Biografiak

Erauso y Pérez de Galarraga, Catalina de

Célebre aventurera donostiarra cuya vida transcurre en su mayor parte en las Indias, donde muere mediado el siglo XVI. Nace en Donostia-San Sebastián (calle de la Trinidad) en 1592 -según su fe de bautismo, que no según su Autobiografía, en la que dice hacerlo en 1585- en el seno de una familia acomodada y bien relacionada. Su padre es el capitán Miguel de Erauso y su madre D.ª M.ª Pérez de Galarraga y Arce.



Siendo aún niña de cuatro años es recluida en el convento de dominicas del Antiguo donde permanecerá 11 años, junto con sus hermanas Isabel y María. Hacia los 15 años, poco antes de tomar definitivamente el velo. huye del convento debido a la poca atracción que siente por tal reclusión en vida y con ocasión del altercado que tuvo con una monja, D.ª Catalina de Aliri o Alava. En el monte cercano transforma, como puede, sus vestimentas en traje de hombre (tres días "sin comer otra cosa que manzanas").

La joven llega a Vitoria en atuendo varonil mal hecho y se pone a servir a un catedrático al que luego abandona. Va a Valladolid, como paje del secretario del rey, Juan de Idiáquez, al que sirve durante algunos meses hasta que, un buen día, aparece su padre en casa de Idiáquez del que era amigo. Catalina huye por temor a ser descubierta. La vemos a continuación en Bilbao donde conoce un mes de cárcel por herir de una pedrada a un sujeto que se burlaba de ella. A continuación, dos de los años de su vida trascurren en Estella, al servicio de un caballero denominado Alonso de Arellano. Hacia 1602 ó 1603, "sin más causa que mi gusto", vuelve a San Sebastián y acude a misa al convento del que había huido donde sabe que, con toda probabilidad y como luego ocurre, podrá ver a sus padres y hermanos sin ser descubierta. Parece ser que en esa ciudad sirvió durante tres meses a su tía Ursula de Zarauz que no la reconoce. Pero Erauso siente la comezón que experimentaran tantos vascos de su época: la llamada de Indias. El lunes santo de 1603 zarpa, como grumete del galeón de un tío suyo, Esteban Eguiño, rumbo a las Indias.

Una vez atracado el barco en el primer puerto sudamericano, Catalina sustrae 500 pesos a su tío e inicia su aventura americana. Su primer quehacer es buscar un trabajo que le permita vivir y para ello se pone al servicio de un rico mercader, Juan de Urquizu. Desde este momento, Erauso entra en conexión con esa especie de "cosa nostra" que constituían los vascos durante la conquista y colonización blanca de América; dentro de esta tesitura es curioso constatar que la mayor parte de las grescas y pendencias las tiene con personas no vascas: españoles, italianos, etc. Pronto iba a dar muestra Catalina de su natural altivo y poco inclinado a soportar afrentas que le llevó tantas veces a agredir y defenderse con las armas en la mano matando en muchas ocasiones a sus contrincantes o dejándolos malheridos.

El primero de estos encuentros mortales tiene lugar en Saña al ser ofendida por un tal Reyes al que pegó un gran corte en la cara y a cuyo amigo atravesó con la espada. A fin de arreglar la situación Urquizu intenta casar a la joven con una dama amiga suya -en el doble sentido-, D.ª Beatríz de Cárdenas, pariente de Reyes, a lo que Catalina se niega en redondo. Así las cosas y, según su relato, su rival la buscó otra vez y en esta ocasión Catalina acabó con él. Atrapada por el corregidor Orduño de Aguirre y percatándose éste de que era vasca, la dejó huir y acogerse a sagrado. A continuación, su amo consigue liberarla pero tiene que marcharse a Lima, donde otro vasco, Diego de Lasarte, amigo de Urquiza. Allí dura sólo 9 meses ya que es despedida al cabo por enamorar a una de las cuñadas del amo.

