Lekaide eta lekaimeak

GAZOLAZ, Pedro Ximénez de

Obispo de Pamplona de 1242 a 1266. Había nacido en Gazólaz (Navarra) y era su padre un caballero de los principales de Navarra, teniente del rey varias veces. Su nombre aparece en numerosas ocasiones en los documentos del siglo XIII, existiendo gran discrepancia en la forma de escribirlo. Pueden verse las siguientes formas recogidas en un documentado trabajo de Goñi Gaztambide: Pero Seméniz de Gazólaz, Pere Xeméniz, Pero Ximéniz de Gaçolaz, P. Emimeni de Gatçolatz, Pere Seméniz, Pero Seménetz de Gatçolatz, Pere Semeitz de Gaçolaz y P. Eximeni de Gazólaz. Antes de ser elevado a la sede pamplonesa aparece como testigo en una compraventa con el título de abad de Aspa en el año 1232. También figura un Pedro Ximénez como canónigo dé Pamplona en 1226 y como penitenciario un año más tarde. Es presumible que se trate de Ximénez de Gazólaz. Fue su antecesor como obispo de Pamplona Pedro Ramírez, que falleció el 5 de octubre de 1238. Existe, pues, un periodo de algo más de tres años en que permanece vacante la sede. Esto se debió a la discrepancia entre el rey de Navarra Teobaldo I, el rey poeta, y el brazo eclesiástico sobre la persona en quien había de recaer la dignidad episcopal. Teobaldo I apoyaba al arcediano Guillermo de Oriz, consejero suyo y totalmente fiel a la Corona. Triunfó, sin embargo, la candidatura presentada por el cabildo pamplonés, que deseoso de recobrar la plenitud de sus antiguos derechos y privilegios, apoyó a Pedro Ximénez de Gazólaz, que fue elegido probablemente a principios de 1242. Era este Pedro Ximénez hombre enérgico, emprendedor, autoritario, tenaz, partidario acérrimo de una fuerte centralización de todos los poderes eclesiásticos en la sede episcopal. Su largo episcopado de 24 años fue una sucesión constante de pleitos y litigios en buena parte de los cuales logró salirse con la suya. Le tocó defender las pretensiones de la Iglesia en un momento en que sus relaciones con el poder civil eran más que tirantes. Y al estar al frente de este poder civil otro carácter violento e intransigente, el choque era inevitable. Tras un primer período de relativa calma la tormenta estalló cuando a finales de verano de 1245 se presentó el obispo de Pamplona ante el Papa Inocencio IV -que también tenía problemas con el poder civil de Federico II de Alemania- presentando una demanda contra Teobaldo I acusándole de prestar oídos sordos a las amonestaciones que le había dirigido y de no comparecer ante la Curia Romana ante la que Pedro de Gazólaz había apelado contra los atropellos del rey navarro. Por la bula Venerabilis frater de 6 de setiembre de 1245 emplazó el Pontífice a Teobaldo para que en el plazo de dos meses compareciera por sí o por representante a su presencia para llegar a una transacción con el prelado o defender su postura en el juicio subsiguiente. No podía el autoritario monarca avenirse a las prestaciones del obispo y envió a su procurador el maestro Gerardo a la Curia mientras Pedro de Gazólaz comparecía personalmente con el asesoramiento de uno de sus canónigos. Se dividieron en dos grupos las cuestiones en litigio comprendiendo el primero cuestiones más directamente tocantes a la disciplina interna de la diócesis y el segundo demandas principalmente económicas. Acusaba Pedro de Gazólaz al monarca de violencias en el nombramiento de los párrocos, violación del derecho de asilo, intromisión en causas eclesiásticas, incautación de bienes eclesiásticos, usurpación de la jurisdicción espiritual y temporal de la ciudad de Pamplona que pertenecía a su iglesia, usurpación del castillo de Monjardin con sus villas y pertenencias y de los castillos de Oro y Huarte y un largo etcétera de atropellos de toda índole, en la mayoría de los cuales subyace un interés económico defraudado. La primera sentencia condenatoria para Teobaldo fue ratificada por Inocencio III el 5 de mayo de 1247 ordenando que se devolvieran al obispado los bienes reclamados y nombrando para su ejecución al obispo de Olorón. Teobaldo I puso en marcha toda clase de recursos y logró eludir la ejecución de esta primera sentencia. La segunda sentencia, la referente a las demandas temporales o materiales, fue igualmente desfavorable para el poder civil. Jacobo de Marigniaco, procurador del rey navarro para este segundo pleito, se negó a responder ante la Curia Romana sobre cuestiones de índole no eclesiástica. En vista de ello se pronunció sentencia interlocutoria estimando las demandas de Pedro de Gazólaz, confirmándola el Papa y comisionando para su ejecución al arzobispo de Tarragona y al obispo de Lérida por bula de 4 de junio de 1247. Teobaldo I reaccionó ocupando casas y posesiones del obispo y de los clérigos adictos al mismo. La excomunión fue fulminada contra el rey y los que le aconsejasen o ayudasen. Pedro de Gazólaz y sus partidarios tuvieron que huir del reino de Navarra encontrando refugio junto al rey de