Elkarteak

Asociación éuskara de Navarra

Los orígenes de la Asociación Éuskara hay que situarlos en ese periodo de crisis, de umbral de nuevo tiempo previo a la Revolución de 1868. Momento clave en el que se creyó inminente la lucha definitiva entre dos formas de comprender Navarra, y desde Navarra su relación con Vascongadas, España y el mundo, y que llevó a la Diputación navarra a buscar el acercamiento con Vascongadas promoviendo el Laurak-Bat, y a un grupo de amigos -Pablo Ilarregui, el Doctor Landa, el sacerdote Esteban Obanos e Iturralde, entre otros-, a proyectar la creación de una asociación conservadora del vascuence, la futura Asociación Éuskara de Navarra. Hasta hicieron un llamamiento a "sus hermanas" Álava, Gipuzkoa y Bizkaia, pero la Revolución de 1868, primero, y la Guerra Carlista, después, desbarataron sus propósitos (La Paz, 16-V-1877).

A pesar de todo, lo más granado de la intelectualidad vasco-navarra siguió dando pasos decisivos en sus deseos de unión. Así lo hizo, por ejemplo, agrupándose en torno a "El País Vasco-Navarro", semanario artístico-literario fundado en 1870 para propagar y defender el régimen foral. Llama la atención que Ilarregui, Landa e Iturralde, promotores de esa frustrada asociación, figuraran entre sus colaboradores. Los mismos hombres que, a excepción de Ilarregui, muerto en 1874, se embarcaron en el proyecto común de "La Paz" y retomaron desde sus páginas madrileñas la idea de la nonnata sociedad.

Las circunstancias, además, eran otras. La recién acabada guerra y el "golpe" que a su término recibieron los fueros despertaron en todos -reconocía el "Lau-Buru" del 14 de enero de 1882- los sentimientos de unión y concordia como único remedio para reconquistar el antiguo esplendor y poderío patrios.

Dos meses después (19 de marzo de 1882) el mismo periódico describió la situación del "país vasco-navarro". Se habían fundado sociedades patrióticas, creado periódicos y revistas, imprimido libros, organizado concursos y establecido juegos florales, de tal manera, que lo que nunca se había visto aquí, es decir, un movimiento científico y literario, se estaba viendo entonces.

Pero el movimiento de reivindicación de lo propio que vivía la tierra nativa era complejo y heterogéneo. El 7 de diciembre de 1883 "Lau-Buru" escribió en sus páginas que dicho fenómeno tenía varios aspectos y había entrado en circulación bajo diversas formas. Tenía el aspecto político, que el "Lau-Buru" representaba en compañía de "La Unión Vasco-Navarra" y aun de otros periódicos que, aunque fragmentariamente, defendían los mismos principios.

La parcela científica, histórica, literaria y artística la constituían -se detallaba- la Asociación Éuskara de Navarra y su órgano de expresión la "Revista Éuskara", la revista "Euskal-Erria" de San Sebastián, el Consistorio de Juegos Florales de la capital donostiarra, los certámenes literarios organizados por el Ayuntamiento de Pamplona, los concursos de poesía vascongada patrocinados por d'Abbadie, las publicaciones históricas, literarias y lingüísticas del país, y las composiciones musicales.

Por último, en la parcela social los redactores del "Lau-Buru" situaban a las sociedades "Euskalerria" de Bilbao y "Laurak-Bat" de Buenos Aires y Montevideo, así como a los círculos vasco-navarros de Madrid y Barcelona. A ellas podríamos añadir, por ejemplo, las agrupaciones que con el mismo nombre de "Euskalerria" se fundaron en Plencia, Lekeitio u Ondarroa, y las que con distintas denominaciones se establecieron en La Habana o Brasil.

Aminoremos, siquiera brevemente, la marcha. El 24 de abril de 1877 Campión había publicado en "La Paz" una serie de artículos que, bajo el título de "El Euskara" y reproducidos luego por "El Eco de Navarra", dedicaba a su amigo Iturralde con la pretensión de impulsar una sociedad defensora del vascuence.

Iturralde aceptó el reto y dio el respaldo decisivo al proyecto respondiendo con una carta abierta en "La Paz" (16 de mayo) sobre "La lengua vascongada", que publicó de nuevo "El Eco de Navarra". Ante la propuesta del amigo, Iturralde presentaba, al igual que el alavés Ortiz de Zárate lo había hecho antes de la Revolución de 1868, un detallado programa para la recuperación y fomento del vascuence.

Si Iturralde deseaba conservar el idioma vascongado, no quería verlo convertido en una "lengua hierática" que hiciera al país "refractario a todo progreso". El navarro no anhelaba un pueblo estacionario, sino el primero en la senda de la civilización. No se pretendía crear tampoco -quizá adelantándose a las críticas- una sociedad de agitadores. Únicamente deseaban hacer por su tierra lo que d'Abbadie, por ejemplo, hacía entre los "vascos franceses" o lo que España presenciaba en Cataluña y Galicia.

El nacimiento de la Asociación. En aras de cumplir con el programa anunciado por Iturralde, el navarro aprovechó su cumpleaños para reunir el 23 de octubre de 1877 en su casa de Pamplona a un reducido grupo de personas: Esteban Obanos, Nicasio Landa, Florencio de Ansoleaga, Aniceto Lagarde, Juan José y Joaquín Herrán, el marqués de Guirior, Nicanor Espoz, Antero Irazoqui, Fermín Iñarra, Hermilio de Olóriz y Arturo Campión. Nacía así la "primera sociedad" -según Campión (1920, X: 7-8)- que se había propuesto la conservación y propagación del vascuence.

Se ha escrito mucho sobre el número exacto y nombre de las personas que acudieron a aquella reunión fundacional. Pero el dato exacto y la identidad de los asistentes quedan corroborados acudiendo al acta de la reunión fundacional. Dichas actas han sido la principal fuente a la hora de rastrear los pormenores de la Asociación.

