Militares

Zumalacárregui Imaz, Tomás

Célebre militar guipuzcoano. Nacido en Ormaiztegi el 29 de diciembre de 1788 en el caserío Arandi-Enea, fallece en Zegama (Gipuzkoa) el 24 de junio de 1835.

Su padre, escribano real y de número, falleció cuando tenía Tomás cuatro años. A los 13 pasó a Idiazabal para aprender el oficio paterno con el escribano Pedro José de Urreta, continuando en 1804 sus estudios en Pamplona, en el despacho de Javier Ollo, padre de su futura esposa Pancracia, y procurador del Tribunal Eclesiástico.

Según ha verificado la historiadora Paloma Miranda no consta en su hoja de servicios ninguna alusión a su repetidamente atribuida presencia en la Zaragoza sitiada por los franceses. Pasa los primeros meses de 1809 en su localidad natal. El guerrillero Jauregui "Artzaia" le acoge en calidad de secretario suyo en Gipúzcoa, actuando entonces como segundo jefe de su partida. Es en esta época cuando hace su aprendizaje de la guerrilla: acción de Azpíroz (21 de septiembre), acción de Oiartzun (29 de setiembre), acción de Tiebas (2 de noviembre), acción de Santa Cruz de Campezo (3 de enero de 1810), acción del Carrascal (8 de febrero), acciones de Villarreal, Belascoain y Unzué. En abril de ese año es ascendido a Oficial del Regimiento de Guipúzcoa, inciándose propiamente en su carrera militar. En 1813, tras tomar parte en la batalla de San Marcial, pasa a Cádiz a recibir el nombramiento de capitán. Posee ya una rica experiencia.

Acabada la guerra es nombrado secretario-archivero bajo el mando del capitán general de las Vascongadas, Carlos Aréizaga. En 1815 entra en la plantilla del Regimiento de Infantería de Borbón y, 4 años después, pasa al Regimiento de Vitoria en Zamora. En 1820 casa con Pancracia Ollo. Fue separado del Regimiento de Órdenes Militares por un tiempo al considerárselo desafecto al régimen liberal. Reincorporado al ejército, pasa al siguiente año a Ciudad Rodrigo. En 1822 está con su Regimiento en Pamplona. Colabora con sus comunicados en el periódico realista La Verdad contra el Error y Desengaño de Incautos publicado en varios sitios en pleno Trienio constitucional.

En junio, se une a las fuerzas rebeldes anticonstitucionales sumándose a la partida de Quesada. Su acción es ininterrumpida en todo 1823, incluso contra su ex compañero de armas, Chapalangarra.

Restablecido el absolutismo organiza el II Regimiento de Infantería de Voluntarios de Aragón. Forma parte de la Comisión Militar del virreinato. En 1825 está de guarnición en Huesca y en 1828 en Zaragoza, en el Regimiento del Príncipe. Al año siguiente es nombrado Coronel del Regimiento de Gerona e Inspector del cuerpo de inválidos. En 1832 es Gobernador militar de El Ferrol, con mando político y militar sobre la plaza, cuando es relevado por el brigadier Rafael Cevallos de Escalera por razones no demasiado claras (se habla de excesos contra el bandolerismo, simpatía por el pretendiente Carlos). Resentido por esta separación, marcha a la Corte a explicar su caso al inspector de Infantería, general Quesada, visita, al parecer, infructuosa, tras la cual pasa, con licencia ilimitada a Pamplona, ciudad de su mujer. Allí asiste a la tertulia del fuerista Angel Sagaseta de Ilúrdoz.

Al morir Fernando VII se le plantea el dilema de lealtades, sobre el cual debió de pesar su situación. Así lo considera Villalba (1897) cuando lo describe:

"Corazón esforzadísimo, entendimiento creador para la estrategia, voluntad de hierro y condición muy susceptible al agravio. Zumalacárregui era todo un hombre de cuidado. Sus afectos de familia y sus propias inclinaciones le llevaban hacia la libertad, a la cual servía con gran decisión su hermano D. Miguel; la injusticia le llevó al campo carlista".