Se alista luego en el ejército que marcha con 1.600 hombres a Chile donde los españoles despojan de sus tierras y bienes a los araucanos. Allí, tomándola por familiar aunque sin reconocerla, la acoge en su casa el secretario del gobernador, Miguel de Erauso, su hermano. Permanece tres años hasta que debido a una disputa con su hermano -¿faldas otra vez?- es desterrada a Paicabí. Ya en tierra de indios, donde transcurrirán otros tres años de su vida, se distingue por su belicosidad y cruel temple en la lucha contra los indígenas.

Es en la batalla de Valdivia donde, por su valentía, se gana el grado de alférez de la compañía cuyo mando toma a la muerte del capitán en la batalla de Purem. Sin embargo, no es ascendida nuevamente por ser acusada de cometer atrocidades contra los indios. Su vida a continuación es "una muerte, con las armas en la mano a todas horas" y su ocupación, "hacer muchos daños de talas y quemas de sembrados". En Concepción da muerte al auditor general en medio de una pendencia, por lo que es cercada en una iglesia durante 6 meses. Libre otra vez, mata inadvertidamente a su hermano, el capitán Miguel de Erauso, padrino en un duelo al que ella también asistía en tal calidad. Otra vez tuvo que acogerse a sagrado, durante 8 meses, siguiéndose mientras la causa en rebeldía.

Huye a la Argentina a través de los Andes. Tras una escalofriante travesía de los Andes consigue llegar, ya en la Argentina, más muerta que viva, a Tucumán. También escapa de allí, sin embargo, por no tener que casar con dos mozas, la hija de una viuda india y la sobrina de un canónigo, a las que había dado palabra de matrimonio.

En el camino de Tucumán a Potosí (Bolivia) invirtió más de tres meses. En este último sitio fue ayudante de sargento mayor y luego volvió nuevamente a pelear contra los indios participando en varias matanzas de indígenas en Chuncos. En la Plata (Chuquisaca), acusada de un delito que no había cometido, recibió tormento, pese a su condición de vizcaína alegada por el procurador; soportó la tortura sin soltar prenda hasta que fue puesta en libertad. En Charcas se dedicó a traficar, por cuenta de Juan López de Arquijo, con trigo y ganado. Pero una nueva pendencia la lleva por enésima vez a refugiarse en la iglesia.

En Piscobamba, también por rencillas de juego, mató a otro individuo. Esta vez no pudo acogerse a sagrado y fue condenada a muerte. A1 llegar el trance último no quiso confesarse, aunque -dice "quitáronme los frailes el juicio a gritos y arrempujones". Salvó su vida, en el último segundo, gracias a la deposición de otro condenado a muerte. A continuación estuvo otros cinco meses en sagrado (La Plata) debido al duelo con un marido engañado que le deparó la ayuda que prestó a una mujer en apuros. En La Paz, condenada otra vez a muerte, finge confesarse y tras apoderarse de una hostia consagrada huye a continuación a Cuzco.

En el Perú se descubre su sexo. Es en el Cuzco donde, tras matar a un espadachín llamado "nuevo Cid" y estando herida de muerte, se confiesa -esta vez parece que en serio y da a conocer su sexo al confesor. Pero sale con vida y tras cuatro meses de convalecencia parte para Guamanga ayudada por varios "vizcaínos". Como habrá podido observarse, en este sinnúmero de aventuras, Erauso siempre halla recurso en la "mafia" vasca: "crece más el empeño y hállome al lado aquel vizcaíno mi amigo y otros paisanos con él". Y, también en Guamanga, le saca de un nuevo aprieto otro paisano, Baustista de Arteaga, secretario del obispo de Guamanga. Ante el obispo hace Catalina su primera confesión pública de pertenecer al sexo femenino y éste, interesado por el caso, hace reconocerla por matronas, "que me miraron y se satisfacieron" y le declararon además virgen.

Inducida por el obispo, y, tal vez -ella no lo dice-, cansada de tanta aventura, viste el hábito de monja e ingresa en el convento de Santa Clara ante la presencia de miles de curiosos que abarrotaron el templo y los alrededores. A partir de esta confesión pública que pronto se conoció en Europa e Indias, el caso de la Monja Alférez se hace célebre en todo el mundo. Muerto su protector en 1620, el arzobispo de Lima manda llamarla. Va a Lima "en una litera, acompañada de 6 clérigos, 4 religiosos y 6 hombres de espada". En Lima sale a recibirle un gentío inmenso e ingresa en el convento de la Santísima Trinidad donde permanece 2 años y 5 meses. Decide entonces volver a su tierra.