La semilla que, sembrada antes de la Revolución del 68, había ido abonándose lentamente para recobrar nuevos bríos con el fin traumático de la guerra, había recibido el espaldarazo definitivo en el foro de "La Paz". Y fruto de ella fue la creación de la Asociación Éuskara de Navarra. Fruto y a la vez semilla, porque si algo tenían claro aquellos hombres fue el carácter impulsor de la nueva sociedad (Lau-Buru, 14-I-1882).

El primer nombre de esta nueva institución fue Academia Etnográfica de Navarra, denominación plenamente inmersa en las corrientes más modernas del siglo. Sin embargo, a los seis días, después de manifestar varios socios que este nombre "sólo daba cuenta de su carácter científico y dejaba a un lado el práctico", que dado el objeto que había presidido su creación era, "sin disputa, el principal", fue adoptado el nombre con el que en el futuro será conocida la institución: Asociación Éuskara de Navarra. Las razones del cambio esgrimidas no dejan de ser ilustrativas del carácter científico, sí, pero también profundamente movilizador de estos hombres.

Antes de seguir adelante quizá resulte conveniente detenerse brevemente en el programa que la sociedad insertó en el primer numero de la "Revista Éuskara" (1878, I: 3-5) para explicar al público su pensamiento y solicitar su colaboración: "El objeto de la Sociedad es conservar y propagar la lengua, literatura e historia vasco-navarras, estudiar su legislación y procurar cuanto tienda al bienestar moral y material del país".

La Asociación consideraba al idioma vasco-navarro el responsable de que el pueblo éuskaro hubiera conservado su personalidad, carácter y virtudes. Además, si los sabios europeos lo estudiaban "con afán en toda Europa", sería vergonzoso que lo que extraños se esforzaban en sostener y enaltecer, los nativos dejaran en el olvido.

Reflexión que no sólo pone al tanto del interés que lo vasco suscitaba en el viejo continente, sino que señala también otras dos constantes: el conocimiento que tenían de todo lo relacionado con su tierra que se movía en Europa y la utilización de ese interés foráneo en defensa de sus postulados.

En este sentido, no deja de llamar la atención la consciencia éuskara sobre el movimiento de reivindicación de lo propio que por aquellos años sacudía a Euskal Herria y al resto de Europa y, en suma, sobre el papel que en él les había correspondido jugar. En último término, reconocieron no ser sino los representantes en su tierra de ese gran fenómeno continental (Lau-Buru, 14-XII-1883).

Así se alza la elite navarra a la misma altura que su coetánea europea, sin complejos, en plena igualdad, como lo demuestran sus intensos contactos con el exterior y aún más que dichos contactos fueran buscados y valorados por las élites foráneas.

Los miembros de la Asociación -continuaba el programa- dejaban para la ciencia el cultivo de la olvidada y desconocida literatura vascongada; de su historia, espejo de avisos, enseñanzas y ejemplos; la conservación de sus antiguas costumbres y el estudio de sus leyes. Por último, los intereses morales y materiales serían también mirados con "especialísimo interés", pues el país debía marchar más que nunca a la cabeza de los pueblos avanzados.

La nueva agrupación se articulaba en tres niveles: la Junta Superior Directiva, formada por el presidente y vice-presidente, secretario y vice-secretario, tesorero y vice-tesorero, y contador y vice-contador; la Junta General, integrada por los miembros de la Junta Directiva, el órgano directivo de la "Revista Éuskara" y los responsables de las diversas secciones de la sociedad, en sus comienzos seis (1º Lengua y Literatura éuskara; 2º Etnografía, Historia, Arte y Legislación; 3º Moralidad y Enseñanza; 4º Agricultura; 5º Industria y 6º Comercio) y a partir del 3 de febrero de 1880, dos (las tres primeras se fundieron en la Sección 1º, y las otras tres en la 2º). Por último, se encontraba el Batzarre o Asamblea General, que dos veces al año reunía a todos los miembros de la Asociación Éuskara de Navarra.

No eran los únicos socios, también estaban los socios honorarios, personas elegidas por su labor a favor de la lengua, historia o instituciones del país; fue el caso, por ejemplo, de personalidades como Mañé y Flaquer, Iparraguirre, Navarro Villoslada, el príncipe Bonaparte, Duvoisin, Manterola, Olave, Echenique, Egaña o Trueba.
El trabajo de la Éuskara. Varios fueron los medios que la Éuskara eligió para poner en práctica la proposición que, expuesta en la sesión inaugural por Ansoleaga, mereció la aprobación general: que "el espíritu provincial (...) se infiltrase en el pueblo".

Uno de ellos fue la entrega de premios, por ejemplo, en las prácticas agrícolas organizadas por la Junta Provincial de Agricultura, Industria y Comercio durante los años 1879, 1880 y 1881. Y es que no debe sorprender el interés de estos personajes de posición económica desahogada y estudios superiores en los aspectos más puramente prácticos de la vida. Un artículo del "Lau-Buru" (8-IX-1882) ya señaló que sus amigos eran "en su mayor parte los iniciadores y ejecutores" de algunas de las principales industrias de la provincia. Y así, cumpliendo los objetivos de la Asociación, apoyaron también la construcción del ferrocarril de Alduides, intentaron potenciar la red de tranvías en Navarra o, por ejemplo, ayudaron a fomentar el ahorro mediante la difusión de libretas.

