Lexikoa

VASCO-CANTABRISMO

Vasconia, supuesto reducto cántabro. Esta teoría, derrotada entre los s. XVIII y XIX tras haber disfrutado de una extraordinaria popularidad, sienta sus bases en las fuentes greco-latinas, poco precisas algunas de ellas y tachonadas de topónimos de difícil identificación v. CANTABRIA. La introducción de referentes bíblicos en la historiografía va a distorsionar durante muchos siglos los datos fidedignos aportados por los primitivos clásicos. La alusión del cronista judeo-romano Flavio Josefo (s. I) al patriarca Tubal, nieto de Noé, como ascendiente de los iberos iba a dar pie a la teoría vasco-iberista que relaciona a los vascos con los primeros habitantes de las dos Iberias, la caucásica y la hespérica o mediterránea. v. VASCO-IBERISMO. No conocemos ningún estudio sistemático sobre los orígenes de la identificación de estos vascos --o iberos-- con los antiguos cántabros, aliados de los aquitanos y fieles seguidores de Sertorio (Cesar, XXIII-XXVI), diezmados por las tropas imperiales en los años que preceden a nuestra era. Lo que no hay duda es que la invención y difusión de la imprenta europea relanza la literatura clásica y posibilita el acceso de la misma a los historiadores renacentistas; pocos años después de la puesta en marcha de este revolucionario sistema, en l475, se efectúa en Vicenza la primera edición de las tablas de Ptolomeo. En ellas aparecen los cántabros, separados de los vascos de la Hispania Tarraconense (várdulos, carístios, autrigones y vascones), pero todos ellos en torno del Occeanus qui dicitur Cantabrius. Creemos que la identificación vasco-cántabra, de no ser tradicional, surge del cruce tardío de la teoría tubalista-iberista, que, desde el s. XIII (Ximénez de Rada), localiza en los Pirineos de habla vasca a los primitivos iberos, con el enorme enigma que plantea a los eruditos de la época la existencia de una lengua ostensiblemente no romance. La hipótesis de que el euskera haya podido ser la primitiva lengua de Iberia llevará, pensamos, a interrogarse sobre cuál habría podido ser la causa de que tal lengua primitiva se haya mantenido en una zona concreta de la península --Vasconia-- y haya sobrevivido a la conquista romana. Aislamiento e insumisión, se razona, tienen que haber sido las causas. Las guerras cántabras, la salvaje resistencia de estos elementos nativos a dejarse domeñar por las águilas imperiales, el desconocimiento generalizado de la derrota cántabra definitiva a manos de Agripa, ofrecen un tentador surtido de elementos para la identificación. Los cántabros, insumisos, habrían mantenido el idioma indígena de Iberia: el euskera o vascuence. Cantabria y el país del vascuence, que en el s. XVI es llamado preferentemente «vizcaino», son la misma cosa. La alusión de los clásicos a la impronunciabilidad de los nombres cantábricos avalaría la hipótesis. Pero ¿qué zona concreta del país del vascuence es la primera en ser identificada con Cantabria?
Identificación Cantabria = Navarra. El vasco-iberismo coloca a Tubal en los Pirineos, primero (Ximénez de Rada), luego en Pamplona y zona colindante (Lope García de Salazar, el Tostado, s. XV), desde donde su estirpe se habría expandido por toda la península. La superposición, basada en la indefinición de las fuentes antiguas, de vascones y cántabros se efectúa a lo largo de la historiografía medieval. Caro Baroja (1972:186) menciona una cita de Lucas del Tuy, muerto en 1349, en la que denomina «Rey de Cantabria» al de Navarra y «cantabrios» a sus vasallos. Utilizando el soporte lingüístico, la transposición iberos=cántabros parece ser obra del Renacimiento. Entre los s. XV y XVI la identificación de Navarra con Cantabria es un hecho generalizado. «Regum Cantabriae» llama en el s. XV Alonso de Palencia al de Navarra en su «Cuarta década» de la Crónica de Enrique IV. A los vascis (bajonavarros) y cantabris va dirigida la bula «Pastor Ille coelestis» de Julio II (1512) a propósito de la conquista de Navarra. Osiibus et memoriae Petri Navarri cantabri puede leerse en el sepulcro de Pedro Navarro en la iglesia de Santa María de Nápoles, frase que su casi contemporáneo, Pierre Brantôme (1540-1614), traduce, significativamente, «a los huesos y a la memoria del Vizcaino Pedro Navarro». v. NOMBRE. Las citas no son fortuitas. Avalos de la Piscina, médico y cronista navarro del s. XVI, escribió una Historia Cantábrica a la que subtitula «Emmunctorium Cronicarum a Jacobo Remirio Piscinino Abalino, circa illustrissimam navarrorum regum proginiem serio non minus quam diligenter editum» (ms. en la B. Nacional de Madrid). También identifica a los navarros como cántabros el cronista Pero Antón Beuter en su Primera parte de la crónica general de toda España publicada en 1604, mucho después de escrita, y el literato Fray Antonio de Guevara en sus Epístolas familiares al escribir (1539) que «el oráculo de los hispanos era Proserpina, cuyo templo estaba en Cantabria, que ahora se llama Navarra». El Dr. Navarro se autotituló navarro y cántabro (me esse Navarrum et Cantabrum) en su «Carta apologética» de 1570. Trillo Figueroa, autor de la Neapolisea (1651) llama todavía cántabros a los navarros. La sinonimia Navarra= Cantabria proseguirá su marcha a través de los tres siglos que componen la Edad Moderna pero, a lo largo del s. XVI, la identificación se desplaza hacia el Oeste, cobra allí carta de naturaleza y sirve de soporte a toda una ideología político-antropológica: el cantabrismo.
Desplazamiento del cantabrismo. Entre los siglos s. XIV y XVI se gesta el sistema de Fueros en Vasconia, sistema de dependencia de los diferentes territorios vascos de las Coronas castellana y francesa. Navarra, conquistada en 1512, pasa a depender de la primera e inicia un período difícil de su historia caracterizado por los tres intentos de recuperación del Reino por los Albret y un estado latente de insurrección que dura muchos años (Idoate, 1981). Durante éstos se efectúa una reafirmación de la nacionalidad navarra y el desarrollo de la teoría pactista tendente a mitigar los efectos de la conquista, teoría que se sustenta en un pasado (Reino independiente) reciente, de todos recordado. v. PACTISMO. No es ese el caso de las Vascongadas, que pertenecen a la órbita castellana desde el s. XIII y van a necesitar algo más sólido que la memoria para sustentar la legitimidad de sus pretensiones, en especial cuando la Monarquía castellana inicie su fase absolutista. Esta «ultima ratio» va a ser la lengua privativa y la identificación histórica con Cantabria, tanto por su supuesta insumisión a los romanos como por su carácter de tierra no conquistada por los musulmanes. Cántabros y vascos conforman en esos momentos la poderosa Hermandad de las Marismas, sólo equiparable en Europa a la Hansa. Ya un anotador de Lope García de Salazar parece avanzar los primeros elementos racionalizadores de la tesis. En una nota del libro VIII (fol. 68) de las Bienandanzas (1967, II), que Mañaricúa atribuye a mano del s. XVI, dice:

