Lexikoa

VASCO-CANTABRISMO

Auge y ocaso del vasco-cantabrismo. Esta prudencia no arredró al cantabrismo que, tras el refuerzo de Henao (Averiguaciones..., 1689-1691), «entró (en el s. XVIII) --al decir de A. Legarda (1953:16)-- como incendio alentado por el bochorno y fueron menester heroicos arrestos para intentar cortarlo». En efecto, el vasco-cantabrismo en el s. XVIII no es ya sólo una hipótesis histórica, ni sólo, como pensaba Cadalso, un nombre bajo el que recoger a «todos los que hablan el idioma vizcaino», sino, principalmente, una bien arraigada doctrina jurídico-política sobre la que se asientan casi todas las prerrogativas y derechos que asisten a vizcainos, alaveses y guipuzcoanos en el seno de la Monarquía castellana. Su exponente más destacado es el P. Larramendi, que considera cántabros a «todos los bascongados» pero circunscribe la aplicación política de este adjetivo sólo a los de las tres provincias. Las bases del pactismo se hallan, para él, en la teoría cantabrista ya que sólo un pueblo insumiso, es decir, nunca domeñado (el cántabro), pudo haber pactado, de igual a igual, con la Corona y este pacto, concretizado en los Fueros y en los juramentos mutuos, no puede ser rescindido unilateralmente por ninguna de sus partes. Larramendi, preocupado por la lengua pero también por el deterioro experimentado por el sistema foral clásico desde la llegada de los Borbones al trono español, escribe ya a la defensiva tratando de refutar la crítica de Mayans (Orígenes de la lengua española, 1737) que, aun admitiendo la identidad vasco-cántabra, demuestra, con el apoyo de las fuentes, que tales cántabros fueron derrotados y que si su lengua se conservó fue por «haber vuelto luego a la antigua rudeza y poco trato con las naciones más cultas, siendo cierto que, donde no hay comunicación con los extraños, se conserva más la lengua antigua». Ofendido por estas afirmaciones, Larramendi inicia la huida hacia adelante de los vasco-iberistas y de los vasco-cántabros. El euskera es inalterable:

«el bascuence, inaccesible a la novedad y alteración, y libre de impresiones bastardas, ha conservado tan intacta su antigua pureza y hermosura, que si el primer poblador de España, sea Tubal o sea Tarsis, oyera hoy hablar a los guipuzcoanos, los entendería sin diccionario y sin intérprete, a menos que hubiere olvidado su propia lengua.»

Según Larramendi, si este pactismo --consecuencia política del vasco-cantabrismo-- no es respetado, como lo fuera en los siglos precedentes, por la Monarquía absoluta, los vascos podrían considerarse liberados de su pacto con la Corona de Castilla. De esta forma, en Larramendi vemos esbozarse un independentismo que era sólo potencia en el autor de el «Tordo». Larramendi se pregunta:

¿Qué razón hay para que la nación bascongada, la primitiva pobladora de España y aún de sus vecindades...no sea nación aparte, nación de por sí, nación exenta e independiente de las demás?»

Y más adelante:

«¿por qué el bascuence, lengua tan viva y de más vida que otra ninguna, no ha de ver a todos sus bascongados juntos y unidos en una sola nación libre y exenta de otra lengua y nación?».