La celebración de juegos florales fue acaso el resorte más importante utilizado por la Asociación para despertar el espíritu provincial. D'Abbadie, iniciador de estos certámenes literario-musicales al norte de la cordillera pirenaica, se puso en contacto el 10 de marzo de 1878 con la Asociación, a fin de organizar conjuntamente los de ese año. La falta de liquidez monetaria de la nueva agrupación obligó, sin embargo, a suspender el proyectado certamen. Los navarros no olvidaron la idea y durante el Batzarre del 12 de enero de 1879 aprobaron la realización del frustrado concurso. Quizá lo más destacable fue la razón que esgrimieron para su convocatoria: "la importancia de crear elementos de cultura que permitiesen al euskara sostener un puesto elevado entre las lenguas literarias, a que le hacía acreedor su admirable organización gramatical y lógica".

D'Abbadie tampoco había olvidado a sus amigos del sur y, sin dar tiempo a que éstos se pusieran nuevamente en contacto con él, informó el 28 de febrero a la Junta Directiva de la forma y manera en que organizaba los juegos florales en "el país vasco-francés" y les propuso realizarlos conjuntamente en "el país vasco-español".

Así entre el 24 y el 28 de julio de 1879 la Asociación inauguró al sur de los Pirineos los juegos que -en su opinión- tanto habrían de contribuir a la conservación de las costumbres patrias. El ensayo superó todas sus esperanzas y les estimuló a trabajar por la aclimatización de tan "civilizadoras" fiestas, gracias a las cuales fraternizaban "los hijos todos de la gran familia éuskara de uno y otro lado del Pirineo" (Revista Éuskara, 1879, II: 232-237). Del Irurak-Bat, pasando por el Laurak-Bat, la Asociación Éuskara llegaba al Zazpiak-Bat. El círculo se había cerrado.

Se había dado el primer y decisivo impulso a los certámenes del sur. Y así la Asociación se atrevió a celebrar en Bera el 4 y 5 de agosto de 1880 los nuevos juegos aprovechando las fiestas locales dispuestas por su Ayuntamiento. Al año siguiente, 1881, la sociedad eligió la villa de Irún. En esta ocasión los festejos fueron acordados por iniciativa de su Ayuntamiento para celebrar las fiestas patronales, y contaron con la cooperación de d'Abbadie y la Asociación Éuskara.

Tras muchos esfuerzos y con la inestimable ayuda del vasco-irlandés, los navarros habían conseguido su anhelado deseo de ensayar en tierras del sur las fiestas que desde los años 50 se organizaban al norte del Pirineo. No se pararon ahí, y continuaron trabajando por que dichos certámenes enraizaran a lo largo y ancho de todo el paisaje vasco-navarro.

El 4 de febrero de 1883, por ejemplo, la Asociación Éuskara aprobó la conveniencia de que la Junta Directiva se pusiera en contacto con la "Euskalerria" de Bilbao y "todas las demás asociaciones" análogas con el fin de organizar conjuntamente las justas de ese año. Por sus especiales condiciones y por encontrarse aproximadamente a medio camino entre el Señorío y el antiguo Reino, los juegos se celebraron finalmente en Hondarribia los días 8, 9 y 10 de septiembre.

Al año siguiente (3 de junio de 1884) los navarros acordaron cooperar de nuevo en las fiestas éuskaras proyectadas por d'Abbadie para ese verano. Pero las cosas no salieron como al principio, y ese año no llegó a realizarse el proyectado certamen. Bernardo Estornés Lasa (1969, I: 525) insiste en que Sara reemplazó a Etxarri-Aranatz a causa del cólera y "otras circunstancias". De la idea de celebrar estos juegos nada más se supo. Eran otros tiempos.

Aquí terminaron los juegos organizados por la Éuskara. La institución que había animado su traslado al sur de los Pirineos llegaba a mediados de la década de los años 80 sin fuerza para continuar siendo su principal valedora. El primer paso, sin embargo, se había dado: los juegos se habían convertido en parte esencial del paisaje vasco-navarro.

La Asociación ya no era la única que organizaba tales certámenes, otras entidades, participando de los mismos sentimientos, también celebraban los suyos. A muchos de los cuales, empero, la agrupación navarra no dejó de acudir, bien a través de la entrega de premios, la asistencia de sus miembros más cualificados o la presentación de trabajos a concurso por algunos de sus integrantes. Fue común, además, a toda esta serie de iniciativas, buscar el concurso de las autoridades locales y provinciales, que en muchos casos aparecían como organizadoras o sostenedoras de dichos actos. Incluso, cuando era posible, los organizaban aprovechando las fiestas de la localidad.

La frenética actividad cultural éuskara tuvo su mejor plasmación institucional en los certámenes literarios que el Ayuntamiento de Pamplona organizó durante los años 1882-1886. Porque no puede considerarse una casualidad que su celebración coincidiera con la llegada de los éuskaros al Consistorio de la capital. Máxime si se tiene cuenta que su salida cortó la pujante dinámica de promotor cultural iniciada por dicha institución. Habrá que esperar muchos años para ver de nuevo al Ayuntamiento de Pamplona embarcado en tales singladuras.

Ya en 1882 la revista "Euskal-Erria" (VI: 42) dio cuenta de que el concejal Iturralde había propuesto la idea, acogida favorablemente por la Corporación, de celebrar unos certámenes literarios durante las fiestas de San Fermín. En el orden del patriotismo, Campión (1985, XIV: 275-276) colocará años después esta nueva iniciativa de Iturralde, gracias a la cual el Ayuntamiento de Pamplona organizó un certamen literario, "si no el primero patrocinado por la Corporación, sí el primero en que un organismo oficial daba cabida al vascuence". No terminaba ahí su importancia. Como el mismo Campión reconoció, estos concursos se erigieron en una "transposición" a otras esferas de los que por entonces solía organizar la Asociación Éuskara.

El 15 de marzo de 1883 el Consistorio volvió a acordar por unanimidad, y de nuevo a propuesta de Iturralde, que la comisión de festejos incluyera en el programa de actos un certamen literario análogo al celebrado durante los anteriores Sanfermines.