Llega a Tenerife y en 1624 embarca rumbo a Cádiz. Pero su extraño reingreso en religión no impide que, en el juego, le dé "a uno un arrechucho en la cara con un cuchillejo que tenía allí y resultó mucha inquietud". Y, nuevamente, Catalina demuestra que entre paisanos se comporta con más normalidad: "el general se vio obligado a apartarme de allí y pasarme a la almiranta, donde yo tenía paisanos". Vuelve a Europa (Cádiz) en noviembre de 1624, año en que debió de escribir o, tal vez, dictar, su célebre Autobiografía que se publicará al año siguiente. Conoce en Cádiz a otros dos hermanos suyos. Tiene que esconderse "del concurso que acudía a verme vestida en hábito de hombre". En Madrid y, luego, en Pamplona, sirve durante cerca de dos meses al conde de Xavier.

Parte a Roma, al Jubileo de Año Santo, pero detenida en el camino (Piamonte) por acusársele de espía del Gobierno español, tiene que volver. En Madrid solicita un retiro mediante un Memorial y se le asigna una renta de 800 escudos. No hay duda de que Catalina siente en ese momento necesidad de sosegar su vida, al menos desde el ángulo económico. En un nuevo intento de llegar a Roma consigue hacerlo. Urbano VIII le concede licencia para proseguir la vida que ha escogido con la condición de que moderara sus ímpetus belicosos. En Roma se vio otra vez rodeada de gentes a las que su caso deja estupefactas y se ve cercada de "personajes, príncipes, obispos y cardenales". En Nápoles, paseándose un día por el muelle, dos damas y dos mozos se rieron al verla pasar. "Me miraban, y mirándolas, me dijo una: Señora Catalina, ¿adónde se camina?" Respondió Erauso: "Señoras p..., a darles a ustedes cien pescozones y cien cuchilladas a quien las quiera defender". Callaron y se fueron de estampida. Y no hay duda de que si no llegan a irse los deseos del Papa se hubieran visto pronto incumplidos. Este año, Catalina fue retratada en Italia por el pintor Francisco Crecencio cuyo lienzo, por desgracia, ha desaparecido.

El único retrato que poseemos de nuestra aventurera es el que le hizo Francisco de Pacheco, suegro de Velázquez, en 1630 y ya en tierra hispana. Pinta a Catalina a la vuelta de Italia, cuando ésta cuenta con 38 ó 45 años -según la fecha de nacimiento que demos por válida-. Fue descubierto este lienzo por un prusiano durante las guerras napoleónicas y hoy es propiedad de la CAM de San Sebastián. Este año sabemos que cobra 2.000 reales a cambio de la parte de la herencia paterno-materna que le correspondía, parte que pasa entonces a una hermana.

En 1645 Erauso se halla otra vez en América, esta vez en Veracruz de Indias (Méjico) a donde fue en los galeones del general Pedro de Ursua. Allí se llama Antonio de Erauso y se dedica a transportar ropas en una recua de mulos. La Tercera relación impresa en Méjico en 1653 dice que "el año 1650, yendo por el camino nuevo con carga fletada a la Vera Cruz, adoleció en Quitlaxtla del mal de muerte y falleció con una muerte exemplar y con general dolor de todos los circunstantes". Tenía en esa fecha 58 ó 65 años.

Pedro del Valle, "el Peregrino", en su XVII carta fechada en Roma el 11 de julio de 1626 reproducida por el editor francés de las Memorias en 1894, la describe así a su amigo Mario Schipano: "Es una doncella de unos 35 ó 40 años. Su fama había llegado hasta mí en la India Oriental. Fue mi amigo el Padre Rodrigo de San Miguel, su compatriota, quien me la condujo. Yo la he puesto después en relación con muchas damas y caballeros, cuya conversación es lo que más le agrada. Francisco Crescentio, buen pintor, la ha retratado. Alta y recia de talle, de apariencia más bien masculina, no tiene más pecho que una niña. Me dijo que había empleado no sé qué remedio para hacerlo desaparecer. Fue, creo, un emplasto que le suministró un italiano; el efecto fue doloroso, pero muy a deseo.