Y estas preguntas se las hace desde el vasco-cantabrismo porque «el abandono injusto de Castilla nos ha puesto en estado de mirar por nuestra subsistencia y libertad». Concluyendo que «de esta suerte, si eligiéramos Rey, será y se llamará Rey de Cantabria (1983, escr. hacia 1756-1758: 58-60). Pero esta evolución ideológica del P. Larramendi --de la apología de la lengua a la amenaza separatista-- no fue conocida apenas dado el carácter secreto de su obra hasta su publicación en nuestros días (1983) por Tellechea Idígoras. De la misma forma que la imbatibilidad de los antiguos caledonios sustentó durante muchos años la argumentación antiasimilacionista de los escoceses, siendo reu-tilizada en el s. XVIII por ambos Macpherson como utilísima materia prima de su exitosa reconstrucción de una especial historia de Escocia, el vasco-cantabrismo «leal» se mantuvo hasta bien avanzado el s. XVIII como ideología oficial de las Vascongadas, equivalente al dogma de la «unión principal» cultivado por los navarros, doctrina elaborada también ex nihil a lo largo de los s. XVI-XVIII. Carácter insumiso, limpieza de sangre, monoteísmo primitivo, nobleza universal, vasco-cantabrismo son dogmas incontrovertibles en el interior del etnogrupo. Todo ataque a cualquiera de estos elementos amenaza al conjunto, a la foralidad vasca. Esto queda patente al examinar la producción de estos años, incluidos los proyectos historiográficos de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País iniciados en 1765. En efecto, como observa y analiza Olábarri Gortázar (1986: 461-470), en todos los materiales acopiados para elaborar una Historia Nacional o «Historia de la nación bascongada», el dogma vasco-cántabro permanece incólume. Y, no solo eso, la aparición de «La Cantabria» del P. Florez, dentro de la monumental España Sagrada, en 1768, excluyendo a las Provincias Vascongadas de la Cantabria histórica descrita por los romanos, debió de provocar en el seno de la benemérita Sociedad una conmoción que se tradujo en un cúmulo de «vindicaciones», refutaciones, respuestas, etc. que, sin embargo, no vieron, salvo excepciones (Ozaeta, 1779), la luz pública. La unidimensionalidad de las defensas de la foralidad vasca --muy atacada desde 1766, año en que Carlos III endurece su política administrativa tras la crisis del motín de Esquilache-- y el miedo a abrir una brecha letal en el basamento de estas defensas parecen haber paralizado la obra historiográfica de los «Amigos», o, por lo menos, su publicación. En palabras de Olábarri Gortázar, «los» Caballeritos» querían escribir la historia de su País de acuerdo con las técnicas y los puntos de vista modernos, ilustrados, pretensión paralela a la que mantienen en otros campos de la cultura; pero, cuando ponen en marcha su proyecto, se dan cuenta de que los principales representantes españoles de esa historiografía ilustrada arrastran en su labor crítica tradiciones conservadas por los vascongados durante siglos, que ellos mismos seguían y que además eran piezas muy importantes si no decisivas de su defensa histórico-jurídica de los Fueros frente al poder central. En esta tesitura, renunciaron al proyecto de escribir y publicar una historia nacional vascongada que, o bien debía rectificarse en un sentido que podía ser contrario a los intereses del País, o bien habría de encontrarse con la crítica de los ilustrados españoles y, quizá, con la censura del poder real.» En efecto, el libro del P. Florez fue defendido por el P. Risco (1779) en medio de una gran polémica. El fracaso historiográfico de los ilustrados vascos es una faceta más de su naufragio como clase rectora abocada, con los años, o a romper con la Monarquía española (Guerra de la Convención) o a reformar por sí misma y sin medios suficientes el régimen de Fueros (problema de las aduanas). La ocupación francesa y la derrota napoleónica borrarían del mapa a nuestros ilustrados y, con ellos, al vasco-cantabrismo como teoría científica. Quizá haya sido el P. Masdeu quien con más prudencia fijara, a fines del s. XVIII, la tan debatida cuestión acerca de los límites de Cantabria. Pese a dar por bueno aún el tubalismo, dice, en efecto, en su «Historia» (t. VII, 16) lo que sigue, ofreciendo una solución posible --la hoy en día vigente-- del problema de las contradicciones de los geógrafos:

«Yo tengo por más probable, que quando los romanos conocían poco la España septentrional, daban el nombre genérico de Cántabros a todos los pueblos de la costa y sus vecinos, comenzando de Asturias hasta los Pirineos; pero que desde el tiempo de Augusto, en que se hicieron más prácticos de aquel país, aplicaron el nombre de Cántabros (como lo hicieron Plinio, Estrabón y Tolomeo) a solos los castellanos viejos más septentrionales, que viven entre Asturias y Vizcaya, desde el Océano hasta el Pisuerga».

La «solución» ilustrada fue perfilada a lo largo de los siglos XIX (Fernández Guerra) y XX (Sánchez Albornoz, Schulten). En 1925, Gómez Moreno, primer decodificador de la escritura ibérica, avanzó basándose en el estudio de la onomástica vasca, la hipótesis de una posible vasconización por Navarra de las provincias vascongadas, proceso que habría acaecido en los albores de la Edad Media. Su seguidor inmediato, Sánchez Albornoz, interpretaría así «vascongadas» por «vasconizadas». v. V/BASCONGADO. El tema parece estar lejos de hallarse definitivamente zanjado «con perdón de Florez mismo» (Caro Baroja, 1972:188). Michelena (1988, II:865) comenta con sorna refiriéndose al «Canto de Lelo» del s. XVI, donde los cántabros son vizcainos, que si los «vascongadistas» tuvieran razón, «es decir, si la lengua vasca nos hubiera sido traída desde Navarra en los tiempos más recientes, nosotros, con los vizcainos a la cabeza, bien podíamos ser cántabros o próximos parientes de éstos. Lo antiguo y lo nuevo se encuentran a veces de modo inesperado».