Las palabras que el presidente de la Éuskara pronunció en el Batzarre de enero del 83 dan nuevas pistas sobre la participación de la sociedad en los certámenes institucionales. El máximo mandatario éuskaro reclamaba para la agrupación su parte de gloria en el establecimiento de los juegos: socios suyos los "iniciadores" de la idea y los "ordenadores" del certamen, socios también en gran parte los individuos del "jurado" y socios en su mayoría los "premiados", podía llamarse al concurso literario de Pamplona "una fiesta de familia". Y concluía: "podemos anunciar con seguridad que el establecimiento de Juegos Florales en la Capital de Navarra será siempre un timbre de gloria al que habrá cooperado la Asociación" (Revista Éuskara, 1883, VI: 9-10).

El periódico éuskaro "Lau-Buru" fue también el principal valedor en la prensa de los certámenes municipales, resaltando siempre su importancia y defendiéndolos de los ataques recibidos. No perdió, además, ocasión de dar información exacta y puntual sobre su programa, fecha de celebración y en general acerca de todo lo que de alguna manera rodeaba al evento, como recoger y celebrar cada uno de los esfuerzos hechos por la Asociación Éuskara en pro de su enraizamiento y desarrollo.

El 16 de julio de 1886, por ejemplo, los miembros del "Lau-Buru" hicieron una con el autor del informe emitido por el jurado calificador de ese año (nada raro, pues éste era obra de otro éuskaro) que recomendaba que el programa se publicara con más antelación. Esto no era todo. Los periodistas del "Lau-Buru" también proponían la conversión de los certámenes en "verdaderos juegos florales, por el estilo de los que a tanto altura elevaban en Cataluña la literatura provenzal".

No hubo lugar. Ese año se celebraron los últimos certámenes, después sin saber por qué, dejaron de organizarse. En las propias actas del Ayuntamiento no se hallan rastros que delaten las razones de su suspensión. Sin embargo, llama la atención que dejaran de celebrarse justamente en los Sanfermines de 1887, poco después del abandono éuskaro de la política activa y de la renovación parcial del Ayuntamiento, que provocó la salida de buena parte de los concejales de la Asociación.

Resulta también curioso que, tras el inicio de los juegos pamploneses, y a excepción de los celebrados junto a la "Euskalerria" en 1883, la Asociación Éuskara no organizara sus propios concursos. En este sentido, se intuye el intento éuskaro de hacer converger a su ya no tan fuerte Asociación con los certámenes municipales. Así a sus intentos (Batzarre del 29 de marzo de 1885) por constituirse en consistorio de juegos florales, se unió el artículo ya citado del Lau-Buru que, apoyándose en el informe del jurado redactado por otro éuskaro, solicitaba que el municipio hiciera lo propio con sus celebraciones. No fue posible. Los éuskaros salieron del Ayuntamiento y la Asociación Éuskara ya no tenía fuerzas para tamañas empresas.
La cátedra de vascuence. Éstas no fueron las únicas actuaciones de la Éuskara. Campión leyó muy pronto en su Junta General (8 de abril de 1878) un detallado proyecto para la conservación y desarrollo del vascuence. Durante 1880 también fue tomando cuerpo entre los miembros de la Asociación -informaba la "Euskal-Erria" (1880, I: 51)- la idea de establecer en Pamplona una cátedra de lengua vascongada para ese invierno. No fue todo tan sencillo. Aunque el 26 de diciembre los asociados escucharon que Campión, Iturralde y Echaide se encontraban estudiando la manera de solicitar la deseada cátedra a la Diputación, dos años después (25 de junio de 1882) Arturo Campión tuvo que reconocer que hasta el otoño próximo no esperaba que se pudiera realizar su ya antiguo anhelo.

El punto culminante a este conjunto de iniciativas lo constituyó la presentación en 1885 al entonces ministro de Fomento y socio honorario de la Éuskara, Pidal y Mon, de un completo programa para su conservación y desarrollo del vascuence. Los redactores del "Lau-Buru" recogieron íntegramente el escrito los días 27 y 28 de junio de 1885 y destacaron que hubiera sido "el primero" que había sido llevado al poder central. Pero la fría acogida madrileña, obligó a la Asociación (20 de julio) a poner en juego todos los recursos a su alcance, incluido el apoyo de la Diputación, que el 25 de febrero de 1886 consiguió.

Los navarros volvían a ser los primeros, los primeros en acudir ante "los poderes supremos de la nación" ( Lau-Buru, 25-II-1886). Y abrieron camino, como casi siempre. El Consistorio de Juegos Florales de San Sebastián, por ejemplo, solicitó a la Diputación guipuzcoana que trabajara por que en la nueva ley de Instrucción no se excluyera la enseñanza del vascuence. Campión (1920, X: 8), muchos años después, dio cuenta del destino de todas estas medidas elevadas al Gobierno central: "el Estado español anti-basko no supo honrarse a sí mismo aceptándolas".

Pero los miembros de la Asociación Éuskara no olvidaron sus gestiones ante la Corporación Foral para lograr la cátedra. Por fin, el "Lau-Buru" pudo informar a sus lectores durante el mes de julio que la Diputación había resuelto favorablemente la solicitud que hacía poco se le había entregado pidiendo el establecimiento de una cátedra de vascuence en el Instituto de Segunda Enseñanza de Pamplona. Sólo faltaba que comenzaran pronto las gestiones para que el proyecto se realizara lo antes posible, algo a lo que creían estaba dispuesta la Corporación.

A pesar de tan optimistas presagios, la cátedra nunca pasó del mundo de los sueños. Ni la prensa de la época, una vez desaparecido el "Lau-Buru", ni las Actas de la Diputación dan la menor pista sobre el devenir del intento, con lo que podría definirse como una mera declaración de intenciones, no por ello menos significativa.