De cara no es muy fea, pero bastante ajada por los años. Su aspecto es más bien el de un eunuco que el de una mujer. Viste de hombre, a la española; lleva la espada tan bravamente como la vida, y la cabeza un poco baja y metida en los hombros, que son demasiado altos. En suma, más tiene el aspecto bizarro de un soldado que el de un cortesano galante. Unicamente su mano podría hacer dudar de su sexo, porque es llena y carnosa, aunque robusta y fuerte, y el ademán, que, todavía, algunas veces tiene un no sé qué de femenino". Esta debía ser nuestra Catalina durante su viaje a Roma. Años más tarde, la vio el capuchino Nicomedes de Rentería cuando le trasportaba la ropa que a Méjico llevaba. Dice que "andaba en hábito de hombre", "traía espada y daga con guarniciones de plata y le pareció al fraile que sería entonces como de 50 años, y que era de buen cuerpo, no pocas carnes, color trigueño, con algunos pocos pelillos por bigote".

Poco o nada puede saberse del sexo cromosómico de una persona cuya vida transcurrió entre los siglos XVI y XVII. Por ello toda posible interpretación sólo puede basarse en aquellos indicios que Catalina dejara entrever en su Autobiografía, tales como examen pericial de las matronas y relato de sus vivencias y aventuras, amén de las descripciones ya transcritas hechas por coetáneos que sólo describen su aspecto externo aventurando juicios sobre su posible masculinidad muy teñidos de connotaciones ligadas al arquetipo hombre-mujer de aquella época. Ya hemos dicho que las matronas "se satisfacieron", lo cual parece querer indicar que, en lo tocante a la genitalidad, Catalina era hembra normal y corriente. ¿Qué pensaron sus contemporáneos de ella? Como es natural, y dado que Catalina no se ajustaba en absoluto al patrón de hembra sumisa, cobarde y sedentaria propio de la época, casi todos la consideraron una especie de eunuco y bien claro lo dicen a tenor del manuscrito de cosas diarias de Sevilla en que, refiriéndose a ella el 4 de julio de 1630, dice ser "tenida por capón".

Pedro del Valle en el tomo III de su Viaje, en carta de 1626, abunda en las mismas consideraciones: "adquirió fama de valeroso, y como no le asomaba la barba, lo tenían y llamaban por capón". No creemos que esto pueda ser en absoluto demostrable y menos el pseudo hermafroditismo hipospático diagnosticado por el doctor Nicolás León, médico mejicano, en 1923. Lo que sin embargo es evidente es, como apunta el mismo doctor León, que a Erauso no le gustó nunca ningún hombre y si varias y diversas damas y una de ellas, al final de su vida, en especial. En su misma Autobiografía vemos que si Beatriz de Cárdenas no gustó a Catalina por su perentoriedad amorosa, la cuñada de Diego de Lasarte sí apeteció a la ex monja ya que confiesa que con ella "solía yo jugar y triscar" y "acostado -el género masculino lo emplea la aventurera en casi todo su relato en sus faldas" fue sorprendido por su amo "andándole en las piernas" a la dama. Estas y en especial el furioso enamoramiento que le acometió por una dama que sus padres encomendaron llevar al convento de Jalapa del Valle (Tercera Relación) nos inducen a pensar que lo único certero que puede decirse del sexo de la aventurera es que sentía una fuerte inclinación homosexual favorecida por el tipo de vida que llevaba.

