Chemists

Elhuyar Lubice, Juan José de

Químico y mineralogista riojano. Logroño, 15 de junio de 1754 - Santa Fe de Bogotá, 21 de septiembre de 1796.

En la historia de la ciencia en Euskalerria no faltan ejemplos de grandes descubridores que vivieron y murieron sin recibir prácticamente ningún reconocimiento profesional o público. Juan José de Elhuyar perteneció a esta categoría. España y la élite académica le ignoraron con alevosía y acritud. Y su olvidado mérito fue nada más y nada menos que aislar el único elemento -de los 115 que hoy se conocen- descubierto en la península Ibérica: el wolframio.

Hijo primogénito de los Elhuyar, la vida estudiantil de Juan José transcurrió paralela a la de su hermano menor, Fausto, con quien hizo estudios superiores en París y Freiberg. Allí estudiaron química y mineralogía, además de física, pero sobre todo pudieron profundizar en las técnicas metalúrgicas: visitaron minas y fundiciones de la Europa Central, donde se familiarizaron con los métodos de explotación minera (véase Elhuyar, Fausto de). Se separaron, sin embargo, en Viena, desde donde Fausto regresó a Bergara, ya que había sido pensionado por la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País, mientras que Juan José marchó a Suecia, como "espía" del rey Carlos III.



El espionaje científico de Juan José hunde sus raíces en la debilidad de la Marina española. Hacía tiempo que ésta se servía de la factoría de Carron en Escocia, de donde importaba cañones para sus navíos, pues las fábricas de Liérganes y La Cavada producían cañones de baja calidad. El ministro de Marina perseguía la idea de modernizar la industria armera mediante la aplicación del método de vaciado en hueco para la fabricación de cañones, y, a través de José de Mazarredo (1745-1812), pidió consejo a Xabier María de Munibe (1729-1785), conde de Peñaflorida, para que encontrase a alguien con conocimientos técnicos, dispuesto a ser enviado a Europa. Financiada por la Corona, la Bascongada lograba crear el Seminario de Bergara a la vez que el Laboratorium Chemicum, dentro de un plan científico-técnico sin precedentes en el Estado, a cambio de actuar como tapadera en el programa de espionaje militar.

Fue, en cualquier caso, en aquel contexto, en guerra contra Inglaterra, en donde se concretó la contratación de dos espías "vizcaínos" -así lo pedía el ministro, "porque son hombres capaces de todo [...], por su carácter silencioso, su habilidad, su genio laborioso"-: Juan José, el espía científico, y el navarro José Martínez, el espía práctico. La idea no era tanto adquirir conocimientos mediante largos estudios, sino aprender el método de vaciado en hueco en las fábricas de Suecia y Alemania, pero sobre todo en Carron. Juan José aceptó con gusto la pensión real de veinte reales de vellón diarios que recibió desde abril de 1778. He aquí cómo se refería el conde de Peñaflorida en la instrucción secreta que redactó para Juan José sobre el objetivo final de su misión:

"Desde Suecia pensará en introducirse por último escalón en las fábricas de Carron en Escocia; y a fin de ser admitido en ellas con menor recelo, se dirá alemán y del oficio, por cuya razón [aprenderá bien dicha lengua] mientras permanezca en Alemania". (Pellón y Román, 1999: 104).

Ahora bien, no fue ésta su única obligación; en otra cláusula se refería a la lengua que debía usar para enviar mensajes cifrados: ésta no era otra que el euskera.

Sin embargo, Juan José no entendió el espionaje científico de la misma manera que el ministro. Y ello, en parte, porque no pudo viajar a Escocia debido a la guerra anglo-española, pero, principalmente, porque supo de otro método más moderno para la fabricación de cañones, que se estaba desarrollando en Suecia: el de vaciado en sólido. No obstante, la ambición científica de Juan José fue tal que no podía conformarse -aunque aparentemente lo hiciese (de hecho, más tarde abogaría por el método sueco)- con tareas de espionaje industrial, sino que aspiraba a profundizar en los principios de la química y la docimasia. Y él eligió la Universidad de Uppsala para ese fin.