«Las montañas y bizcaya/ murieron sus naturales por no perder/ sus leyes y costumbres no queriendo tomar las leyes de los emperadores Romanos/ que ansi en estas probincias quedó el lenguaje antiguo que hera vascuen/ en espana se ablo romance.»

Y refiriéndose a la invasión agarena --a la vez que desconociendo la «Crónica» de Alfonso III-- dice que sólo las «Montañas de Vizcaya asta Burgos no fue ganadas de moros y Guipuzcoa E algunas pocas fortalezas en el Reyno de Aragón E de Cataluña». Los historiadores castellanos Ocampo (1544) y Nebrija (1545) sitúan a los cántabros hasta Logroño, el primero, hasta Higuer, el segundo. Unos años más tarde, en 1553, los capuchinos segregan parte de su provincia de Burgos denominando Cantabria a la porción que comprendía a «Guipúzcoa, Vizcaya, Alava y las Montañas» (Isasti, 1850: 21). En el bachiller Martínez de Zaldibia encontramos ya casi todos los elementos constitutivos del vasco-cantabrismo. Basándose en un rico elenco de fuentes y en la traída y llevada cita de Ximénez de Rada, Zaldibia (escr. hacia 1560, 1950: 10) asimila cántabros a iberos ya que:

«sola esta nación entre todas las provincias y reinos del mundo conserva sus leyes habidas en la ley de la naturaleza de antes que Nino, rey de Babilonia, adulterase la áurea edad y corrompiese el mundo con la idolatría, y sola ésta ha conservado su lengua primera y aun esclavones se precian de tener vocablos vizcainos en la misma significanza y usan de las armas y vestidos de aquella edad primera, jactándose ser de las compañías de Tubal.»

