Lexikoa

VASCO-CANTABRISMO

Desplazamiento del cantabrismo. Entre los siglos s. XIV y XVI se gesta el sistema de Fueros en Vasconia, sistema de dependencia de los diferentes territorios vascos de las Coronas castellana y francesa. Navarra, conquistada en 1512, pasa a depender de la primera e inicia un período difícil de su historia caracterizado por los tres intentos de recuperación del Reino por los Albret y un estado latente de insurrección que dura muchos años (Idoate, 1981). Durante éstos se efectúa una reafirmación de la nacionalidad navarra y el desarrollo de la teoría pactista tendente a mitigar los efectos de la conquista, teoría que se sustenta en un pasado (Reino independiente) reciente, de todos recordado. v. PACTISMO. No es ese el caso de las Vascongadas, que pertenecen a la órbita castellana desde el s. XIII y van a necesitar algo más sólido que la memoria para sustentar la legitimidad de sus pretensiones, en especial cuando la Monarquía castellana inicie su fase absolutista. Esta «ultima ratio» va a ser la lengua privativa y la identificación histórica con Cantabria, tanto por su supuesta insumisión a los romanos como por su carácter de tierra no conquistada por los musulmanes. Cántabros y vascos conforman en esos momentos la poderosa Hermandad de las Marismas, sólo equiparable en Europa a la Hansa. Ya un anotador de Lope García de Salazar parece avanzar los primeros elementos racionalizadores de la tesis. En una nota del libro VIII (fol. 68) de las Bienandanzas (1967, II), que Mañaricúa atribuye a mano del s. XVI, dice:

«Las montañas y bizcaya/ murieron sus naturales por no perder/ sus leyes y costumbres no queriendo tomar las leyes de los emperadores Romanos/ que ansi en estas probincias quedó el lenguaje antiguo que hera vascuen/ en espana se ablo romance.»

Y refiriéndose a la invasión agarena --a la vez que desconociendo la «Crónica» de Alfonso III-- dice que sólo las «Montañas de Vizcaya asta Burgos no fue ganadas de moros y Guipuzcoa E algunas pocas fortalezas en el Reyno de Aragón E de Cataluña». Los historiadores castellanos Ocampo (1544) y Nebrija (1545) sitúan a los cántabros hasta Logroño, el primero, hasta Higuer, el segundo. Unos años más tarde, en 1553, los capuchinos segregan parte de su provincia de Burgos denominando Cantabria a la porción que comprendía a «Guipúzcoa, Vizcaya, Alava y las Montañas» (Isasti, 1850: 21). En el bachiller Martínez de Zaldibia encontramos ya casi todos los elementos constitutivos del vasco-cantabrismo. Basándose en un rico elenco de fuentes y en la traída y llevada cita de Ximénez de Rada, Zaldibia (escr. hacia 1560, 1950: 10) asimila cántabros a iberos ya que:

«sola esta nación entre todas las provincias y reinos del mundo conserva sus leyes habidas en la ley de la naturaleza de antes que Nino, rey de Babilonia, adulterase la áurea edad y corrompiese el mundo con la idolatría, y sola ésta ha conservado su lengua primera y aun esclavones se precian de tener vocablos vizcainos en la misma significanza y usan de las armas y vestidos de aquella edad primera, jactándose ser de las compañías de Tubal.»

El factor lingüístico lleva directamente al argumento causal. El euskera (1950:11):

«bien se entiende haber sido la materna de ella hasta que los romanos vinieran a ella y la sujetaron y plantaron su lengua llamada romance, salvo en aquella región donde siempre ha permanecido la primera lengua, que aún es grande argumento no haber sido señoreada (12).» Háblase esta lengua en Guipúzcoa, Vizcaya y Encartaciones, Alava, lo más interior de Navarra, y en Labort y Vascos.»

