Químicos

Elhuyar Lubice, Fausto Fermín de

Químico y mineralogista riojano. Logroño, 11 de noviembre de 1755 - Madrid, 6 de enero de 1833.

La mayoría de nosotros asociamos el nombre de Elhuyar al descubrimiento del wolframio y, quizá otros muchos, al Seminario Patriótico de Bergara. Fausto de Elhuyar proporciona, desde luego, argumentos a los que piensan de esta forma.

Basta, en efecto, pasar revista a la historia de la tabla periódica (24 elementos descubiertos hasta 1782) para comprender dónde residió su valor. Hasta el extremo de que no sería descabellado formularse la pregunta de cómo una joven institución de tan sólo treinta años, como la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, y dos jóvenes veinteañeros, como los Elhuyar, contribuyeron a una aportación singular al patrimonio científico de la humanidad.



Miembro de un linaje originario de Lapurdi, hijo de cirujano -su padre, Juan, emigró a Bilbao y Logroño a ejercer la medicina-, Fausto recibió, al igual que su hermano mayor Juan José, una formación no sólo empírica, sino también científica. Aunque su padre quiso, en un principio, encaminarles hacia la profesión médica, enviándoles a estudiar al Colegio Real de París, circunstancias culturales de la época cambiarían el rumbo de su ocupación profesional. De su estancia en París le quedaron conocimientos de física y química y las enseñanzas de Hilaire Marie Rouelle (1718-1779), quien explicaba química y mineralogía en el Jardin des Plantes, foco de la intelectualidad de la época.

No es posible entender la naturaleza de los posteriores estudios de los Elhuyar sin tomar antes en consideración la relación entre la Corona y la Bascongada, un caso ilustrativo de la interacción ciencia-espionaje militar (véase Elhuyar, Juan José de). Cuando los Elhuyar pidieron ayuda al Gobierno español para continuar sus estudios superiores, el Ministerio de la Marina y la Bascongada estaban a punto de cerrar un acuerdo de colaboración científico-técnica, entendiendo por esto una operación de beneficio mutuo. Por primera vez, la Corona utilizaba una sociedad civil, la Bascongada, para poner en marcha su plan de espiar la fábrica de cañones de Carrón en Escocia. Y quid pro quo, la Bascongada se aseguraba una vía para financiar sus planes de desarrollo científico, técnico y socioeconómico, plasmados en la fundación de la Real Escuela Metalúrgica de Bergara y el Laboratorium Chemicum, así como en la dotación de las primeras cátedras de química y metalurgia. Este acuerdo implicaba la formación de especialistas, lo que sugería la conveniencia de que jóvenes con formación teórica y habilidad experimental suficientemente probadas fuesen pensionados para ampliar sus conocimientos técnicos de mineralogía y fabricación de armas. Se hacía así patente que la investigación química y mineralógica era crucial para modernizar la Marina y el Ejército español.

La colaboración de la que Fausto resultó, como veremos, beneficiado, es una manifestación acertada de las distintas y múltiples facetas, o dimensiones, de la ciencia: la militarización, la politización, la, en suma, instrumentalización. Refleja, por consiguiente, la densa maraña de intereses que subyacía tras los viajes científicos sin los cuales no se alcanzarían los logros que luego vinieron. Fausto fue pensionado en 1778 por la Bascongada para que se formase para ser catedrático de mineralogía en Bergara, mientras que Juan José fue costeado por la Corona como espía. A través del itinerario de los Elhuyar, asistimos a los centros neurálgicos que reinaban en la química y la metalurgia europeas: de París llegaron a Freiberg (Sajonia), en cuya Escuela de Minas estudiaron de 1778 a 1781, con profesores como Abraham Gottlob Werner (1749-1817), autoridad mundial en el campo de la mineralogía y de la geología; más tarde visitaron fundiciones de plomo (Schemnirtz, Hungría) y de plata (Neushal), así como numerosas minas (Idria, Rosenau, etc.) en Checoslovaquia, Hungría, Austria y el Tirol.

Reclamado por la Bascongada -o, lo que era casi lo mismo-, por su mecenas y valedor, el joven Fausto tuvo que regresar en 1781 a Bergara para ocupar la cátedra de Mineralogía y Metalurgia, que mantuvo hasta 1785. Fue allí, mientras realizaba tareas docentes y cuidaba de los modernos equipos experimentales, en donde Fausto alcanzó el cenit de su carrera científica. En 1783, su annus mirabilis, ambos hermanos publicaron en la revista Extractos... de la Bascongada la memoria que terminaría engrosando la tabla de los elementos químicos: "Análisis químico del volfram, y exàmen de un nuevo metal, que entra en su composicion", en el que dieron a conocer el aislamiento -por primera vez- del wolframio en estado puro, además de 16 nuevos compuestos, la mayoría de ellos de interés químico y tecnológico. Este logro fue el resultado de la confluencia de la capacidad de Juan José en química metalúrgica y de los conocimientos de Fausto en mineralogía, de la habilidad técnica y la formación teórica, dentro de un laboratorio moderno. Por cierto, esta pieza científica ha sido universalmente elogiada por los especialistas, tanto por la claridad y precisión de su vocabulario, como por la originalidad de algunos conceptos o la forma de exponer las deducciones; sirvan de muestra los siguientes testimonios: "no recuerdo -afirmaba el químico Juan Fages en 1909- análisis de química hecho con fecha igual o anterior [a éste] que [lo] supere y aun iguale en precisión, rigorismo y exactitud"; o "además de su innegable belleza literaria, es posible que sea el mejor trabajo científico escrito en lengua castellana" (Román, 2000: 159).

