Politikariak eta Kargu publikoak

Muzquiz Goyeneche, Miguel de

Hombre de Estado, nacido en Elbete, junto a Elizondo (Navarra), el año 1719 y muerto el 25 de enero de 1785. Descendiente de una familia que había dado hombres que desempeñaron cargos de responsabilidad en los valles natales de Baztán y Ultzama, el futuro ministro debió recibir una buena educación, a juzgar por lo que dice de él Cabarrús en su elogio necrológico, de que aún de viejo era capaz de recitar de memoria largos pasajes de Cicerón o de Virgilio y sobre todo de Tácito, aquel gran maestro de la cavilosidad política, con el que, a juicio de Cabarrús, se había identificado plenamente.

Su carrera en las tareas ministeriales arranca de los días del marqués de Torrenueva, siendo su valer y habilidad el motor de su fulgurante ascenso. Acertó a sortear bien que mal el mal momento que significó para los covachuelistas norteños la caída de su paisano Iturralde; colaboró con Campillo y Ensenada y, cuando a raíz del motín de Esquilache se hizo cargo de la cartera de Hacienda, tras veintisiete años de trabajos públicos, se granjeó general aceptación, aureolado como estaba de la fama de Ensenada, a quien lo consideraba como a su maestro. Los diez y nueve años de Múzquiz al frente del ministerio de Hacienda representan en general una etapa de renacimiento de las finanzas españolas, que arrastraban un período crítico tras la desaparición del marqués de la Ensenada.

Habremos de distinguir, con todo, dos fases bastante bien diferenciadas en la gestión del ministro baztanés: una, la de los años primeros, en que alumbró e hizo prosperar ideas magníficas y otra, la de los últimos, cuando gravada la Hacienda con los dispendios de una guerra costosísima, decayó notablemente el ánimo de Múzquiz, de manera que lo notaron incluso sus penegiristas. En los primeros años, intentó ordenar el régimen de aduanas, trató de establecer una "contribución única acelerada" para lo que emanó en 1769 un decreto que quedó sin efecto, y promovió incansablemente la agricultura, la industria y el comercio.

Particularizando algún tanto, diremos que tuvo una parte muy considerable en las tareas de fundación y organización de las nuevas poblaciones de Sierra Morena, aunque hayan sido otros los que se han llevado la fama; que activó la conclusión del canal de Campos; que promovió la cría de moreras y el cultivo de la seda; activando el ritmo de las fábricas de Toledo, Sevilla y Segovia. Mucho le debe también Cataluña, cuya industria fomentó. El nombre de Múzquiz está, asimismo, indisolublemente unido a la fundación del Banco de San Carlos y al lanzamiento de la Real Compañía de Filipinas, iniciativas ambas de su paisano bayonés Jean-François Cabarrus, que Múzquiz apoyó calurosamente. En fin, destacaremos el alto aprecio que hizo de las Sociedades económicas de Amigos del País, como fuerzas promotoras del desarrollo económico de España, y de hombres de valer como el célebre matemático Jorge Juan.

No pusilánime, como lo han querido algunos, sino como hombre de gran claridad mental lo ha visto recientemente J. Caro Baroja: tanta que, al decir de su panegirista Cabarrus, "no contaba con la gloria porque la había visto injustamente distribuida, ni con el Estado porque le suponía en una situación desesperada, ni con los hombres porque los conocía". Acaso tuviera razón este escéptico encaramado en el poder, que leía asiduamente a Tácito, al no esperar nada ni de los hombres ni de la gloria. De hecho, ésta se ha mostrado bastante mezquina con este ilustre baztanés que promovió como pocos las célebres reformas que hacen la gloria del reinado de Carlos III, pero cuya fama se han repartido otros, más agraciados, como los Olavide, los Campomanes o los Floridablanca. De todos modos, queda siempre abierta la posibilidad de que la historia revise juicios, haciendo nuevas famas y deshaciendo otras que lo fueron un día.

Hoy podemos decir que la revisión del ministerio Múzquiz, que puede contar con bases tan espléndidas como los textos del elogio de Cabarrús y de otros escritores contemporáneos, enfila muy buenos derroteros. Como prueba de ello, podemos traer aquí el artículo que se merece Múzquiz en el Diccionario de Historia de España, de la Revista de Occidente (Madrid 1952) o las palabras que le dedica Julio Caro Baroja en La hora navarra del XVIII, pp. 367-380, de las que fundamentalmente nos hemos valido para la confección de este artículo. Pero no era necesario esperar tanto. Andrés Muriel lo vio ya como "varón celoso, recto e ilustrado", que promovió mejoras señaladas en el ramo de Hacienda y dictó las leyes más vigorosas "para perseguir el contrabando y los contrabandistas" (Gobierno del señor rey Don Carlos III, o instrucción reservada para la dirección de la Junta de Estado que se creó en América), en Biblioteca de Autores Españoles, t. 115 [continuación]. Citada por Julio Caro Baroja: La hora..., p. 376 nota). Y el conde de Fernán-Núñez pudo escribir en su Vida de Carlos III:

"Si la España hubiera tenido la fortuna de conservar por más tiempo al ministro Múzquiz, que, con el señor conde de Floridablanca, trabaja de común acuerdo por el bien, esta Compañía [de Filipinas] y el Banco de San Carlos hubieran prosperado infinito y hubieran consolidado en el reino el espíritu de circulación y comercio..."

(t. II, Madrid 1898, p. 23).

Obtuvo el hábito de Caballero de Santiago en 1743 y el título de conde de Gausa en 1783, retratado por Goya en diversas ocasiones.

Aparte los autores que van citados, sólo resta dar el título completo del elogio de Cabarrus, fundamental para la biografía del conde de Gausa: Elogio del excelentísimo señor conde de Gausa, que en junta general celebrada por la Real Sociedad de Amigos del País de Madrid en 24 de diciembre de 1785 leyó el socio D. Francisco Cabarrus, del Consejo de su Magestad en el Real de Hacienda. Publicado por acuerdo de la misma Sociedad, Madrid 1786; y remitir al artículo sobre Múzquiz de José Canga Argüelles en el Suplemento al Diccionario de Hacienda, Madrid 1840, pp. 126-128, tributario en gran parte del Elogio de Cabarrus.