Utilizando el argumento toponímico, la guerra de los cántabros contra Roma es localizada en Gipuzkoa e incluso el antiguo escudo de esta provincia es interpretado en función de aquellos acontecimientos (muerte voluntaria de los guipuzcoanos envenenados con tejos):

«Por lo cual los guipuzcoanos tienen de antiquísimo tiempo acá puestos en su escudo de armas tres árboles tejos en memoria de los ánimos invencibles de sus pasados, aunque aquella manera de muerte era de gentiles, como ellos lo eran al tiempo, pero de corazones libres y constantes que escogían morir antes que verse cautivos».

Esta identificación permite reacomodar el pasado vasco con la historia peninsular; basándose en Ximénez de Rada, enlaza a estos cántabros con Don Pelayo, sienta las bases de la teoría nobiliaria según la cual la nobleza española desciende de estos cántabros y astures inconquistos y acaba identificando a Felipe II con los mismos:

«Su Magestad es natural español descendiente de Tubal por reta línea que trae de los cántabros, aunque haya autores españoles que dicen que el Pelayo era de linaje de los godos, como fue el Obispo don Alonso de Cartagena, en el libro que hizo de la Genealogía de los Reyes de España, aunque por madre es cierto que los reyes de España descienden de los cántabros por ninguna nación del mundo enteramente señoreados.»

Zaldibia, interesado en buscar sus raíces en Cantabria, considera sólo temporal la pertenencia de las tierras vascas al Reino de Navarra. Por ello su castellanismo es total y, aún sin negar los hechos de armas del año 1200 (conquista castellana de Araba y Gipuzkoa), los acomoda a su particular tesis:


«viendo los guipuzcoanos al rey de Castilla, cuyos según razón debían ser, pues antes en tiempo de los godos eran, tan cerca de su tierra, acordaron de volver a ser suyos y no del rey de Navarra de quien estaban descontentos por agravios que les hacía, y llamando al rey Don Alonso, le entregaron los castillos y la tierra, lo cual bien se puede entender ser así, pues el rey fue a San Sebastián con solamente 20 de a caballo y no intervinieron armas ni pelea alguna.» (...) «los guipuzcoanos, después que volvieron al prístino estado de ser castellanos, como gente libre y no conquistada y obligada a extender la corona de Castilla de quien realmente ellos eran».


Zaldibia inicia la historiografía cantabrista de fuerte carga antinavarra que será la oficial hasta nuestros días. Garibay, también guipuzcoano, acepta a rasgos generales esta orientación. El cronista de Felipe II escribirá en su Compendio de 1571 que Tubal y sus gentes tuvieron «su asiento y habitación en la región de Cantabria y tierras de Navarra». En el libro 9 (cap. 6) dice:


«Cantabria, según queda dicho, es provincia de España, debajo de cuyo general nombre se comprenden las tierras que hay de Ebro hasta el mar Océano, especialmente las provincias de Alava, Vizcaya y Guipúzcoa, con mucha parte de Navarra, de las montañas que confinan con Guipúzcoa, según en la de la guerra de Cantabria, adonde me refiero, se dijo más copiosamente».


El cronista guipuzcoano se suma al método toponímico iniciado por Zaldibia pero lo extiende, basándose en un texto de Séneca, a ciertos puntos de Italia y también a los topónimos caucásicos. Su Cantabria peninsular se extiende más allá de los Pirineos «porque (la lengua vasca) se habla en la ciudad de Bayona y en su obispado y en todas las vertientes de los Pirineos hasta el señorío del Bearn.» Tanto los extraños (ej. Covarrubias, Fray Luis de León, Marineo Sículo, Vaseo, Florián Ocampo, Luis Núñez, Alderete, Morales) como los autóctonos (Lope Martínez de Isasti, el dominico Juan de Victoria, el bachiller Poza, B. de Echave) admiten y generalizan el uso de la voz cántabro para significar vascongado o vascoparlante. En el anónimo «Canto de Lelo» escrito en el s. XVI (descubierto en el XIX), los protagonistas de las guerras cántabras son vizcainos, con su caudillo a la cabeza:

Octabiano munduco jauna
Lecobidi Bizcaicoa

>No otra cosa viene a decir el cronista castellano Alvar Gutiérrez de Torres cuando escribe (1524) que «los vizcaynos por Augusto fueron oprimidos». En la Cronica apócrifa de Vizcaya de 1404 (en realidad, del s. XVI), estos vizcainos habrían pactado con Roma (Mañaricúa, 1971: 136-142). Incluso hay autores, como el anónimo progenitor del «Tordo Vizcaino», que afirman que «estos cántabros solo eran vizcaynos, lupuzcoanos, alaueses, montañas de Nauarra y vascos (de Ultrapuertos)» ya que «las demás prouincias que se incluyen en este general apellido obedecieron al Cetro Gótico o, por mejor, decir, fueron destruidas por él.» El «Tordo» ya no sólo describe sino que defiende una diferencialidad y polemiza. Cántabros y vascos fueron idénticos en la época romana pero constituían:
«naciones separadas, como ahora las dos Navarras, Vizcaya y Guypuzcoa que sólo se hermanan en el lenguaje, en lo demás se distinguen, con oposición sine escusada, siendo unos los principios, una la nobleza, el idioma y las costumbres».

En contraposición a Zaldibia, el «Tordo» rechaza la vinculación con Pelayo, aun defendiendo el vasco-cantabrismo con gran ardor, y lo defiende del «error de vu Francés Moderno, que fundado en Estrabón...afirma...no entran en Cantabria las provincias de Vizcaya y Lipuzcoa». El supuesto error no debe de ser otro que el del suletino Oihenart, contemporáneo del «Tordo», tras el que algunos (Mañaricúa, por ej.) han visto la sombra de Henao. Oihenart, cronista riguroso muy vinculado a Navarra, no admite el vasco-cantabrismo --por lo menos en lo referente a este Reino-- y testimonia en su Notitia de 1638 la introducción del mismo:

«ya se ha introducido la costumbre, no solo en las escuelas...(de) que en latín se denominen cántabros a lo que los franceses (galli) llaman vascos (bascos) o vizcainos (biscainos) y los españoles (hispani) Vascongados (Not., ed. de 1929: 3-4).»

Los vascones constituyen para Oihenart la columna vertebral de las dos Vasconias, la ibérica y la aquitana. Este pueblo habría invadido Cantabria, sometida a los godos, «previo un ataque durante el reinado de Wamba», federando con él a várdulos, caristios y autrigones. No hallamos rastro de tubalismo ni de patrañas semejantes en Oihenart, que piensa que el euskera fue la lengua «de todos los pueblos montañeses que vivían en el Norte de España.» El P. Moret (1615-1687) es más cauto en su expresión pero se basa en hipótesis semejantes. Para él, el euskera «dominaba como familiar muy universalmente por las regiones de España»; también resalta la existencia de nombres que «en lo antiguo se ven usados en la Provincia de Armenia, primer solar del linaje humano, después del diluvio universal». Respecto a la época romana, sospecha que «los primeros pobladores de España se derramaron también de la otra parte del Pirineo». Desde los inicios distingue entre «vascones» y «cántabros» y, refiriéndose a las guerras romano-cántabras, dice:

«estas gentes con la semejanza grande de vida y costumbres (Strabon escritor de aquella edad lo advierte) envolvieron en la misma guerra todas las demás gentes septentrionales de España; los asturianos a sus finítimos los gallegos: los cántabros a los demás, que desde ellos corren hasta el Pirineo, que vulgarmente también se llaman cántabros por la mucha semejanza; aunque se distinguían con nombres propios de autrigones, caristios, várdulos y vascones. Solo los autrigones orientales a la Cantabria, los cuales ocupan un gran trozo del Señorío de Vizcaya y se entraban por lo que hoy llamamos Bureba, no parece entraron en esta conspiración; pues también fueron invadidos de los cántabros (Lib.I, cap. II, IV).»