 demócr., 1 gremial) la que impulsaría a los elementos dinásticos de Vizcaya a agruparse en forma de comité para suplantar a la Piña y presentar una alternativa monárquica diferente tanto de los católicos como de los liberales. El 3 de julio de 1909, Alzola, Ybarras, Chávarri, Gandarias, Zubiría, etc. constituyen el Partido Conservador de Bilbao, separándose así de los liberales propiamente tales que, a su izquierda, fundarán en enero de 1910 el Partido Liberal, cercano a la persona de Moret y agrupado alrededor de Gregorio de Balparda.
El auge liberal (1910-1919). Al amparo de los frecuentes gobiernos liberales que se suceden entre 1910 y 1919 (Moret, Canalejas, Romanones, Alhucemas) y de la Conjunción Republicano-Socialista a la que parte del P. Liberal apoya, los liberales del país conocen una cierta reafirmación de su personalidad y el éxito en las elecciones (menos en Navarra): 1914: Marqués de Rocaverde, dip. por San Sebastián, y José de Orueta por Tolosa. José Romero Sein y Bernardo Rengifo senadores por Gipuzkoa. 1916: Luis de Urquijo, diputado alavés por Amurrio. Marqués de Rocaverde, diputado por San Sebastián. Romero y Rengifo, senadores por Gipuzkoa y Federico de Echevarría, senador por Bizkaia. 1918: Horacio de Azqueta, diputado guipuzcoano por San Sebastián y el marqués de Seoane, senador por Gipuzkoa, liberal romanonista. Este período se caracteriza por la falta de línea política de nuestros liberales, algunos de los cuales apoyan a la Conjunción y otros a las derechas, salvo en los momentos de unión sagrada que acontecen al provocar la política laicista de los gobiernos liberales una fuerte reacción clerical (julio de 1910 en especial). En Bizkaia, donde la política fiscal de S. Alba (liberal) coaliga a un amplio sector de la población -encabezada por los "condes siderúrgicos"- contra el gobierno, la pretensión de los candidatos liberales a obtener un escaño era prácticamente inalcanzable.
De la Liga Monárquica al sepelio del liberalismo (1919-1923). La brusca y generalizada irrupción del nacionalismo vasco en 1918 tiene la virtualidad de unir nuevamente a los grupos dinásticos separados en 1910 y 1909: conservadores y liberales de Bizkaia. Al frente de la Liga se nombró a G. de Balparda por los liberales, Bergé por los mauristas y Luis Salazar por los conservadores datistas (aquellos liberales a los que esta coalición no satisfizo, acabaron rompiendo con su adhesión a la monarquía engrosando el campo republicano). También en Gipuzkoa, liberales, mauristas, republicanos, socialistas, carlistas e integristas se ayudan mutuamente frente al nacionalismo vasco (elecc. de 1919). La firma por parte de UGT y sindicalistas (CNT) del llamado pacto del proletariado -cuyo objetivo era exterminar a ELA-STV- completó en 1920 la estrategia antinacionalista en la que los liberales de la Liga Monárquica, en especial D. Gregorio de Balparda, tomaron sustancial parte. Durante la dictadura de Primo de Rivera ambos partidos dinásticos, vaciados de contenido y habiendo proporcionado diversos hombres de confianza al régimen -Urien y Leicegui, Moyúa y Salazar, Careaga y Urquijo, Alonso y Aguirresarasua- desaparecen. El conservador, base del régimen, saldrá de la dictadura convertido en derecha a secas. El liberal experimentará una desbandada de sus miembros; parte se une a la masa conservadora, parte deriva hacia el republicanismo. En 1930 emergerán triunfantes este último y las dos fuerzas que habían malvivido durante la era de alternancia de conservadores y liberales: el nacionalismo y el socialismo. Al unirse con la derecha y servir de colchón a la dictadura, el liberalismo histórico se había suicidado.
El translíberalismo final (1930-). El patrimonio ideológico liberal deja, a partir de la dictadura de P. de Rivera, de ser propiedad de los partidos dinásticos. La ideología liberal empapa a todos los opositores al régimen, desde socialistas conspicuos como Indalecio Prieto, hasta los republicanos de todos los matices. Un fenómeno interesante de estas fechas es la asimilación del ideario liberal por el sector más culto y más moderno del Nacionalismo. En 1930, año del reagrupamiento de las fuerzas nacionalistas divididas en PNV y Comunión Nacionalista, el grupo nacionalista liberal trata de adaptar, lo que va a ser el nuevo partido unitario, a los tiempos que vienen, sin conseguirlo. Entablada la lucha ideológica, el grupo integrista consigue hacerse con el poder. El 30 de noviembre de 1930 el grupo liberal se separa del reunificado PNV fundando Acción Nacionalista Vasca y publicando el "Manifiesto de San Andrés" firmado por importantes personalidades del Nacionalismo. Su política va a ser la de agruparse con la oposición de izquierdas para derribar a la monarquía mientras que el desorientado PNV seguirá esperando que la monarquía se reforme. Llegada la República éste conseguirá ser un partido de masas mientras ANV lo será sólo de élites. El siguiente contagio ideológico de interés será el del carlismo en los años finales de la dictadura de Franco. También se romperá el viejo partido, siguiendo los liberales al pretendiente Carlos Hugo de Borbón y los conservadores a D. Sixto, para desaparecer en términos electorales, del escenario político vasco.

Idoia ESTORNÉS ZUBIZARRETA