Guerillas

Santa Cruz Loidi, Manuel Ignacio

Cura Santa Cruz.

Célebre sacerdote-guerrillero guipuzcoano. Nacido en Elduaien el 23 de marzo de 1842, muere en Pasto (Colombia), agosto de 1926.

De muy humilde extracción, quedó además tempranamente huérfano pudiendo ingresar, merced a un tío materno, en el Seminario de Vitoria donde se ordena sacerdote. Su estancia en este baluarte contra "los errores modernos" coincide con la del célebre canónigo Manterola y con la proclamación del reino de Italia, considerada por el catolicismo militante como un desafío al poder temporal y espiritual del Papa. No es de extrañar, pues, que Santa Cruz conspirara abiertamente contra la Monarquía liberal de Isabel II, a favor del partido carlista, portaestandarte de la agitación ultramontana. En 1866 fue destinado interinamente a la parroquia de Hernialde donde se hallaba cuando estalló la revolución liberal de 1868. Su vinculación a los conspiradores es tal que, dictada orden de prisión, se fuga el 6 de octubre de 1870, y se refugia en Iparralde donde las simpatías por la causa de D. Carlos reverdecen.

Vuelve en la primavera de 1872 y se une a una partida como capellán de la misma. Fracasado este conato, regresa en agosto, ya a la cabeza de un grupo, y reinicia la campaña con la sorpresa de San Prudencio el día 9. Es detenido y llevado para fusilar a Aramaio, huyendo nuevamente tras haber estado varias horas sumergido en un río respirando a través de una caña hueca. Es a partir de estas dos huidas cuando comienza a fraguarse la leyenda de Santa Cruz, uno de los más de cien curas-guerrilleros de Vasconia, aborrecido y admirado, siempre escurridizo a través de montes y brumas. El 12 de ese mes, tras permanecer escondido en la cueva de Garrizaga, pasa nuevamente a Iparralde de donde regresa el 2 de diciembre, antes de recibir la orden pertinente, reuniendo una partida de 50 hombres que reinician la guerrilla. Después de agotar a miqueletes y forales a lo largo de marchas y contramarchas, cae por sorpresa sobre el coronel Osta en Usurbil el 19 de enero de 1873 y sobre el capitán general González el 26 del mismo mes en Iturrioz.

Cuando D. Carlos reorganiza sus tropas para aprovechar el desconcierto republicano nombra al general Lizarraga comandante de las de Guipúzcoa. Santa Cruz no acató la orden. De entonces data su famosa declaración en la que nombra, uno a uno, a los componentes de su "Guardia Negra": "Yo hago mi guerra. Yo tengo mis hombres: capellán, don Valero; ayudante, Albistur; guía, Luxia; secretario, Caperochipi; sargento, Arbelaiz; chistulari, Zabalo; tamborrero, Toloxa; Yo tengo mi lema: Viva la Religión, Vivan los Fueros." Su enfrentamiento con sus inmediatos superiores va a ser creciente, en especial con el general Lizarraga.

Puesta a precio su cabeza por las autoridades republicanas, el 31 de enero Lizarraga lo deja solo frente al enemigo en Aia; sus enfrentamientos y reproches -sobre las defecciones de oficiales y hojalateros de 1870 y 1872- se suceden, mientras llegan a oídos de los jefes carlistas relatos de las atrocidades cometidas o atribuidas al cura-guerrillero. La sóla mención de su nombre aterroriza a sus coterráneos. Con la intención de reducirlo, Lizarraga llegó al extremo de ir a visitar a Santa Cruz en su alojamiento de Lecumberri a fin de alcanzar un acuerdo con él. Este puso tales condiciones que no fue posible la sumisión. Fue hecho prisionero por los mismos carlistas y escapó. El conflicto culmina el 17 de marzo de 1873 cuando Lizarraga decreta la última pena para Santa Cruz y su secretario Cruz Ochoa en caso de ser apresados. Sus fuerzas serían encuadradas en batallones regulares carlistas. En abril hace fusilar al comandante carlista Juan Egozcue y algo después prohibe la circulación por la provincia sin un salvoconducto suyo.

En mayo el Carlismo cobra una fuerza cada vez mayor merced a la disciplina y al buen encuadramiento. En Eraul se libra la primera batalla importante de una guerra que ya es franca y declarada. Santa Cruz sigue, sin embargo, haciendo la guerra por su cuenta. En junio atacó el fortín de carabineros del puesto de Endarlaza (Navarra) defendido por 36 de los mismos frente a sus 200 hombres. Habiendo hecho primero rehenes a esposas e hijos, los carabineros parecen querer entregarse mediante una bandera blanca, pero, al avanzar los guerrilleros algunos tiran hiriendo a 12 asediantes. La represalia será terrible; todos los supervivientes serán fusilados sin piedad el 4 de ese mes.

El escándalo de Endarlaza colma la paciencia del Estado Mayor carlista que decide cortar toda posibilidad de superviviencia al cura. Don Carlos mismo lo desautorizó de plano. Así pues, se entrega en Bera al marqués de Valdespina (9 de julio) y pasa la frontera. Pero el fusilamiento en setiembre de sus oficiales Esteban Indart (el Corneta de Lasala) y Francisco Arbelaitz (Praxcu Bordagaraico) por Lizarraga lo impulsan a regresar. Se fortifica primero en Aritxulegi, donde se defiende contra correligionarios y gubernamentales, subleva en Berrobi a un batallón que había sido suyo y, con 18 compañías insubordinadas, pone cerco a su odiado Lizarraga en Asteasu. Derrotado al fin y tras bendecir a su partida, abraza a sus componentes uno a uno y la noche del 7 de diciembre marcha definitivamente a Francia mientras sus hombres se entregan en Araotz.