El factor lingüístico lleva directamente al argumento causal. El euskera (1950:11):

«bien se entiende haber sido la materna de ella hasta que los romanos vinieran a ella y la sujetaron y plantaron su lengua llamada romance, salvo en aquella región donde siempre ha permanecido la primera lengua, que aún es grande argumento no haber sido señoreada (12).» Háblase esta lengua en Guipúzcoa, Vizcaya y Encartaciones, Alava, lo más interior de Navarra, y en Labort y Vascos.»

Utilizando el argumento toponímico, la guerra de los cántabros contra Roma es localizada en Gipuzkoa e incluso el antiguo escudo de esta provincia es interpretado en función de aquellos acontecimientos (muerte voluntaria de los guipuzcoanos envenenados con tejos):

«Por lo cual los guipuzcoanos tienen de antiquísimo tiempo acá puestos en su escudo de armas tres árboles tejos en memoria de los ánimos invencibles de sus pasados, aunque aquella manera de muerte era de gentiles, como ellos lo eran al tiempo, pero de corazones libres y constantes que escogían morir antes que verse cautivos».

Esta identificación permite reacomodar el pasado vasco con la historia peninsular; basándose en Ximénez de Rada, enlaza a estos cántabros con Don Pelayo, sienta las bases de la teoría nobiliaria según la cual la nobleza española desciende de estos cántabros y astures inconquistos y acaba identificando a Felipe II con los mismos:

«Su Magestad es natural español descendiente de Tubal por reta línea que trae de los cántabros, aunque haya autores españoles que dicen que el Pelayo era de linaje de los godos, como fue el Obispo don Alonso de Cartagena, en el libro que hizo de la Genealogía de los Reyes de España, aunque por madre es cierto que los reyes de España descienden de los cántabros por ninguna nación del mundo enteramente señoreados.»

Zaldibia, interesado en buscar sus raíces en Cantabria, considera sólo temporal la pertenencia de las tierras vascas al Reino de Navarra. Por ello su castellanismo es total y, aún sin negar los hechos de armas del año 1200 (conquista castellana de Araba y Gipuzkoa), los acomoda a su particular tesis:


«viendo los guipuzcoanos al rey de Castilla, cuyos según razón debían ser, pues antes en tiempo de los godos eran, tan cerca de su tierra, acordaron de volver a ser suyos y no del rey de Navarra de quien estaban descontentos por agravios que les hacía, y llamando al rey Don Alonso, le entregaron los castillos y la tierra, lo cual bien se puede entender ser así, pues el rey fue a San Sebastián con solamente 20 de a caballo y no intervinieron armas ni pelea alguna.» (...) «los guipuzcoanos, después que volvieron al prístino estado de ser castellanos, como gente libre y no conquistada y obligada a extender la corona de Castilla de quien realmente ellos eran».


Zaldibia inicia la historiografía cantabrista de fuerte carga antinavarra que será la oficial hasta nuestros días. Garibay, también guipuzcoano, acepta a rasgos generales esta orientación. El cronista de Felipe II escribirá en su Compendio de 1571 que Tubal y sus gentes tuvieron «su asiento y habitación en la región de Cantabria y tierras de Navarra». En el libro 9 (cap. 6) dice:


«Cantabria, según queda dicho, es provincia de España, debajo de cuyo general nombre se comprenden las tierras que hay de Ebro hasta el mar Océano, especialmente las provincias de Alava, Vizcaya y Guipúzcoa, con mucha parte de Navarra, de las montañas que confinan con Guipúzcoa, según en la de la guerra de Cantabria, adonde me refiero, se dijo más copiosamente».