Pero como los éuskaros continuamente destacaban, se sucedían las iniciativas en apoyo del vascuence, plasmadas muchas veces en la solicitud de distintas cátedras. Por ejemplo, en 1882 se aprobó la creación de una cátedra en el Colegio Politécnico de Bilbao, en 1883 haría lo propio la Diputación de Alava para el Instituto, en 1886 le tocaría el turno a la de Gipuzkoa para el suyo y dos años después a Bizkaia. Quizá pueda añadirse como síntoma de los nuevos tiempos el hecho de que en 1884 el Círculo Filológico decidiera establecer su propia cátedra en Madrid.

Con la fundación de estas cátedras se cumplía la esperanza que Campión había manifestado en su Gramática Vascongada de 1879 al augurar que tal vez no estaba lejano el día en que alguna de las cuatro capitales "hermanas" tuviese su propia cátedra de éuskara. "Entonces pienso yo que tendrá una utilidad, aunque pequeña, mi modesta obra. Mientras tanto, me tendré por muy feliz si al exponer las leyes lingüísticas de tan antiquísimo idioma, consigo fijar en su estudio, hasta ahora demasiado descuidado en España, al revés de lo que sucede en otras naciones más cultas y estudiosas, la atención de algunas personas" (Revista Éuskara, 1879, II: 339).

Labor completa, pues, la de estos hombres: de más pura acción y de más poso intelectual. Todo con el claro objetivo de conservar y difundir el vascuence.
La "Revista Éuskara". La "Revista Éuskara" fue otro de los medios que la Asociación utilizó para despertar el espíritu provincial. Ya en el Batzarre del 11 de enero de 1878 su presidente comunicó el propósito de publicar una revista científica y literaria que, "ajena a la política", fuera órgano de la sociedad y medio de comunicación y propaganda entre sus asociados. Así las cosas se procedió al nombramiento de la primera Junta del periódico, formada por Nicasio Landa en las labores de director; F. Ubillos (sustituido poco después por Cortés), como redactor; Norberto Irigoyen, en la edición; Bruno Iñarra, en la administración; Olóriz, como distribuidor; y Ramón Irurozqui, en el papel de inspector (Revista Éuskara, 1878, I: 8-9).

Tres meses después (8 de abril) el Doctor Landa dio cuenta de que varios periódicos deseaban suscribirse a la revista, por lo que pidió que, conservando el acuerdo de no admitir suscripciones a los no asociados, se permitiese remitir algunos ejemplares a las "publicaciones y hombres eminentes de España y del extranjero" que lo solicitaran, como así se hizo. No todo fueron buenas noticias. La penuria de fondos hizo que el mismo Landa propusiera el 5 de mayo, y se aprobara, la reducción de la tirada de mil a quinientos ejemplares.

Una vez en marcha la revista, el presidente de la Asociación (Batzarre del 15 de julio de 1878) tuvo que señalar como principales dificultades a vencer la poca abundancia de trabajos y las disposiciones sobre imprenta, que le obligaban a moderar sus pensamientos y a sostener nada más que a media asta la bandera la Asociación (Revista Éuskara, 1878, I: 148-149).

La falta de originales fue el principal obstáculo que pasado medio año la publicación aún no había superado. Así, como queriendo dar renovado impulso a la revista, el Batzarre del 12 de enero de 1879 eligió a su nueva Junta. Iturralde pasaría a ser el director; Olóriz, el redactor; Gervasio Iñarra, el editor; Bruno Iñarra continuaría como administrador; Estanislao Aranzadi sería el nuevo inspector; y, por último, Campión ejercería el papel de secretario. Y pasaron otros seis meses. Y de las palabras expresadas por el máximo responsable de la Asociación durante el Batzarre del 11 de julio de 1879 se desprende que todavía no se habían conseguido solucionar las carencias que dificultaban el total desarrollo de la revista.

Los problemas no se solucionaron. Esto explica que el Batzarre del 11 de enero de 1880 acordara suspenderla temporalmente, quedando con facultades las Juntas Directiva y General para traspasar su propiedad y reformar su reglamento. Así lo hizo la Junta General el 3 de febrero, que cedió la "Revista Éuskara" a Iturralde, Campión, Olóriz, Miguel Irigaray y José Idoate. Tampoco ésta fue la solución. Tres años más tarde (8 de octubre de 1883) Iturralde, quejoso, se lamentó de su soledad en la revista, sólo paliada por la ayuda de Campión. De este modo, el 30 de noviembre Iturralde y Campión, director y redactor respectivamente, volvieron a manifestar al presidente de la Asociación el deseo de abandonar sus puestos, sin que esto significase que no siguieran colaborando en ella, "la más antigua en su clase del país vasco-navarro" (Revista Éuskara, 1883, VI: 319-320).

Enterados durante el Batzarre del 13 de enero de 1884 de las intenciones de Iturralde y Campión, los asistentes acordaron darles un voto de confianza para introducir cuantas reformas considerasen necesarias. Fue en vano. La Asociación Éuskara comunicó a principios de 1884 a los lectores que, hasta el asentamiento de las mejoras previstas en la publicación, los números sufrirían algún retraso o se suspenderían momentáneamente. Nunca reanudó sus trabajos. Terminaba así su andadura la "Revista Éuskara", la más antigua en su clase del país vasco-navarro.

Durante sus seis años de existencia el periódico se había convertido en uno de los lugares de encuentro de todo lo que en relación con Euskal Herria se publicaba en el mundo. También había servido de trampolín para las principales figuras del país, incluidos sus promotores. Además, este papel de vehículo de comunicación con el exterior, se vio reforzado por su intercambio con revistas de otros lugares. A menudo, éstas fueron las más interesadas en recibir la publicación éuskara, muestra del interés que lo vasco despertaba más allá de sus fronteras.

