Lexikoa

HIERRO

HISTORIA. A lo largo de la historia, uno de los pilares fundamentales de la economía del País Vasco ha sido la explotación de yacimientos y fabricación de hierro. La naturaleza dotó de bolsadas fácilmente explotables de mineral las tierras de la Baja Navarra, Guipúzcoa, Vizcaya, la montañosa zona norte y noroeste del viejo reino navarro y el valle de Araya, en Alava. Los abundantes yacimientos de mineral, los extensos bosques que proveían de combustible y, ya en la baja edad media, la presencia de corrientes de agua con fuertes desniveles aprovechables como fuerza motriz favorecieron el desarrollo de una industria que fue, con altibajos, la más fuerte impulsora del desarrollo económico del país.
Yacimientos. Se encuentran muy repartidos en toda la parte montañosa del país; históricamente, se han explotado bolsadas de mineral en Zuberoa (Montory, Etchebar, Larrau...), Baja Navarra (fundamentalmente en el valle de Baigorry), Navarra (Orbaiceta, Valcarlos, Vera, Lesaca, Goizueta) y Alava (Araya, Aramayona). En Guipúzcoa ha habido minas de hierro en Berástegui, Asteasu, Tolosa, Ibarra, Cegama, Régil, Mondragón, Alquiza, Ceráin, Mutiloa, Amézqueta y, sobre todo, en las Peñas de Aya, entre Oyarzun e Irún. También se extrajo mineral en tiempos pasados en el Valle de Arratia y en Rigoitia, en Vizcaya.
Somorrostro. Pero el área minera por excelencia es la que se extiende en el entorno de Bilbao, al oeste de la ría, en una longitud de 30 Km. y una anchura máxima de 8, por los términos municipales vizcaínos de Galdácano, Bilbao, San Salvador del Valle, Ortuella, Abanto y Ciérvana, San Julián de Musques, Galdames y Sopuerta, penetrando en el santanderino de Castro Urdiales. Los terrenos en que el yacimiento se encuentra corresponden al Cretáceo inferior, pisos Aptense y Albense. La roca de caja es una caliza coralígena característica que, por un proceso metapsomático, se transformó en carbonato de hierro, convertido a su vez en las capas superficiales, por meteorización, en óxido de hierro. Tradicionalmente, los óxidos de hierro han venido recibiendo los nombres de vena, campanil y rubio. Las dos primeras son hematites rojas compactas, más cristalino el campanil que la vena, y de color más vivo. El rubio es hematites parda. La vena, el mineral más rico en hierro, fue durante muchos siglos el único explotado, despreciándose los demás. Su ley era del 49 al 60 % en hierro metálico. En la actualidad está prácticamente agotada. El campanil, que le sigue en riqueza (48 a 58 % de hierro metálico) fue el primer mineral explotado intensivamente con técnicas modernas, ya avanzado el siglo XIX. Era particularmente abundante en el monte Triano. También está prácticamente agotado. La extracción masiva del rubio, que suele presentarse mezclado con arcilla y silicatos, no tuvo lugar hasta 1880- 85, en que flaqueaban ya las existencias de vena y campanil. También se halla en trance de agotamiento. Los carbonatos no se comenzaron a explotar hasta el siglo actual. A partir de 1950, la aplicación de nuevos procedimientos de calcinación ha aumentado el interés por este mineral. Es tópica ya la afirmación de Plinio el Viejo, en el Libro XXXIV, cap. XLIII de su Historia Natural: "En Cantabria, en la parte marítima que baña el océano, una montaña muy alta -cosa increíble- es toda ella de hierro". Se admite comúnmente que Plinio se refería al monte Triano, en Somorrostro. Aunque la exageración es evidente, refleja el impresionante aspecto que debían ofrecer las enormes masas de óxido de hierro aflorando a la superficie a lo largo de kilómetros de terreno.
Obtención del hierro: los primeros hornos. Aunque la elaboración del metal era conocida en tierras vascas desde el siglo VI o VII a. C., sólo durante la dominación romana debió recibir un fuerte impulso. De hecho, en Vizcaya el poder romano se limitó prácticamente a la ocupación de los puntos estratégicos que permitían la comunicación de Somorrostro con la calzada Astorga- Burdeos, por un lado, y con el mar, por otro. En el s. X se envía vena de Somorrostro a La Rioja, Navarra y Alava a lomo de acémila, y a los puertos guipuzcoanos por vía marítima. En el s. XI el tráfico de mineral hacia puertos guipuzcoanos y labortanos es intenso. El primitivo procedimiento de elaboración del hierro consistía en la calcinación del mineral a campo libre, utilizando grandes cantidades de carbón vegetal y leña. Posteriormente se comenzaron a emplear troncos huecos de árboles recubiertos de arcilla y otras materias minerales, sustituidos luego por hornos de cal y canto de un metro de diámetro y dos o tres de altura, dentro de los cuales se disponían capas alternativas de mineral y carbón vegetal. El horno quedaba totalmente cerrado, salvo un orificio por el que se inyectaba aire mediante fuelles movidos a mano o con los pies. El tiro se regulaba abriendo o taponando con arcilla orificios en la parte superior del horno. Las cenizas del mineral caían en una hoya denominada "arrago", "arragua". Estas instalaciones primitivas requerían gran cantidad de combustible: nueve sacos de carbón de roble, haya o encina, o una cantidad algo superior de carbón de castaño para obtener un quintal de hierro. Por ello, se hallaban normalmente en los montes, en las cercanías de algún bosque, aunque a veces alejadas de los yacimientos de mineral. Todavía hoy es fácil encontrar en las montañas vascas montones de escorias procedentes de estas antiguas ferrerías. Son de color oscuro y brillo vítreo muy característico, y tienen aspecto de haber sido muy fluidas antes de su solidificación. Todavía se recuerdan, en las viejas leyendas, las ferrerías de los montes, con los nombres de "aitzeolak" (ferrerías de viento) o "gentilolak" (ferrerías de los gentiles). Los primitivos ferrones vascos aparecen en la tradición como gigantes paganos, de fuerza sobrehumana.
Ferrerías de agua. Hombres y técnicas. Es incierto el momento en que las ferrerías bajaron a orillas de los ríos. Primero se utilizó la energía de éstos para insuflar aire en los hornos, mediante fuelles accionados por ruedas hidráulicas. Más tarde se fueron introduciendo mecanismos más complicados. El cambio de emplazamiento de las ferrerías comenzó en el siglo XIV, pero la nueva técnica tardó en imponerse. El Fuero de Ferrerías dado por Alfonso XI a Oyarzun en 1338 ya regula el aprovechamiento de las corrientes de agua. Mediado el siglo XVI, existían ya en Guipúzcoa y Vizcaya más de trescientas ferrerías con aprovechamientos de fuerza hidráulica. Garibay, en 1571, cita ya como desaparecidas las antiguas ferrerías de los montes. Sin embargo, parece ser que en pleno siglo XVII había ferrones, como los de Cegama, que utilizaban todavía el método antiguo, obteniendo masas de hierro que luego eran purificadas en las ferrerías situadas a orillas de los ríos. A los primeros fuelles o barquines, de cuero, se añadieron hacia 1620 fuelles de madera. Se lograba un soplado continuo de aire mediante dos fuelles unidos al horno por una tobera común, dispuestos de modo que sus movimientos fueran alternativos: cuando uno estaba soplando el otro se hinchaba, y viceversa. Marcos de Zumalabe, de Valmaseda, fue quizá el primero en emplear la fuerza hidráulica para accionar los martinetes que golpeaban la masa candente. Como la reducción del mineral se efectuaba a muy baja temperatura, el producto obtenido en los hornos era una masa pastosa, "agoia", con abundante mezcla de escoria. El martinete era utilizado para desbastar esta masa, liberando de la mayor parte de la escoria al metal. Pronto se comienza a distinguir entre ferrerías mayores, "zear olak" y ferrerías menores, "tiraderas". Las primeras fundían masas de hierro de 12 a 16 arrobas. Las ferrerías menores se especializaron en el tratamiento del metal ya obtenido por las mayores, elaborando alambres, clavos y otras piezas simples. Se correspondían, en cierto modo, con la actual "industria transformadora". Su horno era de pequeña capacidad -para masas de hierro de hasta cinco arrobas- y su máquina básica el martinete. El personal de una ferrería mayor incluía: dos fundidores de masa ("urtzaillia", el que derrite), que se encargaban en turnos alternos de cuatro horas, noche y día, de introducir el mineral y el carbón en el horno, así como del manejo de los fuelles o barquines, y del transporte de la masa incandescente hasta los martinetes: un laminador o tirador, "ijellie", que se ocupaba del manejo del martinete hasta obtener el hierro purificado. Su labor duraba dos horas, por lo que había de alternar dos horas de descanso y dos de trabajo durante todo el día; era el mejor pagado. Y, por fin, un aprendiz ("gatzamallia"), que desmenuzaba el mineral antes de su introducción en el horno, se ocupaba de los recados y del puchero. El jefe de una ferrería mayor era llamado "aratza", y el de una menor "txikitzalle". Podía haber también varios peones. Al irse ampliando las instalaciones el personal fue aumentando progresivamente, llegando en muchas ferrerías a treinta operarios. No obstante, al no mejorar las técnicas, la productividad por persona empleada apenas aumentaba en estos casos. Una ferrería solía constar de un edificio principal donde se hallaban los depósitos de mineral y carbón, los canales de entrada y salida del agua, el rodete hidráulico al cual iba fijado el eje principal, "ardatza" (que accionaba los martinetes y fuelles), el horno donde se obtenía el hierro, "labea", y otras instalaciones secundarias. La casa del propietario de la ferrería, "olajaun", no solía estar lejos. A veces había una ermita en las proximidades de las instalaciones. Con frecuencia, el trabajo en la ferrería era intermitente, alternándose en alguna época del año con el cultivo de los campos. No era ajeno a ello el régimen de los ríos, muchos de los cuales no llevaban en verano agua suficiente para mover la maquinaria. La época de descanso se aprovechaba para almacenar carbón y mineral. Los minerales calizos o demasiado compactos debían ser calcinados al rojo, disgregándolos luego en pequeños trozos. La calcinación se realizaba en hornos de ladrillo o mampostería de 2 a 2,50 m. de diámetro, que admitían de 200 a 300 Kgs. de mineral y el combustible correspondiente. El martinete se movía por medio de una rueda hidráulica de 2,50 a 3,50 m. de diámetro que accionaba un grueso eje de madera reforzado por piezas de fundición. En agujeros practicados en el eje se introducían las levas de hierro forjado que presionaban sobre la viga del martinete, de más de cuatro metros de larga. La forma del aparato era semejante a la de un martillo manual de gran tamaño, cuya cabeza, de 600 ó 700 Kgs. de peso, daba de 100 a 125 golpes por minuto sobre el yunque. La velocidad del martinete y el volumen de aire soplado en el interior del horno eran regulados mediante la variación del caudal de agua que movía las ruedas motrices. En algunas ferrerías comenzaron a sustituirse, en el soplado de aire en los hornos, los fuelles por trompas de agua, que proporcionaban una corriente de aire poderosa y constante, pero más húmedo que el de los fuelles. Además necesitaban una caída de agua de considerable altura. Los ferrones comenzaban a trabajar muy de madrugada, a las 5 ó 6 de la mañana. A las ocho se interrumpía el trabajo para desayunar; a las diez, para el amarretako; a las doce, el ángelus y el almuerzo. A las cuatro de la tarde, el labatako; a las siete la cena, al terminar la jornada.