El 2 de noviembre de 1833 abandonó subrepticiamente la ciudad recibiendo el 14 el nombramiento de Comandante general de Navarra tras jurar "adhesión a los Fueros y Leyes de Navarra".

Amenazadas por los gubernamentales, las Diputaciones carlistas de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa acatan también su mandato el 7 de diciembre. Con 3.000 voluntarios sin preparación militar y sin recursos, el nuevo caudillo se internó en las montañas navarras evitando todo encuentro con las tropas cristinas hasta la acción de Nazar y Asarta (Berrueza), los días 29-30 de diciembre del mismo año. Allí ya dio muestra de su talento militar luchando con soldados bisoños contra las del general M. Lorenzo y las del coronel Marcelino Oráa "El Lobo Cano". Inicia el año 1834 tomando por sorpresa la Fábrica Real de armas de Orbaitzeta. Su táctica habitual es el ataque sorpresivo, el desgaste del enemigo y la retirada, como la acción de Griesa, del 3 de febrero de ese año, o la sorpresa de Zubiri y Urdaniz contra Oráa. Durante estos meses su antiguo superior Quesada y su hermano, el político liberal, Miguel Antonio, efectúan diversas gestiones tendentes a conseguir su reinserción en la legalidad, tropezando con su negativa, ello pese a saber que tanto su esposa como sus hijas son objeto de represalias y sus bienes subastados. El 16 de marzo toma Vitoria por sorpresa, abandonándola el 29. En marzo es reconocida su jefatura por las Juntas carlistas de Aragón y Cataluña. El 22 de abril burló, cerca de Altsasu-Alsasua al general Quesada esperándole con 7 batallones. Este venía con tres de la Guardia real, una compañía de francos, 20 carabineros, dos mitades de caballería y cuatro piezas de montaña; se dirigía Quesada desde vitoria a pamplona contando con que el general Lorenzo caería sobre Olazagutia. Pero éste no acudió y Quesada, frente a fuerzas superiores, se retiró a la parte de Altzania y Zegama. Allí se produjo el ataque que, aunque al fin fue rechazado mediante la artillería, causó en las tropas de la Reina grandes pérdidas. También las tuvo Zumalacárregui pero consiguió unos 100 prisioneros, entre los cuales Leopolodo O'Donnell y otros tres oficiales. Esta acción infundió pavor entre los cristinos (los fusilamientos de presos se suceden en ambos bandos) y le dio crédito entre los seguidores de D. Carlos. Nuevamente derrotó al cubano Quesada en Muez el 26 de mayo.

Tras la acción de Gulina (18-06-1834), el pretendiente Carlos Mª Isidro, en persona, confirma a Zumalacárregui en la jefatura militar del carlismo: teniente general de los reales Ejércitos. Los mayores éxitos son aquéllos en los que Zumalacárregui logra rechazar (30 julio) a Rodil, Carrera, Espartero, Manzanedo y Lorenzo -la plana mayor cristina- en el puerto de Artaza. En las Peñas de San Fausto (19 agosto) el caudillo carlista sorprende a las tropas liberales apoderándose de 6.000 duros, pertrechos y, sobre todo, de la clave en la que el Gobierno envía sus partes al ejército. En Viana (14 septiembre) la caballería carlista se enfrenta por primera vez a la cristina desbaratándola. O'Doyle es derrotado por el guipuzcoano en la llanada alavesa (27-28 octubre) . Es una guerra de usura, de represalias -quema de Arantzazu y del convento de Bera (agosto y septiembre)-, de dureza -fusilamientos ordenados por Zumalacárregui de aquellos voluntarios que no se atrevieron a entrar en Etxarri-Aranatz-, de crueldad -bando del general Lorenzo (14 octubre)-. Un bregado guerrillero navarro liberal, el general Francisco Espoz y Mina será el encargado por Madrid de frenar el incontenible empuje carlista (14 noviembre). Pero la maniobra no surte efecto. A finales del año (15 diciembre), Zumalacárregui ya ha lanzado una advertencia al navarro de lo que valen sus fuerzas al detener a Córdoba, Orad y otros a orillas del Ega en Arquijas. Pero donde verdaderamente han de medir su talla ambos maestros de la guerrilla es en el valle de Baztan cuyos destacamentos gubernamentales se ven en continuos aprietos a comienzos de 1835.