Muerto su órgano en la prensa, los asociados pronto comprendieron la necesidad de mantener un cauce con la sociedad. Cuando el 26 de mayo 1885 Iturralde informó de que el director de la "Euskal-Erria" y miembro de la Asociación Éuskara, Antonio Arzac, les ofrecía su revista como órgano oficial no pudieron menos que aceptar su ofrecimiento. A mediados de los años 80, la institución navarra ya no tenía fuerzas ni para organizar sus propios juegos, ni para dar a luz su propia revista: los buenos tiempos habían pasado.
Los problemas de la Asociación. La vida de la Éuskara no fue fácil. El punto de partida de estos problemas puede ser lo que Campión (1985, XIII: 46-47) afirmó en una de sus conferencias catalanas: llamados éuskaros los pertenecientes a la sociedad, "como los redactores, colaboradores y protectores de "El Arga" eran las mismas personas" que figuraban a su cabeza, "dieron las gentes en bautizar con el nombre de éuskaros a los partidarios de las nuevas ideas políticas, y en establecer una inconveniente identificación entre éstas y la Asociación".

Fue, pues, esa mezcla de lo cultural y de lo político hecha desde fuera, lo que explica muchos de sus problemas y lo que obligó a los principales éuskaros a llenar el término de contenido.

En el diálogo que Serafín Olave y el "Lau-Buru" establecieron a las alturas de 1882 se intuyen dos visiones de lo éuskaro. Una más amplia, la expresada por el federal el 3 de octubre y 11 de noviembre, y que entendería por éuskaro, a toda persona que de una u otra manera defendiera las leyes y costumbres vasco-navarras. Sería el caso de los agrupados en torno a la Asociación Éuskara de Navarra. Y otra más cerrada, expuesta por el periódico en esa última fecha, y que se centraría en los aspectos más propiamente políticos del fenómeno: serían éuskaros quienes en defensa de esas leyes y costumbres vasco-navarras patrocinaran la unión de los habitantes de cada provincia y de todas las provincias entre sí, apartándose para ello de la política ultra-ibérica. Sería el ejemplo primero de "El Arga" (1879-1881) y después del "Lau-Buru" (1882-1886). Pero esto no impidió al "Lau-Buru" (7-XII-1883) defender también esa visión más amplia de lo éuskaro. Cuando el periódico definió los distintos aspectos de la idea éuskara, afirmó que era posible ser partidario de alguna de sus manifestaciones sin serlo de las demás. Cabía el entusiasmo -decían- por su historia, por el renacimiento literario, por la conservación y mejora del vascuence unido al entusiasmo por las ideas políticas ultra-ibéricas. Y añadían, escépticos: "de estas restricciones y amalgamas se encuentran muchos ejemplos".

Podría hablarse así de éuskaro, euskaro en el sentido más amplio de la palabra, entendiendo por tal a toda persona que de una u otra manera defendiera las leyes y costumbres vasco-navarras; y de éuskaros políticos, aquéllos que en defensa de esas leyes y costumbres, patrocinaban la unión de los habitantes de cada provincia y de las cuatro provincias entre sí, apartándose para ello de la política ultra-ibérica.

Campión quizá tuviera razón cuando en la citada conferencia catalana dijera que acaso los navarros habían dado demasiado pronto el salto de lo cultural a lo político. Lo cierto fue que los más destacados representantes de la Asociación Éuskara recorrieron ese camino con la fundación primero de "El Arga" y después del "Lau-Buru". Y dieron un nuevo paso con el apoyo de dichos periódicos a distintas candidaturas a la Diputación de Navarra y Ayuntamiento de Pamplona.

En las confrontaciones electorales se quemaron los éuskaros políticos y en su hoguera ardieron las ilusiones de la Asociación Éuskara. Identificado desde el exterior lo político y cultural, la dura lucha diaria acabó por herir de muerte a la sociedad. No en balde la apuesta política éuskara suponía romper con la dinámica del momento dominada por el choque liberalismo-carlismo. Frente a éstos, que consideraban que se podía servir a Navarra y España, lo éuskaros políticos siempre manifestaron que sólo podía servirse a uno, a Navarra. Y eso ninguno de los dos bandos se lo perdonó. Es ahí donde nació el fuerismo a secas, el fuerismo que se separó del liberalismo y carlismo para seguir su propio camino. V. FUERO

No fue extraño, por tanto, que la presentación del primer candidato apadrinado por "El Arga" a las elecciones de septiembre de 1880 para suplir la vacante de diputado provincial por el distrito de Pamplona y Baztán, fuera lo que marcara un antes y un después en la Asociación, es decir, en la vertiente más cultural del movimiento.

La áspera polémica nacida alrededor de la elección provincial provocó que la mayor parte del mal llamado elemento liberal, al decir de Campión (1985, XIII: 47-48), optara por abandonar la agrupación.

Como consecuencia de la contienda electoral, vio poco después la luz "El Navarro" (1881-1884), la publicación desde la que los éuskaros recibieron algunos de los golpes más envenenados. Pronto "El Arga" (9/14-III-1881), antecesor del "Lau-Buru", recogió las críticas del nuevo periódico a los juegos de Bera. Dichos ataques se centraban en que las fiestas por su relación con la unión vasco-navarra eran inconvenientes a los intereses del país, más aun cuando en ellas se daban "exageradas demostraciones de mal entendido patriotismo" y estaban organizadas por una "asociación política" que defendía ideas "altamente perjudiciales" para Navarra. La Asociación, entonces, apeló a las autoridades locales, alegó la falta de pruebas de esos "alardes inconvenientes" y, tras cobijarse en la autorización del gobernador civil, añadió los elogios de "distintas corporaciones y personas distinguidas".