Las ferrerías en el Derecho y la Economía. Desde muy temprano aparecen en todo el País Vasco disposiciones referentes a minas y ferrerías, demostrando su importancia capital. Hay referencias a las ferrerías en casi todos los Fueros y en multitud de documentos. El Fuero de San Sebastián, del s. XII, ya regula la exportación de hierro. Documentos del s. XIII se refieren a las ferrerías de Legazpia, Segura y Mondragón. En 1338 Alfonso XI otorga en Burgos el "Fuero de las Ferrerías" a la villa de Oyarzun, confirmación de sus antiguos usos, derechos y costumbres. En él se regula el aprovechamiento de agua y la saca de mineral, se dan facilidades a los ferrones para construir nuevas ferrerías y para aprovisionarse de carbón vegetal, se les libra de todo tributo y se les somete a una jurisdicción especial, el "alcalde de las ferrerías". Estas disposiciones que tanto favorecían a los ferrones fueron confirmadas por Enrique II en 1371 y por otros monarcas después. El Fuero de Guipúzcoa del año 1397 reconoce la importancia de las ferrerías de la provincia y, entre otras disposiciones referentes a ellas, pena de muerte a los que las inutilicen intencionadamente. También el Fuero General de Navarra se ocupa repetidamente de los que llevan a cabo el aprovechamiento del hierro y decreta que todo infanzón puede beneficiar libremente el hierro de su heredad. El Fuero de las Ferrerías de Vizcaya (1440) instituye, como el de Oyarzun, alcaides de ferrerías. El año 1437 el rey Don Juan confirma en Medina las Ordenanzas de la Hermandad de Venaqueros de Mondragón. Las Ordenanzas de los Ferrones de Marquina datan de 1474. El Fuero Viejo de Vizcaya dedica gran parte de su texto a los ferrones. Ya en esta época la extracción y elaboración del hierro constituía la principal industria de Vizcaya y Guipúzcoa y su base fundamental de exportaciones. En Navarra también era importante esta industria: Carlos III poseía en 1388 hasta 28 ferrerías reales, que le rentaban 700 florines al año. En 1426 había en Navarra 36 ferrerías, que no sólo bastaban a las necesidades del Reino, sino que exportaban a Francia parte de su producción. La sequía del año 1443 mermó la producción de alimentos, que tuvieron que ser importados de Inglaterra a cambio de hierro. También el reino de Aragón era un fuerte consumidor de hierros navarros y guipuzcoanos. El siglo XVI es el de mayor esplendor de las ferrerías vascas. Según Martínez de Isasti trabajaban en Guipúzcoa 118 ferrerías y martinetes, que producían 120.000 quintales de hierro al año (unas 10.000 toneladas). Además había más de 3.500 pequeños talleres de forja distribuidos por toda la provincia. Se exportaba hierro al resto de la Península, a los Países Bajos, Inglaterra, Italia, Francia e incluso a las tierras recientemente colonizadas en América y Asia por castellanos y portugueses. También en Vizcaya, en la primera mitad del siglo, trabajaban 80 ferrerías, con una producción de 80.000 quintales de hierro y acero, de los que cerca de la mitad se exportaban a Castilla. Ya al final de siglo habían llegado las ferrerías, en ambas provincias, a un total de 300. La producción se destinaba, aproximadamente en partes iguales, a la exportación en bruto, a la construcción de navíos y a la producción de herramientas, armas blancas y de fuego. La industria transformadora tuvo un desarrollo paralelo a la ferrona: sólo en Durango había -se afirma- ochocientos fabricantes de armas, clavo y herraje, cada uno con su fragua y varios servidores. Shakespeare llama en Hamlet "bilboes" a los grilletes de hierro, y en The Merry Wives of Windsor "bilbos" a las espadas. La actividad ferrona sufre un fuerte retroceso a lo largo del siglo XVII; ya en 1620 un documento declara que el hierro venido de Lieja se vende a menos precio que el local, y se solicita protección. En 1675 se pide en Durango "asegurar la salida del hierro y desterrar el de Suecia". Los hierros vascos, que en el siglo anterior inundaban Europa, ya sólo se exportan precariamente a Francia y necesitan protección en su propio país de origen. En 1687, según el Corregidor de Vizcaya, 128 ferrerías del Señorío no trabajaban. Al parecer, la razón era que el convenio de arrendamiento entre los ferrones y los dueños de las ferrerías era abusivo; el dueño adelantaba dinero para los gastos de la ferrería y el arrendatario se obligaba a vender al dueño de 5 a 7 reales más barato el quintal de hierro. Esto resultaba ruinoso para el ferrón. Así, muchas ferrerías estaban abandonadas; algunas se habían transformado en molinos de tabaco, del que por aquellas fechas había gran comercio en Bilbao. A pesar de las razones dadas por el Corregidor es claro que la causa real del abandono de las ferrerías era la profunda crisis económica general del país.
La expansión del siglo XVIII. En este siglo comenzamos a encontrar signos de concentración capitalista en los establecimientos donde se trataba el hierro, aunque no se alcanzara ni de lejos el grado de concentración inglés de la época, ni se hubiera operado todavía la revolución técnica del carbón mineral y la máquina de vapor. Se advierte una especialización de ferrerías que trabajan exclusivamente para satisfacer necesidades militares mientras otras elaboran productos para la población civil. Existen manufacturas reales de armas en Placencia, Eibar, Mondragón, Tolosa, Alegría; las forjas de Leiza, Erasun, Goizueta, fabrican clavos para la flota real; la de Eugui, después trasladada a Tolosa por razones estratégicas, produce bombas y balas de cañón. La de Banca, en el valle de Baigorry, fabricaba en 1755 cañones y proyectiles, y producía 3.000 quintales de hierro. La fábrica de aceros de Mondragón, que alcanzó gran prestigio, fue establecida por disposición oficial el año 1740, de lo que se encargó D. Diego de Arámburu. La Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, fundada en 1727, contribuyó a la actividad de las ferrerías guipuzcoanas, exportando manufacturas de hierro a tierras americanas. Guipúzcoa alcanzó notoriedad por su producción de anclas. Juan Fermín de Guilisasti, natural de Aya, realizó un viaje de estudios a Amsterdam por cuenta de la Compañía de Caracas y, a su vuelta, comenzó la fabricación de grandes anclas en la ferrería de Arrazubia. Al finalizar el siglo forjaban áncoras dieciocho ferrerías guipuzcoanas, la mayor parte establecidas a orillas de los ríos Urumea, Oria y Leizarán. Se habían conseguido anclas de una gran calidad, por lo que se exportaban a Portugal, Francia e Inglaterra. En un solo año -1785- llegaron a fabricarse, sólo para la Flota Real, más de 400 grandes anclas. Muchas ferrerías eran explotadas por auténticos hombres de negocios -como los Arizcun, en Navarra- y por la pequeña nobleza local, que en el País Vasco nunca tuvo el trabajo por desdoro. Así, en Irún, las familias más distinguidas -los Urdanibia, Olazábal, Aranzate- poseían ferrerías. Gaínza asegura que unas cien familias vivían, sólo en Irún, de extraer el mineral de hierro y transportarlo a las ferrerías de Laburdi y de Navarra, a las que se conducía en carretas y en gabarras por el Bidasoa. En 1749 se comenzó a construir en Rentería una fábrica de anclas del Estado. No llegó a funcionar, y en 1770 fue transferida a la iniciativa privada, que montó en ella la primera fandería o tren de laminación de la Península. A final de siglo poseía dos máquinas, movidas por fuerza hidráulica, capaces de laminar 50 quintales de hierro al día. Más tarde se montó otra instalación semejante en la ferrería de Ibaeta, sobre el Urola. La Real Fábrica de Armas de Tolosa producía espadas en gran cantidad, proyectiles para la marina de guerra y otras armas. Se fabricaban también en Tolosa azadones, cuchillos, rejas de arado, herramientas y batería de cocina. Eibar, Vergara y Mondragón sobresalían en la fabricación de armas y herramientas. Placencia fabricaba además cañones para la Marina. Ya desde el siglo anterior se advierte una mayor especialización de Vizcaya en la fabricación de hierro, y de Guipúzcoa en la de productos terminados.
Impacto: Sociedad Bascongada de Amigos del País. En la segunda mitad del siglo XVIII se introdujeron nuevos adelantos al amparo de la Real Sociedad Económica Bascongada de Amigos del País, fundada en Azcoitia el año 1764. Ya en 1766 se abrió un concurso para comparar la eficacia de los fuelles y trompas de agua empleados para insuflar aire en los hornos, que no consiguió un resultado positivo. La mayoría de las pruebas se efectuaron en la ferrería de Amaroz, sobre la que se encuentra hoy día la papelera homónima. La Sociedad Bascongada montó una fábrica experimental de armas blancas en Vergara, realizó diversas encuestas entre ferrones, trató de unificar los pesos y medidas empleados en la industria del hierro y realizó otros diversos trabajos. En 1770 envió pensionado a D. Ramón María de Munibe, hijo del Conde de Peñaflorida, a París, Estocolmo, Friburgo y Viena. Munibe envió diversos estudios, memorias y diseños de los hornos de hierro y acero más utilizados en Suecia, Carintia y Estiria. Su muerte prematura, a los 23 años, frustró una de las mayores posibilidades de "puesta al día" de la siderurgia vasca. En Alegría de Oria se puso en marcha una ferrería con objeto de experimentar los procedimientos empleados en Inglaterra para la obtención del acero en crisol. En las ferrerías de Aramburu, en Urnieta, y Ereñozu y Fagollaga, en Hernani, comenzó a mezclarse cuarzo en la fundición, con lo que se obtuvo una mejora en la calidad del hierro y una economía considerable en el consumo de carbón. Informada la Sociedad Bascongada, pronto se extendió el procedimiento al resto de las ferrerías.
El final de las ferrerías. Ya el año 1332 el rey castellano Alfonso XI prohibió el establecimiento de ferrerías nuevas en Alava, "para que los montes no se yermen ni se estraguen". El consumo de madera era tan enorme que en algunos casos aislados se llegó a favorecer, en regiones amenazadas por las alimañas, el establecimiento de ferrerías con el fin de hacer desaparecer los bosques en que se guarecían. En el siglo XVIII la situación se hace angustiosa: las ferrerías de Bidarray, Arneguy y Came dejaron de trabajar por falta de madera; en 1786 cesó de funcionar por la misma razón la de Baigorry y, más tarde, la de Larrau. Una larga disputa entre una fundición de cobre y otra de hierro en Banca, en el valle de Baigorry, a causa de que los bosques de las inmediaciones no podían abastecer a las dos forjas, no cesó hasta quedar cerrada la fundición de cobre en 1767. A comienzos del siglo XIX las cuatro ferrerías de Cegama, en Guipúzcoa, consumían anualmente de mil a dos mil toneladas de carbón vegetal. Teniendo en cuenta que por entonces trabajaban, sólo en Guipúzcoa, 94 ferrerías, se comprende que la superficie de bosques disminuyera peligrosamente. En el primer tercio del siglo XIX el costo del carbón vegetal suponía en Vizcaya más de la mitad del precio final del hierro, mientras que el de la vena oscilaba entre el 14 y el 27 %. Por tanto, el valor añadido (rentas de capital, salarios, beneficios) de las ferrerías no superaba el 20 % del valor de venta del metal, llegando a ser en algunos casos tan sólo el 8 %. Hay que suponer que en las ferrerías mas alejadas de Somorrostro, como las de Navarra, el coste del mineral -en esta época el empleo de vena vizcaína es generalizado- era muy superior; cabe suponer que quedaría compensado por una mayor baratura del carbón vegetal. A pesar de los tímidos esfuerzos de la Sociedad Bascongada, las técnicas de producción utilizadas en las ferrerías del País Vasco seguían siendo, en esencia, las mismas que en el Renacimiento, en una época en la que ya la siderurgia inglesa utilizaba hornos altos al carbón de cok y trenes de laminación movidos por máquinas de vapor. Así, en 1774 el quintal de hierro sueco se vendía en Cádiz a 60 reales, y el vasco a 80. Al año siguiente Carlos III instauró una política proteccionista que benefició a las ferrerías vascas, pero los ferrones fueron incapaces de mejorar sus instalaciones para hacerlas competitivas. En 1787, en el mismo Bilbao, costaba el hierro 100 reales el quintal, y mucho más caro en otros puntos alejados de la Península. Los datos de producción y número de ferrerías a lo largo de la Edad Moderna que citan diferentes autores son frecuentemente contradictorios. Reproducimos el cuadro elaborado por Sánchez Ramos para Vizcaya:

Año N.º de ferrerías Hierro producido
(miles de Tm.)
Mineral consumido
(miles de Tm.)
1550
1590
1615
1644
1658
1784
1796
1799
300
290
276
152
177
141
-
-
24
23
14
8
10
7
10
15
84
76
46
24
30
20
29
46

La producción guipuzcoana fue siempre menor que la vizcaína, y mucho más pequeña aún la del resto de las provincias. A grandes rasgos, las ferrerías alcanzan su máximo esplendor con los primeros Austrias: abastecen a los ejércitos reales y exportan a Castilla y al resto de la Península, Flandes, Francia, Inglaterra, Irlanda y las incipientes colonias en otros continentes. Sigue esta época a la adopción de una serie de perfeccionamientos técnicos que, si bien no son originales, colocan a la industria ferrona vasca a la altura de las más avanzadas de Occidente; ya en el siglo XVII la industria ferrona vasca comienza, como la navegación y la pesca, a perder terreno ante la competencia creciente de los países del norte de Europa, más adelantados técnicamente; en el siglo XVIII diversos factores, como la apertura de nuevos mercados por la Compañía de Caracas, la actuación de la Sociedad Bascongada de Amigos del País, el gran éxito obtenido por la fabricación de anclas en Guipúzcoa, las leyes proteccionistas de Carlos III (un siglo antes las de Luis XIV en el territorio a él sometido) mantienen floreciente la industria ferrona. Pero la aparición de los hornos altos, tímida y retrasada, acabará definitivamente, ya en la segunda mitad del siglo XIX, con los modos artesanos de obtención del hierro. Las leyes proteccionistas de Carlos III hicieron resurgir la siderurgia vasca; al finalizar el siglo XVIII trabajaban en la transformación de hierro, sólo en Vizcaya, cerca de 10.000 operarios. Las 16 principales factorías del Señorío produjeron, en 1803, más de 5.000 toneladas de hierro, mientras en Guipúzcoa 15 ferrerías elaboraron unas 3.200 toneladas. Ambas provincias eran, con amplia diferencia, las que mayor producción obtenían. También las ferrerías de Larrau y Baigorry conocieron un fuerte impulso, debido a las guerras napoleónicas. Durante la francesada, las ferrerías guipuzcoanas y vizcaínas tuvieron un buen cliente en el país vecino; sólo en Bayona y Burdeos vendían hierro por más de 200.000 duros al año. Derrotado Napoleón, Europa fue inundada por los hierros ingleses. La producción de las ferrerías, de uno y otro lado de la frontera, decayó; muchas de ellas fueron destruidas. De nuevo un arancel proteccionista, en el año 1825, favorece el auge de las actividades metalúrgicas. Proliferan en Guipúzcoa los talleres de quincalla, produciéndose sobre todo herraduras, armas de fuego, camas de hierro y cerraduras. En 1828 se estableció en Durango una fábrica privada de sables, fusiles y pistolas. Con todo, seguía siendo mínima la dimensión de las explotaciones. Y la producción total de hierro era -en 1830- inferior a la del siglo XVI. El año 1840 la Diputación de Vizcaya estableció una serie de medidas extremadamente proteccionistas en un intento de salvar la siderurgia artesana del Señorío. Al año siguiente se llevó a cabo la abolición de las aduanas del Ebro; pero los aranceles españoles seguían siendo proteccionistas. Así, por ejemplo, estaba prohibida la importación de armas de fuego, hierro labrado, hoja de lata en blanco, hojas sueltas para espadas y sables y otras varias partidas. Pascual Madoz, al filo del medio siglo, llama la atención acerca de la escasa rentabilidad de las ferrerías a la antigua, cuyos productos no podían competir con los del extranjero ni con los de los nacientes hornos altos del país: "No cabe duda que pudieran introducirse en la elaboración algunas mejoras; pero sobre ser poco entendidos en la metalurgia y mecánica los dueños de las ferrerías, encontraría cualquier mudanza una tenaz resistencia en los herreros que, no habiendo visto otra cosa, creen que no puede perfeccionarse lo existente: así se teme con fundamento que la menor innovación les haría abandonar las ferrerías y marchar a Guipúzcoa y Navarra, de donde son naturales todos los operarios". Madoz se está refiriendo a las ferrerías del partido vizcaíno de Valmaseda, lógicamente las que mejor desarrollo hubieran podido tener, por su proximidad a los criaderos de vena. Nos revela, por una parte, que los dueños, los pequeños capitalistas industriales del país, eran incompetentes; por otra, que la mano de obra era inmigrante y sin especializar, como un presagio del aluvión que, también debido al hierro, caería sobre Vizcaya pocos años más adelante. A pesar de lo entrado del siglo, había en Vizcaya 123 ferrerías en 1849, de ellas 33 en el partido de Valmaseda. Entre todas producían unas 5.000 toneladas de hierro al año. En Alava, trece o catorce ferrerías trabajaban 25.000 quintales. También en Navarra subsistían: un documento de 1843 afirma, sin duda con enorme exageración, que de las ferrerías se mantenían 10.000 familias navarras. En 1850 aún estaban veinte en funcionamiento. Un claro exponente de la crisis de las ferrerías en el siglo XIX lo constituye la fábrica de municiones de Orbaiceta. El Estado compró en 1784 una ferrería propiedad del conde de Hornano y vizconde de Echauz. Sobre sus instalaciones se construyó la fábrica de municiones, que fue quemada por los franceses apenas terminada, en 1794. Se reedificó en 1805 para volver a caer tres años más tarde en manos de los franceses, trabajando para ellos hasta su retirada definitiva de la Península. Quedó abandonada hasta 1828. Cinco años más tarde cae en manos de los carlistas. Tras la guerra civil vuelve a la inactividad, y en 1844 se pone de nuevo en funcionamiento. A mitad de siglo producía 15.000 quintales de hierro al año, siendo una de las fundiciones más importantes del País Vasco. El año 1864 quedaban en Guipúzcoa veinte ferrerías, con una producción de 1.200 toneladas de hierro dulce. Veinte años antes habían sido 62. Todavía en 1876 funcionaban cuatro ferrerías en Lesaca (Navarra), que ocupaban cada una a 29 hombres y consumían 15.000 pesetas de carbón y 6.000 de mineral de Somorrostro, produciendo al año 80 toneladas de hierro. En 1880 las cuatro últimas ferrerías guipuzcoanas produjeron 260 toneladas. En Vizcaya se cerró en 1885 la única fábrica de clavos y cadenas que utilizaba los métodos tradicionales. La última ferrería de Guipúzcoa, que se dedicaba ya sólo al batido de recipientes de cobre, dejó de trabajar al comienzo del presente siglo. Es la ferrería "Azkue", que se conserva como reliquia histórica en la villa de Ibarra. También existe la denominada "Mirandaola", en Legazpia, restaurada por D. Patricio Echeverría. En el Museo Etnográfico de Bilbao hay una reproducción de la ferrería de Lebario (Abadiano), a escala 1/5 del original. En el emplazamiento de las antiguas ferrerías es frecuente hallar hoy, sobre todo en Guipúzcoa, modernas industrias. Muchos de los saltos de agua aprovechados ya por los hombres del Renacimiento fueron convertidos a principios de nuestro siglo en centrales eléctricas, entre las primeras de la Península. Así contribuyeron las ferrerías, después de muertas, al auge económico del País Vasco.
La explotación de los yacimientos de Somorrostro. El rey Juan II, en cédula de 16 de febrero de 1439, permitía a Lope García de Salazar "que por sí o por otros pudiera sacar venas por la mar en cualquier navío a los puertos y entradas, abras y descargas de Capbretón, Bayona, San Juan de Luz y Fuenterrabía, para las ferrerías de Gascuña y Labort, cuantas venas las dichas ferrerías hubiese menester para su abastecimiento de cada año". En 12 de julio de 1475 Fernando el Católico confirmó el privilegio de extracción de vena a Pedro de Salazar, nieto del anterior. Posteriormente fue revocado el privilegio. Así, el 23 de marzo de 1487 se prohibió a los descendientes de Lope García Salazar poner impedimentos a la extracción de vena por parte de otras personas. Así pues, el aprovechamiento del mineral de Somorrostro fue realizado durante toda la edad moderna libremente por los naturales de Las Encartaciones. Se estableció un sistema anárquico de explotación, permitido por la riqueza de vena, tan abundante que sus explotadores creían que crecía incesantemente en sus yacimientos. Puede calcularse que, desde el siglo XVI hasta mediados del siglo XIX, se extrajeron unas 40.000 toneladas anuales de mineral. En gran parte era aprovechado en Vizcaya, si bien el comercio con los puertos de Guipúzcoa y Laburdi fue intensísimo. El Fuero de Vizcaya (año 1526), en su título XVII, "Que no se saque vena para reinos extraños", prohibió la explotación de mineral fuera del Señorío: "Que ningún natural ni extraño, así del Señorío de Vizcaya como de todo el reino de España, ni de fuera de ellos, pueda sacar a fuera de este Señorío, para reinos extraños, vena, ni otro metal alguno para labrar hierro o acero, so pena que la persona que lo sacara, sea desterrada perpetuamente de estos Reinos, y pierda la mitad de sus bienes, y