Si del sexo de Catalina puede caber alguna duda, de lo que no puede dudarse es de que sobre ella planeó, desde su nacimiento, la dura suerte que a las hembras de todos los tiempos -y en especial de entonces- la sociedad masculinizante ha reservado. La pasividad a la que estaba destinada hizo que a los cuatro años fuera ya condenada al secuestro en vida entre las cuatro paredes de un convento, como había ocurrido con su tía Ursula de Zarauz y sus hermanas Isabel y María. Hiela la sangre leer en su Autobiografía que a los 15 años "salí a la calle, que nunca había visto, sin saber por dónde echar ni dónde ir". Camino de Bilbao, Catalina saborea a fuertes tragos la libertad conquistada "sin saberme yo qué hacer ni a dónde ir, sino dejarme llevar del viento como una pluma". El placer de disfrutar de libertad reaparece en una pequeña frase en que dice volver luego a San Sebastián "sin más causa que mi gusto".

Es claro que si Catalina quería dar libre cauce a su personalidad -recia, andariega, franca y belicosa- no le quedaba otra opción que el travestismo. Y también está claro que en cuanto hacia dejación del mismo, era objeto del menosprecio, que era lo que ella más temía. Esto puede constatarse, por ejemplo, en aquel pasaje de la Tercera Relación en el que al desafiar en duelo al marido de la mujer que ama, recibe esta contestación que hace que "bolcanes arrojava nuestra peregrina por los ojos viendo así burlado el fin de sus esperanzas": "Poco debiera a las muchas obligaciones que a mi calidad profesa, si viéndome tan desigualmente desafiado, me dejara llevar del enojo, que siendo un hombre podía, pero siéndolo de una mujer, no es bien de tan conocido arriesgar la reputación adquirida, y, así, sirviéndose vm. de dejar eso para los hombres, puede ejercitarse en encomendarse a Dios, que la guarde muchos años". No hay duda que a un ser que "por natural inclinación se hallaba en la milicia" (Pedro del Valle) aquella misiva fue una bofetada en pleno rostro.

Son tres los que utilizó la donostiarra: Francisco de Loyola, desde la huida hasta sentar plaza de soldado en Chile. Alonso Díaz Ramírez de Guzmán fue el más rimbombante, que adoptó en Chile y que le acompañó hasta el descubrimiento de su sexo y personalidad. Finalmente, Antonio de Erauso, hasta su muerte.

En 1625, estando ya en Europa, se estrena la fulera Comedia famosa de la monja Alferez, de Juan Pérez de Montalván, obra de circunstancia que aprovecha la celebridad de la protagonista para fines taquilleros. Este mismo año aparecen sus notas biográficas o Relación verdadera de

las grandes hazañas y valerosos hechos que una mujer hizo en 24 años que sirvió en el reino de Chile y otras partes al rey nuestro señor ..., así como la Segunda Relación de los famosos hechos que en el reino de Chile hizo una varonil mujer... La Ultima y Tercera Relación ... ya no aparece en Sevilla sino en México y es de diferente estilo -mucho más barroco- y en tercera persona. Con ésta se complementa la Autobiografía que, en estilo suelto y garboso, nos deja a Erauso en las calles de Nápoles (1626). La relación de todas las ediciones de su Autobiografía, así como su bibliografía, puede consultarse en J. Bilbao: Eusko Bibliographia, "Enciclopedia General Ilustrada del País Vasco", t. III, y en J. Berruezo: Catalina de Erauso. La monja Alférez, San Sebastián, 1975. La vida de la aventurera fue llevada a la pantalla en 1943 por Emilio Gómez Muriel, siendo su rol interpretado por María Félix. El expediente relativo a los méritos y servicios de D.ª Catalina de Erauso se encuentra en el archivo de Indias. Este documento, la autobiografía ya citada, la Tercera relación y las referencias de cronistas y viajeros europeos y americanos son las principales fuentes para noticiar su vida.


Filmografía
La monja alférez, Emilio Gómez Muriel (1943, sobre el personaje); La monja alférez, Javir Aguirre (1966, sobre el personaje).

  • LARRAÑAGA, Koldo; CALVO, Enrique. Lo vasco en el cine (Las personas), Donostia-San Sebastián, Euskadiko Filmategia-Filmoteca Vasca, 1999.

Carmen IZAGA SAGARDÍA
Periodista