La participación de varios miembros de la Éuskara en el banquete que la sociedad "Euskalerria" de Bilbao celebró el 17 de abril de 1881 no se libró de las críticas del periódico liberal. Ante los ataques, "El Arga" (23-IV-1881) sentenció que sus sus socios podían hacer como particulares "cuantos actos políticos" estimasen convenientes, sin que de ellos fuese responsable dicha Asociación. Las acusaciones llegaron a tal punto que los redactores del "Lau-Buru" (20-XII-1882) intervinieron en el debate para proclamar solemnemente que la Éuskara no era ni liberal ni carlista. No sirvió de nada, el "Lau-Buru", impotente, terminó por estampar el 1 de mayo de 1883: "aquí damos por concluida esta polémica, absolutamente inútil ya".
El final de la Éuskara. "Lau-Buru" cerró sus puertas en 1886. Terminaba así su periplo el altavoz que desde 1882 había aglutinado a los éuskaros políticos, y se iniciaba la diáspora política éuskara, diáspora que se iba a ver acompañada por el declive de la vertiente más puramente cultural e impulsora en su comienzo de la idea éuskara: la Asociación Éuskara de Navarra. Lo cultural, tan sensible siempre a lo político, terminó sufriendo sus duras embestidas.

La cada vez más espaciada reunión de sus órganos directivos o que Aranzadi no viera cumplidas sus solicitudes de ser relevado del puesto de presidente son sólo dos síntomas más de los aires de decadencia que la Asociación respiraba a mediados de los años 80.

No puede extrañar, por tanto, que sus iniciativas fueran escasas. Si acaso reseñar que a propuesta de Landa el 6 de septiembre de 1887 la Junta General aprobara conceder una medalla de bronce y una diploma de honor a la Reina Regente por sus muestras de aprecio hacia la lengua éuskara.

Tras regresar la Reina a Palacio -recogía puntualmente la "Euskal-Erria" (1887, XVIII: 286-287) la noticia-, recibió a una comisión de la Asociación Éuskara de Navarra. El duque de Medina-Sidonia fue quien presentó a dicha comisión, compuesta por Nicasio Landa, el marqués del Amparo, Benito Díez, Bonifacio Landa y Ricardo Lipúzcoa. Por ausencia de su presidente, Estanislao Aranzadi, tomó la palabra el Doctor Landa, quien agradeció que la Reina hubiera usado la lengua de los pobladores que dieron nombre a la Península Ibérica, "nuestra hermosa y amada patria".

A continuación, Landa parecía querer entrar en materia al recordar a la Reina las medidas que la Asociación había solicitado al Gobierno para que no desapareciera de "España esa lengua, movimiento vivo de los orígenes de su nacionalidad". Como si el resultado obtenido hasta entonces por sus gestiones obligara a los éuskaros a buscar la protección de la Reina.

La comisión éuskara también presentó sus respetos al presidente del Consejo de Ministros, momento que aprovechó para darle copia de la instancia que hacía tiempo la Asociación había elevado al ministro de Fomento solicitando medidas protectoras del vascuence. No sirvió de nada, dichas medidas nunca fueron aceptadas.

Hubo que esperar a febrero de 1894, en plena Gamazada, para poder recoger algún síntoma de actividad de la Éuskara. En el acto celebrado con motivo del viaje de la Diputación a Madrid, su presidente Estanislao Aranzadi entregó a las autoridades una exposición en la que se decía: "Si la Asociación Éuskara de Navarra ha contribuido en algo a mantener vivo el espíritu patrio, que hoy nos hace grandes ante los extraños, bien pagada queda al ver que su bandera está hoy en manos del pueblo ebrio de entusiasmo" ( El Aralar, 13-II-1894).

Fue como si Aranzadi, recordando todos los malos momentos vividos, los diera por buenos en vista de que, por fin, Navarra había despertado. Como si se cerrara un ciclo, al haberse conseguido, al menos en parte, su objetivo fundacional: nacida de una élite con la firme intención de despertar el espíritu provincial de los navarros, éstos, por fin, habían reaccionado.

Esa explosión de entusiasmo fuerista fue la que la Asociación parece que quiso aprovechar para llegar a puerto. El 8 de abril de 1897 Aranzadi convocó Batzarre para exponer a los asociados el acuerdo de la Diputación de Navarra de constituir una "liga sobre base amplia, con el fin de fomentar y propagar la hermosa habla éuskara". Así las cosas, propuso dar por concluido el objetivo fundacional de la Asociación Éuskara de Navarra y que sus pertenencias se pusieran a disposición de la máxima institución navarra. La propuesta fue aceptada, si bien se acordó prorrogar su disolución hasta que Aranzadi diera cuenta de las gestiones ante la Corporación.

Reunidos nuevamente el 8 de mayo de 1897, el presidente expuso que había dirigido a la máxima autoridad foral el escrito y que ésta le había enviado una carta, según la cual aceptaba su libros de actas, troqueles, medallas y sello. Así pues, y en cumplimiento del acuerdo anterior, se decidió por unanimidad disolver la agrupación: "Queda pues disuelta y extinguida la patriótica y benemérita Asociación Éuskara de Navarra elevando votos al cielo por la prosperidad y perpetua independencia de la Raza Éuskara".

Retrocedamos el paso. Meses antes de que Aranzadi planteara la disolución de la Asociación Éuskara, algunos periódicos ya habían dado cuenta de los pasos que la máxima institución foral parecía comenzar a dar en favor del vascuence.

"La Tradición Navarra" (20-II-1897) informó a sus lectores de los planes de la Diputación de asignar una partida para la "lengua vascongada", cuya conservación y expansión por toda la provincia -dijo el diputado Elorz- había de ser una de sus aspiraciones para mantener vivo el "calor de la tradición y de la raza". Durante la misma sesión también Mata ensalzó la importancia de la lengua para la vida de los pueblos, proponiendo, como su compañero lo había hecho, la asignación de una partida destinada a este fin, que, a la postre, resultó aprobada.