la nave en que sacase la mercadería, y la misma mercadería se pierda, y de todo ello -sea la nave, el mineral y la citada mitad de bienes- la tercera parte será para la reparación de carreteras de este Señorío, otra tercera parte para el acusador, y la otra tercera parte para la Justicia que lo ejecutare". Esta severa prohibición tuvo que ser abolida pocos años mas tarde, ya que el año 1544 la Junta General creó el cargo de "Alcalde de Billeteros", con residencia en Portugalete o lugar cercano a los puertos donde se embarcaba el mineral, dotado de la facultad de decomiso sobre lo que se exportaba fuera del Señorío antes del mes de agosto, época en que se consideraban ya surtidas las ferrerías de Vizcaya. De hecho, a lo largo de los siglos XVI y XVII las ferrerías guipuzcoanas, labortanas y navarras obtuvieron fácilmente mineral de Somorrostro pagando un pequeño canon. El mineral era transportado en embarcaciones venaqueras de poco calado (gabarras, pateches) que permitían su introducción en los cursos bajos de los ríos Deva, Urola, Oria, Urumea, Oyarzun, Bidasoa, Nive y Nivelle. A partir de los puntos en que los ríos dejaban de ser navegables, donde normalmente había una rentaría o casa-lonja (Endarlaza, Alzola, Hernani = "barrio del Puerto"-, la misma Rentería) se transportaba por tierra el mineral hacia las ferrerías del interior. Estas se situaban normalmente en las orillas de los ríos, y no lejos de algún pequeño yacimiento de mineral.Pronto fue costumbre mezclar al mineral local una buena porción de la purísima vena vizcaína, que compensaba por sus rendimientos los elevados costes de transporte. Incluso las ferrerías baztanesas llegaron a recibir vena de Somorrostro remolcada por el río de San Juan de Luz hasta St. Pée y traída por Maya a lomos de caballerías. Las luchas de la monarquía española con la francesa se reflejaron en la prohibición, en 1528 y 1545, de exportar mineral vizcaíno a Francia. Era frecuente, sin embargo, que los guipuzcoanos lo pasaran de contrabando. En 1572 solicitaron los bajeleros de San Julián de Múzquiz, Galindo y Portugalete exportar mineral a Francia y otros países, a lo que se opusieron rotundamente Vizcaya y Guipúzcoa, determinando que sólo se comerciase entre los naturales de ambas provincias. En 1612 solicitó el embajador francés la saca de vena vizcaína por valor de 10.000 ducados anuales, lo que le fue negado. A fines del siglo XVII las Juntas Generales de Vizcaya prohibieron la exportación de vena a Guipúzcoa, alegando el peligro -a todas luces inexistente- de agotamiento de los criaderos. Se trataba probablemente de una represalia económica por haberse Guipúzcoa opuesto a la construcción del Camino de Orduña. Guipúzcoa protestó, ante lo que los vizcaínos volvieron a negarse, alegando, además, que los guipuzcoanos hacían contrabando del mineral, reexportándolo a Laburdi. Ambas provincias, ante la tensión existente, llegaron a movilizar sus respectivas milicias. El peligro de ver perdida la manufactura de armas guipuzcoana llevó al rey a zanjar el pleito, señalando un cupo de mineral para Guipúzcoa y jueces para la represión del contrabando. Hemos visto cómo, a pesar de una ocasional apropiación por Lope García de Salazar en el siglo XV, los criaderos de Somorrostro no eran de propiedad particular. Antonio José de Mazarredo y Salazar, descendiente de Lope García de Salazar, se vio obligado en 1732 a reconocer en una escritura otorgada en Bilbao que los veneros y el monte de Triano eran propiedad del Señorío, sus poblaciones y vecinos, y no de Salazar su ascendiente; que no estaba en su ánimo adquirir derecho de propiedad en los veneros y que quería que así constase. En el "Estudio de las Minas de Somorrostro", presentado por Fausto de Elhuyar a la Junta General dela Real Sociedad Bascongada de Amigos del País celebrada en Vitoria en 1783, se vuelve a afirmar lo mismo: "... Esta masa enorme de mineral, como propiedad particular de las villas y lugares de La Encartación, sólo pueden disfrutarla sus naturales, sin que entre ellos haya distinción alguna, siendo libre a todos el arrancar minerales en donde quisieren, y como les pareciere (no perjudicándose uno a otro), sin que nadie pueda tomarles cuenta de sus operaciones. Por esta razón, son innumerables las excavaciones que en este monte se han hecho, al presente hay más de ciento y veinte en trabajo". Las excavaciones eran muy defectuosas, hechas en desorden y mal apuntaladas; aunque raras veces pasaban de cincuenta pasos de extensión se derrumbaban con frecuencia, sepultando a los obreros. En invierno se inundaban. El mineral se arrancaba con cuñas, picos o pólvora, y se extraía por medio de rastras tiradas por bueyes. Cada excavación estaba a cargo de tres a cinco hombres. Solían ser dos o tres propietarios y los demás jornaleros; otras eran arrendadas. El trabajo duraba tan sólo cuatro horas por día, lo suficiente para cargar dos viajes las caballerías que bajaban el mineral hasta el puerto. "Es muy poca o ninguna la distinción que hay entre los propietarios y los jornaleros en cuanto al beneficio que sacan de estos trabajos, y no hay ejemplar que haya hecho caudal alguno en estas empresas". El bajo precio de la vena no permitía apuntalamientos costosos; por lo que, en las excavaciones, de trecho en trecho se dejaban pilares del mismo mineral. En la Junta General del Señorío de julio de 1818 fue aprobado un nuevo reglamento de minas, que reorganizaba considerablemente la forma de extracción del mineral, siempre bajo los principios democráticos tradicionales. Es difícil conocer con detalle el modo en que se fueron privatizando, entrado el siglo, los yacimientos. El punto de partida debió ser el Decreto de 4 de julio de 1825, por el que se derogaba toda la legislación minera anterior. Declaraba el Decreto de Fernando VII que todas las minas pertenecían a la Corona, comprendiendo las de hierro, y establecía el sistema de denuncia de las propiedades mineras. Es dudoso que pudiera tal decreto tener fuerza legal en Vizcaya, pero de hecho se aplicó. Así, la familia Ibarra se convirtió en propietaria de dos grandes cotos mineros. Las sucesivas leyes de minas (1849, 1859) confirman el principio de reserva por parte del Estado, sin establecer excepción alguna. Por si fuera poco, el desmantelamiento del derecho público vizcaíno en 1841 y 1876 vino a despejar toda duda sobre la propiedad minera. Así nos encontramos con que los principales impulsores de la moderna siderurgia vizcaína -los Ibarra, Chávarri, Martínez de las Rivas, etc.- obraron sobre la base de un capital proporcionado por las explotaciones mineras.
El "rush" minero. Al comenzar el siglo XIX se extraían anualmente en Las Encartaciones unos 800.000 quintales de vena, con los que se abastecían 280 ferrerías de Vizcaya, Guipúzcoa, Alava, Navarra, Valle de Mena, Santander y Asturias. La producción de mineral era semejante o quizá menor que en tiempos de Carlos V, en que se embarcaban en los puertos del litoral medio millón de quintales. Sin embargo, no se expansionó notablemente hasta la década de los sesenta, en que comenzó a notarse la demanda inglesa. Aun así, la cantidad extraída en el año 1866 fue de solamente 100.000 toneladas. En 1856 Bessemer puso a punto el convertidor que lleva su nombre, que permitía la transformación del hierro dulce en acero en cantidades y coste desconocidos hasta entonces. La siderurgia inglesa, y más tarde la belga y la alemana, se apresuraron a utilizar el mismo procedimiento. Pero el convertidor Bessemer necesitaba un hierro casi totalmente exento de fósforo, por lo que la mayor parte de los minerales férricos europeos, como los de Lorena, no eran utilizables. La demanda de la siderurgia inglesa se volcó sobre los yacimientos vizcaínos, estimulando a la producción a incrementarse extraordinariamente. El año 1870 ya se extrajeron 302.000 toneladas de mineral; tras el paréntesis de la guerra civil, las cifras de 1878 ya han dado un fuerte salto: de 1.306.000 toneladas extraídas, 1.224.700, el 93,8 %, fueron exportadas, mientras la tímida siderurgia vizcaína consumía tan sólo 78.500 (el 6,2 %). La Diputación de Vizcaya construyó en 1865 el ferrocarril minero de Triano, que venía a sustituir parte de los 490 caballos, 450 carretas de bueyes y 560 conductores que por entonces se dedicaban al transporte de mineral en un primer paso que, de haber sido seguido por otros, pudo haber significado la "vizcainización" de los yacimientos. Pero, de hecho, la mayor parte de las obras de infraestructura (ferrocarriles mineros, planos inclinados, tranvías aéreos, cargaderos de mineral, etc.) fueron llevadas a cabo por empresas extranjeras, fundamentalmente la Orconera y la Franco- Belga, que encontraron el terreno preparado por el librecambismo de los hombres del 68 y la abolición definitiva de los fueros vizcaínos. Los ferrocarriles mineros construidos hasta final de siglo fueron los siguientes:

  Longitud
(metros)
Ancho
(metros)
Año de
terminación
F.C. de Triano
F.C. de Galdames
F.C. de Mae Lennan
F.C. de Orconera
F.C. de Minas de Somorrostro
F.C. de Luchana
F.C. de Castro Alen
F.C. de Traslaviña a Castro
12.876
22.336
2.000
18.910
8.945
12.228
16.000
20.517
1,67
1,15
1,77
1,00
1,00
1,00
1,00
1,00
1865
1876
1877
1877
1880
1887
1895
1898

La Orconera Iron Ore Co., Ltd. fue creada en Londres, el 17 de julio de 1873. Participaban en ella, además de los Ibarra, que aportaban los terrenos, la Consett inglesa y la Krupp alemana. De la inmensa producción de la compañía los Ibarra se reservaban una pequeña parte, para atender las necesidades de sus propias siderurgias. La Societé Franco-Belge des Mines de Somorrostro se estableció en 1876, también sobre la base de concesiones mineras propiedad de los Ibarra y capitales de la Denain y la Montetaire, francesas, y la Cockevill belga. En pocos años se estableció una eficaz red de transporte desde la zona minera a la ría; el primer cargadero de mineral sobre ésta se había construido ya en 1865. La extracción del mineral fue tan brutal que pronto comenzaron los temores de agotamiento. En 1877 el ingeniero Adán de Yarza calculaba en 167 millones de toneladas las existencias de mineral de calidad superior en Somorrostro, prediciendo su agotamiento en medio siglo. Desde aquel año hasta 1970 se han extraído algo más de 236 millones de toneladas, si bien, en buena parte, lo obtenido en este siglo han sido carbonatos, mineral que en 1877 no se tomaba apenas en consideración por su escaso interés económico. Pero todavía quedan interesantes reservas, incluso de óxidos. Si a la cantidad extraída hasta 1970 sumamos las reservas seguras estimadas en este año, el total asciende a 346 millones de toneladas, más del doble de la cifra estimada por Adán de Yarza. A partir del fin de la guerra civil la producción fue en constante incremento hasta 1899, en que se obtuvieron 6.496.000 toneladas de mineral, de las que se mandaron a otros países 5.412.700 (83,3 %) y se consumieron en las siderurgias vizcaínas 586.600 (9 %). El resto del mineral, algo más del 7 %, fue destinado a otras siderúrgicas de Asturias y Guipúzcoa, principalmente. Del mineral exportado, 3.485.000 toneladas fueron embarcadas con destino a Inglaterra; 480.000 a Escocia; 862.000 a Holanda; 33.000 a Alemania; 205.000 a Bélgica; 282.000 a Francia; 42.000 a Italia; 60.000 a Estados Unidos y 5.000 a Noruega. Se advierte ante estas cifras que la siderurgia vizcaína seguía siendo incapaz de absorber más que una pequeña parte de la producción de mineral, y que su desarrollo fue estrictamente paralelo al desarrollo de las exportaciones mineras. Efectivamente, Bilbao, a pesar de su tradición comerciante y ferrona, carecía de los grandes capitales necesarios para crear una siderurgia moderna. Solamente la venta de mineral en bruto fue capaz de impulsar el necesario proceso de capitalización. De 1876 a 1910 Vizcaya produjo 138 millones de toneladas de mineral, de los que se exportaron 122 millones, es decir, el 88 %. En el último decenio del siglo pasado y los primeros años de éste la exportación rondó los cuatro millones de toneladas, lo que supone una "inyección monetaria" (Lequerica) de más de 100 millones de pesetas al año. Es muy significativa la estrecha correlación existente entre las cifras de exportación de mineral de hierro y el capital de las sociedades creadas en Vizcaya en cada uno de estos años. Hombres de empresa enriquecidos con la minería fueron los Aguirre, Allende, Chávarri, Echevarrieta, Ibarra, Gandarias, Lezama Leguizamón, Ochandátegui, Zubiría y otros muchos. En el segundo decenio de este siglo, cuando ya la producción comenzaba a declinar, pudo escribir Adán de Yarza: "... los cinco millones de toneladas que se arrancaban en la tan reducida zona minera de Vizcaya, representaban próximamente la décima parte de la producción mundial. Era el distrito más importante de la Tierra. Si otros han llegado a superarla, es debido a que los yacimientos se extienden en regiones dilatadas, pero ninguno ha existido tan rico proporcionalmente a su superficie". Los mineros. El "rush" minero atrajo a Las Encartaciones una gran cantidad de mano de obra; la mayor parte procedía de Castilla. En 1873 ya se contaban en Vizcaya 4.800 mineros; a fin de siglo debieron sobrepasar los 16.000; en 1909, tras la caída de la producción, eran todavía 12.000, de ellos 700 de interior y 11.300 de exterior. Las condiciones de vida de los mineros eran pésimas: vivían en barracas, trabajaban de sol a sol, eran obligados a proveerse de alimentos en las cantinas de las empresas, etc. Los patronos vizcaínos demostraron ser, al menos en cuanto a la explotación de los obreros, tan eficientes como sus modelos ingleses. Así se explica que las mayores perturbaciones sociales de Vizcaya en la época tuvieran su origen en la zona minera. La huelga general de 1890 comenzó como protesta por la expulsión, el 12 de mayo, por la dirección de la Orconera de los cinco obreros que más se habían destacado en la manifestación del 1 de mayo. El día 14 eran ya 8.500 mineros los que estaban en huelga. Al extenderse el paro a la industria de la ría hubo de ser decretado el Estado de Guerra. El 23 de mayo los obreros volvieron al trabajo, habiendo conseguido sensibles mejoras. (El llamado "pacto de Loma"). El número de huelguistas sumó unos 28.000, de ellos 16.000 mineros. Los patronos cumplieron a medias con las condiciones prometidas, lo que llevó a otra huelga general en enero de 1892. La huelga general de octubre de 1903 también tuvo por origen la zona minera: de nuevo fue zanjada por la intervención militar. En el Bando del Capitán General Zappino se repiten algunas de las mejoras del "Pacto de Loma": prohibición de barracones y cantinas obligatorias, etc., lo que revela la buena fe de la oligarquía bilbaína para cumplir sus compromisos sociales. Mucho habían cambiado las cosas desde que los yacimientos de hierro eran propiedad del pueblo vizcaíno. Aún tuvo lugar otra huelga general en 1906. Tres años más tarde la jornada en la Orconera (la mina de mayor importancia en Vizcaya) era todavía de nueve horas en noviembre, diciembre, enero y febrero; diez horas en marzo, abril, setiembre y octubre, y once horas en mayo, junio, julio y agosto. Teniendo en cuenta que había dos descansos: de 8 a 8 y media de la mañana para desayunar, y de 12 a 1 en invierno (12 a 1,30 el resto del año) para el almuerzo, la jornada resultaba prácticamente de sol a sol. En los trabajos no directamente mineros, como los de transporte y lavaderos, la jornada era semejante a la de las fábricas metalúrgicas: 10 horas y media. Los jornales eran los siguientes:

Clase Máximo
(pesetas)
Mínimo
(pesetas)
Capataces
Barrenadores
Peones
Pinches
Guardas
Listeros
5,50
4,50
3,45
2,75
4,00
5,48
3,70
3,25
2,85
1,75
3,00
3,75

En las minas guipuzcoanas de Mutiloa, Irún-Lesaca y Coto de Arditurri se trabajaban 10 ó más horas diarias; también en las navarras de Vera y en la de Villarreal de Alava. Sólo en la mina "Ley", de Lesaca, duraba ocho horas la jornada.