El cronista guipuzcoano se suma al método toponímico iniciado por Zaldibia pero lo extiende, basándose en un texto de Séneca, a ciertos puntos de Italia y también a los topónimos caucásicos. Su Cantabria peninsular se extiende más allá de los Pirineos «porque (la lengua vasca) se habla en la ciudad de Bayona y en su obispado y en todas las vertientes de los Pirineos hasta el señorío del Bearn.» Tanto los extraños (ej. Covarrubias, Fray Luis de León, Marineo Sículo, Vaseo, Florián Ocampo, Luis Núñez, Alderete, Morales) como los autóctonos (Lope Martínez de Isasti, el dominico Juan de Victoria, el bachiller Poza, B. de Echave) admiten y generalizan el uso de la voz cántabro para significar vascongado o vascoparlante. En el anónimo «Canto de Lelo» escrito en el s. XVI (descubierto en el XIX), los protagonistas de las guerras cántabras son vizcainos, con su caudillo a la cabeza:

Octabiano munduco jauna
Lecobidi Bizcaicoa

>No otra cosa viene a decir el cronista castellano Alvar Gutiérrez de Torres cuando escribe (1524) que «los vizcaynos por Augusto fueron oprimidos». En la Cronica apócrifa de Vizcaya de 1404 (en realidad, del s. XVI), estos vizcainos habrían pactado con Roma (Mañaricúa, 1971: 136-142). Incluso hay autores, como el anónimo progenitor del «Tordo Vizcaino», que afirman que «estos cántabros solo eran vizcaynos, lupuzcoanos, alaueses, montañas de Nauarra y vascos (de Ultrapuertos)» ya que «las demás prouincias que se incluyen en este general apellido obedecieron al Cetro Gótico o, por mejor, decir, fueron destruidas por él.» El «Tordo» ya no sólo describe sino que defiende una diferencialidad y polemiza. Cántabros y vascos fueron idénticos en la época romana pero constituían:
«naciones separadas, como ahora las dos Navarras, Vizcaya y Guypuzcoa que sólo se hermanan en el lenguaje, en lo demás se distinguen, con oposición sine escusada, siendo unos los principios, una la nobleza, el idioma y las costumbres».

En contraposición a Zaldibia, el «Tordo» rechaza la vinculación con Pelayo, aun defendiendo el vasco-cantabrismo con gran ardor, y lo defiende del «error de vu Francés Moderno, que fundado en Estrabón...afirma...no entran en Cantabria las provincias de Vizcaya y Lipuzcoa». El supuesto error no debe de ser otro que el del suletino Oihenart, contemporáneo del «Tordo», tras el que algunos (Mañaricúa, por ej.) han visto la sombra de Henao. Oihenart, cronista riguroso muy vinculado a Navarra, no admite el vasco-cantabrismo --por lo menos en lo referente a este Reino-- y testimonia en su Notitia de 1638 la introducción del mismo:

«ya se ha introducido la costumbre, no solo en las escuelas...(de) que en latín se denominen cántabros a lo que los franceses (galli) llaman vascos (bascos) o vizcainos (biscainos) y los españoles (hispani) Vascongados (Not., ed. de 1929: 3-4).»

Los vascones constituyen para Oihenart la columna vertebral de las dos Vasconias, la ibérica y la aquitana. Este pueblo habría invadido Cantabria, sometida a los godos, «previo un ataque durante el reinado de Wamba», federando con él a várdulos, caristios y autrigones. No hallamos rastro de tubalismo ni de patrañas semejantes en Oihenart, que piensa que el euskera fue la lengua «de todos los pueblos montañeses que vivían en el Norte de España.» El P. Moret (1615-1687) es más cauto en su expresión pero se basa en hipótesis semejantes. Para él, el euskera «dominaba como familiar muy universalmente por las regiones de España»; también resalta la existencia de nombres que «en lo antiguo se ven usados en la Provincia de Armenia, primer solar del linaje humano, después del diluvio universal». Respecto a la época romana, sospecha que «los primeros pobladores de España se derramaron también de la otra parte del Pirineo». Desde los inicios distingue entre «vascones» y «cántabros» y, refiriéndose a las guerras romano-cántabras, dice:

«estas gentes con la semejanza grande de vida y costumbres (Strabon escritor de aquella edad lo advierte) envolvieron en la misma guerra todas las demás gentes septentrionales de España; los asturianos a sus finítimos los gallegos: los cántabros a los demás, que desde ellos corren hasta el Pirineo, que vulgarmente también se llaman cántabros por la mucha semejanza; aunque se distinguían con nombres propios de autrigones, caristios, várdulos y vascones. Solo los autrigones orientales a la Cantabria, los cuales ocupan un gran trozo del Señorío de Vizcaya y se entraban por lo que hoy llamamos Bureba, no parece entraron en esta conspiración; pues también fueron invadidos de los cántabros (Lib.I, cap. II, IV).»