Con el apoyo financiero y espiritual de la Bascongada, seducido por el curso de química de Torbern Olof Bergman (1735-1784), reputado químico sueco que intuyó la existencia de un nuevo metal aún por descubrir (el tungsteno), Elhuyar pudo aprender las propiedades y cualidades del nuevo metal, e incluso -por boca del propio Bergman y del químico Carl Wilhelm Scheele (1742-1786)- el modo de obtener el "acide tungustique", que en realidad se trata de la combinación de oxígeno con el elemento perseguido. Y su idea era aislarlo en Bergara, a donde llegó en octubre de 1782, y en donde Fausto desempeñaba las cátedras de mineralogía y metalurgia. Ansioso de anticiparse a un descubrimiento que parecía estar al caer, Juan José utilizó todos los medios, en absoluto obsoletos, de que disponía el Laboratorium Chemicum -por ejemplo, sus hornos, que alcanzaban temperaturas más altas que los de Upsala-, para aislar el wolframio del ácido wolfrámico encontrado previamente por Scheele. Hay quienes asocian al descubrimiento un golpe prodigioso de genialidad del talento de Fausto. Juan José proporciona, sin embargo, razones de peso a los que discrepan de esta opinión.

Tampoco nos han ayudado en exceso, a la hora de intentar descifrar cuál fue el papel desempeñado por Juan José, los juicios de químicos de principios del siglo XX -Juan Fagés o Enrique Moles, entre otros-; en ellos, en suma, se sostienen errores como que los dos hermanos visitaron Suecia o que sólo lo hizo Fausto. Aún así, hoy sabemos que, en gran medida, Juan José fue el verdadero artífice del descubrimiento; que su idea de la investigación química -analítica, rigurosa y precisa, tal y como le enseñó Bergman- se aproxima a lo que se hizo en Bergara. El 2 de abril de 1784, Scheele escribía a Bergman: "Celebro que el Sr. Luyarte [se refería a Elhuyar] haya obtenido regulum tungsten; espero que [le] haya enviado muestras de él". Las palabras de Scheele son sumamente significativas, porque, por una parte, reconocen la primicia del descubrimiento -se entiende que a Juan José, al único a quien conocía-, y, por otra, evidencian que Bergman era el único capaz de certificar la legitimidad del hallazgo, de, en definitiva, confirmar si se encontraban ante un nuevo elemento o alguno ya conocido (así lo hizo con el níquel y el cobalto en 1780, y con el telurio en 1782, y así lo haría con el wolframio).

Hay, por supuesto, un lado oscuro en esta historia. Molesto por la actitud liberal y subversiva de Juan José (por los escasos informes proporcionados en relación al método inglés, por la demora con que completó sus estudios químicos, y, lo que es más importante, por su preferencia del método sueco de fusión en lugar del método de vaciado), el ministro de Marina decidió, justo antes de su muerte, en marzo de 1783, prescindir de sus servicios, medida que fue, en parte, paliada por su sucesor, Antonio Valdés (1744-1816), al destinarle al Ministerio de Indias, en 1784. El Nuevo Reino de Granada (hoy Colombia) fue el destino asignado. En Bogotá llegó a alcanzar un cargo oficial tan notable -pero tan poco rentable- como la Dirección General de Fundiciones. Aunque tuvo la fortuna de encontrar un núcleo científico activo, en torno al famoso botánico José Celestino Mutis (1732-1808), desgraciadamente éste no tenía la formación ni los conocimientos necesarios para discernir qué lugares podían albergar yacimientos de metales preciosos y cuáles no. La distancia, los inconvenientes técnicos y la falta de personal afectaron profundamente a la capacidad científica e intelectual de Juan José; no en vano, para 1796, el año de su muerte, apenas pudo realizar otra cosa que un estudio geológico y geográfico en el lugar llamado Páramo del Ruiz. Aislado y señero terminaría sus días, en "el país -escribió Juan José- más delicioso del mundo por su situación y temperamento [...], pero privado del trato racional de las gentes" (Ibáñez, 2002:47).

En una época dominada por la tecnología, por aquello que siempre se ajusta al estricto control de la calidad del producto, la mención de los conceptos manejados por Juan José -y en general, por los Amigos de la Bascongada- nos muestra la longevidad del criterio de calidad. Y es que en el informe que envió a Bergara en noviembre de 1782, Juan José alaba las excelencias de los cañones suecos, "porque por el gran cuidado que tienen los directores en la fundición, están seguros de sacar siempre un producto de la misma calidad"; y no precisan de "hacer nuevas pruebas", pues tienen "seguridad en la calidad del metal" (Román, 2000: 17). Es evidente que los criterios han cambiado, que la referencia de Elhuyar aludiendo, por ejemplo, a la calidad de la materia prima, no es la única cuestión a tener en cuenta, que hoy está inserta en los procesos de producción y distribución, e, incluso, en la gestión, pero tendemos a olvidar los tiempos y contextos en los que se utilizó, y a ignorar que muchas normas, impuestas en y por nuestra sociedad actual, siguen pautas, hilos, líneas... de continuidad.