Zumalacárregui ha formado ya un ejército considerable con cuartel general en las Amescoas. Desde Navarra sus golpes parten audaces al corazón de las provincias circundantes sumándose a la gran movilidad el hecho de tener a su servicio un gran número de espías y confidentes en el seno de un país adicto. Una de las primeras maniobras de Mina entonces fue cerrar el acceso al valle por la Burunda. Pero en enero de 1835 la audacia carlista llega hasta ocupar Lekaroz, Irurita y Elbetea, acercándose a la guarnición de Elizondo; en Guipúzcoa toma, con cerca de 3.000 hombres, Zumarraga y Urretxu. Al día siguiente en Zelandieta (2-3 enero), consigue por fin Zumalacárregui neutralizar a Jáuregui que se verá impedido de efectuar sus habituales correrías: el control carlista de Guipúzcoa es cada vez mayor.

Ahora puede dedicarse, sin dejar de hostigar en pequeña escala, a la conquista de Baztan. En pleno temporal de nieve acude Zumalacárregui al cerco de Ziga que abandona el 12 de febrero ante la proximidad de Mina. No llegan a verse ambos rivales esta vez y Mina tiene el rasgo de remitirle su hija pequeña, recluida hasta entonces en la Inclusa de Pamplona; no así en marzo (12) en que las tropas de uno y otro se enfrentan en el monte Larremiar con encarnizamiento. Mina escapa milagrosamente de caer prisionero y de sufrir una tremenda derrota pero logra romper el cerco de Elizondo. Entonces es cuando, exasperado, ordena la quema de Lekaroz (14 marzo). Zumalacárregui, retirándose prudentemente, sorprende a la guarnición de Etxarri-Aranatz apoderándose (19 marzo) de esta plaza, punto estratégico en el camino real de Pamplona a Vitoria. Es por estas fechas cuando se sitúa su entrevista (El Hombre de la Gran Espada), real o ficticia, con Joseph Augustin Chaho. También, cuando concierta con Lord Elliot una mayor clemencia entre carlistas y liberales (24 de abril). Pronto la casi totalidad del territorio vasco, a excepción de las capitales, escapa al control gubernamental. Las milicias urbanas y las guarniciones se refugian en San Sebastián o Bilbao. Baztan es evacuado el 15 de junio.

Entonces las altas instancias políticas carlistas adoptan, al fallar un importante empréstito, la decisión de apoderarse de Bilbao a fin de efectuar una acción de gran resonancia internacional. Pese a no compartir la decisión (él desea conquistar Madrid), el día 10 de junio de 1835, sin pérdida de tiempo, Zumalacárregui se apodera de Lutxana, Banderas, Abando y Deusto además de los altos de Miravilla y el Morro. Conmina a la villa el 12 y comienza el cerco al día siguiente.

El 15, hallándose en Begoña, recibe un tiro en una pierna que resultará de consecuencias mortales; se debate entre la vida y la muerte, atendido por diversos médicos -Grediaga, Gelos, Beliqui, Burguess- y, por su deseo expreso, por el curandero "Petrikillo". Una última entrevista con D. Carlos, cuya persona y cuyo entorno le desagradan, no pasa de tibia. Calor, ajetreo, infección, desembocan en septicemia o tétanos, falleciendo en Zegama el 25 de junio de 1835, a los 47 años. Posteriormente, la cabeza del general fue enviada a Inglaterra, (en donde permanece), para ser estudiada por expertos, tal y como era costumbre en la época con las personalidades destacadas.