Auge y ocaso del vasco-cantabrismo. Esta prudencia no arredró al cantabrismo que, tras el refuerzo de Henao (Averiguaciones..., 1689-1691), «entró (en el s. XVIII) --al decir de A. Legarda (1953:16)-- como incendio alentado por el bochorno y fueron menester heroicos arrestos para intentar cortarlo». En efecto, el vasco-cantabrismo en el s. XVIII no es ya sólo una hipótesis histórica, ni sólo, como pensaba Cadalso, un nombre bajo el que recoger a «todos los que hablan el idioma vizcaino», sino, principalmente, una bien arraigada doctrina jurídico-política sobre la que se asientan casi todas las prerrogativas y derechos que asisten a vizcainos, alaveses y guipuzcoanos en el seno de la Monarquía castellana. Su exponente más destacado es el P. Larramendi, que considera cántabros a «todos los bascongados» pero circunscribe la aplicación política de este adjetivo sólo a los de las tres provincias. Las bases del pactismo se hallan, para él, en la teoría cantabrista ya que sólo un pueblo insumiso, es decir, nunca domeñado (el cántabro), pudo haber pactado, de igual a igual, con la Corona y este pacto, concretizado en los Fueros y en los juramentos mutuos, no puede ser rescindido unilateralmente por ninguna de sus partes. Larramendi, preocupado por la lengua pero también por el deterioro experimentado por el sistema foral clásico desde la llegada de los Borbones al trono español, escribe ya a la defensiva tratando de refutar la crítica de Mayans (Orígenes de la lengua española, 1737) que, aun admitiendo la identidad vasco-cántabra, demuestra, con el apoyo de las fuentes, que tales cántabros fueron derrotados y que si su lengua se conservó fue por «haber vuelto luego a la antigua rudeza y poco trato con las naciones más cultas, siendo cierto que, donde no hay comunicación con los extraños, se conserva más la lengua antigua». Ofendido por estas afirmaciones, Larramendi inicia la huida hacia adelante de los vasco-iberistas y de los vasco-cántabros. El euskera es inalterable:

«el bascuence, inaccesible a la novedad y alteración, y libre de impresiones bastardas, ha conservado tan intacta su antigua pureza y hermosura, que si el primer poblador de España, sea Tubal o sea Tarsis, oyera hoy hablar a los guipuzcoanos, los entendería sin diccionario y sin intérprete, a menos que hubiere olvidado su propia lengua.»

Según Larramendi, si este pactismo --consecuencia política del vasco-cantabrismo-- no es respetado, como lo fuera en los siglos precedentes, por la Monarquía absoluta, los vascos podrían considerarse liberados de su pacto con la Corona de Castilla. De esta forma, en Larramendi vemos esbozarse un independentismo que era sólo potencia en el autor de el «Tordo». Larramendi se pregunta:

¿Qué razón hay para que la nación bascongada, la primitiva pobladora de España y aún de sus vecindades...no sea nación aparte, nación de por sí, nación exenta e independiente de las demás?»

Y más adelante:

«¿por qué el bascuence, lengua tan viva y de más vida que otra ninguna, no ha de ver a todos sus bascongados juntos y unidos en una sola nación libre y exenta de otra lengua y nación?».