Los primeros hornos altos: ineficacia. Suele fijarse el comienzo de la historia moderna de la siderurgia vasca en la fundación de la S. A. Santa Ana de Bolueta, en 1841. Fueron sus promotores más destacados Romualdo de Arellano y Tomás Epalza. El capital suscrito ascendió a 200.000 pesetas. El año 1846 daba empleo a más de 150 obreros, aunque su primer horno alto, al carbón vegetal, no comenzó a funcionar hasta 1848, reduciendo mineral de Monte Ollargan. También en 1848 la familia Ibarra, que ya en 1827 poseía la ferrería de Poval, en Somorrostro, instalaba un horno alto y cinco hornos de pudelaje en su factoría de Guriezo (Santander). Por otra parte, Madoz nos informa de que en Navarra ya trabajaba en 1847 un horno alto en Donamaría, se estaba construyendo otro en Oroz- Betelu, y en Oronoz se pretendía instalar otros dos. Por estas fechas la industria siderúrgica guipuzcoana estaba representada, además de por las tradicionales ferrerías, por una fábrica de puntas de París en Pasajes, dos fundiciones de hierro en Irura y Tolosa, y una fábrica de hojalata y plancha en Iraeta, sobre el antiguo taller que elaboraba recipientes de hierro para mercurio. Así, en la mitad de siglo, y pese a los aranceles proteccionistas, la industria siderúrgica cuenta en el País Vasco con unos pocos hornos altos al carbón vegetal como instalaciones técnicas más avanzadas. Un nuevo impulso es dado en 1854, cuando los Ibarra instalan la fábrica Nuestra Señora del Carmen en Baracaldo, con dos hornos altos, uno de ellos al cok. Un año después fundan, junto con un grupo de capitalistas guipuzcoanos, la Fábrica de Hierro de vera-Iraeta, con un capital de 1.600.000 reales de vellón, revitalizando las explotaciones de hierro y ferrerías de Cestona (Guipúzcoa) y Vera de Bidasoa (Navarra). El año 1859 la fábrica de los Ibarra en Baracaldo amplia sus instalaciones con 8 anticuados hornos Chenot, de tecnología anterior a la de los hornos altos. En 1860 la empresa familiar se transforma en Ibarra y Cía., S. en C., con un capital de millón y medio de pesetas, en el que el grupo familiar participaba con el 60 %. Este mismo año la Santa Ana de Bolueta instala otros dos hornos altos. Fuera del ámbito bilbaíno, en Beasain entraba en pleno funcionamiento la fábrica San Martín, propiedad de Goitia y Cía., dedicada a la producción de hojalata. Las principales instalaciones siderúrgicas en el País Vasco en el año 1865 eran las siguientes:

Año Bizkaia
(Tm.)
Gipuzkoa
(Tm.)
1856
Media 1861-65
1868
1871
3.150
9.400
11.110
15.450
330

4.700


El auge siderúrgico de fin de siglo. En la década de los setenta se ponen las bases para la gran explotación minera: en 1873 se funda la Orconera y tres años después la Franco-Belga; los capitales procedentes de la exportación de mineral comienzan a ser invertidos en complejos fabriles a lo largo de la ría. La hulla inglesa, empleada como flete de retorno por los buques mineraleros, llega a Bilbao a bajo precio, posibilitando la plena rentabilidad de los modernos hornos altos. El capital exterior se interesó por las posibilidades siderúrgicas vizcaínas, aunque no consiguió introducirse establemente en la siderurgia integral: en 1871 se construían en Sestao por la sociedad inglesa The Cantabria Iron Company Ltd. varios hornos altos al cok; debido a la guerra civil no pudieron ser encendidos hasta 1879. También por estas fechas la Krupp proyectaba instalarse en la ría; la guerra civil la hizo desistir. El capitalismo local, reforzado por las rentas de mineral de hierro, no tardó en renovar las instalaciones siderúrgicas: en 1873 los Ibarra sustituyen los hornos Chenot por tres hornos altos, dos de cok y uno de carbón vegetal. La nueva política arancelaria proteccionista, la movilización de recursos procedentes de la exportación de mineral de hierro y la coyuntura general favorable produjeron a final de siglo una gran proliferación de empresas metalúrgicas y un auge vertiginoso en la producción siderúrgica. En 1880 la Sociedad Vizcaya levantó varios hornos altos al cok en Sestao. Sus fundadores fueron Victor Chávarri y Salazar, descendiente por vía materna de Lope García de Salazar, y Pedro Gandarias. El año 1882 se constituye la S. A. Basconia, dedicada a la fabricación de hojalata. En diciembre de este año se forma la Sociedad de Altos Hornos y Fábricas de Hierro y Acero de Bilbao que absorbe, por compra, las fábricas La Merced de Guriezo (Santander) y Nuestra Señora del Carmen, de Baracaldo, ambas de los Ibarra. Parte de las instalaciones de Guriezo fueron trasladadas a Baracaldo, emplazamiento mucho más conveniente. En 1886 las instalaciones de La Cantabria fueron compradas por D. Francisco de las Rivas Ubieta, que fundó la fábrica San Francisco, también llamada La Mudela. El año 1887 la fábrica de hojalata de Beasain se traslada a Sestao. Tres años más tarde se convierte en la Cía. Anónima Iberia. Los Altos Hornos, La Vizcaya y La Iberia, que posteriormente se fusionarían en Altos Hornos de Vizcaya, produjeron conjuntamente ese año 178.360 toneladas de lingote. Las cifras ya no son artesanas, aunque tampoco europeas. La fábrica de San Francisco elaboró 30.000 toneladas más. En Altos Hornos trabajaban 2.657 hombres y 123 mujeres; en "La Vizcaya" 2.405 hombres y 149 mujeres. Ambas eran, con gran diferencia, las dos empresas fabriles más potentes de Vizcaya.Fuera del ámbito vizcaíno se funda en 1876 en Elgóibar la sociedad Romualdo García y Cía., precedente de la San Pedro de Elgóibar, que en 1880 instala su primer horno alto, de carbón vegetal. En Vera se establecen en 1882 las Fundiciones de Hierro y Fábrica de Aceros del Bidasoa. Por otra parte, en un proceso totalmente desvinculado del bilbaíno, la gran compañía siderúrgica francesa Marine- Homécourt estableció en Boucau, cerca de Bayona, las instalaciones de Forges de l'Adour, que en el momento de su creación, en 1882, contaban con dos hornos altos al cok, dos convertidores Bessemer y dos trenes de laminación, dando trabajo a 550 operarios. Se trataba de una siderurgia moderna, realizada de nueva planta por capital foráneo. Estratégicamente situada en la desembocadura del Adour, recibía principalmente mineral bilbaíno y alguna pequeña cantidad de Lesaca, Vera, Cerain, Mutiloa y otros puntos. La hulla acudía también por vía marítima, de Gales o Alemania. Los fletes de regreso de los barcos hulleros se realizaban con la exportación de pinos de las Landas con destino a las minas de carbón galesas, o bien realizando un comercio triangular con Bilbao. Con todo, la situación geográfica de Forges de l'Adour, lejos de los puntos de producción de las materias primas, pesó siempre desfavorablemente sobre la estructura de costes de la empresa. En 1897 las principales instalaciones siderúrgicas de las Vascongadas eran:

FÁBRICAS HORNOS
PUDELAJE
HORNOS
SIEMENS-MARTIN
CONVERTIDORES
BESSEMER
Carmen
Vizcaya
San Pedro Elgóibar
Maquinista Guipuzcoana
14
4
2
1
1
4
-
-
2
-
-
-

La Carmen (Altos Hornos de Bilbao) tenía una capacidad productiva de 100.000 toneladas de lingote de hierro y 15.000 toneladas de acero; la Vizcaya, 120.000 y 25.000, respectivamente; la San Francisco producía sólo 36.000 toneladas de fundición. La producción del resto de las siderurgias era muy modesta.

La fundación de AHV. Un hito crucial en la historia siderúrgica vasca, semejante a la fundación, en 1841, de la Santa Ana de Bolueta, lo constituyó la creación de la sociedad Altos Hornos de Vizcaya, S. A., con la aportación de las instalaciones de Altos Hornos y Fábricas de Hierro y Acero de Bilbao, Sociedad de Metalurgia y Construcciones La Vizcaya y Cía. Anónima Iberia. Además de las instalaciones propiamente siderúrgicas, poseía la empresa al ser fundada cuatro minas de hierro, una vía férrea minera y un pozo de hulla en Asturias. La creación de AHV fue un ejemplo de integración horizontal -siderurgias- y Vertical -desde la mina al producto acabado-. AHV tenía en el momento de su fundación 200 empleados, 14 ingenieros, 75 contramaestres, 5.620 obreros y 230 mineros. El capital social se fijó en 32.750.000 ptas. En su primer ejercicio produjo 147.778 toneladas de lingote de acero. A partir de la fundación de AHV el mercado de hierro y acero se convierte en un oligopolio, prácticamente controlado por la empresa gigante -a escala nacional, que no europea-. La ley arancelaria de 1906 reforzó la protección a este oligopolio, que quedó consolidado al constituirse el año 1907 la Central Siderúrgica de Ventas, que agrupaba a numerosos productores, restringiendo la competencia. La Central Siderúrgica de Ventas, desde 1967 Central Siderúrgica, S. A., ha venido ejerciendo hasta la actualidad una coordinación entre diversos productores que representaban la mayor parte de la oferta interior bajo el dominio del mayor de ellos, AHV. Hasta la época de la Guerra Europea la siderurgia integral vizcaína contaba, además de la dominante AHV, con la fábrica de San Francisco del Desierto, que fue comprada en 1919 y fusionada en 1924 con la primera empresa. Por otra parte, la Santa Ana de Bolueta continuaba su actividad independientemente, y D. Federico Echevarría, que ya poseía una fábrica de clavos y una acería Siemens, compró en 1902 la vieja fábrica de hierro de Santa Agueda, instalando en ella un horno alto al cok en 1918. La S. A. Echevarría, con esta denominación legal desde 1920, pervive en la actualidad como siderúrgica integral. En Guipúzcoa, la Cerrajera Guipuzcoana, con talleres en Mondragón, erige un primer horno alto -de carbón vegetal- en Vergara, en 1901. El año 1906, tras la fusión de la Cerrajera con la vieja empresa Vergarajáuregui, Resusta y Cía., queda constituida la Unión Cerrajera, S. A. En Beasain La Maquinista Guipuzcoana, que contaba con un horno alto al carbón vegetal, entró en 1901 en la órbita de los Urquijo, pasando en 1917 a denominarse Compañía Auxiliar de Ferrocarriles. El impacto de la Guerra Europea en la economía del País Vasco fue considerable: pese a las dificultades de aprovisionamiento la siderurgia aumentó su producción; debido sobre todo al alza de precios, el valor de la producción de hierro y acero en la ría se triplicó entre 1914 y 1916. Las dificultades de importación de hulla inglesa hicieron estrechar más los lazos entre la siderurgia vasca y las minas asturianas. Ya desde finales del siglo XIX algunas hulleras pertenecían a capitalistas vizcaínos. El ferrocarril de La Robla drenó hacia la ría la producción de las minas leonesas y palentinas. Los mismos AHV hubieron de adquirir en 1916 cinco buques con objeto de asegurar su abastecimiento de carbón asturiano. En 1914 se montaron en Alsasua y Olazagutía (Navarra) tres hornos altos de carbón vegetal que se mantuvieron en funcionamiento mientras duró la guerra, al amparo de los altos precios. En 1917 la Fábrica de Hierros de Vera e Iraeta y las Fundiciones del Bidasoa se asocian, constituyéndose las Fundiciones de Vera. Al acabar la guerra los intereses carboneros asturianos y siderúrgicos bilbaínos estaban tan unidos que en 1925, ya sin problemas de suministro, Bilbao importó sólo 179.000 toneladas de hulla inglesa, frente a 895.000 toneladas de hulla asturiana. Tras la depresión de postguerra la política de obras públicas de la Dictadura favoreció el desarrollo de la siderurgia. En 1926 la producción del País Vasco fue:

  Lingote hierro
(Tm.)
Acero
(Tm.)
Vizcaya
Alava
Navarra
Guipúzcoa
Forges de l'Adour
283.590
3.300
3.297
1.856
76.000
344.716
926
-
24.026
66.000

Se aprecia en estas cifras el estancamiento de la producción de fundición en Alava, Navarra y Guipúzcoa: toda ella provenía de hornos altos de carbón vegetal. Sin embargo, se advierte el esfuerzo guipuzcoano en la producción de aceros, correspondiendo plenamente a la expansión de la industria transformadora de la provincia. En 1917, don Eduardo de la Sota, con base en las ganancias de guerra obtenidas en su naviera, fundó en Sagunto (Valencia) la "Siderúrgica del Meditarráneo", que comenzó a funcionar en 1923, aprovechando los minerales de Sierra Menera (Teruel), explotados también por una empresa del grupo Sota. Durante la crisis de los años treinta la fábrica de Sagunto hubo de cerrar, y sólo volvió a funcionar en 1940, en poder ahora de AHV. Forges de l'Adour había proseguido su desarrollo; así, en 1926 ya contaba con 1.700 operarios, cuatro hornos altos (tres en actividad), tres convertidores Bessemer, tres Siemens-Martin y tres hornos eléctricos. Cada vez utilizaba menos mineral vizcaíno, sustituyéndolo por el argelino. El atraso técnico de la siderurgia vasca se refleja en que, por estos años, todavía están en funcionamiento hornos altos de carbón vegetal en Amorebieta, Elgóibar, Araya y Vera de Bidasoa. La crisis mundial de los años treinta se reflejó en la producción siderúrgica: tras el año record de 1929, cuyo nivel no volvería a ser alcanzado hasta 1953, la producción se redujo al 55-60 %. En 1935 Vizcaya produjo 241.000 toneladas de lingote de hierro, 354.000 de lingote de acero, 245.000 de laminados y 30.000 de hojalata. La guerra supuso un nuevo golpe para la producción siderúrgica, que en 1937 alcanzó un mínimo; en la postguerra, las dificultades de abastecimiento de cok, chatarra y bienes de equipo frenaron la producción; a ello se sumó la estructura monopolística de la oferta, que de la escasez, imposible de paliar por la importación, obtenía pingües beneficios. El año 1940 se creó la "Delegación Oficial del Estado en la Industria Siderúrgica", con objeto de regular los precios de los productos siderúrgicos, lo que no impidió la aparición de un enorme mercado negro. Es época de grandes beneficios para la siderurgia, que no son reinvertidos en ella. Durante los años cincuenta se podía afirmar que las grandes empresas siderúrgicas, de las que tan orgullosa se sentía Vizcaya, eran poco más que montones de chatarra. Pero chatarra que, merced a las circunstancias, todavía seguía produciendo dinero. En los primeros años cincuenta todavía funcionaban los hornos altos de Ajuria y Urigoitia, en Araya (Alava), produciendo unos pocos miles de toneladas de hierro. En estos años de escasez tomó un enorme incremento la elaboración de aceros al horno eléctrico; no sólo las grandes siderurgias de la Ría desarrollaron el sistema, sino también empresas de tamaño medio, sobre todo en Guipúzcoa. El desarrollo de las industrias de transformados metálicos en las últimas décadas no hubiera sido posible sin la recuperación de chatarra por el horno eléctrico; sino la siguiente liberalización de las importaciones puso en crisis a toda la gran industria, pero sobre todo a la siderurgia. En los primeros años sesenta se llevaron a cabo drásticas medidas de racionalización y reducción de plantillas; con todo, fue precisa la ayuda del Estado para financiar la modernización. También se registra por estos años la penetración de capital extranjero en la siderurgia.

N.º de obreros Fin 1959 Fin 1960
AHV
S. A. Basconia
S. A. Echevarria
Babcock & Wilcox
Constructora Naval
Euskalduna
TOTAL
11.700
2.748
4.035
3.825
4.653
3.654
30.615
7.387*
2.120
3.904
2.860
4.506
3.605
24.382
*Sólo Bizkaia.

La empresa clave de la siderurgia vasca, AHV, tenía un extenso historial de fagocitación de otras compañías: así en 1918 adquirió la totalidad del capital de Hulleras del Turón, S. A.; en 1919, la fábrica de San Francisco del Desierto; en 1929, la Compañía Minera de Dícido; diez años más tarde, los Talleres de Miravalles; al año siguiente absorbió la Siderúrgica del Mediterráneo, creó Sefanitro y participó en Industrias del Cemento, S. A.; en 1947 creó Aguas y Saltos del Zadorra; en 1948 compró la Orconera; al año siguiente participa en Industrias Químicas de Luchana y en la Sociedad Bilbaína de Maderas y Alquitranes, ambas con el 75 %; en 1951 adquiere el 50 % de la Explotadora de Minas de Hierro; en 1953 se adueña de The Alquife Mines & Railway Co. A su vez, AHV iba a ser "mordida" por otra empresa más gigantesca que ella: en diciembre de 1964 aumentó el capital en 1.540 millones de pesetas, transfiriendo 1.249 millones a la United States Steel Corporation, lo que suponía el 28 %. La USSC concedió a AHV un crédito de 7,5 millones de dólares, firmando con ella un contrato de asistencia técnica. Entre 1963 y 1967, AHV tuvo enormes pérdidas: sólo en 1967, 709 millones de pesetas. A partir de 1968 se comenzó a superar el bache, obteniéndose resultados favorables en años posteriores. AHV continúa en la actualidad su política de absorciones y diversificación: en 1968 crea Agrupación Minera, S. A., refundiendo sus intereses mineros; en 1969 absorbe la S. A. Basconia y la fábrica Laminación Bandas en Frío, que era compartida al 50 % entre las dos grandes sociedades. En 1973 adquirió la importante empresa Laminaciones de Lesaca, el 70 % del capital de la empresa constructora Obrascon y creó dos empresas inmobiliarias. Ya dos años antes le fue adjudicado, junto a la U. S. Steel, el concurso para la "IV Siderúrgica", a construir en Sagunto, denominada "Siderúrgica del Mediterráneo", con el inicio de sus actividades fijado en 1975. La Siderúrgica del Mediterráneo se ha incorporado las instalaciones saguntinas de AHV, y probablemente se logrará la fusión de ambas empresas, reforzando así AHV su posición dominante en el mercado interior. En 1973 AHV alcanzó una producción de 1,6 millones de toneladas de arrabio y 1,8 millones de acero, con una cifra de ventas de 25.686 millones de pesetas. La segunda empresa siderúrgica integral del País Vasco es la S. A. Echevarría. De mucho menor tamaño que AHV, está especializada en la producción de aceros especiales. Alcanzó en 1973 una producción de 225.000 toneladas de acero equivalente, con una facturación de 5.250 millones de pesetas. La situación de Forges de l'Adour, de activos anticuados y nula rentabilidad, se hizo ya crítica en los años cincuenta; finalmente, en los primeros del sesenta se procedió a su "reconversión", medida con la que dejó de funcionar la única planta siderúrgica y más importante factoría del país vasco continental.