D. Carlos concedió a su viuda, que sólo contó con 11 onzas de plata legadas por el difunto, el sueldo entero de teniente general y la pensión de 2.000 reales a cada una de las tres hijas. Por otro decreto posterior concedió al difunto la grandeza de España de primera clase con los títulos de duque de Victoria y conde de Zumalacárregui, para sí, sus hijos y descendientes legítimos. Habiendo muerto sin sucesión sus tres hijas, dichos honores y nombramientos recayeron en su sobrino-nieto, José Manuel de Oráa Aizquivel, Elorza y Zumalacárregui.

Pese a lo mucho que se ha escrito sobre el caudillo guipuzcoano, dadas las pasiones que aún suscitan las carlistadas, resulta difícil conocer con exactitud su verdadera personalidad.

Quienes le trataron más directamente podrían resultar sospechosos, por ser gentes de su entorno. Así, el capitán escocés Henningsen, lancero carlista, dice (1836) que era "preciso y brusco en su conversación, triste y sereno en sus maneras, fruto natural de los grandes e innumerables peligros sufridos a lo largo de su carrera". Su biógrafo y ayudante, J. A. Zaratiegui, lo describe como "enérgico con los orgullosos.., afable y sencillo con las gentes modestas". Lo cual explica su poca simpatía por la Corte carlista y sus duras cartas a la Junta Gubernativa de Navarra con la finalidad de librarse de capellanes y "alimañas que se comen y devoran este pobre país".

Los comentarios de sus contrincantes, por lo general, resaltan su dureza y oscurantismo, olvidando su honradez sin tacha. Incluso en nuestros días, J. P. Fusi (1988) simboliza su llegada al mundo con el "nacimiento de la España negra". A la polémica sobre conducta personal hay que añadir la perenne controversia sobre su calidad de defensor de los Fueros vascos (a los que no alude en sus escritos), polémica estéril, a todas luces, debido al carácter global de la ideología legitimista en la cual se insertaba el ordenamiento jurídico foral como un elemento sustancial -implícito o explícito- del mismo. Otra cosa sería la interpretación que los autores tradicionalistas o prenacionalistas (Chaho, Hiribarren), o el mismo nacionalismo vasco hicieran del general carlista, mitificado por la historia y las sucesivas derrotas militares (1839, 1876).

Diversos autores coetáneos de ambos bandos recogen en sus memorias la leyenda relativa a su entronización como soberano de un país independiente. Un "Español Guipuzcoano" (1836) escribió: "recordamos haber oído fuera de España que en vida de Zumalacárregui se intentó que este caudillo, digno de mejor causa, prohijase la idea de formar un Estado independiente con la de Navarra y las Provincias Vascongadas. Esto oímos decir y nos pareció entonces y aún nos parece todavía, tal vez equivocadamente, que no carece absolutamente de fundamento". Los británicos Wilkinson y Somerville (1837 y 1839) relatan que estuvo a punto de aceptar la corona del país como Tomás I, rey de Navarra y Señor de Vizcaya. El ayudante del general, coronel de Vargas, se hace eco de este rumor en sus memorias, rumor que impugna el prusiano Laurens (1839): "Zumalacarregui -dice- era el ídolo de su pueblo y se hablaba sin reparo de alzarlo con la corona de Navarra y hacerlo rey de los vascos. No era ésta, sin embargo, la idea de Zumalacárregui. No quería otra cosa que defender los derechos y libertades de su patria y esquivó aquel honor modestamente, dejando paso a su legítimo rey que se hallaba en Inglaterra." Para Chaho, Zumalacárregui fue el hombre providencial que quiso resucitar a la antigua Cantabria. A su muerte comenta (1842): "No haremos nada que valga la pena, y es una lástima. Ya tenemos a la Santa Virgen Generalísima de los Ejércitos de don Carlos en los Pirineos y Duquesa de Polonia, según el rito polaco. Adiós, pues, Navarra y Polonia, dos naciones heróicas, sacrificadas egoístamente en el altar del Catolicismo".

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