Días más tarde, "El Aralar" (7-III-1897) comunicó que la Diputación ya había designado a Campión para formar parte del tribunal de las oposiciones a la cátedra de "lengua éuskara" que se proponía establecer en la escuela normal de maestros. Aunque no tenían noticias de quiénes eran los otros designados -proseguía-, creían que uno sería Dámaso Legaz, Canónigo Lectoral y Rector del Seminario Conciliar. El Aralar no se equivocó. Sólo tres días antes la Diputación había nombrado miembros del tribunal a Campión, Legaz y también a Azcue.

Ni en esto tuvieron suerte. Previsto para el 3 de noviembre de 1897 el inicio en Pamplona de las oposiciones, tres días después la Diputación no tuvo más remedio que dar la razón a los miembros del tribunal y declarar desierto el concurso. Este primer intento fallido no amilanó a la máxima institución navarra, verdaderamente interesada en el asunto. Así el 19 de noviembre acordó solicitar al obispo el establecimiento de la cátedra de vascuence en el Seminario Conciliar. El silencio que envolvió el resultado de las gestiones practicadas ante la primera autoridad eclesiástica de la provincia permite suponer lo estéril del intento de los diputados navarros.

Parece, de todos modos, que las cosas no terminaron ahí. Según escribe Joxemiel Bidador (2000) recordando un artículo publicado en 1988 por José Antonio Arana Martija, el sacerdote guipuzcoano Migel Antonio Iñarra Mitxelena se habría hecho, por fin, con la cátedra en el mismo 1897. Pero la muerte de Iñarra el 26 de abril de 1898 -prosigue Bidador- dio al traste con la efímera cátedra de vascuence, sin que se hubieran iniciado las clases y sin que la Diputación convocara nuevas oposiciones.

La creación de la cátedra de vascuence se convirtió, pues, en una excusa, que sólo sirvió para acelerar la disolución de la vieja Asociación Éuskara. Encallada durante tantos años en las aguas de la indiferencia, aprovechó el soplo de aire fresco de la Gamazada para arriar las velas. Apenas los liberales del "Heraldo de Navarra" (3-VIII-1897) se hicieron eco del último aliento de la Asociación. El periódico lamentó su despedida en tanto la sociedad podía contribuir a los fines que, "al parecer", se proponía, de "conservar las tradiciones y recuerdos de Navarra"; pero no así en cuanto tenía "cierto carácter político, no muy en armonía con nuestras ideas". Hasta el final, el eterno estribillo.

Los éuskaros se fueron, pero nada volvió a ser igual. Como en el resto de Europa, también aquí había surgido todo un movimiento de reivindicación de lo propio que con errores y aciertos intentaría conjugar pasado, presente y futuro. Ya nada volvería a ser igual.
Fuentes y bibliografía.
  • Archivo General de Navarra. Actas de la Asociación Éuskara de Navarra (1877-1897).
  • Archivo General de Navarra. Actas de la Diputación de Navarra (1865-1919).
  • Archivo Municipal de Pamplona. Actas del Ayuntamiento de Pamplona (1879-1888).
  • El Aralar (1894-1897).
  • Euskal-Erria (1880-1918).
  • Euskalerriaren Alde (1911-1931).
  • Heraldo de Navarra (1897-1898).
  • La Paz (1876-1878).
  • La Tradición Navarra (1894-1932)
  • Lau-Buru (1882-1886).
  • Revista Éuskara (1878-1883).
  • Arana Martija, J. A.: "Euskal katedraren lehiaketa eta eragina", Euskera, n.º 33 (2. aldia) 1988, pp. 361-378.
  • Barandiaran, Alberto: Iruñeko Udalaren literatur lehiaketak (1882-1928), Pamplona, Ayuntamiento de Pamplona, 1998.
  • Bidador, J.: "El vascuence entre los éuskaros", Diario de Noticias, 28-V-2000.
  • Campión, Arturo: "Conferencia acerca del origen y desarrollo del regionalismo nabarro, dada en la Lliga de Catalunya la noche del 3 de junio de 1891", Obras Completas, XIII, Pamplona, Mintzoa, 1985, pp. 33-52.
  • Campión, Arturo: "D. Juan Iturralde y Suit", Obras Completas, XIV, Pamplona, Mintzoa, 1985, pp. 241-401.
  • Campión, Arturo: "Un patriota basko: Estanislao de Aranzadi", Euskalerriaren Alde, X, 1920, pp. 1-13.
  • Corcuera Atienza, Javier: Orígenes, ideología y organización del nacionalismo vasco, 1876-1904, Madrid, Siglo XXI, 1979.
  • Elorza, Antonio: Ideologías del nacionalismo vasco: 1876-1937, San Sebastián, Haranburu, 1978.
  • Estornés Lasa, Bernardo: "Renacimiento literario (1789-1960)", en Enciclopedia General Ilustrada del País Vasco: Arte, Lengua y Literatura, I, 1969, pp. 408-574.
  • Galar, Juan Ignacio: "Acerca de la formación ideológica del nacionalismo vasco", Symbolae Ludovico Mitxelena septuagenario oblatae, n.º 2, 1985, pp. 1329-1336.
  • González Ollé, Fernando: La Asociación Éuskara de Navarra (1877-1897) a través de sus libros de actas, Pamplona, Newbook, 1997.
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  • López Antón, José Javier: Arturo Campión entre la historia y la cultura, Pamplona, Institución Príncipe de Viana / Fundación Sabino Arana, 1998.
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  • Sánchez-Prieto, Juan María: El imaginario vasco: Representaciones de una conciencia histórica, nacional y política en el escenario europeo, 1833-1876, Barcelona, Eiunsa, 1993.
  • Urmeneta Purroy, Blanca: Navarra ante el vascuence: actitudes y actuaciones (1876-1919), Pamplona: Gobierno de Navarra, Departamento de Educación y Cultura, 1997.
  • Valverde, Lola: "Introducción", Revista Éuskara, I, ed. facs., Donostia, Eusko Ikaskuntza, 1996, pp. IX-XLVI.
José Luis NIEVA ZARDOYA