Y estas preguntas se las hace desde el vasco-cantabrismo porque «el abandono injusto de Castilla nos ha puesto en estado de mirar por nuestra subsistencia y libertad». Concluyendo que «de esta suerte, si eligiéramos Rey, será y se llamará Rey de Cantabria (1983, escr. hacia 1756-1758: 58-60). Pero esta evolución ideológica del P. Larramendi --de la apología de la lengua a la amenaza separatista-- no fue conocida apenas dado el carácter secreto de su obra hasta su publicación en nuestros días (1983) por Tellechea Idígoras. De la misma forma que la imbatibilidad de los antiguos caledonios sustentó durante muchos años la argumentación antiasimilacionista de los escoceses, siendo reu-tilizada en el s. XVIII por ambos Macpherson como utilísima materia prima de su exitosa reconstrucción de una especial historia de Escocia, el vasco-cantabrismo «leal» se mantuvo hasta bien avanzado el s. XVIII como ideología oficial de las Vascongadas, equivalente al dogma de la «unión principal» cultivado por los navarros, doctrina elaborada también ex nihil a lo largo de los s. XVI-XVIII. Carácter insumiso, limpieza de sangre, monoteísmo primitivo, nobleza universal, vasco-cantabrismo son dogmas incontrovertibles en el interior del etnogrupo. Todo ataque a cualquiera de estos elementos amenaza al conjunto, a la foralidad vasca. Esto queda patente al examinar la producción de estos años, incluidos los proyectos historiográficos de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País iniciados en 1765. En efecto, como observa y analiza Olábarri Gortázar (1986: 461-470), en todos los materiales acopiados para elaborar una Historia Nacional o «Historia de la nación bascongada», el dogma vasco-cántabro permanece incólume. Y, no solo eso, la aparición de «La Cantabria» del P. Florez, dentro de la monumental España Sagrada, en 1768, excluyendo a las Provincias Vascongadas de la Cantabria histórica descrita por los romanos, debió de provocar en el seno de la benemérita Sociedad una conmoción que se tradujo en un cúmulo de «vindicaciones», refutaciones, respuestas, etc. que, sin embargo, no vieron, salvo excepciones (Ozaeta, 1779), la luz pública. La unidimensionalidad de las defensas de la foralidad vasca --muy atacada desde 1766, año en que Carlos III endurece su política administrativa tras la crisis del motín de Esquilache-- y el miedo a abrir una brecha letal en el basamento de estas defensas parecen haber paralizado la obra historiográfica de los «Amigos», o, por lo menos, su publicación. En palabras de Olábarri Gortázar, «los» Caballeritos» querían escribir la historia de su País de acuerdo con las técnicas y los puntos de vista modernos, ilustrados, pretensión paralela a la que mantienen en otros campos de la cultura; pero, cuando ponen en marcha su proyecto, se dan cuenta de que los principales representantes españoles de esa historiografía ilustrada arrastran en su labor crítica tradiciones conservadas por los vascongados durante siglos, que ellos mismos seguían y que además eran piezas muy importantes si no decisivas de su defensa histórico-jurídica de los Fueros frente al poder central. En esta tesitura, renunciaron al proyecto de escribir y publicar una historia nacional vascongada que, o bien debía rectificarse en un sentido que podía ser contrario a los intereses del País, o bien habría de encontrarse con la crítica de los ilustrados españoles y, quizá, con la censura del poder real.» En efecto, el libro del P. Florez fue defendido por el P. Risco (1779) en medio de una gran polémica. El fracaso historiográfico de los ilustrados vascos es una faceta más de su naufragio como clase rectora abocada, con los años, o a romper con la Monarquía española (Guerra de la Convención) o a reformar por sí misma y sin medios suficientes el régimen de Fueros (problema de las aduanas). La ocupación francesa y la derrota napoleónica borrarían del mapa a nuestros ilustrados y, con ellos, al vasco-cantabrismo como teoría científica. Quizá haya sido el P. Masdeu quien con más prudencia fijara, a fines del s. XVIII, la tan debatida cuestión acerca de los límites de Cantabria. Pese a dar por bueno aún el tubalismo, dice, en efecto, en su «Historia» (t. VII, 16) lo que sigue, ofreciendo una solución posible --la hoy en día vigente-- del problema de las contradicciones de los geógrafos:

«Yo tengo por más probable, que quando los romanos conocían poco la España septentrional, daban el nombre genérico de Cántabros a todos los pueblos de la costa y sus vecinos, comenzando de Asturias hasta los Pirineos; pero que desde el tiempo de Augusto, en que se hicieron más prácticos de aquel país, aplicaron el nombre de Cántabros (como lo hicieron Plinio, Estrabón y Tolomeo) a solos los castellanos viejos más septentrionales, que viven entre Asturias y Vizcaya, desde el Océano hasta el Pisuerga».