La minería del hierro en el siglo XX. En 1882 comenzó a implantarse en la siderurgia europea el procedimiento Thomas, que permitía la obtención de acero a partir de minerales fosfóricos; rápidamente lo adoptaron las principales fábricas de acero de Alemania, Francia y Bélgica. La siderurgia inglesa, para la que el procedimiento Thomas no suponía ventajas económicas debido al buen precio a que obtenía el mineral vizcaíno, siguió incrementando su demanda. Durante muchos años el mineral de la Península -destacadamente el de Bilbao- constituyó la mayor parte del total importado por la siderurgia británica. Así, en 1888 Bilbao exportó mineral por valor de cincuenta millones de pesetas, de ellas 43 millones a la Gran Bretaña, 5 millones a Francia y algo más de un millón a Bélgica. Las compañías extranjeras manejaban el 90 % del mineral. La decadencia exportadora, comenzada con la centuria, fue progresiva; al agotamiento de la mina se sumó -mucho menos importante cuantitativamente- el aumento del consumo interior. Pero sólo el año 1940 el mineral aprovechado en Bilbao superó en cantidad al exportado debido, no a un aumento grande de la actividad siderúrgica local, sino a la supresión de los abastecimientos a la Gran Bretaña, en guerra con la Alemania nacionalsocialista. En plena guerra española, la Comisión Militar de Industrialización impuso precios de tasa y cupos para la producción y abastecimiento de mineral vizcaíno. En un esfuerzo para procurarse divisas, el Gobierno de Franco forzó, en 1938, la exportación al Reino Unido y a otros países hasta más de un millón de toneladas. La Cámara Minera de Vizcaya concluyó en 1939 convenios de venta con Inglaterra; rescindidos a causa de la guerra mundial, Alemania fue, durante unos pocos años, a partir de 1941, el principal receptor del hierro vizcaíno. La producción, que nunca desde 1877 había descendido del millón de toneladas, cayó hasta medio millón en 1945, recuperándose poco a poco en los años posteriores. En 1952 vuelve a sobrepasar la cota del millón de toneladas. En 1967 ascendió a 1.385.037 toneladas, de ellas 700.632 de rubio, 640.499 de carbonato calcinado y 43.906 de carbonato crudo. La exportación actual es insignificante, ya que la producción vizcaína de mineral no es ya suficiente para abastecer los hornos altos locales. Entrado el siglo, y sobre todo tras la guerra española, se han "renacionalizado" diversas compañías mineras extranjeras o, mejor dicho, sus restos. Así, en 1948 se presentaba la adquisición de la casi agotada Orconera por Altos Hornos de Vizcaya como un señalado triunfo de la economía nacional; todo muy en la línea de la ideología del momento. La sensación de expolio que produce la historia de la minería vizcaína en la época moderna queda mitigada si tenemos en cuenta que una burguesía emprendedora fue capaz de, aprovechándose mínimamente de la situación, crear una industria siderúrugica casi a nivel europeo, una flota naviera importante y moderna, una infraestructura portuaria puntera en su época, una tupida red de ferrocarriles y el embrión de un cierto "emporio financiero" a nivel peninsular. Si los bilbaínos comparan la situación en que quedó su economía tras el "saqueo" del hierro con la de zonas mineras tan ricas como Huelva, Almería o Cartagena, pueden sentirse orgullosos. Las únicas explotaciones de mineral de hierro que han revestido alguna importancia fuera de la cuenca minera vizcaína en época moderna han sido las de Irún-Lesaca. El año 1865 se intensificó la explotación de las minas de Meazuri (Irún). El mineral bajaba por un cable de acero hasta las inmediaciones de la Cascada y de allí, por un pequeño ferrocarril minero, hasta un muelle sobre el Bidasoa. Las gabarras lo transportaban luego a la estación de Hendaya. A finales de siglo se terminó el ferrocarril hasta Endarlaza. Las compañías Le Bidassoa, francesa, y Bidasoa Railway and Mines, inglesa, vendieron sus activos, en 1900, a la bilbaína Minas de Irún-Lesaca. A comienzos de siglo esta compañía producía anualmente de 30 a 40.000 toneladas de carbonato calcinado, fundamentalmente en los filones "San Enrique", de Meazuri, y "San Pablo", de Endarlaza. La explotación de Meazuri ha estado activa hasta hace pocos años.
La minería de hierro en 1970. En el año 1970 no hay en Alava ninguna explotación de mineral de hierro en actividad, si bien existen doce concesiones otorgadas, con un total de 159,19 pertenencias. En Navarra están inactivas las explotaciones de Lesaca, Leiza y Baztán; hay otorgadas 75 concesiones con 983 pertenencias, de las que sólo "La Ley", perteneciente a Fundiciones de Vera, de 15 pertenencias, conserva una pequeña producción: así, en 1967 se extrajeron 3.387 toneladas de mineral, consumido en las propias instalaciones de Vera. En Guipúzcoa quedan en pie 131 concesiones, con 3.016,41 pertenencias, todas ellas otorgadas antes de 1944. No hay prácticamente actividad extractiva, aunque no hace muchos años se extraían carbonatos de hierro en Irún, así como en Oyarzun -Arditurri y Echolachurri-, en Cerain y Mutiloa. Vizcaya, a pesar de su decadencia, sigue siendo la única provincia vasca en que la explotación de mineral de hierro tiene importancia económica. La cuenca minera se divide en varias zonas.

Zona Sudeste de Bilbao: Su producción anual es de unas 350.000 toneladas. Las minas más importantes son: Abandonada, San Luis (que suministran la mayor parte del óxido aún extraído en la provincia), Malaespera, Sílfide, Julia y Josefa. Han tenido importancia las minas San Francisco y Coto Ollargan. Las reservas estimadas seguras se elevan a 11 millones de toneladas de óxidos y dos millones de carbonatos.

Zona de Gallarta: Es la de mayor producción, extrayéndose carbonatos. Las explotaciones más importantes son la Franco-Belga (a cielo abierto) y Mina Bodovalle (subterránea), de la Sociedad Agruminsa, dependiente de Altos Hornos de Vizcaya, S. A. También trabajan las minas Lorenza y Confianza. Las reservas estimadas seguras son más de 55 millones de toneladas de carbonatos.

Zonas de la Arboleda: Fue la más rica en mineral. Actualmente sólo trabajan las explotaciones de la Orconera y otras más pequeñas como Elvira, la Lejana, Manuela, etc. Está prácticamente agotada.

Zona de Galdames: Dio los minerales más ricos en hierro, pero se encuentra prácticamente agotada.

Zona de Alén-Mercadillo: Las principales minas (Federica, Sorpresa) están prácticamente agotadas. Algunas pequeñas instalaciones producen unas 35.000 toneladas al año.

Zona de Sopuerta: La "Explotadora de Minas de Hierro de Sopuerta" obtiene unas 43.000 toneladas de carbonatos al año, con perspectivas de incremento, de un 38-41 % de contenido en hierro antes de calcinación. Las reservas estimadas seguras ascienden a veinte millones de toneladas.

Zona Hoyo-Covaron-Castro Urdiales: Situada en los límites entre Vizcaya y Santander. En ella están las explotaciones de Dícido, de Agruminsa, y las de Hoyo y Covarón. Se producen al año 100.000 toneladas de óxidos y 50.000 toneladas de carbonatos, ascendiendo las reservas estimadas seguras a 4.500.000 toneladas, de ellas 2.500.000 toneladas de óxidos. A pesar de su evidente agotamiento, la zona minera vizcaína puede contener aún grandes reservas, ya que faltan por llevarse a cabo prospecciones intensas. Hay concedidos cinco permisos de investigación, con 16.266 pertenencias, estando reservada a favor del Estado toda la zona libre que se estima puede contener mineralizaciones. En toda Vizcaya se estiman como seguras unas reservas de 16 millones de toneladas de óxidos y 94 millones de carbonatos. Probables son unas reservas de 9 millones de toneladas de carbonatos, y posibles 17 millones. Las reservas se incrementarían, probablemente, de llevarse a cabo un plan conjunto de investigación en el área.

PRINCIPALES EMPRESAS DE FUNDICION,
PRODUCCION DE ACEROS ESPECIALES Y LAMINACION
Empresa Capital 1970 Fábricas
· Fabricaciones Metalúrgicas, SA
· SA Fundición Bolueta
· Fundiciones Amboto, SA
· Olarra, SA
· Pradera Hermanos, SA
· San Pedro de Elgóibar, SA
· SA Santa Ana de Bolueta
· Funcor, SCI
· Aceros de Llodio, SA
· Forjas Alavesas, SA
· Tubacex, Cía. Española de Tubos
por Extrusión, SA
· Acerias y Forjas de Azcoitia, SA
· Elma, SA
· Victorio Luzuriaga, SA
· SA Fundiciones de Calidad, Metacal
· Aceros y Fundiciones del Norte,
Pedro Orbegozo y Cía., SA
· Fundiciones de Vera, SA
· Perfil en Frío, SA
· Ajuria, SA
· Aranzábal, SA
· Arregui, SA
· Talleres de Amurrio, SA
· Construcciones y Auxiliar de
Ferrocarriles, SA (CAF)
· SA Unión Cerrajera
· Patricio Echeverría, SA
· Esteban Orbegozo, SA
· SA Aurrerá
· S. E. C. Babcock & Wilcox
· SA Talleres de Deusto
· SA Tubos Forjados
125.491.000
125.000.000
60.000.000
225.000.000
115.200.000
38.500.000
10.000.000
40.000.000
157.963.878
196.000.000

750.000.000
100.000.000
120.000.000
200.000.000
85.500.000

107.250.000
13.125.000
100.000.000
109.396.000
225.000.000
150.000.000
60.000.000

756.000.000
212.478.500
600.000.000
900.000.000
80.000.000
770.433.000
41.000.000
270.000.000
Arrancudiaga
Bolueta
Durango
Larrondo-Lujua, Erandio
Zarátamo, Basauri
Elgóibar
Bolueta-Bilbao
Elorrio
Llodio

Vitoria
Llodio
Azcoitia
Mondragón
Pasajes, Usúrbil, Tafalla
Echavarri

Hernani
Vera
Pamplona
Vitoria, Araya
Vitoria
Vitoria
Amurrio

Beasain
Mondragón, Vergara
Legazpia, Idiazábal
Zumárraga, Lezo
Bilbao
Galindo-S. Salvador del Valle
Luchana-Erandio
Deusto


Principales empresas mineras. En la zona sureste de Bilbao, Lezama Leguizamón, Comunidad de Propietarios de la Mina San Luis y otras, Explotadora de Minas de Hierro, S. A. En la Zona de Gallarta, Española de Minas de Somorrostro, S. A. (la antigua Franco-Belga), Orconera Iron Ore, C. A. (integrada en Agrupación Minera, S. A.). En la Zona de Sopuerta, Minas de Hierro de Sopuerta, S. A. En la Zona Hoyo-Covaron-Castro Urdiales, Vicente Elosúa Miquelarena, Compañía Minera de Dícido, S. A. (con explotaciones ya en la provincia de Santander).

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Alberto CIAURRIZ