Abeslariak

Constantino, Florencio

Tenor vizcaíno nacido en Ortuella en 1868. Falleció en Méjico D.F. en 1919.

De familia modesta, sí bien desde niño le atrajo la música y le encantaban las bellas tonadas vascas que retenía dado su oído finísimo y tarareaba con entonación perfecta, desde que tuvo edad para ello, trabajó en distintos oficios y se hizo maquinista de Mensajerías Marítimas. Después de cumplir el servicio militar marchó a Buenos Aires; lo apreciaron como mecánico en varios talleres y sus compañeros y jefes, cuando le oían emitir sus canciones, le admiraban por su bella voz. Le instaron a que estudiase canto; el Club Español lo presentó en una velada; tanto éxito logró que se organizó una segunda y se le concedió una beca. El tenor Signoretti le dio una enseñanza tan eficaz, que en el término de un año estuvo en condiciones de debutar en el Gran Teatro Solís, de Montevideo, lo que llevó a efecto interpretando la parte de Lázaro, de la ópera La Dolores, de Bretón. Triunfó y aseguraron en la prensa: "El tenor nuevo da sin violencia el do de pecho".

El acaudalado tabaquero Manuel Méndez de Andés lo tomó bajo su protección, le sufragó viaje a Milán y estancia y ampliación de estudios. Pasados unos meses Constantino se quedó sin protector por fallecimiento de Méndez de Andés, hallándose sin ayuda, con esposa y cuatro hijos, pero mediante su entereza vasca y fuerte voluntad, salvó la situación; terminó los estudios, aprendió las óperas Hernani, La Gioconda, Lucrecia Borgia, Cavalleria rusticana y La Favorita, y consiguió un ventajoso contrato en el Coliseo Ponchielli, de Cremona, por el que le abonaron dos mil liras. El destino seguía mostrándosele adverso, pues enfermó al segundo día de actuar y la empresa prescindió de él. Constantino sufrió nuevas vicisitudes; le perjudicaban los colegas que envidiaban sus facultades; tuvo que cantar por precios irrisorios... mas se impuso al fin, y lo escrituraron en el teatro Reggio Galdoni, de Liorna (donde cantó La Favorita y Hernani) y en otros de Italia y Rusia. Arrigo Boito le escuchó su "Mefistófeles" y le dijo: "Es usted la encarnación genuina de mi personaje".

En la temporada del Real de Madrid, 1899-1900, debutó Constantino el 14 de noviembre con Rigoletto; cantó después La Gioconda y La Bohéme con completos éxitos de público y crítica. Se preparaba por entonces el estreno de Raquel, de Bretón, y ya que su debut lo hizo con La Dolores, del mismo compositor, se prestó a intervenir en la primera representación y sucesivas de la nueva ópera, con lo que contribuyó a hacerla triunfar. En las temporadas 1902-1903 y 1904-1905 del regio coliseo, actuó de nuevo el tenor bilbaíno. En la primera se le escuchó Rigoletto y Lohengrin. En la segunda representó Fausto, Rigoletto, El Barbero de Sevilla y La Gioconda. La crítica destacó su emisión y ductilidad, como asimismo su media voz, flexible y manejable.

Terminado su compromiso en el teatro de la Plaza de Oriente, el 31 de enero de 1905, marchó a trabajar a Oporto. No se sabe si se dejó oír más en nuestra tierra; realizó giras por Europa y América. En 1919, Miguel de Zárraga, desde Nueva York, envió una inesperada crónica a La Correspondencia de España, acerca del tenor que nos ocupa; entre otros párrafos se leían éstos:

"Florencio Constantino se ha vuelto loco. Después de recorrer toda Europa triunfalmente se entregó en América a beber y jugar, con tanta prodigalidad y con tanto desenfado que muy pronto perdió una fortuna, y a punto estuvo de perder desde entonces su salud; empezó a perder la voz... Aquella voz tan dulce, tan sugestiva, que cautivó tantos oídos e hizo suyos tantos corazones. Buenos Aires, fascinando al artista, le puso en el alma el germen de la locura.
En Nueva York fue el único rival de Caruso. En Nueva Orleáns, cantando "El Barbero de Sevilla", se puso tan nervioso que tuvo la desgracia de atravesar con su espada al bajo, que pocos días después fallecía en un hospital. Sabiéndose que Constantino era todo corazón, puede suponerse lo que sufriría ante la horrible desgracia, que le costó muchos puñados de oro. En Méjico, en el curso de un concierto fracasó; de su garganta rota sólo salían quejas. Pero él se escuchaba a sí mismo... tuvieron que encerrarle en una celda de un manicomio, haciéndole creer que le llevaban a su "camerino"; los médicos consideraron su demencia como un caso típico: el delirio de gloria. Dicen que se confía en conseguir que el desgraciado artista recobre la razón. ¡Quién sabe si no sería más piadoso dejar que siga acariciándole la sublime locura!