Lexikoa

VASCO-CANTABRISMO

Fin del vasco-cantabrismo. Las «Luces», puestas al servicio de la ciencia, pero también de la unidad del Estado --francés o español-- eclipsaron, en el terreno intelectual, la teoría vasco-cantabrista. La revolución liberal completó, en lo tocante a las medidas político-administrativas, la labor. La obra historiográfica de la Real Academia de la Historia y, especialmente, las «Noticias Históricas» de Llorente (1806-1808) no pueden ser aisladas de su contexto político. Llorente desmitificó el cantabrismo pero unció su desmitificación al carro del centralismo castellanista. La desaparición de la «fábula» cantabrista permite en 1810 a la Junta de Reforma de Abusos de la Real Hacienda en las Provincias Vascongadas proclamar que la historia «no ofrece ningún documento en que pueda apoyarse la supuesta independencia de estas provincias...y que los fueros mismos los deben a la liberalidad de los augustos predecesores de S.M. que constantemente las dominaron por derecho de sucesión» (Labayru, VIII: 60). Dentro aún de la escuela historicista, Novia de Salcedo intenta llevar la argumentación a un terreno menos movedizo:

«Difícil sobremanera es fundar opinión segura sobre hechos tan remotos, y de que quedan tan escasas memorias. Su averiguación (la de la Junta mencionada) es por otra parte enteramente inútil a la cuestión que el presente se discute. Que las Provincias Bascongadas correspondiesen a la Vasconia o a la Cantabria, o fuesen un país intermedio entre ambas, interesa para la indagación de la parte que puede caberlas en la extensión y sucesos de los reyes godos, pero nada influye para el estado en que quedaron al extinguirse su monarquía y detenerse más en este punto sería incurrir en el defecto mismo que se reprueba.»


Novia quiere basar la estrategia pactista sobre datos bajomedievales, mucho más fehacientes, pero los Fueros vascos están ya sentenciados a muerte. Su obra, escrita antes de la primera guerra carlista (1829), vio impedida su publicación hasta 1851. Ni era el primer caso ni iba a ser el último. La llegada de nuevos mitos románticos (Canto de Altabizkar, 1834; Aitor, 1845) y el retorno del vasconismo de la mano de la Asociación Euskara de Navarra (Navarro Villoslada, Olóriz, Campión, Iturralde, etc.) no impidieron la persistencia, a nivel popular, de la tradición vasco-cántabra avivada por la publicación del «Canto de Lelo» y la producción de publicistas y literatos como Trueba o Araquistain, leídos por diversas generaciones hasta nuestros días. Pero, el reconocimiento por la ciencia histórica de la falta de evidencias contundentes para emparentar al pueblo vasco con los de su entorno, reconocimiento asumido por Arana-Goiri («es bien sabido que el origen de la raza euskeriana desconócese hasta hoy por completo; su lengua carece de hermanas y de madre conocida», 1888), acabó con una doctrina y una creencia que, reivindicando respeto y autonomía, no hacía otra cosa que exhibir ostentosamente credenciales de verdadera españolía. El centralismo castellanista barrenó, de esta forma, de manera involuntaria, el fuerte vínculo que existió durante siglos entre las Vascongadas y el resto de los pueblos de Iberia. Nacían a la historia, entre los s. XVIII y XIX lo que Morán denominaría más tarde (1982), con retruécano de avezado periodista, «los españoles que dejaron de serlo». Uno de ellos, el patriarca nacionalista Isaac López-Mendizabal (1879-1977), dedicaba, a modo de símbolo, su tesis doctoral juvenil (1899) a rematar el viejo mito vasco-cantabrista.