Se refugia en Nantes pero vuelve, con ánimo de conspirar, a su conocido San Juan de Luz donde es aprehendido por la policía. Es expulsado del territorio francés no sin que antes, en el colegio de jesuitas de Lille, el cardenal Regnier le haga conocedor del perdón papal de todas sus irregularidades canónicas. Residirá luego en Londres.

Parece ser que los remordimientos alcanzaron por fin al belicoso sacerdote en su convento londinense cuando el final de la guerra carlista debió de sumirlo en la depresión. Merced a los desvelos de una piadosa dama inglesa pasó a Jamaica donde se dedicó a misionar indígenas durante 15 años. En 1892 el obispo lo envió al Colegio Seminario de Pasto (Colombia), propiedad de los jesuitas, donde se le autorizó para, sin ingresar en la orden, seguir su observancia. Sólo el 30 de julio de 1920, a los 78 años y 28 de misionar, se le admitió en el noviciado. Fue jesuita durante seis años, al cabo de los cuales murió (agosto de 1926) celebrando sus fieles indígenas un funeral amenizado por canciones vascas de él aprendidas.

Las hazañas -reales o infundadas- de Santa Cruz originaron, como se ha dicho, una aureola legendaria al belicoso cura. De su condición irreductible nos prestan testimonio admiradores y detractores. "Su carácter taciturno y sus recias pasiones, sometidas a tortura por el fuerte freno religioso, hacían de Santa Cruz el tipo perfecto de fanático individualista y montaraz" recoge el Conde de Rodezno en su Carlos VII. Nunca portaba armas. Hernando, secretario de Lizarraga, dice que era de "desgarbado porte y maneras rudas y vulgares. Su mirada vaga y extraviada prestaba a su fisonomía un marcado tinte de desconfianza y de recelo, y la expresión seca y dura de su semblante acababan de darle un carácter sombrío y nada simpático a primera vista... Como de costumbre no llevaba arma ni insignia alguna, sino un grueso palo en el que se apoyaba durante las marchas". Sus dotes militares nunca pasaron de operaciones de usura: "Su acción guerrera es puramente marginal a las grandes operaciones militares de la guerra. Su partida se limita a realizar emboscadas o a atacar pequeñas guarniciones que abandona a toda prisa ante la llegada de columnas liberales, acciones en todo semejantes a las de otros guerrilleros carlistas que levantaron partidas al mismo tiempo" comenta Ayestarán (1979: 40). Por ello puede decirse que sus discrepancias con Lizarraga y las autoridades carlistas no obedecieron a cuestiones ideológicas sino a los problemas propios de un guerrillero chapado a la antigua que no halla acomodo en una organización militar moderna. Por lo demás, su adscripción al Carlismo parece hacer sido circunstancial siendo el integrismo religioso su característica más notoria: "Nuestra bandera era Dios y Fueros. A nosotros nunca nos enseñó Santa Cruz a gritar "Viva Carlos VII" sino "Viva la Religión" y "Vivan los Fueros" recuerda un veterano (Olazabal, 1928: 193). En cuanto al carácter protonacionalista que algunos han sugerido, frases como "yo, con mi guerrear pretendía acabar con los políticos y con la política que habían destruido a España y a mis amadas provincias vascongadas" ponen claramente de manifiesto que Santa Cruz nunca pasó de un "sano" regionalismo, foral por supuesto. Su inclusión en el imaginario vasco puede que fuera la "expresión y resumen de los deseos frustrados de un cierto populismo vasco y de su formulación política tradicional: el clero baserritarrismo" (Ayestarán: Op. cit., 49), vigente aún en nuestros días.

Todos los años las autoridades civiles y militares de Gipuzkoa celebraron honras fúnebres a modo de acto cívico en honor de los fusilados de Endarlaza. Esta celebración duró hasta la Guerra Civil de 1936.

  • Ariztimuño, Ignacio: El cura Santa Cruz, Bilbao, 1986
  • Ayestarán, José Antonio: El cura Santa Cruz, mito populista vasco "Muga", 2, 1979
  • Baroja, Pío: El cura Santa Cruz y su partida, Madrid, 1918
  • Bernoville, Gaetan: La Cruz sangrienta. Historia del cura Santa Cruz, San Sebastián, 1928
  • Brea, Antonio: Campaña del Norte de 1873 a 1876, Barcelona, 1897
  • Eguibar y Amantegui: Nos hace hablar Dorronsoro, Bayona, 1873
  • Ferrer, Melchor: Historia del Tradicionalismo español, Sevilla, 1941-1960
  • Garmendia, V.: La ideología carlista (1868-1876), Zarautz, 1984
  • Hernando, Francisco: La campaña carlista (1872 a 1876), París, 1877
  • López Antón, José Javier: Significación ideológica en la historia vasca de la guerrilla del cura Santa Cruz (1872-1873), "Muga", 80, 1992
  • Olazabal, Juan de: El Cura Santa Cruz, guerrillero, Vitoria, 1928
  • Ormaechea, Nicolás: Santa Cruz apatza, San Sebastián, 1929
  • Oyarzun, Román: Historia del carlismo, Bilbao, 1939
  • Pirala, Antonio: Historia Contemporánea. Segunda parte de la guerra civil, anales desde 1843 hasta el fallecimiento de Alfonso XII, Madrid, 1892-1906, vol. II
  • Rodríguez de Coro, F.: Revolución burguesa e ideología dominante en el País Vasco (1866-1872), Azterlanak, Vitoria, 1985
  • Urquijo, Julio: La Cruz de sangre. El cura Santa Cruz. Pequeña rectificación histórica de... San Sebastián, 1928.