La «solución» ilustrada fue perfilada a lo largo de los siglos XIX (Fernández Guerra) y XX (Sánchez Albornoz, Schulten). En 1925, Gómez Moreno, primer decodificador de la escritura ibérica, avanzó basándose en el estudio de la onomástica vasca, la hipótesis de una posible vasconización por Navarra de las provincias vascongadas, proceso que habría acaecido en los albores de la Edad Media. Su seguidor inmediato, Sánchez Albornoz, interpretaría así «vascongadas» por «vasconizadas». v. V/BASCONGADO. El tema parece estar lejos de hallarse definitivamente zanjado «con perdón de Florez mismo» (Caro Baroja, 1972:188). Michelena (1988, II:865) comenta con sorna refiriéndose al «Canto de Lelo» del s. XVI, donde los cántabros son vizcainos, que si los «vascongadistas» tuvieran razón, «es decir, si la lengua vasca nos hubiera sido traída desde Navarra en los tiempos más recientes, nosotros, con los vizcainos a la cabeza, bien podíamos ser cántabros o próximos parientes de éstos. Lo antiguo y lo nuevo se encuentran a veces de modo inesperado».
El vasco-cantabrismo en la Vasconia aquitana. Ya hemos visto cómo A. Oihenart atestigua la penetración de la moda cantabrista en los estudios, rechazándola. Un escritor en lengua vasca, Joanes Etxeberri de Sara (Lab.), escribe entre 1712 y 1719 asimilando kantabresak y eskualdunak («Eskuararen Ethorkia», San Sebastián, 1972:63). Otro historiador, su contemporáneo Pierre Marca, bearnés y Presidente del Parlamento de Navarra, no acepta la asimilación en su »Histoire de Béarn» de 1640. Sí la admite, sin embargo, el militar suletino Jeanne-Phillippe de Bela, autor de una inédita «Histoire des Basques...» desde su origen hasta 1748 y creador, en 1745, del célebre cuerpo denominado «Royal Cantabres Volontaires», adiestrado a la prusiana y compuesto sólo de vascos de las tres demarcaciones francesas. Bela conocía la obra de Larramendi --que vivió en Bayona de 1730 a 1733--, llegando a traducir el «Prólogo» de su «Diccionario Trilingüe» de 1745 (Peillen, 1987: 157). Las relaciones de ambos debieron de ser estrechas, como lo atestigua Larramendi en su «Corografía», en la que confiesa deberle «muchos favores» (1950:16). La historia de Bela nos es conocida sobre todo por la adaptación que de la misma publicara en 1785 el benedictino y futuro obispo constitucional Sanadon. El «Essai sur la noblesse des Basques» fue traducido y publicado al año siguiente en Tolosa. Su traductor, el eclesiástico ilustrado Diego de Lazcano, nos pone en guardia en el «Prefacio» sobre el clima político-religioso en el que se desenvolvían la investigación y la vida cultural ya que dice haberse tomado licencias, «parte por motivos políticos y parte por no desviarme de los principios más seguros de la Teología y el Derecho». «No convendrán --dice con cautela Lazcano-- todos los teólogos en que se diga que la libertad o la exención de la Potestad civil, no sólo es el estado primitivo de los hombres sino su estado natural (...), tampoco se conformarán todos los juristas con que se llame usurpación la conquista del Reyno de Navarra por D. Fernando el Católico». Al amparo del vasco-cantabrismo Sanadon trata de demostrar que los vascos conservaron siempre exentas «sus propiedades de todo vasallaje y servidumbre, como sus personas». Su origen fue una confederación compuesta por:

«los Pésicos, que ocupaban el territorio de Santander, y Laredo, los Cántabros propiamente dichos, que poseían una gran parte de la Bizcaya, Alava y Rioja, donde estaba situada la Ciudad de Cantabria, Metrópoli de toda la Confederación, los Autrigones, Caristos y Origeviones, que poblaban lo restante de la Vizcaya y Alava, y los Várdulos y Vascones, que ocupaban la Guipúzcoa, Navarra y una parte de Aragón (p. 27)».