Aragón, Jaime el Conquistador. Varias veces intentó la Santa Sede hacer entrar en razón al autoritario monarca sin conseguirlo. Al fallecer Teobaldo I el 8 de julio de 1253 las excomuniones del Papa, del Concilio provincial y del obispo de Pamplona pesaban sobre él. Con el advenimiento de Teobaldo II las cosas empezaron a marchar mejor para el obispado iruñarra. Cuando el 27 de noviembre de 1253 se ciñó la corona navarra, contaba el joven rey 14 años. Antes de ser coronado juró guardar los fueros navarros, muy en especial los de la iglesia y eclesiásticos. Pronto se desdijo, sin embargo, el monarca de los juramentos alegando haber obrado bajo coacción. Tanto Teobaldo II como Pedro Ximénez de Gazólaz comenzaron a gestionar privilegios para no ser excomulgado ni entredicho su reino el primero, y para la puesta en vigor de los anteriores entredichos y excomuniones el segundo. Cuando todo indicaba que el reinado de Teobaldo II había de mantener la misma tónica de hostilidad hacia el poder eclesiástico, el joven rey se avino a negociar con el obispo firmándose el 6 de diciembre de 1255 una concordia sobre la jurisdicción y elección de los que habían de ser presentados para las rectorías de las iglesias y sobre los derechos de cada uno a los castillos de Oro y Monjardín. En este verdadero concordato se llegaba a una solución de compromiso cediendo cada una de las partes algo de sus pretensiones. Este tratado firmado en Estella recibió su rúbrica solemne el 10 de febrero de 1256 en Larrasoaiña donde Teobaldo II, tras la misa celebrada por Pedro de Gazólaz, juró guardar el convenio de Estella, prometiendo igualmente su cumplimiento el obispo de Pamplona. No tuvo más problemas Pedro Ximénez de Gazólaz con Teobaldo II que, a decir del Príncipe de Viana, fue "muy gracioso a todos e obedient a la Eglesia". Ahora fueron un grupo de miembros del cabildo de Pamplona los que solicitaron del Papa la anulación del tan trabajosamente conseguido concordato, por considerar que lesionaba sus derechos. Ateniéndose más a la letra del Derecho que a los dictados de la prudencia política, Alejandro IV anuló en setiembre de 1259 el concordato de Estella. La efímera paz dio paso a un precario equilibrio que se vio roto algunos años más tarde por la eterna cuestión de las posesiones de la iglesia de Pamplona. Clemente IV, Sumo Pontífice a la sazón, encargó al obispo de Calahorra la reconciliación entre el rey y el obispo, lo que parece que consiguió. Al fallecer Pedro Ximénez de Gazólaz en 1266 no puede decirse que las relaciones entre el poder eclesiástico y el civil en el reino de Navarra fueran mejores que cuando 24 años antes había llegado al episcopado. Si numerosos y violentos fueron los choques de Pedro de Gazólaz con el trono navarro, no lo fueron menos los habidos con los superiores eclesiásticos y el clero, tanto diocesano como regular. El metropolitano Benito de Rocaberti, arzobispo de Tarragona, le enviaba en 1254 una embajada encargada de trasmitirle una carta de reprensión en la que, entre otras acusaciones, se decía: "se nos ha indicado muchas veces por testigos fidedignos que no hace caso de las sentencias de la sede metropolitana ni tampoco de las del Papa cuando van contra él y que por esto y por otros impedimentos los pleitos se hacen inmortales en su diócesis". No le faltaba razón al metropolitano. Fue requerido ante la Curia romana por su propio cabildo catedralicio por ciertos pagos consistentes en cien sanchetes anuales que llevaba quince años sin realizar. Tuvo pleitos con los monasterios de Irache y San Juan de la Peña, los canónigos regulares de Montearagón, el prior del Hospital de Santa Cristina, los franciscanos recién instalados en Pamplona, el obispo de Zaragoza y algunos más, venciendo en muchos de ellos y teniendo que ceder en otros. Fue muy partidario de la vida religiosa, imponiendo la disciplina en el cabildo pamplonés y favoreciendo a las órdenes religiosas siempre que se mantuvieran dentro de los limites por él marcados. Apoyó la permanencia en Leyre de los monjes blancos o cistercienses contra los negros o benedictinos. Protegió a unas señoras de Barañain concediéndoles la regla de San Agustín y el convento de San Pedro de Ribas, abandonado por los franciscanos. En su episcopado fue traída por Teobaldo II y sus cruzados la reliquia de una espina de la cruz de Jesús en honor de la cual instituyó Pedro de Gazólaz una fiesta litúrgica. Falleció Pedro Ximénez de Gazólaz el 26 de octubre de 1266 tras haber luchado durante un cuarto de siglo por una sede episcopal fuerte frente al poder civil y rigurosamente centralizadora y frente a las entidades religiosas de su diócesis.

Germán CORTABARRIA IGARTUA

  • J. Goñi Gaztambide: Los obispos de Pamplona del siglo XIII, "Príncipe de Viana", n.° 66, pp. 95-135;
  • Estanislao Jaime de Labayru: "Historia de Bizcaya", t. I, p. 206;
  • J. Rabasco: "Catálogo del Archivo General de Navarra", secc. Comptos, t. I.