He aquí cómo se referían los hermanos Elhuyar, al final de la citada memoria, a su gran descubrimiento, por el que han pasado a entrar en los anales de la historia de la química:

"Habiendo puesto otros cien granos de este polvo en un crisol de Zamora, guarnecido con carbonilla, y bien tapado, á un fuego fuerte, en el qual estuvo hora y media, encontramos rompiendo el crisol despues de enfriado un boton que se reducia á polvo entre los dedos. Su color era gris, y examinándolo con un lente, se veía un conjunto de globos metálicos, entre los quales habia algunos del tamaño de una cabeza de alfiler, cuya fractura era metálica, y de color de azero. Pesaba sesenta granos, y por consiguiente habia disminuido quarenta. Su pesadez específica era: I, 17, 6". (Elhuyar, 1783: 80).

A pesar del éxito científico y la fama popular que obtuvo, Fausto no permaneció mucho tiempo en Bergara. Agobiado por una serie de circunstancias desfavorables -como el desinterés de los alumnos por los estudios técnicos de la Escuela Metalúrgica, el escaso apoyo que recibió a menudo desde la propia Bascongada, y la marcha de Juan José a América-, pensó en abandonar su cátedra. Existe una carta, dirigida el 15 de enero de 1784 al célebre químico Torbern Olof Bergman (1735-1784), en la que Fausto le notificó su hallazgo, al tiempo que dejó escapar, con una gran franqueza, dónde residían sus intereses; así, dice: "yo, al igual que mi hermano, me dedico al asunto de los minerales, pero, como de éstos apenas se encuentra en este país, me ocupo principalmente de Química" (Larrañaga, 1970: 387).

No le faltaron a Fausto, como era de esperar, ofertas de cargos públicos ni distinciones. La Corona le envió a Hungría y Austria para que aprendiese el método de amalgama de la plata desarrollado por el barón Ignaz von Born (1742-1791), aunque una vez allí aceptó el cargo de director general de Minas de México. Hasta 1821 no abandonaría el suelo americano. A partir de entonces residiría en Madrid.

Durante los treinta y tres años que permaneció en el virreinato americano, Fausto trabajó a destajo en el campo de la minero-metalurgia, de un lado introduciendo técnicos extranjeros, un hecho que trajo consigo la mejora de la producción metalúrgica, y, de otro, fomentando las enseñanzas técnicas. En la década de 1790 se incrementó considerablemente -en calidad y cantidad- la explotación de las menas de plata, un asunto en el que influyó la adopción del método de Born, con algunas mejoras introducidas por el propio Fausto. En 1792 culminó su labor con la organización del Real Seminario de Minería de México, del que fue primer director. Da idea de la importancia que tuvo el hecho el que fue el primer centro de este tipo fundado en Hispanoamérica; entre sus profesores, destacó Andrés Manuel del Río (1764-1849), el descubridor del vanadio. Esta sensibilidad educativa se puso nuevamente de manifiesto tras su vuelta a España. Considerando "poco formal" la enseñanza técnica minera, Fausto utilizó todo el poder de influencia, en absoluto escaso, que tenía -su cargo de director general de Minas, por ejemplo- para proponer un plan de estudios moderno en la Escuela de Almadén y para fundar la Escuela de Minas de Madrid.

Hay, desde luego, muchos más datos biográficos que se nos escapan. Pero lo que aquí se ha pretendido es reconocer el gran valor que tuvo en la historia de la química la contribución de Fausto al aislamiento del wolframio, algo que es de rigor y de justicia. Especialmente cuando el wolframio, poco utilizado en los tiempos de Elhuyar, constituye hoy un producto industrial estimado y polivalente. Sus aplicaciones son desde hace ya bastante tiempo, no lo olvidemos, numerosas, y en ellas aparece tanto en estado puro como en forma de aleaciones y, sobre todo, en aceros especiales. Los científicos e ingenieros son conscientes de que el wolframio es un ingrediente básico de un complejo universo tecnológico, presente en filamentos de lámparas eléctricas, tubos de rayos X y válvulas electrónicas, incluso hasta en reactores y cohetes espaciales. El caso de los hermanos Elhuyar puede servir de ejemplo para desmitificar al científico neutral e inmune a todo; su ciencia es influenciable, y sus disciplinas, sus conocimientos, interactúan con la política, la industria y el mundo militar, en definitiva, con la sociedad.