Siguiendo a G. de Tours, Sanadon se hace eco de la invasión (587) de la Novempopulania hasta el Garona por estos vascos. Luego habrían constituido una Monarquía bajo los Reyes de Navarra, «de los quales muchos se intitularon Reyes de toda Cantabria, porque a sus estados, que comprendían ya el País de los Vascones, agregaron las comarcas ocupadas en otro tiempo por los Vardulos, Autrigones y Cántabros (p. 30).» Finalmente Sanadon trata de demostrar que «los bascongados de Soule y Labort han gozado de las mismas ventajas que los de Baxa-Navarra (p. 200).» Y que «no están sujetos, sino a las leyes constitutivas de su Reino particular, y de ningún modo a las que se han hecho y se hacen para toda Francia (213).» Como es evidente, su alegato se dirige principalmente a poner un freno al Absolutismo francés y a la venta del realengo y su subsiguiente señorialización. Pese a la lectura constitucionalista que el ilustrado Sanadon hace de los Fueros, como contratos entre «la Nación y el Príncipe» (181), una vez más el igualitarismo vasco se manifiesta bajo la forma de «nobleza universal» predemocrática, alodialidad o «franc-alleu» en el vocabulario de Polverel, seguidor de Sanadon, y en historiadores vasco-franceses posteriores. Haciendo caso omiso de la difusión de las investigaciones del P. Florez, tanto Chaho como Belzunce (1874), Jusef Eguiategui (1780), Iharce de Bidassouet (1825), Depping u otros mantienen el cantabrismo, que persistió a ambos lados del Bidasoa de la mano de foralistas de diversas procedencias.
Fin del vasco-cantabrismo. Las «Luces», puestas al servicio de la ciencia, pero también de la unidad del Estado --francés o español-- eclipsaron, en el terreno intelectual, la teoría vasco-cantabrista. La revolución liberal completó, en lo tocante a las medidas político-administrativas, la labor. La obra historiográfica de la Real Academia de la Historia y, especialmente, las «Noticias Históricas» de Llorente (1806-1808) no pueden ser aisladas de su contexto político. Llorente desmitificó el cantabrismo pero unció su desmitificación al carro del centralismo castellanista. La desaparición de la «fábula» cantabrista permite en 1810 a la Junta de Reforma de Abusos de la Real Hacienda en las Provincias Vascongadas proclamar que la historia «no ofrece ningún documento en que pueda apoyarse la supuesta independencia de estas provincias...y que los fueros mismos los deben a la liberalidad de los augustos predecesores de S.M. que constantemente las dominaron por derecho de sucesión» (Labayru, VIII: 60). Dentro aún de la escuela historicista, Novia de Salcedo intenta llevar la argumentación a un terreno menos movedizo:

«Difícil sobremanera es fundar opinión segura sobre hechos tan remotos, y de que quedan tan escasas memorias. Su averiguación (la de la Junta mencionada) es por otra parte enteramente inútil a la cuestión que el presente se discute. Que las Provincias Bascongadas correspondiesen a la Vasconia o a la Cantabria, o fuesen un país intermedio entre ambas, interesa para la indagación de la parte que puede caberlas en la extensión y sucesos de los reyes godos, pero nada influye para el estado en que quedaron al extinguirse su monarquía y detenerse más en este punto sería incurrir en el defecto mismo que se reprueba.»


Novia quiere basar la estrategia pactista sobre datos bajomedievales, mucho más fehacientes, pero los Fueros vascos están ya sentenciados a muerte. Su obra, escrita antes de la primera guerra carlista (1829), vio impedida su publicación hasta 1851. Ni era el primer caso ni iba a ser el último. La llegada de nuevos mitos románticos (Canto de Altabizkar, 1834; Aitor, 1845) y el retorno del vasconismo de la mano de la Asociación Euskara de Navarra (Navarro Villoslada, Olóriz, Campión, Iturralde, etc.) no impidieron la persistencia, a nivel popular, de la tradición vasco-cántabra avivada por la publicación del «Canto de Lelo» y la producción de publicistas y literatos como Trueba o Araquistain, leídos por diversas generaciones hasta nuestros días. Pero, el reconocimiento por la ciencia histórica de la falta de evidencias contundentes para emparentar al pueblo vasco con los de su entorno, reconocimiento asumido por Arana-Goiri («es bien sabido que el origen de la raza euskeriana desconócese hasta hoy por completo; su lengua carece de hermanas y de madre conocida», 1888), acabó con una doctrina y una creencia que, reivindicando respeto y autonomía, no hacía otra cosa que exhibir ostentosamente credenciales de verdadera españolía. El centralismo castellanista barrenó, de esta forma, de manera involuntaria, el fuerte vínculo que existió durante siglos entre las Vascongadas y el resto de los pueblos de Iberia. Nacían a la historia, entre los s. XVIII y XIX lo que Morán denominaría más tarde (1982), con retruécano de avezado periodista, «los españoles que dejaron de serlo». Uno de ellos, el patriarca nacionalista Isaac López-Mendizabal (1879-1977), dedicaba, a modo de símbolo, su tesis doctoral juvenil (1899) a rematar el viejo mito vasco-cantabrista.
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  • Idoia ESTORNÉS ZUBIZARRETA